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viernes, 14 de mayo de 2010

Testigos de resurrección, enviados y mensajeros del amor


fiesta de san matías apóstol


Hechos, 1, 15-17.20-26;
Sal. 112;
Jn. 15, 9-17


El texto de los Hechos de los Apóstoles nos narra la elección de Matías para formar parte del grupo de los Doce Apóstoles que se había roto con la traición de Judas. Jesús había constituido el grupo de los Apóstoles, a los que El había llamado personalmente por su nombre, como doce, que era un número bien significativo en la Biblia recordando las doce tribus de Israel.
Aún no había venido el Espíritu Santo sobre los Apóstoles y la Iglesia naciente. Allí estaban como les había mandado Jesús en la espera del cumplimiento de la promesa del Padre, el envío del Espíritu Santo. Estaban reunidos en oración los Once con María, la Madre de Jesús y algunos otros discípulos.
Pedro toma la iniciativa de proponer la elección de quien sustituya a Judas en el número de los Doce del Colegio Apostólico. Han de elegir a alguno que haya sido testigo de la vida de Jesús pero sobre todo de su resurrección. Era la principal misión que Jesús les había confiado, ser testigos. Se proponen dos y se invoca al Señor para que les manifieste a quien ha elegido. Echan a suertes y el elegido es Matías. Luego ya no sabremos más de él en todo el nuevo Testamento; pero no importa, es el elegido y se ha recompuesto el Colegio Apostólico.
‘Muéstranos a cuál de los dos has elegido…’ es la oración de Pedro y de aquella primera comunidad. Quien elige es el Señor. Se valdrá de nuestro actuar humano pero es el Señor quien ha mostrado esa predilección. Es lo que contemplamos también hoy en el evangelio.
Este texto que hoy se nos ha proclamado está enmarcado en la Última Cena, como los que hemos venido proclamando y escuchando en estos días de Pascua. Unión con Jesús, guardar sus mandamientos, permanecer en el amor. Como consecuencia de todo esto amarnos nosotros también. Es el fruto que hemos de dar en nuestra vida como respuesta a esa predilección de amor que Jesús tiene con nosotros. Jesús es el Hijo predilecto del Padre, nosotros somos los discípulos predilectos y elegidos de Jesús.
‘Ya no os llamo siervos…’ El discípulo que sigue a Jesús no es un siervo. Nada nos esclaviza porque Cristo nos ha liberado, nos ha dado la más perfecta y hermosa libertad, la libertad del amor y de la gracia que sí nos hará servidores en el amor de los demás.
Pero Jesús nos llama amigos. ‘A vosotros os llamo amigos…’ El se nos ha revelado, se nos ha dado a conocer y en El podemos conocer lo más hondo de Dios. ‘Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer…’
Somos los que nos sentimos inundados del amor de Jesús; así nos ama, y así se nos revela. Así nos ha elegido para tenernos con El. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido a mí, soy yo quien os he elegido…’ No es que nosotros hayamos buscado a Dios y lo hagamos encontrado por nosotros mismos. El quien ha venido en nuestra búsqueda para mostrarnos su predilección y su amor. En la oración pedíamos que ‘podamos alegrarnos de tu predilección al ser contados entre tus elegidos’. Nos queda dar nuestra respuesta, el fruto que tenemos que dar. ‘Os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure’.
No nos podemos quedar encerrados en nosotros mismos disfrutando sólo para nosotros ese amor y esa predilección divina. Tenemos que ir, ir a los demás a dar a conocer esos frutos de amor que damos. Somos enviados y mensajeros del amor, misioneros de Jesús. Y no hace falta ir a buscar lugares lejanos o extraños a donde ir sino que ahí con los que estamos cada día hemos de dar fruto, hemos de dar gloria a Dios.

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