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domingo, 23 de mayo de 2010

Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida


Hechos, 2, 12-11;
Sal. 103;
1Cor. 12, 3-7.12-13;
Jn. 20, 19-23


En aquella sala alta y aderezada que Jesús había solicitado - ¿a un pariente quizá? – para celebrar la Pascua con sus discípulos, y que ya desde entonces nosotros llamaríamos el Cenáculo, sucedieron muchas cosas. Con todo detalle les había señalado Jesús a los enviados cómo habían de encontrarla siguiendo a un hombre que entraba en la ciudad con un cántaro de agua.
Se había comenzado con la señal más honda y más significativa de lo que iba a ser el amor más grande cuando Jesús lave los pies de los discípulos. Luego durante la cena fue el lugar también de la institución de la Eucaristía como signo permanente y eterno de la Pascua más plena, de manera que a partir de entonces cada vez que comemos ese pan y bebemos de esa copa anunciaríamos la muerte del Señor hasta que vuelva.
Pero iba a ser también el lugar de la efusión del Espíritu para el nacimiento de un hombre nuevo y de una humanidad nueva en el perdón y en el amor. Lo fue en la primera aparición de Cristo resucitado, como nos narra Juan en el Evangelio y hoy hemos escuchado, o cincuenta días después en Pentecostés como Lucas en los Hechos de los Apóstoles nos describe cómo el Espíritu prometido por Jesús se derramaría sobre la Iglesia naciente en aquel grupo de los Apóstoles y los discípulos que allí estaban reunidos también con la madre de Jesús.
Es lo que hoy estamos celebrando. Pentecostés, no como fiesta judía de la Ley y de las ofrendas de las primicias de los frutos de la tierra, sino como la gran fiesta del Espíritu que se derramó entonces sobre los apóstoles y se sigue derramando en nosotros y en la Iglesia a través de los siglos.
Con muchos signos y prodigios se manifestó entonces la efusión del Espíritu Santo sobre los apóstoles para que así pudieran captar mejor las maravillas que el Señor obraba en ellos y para que se expresara también que a partir de entonces todo tenía que ser nuevo y distinto porque una comunidad nueva comenzaba.
Ya podían proclamar con todo sentido que Jesús es el Señor, como Pedro proclamaría con toda valentía a las gentes que se congregaron a las puertas del Cenáculo atraídas por las señales que escucharon de que algo extraordinario había sucedido en aquellos ruidos como vientos recios que hicieron temblar el lugar. ‘Nadie puede decir Jesús es Señor, si no es bajo la acción el Espíritu Santo’ diría más tarde Pablo como hoy hemos escuchado en su carta.
Como un signo de lo que en verdad significa la acción del Espíritu en la Iglesia las gentes dispersas por la ciudad ahora se han congregado allí en la confesión de una misma fe a los que antes el pecado había dividido. Es el Espíritu que nos llama y nos congrega en un nuevo pueblo y en una nueva humanidad donde todos formamos un solo cuerpo y nos sentimos movidos por el amor.
Sucede ahora lo contrario que en Babel donde la confusión de las lenguas los había dispersado, porque ahora, aunque hablaran distintas lenguas según el lugar de donde procedía cada uno, todos sin embargo los oían hablar de las maravillas de Dios como si hablaran en su propia lengua. El Espíritu hace hablar el lenguaje del amor porque es el Espíritu del amor, y ese lenguaje sí que lo podemos todos entender.
El Cenáculo había sido hasta entonces un lugar cerrado porque los temores y las desconfianzas allí los habían encerrado; estaban con las puertas bien cerradas por miedo a los judíos cuando Cristo resucitado se les aparece en aquel primer día de la semana, y aún más, hasta se habían llenado de temor en el momento de la aparición de Jesús. Ahora, por la fuerza y la presencia del Espíritu, las puertas quedan abiertas y ya no pueden cerrarse más, porque allí había irrumpido el Espíritu y de allí había que salir con su fuerza y con su gracia a hacer el anuncio y dar el testimonio de la Buena Nueva de la Salvación para todos los hombres hasta los confines del mundo.
Se acabaron las dudas y los temores, han de disiparse para siempre los miedos y las desesperanzas, una valentía y un coraje nuevo tienen que arder en el corazón, y el fuego del Espíritu ya no podrá apagarse, sino más bien incendiar el mundo con el fuego del amor. ‘Fuego he venido a traer a la tierra, y qué quiero sino que arda’, había dicho un día Jesús. Ahora comienza a propagarse el incendio de la fe y del amor.
Es el Espíritu que se sigue derramando en nuestros corazones y nos hace comprender la realidad misteriosa que celebramos en los sacramentos; que infunde en nosotros el conocimiento pleno de la verdad revelada; que nos congrega en la confesión de una misma fe a los que andábamos divididos y confusos a causa del pecado.
El Espíritu que ha hecho de la Iglesia sacramento de unidad para todos los pueblos. El Espíritu que ha sido enviado como primicia a los creyentes a fin de santificar todas las cosas y llevar a plenitud su obra en el mundo. El Espíritu que nos santifica y nos llena de gracia y de vida, porque donde está el Espíritu ya no puede haber pecado ni muerte. El Espíritu Santo, dador de vida, fuente de vida inagotable y creciente que nos llena de santidad y de gracia. El Espíritu Santo que nos llena con sus dones y suscita en medio de la Iglesia los carismas y servicios que enriquecen al pueblo de Dios.
Muchas más cosas podríamos seguir diciendo de la acción de gracia del Espíritu Santo en nuestra vida y en la vida de la Iglesia. Muchas veces ha sido el gran desconocido para muchos cristianos, pero sin embargo ha ido actuando siempre en nuestros corazones, porque aún sin reconocerlo nosotros, ha sido el Espíritu Santo quien nos impulsa a lo bueno y a lo santo y el que ha ido guiando a la Iglesia a través de la historia; es el que nos ha llevado al conocimiento pleno de los misterios de Dios, que ‘nos ha hablado por los profetas’, como decimos en el Credo, y nos sigue hablando en el actuar de la Iglesia a través de los tiempos.
‘Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria’, decimos en el Credo. Hoy queremos expresar nuestra fe, cantar nuestra alabanza y bendición al Señor, porque en la unidad del Espíritu, por Cristo, con Cristo y en Cristo queremos tributar todo honor y toda gloria a Dios Padre todopoderoso. Somos conscientes que si queremos cantar esta alabanza y dirigir nuestra oración y acción de gracias a Dios, lo hacemos porque el Espíritu está en lo más hondo de nuestros corazones inspirándonos El ese misma cántico de alabanza y esa oración.
Que en el Espíritu nos sintamos congregados en unidad los que participamos del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.

sábado, 22 de mayo de 2010

Unánimes en la oración con María en la espera de la venida del Espíritu Santo

Hechos, 26, 16-20.30-31;
Sal. 10;
Jn. 21, 20-25

Llegamos ya a la conclusión del tiempo pascual que culmina mañana con la gran celebración de Pentecostés. Durante este tiempo hemos venido escuchando en lectura continuada el libro de los Hechos de los Apóstoles. Lo que hemos escuchado hoy es la conclusión de este libro con la presencia de Pablo en Roma a donde ha sido conducido prisionero por el nombre del Señor.
Lo importante en este texto es ver cómo Pablo, a pesar de estar prisionero, incluso con la presencia constante junto a él del soldado que lo custodia, no deja de dar testimonio del nombre de Jesús. ‘Vivió allí dos años enteros a su costa, recibiendo a todos los que acudían, predicándoles el Reino de Dios y enseñando la vida del Señor Jesucristo con total libertad sin que nadie lo molestase’.
El evangelio también es el final del de Juan que también hemos venido escuchado de manera especial en este tiempo pascual. Hace una referencia al discípulo a quien Jesús tanto quería, no sólo por la pregunta de Pedro al verlo que seguía detrás de donde estaba con Jesús con las interpretaciones que se hicieron de la respuesta de Jesús, sino en especial porque nos habla del autor de este evangelio. ‘Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito: y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero…’
Dado que estamos en las vísperas de Pentecostés y la oración que con la liturgia y tantas otras que hemos querido hacer pidiendo la fuerza y la presencia del Espíritu, quisiera recordar lo que nos dicen los Hechos de los Apóstoles en otro momento. Después de la Ascensión de Jesús al cielo regresaron a Jerusalén y se reunió el grupo de los Once y otros discípulos con María en la espera del cumplimiento de la promesa de Jesús. ‘Todos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María la Madre de Jesús y con los hermanos…’
Con la presencia de María queremos sentirnos nosotros también en esta espera del cumplimiento de la promesa de Jesús y la venida del Espíritu Santo. Hemos venido pidiendo – y queremos hacerlo de manera especial con María – que el Espíritu Santo se haga presente en nuestra vida y nos llene de sus dones. Hermoso sería fijarnos en lo que la liturgia nos ha ido sugiriendo en esta semana de cómo invocar al Espíritu Santo.
Hemos pedido, por ejemplo, que se derrame la fuerza del Espíritu Santo para que cumpliendo fielmente la voluntad del Señor, demos testimonio con nuestras obras. El Espíritu que haciendo morada en nosotros, nos haga templos de la gloria del Señor. Que nos sintamos congregados por el Espíritu y vivamos unidos en el amor. Que el Espíritu nos penetre con su fuerza para que con nuestra vida demos gloria al Señor, porque nuestro actuar, nuestras obras sean siempre concordes con la voluntad del Señor. Que la venida del Espíritu con todos sus dones nos mueva a mejor servir a Dios en nuestros hermanos y nos ayude a comprender la riqueza inmensa de nuestra fe. Y finalmente pedíamos que no perdamos nunca la alegría de la Pascua.
Que María nos ayude, interceda por nosotros, nos alcance del Señor esa gracia. Con María oramos y nos preparamos. De María aprendemos a abrir nuestro corazón a la acción del Espíritu como ella supo hacerlo.

viernes, 21 de mayo de 2010

La humildad del amor

Hechos, 25, 13-21;
Sal. 102;
Jn. 21, 15-19

Con no poca osadía me atrevo a titular este texto del evangelio como ‘la humildad del amor’. Muchas cosas cambiaron en el corazón de Pedro en pocos días, pero sobre todo al pasar por la Pascua de Jesús. El encuentro ahora con el resucitado le hará amar más y más a Jesús, pero también a ponerse ante El con la hermosa actitud de la humildad.
Tres veces le pregunta Jesús si lo ama. ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?’. Y tres veces irá respondiéndole a Jesús diciéndole simplemente ‘tú sabes que te quiero’, aunque a la tercera pregunta ya Pedro se entristeciera porque le recordaría su triple negación. Aquel Pedro impetuoso e impulsivo que quiere ser siempre el primero en responder, el primero en seguir a Jesús, ahora humildemente está diciendo a Jesús, ‘Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo’.
Sería el primero en responder cuando Jesús les preguntara qué pensaban ellos del Hijo del Hombre, haciendo una hermosa confesión de fe. Sería el que tomara la iniciativa en lo alto del Tabor para, manifestando en nombre de los tres lo bien que se estaba allí, ya querer hacer tres chozas o tiendas para Jesús, Moisés y Elías para quedarse para siempre en aquel éxtasis divino.
Será el que quiera impedir que Jesús vaya a Jerusalén si es que allí va a suceder todo lo que anuncia Jesús, o al menos que se lo quite de la cabeza porque no le puede pasar nada. Será el primero en decir que a dónde van a ir ellos, allá cuando lo de la sinagoga de Cafarnaún, ‘si tú tienes palabras de vida eterna’.
Será el primero en prometer en el Cenáculo que no abandonará jamás a Jesús y le seguirá incluso hasta la muerte si fuera preciso, siendo el primero en Getsemaní en echar mano de la espada para defender a Jesús.
Pero pronto llegará la hora de la negación, la hora de esconderse en el Cenáculo con las puertas bien cerradas por miedo a los judíos, la hora de las dudas ante el sepulcro abierto y vacío.
Pero ahora estaba ante Jesús. Se había echado al agua para llegar el primero a la orilla, aunque estaban a escasos cien metros, cuando Juan le había dicho que ‘es el Señor’ tras la pesca milagrosa. En otra pesca, en ese mismo lago, había puesto toda su confianza en Jesús echando en su nombre las redes y al contemplar las maravillas de Dios le había pedido a Jesús que se apartara de él porque era un hombre pescador. Ahora humildemente, porque reconoce sus debilidades y caídas, le porfiaba una y otra vez su amor al Señor. La humildad del amor.
Pero la humildad no se acaba aquí, sino que, a pesar que Jesús le dice que pastoreará su rebaño –‘apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos’- sin embargo le anuncia que ‘cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras’. El evangelista comenta que ‘esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios’. El Pedro del entusiasmo y de la fe, el Pedro del amor humilde pero generoso también habrá de pasar su pascua, su pasión, su martirio con lo que dará gloria a Dios.
Creemos en el Señor. Amamos a Dios y queremos amarle sobre todas las cosas. Pero con humildad reconocemos las debilidades de nuestro amor, muchas veces tan lleno de imperfecciones y tibiezas. Pero también nosotros queremos decirle a Jesús, ‘tú lo sabes todo’, porque conoces mis debilidades y pecados, pero sabes, Señor, que por encima de todo y a pesar de todo eso, te amo, te seguiré a donde quieras.
También con humildad queremos mostrarle nuestro amor.

jueves, 20 de mayo de 2010

Conocimiento de Dios, conocimiento de Cristo, vida eterna

Hechos, 22, 30; 23, 6-14;
Sal. 15;
Jn. 17, 20-26

‘Les he dado a conocer y les daré a conocer tu Nombre, para que el amor que me tenías esté con ellos, como yo también estoy con ellos’. Por dos veces en este corto texto del evangelio nos habla Jesús del amor que el Padre le tiene y que por Jesús nos tiene a nosotros también. ‘De modo que el mundo sepa que Tú me has enviado y los has amado como me has amado a mí’. Un amor del Padre al Hijo desde toda la eternidad ‘porque me amabas desde antes de la fundación del mundo’. Pide Jesús que así también nosotros nos sintamos amados del Padre.
Cuando Jesús comenzaba esta oración sacerdotal decía que su gloria era darnos, trasmitirnos la vida eterna. Y nos decía: ‘Esta es la vida eterna, que te conozcan a Ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’. Ha venido, se ha hecho hombre para que tengamos vida eterna. Ha venido para revelarnos a Dios – es la Palabra de Dios, el Verbo de Dios, la revelación de Dios – y conociendo a Dios y conociéndole a El tengamos vida eterna. Ha venido para, con su entrega y su redención, alcanzarnos vida eterna.
En eso tenemos que aplicarnos, en alcanzar esa vida eterna, en llegar a ese conocimiento profundo de Dios que nos haga alcanzar la vida eterna. Alguno podría pensar, entonces ¿es suficiente tener conocimiento de Dios, o sea, saber cosas de Dios, y sólo con eso alcanzaremos la vida eterna? Entendámonos.
Cuando hablamos de ese conocimiento no se trata de saber cosas, como quien aprende geografía o matemáticas. Es algo mucho más hondo. Ese conocer nos lleva a vivir. Ese conocimiento de Dios que haría nuestra vida distinta y que nos llenaría de vida eterna es como un dejarnos inundar de Dios, impregnarnos de Dios, empaparnos de Dios, meternos en el corazón de Dios y dejar que Dios se meta en lo más hondo de nuestro corazón.
No es lo mismo una tierra reseca y endurecida como una piedra que una tierra que ha sido empapada suficientemente por el agua y los nutrientes necesarios para hacer surgir y verdear hermosas plantas que se llenarían de flores y de frutos. Así nosotros, inundados de Dios, nuestra vida verdeará y florecerá, nuestra vida podrá dar frutos, en una palabra, nos llenaríamos de vida eterna, arrancando de nosotros todo lo que es maldad y muerte.
La vida de un cristiano tiene que estar en continuo crecimiento. No se puede estancar. Muchos cristianos dicen a mí qué me van a enseñar si soy cristiano de toda la vida. El conocimiento de Dios no se agota nunca. Esa vida eterna que Dios nos da estará en constante crecimiento y maduración. Si no crece y madura tiene el peligro de morirse.
Por eso siempre tenemos que buscar todos los medios de formación y maduración en nuestra vida cristiana, para crecer en ese conocimiento de Dios. Tenemos que alejarnos de todo tipo de rutina y costumbrismo – hacer las cosas solamente dejándonos llevar por la costumbre sin tener una motivación profunda -. Hemos de tener hambre de Dios, de su Palabra, de su gracia, de su vida. Es lo que nos llevará al testimonio valiente, a los frutos del amor, a una santidad cada vez más resplandeciente.
Hoy hemos escuchado cómo Pablo, después de dar valiente testimonio de su fe en la resurrección de los muertos y en la resurrección de Jesús, siente lo que Dios le señala en su corazón que ha de ser su vida en adelante: ‘¡Animo! Lo mismo que has dado testimonio a favor mío en Jerusalén, tienes que darlo en Roma’. Es lo que quizá el Señor quiere hacernos sentir en lo más hondo de nuestro corazón. Hoy damos testimonio aquí, pero no sabemos por qué caminos nos va a llevar el Señor. Nosotros, sacerdotes y religiosos, hoy estamos con una misión o un ministerio en un lugar determinado, pero sabemos que el Señor nos pude enviar a otro lugar y a otra misión para que sigamos dando el testimonio de nuestra fe y de nuestra vida. Recordamos que hace unos días escuchábamos también a Pablo que se sentía impulsado por el Espíritu para ir a Jerusalén y él se dejaba conducir.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Guárdalos en tu nombre para que sean uno

Hechos, 20, 28-38;
Sal. 67;
Jn. 17, 11-19

Continúa la oración de Jesús por sus discípulos. Sabe Jesús que el mal nos acecha, que nos podemos ver tentados por muchas cosas y algo terrible sería la división entre los que creemos en Él, y que por el testimonio que hemos de dar vamos a ser rechazados por el mundo, y por eso ora insistentemente al Padre por sus discípulos, es decir, por nosotros.
‘Guárdalos del mal… guárdalos en tu nombre…’ pide repetidamente Jesús al Padre. ‘Guárdalos en tu nombre para que sean uno…’ Será una petición y un deseo insistente de Jesús. lo volveremos a escuchar. Qué importante es que mantengamos la unión y la comunión. Si antes nos había dejado como su principal mandamiento el amor, que sería el distintivo de los discípulos, ahora insiste Jesús en nuestra unión que es fruto de ese amor. Esa unidad y ese amor que se rompe tantas veces desde nuestros corazones egoístas y desde nuestros orgullos. Por eso, con insistencia pide Jesús al Padre ‘guárdalos en tu nombre para que sean uno’. Porque ese será el mejor testimonio de nuestra fe, la unión y el amor.
La oración de Jesús al Padre viene a ser para nosotros por una parte un anuncio y prevención de lo que nos puede pasar, pero también una preparación de nuestro espíritu para que nos mantengamos firmes en nuestra fe y en el testimonio que hemos de dar. Porque nos vamos a encontrar un mundo adverso. ‘El mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo’. No somos del mundo porque nuestros estilo de vivir, nuestro sentido de vida es distinto. Estamos en medio del mundo pero no podemos contaminarnos por él. Hemos optado por Jesús, por ser sus discípulos y el sentido y el valor de nuestra vida es distinto; arranca de los valores del Evangelio, de la vivencia del Reino de Dios.
Ese odio del mundo lo seguimos sintiendo en nuestra propia carne en todos los tiempos, en nuestros tiempos también. Cómo se regodea el mundo tratando de desprestigiar a la Iglesia, a los sacerdotes, a los cristianos todos que quieren vivir fieles a su fe. Cómo se aprovechan de nuestros fallos humanos para caer sobre nosotros. Cómo frente al anuncio del evangelio de la vida, a la proclamación de nuestra fe, al testimonio de nuestros principios y valores nacidos del evangelio, el mundo de moviliza con todos sus medios para ir en contra.
Es la lucha del mal contra el bien. Nadamos a contracorriente y no hemos de temer porque ya Jesús nos anunció que sería así, pero también nos dijo como hemos escuchado estos días ‘Yo he vencido al mundo’. Tenemos la victoria de Jesús de nuestra parte. Ahora contemplamos a Jesús orando por nosotros, por sus discípulos.
‘No te ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal… santifícalos en la verdad…’ Santificarnos en la verdad es hacernos sentir su fortaleza y su gracia. Para eso nos da el don de su Espíritu. Lo estamos implorando nosotros también insistentemente en estos días previos a Pentecostés. ‘Por ellos me consagro yo, para que también ellos se consagren en la verdad’. Así Cristo se entrega por nosotros para que tengamos vida, para que no nos falte su gracia, para que nosotros vivamos también nuestra consagración y nuestra entrega. En la verdad, en el amor, en una entrega como la de Jesús.
Y somos unos enviados como Cristo es el enviado del Padre. ‘Ellos creen que Tú me has enviado’, le escuchábamos. Pero ahora es Jesús el que nos envía, y nos envía a ese mundo que nos es adverso, que nos rechaza y no nos quiere recibir, que nos odia. El temor al mundo hostil no nos puede encerrar en el Cenáculo, sino que hemos de sentirnos enviados. Jesús sabe que va a la cruz pero cumple la voluntad del Padre. Así nos envía a nosotros también.
Es el mundo donde hemos de anunciar la Buena Noticia de Jesús. Es el mundo que con la fuerza del Espíritu nosotros hemos de transformar con la semilla de la Palabra de Dios, con la levadura del Espíritu, con la sal y el sabor del evangelio, con la luz de Jesús. Por eso Jesús ora al Padre por nosotros.

martes, 18 de mayo de 2010

Ha llegado la hora de la glorificación en el sacrificio de la Pascua

Hechos, 20, 17-27;
Sal. 67;
Jn. 17, 1-11

‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique… y dé la vida eterna a los que me confiaste...’ Así comienza Jesús su oración sacerdotal (así solemos llamarla) al final de la Última Cena antes de salir para Getsemaní. Oración que hace por los discípulos, por aquellos que creen en El y a los que quiere dar vida eterna. Para eso ha venido y ha llegado su Hora.
Casi al principio del evangelio de Juan, en las Bodas de Caná, ante la petición de su madre por la situación que pasan los novios a los que se les ha acabado el vino de la boda, Jesús le dice: ‘Aún no ha llegado mi hora’. Sin embargo en la medida en que nos acercamos a la Pascua, a su pasión y muerte, ya el evangelista nos va a decir que se acerca su hora.
Cuando Felipe y Andrés les presentan a Jesús a los dos gentiles que quieren conocerle, Jesús responderá anunciando la llegado de su hora, la hora de su glorificación. ‘Ha llegado la hora en que el Hijo del Hombre va a ser glorificado’. Y añade: ‘Yo os aseguro que el grano de trigo seguirá siendo un único grano, a no ser que caiga dentro de la tierra y muera; sólo entonces producirá fruto abundante’. Un anuncio de hasta donde llega su amor de dar su vida por nosotros a quienes ama.
Y cuando va a comenzar la cena pascual volverá a hablarnos el evangelista de la hora que llega. ‘Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de dejar este mundo para ir al Padre, y habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo’. La hora de pasar de este mundo al Padre, la hora del amor y del amor hasta el extremo, la hora de la glorificación.
Ahora en la cena se nos vuelve a hablar de la hora y de la hora de la glorificación. Es la hora del amor, la hora del grano de trigo que muere para dar fruto, la hora en que será glorificado Jesús y será glorificado el Padre en el supremo sacrificio de la Pascua, el supremo amor de quien se entrega hasta morir para que nosotros tengamos vida eterna.
El domingo de la Ascensión contemplábamos a Jesús glorificado subir al cielo y sentado a la derecha del Padre, Dios todopoderoso. Glorificado en la pasión, en la muerte, en la entrega de amor para llegar a la plenitud total junto a Dios. Y en ese momento hace el ofertorio, hace su oración por todos, y por todos aquellos que creyendo en su nombre van a alcanzar la salvación.
‘Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que tenía cerca de ti antes que el mundo existiese. He manifestado tu nombre a los hombres que me diste en medio del mundo… y han creído que tú me has enviado… te ruego por ellos… en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo; pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti’.
Cristo no nos deja ni se desentiende de nosotros como decíamos el día de la Ascensión. Intercede por nosotros porque quiere darnos su Espíritu. ‘Ahora intercede por nosotros como mediador que asegura la perenne efusión del Espíritu’, que decimos en el prefacio. Es un consuelo grande tener tal mediador e intercesor. Con cuánta seguridad y confianza hemos de seguir su camino.

lunes, 17 de mayo de 2010

Ser conscientes de que hemos recibido el Espíritu Santo

Hechos, 19, 1-8;
Sal. 67;
Jn-. 16, 29-33

‘Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo’. Así respondieron aquellos discípulos de Éfeso cuando Pablo les pregunta si habían recibido el Espíritu Santo al aceptar la fe. Estamos en un nuevo viaje de Pablo y al llegar a Éfeso se encuentra con estos discípulos que sólo habían recibido el Bautismo de Juan.
Éfeso era una ciudad importante en el Asia Menor y además era de gran riqueza, lo que va a originar algunos conflictos en la predicación de Pablo, pero será una comunidad a la que Pablo dedicará gran atención. Conocemos la carta, muy importante que Pablo más tarde les dirigiría y que está contenida en el canon del Nuevo Testamento además del tiempo que ahora le dedica y las atenciones que tendrá más tarde con los presbíteros de aquella comunidad como ya escucharemos.
En esta ocasión Pablo instruirá a aquellos discípulos que sólo conocían el Bautismo de Juan y que ahora una vez aceptada la fe y recibir el Bautismo recibirán también el don del Espíritu con grandes signos y señales. No bastaba sólo aquel bautismo de Juan que era como un signo penitencial de preparación para recibir al verdadero Salvador, Cristo Jesús. No es sólo la acción del agua como rito de purificación lo que nos va a unir plenamente a Jesús, sino que será la acción del Espíritu.
Podemos recordar en este momento varias cosas. Por una parte recordemos que cuando Jesús fue bautizado por Juan en el Jordán, porque el quiso ponerse en aquella fila de los pecadores, cuando así había asumido nuestra condición humana y venía a cargar con nuestros pecados para limpiarnos de ellos, se manifestó de manera especial el Espíritu Santo sobre El, como una consagración podríamos decir, porque así nos manifestaba en verdad quién era Jesús y cuál era su misión. Desde entonces las aguas del bautismo adquieren una especial significación como hoy mismo lo vemos en este hecho de la comunidad de Éfeso que al ser bautizados reciben el don del Espíritu. ‘Se bautizaron en el nombre del Señor Jesús; cuando Pablo les impuso las manos, bajó sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a hablar en lenguas y a profetizar’, nos dice.
Estamos en la última semana de Pascua y ya en la recta final que nos lleva a la fiesta del Espíritu Santo, a Pentecostés. – Digo fiesta pero todos sabemos que para nosotros es una gran solemnidad la celebración de Pentecostés - . Por eso esta semana es como una intensa preparación para ese gran día. Los textos de la liturgia de estos días nos van a ayudar en esa preparación, ese disponernos en verdad para sentir cómo el Espíritu Santo está y actúa en nosotros.
Somos nosotros los hombres y mujeres del Espíritu, que hemos recibido también en nuestro Bautismo y en el Sacramento de la Confirmación. El Espíritu que nos fortalece y nos llena de vida, porque nos ha dado la vida nueva de los hijos de Dios. El Espíritu que nos hace fuertes, porque nos hace sentir esa presencia de Dios en nosotros frente a los peligros a los que nos podamos enfrentar o las dificultades que podamos tener. Jesús en el Evangelio les habla de los momentos difíciles por los que van a pasar, pero que no han de tener miedo porque estando con Jesús por la fuerza de su Espíritu la victoria está asegurada.
‘Mirad que está para llegar la hora, mejor, ha llegado ya, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo – una referencia al abandono de los discípulos al comienzo de la pasión, pero seguirá diciéndoles -; pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Os he hablado de esto, para que encontréis paz en mí. En el mundo tendréis luchas, pero tened valor: Yo he vencido al mundo’.
Que sintamos esa fortaleza del Espíritu. Preparémonos para renovar su presencia en nuestra vida en la celebración de Pentecostés.

domingo, 16 de mayo de 2010

La Ascensión despierta una ardiente esperanza de seguirlo en su Reino


Hechos, 1, 1-11;
Sal. 46;
Hebreos, 9, 24-28; 10, 19-23;
Lc. 24, 46-53


‘Al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso… y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos y su reino no tiene fin…’ Así confesamos nuestra fe. ‘Por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo…’ y ahora lo vemos glorioso subir al cielo, volver al Padre para manifestarse con todo poder y gloria sentado a la derecha de Dios todopoderoso.
Es lo que hoy estamos celebrando. Es día grande que brilla más que el sol, como recitamos en el dicho popular. Es la Ascensión del Señor. Se abajó y se hizo el último, pero Dios lo levantó, exaltó su nombre sobre todo nombre; podemos proclamarle el Señor.
Día de alegría, día de esperanza. Se manifiesta el triunfo y la glorificación de Cristo, se nos abren para nosotros las puertas del cielo, las puertas de la gloria. ‘Dios asciende entre aclamaciones…’ Jesús ha inaugurado la entrada en el cielo y nos ha dejado abierto el camino que conduce al mismo. Por eso la alegría de esta fiesta nos llena de esperanza. Tenemos ya ‘entrada libre en el Santuario del cielo, en virtud de la sangre de Jesús, contando con el camino nuevo y vivo que El ha inaugurado para nosotros’ que nos decía la carta a los Hebreos.
Cuando antes se ponían tristes cuando Jesús les hablaba de su marcha al Padre, ahora los vemos llenos de alegría, desaparecidos los temores, y no hacen otra cosa que bendecir a Dios. Desde que le vieron resucitado todo para ellos era alegría porque ya estaban pregustando el triunfo de Cristo. No se había quedado todo en la muerte, en la cruz, ni tras la loza de piedra que cerraba la entrada del sepulcro. Esos velos de oscuridad y temor se habían corrido, y la piedra había saltado a la entrada del sepulcro porque ya estaba vivo y resucitado. En las sombras de la muerte no había que ir a buscar a Jesús.
Ahora todo era luz y resplandor. Ahora ya pueden proclamar que Jesús es el Señor y por eso ahora daban continuamente gracias a Dios al descubrir que Jesús es el Señor, que Jesús es el Salvador. ‘Mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo al cielo. Ellos se postraron – reconocían que era el Señor – y se volvieron a Jerusalén con gran alegría… bendiciendo a Dios’, nos dice el evangelio.
Es que la Ascensión de Jesús al cielo es el camino de nuestra ascensión. Cristo asciende al cielo y le contemplamos revestido de gloria y sentado a la derecha del Padre. Pero eso es anticipo, prefiguración de la gloria a la que nosotros estamos llamados. Ahora sabemos hasta donde puede llegar la meta del hombre, alcanzar esa plenitud de Cristo, esa plenitud de gloria en el Señor.
La Ascensión del Señor es pasarnos a nosotros el testigo de su misión y para eso nos dará la fuerza del Espíritu Santo. ‘No os alejéis de Jerusalén; aguardad a que se cumpla la promesa de mi Padre… vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo… cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos… hasta los confines del mundo…’ Recibimos el testigo para ser testigos, para que demos el testimonio de Jesús.
Se acaba el ministerio terreno de Jesús pero comienza el ministerio de la Iglesia. La Iglesia que ha de continuar la obra y la misión de Jesús. Y cuando decimos Iglesia estamos diciendo nosotros. Nosotros tenemos ahora que seguir haciendo presente a Jesús en medio del mundo con la fuerza del Espíritu que recibimos en Pentecostés. Ahora nosotros somos los testigos que no podemos callar, que tenemos que dar testimonio, que tenemos que anunciar a Jesús, que tenemos que seguir realizando el reino nuevo de Dios.
Y esa obra y esa misión de Jesús pasa por el camino del amor, se manifiesta y se realiza en el amor. Por eso tenemos que amarnos. Por eso tenemos que llevar amor a nuestro mundo, sembrando semillas de amor. Fue el camino de Jesús y tiene que ser nuestro camino. Aunque sabemos que ese camino de amor de Jesús pasó por la cruz y por el calvario, y también de una manera o de otra en nuestro camino de amor tendremos que pasar por la cruz, por tantos calvarios de sufrimiento que son calvarios de entrega en la vida.
Pero no tememos. En ese amor nos sentimos elevados y liberados, transfigurados y llena de trascendencia nuestra vida. No tememos porque Cristo va delante de nosotros y aunque le vemos hoy subir al cielo, no por eso vamos a pensar que nos abandona o se desentiende de nosotros. Todo lo contrario, nos precede ‘para que vivamos en la ardiente esperanza de seguirlo en su reino’. Fue elevado al cielo para levantar a nuestra humanidad, esa humanidad que el había querido asumir al hacerse hombre como nosotros, y así ‘hacernos partícipes de su divinidad’, de su vida divina, de su gracia, de la fuerza de su Espíritu. En Cristo ‘nuestra naturaleza humana ha sido tan extraordinariamente enaltecida que participa ya de su misma gloria’.
Por eso su victoria es nuestra victoria; su gloria será también nuestra gloria. Por eso sentimos que ‘se eleva nuestro espíritu aspirando a los bienes del cielo’. Miramos al cielo, no para quedarnos estáticos y como adormilados, sino que, caminando con los pies en la tierra de este mundo nuestro que estamos llamados y comprometidos a transformar, sentimos que es de ahí arriba, por decirlo de alguna manera, nos viene la fuerza, nos viene la gracia para que podamos ahora, aquí en la tierra, realizar nuestra misión y un día ‘podamos alcanzar los gozos de los premios eternos’.
¿No son todo esto razones para la alegría y la esperanza? Por eso es tan grande esta fiesta de la Ascensión, es tan importante en nuestra vida y así lo ha celebrado la Iglesia siempre.

sábado, 15 de mayo de 2010

En mi nombre os lo dará…

Hechos, 18, 23-28;
Sal. 46;
Jn. 16, 23-28

‘Yo os aseguro: si pedís algo al Padre, en mi nombre os lo dará… pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa…’
Estas palabras de Jesús son lo que El a través del evangelio nos ha enseñado, a orar y orar con confianza, con perseverancia, con fe. ‘Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá… porque quien pide recibe, quien busca halla y a quien llama se le abrirá…’ Nos recuerda lo que Jesús enseña en el sermón del Monte de las Bienaventuranzas. En muchas ocasiones Jesús nos hablará de la oración, nos enseñará a orar. Así nos dará el modelo de oración del Padrenuestro.
Nos enseña a orar a Dios, a orar al Padre. Y nos dice que en su nombre el Padre nos dará lo que le pidamos. No es ya que nosotros pidamos en el nombre de Jesús, que ya realmente lo hacemos cuando decimos ‘por Jesucristo, nuestro Señor’, sino que por el nombre de Jesús, por el amor que el Padre tiene al Hijo a quien nosotros amamos, nos lo dará. Es hermoso. De alguna manera podemos decir que Jesús es el motivo. Porque nos hemos unido a Jesús y queremos ser sus discípulos, porque le amamos y creemos en El. Porque amamos y creemos en Jesús el Padre tendrá un amor especial para nosotros.
‘Aquel día,
nos dice Jesús, pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré por vosotros, pues el mismo Padre os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’. Dios nos ama y cuando nosotros creemos en Jesús, que viene de Dios, y le amamos, podríamos decir, Dios se derrite de amor por nosotros y nos concede lo que le pedimos. Cuánta seguridad y cuánta confianza. Con cuánto amor hemos de amar nosotros a Jesús y amar al Padre.
Sí, Jesús rogará por nosotros. Vamos a escuchar en los próximos días la oración de Jesús al Padre por nosotros con lo que concluye todo este discurso de la Última Cena. Y precisamente mañana vamos a celebrar la Ascensión de Jesús al cielo donde está sentado a la derecha del Padre, como confesamos en el Credo, e intercede por nosotros. ‘Mediador entre Dios y los hombres… que habiendo entrado de una vez para siempre en el Santuario del cielo, ahora intercede por nosotros como mediador que asegura la perenne efusión del Espíritu’ Así lo expresa la liturgia en estos días que vamos a celebrar la Ascensión del Señor.
Por eso la Iglesia siempre en la oración, la alabanza, la acción de gracias y la gloria que quiere dar con toda la creación al Padre del cielo lo hace en nombre de Jesús. ‘Por Cristo, nuestro Señor’, decimos en la conclusión de todas las oraciones litúrgicas. ‘Por Cristo, Señor nuestro’ queremos cantar siempre la alabanza y la acción de gracias como expresamos en todos los prefacios. ‘En verdad es justo y necesario… darte gracias siempre y en todo lugar… por Cristo, Señor nuestro’.
Y cuando llega el momento culminante de la Eucaristía, la verdadera ofrenda que presentamos a Dios para darle ‘todo honor y toda gloria’, lo hacemos ‘por Cristo, con Cristo y en Cristo’.
Así en Cristo nos sentimos amados. Así por Cristo el Padre nos escucha siempre y nos concede toda gracia. Así en Cristo queremos que toda nuestra vida sea para la glorificación de Dios.

viernes, 14 de mayo de 2010

Testigos de resurrección, enviados y mensajeros del amor


fiesta de san matías apóstol


Hechos, 1, 15-17.20-26;
Sal. 112;
Jn. 15, 9-17


El texto de los Hechos de los Apóstoles nos narra la elección de Matías para formar parte del grupo de los Doce Apóstoles que se había roto con la traición de Judas. Jesús había constituido el grupo de los Apóstoles, a los que El había llamado personalmente por su nombre, como doce, que era un número bien significativo en la Biblia recordando las doce tribus de Israel.
Aún no había venido el Espíritu Santo sobre los Apóstoles y la Iglesia naciente. Allí estaban como les había mandado Jesús en la espera del cumplimiento de la promesa del Padre, el envío del Espíritu Santo. Estaban reunidos en oración los Once con María, la Madre de Jesús y algunos otros discípulos.
Pedro toma la iniciativa de proponer la elección de quien sustituya a Judas en el número de los Doce del Colegio Apostólico. Han de elegir a alguno que haya sido testigo de la vida de Jesús pero sobre todo de su resurrección. Era la principal misión que Jesús les había confiado, ser testigos. Se proponen dos y se invoca al Señor para que les manifieste a quien ha elegido. Echan a suertes y el elegido es Matías. Luego ya no sabremos más de él en todo el nuevo Testamento; pero no importa, es el elegido y se ha recompuesto el Colegio Apostólico.
‘Muéstranos a cuál de los dos has elegido…’ es la oración de Pedro y de aquella primera comunidad. Quien elige es el Señor. Se valdrá de nuestro actuar humano pero es el Señor quien ha mostrado esa predilección. Es lo que contemplamos también hoy en el evangelio.
Este texto que hoy se nos ha proclamado está enmarcado en la Última Cena, como los que hemos venido proclamando y escuchando en estos días de Pascua. Unión con Jesús, guardar sus mandamientos, permanecer en el amor. Como consecuencia de todo esto amarnos nosotros también. Es el fruto que hemos de dar en nuestra vida como respuesta a esa predilección de amor que Jesús tiene con nosotros. Jesús es el Hijo predilecto del Padre, nosotros somos los discípulos predilectos y elegidos de Jesús.
‘Ya no os llamo siervos…’ El discípulo que sigue a Jesús no es un siervo. Nada nos esclaviza porque Cristo nos ha liberado, nos ha dado la más perfecta y hermosa libertad, la libertad del amor y de la gracia que sí nos hará servidores en el amor de los demás.
Pero Jesús nos llama amigos. ‘A vosotros os llamo amigos…’ El se nos ha revelado, se nos ha dado a conocer y en El podemos conocer lo más hondo de Dios. ‘Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer…’
Somos los que nos sentimos inundados del amor de Jesús; así nos ama, y así se nos revela. Así nos ha elegido para tenernos con El. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido a mí, soy yo quien os he elegido…’ No es que nosotros hayamos buscado a Dios y lo hagamos encontrado por nosotros mismos. El quien ha venido en nuestra búsqueda para mostrarnos su predilección y su amor. En la oración pedíamos que ‘podamos alegrarnos de tu predilección al ser contados entre tus elegidos’. Nos queda dar nuestra respuesta, el fruto que tenemos que dar. ‘Os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure’.
No nos podemos quedar encerrados en nosotros mismos disfrutando sólo para nosotros ese amor y esa predilección divina. Tenemos que ir, ir a los demás a dar a conocer esos frutos de amor que damos. Somos enviados y mensajeros del amor, misioneros de Jesús. Y no hace falta ir a buscar lugares lejanos o extraños a donde ir sino que ahí con los que estamos cada día hemos de dar fruto, hemos de dar gloria a Dios.

jueves, 13 de mayo de 2010

Vivir siempre la alegría de la resurrección

Hechos, 18, 1-8;
Sal. 97;
Jn. 16, 16-20

Subrayamos varios aspectos de la celebración de hoy en la cercanía de la Ascensión del Señor y celebrando también hoy a la Virgen de Fátima, cuando hemos pedido en la oración litúrgica ‘vivir siempre la alegría de la resurrección’. Algo que nunca nos puede faltar.
Parecen enigmáticas las palabras de Jesús que les cuestan mucho entender los discípulos con eso de ‘todavía un poco y no me veréis, y todavía otro poco y me veréis’. Ha una referencia en primer lugar a lo que va a suceder a partir de ese momento de la cena pascual que han estado celebrando con la entrega, la pasión, la muerte de Jesús y su resurrección.
‘Estáis preocupados por mis palabras… yo os aseguro que vosotros lloraréis y gemiréis, mientras que el mundo se sentirá satisfecho…’ les dice Jesús. Fue el impacto que casi les hacía tambalearse en su fe con la pasión y la muerte de Jesús. Aquello podía suponer un triunfo para quienes habían llevado a la Cruz y a la muerte a Jesús. ‘Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo’, termina diciéndoles Jesús. Fue la alegría de los discípulos al contemplarle resucitado y verdaderamente victorioso. Sí, que sigamos viviendo nosotros siempre la alegría de la resurrección, como decíamos. Es lo que verdaderamente nos ayudará a comprender todo el misterio de Cristo y en especial su pasión y su muerte.
Lo mismo puede suceder con la Ascensión de Jesús al cielo que podría parecer que dejaba huérfanos a los discípulos. Pero ya hemos escuchado a Jesús en estos últimos días; ‘si no me voy, no vendrá a vosotros el Espíritu enviado por el Padre… si me voy os lo enviaré’. Con la promesa de Jesús precisamente vamos a escuchar en el día de la Ascensión como nos cuenta san Lucas que tras la Ascensión de Jesús al cielo en el camino de Betania ‘los discípulos se volvieron a Jerusalén llenos de alegría y bendiciendo a Dios’.
Nos vale todo esto que estamos reflexionando para que no perdamos todo ese sentido pascual de nuestra vida; sintiendo la fuerza y la gracia del Espíritu Santo en nosotros mantengámonos firmes en nuestra fe aún en los peores momentos que podamos pasar. Nunca nos sentiremos solos si ponemos nuestra confianza y nuestra esperanza total en el Señor.
Los Hechos de los Apóstoles siguen narrándonos la predicación de Pablo, ahora en Corinto y no sólo ya a los judíos que algunos no quieren aceptar, sino también a los gentiles. ‘Los sábados disputa en la Sinagoga persuadiendo a los judíos y a los gentiles’, nos dice.
Y finalmente una palabra en este 13 de Mayo, festividad de la Virgen de Fátima en este aniversario de las apariciones y con la visita estos días a aquel lugar mariano. Resaltar el mensaje de la Virgen que tanto invitaba a los tres pastorcitos a orar y a rezar por los pecadores y por la conversión del mundo. Que María sea poderosa intercesora, como Madre nuestra que es y Madre de Dios.
Que María nos abra los ojos del corazón para que descubramos y encontremos los caminos de la santidad convirtiendo nuestro corazón al Señor y apartándonos de todo pecado. Que escuchemos esa invitación de María a nuestra propia conversión porque somos pecadores y a pedir también insistentemente por la conversión de los pecadores y por la conversión de nuestro mundo. cuánto podemos hacer con nuestra oración y el ofrecimiento con amor de nuestra vida por la conversión del mundo.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Desde nuestra pequeñez cantemos la alabanza del Señor que se nos manifiesta

Hechos, 17, 15.22-18, 1;
Sal. 148;
Jn. 16, 12-15

‘Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria’, hemos repetido en el salmo. En verdad en todo momento hemos de alabar y bendecir al Señor. ‘Alaben el nombre del Señor… reyes y pueblos, príncipes y jefes, jóvenes y mayores, niños y también los ancianos… alaben el nombre del Señor, el único nombre sublime’.
Como nos dice hay san Pablo ‘el Dios que hizo el mundo y lo que contiene… el Señor del cielo y tierra… que a todos da la vida y el aliento y todo…’ que nos creó y puso en el corazón del hombre el deseo de buscarle y de encontrarle… ‘que no está lejos de ninguno de nosotros, pues en El vivimos, nos movemos y existimos…’ el que viene en busca nuestra y nos pide que nos volvamos a El, el que se nos manifiesta en Cristo Jesús, muerto y resucitado para nuestra salvación.
El discurso de Pablo en el Areópago de Atenas es toda una invitación a una confesión de fe, porque nos hace un hermoso resumen de la revelación de Dios que tiene su culminación en Cristo Jesús. Así tenemos, pues, que confesar nuestra fe.
En el recorrido que Pablo va haciendo en el anuncio del Evangelio después de salir de Filipos llega a Atenas, centro y capital de la cultura y de la sabiduría del mundo antiguo. De allí han surgido los grandes filósofos y sabios de la antigüedad y la cultura griega se ha extendido por toda la cuenca del Mediterráneo. La lengua común que utilizaba entonces era precisamente el griego hasta que posteriormente con la expansión del imperio romano se introduzca el latín.
Recorriendo el Areópago que algo así como el centro de la ciudad donde estaban todos los edificios públicos de la vida social de los ciudadanos, va encontrándose también los numerosos templos edificados a los múltiples dioses del mundo pagano. Pero se encuentra con uno ‘al Dios desconocido’, que le dará pie a Pablo a hacer ese anuncio de Jesús y su salvación. De ese Dios que se revela en Jesús muerto y resucitado quiere hablarles, pero aquellos sabios y entendidos se dan media vuelta marchándose. ‘De esto te oiremos hablar en otra ocasión’, le dicen. No estaban aquellos corazones preparados en la humildad y sencillez para escuchar el mensaje del evangelio.
‘Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, que has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla’, recordamos que un día dijera también Jesús. Así ahora en esta ocasión. Sólo unos pocos se quedan con Pablo para seguirlo escuchando y aceptar el mensaje del evangelio. Pablo marchará luego a Corinto.
Que tengamos un corazón abierto desde la pequeñez, la pobreza, la humildad para acoger la revelación de Dios. Con humildad tenemos que acercarnos a Dios porque sólo así se nos revelará y podremos conocerle. El orgullo y la autosuficiente son mal camino para ir hasta Dios, porque sólo querrán centrarnos en nosotros mismos. Lo que sucedió en Atenas entonces con Pablo sigue sucediendo a través de todos los tiempos porque los que se creen sabios y entendidos no podrán llegar a conocer el misterio de Dios.
Que así podamos nosotros cantar la alabanza del Señor. Que el Espíritu del Señor venga a nosotros y nos revele todo el misterio de Dios.

martes, 11 de mayo de 2010

Qué tengo que hacer para salvarme…

Hechos, 16, 22-34;
Sal. 137;
Jn. 16, 5-11

‘¿Qué tengo que hacer para salvarme?... Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y toda tu familia… y se bautizó enseguida con todos los suyos, los subió a su casa, les preparó la mesa, y celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios’.
Hermoso mensaje. Estamos en el segundo viaje de san Pablo y están en Filipos. La Buena Noticia de Jesús se sigue propagando aunque no faltaran dificultades a los evangelizadores. Habían sido apaleados y los habían metido en la cárcel. Es allí donde sucedes esos hechos extraordinarios que se nos han narrado y que concluyeron con la conversión del carcelero y toda su familia. Hermoso detalle nos ofrece el texto sagrado: ‘celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios’ y se habían bautizado. La alegría de la fe, la alegría de haberse encontrado con Dios en Cristo Jesús como Salvador. Y nosotros que tantas veces vamos con caras de tristeza y amargura como si no creyéramos en Dios y puesto en El toda nuestra esperanza.
‘¿Qué tengo que hacer para salvarme?’ es la pregunta que nos seguimos haciendo. Sabemos bien la respuesta pero tendrá que ser una respuesta con toda nuestra vida; una respuesta que hemos de dar en esas circunstancias concretas en que vivimos; una respuesta que abarque todo lo que somos y vivimos. Hoy, con nuestros años, con nuestros achaques, con nuestros sufrimientos y enfermedades, con nuestros problemas de cada día.
El Señor no nos pide otra cosa; no nos pide lo que pudiéramos hacer si estuviéramos en otro lugar, si fuéramos más jóvenes o más viejos, si tuviéramos vigor y salud en nuestros cuerpos, si tuviera otros medios… Es aquí y ahora donde hemos de dar esa respuesta de la fe. Cristo es nuestro Salvador y llega a nosotros, a nuestra vida concreta, con su salvación. ¿Quizá lo más que podemos hacer es una ofrenda de amor nuestra vida con lo que somos, tenemos o sufrimos? Pues será eso lo que nos pida el Señor, pero cada uno ha de ver cuál es la respuesta concreta que le pide el Señor.
En el evangelio prosigue el discurso de despedida de Jesús en la Última Cena. ‘Me voy al que me envió’, les dice y se ponen tristes. Podríamos decir que es humana esa tristeza porque han estado con Jesús tanto tiempo y le aman. Jesús les había dicho ‘a vosotros os llamo amigos’. Pero Jesús se va al Padre para que pueda venir el Paráclito, el Espíritu Santo. ‘Si me voy, os lo enviaré’.
La presencia y la gracia del Espíritu que nos hará sentir la presencia de Jesús ya de otra manera pero no menos real. Será quien nos ayude a creer firmemente en Jesús. Es la mejor ayuda para nuestra fe. El que nos mantendrá firmemente convencidos. El que nos hace comprender todo el sentido de la glorificación de Jesús en su muerte y resurrección.
Tenemos que aprender a invocar al Espíritu de forma totalmente consciente. Ya lo hacemos formalmente en nuestras oraciones, al hacer la señal de la cruz cuando iniciamos el día o cualquier cosa buena, en la liturgia. ‘En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo’ queremos iniciar toda obra buena como queremos celebrar toda la liturgia, igualmente como recibimos la bendición de Dios. Tendríamos que fijarnos más en las palabras que pronunciamos para ser conscientes de verdad de la presencia y de la acción del Espíritu en nuestra vida y en la vida de la Iglesia.
Que todo esto, por la acción y con la gracia del Espíritu Santo, nos vaya despertando cada vez más a la fe verdadera.

lunes, 10 de mayo de 2010

El Espíritu dará testimonio de mí y vosotros también lo daréis

Hechos, 16, 11-15;
Sal. 149;
Jn. 15, 26-16, 4

El tiempo de Pascua se va acercando a su culminación en la celebración de la Ascensión, el próximo domingo, y Pentecostés, con la celebración de la venida del Espíritu Santo. Por eso como una preparación para esa gran fiesta nos va apareciendo el en el relato del Evangelio el anuncio que Jesús hace del envío del Espíritu Santo. Es lo que hoy ya hemos escuchado.
Fue a partir de la resurrección y luego a partir de la venida del Espíritu Santo cuando los Apóstoles lleguen a comprender plenamente que Jesús es el Señor. Precisamente ese será el gran anuncio que Pedro hará en Pentecostés a la multitud que se reúne a las puertas del Cenáculo cuando suceden todas aquellas señales del cielo que anuncian la venida del Espíritu Santo. ‘Dios lo ha constituido Señor y Mesías’.
Es lo que hoy les anuncia, que el Espíritu dará testimonio de Jesús pero hará también que ellos puedan dar testimonio de Jesús, puedan convertirse en verdaderos testigos de Jesús. ‘Cuando venga el Paráclito, el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, El dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio de mí, porque desde el principio estáis conmigo’.
Un testimonio que es un anuncio, pero un testimonio que será una vida, no exenta de dificultades y persecuciones. No será siempre fácil ese testimonio que de Cristo tenemos que dar. Como hemos reflexionado alguna vez, habrá quien no quiera escuchar ese testimonio y también quien se oponga a ello. Por eso llegarán los cristianos, por su fe en Jesús, a dar testimonio con su sangre.
Pero Jesús nos previene y nos prepara para que no se tambalee nuestra fe, para nos mantengamos firmes en nuestro testimonio. ‘Os he hablado de esto para que no se tambalee vuestra fe. Os excomulgarán de la Sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte, pensará que da culto a Dios’. Cuando el evangelista nos relata estas palabras de Jesús ya la Iglesia había estado pasando por estos momentos difíciles porque ya había comenzado el tiempo de las persecuciones, primero de parte de los propios judíos, pero luego ya sabemos como en el último tercio del siglo primero arreciaron las persecuciones desde todo el ámbito del imperio romano.
‘Os he hablado de esto para que cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho’. Esos tiempos no se acaban en la historia de la Iglesia, porque de una forma o de otra, unas veces de una forma sangrienta, otras de formas más sutiles como pueda suceder en nuestros días utilizando todos los medios mediáticos para crear ambientes hostiles o de desprestigio de la Iglesia o de la fe cristiana. Al mundo no le interesa escuchar el mensaje cristiano. El espíritu del mal se valdrá de todo lo que sea para oponerse al mensaje del Evangelio. Lugares hay hoy en pleno siglo XXI donde se persigue de forma cruenta y violenta al que llegue el nombre de cristiano. Pero también tenemos otras formas de persecución queriendo eliminar todo lo que suene a Cristo, a Dios, a Religión de nuestra sociedad. Es el mundo en el que vivimos y para el que Jesús nos ha preparado para seamos fuertes y valientes para que en medio de El sigamos viviendo nuestra fe, dando testimonio de Jesús y haciendo el anuncio del evangelio.
Pero, como hemos dicho muchas veces, no estamos solos. Jesús nos ha prometido la presencia y la asistencia del Espíritu Santo que nos dará fortaleza. Seamos dóciles al Espíritu. Dejémonos guiar por El. Sintamos su gracia y su fuerza que no nos faltarán.

domingo, 9 de mayo de 2010

Vendremos y haremos morada en él


Hechos, 15, 1-2.22-29;
Sal. 66;
Apoc. 21, 10-14.22-23;
Jn. 14, 23-29



‘Concédenos continuar celebrando con fervor estos días de alegría en honor de Cristo resucitado…’ No podemos perder ni la intensidad ni la alegría. Seguimos viviendo la Pascua y la liturgia con la que expresamos nuestra celebración nos invita y nos ayuda a ello. Cristo resucitado sigue llenando nuestra vida, sigue impulsándonos con la fuerza de su Espíritu. Así tiene que ser siempre, pero los ciclos de la liturgia nos ayudan a que no nos durmamos ni caigamos en la rutina.
Se nos sigue manifestando la gloria del Señor resucitado. Son hermosos los textos del Apocalipsis que se nos ofrecen en este ciclo litúrgico. Nos ayudan a vislumbrar esa gloria del Señor en el cielo, pero también la gloria del Señor que se hace presente en nosotros, en nuestra vida, en nuestra iglesia.
Vuelve a hablarnos hoy de la ‘nueva Jerusalén, la ciudad santa, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios’, con sus resplandores, con sus puertas santas, con los nombres de los apóstoles del Cordero. Todo manifiesta la gloria de Dios. Todo está lleno de la gloria de Dios. No hay ningún santuario especial en medio de ella porque ‘el santuario es el Señor Dios todopoderoso y el Cordero’. Todo es resplandor de Luz porque ‘la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero’. ‘Yo soy la luz del mundo… era El la luz que viene a iluminar nuestro mundo’.
La gloria de Dios en el cielo, pero la gloria de Dios que se hace presente entre nosotros, hemos dicho. Es una imagen de la Iglesia, llena de la gloria del Señor. Es una imagen de la Iglesia en la que habita de manera especial el Espíritu de Dios y la gloria del Señor. La Iglesia, verdadero templo del Señor y verdadera morada de Dios entre los hombres, y no me estoy refiriendo el templo edificio material, creo que todos entendemos; ya nos decía que no había ningún santuario especial porque el Santuario era el Señor Todopoderoso. La Iglesia santa en la que Cristo nos ha dejado la fuente de la gracia que son los sacramentos, verdadero alimento de nuestra vida y verdadera presencia del Señor en medio nuestro.
Pero creo que nos está queriendo decir algo más. Unamos esto que hemos dicho de esa morada de Dios en medio nuestro con lo que nos ha dicho Jesús en el Evangelio y nos daremos cuenta que nos está hablando de nosotros que también podemos ser y somos esa morada de Dios. Algo grandioso y maravilloso. ‘El que me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’. Dios quiere hacer también morada en nosotros. Plantó su tienda entre nosotros cuando se encarna y se hace hombre, pero no como algo, por así decirlo, por fuera de nosotros, sino en nosotros, en nuestro corazón, en nuestra vida.
Ya podemos recordar que hemos sido ungidos en el Bautismo para ser esa morada de Dios y esos templos del Espíritu Santo. Aquí lo tenemos cómo podemos serlo en verdad. ‘El que me ama, guardará mi Palabra…’ Guardar la Palabra de Jesús; empecemos por aceptar y creer en esa Palabra; Palabra que estaba en Dios y que era Dios, como nos dice el Evangelio de san Juan al principio; Palabra que es vida y que es luz; Palabra entonces que nos ilumina, nos guía, nos conduce a la verdad – ‘yo soy la verdad y la vida’, nos dirá Jesús en el evangelio -.
Es la Palabra que nos llena de paz, nos da fuerza y seguridad; cuando nos dejamos conducir por esa Palabra de verdad, sabemos bien a donde vamos y tenemos la seguridad y la certeza de la fuerza para realizar el camino. Palabra que es camino, pero que nos sale al encuentro en los caminos de nuestra vida para ir a nuestro lado, para enseñarnos todo, para abrirnos el entendimiento y podamos conocer los misterios de Dios.
Es Palabra que nos levanta y nos pone en pie para que nos sintamos libres de ataduras y de esclavitudes llevándonos a los caminos de la verdadera libertad; que nos arranca de nuestras postraciones e invalideces cuando nos hacemos cobardes, cuando entramos en rutinas, cuando nos dejamos llevar por tibiezas y frialdades – ‘toma tu camilla, levántate y anda’, nos dice tantas veces -.
Es Palabra que nos salva porque es Cristo mismo que se ha entregado por nosotros para que tengamos vida y salvación. Nos anuncia y nos trae el perdón de Dios, nos habla de su misericordia y su compasión y nos enseña cómo tenemos que ser hombres nuevos.
Si le amamos guardamos su Palabra y estaremos entonces experimentando lo que es el amor de Dios, cómo se nos manifiesta en Cristo. ‘Mi Padre le amará y vendremos a El y haremos morada en El’. Somos llenos e inundados de Dios. Dios querrá habitar para siempre en nuestro corazón. Qué maravilla podernos sentirnos así llenos también de la gloria del Dios. Qué belleza en nuestra vida, Dios habitando en nosotros. Es como para volverse locos en pensar en tanta grandiosidad. Qué exigencia de santidad en nosotros en consecuencia. Claro que si guardamos la Palabra de Jesús y le amamos de verdad es que no podemos ser otra cosa que santos.
Nos llena de gozo el escuchar todo esto y el sentirnos amados de Dios de esa manera. Pero cuando miramos la realidad de nuestra vida tan débil y tan pecadora, quizá podemos dudar, aunque no tendríamos por qué temer si mantenemos firme y ardiente nuestra fe en El. Nos dice dos cosas Jesús hoy para que alejemos de nosotros esos posibles temores. ‘Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde…’
¿Por qué? Podíamos preguntarnos. Porque nos ha asegurado la presencia de su Espíritu. ‘Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os irá recordando todo lo que os he dicho’. No nos deja solos. Nos deja la presencia de su Espíritu. Sólo, pues, nos queda a nosotros decir Si, creer en El, amarle, guardar su Palabra. Todo esto nos da para meditar mucho, para dar gracias y alabar al Señor.
Como estamos celebrando en este domingo la Pascua del enfermo quiero traer a colación unas palabras que el Papa Benedicto XVI el pasado domingo en Turín les decía a unos enfermos y ancianos en un centro de acogida. "Viviendo vuestros sufrimientos en unión con Cristo crucificado y Resucitado, participáis en el misterio de su sufrimiento para la salvación del mundo manifiesta que el sufrimiento, el mal, la Muerte no tienen la Última Palabra. Porque de la muerte y del sufrimiento, la vida puede resurgir … Esta casa es uno de los frutos maduros nacidos de la Cruz y de la Resurrección de Cristo', concluyó. Lo decía en referencia concreta a aquel lugar que visitaba, pero que podemos aplicar perfectamente nosotros a este lugar donde estamos acogidos (Hogar de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados o Casa de Acogida Madre del Redentor)
‘Jesucristo, vencedor del pecado y de la muerte, ha hecho suyo el sufrimiento de la humanidad. Redimiendo al hombre ha dado sentido al dolor y a la muerte y le ha permitido asociarse a su Pasión; por ello el hombre encuentra el bálsamo a su sufrimiento y crece en él la esperanza del triunfo definitivo’. Así nos han dicho los obispos en su mensaje para esta jornada de la Pascua del Enfermo en la que además se conmemora los veinticinco años del Día del Enfermo a nivel nacional.

sábado, 8 de mayo de 2010

Una palabra de dicha para vosotros ancianos y enfermos de parte del Señor

celebración del sacramento de Unción de los Enfermos
Sant. 5, 13-16;
Sal. 70;
Mt. 5, 1-12

‘Al ver Jesús el gentío se subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos y El se puso a hablar enseñándolos…’ Es el comienzo del sermón del Monte que empieza proclamando las bienaventuranzas.
¿Quiénes formaban parte de aquel gentío? En medio de toda aquella multitud había gente que sufría en su corazón y estaban llenos de inquietudes en su espíritu; habría enfermos e impedidos, pues ya la fama de Jesús se había ido extendiendo y unos valiéndose por sí mismos a duras penas con la esperanza de la salvación y de la salud, otros conducidos en rudimentarias camillas por sus familiares y amigos, ciegos, cojos, sordomudos, paralíticos, atenazados por diferentes males y sufrimientos allí estaban ante Jesús.
¿Qué es lo esperan y qué es lo que van a escuchar y a recibir? Comienza Jesús con algo que podría resultar paradójico para muchos, pero que va a ser el meollo de su Buena Nueva, de su Evangelio. Comienza llamando dichosos a los pobres, a los que sufren, a los que lloran, a los que tienen hambre y sed, y pasaría su mirada por cada uno de aquellos que allí estaban a su alrededor y llenos de esperanza; pero llamará también dichosos a los que tenían buen corazón y saber compadecerse y ser misericordiosos con los demás, a los que buscan el bien o a los que les toca sufrir precisamente por hacer o buscar lo bueno y lo justo. Es la paradoja de las Bienaventuranzas de Jesús.
Pero esa bienaventuranza la escuchamos los que esta mañana (tarde) aquí nos hemos congregado para esta celebración. A vosotros, queridos ancianos y enfermos, el Señor quiere llamaros dichosos, decir que la felicidad, la verdadera, es para vosotros también aunque os sintáis débiles por el paso de los años, o sufriendo por los dolores que de un lado de otro van apareciendo en vuestros cuerpos y en vuestras vidas. Pero es la felicidad y la paz que el Señor quiere daros con su presencia. Con paz, fortalecidos interiormente, queriendo darle un verdadero sentido y valor a la debilidad o al sufrimiento que vamos padeciendo, tenemos que salir de aquí hoy porque el Señor viene a vosotros, el Señor quiere hacerse presente aquí en medio nuestro y con El siempre encontramos paz y valor verdadero para nuestra vida.
Como expresaremos en el prefacio ‘has querido que único Hijo, autor de la vida, médico de los cuerpos y de las almas, tomase sobre sí nuestras debilidades para socorrernos en los momentos de prueba y santificarnos en la experiencia del dolor’. Como había anunciado el profeta ‘tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras debilidades’, nuestras enfermedades. Por algo nos invita a ir a El ‘todos los cansados y agobiados, que yo os aliviaré’.
Jesús, el justo, el Hijo de Dios tomó nuestra condición humana y, además de compadecerse de nuestras miserias y nuestros dolores, pasó también por el sufrimiento, por el dolor, porque pasó por la muerte y la cruz. El ha ido delante de nosotros en ese camino de dolor y sufrimiento. El quiere ayudarnos a darle un sentido y un valor a la vida, pero también a las debilidades que aparecen en nuestra vida cuando nos aparece la enfermedad, la debilidad de la ancianidad y todo tipo de sufrimiento.
Ya sabemos cómo se acercaba a los enfermos para llenarlos de vida. Daba vista a los ciegos o hacía oír a los sordos, levantaba de la postración de sus camillas a los inválidos y curaba a los leprosos, hacía que cesara el sufrimiento de tantos atenazados por el dolor y daba vida a los muertos resucitándolos. Con Jesús llegaba la vida, la salud y la salvación.
Es lo que Jesús quiere seguir haciendo hoy. En su Iglesia ha dejado los signos sacramentales de su presencia, y en especial el sacramento con el que El quiere estar junto al que sufre, al enfermo, al que se siente débil. Es el Sacramento de la Unción que hoy queremos celebrar, estamos celebrando. ‘En el signo sacramental de la Unción , por la oración de la Iglesia, nos libras del pecado, nos confortas con la gracia del Espíritu Santo y nos haces partícipes de la victoria pascual’.
Por eso nos enseña Santiago en su carta. ‘¿Está enfermo alguno de vosotros? Que llame a los presbíteros de la Iglesia y que oren sobre él, después de ungirlo con óleo, en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo curará, y si ha cometido pecado, lo perdonará’. Es lo que Jesús les había mandado a los discípulos cuando los envió a anunciar el Reino de Dios. ‘Curad enfermos, resucitad muertos…’
Pero hay algo que no quiero dejar de subrayar. ‘Nos hace partícipes de su victoria pascual’. Cristo se hace presente a nuestro lado, en nuestro lecho de dolor o en nuestro sufrimiento para hacernos partícipes de su Pascua, para que nos unamos a El en su Pascua. Con nuestro dolor y nuestro sufrimiento, desde nuestra debilidad nos podemos unir a la pasión y a la cruz de Jesús, tenemos que aprender a unirnos a la pasión y cruz de Jesús con la certeza de la vida y de la resurrección, porque nos estamos uniendo al misterio pascual de Cristo.
Qué valor nuevo y grandioso adquiere nuestra vida aunque esté debilitada por el dolor y el sufrimiento. Es el valor redentor que Cristo le dio con su amor a la ofrenda de su pasión y de su cruz. Es la ofrenda de amor que nosotros hemos de aprender a hacer de nuestros sufrimientos y debilidades. Qué riqueza le da el amor a nuestra vida aunque nos parezca que nada valemos y que somos inservibles en las condiciones en que estamos.
Cuando aprendemos a hacerlo, cuando hacemos esa ofrenda de nuestra vida, sentiremos de manera especial a Cristo junto a nosotros y nos llenaremos de su fortaleza y de su paz, de esperanza y de paciencia, y nos sentiremos en verdad confortados en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu.
Vivamos con fe este momento. Sintamos que es el Señor el que viene y nos pone su mano sobre nosotros. Médico de los cuerpos y de las almas, Cristo llega a nuestra vida y ese signo de la unción con el óleo santo nos lo está haciendo presente. Claro que sí, es a nosotros a quien Jesús nos llama dichosos. ¿No nos llenamos de dicha y de paz con su presencia? Es lo que hemos pedido en la oración, ‘concede a cuantos se hallan sometidos al dolor, la aflicción o la enfermedad, la gracia de sentirse elegidos entre aquellos que tu Hijo ha llamado dichosos y de saberse unidos a la pasión de Cristo para la redención del mundo’. Para vosotros es el reino de Dios.
Pero una cosa, también llama dichosos a los que son compasivos y misericordiosos, los que tratan de enjugar una lágrima o hacer brotar una sonrisa y un nuevo aliento. Que seamos muchos los que vivamos también esa dicha porque así llenemos nuestro corazón de misericordia para con los demás. Es una palabra que el Señor quiere deciros religiosas, voluntarios, trabajadores en este hermoso campo de la salud, enfermeros/as, médicos y tantos que cuidan de una manera o de otra a los enfermos, a los ancianos o a todos los que sufren alguna limitación en su vida. Sentid vosotros también ese gozo en el corazón de esa Palabra de dicha que el Señor os dirige. Vosotros con vuestro amor estáis haciendo presente también el Reino de Dios.

viernes, 7 de mayo de 2010

El Espíritu para la concordia y para el amor verdadero

Hechos, 15, 22-31;
Sal. 56;
Jn. 15, 12-17

El texto hoy proclamado de los Hechos de los Apóstoles, junto con los escuchados en días precedentes nos relatan lo que suele llamarse el Concilio de Jerusalén. Habían surgido algunas controversias, como hemos venido escuchando, al ir creciendo el número de los que se adherían a la fe y sobre todo al anunciársele el evangelio también a los gentiles.
Algunos querían seguir imponiendo las costumbres de la ley de Moisés y por ello desde la comunidad de Antioquia se envía a Bernabé y Pablo a consultar a los ancianos y apóstoles de Jerusalén. Se discute y se llega a un acuerdo, pues como Pedro reconocería ‘Dios me escogió para que los gentiles oyeran de mi boca el mensaje del Evangelio y creyeran. Y Dios que penetra los corazones, mostró su aprobación dándoles el Espíritu Santo igual que a nosotros’.
Es por eso por lo que tras tensa discusión envían la solución del conflicto con una carta a aquellas comunidades desde donde habían sido enviados Pablo y Bernabé. Y es aquí donde quiero fijarme de manera especial. ‘Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…’ Eran conscientes de que en medio de aquella discusión el Espíritu Santo era el que les iluminaba y les guiaba. Y con esa fuerza del Espíritu encontrarán la solución para evitar las discordias y los enfrentamientos. Es el Espíritu Santo el que les lleva a la concordia y a la paz en medio de la Iglesia.
El Espíritu que Jesús había prometido que lo enseñaría todo y os recordaría el mensaje de Jesús. El Espíritu Santo que sigue obrando y actuando en la Iglesia de Dios, a pesar de que los hombres que formamos la Iglesia no siempre seamos lo buenos que tendríamos que ser, por decirlo de alguna manera.
Es el Espíritu del amor y de la unidad. El Espíritu que nos congrega como Iglesia para alabar y bendecir al Señor. ‘Con la fuerza de tu Espíritu das vida y santificas todo, y congregas a tu pueblo sin cesar para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta el ocaso’, como decimos en la tercera plegaria eucarística.
Por la fuerza del Espíritu Santo que se derrama sobre los dones del pan y el vino de la Eucaristía serán para nosotros el Cuerpo y la Sangre del Señor, por eso en la segunda invocación del Espíritu Santo en la segunda plegaria eucarística ‘pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo’.
Muchas veces estas palabras de la oración eucarística nos pasan un tanto desapercibidas porque las escuchamos y decimos tantas veces que tenemos el peligro de no ahondar lo suficiente en su sentido y profundidad pero nos recuerdan algo muy importante, que es la presencia del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y en la vida de cada día de los cristianos.
Así podríamos pensar en todos y cada uno de los sacramentos que tienen su virtualidad y fuerza por la acción del Espíritu Santo. Ya que estamos en estos días por otro lado reflexionando sobre el sacramento de la Unción de los Enfermos, así lo manifestamos en la fórmula del sacramento, o sea en las palabras que dice el Sacerdote al hacer la Unción. ‘Por esta santa Unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo…’
Hoy Jesús en el evangelio nos habla del mandamiento del amor. ‘Que os améis los unos a los otros como yo os he amado’, nos dice. ¿Cómo podremos llegar a un amor así? Porque la medida del amor que Jesús nos propone es bien alta. Sólo con la fuerza del Espíritu podemos realizarlo. Muchas veces decimos que es a mi me cuesta amar a aquella persona… ¿has probado de pedir la fuerza del Espíritu Santo para que pueda llenar tu corazón de amor y de amor de una forma concreta a esa persona que tanto te cuesta amar?
Que se derrame sobre nosotros el Espíritu del amor, de la unidad y de la paz.

jueves, 6 de mayo de 2010

Permaneced en mi amor…

Hechos, 15, 22-31;
Sal. 56;
Jn. 15, 12-17

Como es normal en la acción litúrgica vamos leyendo el evangelio por partes, pero sí hemos de tener en cuenta su unidad para mejor captar y comprender el mensaje de Jesús. Lo que estamos leyendo en estos días forma parte de ese discurso, o si queremos, sobremesa de Jesús con sus discípulos después de la Cena Pascual, antes de su marcha a Getsemaní y el comienzo de su pasión. Por eso nos puede parecer en algún momento que hay repeticiones, pero más que repeticiones hemos de ver esa unidad, esa línea de lo que fue la despedida de Jesús antes de su pascua.
‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’, les dice. Ya antes nos había dicho ‘es necesario que el mundo comprenda – y nosotros también – que yo amo al Padre, y que lo que el Padre me manda, yo lo hago’. Podemos recordar cómo en otro momento del evangelio nos decía ‘mi alimento es hacer la voluntad del Padre’.
El Padre le ama – ‘Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto’, escuchamos tras el bautismo en el Jordán o en el Tabor – y Jesús ama al Padre; amor que se manifiesta haciendo su voluntad, el plan de Dios de salvación para el hombre que porque nos ama nos ha enviado, nos ha entregado a su Hijo único. Como cristianos, como discípulos de Jesús queremos identificarnos con El, hacernos uno con El; o sea, queremos hacer las cosas como Jesús, vivir la vida de Jesús; en una palabra le amamos y queremos cumplir también sus mandamientos, como el hace con el Padre.
‘Si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor, nos dice, lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor’.
Lo hemos dicho y reflexionado muchas veces. Si consideráramos bien cuánto es el amor que Dios nos tiene, no haríamos otra cosa que amar. Es la mejor respuesta. Es la única respuesta. Porque amamos a Dios, porque creemos en Jesús y le amamos, queremos permanecer unidos a El. Es el deseo más profundo del amor. Y es en lo que hemos de caldear nuestro espíritu constantemente. Ya hemos reflexionado, ayer, que hemos de estar unidos a Jesús como los sarmientos a la vid.
Cuántas consecuencias para nuestra vida espiritual. No terminamos de ver toda la hondura de este mensaje y cuánto tendríamos que hacer y que vivir. Cuántas exigencias también de vigilancia, de espíritu de superación, de deseos serios y profundos de crecimiento espiritual. Es algo que un cristiano tiene que cuidar continuamente. Son muchas las cosas de alrededor que nos tientan, que nos distraen, que nos quieren alejar de ese camino.
Hemos de saber darle importancia a lo que verdaderamente lo tiene. Vivimos en medio del mundo, tenemos nuestra vida, nuestras obligaciones y responsabilidades también, pero eso no puede ser obstáculo de ninguna manera para que cuidemos nuestro espíritu. Porque además ¿de dónde vamos a sacar fuerzas para vivir toda esa vida con responsabilidad pero también con integridad? Hemos escuchado muchas veces que te dicen que primero está la obligación que la devoción, como si toda nuestra relación con Dios y la vida de nuestro espíritu se quedara solamente en una devoción.
Recordemos una vez más las palabras de Jesús. ‘Permaneced en mi amor… si guardáis mis mandamientos permaneceréis en mi amor…’

miércoles, 5 de mayo de 2010

Itinerario espiritual, permanecer unidos a la vid

Hechos, 15, 1-6;
Sal. 121;
Jn. 15, 1-8

Nos propone Jesús hoy una hermosa alegoría con gran enseñanza para nuestra vida espiritual y para nuestro camino cristiano. Ya se trate de la vid, como hoy nos habla, o si queremos de cualquier árbol frutal para que podamos obtener buenos frutos es necesario que esté plantado en buena tierra y debidamente cuidado lo que incluye la poda para eliminar aquellas ramas inservibles y que le restarían calidad a los frutos que queramos obtener.
Una tarea importante en nuestro camino espiritual, en nuestro camino de seguimiento de Jesús. No nos puede faltar nuestra unión íntima y profunda con El. ¿Qué significa eso? Pensemos en nuestra oración, pensemos en la escucha de la Palabra, pensemos en toda nuestra vida sacramental como algo fundamental sin lo cual no seríamos nada.
Un cristiano tiene que ser una persona de oración, y, tendríamos que decir, de oración intensa. Son esas raíces de nuestra vida que hundimos en Dios cuando nos sentimos en su presencia, cuando ahondamos en nuestra relación con El. ¿Cómo pueden mantener la amistad unos amigos que no se relacionan? ¿Cómo se puede mantener vivo el amor si no hay encuentro entre aquellos que se aman? Eso tiene que ser nuestra oración. Que ya sabemos no es solamente pedirle a Dios que todopoderoso cuando nos vemos necesitados o apurados en nuestros problemas. Nuestra relación con Dios tiene que ser mucho más honda, porque además no creemos en un Dios al que nos interesa porque lo vemos como solucionador de problemas.
Eso entraña como podemos comprender la escucha de la voz de Dios en nuestro corazón, la escucha atenta a su Palabra. Ni podemos conocer hondamente a Dios si no escuchamos esa Palabra que de sí mismo El quiere decirnos y ahí tenemos contenida en la Biblia, y podremos descubrir de verdad cuál es el camino de la respuesta que hemos de darle con nuestra vida si no lo escuchamos. Su palabra es luz en nuestro sendero, es norma de nuestra vida, es cauce por donde tenemos que discurrir.
Y está toda la vivencia sacramental porque ahí nos ha dejado las grandes señales de su presencia y la verdadera fuente de la gracia y de la vida que hará que podamos tener vida en nosotros. Los sarmientos que están unidos, han de estar necesariamente unidos a la vid, como nos decía Jesús hoy en el evangelio. Sin Eucaristía estaríamos sin Cristo, sin el alimento fundamental de su gracia para nosotros.
Pero nos habla también Jesús de la poda. ‘A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto’. Ya sabemos bien lo que hacen los agricultores cuando quieren obtener buenos frutos de sus árboles frutales o de sus viñedos. Está el tiempo de la poda donde se corta lo inservible, lo que mermaría la producción del bien fruto. Necesitamos una poda en nuestra vida. Porque necesitamos purificarnos de tantas cosas que se nos van adhiriendo como malas rémoras a nuestra vida que nos impedirían ese avance espiritual, ese crecimiento de nuestro amor. Es la poda que arranca también de nuestro corazón ese mal que vamos dejando meter dentro de nosotros.
La Palabra que escuchamos, la oración sincera que hacemos poniéndonos en la presencia del Señor nos irán ayudando a descubrir de todo eso que tenemos que purificarnos o que tenemos que arrancar. Es ese examen continuo que vamos haciendo de nosotros mismos. Buena costumbre el examen del día cada noche antes de irnos a descansar cuando le damos gracias al Señor por el día vivido, pero también le pedimos perdón por aquello en lo que hayamos fallado porque no hayamos puesto el suficiente amor o porque hayamos dejando introducir el pecado en nosotros.
‘Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada’, nos ha dicho Jesús hoy. ‘Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos’.

lunes, 3 de mayo de 2010

Os doy mi paz pero no como la da el mundo

Hechos, 14, 18-27;
Sal. 144;
Jn. 14, 27-31
¿Quién no desea la paz? Todos la buscamos, la deseamos, la queremos en lo personal, y la queremos en el ámbito social. Rechazamos la violencia, todo lo que pueda mermar la paz, que son muchas cosas. Nos gustaría disfrutar de la paz, pero a veces parece que nos falta.
Hoy nos dice Jesús: ‘La paz os dejo, mi paz os doy: no os la doy yo como la da el mundo…’ Vaya si tiene razón Jesús. No todo lo que llamamos paz es verdadera paz. La paz no se impone ni se puede obligar por la fuerza a tener paz. La paz no es sólo un estado de ánimo externo. No es sólo guardar un orden establecido, ni es una adormidera para nuestra vida. La paz no es una quietud en el espíritu como si no pasara nada o porque no nos queremos enterar de nada.
Jesús nos ha dicho: ‘No os la doy yo como la da el mundo’. Es algo muy hondo lo que nos quiere dar Jesús. Si nos falta por dentro, ya se pueden establecer muchas normas o leyes para que haya paz, que no la tendremos. Aunque tengamos turbulencias en el espíritu podemos alcanzar esa paz que Jesús nos ofrece. Aunque vivamos en medio de conflictos de todo tipo, podemos mantener esa paz interior.
Queremos la paz de Jesús. La que El nos ofrece, pero la que El vivió. En su nacimiento los ángeles anunciaron la paz para todos los hombres, porque todos los hombres son amados de Dios. Ahora Cristo se entrega y muere por nosotros para que tengamos paz, porque su sangre derramada derriba los muros del odio y del mal; El se entrega y se da para lograr la reconciliación y en virtud de su sangre derramada nos ofrece su perdón.
Qué hermoso sentirnos amados de Dios, sentir que Dios nos perdona por muchos que sean nuestros males y pecados. Cuando Jesús perdonaba a los pecadores les decía vete en paz, y cómo no iban a tenerla si sus pecados quedaban perdonados y se sentían seguros porque se sentían amados y perdonados por Dios.
Es fácil buscar ese camino de paz. Simplemente mirar a Jesús y sentir el amor de Dios en nuestra vida. Nuestra alma se llenará de paz aunque ande inquieta porque desea muchas cosas buenas, porque está insatisfecha por la situación de nuestro mundo.
Las palabras de Jesús en el evangelio son de despedida. Llega la hora del príncipe de este mundo; llega la hora del poder de las tinieblas como dirá más tarde en el huerto a la hora del prendimiento. Fue una hora dura y de amargura. Ya conocemos cómo lo vivió en Getsemaní en esos momentos previos al comienzo de la pasión. Pero, aun siendo conciente Jesús como era de todo lo que iba a suceder, ¿perdería la paz de su corazón? Aunque fuerte fue la agonía en la cruz, ¿perdería la paz de su corazón? Seguro que no, porque El se había puesto en las manos del Padre. Ahora mismo nos lo ha dicho, cuando nos habla de la llegada del príncipe de este mundo, el que lo llevaría a la pasión y a la cruz. Pero Jesús no pierde la paz. ‘Es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que lo que el Padre me manda, yo lo hago’. Es el amor el que le hará no perder la paz.
¿Entenderemos nosotros la lección, aprenderemos a hacer como Jesús? Es bien elocuente y tenemos que aprender la lección. Nos puede venir el dolor, la debilidad nos deja, nos parece, inservibles, el corazón nos duele por dentro cuando vemos cuanto desamor ha habido en nuestra vida, nos sentimos agobiados por el peso de nuestros pecados o por los problemas que nos van envolviendo que nos parece que no tenemos salida. Pero ahí tenemos que poner amor y nos sentiremos amados de Dios. Que no perdamos nunca la paz en el corazón.

La fiesta de los apóstoles señala a la Iglesia como signo de santidad y como camino hacia Jesús


1Cor. 15, 1-8;
Sal. 18;
Jn. 14, 6-14


‘Has cimentado tu Iglesia sobre la roca de los apóstoles, para que permanezca en el mundo como signo de santidad y señale a todos los hombres el camino que nos lleva hacia ti’. Así proclamamos en uno de los prefacios de los apóstoles y nos manifiesta bien el sentido hermoso que tiene para los cristianos, para la Iglesia la celebración de la fiesta de cualquiera de los apóstoles. En el prefacio manifestamos además el gran motivo de nuestra acción de gracias en Jesús en cualquiera de las celebraciones. Cuánto más en la celebración de algunos de los apóstoles como nos sucede hoy al celebrar a san Felipe y Santiago el Menor.
Por otra parte en la oración hemos pedido que ‘con su intercesión, podamos participar en la muerte y en la resurrección de tu Hijo (de Jesús) para que merezcamos llegar a contemplar en el cielo el esplendor de tu gloria (de la gloria de Dios)’. Y es que la Iglesia tiene que ser signo de la gloria de Dios en medio de los hombres, signo de la santidad de Dios que hemos de saber copiar e imitar en nuestra vida.
Es importante para la Iglesia, para los cristianos la celebración de las fiestas de los Apóstoles, aunque de algunos de ellos tengamos poco conocimiento de por donde transcurrió su misión apostólica una vez que se dispersaron por todo el mundo, siguiendo el mandato de Cristo, para anunciar la Buena Noticia de Jesús a todos los hombres.
Pero somos Iglesia apostólica en una de sus características principales y sobre la roca de los Apóstoles, de Pedro y de todo el colegio apostólico está cimentada la Iglesia, fundamentada nuestra fe. Esa fe en Jesús que nos trasmitieron los apóstoles, los primeros testigos de Cristo, de su vida, de su muerte y de su resurrección. Sin ese testimonio apostólico nuestra fe en Jesús, podríamos decir, se hubiera quedado coja, porque ellos son los primeros testigos, y los que escucharon de labios del Maestro el mandato de llevar la Buena Noticia del Evangelio a todo el mundo. Con los Apóstoles y como los apóstoles la Iglesia, nosotros hemos de señalar a los hombres el camino que lleva a Jesús.
En la primera lectura, de la primera carta a los Corintios, hemos escuchado esa proclamación de fe en Jesús, muerto y resucitado, que nos hace Pablo. Y precisamente en los testigos de la resurrección, aquellos a los que se manifestó Cristo resucitado, hace especial hincapié a la hora de proclamarnos su fe. Quizá la liturgia haya escogido este texto de manera especial por la referencia a Santiago a quien también se le apareció Jesús resucitado de manera especial, que podría ser este Santiago, hijo de Alfeo que hoy estamos celebrando.
El evangelio – lo escuchamos hace un par de días – nos hace referencia también al otro apóstol a quien hoy celebramos, Felipe, por la pregunta que hace a Jesús: ‘Muéstranos al Padre y nos basta’. Hubiéramos podido recordar que a Felipe lo llama Jesús de forma directa como se nos narra al principio del evangelio de Juan, pero que pronto Felipe se convertirá en misionero de Jesús porque traerá a Natanael hasta Jesús. ‘Aquel de quien hablaron Moisés y los profetas lo hemos encontrado… ven y verás’. Pero podríamos recordar también que junto a Andrés hará de intermediario para que unos griegos, unos gentiles lleguen hasta Jesús a quien quieren conocer.
Podemos aquí encontrar un mensaje. Conocemos a Jesús y queremos seguirle, pero hemos de hablar de Jesús a los demás, hemos de convertirnos en apóstoles y misioneros. Que el Espíritu del Señor nos dé ese arrojo y esa valentía para hablar de Jesús a los demás. Pero también en la respuesta-queja de Jesús cuando Felipe le pide que le muestre al Padre, que eso será suficiente, que Jesús le dirá. ‘Tanto tiempo que estoy con vosotros y aún no me conoces’. Que nuestro estar al lado de Jesús nos haga conocerle más y más. Que crezca nuestro amor, nuestros deseos de estar con El, pero que le conozcamos y nos llenemos de su vida, para que luego podamos trasmitir a los demás lo que nosotros hemos vivido, aquello de lo que estamos llenos, que es de la vida de Jesús.

domingo, 2 de mayo de 2010

Compartimos la vida de Cristo resucitado si nos amamos


Hechos, 14, 21-27;
Sal. 144;
Apoc. 21, 1-5;
Jn. 13, 31-35

‘Vi un cielo nuevo y una tierra nueva… el primer cielo y la primera tierra han pasado… todo lo hago nuevo…’ Proféticamente nos habla el Apocalipsis de ese cielo nuevo y de esa tierra nueva y nos está hablando de esa plenitud que en Dios, en el cielo vamos a tener, y a los que continuamos nuestra peregrinación en medio de luchas y debilidades nos llena de esperanza. ‘La ciudad santa, la nueva Jerusalén que descendía del cielo enviada por Dios…’
Pero proféticamente nos habla el paraíso de ese cielo nuevo y de esa tierra nueva que ya ahora tenemos que ir viviendo y realizando aunque no lo tengamos en plenitud, porque aún el pecado sigue reinando en nosotros, porque aún el dolor y el sufrimiento no ha desaparecido de todo, porque aún seguimos dejando que haya muerte en nuestra vida. ¿No es eso lo que tenemos que ir construyendo ahora cuando queremos vivir el Reino de Dios? Ese Reino de Dios no puede ser algo lejano y que nos parezca inalcanzable, sino que es algo que quienes creemos en Jesús y seguimos su camino tenemos que ir viviendo ya.
Porque ya vamos viviendo la presencia de Dios entre nosotros, porque somos su pueblo, ese pueblo que El ha rescatado con su sangre y nos ha santificado. ‘Esta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos, y será su Dios’. ¿No nos recuerda lo que se nos dice en el principio del Evangelio de san Juan ‘la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros’?
Esa ‘ciudad santa que descendía del cielo, esa nueva Jerusalén’ la tenemos que ir logrando, viviendo ya ahora. ‘Dios estará con ellos y será su Dios’. ¡Qué consuelo! Aún nos queda sufrimiento porque, como les decía Pablo a aquellas comunidades de Asia Menor donde había anunciado el evangelio, ‘hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios’. Pero ‘el que estaba sentado en el Trono dijo: Todo lo hago nuevo’. Es la novedad del Evangelio que nos trae Jesús; es la novedad de esa vida nueva que tenemos que vivir; es esa transformación que hemos de ir realizando en nuestra vida y en nuestro mundo.
Algunas veces nos pasamos de conservadores porque nos contentamos como vivimos y pensamos que ya nada nuevo puede haber en nosotros. No es la novedad, diríamos de la novelería, sino es la novedad de esa transformación que el Señor con su gracia quiere realizar en nuestro corazón. Y cuando abrimos de verdad nuestro corazón al Señor y a su palabra nos damos cuenta de cuántas cosas tenemos que purificarnos, cuantas cosas podemos hacer mejor, en cuántas cosas nos podemos y nos tenemos que santificar.
El Apocalipsis nos habla de esa ‘nueva Jerusalén que descendía del cielo arreglada como una novia que se adorna para su esposo’. ¿Cuáles son esos adornos y esas joyas? La esposa o la novia se engalana con las joyas que le ha regalado su amor. Lo que ha recibido con amor y por amor, le sirve para adornar y enjoyar su vida para su esposo.
¿Qué nos querrá decir todo esto? Lo podemos tener bien claro. ¿No es la joya más preciosa que podemos tener en nuestra vida todo el amor que Dios nos tiene? No nos extrañe, pues, que lo que nos pida Jesús, que se mandamiento nuevo sea el del amor. Su mandamiento, nuestro distintivo, la imagen más hermosa que podamos dar de nuestra fe en El, la joya más hermosa con que podemos y tenemos que adornar nuestra vida. ‘Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros’.
Qué importante lo que nos dice Jesús, lo que nos pide como respuesta de nuestra vida. La más mala imagen que nosotros podamos proyectar de nuestra fe no es que seamos débiles y pecadores, sino que no nos amemos, nuestra desunión, nuestras rencillas y rencores, los desapegos de nuestro corazón, el individualismo en que encerremos nuestra vida; en una palabra nuestra falta de amor. Cualquiera puede comprender que seamos débiles y tengamos muchos tropiezos mientras vamos luchando, lo que es más difícil de comprender es que llevemos el nombre de cristianos y no nos amemos.
Seguimos viviendo la Pascua. Cuidado con que por el hecho de que las semanas van discurriendo y pasan los día, ya veamos la pascua como algo lejano. La Pascua para el cristiano es algo que tenemos que estar viviendo siempre con intensidad. Y ya sabemos la pascua es muerte y resurrección; es un morir al pecado para renacer a una nueva vida.
Y san Juan nos dirá que ‘sabemos que pasamos de la muerte a la vida si nos amamos’. El que no ama permanece en la muerte. Si queremos vivir la pascua tenemos que pasar a la vida, resucitar, en una palabra, amarnos. En consecuencia nuestra vivencia pascual es amarnos. Cuando amamos a los hermanos estamos compartiendo de verdad la vida de Cristo resucitado, porque hemos pasado de la muerte a la vida.
¡De cuántas maneras tenemos que expresar nuestro amor a los demás! En cuántas cosas concretas, en cuantos gestos, en cuantos detalles, en cuánto compromiso se tiene que traducir ese amor, esa pascua en nuestra vida, en ese día a día de nuestra convivencia con los hermanos, en la vida familiar, con aquellas personas de las que estamos rodeados en nuestro trabajo o en nuestra vida social, en el quehacer diario de nuestra comunidad cristiana.
Para concluir esta reflexión quiero resaltar algo que nos dice el texto de los Hechos de los Apóstoles. Después del itinerario realizado en su viaje apostólico, Pablo y Bernabé regresan a la comunidad de ‘Antioquia de donde los habían enviado con la gracia de Dios a la misión que acababan de cumplir. Al llegar reunieron a la Iglesia, le contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles las puertas de la fe’. Hermoso cómo la comunidad siente como algo propio todo aquello que se había realizado y dan gracias a Dios por todo ello. Que así sintamos nosotros como propio todo el quehacer de la Iglesia y así también alabemos al Señor.