viernes, 10 de junio de 2016

El que verdaderamente quiere crecer humana y espiritualmente ha de saber podar las malas ramas que impedirian alcanzar el auténtico fruto de la vida

El que verdaderamente quiere crecer humana y espiritualmente ha de saber podar las malas ramas que impedirían alcanzar el auténtico fruto de la vida

1Reyes 19,9a.11-16; Sal 26; Mateo 5,27-32

Suele ponerse el ejemplo o la imagen de la manzana podrida en el cesto de las manzanas que si no la quitamos a tiempo todas las demás manzanas van a quedar dañadas. Creo que es una imagen que todos entendemos muy bien sobre cómo hemos de evitar contagiarnos del mal pero que también nos hará reflexionar sobre ese mal que quizá tengamos en nosotros mismos en cosas que nos puedan parecer insignificantes, pero que terminarán dañando nuestro corazón.
Muchas veces hay cosas en nosotros a las que no damos demasiada importancia; son esas pequeñas rutinas o costumbres que vamos cogiendo en la vida cuando vamos dejar pasar cosas que sabemos que no son totalmente buenas, pero a las que no damos importancia, pero que cada vez se pueden ir haciendo una rutina mas grande en nosotros que terminen por esclavizarnos en cosas que verdaderamente son bien importantes en la vida.
La persona que quiere caminar con rectitud en la vida cuida lo que hace, lo que piensa y hasta lo que desea; sabemos que hay cosas que no nos podemos permitir y hemos de tener esa atención, esa vigilancia, porque ahora por desgana las dejamos pasar, pero estarán haciendo que no nos cultivemos de verdad en lo que significa el esfuerzo e incluso el sacrificio, y llegaran momentos en que aquello que podía ser insignificante se puede convertir en una exigencia de la que no nos podemos librar. Crecer es superarnos, es ir arrancando de nosotros esas malas hierbas que se pueden convertir en matorral y entonces lo bello que pudiera haber en nuestro corazón ya no brillará, ya no resplandecerá.
Los árboles se podan para quitar las ramas inútiles e inservibles que impidan obtener los mejores frutos; es la tarea del agricultor que quiere ver rendimiento a su trabajo consiguiendo el fruto mejor y más valioso. Así nosotros en la vida. De eso nos habla Jesús hoy en el evangelio cuando de una forma drástica y radical nos invita a arrancar de nosotros aquello que es malo y que nos pueda hacer daño. Claro que entendemos que no se trata de ir mutilando nuestro cuerpo, pero sí de ir purificando nuestro espíritu, quitando esas malas costumbres, esas rutinas que decíamos al principio de nuestra reflexión.
Descubramos ese verdadero tesoro por el que merece dejarlo todo, que merece nuestros sacrificios y nuestras renuncias; es descubrir la verdadera fe; es descubrir el sentido del Reino; es descubrir la belleza del evangelio que si seguimos sus valores vamos a ver verdaderamente enriquecida nuestra vida; es descubrir a Jesús verdadera Sabiduría de nuestra vida y en quien encontramos la vida y la salvación.

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