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martes, 23 de junio de 2020

Tratar a los demás como queremos que ellos nos traten es un camino de exigencia y superación que nos hace crecer espiritualmente cada día más


Tratar a los demás como queremos que ellos nos traten es un camino de exigencia y superación que nos hace crecer espiritualmente cada día más

2Reyes 19, 9b-11. 14-21. 31-35a. 36; Sal 47; Mateo 7, 6. 12-14
A nadie le gusta que lo traten mal. Eso está claro. Nos gusta ser bien tratados, que nos hablen con amabilidad, que no sean violentos con nosotros, que nadie quiera aprovecharse de nosotros y quizá de nuestra buena voluntad; no nos gusta que nos critiquen y menos que digan contra nosotros cosas que no son verdad; nos agrada la gente sincera y amable y que nos hagan sentir bien. Así podríamos seguir diciendo un montón de cosas que queremos en el trato que tengan con nosotros.
Pero es cierto también que aunque tenemos buena voluntad y desearíamos ser buenos con todo el mundo – bueno, algunos dicen que son buenos con sus amigos si sus amigos son buenos con ellos, lo cual significa estar poniendo una condición – pero reconocemos que algunas veces nos supera nuestro malhumor o nuestro mal carácter, que en ocasiones juzgamos a los demás y está el peligro que vaya por delante la condena antes que la comprensión, que nos volvemos exigentes y quizá les exigimos a los demás lo que no nos exigimos a nosotros mismos, y aquí también podríamos poner un montón de cosas en las que no sabemos tratar con la amabilidad debida a los que nos rodean.
Nos volvemos desconfiados y no somos sinceros, nos aparecen vientos de violencia en nuestras palabras o en nuestros gestos, hacemos desplantes a los demás y no los tratamos como queremos que ellos nos traten a nosotros. O sea, que para nosotros si, pero para los otros no sabemos superarnos lo suficiente para controlarnos y poner un poco de más amabilidad en la vida.
No nos está pidiendo Jesús nada extraordinario sino lo que en un trato verdaderamente humanitario tendría que ser nuestra relación habitual con los demás. Claro que no es una motivación egoísta la que nos tiene que llevar a este buen trato a los demás, sino que siempre nosotros vamos motivados por el amor, que es verdaderamente nuestro distintivo cristiano.
Claro que este camino de amor que hemos de vivir en nuestras mutuas relaciones para nosotros los seguidores de Jesús se convierte en una exigencia fuerte. Es una vigilancia continua de nuestras relaciones con los otros, de nuestros gestos y de nuestras palabras, de nuestras actitudes ante los otros y de la delicadeza que hemos de poner. Es un camino de superación y de esfuerzo; es un camino de crecimiento humano y de crecimiento espiritual; es un camino donde la vamos dando cada día una mayor profundidad a nuestra vida. Es un camino que algunas veces nos cuesta, porque por mucho amor que queramos poner pueden aparecer esas sombras de los demás que nos confunden, como pueden aparecer esas aristas en nuestra vida con la que podemos dañar a los demás.
Hoy nos habla Jesús de un camino estrecho que hemos de tomar porque es el que nos lleva a la vida. ¿Significa esto que es un camino que hacemos con amargura? De ninguna manera, es un camino en que nos sentimos los seres más felices del mundo aunque en cada momento tengamos que superarnos en muchas cosas, porque en nuestro amor nos sentimos felices cuando hacemos más felices a los demás.
Muchas veces se han malinterpretado estas palabras de Jesús como si el camino de Jesús fuera un camino de sacrificio duro y lleno de amarguras, un camino de negación constante como si todo fuera negativo. Es cierto que exige esfuerzo, pero es un camino que vivimos con amor y el amor nos hace sentirnos en paz, una paz interior muy grande.

viernes, 22 de octubre de 2010

Unos peldaños que nos conducen a la paz y la dicha

Ef. 4, 1-6;
Sal. 23;
Lc. 12, 54-59

Como los peldaños de una escalera que nos eleva para llevarnos hasta Dios o que nos hace bajar al mismo tiempo hasta la verdad más honda de nosotros mismos, san Pablo nos señala una hermosa serie de actitudes que hemos de saber poner en nuestra vida: humildad, bondad, comprensión, mutua y gozosa aceptación en el amor, unidad en el Espíritu y paz.
Es la senda que nos conduce a la paz verdadera. Es la consecuencia de la fe que vivimos; son los compromisos con los que hemos de responder a la llamada de amor que nos hace Dios. Por dos veces en este corto texto de apenas seis versículos, se nos habla de vocación, de llamada, de convocación. Desde esa vocación hemos de tener un estilo de vivir que es lo que ahora se nos señala; y esa vocación nos llena de esperanza en alcanzar lo que es la meta de nuestra vida.
Primero nos dice ‘os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados’. Luego nos dirá ‘un solo cuerpo y un solo Espíritu como una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados’. Por eso nos dice: ‘sed siempre humildes y amables, sed comprensivos; sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz’.
Todo ha de ser unidad porque uno solo es el Señor y una es la fe, y uno solo es el Bautismo en el que hemos sido bautizados. ‘Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios Padre de todo…’ ¿Cómo lograr esa unidad? Son los peldaños que decíamos al principio.
Sólo desde la humildad y el amor lo lograremos. Humildad y amor que se han de manifestar en gestos sencillos y amables que tengamos unos con otros. Sólo así podremos lograr una convivencia en paz. Sólo desde esa humildad sabremos ser comprensivos con los demás porque primero nos hemos mirado a nosotros mismos. Si vemos en nosotros debilidades - ¿quién no las tiene? – y fallos cómo no ser comprensivos con las flaquezas que pueda tener el hermano.
Nos comprenderemos, nos aceptaremos, sabremos caminar juntos. Es la unidad del Espíritu de la que nos habla el apóstol. No siempre es fácil pero nos esforzamos en conseguirla. Es que todo está ceñido con el cinturón del amor. Los que se aman se comprenden y se disculpan, se ayudan mutuamente a superarse y son como un aliciente y estímulo gozoso los unos para los otros. Al final todo será armonía y paz. Y esto tenemos que irlo logrando en el día a día de nuestra vida. No hace falta buscar cosas extrañas o extraordinarias. En lo sencillo y humilde que podemos hacer cada día en nuestra relación y trato con aquellos con los que convivimos, con los que estamos en las diversas circunstancias de la vida.
Qué dichosos y felices seríamos si fuéramos capaces de subir esos peldaños aunque fuera con esfuerzo. Y lo podemos ser. Y tenemos que demostrarle al mundo que por la fe que tenemos en Jesús somos las personas más felices. Es que lo que nos enseña Jesús siempre nos llevará a la dicha y a la mejor felicidad cuando nos hacemos felices los unos a los otros.