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miércoles, 5 de agosto de 2020

Mantengamos viva la humildad y el amor que serán como ese lazo hermoso que nos unirá y nos acercará a Jesús para encontrar la vida y la luz que tanto necesitamos

Mantengamos viva la humildad y el amor  que serán como ese lazo hermoso que nos unirá y nos acercará a Jesús para encontrar la vida y la luz que tanto necesitamos

Jeremías 31, 1-7; Sal.: Jer. 31, 10-13; Mateo 15, 21-28

‘Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo’. Estaban fuera del territorio de Palestina. Por tierras paganas de Tiro y Sidón. Se ha alejado Jesús de su territorio habitual en el centro de Galilea, los alrededores del Mar de Tiberíades y ha llegado a tierra de fenicios, a tierra de paganos. Pero hasta allí ha llegado su fama y una mujer que tiene una hija enferma acude a Jesús. Acude a Jesús y emplea términos propiamente judíos para suplicar a Jesús, lo llama Hijo de David. Y la mujer confía e insiste.

Cuando en otros momentos hemos visto a Jesús tan cercano de los que sufren, como llega hasta donde está aquel de quien nadie se acuerda o se deja tocar el manto por quienes acuden a El con la confianza de solo eso es suficiente para alcanzar la salud que piden, o está dispuesto a ponerse en camino para llegar a la casa donde está el enfermo, como desea con el criado del centurión o como camina con Jairo que le pide por su hija que está en las últimas, nos sorprende en esta ocasión porque desoye la suplica de aquella mujer.

Cuando los discípulos se convierten incluso en intercesores, al menos quizás por quitarse de encima la cantinela de aquella mujer, Jesús responderá que solo ha sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel. Será lo que en otro momento le escuchamos recomendar a los discípulos cuando los envía con su poder a predicar por delante de El. En el dialogo que establece finalmente entre aquella mujer y Jesús será ese también el sentido de sus palabras utilizando incluso el lenguaje duro que empleaban los judíos para referirse a los gentiles. Pero aun así vemos que Jesús escucha. Si surge aquel dialogo en que se pone a prueba la fe de aquella mujer será porque Jesús está viendo más adentro que nosotros y sabe de la fe de aquella mujer. Así lo alabará finalmente, ‘grande es tu fe’.

Hay momentos en que se nos hace largo el tiempo de la prueba. Parece que no terminamos de ver la luz al final del camino o los tropiezos que encontramos en el camino se hacen interminables. Como cuando vamos por una carretera peligrosa y en malas condiciones de viabilidad, en medio quizá de barrancos y precipicios y aunque el trayecto no ha sido largo en distancias, sin embargo se nos hace interminable en el tiempo porque nos parece que en cualquier momento todo  nos va a fallas y nos vamos a ir por el precipicio.

Son en muchas ocasiones los problemas en los que nos vemos envueltos a nivel familiar o a nivel laboral a los que nos cuesta encontrar salida, serán las enfermedades donde avanzamos y retrocedemos una y otra vez en ese ansiado camino de curación, ya sea en lo que pasamos nosotros, ya sea en lo que contemplamos en seres queridos, en amigos o en personas cercanas a nosotros que vemos luchando con la enfermedad con deseos de vida, serán los momentos de crisis que se puede estar pasando en la sociedad como la misma situación que estamos atravesando que parece que se hace interminable.

Son momentos difíciles, momentos de oscuridad, momentos de silencio como respuesta a nuestros gritos, serán momentos en que quizás nos vemos solos porque los apoyos que deseamos parece que han desaparecido. Pero es el momento de no tambalear en nuestra fe aunque se nos hace difícil. Queremos poner toda confianza en Dios porque sabemos que El tiene para nosotros una respuesta que tanto nos cuesta escuchar. ¿Seremos capaces de mantener la confianza de aquella mujer fenicia que acudía a Jesús con insistencia aunque pareciera que Jesús se hacia oídos sordos a su súplica?

Al final escucharemos esa palabra tan confortadora de Jesús. ¡Qué grande es tu fe! Mantengamos viva la humildad y el amor  serán ese anillo o ese lazo hermoso que nos unirá y nos acercará a Jesús para encontrar esa vida y esa luz que tanto necesitamos.


martes, 4 de agosto de 2020

Hacer las cosas porque siempre se ha hecho así o porque son las costumbres que nos enseñaron se nos puede quedar en un ritualismo tan vacío como el lavarse las manos para los fariseos


Hacer las cosas porque siempre se ha hecho así o porque son las costumbres que nos enseñaron se nos puede quedar en un ritualismo tan vacío como el lavarse las manos para los fariseos

Jeremías 30, 1-2. 12b-15. 18-22; Sal 101; Mateo 15, 1-2. 13-14

En los momentos que vivimos parece que se ha puesto de modo de nuevo el lavarnos las manos para todo; nos encontramos en la entrada de cualquier establecimiento o de cualquier lugar publico el gel que se nos facilita para que podamos realizar ese preceptivo lavado de manos. Como si no nos hubieran enseñado desde pequeños que tenemos que ser limpios y tenemos que lavarnos frecuentemente las manos. Ahora con el tema de la pandemia y la prevención con que hemos de actuar – lo que parece muy conveniente y necesario – se ha convertido en norma de obligado cumplimiento. ¿Podríamos llegar a convertirlo hasta en un rito religioso?

Bueno, eso es lo que parece que pasaba en tiempos de Jesús. Lo que era una norma higiénica necesaria, pensemos que en su origen el pueblo hebreo era un pueblo nómada y trashumante que andaba por los desiertos de un lugar para otro, en contacto con sus ganados porque esa era su principal actividad; necesarias eran esas normas de higiene que habría que imponer de la forma que fuera necesario, pero que vemos como luego llegaron a convertirse en unos ritos relacionados con la impureza o no impureza que les permitía o no acercarse a lo sagrado. Ahora estaban los fariseos tan rigoristas que hacían tanto hincapié en la pureza o la impureza y para quienes tocar cualquier cosa que estuviera manchada de alguna forma se consideraba causa de esa impureza.

Es lo que ahora vienen reclamando a Jesús.  Sus discípulos no se lavan las manos. El ritualismo con que vivían la vida les hacia aferrarse a esas cosas como ritos, pero que luego estaban tan lejos en su corazón de vivir una verdadera pureza y santidad de vida. Y Jesús es tajante en su respuesta. No es lo que entra de fuera lo que hace impuro al hombre, sino que es lo que sale del corazón, de un corazón lleno de maldad, lo que verdaderamente mella la santidad de vida que hemos de vivir. Apegados a su ritualismo no lo entienden, y como le dicen los discípulos a Jesús, los fariseos se han escandalizado con la respuesta que Jesús les había dado. Les parece que Jesús no le da importancia a aquellos ritos que estaban prescritos en la ley de Moisés. Como responde Jesús ahora son ciegos que no quieren ver.

¿Andaremos nosotros cegados de la misma manera? porque eso es lo que ahora tenemos que preguntarnos. No se trata ahora de unas costumbres o de unos ritos, no se trata de unas normas para una buena convivencia o con lo que queremos cuidar nuestra salud, sino de lo que en verdad llevamos en el corazón.  Algunas veces nos hemos hecho también una religión de ritos y de costumbres, que hacemos una serie de cosas porque como decimos tantas veces ‘siempre se ha hecho así’, o son las costumbres que nos enseñaron. ¿Y nuestro corazón donde está cuando realizamos esas cosas?

Por ejemplo, los cristianos celebramos el día del Señor y lo hacemos el domingo porque recordamos el día en que resucitó el Señor; para nosotros se ha convertido en un precepto la asistencia a la Misa dominical y los que decimos que queremos ser buenos cristianos no podemos dejar de pasar un domingo sin nuestra participación en la Eucaristía dominical. Es justo, es necesario, es importante en nuestra vida que celebremos nuestra fe y que lo hagamos en la comunidad y con la comunidad y por eso nos reunimos el día del Señor.

Pero quizá tendríamos que detenernos un poco a pensar cómo lo hacemos, cómo vivimos esos momentos, ¿nos contentamos con nuestra asistencia, con el rito de la celebración o hay una vivencia más profunda desde lo hondo del corazón? No se nos puede quedar para que sea auténtico simplemente en el cumplimiento de un precepto; el precepto nos ayuda, nos educa, nos hace entrar en la dinámica, pero no se nos puede quedar en el ritualismo, tenemos que poner vida, poner todo nuestro corazón en lo que hacemos para que sea en verdad vida para nosotros.


lunes, 3 de agosto de 2020

Detrás de las experiencias fuertes nos pueden venir las turbulencias de la vida que nos desestabilizan pero hagámosle sitio a Jesús en la barca de nuestra vida

Detrás de las experiencias fuertes nos pueden venir las turbulencias de la vida que nos desestabilizan pero hagámosle sitio a Jesús en la barca de nuestra vida

Jeremías 28, 1-17; Sal 118; Mateo 14, 22-36

La experiencia que habían vivido allá en el descampado será algo para nunca olvidar. Aquella multitud que había comido aquel pan multiplicado y compartido milagrosamente desde la inmensa compasión que desbordaba del corazón de Cristo. No solo habían sido muchos los que se había curado con la presencia de Jesús y su amor misericordioso sino que hambrientos de pan pero también de paz y de esperanza en Cristo se habían saciado plenamente. Y aquello lo habían vivido en primera persona aquel grupo de los discípulos a los que Jesús les había dicho que les dieran de comer, aunque solo tuvieran cinco panes y dos peces.

Pero algunas veces tras las experiencias fuertes nos quedamos como aturdidos, sin terminar de comprender y asimilar todo lo que se ha vivido y vienen los momentos posteriores que en cierto modo pueden ser de turbulencia interior, con interrogantes, con dudas,  con cosas que se vuelven oscuras y no se terminan de ver con claridad, que pueden en cierto modo hasta desestabilizarnos para parecer que nos hundimos ante tanta inmensidad.

Lo que nos narra hoy el evangelio sucedido en el lago después del milagro de la multiplicación de los panes puede ser signo de cuanto en nuestro interior nos sucede y camino que nos lleve a buscar donde encontrar la verdadera seguridad. De entrada quizás los mismos discípulos no terminaran de entender el apremio de Jesús para que subieran en la barca y atravesaran el lago. Pero la travesía comenzó a hacérseles costosa; las aguas del lago andaban revueltas, el viento lo tenían en contra y por más que lucharan contra los elementos no lograban avanzar. Como esos espejismos que aparecen en las travesías de los desiertos o en la misma oscuridad de la noche del lago o del mar, creen ver fantasmas porque contemplan a Jesús que camina sobre las aguas. Comienzan las dudas y los temores, el miedo va a apoderándose de su espíritu y ya no saben si ponerse a gritar o querer ellos caminar también sobre el agua.

‘Soy yo, no temáis’, les dice Jesús que les está saliendo al encuentro en medio de aquellas turbulencias que eran más en sus espíritus que lo que pudiera estar sucediendo en el lago. Pero la duda persiste y Pedro pide pruebas porque él también quiere caminar sobre el agua.  Como en las turbulencias de la vida nos gustaría caminar sobre el agua, sobre todos esos problemas como si a nosotros no nos afectaran; es el milagro que siempre pedimos, las cosas extraordinarias que nos gustaría que sucedieran para vernos libres de esas pesadillas que nos acosan. ¿No lo estaremos pidiendo también ahora en la situación concreta en que vivimos donde no sabemos como vamos a salir de estas crisis y de estas pandemias? Pero será otra la manera cómo el Señor se nos manifestará en nuestra vida, y tenemos que descubrirlo.

Jesús le tiende la mano a Pedro que se hundía, ellos le hacen sitio en la barca y ya Jesús está con ellos y parece que todo de nuevo ahora sí vuelve a la calma. ¿Tendremos que hacerle sitio a Jesús en la barca de nuestra vida? ¿Tendremos que aprender ir nosotros hasta Jesús para estar de nuevo con El en su barca y nuestra vida se llene de nueva luz? ‘Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?’ recrimina Jesús a Pedro, a los discípulos y a nosotros también.

Demasiado queremos remar en la vida a nuestro aire, a nuestra manera, solo con nuestras fuerzas y nos olvidamos que el verdadero navegante es el Señor y es El quien nos enseña y quien nos da fuerza. Se nos pasa desapercibido un detalla de este evangelio y es que cuando Jesús apremió a los discípulos a que se subieran a la barca para atravesar el lago, Jesús se fue a la montaña El solo a orar. ¿Cuándo aprenderemos a irnos a la montaña con El? Estos próximos días de nuevo se nos va a recordar esa subida a la montaña para orar.


domingo, 2 de agosto de 2020

Quien de verdad es compasivo en su corazón jamás pasará de largo ante el sufrimiento de los demás siendo capaces de poner a disposición los cinco panes de nuestra pobreza

Quien de verdad es compasivo en su corazón jamás pasará de largo ante el sufrimiento de los demás siendo capaces de poner a disposición los cinco panes de nuestra pobreza

 Isaías 55, 1-3; Sal 144; Romanos 8, 35. 37-39: Mateo 14, 13-21

Quien de verdad es compasivo en su corazón jamás pasará de largo ante el sufrimiento de los demás. Creo que el evangelio que hoy se nos ofrece en la liturgia y escuchamos es buena prueba de ello. El que verdaderamente es compasivo es aquel que sabe ‘padecer con’ porque sabe sentir como propio el sufrimiento del hermano; es algo más que decir ‘pobrecito’ en esa palabra que llamamos compasiva y que nos puede salir como espontánea ante el sufrimiento que contemplamos. Podemos decir pobrecito pero lo vemos separado de nosotros, lejano de nuestra vida, y se trata de algo más porque sufrimos en nuestro corazón el sufrimiento de los otros. Y como decíamos, no podemos pasar de largo que si nada hubiéramos visto o como si nada hubiéramos sentido.

Es lo que vemos que le sucede a Jesús cuando llega a aquel lugar que había buscado por apartado y descampado, pero que se encuentra con una muchedumbre que está esperándolo. Sintió compasión, dice el evangelista, se le enternecieron las entrañas, los amaba con un amor salido de sus entrañas de lo más hondo de si mismo, y nos dice el evangelista que se puso a curar. No tenía prisa, quería llegar a todos y para cada uno quería tener su palabra o su gesto de amor. Se le pasó el día, porque suponemos por lo que nos viene narrando el evangelio que llegaría a aquel lugar en la mañana o el mediodía. Pero comenzó a caer la tarde y seguía derramando amor.

Como se hace tarde son los discípulos los que vienen a decirle a Jesús que despida a la gente para que puedan llegar a algún lugar donde encuentren qué comer. Algo de aquel amor se estaba contagiando también en el corazón de los discípulos, porque ya están atentos a las horas y a las necesidades de aquella gente. Pero aun les falta algo. Es por eso que Jesús les dice: ‘Dadle vosotros de comer’.

¿Qué podían ellos ofrecer si solo llevaban sus pobres provisiones? Por eso su preocupación es que lleguen a algún sitio donde puedan encontrar.  Pero la indicación de Jesús es tajante. ¿Han comenzado a sentir compasión por aquellas gentes? No pueden pasar de largo. Estaban haciendo un análisis bien hecho, porque incluso vendrían diciendo que había quien tenía cinco panes y dos peces.

Pero la compasión no es un análisis frío. Tantas veces nosotros actuamos así. Son tantos los problemas, es tanta la gente que pide porque pasa necesidad, la situación por la que estamos pasando es grave y es difícil poder llegar a todos, tenemos que buscarnos prioridades, todo eso está en estudio porque hay que analizarlo bien, son respuestas que escuchamos o que damos. Y mientras, allí está el sufrimiento, la angustia, la necesidad, la soledad, el abandono. Y parece que nos quedamos tan insensibles que nos vamos a casa y ya le daremos solución otro día. Es duro pensar en todo esto, pero hay que pensarlo.

Aquella compasión que como una llama viva estaba ardiendo en el corazón de Cristo pronto comenzó a extender sus llamaradas. El fuego se contagia y se difunde, así el amor compasivo. Por eso, como un signo, como una señal aparecerá aquel muchacho con aquellos pocos panes y peces, aunque se sabía que no eran nada para tantos. Pero allí están a los pies de Jesús y aquel pan comienza a multiplicarse en la medida en que se comparte y todos comerán y hasta sobrarán doce cestos de panes que se recogen para que no se pierdan.

Son las maravillas del amor. Son las maravillas que hace el Señor cuando nos dejamos contagiar por su amor. Es el milagro de la multiplicación de los panes como así lo llamamos y lo de menos es como se haya realizado, porque lo importante es haberse contagiado de la compasión y del amor del Señor. Y eso es lo que nosotros necesitamos. Como se suele decir, otro gallo nos cantaría.

Claro que si que emplearemos todos los medios técnicos o científicos que estén a nuestra mano para conocer la realidad. Pero bien sabemos que no se trata de números sino de personas, no son solo unas estadísticas que podemos elaborar para un análisis de causas y de soluciones, pero en todo esto hay que poner algo más. No nos puede faltar la compasión verdadera, no nos puede faltar el espíritu del amor. Y entonces sentiremos también esa angustia en nuestro corazón, y no nos podremos quedar quietos ni pasar de largo porque haya otras muchas cosas que hacer.

Hoy la Iglesia está queriendo dar esa respuesta del amor, de la compasión y de la misericordia ante el mundo atormentado por el sufrimiento que nos rodea, pero quizá nos falta que todos los cristianos nos impliquemos más; no podemos contentarnos con una limosna que damos un día o una aportación que hagamos a las obras de caridad de nuestra parroquia.

Tenemos más que ponernos en camino para ir al encuentro de esos hermanos que sufren, tenemos que dejarnos encontrar como se dejaba encontrar Jesús y hoy lo hemos escuchado en el evangelio, tenemos que salirnos con arrojo y valentía de nuestras seguridades, tenemos que abrir más nuestro corazón para que en él quepan todos, para hacerle un lugar al sufrimiento de los demás, para sintonizar mejor con la compasión del Señor. Será la pobreza de solo los cinco panes que tenemos lo que llevemos, pero sabemos bien como en el Señor se multiplicarán.


sábado, 1 de agosto de 2020

Herodes hizo callar la voz que denunciaba la corrupción de su vida y quizá nosotros queremos hacer callar también voces proféticas que nos denuncian el mal de nuestro mundo

Herodes hizo callar la voz que denunciaba la corrupción de su vida y quizá nosotros queremos hacer callar también voces proféticas que nos denuncian el mal de nuestro mundo

Jeremías 26, 11-16. 24; Sal 68; Mateo 14, 1-12

Vamos de bravos por la vida, derrochando palabras, derrochando promesas, queriendo ser los protagonistas de todo, porque a todos queremos agradar o con todos queremos quedar bien y quizás al final tenemos que comernos nuestras palabras. No todo aquello que en nuestra verborrea decíamos era verdad o era cierto tal como nosotros lo presentábamos, pero queríamos quedar de listos, ni aquellas promesas las pudimos cumplir. Queremos quedar bien, cuando no nos queda más remedio que reconocer que nos equivocamos o que no podíamos prometer lo que prometíamos y al final aparecen las corruptelas, las cobardías, el olvido de principios y la rectitud y honradez desaparecen de nuestras vidas. Las fantasías en que queremos vivir, la vanidad de la que nos rodeamos terminan por cegarnos y como se suele decir no es oro todo lo que reluce.

Lo vemos en la vida social, lo vemos en tantas carreras políticas, lo vemos en quienes tienen unas responsabilidades, pequeñas o grandes, en nuestra sociedad que quiere se quiere quedar bien pero cuántos caminos oscuros y retorcidos quedan por debajo que muchas veces aparecen también; cuidado que todos nos podemos contagiar; ahora se habla mucho de las cloacas, esos caminos subterráneos por donde lo que corre siempre es basura, por decirlo con palabras suaves.

¿Aprenderemos la lección algún día? ¿Seremos capaces de recapacitar para dejarnos de tantas cobardías y de tantas trampas en las que nos metemos? El testimonio bien negativo de Herodes con el martirio del Bautista que hoy se nos ofrece en el evangelio tendría que hacernos recapacitar.

Por supuesto brilla y con una luz bien propia y bien fuerte el testimonio de rectitud, de fidelidad a unos principios y valores, la humildad con la que se manifiesta su grandeza en Juan Bautista, que no temió al tirano y fue capaz de denunciar la falsedad de la vida de Herodes, que no temió a quienes podían atentar contra su vida y fue fiel hasta la muerte, una muerte inocente y causada por el resentimiento de quien veía retratado su mal y su pecado en las palabras del profeta y por la inmoralidad y la cobardía de Herodes que antepuso el quedar bien ante sus invitados a lo poco de honradez que podía quedar en su vida.

 Por el contrario tenemos el testimonio de Herodes reflejo de una vida que cae por la pendiente de la inmoralidad, llena de cobardías y de sombras como tantas que vemos en nuestro entorno y en las cuales nosotros podemos caer también. Reconozcamos que no podemos tirar la primera piedra porque muchas veces también nuestra vida se nos llena de sombras en tantas vanidades que alimentan nuestro ego, en tantas cobardías que nos coartan para que seamos capaces de dar la cara siempre por lo bueno, o en tantas oscuridades que allá en nuestro interior calladamente llevamos pero que en un momento de sinceridad tenemos que ser capaces de reconocer.

También como Herodes o como Herodías tantas veces podemos sentir la tentación de hacer acallar aquellas voces que proféticamente nos denuncian los males en los que podemos caer. Por una parte reconocemos que no nos gusta que nos digan la verdad pero también como sociedad nos hacemos oídos sordos a esas voces que surgen señalándonos el mundo injusto en el que vivimos y que tendríamos que tener el valor de querer cambiar o que nos hablan de esa destrucción de nuestro mundo que entre todos estamos realizando cuando no cuidamos ese planeta en que vivimos y que está en nuestras manos cuidarlo.

Preferimos quizás decir que son esnobismos de gente soñadora que detenernos a mirar esa cruda realidad de destrucción a la que estamos abocados. ¿Callamos la voz del profeta porque no queremos enterarnos de la realidad? Herodes hizo callar la voz del Bautista porque le molestaba.


viernes, 31 de julio de 2020

Quitemos los filtros de nuestros prejuicios que pueden enturbiar la imagen que hemos de descubrir en los demás como la imagen que nos hacemos de Jesús

Quitemos los filtros de nuestros prejuicios que pueden enturbiar la imagen que hemos de descubrir en los demás como la imagen que nos hacemos de Jesús

Jeremías 26, 1-9; Sal 68; Mateo 13, 54-58

Algunas veces nos parecen extrañas las actitudes que vemos que toman muchos judíos hacia Jesús, pero quizá idealizamos o mitificamos tanto los pasajes evangélicos, teniendo en cuenta nuestra fe o lo que nosotros ya sabemos en torno a los acontecimientos que nos narra el evangelio que olvidamos que nosotros en nuestra vida ordinaria actuamos de una manera muy semejante.

Hoy hemos escuchado la reacción de las gentes de Nazaret hacia la figura de Jesús; admiración llena de orgullo primero porque era uno de los suyos, allí se había criado Jesús y estaban sus parientes, pero eso mismo les hace ir cambiando su actitud porque en Jesús les cuesta reconocer lo que les está presentando; y es también un orgullo pueblerino el que les hace reaccionar porque cómo les va a venir a enseñar a ellos uno que conocieron desde siempre y que allí están sus parientes. 

Como nos sucede tantas veces a nosotros sentimos el orgullo cuando alguien del pueblo destaca en algo, pero pronto aparecen las inquinas, las desconfianzas, el comenzar a mirar con lupa lo que hace, o poner dobles intenciones o intenciones ocultas en aquel que está sobresaliendo y o terminamos por relegarlo y olvidarlo, o tratamos quizá de quitarlo de en medio. Cuantos filtros de prejuicios ponemos por medio en nuestra mirada hacia los demás.

Es la reacción que vemos en la gente de Nazaret con Jesús y aquí podemos unir los dos relatos, el que hoy hemos escuchado del evangelio de Mateo o el que con más frecuencia quizá escuchamos del evangelio de Lucas que tiene quizá una extensión y amplitud mayor. Pasan de la admiración a la desconfianza. Primero se admiran de su sabiduría, pero pronto se preguntan donde ha aprendido todas esas cosas; anhelan quizá que en su pueblo se realicen los milagros que le han dado fama en otros lugares, pero ahora no tienen quizá la humildad de presentar de verdad su mal o sus enfermos para que Jesús los cure, y terminan rechazándolo.

Ningún profeta es bien mirado en su patria, sentenciará Jesús. Y bien sabemos que es sentencia que se repite con frecuencia, porque ya sabemos como somos para minusvalorar a los que son cercanos a nosotros, o a los que no se presentan orgullosos y queriendo arrebatarlo todo. La humildad de los que son sencillos pero que quizá podrían realizar maravillas en nosotros no la tenemos en cuenta, sino que parece que más bien nos vale para hundir más a las personas de nuestro entorno.

¿Qué buscaban aquellas gentes en Jesús? ¿Qué buscaban quizá sus propios convecinos los que vivían en Nazaret, el pueblo en que había crecido Jesús? Claro que igualmente nosotros tenemos que preguntarnos también, ¿qué buscamos o qué queremos descubrir en Jesús? ¿Qué es lo que aceptamos de cuanto nos ofrece, nos dice o nos enseña, nos regala con su gracia y por la fuerza de su Espíritu? Porque también algunas veces podemos cegarnos nosotros y no terminamos de llegar a conocer a Jesús. ¿Cuál es la actitud humilde con que hemos de acercarnos a Jesús?

Y es que todo eso puede estar reflejando cuales son las actitudes con que nos acercamos a los demás. Eso que hacemos en la vida de cada día, de acogida o no de los que nos rodean, de aceptación y valoración de los que están a nuestro lado, ese respeto humilde con que nos acercamos a los demás valorando en verdad sus personas, es el camino habitual que tomamos o deberíamos de tomar cuando también buscamos a Jesús.

Igual que tenemos que aprender a descubrir el misterio de cada persona, tenemos que saber descubrir el misterio de salvación, el misterio de Dios que en Cristo Jesús se nos manifiesta. Hay una profunda interrelación entre una cosa y otra, porque descubrir el valor de la otra persona es llegar a descubrir también el misterio de Dios que en ella se nos manifiesta. Y no siempre sabemos descubrirlo porque, como hicieron los convecinos de Jesús de Nazaret, también nosotros ponemos nuestros filtros, los filtros de nuestros prejuicios, que pueden enturbiar esa imagen que tenemos que descubrir en los demás y también en Jesús.


jueves, 30 de julio de 2020

Aprendamos también a valorar todo lo bueno de los demás para que unido a los valores que nosotros ofrecemos entre todos logremos construir un mundo mejor

Aprendamos también a valorar todo lo bueno de los demás para que unido a los valores que nosotros ofrecemos entre todos logremos construir un mundo mejor

Jeremías 18, 1-6; Sal 145; Mateo 13, 47-53

Los más mayores quizá lo recordamos mejor, a nuestra madre cuando éramos pequeños y nos sacaba la ropa que habíamos de ponernos; según las circunstancias, según el día o lo que fuéramos a hacer ese día, nos sacaba una ropa u otra; quizás nosotros apetecíamos mejor aquella ropa nueva que recién se había hecho porque nos veíamos muy bien con ella, pero nuestra madre nos ofrecía otras piezas que pudieran estar más desgastadas o descoloridas, pero que había que aprovechar; sabia nuestra madre administrar bien lo que teníamos – fueron años, recordamos los mayores, de mayor penuria que lo que ahora podamos estar pasando a pesar de que digamos que estamos en tiempos difíciles – y con esa visión sabia de madre nos hacía ponernos, no nuestro capricho, sino lo que mejor convenía, aprovechando el uso también de aquello que nos pareciera que no era tan nuevo pero a lo que había que sacarle partido.

Me ha venido este recuerdo por esas palabras finales de Jesús con las que concluye el evangelista el relato de ese conjunto de parábolas sobre el Reino de Dios en este capítulo 13 del evangelio de Mateo. ‘Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo’. Esa sabiduría que necesitamos para saber discernir en todo momento, para apreciar todo lo nuevo y la riqueza que significan los valores del Reino de Dios que nos presenta Jesús, pero que en medio de la vida y en aquellos que nos rodean también hemos de saber descubrir y valorar lo bueno que siempre hay en el corazón de toda persona.

Todos estamos llamados a vivir el Reino de Dios, por eso hemos visto como la semilla se sembraba a discreción y abundancia tratando de hacerla llegar a todas partes, aunque quizá las condiciones del terreno no fueran buenas, como hemos visto estos días, o aunque se mezclara con las malas hierbas de las cizañas que veríamos crecer juntos. Hoy nos ha hablado también de la red echada al mar y que puede arrastrar para la pesca a toda clase de peces. Luego se irán decantando quienes en verdad optan por vivir los valores del Reino de Dios y quienes quizá quieran excluirse.

Pero creo que en el fondo está esa enseñanza de Jesús a la que ya hemos hecho mención, de que hemos de aprender a descubrir y valorar todo lo que sea bueno en los demás. Juntos queremos construir un mundo nuevo y en esa tarea nos sentimos comprometidos todos; no somos solo nosotros, los seguidores de Jesús, los que estamos aportando nuestros valores para la construcción de ese mundo nuevo, sino que junto a nosotros hay otros muchos que desde sus maneras de pensar y de ver las cosas, desde sus propias ideologías y planteamientos están queriendo poner su grano de arena.

Ya es hora que dejemos atrás esos exclusivismos que nos llevan a rechazar lo que los otros hacen, aunque sigue siendo una tendencia muy fuerte en nuestra sociedad; ya es hora que aprendamos a valorar lo bueno que han hecho o que hacen los demás para conjuntarlo con lo que todos hacemos y entre todos hagamos ese mundo mejor. Es una lástima cómo tantas veces destruimos lo que los otros hacen simplemente porque no lo hemos hecho nosotros, lo vemos demasiado en la vida social y política de nuestra sociedad. ¿Es que los demás no pueden tener tantas buenas ideas como las que nosotros tenemos? ¿Por qué no conjuntamos fuerzas entre todos para saber construir juntos?

Siguiendo la imagen de la madre, como decíamos al principio, que sacaba en cada momento la ropa que mejor nos podía valer según las circunstancias, recordamos cómo conjuntaba unas piezas y otras para hacernos vestir de la mejor manera; no todo se tiraba porque fuera más viejo o fuera de otro estilo, sino que sabia sacarle buen rendimiento a lo poco que teníamos. Así tendríamos que ser más en la vida, así tendríamos que saber hacer nosotros que con sana libertad y respeto ofrecemos desde nuestra fe y nuestros valores nuestro grano de arena, pero aprendemos a valorar también el grano de arena que puedan ofrecer los demás. Cuanto mejor estaríamos haciendo nuestro mundo entre todos.



miércoles, 29 de julio de 2020

Aunque nos quejemos a veces de la ausencia de Dios en nuestras dificultades pensemos en quien estuvo a nuestro lado y fue signo de la presencia de Dios en ese momento difícil


Aunque nos quejemos a veces de la ausencia de Dios en nuestras dificultades pensemos en quien estuvo a nuestro lado y fue signo de la presencia de Dios en ese momento difícil

Jeremías 15, 10. 16-21; Sal 58; Juan 11, 19-27
‘Señor, si hubieras estado aquí…’ Es la queja dolorida. Eran amigos. Muchas veces Jesús y los discípulos habían estado en aquella casa de Betania donde con tanto calor humano eran recibidos. ¿Quizás nació la amistad del hecho de que aquel hogar estaba junto al camino que subiendo del valle del Jordán conducía a Jerusalén? Muchos peregrinos hacia la ciudad santa se habrían detenido al frescor de aquel patio y con el alivio del agua fresca del pozo de aquella casa. Bien que era de agradecer tras la dura subida y la larga caminata desde la lejana Galilea por el valle del Jordán.
Era la hospitalidad que también había acogido a Jesús y los discípulos de manera que eran considerados los amigos de Jesús. Por eso quizás les había dolido que habiéndole avisado que su amigo estaba enfermo Jesús no llegara a tiempo a aquella casa donde con tanta hospitalidad le habían acogido. Por otra parte sabemos que Jesús se había quedado unos días más cuando recibió la noticia. Ahora llevaba ya cuatro días enterrado. Y es la queja de las hermanas. Es la queja pero detrás no falta una fe y una esperanza.
‘Si hubieras estado aquí…’ ¿Dónde está Dios? nos preguntamos nosotros algunas veces. Y será la enfermedad, será la muerte de un ser querido, serán los problemas que vamos encontrando en la vida, serán los fracasos de las cosas que no nos salen, será el mal que contemplamos alrededor, será el sufrimiento de tantos, será el hambre y la miseria que encontramos en un mundo que nos parece injusto y aparece un vacío en nuestro interior, y surgen las dudas y los interrogantes, y nos parece que hay una ausencia de Dios porque quizá nos parece que ya no nos escucha.
Cosas que nos hacen dudar, el mundo se nos vuelve muchas veces oscuro y frío, vamos dando tumbos de aquí para allá y nos cuesta encontrar salidas, descubrir rayos de luz que nos alienten o nos llenen de esperanza, encontrar respuestas porque hasta dudamos de nuestra propia fe, porque quizá nos hemos materializado tanto que hemos perdido un sentido de trascendencia y ya no nos aparece por ninguna parte la esperanza, porque al final terminamos sintiendo con tantos que nos rodean indiferentes a lo religioso, sin ser capaces de abrir su corazón a Dios.
En nuestros apuros y angustias quizá comenzamos a pedir la presencia de Dios, el milagro de Dios que nos hiciera salir de esas situaciones amargas por las que estábamos pasando y como el milagro no se produjo cuando nosotros queríamos y de la manera que nosotros queríamos, comenzó también a aparecer la rebeldía en nuestro corazón. Cuantas veces caemos en esa pendiente que nos puede llevar a la increencia porque queríamos el milagro fácil, pero Dios tenia otra manera de manifestársenos que nosotros no supimos ver.
Hoy escuchamos aquella queja de Marta, como sería también después la de su hermana María, pero nos queremos fijar que a pesar de todas las amarguras, tristezas y lágrimas que embargaban su corazón no les faltaba la fe y la esperanza. Ya lo mencionamos. Jesús escucha en silencio y no busca palabras para la réplica o disculpa ante aquellas quejas. Jesús solo tiene palabras que anuncian la vida y que quieren despertar de verdad la esperanza. ‘Tu hermano resucitará’, le dice. Pero ante la manifestación de la esperanza en la resurrección final que Jesús le dice que quien tiene fe en El aunque muera vivirá. ‘Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre’.
Jesús está ahí, y aunque muchas veces en nuestras obnubilaciones no seamos capaces de verlo su presencia no nos faltará. ‘Estaré con nosotros hasta el final de los tiempos’ nos anunciaría luego en el evangelio. Por eso tenemos que saber descubrir y sentir siempre su presencia porque El no nos falla. Los cielos y la tierra se caerán pero su palabra se cumplirá. Pero cuidado como le busquemos porque El tiene unas maneras muy peculiares de manifestarse y hacerse presente junto a nosotros. Nosotros pedimos el milagro que nos solucione las cosas, pero El nos da la fuerza de su Espíritu para que sepamos vivir aquella situación por la que pasamos de una forma distinta. Y puede llegar a nosotros por distintos caminos, en los mismos acontecimientos que nos suceden, en personas que pone a nuestro lado, en tantas señales y huellas que nos va dejando de su presencia.
Pensemos que nosotros mismos podamos ser en algún momento signo de su presencia para los demás cuando nos acercamos a aquel que sufre o que está solo, cuando damos el vaso de agua o tendemos la mano para ayudar a levantarse al caído o a caminar al que se siente imposibilitado. Pues recordemos en esos momentos difíciles quien estuvo a nuestro lado y fue signo de esa presencia maravillosa del Señor con la que nos sentimos fuertes a pesar de nuestras debilidades y de nuestras oscuridades.
Hoy hemos roto el ritmo de las lecturas del tiempo ordinario porque en la liturgia celebramos a santa Marta y mucho tiene que decirnos y enseñarnos esa santa mujer con su hospitalidad, con sus dudas y con sus penas, pero también con su firme esperanza y confianza en el Señor.

martes, 28 de julio de 2020

Crecen juntos en nuestro mundo el trigo y la cizaña pero también sucede en nuestro interior y tenemos que superarnos para lograr ese mundo mejor


Crecen juntos en nuestro mundo el trigo y la cizaña pero también sucede en nuestro interior y tenemos que superarnos para lograr ese mundo mejor

Jeremías 14, 17-22; Sal 78; Mateo 13, 36-43
‘Explícanos la parábola de la cizaña en el campo’, le piden los discípulos a Jesús cuando llegan a casa. No les cabía en la cabeza que si se había sembrado buena semilla de donde había surgido aquella cizaña, como no entendían tampoco la actitud del dueño del terreno de no arrancar de forma inmediata la cizaña sino dejarla crecer junto con la buena semilla.
Pero ¿no serán también interrogantes que nosotros tenemos en nuestro interior? No entendemos, decimos, el mal que hay en el mundo. Como solemos decir ¿Por qué hay tanta gente ruin, tanta gente mala? Cuando observamos la violencia que nos rodea, o el sufrimiento de tantos a causa de las injusticias de lo que se creen poderosos, la corrupción que afecta y daño todos los campos de la sociedad en sus diferentes aspectos, también nos preguntamos ¿Por qué? ¿Por qué tanta ambición? ¿Por qué tanta maldad? ¿Por qué tantos deseos de acaparar? Y así seguimos haciéndonos preguntas que parece que no tienen fin, pero peor aun, parece que no tienen respuesta.
Claro que hay una cosa que nos resulta fácil, mirar hacia lo que nos rodea, contemplar en ese mal en nuestro mundo y en nuestra sociedad, o contemplar ese mal en los demás. Nos duele que el mundo sea así, y andemos entremezclados todos, los que nos creemos buenos y a los que consideramos malos. Y es aquí donde quiero incidir.
Miramos hacia fuera, miramos a los demás, pero quizá no somos sinceros para mirarnos a nosotros mismos, para darnos cuenta que esa situación la tenemos en nosotros también, que nos creemos buenos pero también cuantas cosas se nos meten en el corazón, cuanta malicia aflora quizás en nuestra vida y en nuestras relaciones con los demás. Como nos decía san Pablo hacemos el mal que no queremos hacer y no hacemos el bien que queremos.
Cuantos momentos de egoísmo y de insolidaridad, cuantos momentos de orgullo y de soberbia, cuantas vanidades se nos van metiendo dentro de nosotros muchas veces viviendo de apariencias, porque lo que llevamos dentro tratamos de ocultarlo, no reconocerlo delante de los demás, pero ahí está. Necesitamos sinceridad en nuestra vida, sinceridad con nosotros mismos.
Ese campo lleno de buena cimiente, pero en el que aparecen también las malas hierbas no es solo el campo de los demás, no es solo un campo ajeno a nosotros, sino que lo tenemos en nosotros mismos. Y cuando tratamos de ser un poquito sinceros nos damos cuenta de que tenemos que cambiar, y nos hacemos buenos propósitos, y decimos que estamos en el deseo de arrancarnos de esos orgullos o de esas vanidades, pero cuánto nos cuesta. Queremos en momentos de sinceridad esforzarnos pero no terminamos de dar los pasos necesarios. Pero, reconozcámoslo, Dios sigue esperándonos.
Es el mensaje de la parábola, que nos tiene que llevar, es cierto, a una lucha contra el mal, pero también a llenar de misericordia y compasión nuestro corazón, a poner esperanza de que si vamos cambiando nosotros los primeros, estaremos poniendo granitos de arena para construir ese mundo mejor e iremos ayudando también a que cambie nuestro mundo. Esa lucha y ese esfuerzo por superarnos y por ayudar a superarse a los demás tiene que hacernos fuertes. Porque además sentiremos siempre la fuerza del Espíritu del Señor con nosotros.
Es la tarea de superación, de crecimiento interior, de fortalecimiento de nuestra voluntad en la que tenemos que estar empeñados cada día. Y pensemos que si nosotros nos superamos estaremos ayudando a superarse a los demás, porque de alguna manera seremos estímulo y esperanza para los que están a nuestro lado en esa misma lucha. Porque no pensemos que somos nosotros solos, no nos creamos los buenos, hay muchos también a nuestro lado que están en esa tarea de superación y de crecimiento de su espiritualidad. Mutuamente tenemos que ayudarnos y estimularnos.

lunes, 27 de julio de 2020

Qué alimento tan maravilloso se está perdiendo nuestro mundo porque nosotros no nos hemos dejado transformar por la levadura del evangelio




Qué alimento tan maravilloso se está perdiendo nuestro mundo porque nosotros no nos hemos dejado transformar por la levadura del evangelio

Jeremías 13, 1-11; Sal.: Dt 32, 18-19. 20. 21;  Mateo 13, 31-35
Alguien suele decir en su afán por tener todo ordenado, hasta las cosas que nos puedan parecer más insignificantes que ‘hay un lugar para cada cosa y cada cosa tiene su lugar’. No vamos a incidir tanto en el afán del orden cuando en la función que tienen las cosas que aunque nos parezcan pequeñas e insignificantes nos sirven para algo, contribuyen a la belleza del conjunto de la vida y nos pueden producir hondas satisfacciones y hasta alegrías.
¿Quién no se ha quedado como extasiado cuando escucha el trino de los pájaros que saltan y brincan entre las ramas de cualquier arbusto en nuestros prados, o los vemos revoloteando incluso en medio de las hierbas alegrándonos con la música de sus trinos o con el rico colorido de su plumaje? Algo tan natural y tan insignificante en apariencia pero que contribuye a la belleza de la naturaleza y que nos puede producir un sosiego y una paz grande en nuestro espíritu. Y sin embargo preocupados quizás por cosas que consideramos más importantes pasamos de largo y no somos capaces ni de oír el trino de los pájaros ni gozarnos en el colorido de nuestros campos admirándonos también con la belleza de las aves que surcan nuestros cielos. Quizá nos hace falta que un día alguien con alma de poeta nos haga detenernos a escuchar o nos ofrezca una fotografía con tal belleza, mientras lo tenemos delante de nuestros ojos y oídos y no somos capaces de valorarlo.
¿A qué viene todo esto?, me podréis decir, pero fijémonos que me ha hecho pensar en toda esa belleza lo que nos dice Jesús en una de sus parábolas hoy. Habla de la insignificancia de la semilla de la mostaza, pero nos habla de cómo es una planta que crece entre la que podrán revolotear hasta los pajarillos del cielo; y yo ya me sentía escuchando sus trinos. Quizá nos hace falta una cosa así que un día nos llame la atención para que aprendamos a valorar lo pequeño y lo sencillo que da belleza a la vida.
La otra parábola que Jesús nos ofrece hoy habla también de cosas pequeñas o usadas en pequeñas medidas pero que sin embargo hacen fermentar la masa, la levadura para el pan. Si antes nos deteníamos a contemplar la belleza que tendríamos que aprender a observar en nuestro entorno, ahora nos está diciendo como podemos darle vida a lo que hacemos o a lo que vivimos cada día con ese pequeño puñado de levadura. Y ya no es solo esa vida que le damos a lo que hacemos o vivimos, sino la vida que podemos trasmitir a los demás, el sabor nuevo que le podemos dar a nuestro mundo cuando en verdad usamos la levadura del evangelio.
Quizá vamos a una panadería donde se está elaborando el pan y pasamos de largo ante esos polvos (vamos a decir así) que podemos encontrar en cualquier rincón. Y sin embargo qué importantes son para la elaboración del pan, para hacer fermentar la masa y podamos tener ese pan crujiente y sabroso para nuestra alimentación. Quizá pasamos al lado del evangelio y pensamos simplemente en un libro más al que quizá no le damos importancia pero cuando nos lo tomamos en serio qué distinta es nuestra vida y cómo podemos también transformar nuestro mundo. Qué alimento tan maravilloso se está perdiendo nuestro mundo porque nosotros no nos hemos dejado transformar por la levadura del evangelio.
Y Jesús nos está pidiendo que nosotros con el evangelio bien encarnado en nuestras vidas seamos la levadura del mundo. No se trata ya solo de enseñar cosas – quizás nos hemos entretenido mucho en enseñar cosas – sino de impregnar nuestro mundo de ese sabor nuevo del evangelio. Cuánto tenemos que hacer.

domingo, 26 de julio de 2020

Aprendamos a detenernos y hacer silencio para estar atentos y poder encontrar el tesoro de la sabiduría de Dios




Aprendamos a detenernos y hacer silencio para estar atentos y poder encontrar el tesoro de la sabiduría de Dios

1Reyes 3, 5. 7-12; Sal 118; Romanos 8, 28-30; Mateo 13, 44-5
Frente a lo que habitualmente se piensa el hombre sabio no es de muchas palabras. Podríamos pensar que la sabiduría está en haber adquirido multitud de conocimientos sobre todas las ciencias y sobre todas las cosas, pero quizá esa multitud de saberes acumulados nos pueden dispersar y hacer que no nos centremos en lo más profundo del ser y de la vida.
La persona que rumia en silencio los aconteceres de la vida, lo mismo que esa cantidad de información o de conocimientos que pueda ir recibiendo será el que sabrá hacer una lectura certera de la vida y la que nos puede dar la pauta llena de sabiduría de lo que tenemos que no solo hacer sino sobre todo ser. Será el que tiene visión profética de las cosas, pero en ese silencio sabrá descubrir la visión de Dios, el sentido de lo que hacemos y el verdadero valor de nuestra existencia.
Hemos escuchado en la primera lectura que hoy se nos ofrece la oración de Salomón al Señor. No pide riquezas ni grandezas, pide saber estar atento, saber escuchar a su pueblo para poder discernir entre el bien y el mal y tener la sabiduría de saberlo gobernar. Estar atento, dice, porque el que está atento observa, escucha, mira con mirada distinta, es capaz de descubrir lo que verdaderamente es esencial.
En un librito que ha circulado mucho en los últimos años, ‘El principito’, hay una frase que casi como hoy diríamos se ha convertido en viral, ‘lo esencial es invisible a los ojos’. No es la mirada desde el exterior sino la mirada interior, no es solo lo que los ojos de la cara nos puedan señalar, sino lo que descubramos desde los ojos de nuestra interioridad lo que nos hará descubrir lo verdaderamente esencial, la verdadera sabiduría.
En este sentido podemos decir que van las parábolas que nos propone el evangelio. Nos habla del hombre del campo que encuentra un tesoro o del comerciante en perlas finas que encuentra una de gran valor. Podríamos decir que tanto en uno como en otro se prevé una atención y una búsqueda. Algo que parece al azar, que podemos considerar como un regalo que lo encontremos, pero que también presupone, repito, esa atención, porque podemos tenerlo a nuestros pies o incluso en nuestras manos y no verlo. Cuántas veces materialmente incluso nos suceden cosas así. Pero aquí estamos queriendo hablar de eso esencial, como se decía en el libro citado, que es invisible a los ojos.
Pero el tema no está solo en encontrarlo sino en convertirlo en la riqueza de nuestra vida. Tanto uno como otro en la parábola vendieron todo lo que tenían para conseguir aquel campo con el tesoro o para comprar aquella perla preciosa. Hay un detalle, para conseguir lo mejor tenemos que saber desprendernos de aquello que tenemos aunque lo consideremos muy bueno; pero si lo que vamos a conseguir es mejor, bien merece la pena ese desprendimiento. Es de hombre sabio, y volvemos con el tema de la sabiduría, el saberlo hacer, el saber conseguir ese preciado tesoro.
Todos estamos entendiendo a lo que se refiere ese tesoro. Ya Jesús al proponerlos estas parábolas no está haciendo la comparación con el Reino de Dios. Llegar al Reino de Dios es hacer como aquel hombre del campo, como aquel comerciante. Encontrarnos con el mensaje del Evangelio es la mayor riqueza que puede encontrar el hombre. Es que en Jesús tenemos todo el sentido y el valor de nuestra vida. Qué importante esa búsqueda de nuestra fe, qué importante que en verdad lleguemos a sorprendernos con el mensaje de Jesús, qué importante entonces que nos dejemos impregnar por el mensaje del evangelio. Malo sería que tanto nos hubiéramos acostumbrado de manera que ya no nos sorprenda, ya no nos diga nada.
Claro que sí, tendremos que desprendernos de muchas cosas para conseguir ese tesoro escondido. No podemos decir que nos hemos encontrado con Jesús en nuestra vida como sentido de nuestra existencia y que sigamos viviendo de la misma manera. Por eso no olvidemos que Jesús desde el principio nos está diciendo que hemos de convertirnos para creer en esa Buena Nueva que se nos anuncia.
Por eso necesitamos hacer ese silencio interior para poder escuchar, para poder saborear esa sabiduría de Dios. Y hacer silencio en nuestro interior nosotros lo llamamos oración, porque es abrir nuestro corazón a Dios. Y esa oración no es cuestión de muchos rezos o muchas palabras – es quizá nuestro gran fallo - sino quedarnos en silencio saboreando esa presencia de Dios para llenarnos así de su sabiduría. Tenemos que aprender a hacer verdadera oración, tenemos que aprender a hacer silencio, porque solo así podremos escuchar a Dios, así podremos discernir en verdad lo que es la voluntad de Dios, el plan de Dios para nuestra vida y nuestro mundo.
Podríamos seguir diciendo muchas más cosas, pero vamos a detenernos y a hacer silencio. Solo así podremos estar atentos y encontrar ese verdadero tesoro.

sábado, 25 de julio de 2020

Como Santiago formemos parte del grupo de los inseparables de Jesús pero tomemos su testigo para arremangarnos la toalla del servicio para curar las heridas de nuestro mundo



Como Santiago formemos parte del grupo de los inseparables de Jesús pero tomemos su testigo para arremangarnos la toalla del servicio para curar las heridas de nuestro mundo

Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Sal 66; 2Corintios 4, 7-15; Mateo 20, 20-28
Un día había escuchado la llamada de Jesús. Estaba con su hermano Juan en la barca de su padre, Zebedeo, junto a otros jornaleros que tenían para el trabajo arreglando las redes para cuando de nuevo tocara salir a pescar. Había pasado Jesús y los había invitado a seguirle. Lo habían dejado todo, las redes, la barca, a su padre y se habían ido con Jesús. También su hermano Juan había escuchado la misma llamada y otros pescadores más allá también habían escuchado la invitación de Jesús, Simón y Andrés.
Por supuesto no podemos pensar que fue el primer encuentro con Jesús. Llevaba días rondando aquellas orillas del mar de Galilea, se había levantado en la sinagoga a hacer el comentario a la Ley y los profetas, en cualquier rincón se reunía con la gente para hablarles del Reino de Dios. Ellos también estarían en la Sinagoga, como formarían parte del grupo de la gente sencilla que se acercaba a escuchar a aquel nuevo profeta.  Además, estaban en la familia, eran parientes, su madre probablemente era hermana de María, la madre de Jesús. Algo conocían ya de la Buena Nueva que Jesús andaba anunciando.
Habría otro momento más adelante, que tratando de ayudar a Pedro porque a la Palabra de Jesús había cogido una redada tan grande que se reventaban las redes, también se había sorprendido por el poder de Jesús y las maravillas que realizaba y había escuchado de nuevo la misma invitación. ‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’.
Y con Jesús andaban ahora por todas partes, con El se reunían como amigos para escucharle aquellas palabras nuevas que Jesús decía y se sentían ya entusiasmados por Jesús; cuando partían de un lugar para otro, de aldea en aldea, ellos eran ya del grupo de los inseparables que iban siempre con Jesús. Para ellos tenía Jesús palabras aparte donde les explicaba con todo detalle aquellas parábolas que le ponía a la gente. Ellos estaban siendo esa tierra buena donde era sembrada la semilla y prometía que un día podría dar fruto.
Las gentes decían que nadie hablaba como El, y que un gran profeta había aparecido en medio del pueblo; las esperanzas de la venida del Mesías se avivaban y ya había algunos que pensaban si acaso Jesús no sería el Mesías. Claro que los sueños que ellos tenían sobre el Mesías que esperaban no se parecían mucho al estilo de vida que Jesús les enseñaba. Pero es normal que los sueños se despierten y comiencen también las aspiraciones. Si era el Mesías un día habría de manifestarse con mucho poder, y claro ellos que estaban cerca participarían de ese poder y de esa gloria. Normal que runrunearan en sus corazones esas aspiraciones.
¿Se atrevían ellos a presentárselas al Maestro? Entre ellos muchas veces hablaban de estas cosas y también soñaban con quien iba a ser el primero que tuviera más poder. Son cosas que brotan casi espontáneamente en el corazón de los hombres, porque a cualquiera le amarga un dulce. ¿Y si alguno se adelantaba? Se valen de madre, aquí los parentescos aparecen con sus propias influencias. Y allí se presenta la madre que tiene una petición que hacerle al Maestro, aunque ella ya de alguna manera lo estaba mirando como el Mesías anunciado. Tengo una petición que hacerte. ‘Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda’. Jesús se les quedaría mirando. ¿Sabían ellos bien lo que estaban pidiendo? ¿Habrían terminado de entender lo que era su misión y cuál era la salvación que El ofrecía? ‘No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’
Ellos parece que están dispuestos a todo y con prontitud responden aunque no sé si conscientes de lo que significaban las palabras de Jesús. Pero su cáliz lo beberán, pero los primeros puestos no se reparten de esa manera. En el Reino nuevo que Jesús anuncia el camino es el del amor y el del servicio. Solo el que sabe amar hasta el final, hasta ser capaz de dar la vida, al que no le importa hacerse el ultimo y el servidor de todos, es el que va a ser en verdad grande. Su Reino no es la manera de los reinos de este mundo, su poder no es como el poder de los poderosos de este mundo. Otro ha de ser el camino y el sentido de la vida.
Nos quedamos aquí contemplando esta escena del evangelio y tratando de verla reflejada en lo que ha de ser la vida de los cristianos de hoy y en lo que ha de ser el estilo de la Iglesia. Cuando hoy celebramos al apóstol Santiago y nosotros los españoles lo miramos como nuestro especial protector y como el primero que nos trajo el anuncio del evangelio de Jesús, nos quedamos rumiando esta escena, nos quedamos rumiando las palabras de Jesús a ver si convencemos de verdad que nuestra vida ha de ser el servicio.
Sentimos en nuestros corazones – o habríamos de sentirlo – el ardor misionero del apóstol que llegó a nuestras tierras y recogemos de su mano el testigo porque es lo que nosotros hemos de seguir haciendo. En esa España nuestra que con tanto orgullo decimos tantas veces católica tenemos que darnos cuenta que es necesario un nuevo anuncio del evangelio, una reenvangelización porque ya no todos conocen a Jesús, ya no todos viven esos valores del evangelio. Nuestra ‘católica’ España medio se ha descristianizado y otra vez hemos de sembrar con ardor la semilla del evangelio. Lo anunciamos y proclamamos como queremos proclamar bien alto nuestra fe, pero no olvidemos del testimonio que tenemos que dar.
No nos importe que no contemos entre fuerzas y poderes, pero sí que tenemos que sentir que haciéndonos los últimos y los servidores de todos es como mejor haremos ese anuncio. Despojémonos – despójese la Iglesia también en sus dirigentes y llamadas jerarquías – de esos boatos del poder para arremangarnos la toalla a la cintura para ir a lavarle los pies a nuestros hermanos. Muchos ropajes de apariencias de poder no nos valen para poder arrodillarnos junto al hermano que sufre y es por ahí donde tenemos que comenzar a limpiar y curar sus heridas. Bajémonos de ese caballo donde nos hemos subido, como subimos también al apóstol santiago, para utilizar como mucho el humilde borrico que utilizó Jesús en su entrada en Jerusalén.


viernes, 24 de julio de 2020

Hay que salir a todos los terrenos a sembrar la semilla no temiendo las dificultades de acogida que podamos encontrar porque Jesús nos envió a todos sin distinción


Hay que salir a todos los terrenos a sembrar la semilla no temiendo las dificultades de acogida que podamos encontrar porque Jesús nos envió a todos sin distinción

Jeremías 3, 14-17; Sal.: Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Mateo 13, 18-23
Al romperse el ritmo de la lectura continuada en esta semana por distintas celebraciones parece que nos queda a trasmano la explicación de la parábola del sembrador que hoy escuchamos en el evangelio. Cuando los discípulos llegaron a casa con Jesús le preguntaron por el sentido de las parábolas, por qué les hablaba en parábolas y el significado en este caso concreto de la parábola del sembrador.
Muy propio del lenguaje oriental es ser muy expresivos en sus imágenes para explicarnos cualquier cosa; incluso en el lenguaje ordinario en los saludos de los encuentros, por ejemplo, el interesarse por la familia o los seres queridos solía ir acompañado de grandes párrafos llenos de imágenes para expresar el aprecio que sentían por la familia.
De todas maneras son válidas en todos los lugares y en todos los tiempos las imágenes para expresarnos las cosas y en el mundo de comunicación en que vivimos y de medios audiovisuales de todo tipo bien sabemos como aquello que se nos presenta con unas imágenes determinadas está pensado para trasmitirnos un mensaje, para decirnos de una forma agradable o de una forma sutil muchas cosas que nos puedan interesar o ayudar. No es cuestión solo de imaginación de una riqueza del lenguaje que así quizá de manera sencilla sin embargo se hace profundo en sus contenidos que llegamos a comprender mejor.
Ya esta misma página con la que me comunico con ustedes la misma titulación ya está expresada con una imagen, la semilla que sembramos cada día (http://la-semilla-de-cada-dia.blogspot.com/), para indicar la intención y el mejor deseo de hacer que estas reflexiones sean semilla que llegue a nuestra vida y nos ayude a tener los mejores frutos de nuestra existencia y en este caso concreto de nuestro seguimiento de Jesús.
La semilla está ahí con todo su potencial, podríamos decir, en sí encierra un misterio de vida pero que tenemos que hacer germinar para que surja la nueva planta que un día nos dé los mejores frutos. Ni podemos dejar guardaba para siempre esa semilla porque podría perder su virtualidad, ni la podemos sembrar de cualquier manera si luego esa nueva planta que surge no le prestamos los necesarios cuidados para que pueda no solo brotar sino crecer y un día nos ofrezca las flores anuncio de los prometidos y ansiados frutos.
Es cierto que el sembrador de la parábola va sembrando a voleo, que es la forma habitual de sembrarla, porque quiere que llegue esa semilla a todos los campos y a todos los terrenos. Y es que la Palabra de Dios no la podemos encerrar ni podemos estar escogiendo a quien se la ofrecemos sino que su riqueza de vida es para todos y a todos se ha de ofrecer. Y aunque en la parábola nos encontramos con la dificultades de esos diversos terrenos donde ha caído la semilla que no siempre va a tener el cuidado necesario para que germine y llegue a fructificar, sin embargo ese hecho nos está también queriendo decir mucho a los cristianos de hoy a la hora de hacer esa siembra.
Quizá muy obsesionados por tener el terreno bueno y bien preparado muchas veces nos hemos quedado demasiado encerrados en los nuestros, en nuestro campo, en el recinto de nuestras iglesias o nuestros templos, esperando quizá que vengan todos deseosos de esa semilla de esa Palabra para escucharla. Que también tenemos que ser conscientes de cuáles sean las actitudes con que vienen a nuestros templos, a nuestros centros parroquiales, a nuestras catequesis, porque bien sabemos la cantidad de condicionamientos sociales que rodean muchas de nuestras acciones pastorales.
Y tenemos que darnos cuenta de que tenemos que salir a todos los campos, a todos los terrenos aunque nos encontremos con la dificultad de la acogida o no que pueda tener ese anuncio que nosotros queremos hacer. Pero Jesús nos envió al mundo, hasta los confines de la tierra, y no puso límites, ni dijo que fuéramos solo allí donde sabíamos que nos iban a escuchar.
El Papa Francisco nos lo ha estado repitiendo, como se suele decir, por activa y por pasiva, cómo tenemos que salir a las periferias, o sea tenemos que salir de nuestros lugares de siempre para llevar ese anuncio de la Buena Nueva a todo el mundo. Por muchas cosas que digamos, por muchos planes pastorales que nos hagamos, seguimos encerrados en hacer lo de siempre y el evangelio tiene que oírse con otra voz, y tiene que llegar a todos, y por todos tiene que hacerse entender.
Gastamos muchas energías hacia dentro y nos falta el impulso para ir de verdad a los de fuera. Repetimos una y otra vez las mismas cosas a los que tenemos siempre dentro de nuestras comunidades, pero no hemos encontrado la forma para saber ir a los que están más lejos y nunca vienen. Un nuevo coraje y un nuevo ardor nos faltan en el corazón. Dejemos que el Espíritu del Señor se meta dentro de nosotros y nos revuelve para hacernos despertar.