lunes, 15 de agosto de 2016

La Asunción de María nos hace levantar nuestra vida para ponernos en camino de amor como ella que nos alcance también un día la gloria del Señor

La Asunción de María nos hace levantar nuestra vida para ponernos en camino de amor como ella que nos alcance también un día la gloria del Señor

Apoc. 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Cor. 15, 20-27ª; Lc. 1, 39-56
María nos hace siempre levantar nuestra mirada a lo alto. Hoy de manera especial cuando celebramos su Asunción al cielo, su glorificación viviendo para siempre en la gloria de Dios nos hace levantar, digo, nuestros ojos a lo alto. Y bien que lo necesitamos.
En una oración con la que la invocamos desde siempre decimos que como andamos en este valle de lágrimas ella vuelva sus ojos misericordiosos sobre nosotros. Pero más aún tenemos que decirle que porque andamos en este valle de lagrimas, sintiendo, sí, su consuelo maternal, ella nos enseñe a levantar nuestra mirada porque necesitamos encontrar metas de luz, rayos de esperanza, ideales que nos animen a emprender esas sendas nuevas que con el evangelio de Jesús podemos y tenemos que encontrar.
Muchas son las cosas que nos encontramos en el camino de la vida y que nos hacen sufrir y a veces perder toda esperanza. Negruras que se nos meten en el alma y que nos llenan de angustias ante un mundo roto en el que vivimos tan lleno de egoísmos y de maldades. El sufrimiento y la angustia de los pobres y de todos los que padecen necesidad, de los que se sienten desplazados en la vida, de los que sufren las injusticias de los demás y se sienten oprimidos, de los que se ven envueltos en violencias y en guerras que todo lo destruyen y destruyen hasta lo más hondo nuestras esperanzas, de los que en este torbellino de la vida caminan sin rumbo y desorientados, de los que se ven arrastrados por tantas cosas que prometen libertad pero que mas bien conducen a las esclavitudes del materialismo y la sensualidad con que se vive la vida tantas veces, y tantas cosas nos tienen que hacer desear encontrar un camino de salvación, algo que nos renueve y nos levante, algo que nos pueda conducir a un mundo nuevo y mejor donde podamos en verdad ser más felices.
Nosotros desde nuestra fe confesamos y decimos que solo en Jesús podemos encontrar esa salvación, esas metas e ideales grandes, esa verdadera libertad que nos dé un sentido a nuestro caminar; solo en Jesús podemos encontrar esa paz en lo más hondo de nosotros mismos porque El es el que nos libera de todas esas esclavitudes, de todas esas cosas que nos atan y al final nos llevarían por caminos de infelicidad.
María nos está señalando ese camino que nos conduce a Jesús, que nos hace encontrar esa verdadera luz de nuestra vida que va a borrar para siempre todas esas tinieblas que nos entenebrecen. Es lo que canta María hoy en su cántico en el encuentro con Isabel. María comienza alabando a Dios que quiso contar con ella, a pesar de que se consideraba a sí misma la más pequeña, la humilde esclava del Señor. Y María canta al Señor dando gracias porque se va a derramar su misericordia sobre todos los hombres que viene a restaurar todo lo que hay roto en el corazón del hombre, pero que viene a ponernos en camino de ese mundo nuevo donde todo será renovado.
Dios ha hecho cosas grandes en ella y no se cansa de proclamarlo y de gracias porque siente que la alegría de esa gracia de Dios en ella se desborda y quiere contagiar a los demás pero ella está viendo también como esa misericordia del Señor va a llegar para siempre a los hombres y mujeres de todos los tiempos, a toda la humanidad tan necesitada de salvación.
Esa misericordia de Dios que así se desborda es ese rayo de luz y de esperanza que todo lo ilumina y todo lo transforma. Comienza un mundo nuevo en el que serán grandes los pequeños y los humildes, pero los que se sienten poderosos se van a ver derribados de esos pedestales del orgullo donde se han subido. Comienza un mundo nuevo en el que tiene que brillar el amor y la ternura, y del que va a ser desterrado todo sufrimiento y todo dolor, porque todos comenzaremos a actuar de manera distinta, todos vamos a ensanchar nuestro corazón en el amor y la misericordia para consolar pero también para hacer con nuestro amor y nuestra solidaridad que se mitiguen esos dolores y sufrimientos.
María está siendo ese primer testimonio de ese mundo nuevo. Para ella no habían distancias cuando se trataba de servir y de ayudar, por eso había caminado desde la lejana Galilea para venir a las montañas de Judá donde sabía que podían necesitarla, donde sabía que ella podía poner el consuelo de su amor.
María, sí, nos está enseñando a levantar nuestra mirada para ver más allá de nuestro yo que podría encerrarse en nuestro egoísmo y aprender a ver allí donde está la necesidad y el sufrimiento donde hemos de poner el bálsamo de nuestro amor y todo nuestro compromiso solidario para ayudar, para levantar, para animar y dar esperanza, para poner remedio allí donde hay una necesidad, para llevar una sonrisa y una palabra de ánimo donde encontramos gentes abrumados en sus tristezas y soledades.
Hoy celebramos la glorificación de María en su Asunción a los cielos. María, la humilde esclava del Señor, como así misma se llamaba, glorificada por su humildad  - el que se humilla será enaltecido, diría Jesús en el evangelio -, glorificada por su fe – dichosa tú que has creído, que le dice su prima Isabel-, glorificada por su amor y su espíritu de servicio, glorificada porque no solo fue dichosa por llevar en su seno al Hijo de Dios, Palabra eterna de Dios que se encarnaba, sino porque supo plantar esa Palabra en su vida mereciendo así la alabanza del mismo Jesús.

Mirar a María hoy en su Asunción es contemplar un camino, es ponernos en camino, es hacer el mismo camino de María que no fue otro que el de Jesús. Un día esperamos nosotros merecer también esa gloria del Señor.

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