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lunes, 24 de marzo de 2014

¿Por qué creemos o qué es lo que buscamos en nuestra fe? Preguntas interesantes que nos purifican



¿Por qué creemos o qué es lo que buscamos en nuestra fe? Preguntas interesantes que nos purifican

2Reyes, 5, 1-15; Sal. 41; Lc. 4, 24-30
La cuaresma es este camino de cuarenta días que la Iglesia nos propone, a la manera del itinerario que hacían los catecúmenos para prepararse para el Bautismo, para prepararnos a vivir con todo sentido y profundidad el misterio pascual que nos disponemos a celebrar. Cuando las cosas son importantes para nuestra vida nos preparamos para ellas, porque queremos aprovecharlas con toda intensidad, saborearlas con profundidad aprovechando todo lo que nos pueda enriquecer como personas y, en este caso, como cristianos.
Por eso la liturgia de la Iglesia es muy rica en sus oraciones y signos, pero sobre todo en la riqueza de la Palabra de Dios que nos propone cada día. A la luz de la Palabra de Dios vamos haciendo este camino; por eso es tan importante cómo la proclamamos y cómo la escuchamos no queriendo desaprovechar ni lo más mínimo de la gracia que se nos ofrece. Se me ocurre una imagen cuando comemos una comida especial y muy sabrosa tratamos de saborearla, no nos la tragamos así de cualquier manera, sino que a cada bocado la paladeamos y saboreamos para disfrutar de ella. Con qué atención hemos de escucharla y la queremos meditar en nuestro corazón al tiempo que vamos confrontando nuestra vida para ir purificándonos día a día y enriqueciéndonos de gracia que nos haga cada vez más santos.
Con sabiduría la Iglesia nos va ofreciendo el que a la luz de la Palabra vayamos revisando y enriqueciendo más y más nuestra fe, purificándola también de imperfecciones en la manera de vivirla, haciendo que resplandezca de la manera más pura en todo aquello que hacemos y vivimos y ayudándonos a que en verdad se empape toda nuestra existencia de esa fe que profesamos.
¿Por qué creemos o qué es lo que buscamos en nuestra fe? Es la respuesta que damos a todo el amor que el Señor nos tiene. Y sentimos su presencia y su gracia que nos ayuda y nos fortalece en el camino de nuestra fe, para que mantengamos siempre nuestra total fidelidad. Pero no siempre sabemos vivir nuestra fe. En ocasiones pareciera que somos interesados en nuestra relación con Dios y si no estamos viendo cosas extraordinarias parece que se nos enfría nuestra fe. Hay quien no fundamenta su fe sino en los milagros; si no hay milagros ya no creen.
El texto del evangelio que hemos escuchado hoy está en el marco de la visita que Jesús hace a Nazaret, su pueblo, cuando va el sábado a la sinagoga, hace la lectura y el comentario. Cuando  hemos escuchado el texto completo en su primera parte hemos visto la admiración llena de orgullo que siente la gente de Nazaret por Jesús, porque es uno de ellos. Pero pronto quieren aprovechar esa circunstancia y están queriendo ver qué cosas extraordinarias va a hacer Jesús allí en su pueblo. Han oído hablar de los milagros que Jesús hacía en Cafarnaún y ahora quieren que algo así suceda entre ellos. Pero, ¿es verdadera fe la que han puesto en Jesús?
Ya sabemos lo que Jesús nos manifestará a lo largo del Evangelio. Los milagros no lo son todo y para llegar a ello hará falta una fe grande. Aquí Jesús se extrañará de su falta de fe y en texto paralelo de otros evangelista narrándonos esta visita a Nazaret dirá que ‘no hizo milagros allí por su falta de fe’, a pesar de todos los orgullos y alabanzas, porque era de allí, el hijo del carpintero. Recordemos cómo en otras ocasiones pedirá la fe a quienes acuden a él, o alabará la fe del centurión romano, de la mujer cananea o de la mujer de las hemorragias. En esos casos era grande la fe pero era grande también la humildad con que acudían a Jesús.
Ahora les recuerda a sus convecinos que, no porque esté en su pueblo, va a hacer esos milagros para sustentar orgullos patrios; les recuerda lo del leproso Naamán - que hemos escuchado en la primera lectura - con el profeta Eliseo, o lo de Elías con la viuda de Sarepta de Sidón, ambos paganos y no judíos. La humildad al final de Naamán hizo que se abriera al misterio de Dios y Dios obrara maravillas en él curándole de la lepra. Ya hemos escuchado cual fue la reacción de la gente de Nazaret.
Todo esto nos tiene que hacer reflexionar sobre nuestra fe. Con humildad tenemos que ir ante Dios y es cuando Dios obrará maravillas en nosotros. Pero esas maravillas que Dios realiza en nosotros no tienen que ser milagros de cosas extraordinarias, sino que ha de ser el milagro de que sepamos sentir la presencia de Dios en nuestro corazón y nos haga tener actitudes nuevas en nosotros y en nuestra relación con los demás.
Quizá desde nuestra necesidad, desde nuestros sufrimientos y limitaciones sentimos el deseo de que el Señor obre el milagro de curarnos de todos esos males que afectan a nuestro cuerpo. Pero ¿no sería un milagro grande que Dios obrara en nosotros si con la fuerza de su gracia cambiamos nuestras actitudes y nuestras posturas hacia los otros comportándonos con más sinceridad y humildad, queriéndonos más, siendo capaces de aceptarnos tal como somos, respetarnos más y perdonarnos siempre y en todo?
¿Qué es lo que tendríamos que pedirle al Señor? Hay una tremenda lepra que dejamos meter en nuestra vida, peor que la lepra del cuerpo, cuando dejamos que nuestro corazón se llene de resentimientos, cuando dejamos que se introduzca la mala  semilla de la envidia en la tierra de nuestra vida, cuando nos hacemos violentos e intratables, cuando nos encerramos en nuestros orgullos y egoísmos. Que el Señor nos cure de esas lepras. Dejemos que la Palabra del Señor llegue a nuestra vida y con su gracia nos sintamos purificados. Es una buena preparación para la Pascua.

lunes, 28 de marzo de 2011

Caminos de humildad y sencillez que nos llevarán siempre a Dios


2Rey. 5, 1-15;

Sal. 41;

Lc. 4, 24-30

No siempre entendemos que el actuar de Dios no tiene que ser necesariamente como nosotros lo queremos o lo imaginamos. Es la obra de Dios que nos supera porque ¿qué o quienes somos nosotros ante el misterio infinito de Dios? Además el amor de Dios nos desborda porque nuestro amor siempre es muy limitado, y realmente lo que tendríamos que hacer nosotros es que nuestro amor se parezca al de Dios.

Desconcierta Jesús a las gentes de Nazaret porque allí no hace milagros como a ellos les gustaría porque además en el fondo lo que quieren es llenos de orgullo poder decir que quien hace todas esas cosas maravillosas es de allí, es uno de ellos. Muchas veces por otra parte veremos a los fariseos y a las gentes simplemente pidiendo cosas maravillosas y extraordinarias y la manera de actuar de Jesús es otra. Si hace milagros lo hace movido por el amor y ya vemos cómo muchas veces incluso les dice a aquellos a los que ha beneficiado con sus milagros o sus curaciones que no digan nada a nadie.

Por eso ahora se sienten desconcertados cuando les recuerda la curación de la lepra de Naamán, que era un sirio, un pagano, mientras en Israel habían muchos leprosos en tiempos de Eliseo; o muchas viudas había en Israel y sin embargo Elías a quien atiende y beneficia es a una viuda de Sarepta de Sidón, que era fenicia. Está señalando por otra parte que la salvación que Jesús viene a ofrecer que va más allá de esos milagros que realiza, no es solo para el pueblo de Israel sino para todos los pueblos y naciones y para todas las gentes.

La primera lectura precisamente nos ha ofrecido la curación de Naamán de su lepra por el profeta Eliseo. Otro caso en el que se esperaban gestos extraordinarios y maravillosos, que le hacen dudar y protestar al leproso Naamán; como era jefe de los ejercitos del rey de Siria se creía quizá con el derecho de que Eliseo se presentara ante él para realizar esos gestos milagrosos que le curasen de la lepra.

Las cosas de Dios ni las podemos exigir desde lo que llamemos nuestros derechos humanos, ni tenemos que buscarlas siempre en esas cosas extraordinarias. Dios llega a nosotros muchas veces de forma muy callada allá en el silencio de nuestro corazón, o nos hablará a través de pequeños gestos o signos donde tenemos que con fe saber descubrir ese actuar de Dios.

Serán los siervos de Naamán quienes le convenzan de que si hubiera aceptado hacer cosas extraordinarias que le hubiera pedido el profeta, por qué no hacer esos pequeños y humildes gestos de bañarse como le pedía el profeta en el no tan aparatoso rio Jordán.

Cuando este hombre entra por el camino de la humildad y sencillez es que va a sentir ese actuar de Dios en su vida. Luego lo reconocerá y querrá dar gracias ofreciendo regalos a Eliseo que éste no acepta. Es el camino que nosotros hemos de aprender a recorrer para ir hasta Dios.

Caminos de humildad donde nos abajemos de nuestras cabalgaduras de soberbias y vanidades. Caminos de humildad y de sencillez que tienen que estar muy llenos de amor. Caminos de humildad donde abramos nuestro corazón a Dios en total disponibilidad para saber descubrir su presencia allí en lo que El quiera manifestársenos y saber escucharle y verle en esos signos y huellas que nos va dejando de su presencia. Esos serán los caminos que nos lleven a Dios.

En el salmo decíamos ‘mi alma tiene sed del Dios vivo, ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?’ Por esos caminos del amor, de la humildad, de la sencillez y de la pobreza podremos acercarnos a Dios y podremos conocer a Dios. Purifiquemos nuestro corazón de todo orgullo y soberbia para poder conocer a Dios, para poder saciarnos de Dios.

jueves, 14 de enero de 2010

Jesús quiere limpiarnos de la lepra que nos aísla

1Sam. 4, 1-11
Sal. 43
Mc. 1, 40-45


Al contemplar el inicio del ministerio apostólico de Jesús por Galilea, una cosa que hemos reflexionado es cómo tenemos que ponernos ante la Palabra de Dios con toda sinceridad, pero también con mucha fe y con mucho amor. Palabra de salvación que nos dice Dios, hemos comentado en alguna ocasión; palabra que Dios tiene y quiere decirnos en cada ocasión que con fe queremos escucharla.
Siempre es Palabra viva y Palabra llena de vida. Siempre es para nosotros Evangelio, Buena Nueva, Buena Noticia que Dios quiere comunicarnos. Por eso hemos de alejar de nosotros toda actitud negativa, y actitud negativa es pensar que ya es un texto que hemos escuchado muchas veces y que ya sabemos de antemano lo que quiere decir.
Ayer contemplábamos cómo ‘le traen muchos enfermos y poseídos,,, y curó a mucos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios’. Hoy es un leproso el que se acerca a Jesús. ‘Si quieres, puedes limpiarme’, es la petición del leproso.
Es significativo. Un enfermo, pero que tiene unas características también de índole social. El leproso era obligado a vivir fuera de la comunidad. Era un impuro, así se consideraba esta enfermedad. Por temor al contagio, lo que podíamos considerar normal dadas las condiciones higiénicas y sanitarias de la época, había de vivir alejado de todos, lejos de la familia, fuera de la población y no se le permitía acercarse a nadie, como nadie podía acercarse a él. De ahí que quien se curarse tenía que tener unas garantías para poder reincorporarse a su vida normal y la vida en el pueblo y con la familia. Los sacerdotes eran entonces los que podían extender esa autorización. Lo vemos en lo que al final le dice Jesús al leproso curado que tiene que hacer. ‘Para que conste, ve a presentarte ante el sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés’.
Pero este hombre se ha acercado a Jesús. Con Jesús todo sería distinto, porque además nos dice que ‘sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo: Quiero, queda limpio…’ Jesús nos arranca del mal, nos saca del aislamiento en que como consecuencia del mal que hay dentro de nosotros vivimos.
En el Reino nuevo que Jesús está anunciando, no caben ni discriminaciones que nos separen unos de otros creándonos barreras que se interpongan en nuestras relaciones ni aislamientos. Jesús quiere hacernos sentir una nueva comunión, una nueva fraternidad. No puede ser nunca la enfermedad motivo para considerar a alguien como un impuro o indigno de vivir con la comunidad, como tampoco como un castigo de Dios por algún pecado que hubiera cometido.
Cómo nos aislamos tantas veces por nuestros orgullos o nuestros egoísmos. Ese orgullo que se nos mete en el corazón, ese egoísmo que nos hace indiferentes los unos hacia los otros o que nos puede llevar a tratarnos mal y a hacernos daño, es peor que una lepra. Jesús quiere limpiarnos, hacernos hombres nuevos. Extiende su mano también sobre nosotros, dejemos que nos toque el corazón para que comencemos a sentir y a actuar de manera distinta.
Jesús nos cura, nos sana, nos salva, nos pone en camino de una vida nueva, de un estilo distinto, que es el estilo del amor. Vivamos su salvación. Demos señales auténticas del Reino de Dios.

domingo, 15 de febrero de 2009

¿De qué lepra tendrá que limpiarnos Jesús?


Lev. 13, 1-2.44-46;
Sal. 31;
1Cor. 10, 31-11, 1;
Mc. 1, 40-45

Lo primero que se me ocurre decir tras escuchar este evangelio es que Jesús viene rompiendo moldes porque lo que quiere es darnos una nueva vida. Y es que tenemos que decir que también para los leprosos era la Buena Noticia de Jesús. Una Buena Noticia que les ofrecía algo nuevo y distinto. Los pobres son evangelizados, a los pobres se les anuncia una Buena Noticia, proclamaba Jesús al inicio de su vida pública en la Sinagoga de Nazaret.

Los gestos de Jesús que hoy contemplamos en el Evangelio, dejando que el leproso se acerque hasta El e incluso tocándole directamente con su mano, vienen a expresar toda ese rompimiento de moldes que decíamos y lo nuevo que Jesús quiere realizar. La lectura del levítico nos ha explicado perfectamente lo que eran las costumbres o la forma en que eran tratados los leprosos. Se les consideraba seres impuros y habían de vivir aislados del resto de la comunidad apartándose de todos. Pero en el hecho del evangelio de hoy todo eso se cae por tierra cuando ‘se acercó a Jesús un leproso suplicándole de rodillas’. Pero aún más cuando Jesús, ‘sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó…’

La situación del leproso es una buena imagen de lo que significa para todos la Buena Noticia de Jesús. Y la Buena Noticia de Jesús no es una palabra que se lleva el viento sino que era Palabra encarnada en la vida del hombre; Palabra transformadora que nos pone en un nuevo camino; Palabra que anuncia vida y que da vida; Palabra que sana y que salva; Palabra creadora de un hombre nuevo. Y es que la presencia de Jesús va transformando la vida y los corazones.

El leproso, como decíamos, por sí mismo, por su enfermedad, era considerado impuro y se le impedía vivir en medio de la comunidad, pero al sentirse limpio por Jesús y reintegrado de nuevo a la vida de la comunidad, y es, en consecuencia, una buena imagen del hombre que necesita ser redimido y salvado. Esa transformación que se produce desde su encuentro con Jesús nos está hablando de esa transformación que también se produce en nosotros cuando nos encontramos con Cristo en nuestra vida.

Pero ¿de qué lepra querrá limpiarnos hoy Jesús? ¿qué lepras pueden seguir habiendo los discípulos de Jesús?, o ¿de qué lepras tendremos que limpiar al mundo que nos rodea?

Es fácil responder que del pecado. Por supuesto que Cristo viene a limpiarnos del pecado que para eso ha derramado su sangre por nosotros. Siempre el pecado produce ruptura no sólo con Dios sino también con nuestros hermanos, con la Iglesia y por eso el sacramento que nos da el perdón de los pecados lo llamamos sacramento de la reconciliación, porque es reencuentro con el Señor pero reencuentro también con los hermanos, con la comunidad, con la iglesia.

Pero creo que tenemos ver esa realidad de pecado de una forma concreta en nuestra vida o en nuestro mundo. Por ejemplo, si decíamos que la lepra discriminaba al leproso produciendo una separación o un rompimiento con los demás, tendríamos que preguntarnos ¿qué cosas hay en nosotros, en nuestra vida que nos separan o nos distancian de los otros?, o ¿en cuántas cosas nosotros podemos ser causa de separación o distanciamiento que se tengan hacia los demás?

Muchas veces con nuestras actitudes ponemos barreras y distancias en nuestra relación y trato con los otros y algunas veces casi no nos damos cuenta. Por ahí anda metido en muchas ocasiones nuestro orgullo que nos hace creernos en una postura superior. Puede ser muchas veces la indiferencia que mostramos hacia los otros. Hacemos discriminación entre quien nos cae bien y quien no nos es tan agradable, entre quien piensa como nosotros o tiene opiniones distintas y esto en muchos aspectos de la vida. O también nos puede suceder que nos aislamos nosotros quizá desde nuestros complejos de inferioridad encerrándonos en nosotros mismos.

Jesús, que es el Señor, el Hijo de Dios hecho hombre, lo veremos siempre con esa actitud acogedora, de compasión y de amor, de misericordia y de perdón. Cuánto nos enseña para ese estilo acogedor que hemos de tener siempre para el hermano, sea quien sea, venga de donde venga, pase por la situación que pase de enfermedad, de discapacidad o de lo que sea. Que este punto sigue siendo aún muy candente en la sociedad en la que vivimos.

Vivimos, es cierto, en un mundo donde ya hay mucho intercambio de personas de unos lugares a otros, pero algunas veces puede costarnos esa acogida a los que no son como nosotros porque son de otra raza, de otra lugar o de otra religión. Surgen muchas veces brotes de racismo o xenofobia en nuestra sociedad que decimos tan globalizada. Y en eso no podemos caer nosotros los cristianos.

Acudamos también nosotros hasta Jesús como el leproso del Evangelio. ‘Si quieres, puedes limpiarme’, le decimos también nosotros. También muchas cosas tendrá que Jesús que limpiarnos y perdonarnos. También queremos escuchar la Palabra de Jesús que nos dice ‘quiero, queda limpio’. Una Palabra de Jesús que nos sane, que nos dé vida, que nos transforme. Una Palabra de Jesús que nos impulse a nosotros también a ir hacia los demás para ayudar, para llevar amor y comprensión; una Palabra comprometedora que nos haga acercarnos a nuestro mundo, a ese mundo que tenemos que transformar en el nombre de Jesús poniendo amor y poniendo esperanza.