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sábado, 3 de julio de 2021

Que podamos escuchar esa bienaventuranza del Señor que nos llama dichosos por haber creído sin haber visto abriendo las puertas del cenáculo de nuestro corazón

 

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Que podamos escuchar esa bienaventuranza del Señor que nos llama dichosos por haber creído sin haber visto abriendo las puertas del cenáculo de nuestro corazón

Efesios 2, 19-22; Sal 116; Juan 20, 24-29

‘Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús…’ así comienza diciéndonos el relato del evangelio. Los discípulos tras todo lo que había sucedido aquellos días en Jerusalén, y de manera especial cuanto había sucedido con su Maestro al que habían prendido, entregado en manos de los gentiles y crucificado, estaban encerrados en aquella sala que le habían facilitado para la cena pascual.

Estaban con las puertas cerradas por miedo a los judíos.  Pero Tomás no estaba; más liberal que los otros, con menos miedo pensando que a él no le iban a hacer nada, quizá explotando por aquel encierro que ya se le hacia insoportable, el hecho es que no estaba con el resto cuando vino Jesús.

Durante la mañana habían corrido toda clase de noticias porque el sepulcro estaba vacío, porque algunas mujeres hablaron de aparición de ángeles, porque algunas contaban su experiencia de haber visto a Jesús, Pedro y Juan habían acudido también al sepulcro, y lo habían encontrado como habían dicho las mujeres, algunos discípulos se habían ido a sus casas como los de Emaús, pero hasta entonces ellos no habían visto a Jesús.

Cuando regresa Tomás al fin se encuentra con la noticia. ‘Hemos visto al Señor’. Pero él no estaba, él no lo ha visto, y para creer lo que le dicen exige pruebas. Meter sus dedos en las hendiduras de los clavos, meter su mano en la llaga del costado. Si no lo veo, no lo creo. Por eso a los ocho días, y ahora sí estaba Tomás con ellos, cuando Jesús vuelve a manifestárseles será Jesús el que se acerque al incrédulo Tomás para ofrecerle las hendiduras de sus manos y la llaga de su costado para meta los dedos, para que meta la mano. Y ya sabemos la reacción de Tomás, que como se suele decir se queda mudo por la sorpresa, aunque si podría pronunciar aquellas palabras que serán una hermosa confesión: ‘¡Señor mío y Dios mío!’

‘¡Dichosos los que crean sin haber visto!’ será la afirmación de Jesús. Una afirmación que viene para nosotros. Aunque muchas veces también nos entra la misma tentación y duda de Tomás, creemos por el testimonio de los Apóstoles, por el testimonio de cuantos antes que nosotros han creído también en Jesús y su experiencia nos ha valido a nosotros para tener la misma experiencia.

‘Hemos visto al Señor’, nos dicen aquellos primeros testigos, pero será también el testimonio que a través de los siglos se ha ido pasando de boca en boca. Porque quienes en verdad ponen su fe en Jesús no necesitarán de esa experiencia física que podríamos llamarla sino que la experiencia espiritual que han vivido en sus vidas es como si hubieran visto al Señor también y es lo que nos han transmitido.

Es la experiencia que también nosotros hemos de vivir porque con la fe abrimos las puertas del cenáculo de nuestro corazón para que Jesús esté ahí también en medio, en medio de mi vida y a través de mi vida pueda estar también en medio de nuestro mundo. Es lo que tenemos que vivir y lo que tenemos que trasmitir.

Algunos en ocasiones nos pedirán razones y pruebas, como dicen ellos, para poder creer. No son esas pruebas basadas en razonamientos humanos, que también podríamos ofrecer, los que de verdad van a despertar la fe; la prueba está en nuestra propia vida, en cómo nosotros vivimos precisamente a partir de esa fe que decimos que tenemos en Jesús. Desde esa fe nuestra vida tiene que sentirse transformada, porque hay algo que sentimos en nuestro corazón, en lo más hondo de nosotros mismos, que nos será difícil muchas veces de explicar pero es la alegría y el gozo de su presencia que nos transforma.

Abramos esas puertas que muchas veces tenemos muy cerradas en nuestro espíritu para que pueda despertarse en nosotros ese don de la fe que Dios nos concede. Aunque El puede entrar como entró en el cenáculo sin que fuera necesario abrir las puertas, El quiere contar con nosotros, con esa apertura a la fe que nosotros tengamos en nuestro corazón para inundarnos con su presencia y con su vida.

Es lo que nos enseña esta fiesta de Santo Tomás Apóstol que hoy estamos celebrando. Que podamos escuchar esa bienaventuranza del Señor que nos llama dichosos por haber creído sin haber visto abriendo las puertas del cenáculo de nuestro corazón.

viernes, 2 de julio de 2021

Jesús nos propone en la opción de la misericordia, porque la necesitamos para nosotros mismos, y porque tenemos que saberla ofrecer generosamente a los demás

 


Jesús nos propone en la opción de la misericordia, porque la necesitamos para nosotros mismos, y porque tenemos que saberla ofrecer generosamente a los demás

Génesis 23,1-4.19; 24,1-8.62-67; Sal 105;  Mateo 9,9-13

¿Por qué iremos dándonos de orgullosos en la vida y creyéndonos los mejores? Al final tenemos que reconocerlo. No somos tan perfectos aunque nos creamos buenos; sin embargo ante los demás queremos aparentar, nos cuesta reconocer nuestras debilidades, es más, en ocasiones nos volvemos intransigentes porque les pedimos a los otros unos niveles de conducta que nosotros no nos preocupamos de alcanzar. Para nosotros siempre tendremos alguna disculpa, para los demás lo que más fácil nos sale es el juicio y la condena. Siempre estaremos mirando con lupa la vida de los demás, pero para nuestra vida ponemos unas pantallas.

Pero siempre hay en nosotros una miseria que necesita de la comprensión y de la misericordia. Montados en el caballo del orgullo y de la soberbia no podremos aguantar mucho tiempo, aunque nos cueste bajarnos de ese caballo. Y cuando con sinceridad llegamos a reconocer nuestras debilidades y encontramos en los demás comprensión y misericordia, qué distintos nos sentimos. Al final tenemos que estar agradecidos.

Por eso Jesús nos pone en la opción de la misericordia; porque la necesitamos para nosotros mismos, y porque tenemos que saberla ofrecer generosamente a los demás. El camino de Jesús es ir buscando allá donde hay un corazón roto porque con su amor quiere recomponerlo.

Por eso vemos cuáles son sus preferidos, los pobres y los que sufren; sufrimiento que vemos especialmente expresado en los enfermos de todo tipo de enfermedad que acuden a Jesús, pero que con esa cercanía Jesús quiere expresarnos otra hondura, para que seamos en verdad sensibles a todo tipo de sufrimiento; porque hay sufrimientos que llevamos en el corazón que son más duros de pasar que el tener algunas limitaciones físicas o tener nuestro cuerpo enfermo. Se expresa perfectamente en la búsqueda de Jesús de los pecadores. Aunque haya muchos que no lo entiendan, porque no llegan a vivir la experiencia de la misericordia.

Hoy lo contemplamos en el evangelio. La ocasión ha sido que Jesús ha llamado para que le siga y forme parte del grupo a un recaudador de impuestos. Es la vocación de Leví o de Mateo según sea el evangelista que nos traiga el relato. Ya es sorpresivo y verdaderamente significativo que Jesús llame para seguirle a alguien que no tiene buena prensa entre el pueblo. Los recaudadores de impuestos eran mal mirados, tan mal que los llamaban publicanos que era algo así como decirle que eran unos pecadores. Es cierto que los manejos de los dineros siempre tienen el peligro de manchar no solo las manos sino el corazón y muchos se convertían en verdaderos usureros; por otra parte eran considerados como unos colaboracionistas con el poder instituido, porque para ellos eran los impuestos que cobraban, lo que hacía que aún los consideraran peor.

Jesús ha llamado a Mateo que con una disponibilidad total deja atrás todas las cosas para irse con Jesús. Tan contento está que ofrece una comida a la que además de Jesús y los discípulos que ya le seguían estarán invitados los compañeros de profesión de Mateo. Los fariseos ponen el grito en el cielo, porque Jesús se ha mezclado con toda esa gente y come con ellos. Y es cuando nos deja el mensaje, el médico no es para los sanos sino para los enfermos, El ha venido para buscar a la oveja perdida por eso se acercará a los pecadores e incluso comerá con ellos porque es una manera de significar lo que es la misericordia del Señor que lo que mira es el corazón. ‘Misericordia quiero y no sacrificios’, recuerda Jesús con palabras de la Escritura.

Aquellos hombres y mujeres que eran despreciados por todos a los que consideraban unos pecadores y nadie querrá mezclarse con ellos se sienten acogidos y valorados por Jesús. Es el primer gesto que llama al corazón. Es decirnos que Dios nos ama y cuenta con nosotros a pesar de nuestras debilidades o nuestros pecados. Es un sentirnos levantados por la mano del Señor igual que levantaba a los paralíticos de sus camillas para ponerlos a andar, así levanta el corazón del hombre pecador para ponerlo también en camino de vida nueva.

Cómo nos sentimos reconfortados cuando a pesar de nuestras miserias nos sentimos comprendidos y aceptados, así tenemos que aprender a hacerlo con los demás. Tenemos que aprender a ser signos de esa misericordia sabiendo acercarnos con humildad y delicadeza, con mucha empatía y con mucho amor a esos corazones rotos que nos podemos encontrar a nuestro lado. Como Jesús sentarnos a la mesa con ellos, caminar a su lado, mostrar nuestra cercanía, nuestro respeto y nuestra comprensión, ser capaces de aceptar y valorar. ¿No será eso lo que también buscamos para nosotros? Sepamos ofrecerlo a los demás.

jueves, 1 de julio de 2021

También nos dice Jesús que tengamos confianza y nos pongamos en pie para ser libres de toda atadura, El nos regala el perdón y nos pone en camino de vida nueva

 


También nos dice Jesús que tengamos confianza y nos pongamos en pie para ser libres de toda atadura, El nos regala el perdón y nos pone en camino de vida nueva

Génesis 22, 1-19; Sal 114; Mateo 9,1-8

‘Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa’. ¿Era lo que esperaban? Cuando Jesús llega a Cafarnaún lo primero que se va a encontrar es aquel grupo de hombres que portando una camilla ponen ante El a un paralítico para que lo cure.  Ya ha corrido la noticia de las obras y signos que realiza Jesús, por eso vendrán por si mismos aquellos enfermos que aun pueden valerse, otros serán traídos de la mano quizá como los ciegos que por sí solos no se pueden valer en medio de aquellas muchedumbres que se agolpan en torno a Jesús, ahora será un paralítico en una camilla el que llevan hasta los pies de Jesús. En el texto paralelo de los otros evangelistas se nos dirá incluso que por el gentío no podían entrar por la puerta y lo descolgaron del techo abriendo un boquete. De una forma o de otra Jesús se fija, admira y valora la fe de aquellos hombres.

Era lo que esperaban, que aquel hombre se pueda poner en pie, valerse por sí mismo e incluso regresar a su casa. Pero Jesús quiere levantarlo de algo más. La enfermedad y la invalidez pueden ser un signo de nuestro pecado, que no significa que tengamos que verlo como un castigo divino por nuestros pecados y Jesús quiere que el signo sea lo suficientemente significativo. Por eso sus primeras palabras serán ‘ten confianza, hijo, tus pecados están perdonados’. Ha venido para que tengamos vida y tengamos vida en abundancia; va a derramar su sangre en la cruz para establecer una nueva alianza para el perdón de nuestros pecados. Nos va dando señales ya.

No nos podemos quedar hundidos en nuestra parálisis ni tumbados sobre la camilla que sea signo de nuestra invalidez y nuestro pecado. ‘Ponte en pie…’ le dice. Ya no son necesarias esas muletas o esas camillas que sostengan nuestra invalidez porque para nosotros hay vida nueva. Tenemos que ponernos en pie y echarnos a andar porque se abren caminos nuevos delante de nosotros. Aquello que nos parecía imposible alcanzar ahora ya está a nuestra mano, pero no nos podemos quedar quietos, como si todavía estuviéramos paralizados.

Vete a tu casa, vuelve a tu vida, vete al encuentro con los tuyos y al encuentro con los demás, vete a ese mundo donde siguen habiendo tantos que viven paralizados para que seas un signo de que es posible un mundo nuevo, que también todos pueden levantarse y echarse a caminar. No dejes aquí tu camilla que ya no la necesitamos, ahora podemos caminar con la seguridad del hombre nuevo, del hombre libre, del hombre que se ha liberado de todas las ataduras posibles, que ya nada lo detiene.

‘Tus pecados están perdonados’. ¿Cuáles son las peores ataduras de nuestra vida? miremos desde nuestra experiencia aquellas pasiones que no nos han dejado ser nosotros mismos, miremos desde nuestra experiencia aquellas rutinas que nos hacían torpes en nuestro caminar, miremos desde nuestra experiencia aquellos orgullos o aquellos recelos que ponían trabas al verdadero entendimiento o nos endiosaban de tal manera que nos apartaban del encuentro verdadero con los demás, miremos desde nuestra experiencia ese egoísmo que nos volvía insolidarios con los otros porque solo nos hacía pensar en nosotros mismos, y así podemos seguir mirando muchas cosas en nuestra vida que necesitan esa liberación, ese romper ataduras, ese borrar tantas sombras que ennegrecían nuestra vida. ‘Tus pecados están perdonados’, nos dice también a nosotros Jesús.

Y aquel hombre se levantó de su camilla, como le decía Jesús, la tomó y la cargó sobre sus hombros y marchó a su casa. ¿Será acaso un signo del cargar con la cruz que Jesús nos pide para seguirle de verdad?

miércoles, 30 de junio de 2021

Que nuestras rutinas y tibiezas no nos hagan perder la sensibilidad espiritual para poder saborear el vino nuevo del Evangelio de Jesús

 


Que nuestras rutinas y tibiezas no nos hagan perder la sensibilidad espiritual para poder saborear el vino nuevo del Evangelio de Jesús

Génesis 21,5.8-20; Sal 33; Mateo 8,28-34

¿Nos habremos adaptado tanto a nuestras viejas costumbres que llegaríamos a ser incapaces de ver lo bueno que se nos ofrece y en nuestro inmovilismo lo rechazamos?

Aunque hoy cualquiera puede presumir de avanzado y de progresista, de que siempre está abierto a lo nuevo, muchas veces sin embargo en nuestro interior sentimos una resistencia a lo que pueda significar cambio o abrirnos a algo distinto. Estamos tan bien como estamos, o nos sentimos tan bien con lo que tenemos que no apetecemos otra cosa y un posible cambio pareciera que nos exige un esfuerzo sobrehumano que no estamos dispuestos a afrontar.

Hay gente que en su novelería (afán obsesionado y hasta enfermizo por lo nuevo) quizás viven alegremente y con cierta superficialidad lo nuevo que se le va ofreciendo, mientras otros se muestran reticentes y desconfiados ante un posible cambio. De alguna manera ocultamos un cierto conservadurismo contentándonos con conservar lo que tenemos y no aspiramos a lo nuevo por miedo quizá a quedarnos sin nada. No quieren arriesgar, como suelen decir más vale pájaro en mano que ciento volando.

Todo esto va con el avance y progreso de la vida de la sociedad, pero esto se manifiesta también en el camino comprometido de nuestra vida cristiana donde simplemente nos contentamos con conservar, pero será quizá cómo al final nos quedemos sin nada. A los tiempos nuevos tenemos que responder con una apertura de espíritu, no pensando que todo lo que nos pueda venir de nuevo sea malo, sino que hemos de saber discernir cómo el Espíritu del Señor aletea (valga la expresión) entre nosotros y nos hace saborear lo nuevo que podamos descubrir.

En cierto modo era el rechazo que desde ciertos sectores de la sociedad judía había hacia Jesús. ¿Por qué lo rechazaban los dirigentes de Jerusalén, los sumos sacerdotes o los que de alguna manera tenían alguna influencia sobre el pueblo, como los grupos organizados como saduceos o fariseos? La novedad que les ofrecía Jesús que les tenía que conducir a una mayor autenticidad de la vida y que les haría despojarse de sus caretas de hipocresía con que querían aparentar algo que realmente no llevaban en su interior y que temían les pudiera hacer perder su influencia sobre el pueblo. Muchos intereses creados en su entorno de los que no querían despojarse.

Hoy en el evangelio vemos otro episodio, lejos precisamente de esos ambientes del entorno del templo de Jerusalén, en que también se manifiesta un rechazo de Jesús. Es cierto que en cierto modo son tierras paganas, tierras de gentiles, pero allá ellos tenían su vida y sus costumbres, llegando hasta a acostumbrarse a aquella presencia de aquellos endemoniados que incluso mucho daño les hacían. Jesús llega hasta ellos con su palabra salvadora que se manifiesta en la expulsión de aquellos espíritus inmundos que terminarán posesionándose de las piaras de cerdos que por allí pastaban y que caerán despeñados al agua del lago donde se ahogan.

Los hombres poseídos por aquellos espíritus inmundos quieren resistirse a la presencia de Jesús; los porquerizos huyen de lo sucedido marchando corriendo hacia el pueblo; pero finalmente serán los habitantes del lugar los que vendrán a ver lo sucedido pero manifestarán su rechazo a Jesús pidiéndole que se marche del lugar y se vaya a otra parte. ¿Preferían vivir bajo la influencia y amenazas de aquellos endemoniados y continuar con el cuidado de sus cerdos?  Es significativo que precisamente sea una piara de cerdos la que se despeñe en el lago, cuando los cerdos para los judíos eran los animales impuros cuya carne incluso no podían consumir. Se les ofrece la libertad y dignidad de una vida nueva – son significativos los gestos – pero ellos prefieren quedarse como estaban y rechazan la Buena Nueva de Jesús.

Esto también tendría que hacernos pensar a nosotros cuando en nuestra vida se plantea un camino de superación, un camino de ascensión arrancándonos de nuestros vicios o nuestras malas costumbres, de nuestras rutinas y de la tibieza espiritual con que vivimos, y ponemos quizá tantas pegas al cambio que tendríamos que realizar en nuestra vida.

¿De verdad queremos saborear el vino nuevo del evangelio que nos ofrece Jesús? ¿Con nuestras rutinas o con nuestra tibieza habremos quizá perdido esa sensibilidad para apreciar todo lo nuevo y todo lo bueno que nos ofrece el estilo del camino de Jesús?

 

martes, 29 de junio de 2021

Cristo sigue confiando en nosotros, sigue confiando en su Iglesia, se sigue haciendo presente en el mundo a través de la Iglesia y de la vida de los cristianos

 


Cristo sigue confiando en nosotros, sigue confiando en su Iglesia, se sigue haciendo presente en el mundo a través de la Iglesia y de la vida de los cristianos

Hechos de los apóstoles 12, 1-11; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19

Son momentos de una mayor intimidad. En ocasiones Jesús se los llevaba a lugares apartados donde pudieran estar solos para poder hablarles con una mayor cercanía. En ocasiones lo había intentado y se había encontrado con una multitud que estaba allá esperándole. Ahora caminaban casi a los límites de Palestina, allá por donde nacía el Jordán. Y llega el momento de preguntas y de confidencias.

‘¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ Una pregunta que puede parecer genérica y que admitía también una respuesta genérica. Las gentes se manifestaban cuando veían las obras y los signos de Jesús o cuando escuchaban sus palabras. ‘Nadie ha hablado igual, decían… un gran profeta ha aparecido entre nosotros… Dios ha visitado a su pueblo’. Lo consideraban un profeta, un hombre de Dios. Si Dios no estaba con El no podía hacer las obras que El  hacía, como reconocería incluso Nicodemo. Un profeta muy grande, como Elías, como los antiguos profetas, como Juan el Bautista a quien todos habían conocido y también escuchado.

Pero Jesús quería algo más. Como diríamos nosotros, que se mojaran, que expresaran su propia opinión, que dijeran realmente lo que para ellos significaba Jesús. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Cuando las preguntas son directas así suele reinar el silencio, nadie quiere romper para comenzar a hablar. Pero allí estaba Pedro. El era decidido. El salía siempre el primero ya sea para expresar su pensamiento, para expresar dificultades ante lo que Jesús pide – ‘hemos estado toda la noche bregando y no hemos cogido nada’ - o también para tratar de disuadir a Jesús de que nada le podía pasar de todo aquello que anunciaba que le sucedería en Jerusalén.

Reticente, quizá al principio, ante el anuncio de su hermano Andrés, sin embargo se había dejado llevar por su hermano y había ido a conocer a Jesús. La sorpresa entonces sería que ya Jesús le cambiaría de nombre. Por eso cuando Jesús pasa a la orilla del lago y los invita a seguirle allí está pronto para dejar redes y barca y para irse con Jesús. Su casa en Cafarnaún se había convertido de alguna manera en la casa de Jesús, de donde partiría para todas sus correrías apostólicas. Sería, sin embargo, el que aunque veía la dificultad de la pesca, cuando Jesús le pide que reme mar adentro y eche las redes, estará pronto para hacerlo por la fe en la palabra de Jesús, ‘en tu nombre echaré las redes’. Se sentirá pequeño entonces ante las maravillas de Dios y no se considera digno de estar en la presencia de Jesús, ‘apartate de mi que soy un hombre pecador’, pero Jesús le quiere para ser pescador de hombres. Con Jesús haría aquellos caminos de Galilea y que un día le conducirán también a Jerusalén.

Pero eso ahora será el primero en tomar la palabra para dar respuesta a Jesús. ‘Tú eres el Mesías, el Cristo, el Ungido de Dios, el Hijo del Dios vivo’. ¿Qué está diciendo Pedro? Con lo que está diciendo está expresando mucho más de lo que le gente se preguntaba si acaso Jesús no sería el Mesías. Pedro afirma con toda rotundidad que es el Ungido de Dios, el Cristo, el Hijo del Dios vivo. ¿Lo dirá por sí mismo? ¿Lo habrá ido aprendiendo en aquel contacto tan cercano con Jesús que mantenían aquellos discípulos escogidos? Sin embargo ninguno se había atrevido a afirmarlo. Por eso le dirá Jesús que no lo ha aprendido por sí mismo, sino que el Padre del cielo se lo ha revelado en su corazón.

Pero Jesús le dice más. ‘Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos’.

Un día le había cambiado de nombre y ahora viene a encontrar su significado. Es la piedra sobre la que se edificará la Iglesia. Cristo es la piedra angular, la que nos trae la salvación, es el único Salvador y Mesías. Pero aquella comunidad que va a nacer, todos los que van a confesar de la misma manera la fe en Jesús como el Hijo de Dios y nuestra salvación va a estar congregada en una unidad en torno a Pedro; Pedro va a ser esa piedra sobre la que se edificará la Iglesia, el que nos va a mantener en esa comunión y en esa unidad, el que nos va a mantener firmes en esa fe en Jesús. ‘Mantente firme para que alientes la fe de tus hermanos’, le dirá Jesús en otra ocasión.

‘El poder del infierno no la derrotará’. Podrán venir temporales, como la imagen de aquellas tormentas en medio del lago donde parecía que la barca se hundía. Allí está Jesús. Podrán venir momentos de duda, de tentación, de desaliento, de tener la impresión de que está todo perdido y hasta nos podrán nuestros miedos y aparecerán debilidades y cobardías, pero más allá de todo eso está la mirada de Jesús. Pedro lo pasó en el comienzo de la pasión, pero Jesús pasó a su lado en silencio, solo le habló con la mirada, y fue suficiente para su arrepentimiento. Más tarde porfiará una y tres veces que ama a Jesús, que Jesús bien lo sabe que está dispuesto a dar la vida por El, y Jesús seguirá confiando en él, ‘apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’.

Hoy que celebramos la fiesta de san Pedro y san Pablo – aunque en nuestro comentario nos hemos centrado más en la figura de Pedro -  es un momento muy especial para expresar y confesar nuestra fe en Jesús. Un momento de especial resonancia eclesial, cuando sentimos que Pedro es esa piedra sobre la que se fundamenta la Iglesia. Un momento para levantarnos con ánimo y con esperanza, porque a pesar de que sean muchas nuestras debilidades y negaciones, a pesar de las tormentas que en medio del mundo nos toca sortear, tenemos la certeza de la Palabra de Jesús. ‘El poder del infierno no la derrotará’, porque con nosotros está Jesús, nos ha dejado su Espíritu y poder sentir de manera especial su presencia en la Iglesia.

Y es que Cristo sigue confiando en nosotros, sigue confiando en su Iglesia, se sigue haciendo presente en el mundo a través de la Iglesia y de la vida de los cristianos. Hagámonos dignos de esa confianza de Jesús.

lunes, 28 de junio de 2021

En el Reino de Dios, en el Reino de los cielos una cosa hemos de tener muy clara, la confianza absoluta que ponemos en Dios cuando nos ponemos en sus manos

 


En el Reino de Dios, en el Reino de los cielos una cosa hemos de tener muy clara, la confianza absoluta que ponemos en Dios cuando nos ponemos en sus manos

Génesis 18,16-33; Sal 102; Mateo 8,18-22

Es humano que en la vida tengamos seguridades en el camino que tengamos que hacer, puntos de apoyo fuertes en aquellos planes o proyectos que nos tracemos para la vida; y ya nos enseñan cómo a la hora de planificar algún proyecto tengamos bien claro no solo lo que vamos a hacer, sino también con aquellos medios que contamos para llevarlo adelante; no podemos perder el punto de vista de lo que son los objetivos en si, sino también el camino que hemos de recorrer para llegar a alcanzar esos objetivos; eso nos hace planificar muy bien para poner tener unas seguridades o unas certezas en aquello que vamos a realizar.

Ahora bien si nos viene alguien que nos presenta un proyecto o un plan pero no nos da la seguridad de tener al menos un techo bajo el cual nos podamos cobijar, seguro que nos lo pensamos muy bien y no estaremos tan seguros si realmente aceptamos o no ese plan.

Pues parece que con lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio todos esos presupuestos se nos vienen abajo. Un escriba quiere seguir a Jesús y está dispuesto a todo para seguirle, vaya a donde vaya, pero da la impresión de que Jesús le da un parón a su entusiasmo porque le dice que quien le sigue a El ha de tener en cuenta que el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza; que más seguros andan los pajarillos del cielo con sus nidos o las zorras con sus madrigueras donde refugiarse.

¿Qué nos querrá decir Jesús? En el Reino de Dios, en el Reino de los cielos hay una cosa que hemos de tener muy clara, que es la confianza absoluta que ponemos en Dios cuando nos ponemos en sus manos. Y esto no lo hacemos para tener todos los problemas resueltos, sino para lanzarnos con total disponibilidad por nuestra parte porque primero que nada buscamos el Reino de Dios y su justicia, como nos dirá en otro momento, que lo demás se nos dará por añadidura. Claro que esa disponibilidad significará vaciarnos de nosotros mismos porque no actuaremos desde nuestros intereses o nuestros caprichos, sino que siempre buscamos la gloria del Señor.

Y nos dirá también que cuando le seguimos estamos optando por la vida, que no nos podemos entretener en cosas de muerte, y que así tendremos que arrancar de nuestro corazón toda clase de apegos. No significa que la familia y sus dolores humanos no los tengamos en cuenta, todo lo contrario, pero es que el mensaje que allí siempre hemos de llevar es un mensaje de amor y de vida.

Nos está previniendo Jesús para todas esas tentaciones y todos esos apegos que nos pueden entorpecer para vivir en la libertad del amor verdadero. Algunas veces tenemos la tentación de que en aquellas cosas buenas que hacemos es como si quisiéramos estar cosechando unas seguridades, unos beneficios o unos apoyos humanos. Eran aquellos que por la rica posesión de unos bienes hacían donaciones a la Iglesia para que pusieran placas con su nombre o pudieran tener unos lugares de honor en nuestros templos. Y nos queremos rodear de prestigios a lo humano, nos queremos rodear de oropeles de honores y lisonjear humanas, nos queremos subir a algunos pedestales que nos hagan parecer grandes e importantes.

Y eso nos puede suceder en el ámbito de nuestra iglesia, y eso puede suceder en el mundo religioso de los que se consideran dirigentes de la Iglesia pero que más pueden parecer autoridades políticas - hasta les hemos robado el nombre porque obispos eran los gobernadores e inspectores de las provincias del imperio romano - que auténticos pastores que caminan en medio de su rebaño y como nos dice el papa Francisco con olor de oveja.

¿Llegaremos a entender bien lo que significa seguir a Jesús, el Hijo del Hombre que no tiene donde reclinar su cabeza?

domingo, 27 de junio de 2021

Con ojos de fe hagamos una lectura creyente de nuestra vida para darnos cuenta de que en los peores momentos siempre Jesús estuvo caminando a nuestro lado

 


Con ojos de fe hagamos una lectura creyente de nuestra vida para darnos cuenta de que en los peores momentos siempre Jesús estuvo caminando a nuestro lado

Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24; Sal. 29; 2Corintios 8, 7. 9. 13-15; Marcos 5, 21-43

‘Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva’. Es la súplica de Jairo, el jefe de la sinagoga que acude a Jesús. Su niña está en las últimas. En el desarrollo de la escena, con las tardanzas en llegar a la casa de Jairo, le avisarán de qué para qué molestar más al maestro, porque la niña ha muerto. A su llegada ya estaban las plañideras cumpliendo su oficio en el duelo.

Una súplica llena de esperanza pero que las circunstancias harán que parezca que hasta la esperanza se pierde, porque no hay nada que hacer. ¿Nos recordará esto algo de lo que pasa entre nosotros? Será con motivo de una enfermedad grave, donde hacemos todo lo que está a nuestro alcance o nos valemos de los medios que la ciencia incluso nos pueda ofrecer, pero que llega un momento en que parece que todas las esperanzas se derrumban. La gravedad de la enfermedad, la muerte quizás que acecha.

Serán quizás los problemas en los que nos vemos envueltos en la vida. ¿Quién no tiene problemas? ¿Quién no ha pasado momentos de zozobra porque surgió un problema que iba a arruinar nuestra vida y del que no sabíamos cómo librarnos? Situaciones de angustia, de desesperanza, momentos en que lo vemos todo oscuro porque nos parece que todo está contra nosotros. Cosas que nos angustian y nos llenan de miedo, nos desorientan y no sabemos a donde acudir, cosas que nos duelen por dentro y que hacen brotar muchas veces una rebeldía interior.

Será por lo que tantos han pasado en este último año de la pandemia con las personas que se contagiaban y enfermaban, que luchaban entre la vida y la muerte ayudados por todo lo que los servicios sanitarios podían ofrecer, mientras los familiares tenían que quedarse a la distancia sin nada que hacer refugiándose solamente en la oración porque nada más se les permitía siempre con la esperanza del milagro, de poder ver un día a su familiar salir de aquella situación para volver al reencuentro con los suyos, la vuelta a su casa. 

Y en nuestro interior se entremezclan multitud de sentimientos y de interrogantes. ¿Qué nos vale la vida? ¿Qué sentido tiene todo este sufrimiento? ¿Cuáles son las cosas verdaderamente importantes de la vida? Quizás nos vemos abocados a despojarnos de todo, desde nuestras ideas preconcebidas o hasta de aquellas cosas que antes considerábamos tan importantes y de las que vemos ahora su poco valor. ¿Nos obliga todo esto a hacer como un reciclaje en la vida? ¿Habrá que plantearse el valor de muchas cosas en las que habíamos puesto nuestra esperanza? ¿Y la fe de qué nos sirve, qué respuesta nos ayuda a encontrar, qué es en lo que verdaderamente creemos?

Aquel hombre Jairo aunque parece sentirse muy seguro cuando presenta su súplica a Jesús para que vaya a imponer su mano sobre su niña para que se cure y viva, seguramente en su interior también le rondaban dudas e interrogantes. Todos nos los planteamos cuando nos vemos apretados por el dolor. En el camino cuando le avisan de que su niña ya ha muerto, todo se derrumbaba en su corazón. Pero allí estaba Jesús con su presencia, con su palabra. ‘Te he dicho que basta que tengas fe’. Y las palabras que con tanta seguridad escuchaba a Jesús volvieron quizá a hacer reavivar el rescoldo de su fe y siguió caminando al lado de Jesús sin saber qué es lo que realmente se iba a encontrar o la salida que todo aquello iba a tener. Pero El siguió confiando en Jesús.

Es lo que necesitamos. Que a pesar de todos los tumultos que tengamos en nuestra mente o en nuestro corazón todavía nuestros oídos puedan prestar atención a la palabra de Jesús. ‘Te he dicho que basta con que tengas fe’. No se nos puede derrumbar nuestra fe si somos capaces de darnos cuenta de quien camina a nuestro lado. Eso no lo podemos olvidar. Oscuros pueden ser los caminos, fuertes pueden ser las tormentas que tengamos que atravesar en la vida, duros pueden ser los interrogantes que nos planteemos por dentro, pero sepamos ver quién camina a nuestro lado y nuestro camino no será tan oscuro, la tormenta no será tan fiera, y aunque no sepamos cómo vamos a salir, al final veremos que hay luz y que hay vida.

Esa muerte, ese camino oscuro, esa tormenta al final no será nada más que un sueño cuando nos encontremos con la vida de nuevo. ‘La niña no está muerta, sino que está dormida’, les decía Jesús pidiendo que callaran aquellas plañideras, pero se reían de El. Nos puede pasar que cuando nos vean en esa tormenta que estamos atravesando con la confianza puesta en Jesús, alguien quizá pueda reírse de nosotros. Pero no nos importa porque sabemos de quien nos fiamos.

Sabemos que su mano nos va a levantar de nuestra postración, de nuestra caída, de la muerte en la que podamos encontrarnos por esas circunstancias o esos momentos malos que estemos pasando. ‘Talita kumí’, nos dirá también Jesús a nosotros y nos tenderá la mano y nos levantará de nuestra camilla de muerte y nos dirá que tenemos que seguir en la vida con las mismas luchas pero también con la misma ilusión pero con la certeza de que no estamos solos, porque Cristo camina a nuestro lado.

¿Habremos experimentado algo de eso en la vida? Mira con ojos de fe cuanto te ha sucedido y podrás hacer una nueva lectura de tu vida – una lectura creyente o desde la fe - y también quizás de lo que han sido tus sufrimientos o tus angustias. Con ojos de fe te darás cuenta de quien venía caminando a tu lado y quizás no te dabas cuenta. Pero Jesús nunca nos deja de la mano.

sábado, 26 de junio de 2021

Como Jesús dejarnos encontrar, como Jesús salir al encuentro de los demás y tender la mano sin miedo al contagio porque en nuestro corazón llevamos la vacuna del amor

 


Como Jesús dejarnos encontrar, como Jesús salir al encuentro de los demás y tender la mano sin miedo al contagio porque en nuestro corazón llevamos la vacuna del amor

Génesis 18,1-15; Sal; Lucas 1,46-55; Mateo 8,5-17

¡Qué bueno que te encontré! Quizás exclamamos cuando nos encontramos con alguien con quien deseábamos estar, hablar, compartir.  Hay personas que son fáciles de encontrar, porque siempre las encontramos dispuestas, siempre prontas para prestar un servicio, siempre con los ojos atentos y los oídos abiertos para acoger, para escuchar, para compartir. Es un gozo. Quizá empleamos aquella expresión de ¡qué bueno que te encontré!, pero que quiere expresar más que nada el gozo de encontrarnos con esa persona, nunca la empleamos como una expresión de reproche, sino que casi no sabemos como expresar lo que significa ese encuentro. Son personas que se dejan encontrar.

Es lo que de alguna manera contemplamos hoy en Jesús en el evangelio. A El acudió aquel centurión con su problema o necesidad y allí estaba pronto Jesús para escucharle. Podría haber habido algún tipo de reserva, puesto que era un centurión romano, del ejército invasor por decirlo de alguna manera, y no era bien visto en general por la gente. Pero Jesús tiene el corazón abierto para todos y quien busca a Jesús siempre se encontrará a un Jesús que acoge, a Jesús con los brazos abiertos, a un Jesús que escucha y que valora.

Muchas veces hemos meditado este episodio y suficientemente podríamos decir nos hemos fijado en la fe de aquel hombre que sin ser judío sin embargo acude con una fe grande a Jesús. Merecerá la alabanza de Jesús mismo que dirá que en Israel no ha encontrado nadie de tanta fe. Es la fe llena de confianza, pero la fe humilde; la fe de quien pone amor en su petición, pero la fe de quien no se considera digno. Así hemos tomado sus palabras para convertirlas en oración en nuestros labios y en nuestro corazón cuando nos acercamos a Jesús. ‘Señor, no soy digno…’

Y si en este episodio es Jesús el que se deja encontrar a continuación veremos a Jesús que busca, que va al encuentro de allí donde sabe que hay una necesidad o un dolor. Cuando acude a la casa de Simón Pedro es Jesús el que se adelanta para llegar a donde está la suegra de Simón postrada en cama para tenderle su mano y levantarla.  Es Jesús, el que pasó haciendo el bien, como un día Pedro lo definiera.

Creo que hoy vamos a fijarnos de manera especial en esta manera de actuar de Jesús; el Jesús que se deja encontrar y el Jesús que va al encuentro de quien está en su sufrimiento. Y es el Jesús que sana y que da vida; es el Jesús que nos pone en camino, el que nos enseña de lo que es disponibilidad y de lo que son unos ojos abiertos por el amor; es el Jesús que nos enseña a olvidarnos de nosotros mismos para ser capaces de estar siempre disponibles para los demás.

Cuánto tenemos que aprender. Aprender a hacer los caminos de la humildad y del servicio. Es esa sensibilidad y delicadeza que tiene que despertarse en nosotros, que muchas veces por distintas circunstancias nos hacemos duros y nos volvemos desconfiados hacia los demás. No nos dejamos encontrar porque desconfiamos de todo y de todos; y dejarnos encontrar es hacer que los demás se sientan a gusto con nosotros, porque miremos con una sonrisa en los ojos, porque no nos quedemos en la distancia – y hay muchas formas de quedarnos en la distancia -, porque seamos capaces de tender la mano que es poner en sintonía el corazón, porque seamos capaces de detenernos en nuestros caminos para ver quien está en la vera del camino, porque seamos capaces de perder el tiempo con aquel que nos encontramos en el camino y no vayamos siempre con nuestras carreras locas.

Como Jesús dejarnos encontrar; como Jesús salir al encuentro de los demás; como Jesús tender la mano sin miedo al contagio porque en nuestro corazón llevamos la vacuna del amor.


viernes, 25 de junio de 2021

Tendremos que ser nosotros los que corramos hasta Jesús para pedirle ‘si quieres, puedes curarme’ porque nos sobran protocolos de distanciamientos que nos hacen leprosos


 

Tendremos que ser nosotros los que corramos hasta Jesús para pedirle ‘si quieres, puedes curarme’ porque nos sobran protocolos de distanciamientos que nos hacen leprosos

Génesis 17,1.9-10.15-22; Sal 127; Mateo 8,1-4

Un leproso, como diríamos hoy con toda la carga de discriminación que llevaba consigo, se atreve a acercarse a Jesús para pedirle que lo cure. Hay situaciones en que nos vemos desesperados y nos saltamos todas las reglas o protocolos que pretendan imponernos. Ya no importa nada peor que nos pueda suceder que la situación por la que estamos pasando. Como aquel leproso, alejado de los suyos, de su familia, de su casa, de su entorno social para vivir aislado de todos y de todo, como un maldito de Dios y de los hombres.

Hay momentos que son muy duros. ¿Habremos tenido que pasar por algo así? ¿Conocemos de buena mano a alguien que lo haya pasado? Quizás nos desentendemos. ¿Qué me importa a mí? Alguno puede pensar no es mi problema, es tu problema; cuantas veces habremos escuchado cosas así cuando queremos insensibilizarnos ante lo que vemos, ante lo que sucede, ante el sufrimiento de los demás. Nos daría mucho que pensar.

Aquel hombre se saltó todos los límites que pudieran imponerle. Su fe era grande. Habría oído hablar de Jesús o quizá él mismo antes de su enfermedad lo habría escuchado y habría contemplado los signos que hacía. Y aunque ahora estaba aislado de todo siempre llegan las noticias, siempre hay alguien que puede trasmitir algo que despierte esperanza. Como la que tenía aquel hombre para atreverse a meterse en medio de la gente y llegar hasta Jesús. Para él sobraban los distanciamientos sociales como ahora los llamamos.

‘Si quieres, puedes curarme’. No suplica de forma lastimera, sino con la dureza que se ha podido crear en su corazón con todo lo que había sufrido. Sabía que Jesús podía, pero tenía que querer. Aunque como nos señalará Jesús en otros momentos somos nosotros los que hemos de querer, los que hemos de creer, los que hemos de tener la certeza y la confianza. Y en aquel hombre la había, pero humildemente lo dejaba todo en las manos de Jesús. ‘Si quieres…’

Pero si aquel hombre se había saltado los protocolos, Jesús también se los salta. A un leproso no se le podía tocar, porque solo el hecho de tocarlo, aunque quizá no llegase a contagiarse, ya se le consideraba impuro como se consideraba de la misma manera a todo leproso. Porque Jesús se adelantó para acercarse del todo a aquel hombre y lo tocó. ‘Quiero, queda limpio’.

Todo esto nos puede enseñar muchas cosas, puede incidir en muchas cosas de nuestra vida. Porque aparte de que ahora andemos también con unos protocolos y unos distanciamientos con motivo de la pandemia que estamos padeciendo, también nos ponemos muchos protocolos y nos llenamos de muchos miedos en la vida y en nuestra relación con los demás.

A cuántos tampoco nosotros nos atreveríamos a adelantar la mano para tocarlos en nombre de esa escala social que nos hemos inventado los hombres para querer unos estar por encima y a otros considerarlos por debajo. Cuántos parias habremos creado en nuestro entorno en aquellas personas con las que no queremos mezclarnos, ni que nos vean hablando con ellas; y pasamos de largo, y miramos acaso de rabadillo, pero no somos capaces de mirarle a la cara, de mirarle a los ojos.

Cuando escuchamos este evangelio nos hacemos consideraciones muy graves y sesudas sobre la discriminación que se vivía entonces, por ejemplo, con los leprosos, pero no somos capaces de mirar nuestro entorno, de mirarnos a nosotros mismos, de reconocer lo que nosotros podemos estar haciendo también. Hablar, quizás, hablamos bonito de todas estas cosas, pero luego ¿qué es lo que hacemos? ¿Habremos roto barreras, nos habremos saltado esos protocolos que nos hemos creado, nos habremos sabido acercar a todos poniéndonos a su lado y a su altura?

Una pregunta nos queda, ¿no tendremos que ser nosotros los que corramos hasta Jesús para decirle también ‘si quieres, puedes curarme’? ¿Acaso pensamos que no hay en este sentido nada de lo que nos tenga que sanar Jesús? ¿Y esa ceguera para no querer ver y esos miedos para no mezclarnos?

jueves, 24 de junio de 2021

La alegría con que celebramos la natividad del Bautista nos tendría que conducir a un silencio de desierto para en estos momentos de la vida escuchar el susurro de Dios

 


La alegría con que celebramos la natividad del Bautista nos tendría que conducir a un silencio de desierto para en estos momentos de la vida escuchar el susurro de Dios

Isaías 49, 1-6; Sal 138; Hechos 13, 22-26;  Lucas 1, 57-66. 80;

Celebramos hoy la fiesta de la Natividad de Juan Bautista, que había venido para dar testimonio de la luz y para preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto. No era él la luz sino el que venía a ser testigo de la luz, no era la Palabra sino la voz que anunciaba y nos preparaba para escuchar al que era en verdad la Palabra de Dios, no era el Mesías ni se consideraba un profeta – aunque Jesús nos dijera que no había ningún profeta mayor que él - sino que era el anunciado por los profetas que venía a preparar los caminos del Señor. Es lo que hoy estamos celebrando.

Una fiesta que nos llena de alegría como su nacimiento llenó de alegría las montañas de Judea, porque algo asombroso estaba sucediendo y cuando los vecinos de Isabel se enteraron de la noticia la felicitaban y hacían que corriera la noticia con gran alegría por todas las montañas de Judea. Con la misma alegría nosotros seguimos celebrando su nacimiento y en este día por donde se haya anunciado el evangelio de Jesús todos hacen fiesta y se llenan de alegría en el nacimiento del que había de ser el precursor del Mesías, el que venía a preparar los caminos del Señor preparando un pueblo bien dispuesto para el Señor.

Hechos portentosos rodean su nacimiento desde el anuncio que el ángel Gabriel hiciera a Zacarías en el templo. Muchas habían sido las oraciones de aquella pareja ya ancianos pidiendo un hijo al Señor, pero cuando el ángel del Señor viene a anunciarlo al sacerdote Zacarías que estaba en el servicio del templo en la ofrenda del incienso, a éste le cuesta entender los planes del Señor que están por encima de nuestros planes y se realizan por caminos que a nosotros nos parece imposible recorrer, y se queda mudo hasta el nacimiento y la circuncisión de su hijo.

Algunas veces tenemos que aprender a hacer silencio ante los planes de Dios. Caminamos desde nuestras lógicas y baremos humanos pero cuando el Señor en su gracia quiere manifestársenos quizá trastrueque esos planteamientos nuestros y es cuando tenemos que saber dejarnos conducir por la fe y el amor de Dios. Pueden parecernos tortuosos y difíciles de transitar esos caminos que se abren delante de nosotros pero hemos de saber tener la visión de la fe que llena de confianza nuestro corazón; en fin de cuentas tener fe es lo mismo que poner toda nuestra confianza en aquel en quien creemos.

Y esos caminos que nos pueden parecer difíciles tendrán una salida y se pueden convertir para nosotros en una nueva luz para nuestra vida. Parecía imposible que unos ancianos pudieran engendrar un hijo pero por encima siempre está la fuerza y la gracia del Señor. Ese fue el silencio en que tuvo que permanecer Zacarías hasta que asumió plenamente el camino que le señalaba el Señor. Cuántas cosas rumiará en su corazón en ese tiempo de silencio que le haría prorrumpir luego en ese hermoso cántico de alabanza y acción de gracias a Dios después del nacimiento de su hijo reconociendo como Dios en su misericordia había querido visitar a su pueblo. En esos caminos que nos pueden parecer oscuros pero recorridos con fe descubriremos la visita de Dios a nuestra vida.

Allá estará Juan en el desierto precisamente para ayudarnos a preparar los caminos del Señor. Su voz sonará fuerte y desde todos los rincones de Palestina llegarán hasta las orillas del Jordán todos aquellos que sienten la inquietud en su corazón por los tiempos de gracia que han de llegar. Es solo una voz que da testimonio, una voz que llama la atención y señala los caminos de la vida que hemos de enderezar. Jesús en la sinagoga de Nazaret señalará que el tiempo de la gracia y de la amnistía ha llegado, pero Juan invitando a la penitencia nos hará reconocer que somos pecadores, que estamos necesitados de esa amnistía y de ese perdón sumergiéndonos en las aguas purificadoras del Jordán pero con la promesa de que un día habremos de ser bautizados con el Espíritu santo. Son los caminos oscuros de nuestra vida que tenemos que enderezar y hacer iluminar con esa luz de la que Juan nos quiere dar testimonio.

Cuando hoy estamos llenos de alegría celebrando su fiesta ¿no tendrían que abrirse los oídos de nuestro corazón para escuchar esa voz que clama en el desierto? ¿No nos habrá enseñado este tiempo tan especial que hemos vivido que nos ha llenado de tantas incertidumbres y sombras a ir al desierto para hacer silencio en nuestro corazón y escuchar la Palabra que ilumine con sentido nuevo nuestra vida? Nos ha costado recluirnos y vernos obligados a muchos silencios; no nos gustan los silencios porque tenemos miedo a que nos grite el corazón, pero tenemos que saber hacer silencio para escuchar también ese susurro de Dios que puede llegar a nuestra vida y que entre los ruidos del mundo no podríamos escuchar.

Silencio como el de Zacarías, silencio como el de Juan en el desierto, silencio en nuestro corazón para escuchar el susurro de Dios.

 

miércoles, 23 de junio de 2021

El mundo de hoy necesita profetas que llenos de sabiduría abran nuestro corazón a la esperanza de algo nuevo que podemos construir

 


El mundo de hoy necesita profetas que llenos de sabiduría abran nuestro corazón a la esperanza de algo nuevo que podemos construir

Génesis 15,1-12.17-18; Sal 104; Mateo 7,15-20

Seguramente tendremos la experiencia de habernos encontrado alguna vez con una persona humilde y sencilla, de la que quizás no esperábamos grandes conocimientos, pero que sin embargo cuando la escuchamos hablar nos quedamos maravillados por la sabiduría que destilaban sus palabras. Pareciendo no querer decir nada cada palabra era una sentencia y en cada pensamiento que expresaba encontrábamos un pozo de sabiduría; con una visión clara nos describía los acontecimientos e incluso parecía que casi sin querer nos daba como pistas de futuro con mucho acierto.

Personas de una madurez extraordinaria y que en su sencillez y humildad eran verdaderos pozos de sabiduría que nos daban un buen sentido de las cosas y de la vida y siempre con gran paz y serenidad de espíritu. Personas que nos agradaba escuchar y con las que perderíamos horas y horas para escucharlas y aprender, y para llenarnos de la paz de su corazón.

Por el contrario también más veces de la cuenta nos encontramos con charlatanes que todo se lo sabían pero que muchas veces se convertían en profetas de calamidades, por la negrura con que todo lo veían y las pocas esperanzas que sembraban en el corazón; más bien todo era como querer prevenir una catástrofe que veían inminente y que escuchándoles nuestro corazón se llenaba de desasosiego y de temor. Ante cualquier circunstancia sus palabras parecían amenazantes y anunciadoras de calamidades, como si no hubiera nunca esperanza de que las cosas podemos mejorarlas si ponemos empeño y buena voluntad por nuestra parte y por parte de todos.

Personas en un sentido o en otro, incluso en nuestro ámbito o sentido religioso nos las podemos encontrar fácilmente, aunque muchas veces intentamos hacernos oídos sordos o somos tan cegatos para no descubrir aquellas cosas y aquellas personas de nuestro entorno que podrían poner esperanza en el corazón. En la misma situación en que nos encontramos en esta hora de nuestro mundo necesitamos encontrar esa palabra sabia que ponga paz en el corazón, que nos dé esperanza y nos ayude a encontrar esos caminos y esas salidas que necesitamos para ese agobio que algunas veces sentimos en el corazón.

Hoy nos previene Jesús. ‘Cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis…’  Hemos de saber estar alertas. Alertas para no dejarnos engañar por esos profetas de calamidades que quizás se nos puedan presentar con bonitas palabras o argumentaciones que nos pueden parecer muy juiciosas, pero que siembran ese desasosiego en el corazón, pero que muchas veces hacen surgir en nosotros actitudes negativas, poco constructivas de algo mejor.

Tampoco nos dejaremos seducir por cantos de sirena que todo nos lo presentan bonito y que nos pueden llevar a un conformismo que no es nada bueno. Escuchemos esa palabra que nos pone en camino, que nos impulsa a actuar, que siembra esperanza, con la que nos sentimos fortalecidos para seguir construyendo aunque nos parezca que las cosas no avanzan. Toda buena semilla que sembremos tenemos la esperanza de que un día dará su fruto. Acompañemos ese cultivo de la vida fortalecidos en el Señor pero poniendo nuestro cuidado para quitar las malas hierbas que algunas veces pueden aparecer en nuestro corazón y que podrían ahogar esa buena semilla.

Esas personas buenas y sabias que un día nos dejaron plantada una buena semilla en nuestro corazón, antes ellas lo habían rumiado intensamente en su corazón que es lo que les había hecho llegar a esa profundidad de pensamiento y de vida que tanta admiración producía en nosotros. Rumiemos nosotros en nuestro corazón todo eso bueno que también podemos transmitir; sintiendo la presencia del Señor en nosotros eso se convierte en la mejor oración, porque es abrir nuestro corazón a Dios para escucharle como tanto lo necesitamos.

Con humildad abramos nuestro corazón a Dios que de muchas maneras se nos manifiesta. Así podremos ser esos profetas de buena nueva que necesita nuestro mundo con una sabiduría nueva que ha brotado en nuestro corazón. El Espíritu del Señor también está con nosotros.

martes, 22 de junio de 2021

Un camino de superación y de crecimiento que me planteará las exigencias del amor para tomar la iniciativa de hacer el bien aunque me cueste sacrificio

 


Un camino de superación y de crecimiento que me planteará las exigencias del amor para tomar la iniciativa de hacer el bien aunque me cueste sacrificio

Génesis 13, 2.5-18; Sal 14; Mateo 7,6.12-14

Tenemos carreteras, autovías, autopistas por donde podemos circular con comodidad pero aún nos quejamos y queremos todavía que sean mejores. Nos olvidamos de los caminos estrechos, de las veredas de las montañas, de las carreteras llenas de curvas que teníamos en otros tiempos. Pero es que en la vida queremos que todo sea cómodo, no queremos nada que sea un tropiezo ni tener nosotros que hacer el esfuerzo.

Pero creo que entendemos que no se trata de las vías de comunicación que tengamos que utilizar, sino que estamos hablando de la vida misma que nos exige un esfuerzo, se trata de nuestras relaciones con los demás que tenemos que cuidar, se trata de nuestro propio vivir donde siempre tiene que haber crecimiento como señal de que hay vida y eso nos obligará a ponernos en camino de superación, se trata de nuestras propias responsabilidades, familiares o en nuestra relación con la sociedad en la que vivimos, que tenemos que saber asumir.

Y el camino se nos puede volver angosto y estrecho porque parece que quisiéramos hacer siempre solamente lo que nos apetezca en el momento y el pensar que estamos rodeados de otras personas con las que convivimos o porque tenemos unas responsabilidades nos obligará a hacernos como una escala de valores para darnos cuenta lo que es más importante en cada momento y eso me puede exigir una renuncia a un capricho, un sacrificio de algo que nos gustaría placenteramente, o desprendernos de algo a lo que nos sentimos muy apegados.

Muchas veces nos confundimos y pensamos que el camino de la felicidad pasa por la satisfacción de esos caprichos personales o por la posesión de muchas cosas a las que finalmente nos sentimos tan apegados que nos convertimos en esclavos de ellas. Es hermosa la imagen que nos está proponiendo Jesús. Nos habla de una puerta estrecha, como las que había en las murallas que rodeaban las ciudades antiguas. Por esa puerta no podríamos pasar cargados con muchas pertenencias; necesitaríamos liberarnos de aquellas cosas que no nos son esenciales para poder pasar con lo justo, con lo que realmente es importante para nuestra vida.

Por eso tenemos que saber ir a lo esencial, quedarnos con lo esencial. Y claro desprendernos de muchas cosas en las que habíamos puesto toda nuestra vida como si fueran lo que nos daría la verdadera felicidad, cuesta, son desgarros del corazón, son caminos estrechos por los que en algún momento tenemos que transitar.

De eso nos está hablando Jesús hoy en el evangelio. Nos recuerda una regla importante para nuestra relación con los demás y para el trato que hemos de tener con los otros. ‘Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas’. Pedimos, sí, y exigimos que nos traten bien como si fuera una obligación que tienen los otros de atendernos y de hacer por nosotros, pero, ¿qué somos capaces de hacer por los demás? El amor no se impone, pero quien ama de verdad tiene que saber ser el primero que toma la iniciativa del bien por aquel a quien ama.

Y nos habla de esa exigencia que hemos de tener con nosotros mismos, como hemos venido diciendo para buscar siempre lo que es lo fundamental. No nos podemos confundir pensando que por el camino ancho de nuestras vanidades y superficialidades, de nuestro endiosamiento y de nuestra búsqueda de pedestales, de nuestro encerrarnos para pensar solo en nosotros mismos, vamos a ser más felices. No se trata de buscar de forma masoquista lo que es lo más duro de la vida, sino de un camino de superación que nos llevará a la mayor plenitud de la persona.

‘Entrad por la puerta estrecha, nos dice. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos’. ¿Encontraremos el verdadero camino? ¿Sabremos pasar por esa puerta estrecha? ¿Seremos capaces de desprendernos de nuestros apegos y de la superficialidad con que a veces vivimos la vida?

 

lunes, 21 de junio de 2021

Cuando hemos metido al otro en nuestro corazón porque lo amamos de verdad otras son las actitudes de benevolencia, comprensión y compasión que tengamos con él

 


Cuando hemos metido al otro en nuestro corazón porque lo amamos de verdad otras son las actitudes de benevolencia, comprensión y compasión que tengamos con él

Génesis 12,1-9; Sal 32; Mateo 7,1-5

¿Se te habrá ocurrido pensar alguna vez cuando te cruzas con alguien – hay muchas maneras de cruzarse con otras personas – cuál es la historia que lleva en su interior aquella persona? ¿Cuál pudiera ser el drama que esté viviendo en su interior? Es fácil que la miremos y nos hagamos nuestra idea de aquella persona, y pensamos es seria o es de mal carácter por ejemplo, o fácilmente la juzgamos por cualquier gesto que le veamos realizar o cualquier reacción que tenga en ese momento ante lo que sucede a su alrededor. Pero si pudiéramos ver lo que lleva en su interior seguro que nuestro juicio sería mucho más benevolente.

En algún sitio escuché esta sentencia que creo que tiene buena razón. ‘Es casi imposible odiar a alguien cuya historia conoces’. Hay un espacio sagrado en la interior de la persona donde no podemos penetrar si esa persona no nos abre la puerta de su corazón. Y seguro que cuando llegamos a conocer a la persona otras son las actitudes de benevolencia, de comprensión, de compasión, de misericordia que van a surgir en nuestro propio corazón. Ojalá nos revistiéramos de ellas.

Somos fáciles para ver y para juzgar cualquier sombra que nosotros podamos atisbar en la otra persona, pero cuánto nos cuesta ver y reconocer las sombras que llevamos en nuestro corazón. Alguien decía que vamos cargando en la vida con dos mochilas, una por delante donde llevamos acumulados todos los defectos que podamos ver en los demás, pero en la espalda llevamos la mochila de los nuestros que por llevarlos a la espalda no los vemos ni los reconocemos.

El evangelista Mateo nos recoge en lo que solemos llamar el sermón del monte que se inicia con la proclamación de las bienaventuranzas un cúmulo de enseñanzas que Jesús fue desgranando a lo largo de su predicación para entrar en detalle en muchos aspectos de nuestra vida. Todo, podríamos decir, es como un desarrollo de lo que va a ser su principal mandamiento, el del amor. Los párrafos que hoy escuchamos vienen a abundar en esa delicadeza en el trato con los demás en nombre precisamente de ese amor para nunca entrar en valoraciones o juicios temerarios de la vida o de la conducta de los demás.

Y es que cuando hemos metido por el amor en nuestro corazón a los demás a los que ya sentimos como hermanos no cabe la desconfianza, la suspicacia, el juicio aunque solo fuera en nuestro pensamiento con lo que estaríamos condenando a los demás. Sabemos, como veníamos diciendo, que en el corazón del otro hay una historia, como nosotros también tenemos la nuestra y ¿quiénes somos nosotros para entrar en juicio sobre la vida de los otros cuando realmente no la conocemos?

Por eso tiene que brillar en nuestra vida la comprensión y la compasión, por eso siempre nuestro corazón está abierto a la misericordia, porque es poner el bálsamo del amor, de nuestro amor, en la miseria que pudiera haber en el corazón de los demás, de la misma manera que queremos para nosotros esa misma compasión y misericordia.

No abramos nunca la mochila de los defectos o debilidades de los demás sin haber hecho antes un repaso de nuestra propia mochila, de nuestros propios defectos y debilidades. Es lo que nos habla Jesús de la brizna del ojo ajeno, pero de la viga que podemos llevar en el nuestro.

Experimentamos lo que es el amor y la misericordia del Señor para con nosotros, actuemos nosotros de la misma manera. Que nuestra medida sea a la manera de lo que es la misericordia del Señor, y así podremos obtener para nosotros esa comprensión y esa compasión del corazón de los demás.