Ef. 3, 14-21
Sal. 32
Lc. 12, 54-59
Ayer pedía san Pablo un crecimiento en la fe y en la vida cristiana. Hoy nos dice más cosas concretas, porque esa fe y esa vida cristiana tiene que traducirse en unas actitudes nuevas, en un estilo de vida distinto, una nueva manera de vivir.
Nos dice el apóstol que andemos como pide la vocación a la que hemos sido convocados. Y nos lo repite dos veces. ‘Os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados... como una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados’, repite.
¿Cuál es esa vocación y cuál es esa meta? Convocados, tenemos que decir, a ser Asamblea santa. ¿Sabéis lo que significa la palabra Iglesia? Los que han sido convocados a la asamblea, la asamblea convocada. Y nosotros somos Iglesia. Nos ha convocado, nos ha llamado el Señor a una vida nueva y a una salvación que El nos ofrece.
Esa es nuestra meta. Esa es nuestra esperanza. Esa es nuestra vocación. Esa es, entonces, nuestra nueva manera de vivir. Por eso decimos que los cristianos tenemos que vivir en comunión los unos con los otros, vivir en comunidad.
Por eso nos habla de humildad, de amabilidad, de comprensión, de amor y aceptación mutua, de unidad, de paz. ‘Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz’. Todo un programa, un proyecto de vida. Es ese nuevo estilo de nuestro vivir.
Ojalá fuéramos capaces de hacerlo vida en nosotros. El vínculo de la paz. Para saber tratarnos y relacionarnos. Para saber aceptarnos y entendernos – sobrellevarnos no es simplemente aguantarnos, sino aceptanos y respetarnos desde el amor -. Para amarnos de verdad como miembros de una misma comunidad, de una misma familia.
El Evangelio de hoy nos ha hablado precisamente de esa paz que tenemos que saber buscar siempre entre nosotros evitando pleitos y enfrentamientos. Y es que el enfrentamiento siempre producirá una ruptura que luego costará mucho reconstruir. ‘Con el que te pone pleito, haz lo posible por llegar a un acuerdo con él...’ nos ha dicho Jesús en el Evangelio.
Una razón para ello es la vocación a la que hemos sido llamados, como ya hemos mencionado. Otra razón grande e importante es la unidad de la fe en el misma Señor y Padre, el Bautismo recibido, el Espíritu Santo que nos une. ‘Un solo cuerpo y un solo Espíritu... Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo’. Creemos en el mismo Dios que es nuestro Padre. Nos une la fuerza el Espíritu que es el que crea en nosotros unidad. Y para eso hemos recibido un Bautismo, el mismo Bautismo que nos une a todos para formar todos esa misma y única familia.
Sigamos pidiendo al Señor que nos conceda su Espíritu de amor. Que se derrame sobre nosotros, que invada nuestro corazón.
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viernes, 24 de octubre de 2008
Andad como pide la vocación a la que habéis sido convocados
jueves, 23 de octubre de 2008
Así llegaréis a vuestra plenitud según la plenitud total de Dios
Ef. 3, 14-21
Sal. 32
Lc. 12, 49-53
Cuando esta mañana era proclamada esta lectura de la carta a los Efesios (3, 14-21), antes de que el lector pudiera decir palabra de Dios para la proclamación final, ya la asamblea de los que estaban participando dijeron todos a una ‘¡Amén!’ ¿Qué había pasado? ¿Se habían equivocado rutinariamente porque pensaban que aquello era la oración litúrgica? En cierto modo, sí, y en cierto modo, no. Me explico, no era la oración litúrgica, pero lo que realmente se había leído era una oración que además tenía una conclusión semejante a la de la oración litúrgica. De ahí esa espontaneidad de la aclamación con el Amén de toda la asamblea.
Efectivamente este texto hoy proclamado es la oración que Pablo hace por la comunidad de Éfeso. ¿Qué es lo que pide? Un crecimiento en la fe y en la vida cristiana. Quizá acostumbrados en nuestras oraciones personales a pedir por cosas concretas, problemas, personas que conocemos, enfermos, difuntos, etc. nos podría parecer extraño que no sea eso lo que se pida, sino ese crecimiento en la fe, como decimos. Y es que es algo que tenemos que saber pedir en nuestra oración.
La fe no es como una marca externa, un pins que nos pongamos como una señal en nuestro exterior. Ya sabemos que la fe es algo que tiene que envolver y marcar hondamente toda nuestra vida. Pero no es algo que se realice de un momento para otro. Por eso, es un camino, un proceso en crecimiento que tiene que haber en nuestra vida. Una respuesta, es cierto, que damos a todo el amor que el Señor nos tiene, pero como todo lo humano esa respuesta será una transformación que paso a paso iremos dando en nuestra vida.
Una respuesta que damos con seguridad y fortaleza. Que hemos de dar con toda seguridad y que hemos de hacerlo con alegría. La alegría de creer, de sentirnos seguros en Aquel de quien nos fiamos, a quien nos confiamos, a quien queremos seguir, por quien queremos hacerlo todo. Una fe proclamada así con toda ese certeza y seguridad frente a las tentaciones y peligros que podamos que ir encontrando.
Una fe que nos hace irnos llenando de Dios día a día. Lo hemos reflexionado muchas veces, como Dios quiere habitar en nosotros y nosotros en Dios. Porque no es ponerlo simplemente a nuestro lado, es meterlo en nuestra vida y nosotros meternos en El, empaparnos de Dios. Porque Dios está con nosotros, en nosotros, y no nos falla nunca.
Una fe que nos irá transformando para que demos frutos. Es lo que nos pide el Señor. Que demos frutos en abundancia. Y esos frutos se ven en el amor. El amor que será entonces nuestra razón de ser, nuestra manera de actuar, lo que vaya haciendo resplandecer nuestra vida.
Así, al unirnos a Cristo, llenanos de su vida, dejarnos inundar por su amor, iremos configurando nuestra personalidad cristiana. Porque ya entonces seremos distintos. Algo nos diferencia en esa fe y en ese amor. Nos hemos configurado con Cristo y nuestro vivir es el vivir a Cristo, es Cristo que vive en mí.
Nos sentiremos felices. Nos sentiremos llevados a la plenitud de nuestro ser. Porque la fe nunca nos anula, sino todo lo contrario, nos eleva, nos hace más grandes, nos da mayor plenitud, nos inunda de felicidad porque nos veremos realizados totalmente en una vida nueva. Como dice el Apóstol ‘así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios’.
Es la oración que Pablo ha hecho por la comunidad de Éfeso. Recordémosla y entendámoslo ahora tras esta explicación. ‘Os conceda por medio de su Espíritu: robusteceros en lo profundo de vuestro ser; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento... comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano. Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios’.
Que esta sea también nuestra oración para ese crecimiento de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Para que así nos sintamos transformados. Para que así lleguemos a esa plenitud de nuestro ser en Dios. Para que así también podamos glorificar al Señor. ‘A El la gloria de la Iglesia y de Cristo Jesús por todas las generaciones, de edad en edad. Amén’.
Sal. 32
Lc. 12, 49-53
Cuando esta mañana era proclamada esta lectura de la carta a los Efesios (3, 14-21), antes de que el lector pudiera decir palabra de Dios para la proclamación final, ya la asamblea de los que estaban participando dijeron todos a una ‘¡Amén!’ ¿Qué había pasado? ¿Se habían equivocado rutinariamente porque pensaban que aquello era la oración litúrgica? En cierto modo, sí, y en cierto modo, no. Me explico, no era la oración litúrgica, pero lo que realmente se había leído era una oración que además tenía una conclusión semejante a la de la oración litúrgica. De ahí esa espontaneidad de la aclamación con el Amén de toda la asamblea.
Efectivamente este texto hoy proclamado es la oración que Pablo hace por la comunidad de Éfeso. ¿Qué es lo que pide? Un crecimiento en la fe y en la vida cristiana. Quizá acostumbrados en nuestras oraciones personales a pedir por cosas concretas, problemas, personas que conocemos, enfermos, difuntos, etc. nos podría parecer extraño que no sea eso lo que se pida, sino ese crecimiento en la fe, como decimos. Y es que es algo que tenemos que saber pedir en nuestra oración.
La fe no es como una marca externa, un pins que nos pongamos como una señal en nuestro exterior. Ya sabemos que la fe es algo que tiene que envolver y marcar hondamente toda nuestra vida. Pero no es algo que se realice de un momento para otro. Por eso, es un camino, un proceso en crecimiento que tiene que haber en nuestra vida. Una respuesta, es cierto, que damos a todo el amor que el Señor nos tiene, pero como todo lo humano esa respuesta será una transformación que paso a paso iremos dando en nuestra vida.
Una respuesta que damos con seguridad y fortaleza. Que hemos de dar con toda seguridad y que hemos de hacerlo con alegría. La alegría de creer, de sentirnos seguros en Aquel de quien nos fiamos, a quien nos confiamos, a quien queremos seguir, por quien queremos hacerlo todo. Una fe proclamada así con toda ese certeza y seguridad frente a las tentaciones y peligros que podamos que ir encontrando.
Una fe que nos hace irnos llenando de Dios día a día. Lo hemos reflexionado muchas veces, como Dios quiere habitar en nosotros y nosotros en Dios. Porque no es ponerlo simplemente a nuestro lado, es meterlo en nuestra vida y nosotros meternos en El, empaparnos de Dios. Porque Dios está con nosotros, en nosotros, y no nos falla nunca.
Una fe que nos irá transformando para que demos frutos. Es lo que nos pide el Señor. Que demos frutos en abundancia. Y esos frutos se ven en el amor. El amor que será entonces nuestra razón de ser, nuestra manera de actuar, lo que vaya haciendo resplandecer nuestra vida.
Así, al unirnos a Cristo, llenanos de su vida, dejarnos inundar por su amor, iremos configurando nuestra personalidad cristiana. Porque ya entonces seremos distintos. Algo nos diferencia en esa fe y en ese amor. Nos hemos configurado con Cristo y nuestro vivir es el vivir a Cristo, es Cristo que vive en mí.
Nos sentiremos felices. Nos sentiremos llevados a la plenitud de nuestro ser. Porque la fe nunca nos anula, sino todo lo contrario, nos eleva, nos hace más grandes, nos da mayor plenitud, nos inunda de felicidad porque nos veremos realizados totalmente en una vida nueva. Como dice el Apóstol ‘así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios’.
Es la oración que Pablo ha hecho por la comunidad de Éfeso. Recordémosla y entendámoslo ahora tras esta explicación. ‘Os conceda por medio de su Espíritu: robusteceros en lo profundo de vuestro ser; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento... comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano. Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios’.
Que esta sea también nuestra oración para ese crecimiento de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Para que así nos sintamos transformados. Para que así lleguemos a esa plenitud de nuestro ser en Dios. Para que así también podamos glorificar al Señor. ‘A El la gloria de la Iglesia y de Cristo Jesús por todas las generaciones, de edad en edad. Amén’.
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miércoles, 22 de octubre de 2008
Vigilancia, responsabilidad, atención, servicio
Vigilancia, responsabilidad, atención, servicio
Ef. 3, 2-12
Salmo: Is 12, 2-6
Lc. 12. 39-48
‘Sacaréis agua con gozo de las fuentes de la salvación’, hemos dicho con el salmo responsorial. ¿Dónde encontramos esa fuente de Salvación? Tenemos que decir que en Cristo. El es la fuente de la Sabiduría, la fuente de la vida, la fuente de la salvación. ‘Anunciar a los gentiles la riqueza insondable que es Cristo’, decía san Pablo en la carta a los Efesios.
‘Misterio de Cristo... que ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas’. Misterio de Cristo que no sólo nos revela el misterio de Dios, sino que nos revela también el misterio del hombre, el sentido del hombre, lo que tiene que ser la vida del hombre.
Ante la escucha del Evangelio que hoy nos ha sido proclamado quizá tendríamos que preguntarnos. ¿En qué sentido nos tomamos la vida? De diferentes maneras en el Evangelio y en distintos momentos Jesús nos habla de la responsabilidad y de la seriedad con que hemos de tomarnos la vida. Nos propone por ejemplo la parábola de los talentos que tantas veces hemos escuchado y reflexionado del que se fue de viaje y dejó diferentes talentos a sus empleados para que los negociaran y sacaran rendimiento; o la parábola que hemos escuchado hace pocos domingos del viñador que tras preparar su viña la confió a unos labradores para que la trabajaran.
En el evangelio escuchado ayer y hoy nos habla del servidor que espera la vuelta de su amo a casa: ‘Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas; vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle, apenas venga y llame’. O nos habla del dueño de casa vigilante para que el ladrón no le entre a robar: ‘Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete’. O del administrador fiel y solícito que ha de cuidar de los bienes de su amo y del cuidado de sus cosas: ‘¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas?’ Y nos advierte: ‘Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre’.
Vigilancia, responsabilidad, atención, servicio. Es un don que Dios ha puesto en nuestras manos a nuestro cuidado. Con responsabilidad hemos de aceptar ese don que Dios nos ha dado, que es nuestra vida con todos los talentos y cualidades que le acompañan. Vigilancia para no perder ese don, para no dañarlo. Atentos y responsables para el desarrollo de todos esos talentos, de todas esas cualidades de las que Dios me dotó. Atentos porque además no es un don sólo para nosotros mismos, sino que tiene que redundar también en beneficio de los demás, de ese mundo y de esa sociedad en la que vivimos, porque nunca podemos vivir encerrados en nosotros mismos.
Ese don de la vida que no sólo es nuestra vida humana, sino que también es esa vida divina de la gracia que nos regaló desde nuestro Bautismo gracias a la muerte de Jesucristo. Y ¡cómo hemos de cuidar esa vida de gracia! ¡Cómo hemos de protegerla, porque como nos dice san Pedro en sus cartas, el maligno, como león rugiente, está rondando para hacernos perecer!
Hoy termina diciéndonos Jesús en el Evangelio: ‘Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá’. Vigilancia, pues, responsabilidad, atención, servicio. Y siempre dando gracias a Dios por cuánto nos ha dado.
Ef. 3, 2-12
Salmo: Is 12, 2-6
Lc. 12. 39-48
‘Sacaréis agua con gozo de las fuentes de la salvación’, hemos dicho con el salmo responsorial. ¿Dónde encontramos esa fuente de Salvación? Tenemos que decir que en Cristo. El es la fuente de la Sabiduría, la fuente de la vida, la fuente de la salvación. ‘Anunciar a los gentiles la riqueza insondable que es Cristo’, decía san Pablo en la carta a los Efesios.
‘Misterio de Cristo... que ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas’. Misterio de Cristo que no sólo nos revela el misterio de Dios, sino que nos revela también el misterio del hombre, el sentido del hombre, lo que tiene que ser la vida del hombre.
Ante la escucha del Evangelio que hoy nos ha sido proclamado quizá tendríamos que preguntarnos. ¿En qué sentido nos tomamos la vida? De diferentes maneras en el Evangelio y en distintos momentos Jesús nos habla de la responsabilidad y de la seriedad con que hemos de tomarnos la vida. Nos propone por ejemplo la parábola de los talentos que tantas veces hemos escuchado y reflexionado del que se fue de viaje y dejó diferentes talentos a sus empleados para que los negociaran y sacaran rendimiento; o la parábola que hemos escuchado hace pocos domingos del viñador que tras preparar su viña la confió a unos labradores para que la trabajaran.
En el evangelio escuchado ayer y hoy nos habla del servidor que espera la vuelta de su amo a casa: ‘Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas; vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle, apenas venga y llame’. O nos habla del dueño de casa vigilante para que el ladrón no le entre a robar: ‘Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete’. O del administrador fiel y solícito que ha de cuidar de los bienes de su amo y del cuidado de sus cosas: ‘¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas?’ Y nos advierte: ‘Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre’.
Vigilancia, responsabilidad, atención, servicio. Es un don que Dios ha puesto en nuestras manos a nuestro cuidado. Con responsabilidad hemos de aceptar ese don que Dios nos ha dado, que es nuestra vida con todos los talentos y cualidades que le acompañan. Vigilancia para no perder ese don, para no dañarlo. Atentos y responsables para el desarrollo de todos esos talentos, de todas esas cualidades de las que Dios me dotó. Atentos porque además no es un don sólo para nosotros mismos, sino que tiene que redundar también en beneficio de los demás, de ese mundo y de esa sociedad en la que vivimos, porque nunca podemos vivir encerrados en nosotros mismos.
Ese don de la vida que no sólo es nuestra vida humana, sino que también es esa vida divina de la gracia que nos regaló desde nuestro Bautismo gracias a la muerte de Jesucristo. Y ¡cómo hemos de cuidar esa vida de gracia! ¡Cómo hemos de protegerla, porque como nos dice san Pedro en sus cartas, el maligno, como león rugiente, está rondando para hacernos perecer!
Hoy termina diciéndonos Jesús en el Evangelio: ‘Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá’. Vigilancia, pues, responsabilidad, atención, servicio. Y siempre dando gracias a Dios por cuánto nos ha dado.
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martes, 21 de octubre de 2008
Ciudadanos del nuevo pueblo de Dios y templo consagrado al Señor
Ef. 2, 12-22
Sal. 84
Lc. 12, 35-38
La carta que san Pablo dirige a los cristianos de Efeso que estamos ahora leyendo de forma continuada es una carta en la que habla a unos cristianos provenientes en su mayoría de la gentilidad aunque también los hay procedentes del judaísmo. Lo comprobemos perfectamente en lo que hoy escuchamos. ‘Erais extranjeros a la ciudadanía de Israel y ajenos a las instituciones portadoras de la promesa’.
Y ahí está ahora el mensaje central que nos quiere trasmitir el apóstol. Por la fe en Jesús ahora todos formamos un solo pueblo. La sangre de Cristo nos ha unido ‘derribando con su cuerpo el muro que los separaba’. ¿Qué es lo que los ha unido para formar un solo pueblo, un solo cuerpo? La cruz de Cristo, su sangre derramada.
Ahora nos viene a decir todos los que creen en Jesús son un hombre nuevo. ‘Cristo es nuestra paz’. Cristo nos ha venido a reconciliar, ‘para crear en él un solo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los dos pueblos uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte en él, al odio’.
Por supuesto que todo esto que estamos reflexionando con el texto de la Carta a los Efesios nos vale para todos, nos vale para esa vida nueva que todos los que creemos en Jesús tenemos que vivir. Por una parte es un nuevo estilo de vivir el que nosotros hemos de tener. Cristo vino para desterrar el odio de nuestra vida, para llenarnos del amor. No podemos retroceder de nuevo al hombre viejo del odio y del pecado cuando Cristo nos ha redimido y nos ha reconciliado.
Tenemos que ser ya el hombre nuevo del amor. ¿Por qué entonces seguir permitiendo que tantas veces nuestro corazón siga lleno de rencores y de envidias, de orgullos y de violencias? Esto tiene que ya estar desterrado para siempre de nuestra vida. Cristo ‘vino y trajo la noticia de la paz’, la paz para todos.
Pero sigue diciéndonos cosas hermosas el apóstol. Hay una nueva ciudadanía en nosotros, una nueva dignidad, una nueva forma de mirarnos los unos a los otros, una nueva forma de acercarnos al Señor. ‘Unos y otros podemos acercanos al Padre con un mismo Espíritu’, nos dice. ‘Sois ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios’. Un nuevo pueblo ha nacido con Cristo y somos ciudadanos de ese pueblo. Ya no somos ni extranjeros ni forasteros. No somos unos extraños los unos para los otros porque formamos parte del mismo pueblo, de la misma comunidad.
Una nueva familia se ha formado a partir de la sangre derramada de Cristo a la que entramos a formar parte desde nuestro bautismo. Somos miembros de la familia de Dios. Recordamos ‘¿quiénes son mi madre y mis hermanos y mi familia?... los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’. Somos nosotros ya esa familia desde el Bautismo. Escuchemos esa Palabra y llevémosla a la vida.
Pero algo más nos dice. Somos edificio de Dios. Edificio fundamentado ‘en el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular’. Cristo es ya el centro de nuestra vida. Unidos a El formamos todos ese edificio que es templo y que es morada de Dios. ‘Por El todo el edificio queda ensamblado y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por El también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios por el Espíritu’.
Recordemos nuestro bautismo. Recordemos la unción bautismal que nos ha consagrado para ser esa morada de Dios, para ser ese templo del Espíritu. Con nuestros cuerpos, con toda nuestra vida hemos, pues, de ofrecer un sacrificio agradable al Señor. Toda nuestra vida se hace ofrenda, se hace sacrificio unido al de Cristo, se hace acción de gracias, se hace alabanza para la gloria del Señor.
Es hermoso el mensaje. ¿Somos conscientes de ello? ¿Lo vivimos?
Sal. 84
Lc. 12, 35-38
La carta que san Pablo dirige a los cristianos de Efeso que estamos ahora leyendo de forma continuada es una carta en la que habla a unos cristianos provenientes en su mayoría de la gentilidad aunque también los hay procedentes del judaísmo. Lo comprobemos perfectamente en lo que hoy escuchamos. ‘Erais extranjeros a la ciudadanía de Israel y ajenos a las instituciones portadoras de la promesa’.
Y ahí está ahora el mensaje central que nos quiere trasmitir el apóstol. Por la fe en Jesús ahora todos formamos un solo pueblo. La sangre de Cristo nos ha unido ‘derribando con su cuerpo el muro que los separaba’. ¿Qué es lo que los ha unido para formar un solo pueblo, un solo cuerpo? La cruz de Cristo, su sangre derramada.
Ahora nos viene a decir todos los que creen en Jesús son un hombre nuevo. ‘Cristo es nuestra paz’. Cristo nos ha venido a reconciliar, ‘para crear en él un solo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los dos pueblos uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte en él, al odio’.
Por supuesto que todo esto que estamos reflexionando con el texto de la Carta a los Efesios nos vale para todos, nos vale para esa vida nueva que todos los que creemos en Jesús tenemos que vivir. Por una parte es un nuevo estilo de vivir el que nosotros hemos de tener. Cristo vino para desterrar el odio de nuestra vida, para llenarnos del amor. No podemos retroceder de nuevo al hombre viejo del odio y del pecado cuando Cristo nos ha redimido y nos ha reconciliado.
Tenemos que ser ya el hombre nuevo del amor. ¿Por qué entonces seguir permitiendo que tantas veces nuestro corazón siga lleno de rencores y de envidias, de orgullos y de violencias? Esto tiene que ya estar desterrado para siempre de nuestra vida. Cristo ‘vino y trajo la noticia de la paz’, la paz para todos.
Pero sigue diciéndonos cosas hermosas el apóstol. Hay una nueva ciudadanía en nosotros, una nueva dignidad, una nueva forma de mirarnos los unos a los otros, una nueva forma de acercarnos al Señor. ‘Unos y otros podemos acercanos al Padre con un mismo Espíritu’, nos dice. ‘Sois ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios’. Un nuevo pueblo ha nacido con Cristo y somos ciudadanos de ese pueblo. Ya no somos ni extranjeros ni forasteros. No somos unos extraños los unos para los otros porque formamos parte del mismo pueblo, de la misma comunidad.
Una nueva familia se ha formado a partir de la sangre derramada de Cristo a la que entramos a formar parte desde nuestro bautismo. Somos miembros de la familia de Dios. Recordamos ‘¿quiénes son mi madre y mis hermanos y mi familia?... los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’. Somos nosotros ya esa familia desde el Bautismo. Escuchemos esa Palabra y llevémosla a la vida.
Pero algo más nos dice. Somos edificio de Dios. Edificio fundamentado ‘en el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular’. Cristo es ya el centro de nuestra vida. Unidos a El formamos todos ese edificio que es templo y que es morada de Dios. ‘Por El todo el edificio queda ensamblado y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por El también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios por el Espíritu’.
Recordemos nuestro bautismo. Recordemos la unción bautismal que nos ha consagrado para ser esa morada de Dios, para ser ese templo del Espíritu. Con nuestros cuerpos, con toda nuestra vida hemos, pues, de ofrecer un sacrificio agradable al Señor. Toda nuestra vida se hace ofrenda, se hace sacrificio unido al de Cristo, se hace acción de gracias, se hace alabanza para la gloria del Señor.
Es hermoso el mensaje. ¿Somos conscientes de ello? ¿Lo vivimos?
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lunes, 20 de octubre de 2008
La verdadera riqueza de nuestra vida
Ef. 2, 1-16
Sal. 99
Lc. 12, 13-21
‘Así es el que amasa riquezas para sí y no es rico para Dios’. Es la conclusión de la parábola que Jesús propuso. Y ante ello quizá hemos de preguntarnos ¿cuál es la riqueza verdadera que yo busco y por la que yo me afano?
Ya sabemos el evangelio. Alguien que se acerca a Jesús pidiendo que medio en un pleito familiar de herencias. La respuesta de Jesús. ‘Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Y es entonces cuando les propone la parábola que escuchamos en el evangelio del hombre que ante una gran cosecha, agranda sus bodegas y graneros piense que ya tiene para vivir y disfrutar, pero esa misma noche muere. ‘Lo que has acumulado ¿de quién será?'
Por eso la pregunta que nos hacíamos al principio. Porque es la tentación fácil que todos podemos tener. Si yo fuera rico... si me sacara la lotería... si tuviera suerte... y nos prometemos tantas cosas que haríamos si tuviéramos ese dinero. Andamos agobiados en la vida. Es cierto que tenemos unas necesidades y merecemos todos una vida digna. Pudiera ser que tuviéramos graves problemas por obras que emprendamos o por necesidades en las que nos veamos envueltos. Pero, ¿merece la pena perder la paz? ¿No habrá algo más que pueda en verdad llenar mi vida? ¿No tendremos quizá un cierto apego en nuestro corazón a los bienes o riquezas materiales olvidándonos de algo más importante?
Por eso tendríamos que preocuparnos por procurar la verdadera riqueza de la persona. Que no está en las cosas, que está en lo que realmente somos. Vivimos demasiado envueltos en esa cultura del tener, pero que descubrir que lo verdaderamente importa es el ser. Hay otros valores más importantes. Lo que verdaderamente hará rica a nuestra persona y es lo que tenemos que cultivar. Unos valores de la persona, unos valores espirituales.
Amor, responsabilidad, generosidad, libertad, sensatez, respeto, comprensión y perdón, paz en el espíritu, amor a la justicia, sinceridad y verdad... podríamos hacer una hermosa lista. Es lo que verdaderamente tenemos que cultivar. Es lo que nos dará profundidad a nuestra vida. Cultivemos nuestro espíritu y tengamos una espiritualidad. Y no olvidemos la presencia de Dios en nuestra vida, la fe y nuestra relación con Dios. Valores del espíritu que nos trascienden, que nos hacen mirar más allá, más alto, con más profundidad.
San Pablo en la carta a los efesios que hemos escuchado en la primera lectura nos habla de ‘Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó... así muestra en todos los tiempos la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús...’ La riqueza del amor de Dios, de sentirnos amados de Dios. Algo que nos eleva y que nos da un sentido nuevo. Algo que nos llena de la alegría y de la satisfacción más honda.
Y cuando vivimos todo eso nuestra vida se siente verdaderamente llena y henchida, porque nos sentimos llenos de Dios. Y es Dios el que nos da las satisfacciones más hondas, más permanentes. Es en Dios donde encontramos la fuerza, el motor para vivir todos esos valores. Será el que nos haga mirar entonces esos bienes materiales que necesitamos poseer para cubrir esas nuestras necesidades de un modo distinto. Ya no se nos apegará el corazón a lo material. Por eso es importante lo que decíamos de ese cultivo de una espiritualidad.
Recordemos que Jesús llama en el evangelio dichosos a los pobres en el espíritu, mientras previene a los ricos que amasan riquezas de que esos apegos del corazón lo que hacen es arrastrarnos cada vez más abajo en la vida. ‘A los hambrientos colmó de bienes y a los ricos despidió vacíos’, cantaba María en el Magnificat. Si llevamos los bolsillos de la vida llenos del peso de las cosas materiales no tendremos la agilidad suficiente para nuestro caminar con libertad, mientras si los llevamos repletos de valores del espíritu volaremos en las alas de la generosidad y del amor.
Sal. 99
Lc. 12, 13-21
‘Así es el que amasa riquezas para sí y no es rico para Dios’. Es la conclusión de la parábola que Jesús propuso. Y ante ello quizá hemos de preguntarnos ¿cuál es la riqueza verdadera que yo busco y por la que yo me afano?
Ya sabemos el evangelio. Alguien que se acerca a Jesús pidiendo que medio en un pleito familiar de herencias. La respuesta de Jesús. ‘Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Y es entonces cuando les propone la parábola que escuchamos en el evangelio del hombre que ante una gran cosecha, agranda sus bodegas y graneros piense que ya tiene para vivir y disfrutar, pero esa misma noche muere. ‘Lo que has acumulado ¿de quién será?'
Por eso la pregunta que nos hacíamos al principio. Porque es la tentación fácil que todos podemos tener. Si yo fuera rico... si me sacara la lotería... si tuviera suerte... y nos prometemos tantas cosas que haríamos si tuviéramos ese dinero. Andamos agobiados en la vida. Es cierto que tenemos unas necesidades y merecemos todos una vida digna. Pudiera ser que tuviéramos graves problemas por obras que emprendamos o por necesidades en las que nos veamos envueltos. Pero, ¿merece la pena perder la paz? ¿No habrá algo más que pueda en verdad llenar mi vida? ¿No tendremos quizá un cierto apego en nuestro corazón a los bienes o riquezas materiales olvidándonos de algo más importante?
Por eso tendríamos que preocuparnos por procurar la verdadera riqueza de la persona. Que no está en las cosas, que está en lo que realmente somos. Vivimos demasiado envueltos en esa cultura del tener, pero que descubrir que lo verdaderamente importa es el ser. Hay otros valores más importantes. Lo que verdaderamente hará rica a nuestra persona y es lo que tenemos que cultivar. Unos valores de la persona, unos valores espirituales.
Amor, responsabilidad, generosidad, libertad, sensatez, respeto, comprensión y perdón, paz en el espíritu, amor a la justicia, sinceridad y verdad... podríamos hacer una hermosa lista. Es lo que verdaderamente tenemos que cultivar. Es lo que nos dará profundidad a nuestra vida. Cultivemos nuestro espíritu y tengamos una espiritualidad. Y no olvidemos la presencia de Dios en nuestra vida, la fe y nuestra relación con Dios. Valores del espíritu que nos trascienden, que nos hacen mirar más allá, más alto, con más profundidad.
San Pablo en la carta a los efesios que hemos escuchado en la primera lectura nos habla de ‘Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó... así muestra en todos los tiempos la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús...’ La riqueza del amor de Dios, de sentirnos amados de Dios. Algo que nos eleva y que nos da un sentido nuevo. Algo que nos llena de la alegría y de la satisfacción más honda.
Y cuando vivimos todo eso nuestra vida se siente verdaderamente llena y henchida, porque nos sentimos llenos de Dios. Y es Dios el que nos da las satisfacciones más hondas, más permanentes. Es en Dios donde encontramos la fuerza, el motor para vivir todos esos valores. Será el que nos haga mirar entonces esos bienes materiales que necesitamos poseer para cubrir esas nuestras necesidades de un modo distinto. Ya no se nos apegará el corazón a lo material. Por eso es importante lo que decíamos de ese cultivo de una espiritualidad.
Recordemos que Jesús llama en el evangelio dichosos a los pobres en el espíritu, mientras previene a los ricos que amasan riquezas de que esos apegos del corazón lo que hacen es arrastrarnos cada vez más abajo en la vida. ‘A los hambrientos colmó de bienes y a los ricos despidió vacíos’, cantaba María en el Magnificat. Si llevamos los bolsillos de la vida llenos del peso de las cosas materiales no tendremos la agilidad suficiente para nuestro caminar con libertad, mientras si los llevamos repletos de valores del espíritu volaremos en las alas de la generosidad y del amor.
domingo, 19 de octubre de 2008
Constructores solidarios de un mundo mejor
Is. 45, 1.4-6; Sal. 95; 1Ts. 1, 1-5; Mt. 22, 15-21
Algunas veces parece que nos sentimos confundidos al ver los derroteros por los que camina nuestra sociedad y nuestro mundo. Hay quizá muchas cosas que no nos gustan o que desearíamos que fueran de otra manera, pero tenemos el peligro de que el árbol no nos deje ver el bosque. Porque quizá lo más llamativo que podamos tener delante no nos agrada, eso nos puede hacer pensar que todo lo que sucede en nuestra sociedad es de la misma característica. No somos capaces, o nos cegamos de tal manera, que no vemos tantas cosas buenas que, a pesar de todo, pueda haber en nuestra sociedad, o en las otras personas.
Creo que la Palabra de Dios de este domingo pueda darnos luz en estas situaciones y nos pueda llevar también a un compromiso muy concreto con la sociedad en la que vivimos arrancando precisamente desde nuestra fe. La primera lectura nos ha hablado de Ciro, rey de Persia. Un rey pagano que en nada se acercaba en su fe a Yavé, el Dios de Israel. Pero Dios se vale de él para que los judíos alcancen la liberación de la cautividad que tantos años les había tenido lejos de su tierra y puedan volver a su patria y reconstruir el templo y la ciudad de Jerusalén. Vemos incluso que el profeta le llama el ‘Ungido del Señor..., a quien lleva de la mano, le llama por su nombre y le da un título, auque no me conocías’, que le dice.
Se convierte en un instrumento de Dios para liberación de los judíos. Así se vale el Señor de todo lo bueno y lo justo que pueda haber en las personas de buena voluntad y que actúan con rectitud. En ellas, aunque no lo sepan, también se dan tantas veces semillas del Reino de Dios. Gentes generosas que podemos tener a nuestro lado y que son para nosotros y para los demás mediaciones del amor de Dios.
El evangelio también es luz que nos ilumina. Como hemos escuchado los fariseos y los herodianos se pusieron de acuerdo para comprometer a Jesús. Van con buenas palabras hasta Jesús, aunque Jesús les desenmascara. ‘Sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea...’ Son palabras, es cierto, que nos están definiendo la rectitud de Jesús en su actuar y en lo que nos dice. Actitudes que bien tenemos que aprender para nosotros.
El planteamiento que le hacen es sobre el impuesto que han de pagar al César. Ya conocemos la respuesta de Jesús. ‘¿De quién son esta cara y esta inscripción?... Del Cesar... Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’. Una respuesta llena de sabiduría. Pero ¿significará eso que hay contraposición entre la sociedad civil y el Reino de Dios que Jesús nos anuncia?
Vivimos en este mundo y en medio de esta sociedad. Y ahí precisamente tenemos que ser constructores también de la convivencia y de la armonía entre todos, de la justicia, del orden social y de la paz de nuestra sociedad y de nuestro mundo. Tenemos que decir que no está reñida esa contribución que hemos de hacer a nuestra sociedad en todo lo que sea bueno y justo con nuestra fe en Dios y nuestra condición de cristianos. Sino más bien tenemos que considerar todo lo contrario, es una exigencia del compromiso de nuestra fe.
Tenemos que aprender a valorar todo lo que es bueno y es justo, la contribución que toda persona hace a la paz y a la convivencia, al desarrollo y al bienestar de nuestra sociedad y de todas las personas por encima de que sus creencias coincidan o no con las nuestras. Hemos de reconocer que hoy las contrapuestas ideologías partidistas nos hacen pensar muchas veces que todo lo que hace el otro que no piensa como nosotros, siempre es malo. Y creo que es un fuerte error y me atrevo a decir muchas veces da la impresión de una falta de madurez en nuestros razonamientos y apreciaciones cuando pensamos así.
No es una mezcolanza ni sincretismo innecesario sino valoración de todo lo bueno que pueda haber en los demás. Nos creemos muchas veces redentores tan insustituibles que pensamos que sólo nosotros sabemos hacer las cosas bien. Y eso pasa en muchas situaciones de la vida, y nos sucede a veces también en los mismos grupos de Iglesia.
No dejaremos a un lado, ni tenemos por qué ocultarlos sino todo lo contrario, nuestra fe, nuestros principios morales, el sentido de nuestra vida, sino que precisamente manifestándonos como somos desde nuestra fe podemos y tenemos que hacer la mejor contribución. Y es que nuestra sociedad necesita cristianos comprometidos que sean verdaderamente testigos. Cristianos como aquellos que alababa san Pablo de la comunidad de Tesalónica: ‘Recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo, nuestro Señor’. Nos lo está recordando continuamente el Papa en sus mensajes.
Cuando este domingo estamos celebrando el Domund, el domingo de las misiones, y recordamos y celebramos ese compromiso que tenemos de ser misioneros, de propagar nuestra fe, este puede ser un primer paso que demos en nuestro compromiso misionero.
Al hablar de las misiones, nuestro pensamiento se va a lo que podríamos llamar las avanzadillas de la Iglesia, los llamados países de misión donde por primera vez se ha de anunciar el Evangelio. Claro que tenemos que pensar en ello y poner toda nuestra contribución y compromiso para que el Evangelio sea anunciado en todas partes.
Pero es que no todos estamos llamados a ir a esos llamados países o lugares de misión, pero todos sí tenemos que ser misioneros, y tenemos que serlo en nuestros ambientes concretos, en esa sociedad concreta, que está ahí a nuestro lado, o en la que estamos viviendo, donde se necesita también ese testimonio de nuestra fe.
Y lo podemos hacer y lo tenemos que hacer, aprendiendo a valorar también todo lo bueno que hay en los demás y que hay en nuestra sociedad, además de poner nuestra contribución concreta para que nuestra sociedad sea cada vez más concorde con ese Reino de Dios que nos anuncia e instaura Jesús.
Algunas veces parece que nos sentimos confundidos al ver los derroteros por los que camina nuestra sociedad y nuestro mundo. Hay quizá muchas cosas que no nos gustan o que desearíamos que fueran de otra manera, pero tenemos el peligro de que el árbol no nos deje ver el bosque. Porque quizá lo más llamativo que podamos tener delante no nos agrada, eso nos puede hacer pensar que todo lo que sucede en nuestra sociedad es de la misma característica. No somos capaces, o nos cegamos de tal manera, que no vemos tantas cosas buenas que, a pesar de todo, pueda haber en nuestra sociedad, o en las otras personas.
Creo que la Palabra de Dios de este domingo pueda darnos luz en estas situaciones y nos pueda llevar también a un compromiso muy concreto con la sociedad en la que vivimos arrancando precisamente desde nuestra fe. La primera lectura nos ha hablado de Ciro, rey de Persia. Un rey pagano que en nada se acercaba en su fe a Yavé, el Dios de Israel. Pero Dios se vale de él para que los judíos alcancen la liberación de la cautividad que tantos años les había tenido lejos de su tierra y puedan volver a su patria y reconstruir el templo y la ciudad de Jerusalén. Vemos incluso que el profeta le llama el ‘Ungido del Señor..., a quien lleva de la mano, le llama por su nombre y le da un título, auque no me conocías’, que le dice.
Se convierte en un instrumento de Dios para liberación de los judíos. Así se vale el Señor de todo lo bueno y lo justo que pueda haber en las personas de buena voluntad y que actúan con rectitud. En ellas, aunque no lo sepan, también se dan tantas veces semillas del Reino de Dios. Gentes generosas que podemos tener a nuestro lado y que son para nosotros y para los demás mediaciones del amor de Dios.
El evangelio también es luz que nos ilumina. Como hemos escuchado los fariseos y los herodianos se pusieron de acuerdo para comprometer a Jesús. Van con buenas palabras hasta Jesús, aunque Jesús les desenmascara. ‘Sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea...’ Son palabras, es cierto, que nos están definiendo la rectitud de Jesús en su actuar y en lo que nos dice. Actitudes que bien tenemos que aprender para nosotros.
El planteamiento que le hacen es sobre el impuesto que han de pagar al César. Ya conocemos la respuesta de Jesús. ‘¿De quién son esta cara y esta inscripción?... Del Cesar... Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’. Una respuesta llena de sabiduría. Pero ¿significará eso que hay contraposición entre la sociedad civil y el Reino de Dios que Jesús nos anuncia?
Vivimos en este mundo y en medio de esta sociedad. Y ahí precisamente tenemos que ser constructores también de la convivencia y de la armonía entre todos, de la justicia, del orden social y de la paz de nuestra sociedad y de nuestro mundo. Tenemos que decir que no está reñida esa contribución que hemos de hacer a nuestra sociedad en todo lo que sea bueno y justo con nuestra fe en Dios y nuestra condición de cristianos. Sino más bien tenemos que considerar todo lo contrario, es una exigencia del compromiso de nuestra fe.
Tenemos que aprender a valorar todo lo que es bueno y es justo, la contribución que toda persona hace a la paz y a la convivencia, al desarrollo y al bienestar de nuestra sociedad y de todas las personas por encima de que sus creencias coincidan o no con las nuestras. Hemos de reconocer que hoy las contrapuestas ideologías partidistas nos hacen pensar muchas veces que todo lo que hace el otro que no piensa como nosotros, siempre es malo. Y creo que es un fuerte error y me atrevo a decir muchas veces da la impresión de una falta de madurez en nuestros razonamientos y apreciaciones cuando pensamos así.
No es una mezcolanza ni sincretismo innecesario sino valoración de todo lo bueno que pueda haber en los demás. Nos creemos muchas veces redentores tan insustituibles que pensamos que sólo nosotros sabemos hacer las cosas bien. Y eso pasa en muchas situaciones de la vida, y nos sucede a veces también en los mismos grupos de Iglesia.
No dejaremos a un lado, ni tenemos por qué ocultarlos sino todo lo contrario, nuestra fe, nuestros principios morales, el sentido de nuestra vida, sino que precisamente manifestándonos como somos desde nuestra fe podemos y tenemos que hacer la mejor contribución. Y es que nuestra sociedad necesita cristianos comprometidos que sean verdaderamente testigos. Cristianos como aquellos que alababa san Pablo de la comunidad de Tesalónica: ‘Recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo, nuestro Señor’. Nos lo está recordando continuamente el Papa en sus mensajes.
Cuando este domingo estamos celebrando el Domund, el domingo de las misiones, y recordamos y celebramos ese compromiso que tenemos de ser misioneros, de propagar nuestra fe, este puede ser un primer paso que demos en nuestro compromiso misionero.
Al hablar de las misiones, nuestro pensamiento se va a lo que podríamos llamar las avanzadillas de la Iglesia, los llamados países de misión donde por primera vez se ha de anunciar el Evangelio. Claro que tenemos que pensar en ello y poner toda nuestra contribución y compromiso para que el Evangelio sea anunciado en todas partes.
Pero es que no todos estamos llamados a ir a esos llamados países o lugares de misión, pero todos sí tenemos que ser misioneros, y tenemos que serlo en nuestros ambientes concretos, en esa sociedad concreta, que está ahí a nuestro lado, o en la que estamos viviendo, donde se necesita también ese testimonio de nuestra fe.
Y lo podemos hacer y lo tenemos que hacer, aprendiendo a valorar también todo lo bueno que hay en los demás y que hay en nuestra sociedad, además de poner nuestra contribución concreta para que nuestra sociedad sea cada vez más concorde con ese Reino de Dios que nos anuncia e instaura Jesús.
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sábado, 18 de octubre de 2008
La Buena Nueva del amor de Jesús a los pobres (San Lucas)
2Tim. 4, 9-17
Sal. 144
Lc. 10, 1-9
‘Designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó por delante, de dos en dos... Pones en camino... cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa... curad a los enfermos que haya, y decid: Está cerca el Reino de Dios...’
Es la misión de los enviados. Anunciar la Buena Nueva de que el Reino de Dios está cerca. Mensajeros del Evangelio, evangelizadores, evangelistas. Al final, antes de la Ascensión, serán enviados también para ser ‘mis testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra...’ Misión de todo creyente en Jesús que se convierte en testigo, en un enviado a evangelizar, a anunciar el Evangelio.
Hoy estamos celebrando a un Evangelista, Lucas. De origen pagano y probablemente de Antioquia, se convirtió a la fe, acompañó a san Pablo en alguno de sus viajes, y que se convierte en evangelizador, en evangelista que nos ha trasmitido el Evangelio que lleva su nombre.
No conoció a Jesús y sin embargo nos trasmite su evangelio lleno de detalles de la vida de Jesús, que incluso algunos que los otros evangelistas no nos trasmiten. Pero quiso conocer a fondo a Jesús e investigó. Como dice él mismo en el principio de su evangelio ‘me ha parecido también a mí, después de haber investigado cuidadosamente todo lo sucedido desde el principio, escribirte una exposición detallada para que llegues a comprender la autenticidad de las enseñanzas que has recibido’.
Como decíamos en la oración litúrgica, ‘elegiste a san Lucas para que nos revelara con su predicación y sus escritos tu amor a los pobres...’ Con todo detalle insiste el evangelista esa cercanía de Jesús a los pobres y a los que sufren, a los marginados y a los pecadores. Ya, cuando nos presenta a Jesús en la Sinagoga de Nazaret se nos habla de ese evangelio que se ha de anunciar a los pobres. ‘El Espíritu está sobre mí porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres...’ Y así lo veremos a través de todo el evangelio.
Evangelio de la misericordia, del perdón, de la paz y de la alegría. Las más bellas parábolas de la misericordia y del amor de Dios, como la del hijo pródigo, los gestos más sorprendentes de cercanía a los pobres y a los marginados, las más hermosas muestras del amor que se hace perdón – la mujer pecadora que llora a sus pies, la mirada de amor a Pedro tras la negación o la promesa del paraíso al ladrón arrepentido en la cruz -, la paz y la alegría que va repartiendo con su presencia – desde el anuncio invitando a la alegría por la llegada de la paz a los hombres de buena voluntad en su nacimiento o como hemos visto hoy mismo su mandato de llevar la paz anunciando el evangelio – y tantos otros momentos que sería bueno repasar en las páginas del evangelio.
Pero todo ello se ha de traducir luego en un nuevo estilo de vivir. Por eso, en los Hechos de los Apóstoles estaremos viendo la imagen que nos da Lucas de lo que han de vivir los que cree en Jesús. Es la descripción que nos hace de las primeras comunidades de Jerusalén. ‘Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común... en el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo, y nadie consideraba como propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común...’ Todos se admiraban de ese nuevo modo de vivir y de cómo se amaban y con ese testimonio se convertían a la vez en anunciadores del Evangelio.
Es lo que también hemos pedido en la oración litúrgica, ‘Concede, a cuantos se glorían en Cristo, vivir con un mismo corazón y un mismo espíritu y atraer a todos los hombres a la salvación’.
Pero hemos de hacernos una consideración. Si al contemplar la obra y la figura de un evangelista, sentimos al mismo tiempo la urgencia de que nosotros hemos de ser también evangelizadores, porque a la larga esa es la misión que Cristo nos ha confiado, creo que antes tendríamos que saber hacer como Lucas. Nos pudo hablar con tanto conocimiento y tanto detalle y profundidad de Jesús y del Evangelio, porque antes se había preocupado de conocer a Jesús, como ya vimos.
Que nosotros también cada día más queramos crecer en ese conocimiento de Jesús, Que nosotros cada día más tengamos también esas ansias de empaparnos del Evangelio, y lo leamos, los reflexiones, no oremos para llenarnos verdaderamente de El y así podamos convertirnos en verdaderos evangelistas, evangelizadores, para los demás.
‘Que el Señor nos dé fortaleza para confesar con fe el Evangelio que san Lucas nos predicó’.
Sal. 144
Lc. 10, 1-9
‘Designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó por delante, de dos en dos... Pones en camino... cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa... curad a los enfermos que haya, y decid: Está cerca el Reino de Dios...’
Es la misión de los enviados. Anunciar la Buena Nueva de que el Reino de Dios está cerca. Mensajeros del Evangelio, evangelizadores, evangelistas. Al final, antes de la Ascensión, serán enviados también para ser ‘mis testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra...’ Misión de todo creyente en Jesús que se convierte en testigo, en un enviado a evangelizar, a anunciar el Evangelio.
Hoy estamos celebrando a un Evangelista, Lucas. De origen pagano y probablemente de Antioquia, se convirtió a la fe, acompañó a san Pablo en alguno de sus viajes, y que se convierte en evangelizador, en evangelista que nos ha trasmitido el Evangelio que lleva su nombre.
No conoció a Jesús y sin embargo nos trasmite su evangelio lleno de detalles de la vida de Jesús, que incluso algunos que los otros evangelistas no nos trasmiten. Pero quiso conocer a fondo a Jesús e investigó. Como dice él mismo en el principio de su evangelio ‘me ha parecido también a mí, después de haber investigado cuidadosamente todo lo sucedido desde el principio, escribirte una exposición detallada para que llegues a comprender la autenticidad de las enseñanzas que has recibido’.
Como decíamos en la oración litúrgica, ‘elegiste a san Lucas para que nos revelara con su predicación y sus escritos tu amor a los pobres...’ Con todo detalle insiste el evangelista esa cercanía de Jesús a los pobres y a los que sufren, a los marginados y a los pecadores. Ya, cuando nos presenta a Jesús en la Sinagoga de Nazaret se nos habla de ese evangelio que se ha de anunciar a los pobres. ‘El Espíritu está sobre mí porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres...’ Y así lo veremos a través de todo el evangelio.
Evangelio de la misericordia, del perdón, de la paz y de la alegría. Las más bellas parábolas de la misericordia y del amor de Dios, como la del hijo pródigo, los gestos más sorprendentes de cercanía a los pobres y a los marginados, las más hermosas muestras del amor que se hace perdón – la mujer pecadora que llora a sus pies, la mirada de amor a Pedro tras la negación o la promesa del paraíso al ladrón arrepentido en la cruz -, la paz y la alegría que va repartiendo con su presencia – desde el anuncio invitando a la alegría por la llegada de la paz a los hombres de buena voluntad en su nacimiento o como hemos visto hoy mismo su mandato de llevar la paz anunciando el evangelio – y tantos otros momentos que sería bueno repasar en las páginas del evangelio.
Pero todo ello se ha de traducir luego en un nuevo estilo de vivir. Por eso, en los Hechos de los Apóstoles estaremos viendo la imagen que nos da Lucas de lo que han de vivir los que cree en Jesús. Es la descripción que nos hace de las primeras comunidades de Jerusalén. ‘Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común... en el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo, y nadie consideraba como propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común...’ Todos se admiraban de ese nuevo modo de vivir y de cómo se amaban y con ese testimonio se convertían a la vez en anunciadores del Evangelio.
Es lo que también hemos pedido en la oración litúrgica, ‘Concede, a cuantos se glorían en Cristo, vivir con un mismo corazón y un mismo espíritu y atraer a todos los hombres a la salvación’.
Pero hemos de hacernos una consideración. Si al contemplar la obra y la figura de un evangelista, sentimos al mismo tiempo la urgencia de que nosotros hemos de ser también evangelizadores, porque a la larga esa es la misión que Cristo nos ha confiado, creo que antes tendríamos que saber hacer como Lucas. Nos pudo hablar con tanto conocimiento y tanto detalle y profundidad de Jesús y del Evangelio, porque antes se había preocupado de conocer a Jesús, como ya vimos.
Que nosotros también cada día más queramos crecer en ese conocimiento de Jesús, Que nosotros cada día más tengamos también esas ansias de empaparnos del Evangelio, y lo leamos, los reflexiones, no oremos para llenarnos verdaderamente de El y así podamos convertirnos en verdaderos evangelistas, evangelizadores, para los demás.
‘Que el Señor nos dé fortaleza para confesar con fe el Evangelio que san Lucas nos predicó’.
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viernes, 17 de octubre de 2008
Trigo de Cristo soy (San Ignacio de Antioquia)
Filp. 3, 17-4,1
Sal. 33
Jn. 12, 24-26
‘Nosotros, por lo contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo...’ Ciudadanos del cielo y tan aferrados como estamos a la tierra. Ciudadanos del cielo y que poca trascendencia le damos a la vida, a lo que hacemos. Ciudadanos del cielo y sólo pensamos en nuestros disfrutes humanos y caducos.
La celebración de los santos, como San Ignacio de Antioquia que hoy estamos celebrando, nos lo recuerda. Su ejemplo y testimonio tendría que hacernos despertar.
Es cierto que vivimos en este mundo, y aquí tenemos una obra que realizar, porque Dios nos lo ha puesto en nuestras manos. Y tenemos que vivir con responsabilidad esta etapa de nuestra vida terrena. Pero, ¿dónde está nuestra meta? ¿dónde podremos alcanzar la verdadera plenitud?
Hoy el evangelio nos ha dicho dos cosas hermosas. ‘Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero su muere, da mucho fruto’. Es la entrega con que hemos de vivir nuestra vida. Es el amor que hemos de poner en lo que hacemos y vivimos. Es el amor el que va a dar verdadera fecundidad a nuestra vida. No podemos vivir encerrados en nosotros mismos.
Por eso nos decía Jesús a continuación: ‘El que ama su vida la perderá; pero el que gasta su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna’. Gastemos nuestra vida en el amor, en el darnos por los demás, en la responsabilidad con que vivimos nuestra existencia, no pensando sólo en una ganancia material. Guardemos nuestra vida para la vida eterna, gastándola por el amor de Dios y a los demás.
Como decía antes, los santos son ejemplo y estímulo. San Ignacio de Antioquia, al que hoy celebramos, fue el segundo obispo de aquella Iglesia después de san Pedro. Fueron tiempos de persecuciones y era llevado preso a Roma porque había sido condenado a morir en las fieras. En el largo recorrido desde Antioquia a Roma, pasó por diversas Iglesias de Asia Menor, y fue dejando una serie de cartas que les dirigía a aquellas Iglesia que conservamos como un testimonio muy hermoso de lo que era la vida de aquellas primeras comunidades cristianas.
En la carta que dirigió a los cristianos de Roma a donde había que llegar les dice cosas muy hermosas de cómo veía él su muerte. No quería que hicieran nada para impedirle el martirio. ‘Permitid que imite la pasión de mi Dios’, les decía. ‘No quiero vivir ya la vida terrena... rogad por mí para que llegue a la meta’.
Es hermoso cómo desea el martirio. No es que desee la muerte por la muerte, por así decirlo, para acabar esta vida de sufrimientos. El quiere unirse a la pasión de Cristo, como ya vimos. Y nos dice algo hermoso. ‘Trigo de Cristo soy: seré molido por los dientes de las fieras a fin de llegar a ser pan de Cristo’. Verdaderamente sublime la espiritualidad de San Ignacio de Antioquia. Por eso decía: ‘Dejad que sea pasto de las fieras, ya que ello me hará posible alcanzar a Dios’.
¿Dónde encuentra su fuerza para esta donación tan excelsa que hace de sí mismo? ‘Lo que deseo es el Pan de Dios, que es la Carne de Jesucristo... y la bebida de su Sangre, que es la caridad incorruptible...’ En Cristo encuentra su fuerza y su alimento. En Cristo encuentra la capacidad de ese amor sin límites.
Estamos celebrando la Eucaristía. Estamos queriendo alimentarnos también nosotros de Cristo, para que así se fortalezca nuestro amor. ¡Con qué deseos tendríamos que venir cada día a la celebración de la Eucaristía! ¡Con qué intensidad tendríamos que vivirla para alimentarnos de Cristo! No seremos molidos por los dientes de las fieras, pero sí podemos hacer nosotros esa ofrenda de nuestra vida, de lo que somos, de nuestros sufrimientos, de todo nuestro amor.
Caminemos hacia la meta donde tenemos la patria definitiva.
Sal. 33
Jn. 12, 24-26
‘Nosotros, por lo contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo...’ Ciudadanos del cielo y tan aferrados como estamos a la tierra. Ciudadanos del cielo y que poca trascendencia le damos a la vida, a lo que hacemos. Ciudadanos del cielo y sólo pensamos en nuestros disfrutes humanos y caducos.
La celebración de los santos, como San Ignacio de Antioquia que hoy estamos celebrando, nos lo recuerda. Su ejemplo y testimonio tendría que hacernos despertar.
Es cierto que vivimos en este mundo, y aquí tenemos una obra que realizar, porque Dios nos lo ha puesto en nuestras manos. Y tenemos que vivir con responsabilidad esta etapa de nuestra vida terrena. Pero, ¿dónde está nuestra meta? ¿dónde podremos alcanzar la verdadera plenitud?
Hoy el evangelio nos ha dicho dos cosas hermosas. ‘Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero su muere, da mucho fruto’. Es la entrega con que hemos de vivir nuestra vida. Es el amor que hemos de poner en lo que hacemos y vivimos. Es el amor el que va a dar verdadera fecundidad a nuestra vida. No podemos vivir encerrados en nosotros mismos.
Por eso nos decía Jesús a continuación: ‘El que ama su vida la perderá; pero el que gasta su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna’. Gastemos nuestra vida en el amor, en el darnos por los demás, en la responsabilidad con que vivimos nuestra existencia, no pensando sólo en una ganancia material. Guardemos nuestra vida para la vida eterna, gastándola por el amor de Dios y a los demás.
Como decía antes, los santos son ejemplo y estímulo. San Ignacio de Antioquia, al que hoy celebramos, fue el segundo obispo de aquella Iglesia después de san Pedro. Fueron tiempos de persecuciones y era llevado preso a Roma porque había sido condenado a morir en las fieras. En el largo recorrido desde Antioquia a Roma, pasó por diversas Iglesias de Asia Menor, y fue dejando una serie de cartas que les dirigía a aquellas Iglesia que conservamos como un testimonio muy hermoso de lo que era la vida de aquellas primeras comunidades cristianas.
En la carta que dirigió a los cristianos de Roma a donde había que llegar les dice cosas muy hermosas de cómo veía él su muerte. No quería que hicieran nada para impedirle el martirio. ‘Permitid que imite la pasión de mi Dios’, les decía. ‘No quiero vivir ya la vida terrena... rogad por mí para que llegue a la meta’.
Es hermoso cómo desea el martirio. No es que desee la muerte por la muerte, por así decirlo, para acabar esta vida de sufrimientos. El quiere unirse a la pasión de Cristo, como ya vimos. Y nos dice algo hermoso. ‘Trigo de Cristo soy: seré molido por los dientes de las fieras a fin de llegar a ser pan de Cristo’. Verdaderamente sublime la espiritualidad de San Ignacio de Antioquia. Por eso decía: ‘Dejad que sea pasto de las fieras, ya que ello me hará posible alcanzar a Dios’.
¿Dónde encuentra su fuerza para esta donación tan excelsa que hace de sí mismo? ‘Lo que deseo es el Pan de Dios, que es la Carne de Jesucristo... y la bebida de su Sangre, que es la caridad incorruptible...’ En Cristo encuentra su fuerza y su alimento. En Cristo encuentra la capacidad de ese amor sin límites.
Estamos celebrando la Eucaristía. Estamos queriendo alimentarnos también nosotros de Cristo, para que así se fortalezca nuestro amor. ¡Con qué deseos tendríamos que venir cada día a la celebración de la Eucaristía! ¡Con qué intensidad tendríamos que vivirla para alimentarnos de Cristo! No seremos molidos por los dientes de las fieras, pero sí podemos hacer nosotros esa ofrenda de nuestra vida, de lo que somos, de nuestros sufrimientos, de todo nuestro amor.
Caminemos hacia la meta donde tenemos la patria definitiva.
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jueves, 16 de octubre de 2008
Unas bendiciones de Dios para cantar la mejor alabanza y bendición
Efes. 1, 1-10
Sal. 97
Lc. 11, 47-54
‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales...’
Hemos comenzado a leer en la lectura continuada la carta de San Pablo a los cristianos de Éfeso, que continuaremos durante un par de semanas. Una comunidad donde Pablo había anunciado el evangelio y en la que había permanecido durantes largas temporadas, y en la que finalmente dejaría a su discípulo Timoteo como Obispo de aquella comunidad. Una ciudad importante en el Asia Menor, de gran riqueza y de gran sabiduría. Pero lo que nos importa ahora es la Sabiduría divina que se nos manifiesta en la carta del Apóstol.
Tras los saludos iniciales – ‘la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo’ - el apóstol entona un cántico de bendición a Dios, por todas las bendiciones que de El hemos recibido en Cristo y que todo ha de redundar al mismo tiempo desde la respuesta de nuestra vida en alabanza de nuevo al Señor. ‘Con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales...’ dice el apóstol.
Y como nos dice a continuación es que ‘en la persona de Cristo nos eligió para que fuésemos santos e irreprochables... nos ha destinado a ser sus hijos... y por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados... dándonos a conocer el Misterio de su voluntad...’ y ¿cuál era el proyecto de Dios para nosotros? ‘Cuando llegase el momento culminante recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra’.
Cristo es el centro de todo. De El todo lo recibimos, y con El todo tiene que ser para la gloria de Dios. ‘Redunde en alabanza suya’. Tenemos que pensar en todo lo que en Cristo recibimos y al mismo tiempo a lo que estamos llamados y destinados. El perdón y la redención. Ser hijos de Dios. Vivir una vida santa e irreprochable.
Pero ¿por qué todo eso? ¿Por merecimiento nuestro? No, por el puro amor de Dios. Desde siempre – ‘antes de crear el mundo’ -, ‘por pura iniciativa suya’, por su sangre derramada, por el amor que nos tiene nos regala Dios con tantas bendiciones. ‘El tesoro de su gracia , sabiduría y prudencia ha sido un derroche para nosotros...’ ¿No es justo, entonces, que nosotros respondamos bendiciendo y alabando a Dios?
Un texto, este cántico del principio de la carta a los Efesios, que nos daría para largas y hondas reflexiones. Aquí sólo quedan apuntadas las líneas de fuerza del texto. Nos quedaría para nuestra reflexión personal ver todas esas bendiciones y gracias con las que el Señor ha adornado nuestra vida. Verlo de una forma concreta en nuestra historia personal. Y al ir desgranando en nuestro pensamiento y en nuestro corazón cada una de esas gracias del Señor, hacer que surja esa alabanza, esa bendición y esa acción de gracias a Dios, que nos quiere hijos, que nos quiere puros y limpios de pecados, que nos quiere santos.
Todo siempre para la gloria del Señor. Si en Cristo hemos recibido todas esas bendiciones, Cristo tiene que ser entonces el centro de nuestra vida y de nuestra historia. Por eso lo llamamos el Señor, lo proclamamos el Reino del hombre y del universo.
Sal. 97
Lc. 11, 47-54
‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales...’
Hemos comenzado a leer en la lectura continuada la carta de San Pablo a los cristianos de Éfeso, que continuaremos durante un par de semanas. Una comunidad donde Pablo había anunciado el evangelio y en la que había permanecido durantes largas temporadas, y en la que finalmente dejaría a su discípulo Timoteo como Obispo de aquella comunidad. Una ciudad importante en el Asia Menor, de gran riqueza y de gran sabiduría. Pero lo que nos importa ahora es la Sabiduría divina que se nos manifiesta en la carta del Apóstol.
Tras los saludos iniciales – ‘la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo’ - el apóstol entona un cántico de bendición a Dios, por todas las bendiciones que de El hemos recibido en Cristo y que todo ha de redundar al mismo tiempo desde la respuesta de nuestra vida en alabanza de nuevo al Señor. ‘Con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales...’ dice el apóstol.
Y como nos dice a continuación es que ‘en la persona de Cristo nos eligió para que fuésemos santos e irreprochables... nos ha destinado a ser sus hijos... y por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados... dándonos a conocer el Misterio de su voluntad...’ y ¿cuál era el proyecto de Dios para nosotros? ‘Cuando llegase el momento culminante recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra’.
Cristo es el centro de todo. De El todo lo recibimos, y con El todo tiene que ser para la gloria de Dios. ‘Redunde en alabanza suya’. Tenemos que pensar en todo lo que en Cristo recibimos y al mismo tiempo a lo que estamos llamados y destinados. El perdón y la redención. Ser hijos de Dios. Vivir una vida santa e irreprochable.
Pero ¿por qué todo eso? ¿Por merecimiento nuestro? No, por el puro amor de Dios. Desde siempre – ‘antes de crear el mundo’ -, ‘por pura iniciativa suya’, por su sangre derramada, por el amor que nos tiene nos regala Dios con tantas bendiciones. ‘El tesoro de su gracia , sabiduría y prudencia ha sido un derroche para nosotros...’ ¿No es justo, entonces, que nosotros respondamos bendiciendo y alabando a Dios?
Un texto, este cántico del principio de la carta a los Efesios, que nos daría para largas y hondas reflexiones. Aquí sólo quedan apuntadas las líneas de fuerza del texto. Nos quedaría para nuestra reflexión personal ver todas esas bendiciones y gracias con las que el Señor ha adornado nuestra vida. Verlo de una forma concreta en nuestra historia personal. Y al ir desgranando en nuestro pensamiento y en nuestro corazón cada una de esas gracias del Señor, hacer que surja esa alabanza, esa bendición y esa acción de gracias a Dios, que nos quiere hijos, que nos quiere puros y limpios de pecados, que nos quiere santos.
Todo siempre para la gloria del Señor. Si en Cristo hemos recibido todas esas bendiciones, Cristo tiene que ser entonces el centro de nuestra vida y de nuestra historia. Por eso lo llamamos el Señor, lo proclamamos el Reino del hombre y del universo.
miércoles, 15 de octubre de 2008
Una meta alta: el camino de la perfección y la santidad
Eclesiástico, 15, 1-6
Sal. 88
Mt. 11, 25-30
¿Cuáles son las metas que tenemos en nuestra vida como cristianos? ¿Cuál es la meta que nos ha propuesto Jesús en el evangelio? Podemos decir que Jesús nos propone metas muy altas. No quiere que nos quedemos en la mediocridad sino que nos enseña a mirar bien alto.
Sed santos, como Dios es santo, nos dice. Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto. Nos lo repite en el sermón del monte y a través de todo el evangelio. Quiere de nosotros un amor, pero no un amor cualquiera, sino que amemos como El nos ha amado. Y ya sabemos la altura y profundidad de su amor. Porque nadie ama más que aquel que da la vida por el amado. Y es lo que hizo Jesús.
Por eso, ser cristiano, seguir a Jesús, como decíamos antes, no es cuestión de simplemente dejarnos llevar, o de andar con mezquindades. Tal es así que nos dirá que con El o contra El, porque el que no recoge conmigo desparrama. Entonces, cuando seguimos a Jesús lo que queremos hacer es seguir sus pasos. Ya sabemos como tenemos que configurarnos con El, para ser una cosa con El, para que su vida sea nuestra vida.
Cristo es el camino que nos lleva al Padre. Cristo es la verdad que nos revela el misterio de Dios. Cristo es la vida que tenemos que vivir. Cuando Jesús les dijo eso a los discípulos algunos no terminaban de entender y todavía andaban preguntando que como podían ir al Padre si no conocían el camino. Es entonces cuando Jesús les dice que quien le ve a El está viendo al Padre. Nadie va al Padre sino por mí.
Es Jesús el que nos revela el misterio de Dios. Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar, hemos escuchado hoy en el evangelio. Y a eso ha venido El, a enseñarnos el camino, a ir delante de nosotros, a ir a nuestro lado, a dejarnos su Espíritu para que podamos conocer la verdad plena de Dios.
Un camino de ascesis tiene que vivir el cristiano. Un camino de superación, de crecimiento, de purificación de sí mismo y de todo tipo de pecado. Un camino que nos lleva a la contemplación del misterio de Dios para alcanzar la Sabiduría de Dios. Un camino que tiene que concluir en una unión íntima y profunda con Dios, sintiendo cómo Dios habita en nosotros y nosotros en El, como hemos escuchado tantas veces en el Evangelio. Vendremos a él y haremos morada en él, nos dice Jesús.
Hoy celebramos a Santa Teresa de Jesús, que hizo ese recorrido y llegó a una altura y profundidad de vida espiritual en grado místico. Ella sí que experimentó, y de qué manera, como Dios habitaba en ella y ella en Dios. No fue fácil el camino de Santa Teresa. Noches oscuras y de desierto tuvo que pasar largos años de su vida hasta que fue logrando esa purificación interior para dejar que Dios habitara en ella. Pero con la gracia del Señor pudo recorrerlo y alcanzar ese grado altísimo de la vida mística. No fue sólo su recia voluntad – era una mujer fuerte y recia – sino que fundamentalmente supo dejarse conducir por el Espíritu del Señor.
Para nosotros es estímulo y ejemplo, como siempre lo es la vida de los santos. Ya lo hemos comentado tantas veces que en ellos tenemos que ver ese ejemplo del camino de santidad que nosotros hemos de seguir. Y si algo tenemos que pedirles es que intercedan por nosotros para que logremos alcanzar esa santidad. Es lo primero y fundamental de nuestra vida, aunque muchas veces andemos preocupados por otros problemas y necesidades. 'Buscad el reino de Dios y su justicia que lo demás se os dará por añadidura...' Pero nosotros queremos que primero nos den las añadiduras.
Teresa de Jesús nos enseña ese camino de la perfección. En la oración litúrgica eso hemos pedido. ‘Suscitaste a santa Teresa por inspiración del Espíritu Santo... para mostrar a la Iglesia un camino de perfección...’ Que se encienda entonces en nosotros ‘el deseo de la verdadera santidad’.
Que aprendamos de ella a hacer de nosotros esa ofrenda de nosotros mismos como ella supo hacerlo. Es lo que pediremos en la oración de las ofrendas. No ofrecemos cosas a Dios, nos ofrecemos a nosotros mismos. Esa ofrenda que es sacrificio cuando en tantas cosas tenemos que superarnos, cuando en tanto tenemos que poner todo el amor de nuestra vida.
Y finalmente que en la santidad de nuestra vida aspiremos a cantar en todo momento las misericordias del Señor.
Sal. 88
Mt. 11, 25-30
¿Cuáles son las metas que tenemos en nuestra vida como cristianos? ¿Cuál es la meta que nos ha propuesto Jesús en el evangelio? Podemos decir que Jesús nos propone metas muy altas. No quiere que nos quedemos en la mediocridad sino que nos enseña a mirar bien alto.
Sed santos, como Dios es santo, nos dice. Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto. Nos lo repite en el sermón del monte y a través de todo el evangelio. Quiere de nosotros un amor, pero no un amor cualquiera, sino que amemos como El nos ha amado. Y ya sabemos la altura y profundidad de su amor. Porque nadie ama más que aquel que da la vida por el amado. Y es lo que hizo Jesús.
Por eso, ser cristiano, seguir a Jesús, como decíamos antes, no es cuestión de simplemente dejarnos llevar, o de andar con mezquindades. Tal es así que nos dirá que con El o contra El, porque el que no recoge conmigo desparrama. Entonces, cuando seguimos a Jesús lo que queremos hacer es seguir sus pasos. Ya sabemos como tenemos que configurarnos con El, para ser una cosa con El, para que su vida sea nuestra vida.
Cristo es el camino que nos lleva al Padre. Cristo es la verdad que nos revela el misterio de Dios. Cristo es la vida que tenemos que vivir. Cuando Jesús les dijo eso a los discípulos algunos no terminaban de entender y todavía andaban preguntando que como podían ir al Padre si no conocían el camino. Es entonces cuando Jesús les dice que quien le ve a El está viendo al Padre. Nadie va al Padre sino por mí.
Es Jesús el que nos revela el misterio de Dios. Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar, hemos escuchado hoy en el evangelio. Y a eso ha venido El, a enseñarnos el camino, a ir delante de nosotros, a ir a nuestro lado, a dejarnos su Espíritu para que podamos conocer la verdad plena de Dios.
Un camino de ascesis tiene que vivir el cristiano. Un camino de superación, de crecimiento, de purificación de sí mismo y de todo tipo de pecado. Un camino que nos lleva a la contemplación del misterio de Dios para alcanzar la Sabiduría de Dios. Un camino que tiene que concluir en una unión íntima y profunda con Dios, sintiendo cómo Dios habita en nosotros y nosotros en El, como hemos escuchado tantas veces en el Evangelio. Vendremos a él y haremos morada en él, nos dice Jesús.
Hoy celebramos a Santa Teresa de Jesús, que hizo ese recorrido y llegó a una altura y profundidad de vida espiritual en grado místico. Ella sí que experimentó, y de qué manera, como Dios habitaba en ella y ella en Dios. No fue fácil el camino de Santa Teresa. Noches oscuras y de desierto tuvo que pasar largos años de su vida hasta que fue logrando esa purificación interior para dejar que Dios habitara en ella. Pero con la gracia del Señor pudo recorrerlo y alcanzar ese grado altísimo de la vida mística. No fue sólo su recia voluntad – era una mujer fuerte y recia – sino que fundamentalmente supo dejarse conducir por el Espíritu del Señor.
Para nosotros es estímulo y ejemplo, como siempre lo es la vida de los santos. Ya lo hemos comentado tantas veces que en ellos tenemos que ver ese ejemplo del camino de santidad que nosotros hemos de seguir. Y si algo tenemos que pedirles es que intercedan por nosotros para que logremos alcanzar esa santidad. Es lo primero y fundamental de nuestra vida, aunque muchas veces andemos preocupados por otros problemas y necesidades. 'Buscad el reino de Dios y su justicia que lo demás se os dará por añadidura...' Pero nosotros queremos que primero nos den las añadiduras.
Teresa de Jesús nos enseña ese camino de la perfección. En la oración litúrgica eso hemos pedido. ‘Suscitaste a santa Teresa por inspiración del Espíritu Santo... para mostrar a la Iglesia un camino de perfección...’ Que se encienda entonces en nosotros ‘el deseo de la verdadera santidad’.
Que aprendamos de ella a hacer de nosotros esa ofrenda de nosotros mismos como ella supo hacerlo. Es lo que pediremos en la oración de las ofrendas. No ofrecemos cosas a Dios, nos ofrecemos a nosotros mismos. Esa ofrenda que es sacrificio cuando en tantas cosas tenemos que superarnos, cuando en tanto tenemos que poner todo el amor de nuestra vida.
Y finalmente que en la santidad de nuestra vida aspiremos a cantar en todo momento las misericordias del Señor.
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martes, 14 de octubre de 2008
Una rica espiritualidad dentro del corazón
Gal. 5, 1-6
Sal. 118
Lc. 11, 37-41
¿Qué es lo que realmente tenemos dentro de nuestro corazón? Ya se dice que de lo que abunda en el corazón rebosa nuestra boca. Por eso es importante saber lo que realmente hay en lo más hondo de nosotros, porque además eso se reflejará en las actitudes y comportamientos de nuestra vida.
‘Un fariseo lo invitó a comer a su casa’, nos dice el Evangelio hoy. Pero allí estaban pendientes de lo que Jesús hacía o no hacía. ‘El fariseo se sorprendió de que Jesús no se lavara la manos antes de comer’. No era sólo la higiene lo que le preocupaba. Era su ritualismo. Continuamente se estaban restregando las manos. Podían haberse contaminado si hubieran tocado algo que fuera impuro. Como si la impureza o la maldad entrara de fuera y no la tuviéramos en el corazón.
Jesús conocía sus pensamientos. ‘Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades’. Queda bien descrito. Eran muy estrictos en el cumplimiento de la letra de la ley. Pero les faltaba alma. O más bien sobraba maldad en el corazón. Pagaban el diezmo hasta de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de legumbres, les echaba en cara Jesús, ‘pero olvidáis, pasáis por alto el derecho y el amor de Dios’.
Todo lo cifraban en el cumplimiento estricto y a la letra de la ley, pero faltaba lo más importante en el corazón. ¿Dónde ponían la salvación? ¿en las obras que hicieran o en la gracia del Señor? Es el Señor el que nos salva. Es cierto que tenemos que responder con las obras de nuestra vida. Si el Señor nos ha salvado, hemos de vivir esa salvación; hemos de vivir de forma congruente conforme a esa salvación. Ya nos decía el apóstol Pablo ‘no os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud’.
‘La esperanza del perdón que aguardamos es obra del Espíritu, por medio de la fe...’ nos enseña san Pablo. Creemos y creemos en aquel que es nuestro Salvador. El Señor es el que nos salva. Es pura gracia, don, regalo fruto de la liberalidad del Señor, del amor que el Señor nos tiene. No son nuestros méritos, porque entonces no hubiera sido necesario que Cristo muriera por nosotros.
‘Lo único que cuenta es una fe activa en la práctica del amor’, termina diciéndonos hoy el apóstol. Fe activa. La fe no es una pasividad, un dejar hacer. La fe con la que respondemos al amor que el Señor nos tiene tiene que traducirse, reflejarse en las obras del amor. Es nuestra respuesta y nuestra vida que glorifica así al Señor.
Por eso, démosle hondura a las cosas que hacemos. Por eso es importante ver lo que tenemos en el corazón. Por eso tenemos que llenarnos del amor de Dios que es lo que nos dará la mayor hondura. Por eso ese enriquecimiento de nuestra espiritualidad. No podemos ser unas personas vacías, superficiales, a las que nos falte esa hondura de nuestra vida. Es lo que va a ser como nuestro motor, lo que le irá dando ese sentido y ese valor a todo lo que hacemos. Es la riqueza que tenemos en el corazón y con la que tenemos que enriquecer a los demás.
Por tanto nos es el cumplimiento ritual o a la letra de aquello que tengamos que hacer. Es algo más. Hay un peligro. Que nos contentemos con hacer las cosas, pero no dándole importancia a esa hondura de nuestra vida, a esa espiritualidad. Y nos puede pasar en muchos detalles de nuestra vida, desde el cumplimiento de nuestros deberes y obligaciones hasta la expresión de nuestra religiosidad y la participación en las celebraciones litúrgicas.
Algunas veces parece que estamos y no estamos. Hacemos las cosas ritualmente con toda perfección pero nuestra mente y nuestro corazón están lejos, estamos distraídos, no pensamos en lo que estamos haciendo. Nos pasa en la oración, nuestros labios van repitiendo una y otra vez las oraciones, pero ¿nuestro corazón estará orando? Vamos desarrollando con toda fidelidad el rito de la celebración, de la Misa o de cualquier otra celebración litúrgica, pero ¿nosotros estamos de verdad desde nuestro corazón en esa alabanza, en esa acción de gracias, en ese encuentro con el Señor?
Si estamos vacíos por dentro poco bueno podemos dar. Llenemos nuestro corazón de espiritualidad, dejémonos encontrar por el Señor, alabemos al Señor no solo con palabras sino con toda nuestra vida. No nos preocupemos sólo de limpiar la copa o el plato por fuera, sino que dentro esté no sólo limpio sino rebosante de una rica espiritualidad.
Sal. 118
Lc. 11, 37-41
¿Qué es lo que realmente tenemos dentro de nuestro corazón? Ya se dice que de lo que abunda en el corazón rebosa nuestra boca. Por eso es importante saber lo que realmente hay en lo más hondo de nosotros, porque además eso se reflejará en las actitudes y comportamientos de nuestra vida.
‘Un fariseo lo invitó a comer a su casa’, nos dice el Evangelio hoy. Pero allí estaban pendientes de lo que Jesús hacía o no hacía. ‘El fariseo se sorprendió de que Jesús no se lavara la manos antes de comer’. No era sólo la higiene lo que le preocupaba. Era su ritualismo. Continuamente se estaban restregando las manos. Podían haberse contaminado si hubieran tocado algo que fuera impuro. Como si la impureza o la maldad entrara de fuera y no la tuviéramos en el corazón.
Jesús conocía sus pensamientos. ‘Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades’. Queda bien descrito. Eran muy estrictos en el cumplimiento de la letra de la ley. Pero les faltaba alma. O más bien sobraba maldad en el corazón. Pagaban el diezmo hasta de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de legumbres, les echaba en cara Jesús, ‘pero olvidáis, pasáis por alto el derecho y el amor de Dios’.
Todo lo cifraban en el cumplimiento estricto y a la letra de la ley, pero faltaba lo más importante en el corazón. ¿Dónde ponían la salvación? ¿en las obras que hicieran o en la gracia del Señor? Es el Señor el que nos salva. Es cierto que tenemos que responder con las obras de nuestra vida. Si el Señor nos ha salvado, hemos de vivir esa salvación; hemos de vivir de forma congruente conforme a esa salvación. Ya nos decía el apóstol Pablo ‘no os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud’.
‘La esperanza del perdón que aguardamos es obra del Espíritu, por medio de la fe...’ nos enseña san Pablo. Creemos y creemos en aquel que es nuestro Salvador. El Señor es el que nos salva. Es pura gracia, don, regalo fruto de la liberalidad del Señor, del amor que el Señor nos tiene. No son nuestros méritos, porque entonces no hubiera sido necesario que Cristo muriera por nosotros.
‘Lo único que cuenta es una fe activa en la práctica del amor’, termina diciéndonos hoy el apóstol. Fe activa. La fe no es una pasividad, un dejar hacer. La fe con la que respondemos al amor que el Señor nos tiene tiene que traducirse, reflejarse en las obras del amor. Es nuestra respuesta y nuestra vida que glorifica así al Señor.
Por eso, démosle hondura a las cosas que hacemos. Por eso es importante ver lo que tenemos en el corazón. Por eso tenemos que llenarnos del amor de Dios que es lo que nos dará la mayor hondura. Por eso ese enriquecimiento de nuestra espiritualidad. No podemos ser unas personas vacías, superficiales, a las que nos falte esa hondura de nuestra vida. Es lo que va a ser como nuestro motor, lo que le irá dando ese sentido y ese valor a todo lo que hacemos. Es la riqueza que tenemos en el corazón y con la que tenemos que enriquecer a los demás.
Por tanto nos es el cumplimiento ritual o a la letra de aquello que tengamos que hacer. Es algo más. Hay un peligro. Que nos contentemos con hacer las cosas, pero no dándole importancia a esa hondura de nuestra vida, a esa espiritualidad. Y nos puede pasar en muchos detalles de nuestra vida, desde el cumplimiento de nuestros deberes y obligaciones hasta la expresión de nuestra religiosidad y la participación en las celebraciones litúrgicas.
Algunas veces parece que estamos y no estamos. Hacemos las cosas ritualmente con toda perfección pero nuestra mente y nuestro corazón están lejos, estamos distraídos, no pensamos en lo que estamos haciendo. Nos pasa en la oración, nuestros labios van repitiendo una y otra vez las oraciones, pero ¿nuestro corazón estará orando? Vamos desarrollando con toda fidelidad el rito de la celebración, de la Misa o de cualquier otra celebración litúrgica, pero ¿nosotros estamos de verdad desde nuestro corazón en esa alabanza, en esa acción de gracias, en ese encuentro con el Señor?
Si estamos vacíos por dentro poco bueno podemos dar. Llenemos nuestro corazón de espiritualidad, dejémonos encontrar por el Señor, alabemos al Señor no solo con palabras sino con toda nuestra vida. No nos preocupemos sólo de limpiar la copa o el plato por fuera, sino que dentro esté no sólo limpio sino rebosante de una rica espiritualidad.
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lunes, 13 de octubre de 2008
Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado
Gál. 4, 22-23.26-27.31 – 5, 1
Sal. 112
Lc. 11, 29-32
‘Resumiendo, hermanos, no somos hijos de esclava, sino de la mujer libre...’ Así les dice san Pablo a los Gálatas. Ha hecho previamente la comparación entre el hijo de la mujer libre Ana y los de la esclava, Agar. Viene a compararnos la Antigua y la Nueva Alianza.
Nosotros somos los hijos de la Nueva Alianza. Porque ‘para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado’, nos dice. Para eso Cristo vino como Salvador y murió por nosotros, para en su sangre derramada en la cruz establecer la Nueva Alianza, para darnos la libertad, la liberación de todos nuestros males y pecados.
Recordamos que cuando Jesús comenzó su vida pública, allá en la Sinagoga de Nazaret proclamó la profecía de Isaías que venía a ser como el programa de su vida. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Noticia a los pobres... para anunciar la liberación a los cautivos... la libertad a los oprimidos y a proclamar el año de gracia del Señor’. La liberación, la libertad, el año de gracia, la amnistía de todas las deudas y pecados.
A través de todo el evangelio lo vemos ir realizando multitud de signos, sus milagros, de esa liberación que quiere para nosotros. Y el gran signo, la gran muestra de su amor infinito por nosotros, fue su entrega a muerte en la Cruz como sacrificio para el perdón de nuestros pecados.
Pero nos previene el apóstol: ‘Por tanto, manteneos firmes, y no os sometáis de nuevo al yugo de los esclavos...’ No someternos de nuevo a la esclavitud, cuando ya hemos sido liberados. No volver de nuevo a la situación de pecado. No volver de nuevo a la esclavitud de nuestro capricho, de nuestro egoísmo, de nuestro orgullo, de nuestras pasiones, de nuestras violencias, de la maldad de nuestro corazón. Hemos de vivir liberados de una vez para siempre que para eso Cristo murió por nuestros pecados.
‘Líbranos de todo mal’, le pedimos tantas veces al Señor en nuestra oración. Como decimos en la oración litúrgica ‘líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de todo pecado y protegidos de toda perturbación mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo’.
‘No endurezcáis vuestro corazón, escuchad la voz del Señor’, hemos dicho con la antífona del Aleluya antes del Evangelio. No endurecer nuestro corazón. Tantas veces que volvemos al pecado dejándonos arrastrar por la tentación.
En el evangelio vemos una queja de Jesús contra la gente de su generación. No terminaban de escucharle y reconocerle y una y otra vez seguían pidiendo señales. No les bastaba la Palabra de Jesús. No les bastaba todos los signos y milagros que continuamente realizaba. ‘Pide un signo, pero no se les dará más signo que el de Jonás’.
¿Qué significaba? ¿cuál era ese signo al que Jesús se refería? Ya sabemos que Jonás recibió la misión del Señor de predicar en Nínive la conversión. Después de muchas turbulencias – no vamos a entrar en ello ahora - al final va a Nínive y predica la conversión. Y el pueblo se convirtió. Todos se vistieron de sayal y ceniza para convertir su corazón al Señor y merecieron así el perdón al castigo que merecían. Esa es la señal, Jonás fue escuchado y el pueblo se convirtió, y ¿no había ahora alguien que era más que Jonás?.
‘Cuando sea juzgada esta generación los hombres de Nínive se alzarán y harán que los condenen; porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás’. Lo mismo les dirá de la Reina del Sur -¿la reina de Saba? – que vino a escuchar la Sabiduría de Salomón. ‘Y aquí hay uno que es más que Salomón’.
Reconocer la Sabiduría de Jesús, de la Palabra viva de Dios. Reconocer en Jesús a quien es nuestra Salvación. ¿Acaso Jesús podrá tener esa misma queja de nosotros que no terminamos de creer con toda nuestra vida en El y convertirnos ante su Palabra? ¿No nos sucede que teniendo la Salvación que Jesús nos ha ganado y nos ofrece, endurecemos nuestro corazón y volvemos a la esclavitud del pecado?
Reconozcamos la salvación que Jesús nos ofrece y vivamos ya para siempre liberados de nuestro pecado.
Sal. 112
Lc. 11, 29-32
‘Resumiendo, hermanos, no somos hijos de esclava, sino de la mujer libre...’ Así les dice san Pablo a los Gálatas. Ha hecho previamente la comparación entre el hijo de la mujer libre Ana y los de la esclava, Agar. Viene a compararnos la Antigua y la Nueva Alianza.
Nosotros somos los hijos de la Nueva Alianza. Porque ‘para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado’, nos dice. Para eso Cristo vino como Salvador y murió por nosotros, para en su sangre derramada en la cruz establecer la Nueva Alianza, para darnos la libertad, la liberación de todos nuestros males y pecados.
Recordamos que cuando Jesús comenzó su vida pública, allá en la Sinagoga de Nazaret proclamó la profecía de Isaías que venía a ser como el programa de su vida. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Noticia a los pobres... para anunciar la liberación a los cautivos... la libertad a los oprimidos y a proclamar el año de gracia del Señor’. La liberación, la libertad, el año de gracia, la amnistía de todas las deudas y pecados.
A través de todo el evangelio lo vemos ir realizando multitud de signos, sus milagros, de esa liberación que quiere para nosotros. Y el gran signo, la gran muestra de su amor infinito por nosotros, fue su entrega a muerte en la Cruz como sacrificio para el perdón de nuestros pecados.
Pero nos previene el apóstol: ‘Por tanto, manteneos firmes, y no os sometáis de nuevo al yugo de los esclavos...’ No someternos de nuevo a la esclavitud, cuando ya hemos sido liberados. No volver de nuevo a la situación de pecado. No volver de nuevo a la esclavitud de nuestro capricho, de nuestro egoísmo, de nuestro orgullo, de nuestras pasiones, de nuestras violencias, de la maldad de nuestro corazón. Hemos de vivir liberados de una vez para siempre que para eso Cristo murió por nuestros pecados.
‘Líbranos de todo mal’, le pedimos tantas veces al Señor en nuestra oración. Como decimos en la oración litúrgica ‘líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de todo pecado y protegidos de toda perturbación mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo’.
‘No endurezcáis vuestro corazón, escuchad la voz del Señor’, hemos dicho con la antífona del Aleluya antes del Evangelio. No endurecer nuestro corazón. Tantas veces que volvemos al pecado dejándonos arrastrar por la tentación.
En el evangelio vemos una queja de Jesús contra la gente de su generación. No terminaban de escucharle y reconocerle y una y otra vez seguían pidiendo señales. No les bastaba la Palabra de Jesús. No les bastaba todos los signos y milagros que continuamente realizaba. ‘Pide un signo, pero no se les dará más signo que el de Jonás’.
¿Qué significaba? ¿cuál era ese signo al que Jesús se refería? Ya sabemos que Jonás recibió la misión del Señor de predicar en Nínive la conversión. Después de muchas turbulencias – no vamos a entrar en ello ahora - al final va a Nínive y predica la conversión. Y el pueblo se convirtió. Todos se vistieron de sayal y ceniza para convertir su corazón al Señor y merecieron así el perdón al castigo que merecían. Esa es la señal, Jonás fue escuchado y el pueblo se convirtió, y ¿no había ahora alguien que era más que Jonás?.
‘Cuando sea juzgada esta generación los hombres de Nínive se alzarán y harán que los condenen; porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás’. Lo mismo les dirá de la Reina del Sur -¿la reina de Saba? – que vino a escuchar la Sabiduría de Salomón. ‘Y aquí hay uno que es más que Salomón’.
Reconocer la Sabiduría de Jesús, de la Palabra viva de Dios. Reconocer en Jesús a quien es nuestra Salvación. ¿Acaso Jesús podrá tener esa misma queja de nosotros que no terminamos de creer con toda nuestra vida en El y convertirnos ante su Palabra? ¿No nos sucede que teniendo la Salvación que Jesús nos ha ganado y nos ofrece, endurecemos nuestro corazón y volvemos a la esclavitud del pecado?
Reconozcamos la salvación que Jesús nos ofrece y vivamos ya para siempre liberados de nuestro pecado.
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domingo, 12 de octubre de 2008
¡Hoy es día de fiesta, tendremos comida especial!
Isaías, 25, 6-10;
Sal. 22;
Filipenses 4, 12-14.19-20;
Mt. 22, 1-14
¡Hoy es día de fiesta, tendremos comida especial! Así pensamos y hacemos cuando tenemos algo especial que celebrar. La comida y el banquete es una categoría clave en nuestras relaciones humanas. Nos reunimos en torno a una mesa cuando queremos celebrar algo, cuando queremos alimentar nuestra amistad, realizar un reencuentro por un distanciamiento largo y difícil y hasta cuando queremos compartir una amargura o un problema. La comida es el mejor signo de comunión, manifiesta alegría y felicidad, y es expresión de solidaridad y de alianza.
Fue una de las señales mesiánicas prefiguradas por los profetas para anunciar esos tiempos nuevos y será una imagen repetida en el evangelio, tanto en los gestos y la vida de Jesús, como en sus parábolas y enseñanzas, hasta culminar en el gran signo definitivo y para siempre de su entrega y de su amor. Todos entendemos que hablamos de la Eucaristía.
El profeta nos ha hablado de esos tiempos nuevos en que se ‘preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, vinos de solera, manjares enjundiosos, vinos generosos’. Días de fiesta y alegría, días en que se ven colmadas todas las esperanzas, días en que desaparece para siempre el luto y el dolor, porque ‘aquel día se dirá: Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación’.
Y Jesús en el evangelio nos dirá que ‘el reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo y mandó a los criados a decir a los convidados... tengo preparado el banquete... todo está a punto. Venid a la boda...’ Luego ante el rechazo de los invitados a venir, ‘los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron... y la sala del banquete se llenó de comensales’.
Cristo que nos llama y nos invita al banquete de la vida. Todos estamos invitados. Y no es un banquete cualquiera. Por las señales que habían dado los profetas tenía que ser una fiesta grande. Y la comida que Cristo nos ha preparado es la gracia más hermosa. Motivo de fiesta y de alegría es nuestra fe y nuestro encuentro con Cristo. Tenemos que decir también: ‘Celebremos y gocemos con su salvación’.
Es Cristo mismo que se nos ofrece. Es Cristo mismo que viene a dar un sabor nuevo a nuestro mundo. Es Cristo mismo que quiere darle un sentido nuevo a nuestra vida, y qué mejor imagen que la del banquete para expresar la alegría de ese encuentro con él, pero para expresar también ese sentido nuevo de las cosas. Comunión, alegría, felicidad, solidaridad, alianza, dijimos antes que se expresaban muy bien cuando nos sentamos alrededor de una mesa para una comida.
Pero ya sabemos. Hubo invitados que no quisieron aceptar la invitación al banquete de bodas porque querían otra cosa para su vida. Tenían tantas cosas de las que ocuparse; había tantas cosas que consideraban más importantes para su vida; era otra cosa lo que preferían: sus tierras, sus negocios, su manera de vivir. Su rechazo incluso se convirtió en señal de muerte. ‘Echaron mano de los criados y los maltrataron hasta matarlos... envió sus tropas que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad...’
Es el interrogante que se nos platea. Nosotros, ¿qué hacemos? Ante el Evangelio que Cristo nos ofrece, ante la salvación que os regala, ante el banquete de vida al que nos invita, ¿cuál es nuestra reacción y nuestra respuesta? Muy fácil es decir que nosotros sí respondemos y aceptamos la salvación que nos ofrece, pero tenemos que confrontarlo con la realidad de nuestra vida. Y tendríamos que preguntarnos por la alegría de nuestra fe, por el amor con el que llenamos nuestra vida, por las actitudes que tenemos hacia los otros, por la generosidad de nuestro corazón, por el amor y la defensa de la vida, de toda vida. Tendríamos que preguntarnos por el valor que le damos a la Eucaristía y a los sacramentos, por la atención que prestamos a su Palabra. Tendríamos que preguntarnos si de verdad nos preocupamos de vestirnos del traje de fiesta que nos exige para participar en su banquete.
Este es otro aspecto a tener en cuenta en la parábola que Jesús nos ofrece. ‘El rey reparó en uno que no llevaba el traje de fiesta y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?’ Todos entendemos que no se está refiriendo Jesús a trajes o vestiduras externas. Si fuera por las vestiduras externas de pobreza o calamidad, quizá, como nos diría el apóstol Santiago, habría que hacerle ocupar los primeros puestos y no los últimos.
Ese traje de fiesta del que nos quiere hablar Jesús en la parábola va más por las actitudes internas que pueda haber en nuestro corazón; va más por los adornos de amor, de generosidad con que hemos de revestir nuestro corazón; va más por esa pureza interior de un corazón limpio de pecado; va más por la santidad que ha de resplandecer en nuestra vida y que tenemos que esforzarnos en alcanzar. Un corazón que no le da cabida al amor, que no es generoso o que hace discriminación con el hermano, un corazón lleno de amargura o de rencor, orgulloso y engreído de sí mismo no es un corazón con traje de fiesta para participar en el banquete que nos ofrece el Señor.
Que el banquete al que estamos invitados nos llene de la verdadera alegría, transforme nuestro corazón, nos impulse a la verdadera solidaridad y comunión, nos haga sentir con deseos de superación, de crecimiento en la fe y en el amor, siembre en nosotros la esperanza de la salvación. Purifiquemos nuestro corazón para vestirnos del traje de fiesta. Que en verdad podamos decir con toda la certeza de nuestra fe: ‘Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación’, la mano del Señor está sobre nosotros.
Hoy es día de fiesta. Tenemos una comida especial: Cristo mismo se nos da como alimento y como vida.
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sábado, 11 de octubre de 2008
Tus pensamientos y tus deseos son vida para mí
Gál. 3, 22-29
Sal. 104
Lc. 11, 27-28
‘¡Dichoso el vientre que te llevó los pechos que te criaron!’ Fue la exclamación entusiasta de una mujer anónima en medio del gentío al escuchar a Jesús y ver sus obras. La voz popular suele tener esas expresiones espontáneas cuando ve algo en alguien que le entusiasma. Pero fue una alabanza a María, la Madre de Jesús.
Ella proféticamente ya lo había cantado en su visita a su prima Isabel. ‘Dichosa me llamarán todas las generaciones’ cuando reconocía las maravillas que el Señor había hecho en su pequeñez y humildad. Y allí estaba ese primer grito espontáneo, aunque ya antes María había recibido algunas felicitaciones.
Dichosa la había llamado también el ángel de la Anunciación en Nazaret. ‘Alégrate, la llena de gracia’, alégrate, llénate de alegría, sé dichosa porque estás llena de la gracia del Señor. Dichosa porque Dios está contigo. Dichosa porque Dios ha puesto en ti sus ojos. Dichosa porque el Hijo que va a nacer de ti, ‘será grande, será el Hijo del Altísimo’.
También la había llamado dichosa su prima cuando la recibió en su casa. Dichosa se sentía ella y dichosa la llamaba porque era la Madre de su Señor. ‘¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’. Dichosa por tu fe, porque dijiste sí y se van a realizar cosas grandes en ti.
Pero ahora será su propio Hijo Jesús el que la va a llamar dichosa. ‘¡Dichosa porque escucha la Palabra de Dios y la cumple!’ Dichosa porque plantó la Palabra de Dios en su corazón. Allí estaba en sus entrañas se plantó la Palabra de Dios, el Verbo de Dios, para hacerse carne. Dichosa María, porque no sólo en aquel momento ella supo acoger la Palabra de Dios en su vida, sino que era una constante de su existir. Ella rumiaba en su corazón todo lo que el Señor le había ido manifestando. Por eso ella es dichosa también.
Pero estas palabras de Jesús que perfectamente fueron dichas por su madre, fueron dichas también por todos aquellos que acogen la Palabra de Dios en su vida y la llevan a la práctica. ‘Mejor, diría Jesús como réplica a la mujer anónima y espontánea, ¡dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!’. Esa dicha, esa bienaventuranza de Jesús es para todos lo que la escuchan.
Cuando un día vinieron a decirle que allí estaban su madre y sus hermanos, Jesús se pregunta ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’. Lo hemos reflexionado muchas veces. Somos la familia de Jesús porque acogemos en nuestro corazón su Palabra. Como María. También cuando decimos sí a la Palabra, estamos siendo llamados dichosos. Dichosos también nosotros por nuestra fe. Dichosos porque también Dios ha vuelto su rostro sobre nosotros y nos ha llenado de su gracia.
Por el bautismo nosotros nos hemos unido a Cristo. Nos hemos hecho una sola cosa con Cristo, porque nos hemos llenado de su vida para en El ser también hijos de Dios. Nos lo ha dicho hoy también san Pablo. ‘Porque todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Los que os habéis incorporado a Cristo por el Bautismo, os habéis revestido de Cristo’. Revestidos de Cristo, llenos de la vida de Cristo, para ser otros Cristos. Por eso nos continuará diciendo ‘ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús’. Unidos a Jesús en su propia vida. Plantando así en nosotros su Palabra de vida para dar fruto. Acogiendo así su Palabra y haciéndola vida de nuestra vida.
¿Qué es lo que se dicen dos enamorados? Tus pensamientos y deseos son órdenes para mí. Nosotros queremos darle también nuestro sí y nuestro amor al Señor. Sus pensamientos, sus deseos, su voluntad son para nosotros órdenes, mandatos que vamos a cumplir en nuestra vida. No a regañadientes, sino brotando de la voluntad y el querer libre de nuestro amor. Queremos que su Palabra sea nuestra vida, nuestro norte, nuestra razón de ser.
Gocémonos en esa dicha de la fe, de ser cristiano, de vivir la vida de Cristo, de estar así revestidos de Cristo. A eso nos lleva la Palabra de Dios escuchada y plantada en nuestro corazón.
Sal. 104
Lc. 11, 27-28
‘¡Dichoso el vientre que te llevó los pechos que te criaron!’ Fue la exclamación entusiasta de una mujer anónima en medio del gentío al escuchar a Jesús y ver sus obras. La voz popular suele tener esas expresiones espontáneas cuando ve algo en alguien que le entusiasma. Pero fue una alabanza a María, la Madre de Jesús.
Ella proféticamente ya lo había cantado en su visita a su prima Isabel. ‘Dichosa me llamarán todas las generaciones’ cuando reconocía las maravillas que el Señor había hecho en su pequeñez y humildad. Y allí estaba ese primer grito espontáneo, aunque ya antes María había recibido algunas felicitaciones.
Dichosa la había llamado también el ángel de la Anunciación en Nazaret. ‘Alégrate, la llena de gracia’, alégrate, llénate de alegría, sé dichosa porque estás llena de la gracia del Señor. Dichosa porque Dios está contigo. Dichosa porque Dios ha puesto en ti sus ojos. Dichosa porque el Hijo que va a nacer de ti, ‘será grande, será el Hijo del Altísimo’.
También la había llamado dichosa su prima cuando la recibió en su casa. Dichosa se sentía ella y dichosa la llamaba porque era la Madre de su Señor. ‘¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’. Dichosa por tu fe, porque dijiste sí y se van a realizar cosas grandes en ti.
Pero ahora será su propio Hijo Jesús el que la va a llamar dichosa. ‘¡Dichosa porque escucha la Palabra de Dios y la cumple!’ Dichosa porque plantó la Palabra de Dios en su corazón. Allí estaba en sus entrañas se plantó la Palabra de Dios, el Verbo de Dios, para hacerse carne. Dichosa María, porque no sólo en aquel momento ella supo acoger la Palabra de Dios en su vida, sino que era una constante de su existir. Ella rumiaba en su corazón todo lo que el Señor le había ido manifestando. Por eso ella es dichosa también.
Pero estas palabras de Jesús que perfectamente fueron dichas por su madre, fueron dichas también por todos aquellos que acogen la Palabra de Dios en su vida y la llevan a la práctica. ‘Mejor, diría Jesús como réplica a la mujer anónima y espontánea, ¡dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!’. Esa dicha, esa bienaventuranza de Jesús es para todos lo que la escuchan.
Cuando un día vinieron a decirle que allí estaban su madre y sus hermanos, Jesús se pregunta ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’. Lo hemos reflexionado muchas veces. Somos la familia de Jesús porque acogemos en nuestro corazón su Palabra. Como María. También cuando decimos sí a la Palabra, estamos siendo llamados dichosos. Dichosos también nosotros por nuestra fe. Dichosos porque también Dios ha vuelto su rostro sobre nosotros y nos ha llenado de su gracia.
Por el bautismo nosotros nos hemos unido a Cristo. Nos hemos hecho una sola cosa con Cristo, porque nos hemos llenado de su vida para en El ser también hijos de Dios. Nos lo ha dicho hoy también san Pablo. ‘Porque todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Los que os habéis incorporado a Cristo por el Bautismo, os habéis revestido de Cristo’. Revestidos de Cristo, llenos de la vida de Cristo, para ser otros Cristos. Por eso nos continuará diciendo ‘ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús’. Unidos a Jesús en su propia vida. Plantando así en nosotros su Palabra de vida para dar fruto. Acogiendo así su Palabra y haciéndola vida de nuestra vida.
¿Qué es lo que se dicen dos enamorados? Tus pensamientos y deseos son órdenes para mí. Nosotros queremos darle también nuestro sí y nuestro amor al Señor. Sus pensamientos, sus deseos, su voluntad son para nosotros órdenes, mandatos que vamos a cumplir en nuestra vida. No a regañadientes, sino brotando de la voluntad y el querer libre de nuestro amor. Queremos que su Palabra sea nuestra vida, nuestro norte, nuestra razón de ser.
Gocémonos en esa dicha de la fe, de ser cristiano, de vivir la vida de Cristo, de estar así revestidos de Cristo. A eso nos lleva la Palabra de Dios escuchada y plantada en nuestro corazón.
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viernes, 10 de octubre de 2008
No nos dejemos dormir en la pendiente de la tentación
Gál. 3, 7-14
Sal.110
Lc. 11, 15-26
Jesús pasa por el mundo haciendo el bien. Inaugura el Reino de Dios y quiere liberarnos de todas las esclavitudes, para que Dios sea nuestro único Señor. Son los signos que le vemos realizar en el evangelio. Aunque no siempre son bien entendidos, como hemos escuchado hoy. O negaban que lo que hacía lo hacía con el poder de Dios, o aún pedían más signos para creer en El.
Pero Jesús quiere prevenirnos para que en verdad esa liberación que El quiere hacer en nosotros de todo mal y de todo pecado, sea una salvación que permanezca para siempre en nuestra vida. Ya nos había enseñado a orar a Dios pidiendo que no nos dejara caer en la tentación. Pero, como decíamos, esa petición es un compromiso por nuestra parte de no ponernos en la pendiente que nos lleva a la tentación y al pecado. Es lo que quiere explicarnos hoy.
Nos habla del hombre fuerte y bien armado que nos asalta y nos hace caer para referirse a la tentación del maligno que nos quiere llevar al pecado. Pero nos previene también para que, como se suele decir, no nos durmamos en los laureles.
‘Cuando un espíritu inmundo sale de un hombre da vueltas por el desierto buscando un sitio donde descansar; pero como no lo encuentra se dice: volveré a la casa de donde salí. Al volver se la encuentra barrida y arreglada. Entonces va a coger otros siete espíritus peores que él y se mete a vivir allí’.
¿Qué nos quiere decir el Señor? en nuestra lucha contra el mal, ayudados de la gracia del Señor vamos logrando victorias y conseguimos ir superando las tentaciones y el pecado. Llevamos ya una vida más o menos buena, aunque siempre estamos sujetos a nuestras debilidades. Pero tenemos la tentación de que ya no volveremos a caer en el mismo pecado, ‘eso yo no lo volveré a hacer’, nos decimos. Y nos confiamos. Y quizá aflojamos la vigilancia espiritual. No tenemos quizá la misma intensidad de la oración por un motivo o por otro. Pero la tentación puede volver. De hecho vuelve, y cuántas veces volvemos a caer en la misma tentación y el mismo pecado que pensábamos que ya teníamos superado.
Quizá no son cosas graves en las que hemos fallado, pero como nos consentimos pequeñas cosas que decimos, bueno, eso son pecados pequeños, ya me superaré en los grandes, resulta que al final volvemos otra vez a lo malo y al pecado.
Es la vigilancia que nos pide el Señor que tenemos que tener. No nos podemos confiar, porque siempre estamos sujetos a la tentación. Por eso siempre hemos de rezar con todo sentido y con toda fuerza ‘no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal’. Siempre tenemos que estar vigilantes para no ponernos, como decíamos en la pendiente del pecado.
Un camino de superación. Un camino de crecimiento espiritual continuo. Tengamos en cuenta que cuando no estamos esforzándonos en subir, fácilmente estamos dejándonos arrastrar por la pendiente que nos puede llevar de nuevo al pecado. En la vida espiritual no nos podemos dejar dormir nunca.
‘Vigilad y orad, que el espíritu está pronto, pero la carne es débil’, recordamos que le decía Jesús a los discípulos en el Huerto de Getsemaní. Se dejaron dormir, se dispersaron y huyeron, Pedro cayó en la tentación de la negación. Mantengamos con toda intensidad nuestra vida espiritual, nuestra oración, nuestra unión con el Señor, la escucha de Dios en nuestro corazón.
Contemos siempre con la gracia del Señor.
Sal.110
Lc. 11, 15-26
Jesús pasa por el mundo haciendo el bien. Inaugura el Reino de Dios y quiere liberarnos de todas las esclavitudes, para que Dios sea nuestro único Señor. Son los signos que le vemos realizar en el evangelio. Aunque no siempre son bien entendidos, como hemos escuchado hoy. O negaban que lo que hacía lo hacía con el poder de Dios, o aún pedían más signos para creer en El.
Pero Jesús quiere prevenirnos para que en verdad esa liberación que El quiere hacer en nosotros de todo mal y de todo pecado, sea una salvación que permanezca para siempre en nuestra vida. Ya nos había enseñado a orar a Dios pidiendo que no nos dejara caer en la tentación. Pero, como decíamos, esa petición es un compromiso por nuestra parte de no ponernos en la pendiente que nos lleva a la tentación y al pecado. Es lo que quiere explicarnos hoy.
Nos habla del hombre fuerte y bien armado que nos asalta y nos hace caer para referirse a la tentación del maligno que nos quiere llevar al pecado. Pero nos previene también para que, como se suele decir, no nos durmamos en los laureles.
‘Cuando un espíritu inmundo sale de un hombre da vueltas por el desierto buscando un sitio donde descansar; pero como no lo encuentra se dice: volveré a la casa de donde salí. Al volver se la encuentra barrida y arreglada. Entonces va a coger otros siete espíritus peores que él y se mete a vivir allí’.
¿Qué nos quiere decir el Señor? en nuestra lucha contra el mal, ayudados de la gracia del Señor vamos logrando victorias y conseguimos ir superando las tentaciones y el pecado. Llevamos ya una vida más o menos buena, aunque siempre estamos sujetos a nuestras debilidades. Pero tenemos la tentación de que ya no volveremos a caer en el mismo pecado, ‘eso yo no lo volveré a hacer’, nos decimos. Y nos confiamos. Y quizá aflojamos la vigilancia espiritual. No tenemos quizá la misma intensidad de la oración por un motivo o por otro. Pero la tentación puede volver. De hecho vuelve, y cuántas veces volvemos a caer en la misma tentación y el mismo pecado que pensábamos que ya teníamos superado.
Quizá no son cosas graves en las que hemos fallado, pero como nos consentimos pequeñas cosas que decimos, bueno, eso son pecados pequeños, ya me superaré en los grandes, resulta que al final volvemos otra vez a lo malo y al pecado.
Es la vigilancia que nos pide el Señor que tenemos que tener. No nos podemos confiar, porque siempre estamos sujetos a la tentación. Por eso siempre hemos de rezar con todo sentido y con toda fuerza ‘no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal’. Siempre tenemos que estar vigilantes para no ponernos, como decíamos en la pendiente del pecado.
Un camino de superación. Un camino de crecimiento espiritual continuo. Tengamos en cuenta que cuando no estamos esforzándonos en subir, fácilmente estamos dejándonos arrastrar por la pendiente que nos puede llevar de nuevo al pecado. En la vida espiritual no nos podemos dejar dormir nunca.
‘Vigilad y orad, que el espíritu está pronto, pero la carne es débil’, recordamos que le decía Jesús a los discípulos en el Huerto de Getsemaní. Se dejaron dormir, se dispersaron y huyeron, Pedro cayó en la tentación de la negación. Mantengamos con toda intensidad nuestra vida espiritual, nuestra oración, nuestra unión con el Señor, la escucha de Dios en nuestro corazón.
Contemos siempre con la gracia del Señor.
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jueves, 9 de octubre de 2008
Al que llama a la puerta de Dios, siempre se le abre
Gál. 3. 1-5
Cántico de Zacarías, Lc. 1, 69-75
Lc. 11, 5, 13
Ayer escuchábamos que un discípulo le pedía a Jesús que les enseñase a orar. Y Jesús nos dejó lo que tenía que ser el modelo de nuestra oración. Ya reflexionábamos ayer sobre ello. Pero hoy, en estos versículos que son una continuación literal, Jesús nos insiste en la oración hablándonos de la perseverancia y de la confianza.
Algunas veces parece que la oración no nos dijera nada. Nos sentimos fríos, sin entusiasmo ni fervor, nos parece que no somos escuchados ni atendidos por el Señor, y hasta tenemos la tentación de dejar a un lado la oración. Pero Jesús nos dice que tenemos que ser perseverantes. Y nos propone el ejemplo del amigo que acude a su amigo para pedir ayuda. Sólo la insistencia logrará que el amigo le preste la ayuda que necesita. ‘Al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite’.
No se trata ya de la importunidad sino de la confianza. Sabemos que a quien acudimos es a Dios que es nuestro Padre, un Padre más bueno que todos los padres de la tierra juntos. Y si nuestro padre terreno nos dará lo que necesitemos, cuánto más lo hará Dios con nosotros.
Muchas veces en la oración no es que Dios no nos responda, sino que quizá nosotros no sabemos pedir o no sabemos descubrir el modo de respondernos Dios. La puerta de Dios que se abre para que entremos a estar con El algunas veces puede abrirse de una manera imperceptible que si no estamos lo suficiente atentos no nos daremos cuenta. Nada nos puede distraer para oír su voz, para sentir su presencia, para gozarnos de su amor. El nos dará siempre y nos dirá lo mejor que nosotros necesitemos.
‘Pues yo os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide, recibe, quien busca, halla, y al que llama, se le abre...’ El Señor siempre abre sus puerta para que vayamos a estar con El. El Señor siempre escucha nuestra oración. El Señor siempre quiere regalarnos con su presencia.
Dejemos a un lado apegos, intereses, preocupaciones, afectos del corazón, caprichos, cosas que nos distraigan y nos impidan escuchar a Dios. Si llenamos el corazón de muchas cosas, no le daremos cabida a Dios. Y tenemos el corazón tan ocupado, nos afanamos por tantas cosas... Es necesario vaciar el corazón para ir hasta Dios.
Muchas veces nos sucede también que una situación de debilidad o de pecado de la que nos cuesta arrancarnos y con la que queremos andar como a dos velas, nos va a impedir tener libre el corazón totalmente para Dios. Liberémonos. Arranquemos esos apegos de nuestro corazón. No tratemos de estar nadando a dos aguas. Si buscamos a Dios, que sea sólo Dios el que llene nuestro corazón. Y así podremos encontrarnos con El, y El nos escuchará.
‘Llamad y se os abrirá... porque al que llama...’ el Señor siempre le abre.
Cántico de Zacarías, Lc. 1, 69-75
Lc. 11, 5, 13
Ayer escuchábamos que un discípulo le pedía a Jesús que les enseñase a orar. Y Jesús nos dejó lo que tenía que ser el modelo de nuestra oración. Ya reflexionábamos ayer sobre ello. Pero hoy, en estos versículos que son una continuación literal, Jesús nos insiste en la oración hablándonos de la perseverancia y de la confianza.
Algunas veces parece que la oración no nos dijera nada. Nos sentimos fríos, sin entusiasmo ni fervor, nos parece que no somos escuchados ni atendidos por el Señor, y hasta tenemos la tentación de dejar a un lado la oración. Pero Jesús nos dice que tenemos que ser perseverantes. Y nos propone el ejemplo del amigo que acude a su amigo para pedir ayuda. Sólo la insistencia logrará que el amigo le preste la ayuda que necesita. ‘Al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite’.
No se trata ya de la importunidad sino de la confianza. Sabemos que a quien acudimos es a Dios que es nuestro Padre, un Padre más bueno que todos los padres de la tierra juntos. Y si nuestro padre terreno nos dará lo que necesitemos, cuánto más lo hará Dios con nosotros.
Muchas veces en la oración no es que Dios no nos responda, sino que quizá nosotros no sabemos pedir o no sabemos descubrir el modo de respondernos Dios. La puerta de Dios que se abre para que entremos a estar con El algunas veces puede abrirse de una manera imperceptible que si no estamos lo suficiente atentos no nos daremos cuenta. Nada nos puede distraer para oír su voz, para sentir su presencia, para gozarnos de su amor. El nos dará siempre y nos dirá lo mejor que nosotros necesitemos.
‘Pues yo os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide, recibe, quien busca, halla, y al que llama, se le abre...’ El Señor siempre abre sus puerta para que vayamos a estar con El. El Señor siempre escucha nuestra oración. El Señor siempre quiere regalarnos con su presencia.
Dejemos a un lado apegos, intereses, preocupaciones, afectos del corazón, caprichos, cosas que nos distraigan y nos impidan escuchar a Dios. Si llenamos el corazón de muchas cosas, no le daremos cabida a Dios. Y tenemos el corazón tan ocupado, nos afanamos por tantas cosas... Es necesario vaciar el corazón para ir hasta Dios.
Muchas veces nos sucede también que una situación de debilidad o de pecado de la que nos cuesta arrancarnos y con la que queremos andar como a dos velas, nos va a impedir tener libre el corazón totalmente para Dios. Liberémonos. Arranquemos esos apegos de nuestro corazón. No tratemos de estar nadando a dos aguas. Si buscamos a Dios, que sea sólo Dios el que llene nuestro corazón. Y así podremos encontrarnos con El, y El nos escuchará.
‘Llamad y se os abrirá... porque al que llama...’ el Señor siempre le abre.
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miércoles, 8 de octubre de 2008
Una oración que es compromiso
Gál. 2, 1-2.7-14
Sal. 116
Lc. 11, 1-4
‘Enséñanos a orar, Señor, como Juan enseñó a sus discípulos...’ Jesús estaba orando en cierto lugar y un discípulo se acerca para hacerle la petición. Lo hemos meditado y reflexionado quizá muchas veces. Hoy lo hacemos con el texto de san Lucas, que tiene unas ligeras diferencias al texto paralelo de san Mateo, pero que en su contenido fundamental es el mismo.
Mucho tenemos que pedirle al Señor que nos enseñe a orar. No con oraciones aprendidas de memoria, sino para que oremos con su mismo espíritu. Porque Jesús lo que quiere darnos es un estilo y un sentido de la oración. Hubieran valido los salmos que eran la oración del pueblo creyente. Pero los discípulos quieren algo más y Jesús quiere darnos un nuevo sentido. Una mayor profundidad.
El nos concede el don del Espíritu, el Espíritu que nos hace hijos, para que podamos llamar a Dios ‘Abba’, Padre. Por ahí comienza Jesús. Es la primera palabra que nos enseña a pronunciar, como el niño pequeño que es la primera palabra que comienza a pronunciar cuando se siente hijo: ‘Abba’. Y ya con esa palabra nos está enseñando a entrar en una nueva relación con Dios. Somos hijos. Dios es nuestro Padre.
En el texto que nos ofrece san Lucas de la oración que nos enseña Jesús podemos diferenciar como tres partes, o tres momentos: los intereses de Dios, las necesidades de los hombres, y un camino de rectitud y justicia.
Los intereses de Dios: la gloria del Señor siempre y por encima de todo. A El la gloria, el honor... ‘Santificado sea tu nombre... venga tu reino...’ El nombre del Señor es santo y nosotros hemos de santificarlo y glorificarlo. Es el Señor, pertenecemos a su Reino y en su Reino queremos vivir.
Las necesidades de los hombres. ‘Danos cada día el pan del mañana...’ Ahí estamos con nuestras necesidades, el pan, la vida, todo lo necesario para subsistir. Todo nos viene de Dios. A El nos confiamos y acudimos, porque es nuestro Padre providente.
Un camino de rectitud y justicia. El Señor nos santifica para que podamos realizarlo. Sin El nada somos ni nada podemos hacer. El nos librará de todo mal, comenzado por nuestro pecado. ‘Perdónanos nuestros pecados... y no nos dejes caer en la tentación...’
Todo siempre entonces para la gloria de Dios. Gloria al Dios tres veces santo. Y santificamos el nombre del Señor con nuestra santidad. Mal diremos que queremos santificar el nombre del Señor si nosotros no queremos ser santos. Por eso esta oración al buscar la gloria del Señor nos compromete. No la podemos decir de cualquier manera. Tenemos que buscar la santidad. Tenemos que poner por nuestra parte todo lo que sea necesario para que podamos vivir esa santidad de Dios.
Decir que venga el Reino de Dios, es decir que nosotros queremos pertenecer al Reino de Dios con todas sus consecuencias. Que queremos también que todos puedan pertenecer a ese Reino de Dios, que en todos se den esas condiciones para la pertenencia al Reino de Dios. Nos compromete a vivir en sus características, en sus valores, en ese reconocimiento del Señorío de Dios en nuestra vida, en su anuncio.
Si pedimos que nos dé ‘cada día nuestro pan del mañana’, estamos comprometiéndonos a mucho. No es sólo mi pan, sino nuestro pan. Queremos el pan para todos los hombres, y pedir el pan para todos los hombres es que todos puedan vivir en dignidad, con una vida digna, con todo lo necesario no sólo para su subsistencia sino también para el desarrollo personal de cada uno pero también para el crecimiento justo de nuestro mundo. Lo pedimos no para que se nos dé milagrosamente sino de forma comprometida para hacerlo realidad para todos los hombres. De ahí nace la responsabilidad de nuestra vida y de nuestro trabajo, nuestras relaciones justas, nuestra solidaridad, que nos aleja de todo tipo de egoísmo e injusticia.
La gloria del Señor exige nuestra santidad, decíamos. Pero ya sabemos cómo somos y cuánta debilidad y pecado hay en nuestra vida. Por eso pedimos ‘perdónanos nuestros pecados’. Y el Seños nos perdona y nos purifica, que es ponernos en un camino de actitudes nuevas, de sentimientos nuevos; actitudes y sentimientos que pasan por el amor y por el perdón, por dar nosotros generosamente también nuestro perdón, por la búsqueda del bien y de la justicia, por el compromiso por crear esa civilización nueva, que Juan Pablo II llamaba ‘la civilización del amor’.
Y no lo hacemos solos, sino confiando en la fuerza y en la gracia del Señor. Nos sentimos tentados tantas veces a la vuelta atrás. Por eso pedimos que no nos falte nunca esa fuerza del Señor, ‘no nos dejes caer en la tentación’.
‘Enséñanos a orar’, le pedíamos al Señor. Y nos propone Jesús un hermoso modelo de oración, una forma comprometida de orar.
Sal. 116
Lc. 11, 1-4
‘Enséñanos a orar, Señor, como Juan enseñó a sus discípulos...’ Jesús estaba orando en cierto lugar y un discípulo se acerca para hacerle la petición. Lo hemos meditado y reflexionado quizá muchas veces. Hoy lo hacemos con el texto de san Lucas, que tiene unas ligeras diferencias al texto paralelo de san Mateo, pero que en su contenido fundamental es el mismo.
Mucho tenemos que pedirle al Señor que nos enseñe a orar. No con oraciones aprendidas de memoria, sino para que oremos con su mismo espíritu. Porque Jesús lo que quiere darnos es un estilo y un sentido de la oración. Hubieran valido los salmos que eran la oración del pueblo creyente. Pero los discípulos quieren algo más y Jesús quiere darnos un nuevo sentido. Una mayor profundidad.
El nos concede el don del Espíritu, el Espíritu que nos hace hijos, para que podamos llamar a Dios ‘Abba’, Padre. Por ahí comienza Jesús. Es la primera palabra que nos enseña a pronunciar, como el niño pequeño que es la primera palabra que comienza a pronunciar cuando se siente hijo: ‘Abba’. Y ya con esa palabra nos está enseñando a entrar en una nueva relación con Dios. Somos hijos. Dios es nuestro Padre.
En el texto que nos ofrece san Lucas de la oración que nos enseña Jesús podemos diferenciar como tres partes, o tres momentos: los intereses de Dios, las necesidades de los hombres, y un camino de rectitud y justicia.
Los intereses de Dios: la gloria del Señor siempre y por encima de todo. A El la gloria, el honor... ‘Santificado sea tu nombre... venga tu reino...’ El nombre del Señor es santo y nosotros hemos de santificarlo y glorificarlo. Es el Señor, pertenecemos a su Reino y en su Reino queremos vivir.
Las necesidades de los hombres. ‘Danos cada día el pan del mañana...’ Ahí estamos con nuestras necesidades, el pan, la vida, todo lo necesario para subsistir. Todo nos viene de Dios. A El nos confiamos y acudimos, porque es nuestro Padre providente.
Un camino de rectitud y justicia. El Señor nos santifica para que podamos realizarlo. Sin El nada somos ni nada podemos hacer. El nos librará de todo mal, comenzado por nuestro pecado. ‘Perdónanos nuestros pecados... y no nos dejes caer en la tentación...’
Todo siempre entonces para la gloria de Dios. Gloria al Dios tres veces santo. Y santificamos el nombre del Señor con nuestra santidad. Mal diremos que queremos santificar el nombre del Señor si nosotros no queremos ser santos. Por eso esta oración al buscar la gloria del Señor nos compromete. No la podemos decir de cualquier manera. Tenemos que buscar la santidad. Tenemos que poner por nuestra parte todo lo que sea necesario para que podamos vivir esa santidad de Dios.
Decir que venga el Reino de Dios, es decir que nosotros queremos pertenecer al Reino de Dios con todas sus consecuencias. Que queremos también que todos puedan pertenecer a ese Reino de Dios, que en todos se den esas condiciones para la pertenencia al Reino de Dios. Nos compromete a vivir en sus características, en sus valores, en ese reconocimiento del Señorío de Dios en nuestra vida, en su anuncio.
Si pedimos que nos dé ‘cada día nuestro pan del mañana’, estamos comprometiéndonos a mucho. No es sólo mi pan, sino nuestro pan. Queremos el pan para todos los hombres, y pedir el pan para todos los hombres es que todos puedan vivir en dignidad, con una vida digna, con todo lo necesario no sólo para su subsistencia sino también para el desarrollo personal de cada uno pero también para el crecimiento justo de nuestro mundo. Lo pedimos no para que se nos dé milagrosamente sino de forma comprometida para hacerlo realidad para todos los hombres. De ahí nace la responsabilidad de nuestra vida y de nuestro trabajo, nuestras relaciones justas, nuestra solidaridad, que nos aleja de todo tipo de egoísmo e injusticia.
La gloria del Señor exige nuestra santidad, decíamos. Pero ya sabemos cómo somos y cuánta debilidad y pecado hay en nuestra vida. Por eso pedimos ‘perdónanos nuestros pecados’. Y el Seños nos perdona y nos purifica, que es ponernos en un camino de actitudes nuevas, de sentimientos nuevos; actitudes y sentimientos que pasan por el amor y por el perdón, por dar nosotros generosamente también nuestro perdón, por la búsqueda del bien y de la justicia, por el compromiso por crear esa civilización nueva, que Juan Pablo II llamaba ‘la civilización del amor’.
Y no lo hacemos solos, sino confiando en la fuerza y en la gracia del Señor. Nos sentimos tentados tantas veces a la vuelta atrás. Por eso pedimos que no nos falte nunca esa fuerza del Señor, ‘no nos dejes caer en la tentación’.
‘Enséñanos a orar’, le pedíamos al Señor. Y nos propone Jesús un hermoso modelo de oración, una forma comprometida de orar.
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martes, 7 de octubre de 2008
Una oración como la del cenáculo, el rosario
Hechos, 1, 12-14
Cántico de María, Lc.1, 47-55
Lc. 1, 26-38
‘Todos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la madre de Jesús y con los hermanos...’ Fue después de la Ascensión de Jesús al cielo. Les había dicho que no se alejaran de Jerusalén hasta que se cumpliera la promesa que les había hecho de enviarles el Espíritu Santo. Y ahí están ‘unánimes en la oración’, y allí está ‘María, la Madre de Jesús’.
¿Cómo sería aquella oración con María? Por el corazón de María y de los Apóstoles estaría pasando todo lo sucedido. En su corazón estaría muy presente todo el misterio de Jesús que aún no habían terminado de comprender en toda su totalidad. Había de venir el Espíritu Santo ‘que les enseñaría la verdad plena’. La vida de Jesús en todos sus detalles, sus palabras, sus hechos, sus milagros, su muerte y sus manifestaciones resucitado a los apóstoles y a los discípulos, también a su Madre aunque el evangelio no lo mencione, hasta su Ascensión al cielo. Sería un rumiar una y otra vez todos aquellos acontecimientos, para tratar de ahondar más y más en el misterio de Cristo.
Creo que la oración de María junto a los Apóstoles en el Cenáculo en la espera de Pentecostés nos está enseñando lo que debe ser nuestra oración. En nuestra oración acudimos muchas veces muy preocupados por pedirle muchas cosas a Dios. vamos a la oración como quien va a despachar y lleva una lista de las cosas que tenemos que pedirle a Dios.
De María tenemos que aprender a orar, a escuchar, a contemplar, a rumiar el misterio de Dios. Saborear que nos encontramos en la presencia del Señor. Dejarnos inundar por El, por su amor, por su vida. Gozarnos en que podamos sentirnos amados de Dios. Llenarnos del misterio de Dios, de su vida, de su gracia.
Cuando nos sentimos así en su presencia, sentimos la mirada de Dios sobre nosotros, y al mismo tiempo comenzamos nosotros a mirar de distinta manera nuestra propia vida, las situaciones en que nos encontremos, los problemas que tengamos. Es la luz de Dios que nos ilumina y nos da un nuevo sentido de las cosas. Es la Palabra de Dios que escuchamos allá en lo íntimo del corazón y ya comenzaremos a actuar de distinta manera. Porque es la mirada de Di9os la que tenemos; porque será en el actuar de Dios cómo actuemos.
Esa fue la oración de María en Nazaret cuando llegó hasta ella el ángel de la Anunciación. Ante el saludo del ángel que la llamaba la ‘llena de gracia’, la inundada de la presencia del Señor, ‘el Señor está contigo’, Dios había vuelto su mirada sobre ella, se siente anonada, ‘se turbó y se preguntaba qué saludo era aquel’, que dice el evangelista. ¿Qué hacía María? Rumiaba allá en su interior, en su corazón, todo aquel Misterio de Dios que se le estaba manifestando. Se sentía pequeña, pero reconocía cómo el Señor hacía en ella cosas grandes y maravillosas. Se ponía en las manos de Dios, como la humilde esclava, y aceptaba el plan de Dios para su vida. Era su oración. Oración maravillosa que la hacía llenarse de Dios.
Derrama tu gracia en nuestro corazón, a cuantos hemos llegado a conocer el Misterio de Dios, el Misterio del Dios que se encarna, que se hace carne y presente entre nosotros. Dios que llega a nuestra vida, aunque seamos pequeños, por su gracia. Dios que viene a nosotros para darnos su salvación. Que por la Pasión y la Cruz, por su obra redentora, lleguemos a la Resurrección, a la vida nueva con la intercesión de María.
Intercesión de María, ¿para qué? Para llegar a la vida nueva de la salvación. Es lo que nos viene a ofrecer María. Lo más grande y más hermoso que nos puede dar. ¿Es lo que realmente es nuestra oración y la intercesión que invocamos de María?
Así tiene que ser nuestra oración a María. El Rosario que rezamos invocando a María tiene que ser una oración como la del Cenáculo. Mientras vamos desgranando las Avemarías como saludo a María tenemos que ir sabiendo contemplar todo el Misterio de Cristo, todo el Misterio de nuestra salvación. No es simplemente pasar las cuentas de un instrumento – el rosario – ni simplemente desgranar Avemarías. Tiene que ser algo más.
¿Qué significa el que en cada uno de sus partes vayamos recordando distintos misterios de la vida de Jesús? No es simplemente un enunciado ritual que hacemos antes de comenzar a rezar nuestro Padrenuestros y nuestras Avemarías. Es el Misterio de Cristo que hemos de contemplar, que tenemos que rumiar en ese momento de nuestra oración. Como María y los Apóstoles rumiaban el Misterio de Cristo en el Cenáculo. Y algunas veces cuando llegamos a la cuarta Avemaría ya ni nos acordamos cuál fue el Misterio que enunciamos.
Que de María aprendamos a contemplar y rumiar el Misterio de Dios que se está haciendo presente en nuestra vida. Que de María aprendamos a hacer una profunda y viva oración.
Cántico de María, Lc.1, 47-55
Lc. 1, 26-38
‘Todos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la madre de Jesús y con los hermanos...’ Fue después de la Ascensión de Jesús al cielo. Les había dicho que no se alejaran de Jerusalén hasta que se cumpliera la promesa que les había hecho de enviarles el Espíritu Santo. Y ahí están ‘unánimes en la oración’, y allí está ‘María, la Madre de Jesús’.
¿Cómo sería aquella oración con María? Por el corazón de María y de los Apóstoles estaría pasando todo lo sucedido. En su corazón estaría muy presente todo el misterio de Jesús que aún no habían terminado de comprender en toda su totalidad. Había de venir el Espíritu Santo ‘que les enseñaría la verdad plena’. La vida de Jesús en todos sus detalles, sus palabras, sus hechos, sus milagros, su muerte y sus manifestaciones resucitado a los apóstoles y a los discípulos, también a su Madre aunque el evangelio no lo mencione, hasta su Ascensión al cielo. Sería un rumiar una y otra vez todos aquellos acontecimientos, para tratar de ahondar más y más en el misterio de Cristo.
Creo que la oración de María junto a los Apóstoles en el Cenáculo en la espera de Pentecostés nos está enseñando lo que debe ser nuestra oración. En nuestra oración acudimos muchas veces muy preocupados por pedirle muchas cosas a Dios. vamos a la oración como quien va a despachar y lleva una lista de las cosas que tenemos que pedirle a Dios.
De María tenemos que aprender a orar, a escuchar, a contemplar, a rumiar el misterio de Dios. Saborear que nos encontramos en la presencia del Señor. Dejarnos inundar por El, por su amor, por su vida. Gozarnos en que podamos sentirnos amados de Dios. Llenarnos del misterio de Dios, de su vida, de su gracia.
Cuando nos sentimos así en su presencia, sentimos la mirada de Dios sobre nosotros, y al mismo tiempo comenzamos nosotros a mirar de distinta manera nuestra propia vida, las situaciones en que nos encontremos, los problemas que tengamos. Es la luz de Dios que nos ilumina y nos da un nuevo sentido de las cosas. Es la Palabra de Dios que escuchamos allá en lo íntimo del corazón y ya comenzaremos a actuar de distinta manera. Porque es la mirada de Di9os la que tenemos; porque será en el actuar de Dios cómo actuemos.
Esa fue la oración de María en Nazaret cuando llegó hasta ella el ángel de la Anunciación. Ante el saludo del ángel que la llamaba la ‘llena de gracia’, la inundada de la presencia del Señor, ‘el Señor está contigo’, Dios había vuelto su mirada sobre ella, se siente anonada, ‘se turbó y se preguntaba qué saludo era aquel’, que dice el evangelista. ¿Qué hacía María? Rumiaba allá en su interior, en su corazón, todo aquel Misterio de Dios que se le estaba manifestando. Se sentía pequeña, pero reconocía cómo el Señor hacía en ella cosas grandes y maravillosas. Se ponía en las manos de Dios, como la humilde esclava, y aceptaba el plan de Dios para su vida. Era su oración. Oración maravillosa que la hacía llenarse de Dios.
Derrama tu gracia en nuestro corazón, a cuantos hemos llegado a conocer el Misterio de Dios, el Misterio del Dios que se encarna, que se hace carne y presente entre nosotros. Dios que llega a nuestra vida, aunque seamos pequeños, por su gracia. Dios que viene a nosotros para darnos su salvación. Que por la Pasión y la Cruz, por su obra redentora, lleguemos a la Resurrección, a la vida nueva con la intercesión de María.
Intercesión de María, ¿para qué? Para llegar a la vida nueva de la salvación. Es lo que nos viene a ofrecer María. Lo más grande y más hermoso que nos puede dar. ¿Es lo que realmente es nuestra oración y la intercesión que invocamos de María?
Así tiene que ser nuestra oración a María. El Rosario que rezamos invocando a María tiene que ser una oración como la del Cenáculo. Mientras vamos desgranando las Avemarías como saludo a María tenemos que ir sabiendo contemplar todo el Misterio de Cristo, todo el Misterio de nuestra salvación. No es simplemente pasar las cuentas de un instrumento – el rosario – ni simplemente desgranar Avemarías. Tiene que ser algo más.
¿Qué significa el que en cada uno de sus partes vayamos recordando distintos misterios de la vida de Jesús? No es simplemente un enunciado ritual que hacemos antes de comenzar a rezar nuestro Padrenuestros y nuestras Avemarías. Es el Misterio de Cristo que hemos de contemplar, que tenemos que rumiar en ese momento de nuestra oración. Como María y los Apóstoles rumiaban el Misterio de Cristo en el Cenáculo. Y algunas veces cuando llegamos a la cuarta Avemaría ya ni nos acordamos cuál fue el Misterio que enunciamos.
Que de María aprendamos a contemplar y rumiar el Misterio de Dios que se está haciendo presente en nuestra vida. Que de María aprendamos a hacer una profunda y viva oración.
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lunes, 6 de octubre de 2008
Acción de gracias, reconciliación y oración
Dt. 8, 7-18
1Cron. 29, 10-12
2Cor. 5, 17-21
Mt. 7, 7-11
‘Tú eres el Señor de todo el universo; a Ti, Señor, la grandeza, el poder, el honor, la majestad y la gloria’. Así queremos confesar con toda nuestra vida el reconocimiento de que Dios es el único Señor de nuestra vida. Cosa que no podemos olvidar en ningún momento, sino que siempre todo lo que hagamos sea para la gloria del Señor.
En este día, al principio del curso, la Iglesia nos invita a celebrar las témporas de Acción de gracias y de petición, y nos ofrece en la liturgia unos hermosos textos de la Palabra de Dios. Merece la pena detenernos a meditarlos, porque nos recuerdan algo que nunca hemos de olvidar.
El primero de los textos es del libro del Deuteronomio, del Antiguo Testamento. Cuando están a punto de terminar el recorrido lleno de austeridad y tentaciones de todo tipo a través del desierto para entrar ya en la tierra que el Señor les había prometido, tierra que manaba leche y miel en la expresión bíblica y en la esperanza del pueblo de Israel, Moisés en nombre del Señor les hace unas graves advertencias. Van a llegar días de prosperidad, van a tener tierras donde plantar para recoger abundantes cosechas, casas donde habitar, y muchos medios que les pueden llevar a la prosperidad y la riqueza.
Pero les advierte: ‘¡Cuidado! No te olvides del Señor, tu Dios, ni dejes de observar los mandamientos, leyes y preceptos que te prescribo... que no se engríe tu corazón ni te olvides del Señor, tu Dios. Fue El quien te sacó del país de Egipto, de aquel lugar de esclavitud, quien te ha conducido a través de ese inmenso y terrible desierto... acuérdate del Señor, tu Dios; El es quien te ha dado fuerza para adquirir esa riqueza, cumpliendo así la Alianza...’
Bueno es recordarlo en el camino de nuestra vida. Mientras vivimos momentos duros y difíciles fácil es acudir al Señor para que nos libere de nuestros males. Pero cuando nos llega la prosperidad y la vida cómoda, qué fácil nos es olvidar al Señor y querer vivir ya la vida prescindiendo de El. ‘Cuidado, no te olvides del Señor, tu Dios...’
En la segunda lectura san Pablo nos invita a la reconciliación y a la paz con nosotros mismos, con los hermanos y con Dios. Es el Señor el que viene en nuestra búsqueda para ofrecernos la reconciliación, ese reencuentro en el corazón. ‘Dios, que nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación... en nombre de Cristo os suplicamos que os dejéis reconciliar con Dios’.
En el Evangelio nos insiste en la confianza con que hemos de orar a Dios. ‘Pedid, y recibiréis, buscad, y encontraréis; llamad y os abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama le abren...’ Con confianza hemos de orar porque oramos a un Dios que nos ama y que es nuestro Padre, un Padre providente que cuida de nosotros y que siempre nos dará lo mejor que necesitemos.
¿Por qué nos ofrece la Iglesia en su liturgia este día de Acción de Gracias y de Petición? En nuestra cultura y en nuestro hemisferio norte ha sido el momento de la culminación de unos trabajos y del descanso veraniego, para reiniciar de nuevo la tarea. En nuestros campos se concluye la recolección de las cosechas con las últimas vendimias, y es el momento de comenzar a preparar la tierra para una nueva siembra y unos nuevos trabajos. Como decíamos, acabado el verano y su descanso, se reanudan las actividades en todos los niveles, y a nivel escolar y de la enseñanza comienza de nuevo año escolar.
Por eso la Iglesia nos invita a realizar este día de acción de gracias y de petición. Todo queremos ponerlo en las manos del Señor. Es reconocer la obra y el actuar de Dios en nuestra vida que de tantas maneras se manifiesta hasta en la hora de recoger el fruto de nuestros trabajos. Y en la abundancia y en la pobreza queremos estar siempre en las manos de Dios. Ahora mismo en nuestra sociedad a nivel de la economía se está pasando por momentos difíciles y es también el momento de saber ponernos con confianza en la manos del Señor, al tiempo que pondremos todo nuestro esfuerzo para superar dificultades.
Por otra parte en toda ocasión hemos de saber mantenernos en paz con Dios y con los hermanos. Por eso, puede ser ocasión propicia para la reconciliación, para el reencuentro con Dios y con los hermanos. Y es que además en toda situación hemos de saber contar con Dios. Es un momento para elevar nuestra oración al Señor, pero una oración verdaderamente universal en la que quepan en nuestro corazón todos los hombres y todas las situaciones que podamos vivir.
Pedimos por la Iglesia, y pedimos en este momento en que reanudan las actividades pastorales de nuestras comunidades para que el Señor bendiga nuestros trabajos y el trabajo de toda la Iglesia para realizar esa nueva evangelización que necesita nuestro mundo. A tener en cuenta también los grandes acontecimientos de la Iglesia universal, como es el Sínodo de los Obispos ayer iniciado en Roma y que durante casi todo este mes de Octubre reflexionará junto al Santo Padre sobre el tema de la Palabra de Dios.
Acción de gracias, reconciliación y oración.
1Cron. 29, 10-12
2Cor. 5, 17-21
Mt. 7, 7-11
‘Tú eres el Señor de todo el universo; a Ti, Señor, la grandeza, el poder, el honor, la majestad y la gloria’. Así queremos confesar con toda nuestra vida el reconocimiento de que Dios es el único Señor de nuestra vida. Cosa que no podemos olvidar en ningún momento, sino que siempre todo lo que hagamos sea para la gloria del Señor.
En este día, al principio del curso, la Iglesia nos invita a celebrar las témporas de Acción de gracias y de petición, y nos ofrece en la liturgia unos hermosos textos de la Palabra de Dios. Merece la pena detenernos a meditarlos, porque nos recuerdan algo que nunca hemos de olvidar.
El primero de los textos es del libro del Deuteronomio, del Antiguo Testamento. Cuando están a punto de terminar el recorrido lleno de austeridad y tentaciones de todo tipo a través del desierto para entrar ya en la tierra que el Señor les había prometido, tierra que manaba leche y miel en la expresión bíblica y en la esperanza del pueblo de Israel, Moisés en nombre del Señor les hace unas graves advertencias. Van a llegar días de prosperidad, van a tener tierras donde plantar para recoger abundantes cosechas, casas donde habitar, y muchos medios que les pueden llevar a la prosperidad y la riqueza.
Pero les advierte: ‘¡Cuidado! No te olvides del Señor, tu Dios, ni dejes de observar los mandamientos, leyes y preceptos que te prescribo... que no se engríe tu corazón ni te olvides del Señor, tu Dios. Fue El quien te sacó del país de Egipto, de aquel lugar de esclavitud, quien te ha conducido a través de ese inmenso y terrible desierto... acuérdate del Señor, tu Dios; El es quien te ha dado fuerza para adquirir esa riqueza, cumpliendo así la Alianza...’
Bueno es recordarlo en el camino de nuestra vida. Mientras vivimos momentos duros y difíciles fácil es acudir al Señor para que nos libere de nuestros males. Pero cuando nos llega la prosperidad y la vida cómoda, qué fácil nos es olvidar al Señor y querer vivir ya la vida prescindiendo de El. ‘Cuidado, no te olvides del Señor, tu Dios...’
En la segunda lectura san Pablo nos invita a la reconciliación y a la paz con nosotros mismos, con los hermanos y con Dios. Es el Señor el que viene en nuestra búsqueda para ofrecernos la reconciliación, ese reencuentro en el corazón. ‘Dios, que nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Cristo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación... en nombre de Cristo os suplicamos que os dejéis reconciliar con Dios’.
En el Evangelio nos insiste en la confianza con que hemos de orar a Dios. ‘Pedid, y recibiréis, buscad, y encontraréis; llamad y os abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama le abren...’ Con confianza hemos de orar porque oramos a un Dios que nos ama y que es nuestro Padre, un Padre providente que cuida de nosotros y que siempre nos dará lo mejor que necesitemos.
¿Por qué nos ofrece la Iglesia en su liturgia este día de Acción de Gracias y de Petición? En nuestra cultura y en nuestro hemisferio norte ha sido el momento de la culminación de unos trabajos y del descanso veraniego, para reiniciar de nuevo la tarea. En nuestros campos se concluye la recolección de las cosechas con las últimas vendimias, y es el momento de comenzar a preparar la tierra para una nueva siembra y unos nuevos trabajos. Como decíamos, acabado el verano y su descanso, se reanudan las actividades en todos los niveles, y a nivel escolar y de la enseñanza comienza de nuevo año escolar.
Por eso la Iglesia nos invita a realizar este día de acción de gracias y de petición. Todo queremos ponerlo en las manos del Señor. Es reconocer la obra y el actuar de Dios en nuestra vida que de tantas maneras se manifiesta hasta en la hora de recoger el fruto de nuestros trabajos. Y en la abundancia y en la pobreza queremos estar siempre en las manos de Dios. Ahora mismo en nuestra sociedad a nivel de la economía se está pasando por momentos difíciles y es también el momento de saber ponernos con confianza en la manos del Señor, al tiempo que pondremos todo nuestro esfuerzo para superar dificultades.
Por otra parte en toda ocasión hemos de saber mantenernos en paz con Dios y con los hermanos. Por eso, puede ser ocasión propicia para la reconciliación, para el reencuentro con Dios y con los hermanos. Y es que además en toda situación hemos de saber contar con Dios. Es un momento para elevar nuestra oración al Señor, pero una oración verdaderamente universal en la que quepan en nuestro corazón todos los hombres y todas las situaciones que podamos vivir.
Pedimos por la Iglesia, y pedimos en este momento en que reanudan las actividades pastorales de nuestras comunidades para que el Señor bendiga nuestros trabajos y el trabajo de toda la Iglesia para realizar esa nueva evangelización que necesita nuestro mundo. A tener en cuenta también los grandes acontecimientos de la Iglesia universal, como es el Sínodo de los Obispos ayer iniciado en Roma y que durante casi todo este mes de Octubre reflexionará junto al Santo Padre sobre el tema de la Palabra de Dios.
Acción de gracias, reconciliación y oración.
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domingo, 5 de octubre de 2008
Dios quiere cantar un canto de amor a su viña
Is. 5, 1-7; Sal. 79; Filip. 4, 6-9; Mt. 21, 33-43
‘Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a mi viña’. Es el canto de amor que la Palabra de Dios quiere cantarnos a nosotros también. ‘La viña del Señor es la casa de Israel’, hemos repetido en el salmo. Pero no sólo estamos refiriéndonos a Israel, sino que esa casa de Israel somos nosotros.
Por tercera vez, en tres domingos consecutivos la Palabra del Señor nos está hablando de la viña del Señor. Nos invitaba a ir a trabajar en su viña, en distintos momentos de la vida, como escuchamos hace un par de domingos. Nos mandaba como padre a trabajar a su viña, como escuchamos el domingo pasado. Pero hoy nos está diciendo más: somos nosotros esa viña del Señor y cuánto ha hecho el Señor por nosotros.
El evangelio dice que ‘dijo Jesús a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo’ y al final directamente a ellos les dijo ‘se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos’. Pero bien sabemos que la Palabra que Dios nos dirige no son historias pasadas y dicha para otras personas, sino que es Palabra que el Señor nos dirige en el hoy y el ahora concreto de nuestra vida. Por eso decía al principio que es el canto de amor que Dios quiere decirnos a nosotros también.
La historia de la viña, podemos decir, es la historia de la salvación. Jesús con la parábola está comparando la historia de la salvación que nos ha ofrecido con los trabajos que el agricultor concienzudamente realiza en su viña. ‘Plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda y la dio en arriendo a unos labradores’.
Historia de la salvación que ha llevado un proceso progresivo que ha culminado en Cristo Jesús. Miramos la historia de la salvación en la amplitud de toda la historia desde la creación hasta el momento de la historia de hoy, y recordamos cuantas intervenciones de Dios hasta enviarnos a su propio Hijo para nuestra redención, para nuestra salvación. No es necesario detenernos a hacer su recorrido ahora, que por formación bien o sabemos. Miremos la historia de la salvación y miremos nuestra propia historia, que es también historia de salvación, de amor de Dios en nuestra vida.
Bueno es recordar nuestra historia personal y descubrir en ella todas las intervenciones de Dios. ¡Cuánto amor nos ha regalado el Señor! Con ojos de fe hemos de saber descubrir ese actuar de Dios con su gracia en nosotros, desde esa fe que recibimos en el seno de nuestra familia y que luego se ha visto enriquecida en la acción de la Iglesia y en tantos momentos de gracia que cada uno de nosotros hemos vivido.
¡Cuántas veces hemos recibido esa llamada del Señor! ¡Cuántas veces nos hemos visto libre de tantos peligros o fortalecidos en tantos momentos difíciles o de tentación! Cada uno tenemos nuestra historia personal. ‘¿Qué más podía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?’, nos pregunta el Señor con las palabras del profeta.
Una historia de luz, pero que está llena también de sombras. La historia de luz en todo el actuar de Dios, en todo el amor de Dios derrochado en nuestra vida. Es el rostro lleno de amor de Dios que nos ama, nos cuida, nos regala el don precioso de la vida y nos enriquece con su gracia. Es el Dios que a pesar de nuestras sombras sigue amándonos y, aún más, nos levanta de nuestra postración y nuestro pecado para hacernos la gracia de regalarnos su vida para hacernos hijos suyos.
Pero están nuestras sombras, las sombras de la humanidad. Porque junto a esa historia de salvación está nuestra historia de pecado, que, sin embargo, se ve siempre desbordado por la gracia del Señor. Como aquellos viñadores que se apoderaron de la viña y no quisieron rendir fruto, también nosotros queremos construir la vida a nuestra manera tantas veces al margen de Dios. Nos sentimos tan dueños de la viña que queremos olvidarnos de Dios, prescindir de Dios. Desechamos la piedra angular que es Cristo para construir con nuestros ladrillos de barro, de egoísmo y de maldad, olvidando todo lo que El nos ha dado y nos ha enseñado.
Busquemos esa piedra angular de nuestra vida que es Cristo, que es el que da fundamento de verdad a nuestra existencia. Aunque muchas sean las ambiciones que tengamos en nuestro corazón, aunque muchas sean las apetencias que cual cantos de sirena quieren distraernos para atraernos por otros caminos, busquemos a quien de verdad es el fundamento de nuestra vida y nos dará sentido y valor a todo lo somos y vivimos, Cristo el Señor.
Busquemos a Cristo para que con su gracia podamos dar los frutos que nos pide; para que hagamos de nuestro mundo, de nuestra sociedad, de nuestra iglesia la más hermosa viña que nos dé la más honda felicidad que es lo que el Señor quiere de nosotros.
Cuando logremos vivir en armonía todos juntos en esa viña en la que Dios nos ha colocado, viviendo una comunión de amor y de solidaridad entre unos y otros, porque todos caminemos juntos, porque todos nos ayudemos y porque todos miremos a quien es la meta de nuestra vida, estaremos dando las muestras, las señales verdaderas del Reino de Dios, vivo y presente en medio de nosotros.
Que podamos escuchar ese canto de amor de Dios a su viña lejos de toda sombra, y resplandecientes siempre de la más brillante luz.
‘Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a mi viña’. Es el canto de amor que la Palabra de Dios quiere cantarnos a nosotros también. ‘La viña del Señor es la casa de Israel’, hemos repetido en el salmo. Pero no sólo estamos refiriéndonos a Israel, sino que esa casa de Israel somos nosotros.
Por tercera vez, en tres domingos consecutivos la Palabra del Señor nos está hablando de la viña del Señor. Nos invitaba a ir a trabajar en su viña, en distintos momentos de la vida, como escuchamos hace un par de domingos. Nos mandaba como padre a trabajar a su viña, como escuchamos el domingo pasado. Pero hoy nos está diciendo más: somos nosotros esa viña del Señor y cuánto ha hecho el Señor por nosotros.
El evangelio dice que ‘dijo Jesús a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo’ y al final directamente a ellos les dijo ‘se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos’. Pero bien sabemos que la Palabra que Dios nos dirige no son historias pasadas y dicha para otras personas, sino que es Palabra que el Señor nos dirige en el hoy y el ahora concreto de nuestra vida. Por eso decía al principio que es el canto de amor que Dios quiere decirnos a nosotros también.
La historia de la viña, podemos decir, es la historia de la salvación. Jesús con la parábola está comparando la historia de la salvación que nos ha ofrecido con los trabajos que el agricultor concienzudamente realiza en su viña. ‘Plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda y la dio en arriendo a unos labradores’.
Historia de la salvación que ha llevado un proceso progresivo que ha culminado en Cristo Jesús. Miramos la historia de la salvación en la amplitud de toda la historia desde la creación hasta el momento de la historia de hoy, y recordamos cuantas intervenciones de Dios hasta enviarnos a su propio Hijo para nuestra redención, para nuestra salvación. No es necesario detenernos a hacer su recorrido ahora, que por formación bien o sabemos. Miremos la historia de la salvación y miremos nuestra propia historia, que es también historia de salvación, de amor de Dios en nuestra vida.
Bueno es recordar nuestra historia personal y descubrir en ella todas las intervenciones de Dios. ¡Cuánto amor nos ha regalado el Señor! Con ojos de fe hemos de saber descubrir ese actuar de Dios con su gracia en nosotros, desde esa fe que recibimos en el seno de nuestra familia y que luego se ha visto enriquecida en la acción de la Iglesia y en tantos momentos de gracia que cada uno de nosotros hemos vivido.
¡Cuántas veces hemos recibido esa llamada del Señor! ¡Cuántas veces nos hemos visto libre de tantos peligros o fortalecidos en tantos momentos difíciles o de tentación! Cada uno tenemos nuestra historia personal. ‘¿Qué más podía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?’, nos pregunta el Señor con las palabras del profeta.
Una historia de luz, pero que está llena también de sombras. La historia de luz en todo el actuar de Dios, en todo el amor de Dios derrochado en nuestra vida. Es el rostro lleno de amor de Dios que nos ama, nos cuida, nos regala el don precioso de la vida y nos enriquece con su gracia. Es el Dios que a pesar de nuestras sombras sigue amándonos y, aún más, nos levanta de nuestra postración y nuestro pecado para hacernos la gracia de regalarnos su vida para hacernos hijos suyos.
Pero están nuestras sombras, las sombras de la humanidad. Porque junto a esa historia de salvación está nuestra historia de pecado, que, sin embargo, se ve siempre desbordado por la gracia del Señor. Como aquellos viñadores que se apoderaron de la viña y no quisieron rendir fruto, también nosotros queremos construir la vida a nuestra manera tantas veces al margen de Dios. Nos sentimos tan dueños de la viña que queremos olvidarnos de Dios, prescindir de Dios. Desechamos la piedra angular que es Cristo para construir con nuestros ladrillos de barro, de egoísmo y de maldad, olvidando todo lo que El nos ha dado y nos ha enseñado.
Busquemos esa piedra angular de nuestra vida que es Cristo, que es el que da fundamento de verdad a nuestra existencia. Aunque muchas sean las ambiciones que tengamos en nuestro corazón, aunque muchas sean las apetencias que cual cantos de sirena quieren distraernos para atraernos por otros caminos, busquemos a quien de verdad es el fundamento de nuestra vida y nos dará sentido y valor a todo lo somos y vivimos, Cristo el Señor.
Busquemos a Cristo para que con su gracia podamos dar los frutos que nos pide; para que hagamos de nuestro mundo, de nuestra sociedad, de nuestra iglesia la más hermosa viña que nos dé la más honda felicidad que es lo que el Señor quiere de nosotros.
Cuando logremos vivir en armonía todos juntos en esa viña en la que Dios nos ha colocado, viviendo una comunión de amor y de solidaridad entre unos y otros, porque todos caminemos juntos, porque todos nos ayudemos y porque todos miremos a quien es la meta de nuestra vida, estaremos dando las muestras, las señales verdaderas del Reino de Dios, vivo y presente en medio de nosotros.
Que podamos escuchar ese canto de amor de Dios a su viña lejos de toda sombra, y resplandecientes siempre de la más brillante luz.
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