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sábado, 5 de septiembre de 2009

Cimentados y estables en la fe, inamovibles en la esperanza

Col. 1, 21-23
Sal. 53
Lc. 6, 1-5


Cuando leemos las cartas de san Pablo a las diversas comunidades a las que escribe podemos tener la tendencia a pensar que dichas comunidades abarcan quizá toda la población donde están asentadas porque todos hayan abrazado la fe. Normalmente no son comunidades grandes aunque sí lo sean de gran vitalidad, pero viven en medio de una población que en su mayoría no han abrazado la fe en Jesús y no siempre les es fácil el testimonio en medio de un mundo pagano adverso o incluso en medio de comunidades judías que aún no han aceptado a Jesús que Mesías Salvador.
Estas cartas del apóstol, aunque en ocasiones tratan de corregir y orientar en problemas concretos a los que se enfrentan aquellas comunidades en su propio seno, una de los principales fines es alentarles en la fe, animarles mantenerse firme en medio de las adversidades en que se puedan encontrar y hacerles llegar el mensaje del Evangelio en el que han de ir profundizando más y más.
Este puede ser el caso de la carta a los Colosenses que estamos escuchando en estos días y que comentamos. ‘La condición es, les dice, que permanezcáis cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza que escuchasteis en el Evangelio’. Importante el mensaje de aliento que trata de trasmitirles. ‘Cimentados y estables en la fe… inamovibles en la esperanza’. Esa fe que recibieron al escuchar el Evangelio y adherirse a Jesús confesándolo como su Salvador.
Si estamos situados en un lugar inestable y en continuo movimiento, lo normal es que perdamos el equilibrio y tengamos el peligro de caernos, así como se caen las cosas que estén en ese lugar y no firmemente sujetas. Lo mismo un edificio si no está suficientemente cimentado ante cualquier movimiento telúrico fácilmente se nos viene abajo. Pero eso que sucede en la materialidad de las cosas, nos sucede también a las personas. Una persona madura decimos es una persona segura, con convicciones fuertes, que sabe lo que quiere y hacia lo que va. Podrán venirle situaciones difíciles pero se sentirá segura y firme para no dejarse arrastrar por ese torbellino de los problemas.
Pero todo eso también tenemos que decirlo en el orden de la fe y de la vida cristiana. ¿Seremos en verdad personas maduras en la fe? ¿Nuestras convicciones son firmes? ¿Sabremos hacer frente a los peligros que como vientos huracanados vienen contra nuestra fe y nuestra vida cristiana desde diversos frentes? ¿O andaremos titubeantes y dejándonos llevar como veletas por la primera opinión en contrario que llegue a nosotros?
Creo que tenemos que preocuparnos de tener una fe madura y bien formada. Como solemos decir, no nos vale simplemente la fe del carbonero. No nos vale decir esto siempre ha sido así o así me lo enseñaron aunque yo ahora no sepa dar razón de ello. Hemos de preocuparnos de formarnos, de ahondar en nuestra fe, de crecer en el conocimiento del Evangelio. Hemos de saber aprovechar todo medio bueno que esté a nuestro alcance para ese crecimiento de nuestra fe.
Pero cuánto le cuesta a la mayoría de los cristianos acudir a una charla de formación, enrolarse en un grupo cristiano de profundización en la fe, o en un catecumenado o catequesis de adultos. Nuestro conocimiento de nuestra fe, y a la larga las manifestaciones de la misma en nuestra vida, se nos ha quedado en la catequesis que de niño recibimos para la primera comunión. Hemos madurado en otras cosas pero no hemos madurado en nuestra fe.
Y como decíamos muchos vientos tenemos en contra ante los cuales tendríamos que saber sentirnos seguros. Vientos de tentaciones de todo tipo, que nos pueden llevar al pecado o que nos pueden hacer poner en duda nuestra fe. Vientos que provienen a veces de nosotros mismos que queremos hacer una fe a nuestro gusto o nuestro capricho. Vientos que recibimos del ambiente que nos rodea, del materialismo con que se vive la vida, dejando de lado todo lo que suene a espiritual o religioso.
Vientos de un sincretismo donde lo mezclamos todo o todo nos parece igual de bueno; nos dicen todas las religiones son iguales, ¿por qué tengo que ir a enseñar a otros mi fe cristiana? ¿por qué no los dejamos en sus creencias? Lo que significaría que no estamos tan seguros y tan bien cimentados en la fe en Jesús como nuestro único Salvador, Dios con nosotros que nos manifiesta todo el amor del Padre que nos hace hijos de Dios.
Vientos de la rutina y del costumbrismo, en que caemos luego en una frialdad y una indiferencia que poco a poco nos puede llevar a abandonar la fe. Vientos de un ateismo circundante práctico donde se prescinde de Dios en la vida y el hecho religioso se trata de ocultar o reducir a ámbitos meramente privados.
Todo esto nos está pidiendo esa buena cimentación de nuestra fe que les pedía el apóstol a los cristianos colosenses. ‘La condición es que permanezcáis cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza que escuchasteis en el Evangelio’. Que así sea nuestra fe y nuestra esperanza.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Un Himno de Amor a Cristo nuestro principio y nuestra plenitud

Col. 1, 15-20
Sal.99
Lc. 5, 33-39


Cuando amamos a alguien de verdad y cada día lo vamos conociendo más y más profundizando en intimidad y amor, cuando tenemos que hablar de esa persona buscamos las mejores palabras que expresen lo que esa persona es para nosotros y toda la hondura que en él hayamos descubierto. Es lo que los enamorados hacen en sus poemas y canciones de amor.
Nosotros amamos a Jesús y cada día vamos profundizando en el conocimiento del misterio de su vida y de su persona, vamos ahondando en el amor que le tenemos y llegamos a tener una intimidad profunda con El a través de nuestra oración. Cuando queremos hablar de Jesús ya no lo hacemos reduciéndonos a contar simplemente aquellas cosas que hizo en el evangelio, sino que partiendo de ese conocimiento también buscamos las mejores y más hondas palabras para expresar todo lo que significa en nuestra vida y todo lo que es el misterio de Dios que en El se manifiesta. Lo llamamos reflexión teológica – hacemos teología – o son también esos himnos cristológicos que incluso utilizamos como cánticos en las celebraciones de la liturgia.
Hoy en la carta a los Colosenses nos encontramos con uno de esos himnos cristológicos que nos recoge san Pablo en sus cartas, como en la de los Filipenses o la de los Efesios. Quiere expresar todo el misterio de Cristo que es el misterio de su amor por nosotros. Casi no se tendría que hacer comentario alguno sino simplemente dejarnos llevar por nuestro corazón y nuestro amor a la hora que lo vamos recitando en la liturgia o lo escuchamos, como hoy, en la proclamación de la Palabra de Dios.
Subrayemos algunas de las cosas que se expresan en este bello texto. ‘Cristo Jesús es imagen de Dios invisible’, comienza diciéndonos. Y recordamos lo que El nos ha dicho en el evangelio. ‘Quien me ve a mí ve al Padre’, le respondía a la pregunta de uno de los discípulos en la última cena. ‘Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiere revelárselo’, nos dirá en otro lugar, Cristo Jesús es esa revelación de Dios, el Emmanuel, el Dios con nosotros. Viéndolo a El estamos viendo a Dios, poseyéndole a El estamos dejándonos inundar por el misterio de Dios.
Lo llama luego ‘primogénito de toda criatura y primogénito de entre los muertos’. El Hijo Unigénito de Dios, ‘engendrado no creado’ como decimos en el Credo. Pero que en cuanto que se ha hecho hombre, se ha encarnado, murió por nosotros, pero es el vencedor de la muerte por su resurrección. Es ‘el primero’, porque es la primicia, el que va delante de nosotros par que nosotros sigamos su camino, pero también porque El es el Señor, el único Señor. ‘Dios lo resucitó de entre los muertos constituyéndolo Señor y Mesías’, que diría San Pedro en el discurso de Pentecostés.
‘Todo fue creado por El y para El’, nos dice ahora san Pablo. Y san Juan en el principio del Evangelio nos hablará de ‘la Palabra que estaba junto a Dios y que es Dios, por medio de la cual se hizo todo y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho’
‘El es Cabeza del Cuerpo: de la Iglesia’, y nos recuerda todo lo que Pablo nos hablará del misterio del Cuerpo Místico de Cristo en la carta a los Corintios. Todos formamos un solo cuerpo y Cristo es la Cabeza. Y a El tenemos que estar unidos, porque en El es como conformamos ese único Cuerpo, que es Cristo mismo, y ‘sin El nada podemos hacer’, que nos dirá por otra parte en el Evangelio. ‘En El quiso Dios que residiera toda plenitud’.
Finalmente nos dice que es nuestra reconciliación y en El por la sangre derramada podemos alcanzar la paz para siempre. ‘En El quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su Cruz’. Lo que nos recordaría otros pasajes de las cartas de san Pablo.
Es quizá un poco denso lo que estamos reflexionando pero simplemente recogemos, comentando con otros textos de la misma Biblia, lo que san Pablo nos expresa en este hermoso Himno, este cántico a la larga de alabanza y de bendición a quien lo es todo para nosotros, quien es el centro y la razón de nuestra vida, porque es nuestra vida y nuestra salvación.

jueves, 3 de septiembre de 2009

La gente sigue ansiosa de oír la Palabra de Dios…

Col. 1, 9-14
Sal. 97
Lc. 5, 1-11


‘La gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios’. No estaban ahora en la sinagoga, como lo habíamos visto anteriormente en Nazaret, en Cafarnaún o por los sinagogas de Judea. Estaban junto al lago y allí se reúne también la gente porque quieren escuchar la Palabra de Dios. Ansia de la Palabra de Dios. ‘Y Jesús subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la aparta un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente’.
¿Será así cómo nosotros la deseamos y buscamos la manera de encontrarnos con el Señor? Todo lugar es bueno para escuchar a Dios: nuestras celebraciones, en lo secreto de nuestra habitación, en un momento de relax o también en momentos turbulentos, cuando estamos en casa o cuando vamos de viaje. Lo necesario es tener esa hambre de la Palabra de Dios.
Como Jesús la Iglesia tiene también que aprovechar cualquier oportunidad para hacer el anuncio de la Palabra de Dios. No podemos esperar que la gente venga a nuestros templos, sino que tenemos que emplear los medios a nuestro alcance para hacer el anuncio del Evangelio. Por estas redes del ciberespacio te está llegando ahora este mensaje de la Palabra de Dios. Aprovéchalo, pero hazte transmisor para que llegue también a otros. Igual que nos pasamos tantas cadenas que nos llegan a nuestro correo, pasa también el mensaje de la Palabra, señala a tus amigos donde pueden encontrarla.
Pero destacamos algo más de este texto del evangelio que hemos comenzado a comentar. Destacaríamos la fe y la confianza de Pedro. Ha estado toda la noche intentando pescar, pero ha sido uno de esos días en que parece que los peces han desaparecido. Bien lo saben los pescadores. Y ahora Jesús le dice que eche de nuevo las redes para pescar. El sabe lo que hay, está su experiencia, pero se fía de Jesús. ‘Maestro nos hemos pasado toda la noche bregando y no hemos cogido nada, pero, por tu palabra, echaré las redes’.
Y la redada fue grande. Y ‘el asombro se apoderó de él y de los que estaban con él’. Asombrarnos y sorprendernos ante las maravillas de Dios. Tenemos que hacerlo. No nos podemos acostumbrar. Nos hemos de buscar otras explicaciones con nuestros razonamientos. Ver la acción de Dios que actúa maravillosamente tantas veces en nuestra vida. Pero porque también nosotros hemos sabido confiar.
También hemos sabido decir ‘por tu palabra, en tu nombre…’ emprendo la tarea, te ofrezco el día que comienza, no temo ante las dificultades de lo que pueda suceder. Hemos de saber hacer la ofrenda de nuestra voluntad y de nuestra vida en ese ofrecimiento de obras que hacemos cada día cuando nos levantamos. No por nosotros, sino por ti, en tu nombre y para tu gloria inicio este día, emprendo esta tarea, me comprometo con tus obras, Señor.
Y ante el asombro de las maravillas de Dios que estaba contemplando se sintió pequeño y pecador. ‘¡Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador!’, exclama Pedro. Ante Dios así nos sentimos. Nos recuerda el episodio del profeta Isaías cuando contempla la gloria de Dios y se siente pecador y hombre de labios impuros. Teme morir, pero el ángel del Señor con las ascuas tomadas del fuego que ardía en la presencia de Dios, le purifica.
‘Apártate de mí’, le dice Pedro, pero nosotros no se lo vamos a decir así, sino le vamos a pedir que venga a nosotros aunque seamos pecadores, o porque somos pecadores. Necesitamos de su misericordia y de su perdón. Como hacemos cada vez que iniciamos la Eucaristía, que ante el Misterio al que nos vamos a acercar para celebrar, nos sentimos pecadores y le pedimos al Señor que nos purifique.
‘No temas, desde ahora será pescador de hombres. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron’. Aquello que habían vivido no se podía quedar en el secreto de aquella barca. Esa buena noticia hay que comunicarla a los demás. ‘Seréis pescadores de hombres…’ tenéis que ir a contar todo eso de lo que os habéis asombrado; esa palabra que habéis escuchado allá en vuestro corazón, ahí no se puede quedar encerrada y hay que ir a comunicarla a los demás; todo eso que has experimentado en ti cuando te has sentido amado por Dios, perdonado generosamente por El, tienes que contarlo a los demás para que ellos descubran también cuánto los ama el Señor.

Colosas una comunidad estimulada por la carta del apóstol

Col. 1, 9-14
Sal. 97
Lc. 5, 1-11


La carta a los Colosenses que hemos comenzado a escuchar desde ayer en la lectura continuada de la liturgia es un texto muy alentador y muy lleno de esperanza. Cuando el apóstol escribe a aquellas comunidades donde él ha anunciado el evangelio, aunque en ocasiones tenga que corregir y llamar la atención sobre cosas que hay que mejorar en la comunidad, sin embargo lo que pretende es dar ánimos valorando todas las cosas buenas de aquella comunidad, como su acogida de la Palabra de Dios que hicieron cuando se les anunció.
Da gracias el Apóstol al Señor por la fe, el amor y la esperanza que anima a aquella comunidad. ‘Damos gracias a Dios Padre… desde que nos enteramos de vuestra fe en Cristo y del amor que tenéis a todo el pueblo santo… os anima a esto la esperanza de lo que Dios os tiene reservado en los cielos… desde el día en que escuchasteis y comprendisteis de verdad lo generoso que es Dios’.
Por eso pide el que cada día vayan creciendo más y en el conocimiento de Dios y sus designios: ‘un conocimiento perfecto de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual’. Es el conocimiento del Evangelio, el conocimiento de Cristo, que se traducirá luego en una conducta agradable al Señor y en los frutos de buenas obras. ‘De esta manera vuestra conducta será digna del Señor, agradándole en todo; fructificaréis en toda clase de obras buenas…’ Siempre el conocimiento de Dios, de su voluntad, de lo que nos dice el evangelio ha de reflejarse en la vida, en la conducta.
Y eso se expresa además mediante las buenas obras. Nunca podremos separar nuestra fe del conjunto de nuestra vida. Esa fe que tenemos en Dios no es sólo un acto religioso que realicemos en unos momentos determinados, sino que se va manifestando en todo lo que es nuestra vida; de ahí nuestra conducta y de ahí el compromiso de nuestras obras de amor.
Pero además esto nos dará fuerza para enfrentarnos a las dificultades que vamos encontrando en nuestra vida. Son como pruebas que tenemos que superar. Muchas veces pueden ser incluso cosas molestas, sacrificadas. Pero ahí tiene que verse nuestra paciencia. Como dice el apóstol: ‘El poder de su gloria os dará fuerza para soportar todo con paciencia y magnanimidad’. No es un soportarlo porque no quede más remedio. Es que esos sufrimientos se han de vivir de una forma distinta, ‘con alegría dando gracias a Dios Padre que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz’.
¿Cómo no vivirlo con alegría sabiendo lo que el Señor ha hecho por nosotros, sabiendo lo que significa la redención que Cristo nos ofrece cuando ha derramado su sangre por nosotros? Nos ha sacado de las tinieblas para llevarnos a la luz; nos ha sacado del reino de la esclavitud y del pecado, para conducirnos a la vida y a la salvación. ‘El nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados’.
Esto que les decía san Pablo a los cristianos de Colosas, admirando su fe, su entrega, la buena respuesta que dieron al evangelio que les anunció, nos lo dice a nosotros también. Es nuestra tarea ese crecimiento de nuestra fe, de nuestro conocimiento de Cristo y de su Evangelio. Es en algo en lo que tenemos que estar empeñados siempre tengamos la edad que tengamos, porque ese es un conocimiento que no se agota.
Es nuestra tarea el crecimiento de nuestra fe, de nuestro amor y de nuestra esperanza. Queremos vivir en su Reino. Escuchamos su Palabra cada día porque cada día queremos mejorar la pertenencia a su Reino. Y tenemos la esperanza de que un día lo alcanzaremos en plenitud. Es la esperanza de la vida eterna, es la esperanza del cielo con la que vivimos, nos esforzamos, luchamos superándonos cada día más y mejor. Es la fuerza que recibimos para aceptar pacientemente sufrimientos, luchas, problemas, dificultades. La meta a la que aspiramos, el cielo que deseamos bien merece la pena pasarlo todo. Porque eso en nuestra esperanza hemos de estar también alegres en el Señor.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

El Reino de Dios en medio de nosotros: renacimiento de la fe y espíritu de servicio

Col. 1, 1-8
Sal. 51
Lc. 4, 38-44


‘El Señor me ha enviado para anunciar el evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad’. Ha sido la antífona del aleluya antes de la proclamación del evangelio. Resuenan estas palabras escuchadas hace pocos días cuando Jesús proclamó la lectura de Isaías en la sinagoga de Nazaret. El programa de la misión de Jesús que ya lo hemos visto realizando en su continuo actuar.
En la sinagoga de Cafarnaún anunciaba el Reino de Dios enseñando a la gente. Pero a sus palabras, ante las que se quedaban sorprendidos sus oyentes, acompañan los signos. Los signos de que el Reino de Dios se estaba ya realizando en medio de ellos. Arranca el mal del corazón de aquel hombre poseído por el espíritu maligno.
A continuación le vemos ir a la casa de Simón, donde su suegra estaba en cama con fiebre, y Jesús la levanta de su postración y enfermedad. Más tarde vendrán todos trayendo enfermos ‘con el mal que fuera’, dice el evangelista. Y Jesús los va curando a todos; ‘y El, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando’.
Un detalle que merece comentar. Dice el evangelista que ‘al ponerse el sol, los que tenían enfermos con el mal que fuera, se los llevaban’. Probablemente el día en que Jesús había enseñado en la sinagoga era sábado. Era el día del descanso y no se podía realizar ningún trabajo, luego no podían cargar con los enfermos para traérselos a Jesús. Por eso esperan a la puesta del sol, porque una vez caída la tarde se acababa el sábado, porque los judíos computaban el día desde el momento en que se ponía el sol. Por eso es ahora cuando ha terminado el sábado cuando se los traen.
Con esos milagros se Jesús se están dando las señales del Reino de Dios. Un Reino de Dios que afecta a toda la persona, que tiene que manifestarse en toda la persona. Desde lo más hondo nos sentimos transformados para reconocer la presencia y la acción de Dios, pero también nos sentiremos liberados de los males más profundos que nos afectan, y que muchas veces se pueden manifestar también en esos males que sufrimos en nuestro cuerpo.
Ya en el evangelio vemos como esas señales de la pertenencia al Reino de Dios se van manifestando. ‘Jesús, de pie a su lado, increpó a la fiebre y se le pasó; ella, levantándose enseguida, se puso a servirles’. Y por otra parte veremos que ‘de muchos de ellos salían también los demonios y gritaban: Tú eres el Hijo de Dios’. Dos cosas, un reconocimiento de fe en Jesús: ‘Tú eres el Hijo de Dios’, por otro lado, una actitud de servicio que surgen en el corazón de la persona que ha sido liberada de su mal.
Fe y servicio, expresiones de que se quiere vivir ya en ese Reino de Dios. Fe y servicio que provocarán que la gente quiera estar con Jesús, seguirle o que su presencia no falte en medio de ellos. ‘La gente lo andaba buscando – El al amanecer se había ido a un lugar solitario -, dieron con El e intentaban retenerlo para que no se fuese’. Pero Jesús tenía que seguir anunciando el Reino de Dios. le veremos incluso lejos de Galilea. ‘Predicaba en las sinagogas de Judea’. Su campo de acción se ampliaba.
Que se den esas señales del Reino de Dios en nosotros porque se avive nuestra fe en Jesús, pero también porque surjan esas actitudes nuevas del amor y del servicio en nuestro corazón y en nuestra vida. Pero también nosotros nos sentimos llamados y enviados para seguir anunciando ese Reino a los demás, como Jesús, por todas partes. ‘También a los otros tengo que anunciarles el Reino de Dios, para eso me han enviado’. Así nosotros también.

martes, 1 de septiembre de 2009

Cristo es nuestra luz, vivamos como hijos de la luz

1Tes. 5, 1-6.9-11
Sal. 26
Lc. 31-37


“El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?’ Así rezamos con el salmo. Así lo proclamamos con toda convicción. Cristo es nuestra Luz. Con El nos sentimos seguros, iluminados, con esperanza, renovados, llenos de vida nueva, llenos de luz. Nada tememos porque El es nuestra fuerza, ‘la defensa de mi vida’.
La imagen de la luz es muy repetida en el evangelio para significar nuestro encuentro con Jesús. Encontrarnos con Él es dejarnos iluminar por su luz. El que acepta a Jesús se llena de su luz. Es la fe que ilumina nuestra vida. Es el sentido nuevo de la vida que encontramos en Jesús. Es una nueva manera de vivir cuando nos iluminamos por su luz, cuando nos dejamos inundar por su luz.
En el Evangelio Jesús nos dice que El es la luz del mundo. De eso nos habló también el inicio del evangelio de san Juan, diciéndonos que la Palabra es la Luz que viene a iluminarnos. ‘La luz verdadera que ilumina a todo hombre…’ La luz que nos salva y nos llena de vida. Pero también nos habla de que las tinieblas rechazaron la luz, no quisieron recibir la luz. ‘La luz brilla en las tinieblas pero las tinieblas no la recibieron… vino a los suyos pero los suyos no lo recibieron’.
San Pablo hoy en la carta a los Tesalonicenses nos dice que nosotros no vivimos en las tinieblas sino en la luz desde que nos hemos encontrado con Cristo. ‘Vosotros, hermanos, no vivís en las tinieblas… porque todos sois hijos de la luz e hijos del día…’
Ser hijo de la luz nos exige el cuidar esa luz para no perderla. Por eso nos invita a estar atentos, vigilantes. ‘Así, pues, no nos durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y vivamos sobriamente’.
El que camina en la luz camina con seguridad. La fe da seguridad a nuestra vida, nos da fortaleza en nuestras convicciones, en nuestro seguimiento de Jesús. El que camina en medio de las tinieblas de la noche lo hace con miedo porque no sabe lo que se puede encontrar, o los peligros que acechan detrás de esa oscuridad. Pero si caminamos con la luz ya no tenemos miedo.
El que camina con la luz camina con esperanza. Sabemos el Camino; Cristo es el camino. Sabemos a donde vamos. Tenemos la seguridad de la salvación que ya Cristo nos ha ganado. ‘Porque Dios no nos ha destinado al castigo sino a la salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo: el murió por nosotros para que vivamos con El’. Salvación que nos lleva a vivir en Cristo y con Cristo. Por eso podíamos decir con el salmo: ‘Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida’. Es la esperanza que anima nuestra vida cristiana. Es la esperanza de la vida eterna.
El que camino con la luz camina realizando las obras del amor. Nos decía san Pablo: ‘Por eso, animaos mutuamente, y ayudaos unos a otros para crecer, como ya lo hacéis’. Animarnos mutuamente en el amor, ayudándonos, queriéndonos, haciéndonos el bien. En nosotros tiene que resplandecer de manera especial el amor. Es ese blando deslumbrador que con luz se hace aún más brillante.
Cristo que viene a nosotros con su luz lo contemplamos hoy en el evangelio que llega a Cafarnaún trasmitiendo esa luz de la vida. ‘Bajó a Cafarnaún, y los sábados enseñaba a la gente… y se quedaban asombrados de su enseñanza, porque hablaba con autoridad’. Pero a las palabras de Jesús acompañan las obras. Hay ‘un hombre que tenía un demonio inmundo…’ Jesús le increpa para expulsarlo: ‘¡Cierra la boca y sal!’ Y aquel hombre se vio liberado del espíritu inmundo. La gente sigue admirada porque está viendo la fuerza de la Palabra de Jesús, de la Palabra de Dios. ‘¿Qué tiene su palabra?’ se preguntaban. Era una palabra de vida y de salvación. Era una palabra de luz y de vida. Era la Palabra salvadora de Jesús.
Dejémonos iluminar por esa Palabra. Que nos llenemos de su luz. Que no dejemos que las tinieblas nos cerquen. Hay que estar vigilantes. ‘Que nos os sorprenda como un ladrón’; así está la tentación acechándonos continuamente. Por eso caminemos siempre a la luz del Señor, porque son su luz nada hemos de temer.

lunes, 31 de agosto de 2009

Presentación de Jesús en la Sinagoga de Nazaret con reacciones diversas

1Tes. 4, 13-17
Sal. 95
Lc. 4, 16-30

Iniciamos en nuestra lectura continuada el evangelio de san Lucas. Saltando todo el evangelio de la Infancia de Jesús que se lee en el entorno del adviento y la navidad, ahora partimos del inicio de su vida pública en su presentación en la Sinagoga de Nazaret. Ya había comenzado Jesús su actividad porque hay referencias a su actuar en Cafarnaún, pero este texto es considero algo así como un discurso programático por el texto de Isaías que Jesús proclama.
Viene a definir cuál es la acción de Jesús, el ungido por el Espíritu y enviado del Padre para anunciar la Buena Nueva de la salvación y liberación a los pobres, a los cautivos, los ciegos, lo oprimidos. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí. Porque El me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor’. Con Jesús llega el gran jubileo, la amnistía, el perdón y la salvación para todos. ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, les dice finalmente.
Una primera de reacción y de aprobación. ‘¿No es éste el hijo de José?’, pero que poco a poco se transforma en una reacción bien distinta. ‘Todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monto donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo’.
¿Qué había pasado? ¿por qué ese cambio tan brusco? Aprobación y rechazo. Orgullo porque era de Nazaret, era el hijo de José, y deseos de quitarlo de en medio. Por ahí pueden ir los tiros. El orgullo de saber que era uno de los suyos – ‘se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios’ – podía hacer surgir la tentación de querer manipularle en su favor.
Jesús les descubre sus intenciones. ‘Me vais a decir: Médico, cúrate a ti mismo. Haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún’. Tu eres el pueblo y si eres tan poderoso haz también cosas aquí entre nosotros, no te olvides de nosotros. Ya sabes que también aquí tenemos problemas, hay enfermos, gentes que carecen de todo. Comienza por aquí, que eres de los nuestros.
Más o menos así estarían pensando. Bueno eso sigue sucediendo, cuando hay alguien de nuestro pueblo que ha alcanzado poder o tiene muchas influencias a él acudimos para que, como somos de su pueblo y hasta de su familia, a nosotros nos haga favores especiales. Lo de las influencias… Pero ¿no hacemos algo así también nosotros con Dios en nuestra oración muchas veces muy interesada? Le queremos recordar al Señor lo bueno que somos, las cosas que hemos hecho, el manto de la Virgen que compré o los bancos de la Iglesia que regalé, las ramos de flores que le llevamos a la Virgen o las veces que la hemos ido a visitar, por decir algunas cosas. Somos tan buenos y hacemos tantas cosas buenas que el Señor tiene que escucharnos. Poco menos que hacemos esas como buenas y las ponemos como en depósito para cuando yo necesite algo… ¿Lo chantajeamos? Algo así algunas veces.
Muchas viudas había en tiempos de Elías, y muchos leprosos en Israel en tiempos de Eliseo. Pero la viuda que fue atendida, no era israelita sino de Sarepta de Sidón, y el leproso curado era un sirio, Naamán. ¿Cómo es el actuar de Dios? El Señor no se deja llevar por nuestras miras humanas. El nos reparte su amor con generosidad. Y con generosidad y con humildad nos presentamos nosotros ante Dios en nuestra súplica y en nuestra oración. Lo que Jesús les dice trastoca frontalmente lo que eran sus sueños y aspiraciones, de ahí su reacción. ¿Nos sucederá parecido a nosotros cuando decimos que Dios no nos escucha?
Dios viene repartiendo generosamente su misericordia. Por eso proclama con Jesús una amnistía general, un año de gracia y de perdón. Pero el amor del Señor es universal, no es para éste o para aquel porque haya hecho unas determinadas cosas o sea de un determinado pueblo. Si algunos son los preferidos del Señor son los pobres y los que sufren, como hemos visto en el texto de Isaías que proclama Jesús en la Sinagoga de Nazaret. Por ahí tendrían que pasar también nuestras preferencias, porque además ahí hemos de saber ver la presencia del Señor.

domingo, 30 de agosto de 2009

Coherencia y autenticidad en el corazón y la vida


Deut. 4, 1-2.6-8;

Sal. 14;

Sant. 1, 17-18.21-22.27;

Mc. 7, 1-8.14-15.21-23


‘¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen tus discípulos la tradición de los mayores?’, pregunta un grupo de fariseos y letrados venidos de Jerusalén. La respuesta Jesús se la dio con palabras del profeta Isaías: ‘este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos’. Y apostilla Jesús: ‘Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.
El Evangelista ha explicado bien lo de las costumbres convertidas en preceptos por los fariseos de lavarse las manos cuando vienen de la plaza ‘restregando bien, siguiendo la tradición de sus mayores’. Podrían haber tocado alguna cosa impura – recordemos cómo consideraban impuros a los enfermos y sobre todo a los leprosos – y eso les trasmitiría una impureza legal de la que habrían de purificarse.
¿Qué era lo importante? ¿lo externo y la apariencia o lo que tiene que brotar del corazón? ¿Hacer las cosas porque siempre se han hecho así, aunque sea una rutina repetitiva y que hasta haya perdido sentido, o descubrir hondamente lo que es la voluntad del Señor y a través de su Palabra - la Palabra de Dios, no la palabra de los hombres – llenarme de nueva vida?
Jesús está pidiendo coherencia de vida y autenticidad. ¡Cuánto daño hace la incongruencia! Cuando no hay coherencia y autenticidad estamos llenando la vida de mentira. Las mentiras peores no son cuando con nuestras palabras decimos una cosa por otra, sino cuando llenamos la vida de falsedad. (Algunas veces nos confesamos de que hemos dicho una mentirita piadosa y no examinamos la falsedad que pueda haber en nuestra vida). Queremos aparentar una cosa pero realmente en nuestro ser más profundo somos realmente otra cosa muy distinta. Y cuando nuestro estilo de vida lo llenamos con apariencias, lo tremendo es el vacío que a la larga hay dentro de nosotros mismos.
De ahí que nuestra vida cristiana no la podamos reducir meramente al cumplimiento de unas normas o preceptos si nuestro corazón, las actitudes interiores que tengamos están bien lejos de esa fe que decimos tener simplemente porque cumplamos unos reglamentos.
Muchas veces la gente te pregunta o se pregunta qué cosas tengo que hacer pretendiendo les des unas normas o unos reglamentos. Yo te diría, pregúntate qué es lo que tienes que vivir, o más bien, a quién tienes que vivir. Ser cristiano es una vida, pero que ya no es sólo vivir tu vida, sino que es vivir a Cristo en ti. Aquello que decía san Pablo ‘ya no vivo yo sino que es Cristo quien vive en mí… para mi vivir es Cristo’.
Ya no serán, pues, unas normas o preceptos; es simplemente dejarte conducir por Cristo, dejarte llenar de su Espíritu y todo podíamos decir que sale como espontáneo de ese vivir en el Espíritu. Surgirá el amor, la generosidad, la bondad, la solidaridad, la justicia, la verdad y autenticidad de mi vida.
En el salmo nos preguntábamos ‘Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?... el que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales…’ el que no hace daño a nadie sino que siempre busca el bien, el que no se comporta con el prójimo con tacañanería o por interés. Es que ya no sólo estamos hospedándonos en la tienda del Señor, sino más bien es Dios quien ha puesto su tienda en nosotros, habita en nosotros.
Comenzábamos la reflexión recordando la pregunta con la que los fariseos querían cuestionar a Jesús del si lavarse o no las manos antes de comer y por qué los discípulos no lo hacían como mandaba la tradición. Jesús viene a decirles que la maldad no entra en el corazón del hombre porque tengamos o no las manos manchadas. Sabido es cómo en la reglamentación de los judíos en este sentido – y los fariseos eran unos expertos – tenían catalogada toda una serie de cosas que eran en sí mismas impuras y que no podían ni tocar porque era caer en una impureza legal de la que tenían que purificarse con abluciones rituales.
Jesús les dice que la impureza o la maldad no nos viene de fuera, sino que la podemos tener en el corazón y que serán esos malos deseos los que nos harán vomitar maldad desde dentro de nosotros. ‘De dentro del corazón del hombre salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas estas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’.
Limpiemos de maldad el corazón. Eso es lo importante. Más aún, tenemos a quien ha venido para limpiarnos el corazón, para que lo que brote entonces de nosotros sea siempre bueno. Podríamos decir que no sólo nos enseña esa autenticidad, esa bondad, esa justicia en la que tenemos que caminar quienes nos llamamos sus discípulos, sino que El se hace vida nuestra y es nuestra salvación para perdonarnos esa maldad que tantas veces dejamos meter dentro de nosotros, sino también viene a nosotros para transformarnos con su gracia, para llenarnos de su Espíritu que nos hace hombres nuevos.
‘Aceptad dócilmente la Palabra de Dios que ha sido plantada y es capaz de salvaros. Llevadla a la práctica y nos os limitéis a escucharla’, nos decía el Apóstol Santiago en su carta. Esa palabra de Dios que es nuestra inteligencia y nuestra sabiduría, como se nos decía en el libro del Deuteronomio. Que seamos, pues, ese pueblo sabio y ese pueblo santo que así acoja la Palabra de Dios, y que así sienta también la presencia de Dios en medio de nosotros. ‘Así viviréis…’ nos decía el autor sagrado en la primera lectura. Así el culto que le demos al Señor no será un culto vacío, porque habremos llenado nuestra vida de amor que es lo que agrada al Señor.

sábado, 29 de agosto de 2009

Con el Bautista testigos de la verdad con nuestra confesión de fe


Jer. 1, 17-19
Sal. 70
Mc. 6, 17-29



El evangelio nos hace el relato del martirio de Juan el Bautista. Profeta que anunciaba la Palabra de la verdad para preparar el camino del Señor a todos iba diciendo lo que tenían que cambiar en su vida, denunciando lo malo y estimulando para lo bueno. Como suele suceder a los buenos y a los profetas pronto se encontrarán a quienes no agraden sus palabras. El Bautista denunciaba la vida irregular de Herodes y a instancias de Herodías Juan estaba en la cárcel, y ya conocemos su fin.
‘Mártir de la verdad y de la justicia’, lo llama la liturgia en la oración de este día. Testigo de la verdad, testigo de la vida y que por ello dio su vida. Lo contemplamos en este día en el supremo testimonio por el nombre de Cristo derramando su sangre, entregando su vida. Un anticipo de la Pascua de Cristo, en la que el Bautista ya está bebiendo el cáliz del martirio.
A través del año litúrgico en distintos momentos nos va apareciendo la figura de Juan con los que se ve complementando la presentación de su vida y su misión. En el Adviento lo vemos como Precursor del Mesías, ‘la voz que clamaba en el desierto para preparar el camino del Señor’. Es la presencia del profeta que anuncia y que prepara los corazones.
En su nacimiento ‘será motivo de alegría para muchos’, como se nos dice en el prefacio de la Misa de hoy. Por la montaña corrió la noticia y todos venían a felicitar a Isabel por la gracia que le había hecho el Señor y, como ya hemos meditado en otras ocasiones, la gente se preguntaba ‘¿qué va a ser de este niño?’ Zacarías lo proclamaría en su cántico de acción de gracias y bendición a Dios como ‘el profeta del Altísimo… que preparará para el Señor un pueblo bien dispuesto’.
Entre otros momentos volveremos a encontrarlo en el Bautismo de Jesús en el Jordán. Será testigo de la manifestación de la gloria del Señor cuando ‘al salir del agua el Espíritu vino sobre Jesús en forma de paloma, y se oyó la voz del Padre’ señalando a Jesús como su Hijo amado. Pero será a continuación después de esa experiencia cuando lo señale a sus discípulos.
Le habían preguntado en embajada desde Jerusalén quién era él, si el Mesías, si un profeta, su Elias o alguno de los antiguos profetas, y el sólo decía que era ‘la voz que grita en el desierto’, y que lo único que quería era menguar él para que creciera el que había de venir. Por eso señala a los discípulos ‘éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’, y había dejado que Juan y Andrés se fueran con Jesús. Más tarde desde la cárcel enviará a otros discípulos para que vayan a Jesús a preguntarle ‘si era El quien había de venir, o habían de esperar a otro’: no es que Juan no supiese quien era Jesús pero lo que deseaba era que sus discípulos lo conociesen y se fuesen también con Jesús. Su misión, dar paso a Jesús.
Ahora es el momento del supremo testimonio. ‘Nos enseña de palabra y da testimonio con su sangre’, como decimos en la liturgia. ‘Dio con su sangre supremo testimonio por el nombre de Cristo’. Como decíamos antes, es un anticipo de la Pascua. Normalmente pensamos en Juan como Precursor del Mesías, pero la liturgia lo llama ‘Precursor de su nacimiento y de su muerte’. Con su muerte está anunciando la muerte de Cristo; con su inmolación y su propia pascua está anticipándonos la Pascua de Jesús, que será la nueva y definitiva Pascua.
Si en el desierto escuchábamos su invitación a la conversión ahora con el testimonio de su martirio nos está invitando a una profunda confesión de fe. Entonces decía a la gente que habían de caminar por sendas de rectitud, de justicia y de solidaridad; la gente la preguntaba ‘¿qué tenemos que hacer?’ y él iba señalando a cada uno cómo había de actuar honradamente en su vida y en su profesión y cómo tenía que compartir con los demás. Ahora el valor y la fortaleza de su martirio nos pide una valiente confesión de fue por nuestra parte.
Recogemos las palabras de Jeremías y las hacemos como dichas para nosotros. El Señor le había confiado también una misión donde le pedía ser fuerte. ‘Ponte en pie y diles lo que yo te mando. No les tengas miedo…yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce… lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte’. Con nuestra fe somos ‘plaza fuerte, colmena de hierro, muralla de bronce’. Tenemos la seguridad de la fortaleza y la gracia del Señor para dar el testimonio de nuestra fe. Es la confesión de fe a la que nos invita hoy la fiesta del martirio del Bautista.

viernes, 28 de agosto de 2009

¿Por falta de aceite en nuestra lámpara nos quedaremos fuera?

1 Tes. 4, 1-8
Sal.96
Mt. 25, 1-13


‘¡Que llega el esposa, salid a recibirlo!’ Eran las costumbres de la época para las bodas. El esposo venía acompañado de sus amigos, mientras las amigas de la novia esperaban en el camino con lámparas encendidas para iluminar el camino e iluminar luego también las estancias de la boda. ‘El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron’.
A la hora de encender de nuevo las lámparas porque llegaba el esposo, no todas tenían aceite con el que reavivar la llama. Algunas no habían sido previsoras. Las que tenían encendidas las lámparas entraron pero las que fueron a comprar al llegar se encontraron la puerta de la boda cerrada. ‘Señor, Señor, ábrenos… No os conozco’, fue la respuesta. Y ya Jesús nos sentencia la moraleja: ‘Por tanto, velad porque no sabéis el día ni la hora’.
Llega el esposo; lega el Señor a nuestra vida. Lo reflexionábamos también ayer. Y hemos de salir con nuestras lámparas encendidas, como señal de que estamos atentos y preparados. Nos dieron una luz en nuestro Bautismo tomada del Cirio Pascual. Una luz para mantener encendida. ¿Habremos conservado el aceite suficiente para que se mantuviera encendida?
En los avatares de la vida los vientos de las tormentas por las que pasamos ponen en peligro esa luz, cuando no la apagan. Están las tentaciones y el pecado que nos acechan ‘como león rugiente en la noche’, que dice el apóstol Pedro. Pero hay también muchas cosas que en nuestro abandono nos debilitan nuestra fe.
Tenemos la experiencia si lo queremos reconocer. Vivimos afanados por tantas cosas que lo referente a Dios, que lo referente a la fe lo ponemos en segundo plano. El conflicto invocado de la devoción y la obligación. Y con esa historia a Dios lo ponemos en segundo lugar; y la misa la dejamos para cuando tengamos tiempo, porque tenemos tantas obligaciones; y así vamos cayendo en una tibieza espiritual que nos llevara a la frialdad y al abandono de todo, al olvido de Dios. y nos falta entusiasmo para vivir nuestro ser cristiano. Y nos dejamos seducir por las cosas de la vida. Y pensamos, ya más adelante, cuando tenga tiempo, comenzaré a pensar en esas cosas; pero nunca tenemos tiempo. Y ya ni pensamos en esas cosas.
Bien sabemos cómo podemos volver a tener la lámpara encendida; dónde encontraremos la luz y también el aceite que nos la haga arder y brillar con toda su viveza. Tenemos los sacramentos que nos fortalecen en la gracia, que nos restauran la gracia perdida, que nos alimentan para que tengamos vida. Y está nuestra oración que nos fortalece, pero también nos hace mirar con la mirada de Dios todas las cosas. Y tenemos que pensar en el cultivo de la vida espiritual con una vida piadosa, con una dirección espiritual, con un programa de verdadero crecimiento interior. Y está la gracia que no deja de darnos el Señor en todo momento.
Pero todo eso lo dejamos para el último momento. Pero en el último momento puede ser que no lleguemos a tiempo, que las puertas se nos cierren. Sabemos, porque la experiencia nos lo dice y tenemos que reconocerlo, que muchos lo dejaron para otro momento, pero el Señor llegó a sus vida en el momento más inesperado y no estaban preparados para recibirle, para poder ir a vivir en El para siempre.
¿Nos sucederá que un día nosotros escuchemos ‘no os conozco’? ¿Nos vamos a quedar fuera del banquete de bodas del Reino de Dios? Sería triste que al final nos quedáramos fuera porque la puerta se nos haya cerrado.
Estamos a tiempo. El Señor nos sigue llamando para que estemos despiertos. Esta Palabra que estás meditando es también para ti, como para mí, una llamada del Señor.
‘Velad, porque no sabéis el día ni la hora’, nos dice el Señor.

jueves, 27 de agosto de 2009

Estad en vela, a la hora que menos penséis viene el Señor

1Tes. 3, 7-13
Sal. 89
Mt. 24, 42-51


‘Estad en vela… estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre’. Así nos advierte Jesús hoy en el evangelio. Vigilantes, preparados, llega el Señor a nuestra vida. Y nos habla del dueño de casa que está vigilante para que no entre el ladrón y cauce destrozos, vigilante el criado a quien le han confiado la administración de su casa; no se puede dedicar a maltratar a los otros criados, ni a beber y emborracharse, porque no esté el dueño de la casa, sino que ha de estar atento a cumplir su obligación.
Viene el Señor y hay que estar preparados, atentos y vigilantes. Una referencia nos hace el evangelio a la segunda venida de Cristo en el último día, al final de los tiempos; puede ser también referencia a la última hora de nuestra vida cuando nos llegue la muerte y vayamos a encontrarnos con el Señor. Porque para el cristiano la muerte no es la solución final de nuestra vida donde todo se acaba, sino que es el paso al encuentro en plenitud con el Señor. Y hay que estar preparados.
Quizá convendría hacernos una pregunta. Si nos llegase en este momento la hora de nuestra muerte, ¿estaríamos preparados para ese momento? No es una pregunta para la angustia ni para el temor, sino para la esperanza y para despertar. Convendría hacérsela uno muchas veces.
Pero también esta invitación del Señor hace referencia a ese encuentro con el Señor que día a día, en cualquier momento, podemos vivir. Ahora mismo mientras lees estas líneas de reflexión, piensa que puede ser para ti un momento de encuentro con el Señor; el Señor viene a ti a través de esta reflexión y puede querer hablarte allá en lo hondo del corazón. Pero ya sabemos, en cualquier acontecimiento, en el encuentro con los demás, vamos encontrándonos con el Señor. Ese con quien compartes tu vida, con quien convives o con quien trabajas, esa persona con la que te cruzas por la calle, al que ves triste o agobiado por los problemas de la vida y a quien puedes prestar su hombro para que descanse y se anime, ese que tiene su mano o su corazón hacia ti para pedirte una ayuda, es el Señor que viene a ti. ‘Lo que hicisteis… o no hicisteis a uno de estos mis humildes hermanos, a mí me lo hicisteis… a mí me lo dejasteis de hacer’, nos dirá Jesús en el Juicio final. Descubre, pues, esa llegada del Señor a tu vida y está atento y vigilante para recibirle y para acogerle.
San Pablo hoy nos ha hablado también de ese encuentro con el Señor para el que hemos de estar preparados y fortalecidos. ‘Y así os fortalezca internamente, para que cuando venga nuestro Señor Jesucristo acompañado de sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios nuestro Padre’. Que nos encuentre santos e irreprensibles, que estemos preparados con un corazón puro, con un corazón limpio, con un corazón lleno de amor.
Por eso mismo pedía algo hermoso: ‘Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos’. El amor, la capacidad de amar es un don de Dios. Pero un don que Dios ha puesto ya en nuestro corazón. Pero no pide un amor cualquiera ni una medida raquítica ni escasa. ‘Os colme y os haga rebosar’. No simplemente llenos, sino colmados y rebosantes. Son las medidas de Dios, las medidas del amor de Dios.
Cuando encontramos a alguien a nuestro lado lleno de un amor así, rebosantes y resplandecientes también en su fe, nos sentimos estimulados, nos sentimos en cierto modo fortalecidos nosotros para amar con un amor así, para vivir una fe lo más intensa posible también. Es lo que les dice el Apóstol a aquella comunidad de Tesalónica, ‘En medio de todos nuestros aprietos y luchas, vosotros con vuestra fe os animáis; ahora respiramos, sabiendo que os mantenéis fieles al Señor’. ¡Cómo se sentiría complacido el apóstol al tener noticia de la calidad de la fe y del amor de aquella comunidad en la que él había anunciado el evangelio.
Os confieso una cosa. En los años de sacerdocio, ya unos cuantos, una ha ido trabajando por distintas parroquias y en distintas actividades apostólicas. Somos como misioneros que vamos de un sitio a otro allí donde el Espíritu del Señor nos lleve a través de circunstancias y de la voluntad de nuestro Obispo. Cuando le llega a nuestros oídos noticias de cómo sigue habiendo en aquella comunidad o en aquella actividad pastoral personas entregadas, personas a las que uno quiso ayudar y que ahora vemos trabajando intensamente por los demás en diversos compromisos pastorales y apostólicos, se siente uno confortado por dentro en el Señor. Cuando veo que estas reflexiones de ‘la semilla de cada día’ son leídas por muchas personas de diferentes y distantes lugares, no puedo menos que dar gracias a Dios por todo ello. No para mi orgullo y autocomplacencia, sino siempre para la gloria del Señor.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Al acoger la Palabra lo hicisteis como a Palabra de Dios

1Tes. 2, 9-13
Sal. 138
Mt. 23, 27-32


‘No cesamos de dar gracias a Dios por vosotros’, dice el apóstol san Pablo en su primera Carta a los Tesalonicenses que venimos leyendo desde hace tres días. Es una carta muy entrañable porque es una comunidad de la que tiene grandes recuerdos, está manifestando la calidad de su fe y allí el fue acogido cuando venía perseguido desde Filipos.
Bueno es recordar algunos párrafos en referencia a esto que estamos diciendo, aunque los hayamos escuchado en días anteriores, en el principio de su carta. ‘Siempre damos gracias a Dios por todos vosotros, les dice, y os tenemos presentes en nuestras oraciones… recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo, nuestro Señor…’
Es admirable y nos atrevemos a decir hasta envidiable la alabanza que hace de ellos. Y digo envidiable, en un buen sentido, porque debe de ser un estímulo para nosotros para que así se vea en nuestra vida esa solidez de la fe, ese esfuerzo por amar, y con un amor al estilo del de Jesús, cada día con un amor más grande, resplandeciendo igualmente la fortaleza de nuestra esperanza a pesar de los momentos oscuros por los que pasamos en muchas ocasiones.
También aquella comunidad tenía sus problemas, irán apareciendo a lo largo de la carta, pero vemos cómo el apóstol resalta aquí la vivencia de las virtudes teologales de la fe, la esperanza y el amor. Se sienten elegidos del Señor y en ellos se ha manifestado la fuerza del Espíritu del Señor que les ha llevado a una convicción profunda.
‘Vuestra fe en Dios, continuará diciéndoles, había corrido de boca en boca, de modo que nosotros no teníamos necesidad de explicar nada’. Había corrido de boca en boda, de todos era conocida. Esto nos haría preguntarnos, si es así el testimonio de fe que nosotros damos. ¿Se nota de verdad que somos creyentes, unos creyentes convencidos y alegres por nuestra fe?
Siento verdadera lástima cuando contemplo cristianos que se dicen que tienen fe, y andan tristes y como amargados, poco menos que temerosos de que se conozca su fe, y en consecuencia nunca trasparentan esa alegría de la fe. Todo lo más, los vemos siempre con ojos llorosos y llenos de amargura. Algo falla en esa fe.
Finalmente fijarnos en los motivos de acción de gracias al Señor del apóstol por aquella comunidad. ‘No cesamos de dar gracias a Dios porque al recibir la Palabra de Dios, que os predicamos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino, cual es en verdad, como palabra Dios, que permanece operante en vosotros, los creyentes’.
Lo que la Iglesia nos trasmite no es una palabra humana, sino la Palabra de Dios. Así tenemos que acogerla. Una Palabra viva, una palabra de salvación, una palabra con poder vivificante para nosotros porque siempre nos llena de vida.
No son simples historias humanas, ni son unos simples consejos moralizantes que recibimos. No nos podemos quedar en eso cuando venimos a escuchar la Palabra de Dios en nuestras celebraciones o cuando nosotros personalmente acudimos a la Biblia para leerla en nuestro corazón. Es algo mucho más hondo.
Es la Palabra de Dios que toca nuestro corazón para darnos vida, para hacernos renacer, para resucitarnos a una nueva vida. ‘Palabra que permanece operante en nosotros’. No es una palabra muerta. No es una palabra que se agote. Tiene fuerza en si misma. Es palabra viva que opera salvación. Una palabra de gracia. Una palabra salvadora. Así tenemos nosotros también que acogerla.

martes, 25 de agosto de 2009

¿Apariencias externas o la solidez el Evangelio?

1Tes. 2, 1-8
Sal. 138
Mt. 23, 23-26


Si tratamos de construir un edificio preocupándonos sólo de los adornos y de la apariencia exterior pero no de su estructura y su cimentación, pronto nos sucedería que se nos vendría abajo. Tenemos que comenzar por una cimentación bien situada y fuerte, una estructura bien organizada, un planteamiento serio de la edificación que queremos construir y a su tiempo vendrán los adornos y toda su apariencia exterior que le den también, ¿por qué no?, belleza al conjunto de la obra.
No estoy queriendo dar lecciones de arquitectura, que de eso sé poco, pero si con los conocimientos elementales pensar lo que en verdad tiene que ser nuestra vida, y de manera concreta cómo fundamentar y estructurar debidamente nuestra vida cristiana, no vayamos a quedarnos en apariencias externas, pero que no tienen un fundamento hondo desde una fe firme en Jesús y su correspondiente conocimiento y vivencia del Evangelio.
Muchas veces nos sucede que nos preocupamos de cosas que no son tan fundamentales y es como si construyéramos la casa por el tejado, y nuestra vida cristiana se puede quedar en apariencia pero con un vacío interior muy profundo. Cuántas energías gastamos, incluso en la vida pastoral de la Iglesia, en cosas que se nos pueden quedar en una apariencia bonita, pero sin llegar en muchos cristianos a una fe honda y comprometida, o, como hemos reflexionado más de una vez, sin ser capaces de dar auténtica razón de nuestra fe y nuestra esperanza.
Es lo que Jesús quería denunciar en la actitud de los letrados y fariseos tal como hemos escuchado en el evangelio de hoy. Estos días, ayer, hoy y mañana, estamos en nuestra lectura continuada del evangelio de san Mateo precisamente en esas invectivas de Jesús contra los fariseos.
¿Quiénes eran los fariseos? Era un grupo socio-religioso surgido en aquellos tiempos en Israel, que destacaba entre otras cosas por el rigorismo en el cumplimiento de la ley llegando a extremos muy exagerados del cumplir la letra de la ley hasta en los más mínimos detalles. Tenían gran influencia social porque muchos de ellos formaban parte del grupo de los letrados o maestros de la ley y también su posición social era de gran influencia en el pueblo llano. Gustaban de aparecer como cumplidores hasta en los más mínimos detalles y que además la gente los considerara y los tuviera en cuenta en todo lo que era la vida social de entonces. Era más propicios a la apariencia y al recibir reconocimientos y alabanzas por parte de la gente, y en consecuencia les faltaba llegar al verdadero espíritu de la ley.
Es lo que Jesús les echa en cara. Y Jesús emplea con ellos palabras duras, porque los llama hipócritas. Hemos de entender el significado de esta palabra. Hipócrita era el que en el teatro griego y clásico para realizar la representación se ponía una máscara delante de la cara, para con ella representar el personaje que le correspondiera. Jesús les dice hipócritas a los fariseos porque se ponen en la vida una máscara de apariencias, mientras su interior está vacío y sucio.
Los llama guías ciegos. ¿Cómo puede un guía ser ciego? Así están ellos, cegados por sus cosas y apariencias, con lo que como dice Jesús al final los dos caerán en el hoyo. Habla Jesús de quien limpia el plato por fuera, mientras por dentro lo deja lleno de suciedad o del sepulcro que se blanquea con cal a su entrada, sabiendo que en su interior todo será podredumbre y muerte.
¿Qué pide Jesús? Autenticidad, rectitud, justicia, amor pero del verdadero. ‘¡Ay de vosotros, letrados y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, el anís y el comino, pero descuidáis lo más grave: el derecho, la compasión y la sinceridad! Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello’.
Obrar rectamente y con justicia, consigo mismo y con los demás, aunque seas exigente contigo mismo, llena tu corazón de compasión y de misericordia para con el hermano; muéstrate con autenticidad en la vida, alejando de ti toda apariencia y disimulo. Purifica tu corazón, no tu apariencia; busca en verdad la gloria de Dios no tu propia gloria. Gasta tus esfuerzos en lo que verdaderamente es importante, que lo demás vendrá por añadidura.
Eso en tu vida personal y eso también en tu trato con los demás. Esto en la profundización que has de tener en tu fe y conocimiento de Cristo y su evangelio, y de la misma manera en lo que pastoralmente has de hacer buscando el bien de los demás para atraerlos de verdad al auténtico camino de Jesús.
¡De cuántas cosas habría quizá que despojarse que no son tan fundamentales en nuestra tarea eclesial para ir a lo verdaderamente fundamental, al espíritu del Evangelio! No gastemos tantos esfuerzos en cosas que no son tan esenciales, y preocupémonos cada día más por un conocimiento auténtico de Jesús y de su Evangelio que dé solidez a nuestra vida cristiana.

lunes, 24 de agosto de 2009

Sentido eclesial y confesión de fe en Jesús como Mesías e Hijo de Dios


Apc. 21, 9-14
Sal. 144
Jn. 1, 45-51



Celebrar la fiesta de los apóstoles siempre nos hace ahondar en el sentido eclesial de nuestra fe. Para el cristiano toda celebración ha de resplandecer siempre por su sentido eclesial. Pero, si cabe, aún más la fiesta de los apóstoles. Nos recuerda el fundamento apostólico de nuestra fe pues que el primer testimonio de la resurrección del Señor de ellos lo hemos recibido.
En esto nos hace ahondar la lectura del Apocalipsis de este día que nos habla ‘de la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios’. Y dicho texto termina hablándonos de ‘los doce basamentos que llevan doce nombres; los nombres de los Apóstoles del Cordero’.
Celebramos hoy a san Bartolomé Apóstol. Con ese nombre aparece en las listas del Colegio Apostólico en los sinópticos y en los Hechos de los Apóstoles, sin embargo Juan nos habla en el texto del evangelio de hoy de Natanael. La tradición de la Iglesia nos los hacen coincidir, Natanael y Bartolomé, en una misma persona.
Reflexionemos en este texto del evangelio que nos propone hoy la liturgia y que podríamos decir nos ofrece la vocación de Natanael y su primera profesión de fe. El hombre honrado y creyente a carta cabal – merece una alabanza de Jesús ‘aquí tenéis un israelita de verdad, en quien no hay engaño’ – que se deja conducir por Felipe, no sin ciertas reticencias, hasta Jesús.
‘Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas lo hemos encontrado: a Jesús, hijo de José, de Nazaret’. Ya conocemos la respuesta del futuro apóstol. ‘¿De Nazaret puede salir algo bueno?’ Pero Felipe insiste: ‘Ven y lo verás’. Y se fue a conocer a Jesús, quizá con la mosca detrás de la oreja, pero fue.
Hemos hablado de su rectitud y de su condición de creyente, y lo decimos a partir de lo que Jesús le dice, como ya hemos hecho referencia. Algún momento íntimo de fe – tan íntimo que solo Dios podría conocer – habría vivido y que podría ser a lo que se refería Jesús. ‘Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te ví’. Fue suficiente esta referencia para que hiciera toda una hermosa profesión de fe en Cristo como Mesías Salvador, pero también a Jesús como Hijo de Dios. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel’.
¿Qué enseñanza podemos sacar de todo esto para nuestra vida? Aunque algunos tratan de ocultarlo o de minimizarlo creo que de una forma u otra en momentos determinados hemos podido tener alguna experiencia religiosa especial, alguna experiencia de Dios. En la niñez, en los momentos de la catequesis o de la recepción de los sacramentos, en la juventud por alguna circunstancia especial o ya como adultos habrá podido haber un momento de especial fervor, un momento donde sentimos de manera especial la mano de Dios sobre nuestra vida, una Palabra escuchada, unos hechos acaecidos en nuestro entorno que nos han impresionado y que nos han hecho pensar en Dios, en la fe, en algo trascendente, en la verdad de nuestra propia vida.
No podemos echar en saco roto esas experiencias vividas. Dejémonos sorprender y conducir por el Señor que nos habla de mil maneras y vayamos hasta esa proclamación honda de nuestra fe en Jesús. Felipe sirvió de mediación para que Natanael conociera a Jesús. Natanael luego haría su personal y profunda proclamación de fe en Jesús. Es también nuestro camino, dejándonos conducir por aquellas mediaciones que Dios pone a nuestro lado. Pero pensemos que también nosotros podemos hacer la acción de Felipe para los demás, para ayudar a que otros también vayan al encuentro con Jesús.

domingo, 23 de agosto de 2009

Mis palabras son espíritu y vida

Josué, 24, 1-2.15-18;
Sal. 33;
Ef. 5, 21-32;
Jn. 6, 61-70


El colofón del discurso del pan de vida de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún no fue nada exitoso. Si ya habían ido poniendo pegas por no entendían o les costaba aceptar lo que Jesús les decía, ahora vemos que son muchos los que ya no querrán seguir con Jesús. ‘Desde entonces muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con El’.
Aunque tenemos que reconocer que no todo fue negativo, pues esta situación servirá para que se manifestara la fe de Pedro y los Apóstoles y sus deseos de estar siempre con El. ‘¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida terna: nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo, el consagrado por Dios’. Una profesión de fe de Pedro a Jesús en el evangelio de san Juan en el mismo sentido de lo que los sinópticos nos traen en la confesión de fe en Cesarea de Filipo. ‘Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo’.
Decíamos que los judíos de Cafarnaún no entendían o les costaba aceptar. Sigue sucediendo. Nos cuesta entender. Nos cuesta aceptar las palabras de Jesús. Muchas veces queremos que sean otras, que hubiera dicho otras cosas. También nos pueden parecer duras, difíciles, exigentes… Cuántas veces escuchamos a la gente decir que la Iglesia tiene que cambiar, que tiene que tomar otras posturas o posiciones diferentes en muchas cuestiones que son candentes en la sociedad de hoy. Todo el mundo quiere opinar. Todo el mundo quiere que las cosas sean según su parecer. Es fácil achacar a posturas inamovibles y ultraconservadoras y a falta de progresismo, como se dice hoy.
Habría que ver cuál es el verdadero progreso. Porque si progreso es el eliminar vidas inocentes con el aborto o con la eutanasia, si progreso es contribuir a la destrucción del matrimonio y la familia, la verdad que no entiendo de progreso. ¿Progreso es una cultura de la muerte? ¿Progreso es destrucción de la vida o de la institución de la familia? ¿Progreso es ese permisivismo moral y sexual que se quiere imponer a la sociedad, por emplear unas palabras menos duras? ¿Progreso es querer eliminar a Dios de la vida del hombre, y de la presencia de lo religioso o de los signos cristianos en nuestra sociedad?
Me han salido casi de forma espontánea en mis reflexiones estos pensamientos porque además son cuestiones candentes y muy presentes hoy en nuestra sociedad. Pero partiendo igualmente de lo que les costaba entender y aceptar las palabras de Jesús, también podríamos pensar en otras cuestiones que afectan a la comprensión de la fe.
Les costaba a los judíos entender el misterio de la persona de Jesús y en concreto el misterio de la Eucaristía del que les estaba hablando. Muchas dudas en el orden de la fe y de la comprensión del misterio de Dios nos siguen surgiendo hoy a los cristianos, que por otra parte denotan en muchos casos unas profundas carencias en la formación cristiana y el conocimiento de la fe. Ya nos decía el apóstol que necesitamos saber dar razón de nuestra fe y nuestra esperanza. Y es un fallo que se aprecia en muchos cristianos.
Jesús nos ha hablado, por ejemplo, de vida eterna y de resurrección y esas son cosas que cuesta entender a muchos y que no todos, incluso diciéndose cristianos, llegan a comprender y aceptar. Y así podríamos pensar en muchas otras cosas.
Es necesario una toma de postura clara y valiente desde nuestra fe en Jesús. Y es que no podemos andar a medias tintas. Hay que decantarse, clarificarse. Es lo que de alguna manera Jesús les estaba planteando a los discípulos. ¿Qué es lo que buscamos en Jesús? ¿Simplemente que nos diga palabras bonitas que nos halaguen o no nos molesten? ¡Qué fácil es aceptar los milagros y admirarnos ante ellos, pero cuánto nos cuesta comprender que son signos para nosotros de algo que Cristo nos pide o nos ofrece!
Muchas veces, por otra parte, queremos un cristianismo sin exigencias, a lo fácil y cómodo. Otras sólo creemos en lo que vemos o lo que nos cuadra con nuestros razonamientos preconcebidos. Habrá cosas que nos cueste entender y para eso está el obsequio de nuestra fe. Jesucristo es revelación del Misterio de Dios y del Misterio del amor de Dios para con nosotros. Y a esa revelación que nos hace Jesús hemos de dar respuesta.
Realmente tendríamos que decir que no nos cabe en la cabeza tanta locura de amor como Dios manifiesta por nosotros. Pero si así es tan grande su amor, y bien que nos gusta sentirnos amados, aceptemos su Palabra, aceptemos el plan de vida que El tiene para nosotros y sepamos comprender que con lo que nos pide, nos revela o nos plantea, lo que El quiere para nosotros es salvación y es vida. Hoy nos ha dicho: ‘Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo algunos no creen’.
Que nosotros seamos capaces de dar la respuesta de Pedro. Jesús les había dicho cuando la gente comenzó a abandonarle: ‘¿También vosotros queréis marcharos?’ Es la pregunta a los apóstoles y es la pregunta que también nos hace a nosotros hoy. ‘Tú tienes palabras de vida eterna’, fue la respuesta de Pedro. Nos recuerda lo que se decía en el libro de Josué en la primera lectura. ‘Lejos de nosotros abandonar al Señor… El es nuestro Dios, el que nos sacó a nosotros y a nuestros padres de Egipto, de la esclavitud’.
Lejos de nosotros abandonar al Señor que tanto nos ama. Nos cuenta, nos llenamos muchas veces de dudas. Ahí tiene que estar el obsequio de nuestra fe. ‘¿A quién vamos a acudir?’ Sabemos y creemos. Creemos y queremos seguir con Jesús, llenarnos de vida. Es hermoso. El se ha hecho vida y alimento de nuestra vida. Queremos comerle, porque queremos tener vida eterna, porque queremos que El nos resucite el último día, que nos dé vida para siempre.

sábado, 22 de agosto de 2009

Salve, Reina de los cielos y Señora de los ángeles


Is. 9, 1-6
Sal.117
Lc. 1, 26-38



‘Salve, Reina de los cielos y Señora de los Ángeles… Reina del cielo, alégrate…’, la aclama la Iglesia en los himnos de su liturgia. Y nosotros le rezamos y la aclamamos: ‘Dios te salve, Reina y Madre de misericordia…’ Reina de los ángeles, reina de los patriarcas, reina de los apóstoles, reina de los mártires, reina de las vírgenes… reina de la paz, reina de la familia, reina de todos los hombres… reina de la gracia, reina de la vida… le aclamamos y le suplicamos en letanía diciéndole una y otra vez ‘ruega por nosotros’.
‘Aleluya, aleluya, el Señor es nuestro Rey…’ reza un canto de la liturgia. Nuestro único Rey es el Señor, nuestro Dios. Cuando el ángel le anuncia a María el nacimiento de un hijo le dice: ‘y darás a luz un hijo… y se llamará el Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin’. Lo había anunciado el profeta: ‘Lleva a hombros el Principado, y es su nombre Maravilla de Consejero… Príncipe de la Paz… para dilatar el principado con una paz sin límites, sobre el trono de David y su Reino’.
Jesús viene a anunciar el Reino de Dios, donde reconoceremos la Señorío y la Soberanía de Dios sobre toda la creación. Un Reino de Dios donde todos participamos, por el que trabajamos los que creemos y seguimos a Jesús. Cristo nos llama a participar en su Reino y nos hace reyes; unidos a Cristo desde nuestro Bautismo con El somos sacerdotes, profetas y reyes. Y participamos de su Reino, perteneceremos a ese Reino en la medida en que aprendamos a ser grandes pero desde el servicio y la humildad, sólo haciéndonos los últimos y los servidores de todos.
Hoy proclamamos a María Reino y Señora nuestra. Cuándo mejor que al celebrar la octava de su glorificación al cielo en su Asunción a los cielos. Cuando meditamos el misterio de Cristo y unido a Cristo el misterio de María en el rezo del rosario, después de haber meditado en uno de sus misterios en la Asunción de María al cielo, a continuación la contemplamos como Reina y Señora de toda la creación.
Es lo que hoy en esta fiesta queremos proclamar. María Reina, partícipe del Reinado de Cristo, su Hijo, pero porque ella es la primera que reconoce ese Señorío de Dios sobre su vida. Alaba y ensalza al Señor que es grande. ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador’, es el comienzo de su cántico de alabanza y reconocimiento de lo que son las obras de Dios en su vida. Pero María es la que es toda para Dios. Dijo ‘Sí’ a Dios porque por encima de todo está siempre la voluntad de Dios. Y María es la que se hace la última y la servidora de todos y del Señor, porque ella no se ve a sí misma, sino como la humilde esclava del Señor. ‘Hágase (fiat) en mí según tu Palabra. Aquí está la esclava del Señor’.
Maria se una a Cristo más que ninguna otra criatura. Por eso participa como nadie en el Reinado de su Hijo y nosotros que la amamos – Jesús, su Hijo, nos la dejó como Madre al pie de la Cruz – no podemos menos que llamarla Reina y Señora nuestra.
‘María, nuestra Reina, está de pie, a la derecha de Cristo, al pie de la cruz, enjoyada de oro, vestida de perlas y brocado’, como la proclaman las antífonas de la liturgia.

viernes, 21 de agosto de 2009

Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas

Rut. 1,1.3-6.14-16.22
Sal. 145
Mt. 22, 34-40


‘Señor, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad’. Hermosa súplica y hermosa actitud. Con humildad venimos hasta el Señor. Que El sea quien nos enseñe sus caminos. Pero que nosotros lealmente nos dejemos enseñar, conducir. Y con lealtad sigamos sus enseñanzas.
Hoy en el evangelio contemplamos una actitud distinta en los fariseos que se acercan a Jesús. ‘Al oír que había hecho callar a los saduceos, se acercaron a Jesús y uno de ellos que era entendido en la Ley le preguntó para ponerlo a prueba…’ ¿Para qué era la pregunta? ¿Porque querían aprender del Maestro? ¿O era más bien un examen para ver si lo que Jesús decía concordaba con ellos?
‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal?’ Jesús les responde con lo que todos sabían, pues era algo aprendido de memoria desde niños y que repetían cual acto de fe y cual recordatorio del mandamiento del Señor. No hace muchos días hemos reflexionado recordando el texto del Deuteronomio donde Moisés les imponía el mandamiento del Señor.
‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero’. Pero Jesús añadió algo más que no le habían pedido, porque va expresando una característica fundamental del cristiano. ‘El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’.
No necesita Jesús apoyarse en ninguna autoridad humana para decirnos cuál era el mandamiento del Señor. El es la Palabra viva de Dios. Sin embargo, como lo que le están preguntando es para ver si coincide con lo que es la ley judía, añade: ‘Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas’. Los dos pilares del pueblo judío; La Ley y los Profetas. Ahí basan su espiritualidad. Ahí se manifiesta para ellos lo que es la voluntad del Señor. Por eso, viene a decirles Jesús lo que os estoy diciendo es lo que sostiene ‘la Ley entera y los profetas'. Recordemos, por ejemplo, cómo en el Tabor, en la Transfiguración del Señor, aparecerán junto a Jesús Moisés y Elías, para expresar así la Ley y los Profetas.
‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón…’ Tienes que poner ahí toda la afectividad de tu corazón; lo que son tus sentimientos más profundos. Amar desde lo hondo, desde lo más profundo de ti mismo. ‘Con toda tu alma…’ Toda tu razón, tu inteligencia, tu voluntad para Dios. Te costará entenderlo en algún momento o no, pero ahí está la ofrenda de la obediencia de la fe que se hace amor. ‘Con todo tu ser’. Lo que eres y lo que vales; lo que importas o lo que no importas; todo lo que es tu vida, ningún resquicio se queda fuera, todo para Dios, todo para amarle y con el amor más profundo.
Pero Jesús nos dice que el segundo es semejante. Con la misma intensidad hemos de amar al prójimo. ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Todo lo bueno que quieres para ti, tienes que quererlo también para el prójimo que es tu hermano. Nada malo querrás para ti, nada malo puedes querer para el prójimo. Trata a los demás como quieres que ellos te traten. Y ya sabemos que más adelante Jesús en el evangelio elevará la sublimidad del amor al prójimo cuando nos diga que tenemos que amarle con un amor como el que El nos tiene. ‘Como os he amado yo…’ nos dirá en otra ocasión.
Con lealtad queremos seguir las sendas del Señor. Con lealtad queremos poner todo nuestro amor a Dios. Con la misma lealtad queremos también amar al prójimo como a nosotros mismos. Es hermoso lo que nos pide Jesús.

jueves, 20 de agosto de 2009

Todos invitados al banquete del Reino de los cielos

Jue. 11, 29-39
Sal. 39
Mt. 22, 1-14


‘Volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo’. Y le propone Jesús la parábola del banquete de bodas. ‘El Reino de los cielos se parece aun rey que celebraba la boda de su hijo…’ El reino de Dios… Un descripción de lo que estaba sucediendo. Aquel era el pueblo a quien primero se invitaba al Reino de Dios. ‘Tengo preparado el banquete… venid a la boda’.
Fue el primer anuncio que Jesús hizo al iniciar su predicación. ‘Está cerca el Reino de Dios…’ Pero habían endurecido su corazón. ‘No endurezcáis vuestro corazón…’ Los invitados tenían otras cosas en qué pensar o en qué ocuparse. Rechazaban la invitación o se buscaban excusas, pero no quisieron ir. La invitación era ahora a todos. ‘Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis convidadlos a la boda’. Pero también ahora era necesario algo más que venir. Era necesario el traje de fiesta.
El Reino de los cielos es para todos. Pero tiene sus exigencias. No se pueden dar largas ni poner disculpas. Cada día llega la Palabra de Dios a nuestra vida invitándonos, pero cuántas veces pensamos, es verdad, pero es que ahora, en estas circunstancias, ya lo haré en otro momento, y también ponemos disculpas, vamos dando largas a la respuesta que tendríamos que dar a esa invitación que nos hace el Señor. Pero ¿qué es lo primero y lo más importante? Tendríamos que recordar lo que nos dice Jesús en otro lugar del Evangelio_ ‘Buscad primero el Reino de Dios y su justicia que lo demás se os dará por añadidura…’ Pero queremos muchas primero lo demás al Reino de Dios.
El Reino de Dios tiene sus exigencias. Hay una nueva forma de vivir, una nueva manera de actuar, unas nuevas actitudes que tienen que envolver nuestra vida. No podemos seguir de la misma manera. Es cierto que Cristo derramó su Sangre por todos y a todos nos redimió. Pero tenemos que responder. El no nos obliga. Siempre está esperando nuestra respuesta. Podemos aceptar o podemos rechazar. Podemos dar largas o actuar prontamente en nuestra vida, Pero eso es decisión nuestra, si en verdad nosotros optamos por el Reino de Dios.
Es necesario ponernos el traje de fiesta para participar en ese banquete del Reino de los cielos. La salvación que Cristo nos ganó para todos nos llega por los sacramentos. Es el traje de fiesta que tenemos que vestirnos. Si no me bautizo, no soy cristiano, porque será en el Bautismo donde participo del misterio de la muerte y resurrección del Señor para poder ser hijo de Dios.
Si no me acerco al Sacramento de la Penitencia, confieso humildemente mis pecados y le pido perdón a Dios de todo corazón, no recibiré el perdón que Cristo nos da con su Sangre derramada. De muchas maneras le pido perdón al Señor, pero será en el Sacramento donde recibo su gracia y su perdón.
Así podríamos seguir pensando y analizando todos y cada uno de los sacramentos. No soy sacerdote, por ejemplo, solamente porque yo quiera serlo, si el Obispo no me impone las manos para recibir el don del Espíritu que me consagra como sacerdote.
Como no puedo llamarme en verdad cristiano solamente porque yo diga que creo en Dios si luego mi vida, mis actitudes, mi amor no es a la manera del amor de Cristo, si no amo con el amor de Cristo. Con un amor así es como testimoniaré en verdad que soy cristiano.
Igual no podemos acercarnos a la Eucaristía de cualquiera manera. Todos estamos invitados a participar de la Cena del Señor, pero sólo con un corazón limpio de pecado, en gracia de Dios, que habré obtenido en el Sacramento de la Penitencia, es como podré acercarme a la Mesa de la Eucaristía para comulgar a Cristo.
El Señor nos llama, nos reúne, nos invita a la mesa Reino de Dios, pero tenemos que responder. Tenemos que aceptar esa invitación y ponernos el traje de fiesta de las exigencias que significa vivir y pertenecer al Reino de Dios. Que con su fuerza y su gracia lo podamos alcanzar.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Palabra viva que es alimento, medicina y fuego en nuestro corazón

Jue. 9, 6-15
Sal.20
Mt. 20, 1-16


‘La palabra de Dios es viva y eficaz, sondea la mente y el corazón’.
Así nos invitaba a reflexionar la antífona del aleluya para disponer nuestro corazón a la escucha de la Palabra de Dios.
Es una Palabra vida, llena de vida, que nos da vida. Así tendríamos que acogerla en nuestro corazón. Cuando la escuchamos en la celebración así hemos de acogerla; no es simplemente un rito que realizamos, y ahora toca hacer una lectura y después pasamos página y vamos a otro momento de nuestro rito. Sería muy pobre esa actitud. No podemos olvidar nunca que es el Señor el que nos habla y así hemos de prestarle atención.
Como alimento que nos fortalece y nos da vida; como luz que penetra en lo más hondo de nosotros mismos para señalarnos caminos; como ungüento y medicina que nos cura, que nos sana de nuestras heridas, de tantas heridas como tenemos en nuestro corazón por los sufrimientos, por el daño que nos hayan hecho o nosotros hayamos hecho a los demás; pero también como fuego purificador, que nos ayuda a limpiarnos de tanta suciedad de pecado como vamos llenando nuestra vida. Qué importante que seamos tiene labrada y abonada para acoger esa semilla en nosotros y siempre dé fruto.
Es así como acogemos la palabra que hoy se nos ha proclamado sobre todo en la parábola del Evangelio. Una parábola que habremos meditado muchas veces, donde los viñadores son llamados a distintas horas del día a trabajar en la viña. En distintas horas, en distintos momentos de nuestra vida el Señor llega a nosotros y nos llama.
‘Vete a trabajar a mi viña’, nos ha dicho el Señor en algún momento de la vida. Quizá desde primeras horas de nuestra vida hayamos vivido nuestra fe; fue la educación que recibimos de nuestros padres y tantas otras influencias recibidas de la comunidad cristiana que nos han ayudado a vivir nuestra fe.
Pero quizá hayamos vivido con menos intensidad esa vida cristiana y en algún momento en nuestra juventud o ya en la edad adulto hayamos recibido esa visita del Señor que nos ha llamado y comenzamos entonces a vivir con más fuerza nuestra fe y nuestro compromiso cristiano.
‘Id también vosotros a trabajar a mi viña, les dice los que encuentra a la caída de la tarde’. Quizá ya en el atardecer de la vida, porque vivimos muy al margen de la iglesia, de la fe, de nuestro ser cristiano, es cuando hemos recibido una llamada, o este mismo comentario que estás leyendo pueda ser también para ti una llamada. Lo importante es responder y querer ir a participar en la vida de la viña del Señor, del pueblo de Dios.
A unos y otros el Señor va llamando e invitando a participar de su vida. A unos y otros aunque haya sido en distintos momentos el Señor sigue ofreciéndonos el denario de su gracia, de la fe, de la vida divina que quiere regalarnos. El refrán castellano dice que nunca es tarde si la dicha es buena, nunca es tarde para escuchar esa llamada del Señor y darle nuestra respuesta. En todo momento podemos vivir esa gracia del Señor o trabajar en su vida en tatas cosas que podemos hacer. No digamos, yo a estas horas de mi vida, ¿qué es lo que puedo hacer? Podemos hacer, podemos vivir, podemos amar, podemos ayudar, podemos poner esperanza, podemos tantas cosas…
Es la Palabra que nos ilumina y que nos alimenta. Pero decíamos también que la Palabra podía ser fuego purificador de nuestra vida. Por eso hemos de estar atentos para no caer en las redes negativas de la envidia, del orgullo, de los resentimientos y desconfianzas, de las que nos habla hoy al final de la parábola. ‘¿Es que tú vas a tener envidia por yo soy bueno?’ Se nos pueden meter esas actitudes negativas en nuestro corazón. Hemos de estar vigilantes.
Vayamos a trabajar a la viña del Señor, con sencillez, con humildad, con generosidad y disponibilidad, con fe y esperanza. Tenemos garantizado el denario de la vida de la gracia con que el Señor va a enriquecer nuestra vida para siempre.

martes, 18 de agosto de 2009

Yo estoy contigo, valiente, vete a librar a mi pueblo Israel

Jue. 6, 11-24
Sal. 84
Mt. 19, 23-30


Es del libro de los Jueces de donde está tomado el texto que hoy comentamos. Leemos en estos días diversos pasajes de este libro del Antiguo Testamento.
Momentos oscuros de la historia del pueblo de Israel. Se habían establecido en la tierra que el Señor les había prometido dar y pronto cayeron en aquello de lo que Moisés les había prevenido en el libro del Deuteronomio. Pronto olvidaron al Señor. ‘Los israelitas hicieron lo que el Señor reprueba, dieron culto a los ídolos, abandonaron al Señor Dios de sus padres que los había sacado de Egipto… desviándose muy pronto de la senda por donde habían caminado sus padres…’
Pero conocemos el amor de Dios por su pueblo. ‘El Señor hacía surgir jueces que los libraban de las bandas de salteadores… pero ni a los jueces hacían caso…’ Los jueces eran personajes que surgían en medio del pueblo, para proféticamente apartar a las gentes de sus malos caminos y hacerlos volver al Dios de la Alianza, al mismo tiempo que eran como líderes que los ayudaban a verse libre de la opresión de los pueblos en medio de los cuales vivían. De esto nos hablaba del texto propio del día de ayer.
Hoy se nos habla de lo que podríamos llamar la vocación de Gedeón. En los próximos días escucharemos otros textos escogidos de este libro de los Jueces. El ángel del Señor se le manifiesta. Cuando en estos textos se habla del ángel del Señor realmente de lo que se nos está hablando es de la presencia del Señor en medio de ellos. Por eso en ocasiones, como en este texto, tanto será el ángel del Señor el que le hable a Gedeón, como en otros momentos se nos dirá que le habló el Señor.
‘El ángel del Señor se le apareció y le dijo: El Señor está contigo, valiente’. La reacción de Gedeón es preguntar cómo es que el Señor está con ellos y sin embargo de tal forma se ven acosados. ‘¿Dónde han quedado aquellos prodigios que nos contaban nuestros padres. De Egipto nos sacó el Señor?’ Pero el ángel del Señor le insiste: ‘Vete, y con tus fuerzas salva a Israel de los madianitas. Yo estoy contigo’.
Gedeón se resiste porque como dice es el menos de los hijos de su padre y su familia es la menos importante de Manasés. ‘Yo estaré contigo…’, es la respuesta y el envío del Señor. La obra no será la obra de las manos humanas, sino que será la obra del Señor. Y el Señor se vale, estamos acostumbrados a verlo repetido en la Biblia, de los pequeños y de los que parecen débiles instrumentos.
‘Vete… yo estaré contigo…’ también nos dice a nosotros el Señor. ¿Momentos oscuros o difíciles los que vivimos? Siempre está nuestra lucha contra el mal. Siempre está el testimonio que nosotros hemos de dar. Siempre está esa superación que en nosotros tenemos que realizar. No nos podemos sentir débiles e indefensos por mucha que sea la tarea. El Señor está con nosotros.
Será, como decíamos, esa superación personal que hemos de realizar en nosotros mismos para no dejarnos arrastrar por la tentación y el pecado. O será también un mundo adverso, un mundo que no quiere entender de Dios, un mundo que se crea sus propios ídolos en el materialismo con que se vive la vida o en esos deseos de sensualidad y placer que muchos tienen como uno objetivo o norma de su existencia. Pero en ese mundo nosotros tenemos que ser luz; en ese mundo tenemos que ser profetas de bien, de ideales nobles, de vida espiritual, de amor, de comprensión, de perdón. Y aunque nos cueste proféticamente tenemos que dar nuestro testimonio. Porque somos testigos, para eso nos ha elegido y enviado Jesús a nuestro mundo que tenemos que evangelizar.
El prometió que estaría con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos. El nos prometió la fuerza de su Espíritu para que podamos ser testigos. Vayamos a la misión que el Señor nos confía. Es tan hermoso el evangelio que hemos de anunciar…