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jueves, 1 de enero de 2015

Que María, la Madre de Dios y nuestra madre, nos lleve junto a su corazón y podamos sentir la paz de su amor

Que María, la Madre de Dios y nuestra madre, nos lleve junto a su corazón y podamos sentir la paz de su amor


‘Encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre’. Celebramos a Jesús, su Encarnación, su Nacimiento, porque sigue siendo Navidad, pero necesariamente nos tenemos que encontrar con María. Es la madre, la mujer que quiso escoger Dios para que fuera su madre, para encarnarse en sus entrañas y nacer Dios hecho hombre. Por eso, en esta octava de la Navidad, donde seguimos celebrando con el mismo fervor y solemnidad el nacimiento de Jesús, hoy queremos encontrarnos de manera especial con María; es la madre de Jesús, es la Madre de Dios, pero es también nuestra madre porque así quiso El regalárnosla.
Con María habíamos venido haciendo el camino de Adviento; de ella habíamos aprendido a prepararnos para acoger a Jesús de la misma manera que ella lo acogió en su corazón, plantó la Palabra en su corazón y en ella se encarnó. Hoy nos gozamos con María, celebramos a María, la contemplamos como la Madre de Dios y queremos seguirla teniendo a nuestro lado. Mejor aun, queremos que ella nos lleve en su corazón.
Nos dice el evangelio que María iba contemplando todo cuanto sucedía y todo aquello lo guardaba en su corazón. Hemos contemplado cómo llegan los pastores avisados por un ángel y ellos cuentan todo lo que le han dicho de aquel niño; el ángel les había dicho que en la ciudad de David les había nacido un Salvador, el Mesías, el Señor.
Y allí estaba María observando, escuchado, guardando en su corazón aquellas palabras, aquellos anuncios que cuentan los pastores, todo el cariño y el entusiasmo con que ellos han venido hasta el establo. ‘Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón’. Aquellos pastores estaban ya también en el corazón de la madre, en el corazón de María. Es lo que nosotros queremos, estar también en el corazón de María.
Cómo se siente el hijo cuando deja reposar su cabeza en el corazón de la madre, junto a ella su acurruca, de ella siente los latidos de su corazón, de su ternura se siente envuelto, qué paz y seguridad va sintiendo en su espíritu. Así queremos sentirnos acurrucados junto al corazón de María; a ella también nosotros queremos llevarla en el corazón, para sentirla siempre junto a nosotros y nos sintamos seguros, nos sintamos en esa paz que saben desprender las madres.
Hoy no queremos decir nada más. Sólo experimentar y sentir ese gozo del amor de María. Y que de su mano siempre vayamos hasta Jesús.
Y que esa paz que sentimos con María a nuestro lado, la consigamos también para nuestro mundo. Es la jornada de oración por la paz. En el año que comienza pidamos por la paz de nuestro mundo, pidamos por la paz de los corazones, pidamos para que nada perturbe la paz en ningún sitio, en ningún individuo. Pidamos para que desaparezcan los odios y los egoísmos, los resentimientos y las envidias que tanto daño hacen. Que todos sepamos perdonar para que perdonando comencemos a sentir paz en nuestro propio corazón. 

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