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lunes, 22 de agosto de 2016

Proclamamos la realeza de María amándola en los pobres y homenajeándola en el servicio que hagamos a los que pasan necesidad

Proclamamos la realeza de María amándola en los pobres y homenajeándola en el servicio que hagamos a los que pasan necesidad


‘De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir’. Era el responsorio que repetíamos con el salmo el pasado día de la Asunción, hace ocho días. Entonces celebrábamos la glorificación de María en su Asunción en cuerpo y alma a los cielos. Hoy en su octava prolongamos de alguna manera aquella fiesta grande de María y al verla glorificada en los cielos junto a Dios no podemos menos que llamarla nuestra Reino y nuestra Señora. La madre siempre es reina para sus hijos, porque así la aman siempre y ven en ella la más hermosa de las criaturas. ¿Qué podemos decir de María, la Madre del Señor que es también nuestra madre?
Como decía el concilio Vaticano II en la constitución sobre la Iglesia y en el capítulo dedicado a considerar a María en el puesto que ocupa en la Iglesia y que ocupa en la obra de nuestra salvación se nos dice: ‘La Virgen Inmaculada... asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial fue ensalzada por el Señor como Reina universal, con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de señores y vencedor del pecado y de la muerte (59)’.
Pero ya sabemos cómo hemos de entender ese reinado y esa grandeza de María. Es cierto que en nuestro amor y devoción por María, nuestra madre, queremos engrandecerla y queremos verla como la bella y hermosa de todas las criaturas. En una devoción que surge espontánea de nuestro corazón lleno de amor por María, la rodeamos de joyas y coronas, de hermosos mantos y ricas vestiduras. Nos pasamos, quizá, en esa riqueza con la que queremos rodear las imágenes de María.
Ella es Reina, porque es la Madre del Rey, la madre de nuestro Señor. Pero ella entendió bien el mensaje del evangelio cuando Jesús nos hablaba de dónde habríamos de encontrar la verdadera grandeza, el camino de la humildad, de hacerse los últimos y los servidores de todos. Por eso ella se llama a si misma la humilde esclava del Señor, y la veremos servidora y atenta a las necesidades de los demás. ‘Se aprisa a la montaña a casa de su prima Isabel… y pasó allí tres meses’, que nos cuenta san Lucas en el evangelio. Y será la mujer atenta para darse cuenta de que no tienen vino en las bodas de Caná de Galilea buscando la solución.
Contemplamos hoy glorificada a María y la queremos proclamar nuestra Madre, nuestra Reina y nuestra Señora. Pero aprendamos de María. La mejor proclamación que de todo ello podemos hacer no está en los adornos costosos de sus altares o las ricas vestiduras o alhajas que podamos poner a sus imágenes. María quiere ser vestida en los pobres, amada en los que padecen necesidad, homenajeada en el servicio que seamos capaces de hacer por los demás haciéndonos los pequeños y los últimos para mejor atender sus necesidades. Así proclamaremos la realeza de María.

domingo, 21 de agosto de 2016

No es solo buscar mi particular salvación, sino hacer el anuncio de la Buena Nueva de Jesús para que todos puedan ser iluminados por su luz

No es solo buscar mi particular salvación, sino hacer el anuncio de la Buena Nueva de Jesús para que todos puedan ser iluminados por su luz

Isaías 66, 18-21; Sal 116; Hebreos 12, 5-7. 11-13; Lucas 13, 22-30
‘Señor, ¿serán pocos los que se salven?’ Jesús iba camino de Jerusalén y mientras recorría aquellas ciudades y pueblos iba enseñando a la gente. Era lo que hacia habitualmente; en ocasiones salía directamente para ir a enseñar por los pueblos, en esta ocasión aprovecha el viaje, junto a El irán más discípulos, atraviesan pueblos y la gente saldrá al encuentro porque su fama se extendía por todas partes. Es la ocasión para que uno se acerque a Jesús con la pregunta ‘¿serán muchos los que se salven?’
Podríamos pensar en una preocupación misionera de que el mensaje del Reino llegue a todas partes y todos puedan participar de él; pero podría ser también otra la preocupación, sin son pocos los que se salven ¿podré yo estar entre esos pocos que se salven? Un pensamiento quizá que pudiera surgir de un deseo de salvar el pellejo, de que al menos él alcance esa salvación si quizá van a ser pocos, porque ya el número esté preestablecido; un sentimiento y una actitud en cierto modo egoísta porque solo piensa en si mismo, en su propia salvación. Como me salve yo…
Pero Jesús no da respuesta a esa pregunta; es más Jesús hablará de esfuerzo, de lucha, de sacrificio; nos habla de puerta estrecha y no es el sentido de poner dificultad sino en cuanta la respuesta que tenemos que dar a esa gracia salvadora que Jesús nos ofrece exige por nuestra parte un esfuerzo, un deseo de superación. No es contentarnos con que en algún momento hemos hecho cosas buenas, en un momento determinado ya hicimos unos esfuerzos para tener unas ganancias aseguradas y ahora ya puedo vivir tranquilo.
Recuerdo alguien que me comentaba en una ocasión, yo ya no me preocupo mucho por cumplir ahora, porque cuando chico hice muchas veces los primeros viernes, y ya con eso tengo asegurada la salvación. ‘Llamaréis a la puerta’, nos dice Jesús, y se nos responderá de dentro ‘no sé quienes sois’… mientras nosotros quizás insistimos ‘hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas’, yo antes iba a misa siempre y me portaba bien, yo no falto a ninguna procesión de la Virgen o del santo de mi pueblo, yo rezaba antes siempre el rosario y llevo flores a la Iglesia… y sería terrible que siguiéramos escuchando ‘no sé quienes sois’.
¿En qué ponemos nuestra religiosidad? ¿Qué es lo que consideramos esencial para decir que vivimos una buena vida cristiana? Son preguntas que nos tenemos que hacer seriamente. Es la búsqueda sincera que con toda profundidad hemos de hacer para descubrir en verdad lo que es ser seguidor de Jesús. No es contentarnos con hacer algunas cosas en un momento determinado. Yo me casé por la Iglesia, yo he bautizado a mis hijos, se dicen algunos, ¿qué más tengo que hacer?
Es lo que quizá se pregunten por dentro, aunque luego eviten encontrar la respuesta, unos padres cuando se les habla del compromiso de una educación cristiana para los hijos para los que piden el bautismo. Quizá piensan que no han de hacer mucho más que lo que ya están haciendo y que un día hagan la primera comunión, pero pensar en educación cristiana implica mucho más, es un crecer en la fe, una maduración de nuestra vida en la vivencia de unos valores que nos ofrece el evangelio, son unas actitudes y unas posturas que se han de tomar ante la vida y los problemas que van surgiendo, es una manera de actuar en la vida de la familia, en su vida personal, en la relación con los demás, en el compromiso social con la sociedad en la que vivimos desde unos valores, desde unos principios. Pero eso quizá lo pasamos por alto.
Ser cristiano para vivir la salvación que Jesús nos ofrece implica toda la vida, y se comienza por descubrir cuál ha de ser nuestra verdadera relación con Dios que se ha de reflejar en una manera de orar, de vivir la Eucaristía y todos y cada uno de los sacramentos. Unas actitudes religiosas no de forma rutinaria y fría por cumplir, sino buscando esa relación personal y profunda con Dios, a quien siento en verdad como mi Padre.
Ser cristiano no es simplemente hacer unas cosas para obtener yo la salvación sino que es mucho más, porque me hace entrar en una nueva relación con los demás. Ser cristiano implicará esa preocupación que he de sentir para que todos lleguen a descubrir esa fe, esa manera de vivir como cristianos en esas actitudes nuevas que nos trasmite el evangelio.
‘¿Serán muchos los que se salven?’ era la pregunta que alguien la planteaba a Jesús y que en el fondo puede ser también una pregunta que nos hagamos en nuestro interior preguntándonos por nuestra propia salvación. Pero Jesús termina diciéndonos hoy que ‘vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur, y se sentarán en la mesa en el reino de Dios’. Es la imagen que nos ofrecía el profeta Isaías, en lo que hemos escuchado en la primera lectura para hablarnos de ese pueblo nuevo, de ese Reino nuevo de Dios que con Cristo se va a instaurar.
Sintamos esa universalidad de la salvación porque de todos los pueblos están llamados para vivir en el Reino de Dios; sintamos la catolicidad, la universalidad de nuestra fe cuando contemplamos a tantos de toda lengua y nación que también quieren glorificar al Señor. Pidamos la fuerza del Espíritu del Señor para que haya quienes lleguen a todos los rincones para hacer ese anuncio del Evangelio, ese anuncio de la Buena Nueva de la salvación que es Jesús para todos los hombres. Sintamos en lo más profundo de nosotros ese compromiso y esa responsabilidad de que esa Buena Nueva llegue a todos, y comencemos por anunciarlo con el testimonio de nuestra vida a tantos que a nuestro lado siguen sin ser iluminados por la luz del evangelio.
Cuánto podemos y cuánto tenemos que hacer en ese sentido; es necesario ese nuestro testimonio claro y explicito ahí donde estamos para que todos puedan descubrir la alegría de la fe, la alegría del evangelio.

sábado, 20 de agosto de 2016

Ni vanidades de apariencias falsas ni orgullos que nos levanten en pedestales, sino caminos de humildad y de servicio son los que verdaderamente nos hacen grandes

Ni vanidades de apariencias falsas ni orgullos que nos levanten en pedestales, sino caminos de humildad y de servicio son los que verdaderamente nos hacen grandes

 Ezequiel 43,1-7ª; Sal 84; Mateo 23,1-12
Confieso que esto que voy a decir primero me lo aplico a mi mismo, porque me hace pensar mucho en lo que yo hago o he hecho y si acaso estoy en lo mismo. En la vida nos vamos encontrando siempre quien tiene algo que decir, algo que decirnos de cómo hemos de hacer las cosas, de cómo hay que arreglar el mundo y muchas cosas en este sentido.
Y ya no se trata solamente de la corrección fraterna que hemos de hacernos los unos a los otros para ayudarnos a mejorar, o de quien sabe ha de enseñar. Me refiero más bien a esa vanidad de la vida, a ese orgullo con que tenemos el peligro de ir señalando a los demás lo que tienen que hacer, pero por sí mismos, por mejorar su propia vida quizás no mueven un dedo. Fácilmente caemos en esa vanidad y en esos orgullos.
Las vanidades de las apariencias son tentaciones que todos podemos tener, y esto nos puede llevar a ser inmisericordes con los demás y hasta injustos en las apreciaciones que podamos tener de los otros. Yo no soy quien para juzgar al otro ni para condenarlo. Si algo hemos de hacer con humildad es ayudarnos mutuamente y con la delicadeza más exquisita nos decimos las cosas para tratar de mejorar en nuestra vida; pero no nos podemos convertir en maestros de nadie que con orgullo vayamos imponiendo nuestra manera de ver las cosas. 
De esto le hablaba Jesús a la gente, viendo la actitud y las posturas farisaicas de los maestros de la ley que buscaban la vanidad de la apariencia y el orgullo de sentirse o creerse superiores a los demás. Por eso en lo externo querían aparecer como buenos y que eso lo reconociera la gente rindiéndoles honores; buscaban primeros puestos y reverencias de las gentes, que señala Jesús.
En su vanidad llegan a escribir los mandatos de la ley del Señor en el borde de sus mantos, y cuanto más anchas fueran las franjas mejor porque así podría aparecer mejor su prepotencia. Así creían cumplir la ley del Señor que allá en el Deuteronomio les recomendaba tener muy presentes siempre los mandamientos del Señor, como si los llevaran siempre delante de sus ojos. De ahí esas filacterias y esos escritos en el borde de sus mantos, porque así lo llevaban materialmente delante de los ojos, pero ¿los llevarían de igual modo inscritos en su corazón?
No es ese el camino que hemos de seguir; Jesús nos pide humildad y espíritu de servicio para buscar lo bueno, para querer lo mejor para los demás, pero para con sinceridad de corazón también buscar nosotros humildemente los caminos del Señor. Esos caminos de humildad y de espíritu de servicio son los que nos hacen verdaderamente grandes y con los que podemos encontrarnos con el Señor.

viernes, 19 de agosto de 2016

Una pregunta repetida que nos lleva siempre a la misma respuesta, el amor

Una pregunta repetida que nos lleva siempre a la misma respuesta, el amor

Ezequiel 37,1-14; Sal 106; Mateo 22,34-40

La eterna pregunta que se repite una y otra vez. La eterna pregunta que nos repetimos nosotros también aunque sabemos bien cual es la respuesta como si buscáramos una cosa nueva. ¿Qué tengo que hacer? Ya lo preguntaba con buena voluntad aquel joven rico que quería seguir a Jesús. Ahora lo pregunta un letrado que sabe bien la respuesta, porque es lo que él enseña, lo que sabe todo buen judío de memoria, lo que repiten tantas veces al día al entrar y al salir, al levantarse o al acostarse, al comenzar a comer o al iniciar cualquier obra buena. Lo pregunta queriendo poner a prueba a Jesús. Lo pregunta porque quizá también haya dudas en su interior. Como lo preguntamos nosotros. Como tantas veces nos hacemos los desentendidos. ‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal?’
¿Qué es lo que iba a responder Jesús? No podía responder de otra manera. El no había venido a abolir la ley y los profetas nos había dicho allá en la montaña cuando lo de las bienaventuranzas. El quería darle plenitud. Por eso insiste Jesús, responde con lo que todos sabían, lo que estaba escrito en la ley, pero que había de llevarse a la plenitud, había de cumplirse y no de una forma cualquiera.
‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas’. Es la ley del Señor. Es el mandamiento al que hay que dar plenitud. Es el mandamiento que no se puede quedar en una repetición de memoria ni en solo palabras. Es el mandamiento que hay que llevar a la vida, a la vida concreta de cada día.
Es el amor. Amor en toda su plenitud. Amor con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser. Es el amor sobre todas las cosas. Nada puede estar antes o por encima. Nada puede haber más principal. Ojalá seamos capaces de vivir el amor a Dios así. Lo damos por supuesto, y no lo revisamos, no nos revisamos a ver hasta donde llega de verdad ese amor que le tenemos a Dios. En el examen de nuestra vida pasamos por encima de este mandamiento porque lo damos por supuesto. Pero ¿no habrá quizá en algunos momentos otras cosas que pongamos por encima de este amor? ¿No habrá algunos momentos en que miramos primero nuestro amor propio, nuestro orgullo, nuestros intereses que ese amor de Dios sobre todas las cosas?
No es el amor que dirigimos a un ser invisible, que lo sentimos tan superior que se nos hace extraño muchas veces en nuestra vida. Es el amor que hemos recibido de un Padre, de Dios que es nuestro Padre y nos ama más que nada y al que nosotros queremos corresponder también con todo nuestro amor. Es un amor que hacemos concreto y nuestra relación con Dios es de otra manera, con otra intimidad, con una confianza suprema, con una obediencia total. Es el amor que manifestamos en todo lo que hacemos donde siempre vamos a estar viendo a Dios, en lo que queremos siempre  manifestar siempre su gloria.
Es un amor tan concreto que nos lleva necesariamente a amar a todos los que Dios ama, por eso para nosotros los demás serán siempre hermanos, porque son hijos del mismo Padre Dios y así son amados por Dios. Por eso nos dirá Jesús que el segundo es tan principal como el primero, que si no cumplimos el amor del segundo, el amor al prójimo no podemos decir que estemos amando a Dios. Cuánto tenemos que hacer en este sentido.

jueves, 18 de agosto de 2016

Disculpas, entretenimientos, ‘obligaciones’, apegos que ocupan nuestro corazón para no escuchar ni darle importancia a la vivencia del Reino de Dios

Disculpas, entretenimientos, ‘obligaciones’, apegos que ocupan nuestro corazón para no escuchar ni darle importancia a la vivencia del Reino de Dios

Ezequiel 36,23-28; Sal 50; Mateo 22,1-14

¡Cuántas disculpas nos buscamos en tantas ocasiones! Sabemos que aquello es importante, pero como solemos decir, no tenemos el cuerpo para esas cosas, nosotros no le damos importancia ni tenemos demasiado interés y nos buscamos mil disculpas; siempre tenemos que hacer, que ir a otra parte, que no nos apetece ni tenemos ganas, que hay otras cosas que en ese momento nosotros consideramos más importantes, no somos capaces de decir directamente no, pero damos mil rodeos para escaquearnos.
Esto referente a actos de nuestra vida social, o lo que pudiera ser más grave en el caso de obligaciones que dejamos de lado porque nos entretenemos aquí o allá, pero no damos tiempo, no encontramos tiempo, decimos, para hacerlo o para cumplir con aquella obligación. Hoy diríamos que nos entretenemos con las redes sociales de Internet o de nuestro móvil porque quizá la damos más importancia a responder a un whatsApp de una conversación insulsa o ponernos a navegar por facebook, que atender a nuestras responsabilidades de cada momento.
Es en lo que nos quiere hacer pensar Jesús con la parábola que hoy nos propone el evangelio. Ya nos dice el evangelista que Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Hace Jesús un resumen con la parábola de lo que había sido y era en aquellos momentos la historia de la salvación del pueblo de Israel. Invitados a las bodas del Reino a lo largo de la historia había enviado Dios profetas y hombres de Dios que fueran recordando esa invitación de amor de Dios que era la vivencia de la Alianza. Ahora llegaba el momento del Reino de Dios con la presencia de Jesús con su salvación y ¿cuál era la respuesta?
Allí estaba palpable en aquellos momentos en que veían los signos que Jesús realizaba y la Palabra del Reino que anunciaba y no querían escucharle. Siempre andaban buscando la manera de cazar a Jesús, de hacer sus interpretaciones a sus palabras para tener de qué acusarle y aunque los sencillos y humildes de corazón eran capaces de reconocer los signos de Dios, allí estaban ellos los principales del pueblo que no querían escuchar, que rechazaban la invitación a la participación en el Reino de Dios que Jesús les anunciaba.
Pero esa Palabra de Jesús llega hoy a nuestra vida, y a nuestra vida concreta. Si nos narrase hoy la parábola seguro que los ejemplos de las disculpas irían también por el camino de lo que mencionábamos al principio. Cuantas disculpas en nuestra vida, cuantos balones queremos echar fuera como solemos decir, cuantos entretenimientos en los que ocupamos la vida, cuantas cosas que nos distraen de atender la llamada y la invitación de Jesús.
Quizá si nos enviara un whatsApp le prestáramos más atención. De mil maneras sigue resonando en nuestras vidas esa llamada de Jesús pero qué poca atención le prestamos. Como decíamos, siempre encontramos disculpas, siempre tenemos cosas que hacer, siempre nos buscamos entretenimientos, siempre tenemos ‘obligaciones’ como apegos en nuestra vida que nos ocupan nuestro tiempo, nos ocupan nuestro corazón y no damos el paso adelante para vivir en el sentido del Reino de Dios. ¿Habremos llegado a descubrir la importancia del Reino de Dios que nos anuncia el Evangelio?

miércoles, 17 de agosto de 2016

Apreciemos lo que es el don gratuito del amor que Dios nos tiene y correspondamos nosotros responsablemente con un amor semejante

Apreciemos lo que es el don gratuito del amor que Dios nos tiene y correspondamos nosotros responsablemente con un amor semejante

Ezequiel 34,1-11; Sal 22; Mateo 20,1-16

Hay gente que se extraña de que algo pueda ser gratuito. Estamos tan acostumbrados a pagar por todo que cuando viene alguien y nos regala algo sin saber nosotros por qué lo hace, entramos en desconfianzas, hay algunos que incluso no lo quieren aceptar, o buscamos la manera de pagárselo de algún modo. ¿Es que a todo tenemos que ponerle precio? ¿Es que no sabemos hacer nada de forma gratuita? ¿Nos humilla quizá el que alguien pueda regalarnos algo sin que nosotros hayamos hecho algo para merecerlo? Parece que tenemos que sentirnos obligados a pagarlo de algún modo cuando se nos ofrece algo gratuito.
Esto que nos sucede muchas veces en lo que son nuestras relaciones humanas, pareciera que tiene que ser una medida o una forma de actuar también en nuestra relación con Dios. El amor que Dios nos tiene es gracia, es algo gratuito, porque fue El quien nos amó primero. Así ya nos lo dice san Juan en sus cartas. ‘El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó primero’, nos viene a decir.
Pero nosotros parece que aun queremos ir como acumulando cosas buenas que hagamos para luego exigirle a Dios que nos ame y nos de su salvación. Acumulamos rosarios, acumulamos misas, acumulamos rezos y novenas, acumulamos y pareciera que quisiéramos llevar una contabilidad de todas las cosas buenas que hemos hecho para decir que merecemos la salvación. ‘Es que yo he hecho tantas cosas buenas…’ nos decimos, y estamos pensando quizá que puesto más alto o más bajo vamos a tener en el cielo según todas esas cosas que hayamos hecho. Olvidamos una cosa. La salvación nos la ganó Jesús, que fue el que se entregó y murió por nosotros para nuestra salvación. La salvación es gracia.
Todo esto me lo hace pensar la parábola que escuchamos hoy en el evangelio. Aquellos trabajadores que fueron llamados a distintas hora a trabajar en la viña. Al final del día todos recibieron un denario, aunque los primeros protestaron porque creían que merecían más porque habían estado todo el día; pero lo ajustado era un denario y un denario recibieron. Y nos quiere manifestar lo que es la bondad y el corazón misericordioso de Dios que nos ofrece su salvación; unos responderán a una hora, otros son llamados en otras horas que quizá nos pudieran parecer tardías, pero lo importante era la respuesta. A todos aquellos que respondieron se les dio el denario, signo de nuestra salvación. Como decíamos, no podemos andar contabilizando cosas para decir que merecemos más o menos, lo importante es la respuesta, y la respuesta fiel y llena de amor, porque lo demás es gracia, es regalo gratuito de Dios que así no ofrece la salvación.
No podemos decir que si no tenemos esas contabilidades a lo humano nos faltará estimulo. Es que estamos hablando de amor, y el amor siempre es un gracia, el amor siempre es gratuito, el amor es algo que ofrecemos desde lo más hondo de nosotros mismos porque queremos, porque queremos amar, porque queremos ofrecer lo mejor de nosotros mismos. Por eso no nos puede faltar responsabilidad en nuestra vida para desarrollar todos nuestros valores, todas nuestras capacidades, porque además con ello estamos contribuyendo también al bien de ese mundo en el que vivimos.

martes, 16 de agosto de 2016

Nos tenemos que preguntar seriamente cuál es la autentica salvación que nosotros buscamos

Nos tenemos que preguntar seriamente cuál es la autentica salvación que nosotros buscamos

 Ezequiel 28,1-10; Dt 32;  Mateo 19,23-30
‘Entonces, ¿Quién puede salvarse?’ se preguntan los discípulos ante las palabras de Jesús. ¿Cuál es la salvación en la que están pensando los discípulos? ¿Cuál es la salvación que nosotros buscamos? Porque aunque tratemos de pensar espiritualmente y podamos pensar en la trascendencia de nuestra vida, y hayamos oído hablar muchas veces de vida eterna y de salvación eterna, repito, ¿cuál es la salvación que realmente buscamos en el día a día de nuestra vida? ¿No podremos estar pensando allá en nuestro subconsciente en la salvación que nos libere de nuestros problemas, que nos saque de los apuros que en la vida vamos teniendo? Habría que pensar y analizar con cuidado.
Los discípulos se hacen la pregunta que antes mencionábamos porque Jesús había sentenciado cuán difícil le es a los ricos entrar en la sintonía del reino de los cielos. Y hablaba Jesús, como en un ejemplo o alegoría, de la dificultad de un camello para pasar por el  ojo de una aguja; y podemos interpretar lo del camello y la aguja como queramos, ya fuera en las puertas estrechas de las murallas a la entrada de las poblaciones por donde un camello cargado con sus mercancías no podría pasar, o literalmente en una aguja de coser por donde quisiéramos pasar un camello.
Nos preguntábamos por la salvación que realmente nosotros buscamos en la vida. Como decíamos estamos pensando siempre en esos problemas que cada día nos agobian, en esas carencias o necesidades que podamos tener y cuanto nos lo resolvería un poco de dinero. Y compramos lotería o cualquier otro juego de azar pensando que si lo ganamos tenemos ya resueltos todos nuestros problemas, y si no miremos la alegría de quienes tienen la suerte de ganar algo sobre todo si es una cantidad extraordinaria de dinero. O pensemos también en cuales son muchas veces las motivaciones de nuestras oraciones a Dios, lo que le pedimos o prometemos a la Virgen cuando la visitamos en un Santuario dedicado en su honor, o en nuestras oraciones de cada día.
Y Jesús nos está diciendo los obstáculos en que se convierten para nuestra vida las riquezas; cómo nuestro corazón se apega a los tesoros de este mundo y hacemos lo que sea por obtenerlos. Pensemos en lo que cada día estamos oyendo hoy en las noticias que nos hablan de corrupción de todo tipo en la administración de los recursos de la tierra, las ganancias que se obtienen por parte de tantos de formas sospechosas tan rodeadas de injusticias, de robos, de malversación de los bienes administrados, de tráfico de influencias, de ganancias de todo tipo que no sabemos de donde proceden y que bien sospechamos cuanto fraude hay detrás de todas esas cosas.
Es otro el estilo y el sentido que nosotros tenemos que darle a la vida; es otra la manera de utilizar esos bienes materiales o esas riquezas para que no nos endiosemos, para que no se adueñen del corazón o nuestro corazón no se apegue a ellas, para que pensemos que ese mundo con sus bienes y riquezas que Dios ha puesto en nuestras manos no es para que nos adueñemos de ello de una forma egoísta pensando solo en nosotros sino que sepamos descubrir la función social que han de tener y la forma entonces en como nosotros somos unos administradores.
Creced y multiplicaos, nos decía Dios en el momento de crearnos y poner ese mundo en nuestras manos, y el evangelio nos habla de negociar y administrar esos talentos desarrollándolos. Tenemos que compaginar bien todas esas cosas y nunca nos hagamos avariciosos ni seamos injustos con los demás. Son otras las cosas y el sentido de las cosas que han de primar en nuestra vida. Da mucho que pensar la pregunta que se hacían los discípulos y que nos hacemos nosotros también muchas veces.

lunes, 15 de agosto de 2016

La Asunción de María nos hace levantar nuestra vida para ponernos en camino de amor como ella que nos alcance también un día la gloria del Señor

La Asunción de María nos hace levantar nuestra vida para ponernos en camino de amor como ella que nos alcance también un día la gloria del Señor

Apoc. 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Cor. 15, 20-27ª; Lc. 1, 39-56
María nos hace siempre levantar nuestra mirada a lo alto. Hoy de manera especial cuando celebramos su Asunción al cielo, su glorificación viviendo para siempre en la gloria de Dios nos hace levantar, digo, nuestros ojos a lo alto. Y bien que lo necesitamos.
En una oración con la que la invocamos desde siempre decimos que como andamos en este valle de lágrimas ella vuelva sus ojos misericordiosos sobre nosotros. Pero más aún tenemos que decirle que porque andamos en este valle de lagrimas, sintiendo, sí, su consuelo maternal, ella nos enseñe a levantar nuestra mirada porque necesitamos encontrar metas de luz, rayos de esperanza, ideales que nos animen a emprender esas sendas nuevas que con el evangelio de Jesús podemos y tenemos que encontrar.
Muchas son las cosas que nos encontramos en el camino de la vida y que nos hacen sufrir y a veces perder toda esperanza. Negruras que se nos meten en el alma y que nos llenan de angustias ante un mundo roto en el que vivimos tan lleno de egoísmos y de maldades. El sufrimiento y la angustia de los pobres y de todos los que padecen necesidad, de los que se sienten desplazados en la vida, de los que sufren las injusticias de los demás y se sienten oprimidos, de los que se ven envueltos en violencias y en guerras que todo lo destruyen y destruyen hasta lo más hondo nuestras esperanzas, de los que en este torbellino de la vida caminan sin rumbo y desorientados, de los que se ven arrastrados por tantas cosas que prometen libertad pero que mas bien conducen a las esclavitudes del materialismo y la sensualidad con que se vive la vida tantas veces, y tantas cosas nos tienen que hacer desear encontrar un camino de salvación, algo que nos renueve y nos levante, algo que nos pueda conducir a un mundo nuevo y mejor donde podamos en verdad ser más felices.
Nosotros desde nuestra fe confesamos y decimos que solo en Jesús podemos encontrar esa salvación, esas metas e ideales grandes, esa verdadera libertad que nos dé un sentido a nuestro caminar; solo en Jesús podemos encontrar esa paz en lo más hondo de nosotros mismos porque El es el que nos libera de todas esas esclavitudes, de todas esas cosas que nos atan y al final nos llevarían por caminos de infelicidad.
María nos está señalando ese camino que nos conduce a Jesús, que nos hace encontrar esa verdadera luz de nuestra vida que va a borrar para siempre todas esas tinieblas que nos entenebrecen. Es lo que canta María hoy en su cántico en el encuentro con Isabel. María comienza alabando a Dios que quiso contar con ella, a pesar de que se consideraba a sí misma la más pequeña, la humilde esclava del Señor. Y María canta al Señor dando gracias porque se va a derramar su misericordia sobre todos los hombres que viene a restaurar todo lo que hay roto en el corazón del hombre, pero que viene a ponernos en camino de ese mundo nuevo donde todo será renovado.
Dios ha hecho cosas grandes en ella y no se cansa de proclamarlo y de gracias porque siente que la alegría de esa gracia de Dios en ella se desborda y quiere contagiar a los demás pero ella está viendo también como esa misericordia del Señor va a llegar para siempre a los hombres y mujeres de todos los tiempos, a toda la humanidad tan necesitada de salvación.
Esa misericordia de Dios que así se desborda es ese rayo de luz y de esperanza que todo lo ilumina y todo lo transforma. Comienza un mundo nuevo en el que serán grandes los pequeños y los humildes, pero los que se sienten poderosos se van a ver derribados de esos pedestales del orgullo donde se han subido. Comienza un mundo nuevo en el que tiene que brillar el amor y la ternura, y del que va a ser desterrado todo sufrimiento y todo dolor, porque todos comenzaremos a actuar de manera distinta, todos vamos a ensanchar nuestro corazón en el amor y la misericordia para consolar pero también para hacer con nuestro amor y nuestra solidaridad que se mitiguen esos dolores y sufrimientos.
María está siendo ese primer testimonio de ese mundo nuevo. Para ella no habían distancias cuando se trataba de servir y de ayudar, por eso había caminado desde la lejana Galilea para venir a las montañas de Judá donde sabía que podían necesitarla, donde sabía que ella podía poner el consuelo de su amor.
María, sí, nos está enseñando a levantar nuestra mirada para ver más allá de nuestro yo que podría encerrarse en nuestro egoísmo y aprender a ver allí donde está la necesidad y el sufrimiento donde hemos de poner el bálsamo de nuestro amor y todo nuestro compromiso solidario para ayudar, para levantar, para animar y dar esperanza, para poner remedio allí donde hay una necesidad, para llevar una sonrisa y una palabra de ánimo donde encontramos gentes abrumados en sus tristezas y soledades.
Hoy celebramos la glorificación de María en su Asunción a los cielos. María, la humilde esclava del Señor, como así misma se llamaba, glorificada por su humildad  - el que se humilla será enaltecido, diría Jesús en el evangelio -, glorificada por su fe – dichosa tú que has creído, que le dice su prima Isabel-, glorificada por su amor y su espíritu de servicio, glorificada porque no solo fue dichosa por llevar en su seno al Hijo de Dios, Palabra eterna de Dios que se encarnaba, sino porque supo plantar esa Palabra en su vida mereciendo así la alabanza del mismo Jesús.

Mirar a María hoy en su Asunción es contemplar un camino, es ponernos en camino, es hacer el mismo camino de María que no fue otro que el de Jesús. Un día esperamos nosotros merecer también esa gloria del Señor.

domingo, 14 de agosto de 2016

La Buena Nueva de Jesús que anunciamos con el testimonio de nuestra vida no temamos que se convierta en signo de contradicción en medio de nuestro mundo

La Buena Nueva de Jesús que anunciamos con el testimonio de nuestra vida no temamos que se convierta en signo de contradicción en medio de nuestro mundo

Jeremías 38, 4-6.8-10; Sal 39; Hebreos 12,1-4; Lucas 12,49-53

Las palabras que escuchamos hoy a Jesús en el evangelio nos resultan una paradoja que nos llevan de alguna manera – eso al menos parece a primera vista – a una contradicción. Nos pudieran parecer que van en contra de lo que El a lo largo del Evangelio nos viene enseñando. Parece que nos hablara de destrucción, de guerras y enfrentamientos hasta entre hermanos y familias, y de angustias que diera la impresión que nos quita la paz.
¿Es eso lo que realmente produce el evangelio en nosotros? Y cuidado que en nuestras interpretaciones para suavizar las cosas caramelicemos las palabras de Jesús. De entrada en nuestro comentario ir diciendo que ya desde su nacimiento se vió la paradoja que era la vida de Jesús. ¿Verdaderamente es Jesús el Hijo de Dios que se hizo hombre? ¿Cómo le vemos en esa humildad y pobreza que fue su nacimiento que por no tener no se tenía ni una cuna donde recostar al recién nacido? ¿Cómo se nos irá presentando Jesús a lo largo del evangelio?
Ya nos meditará más tarde san Pablo que el que tenía la categoría de Dios tomó la condición de uno de tantos, de un esclavo, sometiéndose a la muerte, y a la muerte más ignominiosa que fue la muerte de Cruz. Ya había anunciado el anciano Simeón de aquel niño que era presentado en el templo que sería signo de contradicción.
Y es efectivamente que la Buena Nueva que Jesús nos anuncia tiene que producir un impacto grande en nuestra vida como para no dejarnos tranquilos. Es cierto que son palabras consoladoras, que nos anuncian paz en nuestros corazones y misericordia para nuestra vida pecadora, pero son anuncio de una transformación grande que tendrá que producirse en nuestra vida y en nuestro mundo. La Buena Noticia que recibimos no es para que todo siga igual, porque entonces no sería una buena noticia sino un constatar como estamos y cómo vamos a seguir.
Escuchar el evangelio nos obliga a ponernos en camino hacia algo nuevo que Jesús nos anuncia y quiere de nosotros. Decimos que el Evangelio nos anuncia el Reino de Dios, pues para que reine de verdad Dios en nuestra vida muchas cosas tienen que cambiar en nosotros, en nuestro mundo, para arrancarnos de una vida de esclavitud y de pecado. Sí, es un fuego transformador que quemará en nosotros todo lo viejo, todo lo que haya de pecado para hacer florecer la nuevo, la vida nueva que brota de la gracia de Jesús. Un incendio nos puede parecer devastador, pero el incendio que Jesús quiere en nuestra vida es purificador, principio de una vida nueva.
Y nos habla Jesús de Bautismo. Qué lástima que cuando escuchamos esa palabra nos quedemos en un rito al que quizá le hayamos desvirtuado su significado verdadero. Bautismo es sumergirnos para significar una muerte en nosotros, de la que renacemos en una vida nueva. No es un simple lavado externo, es algo profundo lo que se tiene que realizar.
Y Jesús cuando habla de su bautismo está hablando de su pascua, de su muerte y resurrección. Es una forma de anunciarnos la pasión lo que nos está diciendo Jesús con estas palabras. Por eso habla, sí, de angustia, porque habla de dolor y de sufrimiento, de muerte. Ya al comienzo de la pasión en Getsemaní pedirá al Padre que pase de Él este cáliz, pero que está dispuesto a seguir adelante, que se haga la voluntad del Padre. Pero la pascua no termina en muerte sino en vida, en resurrección, signo de renovación, de vida nueva.
Y eso es lo que ha de realizarse en nuestra vida cuando escuchamos el evangelio. Como decíamos, es ponernos en camino de vida nueva. Es renovación, es transformación. No todos lo entenderán, como nos cuesta entenderlo y aceptarlo a nosotros también, reconozcámoslo. Y entre los nuestros, entre los que nos rodean, quizá muchas veces en nuestra propia familia, no van a entender el cambio que se produce en nosotros, ese nuevo estilo de vida que queremos vivir, que nos sentimos impelidos a vivir. Y no nos aceptarán, y se enfrentarán a nosotros, y querrán hacernos la vida imposible, y ya sabemos como en la sociedad que no quiere entender las palabras de Jesús podemos estorbar y querrán incluso quitarnos de en medio.
¿No es en cierto modo todas esas cosas que escuchamos ahora mismo, en nuestra propia sociedad, cuando se habla contra la Iglesia, cuando se nos insulta o se nos trata de ridiculizar, cuando se quiere hacer desaparecer todo signo religioso y cristiano, cuando nos quieren imponer sus ideas ateas y materialistas de la vida?
Por eso nos dice Jesús que no ha venido a traer paz sino división. Pero Jesús sí querrá que nosotros no perdamos nunca la paz, aunque por fuera tengamos esas guerras, esas violencias, esos ataques. El estilo de vida del cristiano siempre nos ha de hacer reaccionar en paz, nunca con violencia, siempre con misericordia y comprensión, siempre ofreciendo nuestro camino de amor, aunque no sea entendido.
No son tan paradójicas ni contradictorias las palabras de Jesús, sino que Jesús nos está anunciando como nosotros hemos de ser un signo en medio del mundo, un signo que manifieste lo que es el evangelio; tenemos que ser buena noticia de Jesús en el mundo que nos rodea, aunque suframos violencias, aunque nos vean como una contradicción. Nuestra vida, el testimonio de nuestra vida ha de ser siempre una palabra de amor; hemos de ser siempre signos de ese amor.

sábado, 13 de agosto de 2016

Nos hacemos como niños aprendiendo de su ternura, copiando su sonrisa en nuestros semblantes y poniendo confianza en nuestro corazón y viviremos el Reino de Dios

Nos hacemos como niños aprendiendo de su ternura, copiando su sonrisa en nuestros semblantes y poniendo confianza en nuestro corazón y viviremos el Reino de Dios

Ezequiel 18,1-10.13b.30-32; Sal 50; Mateo 19,13-15

‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’. Habían acudido muchas madres llevando a sus niños a Jesús para que los bendijera. Era una costumbre entre los rabinos. Pero allí están muy celosos del descanso de Jesús sus discípulos más cercanos. No querían que molestaran a Jesús, después quizá de aquellas largas caminatas por los caminos de Galilea y las intensas horas de estar hablando y enseñando a las gentes. No quiere Jesús que les impidan a los niños llegar hasta Él.
Seguro que aquellas bendiciones de Jesús eran bien distintas de las que quizá ritualmente hicieran los letrados y rabinos. Jesús amaba a los niños, les tenía en cuenta, se sentía a gusto entre ellos, nos los ponía como ejemplo de cómo tenemos que ser. ¿Qué ejemplo puede darnos un niño? Podrían pensar algunos. Pero Jesús dice que hay que hacerse como ellos para ser del Reino de los Cielos, para entender lo que es vivir el Reino de Dios.
La sonrisa de un niño cautiva el corazón, la ternura que manifiestan de forma espontánea nos mueve también a nosotros a sentimientos semejantes;  ¿quién no es tierno con un niño? El que no sabe vivir esa ternura es porque quizá ha ennegrecido demasiado el corazón o  lo ha llenado de tantas cosas que ya no hay cabida para el amor. ¿Quién no se conmueve ante la imagen de un niño que camina confiado porque sabe que su padre lo lleva de la mano y con él a su lado nada le puede pasar? La alegría con que el niño se expresa cuando va caminando al lado de aquel en quien confía es contagiosa y nos hace mirar las cosas con otros ojos, con una mirada distinta; no tiene malicia en su corazón y no es capaz de actuar con malicia aunque realice las travesuras de un niño que siempre estaremos dispuestos a perdonar.
Antes nos preguntábamos qué ejemplos nos puede dar un niño y pienso que recordando estas cosas que hemos ido haciendo mención podríamos estar descubriendo, sí, cuantas cosas podemos aprender de un niño. Necesitamos ese corazón puro y limpio para poder contemplar a Dios. Ya nos lo decía Jesús en las bienaventuranzas, ‘dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios’. Y Jesús nos dirá en otro momento advirtiéndonos de qué no les hagamos daño, porque sus Ángeles están contemplando siempre el rostro de Dios; yo lo traduciría en los ojos puros de un niño podemos contemplar ese rostro de Dios.
¿Por qué no andar nosotros confiados, como si fuéramos de la mano, poniendo toda nuestra vida en las manos de Dios que es nuestro Padre? Recordemos cómo en otro momento Jesús nos hablará de la providencia de Dios que cuida de nosotros que somos sus hijos mucho más que de unas flores que hace florecer en nuestros campos, o unos pajarillos que cruzan nuestros aires y nos alegran con sus cantos.
Sintiendo el amor que Dios nos tiene, que es un amor de Padre, ¿no tendrá que brotar también la ternura en nuestro corazón? Hablábamos de la ternura y de la maravillosa sonrisa del rostro de un niño, y tendríamos que pensar que si lleváramos esa sonrisa en nuestros labios y en nuestro semblante con todo aquel que nos encontráramos en los caminos de la vida, haríamos un mundo mucho más hermoso y capaz de ser feliz.
‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’ eran las palabras de Jesús con las que comenzábamos este comentario. ¡Cuánto podemos aprender!

viernes, 12 de agosto de 2016

La sublimidad de darse y entregarse por el ser que amamos que llega a convertirse en sacramento del amor y la presencia de Dios en nosotros

La sublimidad de darse y entregarse por el ser que amamos que llega a convertirse en sacramento del amor y la presencia de Dios en nosotros

Ezequiel 16, 1-15.60.63; Sal. Is 12, 2-3.4bcd.5-6; Mateo 19, 3-12

Amar no siempre es fácil. Hemos de reconocerlo sin miramientos ni complejos. Podemos llamar amar a muchas cosas, pero tendríamos que ver si realmente es amor. Amar entraña un darse, una donación de si mismo, un ir al encuentro del otro, un hacer suyos sus sentimientos porque ya me importa él (o ella) más que yo, no es anularse pero sí aprender a olvidarse de sí mismo, un pensar mas en la felicidad del otro porque será lo que verdaderamente me hará feliz, ser capaz de ser paciente y tener siempre esperanza, es confiar porque sé valorar a quien amo… cuántas cosas podríamos decir y no terminamos de explicar todo lo que significa amar de verdad. 
Y eso cuesta. Y tenemos que aprender a ir al encuentro del otro. Y muchas veces tendremos que decirnos no, aunque nos cueste, para hacer feliz al otro y yo seré entonces de verdad feliz. Cuesta porque en el fondo muchas veces seguimos pensando en nosotros mismos, en lo que podemos obtener, en lo que vamos a recibir y no somos capaces de vaciarnos de verdad. Cuesta porque ir al encuentro del otro significa aceptarle; y eso es aceptarle como es, también con sus limitaciones, pero aún así quiero amarlo. Y eso nos hará felices porque veremos feliz al ser a quien amamos. Por eso decimos que el amor es sublime, es grandioso, es una experiencia espiritual, será algo que nos transformará profundamente nuestro ser.
Por eso cuando encontramos el amor lo dejamos todo. Queremos estar con el amado y queremos que sea para siempre; y no queremos que nada se interponga, y superamos todo lo que haya que superar para seguir disfrutando de esa entrega, de ese amor que nos llenara de verdad por dentro. Amamos y nos sentimos poseídos por ese amor; no es ya poseer sino ser poseído.
No es fácil, nos cuesta. Parece muchas veces que el amor se rompe; quizá no pusimos los buenos cimientos para el encuentro y nos faltó garra en nuestra donación; quizá amenazaban atisbos de egoísmo que todo lo enturbiaban; en medio de la buena semilla que queríamos plantar podía aparecer la cizaña del orgullo, de la vanidad, del amor propio que parecían estropear aquel maravilloso campo del amor; muchas cosas podían confundirnos y hacernos perder la intensidad de la entrega; parecía que todo se podía echar a perder y tenemos el peligro de romperlo todo porque no sabemos superar los cansancios de la intensidad de la entrega.
Y Jesús nos recuerda hoy que el amor es uno y es para siempre. Que tenemos que saber desprendernos de todo para poder darnos totalmente por quien amamos y queremos hacerlo de verdad. Y eso vale para todo nuestro amor cristiano; y eso es especialmente importante en la sublimidad del amor matrimonial.
Y es que Dios está ahí en medio de ese amor; Dios es el que consagra ese amor y nos da la fuerza de su Espíritu para poderlo vivir en su total integridad. Y Dios quiere que no lo olvidemos, que sepamos contar con El; y en ese amor Dios se hace presente y ese amor es sacramento (signo verdadero) de la presencia de Dios. Y con Dios a nuestro lado será más fácil vivir la sublimidad del amor.

jueves, 11 de agosto de 2016

Seamos capaces de ser misericordiosos con los demás después de tantos signos de misericordia que hemos recibido de Dios en nuestra vida

Seamos capaces de ser misericordiosos con los demás después de tantos signos de misericordia que hemos recibido de Dios en nuestra vida

Ezequiel 12,1-12; Sal 77; Mateo 18,21–19,1
¿Cómo es posible que no seamos capaces de ser misericordiosos con los demás con tantos signos de misericordia que hemos recibido en nuestra vida? Pareciera que olvidamos nuestras debilidades, nuestros fallos y cuantas muestras de comprensión, de paciencia, de misericordia han tenido con nosotros tantas veces.
Nos volvemos en ocasiones insensibles y duros, exigentes más con los otros que con nosotros mismos; olvidamos nuestras limitaciones y los errores que tantas veces hemos cometido en la vida; nos creemos merecedores de todo y nos creemos quizá con derecho a que tengan paciencia con nosotros que erramos una y otra vez y que no siempre mostramos suficientes señales de arrepentimiento y de que seriamente queremos corregirnos.
Desde esas posturas, desde esas actitudes surge el que tanto nos cueste perdonar, el que nos hagamos esa consabida pregunta de si tenemos que estar perdonándole a los demás una y otra vez las cosas con las que nos hayan podido ofender. Es la pregunta que le hace Pedro a Jesús.
Repetidamente Jesús en el evangelio nos habla del sentido del verdadero amor y cómo hemos de amar a todos incluso a nuestros enemigos. Recordamos que nos decía que en algo teníamos que diferenciarnos los que pretendíamos seguirle, ser sus discípulos y pertenecer al Reino que El nos anunciaba. Es más nos decía también cómo nuestro amor a los enemigos debería llevarnos también a rezar por ellos.
Entendían fácilmente que teníamos que amarnos como hermanos, que no podíamos dejar de amar a los que nos amaban y nos hacían bien porque era además una forma de ser agradecidos, eso de amar a todos era una forma genérica de hablar, pero cuando llegaban a lo concreto de tener que amar a los que nos habían ofendido eso era cuestión de otro cantar. Les costaba a ellos entenderlo como nos cuesta a nosotros también, hemos de reconocerlo.
‘Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?’ Es la pregunta de Pedro que refleja también la pregunta que rebrota dentro de nosotros tantas veces. Ya sabemos la respuesta de Jesús. ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’. Está diciéndonos Jesús cómo tenemos que perdonar siempre. Y para ello nos propone una parábola.
Parábola que nos refleja toda la misericordia que Dios tiene con nosotros, imagen de la misericordia con que nosotros hemos de actuar con los demás. ¿Pero no decimos ‘perdónanos nuestros ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’? Así nos enseño Jesús a orar. Y creo que si rezáramos el padrenuestro con una mínima atención y dijéramos esas palabras con total sinceridad otra forma tendríamos de mirar al hermano que nos haya ofendido. Da la impresión que decimos tan deprisa el padrenuestro que pasamos por alto esa parte del perdón y casi no la decimos para no vernos nosotros comprometidos a perdonar también.
Seamos compasivos y misericordiosos como sabemos bien que Dios es infinitamente compasivo y misericordioso con nosotros que somos tan pecadores. 

miércoles, 10 de agosto de 2016

San Lorenzo en su martirio nos ayuda a descubrir cuales son los auténticos tesoros de la Iglesia en los pobres a los que tenemos que servir

San Lorenzo en su martirio nos ayuda a descubrir cuales son los auténticos tesoros de la Iglesia en los pobres a los que tenemos que servir

2Corintios 9,6-10; Sal 111; Juan 12,24-26

‘El mundo entero y en todas partes celebra hoy con unánime devoción el triunfo del bienaventurado Lorenzo, y Roma misma llena de alegría admira su fe inquebrantable, pues el mártir, encendido en los rayos del Sol eterno, sostuvo y venció un fuego de este mundo’ así nos dice san Máximo de Turín en una homilía de la fiesta de san Lorenzo.
Hoy 10 de agosto celebramos a san Lorenzo; muchos son los lugares que lo recuerdan y lo celebran. La tradición nos habla de que era originario de Aragón y por eso la ciudad de Huesca lo tiene como patrono, pero su vida transcurrió en Roma donde llegó a ser el Archidiácono del Papa san Sixto al que le seguiría en el martirio días después.
Los Hechos de los Apóstoles nos hablan de la institución del diaconado. Viendo los apóstoles que por sí mismos no podían atender al anuncio del evangelio y al mismo tiempo a la atención de los huérfanos y las viudas deciden con la asistencia del Espíritu Santo elegir a siete varones que serían constituidos como diáconos, como servidores, para la administración de aquellos bienes que los creyentes compartían para la atención de los necesitados.
Era la función que realizaba el diácono Lorenzo en Roma junto al Papa. No solo estaba para servir en la celebración litúrgica al Obispo de Roma, sino que tenia a su cuidado la atención de los pobres y necesitados con los bienes que la comunidad compartía generosamente. Hicimos mención que el Papa Sixto le precedió unos días en su martirio – lo celebramos el día 6 de agosto – y se nos cuenta que cuando fue apresado el Papa y algunos de sus diáconos en la persecución de Diocleciano, Lorenzo quería ir también con el Papa pues en su misión diaconal quería servirle hasta el último momento también en el martirio.
 Pero el papa le señala que debe quedar al cuidado de la Iglesia hasta que Dios lo llame. Y lo invita a distribuir a los pobres los tesoros que habían sido puestos a su cuidado. Habiendo escuchado estas palabras del Papa mencionando los tesoros de la Iglesia, Lorenzo es apresado y le conminan a que entregue todos esos tesoros de la Iglesia. Lorenzo se presentará ante su perseguidor con todos los pobres de Roma a los que había alimentado y cuidado con lo que los fieles habían compartido diciendo que esos eran los tesoros de la Iglesia.
Todos conocemos cual fue la reacción pues fue condenado a muerte y la tradición nos habla de su martirio a fuego lento colocado sobre una parrilla que se ha convertido en signo y en emblema que acompaña siempre su imagen.
Recordar y celebrar el martirio de san Lorenzo como de cualquiera de los mártires que por la fe entregaron su vida nos invita siempre a cantar las alabanzas del Señor, pues son un hermoso testimonio que nos alienta también en el camino de nuestra fe y en nuestra lucha de cada día por mantenernos en fidelidad, por difíciles que sean los momentos que tengamos que vivir.
El martirio nos señala la fortaleza de la fe, porque es el Espíritu del Señor que estará con nosotros para darnos la fuerza de su gracia en esos momentos de tormento. Nuestro martirio no será seguramente ni con el fuego ni con la espada, pero sí necesitamos día a día esa fuerza y esa gracia del Señor en ese camino de superación que hemos de realizar en nosotros, pero para enfrentarnos a los embates del mal que nos tientan de mil maneras para apartarnos del camino recto.
El testimonio de san Lorenzo en el servicio a los pobres, los verdaderos tesoros de la Iglesia nos ha de hacer pensar donde están para nosotros esos tesoros. ¿Es esa la imagen que damos? ¿Es esa la imagen de la Iglesia? Mucho habría que reflexionar y analizar en nuestras conductas en ese sentido y del actuar de la Iglesia, pero hemos de comenzar a valorar también esa labor que hace la Iglesia y no siempre se le reconoce en la atención a los pobres y a los necesitados.
Ahí está toda la labor de Cáritas que no es una ONG más, sino que es el verdadero rostro de la Iglesia servidora de los pobres, porque la labor de Cáritas es la acción de la Iglesia. ¿Quién en estos momentos de crisis que estamos atravesando es la que está dando respuesta continuada y seria a tantas y tantas familias necesitadas que están sufriendo las consecuencias de esta crisis? Creo que tendríamos que conocer mucho más la labor que realiza Cáritas, que en el fondo es la labor que está realizando la Iglesia.

  

martes, 9 de agosto de 2016

Mantengamos encendidas las lámparas de nuestra vida porque es una responsabilidad nuestra iluminar nuestro mundo

Mantengamos encendidas las lámparas de nuestra vida porque es una responsabilidad nuestra iluminar nuestro mundo

Oseas 2, 16b. 17b. 21-22; Sal 44; Mateo 25,1-13

Hay personas en la vida que saben ser previsoras y están pendientes y vigilantes ante lo que pueda suceder o los imprevistos que en la vida nos puedan aparecer. Personas que saben planificar bien su vida, que sin ser avariciosos saber guardar para estar preparados ante lo que pueda suceder, que saben controlarse que porque hoy tengan mucho puedan pensar que ya todo está resuelto para siempre y saben hacer entonces sus ahorros, tener sus previsiones; bien sabemos de cuantos siempre viven al día y casi lo tienen como filosofía de su vida y tanto tienen tanto gastan viviendo alegremente.
Ya digo no es necesario ser avariciosos para acaparar para tener por tener sin saber disfrutar de lo que se tiene, pero creo que sí es importante que sepamos planificarnos nuestra vida, tengamos objetivos por los que vayamos a luchar y trabajar y seamos capaces de ver las posibilidades que tenemos y hacer los acopios necesarios para poder llegar a cabo la tarea; es señal de un buen administrador y en fin de cuentas eso somos de nuestra vida, unos administradores de esa vida que se ha puesto en nuestras manos; más lo podemos decir cuando vivimos con trascendencia nuestra vida, que tampoco tiene su meta y su fin en los días que en este mundo vivamos.
Podíamos decir que en este sentido quiere hacernos reflexionar hoy Jesús con su parábola. Habla de una boda, de la llegada del novio que todos esperan con la ilusión de la fiesta y los preparativos necesarios, de unas jóvenes encargadas de iluminar el camino y con sus lámparas iluminar también luego la fiesta. Pero no todas las jóvenes fueron lo suficientemente previsoras; la mitad de ellas se contentó con llevar el aceite para que en aquel momento las lámparas iluminaran, no previeron que el novio podía tardar, como luego la fiesta se podía alargar y era necesario tener suficiente aceite para que las lámparas se mantuvieran encendidas. Cuando llegó el novio después de la tardanza ya sus lámparas no iluminaban, no tenían aceite para recebar la lámpara. No pudieron entrar a la fiesta porque mientras fueron a comprar la reserva ya la puerta de la fiesta se cerró.
Tiene, por supuesto, la parábola un sentido escatológico que nos hace pensar en el final de los tiempos, en la vida futura que nos espera, y en el momento en que hemos de presentarnos delante del Señor con nuestra lámpara encendida. ¿Qué vamos a llevar en nuestras manos? ¿Se mantendrá encendida hasta ese momento final esa lámpara de nuestra vida? ¿Habremos mantenido y alimentado suficientemente nuestra fe? ¿Cuáles son las obras de nuestro amor, qué hemos hecho de nuestra vida? son preguntas que surgen al hilo de la parábola.
Claro que también tenemos que pensar en el día a día de nuestra vida, de la vigilancia y de la responsabilidad con que hemos de vivir cada momento, de la seriedad con que nos vamos tomando cada una de nuestras responsabilidades y obligaciones, y del desarrollo que hemos de hacer de nuestra talentos, de nuestros valores.
Estamos llamados a iluminar desde ese sentido profundo de la vida que tenemos por nuestra fe en Jesús y esa luz no se puede apagar; pero esa luz no se mantendrá encendida para iluminarnos no solo nosotros sino a los demás si no la alimentamos. Es ese espíritu nuestro que tenemos que entrenar y fortalecer, es la espiritualidad con que hemos de dotar nuestra vida, es esa unión con la gracia del Señor que significará tanto una escucha de su Palabra como un fortalecimiento con los sacramentos, es la oración con que diariamente alimentamos y fortalecemos nuestro espíritu.
Mantengamos encendidas nuestras lámparas porque tenemos que iluminar nuestro mundo.

lunes, 8 de agosto de 2016

La vida hemos de vivirla con responsabilidad que hemos de asumir con todas sus consecuencias para nosotros mismos y en nuestra relación con los demás

La vida hemos de vivirla con responsabilidad que hemos de asumir con todas sus consecuencias para nosotros mismos y en nuestra relación con los demás

Ez. 1, 2-5. 24-2, 1; Sal. 148; Mt. 17, 21-26
La vida hemos de vivirla con responsabilidad. Tenemos responsabilidades con nosotros mismos, con lo que somos y con lo que tenemos en nuestras manos, con nuestra propia vida que hemos de cuidar y tratar de vivirla con la mayor dignidad, con los talentos, los valores, las cualidades y capacidades que tenemos en nosotros y que hemos de saber desarrollar.
Pero no todo se centra en nosotros mismos, porque en nuestro entorno está la familia, a la que pertenecemos como hijos o la que hemos formado cuando hemos hecho una opción de vida en convivencia con nuestra pareja – como suele decirse hoy – cuando hemos creado un hogar o una familia. Ahí tampoco podemos desatender nuestras responsabilidades porque la familia se está creando y construyendo día a día; está el cuidado que tenemos por los nuestros, está el procurar la felicidad de cada uno de sus miembros, pero también el ayudar al desarrollo de los valores y capacidades de cada uno, a la realización como persona de cada uno de sus miembros, en lo que hemos de contribuir. Mucho más podríamos decir y reflexionar en este apartado de responsabilidades.
Pero ahí no se acaba el campo de nuestras responsabilidades. Vivimos inmersos en medio de una sociedad, donde desarrollamos nuestra vida, donde entramos en relación con otras personas, donde nos ganamos el pan de cada día en el desempeño de un trabajo, de la que recibimos muchos pero a la que nosotros también aportamos con lo que somos, nuestro trabajo, el desarrollo de nuestros valores, la contribución que hacemos para que nuestro mundo sea mejor, la felicidad que queremos sembrar en el corazón de los demás, la paz que queremos construir en nuestras familias, en nuestros ambientes, con aquellos con los que nos relacionamos.
No nos podemos desentender de ese mundo en el que vivimos. Es la contribución de nuestra vida al desarrollo de los demás, a la mejora de ese mundo en el que vivimos y todos queremos ser felices. Amplio es el campo que se abre ante nosotros y del que no podemos huir  acobardados porque sea mucha la tarea. Somos responsables de ese mundo, de esa sociedad en la que vivimos, de lo que hemos recibido de nuestros mayores y de los demás, pero donde tenemos que sembrar nuestra semilla, poner la contribución de nuestra vida.
Me he hecho esta reflexión partiendo del evangelio que escuchamos que nos habla de la pregunta que le hicieron a Pedro que si Jesús no pagaba el impuesto de las dos dracmas para la contribución del culto del templo. Nos hace pensar, como hemos venido reflexionando, sobre esa responsabilidad que tenemos de contribuir todos al bien de nuestra sociedad. Será esa contribución económica para poder tener los medios necesarios para todo eso que hay que realizar en muchos aspectos, pero no se termina ahí nuestra responsabilidad. Es, es cierto, una responsabilidad grave que no podemos rehuir y todos hemos de contribuir según nuestros medios con total responsabilidad, pero es mucho más lo que podemos hacer, como hemos venido reflexionando.
Hay un aspecto más en este campo de responsabilidades y es nuestro lugar en medio de la comunidad cristiana, la responsabilidad que tenemos como miembros de la Iglesia. Algo que nos llevaría a más amplias consideraciones y en lo que muchas veces hemos  reflexionado y seguiremos tratando en otras ocasiones.

domingo, 7 de agosto de 2016

La responsabilidad con que, desde nuestra fe en Jesús y en nuestro deseo de seguirle, nos tomamos en serio la vida

La responsabilidad con que, desde nuestra fe en Jesús y en nuestro deseo de seguirle, nos tomamos en serio la vida

Sabiduría 18, 6-9; Sal 32; Hebreos 11, 1-2. 8-19; Lucas 12, 32-48
En la vida tenemos responsabilidades que tenemos que asumir y en las que no nos podemos dormir; nos hacemos planes, nos trazamos objetivos; el hombre maduro y responsable siempre estará buscando cómo mejorar las cosas, como pueda hacer que las cosas para los suyos, con aquellos que están a su cargo o con los que tiene una especial responsabilidad, ya sea la familia o ya sea aquellos cuyo trabajo pueda depender también de su actuación y su responsabilidad, puedan marchar bien y hacer que puedan tener una vida mejor. Actuando con responsabilidad no hace dejación de sus obligaciones, no se duerme, no espera que otros hagan sino que también será capaz de tener iniciativas o buscar formas de que todo funcione bien.
Las responsabilidades de la vida nos hacen estar vigilantes, atentos. Eso, como decíamos, es parte y es expresión de la madurez de la persona y de la madurez con que afrontamos los problemas de la vida. Es cierto que en esas materias de orden material o donde toque el aspecto económico parece que nos hacen ser más astutos, y quizá en otros aspectos de la vida personal y de la vida espiritual no prestemos tanta atención.
Jesús en el evangelio nos va trazando unas líneas de vida, ayudándonos a descubrir unos valores, queriendo hacer que busquemos lo que es verdaderamente principal e importante en la vida, abriéndonos caminos de vida, descubriéndonos lo que es el sentido del Reino de Dios que nos anuncia y que ha de ser el sentido de nuestra vida.
Cuando lo vamos escuchando, al tiempo que contemplamos su actuar, nos sentimos entusiasmados y nos entran deseos de vivir ese estilo de vida nueva que Jesús nos ofrece, nos hacemos nuestros propósitos y nuestros planes e incluso comenzamos a dar pasos en ese seguimiento de Cristo queriendo vivir tal como Jesús nos ofrece. 
Pero ya sabemos bien lo que nos sucede y que nos aparece enseguida la inconstancia, pronto nos cansamos, tenemos el peligro de olvidar aquello que nos habíamos propuesto y baja la intensidad de lo que ha de ser nuestra vida cristiana. Tenemos, ya sabemos, muchos altibajos en la vida y en este caso en la vida espiritual.
Todos recocemos esa experiencia de nuestra vida; después de una semana santa vivida con fervor nos propusimos muchas cosas, o fueron unos ejercicios espirituales que hicimos de los que salimos con muchos propósitos, o aquel cursillo al que asistimos o aquellas jornadas en las que participamos compartiendo con otras muchas personas que también veíamos cómo querían con entusiasmo vivir su compromiso en la iglesia y en medio del mundo. Salimos con mucho entusiasmo en aquellos momentos, pero luego pronto ‘como era en el principio, ahora y siempre…’
Hoy Jesús nos habla de tener ceñidas las cinturas y encendidas las lámparas. Nos recuerda aquella parábola de las doncellas prudentes y de las doncellas necias, las que llevaron aceite suficiente aparte, y las que llevaron raquíticamente el poquito que podía contener el pequeño depósito de la lámpara. O nos habla del dueño de la casa que no sabe por donde puede atacar el ladrón, pero que estará vigilante y tendrá bien cerradas las puertas para que no se pueda introducir en la casa. O nos habla del administrador fiel y solicito que se le ha confiado la administración de una casa o de una hacienda y que ha de estar atento para que todo funcione bien, porque esa es su responsabilidad.
Podemos reflexionar e interpretar estas palabras en un sentido escatológico pensando en ese momento final de nuestra vida y en el momento en que tengamos que presentarnos ante Dios para dar cuenta de lo que ha sido nuestra vida. Pero creo que de una forma concreta el mensaje que se nos trasmite quiere que pensemos en el día a día de nuestra vida y cómo ahora en este momento estamos dando respuesta a lo que Jesús nos va pidiendo en el evangelio.
Estas palabras de Jesús han surgido tras aquellas consideraciones que se nos hacía para que no nos dejáramos seducir por la codicia de la vida, la codicia y el deseo de la posesión de bienes materiales. En las primeras palabras que hoy hemos escuchado se nos invita a guardar nuestro tesoro donde los ladrones no nos lo puedan robar, diciéndonos que allí donde está nuestro tesoro está nuestro corazón. Y ante esa situación que podría parecerle difícil a los discípulos Jesús se expresa con toda su ternura - ‘no temas, pequeño rebaño’, les dice - para que pongamos toda nuestra confianza en el Padre bueno del cielo.
No nos podemos cruzar de brazos ni nos podemos quedar aletargados sin saber qué hacer por mucho que sea la necesidad o el trabajo que se abre ante nosotros; la vigilancia y la espera no son pasivas en el cristiano.
Son los oídos atentos para escuchar la Palabra, pero son los ojos abiertos para mirar la vida y mirar nuestro mundo; son nuestras manos ágiles y siempre dispuestas para trabajar y es nuestro corazón siempre abierto para compartir con generosidad; es esa apertura de nuestra para ver la necesidad y es la disposición para abrir caminos de compromiso; es la sintonía de nuestro espíritu para captar esa voz y esa presencia de Dios, son nuestros pies siempre dispuestos a caminar para sembrar la paz, para hacer el bien, para ir a construir ese mundo nuevo.
Es la responsabilidad con que, desde nuestra fe en Jesús y en nuestro deseo de su seguimiento, nos tomamos en serio la vida que vivimos en todos sus aspectos.