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jueves, 18 de marzo de 2010

Los testimonios a favor de Jesús

Ex. 32,7-14;
Sal. 105;
Jn. 5, 31-47

¿Creemos o no creemos en Jesús? ¿Por qué tenemos que creer en Jesús? Quizá también nosotros preguntaríamos, ‘¿qué señales nos das para que creamos en ti?,’ como hemos visto que en otras ocasiones los judíos le plantean a Jesús. Aunque hoy de forma explícita no está esa pregunta, sin embargo Jesús nos dará en el evangelio las motivaciones necesarias para que creamos en El.
Apela Jesús en primer lugar al testimonio de Juan. ‘Vosotros enviasteis mensajeros a Juan y él ha dado testimonio de la verdad’. Puede referirse a aquella embajada que enviaron desde Jerusalén para preguntar si él era el profeta o era el Mesías, y si no lo era ¿por qué bautizaba? Juan dio testimonio que ni era el profeta ni era el Mesías sino sólo el que preparaba los caminos del Señor como estaba anunciado.
Y daría testimonio un día señalando a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, porque él había visto bajar el Espíritu en forma de paloma sobre Jesús. Testimonio de Jesús sería también la embajada de sus discípulos que envía hasta Jesús para preguntarle si El era el que había de venir o tenían que esperar a otro. Pedagógicamente quería que sus discípulos vieran y palparan con sus ojos y con sus manos que aquel Jesús era el Mesías esperado.
Pero Jesús dice ahora que tiene un testimonio mayor que el de Juan, ‘las obras que el Padre me ha concedido realizar; esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado’. Apela Jesús al Padre del cielo que certifica la autenticidad de Jesús con las obras que realiza. ‘El Padre que me envió, El mismo ha dado testimonio de mí’.
Finalmente apela Jesús a lo anunciado en las Escrituras por Moisés y los profetas. ¿Recordamos a Moisés y a Elías que aparecen junto a Jesús en la transfiguración en el Tabor? ‘Estudiais las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna, pues ellas están dando testimonio de mí, y ¡no queréis venir a mí para tener vida!’ Jesús es esa vida eterna, nos da esa vida eterna. Tenemos que creer en El para alcanzar esa vida eterna. Ya ayer lo escuchábamos. ‘Quien escucha mi palabra y cree en el que me envió, posee la vida eterna… ha pasado de la muerte a la vida’.
Que crezca nuestra fe. Que sea fecunda nuestra fe en buenas obras de vida nueva. Que esa fe en Jesús nos transforme, nos llene de vida, nos haga santos. Este camino que vamos haciendo en nuestra preparación para la pascua en todo eso nos está ayudando. Ahí ponemos nuestro empeño y esa gracia pedimos alcanzar del Señor.
Un último pensamiento en torno a la primera lectura. Se nos narra cómo el pueblo es infiel al Señor y merece el castigo de Dios. Pero Moisés intercede, suplica insistentemente pidiendo a Dios que perdone a su pueblo. ‘¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta?’ Consigue con su intercesión que el Señor olvide el pecado de su pueblo y le perdone.
Una cosa que hacemos insistentemente sobre todo en este tiempo de cuaresma es pedir perdón al Señor porque nos sentimos pecadores. Vamos escuchando la llamada al arrepentimiento y a la conversión y pedimos perdón. Pero se me ocurre pensar en una cosa. No sólo hemos de pedir por nosotros mismos, sino que, cual otros Moisés, nos convirtamos en intercesores de los demás, de todo el pueblo pecador.
Realmente es algo que hacemos en las oraciones que nos ofrece la Iglesia pero quisiera que fuéramos más conscientes de esa intercesión que hacemos al Señor pidiendo por los demás. En la confesión de que somos pecadores en la oración que hacemos en el acto penitencial de la Eucaristía e incluso en el sacramento de la Penitencia, algo así expresamos. ‘Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos, y a vosotros, hermanos, que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor’. Ahí estamos pidiendo los unos por los otros. Pero que eso esté muy presente en toda nuestra oración.

miércoles, 17 de marzo de 2010

El Señor consuela a su pueblo, se compadece de los desamparados

Is. 49, 8-15;
Sal. 144;
Jn. 5, 17-30

‘Exulta, cielo; alégrate, tierra; romped a cantar, montañas, porque el Señor consuela a su pueblo, se compadece de los desamparados…’ Hermosa invitación; hermoso recordatorio el que hace el Señor por medio del profeta; hermosa palabra de consuelo.
Nos recuerda el Señor su amor por su pueblo. ‘En el tiempo de la gracia te he respondido, en el día de la salvación te he auxiliado; te he defendido y constituido alianza del pueblo…’ El Señor ha manifestado su amor por su pueblo de mil maneras, y aunque el pueblo en su infidelidad haya roto la alianza una y otra vez olvidándose del Señor, es siempre fiel. El Señor ha sido liberación para su pueblo, ha sido luz en las tinieblas, envió a los profetas, hace prodigios en medio del pueblo.
No caben dudas desde el amor que manifiesta sobre su pueblo. Y si hubieran dudas terminará diciéndonos: ‘Sión decía: Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado. ¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré, dice el Señor todopoderoso’.
Por eso podíamos decir una vez y repetir sin cansarnos con el Salmo: ‘El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas…’
Y todo eso lo tenemos en plenitud en Cristo Jesús. Hoy se nos presenta Jesús en el evangelio como el Hijo de Dios que en todo nos está manifestando lo que es el rostro de amor de Dios. Y los judíos, aunque no lo querían aceptar, sí están comprendiendo las palabras de Jesús que son bien claras. Como nos dice el evangelista ‘por eso los judíos tenían más ganas de matarlo: porque no sólo violaba el sábado, sino también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios’. Ahora en el tiempo que nos queda de cuaresma iremos contemplando toda esa oposición por parte de los sumos sacerdotes y los fariseos contra Jesús.
Efectivamente Jesús así se manifiesta como Hijo de Dios. ‘Lo que hace el Padre, lo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que El hace y le manifestará obras mayores para vuestro asombro. Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que ama…’ Y nos asegura Jesús: ‘Quien escucha mi palabra y cree al que me envió, posee la vida eterna y no será condenado, porque ha pasado de la muerte a la vida…’
Creemos en Jesús, creemos en el Padre que le envió, queremos alcanzar la vida eterna, queremos pasar de la muerte a la vida ya de una vez para siempre. Es nuestro camino, nuestra tarea, es lo que tiene que ser nuestra vida para siempre. Pero nos pueden muchas veces el pecado o se debilita nuestra fe.
Por eso el ejercicio cuaresmal en la austeridad y la penitencia, en la intensificación de la escucha de la Palabra de Dios tratando de plantarla bien en nuestro corazón, y en nuestra oración personal y comunitaria vivida con toda intensidad es una ayuda grande en este camino que ha de ser nuestra vida toda. Tendría que ser nuestra tarea de siempre, pero ya sabemos de nuestras debilidades y rutinas. Por eso la cuaresma es tan importante, es un toque de atención fuerte para despertar, una llamada imperiosa del Señor.
Escuchemos su llamada. Demos respuesta. Reconozcamos el amor del Señor. Y lo hacemos con alegría y con esperanza.

martes, 16 de marzo de 2010

Un agua que nos purifica, nos sana y nos llena de vida

Ez. 47, 1-9.12;
Sal. 45;
Jn. 5, 1-3.5-16

Nos habla el evangelio de la piscina de Betesda, junto a la puerta de las ovejas en los aledaños del templo de Jerusalén; allí se agolpaban muchos enfermos, cojos, ciegos, paralíticos que aguardaban el movimiento del agua esperando alcanzar un día la curación de sus males y enfermedades.
Por otra parte, en la primera lectura, Ezequiel nos habla de un manantial que brota del templo del Señor por debajo de la puerta de levante y que se extendía en un caudal que crecía más y más ‘hasta desembocar en el mar de las aguas muertas al que sanaría de manera que todos los seres vivos que bullen allí tendrán vida… y a la vera del río crecerán en ambos lados toda clase de árboles frutales cuyas hojas no se marchitan… porque los riega el agua que nace del santuario’.
El signo del agua como signo de vida se repite en el texto sagrado y será luego utilizado en la liturgia con mucha frecuencia. En los dos textos de hoy se nos presenta como signo de vida, que sana y cura como a los enfermos de la piscina de Betesda, o que llena de vida allá por donde pasa, de manera que desaparezca la desolación y la muerte.
Podríamos recordar el agua viva que Jesús promete a la samaritana, como se lee en el tercer domingo de cuaresma en uno de sus ciclos, o cuando grita desde el templo que el que tenga sed que vaya hasta El que hará surgir ‘un surtidor de agua para la vida eterna’. Sería con agua en el bautismo de Juan el Bautista allá en el Jordán como signo penitencial y de purificación, pero será como signo de gracia y de vida el bautismo cristiano, el bautismo en el nombre del Espíritu con que Jesús mandó fueran bautizados quienes creyeran en El para alcanzar la salvación.
Aparece hoy en nuestro camino cuaresmal para recordarnos cómo tenemos que acudir a Jesús que nos dará el agua de vida eterna. El paralítico que nos aparece hoy en el evangelio no podía meterse a tiempo en la piscina de Betesda cuando el agua se removía porque su invalidez o discapacidad por un lado, y el egoísmo o la indiferencia de los que lo rodeaban eran impedimento para alcanzar la gracia sanadora de aquella agua. El lo deseaba, llevaba 38 años esperando, no lo había podido alcanzar pero su esperanza no se había acabado.
Ahora es Jesús, cuando han fallado todos los medios humanos, el que se acerca al paralítico. La pregunta es como para comenzar una conversación o para despertar los verdaderos deseos de salvación. ‘¿Quieres quedar sano?’
El agua era un signo, pero allí estaba quien esos signos representaban. Jesús es en verdad la salud, la salvación y la vida. Ya no necesitaría usar del signo, introducirse en el agua de la piscina, porque era Cristo mismo quien llegaba hasta él y lo sanaba.
Cristo viene a nosotros también con su vida y salvación. No vemos físicamente su cuerpo y su presencia como lo habían podido ver las gentes de Jerusalén o Palestina, pero sí podemos tener la certeza de su presencia junto a nosotros y en nosotros. Los sacramentos son esos signos sagrados que nos hacen presenta a Cristo, su gracia, su salvación. No cosifiquemos excesivamente los sacramentos sino que en verdad sepamos ver y sentir la presencia de Cristo que nos salva y nos vivifica. Es Cristo mismo que llega a nosotros. Llegó un día en el Bautismo por el agua y el Espíritu y nos dio la vida divina para que pudiéramos unirnos a El y a su vida; y por la fuerza del Espíritu nos hizo hijos. Llega ahora en cada Sacramento y en especial en la Eucaristía; no nos quedaremos en el signo del pan y el vino en su materialidad sino que descubrimos la presencia real y verdadera de Cristo que nos alimenta y llena de vida.
Cristo llega a nosotros y también hoy quiere tendernos su mano, como al paralítico de la piscina, y nos quiere levantar de nuestra invalidez, la invalidez de nuestro pecado. Nos levanta y nos pone en camino, nos hace hombres nuevos realizando en nosotros una nueva creación. Nos levanta y está en nosotros para que ya desaparezca para siempre el mal de nuestro pecado, porque nos perdona, nos llena de gracia, nos llena de vida. Confesemos en verdad nuestra fe en Jesús.

lunes, 15 de marzo de 2010

Voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva

Is. 65, 17-21;
Sal. 29;
Jn. 4, 43-51

Los primeros versículos del texto del evangelio hoy proclamado vienen a ser como un resumen de las diversas actividades de Jesús narradas en los capítulos precedentes. Jesús llega a Galilea procedente de Samaria donde ha tenido lugar el encuentro con la mujer samaritana junto al pozo de Jacob; se menciona la presencia de Jesús en Nazaret que es san Lucas el que nos lo ha contado con la reacción negativa de sus convecinos, por eso nos recuerda lo de que ‘un profeta no es estimado en su propia patria’; y hace referencia al milagro de la conversión del agua en vino en las bodas de Caná de Galilea para situarnos donde se realiza la escena que hoy nos narra.
Hasta allí ha llegado, por otra parte, la fama de lo que antes Jesús había realizado en Jerusalén. ‘Los galileos lo recibieron bien porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén, durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta’.
Ahora es ‘un funcionario real que tenia un hijo enfermo en Cafarnaún el que, oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, había ido a verle y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose’. ¿Tenía fe aquel hombre? Por algo viene a pedirle a Jesús que dé vida a su hijo. Además se fió de Jesús cuando le dijo que su hijo estaba curado. Se puso en camino. Al encontrarse con los criados que vienen a decirle que su hijo está ya curado ‘creyó él con toda su familia’, nos dice el evangelista.
Jesús pide habitualmente fe a los que vienen a él buscando el milagro de la curación. Y porque tienen fe alcanzan lo que piden. ‘Que te sucede conforme a tu fe… tú fe te ha curado…’ son expresiones que escuchamos muchas veces. Ahora el milagro se convierte en un signo que hace crecer más la fe llegando a un compromiso mayor. ‘Creyó él con toda su familia’, nos dice el evangelista. El hombre no se quedó solamente en tener fe en él para obtener de Jesús la curación, sino que ahora esa fe va abarcar a toda la familia.
Algo nuevo se está realizando en la medida en que crece el anuncio del Reino de Dios. Un mundo nuevo se está creando, como lo había anunciado el profeta, según escuchamos en la primera lectura. ‘Mirad, yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva, de lo pasado no habrá recuerdo… sino que habrá gozo y alegría perpetua, por lo que voy a crear’. Esta imagen del cielo nuevo y de la tierra nueva volverá a aparecer en el Apocalipsis cuando ya se nos está presentando la apoteosis final.
Un cielo nuevo y una tierra nueva iremos viviendo en la medida en que va creciendo el Reino de Dios en nuestra vida y entre nosotros. Todo ha de irse transformando, haciéndose nuevo. El dolor y el sufrimiento han de desaparecer, la muerte ya no tendrá la palabra final, y los milagros que va realizando Jesús son signo de ese mundo nuevo. De ahí la alegría que en la esperanza hemos de ir viviendo. ¿Cómo no vivirla y sentirlo en lo más hondo de nosotros mismos, si nos sentimos renovados en el Señor, si hemos de hacer crecer día a día esa civilización del amor que dé sentido hondo a nuestra vida y a nuestro mundo?
‘Te ensalzaré, Señor, porque me has librado’
, hemos repetido una y otra ve en el salmo. Será un salmo que también cantaremos en la noche de Pascua, en la Vigilia Pascual. En el triunfo de Cristo en su resurrección adquiere todo sentido, porque por la muerte y la resurrección de Cristo nos vemos liberados y rescatados de toda tristeza y de todo mal, inundados de gracia, de vida y de paz. ‘Sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa… cambiaste mi luto en danzas, Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre’.
Pero tiene también su hondo sentido que ahora lo recemos, porque estamos viendo las obras del Señor; porque estamos reconociendo también ese actuar de Dios en nuestra vida, porque en la medida que vamos dando pasos en este camino cuaresmal nos vamos sintiendo nuevos, distintos, renovados, y con más ganas cada día de vivir ese camino de santidad al que el Señor nos ha llamado. Que así lo vayamos viviendo con toda hondura.

domingo, 14 de marzo de 2010

Una parábola que es un tríptico de luces, sombras y transparencias


Josué, 5, 9-12;
Sal. 33;
2Cor. 5, 17.-21;
Lc. 15, 1-3.11-32

‘Que el pueblo cristiano se apresure con fe viva y con entrega generosa a celebrar las próximas fiestas pascuales’. Así hemos pedido en la oración en este tercer domingo de Cuaresma. Es nuestro deseo y es el esfuerzo que queremos ir haciendo en este camino cuaresmal dejándonos iluminar por la Palabra de Dios, orando con mayor intensidad al Señor y haciendo la ofrenda de nuestra austeridad y espíritu penitencial.
Hoy la palabra de Dios nos ha ofrecido unos textos hermosos de hondo contenido y que han de ayudarnos en ese camino. Decir que las actitudes de los fariseos sobre todo hacia los publicanos y pecadores provocaron el que Jesús nos propusiese esta hermosa parábola. ‘Solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle…’ nos señala el evangelista. Pero ahí está el rechazo, la murmuración de los fariseos que incluso pretendían manchar el nombre de Jesús, como queriendo decir que Jesús era de la misma condición. Jesús, el médico que venía a sanar a los enfermos, a dar vida a los que se sentían muertos, a alcanzar el perdón para todos los pecadores fueran quienes fueran. ‘Ese acoge a los pecadores y come con ellos’.
Esta hermosa parábola que Jesús nos propone es como un hermoso tríptico en transparencia. Y ahora me explico. Un tríptico cuyo centro está lleno de luz y que quiere disipar las sobras y tinieblas de las tablas laterales. Un tríptico en transparencia porque a través de sus figuras se nos va a ver a nosotros, o hemos de vernos nosotros en lo que somos y en lo que Dios quiere transformarnos.
Unas tablas llenas de sombras. El hijo menor que le pide al padre la parte de la fortuna que le toca y que ‘juntando todo lo suyo emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente’. Y en esa transparencia vemos nuestros negros sueños ansiando libertad para vivir nuestra vida prescindiendo de lo bueno de la casa paterna. Es la expresión de cómo nos alejamos de Dios. Quería vivir su vida, queremos vivir nuestra vida; no queremos nada que nos sujete, ningún principio que nos oriente y nos guíe. Es el no que damos a Dios cuando no aceptamos su voluntad, cuando dejamos al margen de nuestra vida el cumplimiento de los mandamientos. Nos dejamos arrastrar por el vértigo de la vida, de los deseos de placer o por el materialismo que a la larga nos va a atar en la peor de las esclavitudes.
Vendrán las soledades, los vacíos, los sin sentidos de la vida; las añoranzas de lo que pudo ser y no fue; al final el arrepentimiento porque en el fondo vamos a sentir el peso del mal. ‘Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras que yo aquí me muero de hambre… le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba de comer…’ Vacío y soledad. Cuántos vacíos arrastramos por la vida cuando hemos perdido el sentido de las cosas. cuánta soledad en la superficialidad de unas relaciones meramente interesadas y muchas veces egoístas.
Pero la otra tabla está también llena de sombras. El hijo mayor podía parecer el bueno y el cumplidor porque se había quedado en la casa del padre. Pero quizá estaba más lejos que el hermano que se había marchado. Cuando la pasión corroe nuestro espíritu, cuando el orgullo o la envidia nos ciegan, cuando el egoísmo nos hace interesados porque a todo queremos sacarle ganancia – ‘a mí nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos’ -, cuando la soberbia nos hace subirnos en los pedestales de los que nos creemos mejores y despreciamos a los demás – que parecida a la actitud de los fariseos, ‘tantos años como te sirvo sin desobedecer una orden tuya… no soy como esos…’ -, entonces también nuestra vida está llena de sombras. Y en esas sombras estamos trasparentándonos nosotros también.
Pero el centro del tríptico, donde está verdaderamente el personaje central y principal, el verdadero protagonista de la parábola, está lleno de luz. Es el padre que no se cansa de amar; que espera pacientemente y que respeta las decisiones y la libertad de los hijos; que sale al encuentro del hijo que viene o del que no quiere acercarse; que ofrece el abrazo del perdón y de la reconciliación sin recriminaciones ni petición de explicaciones; que restaura la dignidad perdida del hijo al que siempre seguirá amando y tratando como tal; que hace fiesta grande en la vuelta del hijo perdido y encontrado; que nos invita a todos a esa fiesta y banquete de amor y de reconciliación; que busca siempre la reconciliación y la paz.
Cuántos detalles del amor de Dios nos da la parábola. El hijo que había decidido levantarse para volver al encuentro del padre camina quizá lleno de temor porque aún no ha aprendido todo lo que es el amor que el padre le tiene, pero el padre corre al encuentro de su hijo para recibirle lleno de alegría – ‘al verlo se conmovió echando a correr’ -; el hijo había preparado sus palabras de arrepentimiento – ‘padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo…’ - pidiéndole que le recibiera al menos como un jornalero, pero para el padre sigue siendo el hijo que vuelve y le reintegra en toda su dignidad, vistiéndole con la túnica nueva de la gracia, poniendo en su dedo el anillo de los hijos y en sus pies las sandalias de la dignidad recobrada.
Y es que en este tema de la reconciliación y reencuentro todo es cosa de Dios y las cosas de Dios son distintas. ‘Todo esto nos viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo…’ que nos decía san Pablo. ‘Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuenta de sus pecados.’
También en la transparencia de este cuadro central lleno de luz tenemos que vernos nosotros; nosotros en ese caminar hacia el padre con el arrepentimiento de nuestras sombras y pecados, sintiendo también ese abrazo de amor y participando también de esa fiesta y de ese banquete que el Señor ha preparado para nosotros. Pero recogiendo el sentir de lo que san Pablo nos ha dicho que ‘a nosotros nos encargó el ministerio de la reconciliación’.
Ministerio que ejerce la Iglesia en toda la acción pastoral y en la celebración de los sacramentos, pero ministerio que en cierto modo tenemos todos los que creemos en Jesús. Esto tendría también muchas consecuencias para nuestro actuar. Vivimos en nosotros la experiencia de sentirnos reconciliados con Dios, pero ¿no tendríamos que hacer partícipes de ese gozo a todos los hombres nuestros hermanos? También nosotros hemos de saber salir al encuentro con el otro para anunciarles ese misterio del amor de Dios que es tanto y tan grande que nos ha entregado a su propio Hijo. ‘Gustad y ved, qué bueno es el Señor’, hemos de decirle a todos con el salmo.
Hay un sacramento en el que de manera especial vivimos esta reconciliación y este reencuentro del hijo pecador con el Padre bueno que nos ama, que es el sacramento de la Penitencia o de la Reconciliación. Con lo que hemos reflexionado hoy en esta parábola quizá tendríamos que preguntarnos si con el mismo gozo, alegría y esperanza vivimos nosotros la celebración de este sacramento. No otra cosa vamos a recibir en él que el abrazo de amor y de perdón del Padre que en Cristo nos ha perdonado. Lejos de nosotros temores, nervios y agobios cuando vamos al sacramento. No olvidemos que el Padre de toda misericordia está esperándonos con su amor para darnos ese abrazo de paz y de perdón.

sábado, 13 de marzo de 2010

Por algunos que despreciaban a los demás

Oseas, 6, 1-6;
Sal. 50;
Lc. 18, 9-14

‘Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos’. Así había dicho el profeta Oseas a aquellos cuya ‘misericordia era como nube mañanera, como rocío de la madrugada que se evapora’.
No nos valen las apariencias sino lo hondo que tengamos en el corazón. Una nube mañanera o un rocío del amanecer pronto se disipa y se evapora cuando sale el sol. Nos levantamos por la mañana, vemos el camino humedecido o el rocío perlando las piedras o las plantas, pero pronto no quedará nada de ello porque el calor del sol todo lo evapora.
Así seremos nosotros cuando sólo nos dejamos llevar por las apariencias o lo que hay en nuestra propia vida todo es vacío y apariencia sin nada en el interior, aunque por lo externo podamos presentar muchas cosas aparentemente brillantes. Perlas de ensueño y falsas que demuestran nuestra pobreza interior.
El Evangelio nos dice que ‘Jesús dijo esta parábola por algunos que teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás’. Y les propone la parábola de los dos hombres que subieron al templo a orar: un fariseo y un publicano. Nos explica cómo fue la oración de cada uno y al final nos dice: ‘Os digo que éste (el publicano) bajó a su casa justificado y aquel (el fariseo) no’.
¿Qué habría pasado? ¿Por qué esos frutos tan dispares? ¿Qué es lo que le agrada a Dios y qué es más bien lo que nos agrada a nosotros los hombres? Cuando buscamos reconocimientos o alabanzas, o cuando nos echamos flores a nosotros mismos, es que bien pobre y vacío está nuestro corazón. En la autocomplacencia se había llenado de humos de incienso, de vanagloria y de flores marchitas sin profundidad en sus raíces y al final lo que quedó es la nada del vacío.
‘Por algunos que despreciaban a los demás’, dice el evangelista al darnos el motivo de la parábola. ‘Te doy gracias porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano… ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo’. Podría justificarse con las cosas que hacía, con ser un hombre muy religioso y cumplidor, pero no tenía misericordia en el corazón.
‘Misericordia quiero y no sacrificios…’ Experimenta el amor de Dios en ti y aprenderás a tener misericordia con el hermano. No es la ofrenda de las cosas materiales lo que agrada a Dios, sino la ofrenda de un corazón humilde y lleno de amor. Ese tendrá que ser el estilo de una auténtica oración.
‘El publicano se quedó atrás, no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sólo se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios, ten compasión de este pecador’. Pedía y sentía la misericordia de Dios en su vida, estaba aprendiendo también a tener misericordia con los demás.
Cuando sientas la tentación de despreciar por cualquier motivo a alguien, mírate a ti mismo y tu condición pecadora. Mira el amor de Dios que te ha perdonado y vete a perdonar, a tener compasión y misericordia con el hermano.

viernes, 12 de marzo de 2010

Una parábola que es un tríptico de luces, sombras y transparencias



Josué, 5, 9-12;
Sal. 33;
2Cor. 5, 17.-21;
Lc. 15, 1-3.11-32


‘Que el pueblo cristiano se apresure con fe viva y con entrega generosa a celebrar las próximas fiestas pascuales’. Así hemos pedido en la oración en este tercer domingo de Cuaresma. Es nuestro deseo y es el esfuerzo que queremos ir haciendo en este camino cuaresmal dejándonos iluminar por la Palabra de Dios, orando con mayor intensidad al Señor y haciendo la ofrenda de nuestra austeridad y espíritu penitencial.
Hoy la palabra de Dios nos ha ofrecido unos textos hermosos de hondo contenido y que han de ayudarnos en ese camino. Decir que las actitudes de los fariseos sobre todo hacia los publicanos y pecadores provocaron el que Jesús nos propusiese esta hermosa parábola. ‘Solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle…’ nos señala el evangelista. Pero ahí está el rechazo, la murmuración de los fariseos que incluso pretendían manchar el nombre de Jesús, como queriendo decir que Jesús era de la misma condición. Jesús, el médico que venía a sanar a los enfermos, a dar vida a los que se sentían muertos, a alcanzar el perdón para todos los pecadores fueran quienes fueran. ‘Ese acoge a los pecadores y come con ellos’.
Esta hermosa parábola que Jesús nos propone es como un hermoso tríptico en transparencia. Y ahora me explico. Un tríptico cuyo centro está lleno de luz y que quiere disipar las sobras y tinieblas de las tablas laterales. Un tríptico en transparencia porque a través de sus figuras se nos va a ver a nosotros, o hemos de vernos nosotros en lo que somos y en lo que Dios quiere transformarnos.
Unas tablas llenas de sombras. El hijo menor que le pide al padre la parte de la fortuna que le toca y que ‘juntando todo lo suyo emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente’. Y en esa transparencia vemos nuestros negros sueños ansiando libertad para vivir nuestra vida prescindiendo de lo bueno de la casa paterna. Es la expresión de cómo nos alejamos de Dios. Quería vivir su vida, queremos vivir nuestra vida; no queremos nada que nos sujete, ningún principio que nos oriente y nos guíe. Es el no que damos a Dios cuando no aceptamos su voluntad, cuando dejamos al margen de nuestra vida el cumplimiento de los mandamientos. Nos dejamos arrastrar por el vértigo de la vida, de los deseos de placer o por el materialismo que a la larga nos va a atar en la peor de las esclavitudes.
Vendrán las soledades, los vacíos, los sin sentidos de la vida; las añoranzas de lo que pudo ser y no fue; al final el arrepentimiento porque en el fondo vamos a sentir el peso del mal. ‘Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras que yo aquí me muero de hambre… le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba de comer…’ Vacío y soledad. Cuántos vacíos arrastramos por la vida cuando hemos perdido el sentido de las cosas. cuánta soledad en la superficialidad de unas relaciones meramente interesadas y muchas veces egoístas.
Pero la otra tabla está también llena de sombras. El hijo mayor podía parecer el bueno y el cumplidor porque se había quedado en la casa del padre. Pero quizá estaba más lejos que el hermano que se había marchado. Cuando la pasión corroe nuestro espíritu, cuando el orgullo o la envidia nos ciegan, cuando el egoísmo nos hace interesados porque a todo queremos sacarle ganancia – ‘a mí nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos’ -, cuando la soberbia nos hace subirnos en los pedestales de los que nos creemos mejores y despreciamos a los demás – que parecida a la actitud de los fariseos, ‘tantos años como te sirvo sin desobedecer una orden tuya… no soy como esos…’ -, entonces también nuestra vida está llena de sombras. Y en esas sombras estamos trasparentándonos nosotros también.
Pero el centro del tríptico, donde está verdaderamente el personaje central y principal, el verdadero protagonista de la parábola, está lleno de luz. Es el padre que no se cansa de amar; que espera pacientemente y que respeta las decisiones y la libertad de los hijos; que sale al encuentro del hijo que viene o del que no quiere acercarse; que ofrece el abrazo del perdón y de la reconciliación sin recriminaciones ni petición de explicaciones; que restaura la dignidad perdida del hijo al que siempre seguirá amando y tratando como tal; que hace fiesta grande en la vuelta del hijo perdido y encontrado; que nos invita a todos a esa fiesta y banquete de amor y de reconciliación; que busca siempre la reconciliación y la paz.
Cuántos detalles del amor de Dios nos da la parábola. El hijo que había decidido levantarse para volver al encuentro del padre camina quizá lleno de temor porque aún no ha aprendido todo lo que es el amor que el padre le tiene, pero el padre corre al encuentro de su hijo para recibirle lleno de alegría – ‘al verlo se conmovió echando a correr’ -; el hijo había preparado sus palabras de arrepentimiento – ‘padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo…’ - pidiéndole que le recibiera al menos como un jornalero, pero para el padre sigue siendo el hijo que vuelve y le reintegra en toda su dignidad, vistiéndole con la túnica nueva de la gracia, poniendo en su dedo el anillo de los hijos y en sus pies las sandalias de la dignidad recobrada.
Y es que en este tema de la reconciliación y reencuentro todo es cosa de Dios y las cosas de Dios son distintas. ‘Todo esto nos viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo…’ que nos decía san Pablo. ‘Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuenta de sus pecados.’
También en la transparencia de este cuadro central lleno de luz tenemos que vernos nosotros; nosotros en ese caminar hacia el padre con el arrepentimiento de nuestras sombras y pecados, sintiendo también ese abrazo de amor y participando también de esa fiesta y de ese banquete que el Señor ha preparado para nosotros. Pero recogiendo el sentir de lo que san Pablo nos ha dicho que ‘a nosotros nos encargó el ministerio de la reconciliación’.
Ministerio que ejerce la Iglesia en toda la acción pastoral y en la celebración de los sacramentos, pero ministerio que en cierto modo tenemos todos los que creemos en Jesús. Esto tendría también muchas consecuencias para nuestro actuar. Vivimos en nosotros la experiencia de sentirnos reconciliados con Dios, pero ¿no tendríamos que hacer partícipes de ese gozo a todos los hombres nuestros hermanos? También nosotros hemos de saber salir al encuentro con el otro para anunciarles ese misterio del amor de Dios que es tanto y tan grande que nos ha entregado a su propio Hijo. ‘Gustad y ved, qué bueno es el Señor’, hemos de decirle a todos con el salmo.
Hay un sacramento en el que de manera especial vivimos esta reconciliación y este reencuentro del hijo pecador con el Padre bueno que nos ama, que es el sacramento de la Penitencia o de la Reconciliación. Con lo que hemos reflexionado hoy en esta parábola quizá tendríamos que preguntarnos si con el mismo gozo, alegría y esperanza vivimos nosotros la celebración de este sacramento. No otra cosa vamos a recibir en él que el abrazo de amor y de perdón del Padre que en Cristo nos ha perdonado. Lejos de nosotros temores, nervios y agobios cuando vamos al sacramento. No olvidemos que el Padre de toda misericordia está esperándonos con su amor para darnos ese abrazo de paz y de perdón.

¿Un examen de catecismo o un examen de amor?

Os. 14, 2-10;
Sal. 80;
Mc. 12, 28-34

Pareciera que el escriba quisiera hacerle un examen de catecismo a Jesús. ‘¿Qué mandamiento es el primero de todos?’ Como tenía la misión de ser maestro de la ley en Israel, quería poner a prueba a Jesús. Y Jesús pasó la prueba porque respondió citando textualmente al libro del Deuteronomio con algo que además todo buen judío sabía de memoria y además lo repetía, como una oración, varias veces al día.
‘Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. Y el segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’.
Por eso el escriba vino como a aprobar lo que Jesús decía: ‘Muy bien, maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es único y no hay otro Dios más que El y hay que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y el amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’. Pero será Jesús el que diga la palabra final al escriba: ‘No estás lejos del Reino de Dios’.
¿Estaremos nosotros lejos o cerca del Reino de Dios? ¿Es en verdad Dios el único Rey y Señor de nuestra vida porque le amamos con todo el corazón y sobre todas las cosas? No son preguntas sin importancia las que nos estamos haciendo. Porque igual cuando hacemos el examen de conciencia y repasamos los mandamientos por el primer mandamiento pasamos rápido porque damos por sentado que amamos al Señor.
Es un examen profundo el que tenemos que hacernos sobre nuestra fe y nuestro amor. El camino cuaresmal que estamos realizando a eso nos invita. Es una revisión, un examen para nuestra renovación, para nuestro crecer más y más en nuestra fe y en nuestro amor. Por eso tenemos que detenernos para ver cuál es la calidad de nuestro amor a Dios para que sea en verdad el centro y razón de ser de nuestra existencia, de todo lo que vivimos y de todo lo que hacemos.
Nos pudiera parecer repetitivo pero es necesario que lo hagamos. Porque tenemos el peligro y la tentación de ponernos otros ídolos en la vida, de buscar otros apoyos, de poner a un lado en ocasiones nuestra fe en el Señor. Y esto hasta nos puede suceder viniendo como hacemos a Misa todos los días, porque aunque estemos aquí en la celebración nuestra mente, nuestros deseos, nuestros sueños pueden estar por otro lado. ¡Cuántas veces nos distraemos, aunque nuestros labios estén pronunciando las oraciones, nuestra mente y nuestro corazón están en otro lado!
Esa invitación que nos hace una vez más el profeta, en este caso Oseas, es necesario que la escuchemos bien en lo más hondo de nosotros mismos. Fijémonos en lo que nos dice: ‘Israel, conviértete al Señor Dios tuyo, porque tropezaste con tu pecado… volved al Señor y decidle: Perdona del todo la iniquidad, recibe benévolo el sacrificio de nuestros labios. No nos salvará Asiria, no montaremos a caballo, no volveremos a llamar Dios a la obra de nuestras manos…’
Por qué dice eso el profeta? Eran momentos en que Israel se sentía tentado, o a mantenía firme su fe en el Señor o se hacia unos ídolos en quien apoyarse; en la hora de la batalla fiarse más de sus fuerzas, sus ejércitos o sus caballerías que poner su confianza en el Señor. Su conversión consistía en volverse totalmente a Dios y sólo en El poner toda su confianza. Por eso las expresiones que usa el profeta.
Es lo que nos puede suceder a nosotros donde demos prioridad a nuestros orgullos o a nuestras fuerzas humanas antes que la confianza y el amor que hemos de poner en el Señor. Por eso sí, nos preguntamos por la calidad de nuestro amor a Dios, si en verdad lo amamos con todo el corazón, con toda nuestra mente, con todo nuestro ser.
‘Yo soy el Señor, Dios tuyo; escucha mi voz’, repetimos en el salmo. Es el Señor, amémosle en verdad sobre todas las cosas y mostremos ese amor escuchándole y haciendo en todo su voluntad.

jueves, 11 de marzo de 2010

Escuchemos la voz del Señor no endurezcamos el corazón

Jer. 7, 23-28;
Sal. 94;
Lc. 11, 14-23

‘Ojalá escuchéis hoy su voz; no endurezcáis vuestro corazón’. Hermoso responsorio del salmo que nos invita una vez más a escuchar la voz del Señor.
Un salmo que nos recuerda un momento duro en la historia de Israel. Digo duro, no sólo por la dificultad del camino del desierto, sino sobre todo por la crisis y rebelión que pasaba por el corazón de los israelitas. Les costaba ver las acciones de Dios, aún recorriendo aquel camino hacia la libertad de un pueblo nuevo donde tantas obras maravillosas iba realizando el Señor que los había sacado de la esclavitud de Egipto y les había hecho atravesar el mar Rojo.
Pero el camino del desierto era duro, como decíamos, y se rebelaron contra el Señor. Es la situación a la que hace referencia el salmo. ‘No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras’.
Es lo que nos repite el profeta Jeremías. Habían hecho Alianza con el Señor para que El fuera el único Dios y ellos su pueblo, ‘pero no escucharon ni prestaron oído; caminan según sus ideas, según la maldad de su corazón… Aquí está la gente que no escuchó la voz del Señor su Dios y no quiso escarmentar’.
Como siempre nos preguntamos al escuchar la Palabra del Señor y reflexionar y orar con ella. ¿Y nosotros? ¿seremos también sordos a la voz del Señor? ¿endureceremos también nuestro corazón?
Creo que con sinceridad y humildad hemos de venir a ponernos delante del Señor para que nos sane y nos salve. El evangelio hoy nos habla de un hombre poseído por un espíritu maligno que era mudo. Y Jesús le curó. Y a aquel hombre se le soltó la lengua, se le abrieron los sentidos para oír y para hablar. ¿Seremos sordos y mudos nosotros también?
Algo de eso puede haber en nuestra vida. ¿Seremos sordos o nos haremos los sordos? ¿Estaremos tan aturdidos por las cosas de la vida que, como aquellos que andan siempre en el fragor de ruidos fuertes y estridentes, habremos perdido la capacidad de escuchar un suave murmullo o un sonido delicado? No somos capaces de escuchar ese suave susurro con el que el Señor quiere llegar hasta nosotros y hablarnos.
Lo mismo nos hemos acostumbrado tanto a la superficialidad de las palabras huecas y vanas, o de palabras estridentes y llenas de maldad o de violencias, de maldiciones o improperios, que ya no somos capaces de pronunciar una palabra buena de bendición y de alabanza. Ni bendecimos y alabamos al Señor, ni tenemos palabras buenas y bellas, llenas de ternura y delicadeza para los que están a nuestro lado. Hablaremos de todas las materialidades y sensualidades posibles, pero no seremos capaces de pronunciar santamente el nombre de Dios, o de llevar una palabra o un gesto de amor verdadero a los demás.
Vamos a dejarnos sanar y salvar por el Señor. Que toque nuestros labios, que toque nuestro corazón, que nos llene de vida, de luz, de amor, de gracia, de paz. El nos ofrece vida y salvación pero nosotros hemos de responder. Por eso vamos a cuidarnos también como nos dice el final del texto del evangelio de hoy. Hemos de estar atentos, vigilantes, bien fortalecidos con la gracia del Señor, para cuando nos llegue el momento malo de la tentación, que podrá venir muy fuerte y hacernos caer de nuevo.
‘Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros. Pero si otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte el botín’. No nos creamos seguros que podemos caer. Eso nos pasa muchas veces en nuestra vida espiritual y en nuestro lucha contra el pecado. No abandonemos la vigilancia que puede volver la tentación. Llenémonos de la gracia del Señor que nos fortalece y así podremos vencer siempre al maligno. Escuchemos la voz del Señor para no endurecer nuestro corazón, sino para que siempre resplandezca la gracia y la santidad de nuestra vida.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Guarda los mandatos y preceptos que te doy que son tu sabiduría y tu prudencia

Deut. 4, 1.5-9;
Sal. 147;
Mt. 5, 17-19

‘Escucha los mandatos y decretos que yo os enseño a cumplir; así viviréis, entraréis y tomaréis posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar’. Así hablaba Moisés al pueblo antes de entrar en la tierra prometida.
Nosotros en este camino cuaresmal que estamos haciendo y que nos conduce a la Pascua así también escuchamos esta Palabra del Señor como una invitación a la vida, a vivir y a vivir en plenitud. Jesús nos lo corrobora hoy en el evangelio donde nos dice que no va a suprimir el mandamiento de Dios sino, todo lo contrario, a darle plenitud. ‘No penséis que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolir sino a dar plenitud’.
Con los salmos más de una vez hemos cantado ‘tu palabra me da vida, confío en ti, Señor; tu palabra es eterna, en ella esperaré’. Palabra de vida, palabra que da vida; palabra en la que ponemos toda nuestra confianza, que nos llena de esperanza, que nos conduce a la plenitud.
‘Guardarlos y cumplidlos, porque ellos son vuestra sabiduría y vuestra prudencia ante los demás pueblos’, nos decía el libro del Deuteronomio. Tenemos que convencernos de la verdad de estas palabras, nuestra sabiduría y nuestra prudencia. Moisés le dice al pueblo que los otros pueblos se van a admirar de la sabiduría que contiene la ley del Señor, y que precisamente en ella van a descubrir como el Señor está en medio de su pueblo. ‘Dirán: cierto que es un pueblo sabio y prudente… porque ¿cuál de las grandes naciones tiene unos dioses tan cercanos¿ ¿y cuál de las naciones tiene unos mandatos y decretos tan justos como toda la ley que hoy os voy a promulgar?’
Los hombres pareciera que queremos enmendarle la plana a Dios y pensamos que con nuestras leyes humanas vamos a conseguir algo mejor para el hombre que lo que nos pide y enseña la ley del Señor. Algunas veces hasta los cristianos pareciera que estuviéramos acomplejados. Las gentes del mundo nos dicen que quieren promulgar leyes mas justas y que los principios y normas nacidas de la religión no tienen que ser las que se impongan a la sociedad que tiene que hacerse sus propias leyes. y quieren demostrarnos su verdad desde su manera de entender las cosas.
Pero ¿es que acaso la ley del Señor, la ley evangélica, en algún momento va a ir en contra de la persona o buscar el daño o la muerte del hombre o de la mujer? Ninguno de los mandamientos de Dios irá contra el hombre, contra la persona. La ley del Señor es siempre ley de vida y lo que quiere la vida. Los hombres nos cegamos y con que facilidad dejamos meter la muerte en medio de nosotros y hasta la permitimos en nombre de no sé qué principios o derechos humanos, como sucede en leyes promulgadas recientemente en nuestra tierra como lo es la nueva ley del aborto. ¿Es que puede haber algo más sublime y más justo que todo lo envolvamos y empapemos en el mandamiento del amor que Jesús nos dará como plenitud de toda la ley de Dios?
Sintamos el orgullo de querer vivir en la ley del Señor; que sea en verdad la norma y el cauce de nuestra vida; que sea nuestra sabiduría y nuestra prudencia, como nos decía el Deuteronomio. Hundamos de verdad las raíces de nuestra vida en el mandamiento del Señor queriendo que sea el sentido de nuestra vida. Busquemos y amemos en todo momento lo que es la ley del Señor.
Y como se nos decía el final de la lectura del Deuteronomio ‘cuidado, guárdate muy bien de olvidar los hechos que presenciaron tus ojos, que no se aparten de tu memoria mientras te dure la vida’. Que no olvidemos nunca las acciones del Señor, como hemos cantado en más de una ocasión con los salmos; que no olvidemos el maravilloso amor que el Señor nos tiene y que de tantas maneras lo hemos experimentado a lo largo de nuestra vida. Dios ha estado con nosotros, se ha hecho presente en nuestra vida y su ley es la expresión del amor grande que nos tiene que buscará siempre lo mejor para el hombre que ha creado y que ha redimido haciéndolo hijo. ¿Cómo no obedecer la ley del Señor después de tanto amor que el Señor nos tiene?

martes, 9 de marzo de 2010

Seamos misericordiosos como grande es la misericordia del Señor

Dan. 3, 25.34-43;
Sal. 24;
Mt. 18, 21-35

‘Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿hasta siete veces?’ Es la pregunta de Pedro a Jesús. Y ya sabemos cómo Jesús sentencia firme y tajantemente que tenemos que perdonar siempre. Y además nos propone la parábola del hombre que es perdonado y luego no sabe perdonar a su hermano.
Pero antes de entrar en más detalles con sinceridad reconozcamos, ustedes y yo también, que esa pregunta de Pedro nos la hacemos nosotros muchas veces. Nos cuesta perdonar, seamos sinceros. Nos cuesta perdonar, cuando aquel que nos ha ofendido o nos ha molestado es reincidente en su ofensa o en su molestia. Pero, ¿tengo que perdonarlo otra vez?
La parábola que nos propone Jesús nos hace mirarnos a nosotros mismos por muy santos y buenos que nos creamos. Somos pecadores, y no pecadores de una vez, sino pecadores reincidentes. ¿Te habrás parado a ennumerar cuantas veces te has acercado a Dios para pedirle perdón por tus pecados en los que reincidimos una y otra vez? Y ¿qué hace el Señor? ¿Nos dirá porque ya te perdoné una vez ese pecado y has vuelto a caer en el mismo ya no te voy a perdonar más? No es así la misericordia de Dios.
Por eso la parábola nos está invitando a que seamos conscientes cómo el Señor nos ha perdonado y nos ha perdonado una y otra vez. ‘Un rey quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos… arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo… tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar perdonándole la deuda’.
Así es de generoso el Señor. No podemos pagar porque la ofensa es grande. Es el amor infinito de Dios el que hemos ofendido. Será ese amor infinito de Dios, que nos entrega a su Hijo que derrama su sangre y entrega su vida por nosotros, el que borra nuestras culpas, perdona nuestros pecados.
¡Qué hermosa oración la de Azarías en el libro de Daniel! Es la oración del hombre que se siente pecador; es la oración del pueblo que reconoce su pecado y su infidelidad. ‘Somos los más pequeños de todos los pueblos; hoy estamos humillados por toda la tierra a causa de nuestros pecados… acepta nuestro corazón contrito, y nuestro espíritu humilde…’ más que todos los holocaustos y sacrificios ‘sea hoy éste nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia, porque los que en ti confían no quedan defraudados…’ ¡Cómo tendríamos que aprender a presentarnos ante el Señor con sinceridad, con humildad, con amor.
Si consideramos todo esto, ¿por qué no somos compasivos y misericordiosos con nuestros hermanos? Ya sabemos cómo continúa la parábola. El que encontró compasión con su señor no fue capaz de tener compasión con su compañero. El debía diez mil talentos y se les perdonaron, a él le deben cien denarios y no es capaz de perdonar. ¿Merecía compasión de su señor el que no había sido capaz de tener compasión con su compañero?
‘¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano?’ es la pregunta que nos hacemos. Considera lo que el Señor te perdona a ti para que tú tengas igualmente compasión del hermano.
‘Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’, decimos en el padrenuestros como nos enseñó Jesús. ¿Lo pediremos con autenticidad y sinceridad cuando rezamos el padrenuestro cada día? ¿Quién soy yo para juzgar y condenar al hermano? Por qué si tuvo un día la desgracia de caer le voy a seguir teniendo en cuenta para siempre su caída (su pecado)? Seamos misericordiosos como grande es la misericordia del Señor.

lunes, 8 de marzo de 2010

Sólo los de corazón humilde se llenarán de Dios

2Rey. 5, 1-15;
Sal. 41;
Lc. 4, 24-30

La sabia pedagogía de la cuaresma nos va ayudando a recorrer este camino que nos prepara y nos conduce a la Pascua, iluminándonos con la Palabra de Dios que cada día se nos proclama.
Repetidos anuncios de Pascua se nos van haciendo para que no olvidemos la meta de este camino, que son anuncios de pasión y cruz como hoy se refleja en el rechazo de las gentes de Nazaret que ya incluso quieren llevar a la muerte a Jesús. ‘Lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo…’
Pero también la palabra nos ilumina y nos ayuda en diferentes aspectos de nuestra fe y nuestra vida cristiana que hemos de ir aquilatando y purificando muy bien para que nuestra fe sea la más auténtica y vivamos con toda intensidad la celebración de la Pascua y haya en verdad pascua salvadora en nuestra vida.
Jesús había sido bien recibido en principio en su presentación en la sinagoga de Nazaret. Estaban llenos de orgullo por las palabras de gracia que salían de su boca, y era una de ellos, allí se había criado y por allí estaban sus parientes, presentes quizá algunos también en aquella ocasión en la sinagoga.
Pronto, sin embargo, se volverían interesados. ‘¿Por qué no haces aquí los milagros que sabemos que has hecho en Cafarnaún?’ No era por ese camino por dónde habían de aceptar a Jesús. no era ésa la fe que Jesús quería provocar en ellos. Y esa clarificación va hacer que surja el rechazo, que, como dijimos, en cierto modo es anuncio de pasión y de pascua.
‘Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra’. Y les recuerda ‘muchas viudas había en Israel en tiempos de Elías… muchos leprosos habían en Israel en tiempos de profeta Eliseo…’ Pero a quienes se va a manifestar la acción de Dios y la gloria del Señor es al que, sintiéndose pobre y vacío de sí mismo porque nada tiene pos sí ni le tienta el orgullo, acude con fe al Señor. Será la viuda de Sarepta que llegará a dar el último puñado de harina y el poco aceite que le queda para hacerle un panecillo al profeta; será Naamán, el sirio, cuando se apea de su orgullo, que además no son judíos sino extranjeros.
Precisamente en la primera lectura hemos escuchado el relato de la curación de Naamán, el sirio. Un relato que nos trasmite todo un proceso que se realiza en aquel hombre. Mientras el sirio se presenta desde la prepotencia de sus riquezas y poderes, desde el orgullo de su condición de hombre poderoso, no va a obtener la curación. Cuando se baja del caballo de su orgullo y se sumerge humildemente en las aguas del Jordán como le pedía el profeta aunque fuera un río menor comparado con los de su tierra y lo que le pidiera Eliseo eran cosas humildes y sencillas, es cuando va a obtener el favor de Dios, es cuando nacerá la verdadera fe en él.
Se había presentado cargado de riquezas y opulentos dones. Quería que poco menos que el profeta se postrase ante él como si Dios estuviera a su servicio. Pensaba que así podría comprar el favor de Dios. ¿Nos sucederá a nosotros algo parecido? Buscamos grandiosidades, nos creemos merecedores de todo, ante todos y ante Dios, porque yo he sido bueno,, porque yo he hecho tantas cosas buenas. Hasta tengo el reconocimiento de los hombres en una plaquita con mi nombre puesta donde todos la vean, o tengo tantos diplomas merecidos por mis cosas buenas… No serán cosas así, pero muchas veces nos presentamos con nuestros orgullos ante Dios.
¿De qué me vale ganar todo el mundo… tener el reconocimiento y la alabanza de todos? ¿Qué es lo verdaderamente importante? Bajémonos del caballo de las prepotencias donde tenemos la tentación tantas veces de subirnos, de nuestra soberbia. Sólo los de corazón humilde se llenarán de Dios. Ya decíamos al principio que este tiempo nos ayuda a aquilatar y purificar nuestra fe.

domingo, 7 de marzo de 2010

Una llamada a transformar nuestro corazón en el amor y la solidaridad

Ex. 3, 1-8.13-15;
Sal. 102;
1Cor. 10, 1-6.10-12;
Lc. 13, 1-9


En tiempo de crisis respiremos esperanza. Me encontré con esta frase en estos días y creo que nos puede valer para iniciar nuestra reflexión de hoy. Es la esperanza una virtud que no puede faltar al cristiano. Y son muchas las razones que tenemos los que creemos y seguimos a Jesús para tener esperanza. Duras pueden ser las situaciones que vivamos por lo que nos va dando la vida, pero en todo ello hemos de saber leer con fe lo que el Señor nos quiere decir o nos pide.
Es necesaria una actitud de fe y de disponibilidad para dejarnos guiar y enseñar por el Señor que nos habla y nos habla también en esos acontecimientos. Porque la palabra de Dios que se nos proclama no es ajena a lo que nos sucede en la vida nuestra de cada día. Nos ilumina para que sepamos comprender el sentido de lo que vivimos y sepamos descubrir también en esos acontecimientos lo que el Señor quiere decirnos. Podíamos decir que hay como una iluminación mutua.
Acudieron a Jesús para contarle algo desagradable que había sucedido en Jerusalén y en el templo. ‘Se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilatos con la de los sacrificios’. Para un judío era algo abominable y ya estaban queriendo ver castigos de Dios o culpabilizaciones por considerarlos quizá unos pecadores merecedores de castigo. Y es en lo que Jesús quiere hacerles reflexionar. ‘¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así?’ Y Jesús dejó la lección diciéndonos que eso es una invitación a que nosotros nos convirtamos. Y les recuerda también lo sucedido con los que murieron aplastados por la caída de la torre de Siloé.
Creo que es lo que tenemos que aprender nosotros. Es una invitación a la conversión. Como ya dejamos entrever desde el comienzo de esta reflexión, pero además es cosa que todos palpamos muy bien, los momentos en que vivimos no son fáciles; por una parte la crisis económica que vive nuestra sociedad que está llevando a la pobreza a muchísimas familias que lo están realmente pasando mal, pero también los acontecimientos que suceden en el mundo; llevamos realmente unos días bien duros con terremotos y catástrofes por muchos lugares, Haití, Chile, Taiwan, por no mencionar guerras y atentados en tantos lugares.
Podemos sentir miedo, pensar en castigos de Dios y no sé cuantas cosas más. Pero quizá a través de todas esas cosas, ¿no querrá el Señor despertar nuestro corazón para que en verdad nos comprometamos para hacer un mundo mejor entre todos? Hay sufrimiento por todas partes, pero ¿cuál tendría que ser nuestra reacción? ¿No nos puede servir todo esto como una llamada a mejorar nuestro corazón, a que en verdad nos sintamos más impulsados al amor y a la solidaridad? Realmente contemplamos cómo tras todas estas cosas que se suceden se despierta en muchísimas personas por todas partes la solidaridad y el amor.
En la primera lectura escuchamos el episodio de la zarza ardiendo que fue la llamada de Dios a Moisés para confiarle la misión de ser el liberador de sus hermanos los israelitas de la esclavitud de Egipto. Podemos fijarnos un poquito en este episodio porque podría orientarnos y darnos luz para lo que hemos de hacer de alguna manera.
Ante Moisés está este suceso extraño de una zarza que arde pero que no se consume. Moisés se acerca para ver y averiguar qué es lo que realmente esta sucediendo. En su búsqueda escucha la voz de Dios que le llama. ‘Moisés, Moisés… no te acerques, quítate las sandalias, pues el sitio que pisas es terreno sagrado…’ Una primera actitud que Dios le está pidiendo a Moisés, tiene que despojarse de sus sandalias. Para escuchar a Dios, para sentir y descubrir lo que Dios le dice y le pide, hay que despojarse de muchas cosas, de muchas ideas preconcebidas o de muchos apoyos humanos.
Será entonces cuando Dios se le revele. ‘Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob… he visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas… me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a liberarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel’. El Dios que escucha a su pueblo; ‘el Señor compasivo y misericordioso’, como hemos recitado en el salmo; el Dios que nos quiere liberar de toda opresión y sufrimiento para darnos una nueva tierra, una nueva vida.
Surge entonces el compromiso y la disponibilidad de Moisés en lo que el Señor le pide. ‘Yo iré a los israelitas y les diré: el Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros…’ Pregunta Moisés por el nombre de Dios, pero lo importante será la actitud comprometida de Moisés que se siente enviado por Dios para hacer un nuevo pueblo libre de toda esclavitud.
San Pablo, en la segunda lectura, al recordar un poco la historia de Israel, nos dice que ‘todo esto sucedía como un ejemplo y fue escrito para escarmiento nuestro…’ para nuestra enseñanza. Es lo que tenemos que saber deducir de la Palabra que se nos proclama y en esta situación concreta del mundo en el que vivimos. Nos está pidiendo el Señor una nueva actitud en nuestro corazón, un cambio profundo dentro de nosotros porque en verdad hemos de hacer un hombre nuevo y un mundo nuevo y mejor.
Pero, ¿cuál es la respuesta que damos a lo que el Señor nos va señalando y pidiendo? Jesús nos ha propuesto una pequeña parábola hoy en el evangelio. La parábola de la higuera a la que vino a buscar fruto, pero al no darlo se iba a arrancar. ‘Llevo tres años viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador contestó. Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto…’
Es la espera del Señor por nuestra conversión y nuestra vuelta a El. Tenemos que dar frutos. Pero hemos de hacer lo necesario para dar esos frutos. Desde el reconocimiento de lo que es nuestra vida infructuosa a veces y otras llena de malos frutos, de malas obras, hasta el cultivo que hemos de hacer de nuestra vida en esa escucha de Dios para descubrir lo que es su voluntad en todo momento; es ése en verdad dejarnos alimentar por su gracia que llega a nosotros en los sacramentos y en la oración; es ése ponernos nosotros en camino seriamente de producir esas buenas obras, de cambiar nuestro corazón, de vivir en un nuevo estilo de amor y de solidaridad; es ése comprometernos por hacer que nuestro mundo, empezando por ese mundo concreto en el que vivimos, sea cada día mejor y todos podamos ser en verdad más felices, porque seamos capaces de mitigar el sufrimiento de los demás y compartir generosamente lo que somos y tenemos con los que están a nuestro lado.
¿Daremos respuesta a lo que Dios nos pide? ¿daremos los frutos de la conversión?

sábado, 6 de marzo de 2010

Un retrato de nuestros vacíos pero también del encuentro con la plenitud del amor


Miq. 7, 14-15.18-20;
Sal. 102;
Lc. 15, 1-3.11-32


‘Celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto, y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado. Y comenzaron el banquete’. Es la alegría y la fiesta en la vuelta del hijo pródigo. Es la alegría y la fiesta del corazón lleno de amor de un padre hacia un hijo perdido y que ha vuelto.
Es una de las parábolas más hermosas del evangelio. Si cuando escuchábamos ayer la parábola de la viña y los viñadores hablábamos de la historia de amor de Dios sobre nuestra vida, hoy me atrevo a decir que esta parábola es un retrato fiel de nuestra búsqueda y de nuestra huída, de nuestros vacíos y nuestras oscuridades, de nuestros caminos de soledad y hastío y del encuentro con la desnudez de nuestra vida rota y sin sentido, el retrato, finalmente, del encuentro con la plenitud del amor.
Quiere el hijo vivir su vida. ‘Padre, dame la parte que me toca de mi fortuna…’ Corre loco en búsqueda de libertad y de loca felicidad. ‘No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente’. El quería andar por su camino y sólo el suyo, pero se confundió y erró la dirección.
¿Qué es lo que se encontró? El vacío y la desnudez de su vida. ‘Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad’. Comenzó la oscuridad de su vida. Había huido pensando que iba a encontrar la felicidad y se encontró con la peor de las tristezas. Se encontró con su vida rota y ahora que estaba vacío de todo interiormente nada encontraba que pudiera llenarlo. No era sólo llenar el estómago, aunque deseara comer las algarrobas que comían los cerdos. Era la miseria y el silencio de su soledad.
En la noche oscura, sin embargo, siempre aparece una luz que te hace desear lo mejor, aunque desesperado no parece terminar de encontrarla. Será el recuerdo de lo perdido. ‘Cuantos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre…’ Será el deseo de algo que le llene por dentro sus vacíos. ‘Trátame, al menos, como a uno de tus jornaleros’.
Algo le mueve a levantarse y a comenzar la búsqueda de la verdad de su vida. ¿Dónde encontrarla? El padre le espera, aunque todavía su corazón está lleno de miedos. ‘Sí, me levantaré, me pondré en camino a donde está mi padre…’ En el fondo le queda algo de confianza de poder ocupar un lugar, aunque sea pequeñito. ‘Se puso en camino adonde estaba su padre’.
Lleva la lección bien aprendida de lo que tiene que decirle a su padre. ‘He pecado contra el cielo y contra ti. No merezco llamarme hijo tuyo…’ Pero el padre no está para los discursos sino para los besos y los abrazos. ‘El padre lo vio y se conmovió y echando a correr se le echó al cuello y se puso a besarlo’.
Va a encontrar la alegría verdadera de sentirse amado y perdonado; va a encontrar la fiesta de la felicidad verdadera, de la que nunca se querrá ya apartar. Comenzó la fiesta del perdón, del amor y de la vida.
Andamos confundidos en nuestras búsquedas y queremos andar nuestros caminos, caminos que muchas veces nos llevan también al vacío y a la desdicha. Son duras y tremendas las soledades que nos quedan en el alma.
Seamos capaces de pararnos, de detenernos, de levantarnos, de ponernos en camino hacia los brazos del padre. Los pies y los brazos del padre que nos buscan y nos ofrecen el abrazo del perdón y la vida son más veloces que nuestros pasos. Cuando nosotros aún temblorosos queremos iniciar el camino ya aquellos pasos corren hacia nosotros y ya esos brazos nos están rodeando en un abrazo de amor. Así es el amor y la misericordia de Dios que es nuestro Padre.
Dejémonos alcanzar, abrazar, amar por un amor tan grande que es infinito como infinito es el corazón de Dios. Todo será distinto.

viernes, 5 de marzo de 2010

Una historia de amor y desamor, la de Dios y la mía

Gén. 37, 3-4.12-13.17-28;
Sal. 104;
Mt. 21, 33-46

‘Los sumos sacerdotes al oír sus parábolas comprendieron que hablaba de ellos’, así lo corrobora el evangelista. ‘Y aunque buscaban echarle mano, temieron a la gente que tenía a Jesús por profeta’.
La parábola que llamamos de los viñadores homicidas es un buen reflejo de la historia de Israel, de la historia de la salvación, que es la historia de amor de Dios por su pueblo y de la respuesta de Israel. Tendríamos que preguntarnos ya ¿no será reflejo también de nuestra respuesta?
El inicio de la parábola de Jesús nos trae resonancias de la alegoría de la viña que nos narra el profeta Isaías. Nos plantea el amor de Dios por su pueblo, por nosotros; igual que aquel viñador había preparado con mimo su viña dotándola de todo lo necesario para que fuera una buena finca que pudiera producir abundantes frutos, así eligió Dios a su pueblo, lo cuidó y lo preparó, le hizo llegar profetas y reyes que lo guiaran en su nombre, pero ya sabemos cuál es la historia de la respuesta del pueblo de Dios, la historia de su pecado.
Envió profetas y nos envió a su propio Hijo. ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna’. Allí estaba Jesús en medio de su pueblo; ‘vino a los suyos y los suyos no lo recibieron’ como ya decía Juan al principio del Evangelio. También como al hijo de la parábola sería arrojado fuera de la viña para darle muerte – ‘empujándolo fuera de la viña lo mataron’ -, Jesús será llevado también fuera de la ciudad santa, a las colinas del calvario para allí ser crucificado, mostrándonos la señal más hermosa y más grande de su amor por nosotros, ‘porque nadie tiene más amor que el que da la vida por el amado’. Así entregará su vida por nosotros y por nuestra salvación.
Creo que ya vamos haciendo una lectura de la parábola no sólo en la clave de lo que fue la historia de Israel, el antiguo pueblo de Dios, sino en la clave de nuestra propia historia. ¡Cuánto es lo que tenemos que reconocer que Dios ha hecho por nosotros, y tenemos que decir, por ti, por mí! Cada uno tiene que recordar y reconocer aunque sea a grandes rasgos lo que Dios ha hecho en la historia de su propia vida, cómo Dios ha actuado en su vida. Como María también nosotros tenemos que decir ‘el Señor ha hecho obras grandes en mí’. Por eso decíamos en el salmo: ‘recordad las maravillas que hizo el Señor’.
Es una hermosa historia de amor de Dios por mí. Pero una historia que he llenado de sombras y de muerte con mi pecado y mis infidelidades. Cada uno sabe donde está sus debilidades y tropiezos, y cuáles son las tentaciones que no he superado y cuál es mi historia de desamor.
Como aquello del evangelio hoy también tenemos que pensar que Jesús está hablando por nosotros, de nosotros. ¿Se nos quitará a nosotros esa viña que el Señor nos ha confiado, esa pertenencia al Reino de los cielos, para dársela a quien dé más fruto?
Una cosa es segura y es la paciencia infinita de Dios en su amor por mi, que está esperando siempre mi respuesta y mi vuelta a El. No se cansa de llamarme y de esperarme. Son tantas las señales de ese amor que va poniendo a la vera del camino de mi vida. Pero no abusemos nosotros de la esperanza y del amor divino y aprestémonos a dar respuesta en frutos de santidad.

jueves, 4 de marzo de 2010

¿Una vida infructuosa o llena de frutos?


Jer. 17, 5-10;
Sal. 1;
Lc. 16, 19-31

¡Qué infructuosa y estéril es la vida del avaro y egoísta, aunque aparentemente pudiera parecer lo contrario! Se engaña el que piensa sólo en sí mismo y en sus cosas, se encierra en su yo egoísta que lo convierte en dios de sí mismo. Aunque nos parezca que está rodeado de toda clase de bienes en su avaricia nunca se sentirá satisfecho y como sólo piensa en el gozo inmediato y efímero nunca alcanzará a vislumbrar lo que es una plenitud total que tampoco sabrá alcanzar.
Nos lo refleja la parábola del evangelio, la que llamamos del rico epulón y el pobre Lázaro; y nos lo enseña con gratificante sabiduría tanto Jeremías a quien hemos escuchado como el salmo que nos ha servido de oración y respuesta. ¿Quién será dichoso y lo será de verdad? Aquel que parecía dichoso porque ‘vivía rodeado de lujos y banqueteaba espléndidamente cada día’, pero que no tenía ojos para ver al pobre Lázaro que estaba a su puerta, lo veremos sumido en la angustia y la desesperación final.
‘Maldito quien confía en el hombre y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor; será como un cardo en la estepa… habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita…’
‘Bendito, sin embargo, quien confía en el Señor, y pone en el Señor su confianza; será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces… en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto…’
Bien podían entender estas imágenes los judíos que vivían en tierra dura y difícil, pero que gracias al agua del Jordán podían hacer reverdecer.
Infructuosa y estéril, dijimos al principio, la vida del que sólo piensa en sí mismo y busca sólo su propia felicidad. Pensamos en el rico que se encierra en sus riqueza, que cierra los ojos para no ser capaz de ver la calamidad que puedan estar pasando los que viven a su lado. El rico de la parábola ni se enteraba de quien estaba a su puerta.
Pero no son sólo las riquezas o los bienes materiales los que nos ciegan o encierran en nosotros mismos. Muchas cosas pueden corroer nuestro corazón en los orgullos, envidias, desconfianzas, resentimientos que aíslan y que tan difícil nos pueden hacer la convivencia con los demás. Somos piedra de muchas aristas de manera que quienes se acerquen a nosotros se pueden sentir dañados o heridos por nuestras palabras, nuestros gestos, nuestras actitudes, nuestras violencias o nuestras desconfianzas.
Algunas veces, quizá, por los problemas que hayamos tenido en la vida, los malos momentos que hayamos pasado, los sufrimientos que hayamos tenido que soportar, han hecho que se haya llenado de amargura nuestro corazón; amarguras que crean barreras, nos encierran, nos hacen suspicaces y a la larga nos hacen daño a nosotros mismos además de hacerlo también a los demás. En lugar de aprender a madurar con esos sufrimientos o problemas, lo que han hecho es llenar de amargura el corazón.
Os digo que situaciones así las he palpado muchas veces en pueblos, comunidades y también en muchos individuos. Hace unos días una persona se desahogaba conmigo por las frustraciones que había tenido en su vida porque no había podido alcanzar las metas en que soñaba y no haber recibido la ayuda que necesitaba en determinados momentos. Yo notaba el dolor de su corazón que le seguía hiriendo por dentro. Le aconsejaba que no viviera la vida con amargura, que no se dejara arrastrar por esa amargura ni la dejara meterse en su corazón, sino que sacara a flote todo lo bueno que había en él para seguir luchando con esperanza, tratando de mirar la vida con optimismo a pesar de todo y poniendo su confianza por encima de todo en el Señor que no le abandonaría nunca.
Escuchemos nosotros la voz del Señor que nos quiere hablar en esta parábola que hemos escuchado. En muchas más cosas podríamos fijarnos porque el mensaje es muy rico. Pero tratemos de darle trascendencia a nuestra vida. Apoyados en el Señor no será nuestra vida infructuosa y estéril porque sepamos también abrir nuestro corazón a los demás. Seamos como árbol plantado junto a las aguas, porque hundamos nuestras raíces siempre en el Señor.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Seguir a Jesús con entusiasmo pero entendiendo bien el camino de su Pascua

Jer. 18, 18-20;
Sal. 30;
Mt. 20, 17-28

No podemos decir que los apóstoles no estuvieran entusiasmados por Jesús. estaban siempre a su lado, le seguían por todas partes, a ellos Jesús de manera especial les explicaba las cosas, en Jesús habían renacido seguramente muchas esperanzas en su corazón sobre todo en relación a la venida del Mesías que todo buen judío esperaba. Pero eso no quitaba para que aparecieran en su mente o en su interior sus aspiraciones y sus sueños que muchas veces quizá no supieran bien cómo conjugar con lo que Jesús les enseñaba. Necesitarían pasar por la experiencia de la pascua y recibir finalmente su Espíritu para que pudieran comprenderlo todo, como Jesús mismo les diría un día.
Aunque Jesús en esta ocasión, como nos narra el evangelista, mientras iban subiendo a Jerusalén se los había llevado aparte para explicarles todo lo que había de suceder en Jerusalén, sin embargo por allá aparece la madre de los Zebedeos que hace patente lo que eran esas aspiraciones que aún llevaban en su corazón.
‘Se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición…. Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda…’
Podría desconcertar esta petición sobre todo teniendo en cuenta lo que Jesús inmediatamente antes les había anunciado. ‘Estamos subiendo a Jerusalén y el Hijo del Hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escriban y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen, y al tercer día resucitará…’
Qué difícil se nos hace entender las cosas por muy claras que se nos digan, cuando tenemos una idea metida en la cabeza. Nos sucede muchas veces. En muchos aspectos de la vida. Pero podemos pensar por ejemplo en nuestra vida religiosa y cristiana, cuantas cosas nos proponemos o cuanto sabemos de cómo realmente tendríamos que vivir para comportarnos realmente como cristianos, verdaderos seguidores de Jesús, y sin embargo no terminamos de hacer lo que deberíamos, parece que la mente se nos cierra y seguimos con nuestras mediocridades o nuestros vanos sueños.
Pero Jesús es claro con los discípulos. ‘¿Podéis, sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?’ La respuesta está rápida y es entusiasta también. ‘Podemos, lo somos’. Y Jesús continuará: ‘Mi cáliz lo beberéis, pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mi concederlo, es para aquellos para quienes los tiene reservado mi Padre’.
¿Para quiénes puede estar reservado? Lo aclararemos fácilmente con lo que a continuación sucede. ‘Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos’. Allí están las pasiones humanas, los sueños y los deseos que algunas veces queremos ocultar y que otras veces afloran fácilmente. Pero allí está la respuesta de Jesús. El estilo que hemos de vivir entre nosotros no ha de ser a la manera de los poderosos de este mundo. Nuestro estilo tiene que ser distinto. ‘El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo’.
Esos serán los primeros, a la derecho o a la izquierda que da igual, pero los que son verdaderamente importantes en el Reino de Dios. Los que saben ser servidores, los que no les importa ser los últimos, los que son capaces de amar hasta el final. Y esto sí que tenemos que entenderlo muy bien. Desmontar quizá muchas cosas que se nos hayan metido en la cabeza. Es la verdadera conversión, la vuelta verdadera que hemos de darle a nuestra vida.
Y el modelo lo tenemos en Jesús. ‘Igual que el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para dar su vida en rescate por muchos’. Nos entusiasmamos por seguir a Jesús. Que tengamos claro que es lo que significa seguir a Jesús. Que no nos ceguemos con nuestras cosas, sino que veamos claramente cual es el camino que El está recorriendo en su subida a Jerusalén y cuál es el camino, el sentido de vida que nosotros hemos de vivir.

martes, 2 de marzo de 2010

Lavaos, purificaos… aprended a obrar el bien

Is. 1, 10.16-20;
Sal. 49;
Mt. 23, 1-12

Desde que iniciamos el tiempo de Cuaresma la invitación constante que hemos venido escuchando es la de la conversión. Hoy nos ha dicho el profeta Isaías: ‘Oíd la palabra del Señor… escucha la enseñanza de nuestro Dios… lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones, cesad de obrar mal, aprended a obrar el bien…’
Miramos nuestra vida y contemplamos el pecado y la maldad de nuestro corazón. Pero hemos de volvernos al Señor. Nos volvemos a Dios porque queremos apartar de nosotros el mal y el pecado, y nos encontramos con la misericordia del Señor. Hemos de purificarnos, pero es El quien nos purifica; nos queremos lavar de nuestro mal, pero es su sangre redentora la que va a lavar y borrar nuestro pecado. Queremos dar pasos para arrancarnos del pecado, pero viene el Señor a nosotros y nos inunda con su vida y con su gracia.
Es la maravilla del amor del Señor. Nos llama, nos invita, nos atrae para que vayamos a El, respeta nuestra decisión y nuestra voluntad pero sale a nuestro encuentro para no solo ofrecernos su perdón, sino que al mismo tiempo su gracia nos acompaña en esos pasos que hemos dar, fortaleciéndonos para ayudarnos a vencer la tentación y el pecado. Es obra nuestra, en cuanto que nosotros hemos de tomar la decisión de volvernos a El, pero es obra suya porque su gracia ilumina, acompaña, fortalece, purifica, llena de vida nueva nuestro corazón.
‘Aunque sean vuestros pecados como la grana, como nieve blanquearán; aunque sean rojos como escarlata, como lana blanca quedarán…’ Para eso Cristo derramó su Sangre, para que lavados en El seamos purificados de todo pecado y resplandezcamos con el resplandor de la gracia. La imagen de Cristo transfigurado en el Tabor que contemplábamos el domingo decíamos que nos prefiguraba y anunciaba la imagen de la gracia restaurada en nuestra alma, el brillo con que nosotros habíamos de resplandecer cuando nos sintiéramos inundados por la gracia del Señor.
El profeta nos decía ‘aprended a obrar bien, buscad la justicia, defended al oprimido, sed abogados del huérfano, defensores de la viuda…’ queriéndonos señalar la transformación en obras de justicia y de amor con que hemos de revestir nuestra vida cuando nos volvamos al Señor con nuestra conversión.
Jesús, por su parte, en el evangelio de hoy nos enseña el camino de servicio, de humildad y de sencillez que hemos de recorrer sus discípulos. Nada de apariencias ni vanidades, nos previene de que caigamos en actitudes farisaicas y superficiales. Son duras las palabras de Jesús contra los fariseos y los escribas. ‘Todo lo hacen para que los vea la gente… buscan puestos de honor… que les hagan reverencias por la calle y la gente los llame maestros…’
No puede ser ese el estilo de los que siguen a Jesús. Terminará diciéndonos ‘el primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’. Un cambio muy grande tiene que realizarse en nuestro interior, en nuestras actitudes y en lo que realicemos para que no aparezca nunca la soberbia ni la vanidad, sino que todo sea espíritu de servicio, amor, humildad y sencillez.
Es que cuando nos sentimos amados por el Señor - y bien sabemos cuánto nos ama, cuando es misericordioso con nosotros y nos perdona nuestros pecados -, nuestra respuesta no puede ser otra que la del amor.

lunes, 1 de marzo de 2010

¿Juicios y condenas o misericordia y compasión?

Dan. 9, 4-10;
Sal. 78;
Lc. 6, 36-38

¿Por qué tendremos que estar haciendo juicios y valoraciones de los demás que fácilmente nos lleva a la crítica y a la condena? ¿No será quizá porque no enjuiciamos sinceramente nuestra propia vida, sino que a nosotros todo nos lo perdonamos o disculpamos pero a los otros no le dejamos pasar ni una? Claro que a nosotros no nos gusta que nos juzguen los demás.
El responsorio que hemos repetido en el salmo si lo dijéramos con toda sinceridad seguro que nos ayudaría a tomar otras posturas. ‘No nos trates, Señor, como merecen nuestros pecados’. Y digo decirlo con sinceridad porque seamos capaces de ver y reconocer nuestros pecados. Como decíamos, somos muy fáciles para disculpar nuestros fallos, cerrar los ojos a lo que hemos hecho mal y no reconocer la maldad de nuestros pecados y la ofensa que significa contra el Señor.
Hoy nos dicen mucho que no te culpabilices, bueno, eso fue un error, una equivocación, luego ya lo intentarás hacer de otra manera o mejor en otra ocasión. Y nos quedamos tan tranquilos en nuestra conciencia.
Claro que no se trata de abrumar nuestra conciencia para llevarla a la depresión o la desesperación. Pero creo que sí hemos de tener claro lo que es una conciencia de pecado y cuando no obedecemos la ley del Señor sentir que no estamos dando la respuesta de amor que deberíamos dar y eso es ofensa a Dios que tanto nos ama y hace por nosotros. Claro que esto lo podemos descubrir si le hemos dado un sentido de trascendencia a nuestra vida, hay en nosotros unos sentimientos religiosos de relación con Dios que es nuestro Señor. Y junto a todo esto todo lo que abarca nuestra fe cristiana. Decimos que se ha perdido una conciencia de pecado, pero es que se ha perdido una conciencia de Dios, un sentido de Dios en la vida.
Hoy hemos escuchado al profeta Daniel en una hermosa oración que dirige al Señor sintiendo por una parte la grandeza de Dios y por otra si indignidad de hombre pecador que no ha obedecido la ley del Señor.
‘A Ti, Señor, la justicia; a nosotros la vergüenza en el rostro… nosotros hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos sido malos, nos hemos rebelado y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus normas… hemos pecado contra Ti… al Señor Dios nuestro la piedad y el perdón… porque nos hemos rebelado contra El y no hemos escuchado la voz del Señor, nuestro Dios…’
Cuando nos reconocemos así pecadores y acudimos al Señor con humildad tenemos la certeza de que la misericordia del Señor es grande. ‘El Señor es compasivo y misericordioso’, nos lo repite la Biblia continuamente y lo habremos experimentado muchas veces en nuestra vida.
El sentirnos culpables ante el Señor no nos hunde nunca en la depresión y la desesperanza. Todo lo contrario, esto es lo hermoso porque en la misericordia del Señor encontraremos la paz, nos llenamos de su paz. Qué gusto encontrar esa paz porque recibimos el perdón de nuestros pecados. Que no es acallar nuestra conciencia, sino que es tener el gozo del perdón y la misericordia. No es decir, bueno en otra ocasión lo haré mejor, sino que es sentir la fuerza del Señor en mi vida que me hará en realidad ser mejor. ¡Qué grande es la misericordia del Señor!
Y es que hoy nos está enseñando Jesús en el evangelio cómo tenemos que ser generosos en nuestra compasión y misericordia con los demás. ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo…’ Eso nos hará tratar de distinta manera a quien vemos pecador aunque nunca tenemos que juzgar ni condenar a nadie, a quien nos haya podido ofender o a quien haya podido cometer las peores cosas en su vida. ¡Cuántas cosas tendríamos que deducir de aquí para unas nuevas actitudes con los demás!

domingo, 28 de febrero de 2010

Subimos con Jesús a la montaña para dejarnos transfigurar por El


Gén. 15, 5-12.17-18;
Sal. 26;
Filp. 3, 17-4, 1;
Lc. 9, 28-36


La liturgia en este tiempo de Cuaresma nos lleva del desierto a la montaña, del ayuno a la oración, de las tentaciones a la transfiguración. Un camino, un proceso que nos lleva a descubrir y a encontrarnos con Jesús, a vivir su Pascua. Es el recorrido que iniciamos al comenzar la Cuaresma y que poco a poco, semana tras semana, domingo tras domingo nos hará culminar en la celebración de la Pascua, en la celebración de la gloria del Señor que ya se nos va manifestando.
Podría parecer un sueño o una ilusión lo sucedido en lo alto del Tabor. Estaban adormilados, porque ‘Pedro y sus compañeros se caían de sueño’, como nos dice el evangelista, pero espabilándose vieron la gloria del Señor. Era una realidad. Jesús había llevado ‘a Pedro, Santiago y Juan a lo alto de la montaña para orar; y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos’.
Se manifestaba la gloria del Señor. Junto a Jesús estaban ‘Moisés y Elías que, apareciendo con gloria, conversaban con Jesús de su muerte que iba a consumar en Jerusalén’. Pedro está extasiado y dichoso con la visión de manera que quiere que aquello se perpetúe y no sabía lo que se decía. Es una experiencia admirable, grandiosa, gozosa la que están viviendo. ‘Maestro, ¡qué bien se está aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías’. Algo más iba a suceder porque ‘llegó una nube que los cubrió… y una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle’.
Fue necesario ponerse en camino y subir hasta la montaña para contemplar la gloria del Señor. Es bien significativo. Recordemos algunos detalles de lo que hoy hemos escuchado en la Palabra de Dios que se nos ha proclamado. La primera lectura nos ha hablado de Abrahán, el hombre con quien Dios hablaba como con un amigo y ‘que creyó al Señor y se le tuvo en su haber’. Dios lo había sacado de su casa y de su tierra; ‘Yo soy el Señor que te sacó de Ur de los Caldeos para darte en posesión esta tierra’; y Abrahán se había dejado conducir por el Señor. Ahora nos ha dicho que ‘Dios sacó afuera (fuera de la tienda en la que habitaba) a Abrahán’ para señalarle el cielo y contara la estrellas.
Tenemos que ponernos en marcha, salir de la tienda de nuestras cosas, subir a la montaña como los discípulos con Jesús para poder encontrarnos profundamente con el Señor. No es el camino ni la montaña en sí misma sino lo que eso puede significar para nosotros lo que nos va a llevar a ese encuentro con el Señor. Son apegos de nuestro corazón, son cosas que nos adormecen en la vida y nos dejan demasiado apegados a lo material, son tantas ataduras de nuestra vida cuando nos dejamos llevar por la rutina o la costumbre pero sin sentido. Tenemos que desprendernos, despertarnos y abrir bien los ojos de la fe. Sólo estando despiertos y vigilantes podemos captar la presencia de Dios en nuestro camino.
Hoy estamos contemplando en esta liturgia del segundo domingo de Cuaresma a Cristo transfigurado en el Tabor que es imagen y anticipo de la gloria de la resurrección. Ya nos decía el evangelista que Moisés y Elías conversaban con Jesús ‘de su muerte que iba a consumar en Jerusalén’. Por eso, contemplar esta gloria de Cristo transfigurado nos está hablando de la Pascua de Cristo, de su muerte y de su resurrección.
Como nos dice la liturgia de este día ‘después de anunciar su muerte a los discípulos les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria para testimoniar de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la resurrección’. Las figuras de Moisés y Elías que aparecen con Jesús son precisamente signos de la ley y de los profetas. En versículos anteriores del evangelio había hecho ya Jesús un primer anuncio de su muerte. Y si nos seguimos fijando en el evangelio de Lucas, precisamente a continuación se nos dirá que Jesús comienza su subida a Jerusalén. ‘Cuando llegó el tiempo de su partida de este mundo, Jesús tomó la decisión de subir a Jerusalén…’ se nos dirá.
En nuestra subida a Jerusalén para celebrar también la Pascua, que eso viene a significar nuestro camino cuaresmal, la contemplación hoy de la transfiguración de Jesús en el Tabor viene a alentar y fortalecer nuestra fe; para que, aunque sea duro el camino penitencial que vamos haciendo y la transformación que hemos de ir realizando en nuestra vida, nos sintamos fortalecidos y alentados en la esperanza de la gloria que un día contemplaremos.
Pero es que además estamos vislumbrando también la gloria que nosotros alcanzaremos, la transfiguración que ha de realizarse en nuestra vida. Es imagen de lo que nosotros llegaremos a ser si nos dejamos transfigurar, transformar por la gracia del Señor. ‘Nosotros somos ciudadanos del cielo, nos decía san Pablo, de donde aguardamos un Salvador, el Señor Jesucristo. El transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo’.
Se alienta, pues, nuestra fe y nuestra esperanza. Una fe como la de Abrahán que dialogaba con Dios como con un amigo; una fe como la de María que se sintió desbordada por el Señor; una fe como la de los apóstoles en el Tabor que ya no querían que aquello se acabase nunca. Pero es para nosotros también una fe y una esperanza comprometida.
Comprometida porque nos impulsa a ser mas santos dejándonos transfigurar por el Señor, por su gracia. Quizá tendríamos que preguntarnos si ya que Jesús se transfiguró mientras oraba, nosotros nos sentimos también transfigurados cuando estamos en oración.
Pero comprometida también porque nos impulsa a esa transfiguración, a esa transformación que tenemos que hacer de nuestro mundo; cuánto es nuestro compromiso en nombre de nuestra fe por hacer que nuestro mundo sea mejor. Comprometida porque nos fuerza y coraje también para esa transformación que tenemos que ir realizando en el seno de nuestra Iglesia porque en la medida en que seamos más santos ayudaremos también a los hermanos que caminan a nuestro lado a que sean también más santos.
‘Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle’, decía la voz de Dios desde el cielo. Escuchemos a Jesús, pongamos nuestra fe en El, emprendamos el camino a su paso porque El nos invita a seguirle, vivamos con El la Pascua dejándonos transformar por su gracia, y alcanzaremos a ver la gloria del Señor.