lunes, 6 de junio de 2016

Las bienaventuranzas, un anuncio de dicha y felicidad que es garantía de que el Reino de Dios ha llegado y se hace presente en nosotros y en nuestro mundo

Las bienaventuranzas, un anuncio de dicha y felicidad que es garantía de que el Reino de Dios ha llegado y se hace presente en nosotros y en nuestro mundo

1Reyes 17, 1-6; Sal  120; Mateo 5,1-12
¿Dónde encontramos o dónde buscamos la dicha y la felicidad? Eso no es para los pobres, habremos escuchado decir con pesimismo a alguno; para los pobres no nos queda sino sufrimientos, carencias en nuestras necesidades, angustias y desesperanzas. ¿Cómo puedo ser feliz en medio de tantos sufrimientos? ¿Cómo puedo decir que soy dichoso si en mi vida no hay sino penas y necesidades?
Me atrevo a pensar que quienes leen estas reflexiones que como una semilla os ofrezco cada día desde mi pobreza no andan con esos pensamientos llenos de pesimismo y de angustia, pero sí somos conscientes de que hay mucha gente en la vida que parece que ha renunciado a la posibilidad de ser dichoso incluso en medio de sus penas porque les parece que su destino no será nunca la dicha y la felicidad.
¿Cómo se sentirían sorprendidos aquellas gentes de Galilea o los venidos de otras partes cuando escucharon este anuncio de Jesús de la dicha y de la bienaventuranza? Nos lo podemos imaginar; quizá en una primera reacción no se creerían estas palabras de Jesús. ¿Cómo nos puede prometer dicha en nuestra pobreza, en nuestros sufrimientos de todo tipo, en esos deseos que tenemos en nuestro corazón pero que no vemos nunca cumplidos? Pero las palabras de Jesús, por así decirlo, son tajantes y firmes y están dichas con toda claridad. Nos convendría a nosotros leerlas y releerlas muchas veces, hasta que lleguemos a escucharlas en el corazón, porque tenemos el peligro o la tentación de que nos las sepamos de memoria y ya no captemos la hondura de las palabras de Jesús.
Es el anuncio del Reino que Jesús ha venido haciendo desde el principio de su predicación. Y ahora nos dice que ese Reino de Dios es para los pobres y para los sufridos, para los que lloran y los que tienen hambre, para los que son injustamente tratados porque son despreciados por creer en las palabras de Jesús, y para los que viven una vida sin malicia buscando siempre la paz, sin perder nunca la paz por difíciles que sean las circunstancias de la vida, queriendo creer en las personas y en que es posible ese mundo nuevo, y derramando siempre amor y misericordia para con los demás. Es lo que nos quiere decir Jesús. No perdamos la perspectiva del Reino de Dios que Jesús nos anuncia.
Pero es que si nos fijamos bien en quien primero vemos reflejadas esas bienaventuranzas es en Jesús mismo. Recorramos la vida de Jesús, miremos el estilo y el sentido de su vida, descubramos la inquietud honda de su corazón que busca el Reino de Dios porque quiere la justicia y la verdad para nuestro mundo, contemplemos como tantas veces lo hemos hecho ese corazón lleno de misericordia que se compadece de todos y a todos quiere curar y salvar desde lo más hondo, y no olvidemos que va delante de nosotros cuando es perseguido y calumniado hasta ser condenado a la muerte de cruz. Pero veremos siempre la paz del corazón de Cristo; esa paz que quiere darnos, esa paz que sentiremos honda en nosotros cuando seamos capaces de olvidarnos de nosotros mismos para darnos por los demás.
Es la dicha y la bienaventuranza que nos promete Jesús cuando en verdad nos damos y nos comprometemos por el Reino de Dios.  

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