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sábado, 16 de octubre de 2010

Vivamos en esperanza y llenemos nuestra vida de fe y amor

Ef. 1, 15-23;
Sal. 8;
Lc. 12, 8-12

‘Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra’. Muchas veces lo hemos rezado, lo hemos cantado, lo hemos meditado, rumiado en el corazón. Lo expresaba una vez más el salmo de hoy. Admirable el nombre del Señor es decir qué grande es Dios. Todos alabamos el nombre del Señor. Todos cuando contemplamos las maravillas de la creación no podemos menos que decir ‘qué admirable es tu nombre en toda la tierra’.
El Señor creador del cielo y tierra en toda su inmensidad es un Dios que nos ama, es un Dios que es nuestro Padre. Por eso la consideración de las maravillas del Señor comienza, sí, contemplando la obra de la creación pero continuará contemplando al amor objeto de un amor de complacencia especial de Dios. Somos amados de Dios y de tal manera que nos llena de su vida; de tal manera que nos ofrece con su amor su perdón y su redención, porque no siempre nosotros hemos sido fieles para corresponder a tal amor de Dios.
Pero contemplando la inmensidad de Dios y de su amor por nosotros algunas veces nos quedamos cortos, no llegamos a comprender tal magnitud de amor. Necesitamos de la fuerza y de la luz de su Espíritu de sabiduría para llegar a vivir todo lo que Dios nos ofrece y nos regala.
Hoy, siguiendo con la carta a los Efesios, san Pablo alaba la fe y el amor de aquella comunidad y por eso dice ‘no ceso de dar gracias a Dios recordándoos en mi oración’. ¡Qué hermoso lo que siente el apóstol cuando contempla y admira la fe y el amor de los efesios!
Les digo sinceramente que cuando leo estas palabras del apóstol mi mente y mi corazón contemplan también la fe y el amor de cuantos me rodean. Pienso en las comunidades donde he ejercido mi ministerio sacerdotal y cuántas personas he podido conocer con un amor y una fe grande que viven su entrega, su dedicación, su fe, su compromiso cristiano. Ahora mismo contemplo a aquellos junto a los cuales Dios me ha puesto en mi ministerio y quiero contemplar esa fe y ese amor, muchas veces en una entrega grande en tantos, otras veces quizá como una llamita pequeña que hay que cuidar y avivar.
Con el apóstol quiero yo elevar esa acción de gracias a Dios pero hacer toda la oración que nos expresa hoy en su carta. Decía antes que muchas veces no llegamos a comprender del todo la magnitud del amor de Dios para con nosotros y cuánto ha hecho y sigue haciéndonos dándonos su gracia. ‘Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo’. Que nos conceda el Señor conocer más y más todo ese misterio de amor. Que nos llenemos en verdad todos de su Espíritu.
Que se ilumine nuestra vida, ‘los ojos de nuestro corazón para que comprendamos la esperanza a la que nos llama, y cuál es la riqueza de gloria’ que nos aguarda. ¡Qué dicha poder alcanzar un día la gloria del Señor! Qué esperanza más grande anima nuestra vida cada día. Que no se nos apague esa esperanza. Que no perdamos de vista la meta hacia la que caminamos. Que nos sintamos herederos, esa herencia de los santos, que Dios nos ofrece porque nos ha hecho sus hijos en Cristo Jesús.
Cuando tenemos esa meta, cuando tenemos esperanza nuestro caminar será más firme, nos sentimos más fuertemente alentados en medio de las dificultades y tentaciones que rodean nuestra vida. Creemos en Jesús, el Señor resucitado de entre los muertos y que a nosotros también nos hará resucitar a una vida nueva. Vivamos en esa esperanza; llenemos nuestra vida de amor; que nuestra fe sea cada día más firme porque de verdad en el Señor ponemos toda nuestra confianza. No podemos menos que decir ‘¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!’

viernes, 15 de octubre de 2010

Que se encienda en nosotros el deseo de la verdadera santidad

Fiesta de Santa Teresa de Jesús
Eclesiástico, 15, 1-6;
Sal. 88;
Mt. 11, 25-30

‘Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo’. Esta antífona con que comienza hoy la Eucaristía en la fiesta de santa Teresa de Jesús muestra la sabiduría de la Iglesia que no pudo escoger otra antífona que mejor expresar los deseos y ansias del corazón de santa Teresa por llenarse de Dios y que alcanzó en sus altísimas cotas místicas. Ansia de Dios, deseos de Dios, búsqueda de Dios fue el camino de santa Teresa y pudo llegar a un conocimiento de Dios y una contemplación de Dios, que el Señor concede a las almas grandes. ¿Los tendremos nosotros también?
La liturgia nos ofrece en esta fiesta de santa Teresa este evangelio donde Jesús da gracias al Padre que revela los misterios de Dios a los pequeños y sencillos. ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Así Padre te ha parecido mejor…’ Así son las cosas de Dios. Así de admirable es su amor y su ternura para con los pequeños y sencillos.
Miremos para conocer ese sentir de Dios a Jesús rodeado siempre de los pequeños, los pobres y los que sufren. ‘Bienaventurados los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos’, terminará diciéndonos Jesús en las bienaventuranzas. No son los ricos, los sabios o los engreídos, los poderosos o los que se sienten llenos de si mismos o de sus cosas, los preferidos de Dios para darse a conocer.
Un corazón grande, un alma grande, decíamos antes, refiriéndonos a Santa Teresa que llego a tan alta contemplación del misterio de Dios en su vida mística. Pero cuando se hizo pobre y se vació de sí misma pudo llegar a experimentar ese consuelo de Dios. Pasó por tiempos de sequedades y vacíos como ella misma nos cuenta en su vida, pero fue esa purificación interior para hacer ese camino que le llevaría a Dios de verdad para conocerle y vivirle como ella lo vivió.
Y cuando se llenó así de Dios fue cuando pudo darlo de verdad a los demás en la gran empresa y trayectoria de su vida, de la reforma del Carmelo y de todos esos monasterios que fue fundando a lo largo de toda España. Porque estaba llena de Dios de esa manera, a pesar de sus propios achaques físicos pudo recorrer los caminos de Castilla para ir realizando aquella obra que el Señor le confiaba.
No voy en este momento a hablar de su vida, sus viajes, sus fundaciones o sus escritos. Simplemente tomemos su ejemplo siguiendo la trayectoria del Evangelio para que así podamos abrir nuestro corazón a Dios y llenarnos también de Dios. Que el Señor nos conceda a nosotros el don de la oración aprendiendo de santa Teresa.
Que aprendamos a abrir nuestro corazón a Dios desde la humildad y desde el amor. Hagámonos pequeños y sencillos. Vaciemos nuestro corazón de tantos apegos que nos distraen y no dejan lugar a Dios en nuestra vida. Y podremos llenarlo de Dios. Y podremos sentir su paz y su consuelo. Y así iremos creciendo más y más en ese camino espiritual de santidad que hemos de recorrer; un camino donde nos vamos apartando del mal, venciendo toda tentación, alejándonos de todo peligro; un camino donde iremos creciendo más y más en ese conocimiento de Dios, del Dios que se nos revela allá en lo secreto del corazón. Y nos sentiremos entonces fuertes para lo que el Señor nos pida.
Que la Sabiduría de Dios nos alimente con el pan de la sensatez, nos dé a beber el agua de la prudencia y alcancemos el gozo y la alegría de tener a Dios siempre en nuestro corazón, como nos decía el libro del Eclesiástico.
Que con la intercesión de santa Teresa se encienda en nosotros del deseo de la verdadera santidad caminando ese camino de perfección que nos lleve cada día a estar más cerca de Dios.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Resplandezcamos con los frutos del Espíritu

Gál. 5, 18-25;
Sal. 1;
Lc. 11, 42-46

‘Por sus frutos los conoceréis…’ nos dice Jesús en el sermón del monte. ‘Todo árbol bueno da frutos buenos; todo árbol malo da frutos malos… y el árbol que no da fruto es cortado y arrojado al fuego. Por los frutos los conoceréis’ (Mt. 7. 16-20).
He querido recordar en esta reflexión este texto del evangelio de Mateo por lo que nos dice san Pablo hoy en la carta a los Gálatas, en la que nos habla de los frutos de la carne y de los frutos del Espíritu. Bien nos viene recordarlo porque a la larga es un invitarnos a preguntarnos cuáles son los frutos que nosotros damos. Y por los frutos se conoce el árbol, por los frutos se nos reconocerá.
Por eso nos dirá Pablo que ‘los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y sus deseos. Y si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu’. Los que somos de Cristo, y a El nos hemos unido desde nuestro Bautismo por nuestra fe en El, hemos dado muerte en nosotros a lo malo, a lo que lleva al pecado.
Somos de Cristo, somos criaturas nuevas, hemos dado muerte al hombre viejo del pecado en el Bautismo que es un unirnos a Cristo en su muerte y resurrección; en nosotros, pues, ha nacido el hombre nuevo, el de la gracia. Hemos muerto con Cristo para con Cristo renacer a una vida nueva. ¿Qué significa la muerte de Cristo sino una victoria sobre la muerte y el pecado? Para eso murió Cristo, para liberarnos del pecado. ¿No decimos para salvarnos? ¿En qué pues se ha de manifestar esa salvación en nosotros sino en esa vida nueva?
Pero es ahí donde surge la pregunta. ¿En verdad vivimos como hombres nuevos? ¿vivimos como quienes hemos sido ya salvados y liberados por Cristo ya de una vez para siempre del pecado? ‘Por sus frutos los reconoceréis’, que recordábamos al principio. Por los frutos se nos reconocerá.
Es en lo que tenemos que mirarnos y lo que es nuestra lucha de cada día. Una lucha, un combate, porque el enemigo acecha y quiere hacer que volvamos a caer en el pecado y en la muerte. Es la vigilancia de la que nos habla continuamente el evangelio y en la que tantas veces hemos reflexionado.
Nos habla Pablo hoy de las obras de la carne, las obras del mal y del pecado que pueden seguir siendo una tentación para nosotros. Habla a los Gálatas de cosas concretas que él veía como peligros en aquella comunidad rodeada por un mundo pagano y lleno de vicios, pero que puede seguir siendo para nosotros también un peligro concreto en este mundo nuestro en que vivimos. ‘Fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, celos, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, envidias, borracheras, orgías y cosas por el estilo’. Fijémonos si no son también cosas que hay en nuestro entorno. Sería una buena pauta para un examen de conciencia.
Pero nos habla de los frutos que hemos de dar, los frutos del Espíritu. ‘Amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí’. Cuánta falta nos hace que resplandezcamos por estas cosas. Qué hermosa y distinta sería nuestra vida, nuestra convivencia, nuestras relaciones entre unos y otros. Hundamos las raíces de nuestra vida en el agua de la gracia para ser como ‘el árbol plantado al borde de la acequia que da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas’, como dice el salmo.
Cuidemos también de no caer en el fariseísmo y la hipocresía, la apariencia y los sueños de grandeza, que Jesús denuncia en el evangelio hoy.

martes, 12 de octubre de 2010

Con María firmes en la fe y generosos en el amor


Fiesta de la Virgen del Pilar

Crón. 15, 3-4.15-6; 16, 1-2;
Sal. 26;
Lc. 11, 27-28


Al celebrar la fiesta de la Virgen del Pilar las imágenes y los signos se suceden en la liturgia ayudándonos a comprender plenamente el sentido de esta fiesta pero sobre todo lo que significa María en la vida del cristiano y en la vida de la Iglesia.
Podemos comenzar por fijarnos en la columna o pilar sobre la que está colocada la imagen bendita de María, que da título a esta advocación, y que viene a hundir, podíamos decir, sus raíces o cimientos en lo profundo de nuestra tierra. Un pilar o una columna es signo de fortaleza bien cimentada para mantener firme todo el edificio. María, según piadosa tradición presente en su imagen desde tiempo inmemorial en nuestras tierras españolas y siempre presente en la devoción de nuestros pueblos, viene a ayudarnos a mantener esa firmeza y fortaleza de nuestra fe.
Nos apoyamos en María para sentir esa fortaleza y sentido hondo que Cristo viene a dar a nuestra vida. María señalándonos siempre el camino que nos conduce hasta Cristo viene a fundamentar firmemente la fe del pueblo cristiano. Si nos apoyamos con verdadero sentido en María con una auténtica devoción a la Virgen seguro que no nos vamos a separar nunca de la verdadera fe que centra siempre todo en Cristo Jesús y en su misterio pascual. Por eso no podemos abandonar de ninguna manera nuestra devoción a María sino, todo lo contrario, invocarla cada día con renovado fervor y amor.
Otra imagen que nos habla también de columna es la que nos aparece en la antífona de entrada de nuestra celebración y que, haciendo referencia a la nube que guiaba noche y día al pueblo de Israel en su peregrinar por el desierto hacia la tierra prometida, la liturgia quiere aplicárnosla a María verdadera guía y protectora de nuestra fe. ‘Tú permaneces como la columna que guiaba y sostenía día y noche al pueblo en el desierto’, dice la referida antífona. Luminosa en la noche, con suave y refrescante sombra en los ardores del día la columna de nube se convertía en un signo del amor del Señor que protegía a su pueblo en su peregrinar.
La imagen de María que entronizamos en el lugar más digno de nuestros hogares o en nuestra habitación junto a la cabecera de nuestra cama, que llevamos colgada al cuello en medallas o escapularios, que colocamos entre las fotografías de nuestros seres más queridos en nuestras carteras para que nos acompañe siempre, nos está recordando esa presencia protectora y maternal de María en el camino de nuestra vida.
Es la luz que nos guía reflejándonos siempre la luz de Cristo, por eso como un signo ponemos una luna a sus pies para señalarnos que ella siempre nos reflejará, no su luz, sino la luz de Cristo, verdadero sol de nuestra salvación. Su amor maternal es esa suave brisa que nos hace descansar y recuperar fuerzas en medio de las luchas de cada día. Cómo necesitamos ese apoyo y ese regazo de una madre en quien descansar. Qué importante la presencia de María junto a nuestro caminar. Qué significativa esa presencia de María en la Iglesia en medio de todos nosotros.
Finalmente la otra imagen en que nos vamos a fijar es la que nos ofrece la primera lectura que nos habla del ‘Arca de Dios, colocada en el centro de la tienda que había preparado David’, como preparación para el templo del Señor que un día se había de edificar. Sí, María, Arca de Dios. El Arca de la Alianza, colocada en medio del templo de Israel, era para el judío el gran signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo.
María, Arca de Dios que en seno contuvo al Señor Creador del cielo y de la tierra, cuando Dios quiso encarnarse en sus entrañas para venir a ser Dios con nosotros. María que nos trajo a Cristo, portadora de Dios para hacer que Dios llegase a estar en medio de nosotros para nuestra salvación. La fe de María le hizo estar abierta desde lo más hondo de sí misma para aceptar la Palabra de Dios encarnada en su seno por obra del Espíritu Santo. Así, por su fe, se convirtió María en esa Arca de Dios para nosotros.
Cuánto nos enseña María a vivir una fe así en que estemos abiertos siempre a Dios para escucharle y aceptarle, para dejarnos llenar del Espíritu del Señor como lo hizo María y para que ya como ella nos dejemos inundar por ese amor divino que nos haga partir siempre al encuentro del hermano, del necesitado, del que vayamos encontrando por el camino para llevarle siempre a Dios. Que también nosotros por nuestra santidad nos convirtamos, como María, en signos en medio del mundo de esa presencia salvadora de Dios que así quiere llegar a todos los hombres porque para todos es su salvación.
Brevemente creo que esta puede ser la gran lección que hoy recibamos de María en la fiesta de la Virgen del Pilar. Que nos conceda el Señor, como hemos pedido en la oración, ‘por su intercesión fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor’. Que como María nos mantengamos ‘firmes en la fe y generosos en el amor’ y que así podamos ‘llegar a contemplarle eternamente en el cielo’.

lunes, 11 de octubre de 2010

Aquí hay uno que es más que Jonás…

Gál. 4, 22-23.26-27.31 -5,1;
Sal. 112;
Lc. 11, 29-32

Como se va haciendo una lectura continuada del evangelio, en este caso de san Lucas, los textos escuchados en días precedentes tienen una íntima relación de continuidad con el que hoy se ha proclamado. En días pasados hemos visto distintas reacciones ante Jesús, desde quienes le achacaban de forma blasfema, decíamos, su poder para expulsar demonios al poder del príncipe de los demonios, pasando porque quienes siempre estaban pidiendo signos extraordinarios del cielo para creer en Jesús, hasta aquella gente sencilla como aquella mujer anónima que prorrumpió en bendiciones y alabanzas para la madre de Jesús.
Escuchamos, entonces, por una parte la bienaventuranza de Jesús para quienes escuchan la Palabra y la cumplen plantándola en su corazón y en su vida, pero también el que tenemos que decidirnos de forma rotunda por seguir a Jesús. ‘Quien no está conmigo, está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama’.
El texto de hoy es una invitación a creer en Jesús a reconocer sus obras y su autoridad, su sabiduría y la luz que es para nuestra vida. ‘Piden signos y no se les dará más signo, que el signo de Jonás’. El profeta Jonás que, aunque en principio no quería ir a Nínime a anunciar el mensaje que Dios le decía, sin embargo cuando, tras todas las incidencias por las que tuvo que pasar que también son signo en algunas cosas de Jesús, por fin predica en Nínive, los ninivitas escucharon y creyeron en las palabras del profeta y se convirtieron al Señor haciendo penitencia.
‘Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive lo mismo será el Hijo del Hombre para esta generación’, les dice Jesús. ‘Ellos se convirtieron con la predicación de Jonás y aquí hay uno que es más que Jonás’. Allí está Jesús, el Hijo de Dios, nuestro Salvador, el que murió y resucitó por nosotros al tercer día. Recordamos también cómo Jonás estuvo tres días en el vientre del cetáceo y al final vivo y salvo fue a cumplir su misión profética. Pero nosotros creemos en Jesús, el Señor, resucitado de entre los muertos, como nos decía ayer san Pablo, ‘éste ha sido mi evangelio por el que sufro hasta llevar cadenas, pero la palabra de Dios no está encadenada’.
Les recuerda Jesús a la Reina del Sur ‘que vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón’. A Salomón el Señor le concedió el espíritu de sabiduría para gobernar a su pueblo y fue la admiración de todos. Pero nosotros creemos en Jesús, verdadera Sabiduría de Dios, porque es la Palabra viva de Dios que se ha encarnado, se ha hecho hombre, y es el que en verdad puede darnos a conocer todos los misterios de Dios.
Recordemos lo que nos dice en otros lugares del evangelio. ‘A Dios nadie lo ha visto jamás; sólo el Hijo único del Padre, es quien nos lo ha dado a conocer… nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo da a conocer’.
Vayamos, pues, hasta Jesús. Creamos firmemente en El. Pongámonos en silencio ante El para dejar que penetre hondamente dentro de nosotros y podamos conocerle y vivirle. Abramos nuestro corazón con humildad haciéndonos pequeños y sencillos para que podamos conocer a Dios, porque Dios, su sabiduría, sólo se manifiesta a los pequeños y a los sencillos.
Pidamos, pues, que nos conceda ese espíritu de Sabiduría para conocerlo, para saborear todos los misterios de Dios. Algunas veces podamos sentirnos desbordados por tanto misterio pero tengamos la certeza de que El quiere dársenos a conocer, quiere llenarnos de su Espíritu para que no sólo lo conozcamos, podíamos decir, de una forma intelectual, sino para que lleguemos a ese conocimiento más profundo que es vivirle. Démosle gracias a Dios por el don de la fe.

domingo, 10 de octubre de 2010

Gratitud como correspondencia a la gratuidad


2Reyes 5, 14-17;
Sal. 97;
2Tim. 2, 8-13;
Lc. 17, 11-19

‘Niño, se dice gracias’, nos enseñaron desde pequeños como norma de urbanidad y buena conducta. Es de corazón noble ser agradecidos, solemos decir también. Pero, en verdad, ¿sabremos ser agradecidos en la vida? Pienso que la gratitud es como una correspondencia a la gratuidad de lo recibido. Sentimos la admiración por lo que nos han ofrecido de forma gratuita y surgirá el agradecimiento. Claro que hoy en la vida parece que nos moviéramos más por actitudes de exigencias, reclamaciones y derechos que desde posturas de gratuidad, admiración y gratitud. A todo tenemos derecho, todo nos lo tienen que hacer o dar, y si no lo hacen ya estoy haciendo mis reclamaciones.
Nos falta esa actitud de la gratitud y agradecimiento porque muchas veces nuestras relaciones las tenemos demasiado desde parámetros mercantilistas. No le hago nada, no le regalo nada, porque él tampoco me ha regalado a mí, tampoco hace por mí. Y cuando vivimos esas posturas de exigencias y reclamos de derechos, no seremos capaces - hemos perdido la capacidad - de la admiración ante lo recibido y en consecuencia del agradecimiento. Si no llegamos a ser capaces de admirarnos ante lo gratuito que se nos ofrece nos costará hacer surgir esa actitud de agradecimiento por lo que hemos recibido.
Creo que es en lo que nos quiere hacer reflexionar la Palabra de Dios que hoy hemos escuchado. Por una parte lo que nos narra de Naamán, el sirio, curado de su lepra en el río Jordán en tiempos del profeta Eliseo y por otra parte la curación de los diez leprosos de lo que nos habla el evangelio con la vuelta de un solo leproso curado a dar gracias y alabar a Dios por los beneficios recibidos.
El texto que se nos ofrece del libro de los Reyes es corto en su relato, pero viendo todo su contexto creo que nos puede iluminar mucho. En principio Naamán no había querido realizar lo que le pedía el profeta que era bañarse en el Jordán para poder curarse; le parecía que era algo demasiado simple; siempre buscando cosas grandiosas para no ver dónde está la maravilla de la acción del Señor que se nos puede manifestar en lo más sencillo.
Sólo al cambiar Naamán su actitud de orgullo y exigencia por la humildad de aceptar lo pequeño y sencillo que le pedía el profeta, es cuando fue capaz de recibir y descubrir la gracia que Dios obraba sobre él de forma gratuita, será entonces cuando pasará a una actitud de gratitud y de fe verdadera. Descubrió esa acción de Dios en su vida desde la humildad de cambiar su corazón, y descubriría, entonces, la verdadera salvación que Dios le ofrecía. Hemos visto los gestos con los que quiere expresar luego esa acción de gracias a Dios queriendo vivir la auténtica fe en el único Dios verdadero.
El evangelio, por su parte, nos ha hablado de aquellos diez leprosos que se encuentran con Jesús en el camino. Desde lejos le suplican: ‘Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros’. El corazón misericordioso de Cristo siempre escucha el clamor de los que sufren y por eso les envía a presentarse a los sacerdotes para cumplir con los requisitos necesarios para poderse incorporar curados a sus familias y a la vida de la comunidad. ‘Id a presentaros a los sacerdotes’, les dice Jesús. ‘Y mientras iban de camino quedaron limpios’.
Pero ya hemos escuchado cómo uno se vuelve al verse curado para acudir hasta Jesús ‘alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús dándole gracias’. Y ahí están las palabras de Jesús, como una queja por una parte porque sólo había vuelto ‘aquel extranjero para dar gloria a Dios’, pero por otra parte para alabar la fe de aquel hombre que le ha llevado a la auténtica salvación. Había sido capaz de reconocer las maravillas del Señor que así obraba en él generosamente, gratuitamente, y había venido a dar gracias. Se estaba obrando la verdadera salvación en el corazón del hombre que había visto a Dios en su vida.
Ante Dios, ¿cuáles son nuestras actitudes y posturas? Es cierto que como aquellos leprosos desde nuestro corazón pobre y roto acudimos a Dios en búsqueda de su auxilio, de su gracia. Pero quizá tenemos que preguntarnos cómo es nuestra oración y nuestra relación con Dios.
Quizá demasiado influenciados por este mundo mercantilista en el que vivimos en que no siempre nos es fácil descubrir la gratuidad, este mundo nuestro donde todo se compra o se vende, donde todo se paga o se cobra, podíamos tener el peligro de ir con unas actitudes semejantes a Dios. Unas actitudes que hemos de saber purificar. Cuánto le prometemos a Dios para que nos escuche. Es esa religiosidad de las promesas que tan metida llevamos dentro de nosotros, o si acaso ofrecemos de antemano algo a Dios es como para congraciarnos con El para que nos escuche y atienda. Perdonen la expresión pero de antemano le hacemos el regalito a Dios. ¿No tendría que ser otra la forma de dirigirnos a Dios, de relacionarnos con El, de ser capaces de ver la acción de Dios en nosotros?
Hoy nos ha dicho el Señor en la carta de Pablo a Timoteo. ‘Haz memoria de Jesucristo, el Señor, resucitado de entre los muertos… éste ha sido mi evangelio… la salvación lograda por Cristo Jesús con la gloria eterna…’ ¿Qué significa esta memoria que hacemos de Jesús y de la salvación que nos ofrece? ¿No significa el regalo más grande de Dios que podamos recibir? Sí, he dicho regalo; solemos decir gracia, y ¿qué significa esa palabra gracia sino algo gratuito? Es el regalo de Dios, la gracia que Dios nos ofrece.
¿Sabremos ser agradecidos de verdad a ese regalo, a esa gracia, como decimos, de Dios? Y no es ya lo que nos sucede tantas veces con las promesas que después de recibido el favor fácilmente las olvidamos. El tema está en que no sabemos dar gracias a Dios por tanto que de El hemos recibido en Cristo Jesús y la salvación que nos regala. ¿No tendríamos que detenernos más a considerar toda esa maravilla que Dios continuamente está obrando en nosotros? Decíamos al principio que desde una postura de admiración ante lo gratuito surgirá más fácil nuestra gratitud, nuestra acción de gracias.
Es lo que tenemos que saber hacer. Es por eso por lo que me gusta a mi recordar continuamente ese amor de Dios Padre. Nos puede parecer una repetición el recordarlo una y otra vez, pero nos es bien necesario para que surja mejor nuestra alabanza y nuestra acción de gracias a Dios.
¿A qué nos reunimos cada domingo en asamblea eucarística los cristianos? Ya lo dice la palabra, para celebrar la Eucaristía, para celebrar nuestra acción de gracias a Dios. Eso es Eucaristía, acción de gracias. Hacemos memorial de la Pascua del Señor en la muerte y la resurrección de Cristo y damos gracias. Fijémonos que todo el meollo de nuestra celebración de la Eucaristía es acción de gracias. La gran oración es la plegaria eucarística que comienza en su introducción, en el prefacio, con una invitación a la acción de gracias. ‘En verdad es justo y necesario darte gracias siempre y en todo lugar… te damos gracias porque nos haces dignos de estar en tu presencia…’
Y hacemos memoria de su muerte, su resurrección y su ascensión gloriosa, recordamos y hacemos presente la Cena Pascual en que se nos da como comida y como bebida de salvación y al tiempo que tenemos presente y pedimos por toda la Iglesia queremos alabar al Señor con toda la Iglesia del cielo, cantando eternamente las alabanzas del Señor. Y la Eucaristía está recogiendo toda nuestra vida, lo que somos y las maravillas que el Señor ha hecho en nosotros.
Que toda nuestra vida sea acción de gracias al Señor.

sábado, 9 de octubre de 2010

Hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús

Gál. 3, 22-29;
Sal. 104;
Lc. 11, 27-28

‘Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús’, nos dice la carta a los Gálatas. Es el gran regalo de la fe. El gran regalo de Dios. Es la salvación de Dios que nos ofrece en Cristo Jesús. ‘Tu fe te ha salvado’, escuchamos muchas veces a Jesús decir en el evangelio a aquellos que han creído en El y han recibido su gracia, se han curado, han recibido el perdón de los pecados.
Por la fe en Cristo Jesús recibimos esa salvación de Dios que nos hace hijos de Dios. No nos cansamos de repetirlo, de meditarlo en nuestro corazón, de darle gracias a Dios por tan hermoso regalo. Creemos en Jesús y en Jesús, por la fe que tenemos en El nos hacemos hijos de Dios. Nos ha dado su Espíritu que nos llena de la vida de Dios, que nos hace hijos de Dios.
‘Los que os habéis incorporado a Cristo por el Bautismo, os habéis revestido de Cristo’. Y revestirnos de Cristo no es ponernos un traje como quien se pone un uniforme externo pero por dentro sigue igual. Ese revestirnos de Cristo es hacernos uno con Cristo, configurarnos con El para vivirle a El. Ya vivimos una vida nueva y distinta. Por eso san Pablo nos dirá que somos hombres nuevos, que somos criaturas nuevas. Es que ya en nosotros lo viejo del pecado no tiene que existir. Lo nuevo de la gracia es lo que tiene que resplandecer en nosotros. ¡Qué cosa más hermosa!
Y esto tiene que tener muchas consecuencias para nuestra vida. San Pablo nos dice hoy que ‘ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres…’ todo eso sería externo y accidental. Lo importante es lo que nos une. ‘Todos sois uno en Cristo Jesús’, termina diciéndonos. ¿Cómo tenemos, entonces, que mirarnos o tratarnos? Los lazos del amor desde la fe que tenemos en Cristo Jesús nos unen, nos hacen hermanos, nos hacen querernos. Cómo tenemos que traducir eso en el día a día de nuestra vida, en nuestras posturas hacia los demás, en nuestro trato con los otros, en la cercanía, la amistad y la unidad entre todos.
Esa unión con Jesús con esa vida nueva de la que nos hace partícipes por la fuerza de su Espíritu nos tiene que llevar a una vida santa, a una vida de una unión íntima y profunda con Dios en nuestra oración, en la escucha de su Palabra allá desde lo más hondo de nuestro corazón. Unidos a Jesús como los sarmientos a la vid, que nos dice en otro lugar del evangelio. Es que ya sin Cristo nada somos ni nada podemos hacer. Cómo tenemos que crecer en santidad, en gracia en nuestro corazón.
Hoy en el evangelio hemos escuchado unas alabanzas a María. Primero de aquella mujer anónima que, escuchando a Jesús, grita en medio de la multitud. ¡Dichosa la madre de tal Hijo! ‘¡Dichoso el vientre que te llevó y dichosos los pechos que te criaron!’. Pero será también la alabanza de Jesús. La alabanza de Jesús para todos aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen, pero que es una alabanza primero que nada a María, la que supo escuchar y plantar como nadie la Palabra de Dios en su vida.
Escuchemos nosotros así la Palabra de Dios y crezca nuestra fe en Jesús. Escuchemos la Palabra de Dios que nos salva, nos llena de gracia, nos santifica. Escuchemos la Palabra de Dios y ya que por la fe en Cristo Jesús somos hijos de Dios, aprendamos a ser hijos, a vivir como hijos, a resplandecer en esa santidad que tiene que inundar nuestra vida.

viernes, 8 de octubre de 2010

El crecimiento espiritual nos exige no bajar la guardia para evitar la tentación

Gál. 3, 7-14;
Sal. 110;
Lc. 11, 15-26

El rechazo de Jesús y la no aceptación de sus obras de salvación lleva a algunos, por una parte, a hacer acusaciones blasfemas contra Jesús al acusarle de actuar con el poder del príncipe de los demonios, y a otros a seguir exigiendo signos y milagros para llegar a creer en El.
‘Todo reino en guerra civil va a la ruina, les dice Jesús, y se derrumba casa tras casa. Si también Satanás está en guerra civil. ¿cómo mantendrá su reino?’
Que en esas obras de Jesús seamos capaces de ver la llegada del Reino de Dios. No nos sintamos nosotros tan confundidos como aquellos que le acusaban o le exigían signos en el evangelio. Algunas veces pareciera que queremos fundamentar nuestra fe sólo en los milagros que le pedimos. Pero seamos capaces de ver cómo en Jesús se está manifestando ‘el dedo de Dios’, una forma de decir el poder y la gloria del Señor. ‘Si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros’, termina afirmando Jesús.
Jesús con su gracia quiere liberarnos del mal, hacernos llegar su salvación. Es, además, lo que nos enseñó a pedir y lo que pedimos cada día cuando rezamos el padrenuestro. ‘No nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal’.
Es una oración que hacemos, una petición que hacemos al Señor, pero tiene que ser además una actitud y una postura continua en nuestra vida. El diablo tentador siempre estará buscando la manera de sorprendernos para hacernos caer en sus redes de pecado. Buscará la manera cuando estemos distraídos y bajemos la guardia. Nos puede suceder con facilidad.
Cuando nos arrepentimos de nuestros pecados y alcanzamos el perdón de Dios - ¡qué bueno es el Señor que siempre está ofreciéndonos su perdón -, nos proponemos seriamente no volver a caer en el pecado – propósito de la enmienda, decimos en el catecismo -; no queremos caer en esa tentación; no queremos ser de nuevo egoístas; no queremos volver a tener aquella actitud violenta con el hermano, o aquella postura orgullosa; queremos vivir siempre en la gracia y la amistad con Dios.
Al principio nos vamos comportando con humildad, somos pacíficos, no queremos ser egoístas sino que más bien nos hacemos generosos y compartimos, queremos evitar aquellas ocasiones que sabemos que nos pueden llevar de nuevo al pecado. Pero ya sabemos lo que nos sucede; pronto bajamos la guardia, comenzamos de nuevo a enfriarnos y a no estar atentos a esas ocasiones de pecado, y viene la tentación y volvemos a las andadas, volvemos a caer en el pecado.
A eso nos previene hoy Jesús en el evangelio y hemos de tenerlo muy en cuenta en el camino de nuestra vida espiritual; nos viene bien reflexionar sobre estas cosas así sencillamente. Son las imágenes que nos propone Jesús hoy en el evangelio. El hombre fuerte que nos ataca con nuevas armas, o el espíritu inmundo que ‘vuelve otra vez a nosotros y encuentra la casa barrida y arreglada’, como dice Jesús.
Cuidado no te creas seguro, se nos suele decir. Cuando nos creemos seguros por nosotros mismos ya el diablo sabe donde está nuestra debilidad. Nuestra seguridad la tenemos no en nosotros sino en el Señor, en su gracia que hemos de saber pedir y contar con ella. Sólo en un espíritu de superación continua, en esa ascesis y en esos deseos de crecimiento interior, podremos superar las pruebas y podremos lograr ese crecimiento espiritual; es lo que hará que cada día seamos mejores, seamos más santos.
Tomémonos en serio la Palabra de Dios que vamos escuchando cada día y las reflexiones que sobre ella nos hacemos. Así podremos obtener ese bagaje espiritual para sentirnos fuertes en el Señor. Rumiemos por dentro todo esto que el Señor nos va ofreciendo y aprovechemos todo lo que se nos ofrece para crecer en gracia y santidad.

jueves, 7 de octubre de 2010

El Rosario: Una contemplación del misterio de Cristo de mano de María


Hechos, 1, 12-14;
Sal.: Lc. 1, 46-54;
Lc. 1, 26-38

Celebramos en este día una fiesta de la Virgen muy entrañable, de mucha devoción en el pueblo cristiano. Expresión de ello son las numerosas fiestas que en honor de la Virgen del Rosario se celebran en nuestros pueblos y que en la mayoría de las parroquias suele tenerse la bendita imagen de la Virgen del Rosario.
Como tal fiesta a celebrar en esta fecha tiene fue instituida por el Papa S. Pío V tras la victoria de Lepanto, atribuida a la oración del rosario que el pueblo cristiano había elevado al cielo con la intercesión de la Virgen y esta práctica piadosa. De ahí las numerosas representaciones que en esta fecha se tienen en muchos pueblos, en algunos las llaman ‘libreas’, que escenifican esta victoria obtenida con la intercesión de la Virgen. En su origen esta fiesta se llamó de Ntra. Sra. de las Victorias, pero sería el Papa Gregorio III el que le cambiara el nombre con el de fiesta de Ntra. Sra. del Rosario.
Pero el rezo del rosario es anterior a todo esto. Fue santo Domingo de Guzmán el que lo divulgaría extensamente entre el pueblo cristiano en aquella cruzada de predicación contra los errores y herejías de su tiempo en el siglo XIII. Pero en siglos anteriores, ya por el siglo IX los irlandeses hacían cordeles con nudos para contar las avemarías que rezaban a la Virgen en lugar de los salmos que rezaban los monjes en los monasterios pero que les eran más difíciles de rezar al pueblo llano.
Es y ha sido una oración que ha mantenido la fe del pueblo de Dios, que quizá no sabía de teologías ni de otras formas de oración y en el rezo del rosario mantenían su unión con Dios y el misterio de salvación de Cristo unido a la oración a María. Podríamos decir que ahí en esa sencillez está al mismo tiempo la profundidad de una oración que es al mismo tiempo contemplación del Misterio de Cristo. Mientras vamos desgranando con devoción las avemarías a la Madre, en nuestro corazón vamos meditando lo que llamamos los misterios, que no es otra cosa que un recorrer esa historia y misterio de salvación de Cristo mirada y meditada con los ojos y con la compañía de María.
Ese enunciado que se hace en el inicio de cada decena de avemarías, de cada misterio decimos, tiene que hacernos contemplar, meditar, ir rumiando en nuestro corazón todo ese misterio de Cristo. Nuestros labios pronuncian el nombre de María, invocan a María saludándola con las palabras del ángel y de Isabel pidiéndole una y otra vez que ruegue por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte, pero nuestro corazón tiene que estar contemplando a Cristo, el amor de Dios, todo el misterio de la salvación en cada uno de esos momentos que se van proclamando.
Yo os invito y exhorto a que recemos el rosario pero dándole toda la hondura que tiene que tener siempre nuestra oración. Hagámoslo con pausa, sin prisas, con paz, bien absortos en la contemplación del misterio de Cristo y de María, su Madre y nuestra Madre. Me chirrían en los oídos los rosario rezados a la carrerilla como si se fueran persiguiendo unas avemarías a otras porque aún no hemos terminado de pronunciar y decir hondamente cada una de las avemarías cuando ya como pisándonos los talones estamos comenzando la siguiente. Tenemos que aprender a rezarlo bien, poniendo de verdad todo nuestro amor, concentrando de verdad nuestra mente y nuestro corazón en aquellos que estamos haciendo.
Una oración como el rosario bien hecha tiene que ser un peldaño más que vayamos subiendo en esa vivencia del misterio de Cristo y en consecuencia de nuestra santidad. Es que sentimos la protección y el estímulo de María, la madre que está siempre a nuestro lado y nos protege con su amor maternal. Una oración del rosario bien rezada tiene que ser para nosotros en verdad un escudo potente frente al enemigo y a la tentación. ‘Líbranos del mal’, decimos en nuestras oraciones como nos enseña Jesús. ‘Ruega por nosotros pecadores’, le decimos a la Virgen en cada una de las avemarías. Sentiremos cómo la fuerza de la gracia divina que nos alcanza María nos preserva de todo mal, nos hace fuertes en la tentación, nos libra de todo pecado. Si ayer le pedíamos a Jesús que nos enseñara a orar, hoy le pedimos a María que esté con nosotros en nuestra oración para que aprendamos a hacerla como ella.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Señor, enséñanos a orar como lo hacías Tú

Gál. 2, 1-2.7-14;
Sal. 116;
Lc. 11, 1-4

‘Señor, enséñanos a orar’, le pidieron los discípulos a Jesús en una ocasión en que lo habían visto orando. ¿Por qué no se lo pedimos nosotros también?
‘Señor, enséñanos a orar’… enséñanos a sentirnos a gusto con Dios como vemos que tú lo haces, te extasías en El, te transfiguras en El, resplandeces de luz. Enséñanos a transfigurarnos como tú allá en lo alto del monte, porque así nos sumerjamos en Dios como tú lo haces; que como una esponja que se sumerge en el agua y queda toda ella tan empapada e inundada que luego va por todas partes chorreando agua, así nosotros cuando bajemos del monte de la oración vayamos chorreando a Dios, contagiando de Dios a todos con los que nos encontremos, desprendiendo por todos los poros de nuestra alma a Dios.
‘Señor, enséñanos a orar’ y nos llenemos de tu luz, y resplandezcamos como tú resplandecías cuando estabas unido al Padre; como Moisés que cuando bajaba del monte de estar contemplando a Dios y hablando con El cara a cara, volvía tan resplandeciente su rostro de luz que los ojos oscurecidos de los judíos se sentían heridos por tanto resplandor.
‘Señor, enséñanos a orar’ como tú lo hacías y que aprendamos a decir ¡Padre!, a gustar esa palabra y más que la palabra aprendamos a saborear en lo más profundo ese amor inmenso que brota del Dios que tanto nos ama y que es nuestro Padre. Que la saboreemos tanto que nunca nos cansemos de repetirla, de rumiarla una y otra vez en nuestro corazón; que nunca sea una rutina, que nunca la digamos con prisas, que siempre sintamos tu paz en lo más hondo de nuestro corazón.
‘Señor, enséñanos a orar’ llamando Padre a Dios y que ya nunca lo miremos de otra manera, nunca más haya miedo ni temor y porque decimos ¡Padre! sintamos en nuestro corazón una paz grande, un gozo inmenso, una alegría que nunca se apague.
‘Señor, enséñanos a orar’ y que aprendamos, sí, a decir Padre porque nos sintamos hijos para siempre, para que aprendamos a ser hijos, a comportarnos como hijos, a vivir como hijos que se sienten amados profundamente por Dios y así aprendamos a amar con ese mismo amor.
‘Señor, enséñanos a orar’ y que aprendamos a reconocerte como nuestro Padre y como nuestro Señor, nuestro único Señor y Dios al que tenemos que amar con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser, porque Dios lo sea todo para mí y ya nada pueda hacer sin Él ni al margen de El.
‘Señor, enséñanos a orar’ para que en nuestra oración aprendamos a abrir nuestro corazón a tu Palabra, a tu Reino, a tu voluntad; para que en todo sepamos agradarte, para que toda nuestra vida sea siempre la búsqueda de tu Reino, y para que siempre el nombre de Dios sea bendecido y santificado, para que todos al final lleguen a reconocerte como nuestro Dios y Señor.
‘Señor, enséñanos a orar’ y que lo hagamos siempre con la confianza y con la perseverancia de los hijos, con la humildad y con el amor de quienes se sienten amados, y que aprendamos que Dios siempre nos escucha y siempre nos dará lo mejor que necesitamos para cada día. Que aprendamos a pedir el pan de cada día y no busquemos riquezas ni grandezas, no queramos acumular cosas sino que nos des lo que necesitamos para una vida digna pero también para poder compartir con los demás y a nadie falte nunca.
‘Señor, enséñanos a orar’ con una oración pura y con un corazón limpio de maldad, con la sencillez de los pequeños pero con la certeza de los hijos que sintiéndose amados saben que Dios siempre los escucha.
‘Señor, enséñanos a orar’ para pedirte perdón pero también para aprender a perdonar, para sentir tu fuerza en la lucha contra el mal, pero para tener la voluntad de evitar y alejarme de toda tentación, para que nos veamos libres de todos los peligros y aprendamos a sentirnos siempre en tu paz.
‘Señor, enséñanos a orar’; habla a mi corazón, que allí en lo más hondo quiero escucharte. Perdóname, Señor, que con tanta insistencia te haya pedido que nos enseñes a orar, pero es que quiero orar como Tú lo hacías.

martes, 5 de octubre de 2010

No te olvides del Señor, tu Dios

No te olvides del Señor, tu Dios
Dt. 8. 7-18;
Sal.: 1Cron. 29, 10-12;
2Col. 5, 17-21;
Mt. 7, 7-11

‘No te olvides del Señor tu Dios que te sacó de Egipto, de la esclavitud… en sus manos está la fuerza y el poder…’ nos recuerda hoy la Palabra de Dios.
Una celebración, la de las témporas, a la que nos invita la Iglesia en este día, pero que puede ser un motivo grande de reflexión sobre nuestra vida, lo que hacemos, el lugar que Dios ocupa en nuestra existencia, de donde tendrá que surgir nuestra alabanza y nuestra súplica, nuestra acción de gracias y el reconocimiento de nuestro pecado también para pedirle perdón al Señor.
Tenemos hoy una tentación que es la tentación que han sufrido todos los hombres desde el mismo momento en que Dios creó a Adán: creernos dioses, todopoderosos y autosuficientes, orgullosos de las obras de nuestras manos y prepotentes. Vemos lo que somos capaces de hacer, contemplamos las obras de nuestras manos, de nuestra inteligencia o nuestro saber; pueden surgir bellas obras de arte y complicadísimos sistemas de ingeniería que hace pocos años casi ni podíamos imaginar; con los avances de la ciencia y de la técnica se logran maravillas que cada día se ven superadas por otras en lo que parece una carrera sin fin.
Y nos encandilamos con todas esas cosas. Y al final se crea una confusión en el espíritu del hombre porque nos creemos tan autosuficientes por nosotros mismos, por nuestra ciencia o nuestro saber, que ya nos parece no necesitar a Dios. Todo nos lo creemos poder hacer por nosotros mismos. Nos creemos dioses. La tentación de Adán en el paraíso y la tentación de todos los hombres. Y nos puede llegar y de hecho nos está llegando una confusión semejante a la de la torre de Babel donde el hombre pretendía escalar el cielo. Es la confusión de que a pesar de esa carrera vertiginosa de los avances técnicos de nuestro mundo, sin embargo la carrera de la humanidad del hombre, de todo hombre y de todos los hombres no corre con el mismo ritmo.
Sigue habiendo abismos inmensos que nos separan y nos dividen; siguen existiendo los abismos de la pobreza y de la miseria y que separa y divide a los hombres y los pueblos en primeros y segundos y terceros mundo. Es tal la inhumanidad que destruyéndonos unos a otros cuando no valemos o servimos, destruyendo la vida impidiendo a los inocentes nacer, pensamos que es la solución de humanidad para nuestro mundo.
No te olvides del Señor, tu Dios... cuando llegues a una tierra que te produzca abundantes cosechas, vivas en casas fabricadas con tus manos o seas capaz de extraer oro, hierro o metales de las entrañas de la tierra, le prevenía Dios a través de Moisés antes de entrar en la tierra prometida. No te olvides del Dios que te sacó de la esclavitud y te condujo por el desierto para darte esta tierra que mana leche y miel.
¿No será eso lo que también nosotros tenemos que reconocer? ¿No será por todas esas cosas admirables que Dios nos permite hacer cuando nos ha dotado de inteligencia y voluntad, por lo que tenemos que sentir la admiración que nos lleve al reconocimiento del Señor, a la alabanza y a la acción de gracias?
En este día la liturgia de la Iglesia a eso nos invita. Una alabanza y una acción de gracias porque en todo hemos de saber reconocer la mano del Señor. De El es el poder y la gloria; en El está la fuerza y la vida. Alabamos, bendecimos al Señor, damos gracias a Dios por tanto bueno de lo que nos ha dotado cuando nos ha dado tales capacidades. Que no nos olvidemos del Señor nuestro Dios.
Y porque muchas veces lo olvidamos, porque muchas veces nos dejamos arrastrar por ese orgullo tenebroso porque en el fondo nos llena de sombras y tinieblas, también hoy es día de reconciliación, día de petición de perdón. ‘Dejaos reconciliar con Dios’, nos decía san Pablo. Y es que Dios viene a nuestro encuentro para ofrecernos la reconciliación. Dejemos que esa gracia del Señor llegue a nuestra vida.
Y oremos y pidamos al Señor, por nosotros y por nuestro mundo, por los que están cercanos a nosotros con los que compartimos nuestra vida en la familia, en los lugares donde convivimos o en el trabajo, y por todos los hombres; y pedimos por nuestros gobernantes y pedimos por nuestra Iglesia. Son muchas las cosas por las que hemos de pedir sin cesar. A eso nos invita Jesús hoy en el Evangelio.
Vivamos el profundo sentido que tienen estas témporas, no olvidemos al Señor, nuestro Dios y nuestro Padre, que tanto nos ama y que nos ofrece la salvación al entregarnos a su Hijo Jesús y darnos la fuerza de su Espíritu.

lunes, 4 de octubre de 2010

Anda y haz tú lo mismo


Gal. 1, 6-12;
Sal. 110;
Lc. 10, 25-37

¿Qué buscaba aquel escriba al acercarse a preguntar a Jesús?¿ había deseos de vida eterna en su corazón o era más bien un cuestionar las enseñanzas de Jesús? ‘Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ Una pregunta para poner a prueba a Jesús. ¿Una pregunta que busca recetas y cosas concretas que nos lo den todo señalado y marcado?
La respuesta de Jesús le recuerda lo que todo judío sabía que era el mandamiento principal de la ley. ‘Amarás al Señor con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo’. Habiéndole ahora respondido el escriba a la pregunta de Jesús, finalmente le dice: ‘Haz esto y tendrás la vida’.
Pero parecía que aquel hombre no estaba satisfecho. Vuelve la pregunta. ‘Y ¿quién es mi prójimo?’ Jesús no da recetas. Jesús no le dice que tiene que hacer cosas grandes para encontrar al prójimo sino que sólo tiene que fijarse en quien está a su lado. Precisamente ese es el significado de la palabra, el que está a tu lado. Pero Jesús le responde con la parábola que tantas veces hemos escuchado y reflexionado.
¿Qué nos querrá decir Jesús? Que nos miremos menos a nosotros mismos y que abramos bien los ojos para ver al que está a nuestro lado.
Porque en la búsqueda de quien es mi prójimo tenemos el peligro de buscarnos primero a nosotros mismos. A ver donde puedo quedar yo bien. A ver donde puedo acallar mi conciencia quizá con otras cosas que no haya hecho o que haya hecho mal. A ver donde puedo yo ser reconocido porque soy una persona muy generosa y que es capaz de sacrificarse para hacer cosas importantes. A ver donde hay una cosa muy llamativa e impactante para yo ponerme a hacer el bien.
Y Jesús nos dice que cuando caminemos por los caminos de la vida, seamos capaces de mirar y ver al que está a nuestro lado, al que pasa junto a nosotros, o al que está allí tirado en las cunetas de la vida y tan tirado está que hasta pasa desapercibido. No nos pide el Señor que vayamos tocando campanillas para llamar a los que tienen necesidad y vengan hasta nosotros porque podemos remediar sus males. Nos pide simplemente Jesús que no cerremos los ojos, que miremos bien en las orillas de los caminos de la vida, que miremos bien a ese que está a tu lado y al que tienes que llamar hermano y al que tienes que dar tu amor.
Que no cerremos los ojos ante las cosas que nos puedan parecer pequeñas porque nosotros tenemos cosas importantes que hacer. Que seamos capaces de bajarnos de nuestra cabalgadura para poder mirar no desde arriba sino desde su misma altura a ese hermano que sufre caído a nuestro lado. De cuántas cabalgaduras tenemos que abajarnos, porque subirnos a los caballos del orgullo, de la autosuficiencia, de la soberbia, de la búsqueda de grandezas, reconocimientos y honores es algo que hacemos muy fácilmente.
Y el amor es humilde, callado, cercano, hecho de mil detalles y pequeños gestos. Porque si no sabemos tenemos ese pequeño gesto humilde con ese que está a tu lado todos los días y quizá no te cae tan bien, no vas a ser capaz de hacer cosas mucho mayores.
¿Quién es mi prójimo? ¿Cuál es el que se comportó como prójimo del que estaba caído junto al camino? Era ahora Jesús el que preguntaba. Es ahora Jesús el que nos está diciendo: ‘Anda, y haz tu lo mismo’.

domingo, 3 de octubre de 2010

Señor, auméntanos la fe



Habacuc, 1, 2-3; 2, 2-4;
Sal. 94;
2Tim. 1, 6-8.13-14;
Lc. 17, 5-10


‘Auméntanos la fe’, le pidieron los apóstoles a Jesús. Señor, auméntanos la fe, le pedimos nosotros también. Lo necesitamos.
¿Por qué le pedirían los apóstoles a Jesús que les aumentara la fe? Ellos estaban con El y lo acompañaban por todas partes, escuchaban directamente de sus labios sus palabras, eran testigos de sus milagros.
Pero quizá se daban cuenta de que todo aquello de que les hablaba Jesús les sobrepasaba. Se entusiasmaban por seguirle, pero al mismo tiempo caían en la cuenta de sus exigencias. La meta que Jesús les proponía era alta y necesitaban un buen espíritu para alcanzarla, como el atleta que necesita de un entrenamiento y un fortalecimiento de sus músculos para alcanzar la corona de la victoria en la carrera. Quizá podían ir vislumbrando con lo que Jesús les proponía que en muchas cosas tenían que nadar a contracorriente y se iban a quedar solos frente al rechazo de tantos. O quizá lo que Jesús les anunciaba de lo que iba a suceder en su subida a Jerusalén les asustaba.
Necesitamos nosotros también pedirle a Jesús ‘auméntanos la fe’. Son difíciles las situaciones por las que pasamos en el mundo en el que hoy vivimos. Hablamos mucho de la crisis y bien sabemos que es muy complejo todo lo que sucede a nuestro alrededor: gentes que lo pasan mal en muchos aspectos; un mundo lleno de violencias que parece que va como en una espiral ascendente cada vez más; inestabilidad social que hace que mucha gente camine sin norte ni futuro perdidas las esperanzas; desorientación y pérdida de valores con los que hay tantos que no saben ya por qué luchar o qué hacer; catástrofes naturales de las que oímos hablar con demasiada frecuencia, terremotos, corrimientos de tierras con montañas que se vienen abajo sepultando todo a su paso (esta semana hemos oído hablar de varias en Colombia y México), inundaciones o huracanes que lo dejan todo devastado.
Y nos llenamos de preguntas en nuestro interior. ¿Por qué suceden todas estas cosas? ¿por qué hemos llegado a situaciones como éstas? Es lo que gritaba el profeta Habacuc que hemos escuchado en la primera lectura. ‘¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches? ¿Te gritaré sin que me salves? ¿Por qué me haces ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas, se alzan contiendas?’
‘Señor, auméntanos la fe’,
le pedimos. Porque nos llenamos de dudas y no sabemos encontrar respuestas; porque algunas veces andamos demasiados fríos espiritualmente y en consecuencia nos falta valor; porque olvidamos principios fundamentales; porque nos sentimos confusos y acobardados; porque en muchas ocasiones parece que prefiramos ocultar nuestra fe y nos acomplejamos ante el mundo de indiferencia que nos rodea; porque no llegamos a comprometernos seriamente en nombre de esa fe que tenemos; porque nos falta una fundamentación firme y verdadera.
El Señor le respondió al profeta: ‘el injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe’. Ahí está nuestra fortaleza y nuestra grandeza. Ahí encontraremos la valentía y la fuerza. Ahí tenemos la luz que necesitamos para encontrar respuestas. Aquí hemos venido con fe hoy hasta la Eucaristía y a la escucha de la Palabra de Dios. Venimos con fe, no puede ser otro el motivo para nuestra venida, pero le pedimos al Señor que nos aumente la fe, que crezca nuestra fe, que se mantenga firme como una roca nuestra fe.
San Pablo le hacía unas hermosas recomendaciones a su discípulo Timoteo que hemos escuchado en la segunda lectura. Recordemos. ‘Reaviva el don de Dios… no se nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y bien juicio… no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor Jesucristo…toma parte en los duros trabajos del evangelio… vive con fe y amor en Cristo Jesús… guarda este precioso depósito con la ayuda del Espíritu Santo…’ Parece que va dando respuesta a todo lo que nos hemos venido planteando.
‘Reaviva el don de Dios…’ esa gracia con que Dios te ha enriquecido. Ese precioso depósito de la fe que hemos de guardar como oro en paño, como lo más precioso que tenemos, que no lo podemos perder de ninguna manera, pero que hemos de hacer crecer más y más. Es un regalo de Dios, una gracia que no la tenemos porque nosotros la merezcamos, sino porque el Señor en su infinita bondad la ha depositado en nuestro corazón. ‘Siervos inútiles somos…’ nos decía el evangelio, ‘que no hemos hecho otra cosa sino lo que teníamos que hacer’.
Reaviva, cultiva esa semilla de la fe para que crezca. Y va a crecer con la gracia de Dios. Pero tenemos que preocuparnos de conocerla bien, de profundizar en nuestra fe, de empaparnos más y más de la Palabra de Dios que enriquece nuestro corazón. Tenemos dudas y nos acobardamos muchas veces cuando tenemos que enfrentarnos a tan diversos problemas y situaciones, como antes reflexionábamos, pero porque no hemos fortalecido debidamente nuestra fe. Sin esa debida fundamentación de una buena formación claro que nos vamos a encontrar como quien no hace pie y nos tambalearemos y caeremos.
Un edificio sin cimientos se viene abajo. Un cristiano sin una fe bien fundamentada y fortalecida terminará consumiéndose en sus dudas y caerá en la indiferencia y al final en el abandono. Por eso nos hablaba Jesús en otro lugar del evangelio del hombre sensato y prudente que edificaba su casa sobre roca. Edifiquemos nuestra vida sobre la roca firme de la fe.
Y no nos ha dado Dios espíritu de cobardía sino de valentía. Con valentía nos enfrentamos a esa lucha, a esa búsqueda de respuestas, a encontrar soluciones que remedien tanto sufrimiento, a dar ese valiente testimonio de nuestra fe y de nuestro amor cristiano. ‘Toma parte en los duros trabajos del evangelio según la fuerza de Dios’, le decía Pablo a Timoteo; nos dice el Señor a nosotros. Y la fuerza de Dios no nos faltará. Tenemos que saber pedirla constantemente al Señor.
‘Señor, auméntanos la fe’.

sábado, 2 de octubre de 2010

Voy a enviarte un ángel por delante que te cuide en el camino

Ex. 23, 20-23;
Sal. 90; Mt.
18, 1-5.10

‘Voy a enviarte un ángel por delante para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado. Respétalo y obedécelo…’ Así le decía el Señor al pueblo de Israel en el comienzo de su camino por el desierto rumbo a la tierra prometida.
La liturgia nos ofrece este texto de la Escritura en esta fiesta de los Santos Ángeles Custodios que hoy estamos celebrando. Hermoso y significativo texto que nos ayuda a comprender ese misterio de los ángeles de Dios que están junto a nosotros, porque así lo ha querido Dios, y nos protegen y nos ayudan, nos guardan en nuestros caminos como el ángel del Señor que cuidaba de su pueblo a través del desierto, y nos ayudan a sentir la presencia del Señor y de su gracia en medio de los avatares de la vida.
‘Vernos siempre defendidos por su protección y gozar eternamente de su compañía’, pedíamos en la oración de esta fiesta. Pero aún más diremos en las otras oraciones de la misa del día porque pedimos que ‘nos conceda que su continua protección nos libre de los peligros presentes y nos lleve a la vida eterna’. No es sólo ahora mientras caminamos los caminos de esta vida, sino que nuestra meta está en la vida eterna que queremos alcanzar con la protección de los santos ángeles. Por eso, quienes hemos sido alimentados con los sacramentos de la gracia, pedimos ser dirigidos ‘bajo la tutela de los ángeles por los caminos de la salvación y de la paz’.
La liturgia nos ayuda a comprender este misterio de gracia. La liturgia expresa y celebra la fe que tenemos, por eso nos sirve de gran ayuda para penetrar profundamente en ese misterio de gracia. Esto es realmente este misterio de fe que son los ángeles. Vivimos tan embrutecidos algunas veces absorbidos por las realidades temporales y materiales que nos cuesta entender todo lo espiritual. Queremos darnos explicaciones y hasta queremos desprendernos de todo ese halo en cierto modo misterioso por su grandeza que tienen las cosas de Dios. Pero las cosas de Dios no son a nuestra manera sino según el querer de Dios. Y esa es una realidad, misteriosa y espiritual, pero ahí está expresando toda la gloria de Dios al tiempo que nos ayuda a que nosotros también cantemos la gloria del Señor.
Sí, nosotros hemos de cantar la gloria del Señor. Y eso es un misterio grande e inmenso que algunas veces no sabemos cómo expresar. Unámonos a los ángeles que están para siempre ante el Señor, en su presencia y contemplando su rostro, ese rostro misterioso de Dios que a nosotros nos cuesta ver y comprender y que en el fondo tanto deseamos. Que en los ángeles veamos nosotros esta gloria de Dios, esa inmensidad de Dios, ese misterio de Dios. En la Biblia, en el Antiguo Testamento, encontramos muchas veces que para hablarnos de la presencia de Dios junto a los hombres, junto a Abrahán, junto a Moisés, el texto sagrado nos habla del ángel del Señor.
‘Ángeles del Señor, bendecid al Señor’ nos repite la Biblia en muchas ocasiones y nos lo repite la liturgia. Con los ángeles y con los coros celestiales queremos nosotros bendecir también al Señor, cantar la gloria del Señor tres veces santo. Que los santos ángeles nos ayuden y nos protejan, es la misión de los ángeles custodios como hoy los llamamos y los celebramos, para que nos veamos libres de todo peligro, para que nunca perdamos la gracia del Señor; y si de ellos decimos que son santos porque están llenos de la santidad de Dios, ellos todos puros y limpios de pecado, nos ayuden a nosotros a que alcancemos también esa santidad.

viernes, 1 de octubre de 2010

¡Ay de ti Corozaín, ay de ti Betsaida…!

Job. 38, 1.12-21; 39, 33-35;
Sal. 138;
Lc. 10, 13-16

El orgullo de que somos cristianos viejos, cristianos de siempre queda bien herido con las palabras de Jesús a Corozaín, Betsaida y Cafarnaún.
Eran pueblos y ciudades del entorno del lago de Tiberíades, de la zona geográfica, podemos decir, donde Jesús de manera especial realizó su actividad pública. El evangelio nos repite varias veces que Jesús recorría los pueblos y ciudades de Galilea. Allí predicaba anunciando el Reino de Dios, allí realizó la mayoría de los milagros que nos narran los evangelios. Pero, ¿cuál era la respuesta?
Hoy les dice Jesús que ‘si en Tiro y Sidón se hubieran hecho los milagros que vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidos de sayal y sentados en ceniza’. Tiro y Sidón eran ciudades cananeas, ciudades paganas más al norte del territorio de Palestina. Por allá llegó Jesús cuando la curación de la hija de la Cananea y a Cesarea de Filipos que quedaba ya en el límite cuando la confesión de fe de Pedro. Recordamos también la respuesta de Jesús a la petición de la cananea que ‘el pan de los hijos no se da a los perros’, en referencia a que había venido a anunciar la salvación directamente en Israel.
Nos sucede tantas veces que porque somos religiosos, porque vivimos una cierta práctica de vida cristiana, porque escuchamos con frecuencia – en nuestro caso todos los días – la Palabra de Dios, ya nos creemos convertidos lo suficiente y nos parece que ya no necesitamos hacer nada más. Vivimos a la sombra del campanario de nuestra Iglesia y ya con eso pensamos que estamos salvados. Le sucede a mucha gente en nuestros pueblos que viven en la cercanía de la Iglesia, o que se hacen muy presentes en la fiesta del santo del pueblo, y ya piensan que con eso está todo hecho.
Es que siempre hemos de estar abiertos a la Palabra de Dios. No nos podemos hacer oídos sordos, porque pensamos que ya nos la sabemos o la conocemos. Es un peligro de rutina en el que podemos fácilmente caer. Pero ser cristiano es una vida y una vida siempre está en crecimiento; cuando no crece se muerte. Por eso en la respuesta que le damos al Señor con nuestra vida cristiana, con nuestro seguimiento del Evangelio no podemos pensar que ya lo tenemos todo hecho. Siempre tiene que haber en nuestra vida un espíritu de superación y unos deseos de crecimiento.
Espíritu de superación porque siempre podemos ser mejores, porque siempre habrá cosas que purificar en nuestro corazón, porque siempre podemos crecer en la virtud. Deseos de crecimiento decimos, porque además es cuestión de respuesta de amor. Y el amor nunca se agota, ni se queda estabilizado. El amor tiene que crecer más y más nuestro amor al Señor, como respuesta a ese amor inmenso que El nos tiene, siempre tiene que estar en crecimiento.
No nos valen orgullos de cosas pasadas, de todo lo que hice, de la fe que siempre he tenido, sino que cada día tengo que dar mi respuesta, cada día tiene que crecer mi amor, cada día tiene que ser mayor mi entrega y mi compromiso, cada día tienen que resplandecer más mis virtudes, cada día tiene que ser más grande mi santidad.
‘¡Ay de ti Corozaín, ay de ti Betsaida…! y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo?’ Que no oigamos la queja del Señor porque no le demos esa respuesta de amor cada día más creciente y más fructífera.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Yo sé que el Señor vive

Job, 19, 21-27;
Sal. 26;
Lc. 10, 1-12

‘Yo sé que está vivo mi Salvador y que al final se alzará sobre el polvo…’ Aquí expresa Job toda su fe y confianza en el Señor. Tan cierto está que quiere que ‘se escribieran sus palabras, ojalá se grabaran en cobre; con cincel de hierro y en plomo se escribieran para siempre en la roca’.
La experiencia del dolor y del sufrimiento ha sido dura para Job. Tanto ha sido su sufrimiento que deseó no haber nacido, como hemos escuchado en días pasados. ‘¿Por qué al salir del vientre no morí, o perecí al salir de las entrañas?’
Sus amigos han venido a consolarlo; unas veces en silencio – siete días estuvieron en silencio sin pronunciar palabra -, otras veces al compartir su dolor ofreciéndole el consuelo de sus palabras con sus propios razonamientos para darle ánimos, que se convertían en palabras bonitas o vacías que a él de nada le sirvieron.
Pero su fe y su esperanza en el Señor es firme, aunque le cueste comprender. Muchas veces sentirá el peso de su dolor como un castigo – ‘sé muy bien que es así, dice, que el hombre no es justo ante Dios’ – y se siente pequeño ante la inmensidad de Dios al recordar todas las maravillas de la creación. Se fía, sin embargo, de Dios, en quien pone toda su esperanza, en el Dios que espera ver un día cara a cara. ‘Ya sin carne veré a Dios; yo mismo lo veré y no otro, mis propios ojos lo verán. ¡Desfallezco de ansias en mi pecho!’
Por eso podíamos repetir nosotros en el salmo, como una respuesta hecha oración a la Palabra que vamos escuchando: ‘Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida’, porque en verdad buscamos siempre el rostro del Señor y con humildad a El nos acercamos y en El ponemos toda nuestra confianza.
Se nos cuestiona por un lado toda nuestra fe al vernos sumergidos en el dolor. Buscamos respuestas, buscamos fuerza, nos sentimos débiles, acudimos al Señor y al final nuestra fe tiene que salir más fortalecida.
Pero se nos cuestiona también la forma en que vamos a los demás para acompañarles en su dolor o sufrimiento. No siempre encontramos la forma más acertada. Muchas veces tenemos el peligro de abundarnos en palabras y consuelos, que no llegan profundamente a la persona. Tendríamos muchas veces que aprender a acompañar en silencio, estando al lado del que sufre y haciendo nuestro su dolor.
No nos valen recetas aprendidas de memoria, sino que lo que nos vale es el amor. No podemos añadir más sombras con nuestros razonamientos o nuestras limitadas experiencias sino que tenemos que procurar despertar la luz de la esperanza. Hacer silencio de mis pensamientos o ideas preconcebidas para poder escuchar en lo hondo de nosotros mismos lo que el Señor quiere manifestarnos quizá a través del dolor de esos que sufren a nuestro lado.
Hoy en el evangelio hemos escuchado el envío de Jesús a los setenta y dos discípulos a anunciar el Reino de Dios. Escuchemos las recomendaciones de Jesús y lo que Jesús les enseña a decir y a hacer.
‘Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa…’ El primer anuncio la paz de Dios. Luego sigue diciéndonos Jesús: ‘Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya y decid: está cerca de vosotros el Reino de Dios’. Compartir haciéndonos uno con aquellos a los que vamos a ver o a anunciar el Evangelio; dar las señales del amor con la compasión y la misericordia; entonces en verdad hacemos presente el Reino de Dios. cuántas lecciones y consecuencias podemos sacar de todo esto para nuestro actuar.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Si me preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel


Apoc. 12, 7-12;
Sal. 137;
Jn. 1, 47-51

‘Te doy gracias de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti’, decimos en los salmos para alabar y bendecir al Señor. Queremos alabarle, bendecirle y darle gracias. Nos unimos a los coros de los ejércitos celestiales. Así lo expresamos en distintos momentos en la liturgia. Así queremos celebrarlo hoy en la fiesta de los tres santos Arcángeles, san Miguel, san Gabriel y san Rafael.
Pero podríamos comenzar preguntándonos qué son y quienes son los ángeles. San Agustín dice al respecto: ‘El nombre del ángel significa su oficio, no su naturaleza. Si preguntas por su naturaleza, te diré que es un espíritu; si me preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel’.
Son espíritu, espíritus puros, que contemplan constantemente el rostro de Dios, como nos dice Jesús que ‘sus ángeles están contemplando constantemente el rostro de mi Padre que está en los cielos’. Y, como decimos en el prefacio, ‘el honor que les tributamos manifiestan tu gloria – la gloria del Señor – y la veneración que merecen es signo de tu inmensidad y excelencia sobre todas tus criaturas’. Cantan la gloria de Dios, pero nos manifiestan también la gloria de Dios.
Con todo su ser son servidores y mensajeros de Dios; ‘poderosos ejecutores de sus órdenes, prontos a la voz de su palabra’, que nos enseña también otro de los salmos. Es lo que nos expresaba san Agustín al hablarnos del oficio de los ángeles, de lo que hacen. Es lo que expresamos en los santos arcángeles que hoy celebramos.
Mensajeros de Dios, acompañantes en el camino de nuestra vida y fortaleza con la gracia del Señor en nuestra lucha contra el mal, contra el pecado. Gabriel, el ángel que vino de parte de Dios a anunciarle a María su divina maternidad, todo el misterio de Dios que en ella se encarnaba, toda la obra de la salvación y redención para nosotros que se realizaría en el Hijo de María que era al mismo tiempo el Hijo de Dios.
Rafael, acompañando al joven Tobías, inspirando todo lo bueno que había de realizar y siendo además como cauce y camino de la medicina que abriría los ojos al anciano Tobías; compañero de nuestro camino como ángel guardián que nos protege del mal y nos ayuda a encontrar la verdadera salud, la verdadera salvación.
Miguel, el ángel poderoso vencedor en la lucha contra el ángel que se convirtió en ángel infernal arrojándolo al abismo del infierno; ángel poderoso a nuestro lado que nos recuerda y nos trae la gracia y la fortaleza del Señor en nuestra lucha contra el pecado.
En la oración pedíamos ‘que nuestra vida esté siempre protegida en la tierra por aquellos que te asisten continuamente en el cielo’. Es el ángel del Señor el que toma de nuestras manos y de nuestro corazón nuestra ofrenda y nuestra oración para presentarla ante el Padre en el cielo. ‘Te pedimos humildemente, Dios todopoderoso, que esta ofrenda sea llevada a tu presencia, hasta el altar del cielo, por manos de tu ángel…’ que se dice en la primera plegaria eucarística, el canon romano. Ofrecemos, pues, el sacrificio de alabanza que pedimos al Señor que ‘lo reciba con la intercesión de los ángeles y nos sirva para nuestra salvación’.
Que así pues un día, habiendo sido conducidos y guiados en la tierra por la protección de los ángeles, podamos también ‘contemplar la luz del rostro de Dios… y merezcamos con María, la Virgen Madre de Dios, los apóstoles y cuantos vivieron en tu amistad a través de los tiempos, por tu Hijo Jesucristo, compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas…’
Es lo que hoy queremos celebrar; es la bendición y alabanza que queremos cantar al Señor unidos a los ángeles y a los santos.

martes, 28 de septiembre de 2010

Un camino siempre de amor que nos llevará a la vida

Job 3, 1-3.11-17.20-23;
Sal. 87;
Lc. 9, 51-56

Una vez más en el evangelio vemos a Jesús de camino, y de camino a Jerusalén. La imagen de ir en camino es una constante en el evangelio, lo que es también una buena referencia para lo que es nuestra vida. ‘Se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, nos dice el evangelista, y Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén’. Allí sería su pasión, su entrega, su muerte. Allí se manifestaría su amor.
Atravesaban Samaria y al pedir alojamiento en uno de aquellos pueblos fueron rechazados. La pasión no fue sólo en Jerusalén. Eran rechazados por la tradicional enemistad entre judíos y samaritanos; eran rechazados porque eran peregrinos que iban a Jerusalén. Pero la pasión de Jesús que se iniciaba ya no estaba sólo en el rechazo de aquellos samaritanos. ¿No le dolería a Jesús la actitud en cierto modo vengativa de sus propios discípulos que pedían que bajara fuego del cielo contra aquellos que no les aceptaban? Todo lo que Jesús les venía enseñando de esas actitudes nuevas que habían de tener lo que creyeran en El se estaba desvaneciendo.
Jesús les regañó. ‘No sabéis de qué espíritu sois’. No había venido Jesús a condenar ni a buscar la muerte de nadie. El es la manifestación más hermosa del Dios que tanto nos ama y que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva. Jesús es el Buen Pastor que busca a la oveja descarriada, ¿cómo iba a querer que bajara fuego del cielo para abrasar a aquellos samaritanos porque no le aceptaban? Si la primera incomprensión estaba en sus propios discípulos que no acababan de entenderle y tener esas actitudes nuevas que El nos enseña.
Cuánto nos cuesta seguir el camino de Jesús. Cuánto nos cuesta cambiar las actitudes profundas de nuestro corazón. Ha sucedido desgraciadamente en todos los tiempos porque cuantas veces se ha querido imponer la fe y el estilo de vida de Jesús. cuántas guerras de religión a través de la historia. Pero nada hacemos con lamentarnos de lo que haya sucedido en la historia, sino que lo que tenemos que hacer es aprender la lección y cuán respetuosos tenemos que ser con aquellos que quizá no nos entienden o nos pueden hacer frente.
El testimonio que tenemos que dar de nuestra fe y del amor de Dios no pasa por imposiciones ni violencias, sino que tiene que pasar por una vida llena de amor. Nuestra paciencia y nuestra mansedumbre tiene que ser como el almíbar que endulce nuestra vida y haga atrayente el evangelio de Jesús para los demás. Nos enseña Jesús a amar en todo momento y a todos; nos enseña a perdonar hasta setenta veces siete y hasta a poner la otra mejilla cuando nos abofetean o nos hacen daño; nos enseña, en una palabra, a ir siempre sembrando amor.
Somos demasiadas veces en la vida como aquellos hijos del trueno, los Boanerges, como Jesús los llamaba porque nos dejamos llevar por impulsos violentos o exigentes. No otra cosa tenemos que hacer sino lo que Jesús fue haciendo delante de nosotros. Por eso nos dirá que aprendamos de El que es manso y humilde de corazón. De Jesús tenemos que aprender, de su vida tenemos que empaparnos. Es en el estilo de su amor cómo tenemos que vivir.
Ese es el camino de Jesús y ese es el camino que nosotros hemos de seguir. Nos llevará a la pasión, pero es que nos está llevando al amor, y en consecuencia nos está llevando a la vida. Como Cristo que dio la vida y nos dio vida, como Cristo que se entregó pero al que contemplamos resucitado.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Job, hombre justo y honrado que teme a Dios y se aparta del mal


Job, 1, 6-22;
Sal. 16;
Lc. 9, 46-50

Como una alegoría o una gran parábola comenzamos a leer el libro de Job, ‘hombre justo y honrado, que teme a Dios y se aparta del mal’. Así nos describe el autor sagrado a este personaje del Antiguo Testamento de cuya historia podemos sacar hermosas lecciones para nuestra vida.
¿Seremos fieles a Dios solamente en los momentos de dicha y bienestar y las cosas nos marchan bien o seremos capaces de mantener esa fidelidad también en los momentos difíciles, en la desgracia o cuando nos apremie el sufrimiento, la enfermedad o la muerte? Podíamos decir que es el interrogante que ya desde un principio se nos plantea. ¿Seremos capaces en la prueba y en la tentación de mantener esa fidelidad?
Con unas imágenes muy antropomórficas (a la manera de unos diálogos entre humanos) nos presenta ese diálogo de Dios y Satanás que dará pie a todo lo que luego va a suceder. Dios se regocija de la bondad y honradez de Job, pero el diablo le dice que eso es porque Job ha sido bendecido con toda clase de bienes. Si pasa por la prueba de que se le arrebaten todas esas cosas ¿seguirá siendo fiel?
Dios permite la tentación y que Job se vea desposeído de todo: ganados, posesiones, incluso sus hijos van a perecer y Job se verá sin nada. El autor sagrado en breves pinceladas describe cómo todo se le arrebata por ladrones, o por catástrofes naturales. ¿Cuál será su reacción de Job?
‘Entonces Job se levantó, se rasgó el manto – era la señal de dolor y de duelo -, se rapó la cabeza, se echó por tierra y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor’. Y comenta el autor sagrado: ‘A pesar de todo, Job no protestó contra Dios’. Más que protestas lo que vemos son bendiciones. ‘Bendito sea el nombre del Señor’.
A través de todo el texto se irán sucediendo las explicaciones humanas que los hombres nos hacemos de lo que nos sucede o del por qué de las desgracias. Como escucharemos tres amigos vendrán a consolar a Job en su infortunio y en un hermoso diálogo se sucederán esas explicaciones, manteniéndose siempre la fidelidad de Job, pero escuchando también el auténtico mensaje del cielo para comprender todo ese misterio del mal.
Ya lo iremos escuchando y haciendo algún comentario. Hoy nos queda el contemplar este primer momento y esta primera reacción del paciente Job que le lleva por encima de todo a bendecir al Señor. En la vida nos suceden también males, nos aparece la desgracia o se nos echa encima, por decirlo de alguna manera, el dolor y el sufrimiento. Quizá el vernos debilitados por los años y los achaques de la enfermedad nos pudiera hacer pensar muchas veces en lo que era nuestra vida y lo que ahora podemos ser en nuestra debilidad. Cuántas explicaciones queremos darnos muchas veces.
Puede surgir también en nuestro interior la desesperación, la impotencia, la angustia, el agobio al sentirnos débiles, al tener que afrontar problemas y sufrimientos. ¿Cuál es nuestra reacción? ¿Por qué a mí? Decimos muchas veces y pensamos en castigos o en sentirnos culpables de alguna manera. No vamos a intentar buscar razonamientos o respuestas fáciles.
Con la misma fe y esperanza que nos manifiesta Job cuando llega a bendecir a Dios en medio de su desgracia, y teniendo nosotros muchas más motivaciones cuando contemplamos a Jesús, el Justo y el Inocente, cargando con su cruz y nuestra cruz en su pasión, vamos a pedir que el Espíritu del Señor nos ilumine; que la Palabra del Señor que iremos escuchando vaya ayudándonos a descubrir el sentido de todo y su valor; que nos llenemos en el fondo de corazón siempre de paz y con serenidad afrontemos esos momentos difíciles que podamos pasar en la vida.
Que también como el salmista podamos llegar nosotros a decir: ‘aunque me pruebes a fuego, no encontrarás malicia en mí’. Seguro que en Jesús vamos a encontrar esa luz que necesitamos y esa fortaleza para nuestra vida.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Un hombre rico que se vestía de púrpura… ¿dónde está nuestra solidaridad?


Amós, 6,1.4-7;
Añadir imagenSal. 145;
1Tim. 6, 11-16;
Lc. 16, 19-31



Al terminar de escuchar la parábola quizá una reacción espontánea que nos pudiera surgir sería decir ‘bien merecido se lo tenía…’ No había sido compasivo y misericordioso con el pobre mendigo que tenía a su puerta, bien le viene, podemos pensar, lo que le está pasando al rico epulón.
Pero ya sabemos, cuando escuchamos la Palabra de Dios no es para que hagamos juicios condenatorios contra los demás, aunque siempre haya que condenar el mal, sino para que nos miremos a nosotros mismos y tratemos de descubrir qué es lo que el Señor quiere decirnos de forma concreta a nosotros.
No sé si éste será el camino más correcto de interpretación de la parábola, pero pensemos en lo que nos sucede a nosotros mismos muchas veces. Cuando vemos una casa lujosa, una bonita mansión, nos puede suceder que surja una como cierta envidia en nosotros y un deseo desde nuestro interior de poder vivir allí, de disponer de esas comodidades y lujos, de apetecer una vida sibarita y de confort.
Es, digo, una posible tentación y no digo que a todos suceda igual. Pero sí podemos preguntarnos cuál es el estilo de vida con el que soñamos, y qué es lo que apetecemos y deseamos. Y cuando vemos el derroche de muchos, en esta sociedad de bienestar y consumismo en el que vivimos, ¿no nos preguntamos si es necesario todo eso para ser verdaderamente felices? Es cierto que no vamos a vivir en una cueva y en medio de miserias y todos merecemos una vida digna, pero la pregunta estaría que es lo que verdaderamente necesitamos para esa vida digna.
No quiero aparecer demasiado radical pero son en el fondo preguntas que me hago a mi mismo en nombre del evangelio. La descripción que nos hace Jesús en la parábola del ‘hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día mientras el mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico’, refleja también los grandes abismos que sigue habiendo en nuestra sociedad y en nuestro mundo entre pobres y ricos, entre primeros y terceros y cuartos mundos, como ahora se les llama. Tantos abismos que de una forma o de otra muchas veces ponemos entre nosotros cuando nuestras relaciones humanas no están llenas de verdadero amor.
Abraham le dice al rico que está en el infierno que entre ellos ‘se abre un abismo inmenso que no pueden cruzar, aunque quieran’ es el reflejo duro de los abismos que nos creamos los hombres entre unos y otros, entre pobrezas y riquezas, entre derroches y despilfarros y miserias y muerte de hambre por otro lado a un lado y otro de nuestro mundo.
Es toque de atención, es llamada a nuestro corazón, es una invitación a una búsqueda de caminos de solidaridad verdadera y de justicia en las relaciones entre los hombres y los pueblos.
Es toque y llamada de atención para que analicemos el valor que le damos nosotros a las cosas y para despertarnos de un mundo egoísta que se convierte en injusto cuando acaparamos sólo para nosotros mismos y no somos capaces de abrir los ojos para ver la necesidad de los demás y movernos desde lo hondo de nuestro corazón a un compartir generoso y, repito, en justicia con los hombres que son mis hermanos.
Ese toque y esa llamada de atención que puede convertirse la parábola para nosotros es una invitación a la conversión. En la parábola aquel hombre desde el abismo de su infierno le pedía a Abrahán que enviara a Lázaro a casa de sus hermanos para que no vivieran de la misma manera que vivía él. ‘Te ruego que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan ellos a este lugar de tormento’. Ya escuchamos lo que les dice Abrahán: ‘Tienen a Moisés y los profetas; que los escuchen… porque si no escuchan ni a Moisés ni a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto’.
Un milagro para creer, un muerto que resucita o que se aparece... buscamos también nosotros muchas veces milagros para convencernos de lo que tenemos que hacer. Tenemos el milagro de la Palabra de Dios que cada día podemos escuchar y es la que tiene que mover nuestro corazón. Con sinceridad tenemos que escucharla. Con fe tenemos que abrir nuestro corazón a la Palabra que el Señor quiere dirigirnos. Cuánto más cuando tenemos toda la experiencia de Jesús muerto y resucitado por nosotros para manifestarnos todo el amor que Dios nos tiene.
Es ese amor de Dios el que tiene que movernos. Es en ese amor de Dios donde tenemos que aprender esos caminos de solidaridad y de amor. Es en ese amor de Dios donde tenemos que dejar que nuestro corazón se transforme. Porque no podemos unir ese amor de Dios con el culto que le queremos dar y una vida de derroche y de injusticia, en la que falte además la compasión y la solidaridad. Es lo que denuncia el profeta Amós en la primera lectura. ‘Se fían de Sión y confían en el monte de Samaria – dos lugares de culto a Dios para los israelitas -, y os acostáis sobre lechos de marfil, arrellenados en divanes… bebéis vino en copas, os ungís con perfumes y no os doléis del desastre de José…’ Lo mismo que el rico de la parábola.
La carta de Pablo a Timoteo nos da pautas de por donde ha de ir nuestra vida. ‘Practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza… combate el buen combate de la fe… conquista la vida eterna a la que fuiste llamado…’ Justicia, piedad, fe, amor, paciencia, delicadeza… virtudes que hemos de cultivar en nuestra vida, que manifiestan esa conversión, ese cambio, que estamos realizando; pero virtudes que queremos vivir también con la esperanza que da trascendencia grande a todo lo bueno que hacemos. ‘Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado… guarda los mandamientos sin mancha ni reproche, hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo… Rey de reyes y Señor de los señores…’
En la oración habíamos pedido que ‘derramara incesantemente sobre nosotros su gracia, para que, deseando lo que nos prometes, consigamos los bienes del cielo’. Y en la oración final vamos a pedir que con la fuerza de la Eucaristía que estamos celebrando y de la que nos alimentamos ‘participemos de la herencia gloriosa de Jesucristo, cuya muerte hemos anunciado y compartido’. Que por nuestra compasión, nuestra solidaridad, el amor que tengamos a los demás merezcamos ser llamados en el día final a participar del Reino eterno que Dios nos tiene preparado.