viernes, 1 de octubre de 2010

¡Ay de ti Corozaín, ay de ti Betsaida…!

Job. 38, 1.12-21; 39, 33-35;
Sal. 138;
Lc. 10, 13-16

El orgullo de que somos cristianos viejos, cristianos de siempre queda bien herido con las palabras de Jesús a Corozaín, Betsaida y Cafarnaún.
Eran pueblos y ciudades del entorno del lago de Tiberíades, de la zona geográfica, podemos decir, donde Jesús de manera especial realizó su actividad pública. El evangelio nos repite varias veces que Jesús recorría los pueblos y ciudades de Galilea. Allí predicaba anunciando el Reino de Dios, allí realizó la mayoría de los milagros que nos narran los evangelios. Pero, ¿cuál era la respuesta?
Hoy les dice Jesús que ‘si en Tiro y Sidón se hubieran hecho los milagros que vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidos de sayal y sentados en ceniza’. Tiro y Sidón eran ciudades cananeas, ciudades paganas más al norte del territorio de Palestina. Por allá llegó Jesús cuando la curación de la hija de la Cananea y a Cesarea de Filipos que quedaba ya en el límite cuando la confesión de fe de Pedro. Recordamos también la respuesta de Jesús a la petición de la cananea que ‘el pan de los hijos no se da a los perros’, en referencia a que había venido a anunciar la salvación directamente en Israel.
Nos sucede tantas veces que porque somos religiosos, porque vivimos una cierta práctica de vida cristiana, porque escuchamos con frecuencia – en nuestro caso todos los días – la Palabra de Dios, ya nos creemos convertidos lo suficiente y nos parece que ya no necesitamos hacer nada más. Vivimos a la sombra del campanario de nuestra Iglesia y ya con eso pensamos que estamos salvados. Le sucede a mucha gente en nuestros pueblos que viven en la cercanía de la Iglesia, o que se hacen muy presentes en la fiesta del santo del pueblo, y ya piensan que con eso está todo hecho.
Es que siempre hemos de estar abiertos a la Palabra de Dios. No nos podemos hacer oídos sordos, porque pensamos que ya nos la sabemos o la conocemos. Es un peligro de rutina en el que podemos fácilmente caer. Pero ser cristiano es una vida y una vida siempre está en crecimiento; cuando no crece se muerte. Por eso en la respuesta que le damos al Señor con nuestra vida cristiana, con nuestro seguimiento del Evangelio no podemos pensar que ya lo tenemos todo hecho. Siempre tiene que haber en nuestra vida un espíritu de superación y unos deseos de crecimiento.
Espíritu de superación porque siempre podemos ser mejores, porque siempre habrá cosas que purificar en nuestro corazón, porque siempre podemos crecer en la virtud. Deseos de crecimiento decimos, porque además es cuestión de respuesta de amor. Y el amor nunca se agota, ni se queda estabilizado. El amor tiene que crecer más y más nuestro amor al Señor, como respuesta a ese amor inmenso que El nos tiene, siempre tiene que estar en crecimiento.
No nos valen orgullos de cosas pasadas, de todo lo que hice, de la fe que siempre he tenido, sino que cada día tengo que dar mi respuesta, cada día tiene que crecer mi amor, cada día tiene que ser mayor mi entrega y mi compromiso, cada día tienen que resplandecer más mis virtudes, cada día tiene que ser más grande mi santidad.
‘¡Ay de ti Corozaín, ay de ti Betsaida…! y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo?’ Que no oigamos la queja del Señor porque no le demos esa respuesta de amor cada día más creciente y más fructífera.

1 comentario:

  1. nos podeis dar un resumen de el paso de jesus por corozain porfavorr!!

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