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sábado, 8 de mayo de 2010

Una palabra de dicha para vosotros ancianos y enfermos de parte del Señor

celebración del sacramento de Unción de los Enfermos
Sant. 5, 13-16;
Sal. 70;
Mt. 5, 1-12

‘Al ver Jesús el gentío se subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos y El se puso a hablar enseñándolos…’ Es el comienzo del sermón del Monte que empieza proclamando las bienaventuranzas.
¿Quiénes formaban parte de aquel gentío? En medio de toda aquella multitud había gente que sufría en su corazón y estaban llenos de inquietudes en su espíritu; habría enfermos e impedidos, pues ya la fama de Jesús se había ido extendiendo y unos valiéndose por sí mismos a duras penas con la esperanza de la salvación y de la salud, otros conducidos en rudimentarias camillas por sus familiares y amigos, ciegos, cojos, sordomudos, paralíticos, atenazados por diferentes males y sufrimientos allí estaban ante Jesús.
¿Qué es lo esperan y qué es lo que van a escuchar y a recibir? Comienza Jesús con algo que podría resultar paradójico para muchos, pero que va a ser el meollo de su Buena Nueva, de su Evangelio. Comienza llamando dichosos a los pobres, a los que sufren, a los que lloran, a los que tienen hambre y sed, y pasaría su mirada por cada uno de aquellos que allí estaban a su alrededor y llenos de esperanza; pero llamará también dichosos a los que tenían buen corazón y saber compadecerse y ser misericordiosos con los demás, a los que buscan el bien o a los que les toca sufrir precisamente por hacer o buscar lo bueno y lo justo. Es la paradoja de las Bienaventuranzas de Jesús.
Pero esa bienaventuranza la escuchamos los que esta mañana (tarde) aquí nos hemos congregado para esta celebración. A vosotros, queridos ancianos y enfermos, el Señor quiere llamaros dichosos, decir que la felicidad, la verdadera, es para vosotros también aunque os sintáis débiles por el paso de los años, o sufriendo por los dolores que de un lado de otro van apareciendo en vuestros cuerpos y en vuestras vidas. Pero es la felicidad y la paz que el Señor quiere daros con su presencia. Con paz, fortalecidos interiormente, queriendo darle un verdadero sentido y valor a la debilidad o al sufrimiento que vamos padeciendo, tenemos que salir de aquí hoy porque el Señor viene a vosotros, el Señor quiere hacerse presente aquí en medio nuestro y con El siempre encontramos paz y valor verdadero para nuestra vida.
Como expresaremos en el prefacio ‘has querido que único Hijo, autor de la vida, médico de los cuerpos y de las almas, tomase sobre sí nuestras debilidades para socorrernos en los momentos de prueba y santificarnos en la experiencia del dolor’. Como había anunciado el profeta ‘tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras debilidades’, nuestras enfermedades. Por algo nos invita a ir a El ‘todos los cansados y agobiados, que yo os aliviaré’.
Jesús, el justo, el Hijo de Dios tomó nuestra condición humana y, además de compadecerse de nuestras miserias y nuestros dolores, pasó también por el sufrimiento, por el dolor, porque pasó por la muerte y la cruz. El ha ido delante de nosotros en ese camino de dolor y sufrimiento. El quiere ayudarnos a darle un sentido y un valor a la vida, pero también a las debilidades que aparecen en nuestra vida cuando nos aparece la enfermedad, la debilidad de la ancianidad y todo tipo de sufrimiento.
Ya sabemos cómo se acercaba a los enfermos para llenarlos de vida. Daba vista a los ciegos o hacía oír a los sordos, levantaba de la postración de sus camillas a los inválidos y curaba a los leprosos, hacía que cesara el sufrimiento de tantos atenazados por el dolor y daba vida a los muertos resucitándolos. Con Jesús llegaba la vida, la salud y la salvación.
Es lo que Jesús quiere seguir haciendo hoy. En su Iglesia ha dejado los signos sacramentales de su presencia, y en especial el sacramento con el que El quiere estar junto al que sufre, al enfermo, al que se siente débil. Es el Sacramento de la Unción que hoy queremos celebrar, estamos celebrando. ‘En el signo sacramental de la Unción , por la oración de la Iglesia, nos libras del pecado, nos confortas con la gracia del Espíritu Santo y nos haces partícipes de la victoria pascual’.
Por eso nos enseña Santiago en su carta. ‘¿Está enfermo alguno de vosotros? Que llame a los presbíteros de la Iglesia y que oren sobre él, después de ungirlo con óleo, en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo curará, y si ha cometido pecado, lo perdonará’. Es lo que Jesús les había mandado a los discípulos cuando los envió a anunciar el Reino de Dios. ‘Curad enfermos, resucitad muertos…’
Pero hay algo que no quiero dejar de subrayar. ‘Nos hace partícipes de su victoria pascual’. Cristo se hace presente a nuestro lado, en nuestro lecho de dolor o en nuestro sufrimiento para hacernos partícipes de su Pascua, para que nos unamos a El en su Pascua. Con nuestro dolor y nuestro sufrimiento, desde nuestra debilidad nos podemos unir a la pasión y a la cruz de Jesús, tenemos que aprender a unirnos a la pasión y cruz de Jesús con la certeza de la vida y de la resurrección, porque nos estamos uniendo al misterio pascual de Cristo.
Qué valor nuevo y grandioso adquiere nuestra vida aunque esté debilitada por el dolor y el sufrimiento. Es el valor redentor que Cristo le dio con su amor a la ofrenda de su pasión y de su cruz. Es la ofrenda de amor que nosotros hemos de aprender a hacer de nuestros sufrimientos y debilidades. Qué riqueza le da el amor a nuestra vida aunque nos parezca que nada valemos y que somos inservibles en las condiciones en que estamos.
Cuando aprendemos a hacerlo, cuando hacemos esa ofrenda de nuestra vida, sentiremos de manera especial a Cristo junto a nosotros y nos llenaremos de su fortaleza y de su paz, de esperanza y de paciencia, y nos sentiremos en verdad confortados en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu.
Vivamos con fe este momento. Sintamos que es el Señor el que viene y nos pone su mano sobre nosotros. Médico de los cuerpos y de las almas, Cristo llega a nuestra vida y ese signo de la unción con el óleo santo nos lo está haciendo presente. Claro que sí, es a nosotros a quien Jesús nos llama dichosos. ¿No nos llenamos de dicha y de paz con su presencia? Es lo que hemos pedido en la oración, ‘concede a cuantos se hallan sometidos al dolor, la aflicción o la enfermedad, la gracia de sentirse elegidos entre aquellos que tu Hijo ha llamado dichosos y de saberse unidos a la pasión de Cristo para la redención del mundo’. Para vosotros es el reino de Dios.
Pero una cosa, también llama dichosos a los que son compasivos y misericordiosos, los que tratan de enjugar una lágrima o hacer brotar una sonrisa y un nuevo aliento. Que seamos muchos los que vivamos también esa dicha porque así llenemos nuestro corazón de misericordia para con los demás. Es una palabra que el Señor quiere deciros religiosas, voluntarios, trabajadores en este hermoso campo de la salud, enfermeros/as, médicos y tantos que cuidan de una manera o de otra a los enfermos, a los ancianos o a todos los que sufren alguna limitación en su vida. Sentid vosotros también ese gozo en el corazón de esa Palabra de dicha que el Señor os dirige. Vosotros con vuestro amor estáis haciendo presente también el Reino de Dios.

viernes, 7 de mayo de 2010

El Espíritu para la concordia y para el amor verdadero

Hechos, 15, 22-31;
Sal. 56;
Jn. 15, 12-17

El texto hoy proclamado de los Hechos de los Apóstoles, junto con los escuchados en días precedentes nos relatan lo que suele llamarse el Concilio de Jerusalén. Habían surgido algunas controversias, como hemos venido escuchando, al ir creciendo el número de los que se adherían a la fe y sobre todo al anunciársele el evangelio también a los gentiles.
Algunos querían seguir imponiendo las costumbres de la ley de Moisés y por ello desde la comunidad de Antioquia se envía a Bernabé y Pablo a consultar a los ancianos y apóstoles de Jerusalén. Se discute y se llega a un acuerdo, pues como Pedro reconocería ‘Dios me escogió para que los gentiles oyeran de mi boca el mensaje del Evangelio y creyeran. Y Dios que penetra los corazones, mostró su aprobación dándoles el Espíritu Santo igual que a nosotros’.
Es por eso por lo que tras tensa discusión envían la solución del conflicto con una carta a aquellas comunidades desde donde habían sido enviados Pablo y Bernabé. Y es aquí donde quiero fijarme de manera especial. ‘Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…’ Eran conscientes de que en medio de aquella discusión el Espíritu Santo era el que les iluminaba y les guiaba. Y con esa fuerza del Espíritu encontrarán la solución para evitar las discordias y los enfrentamientos. Es el Espíritu Santo el que les lleva a la concordia y a la paz en medio de la Iglesia.
El Espíritu que Jesús había prometido que lo enseñaría todo y os recordaría el mensaje de Jesús. El Espíritu Santo que sigue obrando y actuando en la Iglesia de Dios, a pesar de que los hombres que formamos la Iglesia no siempre seamos lo buenos que tendríamos que ser, por decirlo de alguna manera.
Es el Espíritu del amor y de la unidad. El Espíritu que nos congrega como Iglesia para alabar y bendecir al Señor. ‘Con la fuerza de tu Espíritu das vida y santificas todo, y congregas a tu pueblo sin cesar para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta el ocaso’, como decimos en la tercera plegaria eucarística.
Por la fuerza del Espíritu Santo que se derrama sobre los dones del pan y el vino de la Eucaristía serán para nosotros el Cuerpo y la Sangre del Señor, por eso en la segunda invocación del Espíritu Santo en la segunda plegaria eucarística ‘pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo’.
Muchas veces estas palabras de la oración eucarística nos pasan un tanto desapercibidas porque las escuchamos y decimos tantas veces que tenemos el peligro de no ahondar lo suficiente en su sentido y profundidad pero nos recuerdan algo muy importante, que es la presencia del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y en la vida de cada día de los cristianos.
Así podríamos pensar en todos y cada uno de los sacramentos que tienen su virtualidad y fuerza por la acción del Espíritu Santo. Ya que estamos en estos días por otro lado reflexionando sobre el sacramento de la Unción de los Enfermos, así lo manifestamos en la fórmula del sacramento, o sea en las palabras que dice el Sacerdote al hacer la Unción. ‘Por esta santa Unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo…’
Hoy Jesús en el evangelio nos habla del mandamiento del amor. ‘Que os améis los unos a los otros como yo os he amado’, nos dice. ¿Cómo podremos llegar a un amor así? Porque la medida del amor que Jesús nos propone es bien alta. Sólo con la fuerza del Espíritu podemos realizarlo. Muchas veces decimos que es a mi me cuesta amar a aquella persona… ¿has probado de pedir la fuerza del Espíritu Santo para que pueda llenar tu corazón de amor y de amor de una forma concreta a esa persona que tanto te cuesta amar?
Que se derrame sobre nosotros el Espíritu del amor, de la unidad y de la paz.

jueves, 6 de mayo de 2010

Permaneced en mi amor…

Hechos, 15, 22-31;
Sal. 56;
Jn. 15, 12-17

Como es normal en la acción litúrgica vamos leyendo el evangelio por partes, pero sí hemos de tener en cuenta su unidad para mejor captar y comprender el mensaje de Jesús. Lo que estamos leyendo en estos días forma parte de ese discurso, o si queremos, sobremesa de Jesús con sus discípulos después de la Cena Pascual, antes de su marcha a Getsemaní y el comienzo de su pasión. Por eso nos puede parecer en algún momento que hay repeticiones, pero más que repeticiones hemos de ver esa unidad, esa línea de lo que fue la despedida de Jesús antes de su pascua.
‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’, les dice. Ya antes nos había dicho ‘es necesario que el mundo comprenda – y nosotros también – que yo amo al Padre, y que lo que el Padre me manda, yo lo hago’. Podemos recordar cómo en otro momento del evangelio nos decía ‘mi alimento es hacer la voluntad del Padre’.
El Padre le ama – ‘Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto’, escuchamos tras el bautismo en el Jordán o en el Tabor – y Jesús ama al Padre; amor que se manifiesta haciendo su voluntad, el plan de Dios de salvación para el hombre que porque nos ama nos ha enviado, nos ha entregado a su Hijo único. Como cristianos, como discípulos de Jesús queremos identificarnos con El, hacernos uno con El; o sea, queremos hacer las cosas como Jesús, vivir la vida de Jesús; en una palabra le amamos y queremos cumplir también sus mandamientos, como el hace con el Padre.
‘Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor, nos dice, lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor’.
Lo hemos dicho y reflexionado muchas veces. Si consideráramos bien cuánto es el amor que Dios nos tiene, no haríamos otra cosa que amar. Es la mejor respuesta. Es la única respuesta. Porque amamos a Dios, porque creemos en Jesús y le amamos, queremos permanecer unidos a El. Es el deseo más profundo del amor. Y es en lo que hemos de caldear nuestro espíritu constantemente. Ya hemos reflexionado, ayer, que hemos de estar unidos a Jesús como los sarmientos a la vid.
Cuántas consecuencias para nuestra vida espiritual. No terminamos de ver toda la hondura de este mensaje y cuánto tendríamos que hacer y que vivir. Cuántas exigencias también de vigilancia, de espíritu de superación, de deseos serios y profundos de crecimiento espiritual. Es algo que un cristiano tiene que cuidar continuamente. Son muchas las cosas de alrededor que nos tientan, que nos distraen, que nos quieren alejar de ese camino.
Hemos de saber darle importancia a lo que verdaderamente lo tiene. Vivimos en medio del mundo, tenemos nuestra vida, nuestras obligaciones y responsabilidades también, pero eso no puede ser obstáculo de ninguna manera para que cuidemos nuestro espíritu. Porque además ¿de dónde vamos a sacar fuerzas para vivir toda esa vida con responsabilidad pero también con integridad? Hemos escuchado muchas veces que te dicen que primero está la obligación que la devoción, como si toda nuestra relación con Dios y la vida de nuestro espíritu se quedara solamente en una devoción.
Recordemos una vez más las palabras de Jesús. ‘Permaneced en mi amor… si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor…’

miércoles, 5 de mayo de 2010

Itinerario espiritual, permanecer unidos a la vid

Hechos, 15, 1-6;
Sal. 121;
Jn. 15, 1-8

Nos propone Jesús hoy una hermosa alegoría con gran enseñanza para nuestra vida espiritual y para nuestro camino cristiano. Ya se trate de la vid, como hoy nos habla, o si queremos de cualquier árbol frutal para que podamos obtener buenos frutos es necesario que esté plantado en buena tierra y debidamente cuidado lo que incluye la poda para eliminar aquellas ramas inservibles y que le restarían calidad a los frutos que queramos obtener.
Una tarea importante en nuestro camino espiritual, en nuestro camino de seguimiento de Jesús. No nos puede faltar nuestra unión íntima y profunda con El. ¿Qué significa eso? Pensemos en nuestra oración, pensemos en la escucha de la Palabra, pensemos en toda nuestra vida sacramental como algo fundamental sin lo cual no seríamos nada.
Un cristiano tiene que ser una persona de oración, y, tendríamos que decir, de oración intensa. Son esas raíces de nuestra vida que hundimos en Dios cuando nos sentimos en su presencia, cuando ahondamos en nuestra relación con El. ¿Cómo pueden mantener la amistad unos amigos que no se relacionan? ¿Cómo se puede mantener vivo el amor si no hay encuentro entre aquellos que se aman? Eso tiene que ser nuestra oración. Que ya sabemos no es solamente pedirle a Dios que todopoderoso cuando nos vemos necesitados o apurados en nuestros problemas. Nuestra relación con Dios tiene que ser mucho más honda, porque además no creemos en un Dios al que nos interesa porque lo vemos como solucionador de problemas.
Eso entraña como podemos comprender la escucha de la voz de Dios en nuestro corazón, la escucha atenta a su Palabra. Ni podemos conocer hondamente a Dios si no escuchamos esa Palabra que de sí mismo El quiere decirnos y ahí tenemos contenida en la Biblia, y podremos descubrir de verdad cuál es el camino de la respuesta que hemos de darle con nuestra vida si no lo escuchamos. Su palabra es luz en nuestro sendero, es norma de nuestra vida, es cauce por donde tenemos que discurrir.
Y está toda la vivencia sacramental porque ahí nos ha dejado las grandes señales de su presencia y la verdadera fuente de la gracia y de la vida que hará que podamos tener vida en nosotros. Los sarmientos que están unidos, han de estar necesariamente unidos a la vid, como nos decía Jesús hoy en el evangelio. Sin Eucaristía estaríamos sin Cristo, sin el alimento fundamental de su gracia para nosotros.
Pero nos habla también Jesús de la poda. ‘A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto’. Ya sabemos bien lo que hacen los agricultores cuando quieren obtener buenos frutos de sus árboles frutales o de sus viñedos. Está el tiempo de la poda donde se corta lo inservible, lo que mermaría la producción del bien fruto. Necesitamos una poda en nuestra vida. Porque necesitamos purificarnos de tantas cosas que se nos van adhiriendo como malas rémoras a nuestra vida que nos impedirían ese avance espiritual, ese crecimiento de nuestro amor. Es la poda que arranca también de nuestro corazón ese mal que vamos dejando meter dentro de nosotros.
La Palabra que escuchamos, la oración sincera que hacemos poniéndonos en la presencia del Señor nos irán ayudando a descubrir de todo eso que tenemos que purificarnos o que tenemos que arrancar. Es ese examen continuo que vamos haciendo de nosotros mismos. Buena costumbre el examen del día cada noche antes de irnos a descansar cuando le damos gracias al Señor por el día vivido, pero también le pedimos perdón por aquello en lo que hayamos fallado porque no hayamos puesto el suficiente amor o porque hayamos dejando introducir el pecado en nosotros.
‘Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada’, nos ha dicho Jesús hoy. ‘Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos’.

lunes, 3 de mayo de 2010

Os doy mi paz pero no como la da el mundo

Hechos, 14, 18-27;
Sal. 144;
Jn. 14, 27-31
¿Quién no desea la paz? Todos la buscamos, la deseamos, la queremos en lo personal, y la queremos en el ámbito social. Rechazamos la violencia, todo lo que pueda mermar la paz, que son muchas cosas. Nos gustaría disfrutar de la paz, pero a veces parece que nos falta.
Hoy nos dice Jesús: ‘La paz os dejo, mi paz os doy: no os la doy yo como la da el mundo…’ Vaya si tiene razón Jesús. No todo lo que llamamos paz es verdadera paz. La paz no se impone ni se puede obligar por la fuerza a tener paz. La paz no es sólo un estado de ánimo externo. No es sólo guardar un orden establecido, ni es una adormidera para nuestra vida. La paz no es una quietud en el espíritu como si no pasara nada o porque no nos queremos enterar de nada.
Jesús nos ha dicho: ‘No os la doy yo como la da el mundo’. Es algo muy hondo lo que nos quiere dar Jesús. Si nos falta por dentro, ya se pueden establecer muchas normas o leyes para que haya paz, que no la tendremos. Aunque tengamos turbulencias en el espíritu podemos alcanzar esa paz que Jesús nos ofrece. Aunque vivamos en medio de conflictos de todo tipo, podemos mantener esa paz interior.
Queremos la paz de Jesús. La que El nos ofrece, pero la que El vivió. En su nacimiento los ángeles anunciaron la paz para todos los hombres, porque todos los hombres son amados de Dios. Ahora Cristo se entrega y muere por nosotros para que tengamos paz, porque su sangre derramada derriba los muros del odio y del mal; El se entrega y se da para lograr la reconciliación y en virtud de su sangre derramada nos ofrece su perdón.
Qué hermoso sentirnos amados de Dios, sentir que Dios nos perdona por muchos que sean nuestros males y pecados. Cuando Jesús perdonaba a los pecadores les decía vete en paz, y cómo no iban a tenerla si sus pecados quedaban perdonados y se sentían seguros porque se sentían amados y perdonados por Dios.
Es fácil buscar ese camino de paz. Simplemente mirar a Jesús y sentir el amor de Dios en nuestra vida. Nuestra alma se llenará de paz aunque ande inquieta porque desea muchas cosas buenas, porque está insatisfecha por la situación de nuestro mundo.
Las palabras de Jesús en el evangelio son de despedida. Llega la hora del príncipe de este mundo; llega la hora del poder de las tinieblas como dirá más tarde en el huerto a la hora del prendimiento. Fue una hora dura y de amargura. Ya conocemos cómo lo vivió en Getsemaní en esos momentos previos al comienzo de la pasión. Pero, aun siendo conciente Jesús como era de todo lo que iba a suceder, ¿perdería la paz de su corazón? Aunque fuerte fue la agonía en la cruz, ¿perdería la paz de su corazón? Seguro que no, porque El se había puesto en las manos del Padre. Ahora mismo nos lo ha dicho, cuando nos habla de la llegada del príncipe de este mundo, el que lo llevaría a la pasión y a la cruz. Pero Jesús no pierde la paz. ‘Es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que lo que el Padre me manda, yo lo hago’. Es el amor el que le hará no perder la paz.
¿Entenderemos nosotros la lección, aprenderemos a hacer como Jesús? Es bien elocuente y tenemos que aprender la lección. Nos puede venir el dolor, la debilidad nos deja, nos parece, inservibles, el corazón nos duele por dentro cuando vemos cuanto desamor ha habido en nuestra vida, nos sentimos agobiados por el peso de nuestros pecados o por los problemas que nos van envolviendo que nos parece que no tenemos salida. Pero ahí tenemos que poner amor y nos sentiremos amados de Dios. Que no perdamos nunca la paz en el corazón.

La fiesta de los apóstoles señala a la Iglesia como signo de santidad y como camino hacia Jesús


1Cor. 15, 1-8;
Sal. 18;
Jn. 14, 6-14


‘Has cimentado tu Iglesia sobre la roca de los apóstoles, para que permanezca en el mundo como signo de santidad y señale a todos los hombres el camino que nos lleva hacia ti’. Así proclamamos en uno de los prefacios de los apóstoles y nos manifiesta bien el sentido hermoso que tiene para los cristianos, para la Iglesia la celebración de la fiesta de cualquiera de los apóstoles. En el prefacio manifestamos además el gran motivo de nuestra acción de gracias en Jesús en cualquiera de las celebraciones. Cuánto más en la celebración de algunos de los apóstoles como nos sucede hoy al celebrar a san Felipe y Santiago el Menor.
Por otra parte en la oración hemos pedido que ‘con su intercesión, podamos participar en la muerte y en la resurrección de tu Hijo (de Jesús) para que merezcamos llegar a contemplar en el cielo el esplendor de tu gloria (de la gloria de Dios)’. Y es que la Iglesia tiene que ser signo de la gloria de Dios en medio de los hombres, signo de la santidad de Dios que hemos de saber copiar e imitar en nuestra vida.
Es importante para la Iglesia, para los cristianos la celebración de las fiestas de los Apóstoles, aunque de algunos de ellos tengamos poco conocimiento de por donde transcurrió su misión apostólica una vez que se dispersaron por todo el mundo, siguiendo el mandato de Cristo, para anunciar la Buena Noticia de Jesús a todos los hombres.
Pero somos Iglesia apostólica en una de sus características principales y sobre la roca de los Apóstoles, de Pedro y de todo el colegio apostólico está cimentada la Iglesia, fundamentada nuestra fe. Esa fe en Jesús que nos trasmitieron los apóstoles, los primeros testigos de Cristo, de su vida, de su muerte y de su resurrección. Sin ese testimonio apostólico nuestra fe en Jesús, podríamos decir, se hubiera quedado coja, porque ellos son los primeros testigos, y los que escucharon de labios del Maestro el mandato de llevar la Buena Noticia del Evangelio a todo el mundo. Con los Apóstoles y como los apóstoles la Iglesia, nosotros hemos de señalar a los hombres el camino que lleva a Jesús.
En la primera lectura, de la primera carta a los Corintios, hemos escuchado esa proclamación de fe en Jesús, muerto y resucitado, que nos hace Pablo. Y precisamente en los testigos de la resurrección, aquellos a los que se manifestó Cristo resucitado, hace especial hincapié a la hora de proclamarnos su fe. Quizá la liturgia haya escogido este texto de manera especial por la referencia a Santiago a quien también se le apareció Jesús resucitado de manera especial, que podría ser este Santiago, hijo de Alfeo que hoy estamos celebrando.
El evangelio – lo escuchamos hace un par de días – nos hace referencia también al otro apóstol a quien hoy celebramos, Felipe, por la pregunta que hace a Jesús: ‘Muéstranos al Padre y nos basta’. Hubiéramos podido recordar que a Felipe lo llama Jesús de forma directa como se nos narra al principio del evangelio de Juan, pero que pronto Felipe se convertirá en misionero de Jesús porque traerá a Natanael hasta Jesús. ‘Aquel de quien hablaron Moisés y los profetas lo hemos encontrado… ven y verás’. Pero podríamos recordar también que junto a Andrés hará de intermediario para que unos griegos, unos gentiles lleguen hasta Jesús a quien quieren conocer.
Podemos aquí encontrar un mensaje. Conocemos a Jesús y queremos seguirle, pero hemos de hablar de Jesús a los demás, hemos de convertirnos en apóstoles y misioneros. Que el Espíritu del Señor nos dé ese arrojo y esa valentía para hablar de Jesús a los demás. Pero también en la respuesta-queja de Jesús cuando Felipe le pide que le muestre al Padre, que eso será suficiente, que Jesús le dirá. ‘Tanto tiempo que estoy con vosotros y aún no me conoces’. Que nuestro estar al lado de Jesús nos haga conocerle más y más. Que crezca nuestro amor, nuestros deseos de estar con El, pero que le conozcamos y nos llenemos de su vida, para que luego podamos trasmitir a los demás lo que nosotros hemos vivido, aquello de lo que estamos llenos, que es de la vida de Jesús.

domingo, 2 de mayo de 2010

Compartimos la vida de Cristo resucitado si nos amamos


Hechos, 14, 21-27;
Sal. 144;
Apoc. 21, 1-5;
Jn. 13, 31-35

‘Vi un cielo nuevo y una tierra nueva… el primer cielo y la primera tierra han pasado… todo lo hago nuevo…’ Proféticamente nos habla el Apocalipsis de ese cielo nuevo y de esa tierra nueva y nos está hablando de esa plenitud que en Dios, en el cielo vamos a tener, y a los que continuamos nuestra peregrinación en medio de luchas y debilidades nos llena de esperanza. ‘La ciudad santa, la nueva Jerusalén que descendía del cielo enviada por Dios…’
Pero proféticamente nos habla el paraíso de ese cielo nuevo y de esa tierra nueva que ya ahora tenemos que ir viviendo y realizando aunque no lo tengamos en plenitud, porque aún el pecado sigue reinando en nosotros, porque aún el dolor y el sufrimiento no ha desaparecido de todo, porque aún seguimos dejando que haya muerte en nuestra vida. ¿No es eso lo que tenemos que ir construyendo ahora cuando queremos vivir el Reino de Dios? Ese Reino de Dios no puede ser algo lejano y que nos parezca inalcanzable, sino que es algo que quienes creemos en Jesús y seguimos su camino tenemos que ir viviendo ya.
Porque ya vamos viviendo la presencia de Dios entre nosotros, porque somos su pueblo, ese pueblo que El ha rescatado con su sangre y nos ha santificado. ‘Esta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos, y será su Dios’. ¿No nos recuerda lo que se nos dice en el principio del Evangelio de san Juan ‘la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros’?
Esa ‘ciudad santa que descendía del cielo, esa nueva Jerusalén’ la tenemos que ir logrando, viviendo ya ahora. ‘Dios estará con ellos y será su Dios’. ¡Qué consuelo! Aún nos queda sufrimiento porque, como les decía Pablo a aquellas comunidades de Asia Menor donde había anunciado el evangelio, ‘hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios’. Pero ‘el que estaba sentado en el Trono dijo: Todo lo hago nuevo’. Es la novedad del Evangelio que nos trae Jesús; es la novedad de esa vida nueva que tenemos que vivir; es esa transformación que hemos de ir realizando en nuestra vida y en nuestro mundo.
Algunas veces nos pasamos de conservadores porque nos contentamos como vivimos y pensamos que ya nada nuevo puede haber en nosotros. No es la novedad, diríamos de la novelería, sino es la novedad de esa transformación que el Señor con su gracia quiere realizar en nuestro corazón. Y cuando abrimos de verdad nuestro corazón al Señor y a su palabra nos damos cuenta de cuántas cosas tenemos que purificarnos, cuantas cosas podemos hacer mejor, en cuántas cosas nos podemos y nos tenemos que santificar.
El Apocalipsis nos habla de esa ‘nueva Jerusalén que descendía del cielo arreglada como una novia que se adorna para su esposo’. ¿Cuáles son esos adornos y esas joyas? La esposa o la novia se engalana con las joyas que le ha regalado su amor. Lo que ha recibido con amor y por amor, le sirve para adornar y enjoyar su vida para su esposo.
¿Qué nos querrá decir todo esto? Lo podemos tener bien claro. ¿No es la joya más preciosa que podemos tener en nuestra vida todo el amor que Dios nos tiene? No nos extrañe, pues, que lo que nos pida Jesús, que se mandamiento nuevo sea el del amor. Su mandamiento, nuestro distintivo, la imagen más hermosa que podamos dar de nuestra fe en El, la joya más hermosa con que podemos y tenemos que adornar nuestra vida. ‘Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros’.
Qué importante lo que nos dice Jesús, lo que nos pide como respuesta de nuestra vida. La más mala imagen que nosotros podamos proyectar de nuestra fe no es que seamos débiles y pecadores, sino que no nos amemos, nuestra desunión, nuestras rencillas y rencores, los desapegos de nuestro corazón, el individualismo en que encerremos nuestra vida; en una palabra nuestra falta de amor. Cualquiera puede comprender que seamos débiles y tengamos muchos tropiezos mientras vamos luchando, lo que es más difícil de comprender es que llevemos el nombre de cristianos y no nos amemos.
Seguimos viviendo la Pascua. Cuidado con que por el hecho de que las semanas van discurriendo y pasan los día, ya veamos la pascua como algo lejano. La Pascua para el cristiano es algo que tenemos que estar viviendo siempre con intensidad. Y ya sabemos la pascua es muerte y resurrección; es un morir al pecado para renacer a una nueva vida.
Y san Juan nos dirá que ‘sabemos que pasamos de la muerte a la vida si nos amamos’. El que no ama permanece en la muerte. Si queremos vivir la pascua tenemos que pasar a la vida, resucitar, en una palabra, amarnos. En consecuencia nuestra vivencia pascual es amarnos. Cuando amamos a los hermanos estamos compartiendo de verdad la vida de Cristo resucitado, porque hemos pasado de la muerte a la vida.
¡De cuántas maneras tenemos que expresar nuestro amor a los demás! En cuántas cosas concretas, en cuantos gestos, en cuantos detalles, en cuánto compromiso se tiene que traducir ese amor, esa pascua en nuestra vida, en ese día a día de nuestra convivencia con los hermanos, en la vida familiar, con aquellas personas de las que estamos rodeados en nuestro trabajo o en nuestra vida social, en el quehacer diario de nuestra comunidad cristiana.
Para concluir esta reflexión quiero resaltar algo que nos dice el texto de los Hechos de los Apóstoles. Después del itinerario realizado en su viaje apostólico, Pablo y Bernabé regresan a la comunidad de ‘Antioquia de donde los habían enviado con la gracia de Dios a la misión que acababan de cumplir. Al llegar reunieron a la Iglesia, le contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles las puertas de la fe’. Hermoso cómo la comunidad siente como algo propio todo aquello que se había realizado y dan gracias a Dios por todo ello. Que así sintamos nosotros como propio todo el quehacer de la Iglesia y así también alabemos al Señor.

sábado, 1 de mayo de 2010

Miramos a Jesús y conocemos a Dios

Hechos, 13, 44-52;
Sal. 97;
Jn. 14, 7-14

Todos queremos conocer a Dios, ver a Dios. Quizá nos hemos sorprendido a nosotros mismos en alguna ocasión poniendo imaginación para tratar de descubrir, de saber cómo es Dios. Digo imaginación que no tiene que ser necesariamente sueños imaginativos, sino ponernos a pensar, a reflexionar y sentimos ese hondo deseo dentro de nosotros.
Somos personas en las que los sentidos actúan fuertemente en nosotros y por eso queremos ver, queremos palpar, queremos oír con nuestros oídos y sentidos. De ahí surgirán muchas veces esas imágenes que nos hacemos de Dios y los que llevan el arte, por así decirlo en la sangre, tratarán de plasmarlo de mil maneras.
Pero ¿cómo podemos conocer a Dios? Quizá es más sencillo que toda esa imaginación porque realmente tenemos quien nos puede descubrir de verdad cómo es Dios. Jesús es la revelación de Dios, la Palabra que Dios nos dice de sí mismo; viéndolo a El, como escuchamos hoy en el evangelio, vemos al Padre.
‘Si me conocierais a mí, conoceríais también al Padre, nos dice hoy Jesús. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto’. Pero los discípulos no terminan de comprender. Felipe le replica y le pide: ‘Muéstranos al Padre, y nos basta’. Es cuando Jesús le dice que viéndole a El – y cuanto tiempo llevan con Jesús y aún no le conocen – es suficiente. ‘Quien me ha visto a mi, ha visto al Padre’.
Miramos a Jesús y podemos conocer a Dios. Revelación de Dios, Palabra de Dios, ya lo hemos dicho. Miramos a Jesús y conocemos el amor que Dios nos tiene y podemos llegar a decir con san Juan en sus cartas: ‘Dios es amor’. Miramos a Jesús. y sabemos lo que es la misericordia, la compasión, el perdón. ‘El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia’, como ya habíamos escuchado en el Antiguo Testamento, pero que también en la cruz escuchamos a Jesús: ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen…’
Así podíamos seguir mirando a Jesús y conociendo más y más el rostro misericordioso de Dios ‘Imagen de Dios invisible y Primogénito de toda criatura’, que nos enseña san Pablo en sus cartas. Pero es que Jesús es el único que puede darnos a conocer a Dios. ‘Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y al Padre no lo conoce más que el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’. Por eso nos dirá Jesús: ‘Yo y el Padre somos uno… yo estoy en el Padre y el Padre en mí…’
‘Muéstranos al Padre…’ seguimos pidiendo a Jesús porque sabemos que como nos dice ‘nadie va al Padre sino por mí’. Que así busquemos cada día conocer más a Jesús, impregnarnos de su vida, dejarnos inundar por su Palabra. Ya no necesitaremos imaginaciones sino que viendo a Jesús veremos a Dios, llenándonos de Jesús nos llenamos e inundamos de Dios.
Por eso además podemos tener la certeza de que somos escuchados, no sólo porque El nos ha enseñado a orar, sino porque además sabemos que lo que pidamos en el nombre de Jesús lo alcanzaremos. Por eso hemos de decir siempre ‘por Jesucristo, nuestro Señor’.

viernes, 30 de abril de 2010

Eucaristía de una vida injertada en Jesús y en su Cruz


una reflexión en las bodas de diamante de una religiosa


Hechos, 13, 26-33;
Sal. 2;
Jn. 14, 1-6


Nos convoca aquí esta mañana una Eucaristía que es una acción de gracias pero que es también la ofrenda de una vida que se hizo Eucaristía en una consagración vivida a través de setenta y cinco años de fidelidad y de amor.
Para los que les cuesta entender estas cosas les puede parecer una Eucaristía muy larga. Muchos años de Eucaristía y de ofrenda continua cuando estamos viendo a nuestro alrededor un mundo de rupturas, un mundo de cansancios que producen inconstancia o de inconstancias que producen cansancios y banalidades, un mundo donde es tan fácil cambiar de parecer y de posturas, un mundo donde tan fácilmente se debilita el amor y donde no se sabe entender lo que es el compromiso y la fidelidad.
Por eso es admirable una ofrenda de Eucaristía que abarque toda una vida. Nosotros queremos hacer hoy Eucaristía especial porque queremos ayudar, apoyar con nuestra oración y nuestra comunión esas manos y esa vida – temblorosas y debilidades físicamente es cierto – pero que en el fondo de su corazón quieren seguir sosteniendo el cáliz de la ofrenda. Qué ejemplo es además para todos nosotros. Qué aliciente sentimos en nuestra vida. Qué entusiasmo de amor rebrota en nuestro corazón para vivir también nosotros así la Eucaristía de nuestra vida.
Ahí tenemos a Sor Rosa acercándose al centenario de su vida, pero cumpliendo hoy los setenta y cinco años de su consagración al Señor. Bodas de diamante, decimos, por la belleza de los años consagrados y por la firmeza con que se ha mantenido esa fidelidad. Hoy sus palabras no nos pueden decir nada dada su debilidad mental y su enfermedad, pero el testimonio de su vida es bien elocuente y un grito que nos hace despertar.
Más de medio siglo en este hogar – exactamente sesenta y un años -, el resto de su vida religiosa por Granada y Baza. Quienes la conocieron cuando estaba en plena lucidez nos hablan de su entrega, de su delicadeza exquisita, de su amor, de su humildad, de su austeridad; nos hablan de su preocupación constante por buscar lo mejor donde fuera para sus ancianitos – cuantas salidas a hacer cuestación por las casas de nuestros pueblos que incluso la llevarían cuando se estaba debilitando su mente a tocar en cualquier puerta del hogar esperando encontrar una respuesta y una limosna -; nos hablan de su espíritu de sacrificio que vivió ya antes de ingresar en la congregación que retrasó para que otras hermanas suyas entraran mientras ella cuidaba de sus padres ancianos; nos hablan del respeto y cariño que despertaba en los que la rodeaban con su presencia y que nunca permitía una mala palabra o un juicio o murmuración contra nadie; nos hablan de la alegría de su vida porque siempre llevaba a Dios con ella, de su fidelidad a su consagración viviendo intensamente los carismas propios de esta congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados.
Podríamos quizá preguntarnos de dónde nacía todo esto. Ella un día se había sentido cautivada por el Señor y le había dado un Sí total consagrándole toda su vida para seguir con toda radicalidad el camino de Jesús. ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida’. Ella habría escuchado quizá muchas veces estas mismas palabras de Jesús que hoy hemos nosotros escuchado en el evangelio y ella había dicho Sí, Jesús es mi camino, mi único camino; Jesús es mi Verdad, la única verdad que da sentido y es motor de mi vida; Jesús es mi vida, ya no vivo yo, ya no quiero vivir mi yo, el yo de mi vida, sino que será para siempre Cristo quien viva en mí.
Su fe en Jesús ya no se iba a resquebrajar aunque pudiera haber dudas y turbulencias en su vida, como las hay en toda vida. Ella había asumido esas palabras de Jesús: ‘Creed en Dios y creed también en mí’. Es lo que toda religiosa que se consagra al Señor, toda persona que siente en su corazón la llamada del Señor y le da su Sí total para seguirle.
Cuando estamos precisamente celebrando la semana vocacional tras la celebración del domingo pasado del día del Buen Pastor y la Jornada de Oración por las vocaciones, un testimonio como el que hoy estamos contemplando, aunque sea de una forma silenciosa por su parte, es para nosotros todos un fuerte grito, una fuerte llamada en nombre del Señor.
En ella, en su silencio, en su ensimismamiento, podemos ver el grano de trigo que cae en tierra y silenciosamente bajo la tierra sin saber nosotros cómo ni verlo con nuestros ojos, sin embargo hace surgir una nueva vida, una nueva planta. Que así surja de este testimonio un semillero de vocaciones como sólo Dios sabe hacer y suscitar. Oremos al Señor para que así sea. Y demos gracias, celebremos de verdad Eucaristía, la Eucaristía de Jesús, claro está, pero la Eucaristía de la vida de sor Rosa injertada como lo está en Jesús y en su cruz.

Unas palabras que despiertan la fe y la esperanza

Hechos, 13, 26-33;
Sal. 2;
Jn. 14, 1-6

‘No perdáis la calma: creed en Dios y creed también en mí…’ Estas palabras de Jesús fueron pronunciadas en el contexto concreto de la Última Cena y con el ambiente tenso que se había creado porque todo sonaba a despedida y que Jesús manifestaba con sus mismas palabras y su promesa. ‘Me voy a prepararos sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy, estéis también vosotros…’
Sin embargo reconozco y confieso que en muchos momentos me han ayudado a orar con confianza y esperanza en el Señor dadas las diversas situaciones por las que uno pasa en la vida.
Son, es cierto, palabras de esperanza y nos están hablando de vida eterna y de vivir en Dios y con Dios para siempre, incluso más allá de la muerte. Pero esa fe y esa esperanza que Jesús quiere despertar en nosotros con sus palabras las necesitamos escuchar con fuerza en muchos momentos. Cómo no poner nuestra confianza en Dios en medio del dolor y del sufrimiento de cada día, de nuestras limitaciones y debilidades, o cuando nos vemos agobiados por problemas o por soledades.
Ponemos nuestra confianza en Dios, en Cristo porque El es la roca firme y segura en la que podemos apoyarnos sabiendo que nunca nos fallará. Podrán surgir dudas en nuestro interior porque así nos sentimos débiles o cuando pensamos hacer las cosas sólo por nosotros mismos o con nuestras fuerzas. Entonces nos sentimos débiles, nos damos cuenta de nuestra inseguridad.
La única seguridad cierta la tenemos en el Señor. De mil maneras se manifiesta a nuestro lado y nos concede la fuerza de su Espíritu. Hemos de abrir los ojos de la fe para descubrirlo y experimentarlo.
‘Adonde yo voy, ya sabéis el camino…’ nos dice, aunque todavía habrá alguno de los discípulos que le replique: ‘Señor, no sabemos adonde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’
Sí sabemos adonde va y adonde tenemos que ir nosotros. El camino es Jesús. El es nuestra vida y nuestra verdad. Cuando decimos que creemos en El no vamos a hacer otra cosa que seguir sus pasos, vivir su vida, sentir y experimentar en nosotros que sólo El es la verdad absoluta de nuestra vida. No podemos tener dudas, no podemos estar relativizándolo todo. También Pilatos preguntó: ‘¿y qué es la verdad?’ Era la pregunta de muchos filósofos de su tiempo que buscaban pero no sabían encontrar la verdad, como puede ser también la de los modernos hombres de pensamiento con semejantes planteamientos.
Pero nosotros tenemos la seguridad de que nuestra única verdad es Jesucristo. Por El lo damos todo, lo entregamos todo, somos capaces de darnos nosotros mismos, de dar nuestra vida. ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida’, nos dice Jesús. Y le creemos aunque nos cueste, pero le ponemos a El como único centro de nuestro vivir, como una razón de ser de nuestra existencia.
En los Hechos hemos escuchado el discurso de Pedro en Antioquia de Pisidia anunciando la Buena Nueva de Jesús. ‘Nosotros os anunciamos que la promesa que Dios hizo a nuestros padres, nos la ha cumplido a los hijos resucitando a Jesús’.

jueves, 29 de abril de 2010

Contemplación de la pasión y servicio a la Iglesia, santa Catalina de Siena

1Jn. 1, 5-2,2;
Sal. 148;
Lc. 10, 38-42

‘Hiciste arder de amor divino a santa Catalina de Siena en la contemplación de la pasión de la pasión de tu Hijo y en su entrega al servicio de la Iglesia…’ Así define las liturgia la santidad de Santa Catalina de Siena a quien la Iglesia reconoce como doctora por la sublimidad de su enseñanza mística y como Patrona de Europa por la importancia que tuvo su figura en aquellos años difíciles para la Iglesia y para la misma Europa.
Una mujer encerrada tras los muros de un monasterio de vida contemplativa y que además murió muy joven, sin embargo tuvo una influencia decisiva en la vida de la Iglesia, en la vuelta del Papa a Roma tras los largos años de Avignon como sólo un alma grande y santa podría realizar.
Lo importante, podríamos decir, fue su santidad. Se consagró al Señor muy joven en la Orden dominicana contemplativa. En la contemplación de la pasión de Cristo, decíamos en la oración, creció en su espíritu y sobresalió en la contemplación del misterio de Cristo y así en su espíritu de oración pudo llegar a altas cotas de contemplación y santidad. Lo que no la hacía ajena a los problemas de la Iglesia y de su tiempo, por lo que vivió ese intenso servicio a la Iglesia impulsando reformas de costumbres y una vida santa en todos.
Cómo tendríamos que aprender a empaparnos así de la vida de Cristo que nos llena de su gracia. Cómo contemplando la pasión de Cristo que es contemplar su amor sin límites, su amor infinito por nosotros, nos sentimos impulsados para arrancarnos del pecado, para purificar más y más nuestra vida, para que así resplandezca la gracia del Señor en nosotros, y así brille nuestra santidad.
Nos cuesta porque somos como esos objetos valiosos que, porque no hemos sabido cuidar debidamente, se van ennegreciendo, perdiendo su brillo y resplandor y pronto podremos confundirlos con objetos de poco valor. Los limpiamos, los pulimos, arrancamos esa suciedad y negrura y nos daremos cuenta de su brillo y valor.
Así nosotros, que valemos nada menos que la dignidad de hijos de Dios con que el Señor nos ha dotado en nuestro bautismo y además el valor infinito de la sangre de Cristo con la que hemos sido rescatados. Pero dejamos ennegrecer nuestra vida con el pecado, la frialdad, la indiferencia, la desgana espiritual y perdemos ese brillo de la gracia. Que aprendamos a purificarnos, a buscar ese brillo de la santidad en nuestra vida.
¿Cómo hacer? Hoy en el evangelio hemos visto a las dos hermanas de Betania alrededor de Jesús cada una en su función y que ambas tanto nos pueden enseñar. María, a los pies de Jesús, bebiéndose sus palabras, absorta en el disfrute de la presencia de Cristo allí en su hogar es el ejemplo para nuestra oración, para nuestra unión grande y profunda con el Señor. Y Marta, desviviéndose en el servicio, para atender de la mejor manera que podía y sabía al Señor.
Desviviéndose en el servicio que es desviviéndose en el amor, el amor al hermano, al que está a nuestro lado, al pobre que sufre de muchas carencias o al que tiene mucha necesidad, o al que se siente solo y abandonado porque ahí está el Señor. Desviviéndose en el servicio, tenemos que decir con el ejemplo de Santa Catalina de Siena, que es el amor a la Iglesia, amándola, defendiéndola, orando por ella, siendo buenos hijos de la Iglesia, prestando nuestro servicio de amor a la comunidad.
Es el camino que hoy nos pide quizá el Señor. ‘Concédenos vivir asociados al misterio de Cristo para que podamos llenarnos de alegría en la manifestación de su gloria’.

miércoles, 28 de abril de 2010

Yo he venido como luz, que su Espíritu nos mantenga siempre en esa luz

Hechos, 12, 24-13, 5;
Sal. 66;
Jn. 12, 44-50

‘Yo he venido al mundo como luz, y así el que cree en Mí no quedará en tinieblas…’ Será algo que nos repetirá Jesús en el evangelio. La imagen de la luz es constante sobre todo en el evangelio de san Juan. Jesús es la luz – ‘Yo soy la luz del mundo’, nos dirá – y cuando le damos el sí de nuestra fe quedamos iluminados para siempre.
Un detalle en referencia a esto es que a los cristianos recién bautizados en una época de la Iglesia se les llamaba los iluminados. Y no olvidemos que en el Bautismo recibimos como un signo la luz encendida del cirio pascual. Qué hermoso por otra parte el lucernario con que comienza la vigilia pascual hasta que somos iluminados por la luz de Cristo resucitado.
Pero es necesario ese sí, esa respuesta positiva por nuestra parte, esa respuesta de nuestra fe. No vaya a ser aquello otro que nos dice el principio del evangelio de Juan, que vino la luz pero las tinieblas no la recibieron. ¿Preferimos estar en las tinieblas o ser iluminados por la luz de Cristo?
Con esa luz conoceremos a Dios, porque como dice Jesús ‘el que me ve a mí, ve al que me ha enviado’. Con esa luz nos llenamos de vida eterna, porque el mandado, el encargo que Jesús ha recibido del Padre que le ha enviado, es la vida eterna, Cursiva‘yo sé que su mandato es vida eterna’, nos dice. Quien acepta esa luz, se deja iluminar por ella, cree en Jesús, se llena del Espíritu de Jesús. Va a ser su Espíritu el que actúa en nuestros corazones – sus obras son las obras de la luz, de la vida, del amor -, como el Espíritu es el que va a guiar a la Iglesia.
En el relato de los Hechos de los Apóstoles que hoy se nos ha proclamado vemos palpable esa acción del Espíritu en la comunidad, en este caso, de Antioquia.
Fruto de la presencia y fuerza del Espíritu era la intensidad de vida de aquella comunidad. Por una parte ‘la palabra del Señor cundía y se propagaba’, con lo cual vemos el crecimiento de vida de esa comunidad. Se manifestaban por otra parte los dones del Espíritu en los diferentes carismas que surgen en la comunidad. ‘En la Iglesia de Antioquia había maestros y profetas…’ y nos hace una relación de esas personas llenas del Espíritu que se manifestaba en diferentes carismas.
Era por otra parte una comunidad orante y que sentía la presencia y la fuerza del Espíritu del Señor en su oración. ‘Un día que ayunaban y daban culto al Señor, dijo el Espíritu Santo: apartadme a Bernabé y a Saulo para la tarea a que los he llamado’. Eso los hace también una comunidad misionera que envía con la fuerza del Espíritu a Bernabé y a Saulo a anunciar la Buena Noticia por diferentes lugares. ‘Volvieron a ayunar y orar, les impusieron las manos y los despidieron. Con la fuerza del Espíritu Santo bajaron a Seleucia y se embarcaron para Chipre…’ Seleucia es el puerto de mar en el Mediterráneo a poca distancia de Antioquia.
Que así nos dejemos inundar y conducir por el Espíritu, que nos ayude a conocer más y más a Jesús, a hacer una oración en el Espíritu y nos dé ese empuje misionero en nuestro corazón para sentir siempre la urgencia del anuncio del Evangelio en todas partes.

martes, 27 de abril de 2010

Espíritu misionero, espíritu de comunión, seguimiento de Jesús

Hechos, 11, 19-26;
Sal. 86;
Jn. 10, 22-30

Los Hechos de los Apóstoles nos manifiestan la intensidad de la vida de la Iglesia y su crecimiento constante. Todo es ocasión para realizar esa acción misionera. Si había sido duro dispersarse cuando el comienzo de la persecución con el martirio de Esteban, que podían realmente parecer momentos difíciles, sin embargo fue ocasión y motivo para esa acción misionera de la Iglesia. Algo tendríamos que aprender.
‘Llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquia…’ nos relata el autor sagrado. Y ya no sólo anuncian la Buena Noticia de Jesús a los judíos sino que ‘se pusieron a hablar a los griegos anunciándoles al Señor Jesús’. Y está la respuesta porque ‘muchos se convirtieron y abrazaron la fe’. Más adelante nos dirá que ‘una multitud considerable se adhirió al Señor’.
Se manifiesta también la comunión entre las Iglesias que se van constituyendo. ‘Llegó la noticia a Jerusalén y enviaron a Bernabé a Antioquia…’ No son comunidades separadas y aisladas unas de otras, sino que hay una hermosa comunión entre ellas alegrándose mutuamente del crecimiento de los discípulos y apoyándose mutuamente.
Llegó Bernabé y siguió creciendo la comunidad y nos dice que se les iba instruyendo con todo detalle. Comunidad en la que pronto aparecerá el nombre de cristianos para llamar a los que seguían el nuevo camino, como se nos ha dicho en otro lugar, los discípulos de Jesús. Bernabé además sabe de alguien que puede realizar una labor importante entre los discípulos y en el avance del Evangelio y se va a Tarso para traerse a Saulo, a quien habría conocido en Jerusalén antes de que lo enviaran a Tarso..
Hemos ido subrayando algunos aspectos importantes que sobresalen en aquellas primeras comunidades y que pueden ser un estímulo y un ejemplo para nosotros. El impulso misionero y apostólico para en todo momento y ocasión anunciar a Jesús y hacer crecer el número de los discípulos, es una primera cosa que podemos destacar. Es una inquietud que tiene que haber en nuestro corazón, que tiene que estar muy presente en nuestra oración, que nos ha de mover en todo momento a ese buen testimonio que podemos y tenemos que dar.
Otra cosa que hemos destacado es el espíritu de comunión entre todos los que creemos en Jesús. Comunión que se llama vivencia eclesial, sentirnos y hacer Iglesia, vivir ese sentido de comunidad y que es ese sentirnos unidos a los demás en una misma fe y que se ha de manifestar también en un mismo amor. Cómo nos hemos de acoger y valorar todos; cómo acogemos al que llega y le hacemos sentirse a gusto con nosotros y a nuestro lado. Esto es algo a tener muy en cuenta hoy dada la movilidad tan grande en que se vive hoy en nuestra sociedad, llámense emigrantes que nos llegan de todas partes, o llámense también turistas que nos visitan y conviven con nosotros.
Y todo esto nace de nuestra fe en Jesús. Creemos en El y queremos seguirle; creemos en El y le escuchamos; creemos en El y le sentimos a nuestro lado siendo nuestra fuerza, nuestra vida, nuestro apoyo, nuestro alimento, nuestra defensa también. Hoy el evangelio nos habla del pastor y de las ovejas que le siguen, conocen su voz, y el pastor las conoce y las alimenta y las defiende. ‘Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano’. Que así nos sintamos seguros desde nuestra fe en Jesús.

domingo, 25 de abril de 2010

El Cordero que está delante del Trono será su Pastor


Hechos, 13, 14.43-52;
Sal. 99;
Apoc. 7, 9.14-17;
Jn. 10, 27-30

‘Porque el Cordero que está delante del Trono será su Pastor y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas. Dios enjugará las lágrimas de sus ojos…’ nos dice el libro del Apocalipsis.
Celebramos en este cuarto domingo de Pascua a Cristo Buen Pastor; Cristo es el Cordero inmolado que se ofrece y se inmola para quitar el pecado el mundo, pero al mismo tiempo es el Pastor que nos guía y nos conoce, nos alimenta y da su vida por nosotros, de lo que nos habla el Evangelio. Conducirá a su rebaño, como decía el Apocalipsis, ‘hacia las fuentes de aguas vivas’. Cuántas veces hemos rezado el salmo ‘el Señor es mi pastor, nada me puede faltar, en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia las fuentes tranquilas y repara mis fuerzas’.
Toda la liturgia de este domingo está impregnada de este sentido porque en las oraciones repetidamente nos habla del ‘rebaño adquirido por la sangre de Cristo’, y pedimos que podamos ‘tener parte en la admirable victoria de su pastor’. Por su parte los prefacios nos hablan de Cristo, ‘nuestra Pascua que ha sido inmolada y no cesa de ofrecerse por nosotros y de interceder por todos’, porque ‘inmolado ya no vuelve a morir, sacrificado, vive para siempre’.
‘Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño’
, decíamos en el salmo. Todo esto me hace hacerme la siguiente reflexión. Como miembros del pueblo de Dios sentimos también en nuestro interior y desde nuestra unión con Cristo la urgencia y la inquietud por la vida y el crecimiento de ese pueblo de Dios, porque a todos los hombres sea anunciado el nombre de Jesús. Tarea no siempre fácil, por nuestra debilidad y condición pecadora que no siempre hacemos atrayente para los demás nuestra forma imperfecta de vivir la salvación que Cristo nos ofrece, y porque no siempre encontramos un campo bien dispuesto que quiera aceptar la semilla del evangelio que nosotros queramos sembrar.
En la primera lectura, los Hechos de los Apóstoles, se nos narra la tarea evangelizadora que hacen Pablo y Bernabé en lo que llamamos el primer viaje apostólico y misionero de Pablo. Encontramos reacciones muy contrapuestas porque en lo que al principio podría parecer un éxito grande en tantos que escuchaban con agrado la predicación de Pablo y Bernabé, pronto se tornaba sombrío el ambiente cuando muchos dejándose arrastrar por la envidia se oponen con insultos y persecuciones a la predicación de los apóstoles; todo ello hará que se dirijan más a los gentiles que a los judíos y que luego tengan que marchar a otros sitios a proseguir su acción misionera porque allí no todos los aceptaban.
Es la tarea que, en medio de dificultades y también persecuciones de todo tipo, la Iglesia ha seguido realizando a través de los tiempos, y quiere seguir realizando hoy. Es toda la tarea misionera y pastoral que realiza la Iglesia. Como decíamos, no siempre es fácil. Porque nuestro mundo es como aquel tan diverso campo donde era sembrada la semilla en la parábola del sembrador que Jesús nos propone. Tierra endurecida por pisoteada, tierra llena de pedruscos o de abrojos y zarzales, y tierra buena aunque no siempre labrada con la misma intensidad en todas sus parcelas.
Se traduce en las dificultades diversas que se encuentran para hacer el anuncio de la Buena Nueva, porque a muchos no les interesa escuchar el mensaje, otros se encuentran bien – o eso les parece – como están y dicen no necesitar de esa novedad del evangelio para trasformar sus vidas, y en muchas ocasiones vamos a encontrar el rechazo y hasta la persecución que nos puede llegar bajo las más sutiles formas.
Pero el creyente en Jesús no se puede rendir ni echar para atrás por muy difícil que sea la tarea y aunque le lleguen incluso persecuciones. Estamos participando de la misión y de la obra de Jesús, y ya sabemos bien cómo El llega a subir al calvario y a la cruz. En el texto del Apocalipsis hoy encontramos más razones para la fortaleza y la esperanza, que es contemplar la gloria de Dios y a esa muchedumbre inmensa con vestiduras blancas y palmas en sus manos. ‘Son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero’ y por eso ahora participan ya de la gloria del Señor, del triunfo del Señor en el cielo. Recordemos cómo pedíamos en la oración que ‘el débil rebaño de los que seguimos a Jesús tengamos parte en la admirable victoria de su pastor’. No nos puede faltar la esperanza y la valentía para seguir haciendo el anuncio del mensaje cristiano.
Cuando estamos celebrando este domingo del Buen Pastor y reflexionando sobre esta tarea evangelizadora y pastoral de la Iglesia se nos invita a mirar a quienes de una manera especial realizan esta acción pastoral en la vida sacerdotal y/o en la consagración de la vida religiosa. En otras épocas este domingo del Buen Pastor era algo así como el día del párroco por esa labor de pastor que realiza en las comunidades parroquiales.
Hoy se convierte en una Jornada vocacional, una Jornada de especial oración por las vocaciones, vocación a la vida sacerdotal y a la vida religiosa o consagrada. ‘El testimonio suscita vocaciones’, es el lema que se nos propone este año y sobre el que gira el mensaje del Papa para esta Jornada.
Yo diría que es una llamada a nosotros, los sacerdotes y a todos los consagrados al Señor, para que demos ese buen olor de Cristo, ese testimonio claro para que muchos puedan sentir también la llamada del Señor en su corazón para vivir igualmente una vida de servicio a Dios y a la Iglesia en esa especial vocación sacerdotal o religiosa.
Tendría que ser también una llamada a todos los cristianos para que, valorando la vida de entrega de los sacerdotes y religiosos y religiosas, oren al Señor para que sintamos la fuerza divina de la gracia que nos haga fieles, ejemplares para los demás en el seguimiento del Señor y en la vivencia de nuestra vocación y nuestros específicos carismas, lleguemos a dar ese testimonio que suscite vocaciones.
Es una Jornada, pues, para orar intensamente al Dueño de la mies para que envíe operarios a su mies. La oración intensa del pueblo cristiano alcanzará esa gracia del Señor para la Iglesia. Que importante la oración de los enfermos, de los ancianos, de las personas que viven la cruz del dolor y del sufrimiento, de la soledad y del abandono, para hacer esa hermosa ofrenda al Señor uniéndose a la pasión y cruz de Cristo para pedir por las vocaciones. Un pueblo cristiano que ora por las vocaciones, porque valora y tiene en su justo valor ese ministerio en medio de la Iglesia, será un pueblo que se verá enriquecido con muchas llamadas del Señor en su seno.

viernes, 23 de abril de 2010

Santo Hermano Pedro o la vivencia del misterio de Cristo en la pobreza de Belén y de la Cruz


Is. 58, 6-11;
Sal. 111;
Ef. 3, 14-19;
Mt. 25, 31-46

‘Venid vosotros, benditos de mi Padre, estuve enfermo y me visitasteis. Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis…’ ¡Cómo no recordar estas palabras cuando estamos celebrando la fiesta del Santo Hermano Pedro, nuestro santo canario!
Esa fue su vida y ese fue su camino de santidad. Una inquietud en su corazón le llevó a marchar a Centroamérica y allí gastó su vida en el amor. Cumplió ampliamente y al pie de la letra las palabras del Evangelio y lo que escuchamos también en el profeta Isaías. ‘Cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, hospedes al pobre sin techo, y vistas al que ves desnudo… brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía…’
Pobre llegó hasta Guatemala después de muchos avatares desde que partió de Tenerife y allí vivió entre los pobres y a su atención y servicio dedicó totalmente su vida. Cuba, Honduras fueron etapas, además nada fáciles por su enfermedad, por las que el Señor le fue llevando hasta que sintió que sería allí en Antigua donde gastaría su vida en el amor.
No vamos a extendernos en detalles de su vida que fue todo amor y servicio a los pobres y necesitados, sino aprender de él para vivir también nuestro camino de amor y santidad. Cuando los cristianos celebramos las fiestas de los santos aprendemos del ejemplo de su vida al tiempo que nos sentimos protegidos con su valiosa intercesión pero sobre todo nos sentimos impulsados a ver en su santidad un estímulo grande para nuestra personal lucha por la santidad.
La espiritualidad del Hermano Pedro se centra en tres grandes misterios de la vida de Cristo: Belén, la Pasión y la Eucaristía. Pobreza y humildad como contemplamos en el nacimiento de Jesús en Belén, entrega en el amor hasta ser capaz de dar la vida como lo hizo Cristo en su pasión, y unión grande y profunda con Cristo en la Eucaristía que es la fuente de su profundo espíritu de humildad, pobreza y servicio, como nos lo expresa la liturgia en las oraciones de su fiesta.
El Santo Hermano Pedro era un hombre de profunda oración, un contemplativo casi podríamos decir. En la oración va discerniendo él los caminos del Señor para su vida ya desde su juventud en Tenerife y será donde descubre esa llamada en su corazón para emprender esa travesía del Atlántico rumbo a América.
En cada paso que va dando, en los acontecimientos que van jalonando su vida siempre quiere descubrir y realizar lo que Dios quiere para él. Su propia enfermedad, la pobreza y la penuria por la que tendrá que pasar, sus trabajos en el barco que le lleva de un sitio para otro son señales de esos caminos de Dios que él va descubriendo y discerniendo en su espíritu de oración. Así llegará a Guatemala.
Querrá ser sacerdote pero la dificultad para los latines serán una señal para él del camino humilde que ha de seguir. En momentos difíciles y sin saber qué decisiones tomar, retirado en oración ante la Virgen encontrará su verdadero camino. Así se entregará por entero al servicio de los desheredados de este mundo, los más pobres e indefensos.
Como pedimos en la oración litúrgica de esta fiesta, con el ejemplo del Santo Hermano Pedro, que el espíritu de la Pasión que inundó la vida de nuestro Santo anime nuestra vida para que podamos servir a Dios en una auténtica caridad, y así podamos servir al Señor en nuestros hermanos más necesitados.

Cristo sale al encuentro de Saulo porque es un instrumento elegido

Hechos, 9, 1-20;
Sal. 116;
Jn. 6, 53-60

Cuando escuchamos el relato del martirio de Esteban se nos decía que quienes lo apedrearon ‘dejaron sus capas a los pies de un joven llamado Saulo… que éste aprobaba aquella ejecución’.
Hoy lo vemos con ‘cartas del Sumo Sacerdote para las sinagogas de Damasco, autorizándolo a traerse a Jerusalén presos a todos los que seguían el nuevo camino, hombres y mujeres’. No es de extrañar, pues, la reacción de Ananías cuando recibe la visión del Señor diciendo que ‘ha oído hablar a muchos de ese individuo y del daño que ha hecho a los fieles de Jerusalén…’
‘Este hombre es un instrumento elegido por mí, le dice el Señor, para dar a conocer mi nombre a pueblos y reyes, y a los israelitas…’ Ya tendremos ocasión de ver toda la tarea que le confía el Señor. Dios lo había escogido, le había salido al encuentro en el camino de Damasco. ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?... soy Jesús a quien tú persigues. Levántate y entra en la ciudad que allí te dirán lo que has de hacer’.
El resplandor de la luz de Cristo que le había salido como un fogonazo de un relámpago le dejó ciego para los caminos de este mundo. Algo nuevo tenía ahora Saulo que ver. ‘Lo llevaron de la mano hasta Damasco’. La luz de Cristo le iba a iluminar totalmente, aunque ahora en su confusión sus ojos estuvieran ciegos. Cuando recibiera el Bautismo sus ojos se abrirían pero ya de otra manera. No era otra cosa lo que iba a mirar en adelante sino a Cristo a quien iba a tener muy presente en su vida. ‘Inmediatamente se le cayeron de los ojos como una escamas y recobró la vista’. Quien había venido como perseguidor, pronto ‘se puso a predicar en las sinagogas afirmando que Jesús es el Hijo de Dios’.
Tendremos oportunidad de seguir contemplando el camino de Saulo, que pronto sería Pablo, porque en el tiempo pascual leemos los Hechos de los Apóstoles de forma continuada y a partir de cierto momento va a haber un seguimiento muy intenso de la actividad de Pablo en sus primeros viajes apostólicos hasta que llegue preso a Roma.
Hoy nos quedamos con este encuentro con Cristo y su conversión. Cristo es el que le busca y le sale al encuentro. La luz de Cristo le ilumina de una forma distinta como también a nosotros. Cristo nos sale al encuentro también tantas veces con su luz pero cuánto nos cuesta dejarnos transformar por El. Esto es hoy una invitación para aprender a escuchar esa voz de Cristo que nos llama y nos pide cada día la transformación de nuestro corazón.
Cristo que viene a nosotros para darnos vida y se hace comida para que tengamos vida para siempre. Y hacemos ahora referencia al evangelio que con el discurso del Pan de Vida hemos venido escuchando estos días. Pero la riqueza de la Palabra de Dios que se nos ha ido proclamando ha sido grande y hemos tenido que optar en esta ocasión por comentar con mayor detalle lo que nos ha ido narrando el libro de los Hechos de los Apóstoles. Pero, por supuesto, ahí está toda la riqueza y profundidad del Evangelio que no podemos olvidar.
Aquí estamos ahora celebrando la Eucaristía donde Cristo mismo se nos da y se nos hace alimento de nuestra vida. ‘Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida’, hemos escuchado. ‘El que me come vivirá por mí… el que come de este pan vivirá para siempre’. Que nos llenemos en verdad de Cristo, de su vida, para que tengamos vida para siempre. Con su fuerza no sólo nos alimentamos, sino que se transformará nuestro corazón.

jueves, 22 de abril de 2010

‘¿Y cómo voy a entender sin nadie que me guíe?’

Hechos, 8, 26-40;
Sal. 65;
Jn. 6, 44-52

‘¿Entiendes lo que estás leyendo?... ¿y cómo lo voy a entender si nadie me guía?’ Es el arranque de la conversación entre Felipe y el ministro de la reina de Etiopía que volvía de una peregrinación a Jerusalén.
El Espíritu del Señor – ‘el ángel del Señor’, dice el texto sagrado – condujo a Felipe, a quien hemos visto predicando en Samaria, hasta llevarlo junto a la carroza del eunuco. ‘Iba de vuelta, sentado en su carroza, leyendo al profeta Isaías’. Un texto en clara referencia a Jesús, Cordero inocente que se entrega por nosotros. ‘Invitó a Felipe a subir y a sentarse con él’. Felipe le explica ante las preguntas de aquel hombre. ‘Se puso a hablarle y tomando pie de este pasaje, le anunció la Buena Noticia de Jesús’.
Un anuncio kerigmático proclamando a Jesús como el Mesías Salvador. Una Catequesis que llevará a aquel hombre a pedir el Bautismo. ‘En el viaje llegaron a un sitio donde había agua y le dijo el eunuco: Mira, agua. Qué dificultad hay en que me bautice?... Si crees de todo corazón, se puede… Creo que Jesús es el Hijo de Dios’, proclamó su fe aquel hombre. ‘Felipe lo bautizó… y siguió su viaje lleno de alegría… el Espíritu del Señor arrebató a Felipe y que fue a parar a Azoto, y fue evangelizando los poblados hasta que llegó a Cesarea’.
Hasta aquí un resumen del texto. Varias cosas podemos subrayar. Después del martirio de Esteban los primeros creyentes se fueron dispersando por distintos lugares y fueron llevando la Buena Noticia a todas partes. Aunque en principio el evangelio era anunciado a los judíos, pronto va a ser proclamado también a los gentiles. Este caso es alguien venido de lejos, quizá un prosélito del judaísmo por el interés que muestra por los profetas y el Antiguo Testamento.
Pero aquí hay un detalle a destacar. Iba leyendo al profeta Isaías. Era como su libro de compañía en el largo viaje. Pero fue la Palabra de Dios que llegó a su corazón. Qué importante para nosotros la lectura de la Biblia. No sólo cuando la escuchamos en la celebración sagrada, en la Eucaristía sino también como lectura personal, para nuestra reflexión personal y como base de nuestra oración. Ya podríamos aprender a ello y saber encontrar tiempo a lo largo de la jornada para dedicar un tiempo cada día a esa lectura personal.
Este hombre se deja guiar. No entiendo totalmente el sentido de lo que está leyendo pero está con el deseo de encontrar alguien que le explique. ‘¿Y cómo voy a entender sin nadie que me guíe?’ Es un aspecto importante, dejarnos guiar. Cuando venimos a la celebración escuchamos la explicación que nos hace el sacerdote. Pero los cristianos necesitamos algo más. Qué hermoso cuando en nuestras parroquias surgen grupos con deseos de profundizar en el evangelio o otra cualquier parte de la Biblia y se reúnen para hacer la lectura en común buscando alguien que oriente, que ayude, que dirija esa lectura para sacar provecho.
Felipe se deja conducir por el Espíritu del Señor que le lleva allí donde es necesario ese anuncio de la Buena Noticia de Jesús. Ha estado en Samaria, ahora es llevado junto a este hombre para ese anuncio del evangelio y luego seguirá evangelizando por distintos lugares como ya hemos reseñado. Dejarnos conducir por el Espíritu del Señor para eso bueno que nos va inspirando en nuestro corazón. Seguro que el Espíritu querrá llevarnos a muchas cosas buenas, a mucho que podemos hacer por los demás o por el anuncio del Evangelio. No pongamos resistencia al Espíritu del Señor.
El anuncio claro y firme que hace Felipe del nombre de Jesús como nuestro Salvador moverá el corazón de aquel hombre para hacer una profesión de fe, convertir su corazón al Señor y recibir el Bautismo. A eso tiene que llevarnos la Palabra de Dios que se nos proclama y que nosotros escuchamos. Que nuestra fe sea firme. Que nuestra conversión al Señor sea total. Que en verdad nos dejemos inundar por la gracia del Señor que recibimos en los sacramentos para vivir la salvación de Dios.

miércoles, 21 de abril de 2010

El que cree en mi nunca pasará hambre…

Hechos, 8, 1-8;
Sal. 65;
Jn. 6, 35-40

‘El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed’. Se había establecido un diálogo intenso entre Jesús y los que habían venido buscándole después de lo de la multiplicación de los panes.
Lo importante era creer en Jesús, pero les costaba creer y andaban siempre pidiendo signos y señales. Aún ahora después del gran signo que Jesús había hecho al darles de comer con el pan multiplicado milagrosamente allá en el descampado.
‘¿Qué signo vemos que tú haces, para que creamos en ti?’ Y le recuerdan a Jesús el maná que Moisés les dio en el desierto, mientras caminaban hacia la tierra prometida. Pero Jesús les dice que quien les da verdadero pan del cielo es el Padre Dios, ‘porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo’.
¿Quién ha bajado del cielo para dar vida al mundo? ¿Quién es el que a pesar de su categoría de Dios se abajó y rebajó para hacerse hombre, para hacerse el último, para entregar su vida para que nosotros tengamos vida? Jesús es el verdadero Pan del cielo, el verdadero Pan de vida. ‘Yo soy el Pan de vida’, nos dice Jesús.
Por eso es necesario ir hasta Jesús. Con El ni tendremos hambre ni tendremos sed. Teniendo fe en Jesús tendremos vida porque sólo en Jesús encontraremos la vida verdadera. Sólo en Jesús encontramos la vida que dura para siempre. Sólo en Jesús encontraremos el auténtico sentido de nuestro existir, lo que nos da vida en plenitud.
‘Señor, danos siempre de ese pan’, le piden ahora los judíos de Cafarnaún, como un día le había pedido la samaritana el agua que calma la sed para siempre. ‘Señor, dame de esa agua; así no tendré ya más sed y no tendré que venir hasta aquí para sacarla’. Ojalá nos diéramos cuenta de que no tenemos que ir a otra fuente, que no tenemos que buscar otro pan, sino solamente a Jesús.
Dame de ese pan, dame de esa agua, también tenemos que pedirle nosotros a Jesús. que en Jesús sacie mi sed, que en Jesús me llene de vida para siempre. Así tenemos que creer en El y no andaremos desorientados buscando donde no vamos a encontrar. Qué importante que nuestra fe en Jesús sea fuerte, se mantenga firme, estemos firmemente convencidos de que El es nuestra única luz y nuestra única vida. Nada ya nos hará dudar. Con El arrancaremos de nosotros para siempre todos los temores y los miedos, lanzaremos lejos de nosotros todas las dudas y las tinieblas. Con Jesús todo será ya luz y vida.
‘Esta es la voluntad del Padre, el trabajo que Dios quiere, escuchamos en días pasados, que creáis en aquel que El ha enviado’. Ahora nos dice que El no hace otra cosa que la voluntad del Padre. ‘Esta es la voluntad del Padre que me ha enviado… que todo el que ve al Hijo y cree en El tenga vida eterna y yo lo resucitaré en el último día’.
También nosotros hemos de buscar lo que es la voluntad de Dios. Lo pedimos cada día; lo deseamos y tratamos de realizar esa voluntad de Dios en nuestra vida de cada día. ‘Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo’, pedimos en el padrenuestro. Pero decir ‘hágase’, es decir quiero hacer, busco la manera de hacer, me comprometo seriamente a hacer la voluntad de Dios en mi vida. Pido al Señor que me ayude con su gracia; me alimento del Pan de vida, de Cristo para tener fuerza en todo momento para hacer su voluntad.

martes, 20 de abril de 2010

No es el discípulo mayor que su maestro y Esteban dio testimonio con la entrega de su vida

Hechos, 7, 51-59;
Sal. 30;
Jn. 6, 30-35

Jesús les diría un día a sus discípulos: ‘Acordáos de las palabras que os he dicho: no es el siervo mayor que su señor, ni el enviado mayor que el que lo envía, ni el discípulo mayor que su maestro… si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán… os echarán mano y os perseguirán, os arrastrarán a las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por causa de mi nombre…’
He querido recordar estas palabras de Jesús cuando hemos escuchado en el relato de los Hechos de los Apóstoles del martirio de Esteban que se iba a convertir en el primer mártir, el protomártir. Estamos viendo como calcado en Esteban el cumplimiento de las palabras de Jesús, que ‘lleno de gracia y de poder realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo’, como escuchamos ayer. Se repite en cierto modo lo que anteriormente se nos ha dicho de la predicación y del actuar de los apóstoles. Ayer escuchábamos cómo ‘no podían hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba’.
Hoy contemplamos cómo sus palabras provocan la ira de los judíos que lo echan fuera de la ciudad y allí lo lapidan hasta darle muerte. Esteban, ‘lleno del Espíritu Santo’ contempla la gloria de Dios y con la fuerza del mismo Espíritu podrá repetir palabras y gestos de Jesús en su muerte en la cruz. También como Jesús pedirá a Dios que no tenga en cuenta el pecado de aquellos hombres, como Jesús que desde la cruz los disculpaba: ‘Señor, no les tengas en cuenta su pecado’; igualmente en el momento de expirar pondrá su vida en las manos de Jesús como éste lo hiciera en la Cruz poniéndose en las manos del Padre: ‘Señor Jesús, recibe mi espíritu’.
El proceso contra Esteban y su martirio podíamos decir que reproduce en cierto modo el proceso contra Jesús y su pasión y muerte. Unos testigos falsos también atestiguarán para buscar motivos para darle muerte y ya hemos escuchado como repite los gestos y las palabras de Jesús en la cruz. Sólo quien está lleno del Espíritu de Dios como lo estaba Esteban podía hacerlo. Pero aquí vemos también el cumplimiento de lo anunciado por Jesús que nos dijo que no nos preocupáramos de nuestra defensa porque El nos daría su Espíritu que sería nuestra fortaleza y pondría palabras en nuestros labios.
Esteban es el testigo de Cristo que proclama el evangelio con arrojo y valentía porque lo guía la fuerza irresistible del Espíritu. Recordemos cómo los apóstoles le habían impuesto las manos cuando fue elegido para ser uno de los siete primeros diáconos, como hemos visto en días pasados. Da testimonio Esteban ante los jueces y ante quien quisiera oírlo de cómo contempla la gloria de Dios y llega a dar el supremo testimonio del martirio, testimonio a precio de su sangre.
¿Qué podemos colegir nosotros de todo esto que estamos recordando y reflexionando? Por una parte ser capaces de poner nuestra vida siempre en las manos del Padre, porque en todo siempre queremos hacer su voluntad. Por otra parte se capaces como Jesús en la cruz y como Esteban en su martirio de perdonar y de disculpar siempre incluso a aquel que nos haya podido hacer mal.
Recordar finalmente también que nosotros hemos de ser testigos, que a nosotros también se nos ha dado el don del Espíritu Santo en el Sacramento de la confirmación que nos convierte en testigos, en heraldos de Cristo. Que el Señor nos dé esa misma valentía y audacia para llevar el nombre de Jesús a los demás, para empapar este mundo en que vivimos de Evangelio. Que el Espíritu nos vaya inspirando en todo momento esas obras buenas que hemos de hacer, esa valentía del bien y del amor con lo que nos convertimos en esos testigos valientes de nuestra fe, de Cristo nuestro Señor.

lunes, 19 de abril de 2010

Me buscáis, no porque habéis visto signos…

Hechos, 6, 8-15;
Sal. 118;
Jn. 6, 22-29

‘Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús… Maestro, ¿cuándo has venido aquí?’
Fue después del milagro de la multiplicación de los panes. Habían comido hasta saciarse y entusiasmados habían querido proclamarlo Rey. Pero Jesús envió a los discípulos en barca a Cafarnaún y ‘El se retiró a la montaña El solo’. En medio el hecho de que Jesús caminara sobre el agua mientras los discípulos remaban con el viento en contra. Ahora llegan a Cafarnaún buscándolo.
¿Por qué lo buscan? ¿Sólo estaban entusiasmados por el milagro con el habían comido abundantemente en el desierto? Al encontrarse con Jesús, les hace reflexionar aunque les cueste entender. ‘Os lo aseguro; me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, el que os dará el Hijo del Hombre…’
Se habían quedado en el hecho material del pan multiplicado, pero no habían sido capaces de ver el signo con el que Jesús quería hablarles. El evangelio de Juan, ya lo sabemos, utiliza habitualmente la palabra signo para referirse a los milagros. Y es que esos hechos extraordinarios y maravillosos donde se manifiesta el poder de Dios en Jesucristo son signos de algo más profundo aún; quieren significar lo que realmente Jesús quiere darnos con su gracia, con su vida entrega, con el evangelio que se nos predica, con el Reino de Dios que se nos anuncia.
¿No nos sucederá a nosotros lo mismo? Quizá podríamos fijarnos un poco en las cosas más usuales que le pedimos al Señor en nuestra oración. Con qué facilidad nos fijamos de manera especial en cosas del orden material. Es cierto que en todo hemos de ver la mano de Dios y con El hemos de contar, pero muchas veces sólo nos quedamos en esas cosas.
Participaba en un encuentro con un grupo de personas y en un momento determinado se les ofreció la posibilidad que expresasen en alta voz de forma espontánea aquello por lo que querían orar o pedir al Señor. Muchas peticiones se quedaron en rogar por la salud física, la solución de los problemas sobre todo de orden material que pudieran tener. Repito que no digo que no haya que pedirle esas cosas al Señor, pues con El hemos de contar para todo.
Pero, ¿querer descubrir lo que era la voluntad de Dios para su vida? ¿pedir la ayuda del Señor para hacer que nuestra vida o nuestro mundo fuera mejor porque desterráramos la violencia o nos quisiéramos más? ¿darle gracia a Dios porque sentimos su amor en nuestra vida y nos está dando su perdón y su gracia? ¿preocuparme de los demás, de los que sufren y pedirle a Dios que nos ayude para ser capaces de nosotros saber estar al lado de esas personas? ¿pedir para que creciera más nuestra fe y fuéramos capaces de trasmitirla a los demás? No hubo peticiones casi que se expresasen así.
¿Se parecerá algo de todo esto con el interés que tenían aquellas gentes de Cafarnaún por buscar a Jesús? Hemos escuchado cómo les dice Jesús a aquellas gentes: ‘Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que El ha enviado’. Por ahí quizá tendríamos que empezar. Que crezca nuestra fe en Jesús; que cada día crezca más y más nuestro conocimiento de Jesús para así poderle amar más y poder realizar en nuestra vida el Reino de Dios que nos anuncia. Que en nuestros intereses y deseos esté muy presente ese Reino de Dios porque en verdad queramos impregnarnos de El y vivirlo. Que busquemos a Jesús queriendo encontrar en El ese amor de Dios que en El se nos manifiesta. ¿Rezamos por la Iglesia? ¿oramos por nuestra propia santificación? ¿pedimos también por la santificación de todos aquellos que nos rodean?