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sábado, 25 de junio de 2016

Jesús llega a nuestra vida para curarla y a través de nosotros quiere llegar con su vida y salvación a nuestro mundo

Jesús llega a nuestra vida para curarla y a través de nosotros quiere llegar con su vida y salvación a nuestro mundo

Lamentaciones 2,2.10-14.18-19; Sal. 73; Mateo 8, 5-17

‘Voy yo a curarlo’, le dice Jesús. Un centurión que tenia enfermo un criado a quien apreciaba mucho acude con fe a Jesús rogándole: ‘Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho’. Y ya vemos la postura de Jesús. ‘Voy yo a curarlo’. Más tarde le veremos llegar a casa de Simón y se encuentran que la suegra de Pedro está enferma y Jesús adelantándose hacia ella, le tiende la mano y se le pasó la fiebre. Luego serán multitud de enfermos que con sus dolencias acuden a Jesús e imponiéndoles las manos los cura.
Jesús que quiere llegar a nosotros, allí donde está nuestro dolor y sufrimiento, allí donde quizá hemos perdido las esperanzas, allí donde nos parece que andamos perdidos y postrados en nuestras angustias o en nuestras esclavitudes, allí donde todo nos parece oscuro porque nos parece que no sabemos encontrar una luz que nos ilumine. Jesús viene con su luz, nos llena de vida, nos levanta de nuestras postraciones e invalidases, hace revivir de nuevo en nosotros la esperanza, nos hace encontrar el camino, despierta nuestra fe.
Sí, es necesario despertar la fe, una fe que nos dé total confianza, una fe que ilumine de nuevo la vida, una fe que nos haga recuperar nuestra dignidad, una fe que nos pone en camino, una fe que nos abre al amor y al servicio.
El centurión no se siente digno pero no ha perdido la fe. Es más desde la indignidad que siente que hay en su vida acude con más fe a Jesús. ‘Señor, no soy quién soy yo para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano’. Sabe que Jesús puede hacerlo y lo hará. No es judío, es un pagano, sabe su indignidad, conoce bien lo que eran las costumbres de los judíos y cómo no querían entrar en la casa de los paganos, pero tiene fe en Jesús, cree en su palabra.
Es cierto que Jesús vendrá rompiendo moldes y barreras, porque quiere hacer recuperar la dignidad de todos, y está dispuesto a ir a la casa de aquel pagano. Pero el centurión sabe que no es necesario porque cree en la palabra de Jesús. Y Jesús alabará su fe, y hasta la pondrá de modelo para los demás, porque llegará el momento que esas barreras se rompan y como dice Jesús ‘vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur y sentarán en la mesa del Reino’.
Vayamos con fe a Jesús; dejemos que Jesús llegue a nuestra vida. No temamos nuestra indignidad porque Jesús nos ama y nos salva, y nos cura, y nos llena de nueva vida. Pero aprendamos de Jesús a llevar vida, a llegar a la vida de los demás, a llevar la luz de Jesús a los otros, a poner esperanza en sus vidas. En el nombre de Jesús tenemos la misión de ir a curar a nuestro mundo, allí donde esta el mal tenemos que poner bien, allí donde brotan los odios y se rompe la paz tenemos que poner amor y hacer que reine la concordia. El pone esa tarea en nuestras manos.

viernes, 24 de junio de 2016

El mundo necesita luz, unos testigos de la luz verdadera y en esta fiesta del nacimiento del Bautista hemos de recordar el testimonio del evangelio que estamos llamados a dar hoy

El mundo necesita luz, unos testigos de la luz verdadera y en esta fiesta del nacimiento del Bautista hemos de recordar el testimonio del evangelio que estamos llamados a dar hoy

Isaías 49, 1-6; Sal 138; Hechos 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80

‘Vino un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran en El. No era él la luz sino testigo de la luz’. La voz que grita en el desierto, como habían anunciado los profetas, para preparar los caminos del Señor. No era el Mesías; decía él que tampoco era el profeta, aunque como diría Jesús era profeta y más que profeta, el mayor nacido de mujer; era el que venía con el espíritu y el poder de Elías para reconciliar a los padres con los hijos y preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.
Hoy celebramos su nacimiento. Y de la misma manera que entonces la noticia corrió por toda la montaña de Judea y todos se alegraron en su nacimiento, nosotros hacemos fiesta, una  fiesta muy arraigada en la entraña del pueblo cristiano con multitud de tradiciones y costumbres ancestrales.
No nos queremos quedar nosotros en simples costumbres y tradiciones quizá muchas veces con un cierto paganismo y alejadas del verdadero sentido cristiano, sino que queremos valorar en todo su sentido lo que significó el nacimiento de Juan y escuchar el anuncio y testimonio que él quiere seguir haciéndonos hoy y la invitación que nos está haciendo a un nuevo compromiso.
Era como nos decía el evangelio de Juan el que venia a dar testimonio de la luz, era un testigo, para todos creyéramos en Jesús. Es su misión, anuncio y testimonio. ¿No necesitará el mundo de hoy esos testigos que hagan anuncio y que den testimonio? El mundo necesita luz, necesita unos testigos de la luz verdadera. Nosotros los cristianos nos decimos iluminados por esa luz. No nos la podemos guardar para nosotros solos. Tenemos que dar testimonio de esa luz, para que todos puedan encontrarla, para que todos puedan verse iluminados por esa luz, para que lleguen a creer de verdad en Jesús.
Para eso vino Juan y hoy nosotros tenemos que ser ese Juan que dé testimonio de la luz frente a nuestro mundo. El Papa nos está llamando continuamente a que salgamos al encuentro de los hombres de hoy con nuestra luz. Nuestras comunidades cristianas nos están invitando continuamente a que realicemos esa misión en medio de nuestro mundo. Tenemos que ser misioneros del evangelio, evangelizadores en nuestro mundo de hoy que aun llamándose cristiano y manteniendo incluso muchas tradiciones no está lo suficientemente evangelizado, porque no está suficientemente impregnado del evangelio de Jesús.
Lo mencionábamos antes en referencias a las tradiciones que se reviven en estos días de la fiesta de san Juan muchas de ellas de origen pagano. Muchas veces inconscientemente nosotros los cristianos nos dejamos llevar por esas llamadas de la sociedad a resucitar esas viejas tradiciones olvidándonos de su origen pagano porque quizás nosotros mismos no estamos suficientemente iluminados por el evangelio para saber distinguir todas esas cosas. Y ya sabemos como hay gente interesada en borrar la estela del cristianismo en nuestra sociedad y se vale de esa vuelta a costumbres antiguas de origen pagano que quieren hacer resucitar. Es en lo que hemos de tener mucho cuidado los cristianos en que no se nos paganicen nuestras fiestas cristianas.
Es la tarea que tenemos que realizar. Es el testigo que hoy en esta fiesta de tanta alegría por el nacimiento de Juan tenemos que recoger para ir a hacer ese anuncio.  Dejarnos impregnar nosotros del evangelio para llevar la verdadera luz de Jesús a nuestro mundo.

jueves, 23 de junio de 2016

Cimentemos bien nuestra vida de fe en la escucha de la Palabra de Dios reflejándola luego en el compromiso cristiano de la vida de cada día

Cimentemos bien nuestra vida de fe en la escucha de la Palabra de Dios reflejándola luego en el compromiso cristiano de la vida de cada día

2Reyes 24,8-17; Sal 78; Mateo 7,21-29

Yo soy una persona muy religiosa, hemos escuchado decir más de una vez, porque yo cumplo todas mis promesas, le llevo flores a la Virgen cada vez que voy a verla, tengo mi casa llena de santitos y le enciendo mis lucecitas y yo creo mucho. No ponemos en duda la religiosidad de estas personas. Cosas así escuchamos muchas veces en la buena voluntad y en una expresión religiosa muy elemental, pero tendríamos que preguntarnos ¿y somos también así solo con esto buenos cristianos?
No basta decir yo soy muy creyente, para que con ello afirmemos también que somos buenos cristianos. Creyentes son los musulmanes, y muchas veces mucho más fieles que nosotros a sus prácticas religiosas, pero no por eso podemos decir que son cristianos.
Ser cristiano entraña algo más que esa religiosidad natural y elemental. No digo que no tengamos que rezar a Dios y que podamos hacerle nuestras ofrendas de amor en las cosas que hacemos o le ofrecemos. Pero ya Jesús nos está diciendo a quienes queremos seguirle – y por ahí tenemos que comenzar a ver que lo de ser cristiano entraña un seguimiento de Jesús – que no nos basta decir ‘Señor, Señor’, sino que tenemos que comenzar por escuchar la Palabra del Padre y comenzar a ponerla en práctica. ‘No todo el que me dice "Señor, Señor" entrará en el reino de cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo…’ Vemos que Jesús nos habla del Reino y nos habla de hacer la voluntad del Padre, lo que entraña querer escucharla. Y ya vemos lo que a continuación nos dice sobre aquellos que vendrán diciendo es que yo hacia tantas cosas, es que yo estaba en esto o en lo otro, y hasta hemos hecho cosas extraordinarias.
Nos pone Jesús a continuación la parábola o alegoría de la casa edificada o sobre roca o sobre arena. Nos hacen falta unos buenos cimientos para edificar el edificio de nuestra vida de fe y de nuestra vida cristiana. No nos podemos quedar en la superficie, no nos podemos quedar en cosas superficiales, sino que hemos de saberle dar profundidad a nuestra vida. Y para eso tenemos que escuchar con toda hondura la Palabra de Jesús; pero no solo se trata de oírla sino que hay que escucharla hondamente, sembrarla en tierra buena, como nos dirá en otra parábola, darle cimiento firme a nuestra vida poniendo en práctica esa Palabra que hemos escuchado de Jesús.
En aquellas personas que nos decían, como comentábamos al principio, que eran muy creyentes, ¿Dónde está la escucha de la Palabra de Dios? ¿Dónde está el tiempo que dedican a la lectura de la Biblia o a participar en las celebraciones en las que se nos proclama la Palabra de Dios y se nos comenta para alimentar nuestra vida creyente y cristiana?
Cómo es posible que una persona que se dice cristiana nos diga que no necesita leer la Biblia, escuchar la Palabra de Dios, que no es necesario participar en las celebraciones en las que se nos proclama la Palabra y en las que alimentamos nuestra fe?
¿En qué obras de amor, en qué compromiso concreto a favor de los demás vamos realizando nuestra vida como consecuencia de nuestra condición de creyentes?
¿Seremos edificio cimentado sobre roca para poder enfrentarnos a todos los embates que pudieran poner en peligro nuestra fe y nuestra vida cristiana?



miércoles, 22 de junio de 2016

Analicemos con sinceridad esas actitudes profundas del corazón y seamos árbol bueno que dé siempre frutos buenos

Analicemos con sinceridad esas actitudes profundas del corazón y seamos árbol bueno que dé siempre frutos buenos

2Reyes 22, 8-13; 23, 1-3; Sal 118; Mateo 7, 15-20

Qué a gusto se siente uno cuando se encuentra con una persona sincera y leal; se manifiesta auténtica, tal como es, lo que piensa o lo que siente surge espontáneamente, podríamos decir, en su semblante, en la forma de actuar, en el trato que tiene con nosotros. Es algo muy hermoso y confortable.
Si así nos manifestáramos siempre con esa lealtad y con esa sinceridad en verdad que seríamos más felices, porque habría una mayor humanidad en nuestro trato y eso facilitaría la convivencia. Cuando nos encontramos con corazón torcido, que oculta la verdadera intención de lo que hace, que se  manifiesta con doblez nos llenamos de desconfianza porque realmente no sabemos cual es la verdadera intención de lo que hace y eso nos malea también a nosotros. La desconfianza es mala compañera en el camino de la vida, en la convivencia de cada día con nuestros semejantes.
Y esto nos puede suceder en muchos aspectos. Es una hipocresía y falsedad de la vida y esos son malos cimientos si queremos realmente hacer que nuestro mundo sea mejor. Será incluso desgraciadamente en nuestro trato familiar – un buen camino para destruir nuestras familias – pero es luego en el día a día con los que convivimos, convecinos, compañeros de trabajo, en las actividades de la vida social, y desgraciadamente nos lo podemos encontrar en aquellos que están llamados a dirigir o ayudar a encauzar los rumbos de la sociedad en la que vivimos.
Esta reflexión no se nos puede quedar en constatar lo que tantas veces vemos en nuestro entorno y denunciar esa falsedad de la vida, sino que tenemos que hacérnosla dentro de nosotros mismos para que no caigamos en esas redes, en esas tentaciones que nos pueden aparecer en nuestros comportamientos y en nuestras actitudes.
Los orgullos nos pueden llevar a fantasear en lo que quisiéramos ser y entonces manifestarnos en unas actitudes hipócritas con las que podemos hacer mucho daño a los que están a nuestro lado o conviven con nosotros. Es mirarnos en la realidad de nuestra vida, que tendremos nuestras virtudes y nuestros defectos, pero manifestarnos con autenticidad, con sinceridad alejando de nosotros toda vanidad que es una falsedad.
Alguno podrá pensar y qué tiene que ver todo esto con el evangelio del día y que queremos comentar. Jesús nos habla de falsos profetas que en el fondo son lobos rapaces; nos habla de auténticos frutos de verdad y de justicia que tenemos que saber ofrecer a los demás; nos habla de árboles dañados que no pueden dar nunca buenos frutos. Que no seamos nosotros nunca ese árbol dañado, porque hayamos llenado nuestra vida de falsedad, de vanidad, de hipocresía. Que no andemos por la vida con dobles intenciones ocultas en aquello que hagamos. Que vayamos mostrándonos con autenticidad en lo que hacemos para que así provoquemos ese mundo de sinceridad, de lealtad, de bien, de verdad que entre todos tenemos que realizar.
Analicemos con sinceridad esas actitudes profundas que tengamos en el corazón y seamos árbol bueno que dé siempre frutos buenos. Son los frutos del Reino de Dios que entre todos hemos de construir.

martes, 21 de junio de 2016

No nos pide Jesús nada extraordinario sino que seamos capaces de tratarnos con humanidad los unos a los otros con todas sus consecuencias

No nos pide Jesús nada extraordinario sino que seamos capaces de tratarnos con humanidad los unos a los otros con todas sus consecuencias

2 Reyes 19, 9b-11. 14-21. 31-35a. 36; Sal 47; Mateo 7, 6. 12-14

‘Tratad a los demás como queréis que ellos os traten; en esto consiste la Ley y los profetas’. Estas palabras de Jesús se corresponden ya al final del sermón de la montaña que Mateo nos ha ofrecido en estos capítulos a partir de las bienaventuranzas como un compendio de lo que era vivir el Reino de Dios que Jesús nos viene anunciando. En una sentencia Jesús quiere que recordemos lo que es lo fundamental que hemos de vivir.
Alguien podría pensar que esta sentencia no nos ofrece nada especial, porque entraría dentro de una lógica humana ese trato que hemos de darle a los demás, semejante al menos al que nos gustaría a nosotros recibir. Nos puede parecer sencillo y nada extraordinario, pero es que Jesús no nos pide nada extraordinario, sino que seamos capaces de hacer extraordinariamente bien las cosas sencillas y normales de cada día.
Todo lo que Jesús nos ha ido pidiendo a lo largo del sermón de la montaña que hemos venido escuchando lo que pretende es que seamos realmente humanos los unos con los otros. Sí, el amor verdadero nos hace humanos, nos hace que nos tratemos con humanidad. Cuando nos tratamos con humanidad hacemos desaparecer todo aquello que nos divide, nos separa, nos enfrenta o nos aísla. Es todo el mensaje de amor que hemos de vivir.
No es camino fácil; nos es camino de dejarse llevar, arrastrar por los impulsos que en cada momento vayamos teniendo, sino que significará, es cierto, un camino de superación, un camino en el que tenemos que ser capaces de dominarnos y controlarnos a nosotros mismos, un camino que hemos de realizar con esfuerzo. Digo camino de superación, dominio y esfuerzo, porque ya bien sabemos cuales son nuestras reacciones, cuales son esos atisbos de orgullo, de amor propio o de egoísmo que muchas veces pueden ir apareciendo en nuestra vida. No siempre es fácil.
¿No quieres tú que te traten con humanidad? Y humanidad significa respeto, consideración, valoración, comprensión, aceptación mutua. Y con humanidad nos amamos y nos perdonamos, con humanidad nos damos cuenta que todos somos hermanos, con humanidad somos capaces de no tener en cuenta lo que nos hayan podido hacer para reemprender una y otra vez el camino. Seamos capaces de hacerlo también con los demás, aunque muchas veces nos cueste, aunque muchas veces tengamos la tentación de ver primero la pajita del ojo ajeno como nos decía ayer Jesús.
Es a lo que Jesús se refiere en sus palabras hoy. ‘Entrad por la puerta estrecha. Ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos’.


lunes, 20 de junio de 2016

Si Dios nos acepta y nos ama tal como somos aprendamos a aceptarnos mutuamente siendo un estimulo para mejor nuestra vida y nuestras relaciones

Si Dios nos acepta y nos ama tal como somos aprendamos a aceptarnos mutuamente siendo un estimulo para mejor nuestra vida y nuestras relaciones

2 Reyes 17, 5-8. 13-15a. 18; Sal 59;  Mateo 7,1-5

Si Dios nos acepta y nos ama tal como somos, ¿por qué no somos capaces de aceptarnos los unos a los otros? Cuánto nos cuesta; cómo tenemos ojos enseguida para ver los posibles defectos o fallos que tenga el otro, sin ser capaces de mirar nuestras debilidades que muchas veces son peores. De esto nos quiere prevenir hoy Jesús.
Si nos ha ido anunciando un Reino de Dios al que todos hemos de pertenecer, en el que tenemos que sentirnos como hermanos y la suprema regla de nuestra vida es el amor, quien ama acepta al que ama tal como es. Es lo que nos pide Jesús. Ojalá todos fuéramos perfectos y santos, pero la realidad es la debilidad de nuestra vida en la que vamos tropezando en tantas cosas. Pero antes de juzgar y condenar a los demás tenemos que ser conscientes de nuestra propia debilidad, y que no siempre somos capaces de superarnos, que tanto nos cuesta mejorar, ¿por qué no aceptar al otro,  que también tendrá sus defectos, pero que también tendrá su lucha interior por mejorar aunque de eso nosotros no sepamos nada?
Por eso la compasión y la misericordia con valores y actitudes que tienen que predominar siempre en nuestra vida. Cuando tienen paciencia con nosotros, bien que lo agradecemos; cuando nos sentimos amados, sabiendo los defectos que hay en nuestra vida, los errores que cometemos, o la maldad que muchas veces se puede ocultar en nuestro corazón, sentimos una cierta paz, un gozo en nosotros y un estímulo para nuestras luchas y deseos de superación. Más que juzgar y condenar lo que tendríamos que saber hacer siempre es ser un estimulo para los demás, para sus luchas, para sus deseos de superación. Es lo que tendrían que hacer los hermanos que se aman de verdad; son las actitudes positivas que tendría que haber en nuestra vida.
No nos gustan los juicios que los otros puedan hacer de nosotros; nos sentimos humillados y aparece enseguida en nosotros el orgullo y el amor propio con muchas malas consecuencias para nuestra relación con los demás; ya sabemos como reacciones con despecho en nuestro orgullo y fácilmente se crea una tensión y una espiral de violencia al menos en nuestros sentimientos hacia los otros. Seamos humildes para reconocer nuestros fallos y debilidades, pero seamos valientes para saber aceptar a los demás y quitemos de nosotros todo atisbo de juicios y prejuicios.
Escuchemos con corazón abierto lo que nos pide Jesús. ‘No juzguéis y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros’. Y nos habla Jesús de la paja del ojo ajeno, pero de la viga que hay en nuestro ojo y no somos capaces de ver y reconocer. Qué distintas serían nuestras relaciones si escucháramos con corazón abierto estas palabras de Jesús. 

domingo, 19 de junio de 2016

Unas preguntas de Jesús que nos siguen interrogando por dentro sobre el compromiso con que vivimos nuestra fe

Unas preguntas de Jesús que nos siguen interrogando por dentro sobre el compromiso con que vivimos nuestra fe

Zacarías 12, 10–11; Sal 62; Gálatas 3, 26-29; Lucas 9, 18-24
Dos importantes preguntas de Jesús que tanto han hecho reflexionar y que siguen haciéndonos reflexionar. ‘¿Quién dice la gente que soy yo?... y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’
Preguntas quizá que dejaron en cierto modo sorprendidos a los discípulos cuando Jesús se las hace; con preguntas así muchas veces no sabemos que responder; quizá nos entran dudas, miedos de acertar o no, o también temor por lo que pueda comprometernos la respuesta que demos. Nos las hacemos en nuestro interior, pero quizá no somos valientes para dar el paso y responder expresándonos en alta voz. Nos sucede tal vez en tantas ocasiones. La respuesta es comprometida.
Responden entonces los discípulos recogiendo lo que escuchaban a la gente cuando se admiraban ante los milagros o se sentían sorprendidos con sus palabras. ‘Un gran profeta ha visitado a su pueblo… no hemos visto cosa igual… nadie ha hablado como este hombre’. ¿Un profeta quizá como Elías que era paradigma de todos los profetas? ¿Un hombre de Dios como Juan al que no sabían bien cómo definir? ¿Uno de aquellos antiguos profetas?
Hasta  aquí las respuestas solo querían reflejar lo que escuchaban, lo que palpaban a su alrededor, pero la otra pregunta era más comprometida. Lo llamaban Maestro y en cierto modo lo veían como profeta; intuían que podía ser el Mesías, pero esa respuesta era comprometida por lo que pensaban los principales de los judíos, los sumos sacerdotes, los maestros de la ley, los fariseos… ¿Qué podían responder? ¿Qué se atreverían a responder?
Será Pedro el que se adelante, siempre el primero dejándose llevar por los impulsos de su fe y de su amor a Jesús. ‘El Mesías de Dios’, así escuetamente nos lo cuenta san Lucas. Reconocer que Jesús era el Mesías era decir que sentían que había llegado el momento culminante de la historia de Israel, que había sido siempre esperar el Mesías prometido. Reconocerlo como Mesías podía implicar muchas cosas, porque las gentes se habían forjado una idea de lo que tenía que ser el Mesías. No entramos ahora en muchos detalles que todos conocemos bien.
Y Jesús quiere dejar bien claras las cosas. Mateo añadirá más al decirle Jesús a Pedro cómo ha sido capaz de dar esa respuesta porque el Padre del cielo la ha puesto en su corazón. Ahora Jesús simplemente les prohíbe que eso se lo digan a la gente, que podrían hacer sus interpretaciones desde la idea que tenían de lo que esperaban del Mesías. Pero a ellos Jesús les explica el sentido verdadero. ‘El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día’.
Ya en otro momento que Jesús hace esos anuncios nos dirá el evangelista que los discípulos no terminaban de entender las palabras de Jesús. Ha de haber una pascua, una pasión, una muerte, una entrega de amor y así se manifestará en verdad como Mesías Salvador. No era cosa solo de palabras bonitas y llenas de entusiasmo. Ha de entenderse lo que es la entrega que Jesús viene a realizar. Y cuando miramos sus pasos hemos de ver cuales han de ser nuestros pasos.
Por eso Jesús añadirá algo más. ‘El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará’. Negarse a si mismo, cargar con la cruz, ser capaz de dar la vida. Por eso la respuesta a la pregunta de Jesús no pueden ser solo palabras. La respuesta a la pregunta de Jesús, a esa pregunta honda que quizá nos hacemos también tantas veces dentro de nosotros mismos, es una respuesta comprometida.
La respuesta implica seguir los pasos de Jesús para vivir en su misma entrega, en su mismo amor. Y cuando optamos por un amor como el de Jesús tenemos que olvidarnos de nosotros mismos para comenzar a pensar primero en los demás. Estamos tan acostumbrados a pensar siempre primero en nosotros mismos que eso de olvidarnos de nosotros no es cosa fácil. Siempre queremos ganar, no nos gusta perder, y menos perder la vida. Pero Jesús perdió la vida, la entregó; era su amor el que predominaba, por eso lo proclamamos el Señor, por eso nos ha anunciado que resucitará.
El camino de la cruz no es un camino fácil. Pero Jesús ahora no nos está hablado de cruces especiales o extraordinarias, sino la cruz de cada día. Y la cruz de cada día es el amor de cada momento llevado siempre al extremo; es lo que nos está pidiendo Jesús.
Es el amor que ponemos para vivir en plenitud; es el amor que ponemos en el cumplimento de nuestras responsabilidades; es el amor que ponemos en esos sufrimientos que nos pueden aparecer en tantas contradicciones de la vida o en tantos contratiempo que surgen en la convivencia con los demás; es el amor que ponemos cuando queremos vivir unos compromisos, cuando queremos hacer algo por los demás, cuando nos embarcamos en una tarea apostólica, cuando nos comprometemos con nuestra sociedad para hacerla mejor; es el amor que ponemos en superarnos, en crecer espiritualmente, en purificarnos de defectos y debilidades. Todo para caminar al paso de Jesús, con el amor de Jesús, con un amor como el de Jesús.
Ahí está esa doble pregunta que Jesús hace, no solo a los discípulos de aquel tiempo, sino que nos está haciendo a ti y a mí ahora. ¿Sabremos darle una respuesta? ¿Daremos una respuesta desde nuestra vida?

sábado, 18 de junio de 2016

Una invitación a la confianza en la providencia de Dios que es un Padre bueno que nos ama y una invitación al compromiso por el Reino y su justicia

Una invitación a la confianza en la providencia de Dios que es un Padre bueno que nos ama y una invitación al compromiso por el Reino y su justicia

2ª Crónicas 24, 17-25; Sal 88; Mateo 6,24-34

Es una hermosa página del evangelio la que hoy se nos ofrece - espero que la hayas leído antes de leer este pobre comentario -. Una invitación a la confianza en la providencia de Dios que es un Padre bueno que nos ama. Y si nos ama, ¿qué nos va a faltar? Pero no olvidemos que también es una invitación al compromiso por el Reino y su justicia.
Cuando comentamos cómo Jesús nos enseñó a orar decíamos que la única palabra importante era llamar a Dios Padre. Lo seguimos diciendo. Nos sentimos amados. Ponemos nuestra confianza en El y nos abandonamos a sus brazos de amor que El tiende siempre hacia nosotros.
Pero sentirnos amados y confiados en la providencia de Dios no significa que abandonemos lo que es nuestra vida y son nuestras responsabilidades. Lo que es necesario saber hacer es poner cada cosa en su sitio y darle la prioridad a lo que en verdad es fundamental. Hoy nos dirá Jesús ‘buscad primero el Reino de Dios y su justicia que lo demás se os dará por añadidura’.
Sobran entonces los agobios. No hay razón para las angustias. Aunque la vida se nos haga dura, aunque esa búsqueda del Reino y su justicia algunas veces se nos llene de sombras y penumbras que nos confundan, aunque el cumplimiento de nuestras responsabilidades y trabajos nos sea costoso y sacrificado, aunque podamos llegar a la situación en que alcanzar aquello que necesitamos para nuestra básica subsistencia se nos haga difícil y duro, no podemos perder la paz en el corazón. Estamos en las manos del Padre.
Y nos habla Jesús de los pájaros del cielo y de los lirios de nuestros campos. ¿No valemos nosotros mucho más que todo eso? Dios nos cuida y nos protege. Dios está a nuestro lado. El es la verdadera Sabiduría en la que encontramos el sentido de todo. El es nuestra fuerza, para eso nos da su Espíritu, en nuestras luchas y trabajos. Decir que Dios es nuestro Padre providente en quien ponemos toda nuestra confianza no es decir que ya todo lo tenemos resuelto, que no tenemos que luchar y desarrollar nuestros valores, cumplir con nuestras obligaciones y responsabilidades.
En Dios tenemos el estimulo y la fuerza para nuestras luchas; Dios está a nuestro lado en esa búsqueda de lo bueno que en todo momento hemos de realizar; El nos mantiene firmes aun en los momentos de mayor debilidad; en El encontramos esa fuerza para seguir adelante aunque los caminos sean oscuros. Con El a nuestro lado nada nos hace temblar.
Buscamos el Reino de Dios y su justicia, nos comprometemos por lo bueno y por lo justo, queremos hacer siempre el bien, queremos sentir que en verdad Dios es el único Señor de nuestra vida y eso nos impulsa a buscar siempre la justicia y la verdad para nuestra vida y para nuestro mundo.

viernes, 17 de junio de 2016

Busquemos los que nos hace grandes como personas en el encuentro con los demás, no lo que nos parece que nos pueda hacer más poderosos

Busquemos los que nos hace grandes como personas en el encuentro con los demás, no lo que nos parece que nos pueda hacer más poderosos

2Reyes 11, 1-4.9-18. 20; Sal 131; Mateo 6, 19-23

En la vida parece que nada pudiéramos hacer sin el dinero. Es cierto que nos es necesario para el intercambio comercial de aquello que necesitamos, pero lo hemos convertido en algo tan esencial que nos da la impresión que ni podríamos mantener una relación con las otras personas sin él, ni podríamos ser en verdad felices.
Bien sabemos que para la relación entre unas personas y otras – y eso es algo fundamental en el ser humano que no es un ser aislado y tan independiente que no necesitáramos esa relación – son cosas más importantes que el dinero las que nos van a facilitar el encuentro entre unos y otros y que serán las que en verdad nos ayuden a realizarnos como personas. No es en lo material y en lo pecuniario en lo que debemos basar nuestras relaciones mutuas.
Es ese encuentro entre las personas, donde vayamos con sinceridad y buena voluntad, donde seamos capaces de ofrecer algo de nosotros mismos que no es lo material sino nuestro respeto, nuestros buenos deseos, nuestra amistad, nuestra cercanía, nuestra disponibilidad para una ayuda como para una escucha en el compartir, nuestro cariño. Es por esos caminos de verdadera amistad y de sinceridad donde nos encontraremos profundamente y donde nos ayudaremos a ser felices, porque seremos más nosotros mismos desde lo más hondo de nuestro ser.
No podemos basar nuestro encuentro en unos intereses puramente materiales donde vamos a buscar como más tenemos o como más grandes, poderosos o importantes nos presentemos ante los demás. Cuando nuestros intereses están solo en lo material tenemos el peligro de dañar nuestras relaciones humanas porque solo buscaríamos satisfacer nuestros deseos y nuestras grandezas. Y ya sabemos que cuando somos interesados así nos volvemos egoístas, y surgen muchas cosas en nuestro interior que dañan la relación con los demás, porque pronto aparecen los orgullos y el amor propio, aparecen las envidias y las desconfianzas, pronto nos sentiremos resentidos o heridos por cualquier cosa que veamos en el otro que no nos gusta o que nos pueda parecer que está haciendo en contra nuestra.
Hoy Jesús en el evangelio nos previene para que busquemos lo que han de ser los verdaderos tesoros de nuestra vida ‘porque donde está tu tesoro allí está tu corazón’. Por eso nos dice ‘No atesoréis tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Atesorad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los coman ni ladrones que abran boquetes y roben’.
Pensamos, es cierto, en esa avaricia con la que vivimos tantas veces en la vida, pero hemos de pensar en esa riqueza inmensa que es nuestra amistad, esas relaciones humanas entre unos y otros que hemos de saber cultivar y que son un verdadero tesoro para nuestra vida. Que nada se interponga, que los intereses egoístas y materiales no nos destruyan ese tesoro, que lo alimentemos desde una generosidad nacida del corazón, desde una sinceridad en nuestro intercambio humano, desde una apertura de nuestro corazón que nos haga descubrir cuanto nos enriquecemos como personas con la amistad que nos ofrecen los demás.

jueves, 16 de junio de 2016

Sólo una palabra es necesaria para dirigirnos a Dios y decirla con toda la profundidad del amor, Padre

Sólo una palabra es necesaria para dirigirnos a Dios y decirla con toda la profundidad del amor, Padre

Eclesiástico 48, 1-15; Sal 96; Mateo 6, 7-15
Solo una palabra es necesaria. Es más que una palabra. Ponemos en ella toda nuestra vida, todo nuestro amor. En una ocasión le piden a Jesús que les enseñe a orar; hoy esta enseñanza de Jesús está enmarcada en el sermón de la montaña que comenzó presentándonos el ideal y meta de las bienaventuranzas; luego ha ido desgranando Jesús todo su sentido del Reino; finalmente nos ha hablado del amor, de la profundidad que hemos de darle a nuestra vida para no quedarnos en apariencias; ahora nos habla de nuestra relación con Dios.
¿Cómo  hemos de orar? ¿son necesarias muchas palabras? ¿hemos tenido antes que aprender mucha teología para saber dirigirnos a Dios? Jesús nos lo resume en una palabra. Cuando oréis decid ‘Padre’, ‘padre nuestro’. Ahí lo tenemos todo condensado. No estamos dirigiéndonos a Dios tan poderoso, tan inmenso que lo veamos lejano; no estamos dirigiéndonos a Dios al que hemos de tenerlo tanto respeto que nos llenemos de miedo y casi no queramos acercarnos a El; nos estamos dirigiendo a un Dios que en su inmensidad, en su omnipotencia, en su grandeza e infinitud piensa en nosotros, nos conoce uno a uno por nuestro nombre y nos quiere hacer partícipes de su vida; un Dios que nos ama tanto que es nuestro Padre, somos  sus hijos.
Ahí está todo; aprendamos a gustar esa palabra en toda la ternura del amor; aprendamos a decir esa Palabra llenándonos de paz, porque sentimos su amor sobre nosotros porque quiere hacerse presente en nuestra vida; saboreemos esa palabra como la Palabra más dulce que podamos decir en la tierra por todo el amor que conlleva y porque además sintiéndonos sus hijos nos estamos llenando de su sabiduría eterna, de ese sabor de su divinidad cuando nos ha hecho partícipes de su vida, porque nos regala su Espíritu.
Cuando le decimos Padre es porque le amamos, queremos amarle con todo nuestro corazón y con toda nuestra vida; cuando le decimos Padre es porque sentimos que es en verdad el único Señor de nuestra vida y nuestro gozo será su gloria, la alegría más profunda de nuestra vida es querer hacer siempre su voluntad; cuando le decimos Padre sabemos que en su providencia infinita El siempre cuida de nosotros y no nos ha de faltar el pan de cada día; cuando le decimos Padre es porque ya hemos aprendido a ser hermanos, a sentirnos hermanos, y nunca más queremos hacer daño a nadie, y pedimos perdón y perdonamos como sabemos que El también siempre nos perdona; cuando le decimos Padre es porque sentimos su fuerza y su protección para vernos libres del mal, para tener la fuerza de apartarnos siempre de todo lo malo que nos pueda tentar.
Decimos Padre y ahí está toda nuestra oración. Decimos Padre y nos sentimos llenos de Dios. Decimos Padre y nos sentimos inundados de su amor, amor con el que queremos amar a los demás. Es nuestra oración. Es la oración que nos enseñó Jesús. Es la oración que de verdad queremos saborear cada día, porque así saboreamos a Dios, su presencia y su gracia en nosotros, allá en lo más hondo del corazón.

miércoles, 15 de junio de 2016

Seremos luz para los demás y seremos sal para nuestro mundo no desde la ostentación y vanagloria sino de la sencillez y de la humildad con que amamos y nos damos a los demás

Seremos luz para los demás y seremos sal para nuestro mundo no desde la ostentación y vanagloria sino de la sencillez y de la humildad con que amamos y nos damos a los demás

1Reyes 2. 1. 6-14; Sal 30; Mateo 6, 1-6- 16-18

Hay gente que le gusta mucho la ostentación y la vanagloria, que vean lo que hacen y recibir halagos y alabanzas. Es una realidad y es también una tentación que en el fondo todos sentimos. Como se suele decir a quien no le gusta un dulce, a quien no le gusta una alabanza. También hemos de decir que es bueno que sepamos reconocer y valorar lo que hacen los demás y sin que ellos busquen esa alabanza o reconocimiento nosotros tengamos una actitud positiva hacia ellos para valorar lo que hacen. Es también una forma de gratitud por lo bueno que recibimos de los demás.
Pero el tema que se nos plantea con lo que Jesús nos está diciendo hoy en el evangelio va por ese camino de los que buscan esa vanagloria. ¿Por qué hacemos las cosas? ¿qué pretendemos cuando hacemos una obra buena o ayudamos, por ejemplo, a los demás? ¿qué buscamos en el cumplimiento de nuestras responsabilidades y obligaciones?
Es lo que Jesús quiere decirnos con su sentencia. ‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial’. Buscamos el bien que hacemos; buscamos lo bueno que podamos hacer por los demás; buscamos, es cierto, el cumplimiento de nuestras propias obligaciones y sentirnos satisfechos y en paz en nuestro interior; buscamos, y andamos entre cristianos, la gloria del Señor que se manifiesta también en la alegría que puedan sentir los demás con lo que reciben de nosotros.
En el evangelio Jesús se centra en tres cosas relacionadas con la religiosidad del judío creyente, que son la oración, la limosna y el ayuno. Quiere denunciar la actitud de los fariseos queriendo prevenirnos para que no caigamos nosotros en esa ostentosidad. Ya nos había prevenido en otra ocasión ‘si no sois mejores que los letrados y fariseos no entraréis en el Reino de los cielos’. Ahora nos dice que ya sea en nuestra oración, o en la manera de compartir con los demás, o en los sacrificios y ayunos que hagamos, no lo hagamos para que nos vea la gente, sino allá en lo escondido, en el secreto de nuestro corazón, en la discreción con que nos acerquemos a aquel con quien vamos a compartir, y ‘tu Padre que ve en lo escondido, te lo recompensará’.
Busquemos la gloria del Señor, busquemos el Reino de Dios y su justicia, que lo demás se nos dará por añadidura, como nos dirá en otro lugar. Sí, es cierto, que tenemos que ser luz para el mundo que nos rodea y que tenemos que ser sal que dé el sabor de Cristo; también nos dirá el Señor que vean vuestras buenas obras para que den gloria al Padre del cielo. Pero es desde la humildad, desde la sencillez, desde el silencio quizá en muchas ocasiones, como iremos siendo esa sal y esa luz.
Será, sí, ese testimonio de lo bueno que hacemos, será ese amor que compartimos, será ese espíritu de servicio y de disponibilidad generosa que tengamos en lo que tenemos que trasmitir ese anuncio del Reino para que todos en verdad puedan dar gloria al Padre del cielo. Seremos luz para nuestro mundo, seremos sal para la tierra no desde la ostentación y vanagloria sino desde la sencillez y la humildad con que amamos y nos damos por los demás.

martes, 14 de junio de 2016

Un estilo nuevo del amor que nos enseña Jesús para amar a todos incluso a los que no nos hacen bien

Un estilo nuevo del amor que nos enseña Jesús para amar a todos incluso a los que no nos hacen bien

1Reyes 21, 17-29; Sal 50; Mateo 5, 43-48
Yo soy bueno porque ayudo a los que me ayudan, escuchamos decir tantas veces o acaso nosotros también lo decimos; a esa persona nadie lo ayuda porque es que ella tampoco ayuda a nadie nunca. Y pensamos que ya somos buenos y lo suficiente ayudamos a los que son buenos con nosotros. ¿Es suficiente?
Entra, es cierto, dentro de una bondad natural, pero el estilo nuevo que Jesús quiere darnos es mucho más que todo eso. Es claro y tajante Jesús en sus palabras. Además nos propone como modelo lo que es el amor que Dios nos tiene. ¿Merecemos nosotros ese amor de Dios? ¿Qué hacemos para merecer que Dios nos ame? Pudiera ser que incluso con nuestras ofrendas y sacrificios andemos también de interesados. Le ofrecemos o le prometemos a Dios tantas cosas para que nos ayude, para que nos saque de aquellas situaciones difíciles, para que se nos resuelvan nuestros problemas.
Hoy nos propone Jesús una meta muy alta. ‘Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’. Alta es la meta de perfección porque nos pide ser perfectos en el amor como lo es Dios. Y eso tiene que traducirse en el estilo de nuestro amor. No nos podemos contentar en amar a los que nos aman, con ser buenos con los que son buenos con nosotros. El ideal y la meta que nos propone Jesús es mucho más amplia, porque tenemos que amar también a los que no nos aman, incluso a los que nos odian, a los que se consideran enemigos nuestros.
Son claras las palabras de Jesús. Conviene recordarlas y repetírnoslas muchas veces. ‘Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen’. Es que si no fuera así no haríamos nada de extraordinario. Y extraordinario tiene que ser el amor con que hemos de amar a los demás. Hemos de romper moldes. Los que nos llamamos cristianos porque seguimos a Jesús y queremos vivir el Reino de Dios no nos podemos contentar con lo que todos hacen. Si hacemos lo mismo que los demás, ¿en qué nos diferenciamos? ¿Dónde estamos expresando lo que nos caracteriza en el amor cristiano?
Por eso nos dice Jesús: ‘Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles?’
Tenemos que revisar nuestras posturas, nuestras costumbres, nuestras maneras de hacer las cosas. No porque hagamos lo que todos hacen significa que estamos comportándonos con el espíritu y el sentido de Cristo. Y eso es lo que tiene que primar en nuestra vida para en verdad llamarnos seguidores de Jesús. Y esto tiene muchas traducciones en nuestra vida diaria, en nuestra vida de cada día. En la forma como  nos ayudamos y a quien ayudamos, en el espíritu de generosidad que tiene que haber en nuestro corazón, en la disponibilidad de nuestra vida para estar siempre en disposición de servicio sea a quien sea, en arrancar de nosotros esa rebeldía interior que podamos sentir cuando nos desairan, en la amabilidad con que hemos de tratar a todo aquel con quien nos encontremos, y así no sé cuantas cosas más podríamos decir.
No olvidemos la meta que nos propone el Señor. ‘Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’.

lunes, 13 de junio de 2016

Rompamos la espiral de la violencia y creemos la espiral del amor que es la que verdaderamente nos llenará de paz

Rompamos la espiral de la violencia y creemos la espiral del amor que es la que verdaderamente nos llenará de paz

1Reyes 21, 1-16; Sal 5; Mateo 5, 38-42

¡Qué difícil es romper la espiral de la violencia! Pues nosotros los cristianos tenemos que romperlo. Sí, aunque desgraciadamente sabemos cómo somos y cuánto nos cuesta dominarnos y controlarnos cuando alguien nos hace lo que no nos gusta. Tenemos que ser sinceros y reconocerlo. Aquí tenemos veinte siglos predicándose este evangelio y todavía no terminamos de convencernos y tratamos de seguir haciéndole rebajas, buscando disculpas, queriendo encontrar excepciones, en una palabra que no terminamos de romper esa espiral de la violencia en nuestro mundo.
Tenemos que convencernos que la violencia no arregla las cosas, y la respuesta que demos con violencia a la que nos puedan hacer a nosotros generará más violencia. Es el amor el que dulcifica las amarguras y el que lima las asperezas que nos podamos encontrar en la vida. Es cierto que no siempre estamos en la misma sintonía ni quizá tenemos la misma serenidad en el corazón. Pero hemos de aprender a no perder la paz, a mantener esa serenidad y esa calma frente a los atentados de mal que podamos sufrir.
Es difícil; no nos dice Jesús que eso sea fácil. El lo sufrió en su carne, pero ¿cuál fue su reacción? Lo veremos en la cruz primero que nada perdonando y pidiendo por aquellos que le están crucificando, ‘no saben lo que hacen’, los disculpa; y no estaba pidiendo simplemente por los que tenían el martillo en sus manos para coserlo al madero de la cruz, sino a todos aquellos que con su maldad, sus intrigas y sus orgullos estaban detrás de toda aquella conspiración.
Y aunque grita en su dolor sintiendo la soledad del dolor y de la cruz, sabe ponerse en las manos del Padre, sabe hacer la ofrenda de amor de su vida en aquella muerte violenta que estaba sufriendo para convertirla en redención, en salvación para toda la humanidad.
Sí, en todo esto tendríamos que pensar al vernos envueltos en este mundo de violencias, de resentimientos y de venganzas, de envidias y de malas querencias que cada día podamos sufrir. Miramos a Jesús y aprendemos a responder con amor; miramos a Jesús y llenamos de paz nuestro corazón; miramos a Jesús y aunque sintamos tantas soledades interiores que nos podrían hacer gritar con violencia aprendemos a hacer ofrenda de amor de cuanto sufrimos.
Es lo que tenemos que aprender, es el estilo nuevo del Reino de Dios que Jesús nos anuncia, que es un reino de paz y de amor; paz y amor que expresamos en nuestra comprensión, en la capacidad del perdón hasta llegar a disculpar, en la respuesta de amor que damos, en el silencio de nuestro sufrimiento, en la ofrenda que hacemos en cada momento de lo que es nuestra vida.
Quienes vivimos o queremos vivir el Reino de Dios tenemos que ser siempre instrumentos de paz, constructores de la paz; cuando perdonamos y olvidamos cuánta paz sentimos en nuestro corazón y cuanta paz seremos capaces de trasmitir también a los demás, aunque no nos quieran entender, aunque puedan decir de nosotros lo que sea porque no respondemos del mismo modo a como lo hacen los demás.
Simplemente, rompamos la espiral de la violencia y creemos la espiral del amor que es la que llenará de paz nuestro corazón y en consecuencia nuestro mundo.

domingo, 12 de junio de 2016

El corazón lleno de misericordia de Jesús vence todas las barreras del mal invitándonos a caminos nuevos de compasión, de amor y de paz

El corazón lleno de misericordia de Jesús vence todas las barreras del mal invitándonos a caminos nuevos de compasión, de amor y de paz

2Samuel 12, 7-10. 13; Sal 31; Gálatas 2, 16. 19-21; Lucas 7, 36 - 8, 3
El corazón lleno de misericordia vence todas las barreras del pecado y de la maldad moviéndonos también a caminos nuevos de compasión y de amor. Podría ser una manera de resumir el cuadro que se nos presente hoy en el evangelio.
Una mujer pecadora que se atreve a llegar hasta Jesús. Aunque pecadora ahora la mueve el amor que le hace saltar también barreras atreviéndose a entrar en la sala del banquete que aquel celoso fariseo había preparado para Jesús. Nada le ha impedido llegar hasta Jesús mostrando ya así lo que puede el amor.
En ese lado oscuro del cuadro, aunque están comenzando a relumbrar los resplandores del amor en aquella mujer, están la intransigencia y el fanatismo, el creernos mejores y superiores y los aires de la discriminación y del desprecio. Está ya en el pensamiento del fariseo que ha invitado a Jesús que se siente incomodo con aquella interferencia, pero que además se está diciendo ‘si supiera lo que es esta mujer, no le dejaría tocar sus pies’, en referencia a lo que aquella mujer hacia a los pies de Jesús. Aunque aparecerán luego también el fanatismo y la intransigencia y hasta la condena contra Jesús porque se atreve a perdonar pecados. ‘¿Quién es éste, que hasta se atreve a perdonar pecados?’, murmuran entre los amigos del fariseo convidados.
Pero vayamos poniendo como si una plantilla fuera la escena del evangelio sobre nuestra vida y nuestras actitudes. ‘Si éste supiera lo que yo sé…’ habremos dicho en más de una ocasión. Y ahí están esos pensamientos morbosos en ocasiones con deseos de condenar o de desprestigiar, o surgen las insinuaciones para tratar de quitar a alguien la buena voluntad con que está haciendo las cosas porque no merece la pena, porque todo va a seguir igual, porque esos por los que estás sacrificándote no se lo merecen, porque… y ponemos tantas pegas, tantas dificultades, sembramos tantas desconfianzas, condenamos de antemano a los que nos parece que no son de los nuestros o no piensan igual, marcamos con un sambenito para siempre a los que han cometido algún error en la vida, o muchos errores, porque no queremos tener la esperanza de la regeneración.
Pero frente a ese cuadro de sombras resplandece con fuerza la luz del amor; brota y se refleja en el corazón de aquella mujer pecadora que porque tiene esperanza llena su corazón de amor, pero surge con fuerza del corazón misericordioso de Cristo que observa y escucha, escucha y observa incluso lo que pasa en el corazón de los hombres porque para El nada hay oculto, pero que para todos tendrá una palabra nueva de vida para que rebrote de nuevo el amor. Sus gestos y sus palabras serán una invitación al amor y a la compasión expresando siempre la misericordia infinita de Dios que reina en su corazón.
Como damos por supuesto que antes de leer esta reflexión hayamos leído y escuchado el texto del evangelio en nuestro corazón no será necesario ahora entrar en excesivos detalles. Ya hemos escuchado sus palabras con la pequeña parábola que Jesús le ofrece al fariseo que lo había invitado. ¿Quién amará más? Aquel que haya experimentado en su corazón lo que es la inmensa misericordia de Dios a pesar de sus muchas deudas y pecados.
Por ahí hemos de comenzar, reconociendo nuestra miseria y nuestro pecado. Si no somos capaces de hacerlo nunca va a derrocharse en plenitud esa misericordia sobre nosotros, no seremos capaces de experimentar lo que es la dicha de sentirse perdonados. Aquella mujer se está sintiendo pecadora, son muchos sus pecados, pero así de manera infinita está sintiendo en su corazón la paz del perdón y de la misericordia. ‘Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor…’ sentenciará Jesús. ‘Tu fe te ha salvado… Vete en paz, no peques más’, le dirá Jesús.
Es la victoria del amor y de la misericordia. Es el resplandor grande que surge del corazón de Cristo y que ilumina para siempre nuestra vida con su paz. El corazón lleno de amor rompe barreras y ya nunca más tendríamos que sentirnos esclavizados de nuestros fanatismos e intransigencias, nuestros prejuicios y nuestras condenas, de las discriminaciones que queremos hacer sobre los otros pero que es a nosotros a los que nos marcan; ya para siempre tendría que estar abierto nuestro corazón al amor y a la misericordia, a la comprensión y a la aceptación gozosa del hermano que vuelve, aunque se haya marchado de casa, porque siempre será para nosotros un hermano.
Que los resplandores de luz de la misericordia divina llenen nuestra vida para siempre para que aprendamos a reconocer nuestros pecados, poner mucho amor en nuestra vida y llenarnos siempre de la paz que Jesús nos da.

sábado, 11 de junio de 2016

Llevemos con orgullo el nombre de cristianos porque ser cristiano, ser ‘cristo’, es ser signo con nuestra vida de la vida de Cristo

Llevemos con orgullo el nombre de cristianos porque ser cristiano, ser ‘cristo’, es ser signo con nuestra vida de la vida de Cristo

Hechos  11, 21-26; 13 1-3; Sal 97; Mateo 10,7-13

Hoy estamos celebrando la fiesta de san Bernabé asociado en el nombre en la tradición de la Iglesia a los llamados apóstoles. Natural de Chipre lo vemos en Jerusalén desde el inicio de las primeras comunidades cristianas, además con gestos bastante hermosos de lo que significaba para él el seguimiento de Jesús pues se desprendió de todos sus bienes para entregarlo a la comunidad.
Lo vemos enviado a la comunidad de Antioquia desde la comunidad madre de Jerusalén, y allí se convierte en un gran animador de aquella comunidad. Pronto veremos su relación con Pablo – aún es llamado Saulo - al que va a buscar a su retiro de Tarso para incorporarlo a las tareas de la evangelización. En el texto que hoy se nos ofrece vemos como el Espíritu que anima la comunidad cristiana los escoge para enviarlos a una nueva misión evangelizadora; es lo que llamamos el primer viaje de san Pablo que con tanto detalle nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles.
Hemos escuchado en el texto de los Hechos de hoy algo que casi nos podría pasar desapercibido. Fue en aquella comunidad donde a los seguidores de Jesús, a los discípulos se les comenzó a llamar cristianos. ‘Allí, en Antioquía, fue donde por primera vez se dio a los discípulos el nombre de cristianos’. Es bien significativo. Son los discípulos, los que creen en Jesús, pero los que viven la vida de Jesús de manera que son otros cristos, por eso son llamados cristianos.
Hemos de tomarnos muy en serio el nombre de cristiano. Simplemente decimos que somos cristianos porque estamos bautizados. Es verdad que esa tiene que ser la raíz, porque bautizarnos significa incorporarnos a Cristo para vivir su vida. La fuerza del Espíritu nos regala la vida de Dios, es cierto, para hacernos hijos de Dios. Pero siendo sinceros tendríamos que preguntarnos si esa es en verdad nuestra vida. Vivir la vida de Cristo para ser otro con Cristo, para configurarnos con El de manera que nosotros seamos también ‘cristo’ no es cualquier cosa ni se hace o vive de cualquier manera.
Tendríamos que sentirnos en verdad transformados para ya no vivir nuestra vida, a nuestra manera, según nuestros criterios, sino para vivir en otro sentido, en otro vivir que es vivir a Cristo y como Cristo. Por eso decíamos que hemos de tomarnos en serio el nombre de cristiano. No es un adorno que pongamos a nuestra vida, es un nuevo sentido, un nuevo vivir. De aquellos primeros cristianos se decía por parte de los paganos ‘mirad cómo se aman’, ¿se podrá decir eso mismo de nosotros?
Hoy estamos celebrando a quien vivió un desprendimiento total, como ya recordábamos; en ese desprendimiento y generosidad vivió su vida para dejarse conducir por el Espíritu allá donde quería llevarle o en la misión que se le confiaba. Una disponibilidad total es lo que vemos en el apóstol san Bernabé en las misiones que la Iglesia le confiaba.
Llevemos con orgullo el nombre de cristianos, porque en verdad reflejemos en nuestra vida y en nuestras obras la vida y las obras de Cristo. Ser cristiano, ser ‘cristo’, es ser signo con nuestra vida de la vida de Cristo.

viernes, 10 de junio de 2016

El que verdaderamente quiere crecer humana y espiritualmente ha de saber podar las malas ramas que impedirian alcanzar el auténtico fruto de la vida

El que verdaderamente quiere crecer humana y espiritualmente ha de saber podar las malas ramas que impedirían alcanzar el auténtico fruto de la vida

1Reyes 19,9a.11-16; Sal 26; Mateo 5,27-32

Suele ponerse el ejemplo o la imagen de la manzana podrida en el cesto de las manzanas que si no la quitamos a tiempo todas las demás manzanas van a quedar dañadas. Creo que es una imagen que todos entendemos muy bien sobre cómo hemos de evitar contagiarnos del mal pero que también nos hará reflexionar sobre ese mal que quizá tengamos en nosotros mismos en cosas que nos puedan parecer insignificantes, pero que terminarán dañando nuestro corazón.
Muchas veces hay cosas en nosotros a las que no damos demasiada importancia; son esas pequeñas rutinas o costumbres que vamos cogiendo en la vida cuando vamos dejar pasar cosas que sabemos que no son totalmente buenas, pero a las que no damos importancia, pero que cada vez se pueden ir haciendo una rutina mas grande en nosotros que terminen por esclavizarnos en cosas que verdaderamente son bien importantes en la vida.
La persona que quiere caminar con rectitud en la vida cuida lo que hace, lo que piensa y hasta lo que desea; sabemos que hay cosas que no nos podemos permitir y hemos de tener esa atención, esa vigilancia, porque ahora por desgana las dejamos pasar, pero estarán haciendo que no nos cultivemos de verdad en lo que significa el esfuerzo e incluso el sacrificio, y llegaran momentos en que aquello que podía ser insignificante se puede convertir en una exigencia de la que no nos podemos librar. Crecer es superarnos, es ir arrancando de nosotros esas malas hierbas que se pueden convertir en matorral y entonces lo bello que pudiera haber en nuestro corazón ya no brillará, ya no resplandecerá.
Los árboles se podan para quitar las ramas inútiles e inservibles que impidan obtener los mejores frutos; es la tarea del agricultor que quiere ver rendimiento a su trabajo consiguiendo el fruto mejor y más valioso. Así nosotros en la vida. De eso nos habla Jesús hoy en el evangelio cuando de una forma drástica y radical nos invita a arrancar de nosotros aquello que es malo y que nos pueda hacer daño. Claro que entendemos que no se trata de ir mutilando nuestro cuerpo, pero sí de ir purificando nuestro espíritu, quitando esas malas costumbres, esas rutinas que decíamos al principio de nuestra reflexión.
Descubramos ese verdadero tesoro por el que merece dejarlo todo, que merece nuestros sacrificios y nuestras renuncias; es descubrir la verdadera fe; es descubrir el sentido del Reino; es descubrir la belleza del evangelio que si seguimos sus valores vamos a ver verdaderamente enriquecida nuestra vida; es descubrir a Jesús verdadera Sabiduría de nuestra vida y en quien encontramos la vida y la salvación.

jueves, 9 de junio de 2016

Qué grandes nos hace el amor cuando amamos con un amor verdadero al hermano, a todo ser humano porque es un hermano

Qué grandes nos hace el amor cuando amamos con un amor verdadero al hermano, a todo ser humano porque es un hermano

1Reyes 18, 41-46; Sal 64; Mateo 5, 20-26

‘Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entrareis en el Reino de los cielos’, les dice Jesús a los que quieren ser sus discípulos. ‘Si no sois mejores…’ Hace referencia Jesús en concreto a los escribas y fariseos porque estos se querían presentar como el paradigma, el no va más de los hombres perfectos, pero ya sabemos lo que había en su interior; es por eso por lo que hace Jesús esta referencia. No vamos a poner comparaciones, sino simplemente quedarnos con la invitación ‘si no sois mejores…’
Cuesta superarnos y crecer; nos pensamos quizá que ya lo tenemos todo conseguido y es imposible ser mejor; por eso mismo no avanzamos en la vida, porque no nos ponemos metas altas que tenemos que superar una y otra vez. ¿Qué más puedo hacer?, quizá nos preguntamos porque ya nos creemos buenos. Aunque seamos buenos siempre hay una meta más alta, siempre es posible una superación, siempre podemos crecer en valores, apreciar algo nuevo para nuestra vida que podemos conseguir.
El tener esos deseos de superación y crecimiento es la mejor forma de luchar contra nuestras rutinas; nos acostumbramos y ya simplemente nos vamos dejando arrastrar, pero el peligro está en que si no queremos subir, la pendiente nos llevará a lo contrario, a que nos arrastremos hacia abajo y perdamos los pasos que hayamos dado. Y eso en todos los aspectos de la vida, en nuestra vida espiritual, pero humanamente también en nuestra vida profesional y hasta en nuestra vida de familia; si no hacemos nuevo el amor cada día, el amor perderá su brillo, porque iremos olvidando los detalles, los pequeños gestos que engrandecen y hacen sublime cada día más la entrega de nuestro amor.
Hoy nos habla Jesús de algo muy concreto como es el quinto mandamiento de la ley de Dios, ‘no matarás’. Jesús quiere que le demos toda la amplitud y profundidad que tiene este mandamiento. Y es que nosotros también decimos en ocasiones, yo no tengo pecado porque yo no mato ni robo. ¿Es suficiente con decir esto? Creo que todo entendemos que matar es algo más que quitar la vida de forma violenta a alguien. Todo lo que atente contra la dignidad de la persona está incluido en este mandamiento.
Jesús nos habla de una forma concreta haciendo referencia al insulto, pero cuantas expresiones y gestos tenemos tantas veces que hieren la dignidad del otro. Es el que digamos palabras injuriosas contra el otro queriendo menoscabar su dignidad, pero nuestros gestos de indiferencia y de desprecio, las actitudes con las que queremos ignorar a los demás, los resentimientos que guardamos en nuestro interior, la malquerencia que sigue hirviendo en nuestro corazón y así tantas cosas con las que nos distanciamos, queremos rebajar al otro y tantas cosas que están expresando nuestra falta de amor.
Luego nos habla de la reconciliación, del reencuentro, de la renovación de nuestra relación, de la humildad para reconocer nuestros fallos con los que hayamos podido herir a los demás. ‘Vete primero a reconciliarte con tu hermano…’ nos dice Jesús para que tu amor sea verdadero, para que la ofrenda que presentes ante Dios sea verdaderamente digna. Nos ha enseñado Jesús a perdonar pero también a pedir perdón porque reconozcamos nuestros errores, nuestros fallos, nuestra debilidad con la que hayamos podido dañar la dignidad del hermano.
Qué grandes nos hace el amor cuando amamos con un amor verdadero al hermano, a todo hermano. Cada día podemos ser mejores en nuestro amor.