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sábado, 17 de enero de 2015

Las sorpresas del Señor que llama a los que quiere porque ha venido a sanar a los enfermos y perdonar a los pecadores

Las sorpresas del Señor que llama a los que quiere porque ha venido a sanar a los enfermos y perdonar a los pecadores

Hebreos 4,12-16; Sal 18.8.9.10.15; Marcos 2,13-17
‘No necesitan medico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar justos sino pecadores’. Fue la sentencia de Jesús tras todas aquellas suspicacias de los escribas y fariseos que murmuraban porque en la mesa con Jesús estaban sentados publicanos y pecadores.
Ya conocemos el hecho. ‘Al pasar Jesús vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de impuestos’. Jesús le invita a seguirle e inmediatamente Leví - así lo llama Marcos en su evangelio, mientras en los otros evangelios aparecerá como Mateo - lo deja todo para seguir a Jesús. Grande ha sido la alegría que Leví ha sentido en esta llamada de Jesús que hace una fiesta, celebra un banquete donde estará Jesús, pero también invita a los que han sido sus amigos y compañeros de profesión. De ahí las suspicacias de los escribas y fariseos.
Jesús que pasa e invita a Leví. El paso de Jesús que siempre es un paso salvador que nos invita a más. El paso de Jesús que es Pascua, porque es paso de Dios. El paso de Jesús que alguna vez nos dolerá por dentro porque hay que desprenderse, despojarse quizá de muchas cosas pero que terminará siempre en alegría y en fiesta. Nos dice mucho, porque a veces nos cuesta, porque en ocasiones pudiéramos tener miedo a ese paso porque nos va a doler algo por dentro. Pero hemos de tener confianza porque el paso de Jesús siempre es para la vida. 
El paso de Jesús que es sanador. El médico viene para los enfermos, Jesús viene para sanarnos, para hacer que tengamos vida de verdad. Por eso el paso de Jesús nos llena de vida y de esperanza. No nos hagamos oídos sordos a su llamada. El Señor viene a nuestro encuentro y con esperanza hemos de abrirle las puertas de nuestra vida.
Además, el Señor siempre nos sorprende. ¿Quién podía pensar que Jesús iba a llamar para que formara parte del grupo de sus discípulos y luego de sus apóstoles a uno que no estaba bien considerado en aquella sociedad en la que vivían? Ya sabemos cómo eran tratados de pecadores todos los recaudadores de impuestos y nadie quería mezclarse con ellos; ya hemos escuchado las reacciones y los comentarios de los escribas y fariseos. Pero Jesús lo llamó y se sentó a su mesa y lo sentó a su mesa porque ya desde entonces lo tuvo siempre consigo. Las sorpresas de Dios a las que hemos de estar abiertos.
Como nos decía la carta a los Hebreos ‘acerquémonos con seguridad al trono de su gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente’. Y podemos acercarnos así con seguridad ‘porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado’. El Señor es compasivo y fiel.


viernes, 16 de enero de 2015

Necesitamos esa palabra y esa mano de Jesús que nos levante y nos llene de paz

Necesitamos esa palabra y esa mano de Jesús que nos levante y nos llene de paz


¡Cómo nos gustaría escuchar que también nos dice Jesús: ‘Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’! Necesitamos siempre esa mano que nos tiende Jesús para levantarnos, esa palabra que nos dice ‘¡levántate!’.
Seamos sinceros primero que nada con nosotros mismos. No podemos contemplar este episodio del evangelio - de todas maneras ningún episodio del evangelio - como si fuéramos menos espectadores. Por así decirlo, tenemos que meternos en la escena. El centro será siempre Jesús, pero ¿por qué no nos vemos en este caso reflejados, representados en aquel paralítico que hacen llegar hasta Jesús?
Serán nuestros dolores y enfermedades corporales con las que también nos presentamos ante Jesús, pero hay otras parálisis en nuestra vida, otras cosas que nos tienen postrados muchas veces. En este caso hemos escuchado que lo primero que Jesús hace cuando ponen ante Él a aquel paralítico es perdonarle los pecados, a pesar del revuelo que se armó enseguida por parte de aquellos escribas y fariseos que allí estaban sentados como espectadores viendo cuánto sucedía para tener siempre una palabra, un juicio, una condena.
Sí, hasta Jesús nos acercarnos con la parálisis y muerte de nuestros pecados, de nuestra condición pecadora, porque El es el único que nos puede perdonar, nos puede hacer llegar su salvación. Pero quizá también hay otros sufrimientos en nuestra vida, agobios y problemas que nos quitan la paz, tibiezas y frialdades que nos llenan de dudas y de desconfianzas, rutinas que nos envician y con las que tenemos el peligro de caer por la resbaladiza pendiente que nos puede llevar finalmente a un enfriamiento de nuestra fe o incluso al pecado.
Necesitamos, sí, esa palabra de Jesús que nos levante; sentir como se adelanta hasta nosotros su mano para levantarnos, para despertarnos de nuestros ensueños y rutinas, para ponernos en un camino de paz en el corazón, para sentir el gozo de su presencia y la certeza de que su gracia no nos abandona nunca.
Vayamos hasta Jesús; dejémonos conducir hasta Jesús. Dejemos que Jesús actúe en nosotros, actúe en nuestra vida para escuchar su palabra salvadora, para sentir el gozo de su salvación. Y finalmente no nos olvidemos de una cosa, seamos capaces de darle gloria al Señor reconociendo cuánto realiza en nosotros, cuánta gracia derrama sobre nuestra vida.
Como decíamos en el salmo ‘no olvidéis las acciones del Señor’. Demos gloria al Señor que nos levanta y nos pone en camino de gracia y de paz.

jueves, 15 de enero de 2015

Conservemos íntegro el temple primitivo de nuestra fe para no caer en la rebelión ni la desesperanza

Conservemos íntegro el temple primitivo de nuestra fe para no caer en la rebelión ni la desesperanza


‘Somos partícipes de Cristo, si conservamos firme hasta el final el temple primitivo de nuestra fe’. Así terminaba el texto de la carta a los Hebreos que hoy se nos ha proclamado. Llega a esta conclusión después de invitarnos a escuchar la voz del Señor en el hoy de nuestra vida, por muy difícil que sea la situación que vivamos, para que no endurezcamos nuestro corazón de manera que nos llevara a la rebelión o a la increencia.
Hace referencia a aquel episodio que vivieron los israelitas mientras peregrinaban por el desierto camino de la tierra prometida. El camino era duro; era un desierto y no se podía pensar en comodidades, sino más bien en dificultades, sacrificios, carencias de todo tipo, cansancio y hasta pérdida de la esperanza. No tenían agua, no tenían comida, todo era dificultades; hubo momentos de rebelión. Como nos sucede en los caminos de la vida cuando arrecian las dificultades. Por eso nos insistía el texto sagrado en mantener firme ‘el templo primitivo de nuestra fe’.
Una fe que nos haga acudir con confianza al Señor con la seguridad que en su amor y en su misericordia nos escucha. Es la situación del leproso del que nos habla el evangelio. No era fácil la vida de un leproso que no solo tenía que sufrir el dolor de la enfermedad sino también el de la soledad, el abandono y la marginación. Ya sabemos cómo tenían que vivir aislados de la comunidad, lejos de la familia, sin poder acercase a nadie, en perpetua marginación. ¿Rebeldía en el corazón? Lo veríamos muy normal y muy humano, porque en situaciones así uno se siente sin fuerzas. Pero aquel hombre había oído hablar de Jesús y a Jesús acudió con toda confianza, saltándose incluso las normas y leyes que le impedían acercarse a las personas sanas. Pero el buscaba a quien pudiera sanarle, a quien pudiera restituirle la salud.
‘Se acercó a Jesús un leproso, suplicándoles postrado ante El: Si quieres, puedes limpiarme’. Y allí está el amor de Jesús. ‘Sintiendo lástima extendió la mano y lo tocó diciendo: Quiero, queda limpio’.
Suplicamos también nosotros a Jesús postrándonos ante El con fe. ‘Si quieres, Señor…’ Que se extienda también la mano de Jesús sobre nuestra vida. Que llegue en verdad su vida y su salvación a nosotros. Que no decaiga nuestra fe. Que se mantenga firme, como nos pedía la carta a los Hebreos. Porque muchas turbulencias puede haber en nuestra vida que nos hagan dudar, tener miedo, acobardarnos, endurecérsenos el corazón.
Que sintamos que ‘hoy’ también llega la mano del Señor sobre nuestra vida con su salvación, respondiendo a nuestra suplica llena de fe y de esperanza. Con humildad nos postramos también ante Jesús reconociendo nuestra lepra, nuestro mal, nuestro pecado. En El tenemos seguro la salvación. Que nos vaya dando señales.

miércoles, 14 de enero de 2015

El que pasa por la prueba del dolor aprende, como Jesús, a ser compasivo con los que sufren a su lado

El que pasa por la prueba del dolor aprende, como Jesús, a ser compasivo con los que sufren a su lado


Según el talante de cada uno el pasar por pruebas y dificultades en momentos difíciles y problemáticos puede significarle un punto muy importante para su madurez humana y espiritual.
En la prueba y en la dificultad, si aprendemos bien a enfrentarnos a ello, nos fortalecemos y maduramos, porque incluso veremos de lo que somos capaces por una parte sacando fuerza de nosotros mismos, de nuestro interior, pero también cuando vivimos guiados por nuestra fe sabiendo descubrir la fuerza que de lo alto nos viene con la gracia del Señor que sabemos que nunca nos abandona si con fe y confianza acudimos a El.
Por eso, decíamos, maduramos humana y espiritualmente. Hemos de saber aprovechar con sentido esos momentos, que al final pueden ser momentos de gracia para nosotros.
En esa madurez interior que vamos alcanzando, al pasar nosotros por esos momentos amargos y difíciles, aprendemos también a mirar con una mirada distinta a los que sufren a nuestro lado. Quizá cuando todo nos va bien podemos creemos que a todos los sucede lo mismo y tenemos el peligro de insensibilizarnos o cerrar los ojos para no ver el sufrimiento que pudiera haber a nuestro lado, muy cerquita de nosotros quizá. Después de la prueba y de nuestro paso por el sufrimiento quizá nos hacemos más comprensivos y, como decíamos, tenemos una mirada nueva más llena de comprensión y de compasión para el que sufre a nuestro lado; sabemos lo que son las soledades y seremos entonces capaces de llenar con nuestra presencia, o al menos suavizar, la soledad de los que están a nuestro lado.
Es lo que hizo Jesús con nosotros. Tenemos aun muy cercanos los sones de la navidad, pero no es simplemente para que nos quedemos cantando villancicos sino para que consideremos el misterio grande de amor que ahí se nos manifiesta. Jesús que ha venido a hacerse como nosotros, hombre como nosotros, uno de los nuestros, compartiendo nuestra vida y compartiendo también nuestros sufrimientos.
‘Tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser compasivo, para ser el pontífice fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados del pueblo…’ Parecerse a nosotros para ser en verdad compasivo con nosotros; compasivo es el que padece con nosotros; es lo que ha hecho Jesús. Pero además es el Pontífice, el que nos sirve puente para acercarnos a Dios; y ¿cómo lo hace? Expiando nuestros pecados.
‘Como El ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella’, termina diciéndonos la carta de los Hebreos. No nos extrañe, pues, el que le veamos en el evangelio compasivo y misericordioso curando a todos de sus enfermedades y dolencias.
¿Consecuencias para nosotros? Primero sentimos esa cercanía de Dios que se nos manifiesta en Jesús; El está a nuestro lado en nuestros sufrimientos, en nuestras pruebas; El es nuestra fuerza y nuestra vida. Pero en segundo lugar, así tenemos que ser nosotros para los demás. Lo que maduramos en las pruebas que pasamos nos hará más compasivos y misericordiosos con los hermanos que sufren a nuestro lado. 

martes, 13 de enero de 2015

Para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de nuestra salvación

Para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de nuestra salvación


Cuando en la vida nos aparece el sufrimiento, ya sea por la enfermedad que daña nuestro cuerpo, por las limitaciones que nos vayan apareciendo en la vida a causa de nuestras debilidades o también por el paso de los años, ya sea por las injurias que podamos recibir de los demás o por los problemas que nos afectan y nos agobian, nos cuesta aceptarlo, nos rebelamos en ocasiones o surgen muchas preguntas en nuestro interior sobre el sentido de todo lo que nos está pasando, poniendo en peligro en ocasiones incluso hasta nuestra fe. A nadie la gusta el sufrimiento que muchas veces se puede convertir en una prueba muy dolorosa también en un sentido espiritual.
El creyente que sigue a Cristo en El busca y quiere encontrar respuestas. Le miramos a El, el justo y el inocente, que al asumir nuestra naturaleza humana haciéndose hombre como nosotros lo veremos también envuelto en dolores y sufrimientos. Contemplamos el acoso que sufrió de parte de quienes no le entendían ni le aceptaban, pero sobre todo le contemplamos en su pasión y en su cruz. Fue su Pascua que para nosotros fue vida y salvación. Fue su Pascua que fue su entrega de amor en la ofrenda que de sí mismo había hecho desde su entrada en el mundo, ‘aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’.
Es por ese camino donde tenemos que encontrar esa respuesta que buscamos,  ese sentido y ese valor que hemos de aprender a darle a nuestros sufrimientos. No es fácil; como decíamos antes, a nadie le gusta el sufrimiento. Pero nuestra vida encuentra sentido desde el amor.  Y primero que nada miramos el amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús; que se nos manifiesta en Jesús en su entrega suprema de amor que fue su pascua, que fue su pasión y su muerte que culminó en la resurrección.
De eso nos ha hablado hoy la carta a los Hebreos que estamos escuchando en la primera lectura de la liturgia. ‘Al que Dios había hecho poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y su muerte’. Fijémonos en lo que nos dice ‘coronado de gloria y honor por su pasión y su muerte’. No fue ignominia, sino camino de gloria y honor. ‘Dios, para quien y por quien existe todo, juzgó conveniente, para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de nuestra salvación’. Gracia redentora para todos los hombres fue el sufrimiento de Cristo en su Pascua. Ofrenda de amor para nuestra salvación.
¿Encontraremos ahí un sentido y un valor para nuestros sufrimientos? ¿Encontraremos en Cristo esa respuesta que necesitamos y que ilumine nuestra vida ensombrecida por el sufrimiento? Cuestión de amor, cuestión de ofrenda de nuestra vida para darle ese valor también redentor y de gracia. Es pascua, decimos, porque ahí y así pasa Dios por nuestra vida, aunque nos cueste verle o que en ocasiones sea duro. Cuando encontramos ese sentido se convierte también para nosotros en una purificación de nuestra vida, y a la larga de una consagración de nuestra vida. Será manifestación de la gloria y el honor del Señor en nuestra vida. Será cauce de salvación y de gracia también para los demás.
¿Aprenderemos a hacerlo? ¿Sabremos decirle sí al Señor? Sabemos que no nos faltará nunca su gracia que nos fortalece y su luz que nos ayuda ver el camino. Que todo sea siempre para la gloria de Dios. La pascua siempre termina en vida, en luz, en resurrección. Que podamos alcanzarla.

lunes, 12 de enero de 2015

Crean en la buena noticia, nos dice Jesús, porque nos llega la salvación

Crean en la buena noticia, nos dice Jesús, porque nos llega la salvación


‘Crean en la Buena Noticia’, les dice Jesús cuando comienza a recorrer los caminos de Galilea. Comienza anunciando una Buena Noticia que llega para todos: ‘llega el Reino de Dios’. Quienes se sentían oprimidos y casi sin esperanzas, quienes habían tratado de mantener una fe en el Señor que les había prometido la salvación, quienes ahora se veían en una situación bien dura y casi como que se sentían abandonados de todo, y les parecía que también de Dios, ahora les llega una buena noticia: ‘Se ha cumplido el plazo, ya llegó el tiempo, está cerca el Reino de Dios’.
Nosotros nos hemos acostumbrado a las palabras y de tanto repetirlas quizá sin profundizar lo suficiente en ellas parece que ya hasta han perdido su sentido. Decimos evangelio, decimos que tenemos que creer en el evangelio, pero el Evangelio es eso, una buena noticia que llega a nuestra vida, una buena noticia que nos anuncia la salvación que llega, una buena noticia que nos dice que podemos vivir ya el Reino de Dios. Pero, ¿nos sentiremos sorprendidos por esa buena noticia?
Jesús les anunciaba la Buena Noticia del Reino de Dios, pero les decía que era necesario preparar el corazón, convertir de verdad el corazón a Dios, darle de verdad la vuelta al corazón para que esté orientado hacia Dios. Si no es así no habrá buena noticia; si no es así, nunca será el Señor el único Dios de nuestra vida. Por eso es necesario dar la vuelta.
Como un signo de que habían quien creía en esa buena noticia y estaba dispuesto a darle de verdad la vuelta al corazón, el evangelista nos narra a continuación la vocación de los primeros discípulos; aún no los podemos llamar apóstoles, aunque sepamos que luego el Señor los escogerá de manera especial para que sean apóstoles - mensajeros - suyos ante todos los hombres.
Allá están por una parte Simón y su hermano Andrés tratando de echar la red en el lago, y por otro lado Santiago y Juan con su padre y los jornaleros repasando las redes y todas las artes de pesca. Y pasa Jesús y les dice ‘venid conmigo que os haré pescadores de hombres’, y ellos dejándolo todo se fueron con Jesús. Habían escuchado el primer anuncio que había hecho Jesús, la buena noticia que les anunciaba la llegada del Reino de Dios; ahora les invitaba a seguirle, a vivir ya en el estilo de ese Reino de Dios y ellos le dan la vuelta a su vida, lo dejan todo para seguir a Jesús, para vivir aquello que Jesús les anunciaba.
A nosotros también nos llega ese mismo anuncio y esa misma invitación de Jesús. ¿Creemos de verdad en esa buena noticia de salvación que Jesús nos hace? ¿abrimos con fe y esperanza nuestro corazón a su salvación? Esa salvación que se hará muy concreta en nuestra vida, en lo que vivimos, en lo que son nuestras aspiraciones y sueños, y en lo que son también nuestros sufrimientos y dolores. Para todos, en cualquiera que sea la situación en que nos encontremos, es ese anuncio de salvación. ‘Crean en la buena noticia’, nos dice Jesús de forma muy concreta.

domingo, 11 de enero de 2015

Al celebrar el Bautismo del Señor recordamos con gozo que nosotros sentimos también que Dios nos ama y nos llama hijos.

Al celebrar el Bautismo del Señor recordamos con gozo que nosotros sentimos también que Dios nos ama y nos llama hijos.


Celebramos hoy la fiesta del Bautismo del Señor con la que se culminan todas las fiestas de la Navidad y la Epifanía del Señor. Siempre nos preguntamos qué significado tiene este hecho en la vida de Cristo porque ni necesitaba el bautismo penitencial de Juan ya que en El no había pecado, ni tampoco el bautismo que nosotros recibimos que precisamente en su nombre a nosotros nos hace hijos de Dios.
Quiso Jesús, decimos, ponerse en la fila de los pecadores que se acercaban a Juan porque cargaba con nuestros pecados. Daría pie para que luego Juan lo pudiera señalar como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, precisamente tras toda la manifestación de la gloria de Dios que en el momento del bautismo se realizó.  Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu es el que viene a bautizar en el Espíritu se le había revelado a Juan. Luego el Bautista daría testimonio de ello.
El relato evangélico de Marcos que escuchamos en este ciclo es muy parco en palabras. Nos dirá que ‘apenas Salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia El como una paloma. Se oyó una voz del cielo: Tú eres mi hijo amado, mi predilecto’.
Recordemos la experiencia que cualquiera de nosotros haya tenido en algún momento en que se nos haya dicho que se nos ama, que se nos quiere. Recordemos la experiencia que habremos tenido con toda seguridad cuando hemos escuchado a nuestro padre que nos decía, ‘hijo, te quiero’. Serán palabras que llevaremos grabadas para siempre en lo más hondo de nuestro corazón y que nunca olvidaremos.
Es lo que oyó Jesús decir desde la voz del Padre del cielo: ‘¡Tú eres mi hijo amado!’ Será la palabra que Jesús llevará para siempre marcada en su vida sintiéndose amado del Padre y que será su fuerza y su vida para toda la misión que había de realizar. ¡Padre! decía Jesús en su oración. Se lo oiremos repetir en muchos momentos del evangelio. El Padre al que se sentía unido en el amor - no olvidemos que el amor es el que hace la unidad de las tres divinas personas en la Santísima Trinidad - porque no venía sino a hacer su voluntad.
Es la Palabra que le llevará hasta la Pascua, y aunque le cueste realizar su voluntad, siempre la voluntad del Padre está por encima de todo, porque es la voluntad del que le ama. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’. Y aunque en un momento gritará clamando a Dios con el salmo porque siente la soledad de la pasión, finalmente terminará poniéndolo todo en las manos del Padre. ‘En tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu’.
Es la Palabra que también nosotros podemos y tenemos que decir, porque antes también nos hemos sentido llamados hijos amados de Dios. En esto consiste el amor, nos dirá san Juan, en que Dios nos amó primero. Qué gozo sentirnos amados de Dios; qué gozo sentirnos hijos de Dios, a quienes Dios ama como cantamos también con los ángeles en la liturgia.
Es lo que tenemos que vivir. Es donde vamos a encontrar la fuerza para vivir cada momento de nuestra existencia aunque también muchas veces humanamente sintamos nuestras soledades y aunque nos duela el corazón. Pero sabemos que alguien no nos abandona nunca porque nos ama: es Dios que es nuestro Padre. Es lo que tenemos que manifestar también con nuestra forma de vivir; es el testimonio que hemos de dar ante el mundo que nos rodea.
Contemplamos el Bautismo de Jesús y comprendemos mejor su significado y su sentido. Recordamos nuestro bautismo desde el cual también nosotros comenzamos a sentirnos hijos amados de Dios. Al celebrar el Bautismo del Señor recordamos con gozo que nosotros sentimos también que Dios nos ama y nos llama hijos. Vivamos en consecuencia.

sábado, 10 de enero de 2015

Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe

Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe


‘Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe’. Así terminaba el texto de la carta de san Juan que nos propone hoy la liturgia. Nos daría para meditar muchas cosas. Nos abriría a una fe más firme y más confiada.
¿Creemos o no creemos en el Señor, nuestro Dios? ¿Creemos o no creemos en su Palabra que tiene cumplimiento fiel? Nos da que pensar. Creemos en Dios y en su presencia permanente junto a nosotros, en nosotros. Creemos en Dios y creemos en su palabra de amor. Creemos en Dios y nos sentimos amados del Señor. ¿Por qué perder la paz en las turbulencias de la vida? Cuesta, pero es a lo que tenemos que llegar.
Nos vemos pequeños, ensombrecidos por nuestro pecado, como tantas veces decimos en los salmos, parece que nos cercan por todos lados. Pero viene el Señor y como nos dice hoy en el evangelio, viene con una buena noticia de salvación para nosotros, para nuestra vida; y tenemos que pensar en nuestra vida en concreto con sus limitaciones, con sus pecados, con sus turbulencias, con sus agobios. Y El viene nos trae la Buena Noticia de la paz. Tengamos fe en su Palabra.
‘El Espíritu del Señor está sobre mi, porque El me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor’.
Es el texto de Isaías que Jesús proclama en la sinagoga de Nazaret. Y nos dice el evangelista que cuando terminó de proclamar la Palabra todo su comentario fue decir: ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’. No dijo más.
Las gentes de Nazaret no terminaban de comprender sus palabras ni terminaban de creérselas. Más tarde incluso se volverán contra Jesús. Pero, nosotros, yo, piense cada uno de forma concreta en si mismo,  ¿nos creemos, me creo estas Palabras de Jesús?
Dame fe, Señor, porque contigo tendré la victoria. Que no decaiga mi fe. Que yo vea tu salvación. Que experimente en mi vida la fuerza de tu amor.

viernes, 9 de enero de 2015

No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor…

No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor…


‘No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor… quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor’. Así terminaba el texto de la carta de san Juan que hoy hemos escuchado en la liturgia. Si hay amor no hay temor; porque nos sentimos amados, tenemos confianza, sentiremos paz en el corazón. Si aun permanece en nosotros el temor es que nuestro amor no ha alcanzado la plenitud total; por eso tenemos que preocuparnos de crecer más y más en el amor sintiendo la presencia de Jesús junto a nosotros que es sentir y gozarnos de su amor. Es la seguridad que tenemos que alcanzar.
En el evangelio vemos a los discípulos cruzar el lago no sin grandes dificultades. Les costaba avanzar, viento en contra, falta quizá de fuerza o de ánimo, les parecía sentirse solos, seguía habiendo dudas en su interior porque no acababan de entender lo sucedido en la tarde anterior y el que ahora Jesús les enviase a cruzar el lago ellos solos. No tenían por qué tener miedo porque muchas veces lo habían cruzado; era el lugar de trabajo para algunos de ellos que eran pescadores precisamente en aquel lago. Pero ahora que es de noche todo les parece más oscuro.
Cuántas veces nos sucede así en la vida; nos agobiamos ante las dificultades; nos parece que no avanzamos lo suficiente; parece que todo lo tenemos en contra; sentimos una cierta soledad en nuestro interior, un vacío quizá, un silencio a nuestras preguntas sin respuesta; nos envuelve de alguna manera la noche.
Pero Jesús está ahí. Aunque algunas veces nos confundimos, se nos cierran los ojos para no ver lo que está tan claro. Dice el evangelista que ‘viendo el trabajo con que remaban, porque tenían viento contrario, a eso de la madrugada, va hacia ellos andando sobre el lago, e hizo ademán de pasar de largo’. Ellos se asustaron porque creyeron ver un fantasma.
Pero era Jesús. ‘No temáis, soy yo’. Tantas veces nos lo dice Jesús. Podríamos recordar tantos momentos del evangelio, que con su presencia llena de paz los corazones de los discípulos y de cuantos se acercan a El.
El está ahí, no nos deja solos aunque nos parezca que vamos solos. Necesitamos abrir bien los ojos de la fe. Tener confianza. Sentirnos amados. Porque, como decíamos con san Juan, donde hay amor no tiene por qué haber temor. Pero nuestro amor es débil y por eso siguen las dudas en nuestro interior. Por eso  nos atrevemos una vez más a pedir, ‘ven, Señor, manifiéstate como te manifestabas a los discípulos, que sea capaz de verte sin ninguna duda’.
Que crezca más y más nuestro amor; que crezca más y más nuestra fe. Que se acaban para siempre los temores. Que nunca más nos veamos abrumados por esas soledades. Que se llenen para siempre esos vacíos de nuestro interior. Que llenemos de paz el corazón.

jueves, 8 de enero de 2015

Sintonicemos con el amor de Dios y tendremos vida, amor y paz en el corazón

Sintonicemos con el amor de Dios y tendremos vida, amor y paz en el corazón


‘Dios nos envió a su Hijo único para que vivamos por medio de El… como propiciación por nuestros pecados…’ En esto consiste el amor. Primero es el amor de Dios. No pensemos que eso nos lo hemos inventado nosotros. Es el regalo del Dios que nos creó por amor y aún más nos dio a su Hijo para que vivamos por medio de El.
Esto ya lo sabemos, lo hemos escuchado tantas veces, podemos decirnos. Pues tenemos que repetírnoslo muchas veces porque tenemos el peligro o de acostumbrarnos a ello o de olvidarnos. Tenemos que aprender a saborear el amor que el Señor nos tiene. Pero no es cosa que solo tengamos en la cabeza, por así decirlo, sino que tenemos que recordar la experiencia de nuestra vida; cuántas veces hemos experimentado ese amor; de cuántas maneras el Señor nos ha manifestado y sigue manifestándonos su amor.
Abramos los ojos; abramos el corazón. Entremos en la sintonía de Dios; entremos en la sintonía de su amor. Lo necesitamos. Porque algunas veces nos vemos envueltos de tal manera por nuestras preocupaciones y agobios y lo que hacemos es encerrarnos en nosotros mismos. Y si nos encerramos en nosotros mismos no seremos capaces de sintonizar con el amor de Dios que siempre está emitiendo su sintonía de amor sobre nosotros. Es como el aparato de radio; si no lo encendemos para que capte las hondas radiofónicas no podremos sentir nada. Ahí están, nos envuelven, podemos decir, pero no las oímos ni las sentimos; es necesario abrir el receptor. Es necesario abrir nuestro corazón a la sintonía de Dios.
Y ¿en que consiste ese amor de Dios? En vivir su vida. Es su gran regalo. Y vivir su vida es amar; y vivir su vida es conocerle. Y quien le conoce no puede menos que amar. Y eso nos exigirá entonces a que nosotros vayamos regalando vida; y regalamos vida cuando amor, cuando nos damos, cuando pensamos en los demás, cuando los vemos de otra manera, cuando comenzamos a hacer nuestros su vida, sus sentimientos, sus alegrías, sus sufrimientos.
¿Qué es lo que hizo Jesús? ‘Pasó haciendo el bien’, que decía san Pedro. Vino y nos trajo el amor, nos amó, repartió vida y amor. Le vemos curando, perdonando, regalándonos su paz, enseñando, alimentándonos, dando vida, llenándonos de su vida. No quería otra cosa sino que tuviéramos vida en abundancia.
Hoy le vemos en el evangelio sintiendo compasión por aquellas multitudes que acudían a El. Y es que El sentía en si mismo lo que eran los anhelos y los deseos de aquellos corazones, los sufrimientos y las esperanzas. Los amaba. Por eso enseña, cura y multiplica los panes, para darnos las señales claras de que quería vida para nosotros.
Vayamos hasta Jesús. Sintonicemos con su amor y nos llenaremos de la paz y del amor de Dios.

miércoles, 7 de enero de 2015

A los que habitaban en sombra de muerte una luz les brilló: llegó Jesús a sus vidas y con El la paz

A los que habitaban en sombra de muerte una luz les brilló: llegó Jesús a sus vidas y con El la paz


Ayer contemplábamos la estrella brillar en lo alto señalando a los Magos, señalándonos a nosotros el camino hasta Belén, el camino hasta Jesús, de la misma manera que en la noche de Belén al nacimiento de Jesús y al cántico de los ángeles todo se llenó de resplandor. Hoy el evangelista Mateo al hablarnos del inicio de la predicación de Jesús en Galilea recuerda lo anunciado por el profeta: ‘El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierras y en sombra de muerte una luz les brilló’.
Es lo que significa la presencia de Jesús. Muchas veces a lo largo del evangelio le escucharemos decir que El es la luz del mundo y que nosotros, con su luz, tenemos que ser también la luz del mundo. Como un signo de esa luz nueva que comienza a brillar enviará al ciego de nacimiento a que vaya a lavarse a Siloé, la piscina del ‘enviado’, e irá abriendo los ojos de los ciegos que se acerquen a El buscando la luz.
Que brille, sí, su luz sobre nosotros; en muchas tinieblas andamos envueltos, será con nuestro pecado, serán con nuestras preocupaciones y problemas, será con la desorientación en que andamos muchas veces en la vida, serán nuestros agobios y desesperanzas. Pero El ha venido a vencer la muerte, a traernos su luz. ‘A los que habitaban en sombra de muerte una luz les brilló’, como hemos escuchado al profeta.
Ponemos nuestra fe en Jesús; en El queremos hacer descansar toda nuestra esperanza. Como nos decía hoy san Juan en su carta: ‘Este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos los unos a los otros’. Ponemos nuestra fe en Jesús y nos sentimos seguros; ponemos nuestra fe en Jesús y nos llenamos de vida y de luz. Es que queremos cumplir su mandamiento y como hemos venido escuchando ‘sabemos que pasamos de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos’
Con Jesús llega la vida a nosotros; con Jesús nuestra vida se llena de luz. Que no nos falta nunca esa esperanza. De cuántas maneras concretas tenemos que hacer eso vida de nuestra vida. En la vivencia de nuestra fe y en las obras de nuestro amor. En la paz que hemos de sentir en nuestro corazón y en la luz que tenemos que saber llevar también a los demás. 

martes, 6 de enero de 2015

El camino de los Magos de Oriente fue también un largo camino de pascua como el nuestro para encontrarnos con Jesús

El camino de los Magos de Oriente fue también un largo camino de pascua como el nuestro para encontrarnos con Jesús


‘¿Dónde está el recién nacido Rey de los judíos?’ vinieron preguntando los Magos venidos de Oriente. ‘Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo’.
¿Será ése también nuestro deseo? ¿Es ésa la búsqueda que nosotros también venimos haciendo? Tenemos que aprender de los Magos. Buscaban y descubrieron las señales. Buscaban y se pusieron en camino. No temieron que el camino fuera largo, duro, oscuro en ocasiones, lleno de contratiempos y contrariedades, en ocasiones encontrándose incluso con cosas o personas que pudieran confundirles. Se pusieron en camino y al final la estrella apareció de nuevo y les llevó hasta Jesús. Lo tenemos todo bien detallado en el evangelio de esta fiesta de la Epifanía, porque todo lo que le fue sucediendo a los Magos eran signos, son signos también para nosotros, para nuestro camino.
Sí, es nuestro camino. El que vamos haciendo cada día de nuestra vida o el que tenemos que emprender con empeño y sin miedos ni dudas. La búsqueda de Dios algunas veces se nos puede hacer larga, difícil, dura y también llena de contratiempos. Nosotros bien sabemos que la búsqueda de Dios entraña pascua y la pascua tiene su parte de pasión y de sufrimiento. Pero el camino pascual siempre terminará con resplandores de luz, con brillo de resurrección. Aunque bien sabemos también que tras el encuentro con Jesús nuestros caminos quizá tengan que ser distintos. Como les sucedió a los Magos, tras encontrarse con Jesús emprendieron otro camino. Pero llevaban la alegría del encuentro en su corazón.
Hoy también hemos escuchado al profeta que nos decía: ‘¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!’ Habrá tinieblas y oscuridades, ‘pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti’, porque comenzaremos a caminar a su luz entre los resplandores de la nueva aurora. Confiamos, esperamos, buscamos, caminamos porque tenemos la esperanza de que brillará la luz sobre nuestras vidas. Y la esperanza nos mantiene firmes.
Tenemos que aprender a abrir los ojos para descubrir que más que todo lo que nosotros busquemos es el Señor el que viene a nuestro encuentro; se nos hará presente en el momento que menos lo esperamos y de la forma que quizá nosotros no imaginemos. Sabemos que el Señor llega a nosotros en el amor; hemos de descubrir y sentir el amor que tantos a nuestro lado nos tienen porque son señales de Dios, de su amor y de su presencia; pero hemos de saber poner amor nosotros también para que quizá con gestos sencillos nosotros vayamos siendo también signos de esa presencia de Dios para los demás. Quizá haya alguien que esté necesitando de ese signo nuestro para encontrarse con Dios y llenarse de su paz.
Nos queda postrarnos ante el Señor. ‘Entraron en la casa, vieron al Niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra’. Nos postramos ante el Señor, lo reconocemos como nuestro único Dios y Señor. Lo adoramos, nos ofrecemos al Señor; es el regalo de nuestra vida, de nuestro amor, de esa luz que hemos encontrado, de esos hermanos a los que hemos amado más. No son cosas lo que tenemos que ofrecer al Señor. Es nuestra vida, también con sus duros caminos, con esa parte de la pascua que nos ha ido tocando vivir en ese camino que vamos haciendo; es la ofrenda de nuestro Getsemani o nuestro Calvario. Sabemos que siempre nuestra vida la hemos de ir viviendo son sentido pascual.
Pero el Señor a nosotros también nos invita a levantarnos porque llega nuestra luz. Escuchemos esa llamada y esa invitación del Señor. Dejémonos iluminar por su luz. Su estrella de luz y de amor brilla sobre nosotros, aunque a veces parezca que se nos oculta, pero siempre nos va a llevar hasta Jesús. 

lunes, 5 de enero de 2015

Necesariamente tenemos que optar por la vida porque optamos por el amor

Necesariamente tenemos que optar por la vida porque optamos por el amor


Necesariamente tenemos que optar por la vida. Quienes nos sentimos amados no podemos dar otra respuesta. Es algo esencial, fundamental, sin lo cual parecería que nada tiene sentido.
Y es que siempre estamos experimentando el amor de Dios en nosotros. ‘En esto hemos conocido el amor: en que El dio su vida por nosotros’. Abramos bien los ojos, que en ocasiones por nuestra manera de actuar pareciera que estamos ciegos.  Abramos bien los ojos y no solo veamos sino experimentemos el amor de Dios en nuestra vida. De tantas maneras se nos manifiesta, que tendríamos que estar repitiendo siempre, gracias. Pero nos olvidamos de agradecer ese amor de Dios. Como decíamos, pareciera que estuviéramos ciegos para no ver el amor que Dios nos tiene.
¿Qué es lo que estamos celebrando estos días sino el amor de Dios? Como hemos repetido tantas veces ‘tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo único’. Es lo que celebramos ahora con tanta intensidad en la navidad, si ciertamente hacemos una celebración de fe, una celebración profunda, allá en lo más hondo del corazón. Porque como tantas veces hemos dicho nos podemos quedar en superficialidades. No se trata solo de hacer cosas buenas, bonitas, amigables, familiares para hacer navidad. Eso tendríamos que hacerlo siempre. Lo que necesitamos es detenernos un poquito para contemplar con fe el misterio que celebramos, que es un misterio de amor, del amor que Dios nos tiene. Luego vendrán muchas consecuencias.
Optamos por la vida, como decíamos al principio porque optamos por el amor. Como nos decía san Juan en su carta hoy ‘nosotros hemos pasado de la muerte a la vida: lo sabemos porque amamos a los hermanos’. ¡Qué hermoso! Cuando no amamos estamos en la muerte. Y eso es un peligro que nos acecha como una tentación muy terrible.
Con qué facilidad nos encerramos en nuestro egoísmo para pensar solo en nosotros mismos; con qué facilidad guardamos rencores y resentimientos en nuestro corazón; con qué facilidad dejamos que el odio que nos vaya metiendo dentro de nosotros. Cuando nos pasa algo así estamos muriendo, estamos dejando entrar la muerte en nosotros. ‘Porque el que no ama permanece en la muerte’, como nos decía san Juan. Y eso no tendría que caber en la vida de un cristiano.
Comencemos a amar de verdad. Pero amemos no solo a los que nos aman, porque como nos dice Jesús en el evangelio eso lo hace cualquiera, eso lo hacen también los paganos. Amemos a los que no nos aman, a los que nos hayan hecho daño, a los que quizá se consideran nuestros enemigos; amemos y oremos por aquellos a los que más nos cuesta amar. Amemos con generosidad. Amemos con amplitud de corazón. Aunque nos cueste. Con nosotros está la fuerza de su Espíritu que es Espíritu de amor. Estaremos llenándonos de vida. Estaremos llenando de vida nuestro mundo que tanto lo necesita. ‘No amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras’.
Optamos por la vida, porque optamos por el amor. Así daremos vida al mundo.

domingo, 4 de enero de 2015

Bendito sea el Señor que nos ha regalado tanto hasta hacernos sus hijos

Bendito sea el Señor que nos ha regalado tanto hasta hacernos sus hijos

‘Bendito sea Dios… que nos bendijo en Cristo con toda clase de bendiciones… nos eligió… nos predestinó… a que fuésemos santos… a que fuésemos sus hijos adoptivos… nos colmó de la gracia en el Amado…’
Sí, tenemos que bendecir al Señor. Nos ha regalado tanto. Es tanto el amor que nos tiene. Estos días lo estamos viviendo con toda intensidad. Estos días estamos sintiendo la ternura de Dios que así nos ama. Elegidos y amados de Dios, escogidos de manera especial desde toda la eternidad para que fuésemos sus hijos. Y nos regala su gracia.  Y nos quiere santos, pero está con nosotros en su infinita misericordia derramando efusivamente su gracia para que podamos vivir en esa santidad.
Tenemos que bendecir al Señor sin cansarnos. Cómo en su amor se nos revela y nos hace partícipes de su sabiduría eterna. Porque nos da su Espíritu podemos conocerle. Porque nos da su Espíritu podemos gozarnos en su amor. Porque nos da su Espíritu podemos participar de su gloria. Es nuestra luz, nuestra vida, nuestra gloria; lo es todo para nosotros. Así tenemos que acogerle, recibirle, dejar que plante su tienda en nosotros, porque en nosotros quiere habitar.  A los que le reciben les hace hijos de Dios, como hemos escuchado en el Evangelio; a los que le acogen les revela el misterio de Dios, porque El es nuestra revelación, la revelación de Dios para nosotros.
Es hermosa la reflexión que se hace san Pablo en la carta a los Efesios. El siente también el gozo en su corazón cuando ve la fe de aquella comunidad. ‘Yo que he oído hablar de vuestra fe no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en nuestra oración’. Y lo hace el apóstol en el deseo de que sigan creciendo en la fe, de que siga creciendo el amor en sus corazones, de que sigan dando testimonio de manera que todos se hagan boca de lo que es la fe y la vida de aquella comunidad.
¿Será así nuestra fe? ¿Será algo de todo esto lo que estamos viviendo con toda intensidad estos días de la celebración de la Navidad?  Que aprendamos a bendecir a Dios, porque es una forma de reconocer su amor y su gracia. Pero que seamos capaces de abrir nuestro corazón en la oración para que todos tengan su cabida en ella. San Pablo reza por aquella comunidad de Éfeso dando gracias por los testimonios hermosos de fe que contempla en ellos. Es lo que nosotros tenemos que aprender a hacer también bendecir al Señor por los testimonios de fe que vemos en tantos a nuestro lado que se manifiestan de muchas maneras.
Aprendamos a rezar por los otros, a dar gracias a Dios por los otros, dar gracias por tantos testimonios hermosos que recibimos de tantos hermanos a nuestro lado. Sepamos tener ojos luminosos para ver y reconocer la fe de los demás. Sepamos tener un corazón amplio, grande, siempre abierto para que en él quepan todos y en nuestra oración los tengamos en cuenta a todos. 

sábado, 3 de enero de 2015

Y yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios

Y yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios


‘Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’, dice Juan señalando a Jesús que venía hacia él. Ya Juan había sido testigo de la teofanía de Dios que se había producido después del Bautismo de Jesús. ‘He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre él’.
Reconoce que no conocía a Jesús, para allá en su interior había recibido la revelación divina. ‘Yo no lo conocía; pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu Santo y posarse sobre El, ese es el que ha de bautizar con Espíritu Santo’. Aquí estamos contemplando un corazón humilde abierto a Dios. No lo conocía, pero se dejó conducir por el Espíritu de Dios.
Cuántas veces no sabemos, no conocemos, tenemos nuestras ideas o nuestras maneras de pensar, pero no  hay quien nos baje de ellas, nos encerramos en nosotros mismos, en nuestros saberes o en nuestras maneras de ver las cosas como si ya tuviéramos la verdad absoluta. Hay que estar abiertos a la verdad; hay que reconocer humildemente nuestras carencias; tenemos que saber abrirnos a otra posibilidad y seguro que el Señor nos va guiando para que le conozcamos de verdad.
Juan pudo llegar a reconocer en Jesús al Mesías, al verdadero cordero pascual que con su sangre nos purifica de nuestros pecados, pero nos da aún más, porque nos hace entrar en una vida nueva de libertad y de gracia cuando nos hace hijos de Dios. La sangre de los corderos sacrificados en la primera pascua y con la que se marcaron las puertas de los judíos les liberaron de la muerte y les abrieron las puertas a los caminos de la libertad. Ahora es una sangre más preciosa, es la sangre derramada de Cristo en la cruz la que nos da una nueva vida, porque nos lleva a hacernos hijos de Dios. Es la sangre que nos ha redimido, la sangre con la que hemos sido comprados; es la sangre de la nueva y eterna Alianza.
Juan bautista llegó a dar testimonio. ‘Y yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios’. Como se nos dirá al final del evangelio, ‘todas estas cosas se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; y para que creyendo tengáis en El vida eterna’.
Que así al final nosotros demos testimonio también proclamando nuestra fe, porque nos hemos lavado y purificado en la sangre del Cordero, como se nos dice en el Apocalipsis, y para que confesando  nuestra fe en el Hijo de Dios nos llenemos de su vida que a nosotros también por la fuerza del Espíritu nos hace hijos. ‘¡Qué amor nos ha tenido el Padre!’ como decía Juan en su carta. Nos llama, ¡somos hijos de Dios!

viernes, 2 de enero de 2015

Juan solo es la voz que anuncia la Palabra que tenemos que acoger y escuchar

Juan solo es la voz que anuncia la Palabra que tenemos que acoger y escuchar


‘Tú, ¿quién eres?’, le preguntan a Juan. Vienen de Jerusalén para averiguar qué es lo que está pasando más allá del Jordán con aquel predicador que por allí ha aparecido.  Respuesta hermosa la de Juan. Expresa su humildad y su grandeza.
Pudo haber respondido que era un profeta. Pero les dice que él no es profeta. Jesús dirá de él más tarde que era profeta y más que profeta. Podría haber respondido que en él se estaban cumpliendo los anuncios de la vuelta de Elías. El ángel a Zacarías en el templo le dice que ‘viene con el espíritu y el poder de Elías para reconciliar a los padres con sus hijos y para inculcar a los rebeldes la sabiduría de los justos’. Pero él les dice que no es Elías.
Cuando le preguntan si él es el Mesías esperado, dirá que solo es ‘la voz que grita en el desierto: allanad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías’. Pero les dirá también que ‘en medio de vosotros hay uno que no conocéis’, queriendo indicar así que ya entre ellos estaba el Mesías esperado, aunque tendría que ser otro el espíritu con que habían de buscarlo. Y se presenta con toda la humildad del mundo: ‘El que viene detrás de mi, existía antes que yo y al que no soy digno de desatar la correa de su sandalia’. Si Juan se manifiesta así, qué no tendríamos que decir nosotros que somos pecadores.
Grande es la humildad de Juan aunque aquí se manifiesta bien lo que es la grandeza de su corazón. Por eso dirá de él Jesús que no hay nacido de mujer uno mayor que Juan. Juan no quiere presentarse a sí mismo, ni hablar de sí mismo. El solo es la voz que anuncia la Palabra y es la Palabra que la que tenemos que escuchar y que acoger.
Mucho nos puede enseñar. La humildad con que tenemos que ir buscando a Dios en la vida, porque es el camino por donde lo vamos a encontrar que se revela y se manifiesta a los pequeños y a los sencillos.
Pero es la humildad con que nosotros hemos de hablar de Jesús a los demás. La humildad, pero la claridad de nuestras palabras y de nuestra vida. No nos anunciamos a nosotros sino que anunciamos a Jesús; y anunciaremos a Jesús cuando manifestemos en nosotros que en verdad creemos en El porque nos empeñamos seriamente en vivir el espíritu del evangelio. No anunciamos  ni nuestras obras ni nuestras palabras; anunciamos a Jesús. Nuestras obras tienen que hablar de Jesús; nuestras palabras siempre tienen que hablar de Jesús; nuestra vida tiene que hablar de Jesús, tiene que manifestar la fe que nosotros tenemos en Jesús.
Con nuestra navidad que aun estamos viviendo y celebrando ¿es eso lo que hemos anunciado?

jueves, 1 de enero de 2015

Que María, la Madre de Dios y nuestra madre, nos lleve junto a su corazón y podamos sentir la paz de su amor

Que María, la Madre de Dios y nuestra madre, nos lleve junto a su corazón y podamos sentir la paz de su amor


‘Encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre’. Celebramos a Jesús, su Encarnación, su Nacimiento, porque sigue siendo Navidad, pero necesariamente nos tenemos que encontrar con María. Es la madre, la mujer que quiso escoger Dios para que fuera su madre, para encarnarse en sus entrañas y nacer Dios hecho hombre. Por eso, en esta octava de la Navidad, donde seguimos celebrando con el mismo fervor y solemnidad el nacimiento de Jesús, hoy queremos encontrarnos de manera especial con María; es la madre de Jesús, es la Madre de Dios, pero es también nuestra madre porque así quiso El regalárnosla.
Con María habíamos venido haciendo el camino de Adviento; de ella habíamos aprendido a prepararnos para acoger a Jesús de la misma manera que ella lo acogió en su corazón, plantó la Palabra en su corazón y en ella se encarnó. Hoy nos gozamos con María, celebramos a María, la contemplamos como la Madre de Dios y queremos seguirla teniendo a nuestro lado. Mejor aun, queremos que ella nos lleve en su corazón.
Nos dice el evangelio que María iba contemplando todo cuanto sucedía y todo aquello lo guardaba en su corazón. Hemos contemplado cómo llegan los pastores avisados por un ángel y ellos cuentan todo lo que le han dicho de aquel niño; el ángel les había dicho que en la ciudad de David les había nacido un Salvador, el Mesías, el Señor.
Y allí estaba María observando, escuchado, guardando en su corazón aquellas palabras, aquellos anuncios que cuentan los pastores, todo el cariño y el entusiasmo con que ellos han venido hasta el establo. ‘Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón’. Aquellos pastores estaban ya también en el corazón de la madre, en el corazón de María. Es lo que nosotros queremos, estar también en el corazón de María.
Cómo se siente el hijo cuando deja reposar su cabeza en el corazón de la madre, junto a ella su acurruca, de ella siente los latidos de su corazón, de su ternura se siente envuelto, qué paz y seguridad va sintiendo en su espíritu. Así queremos sentirnos acurrucados junto al corazón de María; a ella también nosotros queremos llevarla en el corazón, para sentirla siempre junto a nosotros y nos sintamos seguros, nos sintamos en esa paz que saben desprender las madres.
Hoy no queremos decir nada más. Sólo experimentar y sentir ese gozo del amor de María. Y que de su mano siempre vayamos hasta Jesús.
Y que esa paz que sentimos con María a nuestro lado, la consigamos también para nuestro mundo. Es la jornada de oración por la paz. En el año que comienza pidamos por la paz de nuestro mundo, pidamos por la paz de los corazones, pidamos para que nada perturbe la paz en ningún sitio, en ningún individuo. Pidamos para que desaparezcan los odios y los egoísmos, los resentimientos y las envidias que tanto daño hacen. Que todos sepamos perdonar para que perdonando comencemos a sentir paz en nuestro propio corazón. 

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Seguimos postrándonos ante el misterio de la Encarnación de Dios

Seguimos postrándonos ante el misterio de la Encarnación de Dios


‘Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad’.
Seguimos contemplando el misterio de la Navidad; seguimos postrándonos ante el misterio de la Encarnación de Dios. Seguimos meditándolo, rumiándolo en nuestro interior, haciéndolo oración.
Es Dios que se hace carne, que se hace hombre como nosotros. Es la Palabra que es Dios. Es la Palabra que es la Luz de nuestra vida. Es la Palabra que es la única Vida a la que hemos de aspirar. Es la Palabra que es la única Verdad en la que vamos a encontrar la Salvación y ser verdaderamente libres.
Que las tinieblas no nos oscurezcan la vida. Que la maldad de la mentira no nos oculte la Verdad. Que sepamos encontrar el camino; que sepamos encontrar a Cristo. Es lo que tenemos que seguir contemplando sin cansarnos. Es a donde tenemos que encaminar nuestros pasos sabiendo que el camino es El.  ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida’, nos dirá más tarde. Es de lo que tenemos que dejarnos inundar, porque sabemos que teniéndole a El tenemos vida, porque tenemos gracia, porque tenemos perdón, porque tenemos paz, porque tendremos amor, porque tenemos la Salvación.
Hoy nos dice que las tinieblas no quisieron recibir la luz; que en el mundo estaba pero el mundo no le recibió. ‘La luz brilla en la tiniebla, pero la tiniebla no la recibió… vino   a los su casa y los suyos no la recibieron…’ Nosotros sí queremos esa luz; nosotros sí queremos recibirle. ‘Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre’. Queremos recibirle, queremos vivir como hijos de Dios, queremos sentir su paz y su vida en nuestro corazón.
Sabemos que muchas veces hemos preferido las tinieblas a la luz, pero ahora nos damos cuenta y queremos encender nuestra luz en su luz, y alimentarla de su gracia para que no se apague nunca más. Que no nos falte nunca el aceite de tu gracia para mantener encendida la lámpara de nuestra fe.
Señor, concédenos que siempre caminemos iluminados por tu luz. Concédenos tu perdón y tu gracia para que sintamos para siempre tu paz en nuestro corazón. Nos acogemos, Señor, a tu misericordia que es grande. Revélanos, Señor, tu amor; revélanos a Dios porque sabemos que solo en ti y por ti podremos conocerlo, porque ‘a Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único que está en el seno del Padre es quien nos lo ha dado a conocer’.

martes, 30 de diciembre de 2014

Hablaba del Niño a todos diciendo que era el Salvador que nos traía el perdón de los pecados

Hablaba del Niño a todos diciendo que era el Salvador que nos traía el perdón de los pecados


‘Os escribo a vosotros, hijos míos, porque se os han perdonado vuestros pecados por su nombre’. Así comienza el texto de la carta de san Juan que hoy escuchamos en la liturgia. ‘Se os han perdonado vuestros pecados…’ consoladoras palabras.
‘Si llevas cuenta de los delitos ¿quién podrá resistir?, decimos en el salmo que hemos rezado tantas veces. ‘Pero del Señor viene la misericordia, la redención copiosa’. Así es el amor del Señor. Es la salvación que el Señor nos ofrece. Para mostrarnos ese amor viene Jesús. Y ese amor se hace perdón y paz para nuestra vida. No podemos olvidar el más profundo sentido de la navidad.
El evangelio, que nos está narrando la presentación de Jesús en el templo, conforme a lo prescrito en la ley de Moisés, nos habla hoy de una anciana que está todo el día en el templo, ‘sirviendo a Dios con ayunos y oraciones’ con la esperanza cierta de la pronta llegada del Mesias Salvador.
Aparece en el momento en que el anciano Simeón que ha reconocido la presencia del Mesías en aquel niño que aquellos padres están presentando al Señor y se une ella al cántico de alabanza de Simeón. ‘Acercándose en aquel momento daba gracias a Dios y hablaba del Niño a todos los que aguardaban la futura liberación de Israel’. Ahí la vemos en la alabanza al Señor pero también en el anuncio del Salvador que llega. ‘Hablaba del Niño a todos’. Pero ¿qué anunciaba? ¿qué decía? Que aquel Niño era el que venía a traer la salvación. Como en anciano Simeón, ‘porque mis ojos han visto a tu Salvador…’
Por eso decíamos no podemos olvidar el sentido más profundo de la Navidad. No nos quedemos en la externo. Vayamos a lo más hondo. Es hermosa toda la alegría que vivimos en estos días y cómo todos nos deseamos parabienes los unos a los otros; es hermoso que nos reunamos las familias y los amigos y tengamos momentos felices de convivencia y de paz. Pero no olvidemos lo principal. Ese Jesús a quien en estos días contemplamos niño, nacido en Belén, es el Hijo de Dios y es nuestro Salvador. Es quien viene a traernos la salvación y el perdón de los pecados.
Sintamos ese gozo más hondo en el corazón. En el Señor encontramos la paz del corazón. Desde ese amor y ese perdón generoso que nos ofrece el Señor comencemos a vivir la nueva vida de la gracia. Tenemos que sentirnos pronfundamente renovados en nuestra vida para comenzar a vivir una vida santa. Que el amor de Dios esté de verdad en nuestro corazón porque siempre queramos en todo hacer la voluntad del Padre.