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viernes, 12 de noviembre de 2010

Así sucederá el día en que se manifieste el Hijo del Hombre

2Jn. 4-9;
Sal. 118;
Lc. 17, 26-37

Realmente el texto del evangelio es un texto impresionante y que produce una cierta turbación si no sabemos entender bien lo que Jesús quiere decirnos. Pero Jesús nunca querrá que perdamos la paz. Será algo que escucharemos en otras ocasiones en el evangelio. Además sabemos que siempre hemos de saber leer el evangelio mirándolo como en su conjunto y unos textos nos ayudarán a encontrar sentido y a entender otros que se nos puede hacer más difícil su comprensión.
En una palabra ¿no querrá Jesús decirnos que hemos de estar siempre atentos y preparados para la llamada que El quiera hacernos o cuando quiera manifestársenos? Es algo que en estos pasajes del evangelio Jesús nos repite y lo oiremos continuamente sobre todo ahora en este final del año litúrgico y al iniciar luego el tiempo del adviento cuando nos habla Jesús de sus tiempos finales.
Nos habla hoy Jesús poniéndonos varios ejemplos, en tiempos de Noé con el diluvio, en los tiempos de Lot y los castigos de las ciudades de Sodoma y Gomorra. Nos habla de sucesos imprevistos o que no se esperaban en el momento de suceder, pero lo que nos está diciendo es precisamente eso, nuestra vigilancia, nuestra atención y preparación para eso momento.
Pero en la vida también estamos rodeados de hechos y sucesos imprevistos y que nos acaecen repentinamente. Hechos ante los que nos h emos preguntado quizá más de una vez y por qué sucedió eso, porque le sucedió a esa persona y no a mí. Será un accidente mortal con personas que resultas muertas o malheridas, mientras quizá a otros no les pasa nada; será una catástrofe que afecta a pueblos y a personas con graves consecuencias de calamidades y miserias: será una enfermedad que viene de repente y no sabemos por qué nos sucede eso; será una muerte repentina como tantas que suceden a nuestro alrededor. Y nos hacemos también muchas preguntas, muchos por qué que quedan sin contestar.
Como nos dice Jesús hoy en el evangelio ‘así sucederá el día en que se manifieste el Hijo del Hombre’. Nos puede estar hablando Jesús de ese final de los tiempos, como nos puede estar hablando también de todas esas cosas que suceden a nuestro alrededor o que nos pueden suceder a nosotros también.‘A uno se lo llevarán y a otro lo dejarán’, repite en dos ocasiones Jesús en el evangelio.
Sin querer ser catastrofístas ni estar mirando las cosas desde posturas negativas sin embargo podríamos quizá preguntarnos si con esto no nos estará llamando la atención el Señor. Puede ser una invitación, como nos dice en otras ocasiones, a que estemos preparados porque ‘a la hora que menos pensamos viene el Hijo del Hombre’. Y hemos de estar preparados. Y hemos de estar vigilantes y atentos. Y hemos de aprender a darle un sentido y un valor a la vida, a los que hacemos para que busquemos lo que realmente es importante.
Son cosas en las que hemos de pensar aunque nos cueste o no nos guste. Y eso hemos de pensarlo con serenidad, con paz, sin llenarnos de agobios y temores. Muchos el pensar en la enfermedad grave, en un accidente o en la muerte ya se llenan de temores y angustias. ¿Por qué no pensar en que el Hijo del Hombre, viene a nuestro encuentro, nos llama a estar con El y que lo que realmente quiere para nosotros es una vida feliz en plenitud total? Porque detrás de todo eso, que muchas veces entra en el misterio de Dios que se nos hace indescifrable y en cierto modo misterioso, está el amor de Dios que nos ama, que es nuestro Padre y que siempre quiere ofrecernos su vida y su perdón. Para eso está el obsequio de nuestra fe, la obediencia de nuestra fe con la que nos ponemos siempre en las manos del Señor.
Que no nos falte la fe, que no nos falte nunca la esperanza, porque asegurado tenemos siempre el amor que Dios nos tiene. Sólo nos falta responder nosotros también con amor.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Cuando va a llegar el Reino de Dios

Filemón, 7-20;
Sal. 145;
Lc. 17, 20-25

‘Unos fariseos le preguntaron a Jesús cuándo iba a llegar el Reino de Dios’. Había sido el anuncio de Jesús desde el principio. ‘Se ha cumplido el plazo, está llegando el Reino de Dios. convertíos y creed en el evangelio’. A lo largo de toda su predicación ese era su anuncio y las parábolas explicaban en imágenes cómo era el Reino de Dios.
Por su parte el Bautista había aparecido allá en el Jordán preparando a la gente porque su venida era inminente. Y en la conciencia de todo judío estaba que se acercaban ya los tiempos de la llegada del Mesías, aunque ya sabemos lo idea confusa que tenían a veces del Mesías.
Los profetas del los últimos tiempos de la historia de Israel anunciaban la llegada de la salvación o los tiempos del final del mundo con descripciones espectaculares llenas de signos portentosos. Algo de eso vamos a escuchar también nosotros en el evangelio en este final del año litúrgico al que nos acercamos. Pero ¿era ya el momento de la llegada del Reino de Dios como preguntaban los fariseos a Jesús?
Ya hemos escuchado la respuesta de Jesús. ‘El reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí; porque mirad, el Reino de Dios está dentro de vosotros’. Es impactante e importante la respuesta de Jesús, que si la entendemos bien es muy esclarecedora. No busquemos el Reino de Dios fuera de nosotros ni en cosas extraordinarias.
De ese Reino de Dios había hablado Jesús como de una semilla pequeña, que se planta, que germina, que hace surgir una pequeña o una planta grande, pero que ha de dar fruto. De ese Reino de Dios nos dice Jesús que es como un pequeño puñado de levadura. Ese Reino de Dios lo compara Jesús a la alegría y la comunión de un banquete al que todos estamos invitados.
Ese Reino de Dios nos dirá que es de los pobres y de los que sufren, de los que lloran y de los que sienten preocupación por los demás. Ese Reino de Dios que lo iremos construyendo en la medida en que vayamos sembrando semillas de paz entre los que nos rodean. Ese Reino de Dios que es amor sentido en lo más hondo del corazón y que se hace comunión y se hace perdón.
Ese Reino de Dios que está dentro de nosotros en la medida en que sentimos el amor de Dios que nos ama como Padre y al que nosotros queremos corresponder como hijos y sintiéndonos hermanos de todos. Ese Reino de Dios que no lo busquemos en cosas extraordinarias sino en la fidelidad de las cosas pequeñas de cada día y que entonces sí que se hará grande.
Pero no podemos confundirnos. No nos podemos dejar arrastrar por falsos profetas o por anuncios confusos. Cuando llegue el Señor a nuestra vida será como un relámpago que lo ilumina todo al mismo tiempo. Pero antes de que llegue esa luz habrá tinieblas de sufrimiento y de dolor, porque quizá seguirle a El no siempre será fácil. ‘Antes tiene que padecer mucho el Hijo del Hombre y ser reprobado por esta generación’.
Nos anuncia Jesús su pasión y su muerte, pero que nos está anunciando también que el discípulo no será mejor que su maestro y también nosotros habremos de pasar por esa prueba del dolor y del sufrimiento en la incomprensión, en la persecución, en el rechazo quizá hasta de los que estén mas cerca de nosotros. Pero ya lo escucharemos en estos días que nos dice que el que persevere salvará su vida.
Caminemos al paso de Jesús y sentiremos en verdad cómo el Reino de Dios está en nosotros.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Hagamos Eucaristía de toda nuestra vida

Tito, 3, 1-7;
Sal. 22;
Lc. 17, 11-19

Este texto del evangelio nos ha servido muchas veces para motivarnos a la acción de gracias al Señor y sigue siendo un hermoso punto de referencia para analizar hasta donde llegamos en nuestro reconocimiento de la acción de Dios en nuestra vida. Unos leprosos que claman pidiendo misericordia y compasión, y de los que al ser curados de su enfermedad sólo será capaz de dar la vuelta para primero que nada manifestar su agradecimiento por su curación ‘alabando a Dios a grandes gritos y echándose por tierra a los pies de Jesús dándole gracias’.
Creo que una reflexión sobre este hecho ha de movernos al reconocimiento y a la gratitud por cuanto por benevolencia y misericordia recibimos; tendría que movernos a hacer de verdad eucaristía de toda nuestra vida. Dar gracias no es servilismo sino reconocimiento; dar gracias no es humillación sino actitud humilde y gozosa para saber descubrir cuánto recibimos no por merecimientos nuestros sino por benevolencia de quien nos lo da.
Nos cuesta muchas veces ser agradecidos quizá por falta de humildad para reconocer lo que no tenemos y hemos recibido por pura benevolencia; nos cuesta dar gracias en muchas ocasiones porque nos sobran esos merecimientos que creemos tener por lo que pensamos que lo que hacen por nosotros es siempre algo a lo que tenemos nuestro derecho y entonces no tenemos por qué dar gracias. Vivimos tan engreídos y tan poseídos de nosotros mismos que nos cegamos para no ver aquello que recibimos sin merecimiento nuestro.
Actitudes así tenemos en ocasiones en nuestro trato y relación con los demás lo que hará poco agradable la convivencia con los que nos rodean porque fácilmente aparece el orgullo, la soberbia y la prepotencia. Pero actitudes así nos surgen también en nuestra relación con Dios. No tendría que ser así de ninguna manera en ninguno de los casos, y no tendría que ser así por supuesto en nuestra relación con Dios si aquellos actos de piedad o de religión que hacemos los viviéramos con todo sentido y profundidad dándonos cuenta bien de lo que hacemos o decimos.
Primero que nada porque el centro de nuestro culto y de nuestra relación con Dios es la celebración de la Eucaristía; y Eucaristía es ante todo Acción de Gracias. Y damos gracias al Señor en nuestra celebración haciendo memorial de la pascua de Cristo, de la muerte y la resurrección del Señor que es la gran prueba y manifestación de cuánto es el amor que Dios nos tiene. Venir, pues, a la Eucaristía es venir a la acción de gracias; es venir con esa actitud humilde pero también de reconocimiento de la presencia y de la gracia del Señor en nuestra vida, o sea, de cuánto el Seños nos ha regalado y sigue regalándonos en Cristo Jesús muerte y resucitado para nuestra salvación.
Pero como decíamos, si nos fuéramos fijando bien en lo hacemos o decimos en la celebración nos daríamos cuenta de cuántas veces a lo largo de la celebración estamos expresando esa acción de gracias. ¿Os habéis fijado cuántas veces en la misa decimos que damos gracias a Dios? Y ya no son sólo los cantos que vamos utilizando en la celebración o incluso los salmos que recitamos o cantamos con ese sentido de acción de gracias en la liturgia de la Palabra, sino las propias palabras de la acción litúrgica. En el himno del gloria, en el prefacio con que iniciamos la plegaria eucarística ya desde su mismo diálogo inicial, en distintos momentos de la propia plegaria eucarística, en los diferentes textos eucológicos, o la oración de después de la comunión.
Damos gracias por sentirnos en la presencia del Señor celebrando el misterio de Cristo y damos gracias por poder ofrecer el sacrificio vivo y santo, repetimos de una forma o de otra a lo largo de la celebración. Y terminaremos dando gracias a Dios al sentirnos enviados al final de la Eucaristía para llevar esa Buena Noticia de Jesús que hemos vivido a los demás.
Que en verdad hagamos eucaristía de nuestra vida, con nuestra acción de gracias por cuanto del Señor recibimos y porque seamos capaces de hacer esa ofrenda de nuestra vida para todo sea siempre para la gloria del Señor.

martes, 9 de noviembre de 2010

El templo signo visible del Dios invisible en medio de los hombres


1Cor. 3, 9-13.16-17;
Sal. 45;
Jn. 2, 13-22

‘¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?... el templo de Dios es Santo: y ese templo sois vosotros’. En este día en que celebramos la Dedicación de la Basílica Lateranense, san Juan de Letrán, la catedral de Roma y en consecuencia la sede del Papa la liturgia nos ofrece en la Palabra de Dios este texto que hemos resaltado de la carta de san Pablo a los Corintios.
Es importante celebrar la Dedicación de una Iglesia y más aún en esta ocasión. Ya lo hemos comentado que la sede del Obispo, la catedral, nos aglutina a todos en torno al Obispo nuestro pastor. Con cuánta más razón cuando celebramos la sede del Papa. Es una invitación a vivir esa comunión de la Iglesia universal y es una ocasión para comprender mejor el significado del templo, lugar sagrado donde damos culto al Señor, donde la comunidad cristiana se reúne, donde celebramos los sacramentos de la vida cristiana. Pero todo nos tiene que llevar más allá hasta considerar cómo nosotros somos esos verdaderos templos del Señor, consagrados desde nuestro bautismo. Una consideración a nuestra dignidad, pero también a la santidad de nuestra vida.
Reciente tenemos la Dedicación de una Iglesia, como fue el pasado domingo el templo de la Sagrada Familia en Barcelona con la presencia del Papa. Si la presencia del Papa entre nosotros nos sirvió para ahondar mucho más en la comunión eclesial , en la comunión con toda la Iglesia, al sentirnos en especial comunión con el Papa, también fue ocasión para que el Papa con su presencia ejerciera su ministerio entre nosotros, el ministerio y misión que Jesús le confió de confirmar en la fe a los hermanos.
Podría ser motivo también para recordar ahora las palabras del Papa entresacando algunos párrafos de su homilía en la Dedicación de la Sagrada familia. ‘¿Qué hacemos al dedicar este templo? En el corazón del mundo, ante la mirada de Dios y de los hombres, en un humilde y gozoso acto de fe, levantamos una inmensa mole de materia, fruto de la naturaleza y de un inconmensurable esfuerzo de la inteligencia humana, constructora de esta obra de arte. Ella es un signo visible del Dios invisible, a cuya gloria se alzan estas torres, saetas que apuntan al absoluto de la luz y de Aquel que es la Luz, la Altura y la Belleza misma’.
Un templo colocado en medio del mundo, en medio de las calles de nuestras ciudades es ‘un signo visible del Dios invisible a cuya gloria el levantado el templo’. Y necesitamos signos visibles de lo sagrado en medio de nuestra sociedad. Porque tenemos que hacer presente a Dios en medio del mundo y aunque tiene que ser principalmente con nuestra vida, esos signos visibles que son los templos también nos ayudan.
Por eso nos decía: ‘En este sentido, pienso que la dedicación de este templo de la Sagrada Familia, en una época en la que el hombre pretende edificar su vida de espaldas a Dios, como si ya no tuviera nada que decirle, resulta un hecho de gran significado. Gaudí, con su obra, nos muestra que Dios es la verdadera medida del hombre. Que el secreto de la auténtica originalidad está, como decía él, en volver al origen que es Dios’.
Ya recordábamos ayer cómo ‘Esa afirmación de Dios lleva consigo la suprema afirmación y tutela de la dignidad de cada hombre y de todos los hombres: “¿No sabéis que sois templo de Dios?... El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros” (1 Co 3,16-17). He aquí unidas la verdad y dignidad de Dios con la verdad y la dignidad del hombre. Al consagrar el altar de este templo, considerando a Cristo como su fundamento, estamos presentando ante el mundo a Dios que es amigo de los hombres e invitando a los hombres a ser amigos de Dios…’
Muchas más consideraciones podríamos hacernos y muchas más cosas podríamos subrayar en las palabras del Papa en su visita a España y en concreto en la Dedicación del templo de la Sagrada Familia. Que nos valga esto para ayudarnos a considera el significa de los templos, pero que también nos ayude a recordar lo que escuchábamos con la Palabra de Dios. ‘Nosotros somos ese templo de Dios’.
Que nunca manchemos ese templo de Dios con el pecado. Que nos dejemos purificar por el Señor porque aunque no lo queramos sin embargo a causa de nuestra debilidad no siempre resplandecemos conforme a esa dignidad de hijos de Dios y templos del Espíritu. Que la santidad de nuestra vida sea también ese signo visible de la presencia del Dios invisible en medio nuestro. El cristiano por su vida de amor tiene que atraer a los hermanos a Dios.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Promover la fe, el conocimiento de Dios y la esperanza de vida eterna

Tito, 1, 1-9;
Sal. 23;
Lc. 17, 1-6

La Palabra de Dios que la liturgia nos va ofreciendo cada día es una riqueza grande para nuestra vida y un alimento muy importante para el camino de nuestra vida cristiana. Aunque haya veces que pareciera que se repiten cosas, como tantas veces hemos dicho, siempre tiene la novedad de la Buena Noticia que nos llega en el momento concreto que vivimos; siempre puede recordarnos una y otra vez actitudes que hemos de tomar o que hemos de revisar y nos tiene que mover a ir purificándonos más y más en nuestro camino de santidad.
Ese recorrido que vamos haciendo es todo un proceso que vamos realizando en nuestra vida; proceso que nos tiene que ayudar a progresar, a avanzar más y más en nuestro amor al Señor y en la respuesta de amor que hemos dar en nuestra relación fraterna. De ahí la atención y el amor con que hemos de saber acoger cada día la Palabra de Dios.
Iniciamos hoy en la primera lectura la breve carta de san Pablo a Tito, enmarcada en las que llamamos cartas pastorales. Por eso vemos cómo hace al apóstol a su discípulo unas recomendaciones de orden pastoral en la elección de los presbíteros de la comunidad. Sin embargo quiero fijarme en parte del saludo del Apóstol a su discípulo que está muy en consonancia con algo que venimos escuchando y meditando en estos días.
‘Apóstol de Jesucristo, para promover la fe de los elegidos de Dios, y el conocimiento de la verdad… y la esperanza de la vida eterna’. Nos está diciendo Pablo la misión que siente que le ha confiado el Señor al elegirle su apóstol. ‘Promover la fe de los elegidos de Dios’, nos dice en primer lugar. Diríamos que es lo que siempre hemos de procurar, esa respuesta de fe que damos al Señor al sentirnos sus elegidos y amados. Una fe que tiene que ir creciendo más y más, ganando en profundidad en nuestra vida para que sea en verdad la raíz y el fundamento de toda nuestra vida. Algo que todos hemos de cuidar en nuestra propia fe, para que no se debilite, para que no se pierda, para que no se muera nunca.
Y ello desde ‘el conocimiento de la verdad…’ como sigue diciendo el apóstol. Conocer la verdad de Dios es conocer a Cristo o, si queremos, conocer a Cristo es llegar a ese conocimiento de la verdad de Dios que es la verdad de nuestra vida.
Ayer decía el Papa en la dedicación del Templo de la Sagrada Familia de Barcelona: ‘He aquí unidas la verdad y dignidad de Dios con la verdad y la dignidad del hombre. Al consagrar el altar de este templo, considerando a Cristo como su fundamento, estamos presentando ante el mundo a Dios que es amigo de los hombres e invitando a los hombres a ser amigos de Dios. Como enseña el caso de Zaqueo, del que se habla en el Evangelio de hoy (cf. Lc 19,1-10), si el hombre deja entrar a Dios en su vida y en su mundo, si deja que Cristo viva en su corazón, no se arrepentirá, sino que experimentará la alegría de compartir su misma vida siendo objeto de su amor infinito’.
¡Qué importante ese conocimiento cierto de la verdad de Dios! Cuánto tendríamos que ahondar en ese sentido en nuestra vida. Y todo, como hemos venido reflexionando mucho estos días con ‘la esperanza de la vida eterna’, que da trascendencia, como da valor y sentido a todo el caminar del hombre. No nos vamos a extender más.
Merecería también decir una palabra del evangelio que hemos escuchado. Por una parte cuánto hemos de evitar en nuestra vida todo lo que pueda dañar al otro con nuestras malas obras o con nuestro mal ejemplo. Qué delicados tendríamos que ser en ese sentido en nuestra vida. Pero también nos habla por otra parte de cómo hemos de ayudarnos los unos a los otros con la corrección fraterna y con el sincero perdón. ‘Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo; si te ofende siete veces en un día y siete veces vuelve a decirte “lo siento”, lo perdonarás’.
Cuánto nos cuesta todo esto. Los apóstoles le pedían a Jesús que les aumentara la fe para poder entenderlo y vivirlo. Es lo que nosotros pedimos al Señor para tener la fuerza de vivir un amor así, en el estilo de Jesús.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Esperanza de resurrección que nos trasciende hasta la vida eterna


2Macb. 7, 1-2.9-14;
Sal. 16;
2Tes. 2, 16-3,5;
Lc. 20, 27-38

‘Jesucristo es el primogénito de entre los muertos; a El la gloria y el poder por los siglos de los siglos’.
Así hemos aclamado a Cristo resucitado en el aleluya antes del evangelio. Y es que todo hoy nos habla de resurrección.
Comienza el evangelio hablándonos de los saduceos con sus preguntas a Jesús. Ellos negaban la resurrección. De ahí las preguntas, planteamientos y oposición que hacen a Jesús que nos habla de vida eterna y de resurrección. Pero quizá tendríamos que preguntarnos en el mundo de hoy ¿cuántos creen en la resurrección? ¿cuántos viven en esta esperanza y cuántos tienen este sentido de trascendencia en la vida?
Como le sucedió a Pablo cuando trató de anunciar la resurrección de Jesús en el Areópago de Atenas que en son de burla le contestaron que de eso hablarían otro día, quizá muchos al oírnos hablar de nuestra fe y nuestra esperanza en la resurrección también nos miren con un cierto sarcasmo o descreimiento. Sin embargo vemos cómo la gente está muy propicia a hablar de reencarnación frente al tema de la resurrección.
Por otra parte en este mundo tan materialista y hedonista en el que vivimos donde se niega la fe, la gente hoy fácilmente te dice que son agnósticos o ateos, nadie quiere que esto se acabe, nadie se quiere morir, todos quieren seguir disfrutando de la vida sin fin. ¿Podría haber detrás de todo eso un ansia de plenitud y de felicidad total aunque no se sepa bien cómo buscarla o cómo encontrarla? ¿Por qué no creer entonces en la palabra de Jesús que nos habla de vida eterna en plenitud? Claro que la felicidad y plenitud que Jesús nos ofrece es algo mucho más profundo que esas aspiraciones elementales de felicidad y pasarlo bien.
Pudiera ser también que hubiéramos llenado de tantas imaginaciones todo lo referente al cielo y a la vida eterna, que entonces se haga difícil creer en esa vida eterna y en esa resurrección porque parece que lo redujéramos todo a un volver a vivir una vida semejante a la que ahora vivimos. No es un volver a vivir una vida igual, sino a vivir una vida en plenitud, en la plenitud del amor de Dios. Por eso hoy Jesús respondiendo a los planteamientos de los saduceos nos dirá que ‘los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles, son hijos de Dios porque participan de la resurrección’.
Jesús no nos quiere hacer descripciones de cómo será ese vivir. Nunca lo hace. Nos habla de vida eterna y de unirnos tan íntimamente a El que será tener su misma vida. Por eso allá en la sinagoga de Cafarnaún hablaba de comerle a El porque ‘el que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él… el que me come vivirá por mí… tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día’. Así se nos da en la Eucaristía como prenda de vida eterna y de resurrección.
Es importante esta fe y esperanza en la resurrección. Fe y esperanza en Añadir imagenla resurrección porque creemos en Cristo, resucitado de entre los muertos, el primogénito de entre los muertos, como decíamos con la antífona del aleluya, que está tomada del Apocalipsis. Nuestra fe en la resurrección es fundamental. Porque en Cristo muerto y resucitado está el centro de nuestra fe y de nuestra salvación.
Es importante esta fe y esta esperanza en la resurrección porque desde ella toda nuestra vida tiene otro sentido y otro valor. Nuestra vida no se acaba ante las puertas de la muerte, sino que a partir de ese momento comienza nuestra vida en plenitud. La muerte no es puerta final sino cambio y transformación a una nueva vida en plenitud. Lo que por nuestra limitación humana no podemos vivir perfectamente aquí, en Dios lo vamos a tener en plenitud. Y todas esas ansias de plenitud que hay en el corazón del hombre se verán colmadas plenamente en Dios.
La primera lectura nos ha ofrecido unos hermosos testimonios en los hermanos Macabeos; aquellos siete jóvenes con su madre que no temieron la muerte frente a los halagos que le ofrecía el malvado rey porque querían ser fieles hasta el final a la ley del Señor. ¿Dónde encontraban su fortaleza para enfrentarse al malvado? En la esperanza de vida eterna y de resurrección que animaba sus vidas. ‘Cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna… vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará…’ fueron diciendo uno tras otro y entregando su vida.
Eso nos vale a nosotros en la vida nuestra de cada día, en nuestras luchas y esfuerzos por superarnos y mantenernos en la fidelidad al Señor. Aquel camino de las bienaventuranzas que nos propone Jesús y que recordábamos hace pocos días al celebrar la fiesta de Todos los Santos podemos recorrerlo desde esa esperanza que anima nuestra vida. Que Jesús nos diga, y nosotros le creamos, que son dichosos los pobres y los que sufren, los que tienen hambre y sed de justicia o los que son perseguidos, por recordar algunas de las bienaventuranzas, lo podemos comprender desde esa esperanza y desde esa trascendencia que da a nuestra vida la fe y la esperanza en la resurrección y en la vida eterna.
Aunque nos cueste salir de la pobreza y la vida se nos haga dura, nos cueste asumir y superar el sufrimiento que sigue atenazándonos continuamente, o no veamos totalmente realizada aquí en la tierra esa promesa de Jesús de recibir consuelo o vernos saciados en los más hondos y nobles deseos, la esperanza de resurrección, la esperanza de vida eterna en plenitud que en Dios vamos a conseguir, hará que no nos sintamos frustrados en nuestra lucha; nos dará fuerza para mantener el empeño de ir haciendo cada día un poco más presente el reino de Dios en nuestro mundo. Sentiremos así la fuerza del Señor que nos da aliciente para seguir sembrando esas buenas semillas que vayan transformando nuestro mundo en el Reino de Dios.
La fe en la resurrección nos da razones para vivir aunque la vida nos pueda ser dura y esté llena de problemas. La fe en la resurrección no es una adormidera que nos haga olvidar los problemas o las realidades crudas de esta vida terrena. La fe en la resurrección no nos quita los pies de esta tierra, pero sí nos hace mirar hacia arriba, más allá de lo que es esta realidad presente, y por esa plenitud de vida que Jesús nos ha prometido nos llenamos de esperanza y de fuerza para luchar y para trabajar, para enfrentarnos a nuestros sufrimientos de una manera distinta, y para ese crecimiento interior que será el que verdad enriquecerá nuestra vida. Será desde esa esperanza desde donde seremos capaces de darnos y desgastarnos por los demás, amar y perdonar, compartir y ser generosos, buscar la paz y la justicia para hacer un mundo mejor.
Terminemos nuestra reflexión recogiendo lo que nos decía san Pablo en la carta a los Tesalonicenses. ‘Que Jesucristo, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, nos consuele internamente y nos de fuerza para toda clase de palabras y obras buenas’.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Unas frases para no olvidar: todo lo puedo en aquel que me conforta…

Filp. 4, 10-19;
Sal. 111;
Lc. 16, 9-15

Algunas veces nos encontramos con frases lapidarias que en pocas palabras nos dejan un gran mensaje y que no se deberían olvidar nunca. Por eso mismo las llamamos lapidarias, grabadas en lápidas, en piedras a base de cincel y martillo para que nada las pueda borrar. Hoy hacemos carteles en papel o tela u otros materiales semejantes, pero la frase lapidaria merece un material más permanente como permanente tiene que ser su mensaje.
La palabra proclamada hoy nos ofrece varias de esas frases para no olvidar y que merecerían más amplio comentario que el que en este corto espacio podamos ofrecer. Comienzo por una que nos ofrece san Pablo. ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’ nos dice el apóstol. Seguridad y fortaleza en el Señor. Por nosotros quisiéramos hacer mucho, pero nos sentimos muchas veces débiles, imposibilitados o no somos siempre capaces. Pero el Señor es nuestra fortaleza. Pensemos en nuestro camino de superación. Pensemos en cómo hemos de vencer la tentación. O pensemos en algo grande que deberíamos emprender.
Pero quiero recoger otra frase de este mismo texto de la carta a los Tesalonicenses. Pablo está agradecido a la comunidad por tanta ayuda que ha recibido de ellos, incluso subsidios que en ocasiones le enviaron cuando estaba en otras comunidades. Su agradecimiento se hace bendición del Señor. Pero que nos enseña también cómo hemos de actuar generosamente que el Señor nos bendecirá que siempre nos ganará en generosidad. ‘En pago, les dice, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús’. Grande es el premio que del Señor recibimos por lo bueno que hagamos, porque su recompensa será siempre eterna.
Del evangelio escuchado podríamos resaltar muchas. Destaquemos algunas. ‘El que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar…’ La fidelidad en las cosas pequeñas. Quizá nos sintamos capacitados para hacer cosas grandes y en nuestra autosuficiencia y orgullo le damos menos importancia a las cosas pequeñas. Pues nos dice el Señor, y la experiencia nos lo confirma, que si no somos de fiar, si no somos honrados en las cosas que nos puedan parecer pequeñas e insignificantes, tampoco seremos capaces de hacer cosas grandes.
Nos dice también que ‘ningun siervo puede servir a dos amos… no podéis servir a Dios y al dinero’. Mal amo de nuestra vida es el dinero y la riqueza, porque en lugar de darnos libertad lo que hace es esclavizarnos. Cómo se nos apega el corazón, cómo creemos que el dinero o las riquezas son la solución de todos los problemas. Sirvamos a Dios que es el que da verdadera libertad a nuestro corazón. Sirvamos a Dios que es el que nos da la más profunda grandeza y la mayor felicidad.
Podríamos destacar más. Sólo fijarnos en la última con la que termina este texto que nos ofrece hoy la liturgia. ‘La arrogancia con los hombres, Dios la detesta’. La da ocasión a pronunciar esta sentencia la actitud en cierto modo burlona de los fariseos hacia Jesús por lo que había dicho anteriormente. ‘Dios os conoce por dentro’, les dice. Un corazón arrogante no lo quiere el Señor. Dios se complace en los humildes y sencillos. Alejemos de nuestro corazón todo orgullo y toda soberbia. Aprendamos a caminar por caminos de humildad, porque el Señor ama a los pequeños y se revela a los humildes y sencillos de corazón. Ya hemos escuchado a Jesús en este sentido en otros lugares del evangelio.
Grabemos a cincel en nuestro corazón estas sentencias, que nos ayuden a buscar sinceramente al Señor y a poner toda nuestra confianza solamente en El. Seamos siempre generosos de corazón.

viernes, 5 de noviembre de 2010

En medio de la ciudad terrena somos ciudadanos del cielo

Filp. 3, 17-4,1;
Sal. 121;
Lc. 16, 1-8

Porque seamos cristianos y Dios nos haya hecho sus hijos no nos arranca de esta vida y de este mundo, porque es aquí donde en el hoy hemos de vivir. Vivimos como ciudadanos de esta ciudad terrena pero sabiendo que somos ciudadanos del cielo, porque somos ciudadanos, por decirlo de alguna manera, del Reino de Dios. Reino de Dios que aquí y ahora en esta ciudad terrena hemos de construir y vivir sabiendo que solo en Dios podemos alcanzarlo en plenitud.
¿De dónde somos? ¿dónde hemos de hacer nuestra vida? Estamos en medio del mundo y las cosas del mundo tenemos que utilizar; son las cosas materiales de las que nos valemos, es todo lo que entra en una relación y trato con los que nos rodean, es la utilización también de unos bienes o medios económicos para nuestro intercambio y como ayuda a nuestro vivir o a nuestro desarrollo y así podríamos pensar en muchas cosas más; pero hemos de tener claro esa ciudadanía, como decíamos antes, del Reino de Dios al que pertenecemos, por lo que no podemos contagiarnos con las cosas y las maldades del mundo. Es más, por esa vivencia del Reino de Dios que impregna nuestra vida hemos de saber utilizarlo con rectitud y siempre para bien.
Podrá parecernos que se nos pone difícil. Es cierto que no es fácil. Es fácil contagiarse de la malicia o de la maldad de lo que nos rodea y aparezcan ambiciones en el corazón que nos manchan y nos pervierten, egoísmos que nos encierren para pensar solo en el bien propio y así muchas cosas. Pero no imposible. Contamos con la fuerza y la gracia de Dios, con la fuerza de su Espíritu que será el que nos guíe, nos preserve del mal y nos haga caminar por caminos de rectitud.
Ya nos ha dicho san Pablo hoy: ‘como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo… sólo aspiran a cosas terrenas…’ Será entonces la maldad, la perdición, sus pasiones desenfrenadas, el afán desmedido del placer… los que llenen sus vidas. Y detrás de todo esto cuánto mal aparecerá.
La parábola que nos propone Jesús hoy en el evangelio – no hace muchos domingos que la hemos comentado – es un ejemplo de ese mal del que nos valemos para conseguir lo que sea, reflejado por una parte en la mala administración primero y en los sobornos y chanchullos que luego utilizará aquel administrador injusto para cubrirse las espaldas, como se suele decir. La parábola no es una alabanza, por supuesto, de la maldad de aquel administrador injusto, sino su astucia.
¿Seremos astutos nosotros para conseguir el cielo y la gracia del Señor? Ya sabemos cómo nos afanamos en los negocios del mundo, en los intereses materiales y mundanos, y cómo no ponemos el mismo empeño en las cosas de Dios. ‘Ciertamente los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz’, sentencia Jesús al final de la parábola.
Nos recuerda firmemente el apóstol: ‘Nosotros por el contrario somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un salvador…’ Tenemos una fe y una esperanza. El sentido de nuestro vivir tiene que ser otro bien distinto. Esa ciudadanía del cielo, del Reino de Dios, aquí en nuestro mundo tenemos que vivirla pero con la esperanza de la plenitud que en Dios un día encontraremos. No nos desentendemos de este mundo, sino todo lo contrario nos sentimos fuertemente comprometidos en él pero para llenarlo de esos valores del Reino de Dios.
¿Cómo hemos de vivir, entonces? ¿cómo hemos de ganarnos esa plenitud del cielo que nos aguarda? Sólo en la rectitud y la justicia, en el amor y como constructores de paz, en la generosidad del desprendimiento para compartir, en el cumplimiento fiel del mandamiento del Señor podremos alcanzarla. Nos vamos ahora transformando en el amor y un día nos sentiremos totalmente transformados en Dios para la vida en plenitud. ‘El transformará nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo’, que nos sigue diciendo el apóstol.

jueves, 4 de noviembre de 2010

El orgullo de la fe y la alegría del perdón


Filp. 3, 3-8;
Sal. 104;
Lc. 15, 1-10


En dos pensamientos quiero resumir lo que nos ofrece la Palabra de Dios hoy: nuestra riqueza y nuestra gloria está en el Señor, y la alegría de la fe y de sentirnos amados por Dios.
Quiero subrayar por una parte el hermoso mensaje que nos ofrece Pablo en el texto hoy proclamado de la carta a los Filipenses. ‘Todo lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por El lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo’.
Recuerda Pablo su condición de judío fiel y cumplidor en la ley del Señor, tal como era su vida antes de conocer a Cristo. Hace como una ficha de lo que era su vida y hasta de lo bien considerado que estaba como fariseo observante de la ley, irreprochable en su conducta, y hasta en cierto modo intransigente en su fe de manera que se había convertido en un perseguidor de la Iglesia de Cristo Jesús. Pero el Señor le había salido al paso y lo que hasta entonces era para él su gloria y su orgullo ahora lo considera como basura. Lo más importante que le ha sucedido en su vida fue conocer a Cristo, encontrarse con Cristo y esa es su gloria ahora considerando pérdida y basura todo lo otro.
El orgullo de la fe, y digo orgullo en un buen sentido. El gozo de creer y conocer a Cristo. El gozo y la gloria de ser cristiano por lo que tendríamos que ser capaces de darlo todo. Qué hermoso el testimonio de los mártires a través de todos los tiempos, pero que es el testimonio también de tantos y tantos cristianos que viven a tope su fe, su entrega, su amor y siguen hoy dando testimonio valiente de Jesús. Celebrábamos hace unos días la fiesta de Todos los Santos, pensando sí en los que en el cielo están cantando la gloria del Señor, pero pensando también en los que a nuestro lado viven santamente su fe, su vida, dando valiente testimonio de su condición de cristianos. Que sintamos en nuestro corazón también esas ansias.
Pero dijimos en principio también la alegría de la fe y de sentirnos amados del Señor. Y lo hago en referencia a lo escuchado en el evangelio.
Nos propone Lucas en este capítulo las parábolas de la misericordia. Hoy hemos escuchado la del buen pastor que busca a la oveja perdida, y la de la mujer que revuelve y rebusca por toda la casa hasta encontrar la moneda extraviada. Nos habla Jesús de esa búsqueda, y nos está hablando cómo Dios nos busca y nos llama cuando perdidos por nuestro pecado nos hemos alejado de El, pero nos habla también de la alegría por la oveja encontrada y la moneda hallada.
Nos dice Jesús: ‘Os digo que así habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse… os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta’.
Nos habla de la alegría de Dios, de la alegría del cielo. Pero quiero pensar yo en nuestra alegría cuando hemos vuelto de nuevo al encuentro del Señor tras el arrepentimiento y el perdón.
Habría que destacarlo también. Habría que subrayarlo. Es la alegría que tenemos que sentir en nuestro corazón cuando nos acercamos arrepentidos al sacramento de la penitencia para pedir perdón por nuestros pecados y recibimos el perdón de Dios. No podemos salir del sacramento de cualquier manera. No sé si algunas veces nos parecemos a aquellos leprosos que Jesús curó en el camino, entre los que uno solo volvió dando saltos de alegría para dar gracias y alabar a Dios porque había sido curado.
Que sintamos y manifestemos esa alegría del perdón. Hacemos muchas veces demasiado individualista la recepción del sacramento de la Penitencia, como si fuera solo una cosa entre Dios y yo, y no llegamos a manifestar esa alegría por el amor y el perdón recibido, que también a gritos tendríamos que compartir con los demás hermanos. Estoy contento, estamos contentos porque el Señor me ha perdonado, tendríamos que decir, tendríamos que gritar a los demás para así con todos dar gracias al Señor.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Mucha gente acompañaba a Jesús

Filp. 2, 12-18;
Sal. 26;
Lc. 14, 25-33

‘Mucha gente acompañaba a Jesús’,
dice sencillamente el evangelista. Pero Jesús se vuelve hacia ellos para hacerles un planteamiento serio de lo que significaba ir con El.
¿Por qué seguían a Jesús? Muchos podían ser los motivos. ¿Eran sus discípulos, o lo seguían, por sus milagros y por eso se entusiasmaban? Ya nos habla de la admiración que producían sus milagros en la gente. Jesús después de la multiplicación de los panes, primero cuando quisieron hacerlo rey, él desapareció en la montaña; y a la mañana siguiente en Cafarnaún les dice que le buscan porque habían comido pan hasta saciarse allá en el desierto.
¿Le siguen porque se sienten cautivados por sus palabras y enseñanzas? Repetidas veces el evangelio habla de la admiración por la manera de enseñar que tiene Jesús con autoridad, y es cierto también que es admirable su enseñanza y su forma de trasmitirla con los ejemplos y parábolas para que todos entiendan. Pero, ¿se quedarían sólo en eso?
Otros quizá verían renacer sus esperanzas de una pronta liberación de Israel conforme al pensamiento que tenían entonces de lo que sería el Mesías prometido y esperado. Todavía los mismos apóstoles poco antes de la ascensión están preguntando si ya era la hora de la futura liberación de Israel.
Pero, bueno, y nosotros ¿por qué le seguimos y nos llamamos cristianos? ¿Simplemente porque todos en nuestro entorno dicen que lo son y no estaría bien visto no serlo? ¿Quizá porque estamos bautizados desde chicos? ¿O podría ser porque vemos ahí una forma de expresar nuestros más elementales sentimientos religiosos? ¿o como dicen algunos es que en algo hay que creer? Bueno, no lo veamos todo negativo y quizá tengamos razones más profundas para serlo.
Pero Jesús es tajante en sus planteamientos, como escuchamos hoy en el evangelio. No podemos tener un amor a nada ni a nadie que esté por encima del amor que le tengamos a El. Un amor primero y preferencial. ‘Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre o a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío’. Y añadirá que es necesario tomar la cruz para ir detrás de El, porque de lo contrario ‘no puede ser discípulo mío’.
Es serio. Es tajante. Cristo tiene que ser el único centro de nuestra vida. Con El no caben las medias tintas ni los medios tonos. O somos cristianos, seguidores de Jesús o no lo somos. Y ser seguidor de Jesús entraña esa radicalidad. Todo tiene que ser mirado y vivido según la mirada y el sentido de Cristo. Cristo será el único sentido de nuestra vida, de lo que hacemos y de lo que decimos, de nuestro actuar y de nuestras actitudes profundas. Su evangelio tiene que estar plantado totalmente en nuestra vida y entonces nuestra vida y nuestro actuar será siempre conforme a lo que Jesús nos dice y enseña. Y eso ha de hacer que cada día me vaya purificando más de mi mismo también.
Nos propone dos parábolas: la del constructor que va a edificar una torre o la del rey que va a entablar batalla con su rival. Han de sentarse antes a ver si pueden hacerlo, si tienen lo necesario, si es capaz de con lo que tiene vencer a su enemigo. Tienen que pararse a hacer los cálculos, dice Jesús.
Nos sucede en nuestra vida cristiana, que quizá no siempre nos hemos parado lo suficiente para saber bien lo que significa seguir a Jesús, los planteamientos que nos hace el evangelio y simplemente nos contentamos con hacer lo que todo el mundo hacer sin ninguna planteamiento más profundo. Y saldrá entonces una vida cristiana floja y poco comprometida; surgirá una vida fría y rutinaria en que nos contentamos con decir esto es que siempre se ha hecho así, pero sin preguntarnos si es eso realmente lo que nos enseña el evangelio. Faltará profundidad a nuestra vida cristiana.
En la vida cristiana siempre podemos conocer más a Jesús, profundizar más en el evangelio, crecer en mi espiritualidad, darle hondura a mi vida. No todo lo tengo hecho siempre, sino que tiene que haber ese espíritu de superación y crecimiento. Ojalá tengamos verdadera hambre de conocer cada día más a Jesús. Que cada día profundicemos más en el evangelio para ser más auténticos cristianos. Yo siento que a mi me falta mucho en ese crecimiento y quisiera cada día conocer y amar más a Jesús.

martes, 2 de noviembre de 2010

Oramos por los difuntos en una celebración también gozosa y llena de esperanza

CONMEMORACION DE LOS FIELES DIFUNTOS
Filp. 3, 20-21;
Sal. 26;
Jn. 14, 1-6

Tras la celebración gozosa, festiva, y hasta triunfante, podríamos decir, de Todos los Santos ayer, hoy la Iglesia nos invita a hacer la conmemoración de todos los difuntos. Pero de entrada quiero decir que no tiene que ser menos festiva o gozosa por el hecho de que recordemos a los difuntos; un cristiano siempre lo hace en la esperanza y con nuestra fe puesta en Jesucristo, muerto y resucitado, para así llenarnos a todos de vida y de salvación.
Pensar en los difuntos nos hace pensar en la muerte. Algunos se llenan de tristeza y hasta de angustia, lo que tendría que hacernos analizar cuál es el sentido cristiano que de la muerte tenemos. Sin embargo, para otros en la cultura actual es algo que lo que no se quiere pensar; se oculta la muerte o a lo más tratamos de pasar por ese pensamiento de la muerte casi de puntillas para no traumatizarnos.
Aspiramos a una eterna juventud donde no tenga cabida la muerte y buscamos una vida de bienestar que queremos prolongar sin fin, y hasta osamos querer tener decisiones por nosotros mismos si una vida merece o no merece vivirse y en consecuencia tener el derecho de acabar con ella por nuestra cuenta y a nuestro arbitrio.
Pero la muerte es una realidad de nuestra existencia humana que en lo físico o corporal un día de tener su fin. Pero no somos nosotros dueños de la vida de tal manera que tengamos derecho a acabar con ella según nuestra conveniencia. La vida es un don sagrado que Dios nos ha regalado, y la vida, toda vida siempre es muy valiosa. La hora de nuestra muerte entra dentro del misterio de Dios y de su voluntad para el hombre.
Pero aparte de esta afirmación creyente – afirmamos que es un don que Dios nos ha regalado – desde el misterio de Cristo tenemos otra esperanza y otra manera distinta de enfrentarnos al hecho de la muerte y en consecuencia de vivir nuestra vida y también nuestra muerte.
Como comprendemos, para nosotros la vida es algo más que lo físico o lo corporal en cuanto estamos sujetos a un cuerpo, aunque esa vida física también la valoramos y la cuidamos. Tiene una dimensión espiritual que no se queda en los sentimientos o los pensamientos que podamos sentir o expresar en esta vida terrena. Es que a todo eso nosotros añadimos una trascendencia que va más allá de los límites de una vida terrena, porque como nos dice la fe estamos llamados a vivir una vida eterna en la plenitud de Dios.
Si ayer, por ejemplo, podíamos celebrar la fiesta de Todos los Santos, lo hacíamos no sólo porque recordáramos lo bueno y lo ejemplar, el testimonio que con su vida y su fe nos dieron mientras peregrinaron por este mundo, sino que lo hacíamos pensando en esa plenitud de vida que ahora ellos tienen en Dios.
Por eso es tan importante para nosotros la virtud de la esperanza; la esperanza cristiana que nos lleva a creer en Dios y en su Palabra, a esperar esa vida eterna en plenitud que el Señor nos ha prometido. Y ¿en qué basamos nuestra esperanza? En la fe que tenemos en Cristo, muerto y resucitado.
Cristo murió y resucitó para llevarnos a la vida, a la vida eterna. Cristo murió y resucitó para alcanzarnos la salvación; esa salvación que es redención y es perdón; esa salvación que es vida nueva que nos llena de la vida de Dios para hacernos hijos de Dios; esa salvación que cuando nos hace hijos nos hace herederos y coherederos con Cristo de vida eterna, de ese Reino eterno de Dios que por Cristo podemos llegar a vivir en plenitud.
Con Cristo resucitamos para una vida nueva. Con Cristo estamos llamados a vivir en Dios esa vida eterna para siempre. Creemos en Cristo y de El nos alimentamos y El prometió resucitarnos en el último día.
Entonces cuando hoy hacemos esta conmemoración de todos los difuntos, y en cualquier momento recordamos a los difuntos, lo hacemos siempre en esperanza. Esperamos que vivan en Dios esa plenitud de vida y salvación. Por eso nuestra recuerdo se hace oración; oramos por ellos, pero nunca con angustia ni desconsuelo, sino siempre con esperanza. No es éste un día para el llanto desesperanzado, sino un día de esperanza y de gozo en el Señor.
Queremos ofrecerle nuestro recuerdo lleno de amor a aquellos difuntos queridos, familiares o amigos, y hacemos ofrendas de flores y velas encendidas. Pero no nos podemos quedar en eso solamente sino que lo importante será nuestra oración, y la oración más hermosa que nosotros podemos ofrecer que es la celebración de la Eucaristía. Las luces tienen sentido como ofrenda que hacemos, pero también como recuerdo e imagen de la luz que Cristo nos dio y que tuvo que iluminar toda nuestra vida, y como esperanza de que ya estén para siempre en el Reino de la Luz de Dios.
Todo eso lo expresa muy bien la liturgia en sus oraciones en la celebración de la Eucaristía y en la Palabra de Dios que se nos proclama. Oramos por todos los que han muerto en la esperanza de la resurrección y oramos por todos acogiéndolos a la misericordia del Señor. Pedimos al Señor que los admita a contemplar la luz de su rostro, decimos en las plegarias eucarísticas, en el reino de la luz y de la vida.
En la Palabra de Dios que hemos escuchado se nos recuerda que somos ciudadanos del cielo y hacia allí caminamos, porque allí el Señor no tiene en su amor reservado sitio. Por eso nos invita Jesús hoy a la fe y a no perder la paz. Esa paz de la fe que en El tenemos y esa paz de la esperanza. Con esa fe y esa esperanza elevamos hoy nuestra oración al Señor por todos los difuntos, como decimos en una plegaria eucarística, ‘cuya fe sólo tú conociste’.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Dios es glorificado en la asamblea de los Santos


Apoc. 7, 2-4.9-14;
Sal. 23;
1Jn. 3, 1-3;
Mt. 5, 1-12

‘A ti te ensalza el glorioso coro de los apóstoles, la multitud admirable de los profetas, el blanco ejercito de los mártires; todos los santos y elegidos te proclaman a una sola voz, Santa Trinidad, único Dios… venid adoremos a Dios que es glorificado en la asamblea de los santos…’
Así nos invita la liturgia en sus diversas antífonas a adorar, alabar, bendecir y cantar la gloria de Dios. Hoy es la fiesta grande, la solemnidad de Todos los Santos. Esa muchedumbre inmensa que nadie podía contar de la que nos habla el libro del Apocalipsis cuando nos describe la liturgia celestial. Esa asamblea festiva a la que nosotros queremos unirnos también. Esa multitud admirable de los que ahora cantan eternamente la gloria de Dios, son intercesores nuestros que desde el cielo nos ayudan en nuestras necesidades y en nuestra debilidad, y son el más hermoso ejemplo y estímulo para los que aún peregrinamos en la tierra con ansias de cielo.
Es la Iglesia celestial, la Jerusalén celeste, la asamblea festiva de todos los santos que ya eternamente alaba al Señor en el cielo. Nosotros somos aún la iglesia peregrina, pero llena de esperanza, alegre y guiada por la fe aspira a formar parte un día de esa asamblea festiva del cielo. Esperanza que nos anima en nuestro caminar. Fe y esperanza que nos hace mirar hacia lo alto y nos ayuda a darle profunda trascendencia al camino que ahora hacemos por la vida. Fe y esperanza que nos hacen pregustar ya esa alegría del cielo aunque aún en este camino estemos rodeados de sufrimientos o nos sintamos tentados por el mal para abandonar el camino.
Es una fiesta hermosa a la que la Iglesia nos invita en este día. Pero es al mismo tiempo una invitación a que le demos tal sentido y profundidad a nuestra vida ahora que podamos aspirar a esos bienes del cielo, aspirar a participar un día de esa gloria del Señor. Por eso el contemplar esta asamblea festiva de todos los santos es para nosotros una invitación, un estímulo para que busquemos, tratemos de todos modos de vivir una vida santa. Que por la santidad con que ahora vivamos nuestra vida un día podamos contemplar a Dios y disfrutar de su gloria.
A esto nos conduce toda la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado en esta fiesta de Todos los Santos. San Juan nos ha hablado del amor que Dios nos tiene tan grande que nos llama hijos, porque en realidad nos ha hecho hijos. ‘Somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es’. Si nos detenemos un momento a considerar esto tan hermoso que nos está diciendo el apóstol, no podemos menos que dar gracias al Señor por la dignidad tan grande que nos ha concedido, pero aún más por la promesa que nos hace de que nos uniremos de tal manera a El que le podremos ‘ver tal cual es’. Si esa es nuestra meta, ¿cómo no vivir santamente?
¿En qué consiste ese camino de santidad que hemos de recorrer, que hemos de vivir? Podríamos decir sencillamente, parecernos a Jesús. No es otra cosa lo que tenemos que hacer sino vivir su vida, configurarnos con El. ¿No nos decía Pablo que su vivir era Cristo? Es lo que tenemos que hacer, copiar totalmente su vida en nosotros, meternos en El, como quien se mete en un molde, para que nuestro querer y nuestro vivir, nuestros sentimientos y nuestras actitudes, lo que hacemos o lo que pensamos no sea otra cosa sino reflejar a Cristo, vivir a Cristo.
¿Cómo podremos irnos impregnando de Cristo? El evangelio de hoy nos lo dice. Encarnar en nuestra vida el espíritu de las Bienaventuranzas. Recordemos que Jesús desde el inicio de su predicación nos invitaba a convertirnos a la Buena Noticia porque llegaba el Reino de Dios. Pues cuando nos proclama las Bienaventuranzas en el Sermón del Monte nos dirá que ‘de ellos es el Reino de los cielos’. Los que viven el espíritu de las bienaventuranzas están viviendo, están ya participando del Reino de los cielos.
Y nos dirá que ‘de los pobres de espíritu y los que lloran, de los que sufren o los que tienen hambre y sed de justicia, de los que obran con misericordia o son limpios de corazón, de los que trabajan por la paz y a los que incluso les toca sufrir todo tipo de persecución a causa de su nombre, de ellos es el Reino de los cielos’.
Pobres porque nada tenemos o de todo nos desprendemos en la generosidad del amor; sufridos porque el dolor y el sufrimiento nos puede aparecer en nuestra vida o porque somos capaces de compartirlo con los que sufren a nuestro lado de tal manera que hacemos nuestro su sufrimiento; lloramos porque tenemos ansias de más y de lo mejor no ya sólo para nosotros sino porque buscamos siempre lo bueno y lo justo para los otros para que sean siempre felices; buscamos el bien aunque sea con sufrimiento, llenamos nuestro corazón de compasión y misericordia y lo mantenemos siempre limpio de toda maldad; o vamos a padecer la incomprensión y hasta la persecución de aquellos que quizá no entiendan nuestra manera de vivir según el sentido y estilo del evangelio.
Por ahí va el espíritu de las bienaventuranzas. Y Jesús nos dice que así estamos construyendo el Reino de Dios y que no temamos porque no nos faltará consuelo, y paz, y misericordia, y gozo hondo en el alma que nos dará las mayores satisfacciones, y que un día, porque somos limpios de corazón, podremos ver a Dios.
Es el camino que hizo Jesús delante de nosotros. Es el camino de dicha y de felicidad al que El nos invita. Es el camino que podremos hacer sin decaer ni desanimarnos porque le sentiremos a El siempre a nuestro lado. Es el camino que haremos gozosos, aunque broten lágrimas en ocasiones de nuestros ojos, pero que en la trascendencia que le damos a nuestra vida, sabemos que un día podemos vivirlo todo en plenitud junto a Dios. Si no tuviéramos esa esperanza y no le diéramos esa trascendencia a nuestra vida quizá no seríamos capaces de hacerlo.
Es el camino de santidad al que hoy nos está invitando esta fiesta de Todos los Santos. En ellos nos sentimos estimulados y ellos desde el cielo son intercesores de gracia para nosotros. ‘Concédenos, por esta multitud de intercesores, la deseada abundancia de tu misericordia y tu perdón’, pedíamos en la oración litúrgica. Y en la oración de las ofrendas vamos a pedir ‘que sintamos interceder por nuestra salvación a todos aquellos que ya gozan de la gloria de la inmortalidad’.
Que en ese sentido vaya siempre la oración que hacemos a los santos para que intercedan por nosotros. Algunas veces parece que no hemos llegado a entender bien lo que tiene que ser esa intercesión que de ellos deseamos. Nos preocupamos de pedirleAñadir imagens principalmente por nuestras necesidades materiales pero le pedimos poco para que nos alcancen la gracia del Señor para ser nosotros cada día más santos, que tiene que ser siempre lo más importante de nuestra vida. Les pedimos a ellos como si fueran los poderosos y algunas veces pareciera que los hacemos dioses que nos tienen que conceder lo que necesitamos, y nos olvidamos de que ellos sólo son unos intercesores por nosotros ante el Señor. Y no olvidemos que son intercesores, sí, pero son modelos y ejemplo para nosotros de esa santidad a la que estamos llamados y que tenemos que aprender a ver reflejada en sus vidas.
Como pediremos en la última oración de la Eucaristía que ‘realizando nuestra santidad por la participación en la plenitud de tu amor, pasemos de esta mesa de la Iglesia peregrina al banquete del Reino de los cielos’.

domingo, 31 de octubre de 2010

Zaqueo, un hombre que se dejó posesionar por Cristo


Sab. 11, 22-12,2;
Sal. 144;
2Ts. 1, 11-2,2;
Lc. 19, 1-10


¿Podremos decir al final de la celebración también ‘hoy ha llegado la salvación a esta casa, a nosotros’? Es que una primera cosa que hemos de tener en cuenta es que no somos meros espectadores de la Palabra que se nos proclama en la celebración. Es una Palabra que se mete en nosotros para hacernos actores de ese camino de salvación recibiendo y haciendo que actúe en nosotros esa gracia de Dios que nos transforma desde lo más hondo.
‘Entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo… trataba de distinguir quién era Jesús…’ Quería conocer a Jesús. Entre el alboroto de la gente, de los que salían al encuentro a la llegada de Jesús y de los que lo acompañaban no había manera de distinguir a Jesús. Eran muchas las cosas que concurrían. Estaba también su condición. ‘Era jefe de publicanos y rico’, por una parte que ya lo condicionaba en la consideración de sus vecinos. Y ‘era bajo de estatura’, por otro lado y seguro que con el desprecio de sus conciudadanos nadie le haría un hueco para que pudiera ver a Jesús. A los pequeños los suelen dejar poner delante, pero su pequeñez de estatura era otra.
Vayámonos poniendo nosotros en su situación. El tenía varias cosas en contra a pesar de sus deseos y de su curiosidad por ver y conocer a Jesús, aunque sólo fuera de lejos. ¿Eran sólo condicionamientos externos de las apreturas de la gente o de su baja estatura? Podemos pensar que era algo más. ‘Era jefe de publicanos y rico’, ya hemos dicho; su profesión de recaudador de impuestos no sólo le hacía despreciable ante de los judíos por su actitud de un colaboracionista sino porque eso además le daba ocasión para hacer sus manejos y enriquecerse a costa de los demás. Su baja estatura no era sólo lo físico sino la bajeza en que había vivido su vida. Luego lo reconocería.
Aunque quería conocer a Jesús pero seguía habiendo apegos en su corazón, actitudes negativas que eran impedimentos importantes, barreras que se interponían. ¿No nos pasará a nosotros de alguna manera de forma semejante? Decimos que somos creyentes y cristianos y que queremos también conocer a Jesús, pero cuántas barreras hay en nuestra vida. Porque también nos cuesta arrancarnos de muchos apegos del corazón.
Sin embargo Zaqueo dio un paso importante. Ahora sí. Sin importarle respetos humanos se fue más adelante en el camino ‘y se subió a una higuera para verlo, porque Jesús tenía que pasar por allí’. ¿Qué seremos capaces nosotros de hacer con toda sinceridad para conocer a Jesús? ¿Nos podrán quizá los respetos humanos para decir que creemos en El y somos cristianos? Como se dice ahora ¿manifestarnos por Jesús será algo políticamente incorrecto? Así andamos hoy en la sociedad en la que vivimos. ¿Agradará o no agradará a los que nos rodean lo que nosotros hagamos manifestándonos como creyentes y, por ejemplo, defensores de la vida?
Lo que no esperaba Zaqueo era que Jesús se iba a detener justo frente a la higuera en la que estaba subido, y le iba a mirar, y le iba a hablar, y se iba a auto-invitar a su casa. ‘Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa’. No salía de su asombro. Allí estaba Jesús a quien El quería conocer, pero Jesús quería ir a alojarse a su casa, la casa de un pecador.
Pero Jesús es el pastor que busca la oveja perdida, o es el rostro de ese Padre misericordioso que corre al encuentro de hijo que vuelve después de haberse marchado de casa. Jesús es el que se goza con los humildes porque para ellos es la salvación. Es el que ‘se compadece de todos y cierra los ojos a los pecados de los hombre para que se arrepientan’, como había anunciado el libro de la Sabiduría. ‘A todos perdonas, Señor, amigo de la vida’.
Zaqueo había ya dado un paso de humildad en su deseo de conocer a Jesús, y fue ese paso el que le abrió las puertas a ese camino de conversión y salvación. Se había subido a la higuera en su deseo de conocer a Jesús. ¿Qué pasos estaríamos nosotros dispuestos a dar? Recorramos caminos de humildad y de reconocimiento de nuestra pequeñez, de nuestra pobreza a pesar de que nos creamos ricos en otras cosas para ir hacia Jesús, que, estemos seguros, El nos saldrá al encuentro y querrá también venir a hospedarse en nuestra casa, en nuestro corazón y nuestra vida.
‘Zaqueo bajó enseguida y lo recibió muy contento en su casa’. No esperó para después cuando pasara aquel barullo. No importaba que los demás murmuran porque Jesús había ido a su casa. El estaba lleno de alegría. Algo nuevo podía suceder. Aquella mirada de Jesús, aquel detenerse para llamarlo por su nombre fue algo que le llegó muy dentro. La gracia del Señor cuando nos abrimos a ella nos llega también muy dentro. Zaqueo cambió totalmente. ‘La mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más’.
Ya Zaqueo comenzaba a ver la vida con otra mirada. La mirada de Jesús había transformado su mirada, sus actitudes, todo lo que hacía, todo lo que era su vida. Si antes sólo había pensado en sí mismo, en sus ganancias y en sus riquezas fuera como fuera la manera de adquirirlas, ahora ya todo sería distinto. Comenzaba a mirar todo de otro manera y comenzaba a compartir. ‘La mitad de mis bienes’ para los pobres. Pero era también un actuar en justicia, pero una justicia llena también de generosidad y desprendimiento. ‘Le restituiré,,,’ No era sólo devolver en justicia de lo que se había apoderado, sino ‘cuatro veces más’. Zaqueo se dejó posesionar por el Señor.
‘Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abrahán’. Con Jesús llegó la vida y la salvación. ‘El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido’. El pastor que busca la oveja perdida, la mujer que barre la casa para encontrar la moneda preciosa que se había extraviado, el padre que corre al encuentro del hijo perdido que vuelve y para el que celebra una fiesta y un banquete. Ya lo había ido enseñando Jesús en el evangelio.
Pero sigamos nosotros estando en ese lugar. También a nosotros Jesús nos ha dirigido su mirada, nos llama por nuestro nombre y se invita a venir a nuestra casa y a nuestra vida. Aquí ahora, en presencia del Señor, que es lo que nosotros vamos a decir, que es lo que vamos a hacer con nuestra vida. Eso ya no depende de lo que yo te diga o te haga reflexionar, sino de lo que tú sientas en tu interior dejando que llegue a lo más hondo de ti esa mirada de Jesús.
Que tu mirada sobre tu vida, sobre la vida, sobre las cosas, sobre tus comportamientos y tu trato y relación con los demás, sobre todo lo que es tu realidad y lo que te rodea, sea ya una mirada distinta; unas actitudes nuevas tienen que brotar; unos compromisos serios y generosos tienen que surgir dentro de nosotros; unas decisiones importantes tenemos que tomar en la presencia del Señor.
Que podamos decir también al final: hoy ha llegado la salvación a mi vida porque como Zaqueo me he encontrado frente a frente con el Señor y El ha tomado posesión de mi vida.

sábado, 30 de octubre de 2010

Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo

Filp. 1, 18-26;
Sal. 41;
Lc. 14, 1.7-11

‘Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo, ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios?’ Con este hermoso salmo nos hemos hecho eco de lo que san Pablo nos decía. Sed de Dios, deseos de Dios, querer entrar a ver el rostro de Dios. ¡Qué profundos deseos del alma, qué profundidad de fe y qué profundidad de vida!
Pero no es otra cosa lo que nos ha dicho el apóstol en el texto hoy proclamado. ¿Qué otra cosa sino esto es el decir que su vivir es Cristo y esos deseos de partir para estar con Cristo hasta llegar incluso a desear morir para estar con El? ‘Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir… por un lado deseo partir para estar con Cristo que es con todo lo mejor…’
¡Qué profunda fe y que profundo sentido de vivir! No le importan pérdidas por su parte o sentirse incluso relegado. ‘Con tal que se anuncie a Cristo, yo me alegro y me seguiré alegrando…’ Quizá entre los que le rodean, incluso entre los que anuncian el nombre de Jesús no estén del todo claras sus intenciones. Pero El se siente fuerte en el Señor en la labor que realiza y como dice lo que le importa es que Cristo sea anunciado y conocido. Al final parece que se encuentra en un dilema porque desea estar con Cristo aunque eso signifique morir, pero al mismo tiempo siente que aún puede y debe ir realizando una tarea en medio de sus hermanos.
Dejando ahora a un lado en este breve comentario esas otras cosas que puedan estar sucediendo por detrás de todo este actuar del apóstol, sin embargo podemos deducir hermosas lecciones para nuestra vida y nuestra fe de todo esto. Primero que nada tendríamos que desear estar enamorados de Cristo como lo estaba Pablo. Su encuentro con Cristo en el camino de Damasco fue decisivo para su vida, y día a día iba creciendo su fe y su amor a Cristo para darlo todo por El. Así podía llegar a expresarse como hoy lo escuchamos, pero que no eran sólo palabras sino todo su sentido de vivir.
Ojalá así crezca nuestra fe y nuestro amor. Ojalá profundizáramos así en nuestro conocimiento de Cristo y en nuestro amor por El. Ojalá aprendiéramos a desear estar nosotros tan unidos a Cristo de manera que nuestro vivir sea también Cristo y no ninguna otra cosa.
Deseamos nosotros también estar unidos a Cristo así para siempre y algunas veces mirando nuestra vida nos parece quizá que ya somos inútiles aquí y ya desearíamos estar para siempre en Dios. Nos queremos morir para estar con Dios y descansar, por decirlo de alguna manera, en Dios. Pero el Señor quizá nos quiere aún aquí donde estamos aunque nuestra vida pudiera parecernos ya una inutilidad. No somos nosotros los que hemos de medir el valor de nuestra vida pensando en esas utilidades o inutilidades en lo humano.
Si Dios nos quiere aquí es que aún podemos tener un valor que beneficie a los demás. Nuestro testimonio quizá fuera necesario y podemos seguir dando un ejemplo de fe y de amor. Aunque deseemos cantar en el cielo esa gloria eterna de Dios, quizá aún seamos necesarios para que aquí en medio de los que nos rodean podamos dar testimonio de esa gloria de Dios, podamos cantar con nuestro corazón humano esa gloria de Dios. Como dice el apóstol ‘quedarme en esta vida veo que es necesario para vosotros… estando a vuestro lado avancéis alegres en la fe…’ Nuestra presencia y nuestro testimonio puede y tiene que ayudar a que muchos más puedan cantar la gloria del Señor; puede despertar en otros también ese deseo, esa sed de Dios, del Dios vivo.

viernes, 29 de octubre de 2010

Oración del pastor por la comunidad y de la comunidad por sus pastores

Filp. 1, 1-11;
Sal. 110;
Lc. 14, 1-6

‘Os deseamos la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo’. Este saludo de Pablo, habitual en el inicio de sus cartas, lo utilizamos también nosotros muchas veces en la liturgia como saludo a la comunidad en el comienzo de la celebración. Si supiéramos apreciar bien lo que es recibir la gracia y la paz de Dios… qué hermoso. Es llenarnos de Dios, su gracia, su amor, su vida, y llenos de Dios estaremos siempre llenos de su paz.
Pablo en este inicio de su carta a los cristianos de Filipos, ‘a todo el pueblo santo que residen en Filipos’, se muestra entrañablemente tierno con aquella comunidad. Repite varias veces como da gracias a Dios, como ora al Señor por ellos y lo hace con alegría. Siente Pablo una cercanía grande hacia aquella comunidad; ‘habéis sido colaboradores míos en la obra del evangelio’, les dice. Y espera que Dios estará con ellos ‘porque el que ha inaugurado entre vosotros una obra buena, la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús’.
Además expresa cómo en momentos difíciles no se sintió sólo ‘porque todos compartís el privilegio que me ha tocado’; considera una gracia lo que le ha tocado sufrir por el evangelio y por el nombre de Jesús, pero da gracias porque han estado a su lado.
Me he detenido a comentar este inicio de la carta de Pablo a los Filipenses con estas circunstancias concretas a las que hace mención, porque quiero compartir con vosotros cómo ese es el gozo en el Señor de los pastores al contemplar una comunidad cristiana viva que responde con generosidad a la gracia del Señor. Ya comentaba ayer al hablar de los distintos carismas que surgen en la Iglesia de Dios, en nuestras comunidades. Es un gozo por el que dar gracias al Señor cuando nos encontramos con comunidades con esa vitalidad, decíamos ayer.
Un motivo de acción de gracias al Señor el sentir a nuestro lado colaboradores fieles que trabajan generosamente en la viña del Señor y que están al lado de sus pastores en toda circunstancia. Nuestro apoyo es el Señor, pero conforta en el alma esa respuesta, ese apoyo, ese ver a nuestro lado gente generosa que también nos da ánimos. Porque también los pastores podemos pasar por momentos difíciles y problemáticos y el Señor se nos manifiesta en esos hermanos que nos ayudan y nos apoyan y oran por nosotros. Es una gracia del Señor para nosotros ese apoyo de la comunidad cristiana.
Digo todo esto porque es bueno que la comunidad cristiana sepa estar al lado de sus pastores y lo mismo que el pastor, el sacerdote o el obispo, ora y quiere hacerlo intensamente por la Iglesia y por es comunidad en concreto que el Señor ha puesto a su cuidado, así también hemos de saber apoyar con nuestra oración a los sacerdotes, a los pastores todos del pueblo de Dios y a cuantos viven un compromiso apostólico a favor de la comunidad cristiana.
Y termino con esa última oración que hoy vemos al apóstol Pablo hacer por aquella comunidad de Filipos. ‘Y esta es mi oración: que vuestra comunidad de amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores., Así llegaréis al Día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús a gloria y alabanza de Dios’. Que el Señor nos conceda crecer más y más en el amor, pero también en esa finura espiritual que nos haga crecer en santidad y que todo se manifiesta en esas obras buenas de justicia y amor pero siempre para la gloria de Dios.

jueves, 28 de octubre de 2010

El crecimiento de la Iglesia en vitalidad de fe y en carismas de servicio


FIESTA DE LOS APOSTOLES SAN SIMON Y SAN JUDAS

Ef. 2, 19-22;
Sal. 18;
Lc. 6, 12-19


Que ‘por la intercesión de los santos apóstoles tu iglesia siga siempre creciendo con la conversión incesante de los pueblos’. Así pedíamos en la oración litúrgica de la fiesta de los santos apóstoles san Simón y san Judas.
Apóstoles elegidos por el Señor para ser, como nos enseña el apóstol Pablo en la carta a los Efesios, cimientos sobre los que se edifica la Iglesia. ‘Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo es la piedra angular’. Hemos escuchado por su parte en el evangelio el relato de la elección de los apóstoles que hizo Jesús. ‘Pasó la noche orando a Dios y cuando se hizo de día llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos, y los nombró apóstoles’. A continuación el evangelista nos da la relación en la que aparecen ‘Simón, apodado el Celotes – el cananeo lo llama otro de los evangelistas – y Judas, el de Santiago – llamado también Judas Tadeo -.
Es importante la misión que confía a los Apóstoles porque a ellos de manera especial envía por todo el mundo a predicar el Evangelio, la Buena Noticia del Reino de Dios, que se ha realizado en la muerte y en la resurrección del Señor. Van a ser ese cimiento de la Iglesia porque en tornos a ellos se va a reunir la comunidad que va naciendo de los que creen en Jesús. Por Cristo, y sobre el cimiento de los apóstoles, como nos dice Pablo, 'todo el edificio queda ensamblado y se va levantando para formar un templo consagrado al Señor'.
Qué importante la misión de los Apóstoles y de sus sucesores los Obispos en la formación, en el crecimiento y en el mantenimiento de la comunión y de la unidad de la Iglesia de Jesús. Los Obispos, como verdaderos sucesores de los Apóstoles, van a seguir realizando su misma misión. Por eso en torno al Obispo, repito auténtico sucesor de los apóstoles es congregada en unidad cada una de la Iglesias, formando en comunión y en unidad con el Papa y con todas las Iglesias la única Iglesia de Cristo.
Esa Iglesia que queremos ver crecer, como pedíamos en la oración. Crecer porque cada día llegue a más gente y a más pueblos el evangelio de Jesús y así crezca el número de los discípulos de Cristo y miembros de la Iglesia. Estos días hemos estado viviendo unas jornadas misioneras en torno al Domund que nos habla de esa inquietud por el anuncio del evangelio que todos hemos de sentir.
Pero el crecimiento no es sólo en número, sino que tiene que manifestarse en la intensidad de la fe de la Iglesia, la intensidad de todos y cada uno de los que formamos la Iglesia. Es importante esta vitalidad de los cristianos, de los que creemos en Jesús. Vitalidad en una fe firme, una fe comprometida, una fe que se manifiesta en la intensidad del amor cristiano, vitalidad que se verá reflejada en la santidad de sus miembros.
Crecimiento de la Iglesia en la medida en que los que la formamos nos sentimos más comprometidos con la Iglesia y así vayan surgiendo esos diferentes carismas y ministerios de servicio dentro de la comunidad cristiana. En los versículos anteriores a los hoy leídos, y que no hace pocos días también escuchamos, el apóstol nos dice cómo el Espíritu va haciendo surgir esos diferentes carismas en la Iglesia. ‘A unos ha constituido apóstoles, a otros, profetas, a otros evangelistas, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los fieles, en función de su ministerio, y para la edificación del Cuerpo de Cristo’.
Así veremos la riqueza y vitalidad de nuestras comunidades cuando vemos a las distintas personas comprometidas en diversos servicios en nuestras parroquias. Es un gozo por el que dar gracias al Señor cuando nos encontramos con parroquias con esa vitalidad. Ese es el crecimiento de la Iglesia junto con la santidad de todos y cada uno de sus miembros que tenemos que buscar.
Es lo que hoy de manera especial con la intercesión de los Santos Apóstoles, san Simón y san Judas, queremos pedir al Señor. Para nuestra iglesia, y para cada uno de nosotros.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Demos respuesta de vida a la salvación que Jesús nos ofrece

Ef. 6, 1-9;
Sal. 114;
Lc. 13, 22-30

‘Lo que Dios quiere es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad’, es algo que hemos escuchado muchas veces. ‘Tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo único’, escuchamos por otra parte en el evangelio. Y la Sangre de Cristo derramada ‘por vosotros y por todos los hombres’, nos dice Jesús y recordamos cada vez que celebramos la Eucaristía, lo que quiere es la salvación de todos los hombres.
Es cierto que la salvación es un regalo de Dios, es gracia, porque tan grande es el amor que Dios nos tiene. Pero y ya está, y por nuestra parte ¿no tenemos nada que hacer? ¿podemos seguir viviendo nuestra vida así sin más y sin preocuparnos de nada más?
Primero que nada nuestra fe, porque el que cree que Jesús es el Señor se salvará. Pero esa fe no son sólo palabras que decimos, sino que esa fe nos exigirá unas actitudes y una nueva forma de vivir. Cuando Pedro hace el primer anuncio de Jesús en Pentecostés, la gente le pregunta que es lo que tienen que hacer, y Pedro les dice que creer en Jesús, convertirse y bautizarse en el nombre de Jesús. O sea, que por nuestra parte tiene que haber unas actitudes de fe, un cambiar totalmente la vida, convertirnos, para unirnos plena y totalmente con Jesús para vivir su vida.
Bueno, es lo que Jesús nos dice hoy en el evangelio. Iban de camino hacia Jerusalén y uno se acerca a preguntarle si serán muchos o pocos los que se salven. Jesús nos ha ganado la salvación pero nos dice también que tenemos que esforzarnos para vivir esa salvación. Es esa conversión, ese cambio, esa transformación de nuestra vida, de la que venimos hablando. Y eso no siempre es fácil, nos exige un esfuerzo, una lucha por nuestra parte.
Por eso nos dice: ‘Esforzaos por entrar por la puerta estrecha…’ y nos habla de que no todos lo conseguirán, sino que se quedarán fuera. Estas palabras de Jesús nos recuerda otros momentos del evangelio. Aquellas doncellas que no tuvieron la lámpara encendida porque se les había acabado el aceite. ‘No os conozco… no sé quienes sois…’ Es lo que ahora escuchamos decir a Jesús.
En otro lugar nos dirá que no basta decir ‘Señor, Señor…’ sino que es necesario cumplir la voluntad del Padre. Es que yo siempre he sido bueno, he estado muy cerca de la Iglesia, no faltaba nunca… pero Jesús nos pide más, algo más profundo. Llamará dichosos a los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen, recordamos aquellas alabanzas entrecruzadas entre la mujer que alaba a María y Jesús que nos dice que la mejor alabanza es la que podemos recibir por cumplir la voluntad de Dios.
‘Esforzaos por entrar por la puerta estrecha’, nos dice Jesús. No es que Jesús quiera ponernos dificultades para que alcancemos la salvación que nos ofrece. Ya recordábamos al principio que lo que quiere el Señor es que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, que para eso El ha derramado su Sangre por todos los hombres.
Pero hemos de querer vivir su Reino, y ya sabemos que muchas veces nos cuesta, porque no somos todo lo generosos que tendríamos que ser con nuestro amor, porque nos hacemos reservas para nosotros mismos cultivando a veces nuestro egoísmo, porque nos cuesta llevar el amor hasta el perdón total y generoso tal como nos perdona el Señor, porque muchas veces nos cansamos y preferimos una vida fácil y cómoda sin muchos compromisos.
‘Y vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Porque mirad, hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos’. Esforcémonos seriamente para poder sentarnos en la Mesa del Reino de Dios. Que al final seamos reconocidos por el Señor.

martes, 26 de octubre de 2010

Una pequeña semilla y un insignificante puñado de levadura

Ef. 5, 21-33;
Sal. 127;
Lc. 13, 18-21

Para hablarnos del Reino de Dios hoy Jesús lo hace refiriéndose a dos cosas pequeñas y que nos pueden parecer insignificantes, una pequeña semilla que se planta y un puñado de levadura que se echa en la masa. No nos habla de una semilla grande sino tan insignificante como es la mostaza, y en comparación con la masa a la que se echa la levadura ésta es un puñado también realmente pequeño pero que dará su resultado.
Algunas veces nos pudiera parecer que tendríamos que hacer cosas grandes y llamativas cuando sentimos la inquietud en nuestro corazón por la fe y por el evangelio y contemplamos al mismo tiempo la realidad de nuestro mundo que vive tan ajeno o a espaldas del mensaje de Jesús. ¿Qué podríamos hacer para que de una vez por todas todo el mundo se enterase de lo que significa el evangelio de Jesús y para que todos se convirtieran a él? Podíamos sentir incluso el deseo de hacer grandes revoluciones para ello. Pero no es ese el camino de Jesús ni su estilo.
Como nos enseña hoy es sembrar pequeñas semillas, que por supuesto habrá que cuidar, pero que serán las que irán haciendo salir esos brotes renovadores de nuestra propia vida y de la de nuestro mundo. El cambio no lo podemos ver realizado de una forma mágica, sino que será la respuesta que el hombre vaya dando y será entonces cómo pueda ir surgiendo esa vida nueva para nuestro mundo.
Nos enseña Jesús hoy que tenemos que ser como la levadura, en otra ocasión nos ha hablado de la sal que da sabor, o de la luz que tiene que ir iluminando y abriéndose paso en medio de las tinieblas para poco a poco irlas haciendo desaparecer. Hoy nos habla de fermentar la masa, meternos dentro de ella como levadura que transforme, que de vida y sabor a nuestro mundo. No es el camino de la revolución sino el de la transformación. Estos mismos días el papa Benedicto XVI ha hablado de eso. Los cristianos tenemos que estar en medio del mundo como levadura en la masa. Buena levadura que haga fermentar, que haga brotar ese pan nuevo y tierno del Reino de Dios en medio de los hombres.
Por eso como tantas veces decimos son las pequeñas cosas que hacemos cada día y las hacemos con amor; son esos pequeños detalles de amor, de cercanía, de alegría, de esperanza, de luz que tenemos que ir sembrando. Y muy seguros de nuestra fe en Jesús, seguros porque nos apoyamos en el Señor, iremos haciendo que cada día nuestro mundo sea mejor.
Comencemos ahí donde estamos, donde hacemos la convivencia de cada día, en la familia, con la gente con la que trabajamos o con la que nos relacionamos. Que se note en verdad que ahí hay un cristiano, alguien que cree en Jesús y en su nombre va haciendo el bien, va sembrando paz, va haciendo sentir de verdad lo que es el amor. Es nuestro testimonio valiente que así se convierte en misionero. Es nuestra palabra y nuestra vida que hablan de Jesús por nuestras actitudes y comportamientos.
Es la forma nueva y distinta de hacer las cosas, de vivir el matrimonio, la amistad, el trabajo, la relación con los demás que nosotros tenemos porque nos sentimos animados por Jesús, porque nos inspira el evangelio, porque lo hacemos con la fuerza del Espíritu del Señor que está con nosotros.
Que el Señor nos inspire cada día esa semilla que hemos de sembrar y como en verdad tenemos que ser esa levadura transformadora de nuestro mundo en el estilo del evangelio y del Reino de Dios. Que el Señor siga ayudándome a mi también para poder sembrar esta semilla de cada día y pueda llegar a muchos corazones que tambien se acerquen mas a Dios cada día.

lunes, 25 de octubre de 2010

Sed imitadores de Dios, sois un pueblo santo

Ef. 4, 32-5, 1-8;
Sal. 1;
Lc. 13, 10-17

La Palabra del Señor que cada día se nos proclama y escuchamos con fe además de ser luz que nos va iluminando en el camino de nuestra vida cristiana es un estímulo grande, un aliciente para nuestro caminar. Sentimos esa ayuda que necesitamos cuando nos va iluminando en esas situaciones concretas que vivimos. Nunca la Palabra está lejos de nuestra vida. Es una Palabra llena de vida que el Señor quiere dirigirnos cada día y así con fe hemos de escucharla y aceptarla.
Hay veces en que nos sentimos cansados quizá en nuestra lucha, o nos encontramos sin fuerzas, porque parece como que el mal nos arrastra, sentimos fuerte la tentación en nuestra vida que nos aparece por todas partes y casi nos parece imposible que nos podamos superar y hacer lo bueno. Sobre todo cuando nos sentimos heridos por algo o por alguien que quizá nos haya ofendido la comprensión y el perdón se nos hacen difíciles.
Hoy como que el Señor quiere darnos muchas razones para que seamos capaces de ser buenos y comprensivos con los demás y seamos capaces también de ofrecer un generoso perdón. ‘Sed buenos, nos dice, comprensivos, perdonándoos unos a otros…’ ¿Y qué razón o motivo nos da para que seamos capaces de perdonar? Sencillamente el perdón que Dios nos ofrece. ‘Como Dios os perdonó en Cristo’, nos dice.
Por eso nos invita y nos propone el apóstol: ‘Sed imitadores de Dios, como hijos queridos… por algo sois un pueblo santo… porque antes sí erais tinieblas, pero ahora, como cristianos, sois luz. Vivid como gente hecha a la luz’.
Somos un pueblo santo, un pueblo de luz. En nosotros no caben las tinieblas. Y tinieblas sería el odio y el rencor; tinieblas sería el desamor y el egoísmo; como tinieblas son esas inmoralidades de las que tenemos la tentación de llenar nuestra vida , ‘la indecencia y el afán de dinero’, las chabacanerías y malicias con las que actuamos tantas veces, continúa concretándonos el apóstol.
Somos un pueblo santo, y santos tenemos que ser como santo es el Señor. Recordamos que esa era la propuesta que ya Jesús nos hace en el evangelio, pero que ya escuchábamos incluso en el antiguo testamento. Pero Jesús nos dice también que seamos compasivos como nuestro Padre Dios es compasivo. Por eso nos dirá hoy Pablo ‘sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivir en el amor como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor’.
¿Queremos mayor motivación y ejemplo? Lo tenemos en Cristo. Y como tantas veces decimos cuando nos sentimos amados de la manera que Cristo nos ama, cómo es que nosotros no amamos también. No nos falta la gracia y la ayuda del Señor. Decíamos que nos sentimos débiles muchas veces y sin fuerzas para superarnos y para hacer las cosas buenas. Pero es que nuestra fuerza está en el Señor.
Venimos aquí cada día y escuchamos su Palabra y, como decíamos, es nuestra luz y nuestro estímulo. Pero el Señor es también nuestra fuerza. No lo hacemos sólo con nuestras fuerzas o nuestra buena voluntad. ¿Para qué venimos a celebrar la Eucaristía?¿Para qué venimos a comer el Cuerpo del Señor, a comulgar? Jesús nos dirá que el que le come tiene vida para siempre. Es la vida, es la gracia del Señor que recibimos. Por eso, seamos buenos, comprensivos, perdonémonos porque Cristo nos amó y nos perdonó. Seamos buenos, comprensivos y perdonémonos siempre, porque somos un pueblo santo, porque somos hijos de la luz y las obras de la luz son las que tenemos que realizar.

domingo, 24 de octubre de 2010

Una liturgia no para quedarnos extasiados en su belleza sino para orar al Señor


Ecles. 15, 12-18;
Sal. 33;
2Tim. 4, 6-8.16-18;
Lc. 18, 9-14

‘Dos hombres subieron al templo a orar’, comienza la parábola Jesús. Subieron al templo a orar ¿para la oración litúrgica que se oficiaba en el templo cada día junto con los sacrificios? ¿por devoción quizá se acercaron al templo a hacer su propia oración? Nos da pauta para variadas reflexiones ya el comienzo mismo de la parábola.
La parábola tenía su intencionalidad porque Jesús la decía por ‘algunos que teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás’. Con la conclusión que Jesús le da a la parábola también quiere decirnos cosas Jesús. ‘Éste – refiriéndose al publicano – bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.
El Señor acoge la oración del pobre y del humilde mientras que rechaza al que se vanagloria y desprecia a los demás. ‘Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha’, repetíamos en el salmo. ‘Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias porque el Señor está cerca de los atribulados y salva a los abatidos…’ seguimos meditando con el salmista. Dios mira más el corazón que las palabras que podamos pronunciar. Y se complace en el corazón de los humildes.
‘Dos hombres subieron al templo a orar…’ y qué distancias tan grandes había entre uno y otro. Comprendemos que no sólo es la distancia física en el hecho de que uno se pusiera delante de todos mientras el otro se quedó atrás mientras no se atrevía a levantar la cabeza. Es otra más fuerte y dura la distancia. La distancia que los orgullos quieren poner en derredor como temiendo mezclarse con los pobres y los humildes. La distancia que aísla y crea barreras cuando hay menosprecio en el corazón hacia los que están a nuestro lado.
Ya quizá podríamos hacernos preguntas sobre nuestra oración o nuestro estilo de orar. ¿A qué distancia estoy yo de los que me rodean cuando voy a la oración? ¿tendré barreras interpuestas ante los demás? Es cierto que nuestra oración en principio tiene que ser un acto personal que yo he de poner desde lo más hondo de mi corazón. Me estoy encontrando de forma muy personal con ese Dios que me ama y que lo siento vivo y presente allá en lo más hondo de mí mismo. Y esa oración, es cierto, será un tú a tú con el Señor, sin olvidar su inmensidad y su grandeza porque es el Señor, pero sintiéndome en su presencia e inundado de su amor, porque siempre es el Dios que me ama.
Sin embargo en la verdadera oración ni me puedo encerrar en mi mismo ni me puedo aislar con los demás. Es más, quizá tendría que decir que en la medida en que me siento más unido a Dios en mi oración necesariamente más unido me he de sentir con los demás. Y si a mi lado hay alguien que está en oración, aunque en ese momento no compartamos palabras ni intenciones, qué unión más hermosa tendría que haber en cuanto que los dos estamos unidos al mismo Dios y Padre que me ama y nos ama.
Claro que será más hermosa aún mi oración si además yo oro por los demás y oro con los demás. No voy sólo a pedir por mí o a tener mi encuentro de manera individual con el Señor sino que voy a sentir toda la hondura de la comunión que será con el Señor pero que tiene que ser también con los demás.
Pero aquí podríamos entrar en otro aspecto de la oración que es la oración comunitaria y litúrgica. Esa oración de los hermanos, de los miembros de la familia de los hijos de Dios y de los miembros del pueblo de Dios que juntos queremos, que juntos hemos de darle culto al Señor cantando nuestra alabanza y nuestra acción de gracias. Es la oración de la Iglesia que como comunidad hacemos, celebramos y expresamos en la liturgia.
Cuando decimos en la liturgia estamos diciendo cómo a través de unos signos comunes, de unos ritos litúrgicos comunes nos sentimos unidos en esa oración, en esa alabanza al Señor, en esa gloria que queremos cantar a Dios. Es la celebración de la Eucaristía y todos los sacramentos, es la celebración de toda la Iglesia, en la que vamos a sentir de manera especial esa presencia del Señor en medio nuestro. Porque además sabemos que en esos signos sacramentales se hace realmente presente Cristo en medio nuestro.
Acciones sagradas para nosotros que nos hacen sentir la presencia del Señor, signos vivos de la presencia de Dios y de su gracia; acciones con las que queremos dar culto al Señor, alabándole y bendiciéndole con todas las criaturas del cielo y de la tierra. Acciones sagradas que expresamos con unos signos y unos ritos litúrgicos que siempre tienen que ayudarnos a vivir ese encuentro vivo con el Señor en nuestra oración.
Yo me pregunto a mí mismo muchas veces al terminar una celebración litúrgica, ya sea la Eucaristía o cualquier otra celebración de la Iglesia, si en verdad he orado al Señor y si yo sacerdote que en nombre de la Iglesia estoy presidiendo aquella celebración habré ayudado de verdad a orar a los fieles que allí estamos congregados.
No nos podemos quedar extasiados en la belleza de los ritos litúrgicos, que tenemos también que saber admirar y valorar toda la belleza de la liturgia que en cierto modo nos eleva hasta la liturgia celestial; pero, perdónenme que lo diga así, tenemos que hacer que no sólo sea una celebración bonita y llena de belleza, por decirlo de alguna manera en expresiones humanas, sino una celebración viva en la que he orado, he tenido ese encuentro vivo con el Señor para orar, para escucharle y para presentarle también mi súplica, mi alabanza o mi acción de gracias. No hay participación verdadera si no hay auténtica oración. Tenemos que aprender a orar con la liturgia. Y ya no será sólo mi oración personal sino entonces también la oración de la comunidad.
Es la oración con la que con toda humildad me pongo ante el Señor, sintiéndome indigno como Isaías cuando contempló aquellas hermosas teofanías que nos describe en la profecía – ‘¡ay de mí! que soy un hombre de labios impuros’ -, o como aquel publicano que no hacía otra cosa que pedir al Señor que tuviera compasión de él. ‘Oh Dios, ten compasión de este pecador’. Pero será la oración de la que saldré lleno de Dios que es en fin de cuentas lo que nos quiere decir Jesús con las expresiones de la parábola de bajar justificado, lleno de la justicia y de la gracia de Dios.
Que así sea nuestra oración, que así sea la forma intensa viva de nuestras celebraciones sagradas, de toda la liturgia con la que queremos bendecir y alabar en todo momento al Señor.
‘Dos hombres subieron al templo a orar…’ Aquí estamos más de dos, esta pequeña comunidad, que hemos venido a nuestra oración y a nuestra celebración, ¿cómo está siendo hoy nuestra oración? ¿estaremos en verdad orando al Señor?