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lunes, 18 de enero de 2010

Caminos nuevos para una vida nueva en obediencia al Señor

1Sam. 15, 16-23
Sal. 49
Mc. 2, 18-22


‘Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios’, hemos repetido en el salmo. No son los sacrificios ni los holocaustos lo que el Señor nos pide.
Qué fáciles somos para ofrecer cosas, como si el Señor nos estuviera pidiendo 'regalitos'. Hasta incluso somos capaces de sacrificarnos, de renunciar a cosas materiales. Pero ¿qué es lo que el Señor nos pide? Algo quizá más sencillo, aunque sabemos que nos cuesta más. La obediencia de nuestro corazón. ‘No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos junto a mí. Pero no aceptaré un becerro de tu casa ni un cabrito de tus rebaños…’
Hasta quizá estamos repitiendo de memoria una y otra vez los mandamientos y hasta hacemos galas de que somos las personas más religiosas del mundo. ¿Por qué haces eso, ‘tú que detestas mi enseñanza y te echas a la espalda mis mandatos?’ Y nos responde el Señor en el mismo salmo con lo que hemos repetido una y otra vez. ‘El que me ofrece acción de gracias, ése me honra; al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios’.
Es lo que hemos ido meditando en el salmo responsorial. Como su nombre, indica, responsorio, porque es como la cantinela que se repite, pero que es también la respuesta que con la misma palabra de Dios en los Salmos vamos dando a lo que el Señor nos dice o nos revela.
Ese ha sido el mensaje central del texto del libro de Samuel que hemos escuchado en la primera lectura. Es la respuesta que le da Samuel a las actitudes y a los acciones que ha ido realizando el rey Saúl no siempre agradables al Señor. No vamos a hacer un comentario demasiado exhaustivo, pero sí queremos hacer referencia, aunque fuera brevemente, a lo relatado en la lectura de Samuel.
Nos pueden parecer costumbres bárbaras y hasta preguntarnos cómo el Señor pudiera pedir o permitir tales cosas como entregar al exterminio total a aquellos pueblos contra los que luchaba Israel. Por una parte son costumbres propias de una época muy antigua que hoy no entenderíamos pero que formaba parte de la cultura y costumbres de entonces. No habían llegado ni a niveles de civilización que se pudieran acercar o parecer a los nuestros ni tampoco el concepto de un Dios justo y misericordioso había alcanzado la suficiente revelación. Por eso más que juzgar es aceptar las cosas en su propia época.
Según tales costumbres el rey no había hecho lo que tenía que hacer sino que incluso en buena voluntad quería agradar a Dios ofreciéndole en holocausto lo mejor de aquellas cosas que se le arrebataban al enemigo. Pero no es lo que le agrada al Señor. Por eso Samuel le dice en nombre del Señor.
‘¿Quiere el Señor sacrificios y holocaustos o quiere que obedezcan al Señor? Obedecer vale más que un sacrificio; ser dócil, más que grasa de carneros…’ Obedecer al Señor, cumplir sus mandamientos, descubrir en todo lo que es su voluntad, es lo que tenemos que hacer. Hemos de ir más allá de la literalidad de los sacrificios y exterminios de una época, para descubrir lo que en todo tiempo es agradable al Señor: la obediencia al Señor. La búsqueda de su voluntar para realizarlo en nuestra vida.
Obedecer a Dios, haciendo una referencia breve a lo que hoy nos ha dicho el evangelio, que significa saber descubrir en todo momento lo que es la novedad del Evangelio de Jesús. No nos podemos quedar anclados en lo antiguo sino descubrir y llevar a la práctica de la vida lo que es la novedad del Evangelio. Lo que nos exige también unas actitudes nuevas y un nuevo sentido y estilo para nuestra vida. Un sentido y un estilo que se desprende del evangelio de Jesús. Por eso nos está hablando de odres nuevos, de vestidura nueva, no de remiendos ni componendas. Lo que significa también vivir la alegría de la fe; alegría porque sabemos como Cristo está siempre con nosotros. ¿Podemos vestirnos trajes de luto y tristeza cuando tenemos la certeza de que Cristo está con nosotros?

domingo, 17 de enero de 2010

No les queda vino…

Is. 62, 1-5;
Sal. 95;
1Cor. 12, 4-11;
Jn. 2, 1-11

‘Había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda…’ Así ha comenzado el evangelio de hoy.
Hablar de un banquete de bodas es hablar de alegría y de fiesta, de encuentro y de convivencia armoniosa entre familiares y amigos, de sentimientos compartidos en la familiaridad y en la amistad y necesariamente, siendo una boda, de amor y de felicidad. Ese compartir y comer juntos alrededor de una mesa, esa comunicación espontánea e incluso efusiva entre todos los comensales que manifiestan una comunión hermosa entre todos.
En aquella boda de Caná faltó el vino aunque sólo unos ojos atentos y amorosos como los de María fueran capaces de darse cuenta de aquella fiesta se pusiera en peligro y no acabara bien. Pero allí está María y está también Jesús. Ya hemos escuchado el diálogo entre María y Jesús. ‘No les queda vino… Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora… haced lo que El os diga…’ Está la súplica de la madre que es capaz de adelantar la hora de Jesús y el milagro se realiza de manera que la fiesta pueda llegar a una mayor plenitud en el vino nuevo que Jesús les está ofreciendo.
Es un milagro muy significativo y que nos dice muchas cosas. Un signo lo llama el evangelista Juan. Al final se nos dirá que ‘así en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en El’. Ya sabemos que los milagros de Jesús son signos del Reino nuevo, del Reino de Dios que El anuncia y viene a instaurar. Con esa lectura hemos de contemplar y meditar este texto del Evangelio, esta Palabra de Dios que hoy nos ha sido proclamada.
En la fiesta de la vida, en la que todos compartimos un mismo mundo y construimos una misma sociedad, ¿nos podría faltar el vino? Ciertamente constatamos que la fiesta, el banquete de bodas de la vida, no es total ni todos participan de la misma manera de ella. Hay dolor y hay sufrimiento; no compartimos en unas mismas condiciones todos el mundo en que vivimos; desigualdades, pobreza y miseria para muchos, injusticia y falta de verdadera comunión entre todos, enfrentamientos y odios, insolidaridad… tantas catástrofes naturales que hacen sufrir a los hombres y mujeres de nuestro mundo, como el reciente terremoto de Haití… ¡cuántas cosas!
Hemos de reconocer que nos falta el vino. El vino que tendría que animar nuestra fiesta para que todos esos sufrimientos se aliviaran o desaparecieran, para que hubiera una auténtica y real comunión entre todos, para que nuestro mundo fuera más justo, para que todos pusiéramos más empeño en hacerlo mejor haciendo felices a los demás, empezando por los que están cada día a nuestro lado. El vino nuevo que no nos deje cruzarnos de brazos ante el sufrimiento de los demás, sean quienes sean.
‘Jesus y los discípulos estaban también invitados a la boda’, nos decía el evangelio. ¿No faltará ese vino necesario para que nuestro mundo sea mejor porque no dejamos que Jesús participe en esa fiesta de la vida de nuestro mundo y/o porque nosotros sus discípulos, los cristianos algunas veces nos desentendamos y no llevemos el vino nuevo de Jesús que le diera más plenitud y felicidad a nuestro mundo?
Falta vino nuevo que dé un mayor sentido y valor a nuestro mundo, porque falta fe y falta amor. Falta fe en una sociedad que quiere arrinconar a Dios, prescindir de Dios y de todo lo sagrado, que quiere desterrar de ella todo sentimiento religioso y también todo signo religioso que nos recuerde la trascendencia, que nos haga elevar nuestros ojos y nuestro espíritu a lo alto. Nos falta fe porque quizá también la hemos dejado enfriar y está en peligro casi de morirse esa planta hermosa de la fe en nuestro corazón, influenciados quizá por la indiferencia o la frialdad que nos rodea.
Y ya hay muchos interesados en que esa luz no brille y se trata de ocultar u obscurecer de la forma que sea, porque quizá pueda molestarles esa luz. A cuántos les interesa más hacer públicos los posibles fallos humanos de los miembros de la Iglesia pero no quieren que se conozca el compromiso serio y valiente de tantos cristianos y tantas obras de la Iglesia.
Un ejemplo que nos puede valer para darnos cuenta de esos turbios intereses. En estos días, a raíz de la terrible catástrofe que ha significado el terremoto de Haití, un medio de comunicación de gran trascendencia a nivel mundial hablaba de las ayudas que de todas partes se están ofreciendo y llevando para remediar tal desastre, y no se le ocurría otra cosa que poner una foto del Papa con el comentario de que algunos ofrecen sólo ayuda espiritual. Hay que tener los ojos cerrados para no ver o no querer dejar ver a los demás la labor de tantos cristianos y de tantas instituciones de la Iglesia, como Cáritas, que se han volcado para remediar tanto sufrimiento allí, como sucede en tantos sitios y en tantas situaciones dolorosas de los hombres y mujeres de nuestro mundo.
Ofrece sí ayuda espiritual – también es necesaria -, pero también es importante la ayuda material y la presencia de tantos cristianos comprometidos y de tantas obras de la Iglesia, como de tantos misioneros que permanecen en su sitio al lado de los que sufren cuando los demás abandonan y/o dan por terminado su trabajo. Eso a algunos no les interesa darlo a conocer.
Y no olvidemos que los discípulos de Jesús, o sea, nosotros los cristianos, los que creemos en Él, estamos invitados a ese banquete y no podemos dejar de asistir para hacer presente esa fe y ese amor con nuestra vida, con nuestro testimonio, con nuestra palabra, con nuestro compromiso por hacer que nuestro mundo sea mejor. Algunas veces los cristianos tenemos miedo y nos ocultamos, no hacemos presente de forma valiente que nosotros tenemos un vino nuevo que ofrecer. No podemos ocultarnos, tenemos que hacer resplandecer esa luz con la que nosotros podemos iluminar nuestro mundo que es Cristo.
Un detalle hermoso son los ojos atentos y observadores de María para darse cuenta de que no tenían vino. Pidamos al Señor, con la intercesión de María, la Madre siempre suplicante e intercesora, que tengamos unos ojos atentos y abiertos como los supo tener la Madre para darnos cuenta de esa falta de vino, pero también, como ella, ponernos en el empeño de que puedan tener ese vino nuevo que pueda dar esa plenitud y esa felicidad a nuestro mundo. María también nos dice a nosotros ‘no les queda vino… pero haced lo que El os diga…’
Mucho vino nuevo de fe y de amor tenemos que llevar a nuestro mundo. Ese mundo en el que tenemos que hacer presente el Reino de Dios, hacer presente a Dios. Sólo con el vino nuevo de Jesús lo podremos transformar. Que nos falte a nosotros la fe, sino que crezca de día en día y se manifieste en el compromiso del amor.

viernes, 15 de enero de 2010

¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?

1Sam. 8, 4-7.10-22
Sal. 88
Mc. 2, 1-12


‘¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?’ Una primera reacción de los letrados y fariseos a la obra de Jesús. Reacción que como seguiremos viendo en el evangelio irá en aumento.
Hasta ahora habíamos visto a Jesús predicando en las sinagogas, anunciando el Reino de Dios e invitando a la conversión. Los primeros discípulos se le habían unido y le seguían. Curaba a los enfermos y poseídos que le traían allí donde estuviera. Un leproso acudió a Jesús para verse limpio de la lepra con todo lo que ello significaba para recomenzar una vida nueva, como ayer lo reflexionábamos. Ahora le trajeron un paralítico y Jesús manifiesta claramente lo que El quiere darnos: el perdón de los pecados.
Todo hasta ahora eran signos que anunciaban lo que en verdad Jesús quería ofrecernos. Ahora nos da su perdón. ‘Al ver la fe que tenían – lo habían introducido descolgándolo desde el techo abriendo un boquete entre las tejas porque no podían introducirlo por la puerta a causa del gentío - le dijo al paralítico: tus pecados quedan perdonados’.
Se arma la controversia en quienes no quieren aceptar lo que realmente Jesús quiere ofrecernos. Lo acusan incluso de blasfemo. Pero Jesús quiere hacerles comprender y realiza también el milagro de curar aquel hombre de la parálisis. ‘¿Qué es más fácil: decirle al paralítico tus pecados quedan perdonados o decirle, levántate, coge la camilla y echa andar? Pues, para que veáis que el Hijo del Hombre tiene poder para perdonar pecados… entonces le dijo al paralítico: contigo hablo, levántate, coge tu camilla y vete a tu casa’. Es la Salvación que Jesús quiere darnos.
¿Qué buscamos en Jesús? Nos hemos hecho la pregunta muchas veces y conviene que nos la hagamos para que vayamos purificando más y más nuestros deseos de estar con Jesús y seguir a Jesús. Tenemos que descubrir en Jesús a Dios y la salvación profunda que El nos ofrece.
No olvidemos cómo nos lo presentaba el Bautista, ‘Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Una referencia al cordero pascual que todos los años era inmolado en recuerdo y celebración de la primera pascua cuya sangre sirvió como señal para la liberación de la esclavitud de Egipto. Así Cristo se nos inmolará como verdadero Cordero Pascual derramando su sangre para el perdón de los pecados.
También nos señalaba Juan: ‘El que viene tras de mi os bautizará con Espíritu Santo y fuego’. Nos dará el don de su Espíritu para el perdón de los pecados cuando confía a la Iglesia el ministerio de la reconciliación y el perdón. ‘Recibid el Espíritu Santo y a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados…’ Es el fuego de fundidor que nos purifica de toda escoria y mancha de pecado.
El perdón que Cristo nos ofrece con su salvación es el inicio de una vida nueva; es arrancar de nosotros todo mal y todo pecado; es revestirnos de actitudes nuevas para una vida nueva.
Con el perdón que recibimos de Jesús con su salvación estamos comenzando también a hacer un mundo mejor. Quien se siente perdonado hará que su vida sea distinta. Cuando nos sentimos perdonados de nuestras culpas y pecados, nos sentiremos impulsados a ir sembrando semillas nuevas que mejoren también nuestro mundo.
Acojámonos a la salvación que Jesús nos ofrece. Démosle gracias una y otra vez por el perdón que en su amor nos regala.

jueves, 14 de enero de 2010

Jesús quiere limpiarnos de la lepra que nos aísla

1Sam. 4, 1-11
Sal. 43
Mc. 1, 40-45


Al contemplar el inicio del ministerio apostólico de Jesús por Galilea, una cosa que hemos reflexionado es cómo tenemos que ponernos ante la Palabra de Dios con toda sinceridad, pero también con mucha fe y con mucho amor. Palabra de salvación que nos dice Dios, hemos comentado en alguna ocasión; palabra que Dios tiene y quiere decirnos en cada ocasión que con fe queremos escucharla.
Siempre es Palabra viva y Palabra llena de vida. Siempre es para nosotros Evangelio, Buena Nueva, Buena Noticia que Dios quiere comunicarnos. Por eso hemos de alejar de nosotros toda actitud negativa, y actitud negativa es pensar que ya es un texto que hemos escuchado muchas veces y que ya sabemos de antemano lo que quiere decir.
Ayer contemplábamos cómo ‘le traen muchos enfermos y poseídos,,, y curó a mucos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios’. Hoy es un leproso el que se acerca a Jesús. ‘Si quieres, puedes limpiarme’, es la petición del leproso.
Es significativo. Un enfermo, pero que tiene unas características también de índole social. El leproso era obligado a vivir fuera de la comunidad. Era un impuro, así se consideraba esta enfermedad. Por temor al contagio, lo que podíamos considerar normal dadas las condiciones higiénicas y sanitarias de la época, había de vivir alejado de todos, lejos de la familia, fuera de la población y no se le permitía acercarse a nadie, como nadie podía acercarse a él. De ahí que quien se curarse tenía que tener unas garantías para poder reincorporarse a su vida normal y la vida en el pueblo y con la familia. Los sacerdotes eran entonces los que podían extender esa autorización. Lo vemos en lo que al final le dice Jesús al leproso curado que tiene que hacer. ‘Para que conste, ve a presentarte ante el sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés’.
Pero este hombre se ha acercado a Jesús. Con Jesús todo sería distinto, porque además nos dice que ‘sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo: Quiero, queda limpio…’ Jesús nos arranca del mal, nos saca del aislamiento en que como consecuencia del mal que hay dentro de nosotros vivimos.
En el Reino nuevo que Jesús está anunciando, no caben ni discriminaciones que nos separen unos de otros creándonos barreras que se interpongan en nuestras relaciones ni aislamientos. Jesús quiere hacernos sentir una nueva comunión, una nueva fraternidad. No puede ser nunca la enfermedad motivo para considerar a alguien como un impuro o indigno de vivir con la comunidad, como tampoco como un castigo de Dios por algún pecado que hubiera cometido.
Cómo nos aislamos tantas veces por nuestros orgullos o nuestros egoísmos. Ese orgullo que se nos mete en el corazón, ese egoísmo que nos hace indiferentes los unos hacia los otros o que nos puede llevar a tratarnos mal y a hacernos daño, es peor que una lepra. Jesús quiere limpiarnos, hacernos hombres nuevos. Extiende su mano también sobre nosotros, dejemos que nos toque el corazón para que comencemos a sentir y a actuar de manera distinta.
Jesús nos cura, nos sana, nos salva, nos pone en camino de una vida nueva, de un estilo distinto, que es el estilo del amor. Vivamos su salvación. Demos señales auténticas del Reino de Dios.

miércoles, 13 de enero de 2010

Aquí estoy, habla que tu siervo escucha

1Sam. 3, 1-10.19-20
Sal. 39
Mc. 1, 29-39


Podemos comenzar manifestando que el texto del evangelio de hoy, continuación del escuchado ayer, sigue presentándonos el comienzo del ministerio de Jesús en Galilea. Proclama el evangelio del Reino de Dios, y ahora le vemos ‘recorrer toda Galilea predicando en las sinagogas y expulsando demonios’, y con su Palabra y presencia salvadora va liberando del mal a quienes están poseídos por el espíritu maligno dándonos así las señales del Reino de Dios que llega.
Es intensa la actividad de Jesús porque incluso ‘la población entera se agolpaba a la puerta’, llevándole ‘muchos enfermos y poseídos… curando a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios’.
Hay un aspecto muy importante en medio de este texto aunque esté resumido en un solo renglón. ‘Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar’. La necesaria unión con el Padre. Hermoso ejemplo para nuestra vida, que además podemos conectar hoy con lo que nos decía la lectura del libro de Samuel. Cuánto nos enseña.
Si ayer escuchábamos la súplica insistente de Ana pidiéndole un hijo al Señor y prometiendo consagrarlo a Dios, hoy ya contemplamos al niño Samuel en las estancias del templo junto al sacerdote Elí. ‘El pequeño Samuel servía en el templo del Señor bajo la vigilancia de Elí’, nos dice el texto sagrado. Más adelante apunta que ‘aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor’.
Ya hemos escuchado el texto. El Señor en medio de la noche llama al niño Samuel que acude presuroso a los pies del anciano sacerdote: ‘Aquí estoy; vengo porque me has llamado’. Pero no era el anciano sacerdote quien llamaba a Samuel y la llamada se repite varias veces hasta que Elí comprende que es el Señor quien llama a Samuel. ‘Comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho y dijo a Samuel: Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: Habla, Señor, que tu siervo escucha’.
‘Habla, Señor, que tu siervo escucha’. Tenemos que dejarnos enseñar para escuchar a Dios que nos habla. ¡Qué importante esa disponibilidad y generosidad de corazón que vemos en el muchacho Samuel! Pero qué importante es que sepamos abrir los oídos de nuestro corazón para escuchar al Señor.
Hemos contemplado hoy a Jesús en medio de su frenética actividad haciendo un parón, aunque sea en la madrugada, para orar. Pero estamos aprendiendo también cómo tenemos que orar, cómo ha de ser nuestra oración en la oración que aprendió a hacer el pequeño Samuel. Jesús busca la soledad de la madrugada y al niño se le enseña a hacer silencio en su interior para escuchar a Dios.
Escuchar a Dios, qué importante. Escuchar a Dios, hacer silencio en nuestro interior para poder oír claramente su voz y conocer todo el misterio de Dios que se nos revela y viene a nosotros.
Andamos quizá muy preocupados de contarle a Dios nuestras necesidades, de hacer la lista de aquellas cosas o personas que queremos recordar en su presencia. Es cierto que Jesús nos enseña a pedir y llamar al Señor que siempre nos escucha. Eso está bien, pero nuestra oración tiene que ser un diálogo en el que no sólo nosotros digamos o pidamos cosas al Señor, sino en el que también escuchemos lo que Dios quiere decirnos, la revelación que de sí mismo El quiere hacernos allá en lo más hondo de nuestro corazón. Sólo después de haberle dicho ‘habla, Señor, que tu siervo escucha’, podremos decir con todo sentido ‘aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’.
No temamos el silencio en nuestra oración. Silencio que nosotros hemos de hacer, aunque nos cueste, para poder escucharle. Silencio para sentir esa paz de Dios en nosotros, para que su luz nos ilumine, para que nuestro corazón se caldee con su amor, para que su Palabra penetre hasta lo más hondo de nosotros mismos y plantada en nuestra vida luego fructifique en esas obras de amor que tenemos que vivir.
‘Aquí estoy, Señor… habla que tu siervo escucha’.

martes, 12 de enero de 2010

Una Palabra de Salvación que ha dicho Dios sobre nosotros

1Sam. 1, 9-20
Salmo: 1Sam. 1, 4-7
Mc. 1, 21-28


Jesús es la Palabra de salvación que nos ha dicho Dios. Es lo que hemos estado escuchando en estos días y el mensaje que hoy de manera especial llega a nosotros en el evangelio proclamado. Una Palabra pronunciada que es Jesús mismo, que nos proclama y nos dice Jesús. Una Palabra salvadora porque allí donde se pronuncia y se hace presente nos llena de vida, nos rescata de la muerte y del mal, nos trae la salvación. Cuántas consecuencias tendríamos que sacar para la escucha de esa Palabra y para la vivencia de esa salvación.
‘Fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad’. ¡Cómo no iba a hacerlo así si El es la Palabra eterna de Dios! ¿Quién mejor podía revelarnos el Misterio de Dios sino Dios mismo? No hablaba Jesús con palabras aprendidas de memoria. El es la Palabra misma de Dios. Pero una Palabra que nos trae vida y salvación.
Nos lo expresa también lo que sigue en el Evangelio. ‘Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo’, nos dice el evangelista. Allí, en él se iba a manifestar esa salvación de Dios. Viene Cristo a liberarnos del mal. Jesús expulsa el espíritu maligno de aquel hombre. ‘Jesus lo increpó: Cállate y sal de él. El espíritu inmundo lo retorció y, dando un fuerte grito, salió’. Ahí está la señal liberadora de Cristo, la señal de su salvación.
La gente se admira, ‘se preguntaron estupefactos: ¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta los espíritu inmundos les manda y le obedecen’. Están reconociendo lo que venimos diciendo. Jesús es la Palabra de salvación que Dios pronuncia sobre nosotros.
Todo esto tiene que motivar más y más nuestra fe en Jesús, nuestros deseos de escucharle, el ansia intensa y viva de vivir su salvación. Creemos en Jesús y pareciera que nos hayamos acostumbrado a decir que tenemos fe, sin que luego esa fe repercuta en nuestra vida. Tiene que ser una fe que comience por querer conocer más y más a Jesús, escucharle con nuestros oídos bien abiertos, con nuestro corazón dispuesto enteramente a aceptarle. Una fe que nos tenga convencidos de una vez para siempre de la verdad de su palabra. Tenemos la certeza de que su Palabra es salvadora, transforma nuestro corazón, nos llena de vida nueva.
¡Cómo tendríamos que escucharla! Con qué fe y con que amor. Da pena y lástima la poca importancia que le damos en ocasiones a la Palabra de Dios que se nos proclama en nuestras celebraciones. Estamos algunas veces más pendientes de lo que sucede a nuestro alrededor que de la Palabra que se nos está proclamando. No nos importa llegar tarde a la celebración, mientras se nos proclama nos da igual hacer un comentario al que está a nuestro lado sobre algo que se nos ha ocurrido, o nos distraemos fácilmente con nuestros pensamientos o nuestras preocupaciones. Y no digamos nada cuando podemos ser un obstáculo o un estorbo para que los que están a nuestro lado puedan escuchar y prestar atención a la Palabra que se nos está proclamando.
Dejémonos empapar por la Palabra de Dios. Dejemos que inunde nuestra vida como agua regeneradora y salvadora que nos transforme y llene de vida. Sintamos que es de verdad eficaz en nosotros si nos dejamos conducir por el Espíritu del Señor.

lunes, 11 de enero de 2010

Los pequeños cuentan para Dios

1Sam. 1, 1-8
Sal. 115
Mc. 1, 14-20


Nos puede parecer baladí y sin mayor trascendencia la reflexión que me hago y comparto con ustedes, pero sí pienso que puede ayudarnos a comprender mejor cuáles son los caminos del Señor para nuestra vida. Si con nuestros criterios humanos pudiéramos escoger a quien tiene que realizar una importante misión, buscaríamos una persona preparada quizá importante, con cualidades y valores apropiados para la misión que se le va a confiar y así buscaríamos una serie de condiciones para encontrar la persona más apta. Humanamente hablando es lógico que pensemos así.
Pero hoy la Palabra proclamada nos está diciendo que en el actuar de Dios se salta esos criterios, llamémoslos humanos, y quizá escoge aquellas personas que han de ser colaboradores o instrumentos de su actuar podríamos decir con otra visión. Dios quiere contar con el hombre, pero la acción salvífica es obra suya y es pura gracia y puro don de su benevolencia, su buen y mucho querer, para con el hombre.
Estamos comenzando a leer en lectura continuada, ahora que iniciamos el tiempo ordinario, el libro de Samuel. Vamos a conocer a ese gran profeta y juez del pueblo de Israel que tan importante papel desempeñó en la historia de la salvación. ¿Cuál es la madre que escoge Dios para que de ella nazca este gran profeta y hombre de Dios? Una mujer estéril.
El texto de hoy es como una preparación para todo lo que luego va a suceder haciéndonos el planteamiento de lo que sucedía a aquella mujer y aquella familia. Ser estéril en el pueblo de Israel era un gran oprobio para una mujer israelita. Es lo que sucedía a Ana, que incluso se ve insultada por no haber podido dar hijos a su marido. Pero aquí está el actuar maravilloso de Dios. La obra es de Dios y no es merecimiento humano. Y Dios quiere contar con lo que aparece como más pequeño y humilde.
En el evangelio vemos el inicio del anuncio del Evangelio por Galilea. ‘Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios’. Una invitación a la conversión para creer en la Buena Noticia que se les estaba anunciando, porque ‘está cerca el Reino de Dios’. Pronto Jesús invitará a seguirle y a algunos a formar parte del grupo de sus discípulos que un día a de convertir en Apóstoles.
¿A quienes escoge? ¿Va a Jerusalén a buscar entre los sacerdotes o los levitas del templo? ¿Busca letrados y entendidos de la ley que por sus conocimientos podrían explicarla mejor? ¿Será entre el grupo de aquellos que se consideraban a sí mismo los selectos y los puros? ¿Será gente importante? Escoge a unos pescadores de Galilea.
‘Pasando junto al lago, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago… un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes…’ Es a estos a los primeros que Jesús llama. ‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres…’ Unos pescadores, gente sencilla y humilde, que con su trabajo pobre trataban de ganarse la vida pero que no suponía que fueran importantes y preparados para una misión tan grande que Jesús un día les confiaría. Pero ese es el actuar de Dios, esa es la manera de actuar de Jesús, que nació pobre y siempre le veremos rodeado de los pobres y de los humildes, porque eran además los que mejor acogían la Buena Noticia que Jesús proclamaba.
El Señor también se fija en nosotros pobres y humildes. Quizá también con muchas limitaciones en las discapacidades que nos van apareciendo en la vida, por nuestros años, nuestras enfermedades y debilidades. Pero Dios quiere contar con nosotros. A los ojos de Dios somos valiosos en la construcción de su Reino. No haremos grandes cosas, pero en esas pequeñas cosas que podemos hacer cada día podemos ir sembrando semillas del reino de Dios, con nuestros sacrificios, nuestras pequeñas ofrendas de nuestras limitaciones que hechas con amor a los ojos de Dios son grandes ofrendas, con nuestra humilde palabra, nuestro sencillo consejo o lo que nos pueda parecer imperceptible sonrisa. Todo vale para la construcción del Reino de Dios, para el anuncio de la Buena Nueva del Evangelio del Reino, porque quien va a dar valor a todo eso es la gracia del Señor que siempre actúa de forma generosa y gratuita.
Dios cuenta contigo y cuenta conmigo, lo que en verdad vale es la gracia del Señor. Démosle una respuesta generosa.

domingo, 10 de enero de 2010

Tú eres mi hijo amado, el predilecto

Is. 40, 1-5.9-11;
Sal. 103;
Tito, 2, 11-14;
Lc. 3, 4-7

‘Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres… ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre… según su propia misericordia nos ha salvado…’, nos decía san Pablo. ‘Se revelará la gloria del Señor y la verán todos los hombres juntos… aquí está vuestro Dios; el Señor Dios llega con poder…’ nos anunciaba el profeta Isaías.
Seguimos viviendo hoy la Epifanía, la manifestación de Jesucristo, cuando estamos hoy celebrando su bautismo. Se nos manifiesta el Señor. Los ángeles con su resplandor anunciaron a los pastores que en la ciudad de Belén había nacido un Salvador; la estrella en lo alto de los cielos anunció a los Magos de Oriente el nacimiento del Rey de los judíos; hoy, allá en el Jordán, mientras Juan bautizaba en un bautismo general invitando a prepararse para la venida del Mesías, allí se estaba manifestando Jesús como el Mesías, el Ungido de Dios, el Hijo amado del Padre. Se nos está revelando la gloria del Señor. Todos podemos contemplarla y todos hemos de cantar al Señor: ‘¡Dios mío, qué grande eres!’ como hemos aclamado en el salmo.
‘En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre El en forma de paloma, y vino una voz del cielo: Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto’. Como decimos en el prefacio: ‘hiciste descender tu voz desde el cielo, para que el mundo creyese que tu Palabra habitaba entre nosotros… y ungiste a tu siervo Jesús para que los hombres reconociesen en El al Mesías enviado a anunciar la salvación a los pobres’.
‘Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto’, se oye la voz desde el cielo. ‘Aquí estoy yo, Padre, para hacer tu voluntad’, es la palabra primera y la respuesta de Jesús. ‘Mi alimento es hacer la voluntad del Padre’, diría en una ocasión a los discípulos. ‘Gracias, Padre; te bendigo, Señor del cielo y de la tierra, porque revelaste estas cosas a los humildes y a los sencillos’, sería la oración de Jesús. Pero sería también su ofrenda en el momento culminante de su muerte, pero que había sido la de toda su vida: ‘A tus manos, Padre, encomiendo mi Espíritu’.
Estamos contemplando hoy al Hijo amado del Padre, el Hijo de Dios y nuestro Salvador. Estamos contemplando una vez más la Palabra que se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros. Es el Hijo amado de Dios a quien tenemos que escuchar. Es el Mesías Salvador que nos redime y nos salva y nos llena de nueva vida. Es el Hijo que a nosotros quiere hacernos hijos para que así también seamos amados del Padre. Tanto se encarna El en nuestra carne humana, que a nosotros nos eleva, a nosotros nos da el don de su Espíritu, a nosotros nos llena de nueva vida, la vida misma de Dios para convertirnos en hijos.
Cuando celebramos el Bautismo del Señor hemos de recordar nuestro propio Bautismo. No es necesario recordar mucho que el Bautismo al que quiso someterse Jesús en el Jordán era el que Juan administraba a quienes querían prepararse para la venida del Mesías y era como un signo de penitencia y conversión. No necesitaba Jesús de ese Bautismo, porque, aunque cargaba con todos nuestros pecados, en El no había pecado.
‘Yo bautizo con Juan, decía Juan, pero viene el que puede más que yo… El os bautizará con Espíritu Santo y fuego’. Como nos narra san Mateo porfiaba Juan con Jesús, porque le decía ‘soy yo el que necesito que tú me bautices’, aunque Jesús le replicaba: ‘Déjalo ahora. Está bien que cumplamos con lo que Dios quiere’.
¿Qué podría significar que Jesús que ya era el Hijo de Dios quisiera someterse al bautismo de Juan? ‘En el bautismo de Cristo en el Jordán, decimos en el prefacio, has realizado signos prodigiosos, para manifestar el misterio del nuevo Bautismo’. A partir de entonces las aguas bautismales por la fuerza del Espíritu de Dios tendrán el poder de santificar para hacernos hijos de Dios. Las aguas bautismales serán para nosotros por la fuerza del Espíritu el sacramento del nuevo nacimiento.
‘Ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre….que según su propia misericordia nos ha salvado, con el baño del segundo nacimiento y con la renovación del Espíritu Santo que Dios derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo, nuestro Señor’. Así nos decía san Pablo en la carta a Tito, que hoy hemos escuchado.
‘¡Dios mío, qué grande eres!’ tenemos que exclamar y dar gracias. También nosotros en nuestro Bautismo, ese bautismo por el que nos uníamos a Jesús para llenarnos de su vida y de su gracia, hemos comenzado a escuchar en nuestro corazón, repetido una y otra vez, ‘Tú eres mi hijo amado’. Somos amados del Señor. Somos también sus preferidos porque a nosotros también nos ha hecho hijos.
En Cristo resplandecía la gloria del Señor, porque era el Hijo de Dios. Esa gloria también tendría que resplandecer en nuestra vida. Por eso nuestra tarea será que todo lo que hagamos sea siempre para la gloria del Señor. En nosotros tendrá que resplandecer la gloria del Señor porque así tiene que ser santa nuestra vida. ¡Qué grandeza la que estamos recibiendo, pero también que exigencia más grande!
Algunas veces no terminamos de valorar lo suficiente el Bautismo que hemos recibido. Una celebración como la de hoy tendría que enseñarnos a recordar esa nuestra condición de bautizados y a valorar más el bautismo que hemos recibido. Que cuando participemos en alguna celebración del Bautismo tratemos de vivirlo intensamente para renovar esa gracia bautismal en nosotros.
Démosle gracias a Dios. No nos cansemos de alabar y bendecir al Señor. Pidamos su gracia, su fortaleza, la fuerza de su Espíritu para que así nos alejamos siempre del pecado y vivamos esa dignidad grande de hijos de Dios.

sábado, 9 de enero de 2010

Ánimo, soy yo, no tengáis miedo

1Jn. 4, 11-18
Sal. 71
Mc. 6, 45-52


‘Animo, soy yo, no tengáis miedo…’ les dice Jesús. Estaban atemorizados. Creían ver un fantasma. Atravesaban el lago y la travesía se les hacia difícil. Jesús se había quedado en la orilla, allá donde había multiplicado los panes y a ellos los había enviado en barca en dirección a Cafarnaún. Ahora habían visto a alguien que caminaba sobre las aguas. Jesús tiene que tranquilizarles.
Nos da pie para muchas reflexiones este texto y ya lo habremos meditado muchas veces. También muchas veces andamos llenos de temores. Queremos realizar el camino de nuestra fe y se nos hace difícil. No avanzamos lo que quisiéramos. Nos proponemos tantas cosas y al final terminamos, o al menos nos parece, donde mismo.
Nos llenamos de dudas, porque hay cosas que a veces nos cuesta entender. Como a los discípulos en aquella travesía del lago nos parece que el Señor nos ha dejado solos y las olas de las tentaciones y dificultades se crecen delante del barco de nuestra vida. ¿Está o no está el Señor con nosotros? ¿Por qué no lo vemos claro? ¿Por qué parece tantas veces que se nos oculta? El Señor está ahí y también nos dice: ‘Animo, no tengáis miedo, soy yo…’ aquí estoy.
Son las tentaciones de todo tipo que nos acechan; se nos desbordan las pasiones, el mundo se nos vuelve tan insinuante, el orgullo nos corroe por dentro con la falta de humildad, el egoísmo debilita nuestra generosidad y nuestro amor. ¿Dónde estás, Señor, que me siento sin fuerzas? Gritamos a veces. Otras veces nos cegamos de tal manera que ya ni gritamos, ni al final nos damos cuenta que el Señor está ahí. ‘Animo, no tengáis miedo…’
Hay tal confusión a nuestro alrededor. Cada uno nos ofrece sus salvaciones, la solución a los problemas a su manera, la forma de entender la vida y la sociedad según su propio estilo y nos quedamos tambaleantes porque quizá nuestra formación no es lo suficientemente fuerte, nuestro espíritu se nos ha debilitado, todo nos parece igual de bueno, y si las leyes dicen esto o lo otro es que las cosas tienen que ser así. Y andamos errantes de un lado para otro sin saber a qué carta quedarnos. Y el Señor está ahí y nos dice: ‘Animo, soy yo, no tengáis miedo…’ y quiere ser nuestra fortaleza y nuestra luz, pero nos encandilamos con cualquier luz que nos aparezca delante.
Tenemos que saber fortalecernos en el Señor. Tener una fe bien fundamentada para que nada ni nadie nos haga tambalear. Hemos de saber buscar la forma de formarnos debidamente. Tenemos que descubrir la presencia del Señor y de su amor a nuestro lado.
Hoy nos ha dicho san Juan en su carta. ‘No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud del amor’. ¿Cómo llegar a esa plenitud del amor? ¿Cómo descubrirlo y vivirlo para sentirnos fuertes y no dejar que el temor se apodere de nuestra vida?
‘Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en El. Dios es amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él’.
Hemos conocido el amor. Sabemos cuanto nos ama el Señor. Vemos su entrega de amor por nosotros. Tenemos que sentirnos seguros, porque somos unos amados de Dios. Y eso nos da seguridad y confianza. El Señor nos dice: ‘Animo, soy yo, no tengáis miedo…’ Dios nos ama.

viernes, 8 de enero de 2010

Envió su Hijo al mundo para que vivamos por medio de El

1Jn. 4, 7-10
Sal. 71
Mc. 6, 34-44


‘Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos porque andaban como ovejas sin pastor, y empezó a enseñarles muchas cosas’. Ahora es Marcos, el evangelista, quien nos hace como un resumen del ministerio que Jesús realiza por Galilea.
Es la luz que va iluminando las mentes y los corazones, pero se va encontrando muchas tinieblas que hay que disipar. Camina Jesús entre las gentes, por los pueblos y los campos de Galilea y se va encontrando corazones desgarrados y hambrientos. ‘Andaban como ovejas sin pastor’ y ¿adónde podrán ir sin un pastor que les guíe, les cuide y les alimente? Por eso vemos que enseguida Jesús ‘empezó a enseñarles muchas cosas’.
Les alimenta con el pan de la Palabra que El anuncia; les alimenta también sus cuerpos hambrientos y extenuados, como un signo del alimento verdadero que Jesús nos quiere dar, pero que nunca podrá tampoco desentenderse de ese alimento material que necesitan.
‘Estamos en despoblado y es muy tarde’, le dicen los discípulos más cercanos a Jesús, ‘que vayan a los cortijos y aldeas de alrededor y se compren de comer’. Y Jesús nos está enseñando que no nos podemos desentender. ‘Dadles vosotros de comer’. No hay suficiente para todos pero habrá que compartir los cinco panes y los dos peces. Y se realiza el milagro.
¡Cuánto nos enseña Jesús! Allí está el amor y la misericordia, la ternura y la compasión. ‘Dios envió su Hijo único al mundo para que vivamos por medio de él’, nos decía san Juan en su carta. Viene el Salvador y viene el que es la vida. Viene el que nos redime de nuestros males y pecados y viene el que quiere que tengamos vida en él. Es su vida y su amor el que nos va a inundar. Es su amor y su vida el que nos va a alimentar de verdad. Es su amor y su vida el que nos va a poner en camino de actitudes nuevas que nos enseñen a amar y a compartir.
El milagro que Jesús realiza dando de comer a toda aquella gente por la que sentía lástima, por los que se derrite su corazón en amor y en ternura, nos está hablando de muchas cosas, nos está hablando de ese Reino de Dios, ese Reino de los cielos que El está anunciando e instaurando. Cuando queremos vivir en ese Reino de Dios significa que en nosotros hay, ha de haber, esas nuevas actitudes, esos nuevos gestos, esas nuevas obras que estamos viendo reflejadas en Jesús.
A Jesús queremos ir también nosotros para alimentarnos de El, escuchar su Palabra, plantarla en nuestro corazón, tener su vida en nosotros. Así nos alimenta, así nos llena de su salvación. Pero si así miramos a Jesús, escuchamos su Palabra, nos alimentamos de su vida, significará que ahora nosotros también tenemos que comenzar a mirar a los demás con una mirada de amor como lo hacía Jesús. Lo tenemos que hacer cada uno de los que llevamos el nombre de cristianos porque queremos ser discípulos de Jesús y es lo que quiere realizar y realiza la Iglesia una y otra vez en medio de nuestro mundo.
Pienso en esa multiplicación de los panes que la Iglesia sigue realizando hoy en tantos a los que quiere remediar en sus necesidades, sus carencias y sus problemas. La tarea de Cáritas, la tarea de tantas obras asistenciales y a favor de los demás que nacen al calor de la Iglesia e impulsados por nuestra fe en Jesús. Tantos lugares en los que se acoge y alimenta a los pobres, se les ayuda a abrirse a nuevos caminos en la vida; tantos lugares donde se cuida de los enfermos, se atiende a los ancianos, se realiza una labor maravillosa con discapacitados de todo tipo, físico o psíquico, y podríamos hacer una lista muy grande de todas esas obras de la Iglesia.
Es nuestra obra, la que tenemos que realizar desde esa fe que tenemos en Jesús, ese Jesús a quien hemos contemplado en estos días recién nacido en Belén, pero que sabemos, como nos ha dicho la Palabra de Dios hoy, que ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia, ‘para que vivamos por medio de El’.

jueves, 7 de enero de 2010

El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande

1Jn. 3, 22-4, 6
Sal. 2
Mt. 4, 12-17.23-25


En los tres días que nos quedan del tiempo de Navidad escucharemos en el evangelio diferentes textos ya sea de san Mateo, como hoy, o de san Marcos, que nos hablan del inicio del ministerio de Jesús en Galilea.
Ya en el texto de Juan escuchado hace unos días se nos decía ‘determimó Jesús salir para Galilea’, donde se le irán uniendo los primeros discípulos. En el texto de hoy lo vemos situado en Cafarnaún. ‘Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún’, nos dice el Evangelista dándonos así motivación para recordarnos la profecía de Isaías. ‘País de Zabulón y país de Neptalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles…’ Un lugar importante el escogido por Jesús para establecerse, porque Cafarnaún en cierto modo es encrucijada de caminos, ‘camino del mar’ lo llama el profeta; variedad de gentes las que habitan en Galilea, por eso es llamada ‘Galilea de los gentiles’, lo cual está dando pie para comprender la universalidad del mensaje de Jesús y su salvación, como en cierto modo vimos en la celebración de la Epifanía, con la presencia de los Magos venidos de Oriente.
Nos vuelve a aparecer la imagen de la luz recogida en el profeta y que tantas veces de una forma o de otra nos ha ido apareciendo en este tiempo de Navidad. Hemos hablado mucho de resplandores, de luces y de estrellas, para significar el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre para traernos la luz de la salvación. ‘El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombra de muerte una luz les brilló’. El resplandor de una nueva aurora nos anuncia la salvación, que decíamos ayer.
Y la luz es Jesús y el anuncio de la Buena Nueva que está haciendo. ‘Está cerca el Reino de los cielos, convertíos’, anuncia Jesús. Está cerca porque ya se está manifestando en Jesús. Es su Palabra, son los signos que realiza, es su presencia salvadora. ‘Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo’, nos resume el evangelista.
Comenzaban a aparecer las señales del Reino de Dios. ¿Los milagros que hacía son el Reino de Dios? El Reino de Dios se nos manifiesta en Jesús, los milagros serán signos o señales de que llega ese Reino de Dios. Para que en verdad sea el Reino de Dios hemos de reconocer esa soberanía y ese señorío de Dios, el único en nuestra vida y para todos los hombres. Que reine Dios en nuestra vida será porque el mal ha sido vencido, el pecado ya no nos domina, y todo será gracia y santidad. Por eso los milagros son señales de que ese mal es y será vencido. Como desaparece la muerte, el dolor o el sufrimiento cuando Jesús resucita a los muertos o cura a los enfermos, así va desapareciendo el mal, el pecado en nuestra vida, en el mundo, en el hombre.
Todo será ya para siempre gracia y santidad; ya brilla la luz de Jesús sobre nosotros y nuestro mundo; lejos de nosotros las tinieblas y la muerte; todo será llenarnos de la vida de Dios y de su amor. Es el anuncio que hace Jesús con sus palabras, con sus gestos, con sus signos y milagros, con su presencia, hasta que la muerte sea vencida y el pecado derrotado. Que para eso Cristo Jesús morirá por nosotros en la cruz.
Escuchemos su mensaje. Aceptemos el Reino de Dios que nos ofrece. Convirtamos nuestro corazón a Dios. Vivamos ya para siempre en lo más hondo de nosotros mismos ese Reino de Dios que Jesús viene a instaurar en nuestros corazones y en nuestro mundo.

miércoles, 6 de enero de 2010

Hemos visto salir la estrella y venimos a adorarlo

Is. 60, 1-6;
Sal. 71;
Ef. 3, 2-3.5-6;
Mt. 2, 1-12

‘Hemos visto salir la estrella y venimos a adorarlo... Unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando… ¿Dónde está el recién nacido rey de los judíos?’

Es la gran fiesta de la Epifanía, Solemnidad, que hoy estamos celebrando. Una fiesta equivalente a la Navidad, aunque en nuestras costumbres populares se nos quede en lo del ‘día de reyes’ con sus ilusiones y regalos. Pero sabemos que es algo más. Hemos de reconocer incluso que en la liturgia de la Iglesia tiene la Solemnidad de la Epifanía hasta mayor antigüedad que la propia fiesta de la Navidad, y para la Iglesia Oriental es como la gran fiesta de la Navidad.
Una estrella ha aparecido en el cielo, llega la luz, amanece la gloria del Señor, el resplandor de una nueva aurora nos anuncia la salvación, desaparecen las tinieblas de la noche, brilla el Sol que nace de lo alto, todos los pueblos verán la gloria del Señor. Es una gran fiesta de luz donde va a resplandecer la gloria del Señor para todos los pueblos.
Si en la noche de Belén la gloria del Señor resplandeció y se anunció por los ángeles a los pastores que les había nacido un Salvador, ahora brilla la estrella en lo alto para que sean todos los pueblos los que puedan iluminarse con su luz; a todos los pueblos se anuncia la salvación. Los Magos de Oriente, que vieron la estrella en lo alto y se dejaron guiar por su luz, son imagen de ese anuncio universal de salvación para todos los pueblos, para todos los hombres.
El camino seguido por los Magos para llegar hasta Jesús puede ser hermoso recorrido para nosotros del camino de búsqueda de Jesús y de encuentro con El. Los Magos se dejaron sorprender por aquella nueva estrella aparecida en el cielo. No les pasó desapercibida y averiguaron cuál sería su significado. No se quedaron quietos y estancados con lo que iban descubriendo sino que se pusieron en camino porque lo que ellos deseaban ya era encontrar a aquel niño que se les anunciaba. Sus vidas comenzaron a tomar nuevos rumbos que les desinstalaba de lo que hasta entonces era su vida para encontrar el origen de aquella luz que bien iba a iluminar sus vidas.
Aquella voz de Dios que les hablaba a través de las señales del cielo, de los acontecimientos de la naturaleza, se convirtió para ellos en una Palabra viva cuando al llegar a Jerusalén han de consultarse las Escrituras Santas, los Profetas para poder interpretar debidamente el anuncio del cielo que llegaba a su corazón. Así llegarían a Belén y de nuevo la estrella les guiaría hasta el lugar exacto. ‘Se llenaron de inmensa alegría… entraron en la casa y se encontraron al Niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron…’
Ya hay muchas cosas que se nos están señalando para nuestra vida. La voz del Señor llega a nuestros corazones de muchas maneras y no podemos hacer oídos sordos a las llamadas del Señor. Es más, tenemos que saber dejarnos sorprender por esa voz del Señor que llega a nosotros en una inquietud, en un acontecimiento y a través de muchas señales. Hemos de recorrer los caminos admirables y sorprendentes del Señor, porque sólo así podremos llegar a encontrarnos con El. No fueron fáciles para los Magos pero supieron recorrerlos y al final encontraron la verdadera luz que señalaba la estrella.
Tenemos que saber llegar hasta Belén, el Belén donde nos vayamos a encontrar con Jesús, con las mismas actitudes de los Magos, con los mismos deseos de los Magos. No nos podemos quedar insensibles ni impasibles sino que tenemos que saber dejarnos guiar por esas estrellas luminosas que el Señor pone a nuestro lado.
Nos pedirá salir de nosotros mismos, tener deseos de búsqueda y de encuentro de la Buena Nueva que el Señor quiera trasmitirnos, profundizar y rumiar en nuestro corazón esa Palabra del Señor que llega a nosotros, dejarnos conducir por su Espíritu que es el que nos guiará para encontrar esa Luz verdadera que va a iluminarnos con la salvación de Dios.
Y cuando encontremos esa luz, cuando nos encontremos de verdad con el Señor no temamos caer de rodillas para postrarnos ante El. Nos cuesta ponernos de rodillas y no me refiero sólo al gesto físico de arrodillarnos, sino doblar nuestro corazón y nuestra vida delante del Señor para reconocerle como nuestro único Dios y Señor y para adorarle desde lo más hondo del corazón.
Los Magos, ‘abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra’. Que sepamos abrir ese cofre tan cerrado a veces de nuestro corazón para ofrecerle lo mejor que tengamos dentro. No son cosas materiales lo que el Señor nos pide, aunque muchas veces también tengamos que desprendernos de esas cosas para compartir con los demás. Que seamos capaces de ofrecer la mejor ofrenda de nuestra fe, de nuestra obediencia a la voz del Señor, de nuestra humildad y de nuestra generosidad, de nuestra esperanza y de nuestro amor.
Nos queda un último detalle. La llegada a Belén supuso para los Magos emprender otros caminos distintos. ‘Avisados por el ángel se marcharon a su tierra por otro camino’. Belén nos abre a caminos nuevos. Ya para nosotros no debe haber tinieblas nunca más. Nuestros caminos tienen que ser luminosos porque serán para siempre caminos de amor y de nueva fraternidad. Hasta Belén llegamos siguiendo una estrella, pero de Belén tenemos que salir siendo estrellas para los que nos rodean.
Hasta ahora en estos días de Navidad hemos puesto luces de colores en nuestras puertas o ventanas o en nuestras casas para señalar a los demás que estábamos celebrando la Navidad; esas luces quizá las quitamos porque se acaban las fiestas, pero seremos nosotros esas luces de colores, esas lámparas luminosas que con nuestra vida señalemos a los demás el camino que lleva hasta Jesús. Recordemos que Jesús nos dirá que El es la Luz del mundo, pero que nosotros también tenemos que ser luz del mundo porque con nuestra vida, con nuestra fe, con nuestro amor, con nuestra esperanza y nuestro compromiso solidario tenemos que ser estrella que lleve hasta Jesús.

martes, 5 de enero de 2010

Una fe que crece hasta reconocer en Jesús al Hijo de Dios y nos convierte en discípulos y apóstoles

1Jn. 3, 11-21
Sal. 99
Jn. 1, 43-51


Ya lo hemos comentado en otra ocasión, la Buena Nueva del Evangelio que vamos escuchando estos días posteriores a la Navidad nos van ayudando, podríamos decir que pedagógicamente, a irnos introduciendo en todo el misterio de Jesús al tiempo que nos ayudan a pasar desde esa rectitud de vida y honradez, desde esa inquietud del corazó y esa búsqueda de Jesús a la condición primero de discípulos, seguidores de Jesús, y luego también de apóstoles de su evangelio.
De manera especial en lo escuchado en este final del capítulo primero del evangelio de san Juan lo vemos en la llamada de los primeros discípulos y el descubrimiento que ellos van haciendo de Jesús. De un Jesús maestro – rabí -, profeta y Mesías, en el que se cumple todo lo anunciado por los profetas hasta la confesión que hoy escuchamos en Natanael diciendo: ‘Rabí, tu eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’.
Efectivamente Juan y Andrés se van tras Jesús porque el Bautista lo había señalado como ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’; ellos quieren conocer más de Jesús – ‘Maestro, ¿dónde vives?’, les escuchábamos ayer -, pero pronto Andrés anunciará a su hermano Simón ‘hemos encontrado el Mesías’.
Felipe, que sigue a Jesús escuchando la invitación que Jesús mismo le hace para ser su discípulo, dirá a Natanael ‘Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas lo hemos encontrado… a Jesús, el hijo de José, de Nazaret’. Y ya hemos comentado cómo lo reconoce y confiesa Natanael. Pero Jesús mismo completará esta revelación diciéndonos cómo se va a manifestar la gloria de Dios en El. ‘Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre’. Palabras de Jesús que nos recuerdan el sueño de Jacob que veía también esa escala que subía hasta el cielo por donde bajaban y subían los ángeles de Dios.
Aquellos que comenzaron a seguir a Jesús, siendo sus discípulos, pronto los vemos convertidos en apóstoles que llevan a sus compañeros la noticia de aquel a quien han encontrado y en el que se realizan todas las esperanzas. ‘Hemos encontrado al Mesías’ le dirá Andrés a su hermano Simón y lo lleva a Jesús. Lo mismo hará Felipe con su amigo Natanael el de Caná para llevarlo también a Jesús.
Nos ayuda también a nosotros en la vivencia de las celebraciones de estos días y en todo lo que es nuestra fe y nuestro seguimiento de Jesús. Como hemos mencionado en más de una reflexión no nos quedamos en un Jesús niño, sino que en ese niño estamos contemplando al Hijo de Dios, estamos descubriendo al que es nuestro Salvador, estamos queriendo escuchar al que es la Palabra eterna de Dios, estamos vislumbrando todo el misterio de Dios que se nos revela, porque en el rostro de Jesús estamos conociendo el rostro de Dios. Ese Jesús es el Emmanuel, el Dios con nosotros.
Nos queda hacer como aquellos primeros discípulos. Lo que estamos descubriendo y viviendo tenemos que comunicarlo a los demás. Mensajeros de Buena Nueva tenemos que ser nosotros en medio del mundo que nos rodea. Ante un mundo en tinieblas o desencantado en el que vivimos nosotros tenemos que despertar la fe y la esperanza desde nuestra fe y nuestra esperanza.
Esa alegría de la fe, del encuentro con Jesús y su seguimiento es algo que tenemos que trasmitir a los que nos rodean. No podemos vivir la alegría de la fe sólo como unos villancicos que ahora cantamos porque toca, porque es Navidad, sino que esto tiene que expresarse en nuestra vida, en la ilusión con que vivimos, en el amor del que llenamos nuestra vida, en todas esas obras buenas que hemos de hacer por los demás.
El mundo necesita esa alegría y esa esperanza. De nosotros depende que las puedan encontrar.

lunes, 4 de enero de 2010

Maestro ¿dónde vives?

1Jn. 3, 7-10
Sal. 97
Jn. 1, 35-42


‘Maestro, ¿dónde vives?’ fue la pregunta de Andrés y Juan. Habían escuchado al Bautista señalar a Jesús: ‘Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo…’ Eran discípulos de Juan y en ellos estaba también la inquietud, la esperanza de la pronta venida del Mesías que Juan anunciaba como inminente. Por eso se van con Jesús y le hacen esa pregunta.
¿Preguntaban por un lugar, por una casa? Realmente había visto a Juan que vivía en el desierto y la austeridad de su vida. Pero aquel era el lugar del Bautista, allá en el desierto, junto al Jordán. ¿Cuál era el lugar de Jesús? ¿Cuál era el estilo de Jesús? ¿Cuál era su mensaje? La pregunta de Andrés y Juan implicaba muchas cosas.
Un día Jesús diría a alguien que se ofreció voluntario para seguir a Jesús. ‘Maestro, te seguiré a donde quiera que vayas… las raposas tienen madriguera, las aves del cielo nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza’, fue la respuesta a aquel que tan voluntariamente quería seguirle. Seguir a Jesús tiene sus exigencias.
No tenía donde reclinar su cabeza… lo hemos contemplado en estos días de la celebración de su nacimiento. ‘No había para ellos sitio en la posada’ de Belén. No había lugar para el nacimiento de un niño en aquella posada y allá se fueron Maria y José al establo de los animales y recostado en un pesebre lo encontrarían los pastores avisados por el ángel.
Como peregrino, emigrante o casi como desterrado tendrían que irse María y José con el Niño a Egipto, huyendo de Herodes que buscaba al Niño para matarlo. Otra vez sin tener donde reclinar la cabeza, como esos inmigrantes que nos llegan a nuestras costas buscando una vida mejor. ¡Qué parecido entre aquel Jesús que nace en Belén, huye a Egipto buscando salvar la vida, y estos emigrantes de hoy día, como los de todos los tiempos! Bueno es recordarlo para que quizá surjan actitudes nuevas en nuestro corazón.
No le conoceremos a Jesús sitio fijo para habitar a lo largo de su vida pública una vez que saliera de Nazaret. ¿En casa de Simón en Cafarnaún? Y cuando iba de pueblo en pueblo por los caminos de Galilea y de Palestina toda, ¿dónde reclinaba su cabeza? Cuando venía a Jerusalén algunas veces le veremos acogido en Betania en casa de Lázaro, Marta y María tan hospitalarios, pero seguramente que muchas veces los campos cercanos a la ciudad, como las laderas de Getsemaní o el monte de los Olivos serían lugares donde guarecerse, porque allí sabía Judas que iba a encontrarlo. Le veremos a la mesa de Simón, el fariseo, o de Zaqueo, el publicano, o Mateo que le ofrece un banquete, pero de resto peregrino dejándose acoger por los demás como El nos acoge a todos.
‘Maestro, ¿dónde vives?... Venid y lo veréis… y se fueron con El’. Estar con Jesús, vivir con Jesús es ponerse en camino. Porque estar con Jesús es seguirle. Estar con Jesús significa desprendimiento. Estar con Jesús, vivir con Jesús es disponerse para una vida nueva. ‘Venid, y lo veréis…’
Preguntamos quizá nosotros también ‘Maestro, ¿dónde vives?’ porque quizá buscamos seguridades, apoyos humanos. Pero tenemos que hacerle esa pregunta a Jesús sin miedos, con generosidad en el corazón. ‘Venid y lo veréis’, nos responde también a nosotros Jesús. Cuando aprendamos a ponernos en camino le conoceremos, seremos auténticos discípulos.

domingo, 3 de enero de 2010

Plantó su tienda entre nosotros y nos da el poder ser hijos de Dios


Sab. 24, 1-2.8-12:

Sal. 147;

Ef. 1, 3-6.15-18:

Jn. 1, 1-18


No puedo menos que comenzar haciendo mía la súplica de san Pablo en la carta a los Efesios: ‘Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos’.
Sólo con la luz de su Espíritu podemos conocerle. El es quien nos lo revela. ‘A Dios nadie lo ha visto jamás…’ Es el deseo de todo hombre, ver a Dios conocer a Dios. Pero en todo el Antiguo Testamento está la Tradición de que no se puede ver a Dios y quedar con vida. Se nos habla de Abrahán que hablaba con Dios como con un amigo, y que se le manifestaba en el caminante que llegaba a su tienda, o el ángel del Señor que le hablaba. Moisés en lo alto de la montaña primero escuchó la voz de Dios que le hablaba y le confiaba una misión y cuando lo vio bajó de la montaña con el rostro resplandeciente.
Pero ahora se nos dirá que ‘el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien nos lo ha dado a conocer’. Y es que Jesús es el Emmanuel, el Dios con nosotros, la Palabra que nos revela a Dios y nos da a conocer su misterio de amor. ‘La Palabra que se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros’. Plantó su tienda, como el beduino que allá en el desierto planta su tienda para acampar, como el caminante que lo hace para descansar en el camino, ‘la Palabra plantó su tienda entre nosotros’. Es presencia y es descanso. Es luz y es vida. Será alimento y será viático para nuestro caminar. Quiere estar entre nosotros porque es el Dios con nosotros. Se acerca de la forma más humilde y entre los humildes, porque al no encontrar posada lo vemos nacer en un establo y ser reclinado en un pesebre entre pajas.
Misterios y maravillas de Dios que nos hacen contemplar su gloria. No como nosotros nos lo habríamos imaginado, sino en la humildad y sencillez. Pero ‘hemos visto su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad’. Así se manifiesta la gloria del Señor.
En la noche de Belén ‘un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad’. Así brilla la gloria de Dios, así es el resplandor de su luz. Pero maravilla del amor de Dios que así quiere acercarse a nosotros en la humildad y la pobreza. Lo hizo entonces y lo sigue haciendo hoy porque es ahí en los pobres y los humildes donde quiere que le encontremos, y que lo que a ellos le hagamos a El se lo estaremos haciendo.
Significa, pues, el amor y la cercanía de Dios, el que planta su tienda entre nosotros. Y se quedará para siempre con nosotros, porque, aunque nos parezca que se vaya o no le sepamos ver, El ha prometido que estará con nosotros para siempre, hasta el final de los tiempos. Y estará para siempre la presencia de su Espíritu y la presencia maravillosa en los sacramentos sobre todo en la Eucaristía. Y luego, tras ese final de este mundo, ya estaremos para siempre con El en la gloria eterna del cielo.
Hoy Juan nos ha dicho que ‘la Palabra era la luz verdadera que alumbra a todo hombre… en la Palabra había vida y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió… al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella y el mundo no la recibió. Vino a los suyos y los suyos no la recibieron…’
Paradojas del misterio que estamos celebrando. La luz viene para iluminar. Dios planta su tienda entre nosotros. No es que nosotros tengamos que hacer grandes recorridos para ir hasta Dios, sino que es Dios quien viene a nosotros, y nos trae luz, y nos trae vida, pero ‘vino a los suyos y los suyos no lo recibieron…’
Drama del hombre que no recibe a Dios, que rechaza la luz, que prefiere a las tinieblas. Ceguera inexplicable que rechaza la luz, como si le molestara y prefiriera a las tinieblas. Misteriosa maldad del hombre que en nombre de la libertad que Dios mismo le ha concedido y con la que le ha engrandecido, se decide por el ‘no’ a la luz y a la vida prefiriendo las tinieblas y la muerte.
Pero tras ese drama del hombre seguiremos contemplando el amor y la espera de Dios. El sigue esperándonos y buscándonos. Y ‘a cuantos le recibieron les da poder para ser hijos de Dios si creen en su nombre’, nacidos no de la carne o amor humano, sino de Dios. ‘En la Palabra había vida y la vida era la luz de los hombres’. Esa luz y es vida de la que nos hace partícipes para que para siempre seamos hijos. ‘De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia’.
Como nos decía san Pablo ‘nos ha elegido… y nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos…’ Por pura iniciativa, por puro amor de Dios que así nos ama. ‘Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios,, pues ¡lo somos!’, que exclamaba san Juan.
‘Bendito sea Dios’, tenemos que reconocer y lo hacemos de manera especial cuando estamos contemplando y celebrando todo el misterio de la Navidad, ‘que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales’. Démosle gracias a Dios.

sábado, 2 de enero de 2010

Hacia una fe más profunda, madura y comprometida

1Jn. 2, 22-28
Sal. 97
Jn. 1, 19-28


‘¿Tú quién eres?’, fue la pregunta de los sacerdotes y levitas enviados desde Jerusalén a Juan. Había aparecido en el desierto con una vida distinta de austeridad y penitencia, anunciaba una buena nueva al pueblo al que invitaba a prepararse y los judíos estaban en la expectativa de la venida del Mesías. ¿Sería Juan el Mesías? ¿Era un profeta? Si no era ni lo uno ni lo otro ¿por qué bautizaba?
Es un tema que hemos venido reflexionando en el adviento porque Juan era el que preparaba los caminos del Señor y fue lo que nosotros quisimos hacer durante ese tiempo como preparación a la navidad.
‘¿Tú quien eres?’, podría ser la pregunta que nosotros ahora nos hiciéramos cuando estamos celebrando la Navidad y contemplamos a ese niño recién nacido y ‘acostado en un pesebre en Belén’.
‘En medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que no soy digno de desatar la correa de su sandalia’
, respondía Juan a los enviados de Jerusalén.
En medio de nosotros está. El que existe desde siempre. Como escuchamos el día treinta y uno y volveremos a escuchar en el segundo domingo de Navidad, ‘en el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios…’
Es Jesús, la Palabra eterna de Dios. Es Jesús, el Hijo eterno del Padre. Es Jesús, nuestro Señor y nuestro Salvador. No contemplamos sólo un niño recién nacido. Contemplamos al hijo de María que es el Hijo de Dios.
La Palabra de Dios que vamos escuchando en este tiempo de Navidad poco a poco, podríamos decir que de forma pedagógica, nos va ayudando a conocer a Jesús, conocer el Misterio de Dios que en El está. No nos quedamos en el Niño, contemplamos a Dios. Contemplamos nuestra Salvación. Contemplamos al que nos va a dar su Espíritu para que también nosotros nos inundemos de la vida de Dios.
Es que nuestra fe tiene que ir creciendo, clarificándose, madurando cada vez más. No sólo no la tenemos que dejar apagar, sino que tenemos que hacerla crecer, hacerla más fuerte y más viva, más asimilada en nuestra vida y más madura. Y una lectura reflexiva del Evangelio nos va ayudando a ello. Aunque cuando nos acerquemos a los textos sagrados pensemos que ya los conocemos, que ya nos los sabemos, tenemos que reflexionarlos una y otra vez, tenemos que rumiarlos para sacarle todo su jugo.
No pensemos que es una pérdida de tiempo el que cojamos el evangelio en nuestras manos y lo leamos una y otra vez y nos quedemos largo rato reflexionándolo, haciéndolo oración. Iremos comparando unos textos con otros, iremos comprendiéndolos mejor desde la lectura y reflexión de textos paralelos. Es la forma de profundizar.
Si así lo hacemos el Espíritu del Señor irá actuando en nosotros, nos irá revelando cada vez todo ese misterio de Dios y podremos así profundizar en nuestra fe. Descubriremos cada vez cosas nuevas, matices en los que no nos habíamos fijado, detalles que nos harán profundizar en él. En una palabra iremos conociendo más y más a Jesús y su evangelio y eso se irá traduciendo en una vida renovada, en una vida que nos impulse a mayor santidad, a mayor amor, a una fe más profunda, madura y comprometida.

viernes, 1 de enero de 2010

Navidad, María, la Madre de Dios y el compromiso por la paz


Núm. 6, 22-27;
Sal. 66;
Gál. 4, 4-7;
Lc. 2, 16-21


‘Los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre’, nos dice el evangelio. Por su parte san Pablo nos decía en la carta a los Gálatas ‘cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción’.
Y es que seguimos celebrando el misterio de la Navidad, el Misterio de Dios que se hace hombre y que nace de María. Sigue siendo Navidad. Estamos en su octava y hoy queremos contemplar de manera especial a la mujer, a la Madre que está junto a Jesús, por la que nos vino Jesús para ser nuestro Salvador, ‘para que recibiéramos el ser hijos por adopción’, como nos decía Pablo.
Hermoso icono el que nos presenta el evangelio y la liturgia de este día. Un icono hermoso de María, la madre de Dios, que nos trae a Jesús, que nos ofrece a Jesús. Jesús en brazos de María.
Si nos fijamos en los iconos bizantinos que nos presentan a María nos daremos cuenta que la imagen que nos ofrecen de Jesús en brazos de María siempre es la de un niño con rostro y expresión de un niño mayor que el que imaginaríamos en brazos de su madre. Y esto tiene un sentido: no es simplemente un Jesús niño el que María nos ofrece, sino el Jesús que es nuestro Salvador, y que es el Hijo de Dios. Miramos, pues, hoy a María y miramos a Jesús. Es el Señor, es el hijo de María, pero es el Hijo de Dios; es nuestro Salvador. A El tenemos que acudir; María nos conduce hasta Jesús, María nos presenta a Jesús. Es el Jesús total del evangelio, el Jesús de la Pascua en quien nosotros creemos y a quien seguimos. Es el Jesús que nos ha redimido, pero no sólo nos ha rescatado de nuestro pecado, sino que nos ha elevado a dignidad nueva cuando nos hace hijos. ‘Envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: Abba, Padre’.
Seguimos con el gozo de la Navidad porque la alegría de todo lo que en Jesús alcanzamos no se agota ni se acaba nunca. Gozo de la Navidad que ahora se nos une en estos días con las celebraciones civiles del año nuevo donde todos nos deseamos un venturoso año lleno de felicidad y de paz. ¿Nos deseamos…? ¿sólo deseamos? Creo que tiene que ser algo más que un deseo; tiene que ser un compromiso en su construcción. El año no viene bueno o malo por sí mismo, sino por lo que nosotros hagamos de la vida y de nuestras relaciones humanas. Desearnos paz y felicidad en estos días es buscar la manera entre todos de hacer que haya esa dicha y esa felicidad para todos los hombres.
Es por lo que la Iglesia nos invita hoy, al pedir al Señor todas sus bendiciones sobre nosotros y nuestro mundo que pidamos de manera especial por la paz. Como nos decía la hermosa bendición antigua que se nos ofrece en la primera lectura ‘que el Señor nos bendiga y nos proteja, ilumine su rostro sobre nosotros… se fije en ti y te conceda la paz…’ La mirada de Dios sobre nosotros, sobre nuestro mundo, para que nos llenemos de su paz.
La paz que cantaron los ángeles la noche del nacimiento de Jesús, para todos los hombres, porque todos los hombres son amados de Dios. ‘La paz os dejo, mi paz os doy’, nos dirá Jesús y nosotros repetimos en la oración de la paz en la Misa. El Señor nos concede su paz, pero para que nosotros también nos llenemos de paz los unos a los otros, porque ese tiene que ser el sentido del gesto de la paz que realizamos en la Misa.
El Papa, como siempre lo hace en esta Jornada, nos ha dirigido un hermoso mensaje que merece leer en toda su integridad. El lema que nos ofrece para este año es ‘si quieres promover la paz, protege la creación’. La salvaguardia de la creación ‘se ha hecho hoy esencial para la convivencia pacífica de la humanidad’, nos dice. Nos comenta lo que ya nos había dicho en ‘Caritas in veritate’ que ‘el desarrollo humano integral está estrechamente relacionado con los deberes que se derivan de la relación del hombre con el entorno natural, considerado como un don de Dios para todos, cuyo uso comporta una responsabilidad común respecto a toda la humanidad, especialmente a los pobres y a las generaciones futuras’.
No podemos extendernos en un comentario detallado a todo el mensaje porque superaría el tiempo que podemos dedicar a una homilía en una celebración; muchas cosas podríamos subrayar porque es muy hermoso el mensaje que nos implica mucho y compromete a los que creemos en Jesús; por eso entresaco algunas de sus palabras finales.
‘Proteger el entorno natural para construir un mundo en paz es un deber de cada persona. He aquí un desafío urgente que se ha de afrontar de modo unánime con un renovado empeño; he aquí una oportunidad providencial para legar a las nuevas generaciones la perspectiva de un mundo mejor para todos…’ Apela a los responsables de las naciones y nos invita ‘a los creyentes a elevar una ferviente oración a Dios, Creador todopoderoso y Padre de misericordia, para que en el corazón de cada hombre y de cada mujer resuene, se acoja y se viva el apremiante llamamiento:; si quieres promover la paz, protege la creación’.
Que el Señor vuelva su mirada sobre nosotros y nos conceda la paz. Es la bendición y es la súplica que elevamos al Señor. Es la súplica que hacemos también con la intercesión de la Madre, la Madre de Dios, como hoy de manera especial la celebramos y la invocamos en la más grande fiesta de María, y es también nuestra Madre. ‘Ruega por nosotros a Dios, santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo’ y nos llenemos siempre de su paz.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Un momento para la bendición y alabanza al Señor en el final del año

No es que queramos dejar de lado el mensaje que nos ofrece la Palabra de Dios hoy proclamada, pero sí podríamos, sin embargo, hacernos unas breves consideraciones en torno al año que termina. Si en el atardecer de la vida seremos examinados de amor, en expresión tan hermosa de san Juan de la Cruz, en el atardecer del año que termina podríamos hacernos un examen de amor. Un examen que siempre tendrá que llevarnos a bendecir al Señor que tanto nos regala con su amor.
Cuando la gente termina etapas de su vida o de la gestión de las responsabilidades que tiene hace balance para ver cuál es su situación. Un año, podemos decir, es una etapa de la vida y el final del año puede ser ocasión para ese balance, mientras otros se lo toman sólo como ocasión de una fiesta por un año que se despide y por otro que se inicia. No juzgamos a nadie, pero sí queremos hoy en nuestra celebración hacer como ese balance porque para nosotros puede ser una buena ocasión para la alabanza al Señor.
Del Señor es el tiempo y la eternidad. Ha transcurrido un año más de nuestra vida. Esa vida que se ha ido desgranando día a día con sus momentos felices y de dicha y también con momentos quizá no tan buenos, pero una vida que reconocemos como un don de Dios. Un don precioso por el que tenemos que bendecir siempre al Señor y darle gracias.
Tenemos más o menos años; gozamos de buena salud o ya quizá nuestro cuerpo no nos va respondiendo como nosotros quisiéramos; podemos valernos por nosotros mismos o quizá tendremos que depender de alguien que nos ayude. Otros podemos realizar nuestras actividades normales y desempeñamos una responsabilidad… Hay vida en nosotros. Vivimos. Podemos estar rodeados de nuestros seres queridos en el lugar donde siempre hemos vivido o estamos aquí en este centro que nos acoge porque por las diferentes circunstancias de la vida ésta es nuestra situación. (Decir para los que leen en internet esta reflexión que ha sido preparada en especial teniendo en cuenta los centros de ancianos donde realizo mi labor, pero a todos nos puede valer)
Siempre, sin embargo, tiene que surgir nuestra acción de gracias al Señor. Por lo que podemos hacer por nosotros mismos o por lo que recibimos de los otros. Nuestros corazones tienen que llenarse de gratitud y tiene que surgir siempre nuestra alabanza al Señor ya que recibimos o tenemos, nos viene de Dios, dador de todo bien.
De El venimos, hacia El vamos y en El vivimos. Es nuestra actitud creyente que tiene que estar presente en nuestra existencia. Podemos decir que esa vida que tenemos son unos talentos que Dios ha puesto en nuestras manos, recordando la parábola del evangelio, y que tenemos, con la ayuda del Señor, hacer fructificar. Sea cual sea nuestra situación a la vida hemos de darle un sentido y un valor que se va a manifestar en cómo vivimos, en lo que hacemos, en las responsabilidades que desempeñamos, en lo bueno que hacemos por los demás, o a favor de nuestra sociedad. El Señor nos puede pedir que le rindamos cuentas, como en la parábola de los talentos, de cómo en el año que termina hemos hecho fructífera nuestra vida, esa vida que Dios ha puesto en nuestras manos.
En esta celebración de hoy, en este final de año, queremos recordar en la presencia del Señor eso bueno que hemos vivido. Tenemos la tentación muchas veces de cargarnos con tintes negros y sólo ver cosas negativas en la vida. Las habrá porque así somos limitados y pecadores pero vamos a recoger en ramillete esas flores de las cosas buenas que hayamos vivido y hemos realizado para presentarle al Señor esta ofrenda de amor de nuestra vida. Cada una mire su vida y lo bueno que hay en ella, recoja esas flores bellas y preséntelas en bello ramo al Señor.
El Señor va a dirigirnos una mirada complaciente y de amor porque El sí sabe valorar siempre hasta lo más pequeño que hayamos hecho. El Señor vuelve su mirada sobre nosotros y nos bendice con su paz como El siempre sabe hacer. Se regocija en nuestras obras, se siente bendecido con nuestro amor.
Es cierto que podríamos haber sido mejores, haber puesto más amor en nuestra vida, haber hecho las cosas mejor, no haber tenido tantas omisiones de cosas buenas y haber evitado lo malo que hayamos podido realizar. Cada uno se examine. Pero sabemos que la mirada del Señor es siempre una mirada de misericordia.
En el sentimos su aliento y su paz, y desde El nos sentimos impulsados para esos buenos propósitos que nos hacemos para el año nuevo. Es momento, pues, también de implicarnos en ese proyecto de amor de nuestra vida para el año que comienza. Que todo lo que hagamos sea siempre una bendición para el Señor, porque reconocemos sus bendiciones y porque todo lo que hagamos sea siempre para la gloria del Señor. A El la bendición, la alabanza y la acción de gracias en todo momento y por toda la eternidad.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Un pueblo creyente que alaba a Dios en su venida y lo anuncia al mundo

1Jn. 2, 12-17
Sal. 95
Lc. 2, 36-40


El texto del evangelio sigue enmarcado en la escena de la Presentación de Jesús en el Templo.
Ayer nos fijábamos en el anciano Simeón que es la imagen de la esperanza, de la esperanza cierta y de la esperanza que se ve cumplida, como ya ayer reflexionábamos. Con los ojos del que sabe descubrir los misterios de Dios, con los ojos de la fe profunda y de la esperanza que anima su vida, supo descubrir, en aquel niño que aquel joven matrimonio está presentando al Señor, al Mesías de Dios.
Hoy contemplamos a otra anciana, paradigma, podemos decir, del pueblo creyente que ora con esperanza e insistencia pidiendo la venida del Señor, del Mesías. ‘No se apartaba del templo día y noche sirviendo a Dios con ayunos y oraciones’, nos dice el texto sagrado.
Pero es también imagen del pueblo creyente que se encuentra con el Señor y da gracias con alegría y lleva la noticia a los demás. ‘Acercándose en aquel momento – cuando los padres hacen la presentación del Niño al Señor y cuando el anciano Simeón proféticamente reconoce al Mesías, alaba al Señor y profetiza también cosas para la Madre acerca de aquel niño – Ana daba gracias a Dios y hablaba del Niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel’.
Dos cosas: bendice a Dios y habla del Niño. Dos aspectos muy importantes y significativos. Dos aspectos que tienen que entrar en relación con las celebraciones que nosotros estamos viviendo en estos días. Nos acercamos también nosotros en este momento para celebrar la Navidad como lo venimos haciendo. No terminamos de alabar y bendecir al Señor. Seguimos celebrando la Navidad y en nuestro corazón y vida sigue presente esa alabanza y esa bendición. Y no podemos terminar, no nos podemos cansar de hablar del Niño a los demás, de anunciar lo que celebramos y vivimos nosotros desde nuestra fe.
Dios se ha compadecido de nosotros – que eso significa el nombre de Ana = compasión – y nos ha enviado al Salvador. Es lo que tenemos que comunicar. Es lo que queremos hacer cuando con sentido nos felicitamos nosotros estos días. Nuestra felicitación navideña no puede ser simplemente algo formal, sino que en cierto modo tiene que ser una confesión de fe y un anuncio.
Estamos diciendo que creemos en Jesús que es nuestro Salvador. Estamos comunicando a los demás esa Buena Noticia y les estamos invitando a que se unan a nuestra alegría y a nuestra fiesta porque alcanzamos la salvación, porque viene el Señor que nos salva. Es nuestra certeza y nuestra convicción de la que queremos hacer partícipes a los demás.
Una palabra final para fijarnos en el sentido de lo que hemos escuchado en la carta de san Juan. ¿A quiénes escribe el Apóstol? A los que se sienten perdonados, a los que tienen el conocimiento de Dios, a los que se sienten vencedores del mal con la victoria de Cristo. Habla a los padres, a los jóvenes, a todos los creyentes animándolos con palabras de aliento y esperanza, a los que son fuertes frente a toda tentación y adversidad, y a los que sienten viva la Palabra del Señor en sus vidas.
Pero también nos previene: no nos dejemos contaminar por el espíritu del mundo, por el espíritu de la maldad y del pecado: ‘las pasiones del hombre terreno, la codicia de los ojos y la arrogancia del dinero’. Cuando se nos desbordan nuestras pasiones o cuando nos dejamos esclavizar por el materialismo y el egoísmo no estamos caminando por caminos de luz, sino de maldad. Pero nosotros somos vencedores en Cristo, que para eso El nos ha liberado. Vivamos, pues, como vencedores, no dejando introducir el mal y el pecado en nuestra vida.

martes, 29 de diciembre de 2009

Las profecías se realizan, las promesas de Dios se cumplen también en el hoy de nuestra vida

1Jn. 2, 3-11
Sal. 95
Lc. 2, 22-35


Las profecías anunciadas tienen se realización segura y las esperanzas su cumplimiento. Es algo que podemos afirmar con pleno convencimiento sobre todo con lo que estamos celebrando en estos días, el nacimiento del Señor, la Navidad del Señor. No sólo como la celebración de un recuerdo histórico sino en el pleno sentido que tiene la celebración cristiana donde hacemos vida, vivimos en el hoy de nuestra vida lo que celebramos.
En las lecturas que vamos escuchando estos días del tiempo de la Navidad, aparte las grandes celebraciones, iremos escuchando por una parte en la primera lectura la carta primera de san Juan y en el Evangelio completaremos todo lo que san Lucas nos narra de los hechos de la infancia de Jesús.
Hoy en el evangelio escuchamos el relato de la presentación de Jesús en el templo. Vamos a fijarnos en algunos aspectos. Nos habla de Simeón. ‘Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, honrado y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel…’ Es la imagen de la esperanza, de la esperanza cierta y de la esperanza que se ve cumplida. El Espíritu del Señor le había hecho sentir en su interior ‘que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor’.
Esas promesas de Dios se cumplen. ‘Impulsado por el Espíritu Santo fue al templo’. Allí lo que se va a encontrar le va a llenar de alegría y de gozo. Con los ojos del que sabe descubrir los misterios de Dios, con los ojos de la fe profunda y de la esperanza que anima su vida, va a descubrir en aquel niño que aquel joven matrimonio está presentando al Señor al Mesías de Dios.
Ya puede morir. Las profecías se han realizado. Las promesas que el Señor le hizo se han cumplido. ‘Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo, Israel’.
Allí está el Mesías de Dios, el Enviado, el Ungido, el Salvador, la luz y la gloria. Allí está Jesús, de quien el ángel dijo que se llamaría así porque salvaría a su pueblo de sus pecados. ‘¡Puedes dejar a tu siervo irse en paz…!’
¿No es eso lo que estamos celebrando? ¿No es eso lo que estamos viviendo en estos días? Ha llegado la salvación, para nosotros todo es luz y es vida, todo es gracia y salvación. Ya nuestra vida es distinta, tenemos que estar llenos de luz; lejos de nosotros las tinieblas del pecado y de la muerte. ¿No hemos comenzado a amarnos más en estos días? Es lo que en verdad tenemos que estar realizando porque estamos viviendo la Navidad.
Si no fuera así, como nos dice san Juan hoy en su carta, seríamos unos mentirosos, unos embusteros. ‘Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano, está aún en las tinieblas. Quien ama a su hermano, permanece en la luz y no tropieza. Pero quien aborrece a su hermano está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe a donde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos’.
Tendría que hacernos pensar. Es para leerlo una y otra vez y mirar su vida para saber si está en las tinieblas o está en la luz. Pidámosle al Señor que seamos capaces de estar en la luz, que nos dé capacidad para amar y amar de verdad a nuestros hermanos.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Santos Inocentes, mártires de la fidelidad, testigos de Jesús

1Jn. 1, 5-2, 2
Sal. 123
Mt. 2, 13-18


La cruz del calvario no está lejos de la gruta de Belén. Es el primer pensamiento que se me ocurre cuando hoy estamos celebrando el martirio de los Santos Inocentes en la cercanía de la celebración de la navidad y de la alegría del nacimiento de Jesús. Nos recuerda una vez más que este niño que contemplamos nacido en Belén, que es el Hijo de Dios hecho hombre, es nuestro Salvador y Redentor, el que derramará su sangre para la redención de nuestros pecados. ‘La sangre de su Hijo Jesús nos lavará de nuestros pecados’, nos ha recordado hoy la carta de san Juan.
Hemos escuchado el relato en el evangelio. Herodes había pedido a los Magos llegados de Oriente que volvieran de Belén para darle noticias del recién nacido Rey de los judíos que ellos buscaban, porque él quería también ir a adorarle. Pero los Magos marcharon por otro camino iluminados desde el cielo por el ángel del Señor. Será también el ángel del Señor el que alerte a José para que marche a Egipto ante lo que Herodes pretendía hacer. ‘Un grito se oye en Ramá: llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora a sus hijos, y rehúsa el consuelo porque ya no viven’ es el oráculo del profeta Jeremías que recuerda el evangelista ante la matanza cruenta de tantos inocentes.
En el Apocalipsis cuando se nos habla del ‘cántico nuevo de los ciento cuarenta y cuatro mil rescatados de la tierra’, se nos señalará que ‘éstos son los que siguen al Cordero a dondequiera que va, los rescatados de los hombres como los primeros frutos para Dios y para el Cordero…’ Así vemos hoy coronados de gloria a estos niños inocentes, los primeros en derramar su sangre y que forman parte ya de esa brillante multitud de los mártires a los que nosotros queremos unirnos también para alabar al Señor. ‘A ti, oh Dios, te alabamos; a ti, Señor, te reconocemos. Te ensalza la brillante multitud de los mártires’, que proclamamos en el Aleluya de aclamación al Evangelio.
Cuando celebramos hace un par de días el martirio de Esteban queríamos recordar también a los mártires, testigos que siguen dando testimonio hasta derramar su vida a través de todos los tiempos y también nuestros tiempos actuales. Hoy queremos ampliar un poco aquel pensamiento en la contemplación de los Santos Inocentes. Cuántos también de forma inocente van perdiendo su vida desde muertes violentas y siempre innecesarias, o entregando su vida por una fidelidad mantenida hasta la muerte.
Al contemplar la crueldad de Herodes siempre pensamos en tantos Herodes de todos los tiempos, o cuántos Herodes de nuestro tiempo que hacen perder vidas inocentes. El primer pensamiento siempre es el de tantas criaturas a las que se les siega la vida con el aborto, porque ahí en el seno de una madre hay una vida, una vida inocente y que sin embargo es masacrada de una forma tan terrible.
Víctimas inocentes en tantos que pierden su vida de forma violenta, y sea quien sea el que pierde su vida de esta manera, tenemos que decir que es una víctima inocente, porque nadie tiene derecho a quitar la vida de nadie y menos de forma violenta.
Pero, como decíamos, pensamos también en los que pierden su vida como consecuencia de su fidelidad; fidelidad a su fe, fidelidad a la verdad, fidelidad en su trabajo por la justicia y la paz, fidelidad en tantos trabajos nacidos del amor y de la solidaridad que les llevará a entregarse hasta el final. Este es un tema que podría ampliarse con muchos detalles, pero creo que caemos en la cuenta bien de lo que queremos decir.
En ese camino de fidelidad a la fe, a la condición cristiana y al seguimiento de Cristo y pertenencia a la Iglesia, como hemos comentado en alguna ocasión podemos pensar en tantos que en muchos lugares del mundo son perseguidos por ser cristianos. En nombre de fundamentalismos religiosos en muchas partes se les hace la vida imposible a los cristianos, o incluso llegan a perder su vida. Y son cosas que siguen sucediendo hoy en estos mismos días en la India, en Irak, y en otros muchos países.
Que el Señor nos dé valentía y firmeza en nuestra fe. Que seamos capaces de mantener nuestra fidelidad hasta el final. Que aquí donde estamos demos siempre valientemente este testimonio de nuestra fe. Se necesitan testigos.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Hogar y familia de Nazaret donde quiso habitar Dios hecho hombre

1Sam. 1, 20-22.24-28;
Sal. 83;
1Jn. 3, 1-2.21-24;
Lc. 41-52


Grandes son los esfuerzos de muchos hogares, por no decir la mayoría o todos, por hacer de estos días de Navidad una hermosa fiesta familiar. Cuántos preparativos para la cena y para el encuentro familiar, tenemos que reconocer.
Aunque la Navidad es mucho más que todo eso, no podemos dejar de alabar todo lo que se hace para que estos días la familia se reúna, viva con alegría de fiesta todos esos encuentros y se logre esa bonita armonía de nuestras familias en un encuentro hermoso de los hijos con los padres, de los hermanos entre sí, cuando muchas veces sean las circunstancias de la vida las que nos puedan llevar a vivir en sitios distantes o con otras lejanías de corazón que pueden ser mucho más dolorosas.
Con este punto de partida en medio de la celebración de la Navidad para este domingo cercano al Nacimiento del Señor la Iglesia nos invita a celebrar el día de la Sagrada Familia. Aquel hogar de Nazaret formado por aquel joven matrimonio de José y María con su hijo Jesús.
No es para nosotros una familia ni un hogar cualquiera. Fue el hogar donde Dios quiso venir a habitar de una manera especial cuando el Hijo de Dios se hace hombre y nace de María Virgen para ser nuestro Salvador. Viene a ser para nosotros por esa inhabitación especial de Dios en él un hogar tipo y modelo de nuestros hogares, una familia para nosotros sagrada y el mejor modelo de nuestra familia cristiana.
Allí nació, creció y se desarrolló como hombre el Hijo de Dios. Allí vivió el Hijo del Hombre, Cristo Jesús, sujeto a la autoridad de los padres, quien tiene el poder sobre todo el universos y que nosotros proclamamos como Rey del universo y Señor de la historia y del hombre. ‘El bajó con ellos a Nazaret, nos contaba hoy el evangelio, y siguió bajo su autoridad… y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres’.
Muchas consideraciones podemos hacernos sobre la realidad de la familia y de nuestros hogares a la luz de aquella Sagrada Familia de Nazaret. Podríamos pensar en los peligros a que se ve sometida la estabilidad de la familia en los momentos que vivimos. Siempre el egoísmo de los hombres – porque así estamos sometidos a la tentación y al pecado – puede poner en peligro lo que tiene que estar fundamentado sobre el amor.
Y la familia es la más perfecta comunidad de vida y amor en cuanto comunión intima de vida y amor, fundada en el matrimonio de un hombre y una mujer, lugar primario de humanización de la persona y de la sociedad, cuna de la vida y de la sociedad. Así nos enseña la doctrina de la Iglesia y nos recordaba por ejemplo el Papa el pasado año en el mensaje para la jornada mundial de la paz. Con razón, nos decía, se ha calificado a la familia como la primera sociedad natural, una institución divina, fundamento de la vida de la persona y prototipo de toda organización social.
Tenemos que cuidar nuestros hogares y nuestras familias porque de ella dependen muchas cosas. Es ahí en el hogar, en la familia donde crecemos y maduramos como personas, aprendemos lo que es el verdadero amor y el verdadero sentido de la vida, lo que nos va a llevar a caminos de felicidad y también de plenitud de la persona. Todo lo que le haga perder estabilidad nos pone en peligro cosas esenciales de nuestro vivir.
Estamos celebrando esta fiesta de la Sagrada Familia en el marco de la Navidad y nos hace reflexionar y orar por nuestras familias y nuestros hogares. Decíamos al principio que la navidad es ocasión para el encuentro de las familias y de todos sus miembros cuando tantas veces en la vida andamos distanciados. Como decíamos no son tanto las distancias físicas, cuando las distancias del corazón. Y es eso lo que tenemos que aprender a superar, a corregir, a buscar la manera del acercamiento y el encuentro, porque es bien doloroso cuando en las propias familias ponemos barreras de poco entendimiento entre sus miembros.
Los cristianos, que amamos nuestra familia y tenemos como modelo y ejemplo la Sagrada Familia de Nazaret como hoy estamos celebrando, tenemos que hacer una defensa grande y valiente de la familia frente a los peligros múltiples que la acechan en nuestra sociedad. No son guerras lo que tenemos que hacer sino manifestar valientemente la unidad de nuestras familias como testimonio de que esa unidad familiar y ese amor para siempre es posible.
Qué importante que en nuestros hogares cristianos se siga enseñando a amar a Dios y se sepa trasmitir a los más jóvenes estos valores y principios cristianos. Unos padres que enseñan el nombre de Dios Padre a sus hijos, que les enseñan a amar a Jesús y que les muestran en el testimonio de sus propias vidas lo que es el amor, la comprensión, la unidad, el perdón. Una familia cristiana es la mejor escuela de la fe y del amor a Dios y a los demás, donde se enseña a alabar y bendecir al Señor cada día cada día y en cada acontecimiento. Por algo se le llama a la familia cristiana verdadera iglesia doméstica.
Nos tiene que doler muy fuerte en el corazón cuando vemos tantos matrimonios rotos y tantas familias destrozadas, y algunas veces nos sucede en nuestra propia cercanía. Qué importante la acogida amorosa que cure heridas, qué necesario el bálsamo y la medicina de la oración para que se puedan recomponer tantos rotos y para que el Señor a unos y a otros dé su luz y su gracia.
Hoy queremos orar por nuestras familias y por nuestros hogares para que se mantengan siempre así en esa comunión de vida y amor. Pero oramos por todas las familias, y oramos por los hogares rotos con tantos sufrimientos que se originan en el propio matrimonio y en los hijos. Oramos para que en nuestra sociedad se defienda y promueva el verdadero valor de la familia. Oramos para que el Señor ilumine a nuestros gobernantes y dirigentes de la sociedad para que descubran su valor y trabajen seriamente para que no se pierdan esos valores.
Pero tiene que ser un día de fiesta y de alegría en nuestros hogares. Una ocasión también para la acción de gracias al Señor recordando tantas maravillas como el Señor realiza entre nosotros y en nuestras propias familias. Que sintamos cómo el Señor quiere habitar también nuestras familias y en nuestros hogares como estaba en aquel hogar de Nazaret. Que el Señor sea siempre bendito.