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miércoles, 11 de junio de 2014

Bernabé, un hombre que se deja conducir por el Espíritu Santo con un corazón generoso, lleno de fe y rebosante de amor



Bernabé, un hombre que se deja conducir por el Espíritu Santo con un corazón generoso, lleno de fe y rebosante de amor

Hechos, 11, 21-26; 13, 1-3; Sal. 97; Mt. 10, 7-13
Celebramos a san Bernabé ‘hombre lleno de fe y de Espíritu santo, designado para llevar a las naciones el mensaje de salvación’, como expresamos en la oración litúrgica y cuyo nombre significa ‘consolador, el que trae el consuelo’, como lo expresa el mismo libro de los Hechos cuando nos lo presenta. No forma parte del grupo de los Doce, sin embargo es considerado como un Apóstol, y así la liturgia lo designa en esta fiesta, de manera que incluso en la liturgia eucarística se puede utilizar el prefacio de los Apóstoles.
De origen chipriota, donde incluso terminaría sus días, era levita del templo, y se convirtió a la fe podríamos decir desde la primera hora, porque ya aparece su figura en los primeros capítulos de los Hechos de los Apóstoles. En el primer momento en que aparece es para destacar su generosidad y desprendimiento porque ‘tenía un campo, lo vendió, trajo el dinero y lo puso a disposición de los apóstoles’. Eran los momentos de aquella primera comunidad de Jerusalén donde todo lo tenían en común, nadie pasaba necesidad entre ellos porque todo lo compartían como expresión de su amor y comunión.
De gran prestigio en la comunidad de Jerusalén, cuando la Iglesia se expande y llegan noticias de cómo se ha formado una comunidad en Antioquía de Siria, allí es enviado para que sirva de apoyo a aquella comunidad que allí se va formando. ‘Cuando llegó y vio lo que había realizado la gracia de Dios, se alegró y se puso a exhortar a todos para que se mantuvieran fieles al Señor, pues era un hombre bueno y lleno del Espíritu Santo y de fe, de manera que una multitud considerable se adhirió al Señor’. Servirá Bernabé de enlace y de carta de presentación de Saulo, recién convertido, a quien va a buscar a Tarso para traérselo a Antioquia, donde durante un año instruyeron a muchos. Ahora los veremos juntos durante un tiempo, en su subida a Jerusalén y en el viaje apostólico que luego iniciarán.
Es aquí donde hemos de destacar algo importante. Es la elección por parte del Espíritu Santo de Pablo - aun se llamará Saulo - y Bernabé para una misión que se les va a confiar. ‘Un día mientras oraban y ayunaban, el Espíritu Santo se manifestó en aquella comunidad de Antioquía: Separadme a Bernabé y a Saulo para la misión que les he encomendado. Entonces, después de ayunar y orar, les impusieron las manos y los despidieron’. Fue el inicio del primer viaje apostólico de Pablo y Bernabé, primero por Chipre, la tierra de Bernabé, y luego por muchos lugares del Asia Menor.
Más tarde, después de la vuelta y subida a Jerusalén, cuando van a emprender de nuevo viaje por aquellas comunidades que habían constituido, por desencuentros entre ambos, se separaron y Bernabé se va a Chipre, mientras Pablo continua con su viajes.
Hasta aquí de forma muy resumida lo que se nos dice de Bernabé en el libro de los Hechos de los Apóstoles, y de lo que podemos sacar un mensaje hermoso para nuestra vida y nuestro camino de fe y nuestro camino apostólico.
¿Qué podemos destacar? Un hombre bueno, lleno de fe y lleno del Espíritu Santo que se desprende de todo generosamente por la causa del Reino de los cielos. Y no solo es el hecho de que vendiera sus bienes para ponerlos a disposición de la comunidad que nos habla mucho de su generosidad, sino que es la disponibilidad de su vida para ir allí donde el Espíritu del Señor le va conduciendo. Así baja primera a Antioquía enviado por la comunidad de Jerusalén, pero así está dispuesto a ponerse en camino para anunciar el Evangelio allí donde el Espíritu Santo le va llevando, no sin dificultades, problemas, sacrificios y hasta persecuciones. Un hombre que se deja conducir por el Espíritu Santo con un corazón generoso, lleno de fe y rebosante de amor.
‘Id y proclamad que el Reino de los Cielos está cerca… lo que habéis recibido gratis, darlo gratis’, escuchábamos a Jesús en el Evangelio. ¿Aprenderemos del testimonio tan hermoso que nos ofrece san Bernabé?

sábado, 7 de junio de 2014

Esperamos Pentecostés como María abriendo nuestro corazón a Dios para que nos llene el Espíritu de santidad



Esperamos Pentecostés como María abriendo  nuestro corazón a Dios para que nos llene el Espíritu de santidad

Hechos, 28, 16-20. 30-31; Sal. 10; Jn. 21, 20-25
Estamos llegando al final de la Pascua que culminaremos mañana en la celebración de Pentecostés y venimos concluyendo también la lectura de los diferentes textos de la Escritura que nos han servido de luz en la liturgia de este tiempo pascual.  
Por una parte concluimos los textos escogidos del libro de los Hechos de los Apóstoles que de forma continuada se nos ha ido proclamando con la presencia de Pablo en Roma a donde ha sido llevado preso. Pero en el evangelio también concluimos el evangelio de san Juan que hemos ido también leyendo en este tiempo, precisamente con lo que son los versículos finales de dicho evangelio.
El evangelio de hoy es continuidad del que escuchamos ayer con la porfía de amor de Pedro a las preguntas de Jesús. Pedro se da cuenta que allí cerca lo sigue Juan, y el propio evangelista aunque no menciona su nombre hace referencia a un episodio de la cena donde se ha recostado en el pecho de Jesús para preguntarle quién es el traidor, y Pedro pregunta qué es lo que va a ser de Juan, ya que a él le ha anunciado en cierto modo su martirio. La respuesta un tanto enigmática de Jesús dará pie a comentario de que Juan no había de morir, pero no es a eso precisamente a lo que Jesús querrá referirse.
Y da el discípulo y evangelista su testimonio final.  ‘Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito: y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero’. Parecen como unas palabras añadidas por los discípulos de Juan o de su comunidad que vienen como a ratificar desde su fe las palabras del evangelista. Y se habla de cuanto más se hubiera podido escribir porque la vida y el mensaje de Jesús daría para mucho. ‘Si se escribieran una por una, pienso que los libros no cabrían en el mundo’. Una hipérbole que quiere expresar lo grandioso que es el mensaje de Jesús.
Pero quisiera dedicar unas palabras en esta reflexión a este momento final de la pascua que estamos viviendo ya en la inminencia de Pentecostés. Aunque no sea un texto que hoy hayamos proclamado, podemos recordar, sin embargo, lo que al principio de los Hechos de los Apóstoles se nos decía. Se hace una relación de los Once que se  han reunido en el Cenáculo, con otros discípulos y algunas mujeres de las que seguían de cerca a Jesús en la espera del cumplimiento de la promesa de Jesús. Pero nos dice que con ellos estaba  María, la madre de Jesús.
Nuestra actitud y nuestra manera de esperar y prepararnos para la celebración de Pentecostés es estar como lo estaban los apóstoles expectantes y llenos de esperanza en oración ante el cumplimiento de la promesa de Jesús. Así queremos estar; así queremos prepararnos; así queremos sentir también con nosotros la presencia de María como lo estaba con aquella primera comunidad de la Iglesia naciente.
María, la primera creyente, la mujer abierta a Dios que se dejó llenar e inundar por el Espíritu divino de tal manera que su Hijo sería el Hijo del Altísimo, nos enseña a abrir nuestro corazón y nuestra vida a la presencia de Dios en nosotros. Ella era la llena de gracia, porque estaba inundada de Dios, y se dejó conducir por el Espíritu divino. María es la agraciada de Dios, porque su vida fue grata a Dios desde su fidelidad total, desde su humildad y su confianza absoluta en la Palabra de Dios, pero es también la agraciada de Dios porque Dios la llenó y la inundó con su gracia.
Ahora que nosotros esperamos Pentecostés hagamos como María, abriendo  nuestro corazón a Dios, poniendo en verdad toda nuestra fe y nuestra confianza en la Palabra que Dios nos dice, que Dios nos da, que Dios quiere plantar en nuestro corazón. Así podremos nosotros también sentirnos inundados por el Espíritu Santo, podremos vivir en plenitud Pentecostés y sentiremos cómo nuestros corazones se renueva, nuestra vida se siente rejuvenecida por la gracia y la fuerza del Espíritu Santo.
Que María nos enseñe a orar a Dios para pedir con toda intensidad que el Espíritu Santo venga a nuestra vida y nos llene de la santidad de Dios.

jueves, 25 de abril de 2013


Una profesión de fe con firmeza, un anuncio hecho con fidelidad, unas huellas que hemos de seguir

San Marcos Evangelista

1Pedro 5, 5-14; Sal.88; Mc. 16, 15-20
‘Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado’. Es el final del Evangelio, el último mandato de Jesús. ‘Y ellos fueron y proclamaron el evangelio por todas partes…’
Pero si así concluye el evangelio de Marcos, en ese mismo sentido tenía su comienzo. ‘Comienzo del Evangelio (de la Buena Noticia) de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios’. Fueron las primeras palabras y el inicio que nos está manifestando lo que el evangelista nos quiere trasmitir: la Buena Noticia de Jesús, que es el Mesías, el Cristo, el Hijo de Dios; Buena Noticia que se ha de trasmitir a toda la creación para que todo el que crea en esa Buena Noticia alcanza la salvación.
Marcos o Juan Marcos, el autor del Evangelio que más tarde sería el fundador de la Iglesia de Alejandría - así se ha considerado siempre y así lo tiene la Iglesia Copta de Egipto - aparece en distintos momentos de la Escritura, ya sea el propio evangelio algo así como insinuado, ya sea en los Hechos de los Apóstoles o en las cartas de San Pablo y San Pedro que lo llama ‘mi hijo querido’, como hoy mismo hemos escuchado.
Digo que en el evangelio es insinuado porque los intérpretes suponen que aquel joven que tras el prendimiento de Jesús en el Huerto le sigue envuelto en una sábana es el propio Marcos; ¿sería aquel huerto de la familia de Juan Marcos? Son suposiciones porque el hecho de que lo siguiera envuelto en una sábana da a entender que dormía cerca y al oír los ruidos saliera a ver lo que pasaba.
En los Hechos aparecerá con Pablo y Bernabé - del que se dice en la carta a los colosenses que eran primos o familia - en el primer viaje apostólico aunque al llegar a Panfilia decide volverse a Antioquía. Eso motivará que en el segundo viaje Pablo y Bernabé discutan a causa de Juan Marcos a quien Bernabé quería llevar con ellos pero Pablo no, y es por lo que ese viaje lo hará ya Pablo solo. Marcos acompañó a Bernabé a Chipre.
En distintas cartas Pablo hará alusión a un Juan llamado Marcos, lo mismo que en la carta de San Pedro que hoy hemos escuchado. Evangelizaría Egipto por lo que se le considera fundador de la Iglesia de Alejandría que tanta importancia tuvo en la Iglesia de los primeros siglos y donde murió mártir. Sus restos están en la Catedral de Venecia dedicada precisamente a su nombre. 
A Marcos se le ha considerado siempre como autor del segundo evangelio, en el que se considera que recoge las catequesis de san Pedro en Roma, puesto que él no fue discípulo directo de Jesús. Es el evangelio más breve y tiene muchas concordancias con los otros evangelios sinópticos de Marcos y de Lucas, porque los exegetas hablan de una fuente común para dichos evangelios.
Tras esta breve reseña de la vida de Marcos y su evangelio desde lo que nos refleja la propia Escritura sagrada, convendría detenernos a reflexionar un poco en cual sería el mensaje que lleváramos a nuestra vida en esta fiesta de san Marcos a la que nos invita hoy la liturgia de la Iglesia. Muchas consideraciones podríamos hacernos fijándonos en aspectos que se resaltarían de manera especial en este evangelio.
Ya desde un primer momento el evangelista nos hace una afirmación contundente para definirnos quien es el Jesús del que nos va a hablar en el Evangelio. Como resaltábamos al principio de esta reflexión el evangelio se inicia diciéndonos ‘Evangelio - Buena Noticia - de Jesús, el Cristo - Mesías -, el Hijo de Dios’. Quiere presentarnos a Jesús en quien hemos de creer para alcanzar la salvación. El que crea en esa Buena Noticia que se nos trasmite, y se bautice, se salvará.
Para centrar este mensaje quiero fijarme en las tres intenciones o motivaciones principales de las oraciones de la liturgia en la Eucaristía de la fiesta de san Marcos. Pedimos ‘seguir siempre fielmente las huellas de Cristo… mantenernos fieles a la misión de anunciar el Evangelio… y creer con firmeza en ese evangelio’. Una fe que hemos de confesar, de vivir y de proclamar con toda fidelidad siguiendo siempre las huellas de Jesús.
Queremos manifestar con toda firmeza nuestra fe en Jesús y en la Buena Noticia de Salvación que nos llega con Jesús a nuestra vida; la firmeza de la proclamación de nuestra fe. Pero esa proclamación no la hacemos solo con palabras, sino en el camino de nuestra vida. ¿Cuál ha de ser ese camino? Seguir las huellas de Cristo. No queremos otra cosa sino vivir a Cristo, imitarle, ser como El, tener sus mismos sentimientos, vivir su misma vida, empaparnos de sus mismas actitudes de amor, de humildad y de servicio. Pero esa riqueza no nos la guardamos para nosotros sino que hemos de trasmitirla a los demás: fidelidad en el anuncio del evangelio.
Es lo que hizo san Marcos con su vida, con su anuncio del evangelio por todo el mundo, escribiéndonos también el evangelio inspirado por el Espíritu Santo para que lo tengamos como Palabra de vida y de salvación para nosotros, como Palabra de Dios, Palabra que Dios nos dirige para que creyendo en Jesús alcancemos la salvación.
Que el Espíritu del Señor nos ilumine y fortalezca para esa confesión de fe, para ese anuncio de nuestra fe para que llegue al mundo la salvación.

jueves, 11 de abril de 2013


La fortaleza del Espíritu para confesar y testimoniar nuestra fe

Hechos, 5, 27-33; Sal. 33; Jn. 3, 31-36
Con que fortaleza nos sentimos cuando vivimos intensamente nuestra fe. ‘Sé de quien me he fiado’, como le escuchamos decir a san Pablo en alguna ocasión en sus cartas. Y es que nos sentimos seguros en el Señor, ponemos nuestra vida en sus manos, y desde El sentiremos esa fortaleza que nos lleva a vivir ese nuevo sentido de nuestra vida que nos da nuestra fe, a proclamar valientemente nuestra fe en Jesús y a testimoniarla ante los demás, y a superar todas las dificultades o tentaciones que nos vayan apareciendo en la vida. ‘En Dios pongo mi esperanza y confío en su palabra’, como decimos también con algún salmo.
El evangelio que continúa con esa prolongación de la conversación de Jesús con Nicodemo nos está invitando una vez más a vivir nuestra fe. ‘El que Dios envió  habla las Palabras de Dios, nos dice, y El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en sus manos. Y el que cree en el Hijo posee la vida eterna’. Desde la fe que tenemos en Jesús nos llenamos de su vida, de su gracia, de su fortaleza; nos sentiremos distintos y fortalecidos para ese testimonio.
Pero fijémonos en el texto de los Hechos de los Apóstoles. Con qué valentía se presentan los apóstoles ante el pueblo y también ante el Sanedrín y los sumos sacerdotes. Qué diferencia podemos apreciar entre aquellos discípulos temerosos que abandonaron a Jesús tras su prendimiento, le negaron o se mantuvieron lejos, o luego tristes y asustados se mantenían encerrados en el cenáculo, ‘con las puertas cerradas por miedo a los judíos’. Tras la llegada de Jesús, su encuentro con Cristo resucitado todo cambió.
Los hemos ido contemplando estos días tras la curación del paralítico de la puerta Hermosa del templo. Como escuchábamos ayer los metieron en la cárcel de la que un ángel les libró y, como hemos escuchado hoy, a la mañana siguiente ya estaban de nuevo en el templo hablando de Jesús. Los habían mandado a buscar a la cárcel pero no los encuentran. Alguien les dice que están predicando en el templo. De allí los traen, los interrogan de nuevo. ‘¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése?’ Ni siquiera quieren decir el nombre de Jesús. Pero ya hemos escuchado su respuesta. ‘Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres’. Y vuelven a hacer el anuncio de Cristo resucitado. ‘Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo que Dios da a los que le obedecen’.
Entendemos que estos hechos suceden ya después de Pentecostés, que es lo que nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles. En ellos estamos viendo la fortaleza del Espíritu que les hace sentirse libres y seguros en su fe y en su testimonio. No temen la cárcel, no se dejan amedrentar por las prohibiciones y amenazas. Sienten la fortaleza del Espíritu en su corazón.
Es el ejemplo y el testimonio que hemos de sacar para nuestra vida. Es la fortaleza que hemos de sentir en nuestro espíritu y la valentía para el testimonio cristiano. Es la fortaleza que nos da nuestra fe que nos ha de llevar a proclamarla con valentía. Muchas veces nos sentimos acobardados porque vivimos en un mundo muy adverso que no entiende nuestro mensaje ni quiere entenderlo en muchas ocasiones. Pero tenemos que sentirnos seguros en el Señor y vivir nuestra fe con alegría.
El Papa Francisco estos días nos lo está repitiendo continuamente para que nos salgamos de nosotros mismos, para que no nos quedemos encerrados sino que llevemos a nuestro mundo la luz de Cristo resucitado. Lo que estamos escuchando estos días en los Hechos de los Apóstoles es un buen testimonio que tiene que animar y fortalecer nuestra fe.
Tenemos también en nosotros la fuerza del Espíritu para dar ese testimonio y no caben cobardías. También nosotros hemos de ser testigos. El sacramento de la confirmación que un día recibimos para eso nos ha fortalecido con el don del Espíritu Santo. Algunas veces parece que olvidamos que esa gracia del Señor está en nosotros. Abramos nuestro corazón a Dios y a su gracia.

martes, 9 de abril de 2013


Un testimonio valiente de la fe en la resurrección: la comunión y el compartir de los hermanos

Hechos, 4, 32-37; Sal. 92; Jn. 3, 11-15
‘Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor’, nos resume el texto de los Hechos de los Apóstoles lo que venía a ser el centro y vida de aquella primera comunidad cristiana.
Como  hemos comentado en otro momento en el tiempo de pascua en la primera lectura iremos haciendo una lectura continuada del libro de los Hechos de los Apóstoles. Hemos ido escuchando en la primera semana ese anuncio claro y valiente que hacen de Cristo resucitado, y de manera especial hemos escuchado lo sucedido en torno a la curación del paralítico de la puerta Hermosa del templo. La predicación de Pedro ante el pueblo primero, luego ante el Sanedrín ante el cual son conducidos, la prohibición de que hablen del nombre de Jesús, son aspectos que hemos ido escuchando estos días.
En el texto de hoy se nos presenta lo que era la vida de la comunidad, en lo que se expresaba ese testimonio vivo y en la propia vida que iban haciendo de la resurrección de Jesús. ¿Cuál era el testimonio?, podríamos preguntarnos. La comunión profunda que había entre todos los que creían en Jesús. Ya en capítulos anteriores se nos hablaba de cómo eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en las oraciones y en la Fracción del Pan que celebraban por la casas, para hablarnos de la Eucaristía.
Hoy se nos dice que ‘en el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio, nada de lo que tenía’. Era una comunión profunda la que sentían y vivían entre ellos, confesando una misma fe: ‘pensaban y sentían lo mismo’. Pero de esa comunión en la misma fe nacía la comunión en el amor, pues todo lo compartían, ‘lo poseían todo en común’.
Y nos hablará de cómo hasta llegaban a vender sus posesiones poniendo el dinero a disposición de los apóstoles para que nadie pasara necesidad. Cuando hay amor verdadero vamos a sentir la necesidad del hermano que amamos como nuestra propia necesidad; cuando hay amor verdadero ¿cómo puedo yo sentirme satisfecho ampliamente en mis cosas y necesidades, pero olvidándome de la necesidad que pueda tener el que está a mi lado?
Os confieso el dolor y hasta la rabia que me asalta en mi interior cuando veo cómo somos capaces de desperdiciar lo que tenemos y hasta tiramos los alimentos y no somos capaces de pensar en aquella persona que quizá no tiene un pedazo de pan que llevarse a la boca. Somos muy descuidados en estos aspectos muchas veces, pero si fuéramos capaces de poner rostro y nombre a quienes pasan esa necesidad seguro que actuaríamos de manera distinta.
No sé si sería porque en los tiempos de mi niñez eran tiempos duros de escasez o también por los valores cristianos que se vivían en mi familia y en los que fui educado, pero eran cosas que aprendí de mi madre, de mi familia, a no tirar nada, a saber aprovechar todo pero no por egoísmo sino para saber pensar en los demás y compartir con ellos.
Estos pensamientos concretos han venido a mi mente y a mi recuerdo ante lo que nos está relatando el libro de los Hechos de los Apóstoles de lo que era la manera de vivir de aquellas primeras comunidades cristianas. Terminará el texto hablándonos de Bernabé, levita y chipriota que vendió su campo y puso el dinero a disposición de los apóstoles. Es la primera vez que se nos hablará de Bernabé a quien veremos más tarde que la comunidad le confía diversas misiones y a que escogido por el Espíritu veremos con Pablo en el primero de los viajes apostólicos que desarrollará con mucho detalle el libro de los Hechos.
En el evangelio estamos escuchando el diálogo de Jesús con Nicodemo, aquel magistrado judío que fue a verlo de noche. Aquel a quien Jesús le dijo que era necesario nacer de nuevo para ver el Reino de Dios, en clara referencia al  nuevo sentido de vida que se tiene cuando en verdad nos encontramos con Jesús; una clara referencia al Bautismo, en el agua y el Espíritu le dice que hay que nacer. Es lo que hubiéramos escuchado ayer si no hubiera sido la celebración de la Encarnación del Señor. Y es lo que hemos contemplado reflejado en aquellos primeros creyentes de la comunidad de Jerusalén; realmente habían nacido de nuevo porque el estilo y sentido de sus vidas eran bien distinto, todo era vivir en comunión de amor entre ellos y así lo compartían todo.
En el texto del evangelio de hoy escuchamos el anuncio de la cruz en la que había de ser levantado en alto Jesús que tantas veces hemos reflexionado. ‘Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en El tenga vida eterna’.

lunes, 1 de abril de 2013


La pascua sigue alentando nuestra fe y reavivando nuestra esperanza

Hechos, 2, 14.22-32; Sal. 15; Mt. 28, 8-15
Cuando uno ha tenido el gusto y el placer de saborear una exquisita comida, luego le quedará ese gusto en su boca que con solo pensar en aquello tan rico que comió de nuevo parece que lo sigue saboreando en su boca y en sus sentidos; la boca se nos hace agua, como solemos decir, de solo recordarlo.
Mucho más que esto es lo que los cristianos seguimos sintiendo y viviendo en nuestra alma después de haber vivir la fiesta grande de la resurrección del Señor, como ayer nosotros lo hicimos. No es simplemente un saborear con el recuerdo sino que es algo mucho más profundo porque realmente es algo que seguimos viviendo con toda intensidad.
Por eso, como recordamos todos los años en momentos semejantes a éste, la fiesta grande de la resurrección del Señor se nos prolonga con igual solemnidad en un día tan grande que se hace ocho días, por seguimos celebrando la Pascua con toda solemnidad durante toda la octava. Más aún, tendríamos que decir, que es lo que cada domingo los cristianos queremos celebrar, porque si nos reunimos el domingo, para nosotros es el día primero de la semana, porque es el día en que resucitó el Señor y lo convertimos así en domingo, día del Señor que viene a significar la palabra.
Durante estos días iremos saboreando en el evangelio las distintas apariciones, manifestaciones de Cristo resucitado a los discípulos. Sorpresa, dudas, alegría, entusiasmo, proclamación de fe irán apareciendo en los sentimientos de los discípulos o de aquellas otras personas, como las mujeres que fueron al sepulcro en lo que escuchamos hoy en lo que nosotros iremos enriqueciendo nuestra fe y saboreando una y otra vez el gozo y la alegría de la Pascua.
De la misma manera iremos escuchando en los Hechos de los Apóstoles aquellos primeros momentos de la predicación apostólica con el anuncio claro y explícito que se va haciendo de Cristo resucitado. Iremos contemplando también la respuesta que fueron dando aquellos primeros creyentes con sus dificultades y luchas porque no siempre fue fácil hacer ese anuncio del nombre de Jesús.
Todo ello para seguir profundizando en esa vivencia pascual que hemos de hacer con toda nuestra vida. La proclamación de la resurrección de Jesús y de nuestra fe en El ha de ser al mismo tiempo una proclamación con toda nuestra vida que con hemos nosotros hemos de sentirnos igualmente resucitados. Hemos de ir sintiendo hondamente dentro de nosotros cómo Cristo también nos va levantando a nosotros de nuestra muerte, nos hace resucitar con El, y con El hemos de vivir una nueva vida.
Todo esto alienta nuestra fe, reanima nuestra esperanza. Nos alienta porque sentimos en nosotros el peso de nuestros pecados que nos arrastran a la muerte, pero estamos llamados a la vida. Cristo nos quiere llevar con El, quiere levantarnos, arrancarnos de ese sepulcro de muerte en que nos sumergimos con nuestro pecado. Estamos llamados a la vida y con Cristo resucitado sentimos reanimar nuestra esperanza de que sea posible sí el vivir esa vida nueva de la gracia. Para eso ha resucitado Cristo.
Como hemos recitado en el salmo ‘se alegra mi corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena: porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción’. En estas palabras podemos ver un anuncio de resurrección, y así lo aplica san Pedro en su discurso en el día de Pentecostés que hemos escuchado en la primera lectura. ‘Cuando dijo que no lo entregaría a la muerte y que su carne no conocería la corrupción hablaba del Mesías, previendo su resurrección’. Y como termina afirmando el apóstol ‘Dios resucitó a este Jesús y todos nosotros somos testigos’.
Pero también en estas palabras del salmo podemos entrever un anuncio de nuestra resurrección futura, pero también de esa resurrección que cada día podemos ir viviendo cuando sentimos la gracia salvadora del Señor sobre nosotros para arrancarnos del mal, darnos su perdón y llenarnos de su gracia divina.

viernes, 11 de mayo de 2012


Unidos y en comunión con la fuerza del Espíritu para que el mundo crea

Hechos, 15, 22-31; Sal. 56; Jn. 15, 12-17
Hace unos días escuchamos en la lectura de los Hechos de los Apóstoles que ‘Bernabé y Pablo subieron a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre la controversia’ suscitada. ¿Era necesario que los gentiles que abrazaran la fe en Jesús tuvieran que circuncidarse para salvarse como exigían algunos provenientes del judaísmo más recalcitrante?
Esto motivó lo que suele llamarse el concilio de Jerusalén, primero de los concilios. Allí en Jerusalén se reunieron los Apóstoles y los miembros más representativos de la comunidad para decidir qué hacer. En los textos proclamados ayer y hoy hemos visto el desarrollo de ese encuentro y las decisiones tomadas.
Pedro, que había sido el primero que había bautizado a un gentil, al centurión Cornelio en Cesarea, impulsado por el Espíritu Santo que lo había llevado allí y se había derramado también sobre aquella familia, explica lo sucedido y da la pauta de la solución. ¿En quien encontramos o tenemos la salvación? No es obra nuestra ni depende solo de lo que nosotros hagamos. La salvación es una gracia que nos otorga el Señor. La salvación nos viene de Jesús que es el Salvador. La fe que ponemos en Cristo es la que nos abre las puertas de la salvación. Como escuchábamos ayer ‘creemos que lo mismo ellos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús’.
En el texto hoy escuchado vemos la solución final, con lo que podríamos llamar el decreto del concilio. Hay que destacar una cosa hermosa. La decisión que han tomado no es simplemente una decisión humana. Ahí está presente el Espíritu del Señor que es el que guía siempre a la Iglesia e inspira el camino que hemos de seguir. ‘El Espíritu de la verdad que nos lo revelará todo’, como nos había anunciado Jesús. Por eso hoy dicen: ‘Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…’ Es el Espíritu Santo que nos guía y nos inspira, que nos da la sabiduría de Dios para entender y alcanzar la salvación.
Estamos contemplando lo que es la vida de la Iglesia, la comunidad de los que creen en Jesús y viven su salvación. A lo largo de lo que hemos ido contemplando en los Hechos de los Apóstoles han ido apareciendo sus características y la manera de ser Iglesia. Siempre aparece muy claro que los que creemos en Jesús entramos en una comunión de hermanos con todos los que igualmente creen en Jesús. Una comunión, como hemos ido viendo, que lleva a la unión en la oración en común y en la escucha de la Palabra del Señor – ‘asiduos en escuchar la enseñanza de los apóstoles’, que nos dice -, y que lleva al compartir ‘de manera que nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía’.
Manifiesta esa comunión cuando en los momentos de dificultades, cuando comienzan las persecuciones e incluso Pedro está en la cárcel, la comunidad estaba orando por él y por esa situación. ‘Sin mí no podéis hacer nada’, hemos escuchado estos días; en consecuencia necesitamos esa unión con el Señor por la oración.
Pero es la comunidad que cuando aparecen los problemas que hay que resolver oran e invocan al Espíritu Santo, como lo hicieron cuando fueron elegidos los siete diáconos, o cuando Pablo y Bernabé son señalados para iniciar el primer viaje apostólico a partir de la comunidad de Antioquía; pero es la comunidad que se reúne con la asistencia del Espíritu, como vemos ahora en el llamado Concilio de Jerusalén; han acudido a la comunidad madre y a los apóstoles desde las iglesias hermanas buscando la solución de un problema y se sienten asistidos por el Espíritu Santo.
Nos preguntamos ¿vivimos así nosotros nuestra comunión de Iglesia? Creo que esto tendría que hacernos pensar y ayudarnos a que vivamos con toda intensidad esa comunión que tendría que haber entre todos los que creemos en Jesús. Vivamos unidos y en comunión y seremos un signo para que el mundo crea.

miércoles, 25 de abril de 2012


Queremos seguir las huellas de Cristo para ayudar a los demás a encontrarlas también

1Pd. 5, 5-14; Sal. 88; Mc. 16, 15-20
Cuando queremos encontrar algo o a alguien y andamos un tanto desorientados sin saber bien donde encontrarlo, aunque tengamos indicios de que pueda estar cerca de nosotros o quizá haya pasado muy cerca tratamos de seguir su rastro o de encontrar las huellas que haya podido dejar a su paso que nos llevarán a que podamos encontrarle. Habremos visto quizá películas con imágenes en este sentido o nosotros mismos hayamos hecho un rastreo en alguna ocasión.
Queremos buscar a Jesús, queremos encontrarnos con El, sabemos que está cerca de nosotros o habrá tocado nuestra vida de alguna manera. Busquemos las huellas que nos haya dejado de su presencia. ¿Cómo hacerlo? Tenemos, sí, que abrir los ojos de nuestro corazón para poder descubrirle y escucharle allá dentro de nosotros mismos. Pero tenemos algo más.
Hoy precisamente estamos celebrando la fiesta de un evangelista, san Marcos. Y ¿qué es lo que ha hecho un evangelista? Dejarnos unas huellas bien certeras por las que podemos llegar a Cristo, conocerle y vivirle. Son los evangelios. Jesús mandó predicar, anunciar la Buena Noticia – evangelio – de su salvación a todos los  hombres. ‘Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación’. Hoy mismo lo hemos escuchado. Y los apóstoles, como enviados de Jesús, se derramaron por el mundo entero anunciando la Buena Noticia de Jesús.
Pronto surgen quienes quieren dejar por escrito las palabras y la obra de Jesús, trasmitirnos esa Buena Nueva de la salvación. Inspirados por el Espíritu quisieron recoger aquellas catequesis de los apóstoles que alimentaban la fe de los fieles y nos trasmitieron los evangelios. Hoy estamos ante el que es quizá el primer evangelista que nos trasmite por escrito el evangelio de Jesús, san Marcos. Como aparece junto a san Pedro en sus cartas, como hoy mismo hemos escuchado – ‘os saluda la comunidad de Babilonia y también Marcos, mi hijo’ – es por lo que se suele decir que su evangelio viene a recoger la predicación del apóstol Pedro.
Marcos aparece en determinados momentos en los textos sagrados. ¿Será aquel joven que seguía a Jesús después del prendimiento de Getsemaní envuelto en una sábana y que al intentar prenderlo huye soltando la sábana? En los Hechos de los Apóstoles aparece en diversos momentos Juan Marcos, que acompañaría a Bernabé y Saulo al principio del primer viaje apostólico de Pablo durante el recorrido de Chipre, pero que al llegar al continente no sigue con ellos y se vuelve a Antioquía. Más tarde acompañará a Bernabé cuando se va de nuevo a predicar a Chipre y lo vemos en Roma junto a San Pedro. Su nombre aparece también en algunas cartas de san Pablo. Finalmente la Iglesia Copta en Egipto considera que su origen está precisamente en la predicación de san Marcos.
Pero quedémonos con el mensaje con el que comenzábamos nuestra reflexión. En la oración litúrgica de esta fiesta pedíamos que sepamos ‘aprovechar de tal modo las enseñanzas de Marcos, enaltecido con el ministerio de la predicación evangélica, que sigamos siempre fielmente las huellas de Cristo’. Queremos seguir a Jesús, queremos conocer su mensaje de salvación para hacerlo vida nuestra. Acudamos, pues, al evangelio que así estamos siguiendo fielmente las huellas de Cristo. Seguir las huellas de Cristo es seguir sus mismos pasos, vivir su misma vida, amar con su mismo amor.
Pero también que de san Marcos aprendamos a tener la inquietud honda en nuestro corazón, el deseo grande de que el nombre de Jesús sea conocido para que su salvación llegue a todos los hombres. No olvidemos que en virtud de nuestra fe somos testigos, como hemos venido reflexionando repetidamente en estos días de pascua, y los testigos tenemos que hablar de lo que hemos visto y oído, tenemos que trasmitir aquello que es nuestra vida. Creer en Jesús y vivir la salvación es lo más grande que nos puede suceder. Luego no lo podemos callar, tenemos que anunciarlo, tenemos que convertirnos también en evangelistas, en trasmisores del evangelio para el mundo que nos rodea.

viernes, 18 de noviembre de 2011

En la barca de la Iglesia nunca vamos solos

Hechos, 28, 11-16.30-31;

Sal. 97;

Mt. 14, 22-33

Los dos textos que nos ofrece la Palabra de Dios nos hacen clara referencia a la celebración de la Dedicación de las Basílicas de san Pedro y San Pablo en Roma. Hace pocos días la liturgia nos ofrecía la celebración de la Dedicación de san Juan de Letrán, Archibasílica de El Salvador, la catedral de Roma y el 5 de agosto celebramos la dedicación de la cuarta Basílica santa María la Mayor.

La primera lectura, final del libro de los Hechos de los Apóstoles nos habla de la llegada de san Pablo a Roma, a donde era conducido preso desde Jerusalén para ser juzgado ante el emperador, y tras las múltiples peripecias de un viaje muy accidentado a través del Mediterráneo. Ahora se establece en Roma, allí predicará, aunque esté preso, porque se lo permiten; allí mas tarde entregará su vida, mártir de Cristo y en la Basílica de San Pablo Extramuros, llamada así por estar fuera de la ciudad en la vía que conducía al puerto romano de Ostia, y la Basílica guarda su tumba.

El Evangelio nos hace referencia a San Pedro, cuyo martirio fue en la colina Vaticano, y sobre cuya tumba se edificó la Basílica cuya dedicación, el 18 de noviembre de 1626, hoy conmemoramos, y junto a la cual está los palacios apóstolicos residencia del Papa y todos los organismos centrales de la Iglesia.

Vamos a fijarnos en este relato evangélico para nuestra reflexión y alimento espiritual. Después de la multiplicación de los panes allá en el descampado ‘Jesús apremió a los discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla mientras él despedía a la gente…’

Ahí contemplamos la bella y significativa imagen de la barca atravesando el lago con el grupo de los discípulos, no sin dificultades porque ‘era sacudida por las olas, y el viento era contrario’. En esta celebración con profundo sentido eclesial que queremos vivir hoy en esta fiesta de la dedicación de las mencionadas basílicas de san Pedro y san Pablo puede servirnos muy bien de imagen de la Iglesia en medio del mundo, conducida por los sucesores de Pedro y de los Apóstoles, no sin dificultades también.

Olas que sacuden y vientos en contra encontramos fácilmente porque ni todos aceptan el mensaje del evangelio que predicamos, ni siempre es bien considerada y comprendida por todos la obra y la misión de la Iglesia. El poder del infierno no la derrotará le prometió Jesús a Pedro cuando le confió la misión de ser piedra sobre la que se fundamentaría la Iglesia, pero como decía Pablo VI el rabillo del diablo se mete por medio enredando y poniéndonos dificultades.

Ahí es la misión de los pastores, del Papa, de los Obispos para conducir la nave de la Iglesia. Nos pudiera parecer que caminamos solos, porque son tentaciones a las que todos estamos sometidos, como los apóstoles que creían ir solos en medio del mar embravecido. Pero Cristo no nos abandona. Es bien significativo que mientras ellos luchaban con la barca en medio de las olas, el estaba en la montaña orando. ‘Después de despedir a la gente subió al monte para orar’, nos dice el evangelista. Y luego aparecerá en medio del mar al lado de ellos, caminando sobre las aguas, aunque se confundieran y pensaran que era un fantasma.

Pedro quiere ir hasta Jesús caminando también sobre el agua, aunque duda y le parece que va a hundirse, por lo que grita al Señor para que lo salve. Pero ahí está la mano y la palabra de Jesús. ‘¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?’ Con Jesús se apaciguan las tormentas, todo vuelve a la calma, nos llenamos de paz. ‘En cuanto subieron a la barca amainó el viento’.

‘Realmente eres Hijo de Dios’, es la proclamación de fe que todos hacen. Es la proclamación de fe que nosotros hemos de hacer también. No podemos dudar, aunque nos llegue el agua al cuelo, porque el Señor está siempre con nosotros y si nos fiamos de El no nos vamos a hundir. Sabemos bien que cuántas veces nos hemos hundido, hemos fracasado, hemos caído, es porque confiamos demasiado en nosotros mismos y pusimos poca confianza en El. Que no nos falta nunca la fe. En la barca de Pedro, en la barca de la Iglesia nunca vamos solos.

martes, 18 de octubre de 2011

San Lucas, el cantor de la mansedumbre y la misericordia de Cristo

2Tim. 4, 9-17;

Sal. 144;

Lc. 10, 1-9

‘San Lucas, al darnos su evangelio, nos anunció el Sol que nace de lo alto, Cristo, nuestro Señor’. Así se proclama en una antífona de la Liturgia de las Horas en Laúdes en esta fiesta de san Lucas evangelista que hoy celebramos.

Efectivamente, casi en las primeras páginas del evangelio, en el cántico de Zacarías por el nacimiento de Juan así se nos dice: ‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte’. En medio de resplandores de luz nos describirá precisamente el evangelista san Lucas el nacimiento de Jesús. Y el anciano Simeón, también nos lo narra este evangelista, da gracias a Dios por sus ojos han visto al Salvador ‘a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’.

‘El cantor de la mansedumbre de Cristo’, llama Dante a san Lucas, porque en su evangelio como en ninguno se nos habla de la misericordia de Dios. Ya lo mencionábamos en el cantico de Zacarías ‘por la entrañable misericordia de nuestro Dios’, será igualmente en el cántico de María que bendice al Señor ‘cuya misericordia llega a sus fieles de generación en generación…’ Pero será sobre todo en las parábolas que nos hablan de la misericordia de Dios que nos trasmite de manera especial este evangelista – el hijo pródigo, la oveja perdida, la moneda extraviada, por ejemplo -, o todos los signos, milagros, que nos describe para manifestarnos así cómo es el rostro misericordioso de Dios que se nos manifiesta en Jesús.

O, como hemos pedido en la oración litúrgica de esta fiesta ‘elegiste a san Lucas para que nos revelara tu amor a los pobres’; por eso le pedíamos también lo que ya san Lucas nos describirá en los Hechos de los Apóstoles sobre el espíritu de aquellas primeras comunidades cristianas que ‘a cuantos se glorían en Cristo, vivir con un mismo corazón y un mismo espíritu para atraer a todos los hombres a la salvación’.

Quien nos trasmite la Buena Nueva, el Evangelio, de la misericordia, del amor a los pobres nos está enseñando también cómo ha de ser ese amor en nuestro corazón para todos, pero en especial para con los pobres y los que sufren. La Parábola del Buen Samaritano, única en este evangelio, nos enseña quién es nuestro prójimo y cómo hemos de acoger y tratar a todo prójimo, con amor y misericordia.

‘Para atraer a todos los hombres a la salvación’, decíamos antes que pedíamos y el evangelio de Lucas es lo que nos está enseñando. Primero serán los pobres, los pastores de Belén, a los que se les anuncia la Buena Nueva del nacimiento de Jesús; y serán los magos de oriente, venidos de lejos, los que vienen buscando al recién nacido rey de los judíos porque han visto surgir su estrella en el cielo – el Sol que nace de lo alto – y al que le ofrecerán oro, incienso y mira, reconociendo no solo su humanidad, sino tambien su condición divina de Hijo de Dios que trae la salvación a todos los hombres.

Antes de Pentecostés, ya en el libro de los Hechos, Lucas nos trasladará las palabras de Jesús que anuncian la presencia y la fuerza del Espiritu para que sean testigos no sólo en jerusalén y Judea, sino en Samaría y hasta los confines de la tierra. Pedro, nos narrará Lucas, bautizará al centurión Cornelio en Cesarea y Pablo se dedicará al anuncio de la Buena Nueva del Evangelio a los gentiles.

Cuando estamos celebrando la fiesta de este evangelista, he querido fijarme en algunas de las características del evangelio de Lucas y de los Hechos de los Apóstoles, de los que también es autor, porque quizá son aspectos que necesitamos resaltar en la vivencia de nuestra fe y en el testimonio de nuestra vida cristiana. Ese amor y misericordia de Dios manifestado para con todos, especialmente los pobres y los pecadores, que ha de ser también nuestro anuncio, el anuncio y el testimonio de la Iglesia hoy y que con nuestra vida hemos de proclamar manifestándonos así como verdaderos testigos de Jesús.

Que la intercesión de san Lucas nos ayude a vivir con ese mismo corazón y ese mismo espíritu para atraer a todos por nuestro testimonio a los caminos de la fe y de la salvación.

martes, 7 de junio de 2011

Quien se deja conducir por el Espíritu será hombre espiritual


Hechos, 20, 17-27;

Sal. 67;

Jn. 17, 1-11

‘Me dirijo a Jerusalén, forzado por el Espíritu. No sé lo que me espera allí, solo sé que el Espiritu Santo, de ciudad en ciudad, me asegura que me aguardan cárceles y luchas…’ Hermoso testimonio de quien se deja conducir por el Espíritu Santo.

Pablo que había estado en Éfeso, había recorrido las diversas Iglesias de Acaya y ahora se dirige a Jerusalén. Al pasar por Mileto, no teniendo tiempo de visitar de nuevo la comunidad de Efeso manda a buscar a los principales responsables de aquella Iglesia y allí en Mileto les dirige la palabra que es algo así como una despedida porque sabe que el Espíritu lo va conduciendo de nuevo a Jerusalén y allí le aguardan ‘cárceles y luchas’, como más adelante vemos en los Hechos de los Apóstoles.

Pero fijémonos en las palabras y en el testimonio de Pablo en esta despedida. Quien se deja conducir por el Espíritu Santo es hombre espiritual y llegará a dar verdadera gloria al Señor con toda su vida. Así es la vida de Pablo, entregado a predicar el Reino como testigo del evangelio y a quien ahora sólo le preocupa cumplir el encargo recibido. Pero Pablo nos está dando muestras de la profundidad de su fe y de su vida y de la altura de su espiritualidad para así dejarse conducir por el Espíritu del Señor. Todo siempre para la gloria del Señor que es lo que él busca.

Pero no siempre es fácil alcanzar esa altura espiritual. No siempre es fácil dejarse conducir por el Espíritu del Señor. Somos muy de carne y la carne es flaca como les diría Jesús a los discípulos en Getsemaní. Somos débiles y cuando presentimos la tentación y la lucha tenemos el peligro de sentirnos sin fuerzas. Nos arrastra mucho la pasión y el egoísmo y podemos estarle poniendo límites a nuestra entrega y a nuestro amor porque queremos reservarnos para nosotros mismos en muchas ocasiones. Tenemos miedo a poner toda esa disponibilidad para dejarnos conducir por el Espíritu ante el temor de lo desconocido, de lo que nos pueda pedir el Señor.

Tenemos que entrenarnos para lograr esa disponibilidad y esa generosidad del corazón. Y no son entrenamientos físicos, como podemos comprender. Es crecer en el amor del Señor y aprendiendo a cultivar en nosotros un amor semejante al del Señor. Para ello necesitamos estar muy unidos al Señor, unión que no lograremos de verdad sino a partir de una purificación interior y de un crecimiento de nuestro espíritu de oración.

Si el sarmiento no está unido a la vid, a la cepa, hemos escuchado recientemente, no podrá dar fruto. Es lo que tenemos que hacer nosotros. Así crecerá nuestra espiritualidad; así le daremos verdadera profundidad a nuestra vida; así aprenderemos a discernir e interpretar correctamente lo que nos sucede y a escuchar la voz del Espíritu en nuestro corazón sin ninguna confusión.

No acallemos esa voz del Espíritu en nuestro interior. Hagamos verdadero silencio espiritual para poder escucharla, para poder sentir esa presencia del Espíritu en nosotros. Hay ruidos que nos han ensordecido los oídos del corazón, como aquel que está siempre rodeado de sonidos estridentes y le han dañado ya el oído y no sabrá distinguir un sonido suave y agradable o el susurro de las cosas hermosas. Cuántas cosas, en nuestras pasiones, con nuestros orgullos, en nuestro egoísmo han ido ensordeciendo los oídos del alma, o distraen nuestro espíritu. Tendremos que afinar de nuevo nuestro espíritu y nuestro corazón para poder escuchar ese susurro de Dios que nos hará sentir suavemente su amor en nosotros.

Estamos en esta semana de preparación para Pentecostés y nuestra oración constante es pedir que se derrame el Espíritu de Dios en nuestros corazones. Pidámoslo con insistencia, con amor, con perseverancia para poner también disponibilidad en nuestro corazón. Pidámosle que nos conceda el espíritu de fortaleza para con valentía decir sí a todo lo que nos vaya pidiendo Dios aunque sean cosas costosas y dolorosas. Con la fuerza del Espíritu Santo todo será posible y podremos en verdad dar gloria en todo momento al Señor.

viernes, 20 de mayo de 2011

A vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación


Hechos, 13, 26-33;

Sal. 2;

Jn. 14, 1-6

‘A vosotros, todos los que teméis a Dios, se os ha enviado este mensaje de salvación’. Es para nosotros también. Cada vez que escuchamos la Palabra del Señor estamos recibiendo este mensaje de salvación. No nos contentamos con recordar. El Señor a nosotros nos habla también hoy, en el hoy de nuestra vida. No es sólo un recuerdo de hechos pasados, aunque vayamos haciendo memoria de esa Palabra dicha, ese mensaje de salvación, pero que nos dice el Señor hoy también a nosotros.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles hemos ido contemplando el comienzo del primer viaje de Pablo y Bernabé, enviados por el Espíritu del Señor. Habían ido primero a Chipre y pronto saltaron al Asia Menor. Desde Perge de Panfilia por donde desembarcaron se dirigieron a Antioquía de Pisidia y allí en la Sinagoga el sábado fueron invitados a hablar después de que se hizo la lectura de la Palabra.

Ayer recordábamos el resumen de la historia de la salvación que les hacía Pablo hasta el momento de la predicación del Bautista proclamando un bautismo de conversión como preparación al que había de venir. Hoy ya el anuncio que escuchamos es más concreto refiriéndose a Jesús. ‘Los habitantes de Jerusalén no reconocieron a Jesús ni entendieron las profecías que se leen los sábados, pero las cumplieron al condenarlo… pero Dios lo resucitó de entre los muertos… nosotros os anunciamos que la promesa que hizo Dios a nuestros padres nos la ha cumplido a los hijos resucitando a Jesús’.

Es el anuncio claro, valiente, comprometido que hacen de Jesús, de su salvación. ‘A vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación’. La redención de Cristo abarca a todos los hombres, a todos ha de llegar su gracia y su perdón. Y es el anuncio, el Kerigma de salvación, que los apóstoles les vienen a traer. Es en Jesús en quien hay que creer porque El es en verdad nuestro único Salvador.

Decíamos al principio que para nosotros también es ese mensaje de salvación. Es lo que celebramos y vivimos. Tiene que ser en verdad nuestra vida. Es el anuncio y proclamación que nosotros hacemos en nuestra celebración. ‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección…’ aclamamos con fe cuando venimos a la Eucaristía. Es el misterio, el sacramento de nuestra fe que celebramos. Es una proclamación de nuestra fe lo que estamos haciendo.

‘Al celebrar ahora el memorial de la muerte y de la resurrección del Señor te ofrecemos el pan de vida y el cáliz de salvación, y te damos gracias…’ decimos en la plegaria eucarística. Memorial de la muerte y resurrección del Señor. Proclamación de nuestra salvación y nuestra redención que nos viene por la muerte y la resurrección del Señor. Lo decimos todos los días pero es necesario que muchas veces nos detengamos un poco a reflexionarlo, a rumiarlo en nuestro corazón, para que no sean unas palabras dichas sin más, sino que sea en verdad esa expresión de nuestra fe, esa proclamación de nuestra fe.

Queremos poner toda nuestra fe en Jesús y seguirle. Como nos dice en el evangelio hoy es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Ya tendremos oportunidad de reflexionarlo más porque este mismo texto lo vamos a proclamar en el quinto domingo de pascua. Poner nuestra fe en Jesús y seguirle es vivirle, hacerlo vida nuestra. Nuestra única vida que nos da plenitud. No es solamente hacer cosas para ser buenos, copiar o imitar, sino vivir. Es meter a Cristo en nuestra vida. Como hemos reflexionado más de una vez, cuando le comemos en la Eucaristía nos hacemos uno con El; es una unión tan profunda que El habita en nosotros y nosotros habitamos en El.

Que lleguemos a entenderlo y a vivirlo, vivir su salvación.

jueves, 5 de mayo de 2011

El que cree en el Hijo posee la vida eterna


Hechos, 5, 27-33;

Sal. 33;

Jn. 3, 31-36

‘El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo, no verá la vida…’ Viene a ser la conclusión del largo encuentro de Jesús con Nicodemo, el que había ido de noche a ver a Jesús. Le habló de nacer de nuevo para ver el Reino de Dios; le habló del amor inmenso del Padre que nos envía a su Hijo para que tengamos vida eterna, como ayer reflexionábamos. Hoy nos dice que quien no cree en el Hijo no verá la vida; para poseer la vida eterna es necesario creer en Jesús.

Tendríamos que decir que todo lo que nos narran los evangelios es para despertar nuestra fe en Jesús como nuestro Señor y nuestro Salvador. Es la Buena Noticia de la Salvación, y esa Buena Noticia no son cosas ni meramente hechos sino una persona, Cristo Jesús. Claro que en Jesús veremos hasta donde llega el amor de Dios, contemplaremos su vida, lo que hace y lo que nos enseña; y todo para provocar la fe en nosotros, para que crezca esa fe y creyendo alcancemos la vida eterna.

Estamos leyendo el evangelio de Juan. Cuando lleguemos al final, realmente lo escuchamos en estos días pasados, en concreto el domingo, cuando se nos narraban las apariciones de Jesús resucitado, pues bien, al final del evangelio se nos dirá: ‘Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos: éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre’.

Vida y vida eterna por el nombre de Jesús; vida y vida eterna si creemos en El. Por la fe le aceptamos no simplemente como una idea, o un personaje por muy importante que nos parezca; por la fe aceptamos a Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador del mundo. Y si ha venido a salvarnos es para arrancarnos de la muerte, para darnos vida, y no una vida cualquiera sino vida eterna. Una fe y una vida que tiene que transparentarse en nuestra propia vida. Nos impregnamos de la fe, de la vida de Dios, no como algo añadido externamente, sino como algo que sentiremos en lo más hondo de nosotros mismos. Algo de lo vamos a dar testimonio con nuestras obras, nuestras palabras, con toda nuestra vida. Aunque nos sea difícil y nos cueste.

El testimonio que nos ofrecen los Hechos de los Apóstoles, y en concreto en esta lectura hoy proclamada, es hermoso. Los Apóstoles están incluso en la cárcel por hablar del nombre de Jesús; les prohíben hablar, los acosan y persiguen; ahora los traen de nuevo ante el tribunal del Sanedrín, porque el ángel del Señor los había liberado de la cárcel y estaban de nuevo predicando en el templo.

‘Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres’, replican cuando les dicen que les habían prohibido formalmente enseñar en nombre de Jesús. ‘El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús… la diestra de Dios lo exaltó haciéndole jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo que Dios da a los que le obedecen’.

Hermoso ejemplo y testimonio. Que el Espíritu del Señor esté también con nosotros para que nos dé esa valentía. Que el Espíritu del Señor inunde nuestra vida para que creyendo en Jesús nos llenemos de vida eterna.

Cómo tenemos que cuidar nuestra fe. Es el don más precioso que Dios nos ha dado. Algo sobrenatural que nos trasciende y nos un sentido nuevo a nuestra vida. Mucho tenemos que meditar sobre nuestra fe para que lleguemos a ahondar en todo el misterio de Dios; mucho tenemos que meditar para purificarla y hacerla más auténtica; mucho tenemos que meditar en todo esto para que cada día podamos conocer más y más a Jesús y así crezca también más y más nuestra fe.

Le pedimos a Dios ese don de la fe. Le damos gracias al Señor por esa fe, que un día recibimos de nuestros padres, que se ha alimentado en la vida de la Iglesia y en ella, en comunión plena con la Iglesia, queremos vivirla.

lunes, 25 de abril de 2011

Seguimos diciendo éste el día en que actuó el Señor

Seguimos diciendo éste el día en que actuó el Señor

Hechos, 2, 14.22-32; Sal.15; Mt. 28, 8-15

Seguimos diciendo ‘éste el día en que actuó el Señor…’ Seguimos sintiendo la alegría y el gozo de la resurrección del Señor. Seguimos viviendo el hoy de la resurrección del Señor, el hoy de nuestra salvación. Toda esta semana de la octava de Pascua es como un día grande que se prolonga a lo largo de los ocho días como si fuera uno sólo que seguimos viviendo con la misma solemnidad y alegría. Decimos hoy también ‘éste es el día en que actuó el Señor’.

Durante toda esta semana iremos contemplando en el evangelio diversos momentos en torno a la resurreción de Jesús. Porque seguimos meditándolo, rumiándolo hondamente en nuestro corazón. Seguimos afirmando nuestra fe en Cristo resucitado. Y eso tanto en el texto de los Hechos de los Apóstoles, que además será la primera lectura de todo nuestro tiempo de pascua, como en los textos del evangelio que se nos proclaman.

Es importante para afirmar la resurrección de Jesús la primera escena del evangelio en el encuentro con el Señor resucitado de las mujeres que fueron al sepulcro, como ya escuchábamos en la noche de la vigilia pascual. Pero importante para esa misma afirmación es la segunda parte del evangelio con el engaño y soborno que pretendían con que los guardias dijeran que mientras ellos estaban durmiendo los discípulos se habían robado el cuerpo de Jesús. Un hecho que se vuelve contra ellos, porque en cierto modo es una afirmación y reconocimiento del hecho de la resurrección, del que los guardias son los primeros testigos. Repito, todo nos viene a reafirmar en nuestra fe en el Señor resucitado.

Como escuchábamos, ‘mientras las mujeres se marchaban a toda prisa, impresionadas y llenas de alegría’ por lo que los ángeles les habían anunciado, para ‘anunciarselo a los discípulos’, Jesús les sale al encuentro. ‘Alegraos… no tengáis miedo’. Nos dice el evangelista que ‘ellas se acercaron, se postraron ante El y le abrazaron los pies’. Sorpresa, alegría, se encontraban con Jesús. Era un reafirmar lo que los ángeles les habían anunciado. Allí estaba Jesús.

Y está ahora el envío de Jesús: ‘Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán’. En Mateo, en la brevedad con que trata el hecho de la resurrección, la aparición de Cristo resucitado a los discípulos se desarrolla en Galilea. Los otros evangelistas, sobre todo Lucas y Juan, nos hablan más de las apariciones de Jesús en Jerusalén.

Pero sea una cosa u otra hay algo que podemos destacar. El encuentro con Cristo resucitado entraña siempre una misión. El encuentro con el Señor que nos llena de vida, de alegría, que nos hace crecer en nuestra fe, nos impulsa siempre al encuentro con los demás, al anuncio que de Jesús tenemos que hacer siempre a los demás. Quien cree en Jesús se hace misionero, anunciador del evangelio. Quien cree en Jesús ese regalo grande que ha recibido de Dios que es su fe ha de compartirlo con los demás. Nos sentiremos siempre enviados.

En este sentido, aunque sea brevemente, hagamos referencia al discurso de Pedro, en el mismo día de Pentecostés. Han recibido el Espíritu del Señor e inmediatamente salen a anunciar a Jesús a los demás. Aunque pudiera parecer atrevimiento el hablar con la claridad que hace Pedro ante unas personas que cincuenta días antes han crucificado al Maestro. Ese Jesús a quien vosotros matásteis colgándolo de un madero, Dios lo resucito rompiendo las ataduras de la muerte. Y es que el que cree en Jesús tiene que ser siempre valiente para dar testimonio del Señor, de su fe en todo momento y ante todos.

Que el Señor nos haga crecer y madurar en nuestra fe de esa manera y nos dé esa valentía para anunciarlo.

lunes, 18 de octubre de 2010

El evangelista de Buenas Nuevas de alegría a los pobres y de la misericordia del Señor


San Lucas Evangelista

2Tim. 4, 9-17;
Sal. 144;
Lc. 10, 1-9

Celebramos hoy al evangelista san Lucas, autor del tercer evangelio y de los Hechos de los Apóstoles. Bien nos habla él en el principio de estos libros de su interés por conocer la verdad de Jesús con todos los hechos y acontecimientos de su vida y escribirlos con orden para que los podamos conocer.
San Pablo lo cita en sus cartas como compañero que permanece con él, incluso en momentos difíciles en que otros han dejado a Pablo. Lucas de origen o al menos de cultura griega un día conocería el evangelio de Jesús y se convirtió en discípulo; pero quiso ser más porque nos dejó el evangelio trasmitiéndonos así todo lo que él había conocido de Jesús. Es lo primero que hemos de destacar de Lucas, el evangelista, el trasmisor del Evangelio.
Muchas cosas se podrían resaltar del evangelio de Lucas. Destacaremos algunas cosas que nos puedan ayudar en su fiesta a conocerle, pero sobre todo a través de su evangelio a llegar también nosotros a un mayor conocimiento de Jesús.
Es el evangelista que nos anuncia buenas nuevas de alegría tanto en el relato del nacimiento de Jesús como en la resurrección. ‘Os anuncio una gran alegría…’ trasmitieron los ángeles a los pastores según el relato que nos hace Lucas. Alegría trasmitieron también los ángeles a las mujeres que iban al sepulcro al anunciarles que no buscaran entre los muertos al que estaba vivo porque Jesús había resucitado. Y por fijarnos en algunas cosas más Jesús en el evangelio de Lucas nos habla de la alegría del cielo cuando un pecador se arrepiente se convierte, igual que la fiesta que hace el padre a la vuelta del hijo que estaba perdido y lo habían de nuevo encontrado.
Pero es también el evangelista que nos habla de la Buena Noticia, el Evangelio, que se anunciará a los pobres. Será en la sinagoga de Nazaret cuando Jesús mismo lee al profeta Isaías comentando que lo anunciado por el profeta allí se estaba cumpliendo. Por eso el evangelista al darnos su relato de las bienaventuranzas llamará dichosos a los pobres porque de ellos es el reino de los cielos.
Será el evangelista que nos narrará las más hermosas parábolas que nos hablan de la misericordia de Dios cuando nos habla de la oveja perdida, la moneda extraviada o el hijo pródigo que marcha de la casa del padre, para hablarnos, como decíamos, de la alegría del cielo, pero de la misericordia de Dios que nos busca y nos ofrece siempre el abrazo de su amor y su perdón. Mucho más podríamos o tendríamos que profundizar en todo esto.
Finalmente destaquemos algo que nos repite Lucas en varias ocasiones en los Hechos de los Apóstoles que es la vida de comunión que hay, que tendría que haber siempre en consecuencia, entre todos los que creemos en Jesús. En los Hechos nos dirá de aquellas primeras comunidades que ‘el grupo de los creyentes pensaban y sentían lo mismo, de manera que nadie consideraba como propio nada de lo que poseía, sino que tenían en común todas las cosas'. Ya antes nos había dicho que ‘todos perseveraban unánimes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión y en la fracción del pan y en las oraciones…’
Lo pedíamos en la oración litúrgica, ‘vivir con un mismo corazón y un mismo espíritu y atraer a todos los hombres a la salvación’. Que seamos capaces desde el conocimiento de Jesús en que vayamos creciendo más y más, vayamos creciendo en comunión entre nosotros. Desde que creemos en Jesús no es de otra manera como podemos vivir. Pero que eso despierte en nosotros también ese ardor misionero para anunciar el evangelio a los demás. Jesús había enviado a sus discípulos de dos en dos a anunciar el Reino de Dios y los Hechos nos relatarán esa acción misionera de la primera Iglesia.
Empapémonos del Evangelio cuando hoy estamos celebrando la fiesta de este evangelista. Y que arda en nosotros ese celo porque también ese evangelio sea anunciado a los pobres, a los que sufren, a todos, porque para todos es esa buena noticia y para todos es ese año de gracia del Señor.