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jueves, 17 de septiembre de 2020

No nos quedemos en formalismos ni en ritualismos sino que busquemos siempre el encuentro vivo y sincero, el encuentro lleno de amor que nos llenará de vida

 


No nos quedemos en formalismos ni en ritualismos sino que busquemos siempre el encuentro vivo y sincero, el encuentro lleno de amor que nos llenará de vida

1Corintios 15, 1-11; Sal 117; Lucas 7, 36-50

Algunas veces hay cosas que en si mismas tendrían un hondo sentido humano, de cercanía y de amistad, pero que sin embargo tenemos el peligro de desvirtuar cuando no ponemos algo en aquello que hacemos como meramente formal. Una comida es signo y una muestra de amistad, sentamos en nuestra mesa a aquellos que apreciamos, y el encuentro en torno a una comida más que la comida en sí vale por lo que significa de encuentro y de tender lazos de amistad. Es algo de lo que vemos en el evangelio de hoy que además tiene muy hondos significados.

¿Por qué invitó aquel fariseo a Jesús a comer a su casa? No queremos entrar en juicios descalificatorios del actuar del fariseo, pero nos atenemos a lo allí sucedido. ¿Era una muestra de amistad y aprecio hacia Jesús? Bien sabemos que también había fariseos que querían escucharle y vemos cómo Nicodemo acude de noche a Jesús. ¿Quedar bien ante aquella situación que se iba desarrollando aunque aún no entendiera plenamente lo que Jesús pretendía? ¿Acaso poner a prueba a Jesús para ver sus reacciones, tal como vemos que en otras ocasiones hay fariseos y escribas al acecho de lo que hace Jesús?

Apreciamos sin embargo que aquella comida era meramente formal; quizá se sintiera presionado por sus otros compañeros fariseos que estaban también invitados a la misma mesa por aquello de los respetos humanos. No había cercanía porque le veremos luego con sus pensamientos y sospechas en su interior ante lo que va sucediendo y lo que Jesús realiza. La acogida con el agua que se ofrecía al huésped según llegara a la puerta, los besos de saludo a los que eran tan dados los orientales y los mismos fariseos habían faltado, los perfumes como era habitual para hacer más agradable la estancia de sus invitados brillaban por su ausencia. Esos ritos, llamémoslo así, que se ofrecían como signo de hospitalidad en esta ocasión no se habían realizado. Algo hondo había faltado en lo que se suponía tenía que ser un hermoso encuentro.

Pero lo sorprendente fue la presencia de aquella mujer, una pecadora pública, que se atreve a introducirse en la sala del banquete y llegar hasta los pies de Jesús. Tales son sus lágrimas que se ven lavados los pies cuando agua antes no se le había ofrecido; los besos humildes de amor se multiplicaban en los pies de Jesús y el frasco de alabastro lleno de caro perfume se derramó sobre los pies de Jesús inundando su perfume toda la estancia y a los comensales.

Por el interior del corazón y la mente del fariseo que había invitado a Jesús su sucedían imágenes contrapuestas y los deseos de expulsar a aquella mujer, pero también la sorpresa de ver que Jesús se dejaba tocar así por una mujer pecadora que le besaba de tal manera sus pies. ‘Si supiera quién es esta mujer…’ pensaba el fariseo en su interior, en un interior lleno quizá de rabia y de impotencia por no saber qué hacer o cómo actuar.

Pero es Jesús el que conoce los pensamientos de Simón y el que se adelanta a tomar la palabra. Ya conocemos la pequeña parábola que Jesús le propone de los dos hombres que fueron perdonados y donde pregunta Jesús quién le amará más. Resalta Jesús que sí conoce que aquella mujer es pecadora, pero que ha tenido los gestos de hospitalidad y cercanía que Simón no había tenido, porque aunque era pecadora había ahora mucho amor en su corazón y todas aquellas muestras eran de arrepentimiento. En aquella mujer no había formalidades sino que en aquella mujer había sinceridad y había amor. Por eso sus muchos pecados le eran perdonados, porque amaba mucho.

Hermosa lección la que podemos aprender hoy en este evangelio. Unos gestos y unos signos que nos están invitando a la sinceridad y a la autenticidad. Somos pecadores, pero seamos capaces de poner mucho amor en nuestra vida y en nuestro arrepentimiento.  Quizá tendría que hacernos pensar en cómo es la manera con que nos acercamos nosotros a Jesús buscando su perdón, cómo nos acercamos y vivimos el mismo sacramento de la Penitencia.

Cuántas veces vamos por puro formalismo, porque toca confesarnos, porque llega la semana santa o acaso hace tiempo que no lo hacemos y pensamos que tendríamos que hacerlo; pero quizá vamos por cumplir, porque nos falta en que queramos de verdad ir al encuentro del Señor que sabemos que nos ama y que nos ofrece su perdón. Se nos queda quizá muchas veces en ritualismo pero no hay encuentro, confesamos es cierto nuestros pecados, pero vamos a ver como terminamos lo más pronto posible y nos falta esa apertura del corazón, esas muestras verdaderas de amor para un auténtico arrepentimiento. Quizá mucho en este aspecto nos puede hacer pensar este pasaje del evangelio.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Hemos de despertar, quitarnos esa máscara de la indiferencia con que tantas veces nos vestimos para dejarnos impresionar por Jesús y poner más coherencia en la vida


Hemos de despertar, quitarnos esa máscara de la indiferencia con que tantas veces nos vestimos para dejarnos impresionar por Jesús y poner más coherencia en la vida

1Corintios 12, 31 – 13,13; Sal 32; Lucas 7, 31-35

‘¿A quién, pues, compararé los hombres de esta generación? ¿A quién son semejantes?’ una pregunta que se hace Jesús con la gente de su tiempo. ¿Valdrá esta pregunta también para definir o para buscar una definición de la gente de nuestro tiempo? Jesús habla de los niños que indiferentes están en la plaza y parece que nada les motiva. Suena la música, hay una invitación a la fiesta y a la alegría, surge quien les invita a los juegos y quiere poner un poco de animación a sus caras aburridas e indiferentes, y parece que nada les mueve. Como dice también vienen gentes con sus lamentaciones – era muy propio en aquel tiempo lo de las plañideras – e indiferentes se quedan también sin que surja una lágrima de sus ojos.

Lo que se nos está planteando es cuál es nuestra reacción ante las diferentes situaciones de la vida que van surgiendo y que a todos en cierto modo nos van afectando, aunque también hemos de reconocer que el planteamiento va mucho más allá. Pero vayamos por partes. Nos podemos encontrar a esos espectadores de la vida, pero que la contemplan fríamente y parece que nada les inmuta como si no fuera con ellos. Como los que se ponen al borde de la plaza en la hora de la fiesta y en nada participan, pero sí están quizá con ojo avizor para ver donde está el fallo, lo que puede salir mal, y hacer no hacen nada, pero criticar a los que hacen es la tarea más fácil que saben hacer. Ven la vida como un desfile que pasa ante ellos pero que ni les va ni les viene.

Tenemos el peligro de perder la sensibilidad, de acostumbrarnos a las cosas, de no darle importancia a nada mientras a mí no me afecte y sobre todo mientras no me toque los bolsillos, y todos entendemos. Nos contentamos quizá con decir es que la vida es así. Pero no somos sensibles ante lo que puedan estar sufriendo esas personas, vamos perdiendo sentido de humanidad, que no es solo la compasión que podamos sentir por el sufrimiento de los demás, sino que parece como si no nos sintiéramos miembros y participes de una misma humanidad. Y caemos en la pendiente resbaladiza de insensibilidad que nos lleva a la insolidaridad más cruel. Eso que lo resuelvan otros, nos decimos y como quien dice así nos quitamos el muerto de encima.

Es cierto que vemos surgir en la sociedad hermosas corrientes de solidaridad y aunque no fuera por otros motivos van surgiendo numerosas organizaciones, esas que llamamos no gubernamentales, cuya finalidad es la solidaridad, crear campañas ante situaciones de miseria o de injusticia que podemos encontrar en cualquier rincón del mundo pero que siempre pensamos en los llamados países del Tercer Mundo.  Van aflorando muchos movimientos asociativos para la gente reunirse para trabajar por mejorar su entorno o para hacer por los demás, pero en el fondo seguimos contemplando mucha insolidaridad, mucha insensibilidad ante problemas y personas que quizá en ocasiones tenemos bien cerca de nosotros pero que no terminamos de ver.

Creo que ya con esto nos estaríamos haciendo una hermosa reflexión a la que nos ha dado pie las palabras de Jesús que mencionábamos al principio. Pero ya dejábamos pendiente otros aspectos a los que nos podría estar haciendo referencia Jesús con sus palabras. Y es la actitud que tienen ante su persona. Sabemos del entusiasmo de los pobres y de los enfermos, de todos aquellos que veían renacer sus esperanzas en el corazón en la espera de la pronta venida del Mesías; pero sabemos también de tantos que están a la distancia, tantos a los que quizá no les dice nada las palabras de Jesús, como tantos que hay en la vida que parece que siempre vienen de vuelta y ya por nada se impresionan.

Sabemos bien cuántos estaban al acecho de lo que Jesús dijera o hiciera. Estaban los que se oponían abiertamente y abiertamente venían con sus dudas, con sus problemas de increencia, con su oposición manifiesta. Pero estaban también los indiferentes, los que pasaban de largo – qué bien los define Jesús con sus parábolas – a los que nada les llama la atención ni se dejan impresionar por las obras de Jesús. Recordemos que en su propio pueblo se pusieron en contra y terminaron rechazándole a pesar de los orgullos patrios que en principio sentían por las palabras y las obras de Jesús; quisieron despeñarlo por un barranco.

Pero bien, lo que tenemos ahora nosotros que plantearnos es cómo estamos nosotros ante Jesús, ante la Iglesia, ante la vivencia religiosa de la fe, ante el compromiso que se nos exigiría como cristianos. Y reconozcamos que hasta incluso los que vamos a la Iglesia muchas veces vivimos fríamente nuestra fe, con mucha tibieza, no terminamos de implicarnos, queremos en muchas ocasiones ver los toros desde la barrera.

¿Qué necesitamos para despertarnos? ¿Cómo vamos a quitarnos esas máscaras de indiferencia con que nos manifestamos tantas veces? ¿Tendremos que poner más sinceridad en lo que hacemos, más congruencia, coherencia en nuestra vida? ¿Vamos a dejarnos impresionar por las palabras y la obra de Jesús?

 

martes, 15 de septiembre de 2020

El amor de madre la hace estar en el dolor junto a Jesús al pie de la cruz, desde entonces será la Madre del Amor que estará siempre al lado de sus hijos, al lado de la Iglesia

 


El amor de madre la hace estar en el dolor junto a Jesús al pie de la cruz, desde entonces será la Madre del Amor que estará siempre al lado de sus hijos, al lado de la Iglesia

Hebreos 5, 7-9; Sal 30; Juan 19, 25-27

Una madre sabe siempre donde está un hijo que sufre. No es necesario que nadie se lo cuente, su corazón tiene una sintonía especial para escuchar los latidos del amor y del sufrimiento. Será la primera que se pondrá al lado del corazón dolorido del hijo, aunque el hijo no le cuente, ella sabe descifrar como nadie el ritmo de esos latidos y presurosa se pondrá en camino para ese encuentro de amor.

En contadas ocasiones el evangelio hará notar la presencia de María junto a Jesús a la hora del anuncio del Reino. Habrá una ocasión en que el evangelista nos dice que María y los hermanos andaban buscando a Jesús y casi no podían llegar a El a causa del gentío.  Y María vuelve a desaparecer en ese tiempo de la predicación. Y ahora de nuevo la encontramos que se cruza con Jesús en la calle de la amargura y estará como nadie desde ese momento en pie y al pie de la cruz.

Las imágenes piadosas que los artistas nos han plasmado de la presencia de María junto a Jesús en esos momentos muchas veces nos la presentan retorciéndose de dolor y demasiado la llamamos Madre de las Angustias y de los Dolores. Pero la expresión latina que san Jerónimo empleó para traducir del griego fue ‘stabat’. Estaba, que quiere decir que estaba firme, allí de pie, junto a la cruz, sí, es cierto, con el dolor de una madre en el corazón, pero sobre todo con la fortaleza del amor que nos hace estar prontos para la ayuda o para el consuelo, pero con la fortaleza del amor que nos hace estar firmes y seguros de nuestro lugar y nuestra función. Así quiero yo contemplar a María al pie de la cruz de Jesús, tal como hoy la liturgia quiere que la celebremos.

Allí estaba María con la ofrenda de su amor, con la ofrenda del amor como solo una madre sabe hacerlo. Era el momento supremo del sacrificio de Jesús donde se estaba manifestando el amor más maravilloso y el amor más grande. Nadie ama tanto como aquel que da su vida por el amado. Es lo que hacía Jesús, porque todo era una ofrenda de amor. Era a lo que la madre se estaba uniendo. Por eso a partir de ese momento ya no es solo la madre de Jesús sino que va a ser la madre de todos los redimidos. Así la confiaba Jesús al discípulo amado, así la confiaba a su Iglesia. ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre’. Y Juan la recibió en su casa, y la Iglesia la ha tenido y sentido siempre como madre.

La que un día nos dijo que hiciéramos como El nos dijera, ejemplo estaba dando porque estaba haciendo como Jesús. Y María se une a la pascua de Cristo, a la pasión y la muerte de Jesús; por eso quizá exagerando los términos porque uno solo es el Redentor, Cristo Jesús, a ella la llamamos corredentora, porque así también ella en el momento de la muerte de Jesús hizo también su ofrenda de amor. Si la llamamos así en lo que pueda parecer un exceso de amor por nuestra parte quiere significar cómo sentimos nosotros que María realizó su función.

Ella había dicho Sí, y era un Sí total de su vida. Ahora llegaba a un momento cumbre de amor y de alguna manera está abriéndonos caminos, está yendo delante de nosotros para hacernos comprender como tenemos que envolver toda nuestra vida de amor. Está queriendo hacernos comprender que solo desde el amor el dolor tiene sentido, que solo desde el amor podremos hacer el camino que nos hace vivir también la pascua como la de Jesús, que solo desde el amor podemos transformar el mundo para hacerlo mejor, que solo desde el amor sabremos acercarnos también al lado de los que sufren no solo para el consuelo de unas palabras bonitas sino para ayudar a transformar esas vidas y desde ese sufrimiento vivido también desde el amor restaurar sus vidas, sanar esos corazones desgarrados, encontrar el sentido de una vida mejor.

Contemplamos a María hoy al pie de la Cruz, la llamamos en nuestra devoción Madre y Virgen de los Dolores, queremos sentirla con su amor de Madre a nuestro lado  y queremos invocarla como Madre del Amor. Sintamos que como Madre camina con nosotros y nos está enseñando los auténticos pasos del amor.

lunes, 14 de septiembre de 2020

En el duro camino de la vida, en el camino de la fe que en ocasiones se nos llena de oscuridades la Cruz es la enseña del amor y es la bandera de nuestra esperanza

 


En el duro camino de la vida, en el camino de la fe que en ocasiones se nos llena de oscuridades la Cruz es la enseña del amor y es la bandera de nuestra esperanza

Números 21, 4b-9; Sal 77; Juan 3, 13-17

Los caminos de la vida en ocasiones se nos hacen duros y costosos, se nos llenan de dificultades, de sombras; todo lo que signifique ascensión – y así ha de ser siempre el camino de la vida – entraña esfuerzo, sacrificio, porque cada paso que demos ha de tener mayor altura dejando atrás muchas cosas. En ocasiones nos cansamos, aunque tengamos clara cual es nuestra meta; quizá no la alcanzamos a ver, pero sabemos que ahí está y que tenemos que esforzarnos por alcanzarla.

Al decir estas palabras me veo a mi mismo subiendo a una montaña con el ansia de llegar a la cima aunque nos cueste, y digo me veo subiendo a una montaña como tantas veces ascendí a lo más alto de nuestro Teide, quizá sintiendo el vértigo de la altitud pero queriendo poner todo mi esfuerzo por alcanzar la cima. Allí en lo alto estaba la meta. Siempre hay una esperanza en nuestra vida.

Es una imagen con la que he querido iniciar esta reflexión que por una parte me hace mirar la referencia de la primera lectura que nos habla del pueblo hebreo en la larga y costosa travesía por el desierto. Muchos cansancios, muchas carencias y dificultades, muchas luchas que tuvieron que mantener incluso con los pueblos por los que hacían la travesía, la dureza y sequedad del desierto en que escaseaba el agua o se veían atacados por plagas como en el caso a que hoy se hace referencia de las serpientes venenosas; muchos momentos de dudas, de deseos de volver atrás o de no haber emprendido aquella aventura por la libertad, muchas protestas incluso contra Dios. ¿No nos pasa a nosotros igual muchas veces en nuestras luchas? ¿Habremos perdido alguna vez la esperanza?

Moisés levantó como un estandarte en medio del campamento aquella señal de la serpiente para que mirando hacia lo alto su mirada fuera más allá para poner toda su confianza en el Señor. Aquel estandarte como a los soldados en la batalla les dio valor para seguir adelante y se sentían sanados y salvados. Pero todo eso se convierte en un signo para nosotros. Jesús hace referencia a ello en el evangelio que escuchamos. ‘Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna’. Así renace en la cruz para nosotros la esperanza.

‘Así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre’, nos dice. Hoy estamos celebrando la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz y hacia ella nosotros elevamos nuestros ojos. Pero miramos a la cruz para ver quien en ella está crucificado. Porque es Jesús quien es nuestro Salvador y hacia El elevamos nuestros ojos. La cruz se convierte para nosotros en ese estandarte, como lo de la serpiente en el desierto o como la bandera que llevan los soldados en la batalla que levanta su ánimo para la lucha y se sienten fuertes.

Es lo que nosotros necesitamos en ese camino de ascensión, como decíamos al principio para que no desistamos en nuestro empeño, en nuestro esfuerzo. Frente a los momentos de desánimo que podamos sentir en la lucha de la vida de cada día, frente a esos momentos de decaimiento en que nos parece que nos sentimos sin fuerzas para seguir avanzando, frente a esos momentos en que parece que todo está en contra nuestra y las dificultades se multiplican, frente a esos momentos de oscuridad en que nos llenamos de dudas o en que nos cuesta ver con claridad hacia donde vamos, tenemos ante nosotros la enseña, el signo, la bandera de la cruz que nos está gritando la Buena Nueva de la Salvación que nos viene por Jesús. Es el signo del amor y es la bandera de la esperanza.

No miramos la cruz como signo tenebroso y de muerte. A muchos no les gusta que le hablen de la cruz, olvidándose quizá de la cruz que llevan en su carne día a día, porque además siempre en nuestra vida estará presente el sufrimiento. A muchos les parece cruel y sanguinario el signo de la cruz, pero se olvidan del amor que en ella puso Jesús para ser nuestra salvación. No hay amor más grande. La cruz para nosotros significa el amor más grande. Y El se dio con el amor más grande, porque entregó su vida, porque se dio totalmente por nosotros pasando por la cruz y por la muerte pero a quien contemplamos para siempre resucitado y glorioso.

domingo, 13 de septiembre de 2020

Perdonemos con la sublimidad divina del amor curándonos a nosotros mismos de resentimientos y dureza del corazón para sentir la verdadera paz

 


Perdonemos con la sublimidad divina del amor curándonos a nosotros mismos de resentimientos y dureza del corazón para sentir la verdadera paz

Eclesiástico 27, 33 – 28, 9; Sal 102; Romanos 14, 7-9; Mateo 18, 21-35

Predicamos la tolerancia y luego en el día a día somos terriblemente intolerantes sobre todo con aquellos que no nos caen bien, o a los que sentimos como adversarios nuestros en la manera de plantearse las cosas porque quizás tienen otra visión de la vida y de las cosas, o con aquellos con los que nos sentimos molestos por algo que hicieron que no nos gustó y a los que ahora no le pasamos nada.

Digo predicamos, pero lo digo en el sentido de que en nuestra conversación con los demás nos encontramos con personas que nos pintan maravillas y nos dicen que no seamos intolerantes porque respetemos las decisiones o las ideas de los demás. Como hemos comentado en alguna ocasión, cuando hablamos podemos decir cosas maravillosas pero luego no somos congruentes con esas ideas que hemos expresado anteriormente.

Y aquí nos encontramos con el tema que nos presenta el evangelio de hoy y los planteamientos que hace para nuestra vida. Y es que con nosotros mismos somos una maravilla de tolerantes, porque todo nos lo perdonamos o pretendemos que los demás comprendan lo que hacemos aunque hayamos obrado mal y sean misericordiosos con nosotros; siempre queremos tener la comprensión y el perdón para lo que hacemos mal, buscándonos mil disculpas y justificaciones, pero no obramos con la misma medida para con los demás.

Y es cuando queremos poner limitaciones a la comprensión que podamos sentir hacia los demás, porque, como decimos, todo tiene un límite. Pero el planteamiento de amor que nos hace Jesús para nuestras mutuas relaciones no tiene límites. No podemos decir nunca que somos generosos hasta cierto punto, porque eso no seria generosidad. No podemos andarnos con generosidades egoístas, donde estemos planteando unas exigencias para los demás que entrañan al mismo tiempo un límite a nuestro amor.

Comienza el evangelio de hoy con la pregunta de Pedro que refleja muy bien esos planteamientos que nosotros nos hacemos. ‘¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? ¿Hasta siete veces?’ y ya con ese número se las está dando de generoso. Bien conocemos la respuesta de Jesús porque muchas veces hasta se convierte en una cantinela de nuestra vida. Jesús nos viene a decir que el que es generoso no está contando lo bueno que hace, el que es generoso para perdonar no está contando cuantas veces ha perdonado ya.

Por eso Jesús a continuación nos propone la parábola. No pretende la parábola resaltar la mezquindad de aquel siervo que fue perdonado de una fuerte deuda pero no fue capaz de perdonar la pequeñez que le debía el compañero. Eso no hace falta resaltarlo porque bien lo tenemos en nuestras obras de cada día. Lo que el evangelio nos quiere resaltar es la generosidad de aquel rey que está dispuesto a perdonar con generosidad sin límites.

Frente a la mezquindad de nuestras relaciones intolerantes, que se llenan de rivalidades, reticencias y desconfianzas, deseos de venganza y resentimientos que endurecen el corazón aparece lo divino del amor que se hace perdón.

Ya Jesús en otro momento del evangelio nos dirá que seamos compasivos y misericordiosos como lo es nuestro Padre del cielo. Con el perdón nos parecemos a Dios, manifestamos lo que es el amor de Dios. Y Jesús es la manifestación de ese rostro misericordioso de Dios, no solo porque decimos que ha venido a ofrecer su vida por nuestra salvación, para obtenernos el perdón de Dios que necesitamos, sino que contemplemos cada paso, cada cercanía de Jesús a los enfermos y a los pecadores y estaremos contemplando ese rostro misericordioso de Dios. No en vano cuando cura al paralítico que han hecho llegar a sus pies la primera sanación que Jesús le regala es el perdón de los pecados. Pero aun más lo veremos en la cruz no solo perdonando a quienes lo están crucificando sino convirtiéndose en abogado defensor ante el Padre ante el cual tendrá hasta una palabra de disculpa para quienes le crucifican. ‘¡Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen!’

Pero ese perdón que Dios nos ofrece tiene que ser acogido y aceptado por nuestra parte. Acogerlo y aceptarlo significa que nosotros reconozcamos nuestro pecado, nuestra debilidad; pero acogerlo y aceptarlo es que nosotros nos convirtamos en perdón para los demás, que es lo que no supo hacer aquel siervo tan ingrato. Por eso Jesús en su oración nos enseña a que le pidamos perdón a Dios por nuestras ofensas, como también nosotros estamos dispuestos a perdonar a los demás.

       Pero hay que decir también que cuando nosotros en esa sublimidad divina de nuestro amor estamos ofreciendo el regalo del perdón a los demás, es a nosotros mismos a quienes nos estamos haciendo un regalo, el regalo de la paz. Nos desprendemos de esas sombras de resentimientos y de dolores que podamos sentir en el corazón, nos curamos de nuestras intolerancias y de la dureza del corazón para sentir la verdadera paz del perdón también en nuestras vidas. Si no has llegado a terminar de sentir esa paz es que todavía no solo no has perdonado del todo al otro, sino que no te has perdonado a tí mismo, nos has terminado de curar y llenar de nuevo de luz tu corazón.

sábado, 12 de septiembre de 2020

Si el árbol se conoce por sus frutos tendríamos que preguntarnos viendo los frutos de nuestra vida el grado de congruencia con que vivimos incluso nuestra fe

 


Si el árbol se conoce por sus frutos tendríamos que preguntarnos viendo los frutos de nuestra vida el grado de congruencia con que vivimos incluso nuestra fe

1Corintios 10, 14-22; Sal 115; Lucas 6, 43-49

‘Cada árbol se conoce por su fruto’, nos dice hoy Jesús en el evangelio. Es lo que es la misma naturaleza en sí. En la higuera buscamos higos, en el peral peras, en la vid es lógico que esperemos encontrar uvas. Lo contrario sería algo fuera de la naturaleza, aunque hoy nos hagamos plantas híbridas con el desarrollo de la genética, o desde siempre hayamos injertado unos árboles en otros, pero siempre como nos decían nuestros mayores siguiendo las reglas de la naturaleza.

Pero Jesús no nos está poniendo este ejemplo para darnos una lección de botánica o de otras ciencias, sino como una imagen para decirnos cuán incongruentes somos las personas por la forma como nos expresamos en la vida o como vivimos. Es la congruencia con que hemos de vivir, o la incongruencia que manifestamos en tantas ocasiones donde quizá nuestras palabras que tendrían que expresar nuestros pensamientos, sin embargo van por un lado y nuestra vida, lo que luego hacemos, parece que está en contradicción total con nuestro pensamiento.

Quizás nos está manifestando el vacío y la hipocresía con que vivimos nuestra vida. Y es que de lo que hay en nuestro  corazón, nos dice, rebosa la boca y dado el vacío interior con que vivimos es superficial nuestra vida y cuanto hacemos parecerá como un sin sentido. Queremos aparentar muchas veces quizá lo que realmente no somos y nos ponemos como un disfraz, como una careta para aparentar unas cosas que realmente no tenemos en el corazón y que luego se manifestarán como una farsa, mera apariencia superficial nada más porque no le hemos dado profundidad a la vida.

Por supuesto todo esto lo podemos contemplar en la vanidad con que viven tantos su vida. Solo son una fachada, una apariencia; una fachada y una apariencia para buscarse quizá el aplauso de la gente, para alcanzar unas cotas de poder con su populismo vacío de contenido, con unas promesas que nunca van a ser cumplidas, porque lo único que se desea muchas veces es ser aupado a esas alturas de poder.

Bonitas palabras, pero que si hay un poco de sensatez en nuestra vida pronto nos damos cuenta que están llenas de falsedades con las que pretenden engañarnos y engatusarnos. Contemplamos demasiado en la sociedad en que vivimos todas esas vanidades y ansias de poder que se llenarán luego de corruptelas y de injusticias. Todo termina generando un desencanto y un hastío en aquellos que con buena voluntad luchan por algo mejor con lo que se sienten tentados a pasar de todo eso y aislarse de ese mundo de falsedad e hipocresía.

Pero cuidado esa vanidad, esa falta de coherencia, esa vaciedad y superficialidad la estemos viviendo en este mundo concreto de nuestras comunidades cristianas. Cuidado no estemos cayendo nosotros también en esas incoherencias en nuestra manera de actuar y de vivir nuestra fe, desde quienes vivimos una religiosidad demasiado superficial porque quizá  no profundizamos lo suficiente en el sentido y valor de nuestra fe, o desde quienes todo nuestro ser cristiano se nos haya quedado en unos ritos que en determinados momentos realizamos con lo que parece que ya contentamos nuestra conciencia pero que luego en el resto de la vida nos olvidamos de los valores cristianos, de los valores del Reino de Dios, viviendo nuestra vida a nuestro aire, muchas veces muy alejada del sentido de la fe.

Muchas veces tenemos la tentación de quedarnos en la expresión religiosa de nuestra vida de fe en unos ritos llenos de pompa y de esplendor, de gran solemnidad decimos muchas veces, pero que se nos pueden quedar en una ostentación excesivamente artística como un espectáculo donde sacamos a relucir todos nuestros oropeles llenos de boato y de fastuosos brillos que nos hacen sentirnos como en la gloria en esos momentos, pero que cuando pasa todo lo olvidamos y no damos los frutos de amor y de justicia que serían nuestra verdadera riqueza. Vanidades en las que podemos caer los cristianos, en los que puede caer incluso la iglesia en la realización del culto cristiano.

viernes, 11 de septiembre de 2020

Limpiemos las lentes de los filtros con que miramos la vida y a los demás y encontraremos caminos de cercanía y encuentro que nos hacen a todos más felices

 


Limpiemos las lentes de los filtros con que miramos la vida y a los demás y encontraremos caminos de cercanía y encuentro que nos hacen a todos más felices

1Corintios 9, 16-19. 22b-27; Sal 8; Lucas 6, 39-42

Demasiado empañados llevamos los cristales de las lentes con que miramos la vida. Los que tenemos que utilizar gafas para corregir nuestra visión tenemos la experiencia de que hay ocasiones en que nos parece que lo vemos todo turbio y hasta llegamos a pensar si acaso tenemos algún problema en nuestros ojos que van mermando la visión, pero finalmente nos damos cuenta que los cristales de nuestras lentes se han llenado de polvo, de grasas y de mil otras manchas que nos hacen ver con dificultad; no los hemos limpiado. Como aquella mujer que criticaba a su vecina porque mirando desde la ventana de su casa le parecía que lavaba mal la ropa y estaba llena de manchas hasta que un día el marido le dijo que limpiara los cristales de su ventana.

No son ya los cristales de nuestras lentes o de nuestra ventana sino que es la mirada turbia con que nosotros miramos a los demás. Los filtros de nuestras malicias, de nuestros propios defectos o debilidades, de los malos deseos que llevamos en el corazón, de nuestros orgullos o prepotencias, de nuestros resentimientos o nuestras envidias nos hacen mirar mal a los demás. Todo lo estamos viendo con segundas intenciones, con malquerencias enquistadas, con resentimientos no curados, con desconfianzas que impiden todo camino de cercanía y encuentro.

Son tantas las experiencias y situaciones de este tipo que podemos descubrir en los que nos rodean, o acaso aniden en nuestro interior, aunque tratemos de ocultarlos con mil disimulos. Es en lo que hoy el evangelio nos quiere hacer recapacitar cuando Jesús nos dice que quitemos las vigas que tenemos en nuestros ojos, antes de querer corregir las pequeñas motas que pudiera haber en los ojos de los demás. Nos sucede con demasiada frecuencia y no tenemos la humildad de reconocerlo.

Son nuestros orgullos personales donde nunca queremos reconocer que hay debilidades y defectos en nuestra vida o en nuestra manera de ver y hacer las cosas. Pero son también los orgullos comunitarios, podemos decir, cuando los pueblos nos creemos superiores a los demás y de ahí surgen tantas rencillas y desconfianzas entre pueblos vecinos.

Pero surgen actitudes así en nuestras comunidades; siempre hay algunos que se creen superiores a los demás, siempre hay algunos que se creen maestros de todo y de todos, siempre algunos que se convierten en manipuladores de los que parecen más débiles para así quizá considerar que consiguen más cuotas de poder, y no son capaces de abajarse de sus caballos de orgullo para reconocer que no todo lo saben, que no todo pueden hacerlo por si mismos, que siempre hay que saber contar con los demás.

Y esto lo palpamos también en nuestros grupos cristianos en nuestras comunidades y parroquias generándose en ocasiones verdaderas guerras entre unos grupos y otros. No nos damos cuenta de que somos seguidores de Jesús, de aquel que nos dijo que teníamos que saber hacernos los últimos y los servidores de todos para encontrar la verdadera grandeza y el verdadero sentido de nuestra vida. Cuántas cosas nos pueden salir en nuestra reflexión si nos dejamos conducir por el Espíritu del Señor que anida en nuestros corazones.

Qué distintos son los caminos que nos propone el Señor; qué estilo de vida más sano es el que nos propone para que en verdad seamos capaces de caminar como hermanos en ese camino de la vida que nos toca recorrer y así seamos también más felices haciendo un mundo mejor.

jueves, 10 de septiembre de 2020

Todos deseamos la paz y la armonía, pues seamos capaces de emprender ese camino que nos señala Jesús aunque nos parezca una paradoja

 


Todos deseamos la paz y la armonía, pues seamos capaces de emprender ese camino que nos señala Jesús aunque nos parezca una paradoja

1Corintios 8, 1b-7. 11-13; Sal 138; Lucas 6, 27-38

Todos deseamos la paz y la armonía de la vida. Es una aspiración profunda de todos, una aspiración de la humanidad, reconocemos, no siempre conseguida. Cuando nos ponemos a hablar y razonar con serenidad todos andamos por esos deseos y añoramos que pudiéramos vivir así. Lo intentamos con buena voluntad al menos con aquellos que están más cerca de nosotros, familiares y amigos pero al mismo tiempo nos damos cuenta que vivimos en un mundo donde hay mucha acritud.

Desgraciadamente los dirigentes de nuestra sociedad no nos dan mucho ejemplo cuando solo actúan con visiones muy miopes y muy partidistas de manera que solo es bueno y solo son buenos los que son de su onda. Aquellos lugares donde la palabra y el diálogo tendrían que resplandecer muchas veces son una muestra pública, un escaparate donde solo vemos acritud en las palabras, en los gestos, en las actitudes, y solo sabemos echarnos en cara los unos a los otros si hiciste una cosa o si hiciste otra.

Y esa acritud se trasmite y se contagia de manera que en la vida de cada día estamos muy abocados a actitudes y posturas violentas. Ya no sabemos hacer ningún reclamo ni reivindicación a lo que tendríamos derecho si no lo hacemos con esa acritud y con esa violencia. Es una pena que vayamos construyendo una sociedad así, porque eso es además lo que estamos enseñando con nuestras actitudes y posturas a las generaciones más jóvenes que vienen detrás y en lugar de ayudarles a que encuentren serenidad en su vida, más bien provocamos esas actitudes violentas. ¿A dónde vamos a parar con una sociedad fundamentada en estas posturas y actitudes?

Todo esto tendría que hacernos pensar. Todo esto tendría que hacer que nosotros los cristianos supiéramos sacar a flote esos valores más profundos que nos enseña el evangelio y que tenemos que reflejar en nuestra vida aunque vayamos a contracorriente del mundo que nos rodea. Es la paradoja que nos ofrece hoy el evangelio. Y digo paradoja porque en verdad una primera lectura de lo que nos dice Jesús nos hace pensar que eso es imposible de realizar, que eso está en contra de lo que todos hacen.

¿Quién perdona a los que le ofenden o hacen daño? Lo normal es que guardemos rencor. ¿Quién es capaz de desprenderse de todo por los demás? Bueno, estaríamos dispuestos a dar hasta cierto punto, pero no a quedarme sin nada. ¿Quién es capaz de poner la otra mejilla? Es que se reirían de mí, pensamos, y pensarán que soy un cobarde. Y así podríamos seguir pensando en todo lo que nos dice hoy Jesús. Pero es el plan que El nos propone, son los parámetros en los que hemos de vivir los que queremos el Reino de Dios. Es la forma que tenemos para construir ese mundo mejor que todos deseamos. Es la forma positiva en que tenemos que enfrentar la vida.

Y Jesús nos dice que seamos misericordiosos. Y misericordia significa no juzgar ni condenar; y misericordia significa ser capaces de ser comprensivos con las debilidades de los demás hasta a llegar a perdonar; y misericordia significa ser capaz de no solo dar sino darme por los demás, porque siento como propio el dolor y el sufrimiento por el que puedan estar pasando los otros en sus necesidades o en sus problemas, y si lo siento como propio, como propio lo asumo y pongo todo de mí para darle solución. Como termina diciéndonos Jesús ‘os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros’.

Qué distinta sería la vida, nuestras relaciones, la armonía que pondríamos en todo lo que hiciéramos; qué lejos estarían las violencias y las acritudes; qué paz resplandecería sobre nuestro mundo. Es nuestra tarea, es lo que asumimos cuando decimos que somos cristianos seguidores de Jesús. Emprendamos el camino aunque nos cueste.

 

miércoles, 9 de septiembre de 2020

Aunque seamos pobres sabemos compartir el perejil de las cosas pequeñas dándole un sabor nuevo a la vida desde la esperanza y la solidaridad

 


Aunque seamos pobres sabemos compartir el perejil de las cosas pequeñas dándole un sabor nuevo a la vida desde la esperanza y la solidaridad

1Corintios 7, 25-31; Sal 44; Lucas 6, 20-26

Las circunstancias que estamos viviendo en estos momentos hace que se intensifiquen los problemas y aflore a la superficie el sufrimiento que viven tantos alrededor nuestro, y que quizá nosotros llevamos también en nuestro interior, en nuestra propia vida. Momentos de llanto, podríamos decir, para muchos cuando nos sentimos agobiados en las necesidades que van apareciendo y que pueden hacernos la vida difícil; momentos de llanto cuando parece que se ha perdido la esperanza, o al menos los horizontes parecen estar preñados de nubarrones negros que nos impiden ver la luz del sol; momentos de llanto de tantos que quizá ven pasar a su lado hermanos insensibles que no son capaces de ver ni de escuchar esas lagrimas y esos llantos lo que hace más dura la soledad.

No es que estos momentos sean únicos, porque siempre la humanidad ha estado marcada por el sufrimiento, por la pobreza, por el llanto de los que nada tienen o se ven solos, por las angustias de las soledades de los que se ven discriminados por la sociedad. Pero son momentos los actuales que vivimos para hacernos pensar, para tratar de encontrar esa sensibilidad que nos haga mirar con otros ojos en torno nuestro, para tratar de despertar alguna esperanza, para poner nuestra mano que ayude a levantarse a los caídos o a secar las lágrimas de los que lloran.

Y en este cuadro escuchamos hoy las palabras de Jesús, las bienaventuranzas. Unas palabras que algunas veces nos cuesta entender, porque podrían parecer sin sentido, pero son unas palabras que tratan de infundir esperanza, porque un día esos nubarrones negros se correrán y dejarán pasar la luz del sol. Parece una paradoja lo que nos dice Jesús. Pero llama dichosos a los pobres, y a los que lloran, y a los que sufren, y a los que son discriminados por cualquier causa por la sociedad. Y dice Jesús que encontrarán consuelo, que sus lágrimas se secarán y se transformarán en alegría, y que de ellos es el Reino de los cielos.

Es la transformación de la vida que se realiza cuando en verdad queremos y buscamos el Reino de Dios. ‘Buscad el Reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura’, nos dirá en otro momento del evangelio. Y es que cuando queremos vivir el Reino de Dios las actitudes y la vida de los hombres se transforma. No es que en nombre de ese Reino de Dios tengamos que aguantarnos en esa pobreza o en ese sufrimiento, sino que todo va a comenzar a ser nuevo porque los hombres cambiaremos y surgirá un mundo nuevo de solidaridad que llenará de una nueva alegría los corazones de los hombres.

Aprenderemos a descubrir valores nuevos incluso en nuestra pobreza y sufrimiento, porque la austeridad de nuestra vida nos hará buscar lo que verdaderamente es importante; ya sabemos cuanta generosidad hay en los que son pobres y cuantos gestos de solidaridad se tienen los unos con los otros. No veremos nunca a un rico poseído de si mismo ser capaz de compartir el perejil con el que está a su lado, pero entre los pobres hasta lo más pequeño que podamos tener nunca lo consideran como suyo propio sino que siempre están dispuestos a ponerlo a disposición de los demás; como los vecinos que comparten el perejil, por poner una imagen.

No es una paradoja de algo que no se puede realizar. Es la paradoja de lo nuevo que puede comenzar a vivirse cuando en verdad optamos por el evangelio del Reino que Jesús nos anuncia. Por eso podemos ser dichosos y felices, porque en nuestros corazones a pesar de las negruras siempre habrá esperanza, porque nuestra confianza de verdad la hemos puesto en el Señor.

martes, 8 de septiembre de 2020

Felicidades Madre, María, que hoy es tu onomástica y tu cumpleaños, nos llenamos contigo de gozo en el corazón porque eres la aurora de la salvación que es Jesús


Felicidades Madre, María, que hoy es tu onomástica y tu cumpleaños, nos llenamos contigo de gozo en el corazón porque eres la aurora de la salvación que es Jesús

Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1, 18-23

Todos celebramos el cumpleaños. Recordamos el día de nuestro nacimiento, de nuestra venida a la vida y normalmente lo hacemos con gratitud, decimos, a la vida misma como ese don maravilloso que se nos ha regalado y del que recordamos tantas experiencias maravillosas que nos ha dado la vida misma.

Ya desde niños estamos ansiosos porque llegue el día de nuestro cumpleaños, es un año más decimos, con lo que nos vamos haciendo mayores como todos deseamos; como niños anhelamos la fiesta que significa ese día en que nuestros padres aún en su pobreza siempre sabían tener un detalle especial para ese día; los mayores recordamos aquellos años de nuestra niñez y nuestras ilusiones, en las que nos contentábamos con el más pequeño detalle que nos parecía el regalo más grande del mundo conscientes de la situación que quizá entonces vivíamos.

Hoy nuestras fiestas de cumpleaños se han ido ampliando en todo el espectro de la familia y celebramos de manera especial el día del padre y como no el día de la madre, pero no en ese aspecto tan consumista y comercial cuando nos lo centran todo en un día, sino en ese día que es el cumpleaños concreto de nuestro padre y sobre todo de nuestra madre. Ahí nos desbordamos los hijos, que quizá hoy contemos con otros medios, pero sobre todo queremos poner amor expresado en mil detalles, que quizá en el día a día olvidamos tener con nuestra madre, o tener con nuestro padre.

¿A qué viene toda esta introducción? Es que hoy celebramos el cumpleaños de María, la madre del Señor y nuestra madre. Hoy es la fiesta de la Natividad de Maria. Si hace nueve meses, el ocho de diciembre, celebramos su Inmaculada Concepción, hoy estamos celebrando su nacimiento. Hoy nace la aurora de la salvación, como proclama la liturgia. La aurora con sus primeros resplandores en el horizonte ya nos está anunciando el esplendor del sol que pronto surgirá iluminando el mundo. Hoy es la aurora, porque el nacimiento de María en el designio de Dios da pie para que comience a realizarse la salvación del mundo; ella va a ser la mujer con la que Dios quiere contar para encarnarse en su seno y hacerse hombre por nuestra salvación.

Es un día de alegría, como siempre es día de alegría el nacimiento de un niño, como siempre recordaremos ese momento del nacimiento lleno de alegría, y hoy es día en especial de alegría porque nace la que va a ser la madre de Dios, aquella por la que vendrá el Salvador al mundo, y por eso a ella la llamamos también mediadora de la salvación.

Este día 8 de septiembre está salpicado por toda la geografía con fiestas a la Virgen María en diversas advocaciones; advocaciones todas ellas llenas de sentido y que han nacido del calor del amor de los hijos por la madre que buscarán siempre las mejores palabras para los más hermosos piropos, que buscarán los mejores nombres que vengan a dar significado al misterio de María en la obra de nuestra redención. Algunos nombres nacen quizá del lugar donde está ubicada su imagen cuando no la imagen de María ha sido también la que ha dado nombre a aquel lugar; pero nombres que expresan lo que María nos trae, lo que María como madre nos alcanza del Señor para la obra de nuestra redención.

En mi tierra y en concreto en mi isla es muy socorrido el nombre de Virgen del Socorro, de Virgen de la Luz, de Virgen de los Remedios, por señalar algunos con que se celebran fiestas en honor de María en el día de su Natividad. ¿Cómo no sentir que Maria es nuestro Socorro y nuestra ayuda si a ella con tanta confianza acudimos para que nos alcance la gracia del Señor? ¿Cómo no invocarla como madre de la Luz cuando ella nos viene a traer al que es la luz del mundo? ¿Cómo no llamarla igualmente Madre de los Remedios porque ella está como consuelo a nuestro lado en nuestros sufrimientos y problemas abriéndonos caminos en los que encontremos respuesta a nuestras necesidades o a los interrogantes profundos que surgen en nuestra vida? Y María es todo eso y mucho más para nosotros porque siempre hace referencia a Jesús, siempre nos trae a Jesús y siempre nos conduce a que escuchemos a Jesús y hagamos lo que El nos diga.

Nos felicitamos con María y felicitamos a María en su cumpleaños. Como buenos hijos nos llenamos de alegría y le ofrecemos todo nuestro amor queriendo llevarla siempre en lo más hondo del corazón. Igual que no falta la foto de la madre que llevamos siempre con nosotros impresa en lo más hondo de nosotros mismos, que tampoco nos falte esa imagen de María en esa estampa de nuestra devoción para que así sintamos siempre cómo ella va con nosotros, está a nuestro lado como remedio, como socorro o como luz de nuestra vida porque siempre nos conducirá hasta Jesús. 

lunes, 7 de septiembre de 2020

Aprendamos a valorar el bien y eliminemos prejuicios que llenan de malicia el corazón y vayamos siempre ojos luminosos para descubrir todo lo que sea un rayo de luz

 


Aprendamos a valorar el bien y eliminemos prejuicios que llenan de malicia el corazón y vayamos siempre ojos luminosos para descubrir todo lo que sea un rayo de luz

1Corintios 5, 1-8; Sal 5; Lucas 6, 6-11

La malicia que en muchas ocasiones se nos mete en el corazón transforma de tal manera nuestros sentimientos, nuestros valores y nuestra manera de ver las cosas que nos puede llegar a hacer decir que es malo aquello que sabemos muy bien que es totalmente bueno.  Son tales los filtros que ponemos en nuestros ojos que hasta lo más luminoso lo enturbiamos.

Quizá la desconfianza que mutuamente nos tenemos hacen que surjan los recelos para ver intenciones ocultas en aquello que hacen los demás; la rivalidad que nos creamos entre unos y otros quizá por nuestra diferente manera de pensar, nuestros diferentes planteamientos nos impide la cordura suficiente para reconocer lo bueno que hacen también aquellos que piensan distinto a nosotros; los resentimientos que mantenemos en nuestro corazón por viejas cosas que un día sucedieron y que crearon barreras entre nosotros nos hará que nunca podamos ver un puente que nos lleve a un nuevo encuentro y siempre estaremos con esos viejos rencores en nuestro corazón que a la larga nos destruyen por dentro.

No es que todos seamos malos y mantengamos esas malicias que así nos destruyen, pero todos nos podemos sentir tentados a actuar de esa manera en algún momento, y por supuesto tenemos que reconocer que hay muchas personas de limpio corazón que actúan siempre sin ningún tipo de maldad. Pero es bueno constatar esas realidades que nos sirvan para precavernos y si en algún momento nos llegan tentaciones semejantes seamos capaces de superarlas.

Hoy nos habla el evangelio de hechos semejantes. Jesús va a la sinagoga, era sábado y allá estaban escribas y fariseos al acecho para ver qué hacía Jesús. Había un hombre enfermo, con una mano paralizada. ¿Lo curaría Jesús siendo sábado en que estaba prohibido todo tipo de trabajo? Y es Jesús el que le pide que se ponga en medio. Y es cuando interpela a aquellos que le estaban acechando. ‘Os voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?’

¿Es que podemos dejar de hacer cosas buenas simplemente porque haya unas normas, puestas quizá con buena intención, pero que con nuestras interpretaciones manipulamos? Es lo que estaba sucediendo con el descanso sabático. El sábado era para el Señor y todo el día tenía que estar dedicado a Dios y a su culto y alabanza. Pero hemos de reconocer que encerraba también otra cosa buena con la obligación del descanso; no se podía convertir el trabajo en una esclavitud, y si no hubiera normas que impusiesen el descanso también podría haber gente que se aprovechara de los pobres para obligarles a trabajar y suprimirles el descanso. Pero llegar a convertir esa norma en algo que nos impidiera incluso hacer el bien no tendría sentido ninguno.

Muchas lecciones podemos, pues, deducir de este texto evangélico donde seamos capaces de ver la valoración de la persona que en todo momento hemos de saber hacer. Nada ni nadie puede esclavizar a la persona, pero en nuestras manipulaciones humanas los que se creen poderosos también con el trabajo pueden manipular y esclavizar a los que nada tienen. Y esto es algo que hoy podemos seguirnos encontrando en nuestras sociedades que decimos tan avanzadas y en que tanto se ha progresado, por ejemplo, en el derecho y respeto de los trabajadores.

Pero está la otra lección desde los aspectos con que comenzamos nuestra reflexión y que vemos reflejados en la actitud de aquellos escribas y fariseos que estaban con la malicia en el corazón al acecho de lo que pudiera hacer Jesús. Purifiquemos nuestro corazón de todo tipo de malicia; tengamos siempre ojos luminosos para descubrir todo lo que sea luz, todo lo que sea bueno de cualquier parte que venga; aprendamos a valorar el bien y eliminemos toda clase de prejuicios que llenan de malicia el corazón.

domingo, 6 de septiembre de 2020

Algo nuevo quiere realizar Jesús porque quiere crear una nueva comunidad donde tanto es nuestro amor que nos sentiremos siempre hermanos y podremos llamar a Dios Padre

 


Algo nuevo quiere realizar Jesús porque quiere crear una nueva comunidad donde tanto es nuestro amor que nos sentiremos siempre hermanos y podremos llamar a Dios Padre

Ezequiel 33, 7-9; Sal 94; Romanos 13, 8-10; Mateo 18, 15-20

‘Yo no me meto en la vida de nadie, allá él’, ‘cada uno que se las arregle como pueda, yo tengo bastante con lo mío’… Cosas así escuchamos todos los días, cosas así pensamos nosotros algunas veces. Porque esa tentación a la insolidaridad está muy presente en la vida. Es una manera de entender la vida, o mejor dicho, es una manera de no haber entendido el sentido de la vida.

Creemos que podemos ser felices por nosotros mismos, nosotros solo sin contar con nadie, pero aunque tengamos momentos en que lleguemos a decir que lo pasamos muy bien sin tener que contar con los demás, al final nos damos cuenta que la felicidad no es completa. Querer vivir la vida en soledad, porque nos encerramos en nosotros y no queremos contar con nadie es no haber terminado de entender el sentido de la vida.

Son razones de la más honda humanidad las que nos tendría que hacer encontrar el verdadero sentido de la vida. Y en esto los seguidores de Jesús tendríamos que ser especialistas. Sí, digo bien, especialistas, porque Jesús nos ha dejado el amor a los demás como nuestro distintivo. Y si amamos a los demás, al menos tal como nos amamos a nosotros mismos aunque el amor cristiano tiene una sublimidad mayor porque la imagen del amor la tenemos en el amor que Cristo nos tiene, si amamos a los demás, repito, no podemos aislarnos ni desentendernos de los demás. Es lo que nos quiere decir hoy Jesús.

Nuestro vivir tiene que estar fundamentado en esa comunión de amor; y cuando hay esa comunión de amor todo cuanto afecte al otro me afecta a mí y lo siento como algo mío también. Por eso hoy nos habla Jesús de ayudarnos mutuamente en ese camino de superación que toda persona ha de recorrer; y ayudarnos es estar al lado del hermano en sus luchas y batallas de crecimiento y superación, ayudarnos es hacernos ver las cosas con una visión distinta, porque eso somos capaces de corregirnos mutuamente señalándonos aquello que vemos que tendría que cambiar o que superar; y ayudarnos es ser comprensivos con los demás en sus debilidades tanto que estamos dispuestos siempre a perdonar, porque perdonar es estimular al otro a que se corrija o que haya las cosas bien.

Cuántas oportunidades tenemos cuando hay verdadero amor pero cuando lo hacemos con la humildad de quien se siente débil también y reconoce que tropieza mil veces también en la misma piedra. No es fácil, porque todos tenemos nuestro amor propio y nuestros orgullos; por eso costará aceptar lo que el otro me diga, pero me costará también el acercarme de manera humilde y llena de amor al otro, no para imponer, sino para ayudar;  con qué facilidad afloran nuestras violencias y malos modos en gestos y palabras, en la manera de hacer las cosas para los demás.

Algo nuevo quiere realizar Jesús en nosotros, unos nuevos lazos de comunión que nos hagan vivir en el amor verdadero. Por eso ya nos va previniendo en los distintos momentos del evangelio de que nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestras relaciones con los demás tienen que ser distintas. Una sinceridad y una autenticidad en la vida, una apertura del corazón a los demás donde nadie puede quedar excluido, por eso nos dirá que tenemos que amar incluso a los enemigos y rezar por los que nos odian o hayan hecho mal. Tendremos que aprender a hacernos los últimos y los servidores de todos, de manera que no caben las imposiciones ni las exigencias a los demás creyéndonos ni mejores ni superiores a los otros. Ahí estará nuestra grandeza.

Será grande la preocupación que siente Jesús por los que le siguen para que vivan en la unidad y nada nos distancie ni nos separe, porque sería un contra testimonio contra el amor y la comunión que tenemos que vivir. Por eso nos enseñará a permanecer unidos no simplemente como un recurso psicológico de aquello de que la unión hace la fuerza, sino que la grandeza de nuestra vida estará en esa comunión que vivamos con los demás.

Y nos enseñará que nuestra relación con Dios, que tiene que ser muy personal y auténtica, al mismo tiempo ha de tener también ese sentido de comunión, de modo que cuando nos reunamos y pidamos algo al Padre en su nombre el Padre nos lo concederá. No tendrá nunca sentido que nos atrevemos a llamar a Dios Padre, como  nos enseña en su modelo de oración, si no vivimos en comunión con los demás.

Sí, algo nuevo quiere realizar Jesús en nosotros porque quiere crear una nueva comunidad donde tanto es nuestro amor que nos sentiremos siempre hermanos, donde podremos llamar a Dios Padre porque miramos siempre a los demás como hermanos.

Claro que las preguntas comienzan a rondar en nuestro interior. ¿Será así cómo nosotros amamos? ¿Qué señales de comunión estoy dando cada día porque siento cuanto sucede a los demás como algo mío también? ¿Será esa la imagen de Iglesia que nosotros ofrecemos al mundo?


sábado, 5 de septiembre de 2020

Una mejor relación de amor con Dios es camino también para unas relaciones más humanas entre los diversos estamentos de la sociedad



Una mejor relación de amor con Dios es camino también para unas relaciones más humanas entre los diversos estamentos de la sociedad

1Corintios 4, 6b-15; Sal 144; Lucas 6, 1-5

Ha habido épocas, y quizás no tan lejanas en el tiempo, en que las relaciones entre unos y otros, incluso hasta en el ámbito de la familia, estaban excesivamente basadas en el temor. Se hablaba de respeto, pero realmente se creaba una confusión muy grande en la mente y en los sentimientos de las personas que el respeto se confundía con el temor.

No era raro que los hijos más que respetaran, desde un respeto en el amor, lo que tenían era un cierto temor a los padres; pero eso sucedía en todo cuanto significara autoridad, que muchas veces se manifestaba y se imponía desde la fuerza; y no hablamos solamente desde regímenes dictatoriales, sino que si nos fijamos bien aún quedan resabios de esos estilos en muchos que ostentan la autoridad y que tratan de imponer por la fuerza sus ideas o su manera de concebir la sociedad; no siempre es una oferta sino que muchas veces se convierte en una imposición.

¿Hijos de otros tiempos? Algunas veces lo queremos justificar desde esos baremos. ¿Estilos de vivir y de conformar la sociedad donde aún no se habían desarrollado debidamente las libertades de las personas?  Pero aún con la libertad que decimos que hemos conquistado sin embargo sigue habiendo temores y miedos ante los que se manifiestan como poderosos. ¿Falta de un progreso cultural? Todo es posible, pero también se nos quieren imponer nuevas culturas que no son siempre un auténtico desarrollo de la persona y en lo que todos no están totalmente de acuerdo o con deseo de que sea así.

Esos estilos y esas maneras pesaban en todos los aspectos de la vida, de nuestras relaciones de los unos con los otros y ¿por qué no decirlo?, también en nuestra relación con Dios. Demasiado se nos inculcó quizá una religión desde el temor. Siempre ante el misterio de lo desconocido nos sentimos como con temor porque no sabemos qué hay detrás de ese velo que cubre ese misterio. Y ante la inmensidad y el poder de Dios de alguna casi como de forma espontánea surgía también el temor en nuestra relación con la divinidad. En cierto modo las cosas extraordinarias nos asustan y crean temores en el corazón. Desde una religiosidad natural se veía incluso en esos hechos extraordinarios de la naturaleza una como imagen de lo sobrenatural que podía crear esos temores en el corazón humano.

Sin embargo el Dios que se nos revela no es un Dios para el temor, sino para el amor. Una lectura atenta de todo lo que llamamos la historia de la salvación nos hace descubrir un camino de amor por el que Dios se preocupa por el hombre y para él quiere lo mejor manifestando así incluso su poder. Decimos con demasiada facilidad que el Dios del Antiguo Testamento es el Dios del temor porque, repito, no siempre hemos sabido hacer una buena lectura de toda esa historia de la salvación.

Pero tenemos que reconocer que el Dios del Antiguo Testamento es el Dios que se nos reveló en Jesús, rostro del amor y de la misericordia de Dios, al que nos enseña Jesús que llamemos Padre. Y lo que Jesús nos va proponiendo en el evangelio como los parámetros del Reino de Dios que anuncia y que viene a constituir es precisamente esa nueva forma de relación con Dios que no puede ser nunca desde el temor, sino siempre desde el amor.

Es lo que les cuesta entender a tantos judíos de la época de Jesús; es lo que les cuesta entender a los fariseos y a los maestros de la ley de su tiempo. Habían fundamentado su relación con Dios en el cumplimiento de unos mandamientos y de una serie de normas y preceptos que los acompañaban, que quien no cumpliera esas normas y preceptos se veía abocado al castigo divino. Por eso eran tan celosos de sus preceptos, por eso les costaba entender esa nueva forma de relación con Dios en la libertad y en el amor. Por eso vienen con sus quejas y sus condenas porque los discípulos de Jesús no cumplen los preceptos del ayuno. No entienden lo nuevo que Jesús les presenta, no entienden esa relación con Dios desde el amor, desde una ofrenda de amor, desde una obediencia en la fe y en el amor.

Pero no juzguemos a los judíos de aquella época sino mirémonos a nosotros mismos que después de veinte siglos de cristianismo aún seguimos tan pendientes del cumplimiento para evitar el castigo. Seguimos en una religión del temor en lugar de una religión del amor, una religión de cumplimientos para quedar todos tranquilos, pero no una ofrenda de amor y una relación de amor con el Dios al que Jesús nos ha enseñado a llamar Padre.

Mucho quizá tendríamos que revisar en nuestra vida, en nuestras actitudes, en nuestros cumplimientos, en lo que hemos enseñado y gastado quizá tanto esfuerzo. Pero ¿hay de verdad una apertura a Dios desde el fondo de nuestro corazón? ¿Hay en verdad un saborear el amor que Dios nos tiene para así aprender a dar esa respuesta de amor? ¿Hay de verdad una oración que sea encuentro de amor, o nos hemos quedado en una oración ritual donde repetimos unas palabras y con ello ya pensamos que hemos hablado a Dios? Cuánto nos cuesta salirnos de nuestras rutinas, cuánto nos cuesta vivir de verdad todos los valores del Reino de Dios.

Aquello que decíamos de esa sociedad de poderes y autoridades, de temores y de cumplimientos lo hemos trasladado demasiado al pie de la letra también a nuestro estilo de relación con Dios. Y quizá fundamentándonos demasiado en esa religión del temor hemos convertido nuestras relaciones personales en unas relaciones frías y poco humanas por tantas barreras de distanciamientos que nos hemos puesto entre unos y otros y siguen con sus autoritarismos de imposición quienes tienen la misión del servicio a la comunidad.