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martes, 24 de abril de 2018

En el silencio y soledad de las bandas del sur de Tenerife se fraguó la aventura misionera del Hermano Pedro para evangelizar las tierras de Guatemala


En el silencio y soledad de las bandas del sur de Tenerife se fraguó la aventura misionera del Hermano Pedro para evangelizar las tierras de Guatemala

Hoy celebramos en nuestra tierra la fiesta de nuestro primer santo canario, el Santo Hermano Pedro de San José de Bethencourt. Nacido en Vilaflor, Tenerife, y apóstol de Guatemala donde murió en 1667.
La vida de nuestro Santo Hermano Pedro estuvo en nuestra tierra rodeada de demasiadas tradiciones y en cierto modo leyendas. Todo giraba en otros tiempos en torno a la Cueva del Hermano Pedro, allá en las cercanías de las playas del Médano, en Granadilla y allí recuerdo como siempre la gente acudía sobre todo el día de san Pedro para recordar y festejar al Hermano Pedro, cuando aun no había sido ni beatificado ni canonizado.
La tradición nos habla de esa cueva como un lugar donde se guarecía con sus ganados en las épocas del año en que venia a pastar en las zonas de costa. Un lugar que le servia al Hermano Pedro para el retiro y el silencio, para la oración y la reflexión, como sigue siendo hoy en el espacio religioso que allí se sigue manteniendo.
Quizá allí, en aquellas soledades se fraguara su deseo de ir a América, desde ese espíritu aventurero nacido quizá de la necesidad de ir ‘a la conquista’ de América como tantos y a través de los siglos ha seguido sucediendo, pero que en Pedro habría también deseos de evangelización después de lo escuchado de un familiar suyo religioso que en esas tareas desarrollaba su labor en América.
Era Pedro un hombre devoto y piadoso, que había nacido a espaldas de la Iglesia de san Pedro de Vilaflor, donde hoy precisamente se levanta su santuario sobre lo que fue el solar de su casa. Su trashumancia por las bandas del sur de la isla no le impidieron cultivar su espíritu religioso y de ahí nacería su deseo de ir a América.
Recaló primero en Cuba para trasladarse luego a Honduras y finalmente a Guatemala. Quiso ser sacerdote, pero los estudios eclesiásticos y los latines se le hacían imposible lo que no le impidió entrar en la orden tercera de los franciscanos. Su espíritu pobre le hizo amar de manera especial a los pobres y a los enfermos y pronto buscaría lugar junto a una ermita para recoger a los necesitados y a los enfermos que ni siquiera en los pobres hospitales de la época encontraban cabida.
Proverbial era su salida todas las mañanas por la calles de Antigua con el repiqueteo de su campanilla recordándonos lo efímera que es nuestra vida, pero al tiempo recogiendo limosnas para sostener aquel incipiente hospital de convalecientes. En torno a él pronto surgirían quienes querían seguir sus pasos para atender de igual manera a pobres y enfermos, lo que daría origen a la Orden de los Hermanos de Belén que llegaría a constituirse formalmente después de su muerte.
El Hermano Pedro murió muy joven, de cuarenta y un años, pero dejo tras de si una huella de virtudes y de santidad, estimulo para muchos en el camino del seguimiento de Jesús. El amor al misterio de Belén fue de alguna manera escuela de santidad en la pobreza y la humildad. Su amor a los necesitados y a los enfermos fue un sol que resplandecía fuerte en su vida. su amor a la Virgen, con deseos siempre de volver un día a su tierra para postrarse ante la Virgen de Candelaria, fue el aliento de madre que sintió y que le impulsaba más y más en ese camino de pobreza, de desprendimiento, de caridad.
Que el ejemplo de nuestro Santo Hermano Pedro nos estimule a nosotros también en ese camino de santidad hecho de pequeñas cosas, de pequeños gestos, en la sencillez de nuestra vida ordinaria de cada día. No son grandes cosas las que tenemos que hacer sino eso pequeño y ordinario de cada día realizado con un amor extraordinario que nos haga sintonizar en cada momento con el corazón de Dios. A eso precisamente nos invita el Papa Francisco con su reciente exhortación apostólica sobre la santidad.  

lunes, 28 de abril de 2014

Una espiritualidad de humildad, pobreza y servicio en el estilo de Belén y de la Cruz

Una espiritualidad de humildad, pobreza y servicio en el estilo de Belén y de la Cruz

Is. 58, 6-11; Sal. 111; Ef. 3, 14-19; Mt. 25, 31-46
‘Venid, benditos de mi Padre, dice el Señor; tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del  mundo’. Lo hemos escuchado en el Evangelio. Lo hemos proclamado con el aleluya. Y fue lo que escuchó el Santo Hermano Pedro la hora de su muerte. Ojalá pudiéramos nosotros escucharlo un día; en esa esperanza vivimos; en esos afanes queremos caminar en el espíritu de humildad y servicio; es lo que queremos pedir a la intercesión del Hermano Pedro por nosotros.
Una vida dedicada al servicio de los más pobres viviendo en la más profunda pobreza evangélica queriendo en todo momento sentir y seguir la llamada del Señor. Eso fue la vida del Hermano Pedro. Ese fue el camino de santidad que recorrió. En la espiritualidad de la humildad y de la pobreza de Belén y de la Cruz fundamentó su vida. Ese fue su camino de santidad que tan luminoso brilla para nosotros.
Pobre nació el Hermano Pedro en nuestras tierras del sur de nuestra Isla, en las alturas de Vilaflor dedicando los primeros años de su vida al cuidado de sus rebaños en aquellas bandas del sur, como decimos en expresión canaria para referirnos a aquella parte de la isla. Pronto floreció en él una piedad sincera con una devoción grande a la Eucaristía y desde donde fue sintiendo que el Señor le llamaba a algo distinto. Un familiar suyo religioso hablaba de las tierras de América, en concreto de Honduras, y sintió en su corazón la llamada del Señor. Rezó, meditó en su corazón tratando de discernir lo que le pedía el Señor, escucha voces amigas que le van reflejando lo que es la voluntad del Señor para su vida y embarca para aquellas tierras americanas. 23 años tenía cuando llegó a Cuba.
Las travesías eran largas y fatigosas en aquellos tiempos, no llegando en ocasiones al lugar que se tenía como meta. Por eso recala en Cuba, donde permanece dos años siempre con el deseo de poder llegar un día a Honduras, que era su meta. Lo intenta, se enferma y al final puede llegar maltrecho y enfermo. Al llegar a tierra donde es atendido oye hablar de Guatemala y ahora será su meta, hasta que logra llegar a la ciudad de Santiago de los Caballeros (hoy Antigua Guatemala), donde pronto comenzará su labor, siempre escuchando en su corazón lo que el Señor le iba inspirando a través de los mismos acontecimientos.
Siempre dejándose guiar por su confesor y consejeros espirituales allí se afianza su voluntad de dedicarse a los  más pobres y necesitados. Intenta hacerse sacerdote, pero la dificultad de los latines, necesarios para sus estudios teológicos, le hace desistir. Viste el hábito de la Tercera Orden Franciscana Seglar, siendo sacristán del convento y teniendo oportunidad de dedicarse a la oración y penitencia y a la práctica de las obras de misericordia.
Pronto le veremos atendiendo a los más pobres, visitando a los enfermos en los hospitales y recogiendo a los enfermos convalecientes que ya nadie quería en ningún sitio. Pronto en el entorno de la Casita de la Virgen que ha levantado con los medios más pobres y ha dedicado a la Virgen de Belén da catequesis a los niños, crea una escuela de alfabetización y se crea el refugio de los convalecientes, siendo como el primer hospital de convalecientes que se construye en aquellas tierras.
Su confianza la tiene siempre puesta en la providencia de Dios y recurre a la generosidad de las familias más acomodadas para obtener, pidiendo limosna, los recursos necesarios para atender a los pobres. Se le unen otras personas que con ese mismo espíritu de pobreza y disponibilidad para Dios irán formando el embrión de lo que sería la Orden de Belén, que recibiría la aprobación de la Iglesia después de su muerte.
La espiritualidad del Hermano Pedro se centra en la pobreza y humildad del misterio de Belén y del Misterio de la Cruz, y en la Eucaristía desde toma toda la fuerza de la gracia para vivir su entrega y su amor. Como diremos en una de las oraciones de la liturgia de esta fiesta ‘hizo de la Eucaristía la fuente de un profundo espíritu de humildad, pobreza y servicio’. Vivió el hermano Pedro ‘el misterio de Cristo Redentor en la pobreza de Belén y de la Cruz’ y es para nosotros ejemplo de cómo hemos de impregnarnos del espíritu de la pasión de Jesús para poder llegar a vivir en ese espíritu de servicio con una auténtica caridad fraterna.

Murió joven, a los cuarenta y un años de edad; sólo 18 años vivió en América pero dejó una huella profunda y es para nosotros un hermoso ejemplo de santidad desde esa espiritualidad profunda que él vivió en el espíritu de pobreza y humildad que podemos contemplar en Belén y en la Cruz. Es el camino de la entrega, es el camino de la pascua, es el camino del amor donde aprendemos a morir a nosotros mismos para vivir siempre para Dios.

miércoles, 24 de abril de 2013


La Eucaristía fuente de una espiritualidad de humildad, pobreza y servicio a ejemplo del Hermano Pedro

Is. 58, 6, 11; Sal. 111; Ef. 3, 14-19; Mt. 25, 31-46
Cuando celebramos la fiesta de los Santos, como decimos en el prefacio, se nos ofrece el ‘ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión y la participación en su destino, para que alentados por su presencia alentadora luchemos sin desfallecer en la carrera y alcancemos con ellos la corona de gloria que no se marchita’.
Hoy estamos celebrando al Santo Hermano Pedro, nuestro santo canario, nacido en un pueblo de nuestras islas, Vilaflor, y que murió en Guatemala. Han pasado los siglos y sigue siendo para nosotros ese ejemplo por su vida. Damos gloria al Señor por el estímulo que significa para nosotros su ejemplo. Damos gracias a Dios porque contemplándolo a él nos sentimos alentados en ese camino que queremos realizar de seguimiento de Jesús. Damos gracias a Dios porque él es también ese poderoso intercesor desde el cielo para alcanzarnos la gracia del Señor que necesitamos en el día a día de nuestra vida cristiana.
En nuestras islas pasó su vida como pastor, cuidando su rebaño en aquellas bandas del sur, como se decía antes para referirnos a esa parte de la Isla. Desde las alturas de Vilaflor hasta la orilla del mar allá junto a la playa del Médano los caminos se entrecruzan y por aquellas veredas de entonces llevaría a pastar sus ganados como era la costumbre entonces en invierno o en verano en un sitio o en otro para obtener los mejores pastos. Queda la memoria de su fe y de su devoción y ya sea hoy en la cueva que tantas veces le cobijara en la costa o en el lugar donde estuviera la casa de su nacimiento a espaldas de la Iglesia de Vilaflor nos quedan esos lugares como santuarios que con la intercesión del santo Hermano Pedro nos acerquen a Dios y nos alcance la gracia divina.
Joven marchó a América, porque en su corazón algo le llamaba, mejor Alguien decimos desde nuestra fe, porque allá, aunque muriera joven, de cuarenta y un año, grande había de ser la obra que realizara desde la humildad y desde el amor. Son dos pilares fundamentales de la espiritualidad de su vida tomando como ejemplo y modelo la escuela de Belén.  Era el humilde terciario franciscano, no pudo llegar al sacerdocio como hubiera deseado por su falta de letras, que recorría las calles de Antigua Guatemala recogiendo a los pobres enfermos y necesitados y recogiendo para ellos las limosnas que le daban para poder atenderlos debidamente.
Calladamente y en silencio como lo saben hacer los que son humildes y están llenos de amor fue forjando la santidad de su vida alimentado por su extrema devoción a la Eucaristía. Por eso en una de las oraciones de la liturgia se nos dice que tengamos nosotros como ‘centro de nuestra vida el misterio eucarístico a ejemplo del Santo Hermano Pedro, quien hizo de la Eucaristía la fuente de un profundo espíritu de humildad, pobreza y servicio’.
El Concilio Vaticano II vendría a decirnos que la Eucaristía es la fuente y la cumbre de la vida de la Iglesia y del cristiano. Ya lo contemplamos en nuestro Santo Hermano Pedro, porque allí estaba la fuente profunda de su espiritualidad. Caminos de amor y de entrega, caminos de humildad y servicio que alimentamos de Cristo Eucaristía.
Porque cuando comulgamos a Cristo, como hemos reflexionado últimamente, estamos comiendo a Cristo para hacernos uno con El, para configurarnos con El que es vivir su misma vida, que es vivir su mismo amor, que es llenarnos de sus mismos sentimientos de humildad y de mansedumbre, que es vivir sus mismas actitudes de amor y de servicio. Ya reflexionábamos que cuando comemos a Cristo en la Eucaristía nos sentimos transformados por Cristo para vivir una misma vida. Es lo que vivía el Santo Hermano Pedro y en lo que es hermoso ejemplo y lección para nuestra vida.
En el evangelio hemos escuchado la alegoría que Jesús nos propone para hablarnos del juicio final. Como hemos recordado en alguna ocasión san Juan de la Cruz vino a resumir estas palabras de Jesús con aquello de que ‘en el atardecer de la vida, seremos examinados del amor’. Es lo que escucharía nuestro santo Hermano Pedro cuando se presentó ante el Señor: ‘Ven, bendito de mi Padre, porque estuve hambriento y me diste de comer, porque estaba enfermo y me visitaste, porque era peregrino y me acogiste…’ Es lo que supo hacer nuestro santo en su vida, acoger al hermano, al pobre, al enfermo, al que nada tenía, al que estaba abandonado de todos, como si a Cristo acogiera. Es el ejemplo, el hermoso testimonio que hemos de recoger de su vida, es la hermosa lección que nosotros hemos de aprender. ‘Que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento’, nos decía el apóstol en la carta a los Efesios.
Es la lección del amor que hemos de aprender porque en él estamos viendo reflejado el amor del Señor. Y como  nos dice san Juan en sus cartas ‘en esto hemos conocido el amor de Dios: en que El dio su vida por nosotros. También nosotros hemos de dar la vida por nuestros hermanos’, también nosotros hemos de amar con un amor así.
Y la presencia y el ejemplo y el testimonio del Hermano Pedro es nuestro aliento para no desfallecer en ese camino de nuestra vida cristiana. Sabemos que nuestra recompensa la tenemos en el Señor.

martes, 24 de abril de 2012


SANTO HERMANO PEDRO DE SAN JOSÉ DE BETANCUR
Laico
Fiesta
Pedro de Bethencourt, nacido de humilde familia en el pueblo de Vilaflor, Diócesis de Tenerife, Islas Canarias, tuvo un gran deseo en su vida: llevar la fe católica a las Indias Occidentales. Siendo aún muy joven, abandonó su patria y llegó a Guatemala, donde una grave enfermedad lo puso en contacto directo con los más pobres y desheredados. Recuperada inesperadamente la salud, se hizo apóstol de los cautivos y protector de los indios sometidos a trabajos inhumanos, de los emigrantes y de los niños huérfanos y abandonados a los que dedicó especial atención, construyendo escuelas para educarlos convenientemente con criterios calificados todavía hoy como modernos.
Viendo las necesidades de los enfermos pobres, expulsados de los hospitales, fundó el primer hospital para convalecientes en el mundo. Meditando asiduamente el misterio del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, fundó la Orden Bethlemita en honor de Jesús nacido en Belén.
Murió a la edad de cuarenta y un años el día 25 de abril de 1667.
Su Santidad Juan Pablo II decretó que fuese incluido entre los Beatos el día 22 de junio de 1980 y lo canonizó el 30 de julio de 2002 en la ciudad de Guatemala de la Asunción

Vivir el misterio de Cristo Redentor en la pobreza de Belén y de la Cruz

Celebramos en nuestra diócesis la fiesta de nuestro primer santo Canario, el Santo Hermano Pedro de Bethencourt. Aunque realmente la fecha de su muerte, en la que se suele celebrar su fiesta es el 25 de abril, al coincidir con san Marcos Evangelista, litúrgicamente se traslada y la celebramos en este día.
¿Qué podríamos destacar de nuestro santo Hermano Pedro? En la oración litúrgica se nos dice que ‘vivió el misterio de Cristo Redentor en la pobreza de Belén y de la Cruz’; por eso pedíamos con su intercesión ‘que el Espíritu de la pasión de Jesús anime nuestra vida para que podamos servirte con una auténtica caridad fraterna’.
Todos sabemos que por la devoción tan grande que sentía por el misterio de Belén, el misterio del nacimiento de Jesús, la Orden religiosa por él fundada lleva el nombre precisamente de Belén, la Orden Bethlemita. Toda una espiritualidad fundamentada en el misterio de Cristo que se manifiesta en la pobreza de Belén donde quiso nacer sin haber sitio para su nacimiento ni siquiera en una posada, teniendo que nacer en la pobreza de un establo.
Belén va a ser anuncio de la Cruz, de la pasión y muerte de Jesús. Belén y la Cruz no se entenderán nunca en su pleno sentido sino desde el misterio del amor. Es la manifestación del amor infinito de Dios. Así nos ama que nos entrega a su Hijo, que nace pobre entre los más pobres en Belén. Como habían anunciado los profetas la presencia de Jesús en la tierra era Buena Noticia para los pobres, ‘los pobres serán evangelizados, se les anunciará la Buena Noticia’.
Y la Cruz será la entrega suprema del amor. Lo hemos venido celebrando con intensidad recientemente en la semana de pasión que venía a concluir con la celebración del Misterio Pascual y la resurrección del Señor. Precisamente esta fiesta del Santo Hermano Pedro la estamos viviendo dentro de la alegría de la Pascua.
Queremos nosotros beber de la espiritualidad de nuestro Santo canario, de nuestro Santo Hermano Pedro, que es beber del misterio de Belén y de la Cruz. Cuando contemplamos la pobreza del nacimiento de Jesús en Belén y la desnudez de Cristo muerto en la cruz, tenemos que aprender a vivir nosotros en esa pobreza y desnudez del que humilde se siente pecador y siente su nada, y del que sabe vivir en el desprendimiento y vacío de nosotros mismos para poder llegar a vivir la generosidad del amor total.
‘Que el espíritu de la Pasión de Cristo anime nuestra vida para que podamos servirte con una auténtica caridad fraterna’, recordamos que pedíamos en la oración. Si, que aprendamos desde el amor de la cruz, desde el amor de Jesús a vivir nosotros también en ese amor. En ese sentido han ido las lecturas de la Palabra de Dios que nos ofrece la liturgia en esta fiesta. ‘Cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía’, nos decía el profeta.
Y es lo que vivió con toda intensidad nuestro Santo. En su pobreza no supo hacer otra cosa que servir a los demás,  y de manera especial a los pobres, a los enfermos y a los abandonados de todos. Para ellos cada día salía por las calles de Antigua en Guatemala pidiendo limosna para poder atender a cuantos pobres y enfermos el recogía en su generoso amor. Seguro que escucharía en su encuentro definitivo con el Señor las palabras de Jesús que hoy se nos han proclamado en el evangelio: ‘Ven, bendito de mi Padre, a heredar el Reino preparado, porque estaba hambriento y me alimentaste, desnudo y me vestiste, forastero y me hospedaste, enfermo y me cuidaste…’
Así supo gastar su vida por los demás, moriría siendo aun joven a los cuarenta y un años de edad, porque su vida toda fue de servicio y de amor por los demás. En la Eucaristía encontraba su fuerza y era la fuente de su profundo espíritu de humildad, pobreza y generosidad. Es el ejemplo que nosotros hemos de saber tomar para que avancemos así también por esos caminos de santidad.
Que por nuestra generosidad, nuestro desprendimiento y nuestro amor, siguiendo el hermoso ejemplo del Santo Hermano Pedro, brille también nuestra luz en medio de las tinieblas.

viernes, 23 de abril de 2010

Santo Hermano Pedro o la vivencia del misterio de Cristo en la pobreza de Belén y de la Cruz


Is. 58, 6-11;
Sal. 111;
Ef. 3, 14-19;
Mt. 25, 31-46

‘Venid vosotros, benditos de mi Padre, estuve enfermo y me visitasteis. Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis…’ ¡Cómo no recordar estas palabras cuando estamos celebrando la fiesta del Santo Hermano Pedro, nuestro santo canario!
Esa fue su vida y ese fue su camino de santidad. Una inquietud en su corazón le llevó a marchar a Centroamérica y allí gastó su vida en el amor. Cumplió ampliamente y al pie de la letra las palabras del Evangelio y lo que escuchamos también en el profeta Isaías. ‘Cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, hospedes al pobre sin techo, y vistas al que ves desnudo… brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía…’
Pobre llegó hasta Guatemala después de muchos avatares desde que partió de Tenerife y allí vivió entre los pobres y a su atención y servicio dedicó totalmente su vida. Cuba, Honduras fueron etapas, además nada fáciles por su enfermedad, por las que el Señor le fue llevando hasta que sintió que sería allí en Antigua donde gastaría su vida en el amor.
No vamos a extendernos en detalles de su vida que fue todo amor y servicio a los pobres y necesitados, sino aprender de él para vivir también nuestro camino de amor y santidad. Cuando los cristianos celebramos las fiestas de los santos aprendemos del ejemplo de su vida al tiempo que nos sentimos protegidos con su valiosa intercesión pero sobre todo nos sentimos impulsados a ver en su santidad un estímulo grande para nuestra personal lucha por la santidad.
La espiritualidad del Hermano Pedro se centra en tres grandes misterios de la vida de Cristo: Belén, la Pasión y la Eucaristía. Pobreza y humildad como contemplamos en el nacimiento de Jesús en Belén, entrega en el amor hasta ser capaz de dar la vida como lo hizo Cristo en su pasión, y unión grande y profunda con Cristo en la Eucaristía que es la fuente de su profundo espíritu de humildad, pobreza y servicio, como nos lo expresa la liturgia en las oraciones de su fiesta.
El Santo Hermano Pedro era un hombre de profunda oración, un contemplativo casi podríamos decir. En la oración va discerniendo él los caminos del Señor para su vida ya desde su juventud en Tenerife y será donde descubre esa llamada en su corazón para emprender esa travesía del Atlántico rumbo a América.
En cada paso que va dando, en los acontecimientos que van jalonando su vida siempre quiere descubrir y realizar lo que Dios quiere para él. Su propia enfermedad, la pobreza y la penuria por la que tendrá que pasar, sus trabajos en el barco que le lleva de un sitio para otro son señales de esos caminos de Dios que él va descubriendo y discerniendo en su espíritu de oración. Así llegará a Guatemala.
Querrá ser sacerdote pero la dificultad para los latines serán una señal para él del camino humilde que ha de seguir. En momentos difíciles y sin saber qué decisiones tomar, retirado en oración ante la Virgen encontrará su verdadero camino. Así se entregará por entero al servicio de los desheredados de este mundo, los más pobres e indefensos.
Como pedimos en la oración litúrgica de esta fiesta, con el ejemplo del Santo Hermano Pedro, que el espíritu de la Pasión que inundó la vida de nuestro Santo anime nuestra vida para que podamos servir a Dios en una auténtica caridad, y así podamos servir al Señor en nuestros hermanos más necesitados.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Una confesión de fe a la que podemos llegar sólo desde la oración

Ageo, 2. 1-10
Sal. 42
Lc. 9, 18-22


La confesión de fe de Pedro es un texto que nos aparece con frecuencia en la liturgia. Ahora mismo hace un par de semanas en el domingo XXIV Ordinario lo escuchamos en el relato de Marcos.
Lucas nos dice que ‘Jesús estando orando solo en presencia de sus discípulos les pregunta’. Un detalle a tener en cuenta. ¿Cuál es la pregunta? ‘¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ La respuesta que dan los discípulos no es muy distinta a lo escuchado en versículos anteriores cuando nos hablaba del interés del virrey Herodes por Jesús. ‘Tenía ganas de verlo’. Le habían hablado de Jesús y también con distintas versiones acerca de la personalidad de Jesús. ‘Juan había resucitado… había aparecido Elías… alguno de los antiguos profetas había vuelto a la vida…’
Es el sentido de la respuesta de los discípulos a la pregunta de Jesús hoy. Pero, ¿es esa su fe en Jesús? ‘Y vosotros ¿quién decís que soy yo?’ La respuesta la dará Pedro. ‘El Mesías de Dios’
Pero Jesús les prohibió decírselo a la gente. A ellos les explicaba cómo se iba a manifestar que El era el Mesías. ‘El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día’.
Creo que si escuchamos una vez más este texto es para que aprendamos a crecer en nuestra fe en Jesús. Es importante esa confesión de fe porque sólo el que dice que Jesús es el Señor se salvará, como nos dice la Escritura en otro lugar. Y tener que llegar a esa clara y convencida confesión de fe.
Hay un detalle al que hicimos mención al principio que teníamos que tener en cuenta y al que ahora vamos a destacar. Jesús les hace la pregunta estando en oración. La respuesta de nuestra fe no puede ser también sino desde la oración. Orando con Jesús.
En esa oración intima, profunda, personal desde el corazón con Dios es como podemos llegar a conocer de verdad quién es Jesús. Nuestro conocimiento de Jesús y en consecuencia nuestra fe en el no la conseguiremos solamente desde un estudio intelectual o sólo con lo que con los ojos de la cara podamos percibir. Muchos vieron a Jesús en su tiempo y no llegaron a creer en El. Y sólo por saber muchas cosas, metiéndolas en la cabeza, por decirlo de alguna manera, no llegaremos al conocimiento de Jesús. Porque es un conocimiento que tiene que ser vida.
Sólo en un trato intimo de corazón a corazón podemos penetrar en ese conocimiento y en esa fe en Jesús, o, podemos decirlo de otra manera, es cómo nosotros vamos a ser penetrados por ese Misterio de Dios.
Es gracia, es don de Dios, pero que el Señor quiere darnos para que, abriendo nuestro corazón en la oración, lo alcancemos. Sólo en la oración vamos a sintonizar de verdad en el Misterio de Dios. Es una sintonía que no podemos percibir de cualquier manera ni en cualquier onda. Es muy tenue al oído pero retumba fuerte en lo hondo del corazón cuando llegamos a percibirla. Será algo que va a envolver totalmente nuestra vida, de manera que ya nuestra vida no será la misma, nosotros ya no seremos los mismos, porque nos sentiremos transformador por El.
Una oración que tenemos que aprender a hacer, como hemos dicho tantas veces, con la Biblia en la mano. En la Biblia se nos trasmite mejor que en ningún sitio la Palabra viva de Dios. Será entonces con la Biblia cómo descubriremos, como escucharemos en lo más hondo de nosotros mismos la Palabra que el Señor quiere decirnos.
Entremos en oración. Entremos en ese misterio de Dios para que lleguemos a hacer la mejor y más honda profesión de fe en Jesús.

viernes, 24 de abril de 2009

Según la plenitud total de Dios

Isaías, 58, 6-11
Sal. 111
Ef. 3, 14-19
Mt. 25, 31-46


En la liturgia de estos días de Pascua algo que se nos repite continuamente es el pedir al Señor que un día podamos participar de los gozos eternos, alcanzar la resurrección gloriosa con Cristo resucitado. Es algo que forma parte de nuestra fe y de nuestra esperanza cristiana como lo expresamos en otros momentos de la liturgia, por ejemplo en la plegaria eucarística. 'Que con María... los apóstoles y cuantos vivieron en tu amistad a través de los tiempos merezcamos compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas'.
Hoy san Pablo nos ha dicho 'así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios'. Gozar de los gozos eternos, de la plenitud total que sólo en Dios podemos alcanzar. Es nuestra esperanza del cielo, de vivir para siempre junto a Dios.
Pero, ¿cómo podemos alcanzar esa plenitud, esos gozos eternos? En la carta a los Efesios nos ha dado la pauta: 'que de los tesoros de su gracia, por medio de su Espíritu, os conceda robusteceros en lo profundo de vuestro ser; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento...'
Una profundidad en nuestra vida, una espiritualidad profunda, 'por medio de su Espíritu', mediante el conocimiento de Cristo, de Dios; haciendo que Cristo habite de verdad en nosotros porque nos llenemos de su vida; vivir la vida de Cristo, es más, que Cristo sea nuestra vida, nuestro vivir. Estamos llamados desde nuestro bautismo a configurarnos con Cristo, a hacernos otros 'cristos'. Como llegaría a decir san Pablo en otro lugar: 'Ya no soy yo, sino que es Cristo quien vive en mí'.
Viviendo a Cristo nos impregnamos de su vida, de sus sentimientos, de su amor. Nos llenamos de su amor, pero no como una vestidura que nos pongamos por fuera, sino porque en verdad estemos enraizados y cimentados en Cristo. 'Que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento'.
Este texto que estamos comentando nos lo ofrece la liturgia en esta solemnidad que en nuestra diócesis hoy celebramos. Es el día del Santo Hermano Pedro, nuestro primer santo canario nacido en nuestra tierra y evangelizador en Centroamérica, en concreto, en Guatemala.
¿Qué fue su vida? Un hombre enamorado de Cristo que, aún en la sencillez y pobreza de su vida, siente la inquietud misionera de irse a América a evangelizar. No llegó a ser sacerdote – los latines no le entraban porque su vida de joven fue la de un simple pastor – y perteneció a la Tercera Orden Franciscana, para en el espíritu de humildad y pobreza de san Francisco de Asís, trabajar por los pobres y necesitados. Era un hombre impregnado del amor de Cristo. Dedicó toda su vida al servicio de los más pobres y necesitados surgiendo en torno a él, lo que más tarde sería la Orden de Belén.
Lo que hemos escuchado en el profeta Isaías lo vemos totalmente reflejado en su vida. 'Partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carnes... cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas...' Y vaya si brilló su luz y sigue brillando en la Iglesia que le ha reconocido su santidad. Fue beatificado y canonizado por el Papa Juan Pablo II.
El escucharía de labios de Cristo las palabras del Evangelio. 'Venid, vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo: porque tuve hambre... estaba sediento... estaba desnudo... enfermo... en la cárcel... cuanto hicisteis con uno de estos hermanos, conmigo lo hicisteis...'
Que brille la luz de su santidad sobre nosotros para que sigamos su ejemplo. Los santos son para nosotros un ejemplo y un estímulo. Ellos a su vez interceden por nosotros para que también seamos capaces de vivir ese camino de santidad.