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sábado, 18 de agosto de 2018

No rompamos el candor de ese mundo feliz de los niños sino más bien aprendamos a ser como ellos que incluso con sus juegos están construyendo un mundo feliz



No rompamos el candor de ese mundo feliz de los niños sino más bien aprendamos a ser como ellos que incluso con sus juegos están construyendo un mundo feliz

 Ezequiel 18,1-10.13b.30-32; Sal 50; Mateo 19,13-15

Creo que todos nos sentimos cautivados por la ternura de un niño pequeño. Su inocencia, su mirada limpia de toda malicia, la sonrisa que se escapa de sus ojos, sus gestos sencillos y nunca calculados, su prontitud para responder al cariño que te le ofreces que él te devuelve multiplicado en generosidad, sus preguntas inocentes que nos llegan al alma porque simplemente quiere conocer, saber por qué, su disponibilidad siempre pronta para agradarte son algunos de esos gestos que nos cautivan y que nos llenan el alma porque con su ternura se adueña de nuestro corazón.
Qué lastima que la vida pronto lo vaya maleando y no se mantenga siempre esa inocencia en su mirada, porque nuestras respuestas y actitudes comienzan a encerrarlo en si mismo; es el mal ejemplo que le damos en un mundo que ellos quisieran siempre feliz, pero que descubren en nosotros esas malicias que nos rompen y nos enfrentan, que le hacen perder el brillo de su mirada porque pronto con nuestras actitudes les enseñamos a ser egoístas y ambiciosos. No rompamos el candor de ese mundo feliz de los niños sino más bien aprendamos nosotros a ser como ellos que incluso con sus juegos inocentes están construyendo un mundo feliz.
Es por lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio que los que somos como niños podremos entender bien lo que es el Reino de Dios que el nos viene a anunciar y construir.
Las madres les habían llevado a sus hijos a Jesús para que los bendijese. Con sus juegos inocentes pronto se adueñarían de la escena, porque Jesús a quienes prestaba atención era a aquellos niños que le rodeaban. Pronto aparecerán por allí los discípulos muy celosos de la tranquilidad de Jesús sin llegar a comprender lo que Jesús estaba disfrutando de la presencia de aquellos niños. En ellos estaba viendo las características del Reino de Dios que anunciaba, un mundo donde en verdad todos fuéramos felices. 
Pero siempre aparecerá quien nos viene a agriar los mejores momentos; allí están los que no saben apreciar las cosas pequeñas y sencillas, sino que piensan que todo tiene que ser a lo grande, por eso no aprenderán a valorar a los que son pequeños en la vida que no solo son los niños, a los niños tampoco los valorarán. Les molesta lo pequeño y lo sencillo porque esos gestos quizá les están denunciando que con sus ambiciones grandiosas y llenas de orgullo no podrán nunca ser felices de verdad. Aquello que nos habla claramente nos molesta y lo queremos quitar de en medio.
‘No le impidáis a los niños que se acerquen a mi’, les dirá Jesús corrigiendo aquellos celosos ímpetus de sus discípulos. Os he hablado del Reino de Dios, un día en la montaña os llamé dichosos y felices no por poseer muchas cosas, sino que en vuestra pequeñez, con las pequeñas cosas, si ponéis ternura en el corazón, si quitáis toda malicia de vuestros sentimientos, si os manifestáis sencillos y cercanos, como lo hacen estos niños, podréis entender todo lo que os he dicho del Reino de Dios. Aquí tenéis la muestra de la felicidad que os ofrezco que llenará plenamente vuestro corazón. Tenéis que haceros como niños, tenéis que saber acoger y valorar a un niño y las cosas de los niños, así podréis poseer de verdad el Reino de Dios.
Ojalá nos hiciéramos de nuevo niños con nuestra ternura, en la sencillez de nuestras vidas, en la rectitud y limpieza de nuestro corazón del que desterramos toda malicia, en el saborear aquellas cosas que nos parece tienen poco valor pero que están muy llenas de amor, en esa cercanía que nos hace acoger a todos sin poner ninguna traba ni distinción, en el saber estar con todos valorando todo lo bueno que con ellos podemos disfrutar. Qué distinta seria nuestra vida, qué distinto sería nuestro mundo, qué felices seríamos todos.

viernes, 17 de agosto de 2018

El espíritu del evangelio nos tiene que llevar a la comprensión y el respeto también de aquellos a quienes les cuesta alcanzar la meta del ideal cristiano



El espíritu del evangelio nos tiene que llevar a la comprensión y el respeto también de aquellos a quienes les cuesta alcanzar la meta del ideal cristiano

Ezequiel 16, 1-15.60.63; Sal. Is 12, 2-3.4bcd.5-6; Mateo 19, 3-12

La meta del ideal cristiano ha de estar siempre presente en nuestra vida, y por ella hemos de luchar, esforzarnos, tratar de superarnos en nuestras debilidades y dificultades de cada día, y nunca podemos perderla de vista. Es cierto que somos débiles y además tenemos tendencias por todos lados que nos arrastran y hacen que nos cueste más alcanzar ese ideal. Pero con nuestras limitaciones y debilidades tenemos que seguir caminando, poniendo toda nuestra buena voluntad, todo nuestro esfuerzo.
Somos un pueblo de santos, porque ese es nuestro ideal y en el bautismo hemos sido consagrados para ello, pero al mismo tiempo reconocemos que somos un pueblo de pecadores e individualmente cada uno cada día se siente pecador porque a pesar de que se esfuerza sin embargo tropieza y cae muchas veces alejándose de aquel ideal de santidad.
Malo sería, sin embargo, que aun siendo como somos, nos creyéramos tan santos que comenzáramos a despreciar a los demás, porque no vemos en ellos la santidad a la que aspiramos y que tendría que ser el ideal de cada cristiano. No podemos dejarnos arrastrar por esa soberbia, no puede haber nunca desprecio hacia nadie en nuestro corazón, siempre tenemos que ser comprensivos y misericordiosos porque nosotros los primeros nos sentimos pecadores.
Algunas veces nosotros mismos, y podemos verlo incluso hasta en nuestra iglesia en quienes tendrían que ser para nosotros verdaderos signos de misericordia, somos intransigentes con los demás y no le perdonamos la mínima en ninguna cosa. Creo que eso esta muy lejos del espíritu del evangelio. Ahí está nuestro ideal por el que luchamos, pero somos conscientes que no siempre podemos llegar a ese ideal porque pueden ser muchas las cosas que nos cerquen y nos lo hagan costoso.
Hoy en el evangelio se nos plantea lo que es el ideal cristiano del matrimonio. Algo que Jesús nos dejará bien sentado y muy claramente y creo que todos bien conocemos de su unidad y de su indisolubilidad. Pero ya en el evangelio, desde la practica de la vida de las dificultades que Vivian los propios judíos, aparece la debilidad en la consecución de tan hermoso ideal. Ya Moisés en determinadas circunstancias, por vuestra terquedad les dice Jesús, ha permitido la separación de quienes no podían vivir en aquella unión.
Son las dificultades que se siguen viviendo hoy con muchas y diferentes circunstancias a lo que contribuye no pocas veces la superficialidad con que vivimos la vida sin tomarnos bien en serio las cosas. Personas, por otra parte, con muy buena voluntad y para quienes esa ruptura muchas veces produce una ruptura interior acompañada de muchos dramas interiores, que no siempre se ven.
No es que nos acostumbremos a esas cosas pero sin perder lo que es nuestro ideal de vida cristiana también en el matrimonio tendríamos que ser muy comprensivos y actuar con mucho respeto con los sufrimientos y dramas que viven en este aspecto muchas personas a nuestro lado. ¿Lo habremos hecho siempre así? ¿Se habrá manifestado esa misericordia de la Iglesia con tantas personas que sufren en estos aspectos y circunstancias?
Creo que nos hace falta una buena dosis de misericordia en nuestros corazones que nos lleven a esa comprensión y a ese respeto, para saber caminar al lado de quienes sufren tales dramas. No es buscar soluciones fáciles, pero sí es saber caminar a su lado ofreciendo el brazo y corazón de nuestro apoyo, para hacerles presente siempre a todos esa bondad y esa misericordia del Señor. No somos perfectos, pero eso no nos tiene que alejar de la presencia del Señor porque es cuando más lo necesitamos.

jueves, 16 de agosto de 2018

La experiencia gozosa de los que se sienten amados y perdonados por la misericordia de Jesús comenzaran a vivir las nuevas actitudes y valores del amor y del perdón


La experiencia gozosa de los que se sienten amados y perdonados por la misericordia de Jesús comenzarán a vivir las nuevas actitudes y valores del amor y del perdón

Ezequiel 12,1-12; Sal 77; Mateo 18,21–19,1

Todos tenemos en nuestro interior alguna cicatriz, alguna pequeña herida que nos ha costado curar y que de vez en cuando nos vuelve a aparecer, o ante sensibilidad sentimos de nuevo su escozor y parece que nunca se termina de curar, ni nunca terminamos de olvidarlo. Realmente somos nosotros los que sufrimos aunque quizá quien nos produjo esa herida ya ni lo recuerde y, aunque no lo queramos porque realmente desearíamos vivir con paz en el corazón, vuelven a aparecer esos sentimientos negativos que tanto daño nos hacen.
Si con madurez afrontamos nuestra vida sabremos encontrar recursos para ocultar esos sentimientos y no se reflejen en actitudes que nosotros podamos tomar contra los demás; una de las cosas que pretenderíamos evitar es la desconfianza y no es ya solo a quien nos hizo daño un día, sino la desconfianza en general que podamos tener hacia cualquiera que está a nuestro lado y podríamos sospechar que nos quiere mal o nos quiere hacer algún daño.
Tristemente sin embargo vemos con frecuencia cuantas cosas en este sentido hay a nuestro alrededor, en familias que no se entienden y se llevan mal, desconfianzas entre vecinos y antiguos amigos a los que ahora queremos ver bien de lejos, gentes que se dejan de hablar por algún roce que un día tuvieron y que no supieron superarlos y que hará que incluso sean resentimientos heredados en las siguientes generaciones. Cuantos distanciamientos y desconfianzas encontramos entre vecinos y familiares que algunas veces ni sabemos bien por qué, pero que fueron generados por heridas en la vida mal curadas y que siguen con sensibilidad a flor de piel.
Cuantas cosas que se guardan en el corazón y que lo único que hacen es dañarnos; qué felices seríamos si nos pudiéramos liberar de esos pesos muertos que llevamos dentro; cuantas dramas y tragedias que se viven en lo secreto del alma y que a la larga no nos dejan ser felices de verdad, porque no hemos dejado llegar la paz al corazón.
Y es que no sabemos disfrutar de la experiencia del perdón y de la misericordia; sentirnos nosotros perdonados y sanados interiormente y ser capaces nosotros de vivir también la experiencia gozosa del perdonar y curar para siempre nuestras heridas y las heridas de los demás. Es algo que  nosotros los cristianos tenemos como una gran riqueza, un hermoso tesoro que algunas veces no sabemos disfrutar.
Los cristianos somos los hijos de la misericordia y lo que tenemos la bienaventuranza para nuestra vida cuando sabemos ser misericordiosos. Sí, tenemos que saber disfrutar lo que es la misericordia y el perdón divino sobre nuestras vidas. Es importante. Es algo que tendría que marcar nuestra existencia. En fin de cuentas la respuesta de la fe es la respuesta al amor y a la misericordia de Dios sobre nosotros. Hemos de aprender a saborear en nuestro corazón el gozo del perdón recibido y así aprenderemos a saborear el gozo del perdón concedido a los demás.
Pedro pregunta a Jesús por las veces que tenemos que perdonar reflejando así esas medidas humanas que nosotros siempre ponemos con nuestros plazos y cortapisas. Jesús responde con una parábola. Una parábola que nos refleja el amor de Dios, pero que nos refleja que no siempre nosotros lo saboreamos ni lo concedemos de la misma manera a los demás. Si el criado de la parábola se porto tan groseramente con su hermano no perdonando la deuda es porque no había saboreado en su corazón el perdón que a él le había concedido su amor y señor.
Es la experiencia gozosa que nosotros hemos de aprender a vivir. Y nuestras heridas se curarán de verdad y se acabaran las sensibilidades que nos traigan viejos recuerdos y resentimientos. El que sigue a Jesús y lo ama comienza a vivir en nuevas actitudes y valores.

miércoles, 15 de agosto de 2018

María de Candelaria, lucero del alba de la evangelización de nuestra tierra siga siendo Estrella de la evangelización y estimulo que con su presencia suscite esperanza en nuestros corazones


María de Candelaria, lucero del alba de la evangelización de nuestra tierra siga siendo Estrella de la evangelización y estimulo que con su presencia suscite esperanza en nuestros corazones

Apoc. 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Cor. 15, 20-27ª; Lc. 1, 39-56

Todos necesitamos en algún momento un estimulo que nos anime en nuestro camino, algo que suscite esperanza y nos haga ver las cosas sin negruras ni pesimismos sino que de alguna manera nos esté diciendo que es posible, que podemos, que hemos de tener ánimo para levantar el vuelo y no quedarnos ni en superficialidades ni en puro materialismo, que nos dé como un sentido nuevo que llene nuestro espíritu, llene nuestro ser y nos impulse a seguir caminando con ilusión y esperanza.
Algunas veces nos confundimos y podemos pensar en estimulantes efímeros que si nos dan quizá un poco de fervor se nos queda en algo momentáneo que luego nos dejará vacíos. Los estímulos no están en las cosas, los estímulos los podemos encontrar en personas que se convierten en tipo y figura de lo que tiene que ser nuestra vida y que con su ejemplo y testimonio no nos agobian ni nos hunden sino todo lo contrario  nos llenan de ilusión y esperanza nueva. En cuantas personas de nuestro entorno podemos encontrar ese ejemplo.
Un estimulo cierto lo tenemos en la cercanía y en el amor de nuestra madre que siempre estará a nuestro lado creyendo en nosotros a pesar de los errores o fracasos que algunas veces podamos cosechar en la vida. La presencia de la madre la tenemos desde nuestro nacimiento y nunca nos faltará. Aunque un día se adelante a nosotros en su muerte siempre sin embargo la podremos sentir junto a nosotros porque recordaremos su testimonio y recordaremos las palabras que quizás tantas veces nos repitió en vida y no le hicimos mucho caso, pero que ahora en soledades y momentos difíciles seguiremos haciendo presente en nuestro recuerdo.
Los discípulos de Jesús en nuestro camino de vida cristiana, en nuestro camino de seguimiento de Jesús tenemos el estimulo de cuantos antes que nosotros nos han precedido en el camino de la vida y con una vida ejemplar hoy son para nosotros ese espejo en el que nos miramos, esa imagen de lo que es vivir el evangelio convirtiéndose así en un recuerdo permanente de lo que ha de ser nuestra vida cristiana.
Pero tenemos sobre todo a María, la Madre de Jesús, que El quiso dejarnos también como esa madre que esté a nuestro lado siendo modelo estimulo para nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro compromiso en el amor. Por eso para los cristianos las fiestas en que conmemoramos a María tienen un especial significado. Las queremos llevar incluso físicamente junto a nosotros en sus sagradas imágenes por esos mismos caminos que nosotros tenemos que hacer en la vida cada día, porque así su recuerdo y su presencia se convierten en memoria y estimulo permanente.
Por eso nos llenan tanto de alegría las fiestas de María, porque con la madre nos regocijamos, a la madre celebramos, la presencia viva de la madre sentimos junto a nosotros y con ella queremos seguir haciendo el camino con ilusión y con esperanza. De ahí tantos y variados nombres con los que la invocamos, que como un rosario de piropos queremos dedicar a nuestra amada.
Hoy es una fiesta especial para ese estímulo y para animar nuestra esperanza, porque es el triunfo de María cuando la vemos glorificada como primicia ya en el cielo. En todos nosotros desde nuestra fe está la esperanza de la resurrección, pero a ella hoy la vemos como adelantada participando de la gloria de su Hijo en el cielo, es su Asunción, su glorificación, el contemplarla en cuerpo y alma en el cielo que es lo que expresamos en esta fiesta y es como un adelanto de la resurrección de la carne para María.
María se puso en camino, como  hoy nos dice el evangelio y hoy la vemos al término de ese camino en su glorificación en el cielo. Como María nos queremos nosotros también poner en camino, y aunque nos vamos a encontrar en la vida tantas veces ese dragón del maligno y de la tentación como la contemplamos en la imagen del Apocalipsis, a ella la vemos vencedora, y nosotros también podremos vernos un día vencedores para llegar a participar de la misma gloria en el cielo.
No siempre es fácil nuestro camino. Como decíamos al principio, necesitamos esos estímulos que nos den esperanza, que sean espejo en el que contemplarnos, y hoy nosotros miramos a María y con ella queremos seguir haciendo nuestro camino porque sabemos muy bien que ella viene con nosotros en nuestro caminar. Es la alegría y el gozo de la fiesta que hoy celebramos.
Nosotros los canarios miramos a María hoy con una mirada muy especial cuando la invocamos como Candelaria, la que antes incluso de la conquista de estas tierras ya su presencia estaba con nosotros siendo su imagen un preanuncio de evangelización para los moradores de la tierra canaria.
En nuestro tierra tinerfeña y podemos decir que en toda canarias, todos los caminos hoy conducen a Candelaria, todos los caminos conducen hasta María. Muchos incluso con grandes esfuerzos recorriendo a pie los caminos antiguos de la isla quieren acercarse hasta el Santuario y Basílica de la Morenita, como  nosotros cariñosamente la llamamos. Es toda una imagen ese camino.
Mucho esfuerzo quizá tengamos que hacer en el mundo que vivimos para mantener nuestra fe; María como estrella de la evangelización ahí está orientándonos en ese camino que tenemos que hacer, porque ella siempre apuntará al Norte verdadero de nuestra vida, porque ella siempre nos conducirá a Jesús. María es la Madre y Maestra de ese camino de nueva evangelización en el que queremos estar comprometidos con nuestra tierra y con el evangelio. Que en verdad sintamos la presencia, la fuerza de María, la gracia que ella nos trae de parte del Señor y no decaigamos por fuerte que sea el dragón fuerte de increencia o indiferencia que vamos a encontrar en muchos.
Que María de Candelaria, que fue lucero del alba de la evangelización de nuestra tierra, siga siendo esa estrella de la evangelización en quien nos sintamos estimulados para mantener firmes el legado de nuestra fe en nuestra tierra.

martes, 14 de agosto de 2018

Hacernos pequeños, hacernos los últimos, hacernos servidores de todos, el camino de los que nos llamamos seguidores de Jesús y en lo que tiene que resplandecer también nuestra Iglesia


Hacernos pequeños, hacernos los últimos, hacernos servidores de todos, el camino de los que nos llamamos seguidores de Jesús y en lo que tiene que resplandecer también nuestra Iglesia

Ezequiel 2,8–3,4; Sal 118; Mateo 18,1-5.10.12-14

En la vida parecemos muchas veces niños, pero niños peleones, que estamos en constantes luchas los unos contra los otros con la ambición del poder. Sea como sea queremos prevalecer por encima de los otros; ser más, ser más poderosos, ser más influyentes, ser mas ostentosos en nuestras riquezas o en lo que tenemos; todo sea por estar por encima, ser el primero, llevarme los méritos, recibir las alabanzas. Somos ambiciones, de poder y de influencias, que nos llevan a la manipulación, al desprecio, a la humillación.
No es que quiera ser negativo, pero vemos demasiado de esto en nuestro entorno social, político, muchas veces incluso familiar; cuantos desencuentros, porque nos parece que perdemos influencias, porque nos parece que nos humillaron porque nos pusieron por detrás, en un segundo plano, y no salimos en la foto queriendo parece que somos el centro del mundo.
Claro que sabemos que no todos somos así, pero si reconocemos que es una gran tentación que a todos nos puede aparecer. Humanamente creo que tendríamos que reconocer que la vida tiene otro sentido, no es una lucha, no son enfrentamientos, no es quitarte a ti para ponerme yo; hemos de aprender que tenemos que caminar juntos porque juntos tenemos que construir el mundo en el que vivimos, que la grandeza del hombre ha de ir por otros caminos, por lo que bueno que hacemos, por la rectitud de nuestra conciencia, por lo que seamos capaces de colaborar juntos para hacer que nuestro mundo mejor, en una palabra, por nuestro espíritu de servicio.
El servicio no lo podemos ver como una humillación; ser servidores no nos hace menos sino todo lo contrario, nos hace verdaderamente grandes; es el ofrecer lo que soy no solo por mi riqueza personal, sino porque lo que yo puedo enriquecer a los demás con mis valores, con mi servicio, con todo lo bueno que puedo aportar. Y eso nos hace más felices a todos.
Sin embargo esa tentación de la ambición, de la arrogancia, del poder, de la vanidad aparece muy fácilmente en la vida, en todos los aspectos de la vida y en todos los grupos y personas; también nos aparece demasiado en la Iglesia, porque muchos en su arrogancia se ven prepotentes, porque muchas veces más que convencer lo que queremos hacer es imponer, porque demasiado marcamos diferencias entre unos miembros y otros de la Iglesia, porque fácilmente gustan los pedestales y los escalones superiores. Demasiada vanidad se nos mete muchas veces también en nuestra iglesia, que no es la Iglesia de los pobres que nos enseñó Jesús, sino en la que parece que solo brillan los que tienen más poder de arrogancia o de ostentación. Hemos de ser humildes para reconocerlo.
Ya los discípulos pasaron también por esa situación de tentación, cuando entre ellos andaban peleándose sobre quien iba a ser mayor, quien iba a ser el primero. Y Jesús cuando los escuchó puso un niño en medio de ellos, y nos hablo de la sencillez y sin malicia de un niño, de esa generosidad de corazón que les hace correr para prestar un servicio cuando se lo piden o cuando ve que hay una necesidad, que tendría que ser modelo para nuestro estilo de vida. Hacernos pequeños, hacernos los últimos, hacernos servidores de todos. Un camino bien distinto que hemos de vivir quienes seguirnos a Jesús.

lunes, 13 de agosto de 2018

Hay momentos en la vida que tenemos que vivirlos con sentido de pascua, a la manera de Jesús, para llegar a encontrar su sabor y su sabiduría


Hay momentos en la vida que tenemos que vivirlos con sentido de pascua, a la manera de Jesús, para llegar a encontrar su sabor y su sabiduría

Ezequiel 1,2-5.24–2,1ª; Sal 148; Mateo 17,22-27

Nos llega la noticia de que alguien a quien nosotros apreciamos mucho las cosas no le van bien, ya porque se haya visto envuelto en problemas y situaciones difíciles, ya porque la enfermedad le está afectando a él o a uno de los suyos, ya fuera cualquier otra cosa desagradable que le pueda suceder y nos sentimos preocupados, desearíamos poder tener más noticias o poner de nuestra parte lo que sea para ayudarle, y cuando nada podemos hacer nuestra preocupación se trastoca en tristeza, en cierta desolación y hasta angustia por lo que le pasa a nuestro amigo o ser querido.
Puede ser la tristeza que sintamos ante la despedida ante una marcha inminente que se nos anuncia; hay traumas que se quedan gravadas en el alma y que son difíciles de superar por esas despedidas que quizá en la niñez sufrimos en nuestros seres queridos; son cosas que vivimos duramente en nuestra tierra, por ejemplo, en aquellos años difíciles en que nuestros padres o nuestros hermanos mayores tenían que emigrar – en nuestra tierra la emigración era a América – con la incertidumbre de lo que se podían encontrar aunque fueran queriendo buscar mejor vida.
¿Qué hacemos? Quisiéramos mostrarle nuestra solidaridad; quisiéramos estar a su lado aunque no tengamos palabras con lo que consolarle, sentiríamos la necesidad de la cercanía y buscar la forma de manifestarle nuestro afecto y hacernos uno con él en su situación. Quizá nos refugiamos en nuestra soledad llorando calladamente nuestra pena porque no siempre tenemos con quien compartirlo y lo pueda comprender. Pero también podríamos preguntarnos qué hacer cuando nos encontramos a alguien que está pasando una situación de tristeza semejante. Puede ser que vayamos pasando por la vida veamos alguien triste a nuestro lado y sigamos nuestro camino como si eso no nos compitiera también a nosotros.
Es la situación que pasan los discípulos cuando Jesús hace los anuncios de la pascua y de la pasión. No comprenden nada, quieren quitarle esas ideas de la cabeza a Jesús porque eso no le puede pasar, se ponen tristes en su incomprensión y su impotencia. Pero era la Pascua que Jesús y la Pascua en la que ellos iban a verse también implicados.
¿No será una manera de pascua aquellas situaciones de las que comenzamos hablando y las que tenemos que asumir en nuestra vida dándole un sentido?
A los discípulos les costó comprender lo que le iba a pasar a Jesús y solo lo comenzaron a comprender después de la resurrección y de la presencia del Espíritu en sus corazones. Encontrar un sentido al dolor y al sufrimiento es algo que nos cuesta mucho. No queremos aceptar el dolor en nuestra vida. Justo es que queramos ser felices y que todo marche bien. Pero también para nuestras limitaciones, nuestro dolor, nuestras impotencias, las debilidades y problemas que tenemos que afrontar en la vida hemos de saber encontrar un sentido.
Solo desde la cruz de Jesús, desde su pascua, podremos encontrarle verdadero sentido. No es un sufrimiento masoquista el que tenemos que soportar y asumir; hemos de saber convertirlo en una ofrenda, pero también es un libro abierto que nos enseña mucho en la vida para que le demos valor a lo que verdaderamente lo tiene. Hemos de entender también aquello que no hace mucho hemos meditado del grano de triga enterrado o triturado para dar una nueva vida. Un nuevo pan o una nueva espiga.
Mucho nos queda que meditar en estos aspectos. Mucho nos queda por hacer también en nuestra relación con los que están en la vida pasando por situaciones así. Hemos de aprender a vivir la vida con sentido de pascua, a la manera de Jesús, para aprender a saborearlo y llenarnos de verdadera sabiduría.

domingo, 12 de agosto de 2018

Le comemos cuando le escuchamos, le comemos cuando abrimos nuestro corazón y dejamos que El se posesione de nosotros, le comemos y nos alimentamos de su Sabiduría y de su vida


Le comemos cuando le escuchamos, le comemos cuando abrimos nuestro corazón y dejamos que El se posesione de nosotros, le comemos y nos alimentamos de su Sabiduría y de su vida

1Reyes 19, 4-8; Sal. 33; Efesios 4, 30–5, 2; Juan 6, 41-52
Tengo un amigo que de repente un día desaparece y no sabemos de él durante todo el día y cuando lo volvemos a encontrar le preguntamos qué le ha pasado, dónde ha estado y simplemente nos dice ‘me fui a caminar’. Busca estar solo, poner en orden quizá sus cosas en su interior, una válvula de escape tras alguna tensión que ha vivido por el trabajo o por sus problemas, pero quizás a la vuelta lo encontramos mas relajado, no asoman por ningún lado los signos de tensión que haya podido estar viviendo, o tiene más claras sus ideas. Ese salirse de su rutina, de la tensión del día a día le hace quizá encontrar fuerzas para volver a empezar o para continuar con la tarea que había emprendido.
Nos puede pasar a todos en muchas ocasiones, los agobios de la vida nos hacen estar en tensión y nos sentimos cansados, no tanto físicamente pero que algunas veces aparece también, sino emocionalmente necesitando una fuerza interior que nos haga encontrar de nuevo serenidad y paz para la tarea de cada día. Nos encontramos como sin fuerzas para seguir luchando y necesitamos encontrar un apoyo, una energía interior, algo que nos haga reaccionar para poder enfrentarnos mejor a los problemas y las luchas que continuamente tenemos que sostener. Es un desconectar pero no para olvidarlo todo sino para recargar baterías y poder sentirnos luego como nuevos.
Son experiencias que tenemos en la vida de las que tenemos que sacar siempre lecciones provechosas. Es la experiencia de la que se nos habla en lo sucedido con el profeta Elías. Se puso en camino, quería morir, se fue al desierto donde no esperaba ningún alimento que le diera fuerza para seguir el camino. Era difícil su misión en medio del pueblo de Israel que idolatraba a los baales, pero donde El tenía que anunciar al Dios único y verdadero que había sido siempre el que le había liberado. Echado bajo una retama esperaba la muerte pero allí el ángel del Señor le dejaba pan y agua para que prosiguiese el camino; así una y otra vez, hasta que finalmente tuvo la experiencia de la presencia de Dios en la que encontró fuerzas para seguir con su misión. Aquel pan del desierto fue todo un signo profético de lo que Jesús luego nos dará en el evangelio.
Tras la experiencia del pan multiplicado milagrosamente allá en el desierto donde todos habían comido hasta saciarse, vinieron en búsqueda de Jesús pero El quiere hacerles comprender qué es lo que realmente han de buscar en El. No es el Jesús taumatúrgico que con sus milagros les resuelva los problemas. Ya en el mismo hecho del milagro Jesús había querido contar con la colaboración de los discípulos y de todos; quiere siempre Jesús contar con nosotros. El milagro no se realizó sin la colaboración de los discípulos y de quien puso a disposición los cinco panes y dos peces. Nos dice mucho.
Pero ya en la sinagoga de Cafarnaún cuando de nuevo se han encontrado con El les pide fe. Es el enviado de Dios en quien han de creer. Como ya había aparecido en lo alto del Tabor es Jesús el Hijo amado del Padre a quien tenemos que escuchar y a quien hemos de seguir. El es la Palabra de vida que nos llena de la Sabiduría de Dios. Es en El en quien hemos de poner toda nuestra confianza porque en El siempre vamos a encontrar la verdad de Dios y la verdad del hombre. De qué forma más hermosa nos lo decía san Juan Pablo II. En Jesús encontramos la revelación del misterio de la vida.
Igual que en la vida necesitamos esa luz que nos ilumine para que podamos descubrir el camino – ya nos repetirá que El es la luz del mundo y que quien le sigue no camina en tinieblas –, necesitamos quien nos ge y nos conduzca para que encontremos ese alimento de vida – y nos dirá que el Padre es el que mueve nuestro corazón para que vayamos hasta El -, igualmente necesitamos también esa fuerza, esa energía interior para realizar el camino. En el desierto Moisés les había dado un pan del cielo, pero ahora es Jesús quien nos dice que El es el verdadero pan del cielo y que quien lo coma vivirá para siempre.
Es la gran revelación que nos hace Jesús hoy. Andamos desorientados, desalentados y sin fuerzas tantas veces, nos echamos el camino sin saber bien a donde vamos porque queremos encontrarnos con nosotros mismos y con la verdad y el sentido de nuestra existencia, estamos buscando esa fuerza que nos dé seguridad y paz interior, pero bien sabemos a donde tenemos que ir, con quien tenemos que encontrarnos, quien va a ser esa luz y esa fuerza para nuestro caminar.
Dios puede valerse de muchas cosas para llevarnos de la mano a ese camino bueno que hemos de emprender; serán esos silencios con esos interrogantes interiores, serán esos caminos que nos parece que se hacen sin rumbo ni destino, serán momentos de soledad y de silencio interior, como también pueda ser la palabra amiga de alguien que quiere caminar a nuestro lado o el testimonio que descubramos en otras personas. Pero ahí están también los caminos de Dios que nos atrae hacia sí. No nos ceguemos ni nos hagamos oídos sordos; esté nuestro espíritu abierto a esa novedad que puede llegar a nuestra vida que puede ser para nosotros buena nueva de Salvación, evangelio de salvación.
Jesús nos dice que El es ese pan de vida y que comiéndole tendremos vida para siempre. Le comemos cuando le escuchamos, le comemos cuando abrimos nuestro corazón y dejamos que El se posesione de nosotros, le comemos y nos alimentamos de su Sabiduría y de su vida.

sábado, 11 de agosto de 2018

No vamos a ir haciendo en nombre de la fe obras de ingeniería en la vida, pero sí con nuestra fe podemos ir transformando la faz de nuestro mundo desde el amor



No vamos a ir haciendo en nombre de la fe obras de ingeniería en la vida, pero sí con nuestra fe podemos ir transformando la faz de nuestro mundo desde el amor

Habacuc 1,12–2,4; Sal 9; Mateo 17,14-20

‘Se lo he traído a tus discípulos y ellos no han podido curarlo’. Allí estaba aquel padre angustiado con la enfermedad de su hijo; era algo muy fuerte que ponía a cada rato en peligro la vida del niño; como a una tabla de salvación acude a Jesús, pero Jesús no está; allí están los discípulos, aquellos a los que Jesús había enviado un día con el poder de curar a los enfermos y expulsar demonios, pero ellos ahora no habían podido hacer nada.
Insisto en este aspecto; ¿cómo se sentirían los discípulos? Impotentes porque le habían pedido aquel para lo que un día Jesús les había dado poder y ahora no habían podido hacer nada. ¿Podrían ellos embarcarse de verdad en aquella ‘aventura’ del Reino de Dios en la que se sentían comprometidos con Jesús?
Sensaciones así tenemos también muchas veces. Queríamos hacer algo bueno, querríamos ayudar a alguien, queríamos quizá estar al lado de alguien en el proceso de su vida y no habíamos sido capaces de ayudarles de verdad, como si las cosas se volviesen en nuestra contra. Como tantas veces nos sucede en muchas cosas de la vida, lo sabemos hacer, pero no fuimos capaces; ahora pensamos quizás que podíamos haberlo hecho de otra manera, pero en aquel momento no nos vino la idea y las cosas se quedaron a la mitad o quizás fueron un fracaso. Sí, sensación de fracaso podemos sentir cuando no avanzamos en la vida como nosotros quisiéramos, porque no somos capaces de superar ciertos escollos, porque nos aparece una y otra vez el mismo peligro y la misma tentación y volvimos a tropezar en la misma piedra. Y así no se cuantas cosas más.
Nos quedamos chafados, frustrados, con sensación de fracaso, desanimados. Pero el ser humano ha de saber buscar y encontrar recursos para levantarse de ese desánimo. No podemos perder la fe ni la esperanza. Humanamente hemos de creer en nosotros mismos, con esa capacidad de superreacción que siempre ha de haber en la vida; por otra parte hemos de aprender de nuestros propios errores y fracasos para no tropezar en la misma piedra, pero también hemos de saber dejarnos conducir. No es que estemos pendientes del juicio de los demás, de lo que más o menos le agrade a los otros. Es distinto. Siempre abr alguna persona buena que nos hace una oportuna indicación, siempre habrá una palabra de animo que nos ayude a sacar fuerzas, siempre abr una mano que se pose sobre nuestro hombro para levantarnos del desánimo.
Pero todo esto tenemos que verlo con ojos de fe también. La fe no es una cosa que tengamos guardada en un rincón como un libro que tenemos amontonado en nuestra biblioteca. La fe tiene que ser algo vivido, algo que sea motor en nuestro interior, luz en nuestro camino, fuerza en nuestras luchas.
Una fe que nos abre caminos; una fe que nos eleva desde el ras del suelo de nuestro materialismo; una fe que nos hace mirar a lo alto, no solo porque nuestras metas han de ser siempre altas, sino porque miramos y nos apoyamos en aquel que nunca nos fallará.
Es la fe que nos irá haciendo sortear tantos baches o tantos tropiezos que nos van apareciendo en la vida; es la fe que nos hace sentir paz en nuestro interior; es la fe que nos abre al amor de Dios queriendo amar nosotros de la misma manera; es la fe que nos hace constantes en nuestro espíritu de servicio buscando siempre la mejor manera de ayudar, de amar a cuantos están a nuestro lado.
Hoy termina Jesús diciéndonos que si tuviéramos fe, aunque sea tan pequeña como un grano de mostaza, pero es una fe viva, seremos capaces de mover montañas. No vamos a ir haciendo obras de ingeniería en la vida, pero sí con nuestra fe podemos ir transformando la faz de nuestro mundo desde el amor. ‘Señor, aumenta mi fe’, tenemos que pedirle.

viernes, 10 de agosto de 2018

Calladamente queremos entregarnos, ser grano de trigo, pero será el Espíritu del Señor quien dará fecundidad a cuanto queremos hacer



Calladamente queremos entregarnos, ser grano de trigo, pero será el Espíritu del Señor quien dará fecundidad a cuanto queremos hacer

2Corintios 9,6-10; Sal 111; Juan 12,24-26

Sería un grave error, por ejemplo, para quien quiere construir un gran edificio el pensarlo siquiera. Total, como eso va a quedar bajo tierra oculto, da igual como esté, da igual cómo se realice. Unos cimientos es cierto van a quedar, por decirlo así, enterrados bajo tierra y nadie los va a ver, pero la solidez del edificio se fundamenta en la buena realización de esa cimentación.
Igual en la vida, habrá cosas que quedaran ocultas y quizás nadie nunca las sabrá si tu no lo compartes, pero muchas de esas cosas, mucho de ese tiempo que has dedicado a la cimentación de tu vida, de tu carácter, de unos buenos habito, de la concesión de unos principios van a ser fundamentales para la madurez de tu existencia y para cómo has de saber reaccionar cuando vengan los embates de la vida. No podemos dejar que la planta crezca torcida, sino que hemos de ponerle unas guías para que crezcan debidamente, hemos de ir realizando unas podas para evitar que su fuerza se vaya por esas ramas que no van a dar fruto quitando todo aquello que no solo no nos es necesario sino que incluso pudiera sernos perjudicial.
El grano de trigo que se tritura es el que nos dará blanca harina para hacer nuestro alimento; el grano de trigo que se entierra es el que va a germinar en una nueva planta que nos multiplicará los frutos. El amor callado que nos hace entregarnos sin aspavientos es el que va a ser caldo de cultivo de un mundo mejor; el amor que se inmola hasta el punto que nos olvidemos de nosotros mismos para darnos por los demás es el que se va a convertir en verdadera vida de plenitud para nosotros y ayudará a que lo sea también para los demás. Es el cimiento de nuestra vida.
De eso nos está hablando Jesús hoy en el evangelio. Del grano de trigo que se entierra y muere cuando germina una nueva vida. Es el sentido de su vida. Es la plenitud de su ser. Es la fuente viva de vida para nosotros. Es el camino que nos abre a nueva vida. Es el inicio del Reino nuevo de Dios que es Reino de amor. Es la cumbre de nuestra salvación.
Hoy celebramos a san Lorenzo, el hombre que encontró el verdadero tesoro. Cuando en la persecución le piden que como diácono (administrador y servidor) de la Iglesia de Roma le trajera los tesoros de la Iglesia al emperador él reunió a todos los pobre de Roma y fue lo que presentó ante el tribunal. Allí estaban sus tesoros, aquellos por los que se desvivía y a los que servía buscando lo mejor para ellos dándoles de comer con las limosnas que le daban los fieles de Roma. No temió por su vida. El simplemente amaba, servía, se daba y se entregaba, ponía todo el amor de su corazón en aquello que hacia. Y su sacrificio llegó hasta el extremo. Todos sabemos lo que fueron los tormentos de su muerte sobre aquella parrilla, asado en carne viva.
Fue el grano de trigo, como lo había sido Jesús, como tenemos que aprenderlo a ser nosotros. Es la pauta y la guía de nuestra vida; es en lo que fundamentamos todo nuestro ser, toda nuestra existencia. Tenemos que aprender a poner esos verdaderos cimientos de nuestra vida, aunque sea duro pero siempre con el gozo de darnos; aunque hayan muchos que no lo quieran ver ni valorar, pero sabemos de verdad cual es el sentido de nuestra vida; amando quizá en silencio sin que nadie lo note, pero amando desde lo más profundo del corazón a pesar de nuestras debilidades y también de nuestro pecado muchas veces. Pero queremos amar mucho, aunque nadie lo note, pero así serán perdonados nuestros muchos pecados, así podemos ser en verdad semilla de nueva vida y de nuevo mundo.
Calladamente queremos entregarnos, será el Espíritu del Señor que está con nosotros quien dará fecundidad a cuanto queremos hacer.

jueves, 9 de agosto de 2018

Busquemos el aceite que nos haga mantener encendida esa lámpara de nuestra fe y de nuestra esperanza que producirá la más honda alegría en la fiesta de la vida



Busquemos el aceite que nos haga mantener encendida esa lámpara de nuestra fe y de nuestra esperanza que producirá la más honda alegría en la fiesta de la vida

 Oseas 2, 16b. 17b. 21-22; Sal 44; Mateo 25,1-13

¿Qué nos pasa si en medio de una fiesta que hemos preparado con mucho espero y estábamos hace tiempo deseando se nos va de repente la luz? Parece que todo se nos ha chafado, que la fiesta se nos va de las manos, que pronto aparecerá el descontento general de los asistentes por falta de previsiones, y estaremos buscando como locos una rápida solución. Todo el gozo en un pozo, como solemos decir.
Nos podemos estar refiriendo a las fiestas de nuestros pueblos que año tras año estamos ansiosos esperando, pero nos puede suceder en una fiesta familiar donde nos hemos reunido parientes, amigos y vecinos porque aquel era un especial cumpleaños o por algún determinado acontecimiento que queremos resaltar y celebrar.
Pero ¿y en la fiesta de la vida? alguno podría decir que la vida tiene poco de fiesta porque pesimistas muchas veces nos fijamos más en los problemas o las cosas luctuosas que nos puedan ir sucediendo y al final nos puede ir faltando esa alegría de fiesta que tendríamos que poner siempre en nuestro corazón.
Tendríamos que darle otro sentido de alegría a nuestro vivir. Empezando por saber reconocer las cosas buenas y positivas que podemos ir viviendo en cada momento, pero es que además tendríamos que saber sentir en cada ocasión el gozo del vivir, que es el gozo del encuentro y de la convivencia, que es el gozo de la ilusión que ponemos en nuestros proyectos llenos de esperanza.
No podemos ir por la vida con caras fúnebres que expresan en cierto modo lo sombrío que llevamos nuestros corazones, no podemos dejarnos atenazar por las sombras del pesimismo, hemos de saber poner ilusión en el vivir de cada día desde el momento que nos levantamos por la mañana poniendo ganas y empeño en ir viviendo con alegría cada momento de nuestra vida. Los problemas y contratiempos son retos que nos aparecen en la vida pero que podremos superar si sabemos poner ilusión y esperanza en lo que vamos creando con nuestra vida. La vida vivida con positividad nos hace más felices a nosotros y a los que nos rodean.
Si comenzamos los primeros peldaños del día con pesimismo y llenos de sombras, a oscuras vamos a permanecer todo el día, pero lo malo que es llevaremos esa oscuridad a los que están a nuestro lado. Y hay personas que son especialistas en eso. No podemos permitir que se nos apague la luz de nuestra alegría, la ilusión por vivir, la esperanza de lo nuevo que queremos construir. Con sombras sobre nosotros no seremos capaces de ver bien los cimientos ni los entresijos de lo que vamos construyendo.
Pero lo triste es que muchas veces nos falta esa luz, se nos apaga esa luz, no la supimos alimentar adecuadamente. Dejamos grietas en el alma sin cerrar por donde se nos derramó el combustible que necesitamos para mantener encendida esa luz. No supimos o no quisimos curar esas heridas del alma porque en nuestro orgullo quizá nos creíamos muy autosuficientes. Nuestro orgullo o nuestro amor propio no nos permitió darnos cuenta de que nuestra barca podía estar haciendo aguas, porque nos guardábamos dentro de nosotros aquellas cosas que un día recibimos de alguien y nos podían hacer daño, y no fuimos capaces de restañar esas heridas con la humildad y el perdón, poniendo ternura en nuestro corazón que fuera bálsamo que nos curara, nos hiciera mantenernos en una órbita de comprensión y de amor.
Mucho podríamos seguir reflexionando por ahí, pero puede bastarnos esto para ponernos en alerta, para estar mas vigilantes, para buscar de verdad ese combustible de la gracia de Dios que alimentara nuestra vida y nos hiciera mantener encendida esa lámpara de la alegría frente a los embates que pudiéramos recibir por todos lados. En una reflexión serena muchas mas cosas podríamos descubrir.
Hoy el evangelio nos habla de la parábola de las doncellas que con lámparas encendidas tenían que salir al encuentro del esposo para entrar en la fiesta del banquete de bodas. No todas pudieron entrar, porque sus lámparas se apagaron, les faltó el aceite para mantenerlas encendidas. Lo hemos reflexionado muchas veces. Busquemos el aceite que nos haga mantener encendida esa lámpara de nuestra fe y de nuestra esperanza que producirá la más honda alegría en la fiesta de la vida.

miércoles, 8 de agosto de 2018

Los santos son esas luminarias que están a nuestro lado y en todo momento son signos del amor y la presencia de Dios en nuestras vidas y nuestro mundo


Los santos son esas luminarias que están a nuestro lado y en todo  momento son signos del amor y la presencia de Dios en nuestras vidas y nuestro mundo

Isaías 52,7-10; Sal 95; Mateo 28, 16-20

Algunas veces tenemos el peligro de que nuestra mirada no sea lo suficientemente positiva y las cosas oscuras de la vida nos parece que resaltan más. Pero creo que tenemos que aprender a llenar nuestros ojos de luz porque si nuestros ojos son luminosos seguramente podremos descubrir mejor tantas cosas luminosas y positivas que hay en la vida que la mayoría de las veces nos pasan desapercibidas. Y nos es necesario detectarlas porque nos sirven de estimulo, nos llenan de luz la vida, nos hacen ser positivos y haciendo un camino positivo podremos construir más y mejor.
Sentiremos seguramente muchas veces, con un poco de sensibilidad, cómo a nuestro lado hay personas positivas, personas con las que nos sentimos a gusto porque solo su presencia nos llena de paz, porque sus palabras nos animan, porque las cosas buenas que percibimos en ellas nos sirven de estimulo. Ya digo, que algunas veces no tenemos la sensibilidad de descubrirlas, pero a posteriori probablemente recordaremos muchas cosas buenas de la presencia de esa persona junto a nosotros y las huellas que en nosotros hayan podido dejar.
Ojalá nosotros también seamos capaces de dejar huellas positivas en las personas con las que convivimos, que están a nuestro lado o por alguna razón se hayan encontrado en la vida con nosotros. Es esa actitud positiva con que hemos de ir por la vida.
Desde una visión de fe, como no es menos que nosotros tengamos, en esas personas descubrimos la acción y la presencia de Dios. Son para nosotros como signos del amor que el Señor nos tiene que pone a nuestro lado esas personas que nos pueden servir de ejemplo o que nos ayudan simplemente caminando junto a nosotros. Es lo que nosotros también hemos de aprender a ser. Y eso lo hemos de ver y hacer en el hoy de cada día. Y haciéndolo así estaremos haciendo de verdad ese mundo mejor que tenemos que construir.
A través de la historia Dios nos ha dejado grandes signos en grandes hombres y mujeres que quizá ocultos en la sencillez y en la humildad o realizando grandes obras en medio de los hombres y en la Iglesia siguen siendo esas luminarias que siguen iluminando nuestras vidas, nos siguen sirviendo de estimulo para ese camino bueno, de rectitud y de santidad, que también nosotros hemos de recorrer. Son los santos, unos reconocidos de manera especial por la Iglesia por el gran ejemplo de virtudes que son para nosotros, y otros que calladamente y en silencio vivieron su santidad pero que también glorificaron a Dios con sus vidas y le siguen glorificando en el cielo.
Hoy la Iglesia nos invita a recordar y a celebrar a uno de esos grandes santos que siguen siendo verdaderas luminarias por su obra en medio de la Iglesia. Celebramos a santo Domingo de Guzmán. Un santo español de nacimiento, es cierto, pero que realizó su obra en medio de la gran Europa de su tiempo. Dios le concedió el don de la palabra y la erudición y con su predicación contribuyó a evangelizar a la Europa de su tiempo, hace mas de ochocientos años, pero que en sus seguidores, la Orden de Santo Domingo, los dominicos como los llamamos comúnmente, sigue realizando esa misma labor a lo largo y ancho del mundo.
No es el momento ahora de hacer relatos de su vida, sino contemplar su figura y su obra que nos sirva de estimulo en esta hora de nueva evangelización que vivimos en nuestra Iglesia. Sembradores de la Palabra de Dios hemos de ser nosotros también, como decíamos antes, dejando huellas a nuestro paso por la vida desde todo eso bueno y positivo que desde el amor nosotros queremos realizar.
Miramos a nuestro lado y seremos capaces de detectar esos signos que en los que están a nuestro lado podemos descubrir, pero nos sentimos comprometidos a ser nosotros también esos signos de luz, de fe, de amor, de evangelio para el mundo que nos rodea. En silencio, con nuestras palabras siempre que sea necesario, con nuestro ejemplo y testimonio en todo momento pero tenemos que ser evangelio para los demás, buena noticia que anuncia a Jesús siempre.


martes, 7 de agosto de 2018

Que se despierte nuestra fe y vayamos dejando de lado nuestros miedos y nuestra dudas porque nos sentimos seguros con Jesús


Que se despierte nuestra fe y vayamos dejando de lado nuestros miedos y nuestra dudas porque nos sentimos seguros con Jesús

Jeremías 30,1-2.12-15.18-22; Sal 101; Mateo 14,22-36

Dudas y miedos nos aparecen muchas veces en la vida; ante lo desconocido, ante las sorpresas que nos va dando la vida, ante los peligros que realmente nos acechan o que nosotros imaginamos en nuestra mente, por la posible pérdida de lo que ya tenemos, por los problemas y debilidades que sentimos en nosotros mismos o recibimos desde el exterior ya sean personas o acontecimientos adversos, si tenemos que arriesgarnos ante algo nuevo. Y nos encerramos en nosotros o huimos, o intentamos estoicamente quedarnos como impasibles como si eso no nos afectara.
Son las dudas que tenemos sobre nosotros mismos o el sentido y valor de nuestra vida, o son los interrogantes ante el misterio que no sabemos dilucidar; son las dudas que aparecen sobre nuestra fe y si todo lo que hacemos tiene sentido porque nos vemos muy tentados por un materialismo que quiere desterrar todo sentimiento religioso, pragmatismos decimos, ateismos camuflados, sincretismos que todo lo mezclan, agnosticismo que ahora tan de moda está sin saber muchas veces ni lo que queremos decir.
Pero ¿de verdad hay una fe en mi vida? ¿Jesús sigue siendo el sentido de mi vivir? ¿El evangelio tiene sentido para mi y trato de convertirlo en pauta de mi vida? ¿Dónde están esos principios y valores cristianos? Porque nos dejamos absorber por esos miedos y dudas, por esas influencias que recibimos de todos lados y ya nuestro vivir se distingue poco de los que viven sin fe y sin esperanza.
Quizá decimos que son duras las noches oscuras y las tormentas que nos aparecen en la vida; nos cegamos de tal manera que no llegamos a percibir la presencia del Señor junto a nosotros y lo confundimos con otras cosas. No es más fácil hablar de la energía positiva de la tierra, que de la gracia del Señor. Y así andamos en tantas confusiones. Comenzamos a crearnos fantasmas, luces fatuas que a nada nos llevan. Nos hace falta una mayor claridad y firmeza de nuestra fe. Primero nos vamos tras religiosidades novedosas que nos vienen no sabemos de donde, que profundizar en nuestra verdadera espiritualidad cristiana.
Hoy el evangelio nos habla de una difícil situación por la que van pasando sus discípulos en la travesía del lago. Jesús los había embarcado en aquella travesía pero se había quedado en la orilla del lago. Se sentían solos y las dificultades arreciaban; aparecieron las dudas y los miedos; todo los confundía. Hasta creyeron ver un fantasma en Jesús que finalmente venia hacia ellos. Y hasta se atrevieron a pedir pruebas a la palabra que escuchaban de Jesús. Cuantas pruebas vamos pidiendo tantas veces para no terminarnos de confiar en lo que Jesús nos dice.
Jesús está con ellos y les recrimina su falta de fe y sus miedos. Al final terminaron reconociéndolo y pudieron seguir avanzando hasta la otra orilla. Es lo que necesitamos. Reconocer a Jesús, que se despierte nuestra fe, que vayamos dejando de lado nuestros miedos y nuestra dudas, que busquemos donde en verdad vamos a encontrar la luz, que profundicemos en una verdadera espiritualidad cristiana. No tengamos miedo a la travesía de la vida ni a que tengamos que arriesgarnos. El nos prometió que estaría siempre con nosotros y para eso nos dio la fuerza y la presencia de su Espíritu.

lunes, 6 de agosto de 2018

Hoy Jesús nos enseña a caminar, a realizar la ascensión del Tabor, porque tenemos la certeza de que con El vamos a ser también transfigurados.



Hoy Jesús nos enseña a caminar, a realizar la ascensión del Tabor, porque tenemos la certeza de que con El vamos a ser también transfigurados.

Daniel 7, 9-10. 13-14; Sal 96; Marcos 9, 2-10

Las cosas las vemos según la perspectiva desde la que las miremos. Si queremos observar un paisaje en toda su plenitud buscaremos el lugar apropiado y normalmente cuando subimos a lo alto de las montañas tenemos otra perspectiva del paisaje que contemplamos, aunque incluso vivamos en él. Podemos observar toda su amplitud con sus diversas tonalidades de color, con la profundidad de sus montañas o barrancos, o con detalles que a ras de tierra quizá no habíamos observado, situando además cada parte en su lugar y admirando además la armonía del conjunto.
Así en la vida, necesitamos descubrir nuevas perspectivas, tenemos que salir de nuestro círculo que muchas veces es demasiado concéntrico en nuestro yo, tenemos que tener la fuerza de ánimo de ascender más alto para descubrir nuevas cosas bellas de la vida que quizá antes no habíamos observado. Claro que levantar vuelo no es fácil; igual que el ave que al principio necesitará un punto desde donde impulsarse, nosotros necesitamos también dar ese impulso hacia arriba, aunque la ascensión sea costosa, necesite esfuerzo, nos traiga fatiga porque tenemos que superarnos de muchas cosas de nosotros mismos, muchos pesos muertos que son como lastre de los que tenemos que arrancarnos.
Hoy Jesús nos invita a ascender. La subida del Tabor no era una ascensión fácil por lo escarpado de sus laderas; pero allá invitó Jesús a tres de sus discípulos para realizar esa ascensión. Hay algo que se va a repetir mucho a lo largo del evangelio, la subida, la ascensión. Ahora es solo un signo que tiene una especial luz muy esplendorosa; en otros momentos la subida será dura porque llegará hasta el Calvario. Todo es subir, desde Galilea a Jerusalén, desde Jericó y el valle del Jordán de nuevo hasta la ciudad santa; finalmente será hasta el monte de la Ascensión.
Pero nos queremos fijar en esta especial subida del Tabor. Jesús subió al monte para orar, como hacia tantas veces que se retiraba a lugares apartados o solitarios. Pero algo va a suceder porque se transfiguró mientras estaba en la oración ante sus discípulos llenos de estupor que no se creían lo que estaban contemplando. Aparecieron también Moisés y Elías hablando con Jesús de la futura pasión que había de padecer. Aquello era la gloria y así lo estaban sintiendo Pedro y los otros dos discípulos.
Pedro aun tenía que seguir subiendo y aprendiendo. Aunque en principio siente la satisfacción propia por lo que está contemplando queriendo quedarse allí para siempre – ‘¡Qué bien se está aquí!’ – pronto se olvidará de si mismo porque las tiendas que pretende levantar no son ni para el ni para sus compañeros, sino para Jesús, Moisés y Elías. Es cuando se va a ver envuelto por la nube de la gloria de Dios para escuchar la voz del Padre que señala a quien tenemos que escuchar y seguir. ‘Este es mi hijo amado, en quien me complazco, escuchadle’.
Tenemos que hacer también nosotros esa Ascensión, esa subida interior de nuestra vida. Cuántas veces decimos, deseamos conocer a Dios, pero no hemos roto el círculo de nuestro yo, empezando porque queremos un Dios a nuestra medida, a nuestra manera. Tenemos que tener otra perspectiva, aprender a tener otra mirada. No hemos de tener miedo de ponernos a caminar con Jesús que aunque nos parezca a veces que va muy deprisa, El siempre va a nuestro paso, porque pacientemente está esperando que nosotros queramos caminar.
Claro que caminar con Jesús nos pone siempre en ascensión con su correspondiente esfuerzo. El reino de Dios no es para los timoratos ni los cobardes, para los que quieren caminar en el paso cansino de las rutinas de siempre, ni para los que se contentan con lo que ya tienen. No es para quedarnos en la llanura aunque esas llanuras tengamos que atravesar para ir iluminando y alentando a cuantos van sin rumbo por la vida.
Hoy Jesús nos enseña a caminar, a realizar la ascensión del Tabor, porque tenemos la certeza de que con El vamos a ser también transfigurados.

domingo, 5 de agosto de 2018

Aprendamos de una vez por todas a buscar el alimento que llena de plenitud nuestra vida haciendo más digna la vida de cuantos están a nuestro lado


Aprendamos de una vez por todas a buscar el alimento que llena de plenitud nuestra vida haciendo más digna la vida de cuantos están a nuestro lado

Éxodo 16, 2-4. 12-15; Sal. 77; Efesios 4, 17. 20-24; Juan 6, 24-35

En las necesidades básicas que necesitamos para sustentarnos está por supuesto el pan, el alimento. Por ello nos afanamos, trabajamos cada día para tener lo necesario para la subsistencia aunque junto a esa necesidad básica y esencial nos procuramos todo aquello otro que nos haga vivir dignamente cubierto nuestro cuerpo con el vestido o teniendo un lugar donde acogernos y hacer nuestra vida más elemental. En la búsqueda de ese alimento contemplamos incluso la angustia de aquellos que no lo tienen que son capaces de lanzarse por los caminos del mundo buscando el lugar donde conseguirlo.
Luchamos, nos esforzamos, buscamos como sea tener cubiertas esas necesidades y algunas veces en la manera en que nos planteamos la vida para muchos pareciera que fuera lo único que le diera una vida digna. En torno a ello procuramos tener una serie de bienes que nos garanticen de alguna manera eso básico y esencial y bien vemos que terminamos convirtiendo casi en una obsesión la posesión de unas pertenencias o de unos bienes materiales con los que pensamos que sí lograremos esa vida digna.
¿Sólo será el pan o el alimento, el vestido o la vivienda, o la posesión de esos bienes materiales los que en verdad van a alimentarnos para vivir en la mayor dignidad? Si nos ponemos a reflexionar o a pensar las cosas casi todos terminaremos reconociendo que hay otras cosas que alimentan nuestra vida, que hay otros valores que no se reducen a lo material que nos van a dar un mayor sentido a nuestra existencia, que muchas más cosas en nuestras mutuas relaciones y en nuestra convivencia que sí nos pueden llevar a una vida mejor.
Aunque algunas veces nos ceguemos creo que seremos capaces de buscar otra sabiduría de la vida que si nos alimente con un alimento que va más allá que lo que el cuerpo pueda recibir. Hay también unos valores espirituales que le darán verdadera profundidad y trascendencia a nuestra vida.
Creo que en todo esto  nos puede hacer pensar el evangelio que hoy escuchamos y que se prolongará en diversos aspectos en los sucesivos domingos. Cronológicamente es continuación del escuchado el pasado domingo que nos hablaba de la multiplicación de los panes y los peces allá en los lugares desérticos. Cuando quisieron hacer rey a Jesús, se escondió en la montaña, los discípulos regresaron, no sin dificultad, en una barca a Cafarnaún, los demás se dispersaron como pudieron y a la mañana siguiente ya hay un grupo que ha llegado también a Cafarnaún y se encuentran de nuevo con Jesús.
‘Maestro, ¿cuándo has venido aquí?’ le preguntan cuando se lo encuentran. Y ahí viene la palabra sabia de Jesús como respuesta que a la vez quiere ser interrogante interior. ‘Os lo aseguro: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, dando vida eterna…’
Buscamos el pan, el sustento diario de la vida. Pero, ¿por qué buscan ahora a Jesús? ¿Solo por ese alimento que perece, que comiéndolo ahora luego volveremos a tener que comer? ¿Habrá otro alimento más perdurable? No es cualquier cosa lo que les está diciendo Jesús. Es que les está diciendo que El puede darles otro alimento que lleva a la vida eterna. ‘El alimento que perdura, dando vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre’. Son palabras mayores, tendríamos que decir.
Jesús les está invitando a que crean en El; y creer en Jesús es creer en su Palabra, creer en ese mensaje de vida que El está queriendo trasmitirles. No es solo ya el alimento material lo que necesitan, que mal que bien se lo pueden conseguir con sus trabajos; no se trataría de que se nos diera de comer sin nosotros habernos ganado el sustento con nuestro trabajo, aunque bien sabemos que habría muchos que así lo desearían quizás.
Recuerdan el camino por desierto cuando Moisés les dio el maná para tener el sustento de sus vidas mientras hacían aquel peregrinar. Pero Jesús les dice que  no fue Moisés el que les dio el pan del cielo, sino que es Dios el que nos da el verdadero pan del cielo. ‘El pan de Dios que baja del cielo y da la vida al mundo’.
Ellos seguirán obsesionados con ese pan que ahora insisten en pedirle a Jesús, como la samaritana que le pedía a Jesús que le diera de aquella agua que le quitaría la sed para tener que volver todos los días al pozo de Jacob para sacar agua. A la samaritana Jesús les dirá que El es esa agua viva y ahora en Cafarnaún dirá que El es ese Pan de vida que da la vida al mundo. ‘El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed’.
‘¿Qué tenemos que hacer?’, le habían preguntado a Jesús, como nos preguntaríamos nosotros también.  ‘Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que él ha enviado’. Creer en Jesús porque creyendo en Jesús alcanzaremos a vivir la vida verdadera. Creer en Jesús porque abre ante nosotros caminos de vida en plenitud. Creer en Jesús porque quien cree en El hará lo que El nos dice, hará las mismas obras de Jesús.
Ya nos decíamos antes que hay otro vivir que va más allá de nuestra vivencia física o corporal, y pensábamos en cuánta vida nos da nuestra relación y convivencia con los demás; cuando amamos vivimos de verdad porque lo que podemos sentir dentro de nosotros es algo mucho mas grande que el placer del gusto que nos pueda dar el mejor manjar.
Tenemos la experiencia de cómo nos sentimos cuando nos damos hasta ser capaces de sacrificarnos por los demás; tenemos la experiencia de convivir con aquellos seres a los que amamos y con los que compartimos no solo lo material que tengamos sino lo más hondo de nosotros mismos, lo que somos allá en lo más profundo de nuestro ser.
Imaginemos, pues, como nos sentiremos cuando hacemos lo que Jesús nos dice, cuando hacemos las mismas obras de Jesús, ‘el alimento que perdura dando vida eterna’ como nos decía Jesús. ¿Aprenderemos de una vez por todas a buscar ese alimento que llena de plenitud nuestra vida?