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miércoles, 11 de junio de 2014
Bernabé, un hombre que se deja conducir por el Espíritu Santo con un corazón generoso, lleno de fe y rebosante de amor
sábado, 7 de junio de 2014
Esperamos Pentecostés como María abriendo nuestro corazón a Dios para que nos llene el Espíritu de santidad

Esperamos Pentecostés como María abriendo nuestro corazón a Dios para que nos llene el Espíritu de santidad
jueves, 25 de abril de 2013
Una profesión de fe con firmeza, un anuncio hecho con fidelidad, unas huellas que hemos de seguir
San Marcos Evangelista
jueves, 11 de abril de 2013
La fortaleza del Espíritu para confesar y testimoniar nuestra fe
martes, 9 de abril de 2013
Un testimonio valiente de la fe en la resurrección: la comunión y el compartir de los hermanos
lunes, 1 de abril de 2013
La pascua sigue alentando nuestra fe y reavivando nuestra esperanza
viernes, 11 de mayo de 2012

Unidos y en comunión con la fuerza del Espíritu para que el mundo crea
miércoles, 25 de abril de 2012
Queremos seguir las huellas de Cristo para ayudar a los demás a encontrarlas también
viernes, 18 de noviembre de 2011
En la barca de la Iglesia nunca vamos solos

Hechos, 28, 11-16.30-31;
Sal. 97;
Mt. 14, 22-33
Los dos textos que nos ofrece la Palabra de Dios nos hacen clara referencia a la celebración de la Dedicación de las Basílicas de san Pedro y San Pablo en Roma. Hace pocos días la liturgia nos ofrecía la celebración de la Dedicación de san Juan de Letrán, Archibasílica de El Salvador, la catedral de Roma y el 5 de agosto celebramos la dedicación de la cuarta Basílica santa María la Mayor.
La primera lectura, final del libro de los Hechos de los Apóstoles nos habla de la llegada de san Pablo a Roma, a donde era conducido preso desde Jerusalén para ser juzgado ante el emperador, y tras las múltiples peripecias de un viaje muy accidentado a través del Mediterráneo. Ahora se establece en Roma, allí predicará, aunque esté preso, porque se lo permiten; allí mas tarde entregará su vida, mártir de Cristo y en la Basílica de San Pablo Extramuros, llamada así por estar fuera de la ciudad en la vía que conducía al puerto romano de Ostia, y la Basílica guarda su tumba.
El Evangelio nos hace referencia a San Pedro, cuyo martirio fue en la colina Vaticano, y sobre cuya tumba se edificó la Basílica cuya dedicación, el 18 de noviembre de 1626, hoy conmemoramos, y junto a la cual está los palacios apóstolicos residencia del Papa y todos los organismos centrales de la Iglesia.
Vamos a fijarnos en este relato evangélico para nuestra reflexión y alimento espiritual. Después de la multiplicación de los panes allá en el descampado ‘Jesús apremió a los discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla mientras él despedía a la gente…’
Ahí contemplamos la bella y significativa imagen de la barca atravesando el lago con el grupo de los discípulos, no sin dificultades porque ‘era sacudida por las olas, y el viento era contrario’. En esta celebración con profundo sentido eclesial que queremos vivir hoy en esta fiesta de la dedicación de las mencionadas basílicas de san Pedro y san Pablo puede servirnos muy bien de imagen de la Iglesia en medio del mundo, conducida por los sucesores de Pedro y de los Apóstoles, no sin dificultades también.
Olas que sacuden y vientos en contra encontramos fácilmente porque ni todos aceptan el mensaje del evangelio que predicamos, ni siempre es bien considerada y comprendida por todos la obra y la misión de la Iglesia. El poder del infierno no la derrotará le prometió Jesús a Pedro cuando le confió la misión de ser piedra sobre la que se fundamentaría la Iglesia, pero como decía Pablo VI el rabillo del diablo se mete por medio enredando y poniéndonos dificultades.
Ahí es la misión de los pastores, del Papa, de los Obispos para conducir la nave de la Iglesia. Nos pudiera parecer que caminamos solos, porque son tentaciones a las que todos estamos sometidos, como los apóstoles que creían ir solos en medio del mar embravecido. Pero Cristo no nos abandona. Es bien significativo que mientras ellos luchaban con la barca en medio de las olas, el estaba en la montaña orando. ‘Después de despedir a la gente subió al monte para orar’, nos dice el evangelista. Y luego aparecerá en medio del mar al lado de ellos, caminando sobre las aguas, aunque se confundieran y pensaran que era un fantasma.
Pedro quiere ir hasta Jesús caminando también sobre el agua, aunque duda y le parece que va a hundirse, por lo que grita al Señor para que lo salve. Pero ahí está la mano y la palabra de Jesús. ‘¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?’ Con Jesús se apaciguan las tormentas, todo vuelve a la calma, nos llenamos de paz. ‘En cuanto subieron a la barca amainó el viento’.
‘Realmente eres Hijo de Dios’, es la proclamación de fe que todos hacen. Es la proclamación de fe que nosotros hemos de hacer también. No podemos dudar, aunque nos llegue el agua al cuelo, porque el Señor está siempre con nosotros y si nos fiamos de El no nos vamos a hundir. Sabemos bien que cuántas veces nos hemos hundido, hemos fracasado, hemos caído, es porque confiamos demasiado en nosotros mismos y pusimos poca confianza en El. Que no nos falta nunca la fe. En la barca de Pedro, en la barca de la Iglesia nunca vamos solos.
martes, 18 de octubre de 2011
San Lucas, el cantor de la mansedumbre y la misericordia de Cristo

2Tim. 4, 9-17;
Sal. 144;
Lc. 10, 1-9
‘San Lucas, al darnos su evangelio, nos anunció el Sol que nace de lo alto, Cristo, nuestro Señor’. Así se proclama en una antífona de la Liturgia de las Horas en Laúdes en esta fiesta de san Lucas evangelista que hoy celebramos.
Efectivamente, casi en las primeras páginas del evangelio, en el cántico de Zacarías por el nacimiento de Juan así se nos dice: ‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte’. En medio de resplandores de luz nos describirá precisamente el evangelista san Lucas el nacimiento de Jesús. Y el anciano Simeón, también nos lo narra este evangelista, da gracias a Dios por sus ojos han visto al Salvador ‘a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’.
‘El cantor de la mansedumbre de Cristo’, llama Dante a san Lucas, porque en su evangelio como en ninguno se nos habla de la misericordia de Dios. Ya lo mencionábamos en el cantico de Zacarías ‘por la entrañable misericordia de nuestro Dios’, será igualmente en el cántico de María que bendice al Señor ‘cuya misericordia llega a sus fieles de generación en generación…’ Pero será sobre todo en las parábolas que nos hablan de la misericordia de Dios que nos trasmite de manera especial este evangelista – el hijo pródigo, la oveja perdida, la moneda extraviada, por ejemplo -, o todos los signos, milagros, que nos describe para manifestarnos así cómo es el rostro misericordioso de Dios que se nos manifiesta en Jesús.
O, como hemos pedido en la oración litúrgica de esta fiesta ‘elegiste a san Lucas para que nos revelara tu amor a los pobres’; por eso le pedíamos también lo que ya san Lucas nos describirá en los Hechos de los Apóstoles sobre el espíritu de aquellas primeras comunidades cristianas que ‘a cuantos se glorían en Cristo, vivir con un mismo corazón y un mismo espíritu para atraer a todos los hombres a la salvación’.
Quien nos trasmite la Buena Nueva, el Evangelio, de la misericordia, del amor a los pobres nos está enseñando también cómo ha de ser ese amor en nuestro corazón para todos, pero en especial para con los pobres y los que sufren. La Parábola del Buen Samaritano, única en este evangelio, nos enseña quién es nuestro prójimo y cómo hemos de acoger y tratar a todo prójimo, con amor y misericordia.
‘Para atraer a todos los hombres a la salvación’, decíamos antes que pedíamos y el evangelio de Lucas es lo que nos está enseñando. Primero serán los pobres, los pastores de Belén, a los que se les anuncia la Buena Nueva del nacimiento de Jesús; y serán los magos de oriente, venidos de lejos, los que vienen buscando al recién nacido rey de los judíos porque han visto surgir su estrella en el cielo – el Sol que nace de lo alto – y al que le ofrecerán oro, incienso y mira, reconociendo no solo su humanidad, sino tambien su condición divina de Hijo de Dios que trae la salvación a todos los hombres.
Antes de Pentecostés, ya en el libro de los Hechos, Lucas nos trasladará las palabras de Jesús que anuncian la presencia y la fuerza del Espiritu para que sean testigos no sólo en jerusalén y Judea, sino en Samaría y hasta los confines de la tierra. Pedro, nos narrará Lucas, bautizará al centurión Cornelio en Cesarea y Pablo se dedicará al anuncio de la Buena Nueva del Evangelio a los gentiles.
Cuando estamos celebrando la fiesta de este evangelista, he querido fijarme en algunas de las características del evangelio de Lucas y de los Hechos de los Apóstoles, de los que también es autor, porque quizá son aspectos que necesitamos resaltar en la vivencia de nuestra fe y en el testimonio de nuestra vida cristiana. Ese amor y misericordia de Dios manifestado para con todos, especialmente los pobres y los pecadores, que ha de ser también nuestro anuncio, el anuncio y el testimonio de la Iglesia hoy y que con nuestra vida hemos de proclamar manifestándonos así como verdaderos testigos de Jesús.
Que la intercesión de san Lucas nos ayude a vivir con ese mismo corazón y ese mismo espíritu para atraer a todos por nuestro testimonio a los caminos de la fe y de la salvación.
martes, 7 de junio de 2011
Quien se deja conducir por el Espíritu será hombre espiritual
Hechos, 20, 17-27;
Sal. 67;
Jn. 17, 1-11
‘Me dirijo a Jerusalén, forzado por el Espíritu. No sé lo que me espera allí, solo sé que el Espiritu Santo, de ciudad en ciudad, me asegura que me aguardan cárceles y luchas…’ Hermoso testimonio de quien se deja conducir por el Espíritu Santo.
Pablo que había estado en Éfeso, había recorrido las diversas Iglesias de Acaya y ahora se dirige a Jerusalén. Al pasar por Mileto, no teniendo tiempo de visitar de nuevo la comunidad de Efeso manda a buscar a los principales responsables de aquella Iglesia y allí en Mileto les dirige la palabra que es algo así como una despedida porque sabe que el Espíritu lo va conduciendo de nuevo a Jerusalén y allí le aguardan ‘cárceles y luchas’, como más adelante vemos en los Hechos de los Apóstoles.
Pero fijémonos en las palabras y en el testimonio de Pablo en esta despedida. Quien se deja conducir por el Espíritu Santo es hombre espiritual y llegará a dar verdadera gloria al Señor con toda su vida. Así es la vida de Pablo, entregado a predicar el Reino como testigo del evangelio y a quien ahora sólo le preocupa cumplir el encargo recibido. Pero Pablo nos está dando muestras de la profundidad de su fe y de su vida y de la altura de su espiritualidad para así dejarse conducir por el Espíritu del Señor. Todo siempre para la gloria del Señor que es lo que él busca.
Pero no siempre es fácil alcanzar esa altura espiritual. No siempre es fácil dejarse conducir por el Espíritu del Señor. Somos muy de carne y la carne es flaca como les diría Jesús a los discípulos en Getsemaní. Somos débiles y cuando presentimos la tentación y la lucha tenemos el peligro de sentirnos sin fuerzas. Nos arrastra mucho la pasión y el egoísmo y podemos estarle poniendo límites a nuestra entrega y a nuestro amor porque queremos reservarnos para nosotros mismos en muchas ocasiones. Tenemos miedo a poner toda esa disponibilidad para dejarnos conducir por el Espíritu ante el temor de lo desconocido, de lo que nos pueda pedir el Señor.
Tenemos que entrenarnos para lograr esa disponibilidad y esa generosidad del corazón. Y no son entrenamientos físicos, como podemos comprender. Es crecer en el amor del Señor y aprendiendo a cultivar en nosotros un amor semejante al del Señor. Para ello necesitamos estar muy unidos al Señor, unión que no lograremos de verdad sino a partir de una purificación interior y de un crecimiento de nuestro espíritu de oración.
Si el sarmiento no está unido a la vid, a la cepa, hemos escuchado recientemente, no podrá dar fruto. Es lo que tenemos que hacer nosotros. Así crecerá nuestra espiritualidad; así le daremos verdadera profundidad a nuestra vida; así aprenderemos a discernir e interpretar correctamente lo que nos sucede y a escuchar la voz del Espíritu en nuestro corazón sin ninguna confusión.
No acallemos esa voz del Espíritu en nuestro interior. Hagamos verdadero silencio espiritual para poder escucharla, para poder sentir esa presencia del Espíritu en nosotros. Hay ruidos que nos han ensordecido los oídos del corazón, como aquel que está siempre rodeado de sonidos estridentes y le han dañado ya el oído y no sabrá distinguir un sonido suave y agradable o el susurro de las cosas hermosas. Cuántas cosas, en nuestras pasiones, con nuestros orgullos, en nuestro egoísmo han ido ensordeciendo los oídos del alma, o distraen nuestro espíritu. Tendremos que afinar de nuevo nuestro espíritu y nuestro corazón para poder escuchar ese susurro de Dios que nos hará sentir suavemente su amor en nosotros.
Estamos en esta semana de preparación para Pentecostés y nuestra oración constante es pedir que se derrame el Espíritu de Dios en nuestros corazones. Pidámoslo con insistencia, con amor, con perseverancia para poner también disponibilidad en nuestro corazón. Pidámosle que nos conceda el espíritu de fortaleza para con valentía decir sí a todo lo que nos vaya pidiendo Dios aunque sean cosas costosas y dolorosas. Con la fuerza del Espíritu Santo todo será posible y podremos en verdad dar gloria en todo momento al Señor.
viernes, 20 de mayo de 2011
A vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación
Hechos, 13, 26-33;
Sal. 2;
Jn. 14, 1-6
‘A vosotros, todos los que teméis a Dios, se os ha enviado este mensaje de salvación’. Es para nosotros también. Cada vez que escuchamos la Palabra del Señor estamos recibiendo este mensaje de salvación. No nos contentamos con recordar. El Señor a nosotros nos habla también hoy, en el hoy de nuestra vida. No es sólo un recuerdo de hechos pasados, aunque vayamos haciendo memoria de esa Palabra dicha, ese mensaje de salvación, pero que nos dice el Señor hoy también a nosotros.
En el libro de los Hechos de los Apóstoles hemos ido contemplando el comienzo del primer viaje de Pablo y Bernabé, enviados por el Espíritu del Señor. Habían ido primero a Chipre y pronto saltaron al Asia Menor. Desde Perge de Panfilia por donde desembarcaron se dirigieron a Antioquía de Pisidia y allí en la Sinagoga el sábado fueron invitados a hablar después de que se hizo la lectura de la Palabra.
Ayer recordábamos el resumen de la historia de la salvación que les hacía Pablo hasta el momento de la predicación del Bautista proclamando un bautismo de conversión como preparación al que había de venir. Hoy ya el anuncio que escuchamos es más concreto refiriéndose a Jesús. ‘Los habitantes de Jerusalén no reconocieron a Jesús ni entendieron las profecías que se leen los sábados, pero las cumplieron al condenarlo… pero Dios lo resucitó de entre los muertos… nosotros os anunciamos que la promesa que hizo Dios a nuestros padres nos la ha cumplido a los hijos resucitando a Jesús’.
Es el anuncio claro, valiente, comprometido que hacen de Jesús, de su salvación. ‘A vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación’. La redención de Cristo abarca a todos los hombres, a todos ha de llegar su gracia y su perdón. Y es el anuncio, el Kerigma de salvación, que los apóstoles les vienen a traer. Es en Jesús en quien hay que creer porque El es en verdad nuestro único Salvador.
Decíamos al principio que para nosotros también es ese mensaje de salvación. Es lo que celebramos y vivimos. Tiene que ser en verdad nuestra vida. Es el anuncio y proclamación que nosotros hacemos en nuestra celebración. ‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección…’ aclamamos con fe cuando venimos a la Eucaristía. Es el misterio, el sacramento de nuestra fe que celebramos. Es una proclamación de nuestra fe lo que estamos haciendo.
‘Al celebrar ahora el memorial de la muerte y de la resurrección del Señor te ofrecemos el pan de vida y el cáliz de salvación, y te damos gracias…’ decimos en la plegaria eucarística. Memorial de la muerte y resurrección del Señor. Proclamación de nuestra salvación y nuestra redención que nos viene por la muerte y la resurrección del Señor. Lo decimos todos los días pero es necesario que muchas veces nos detengamos un poco a reflexionarlo, a rumiarlo en nuestro corazón, para que no sean unas palabras dichas sin más, sino que sea en verdad esa expresión de nuestra fe, esa proclamación de nuestra fe.
Queremos poner toda nuestra fe en Jesús y seguirle. Como nos dice en el evangelio hoy es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Ya tendremos oportunidad de reflexionarlo más porque este mismo texto lo vamos a proclamar en el quinto domingo de pascua. Poner nuestra fe en Jesús y seguirle es vivirle, hacerlo vida nuestra. Nuestra única vida que nos da plenitud. No es solamente hacer cosas para ser buenos, copiar o imitar, sino vivir. Es meter a Cristo en nuestra vida. Como hemos reflexionado más de una vez, cuando le comemos en la Eucaristía nos hacemos uno con El; es una unión tan profunda que El habita en nosotros y nosotros habitamos en El.
Que lleguemos a entenderlo y a vivirlo, vivir su salvación.
jueves, 5 de mayo de 2011
El que cree en el Hijo posee la vida eterna
Hechos, 5, 27-33;
Sal. 33;
Jn. 3, 31-36
‘El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo, no verá la vida…’ Viene a ser la conclusión del largo encuentro de Jesús con Nicodemo, el que había ido de noche a ver a Jesús. Le habló de nacer de nuevo para ver el Reino de Dios; le habló del amor inmenso del Padre que nos envía a su Hijo para que tengamos vida eterna, como ayer reflexionábamos. Hoy nos dice que quien no cree en el Hijo no verá la vida; para poseer la vida eterna es necesario creer en Jesús.
Tendríamos que decir que todo lo que nos narran los evangelios es para despertar nuestra fe en Jesús como nuestro Señor y nuestro Salvador. Es la Buena Noticia de la Salvación, y esa Buena Noticia no son cosas ni meramente hechos sino una persona, Cristo Jesús. Claro que en Jesús veremos hasta donde llega el amor de Dios, contemplaremos su vida, lo que hace y lo que nos enseña; y todo para provocar la fe en nosotros, para que crezca esa fe y creyendo alcancemos la vida eterna.
Estamos leyendo el evangelio de Juan. Cuando lleguemos al final, realmente lo escuchamos en estos días pasados, en concreto el domingo, cuando se nos narraban las apariciones de Jesús resucitado, pues bien, al final del evangelio se nos dirá: ‘Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos: éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre’.
Vida y vida eterna por el nombre de Jesús; vida y vida eterna si creemos en El. Por la fe le aceptamos no simplemente como una idea, o un personaje por muy importante que nos parezca; por la fe aceptamos a Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador del mundo. Y si ha venido a salvarnos es para arrancarnos de la muerte, para darnos vida, y no una vida cualquiera sino vida eterna. Una fe y una vida que tiene que transparentarse en nuestra propia vida. Nos impregnamos de la fe, de la vida de Dios, no como algo añadido externamente, sino como algo que sentiremos en lo más hondo de nosotros mismos. Algo de lo vamos a dar testimonio con nuestras obras, nuestras palabras, con toda nuestra vida. Aunque nos sea difícil y nos cueste.
El testimonio que nos ofrecen los Hechos de los Apóstoles, y en concreto en esta lectura hoy proclamada, es hermoso. Los Apóstoles están incluso en la cárcel por hablar del nombre de Jesús; les prohíben hablar, los acosan y persiguen; ahora los traen de nuevo ante el tribunal del Sanedrín, porque el ángel del Señor los había liberado de la cárcel y estaban de nuevo predicando en el templo.
‘Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres’, replican cuando les dicen que les habían prohibido formalmente enseñar en nombre de Jesús. ‘El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús… la diestra de Dios lo exaltó haciéndole jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo que Dios da a los que le obedecen’.
Hermoso ejemplo y testimonio. Que el Espíritu del Señor esté también con nosotros para que nos dé esa valentía. Que el Espíritu del Señor inunde nuestra vida para que creyendo en Jesús nos llenemos de vida eterna.
Cómo tenemos que cuidar nuestra fe. Es el don más precioso que Dios nos ha dado. Algo sobrenatural que nos trasciende y nos un sentido nuevo a nuestra vida. Mucho tenemos que meditar sobre nuestra fe para que lleguemos a ahondar en todo el misterio de Dios; mucho tenemos que meditar para purificarla y hacerla más auténtica; mucho tenemos que meditar en todo esto para que cada día podamos conocer más y más a Jesús y así crezca también más y más nuestra fe.
Le pedimos a Dios ese don de la fe. Le damos gracias al Señor por esa fe, que un día recibimos de nuestros padres, que se ha alimentado en la vida de la Iglesia y en ella, en comunión plena con la Iglesia, queremos vivirla.
lunes, 25 de abril de 2011
Seguimos diciendo éste el día en que actuó el Señor
Seguimos diciendo éste el día en que actuó el Señor
Hechos, 2, 14.22-32; Sal.15; Mt. 28, 8-15
Seguimos diciendo ‘éste el día en que actuó el Señor…’ Seguimos sintiendo la alegría y el gozo de la resurrección del Señor. Seguimos viviendo el hoy de la resurrección del Señor, el hoy de nuestra salvación. Toda esta semana de la octava de Pascua es como un día grande que se prolonga a lo largo de los ocho días como si fuera uno sólo que seguimos viviendo con la misma solemnidad y alegría. Decimos hoy también ‘éste es el día en que actuó el Señor’.
Durante toda esta semana iremos contemplando en el evangelio diversos momentos en torno a la resurreción de Jesús. Porque seguimos meditándolo, rumiándolo hondamente en nuestro corazón. Seguimos afirmando nuestra fe en Cristo resucitado. Y eso tanto en el texto de los Hechos de los Apóstoles, que además será la primera lectura de todo nuestro tiempo de pascua, como en los textos del evangelio que se nos proclaman.
Es importante para afirmar la resurrección de Jesús la primera escena del evangelio en el encuentro con el Señor resucitado de las mujeres que fueron al sepulcro, como ya escuchábamos en la noche de la vigilia pascual. Pero importante para esa misma afirmación es la segunda parte del evangelio con el engaño y soborno que pretendían con que los guardias dijeran que mientras ellos estaban durmiendo los discípulos se habían robado el cuerpo de Jesús. Un hecho que se vuelve contra ellos, porque en cierto modo es una afirmación y reconocimiento del hecho de la resurrección, del que los guardias son los primeros testigos. Repito, todo nos viene a reafirmar en nuestra fe en el Señor resucitado.
Como escuchábamos, ‘mientras las mujeres se marchaban a toda prisa, impresionadas y llenas de alegría’ por lo que los ángeles les habían anunciado, para ‘anunciarselo a los discípulos’, Jesús les sale al encuentro. ‘Alegraos… no tengáis miedo’. Nos dice el evangelista que ‘ellas se acercaron, se postraron ante El y le abrazaron los pies’. Sorpresa, alegría, se encontraban con Jesús. Era un reafirmar lo que los ángeles les habían anunciado. Allí estaba Jesús.
Y está ahora el envío de Jesús: ‘Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán’. En Mateo, en la brevedad con que trata el hecho de la resurrección, la aparición de Cristo resucitado a los discípulos se desarrolla en Galilea. Los otros evangelistas, sobre todo Lucas y Juan, nos hablan más de las apariciones de Jesús en Jerusalén.
Pero sea una cosa u otra hay algo que podemos destacar. El encuentro con Cristo resucitado entraña siempre una misión. El encuentro con el Señor que nos llena de vida, de alegría, que nos hace crecer en nuestra fe, nos impulsa siempre al encuentro con los demás, al anuncio que de Jesús tenemos que hacer siempre a los demás. Quien cree en Jesús se hace misionero, anunciador del evangelio. Quien cree en Jesús ese regalo grande que ha recibido de Dios que es su fe ha de compartirlo con los demás. Nos sentiremos siempre enviados.
En este sentido, aunque sea brevemente, hagamos referencia al discurso de Pedro, en el mismo día de Pentecostés. Han recibido el Espíritu del Señor e inmediatamente salen a anunciar a Jesús a los demás. Aunque pudiera parecer atrevimiento el hablar con la claridad que hace Pedro ante unas personas que cincuenta días antes han crucificado al Maestro. Ese Jesús a quien vosotros matásteis colgándolo de un madero, Dios lo resucito rompiendo las ataduras de la muerte. Y es que el que cree en Jesús tiene que ser siempre valiente para dar testimonio del Señor, de su fe en todo momento y ante todos.
Que el Señor nos haga crecer y madurar en nuestra fe de esa manera y nos dé esa valentía para anunciarlo.
lunes, 18 de octubre de 2010
El evangelista de Buenas Nuevas de alegría a los pobres y de la misericordia del Señor

Celebramos hoy al evangelista san Lucas, autor del tercer evangelio y de los Hechos de los Apóstoles. Bien nos habla él en el principio de estos libros de su interés por conocer la verdad de Jesús con todos los hechos y acontecimientos de su vida y escribirlos con orden para que los podamos conocer.
San Pablo lo cita en sus cartas como compañero que permanece con él, incluso en momentos difíciles en que otros han dejado a Pablo. Lucas de origen o al menos de cultura griega un día conocería el evangelio de Jesús y se convirtió en discípulo; pero quiso ser más porque nos dejó el evangelio trasmitiéndonos así todo lo que él había conocido de Jesús. Es lo primero que hemos de destacar de Lucas, el evangelista, el trasmisor del Evangelio.
Muchas cosas se podrían resaltar del evangelio de Lucas. Destacaremos algunas cosas que nos puedan ayudar en su fiesta a conocerle, pero sobre todo a través de su evangelio a llegar también nosotros a un mayor conocimiento de Jesús.
Es el evangelista que nos anuncia buenas nuevas de alegría tanto en el relato del nacimiento de Jesús como en la resurrección. ‘Os anuncio una gran alegría…’ trasmitieron los ángeles a los pastores según el relato que nos hace Lucas. Alegría trasmitieron también los ángeles a las mujeres que iban al sepulcro al anunciarles que no buscaran entre los muertos al que estaba vivo porque Jesús había resucitado. Y por fijarnos en algunas cosas más Jesús en el evangelio de Lucas nos habla de la alegría del cielo cuando un pecador se arrepiente se convierte, igual que la fiesta que hace el padre a la vuelta del hijo que estaba perdido y lo habían de nuevo encontrado.
Pero es también el evangelista que nos habla de la Buena Noticia, el Evangelio, que se anunciará a los pobres. Será en la sinagoga de Nazaret cuando Jesús mismo lee al profeta Isaías comentando que lo anunciado por el profeta allí se estaba cumpliendo. Por eso el evangelista al darnos su relato de las bienaventuranzas llamará dichosos a los pobres porque de ellos es el reino de los cielos.
Será el evangelista que nos narrará las más hermosas parábolas que nos hablan de la misericordia de Dios cuando nos habla de la oveja perdida, la moneda extraviada o el hijo pródigo que marcha de la casa del padre, para hablarnos, como decíamos, de la alegría del cielo, pero de la misericordia de Dios que nos busca y nos ofrece siempre el abrazo de su amor y su perdón. Mucho más podríamos o tendríamos que profundizar en todo esto.
Finalmente destaquemos algo que nos repite Lucas en varias ocasiones en los Hechos de los Apóstoles que es la vida de comunión que hay, que tendría que haber siempre en consecuencia, entre todos los que creemos en Jesús. En los Hechos nos dirá de aquellas primeras comunidades que ‘el grupo de los creyentes pensaban y sentían lo mismo, de manera que nadie consideraba como propio nada de lo que poseía, sino que tenían en común todas las cosas'. Ya antes nos había dicho que ‘todos perseveraban unánimes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión y en la fracción del pan y en las oraciones…’
Lo pedíamos en la oración litúrgica, ‘vivir con un mismo corazón y un mismo espíritu y atraer a todos los hombres a la salvación’. Que seamos capaces desde el conocimiento de Jesús en que vayamos creciendo más y más, vayamos creciendo en comunión entre nosotros. Desde que creemos en Jesús no es de otra manera como podemos vivir. Pero que eso despierte en nosotros también ese ardor misionero para anunciar el evangelio a los demás. Jesús había enviado a sus discípulos de dos en dos a anunciar el Reino de Dios y los Hechos nos relatarán esa acción misionera de la primera Iglesia.
Empapémonos del Evangelio cuando hoy estamos celebrando la fiesta de este evangelista. Y que arda en nosotros ese celo porque también ese evangelio sea anunciado a los pobres, a los que sufren, a todos, porque para todos es esa buena noticia y para todos es ese año de gracia del Señor.

