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sábado, 4 de febrero de 2017

Necesitamos un descanso que no solo nos haga reponer fuerzas sino que nos ayude a crecer humana y espiritualmente para vivir mejor nuestro encuentro con Dios y con los demás

Necesitamos un descanso que no solo nos haga reponer fuerzas sino que nos ayude a crecer humana y espiritualmente para vivir mejor nuestro encuentro con Dios y con los demás

Hebreos 13,15-17.20-21; Sal 22; Marcos 6,30-34
A lo largo de la historia una de las luchas y de los logros en el desarrollo de la humanidad ha sido el lograr un justo descanso para el hombre trabajador que no solo le haga reponer fuerzas para poder continuar desarrollando su tarea sino que le sirva también para el relax, para el encuentro con los demás y para la merecida y necesaria convivencia familiar.
En nuestra tradición judeocristiana sin embargo eso ha sido algo que ha estado marcado desde siempre, dándole un sentido sagrado y religioso puesto que ese día del descanso era también necesario para el debido culto a la divinidad. Así lo tenemos traducido en los mandamientos y en la organización de la semana laboral desde toda la historia de la salvación en el pueblo judío en el que el sábado era el día del descanso y del culto al Señor.
Justo es que en nuestra sociedad desarrollada se mantenga ese tiempo de descanso en la organización de nuestra vida, como decíamos antes para la necesaria recuperación de nuestras fuerzas pero que ha de servir también para otras muchas actividades que nos ayuden a la estabilización de nuestra vida, a nuestro crecimiento personal y también para poder contribuir mejor al bien de nuestra comunidad en tantas actividades sociales y comunitarias que en esos momentos podríamos realizar.
Descansar no es simplemente estar sin hacer nada, aunque necesitemos también ese tiempo de inactividad física; es un tiempo hermoso para la meditación, para la reflexión, para la lectura, simplemente si queremos decirlo así para pensar en nuestras cosas o en nuestros propios planteamientos revisando lo que somos o lo que hacemos. Es un tiempo muy necesario para ese crecimiento interior, esa profundización en nuestra vida, como decíamos, en lo que somos y en lo que hacemos.
Son momentos propicios para crear ilusión en nuestro corazón y en nuestros sueños plantearnos cosas nuevas para nuestra vida con nuevos proyectos, con ambiciones nobles; son momentos para ayudarnos al descubrimiento de los demás y aprender a ir al encuentro con los otros no ya por la necesidad de la vida laboral, sino simplemente para convivir y soñar juntos.
Como decíamos no es quedarnos en la inactividad o la pasividad, sino que pueden ser momentos para desarrollar nuestra creatividad más allá de lo que puedan ser nuestras obligaciones laborales o las responsabilidades ordinarias que tengamos en la vida. Nuestro descanso nos puede hacer más creativos, despertar iniciativas, ayudar a vivir una vida social más intensa y más participativa.
Me podréis decir y a cuenta de qué vienen ahora estas reflexiones en la semilla de cada día. Pues he de decir que estos pensamientos me han surgido desde lo que hoy escuchamos en el evangelio. Los apóstoles y discípulos regresan de la misión a la que Jesús les había enviado de ir anunciando el Reino. Y ahora nos dice el evangelista que Jesús quiso llevárselos a un lugar tranquilo y apartado para descansar un poco. Era, sí, el momento del descanso donde los discípulos compartirían sus experiencias en el cumplimiento de aquella misión de Jesús. Era el momento del descanso pero para estar más a solas con Jesús. Era el momento del descanso para escuchar esa palabra viva y distinta que Jesús podría decirles a cada uno según fuera su vida y lo que habían realizado.
¿No será eso también lo que nosotros espiritualmente también necesitaríamos? Ir a estar a solas con Jesús para compartir con El nuestra vida, nuestras ilusiones y nuestros sueños, nuestras esperanzas y nuestras luchas, nuestros tropiezos y nuestros fracasos. Necesitamos descansar en el Señor. Y escuchar esa palabra que nos dirige personalmente a nuestro corazón, palabra que nos anima y que nos da fuerza, palabra que nos reconforta allá en lo más hondo de nosotros mismos y nos hace caminar con nueva fuerza.
Pero hay una cosa que también aprendemos en el evangelio de hoy. Porque vayamos al descanso en el encuentro con el Señor con nuestra oración o con nuestra celebración, sin embargo nunca nos podremos desentender de los demás. Como nos dice el evangelista cuando llegaron a aquel sitio se encontraron con una multitud hambrienta y sedienta de Dios que les estaba esperando. Es ese mundo que nos rodea del que nunca podremos desentendernos. 

viernes, 3 de febrero de 2017

Cuidemos lo que prometemos desde nuestros entusiasmos pasajeros y nunca olvidemos ni ocultemos nuestra condición de cristianos

Cuidemos lo que prometemos desde nuestros entusiasmos pasajeros y nunca olvidemos ni ocultemos nuestra condición de cristianos

Hebreos 13,1-8; Sal 26; Marcos 6,14-29
Es algo que sucede fácilmente cuando estamos entusiasmados por algo, y no digamos cuando a este entusiasmo de la fiesta le añadimos cualquier tipo de estimulantes, nos volvemos locuaces, terminamos por decir lo que no pensamos aunque en ese momento digamos que estamos siendo los más sinceros del mundo, y prometemos no sé cuantas cosas que cuando volvemos a la cordura no sabemos cómo cumplir. Muchas experiencias de este tipo podemos recordar, ya porque nos haya pasado a nosotros, o porque lo hayamos visto claramente en personas a nuestro lado.
Así estaba entusiasmado Herodes en aquella fiesta a la que había convidado a la gente principal y como suele suceder en estos casos estaba rodeado de los que se hacían llamar amigos pero en quienes todo eran adulaciones y sometimiento ante el poderoso. Vanidades de la vida. En medio de esa ‘alegría’ por llamarla de alguna manera bailó la hija de Herodías con quien estaba conviviendo a pesar de ser la mujer de su hermano. Y aquello agradó a Herodes y lo entusiasmó mucho más hasta decirle que le pidiera lo que quisiera que estuviera dispuesto a darle la mitad de su reino si se lo pedía. Las promesas nacidas de ciertos entusiasmos que se pueden volver contra nosotros. Qué prudentes tendríamos que ser para no dejarnos arrastrar por la pasión del momento.
Fue lo que aprovechó Herodías. Tanto había instigado que había logrado que Herodes, a pesar de que tenia buena consideración de Juan el Bautista, lo metiera en la cárcel, y en los calabozos estaba. Herodes decía que estaba buscando una oportunidad para soltarlo. Es que Juan le había echado en cara a Herodes que la vida que vivía no era lo correcto, que grave era su pecado de estar viviendo con la mujer de su hermano, un adulterio incestuoso. Por la defensa de la verdad y la búsqueda de la recta vida Juan estaba en la cárcel. Era un testigo y tenia que dar testimonio de lo que anunciaba cuando predicaba para ayudar a preparar los caminos del Señor que era su misión.
‘Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan, el Bautista’, pidió instigada por su madre. Herodes no sabía que hacer. Allí estaba la palabra que había dado, las promesas en su entusiasmo y rodeado estaba de toda su corte pronta a la fiesta de la sangre, como suele suceder. No sabia que hacer, pero estaban los respetos humanos y la posible merma de su poder si se negaba. Su cobardía, porque el principio de la vida tendría que estar por encima de todo, le llevo a condescender y así se presentó la cabeza de Juan como pedía Salomé.
¿Serán los entusiasmos momentáneos los que guíen la actuación de nuestra vida? ¿Nos dejaremos influir por los respetos humanos y dejamos a un lado lo que tendrían que ser los verdaderos principios y valores para nosotros? Muchas preguntas en este sentido tendríamos que hacernos porque hoy lo que se lleva es hacer lo que sea políticamente correcto, como se suele decir.
Pronto se olvidan principios, prontos estamos para prometer lo que no podemos cumplir, las apariencias y vanidades marcan muchas veces nuestro actuar, fácil nos es ocultar muchas veces nuestra verdadera condición, disimulamos sin importarnos mucho nuestra condición de creyentes y de cristianos porque en nuestro ambiente no se lleva, condescendemos con lo que sea con tal de que nos miren bien y no nos critiquen. Así tantas cosas que tendríamos que revisar.
No juzguemos la actuación de Herodes sino veámonos reflejados en él en muchas cosas que hacemos.

jueves, 2 de febrero de 2017

María de Candelaria nos está enseñando a llevar a Jesús en nuestros brazos iluminando con su luz las tinieblas del mundo en que vivimos

María de Candelaria nos está enseñando a llevar a Jesús en nuestros brazos iluminando con su luz las tinieblas del mundo en que vivimos

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

Hoy hace cuarenta días que celebramos el nacimiento de Jesús, la Navidad. En un sentido tradicional y popular hoy vienen a terminar las fiestas de la Navidad, aunque litúrgicamente se culminaran en la Epifanía y el Bautismo de Jesús en el Jordán.
A los cuarenta días de su nacimiento todo primogénito varón había de ser presentado al Señor según la ley mosaica que era algo así como un reconocimiento en un pueblo creyente de que la vida viene del Señor y a El se la debemos y para El ha de ser lo mejor de nuestra vida. Por eso en la ley de Moisés todo primogénito era consagrado al Señor, de hombres y de animales. Era la acción de gracias al Señor. Es lo que hoy celebramos en la presentación de Jesús en el templo, como nos relata el evangelio de este día.
En este momento en que Jesús es llevado al templo de Jerusalén – ‘¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria’, cantan los salmos en la liturgia de este día – se suceden muchas cosas. Cumplido el rito por allá aparecen unos ancianos, primero Simeón luego aparecerá Ana una anciana profetisa, que van a cantar su especial acción de gracias al Señor.
Aquel anciano, inspirado por el Espíritu Santo, reconoce en aquel niño al que viene a ser el Salvador del pueblo de Israel y la luz para todas las naciones. Era un hombre de Dios, lleno del Espíritu del Señor, y sabía que sus ojos no se cerrarían a la luz de este mundo sin contemplar al que era la verdadera luz. Por eso prorrumpe en cánticos de alabanza al Señor porque sabe que ya se han cumplido los días de su vida  porque se cumplen las Escrituras y se cumple la promesa que en su corazón había recibido del Espíritu Santo.
Luego vendrán los anuncios y las profecías señalándolo como signo de contradicción entre los pueblos y cómo a María, su madre, una espada le atravesará el alma. Bien reflejado lo veremos a lo largo del Evangelio porque la presencia de Jesús va a ser en verdad ese signo de contradicción, mientras unos le aclaman y reconocen, se gozan en su palabra y entienden sus signos de salvación, habrá quienes vayan a la contra, no querrán entender la Palabra de Jesús y porque quieren permanecer en las tinieblas de la muerte a la muerte querrán llevar a Jesús para quitarlo de en medio. Ya bien sabemos que aquel signo de la muerte no será de derrota sino de victoria, porque será el signo de la salvación.
Ya algo podemos ir deduciendo para nuestra vida de esta reflexión que nos vamos haciendo. Tomemos también nosotros en brazos a Jesús como aquel anciano Simeón para cantar nuestra particular acción de gracias al Señor. Reconocemos también que la vida viene del Señor y a El se la debemos y por ello con nuestra vida todo ha de ser siempre para la gloria del Señor.
Consagrados del Señor también nosotros somos, como un signo hemos recibido la unción con el Crisma en nuestro Bautismo y Confirmación, y eso ha de expresar en consecuencia en la santidad de nuestra vida. Aunque nuestra vida pueda y debe significar un signo de contradicción en medio de nuestro mundo. Sí, porque nosotros no nos podemos dejar cautivar por las seducciones del mundo que nos rodea, porque nosotros hemos de manifestarnos siempre como testigos de unos valores nuevos, de un nuevo sentido de vida que del Evangelio aprendemos.
Hoy de María aprendemos a llevar en brazos a Jesús. En nuestra tierra celebramos con especial solemnidad y devoción a la Virgen en su advocación de Candelaria. Es fiesta grande para nosotros. ¿Y cómo contemplamos a María en su bendita imagen? Con Jesús en sus brazos, pero con una luz en su mano. Está diciéndonos que Jesús es nuestra luz, de quien hemos de dejarnos iluminar, a quien hemos de escuchar. Pero ¿no nos estará diciendo también cómo hemos de llevar en brazos a Jesús, cómo hemos de llevar a Jesús en nuestra vida para mostrarlo a los demás? Esa luz, esa candela encendida en las manos de María, nos está diciendo que nosotros tenemos que ser esa luz, esa luz encendida de la luz de Cristo, pero esa luz que hemos de llevar a los demás, con la que hemos de iluminar nuestro mundo.
Somos los testigos de esa luz en medio de un mundo en tinieblas, y mientras tantos se dejan seducir por luces efímeras y engañosas nosotros queremos iluminar con la verdadera y autentica luz que nos trae la salvación. Seremos signos de contradicción porque frente a las cosas aparentemente fáciles y placenteras que nos pueda ofrecer nuestro mundo nosotros presentamos esta luz que tendrá sus exigencias, porque tendremos que cuidar esa luz y no permitir que se nos apague – ya se nos dijo en nuestro bautismo -, y hemos de apartarnos de tantas tinieblas que nos quieren confundir o quieren devorarse esa luz – las tinieblas no la recibieron que nos dice san Juan en su evangelio -.  
Nos gozamos en esta fiesta de la presentación de Jesús en el templo pero que para nosotros tiene tan hermoso sabor mariano. Nos gozamos en María de Candelaria, la madre del Señor y nuestra Madre. De ella escucharemos siempre que nos dice ‘haced lo que El os diga’.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Un camino en que aprendemos de Jesús a valorar a dignificar a las personas contando siempre con los demás y queriendo caminar juntos aprendiendo unos de otros

Un camino en que aprendemos de Jesús a valorar a dignificar a las personas contando siempre con los demás y queriendo caminar juntos aprendiendo unos de otros

Hebreos 12,4-7.11-15; Sal 102; Marcos 6,1-6
‘No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa…’ es el refrán que Jesús recuerda y les comenta a las gentes de Nazaret.
Cuánto nos cuesta muchas veces valorar a los cercanos a nosotros; admiramos y valoramos lo que nos viene de fuera, los que son de otro lugar, y no queremos darnos cuenta de lo bueno que tenemos cerca de nosotros. Tenemos la tentación de comenzar a fijarnos en cosas circunstanciales más que fijarnos en los verdaderos valores de cada persona, para reconocerlo, para creer en ellos, para aprender.
Es una fácil tentación que tenemos en la vida y nos sucede en nuestras relaciones personales, pero sucede también en nuestros pueblos donde todos nos conocemos, pero que más pronto nos fijamos en las manchas que en lo que en verdad pueda resplandecer en nuestros convecinos. Está desde el chauvinismo de creernos los mejores y nadie hace nada como lo hacemos nosotros, hasta las discriminaciones que nos hacemos unos a otros porque conocemos la familia, porque conocemos lo que haya podido suceder anteriormente, porque consideramos incapaces de hacer algo bueno y que merezca la pena a esas personas que quizá comiencen a destacar por algo.
Hoy el evangelio nos habla de que Jesús fue a su pueblo, a Nazaret donde se había criado. Hasta allí había llegado su fama de predicador y taumaturgo, porque las noticias vuelan e incluso en aquellos tiempos que no tenían los medios de comunicación que hoy tenemos, las cosas se saben, se comentan, las noticias se llevaban de un lado para otro. Y Jesús fue a la sinagoga – el evangelista Lucas nos dirá hasta el texto de Isaías que Jesús proclamó y comentó – y la gente en principio se admira de lo que Jesús enseñaba.
‘¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?’ Comienza la admiración por sus palabras, pero continúa la desconfianza. ‘¿De donde saca todo eso?’ Si es que ellos lo conocían y conocían a sus parientes; si él se había criado en Nazaret como uno más de aquel pequeño pueblo; si era el hijo del carpintero, ¿Dónde ha aprendido todas esas cosas? Lo que nos pasa a nosotros tantas veces con las gentes cercanas a nosotros.
No tenían fe. Su corazón se cerraba a la gracia. Nos dice el evangelista que allí Jesús no realizó ningún milagro. Aunque ellos estaban ansiosos por verle actuar maravillas. Pero los milagros de Jesús no son un espectáculo circense. Es necesario una fe, como tantas veces Jesús les decía a aquellos que venían hasta El para que los curara. Es necesario tener otras actitudes en el corazón, y para eso hay que cambiar muchas cosas, hay que cambiar profundamente el corazón.
Es el cambio de corazón que nosotros necesitamos para aceptar a Jesús con nuestra fe, pero para aceptar también el camino que Jesús nos propone; un camino que nos dignifica, un camino en que hemos de aprender a tratar con dignidad a todas las personas; un camino del que hemos de alejar discriminaciones o viejos resentimientos; un camino en que siempre buscaremos la armonía y la valoración de todas las personas; un camino en el aprendemos a caminar juntos tendiéndonos la mano, aprendiendo siempre de los demás, queriendo compartir lo que somos y lo que tenemos; un camino de verdadero amor.

martes, 31 de enero de 2017

Un testimonio valiente de nuestra fe que vivimos con gozo también en los momentos oscuros de la vida porque siempre sentimos la presencia de vida del Señor

Un testimonio valiente de nuestra fe que vivimos con gozo también en los momentos oscuros de la vida porque siempre sentimos la presencia de vida del Señor

Hebreos 12, 1 – 4; Sal 21; Marcos 5, 21 – 43
‘Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y al verlo se echó a sus pies, rogándole con insistencia: - Mi niña está en las últimas, ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva. Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba…’
Habían regresado de nuevo a Cafarnaún después de la corta visita a la tierra de los gerasenos. Ahora la gente se arremolina una vez más en torno a Jesús. Y allí se acerca el jefe de la sinagoga. ¿Vendrá para invitar a Jesús a hablar en la sinagoga? Ya lo solía hacer habitualmente y era normal que cualquiera pudiera participar en la oración del sábado y hacer comentario sobre la Ley y los Profetas. Son otras las cosas que trae Jairo en su corazón por su hija está en las últimas. Ha sido testigo muchas veces de cómo Jesús en la misma sinagoga o en cualquier otro lugar donde se acercasen a él los enfermos mostraba siempre su amor y su misericordia.
‘Mi niña está en las últimas, ven, pon las manos sobre ella, para que cure y viva’, es la petición que le hace a Jesús. Y allá va Jesús con él hasta su casa aunque por camino sucedan muchas cosas. Solo le está pidiendo Jesús a Jairo su fe; aunque sean duros los momentos, aunque vengan algunos diciendo que ya no hay nada que hacer, aunque se encuentra al llegar a la casa los lloros de las plañideras de turno, solo es necesaria la fe. ‘Basta que tengas fe’, le dirá Jesús.
Pero otro episodio de una grande fe se va a suceder en el camino. Una mujer con hemorragias incurables desde hace muchos años, en lo que había gastado todo lo que tenía buscando curarse se acercará también a Jesús. Aquí no mediarán palabras sino que será una fe silenciosa y que quiere pasar desapercibida. Pensaba ella que con solo tocarle la orla del manto podría curarse. Y así fue.
Pero aquella fe no puede quedarse en el anonimato. Jesús que sabe bien lo que ha ocurrido quiere hacer pública y patente aquella fe. ‘¿Quién me ha tocado?’ ¿Cómo hace tal pregunta si la gente lo apretuja por todas partes y muchos serían los empujones, las manos que se tienden para tocar a Jesús, la gente con la que se tropieza mientras va caminando? Es lo que le quieren hacer ver sus discípulos más cercanos. Pero Jesús sigue buscando con la mirada a la mujer que lo ha tocado, para quien ha llegado por su fe la salud y la salvación. ‘Hija, tu fe ha curado. Vete en paz y con salud’, le dirá finalmente Jesús cuando aquella mujer humildemente se atreva a acercase públicamente a Jesús.
Fe, vida, salud, salvación son los ejes de los distintos episodios que hoy se entrelazan en el evangelio. La fe de Jairo que pide por su hija y que ha de mantener firme frente a toda duda cuando las cosas pueden parecer que se vuelven más oscuras. Fe la de aquella mujer que calladamente acude a Jesús con la certeza de que en Jesús encontrará salud. Vida en la salud y en la vuelta a la vida de la niña que estaba en las últimas. Vida y salvación que va mucho más allá de una salud corporal que es lo que nos ofrece Jesús cuando en verdad creemos en El.
Una fe firme, con confianza, sin dudas, en el silencio y también en la proclamación publica de esa fe que anima nuestra vida. Fe de la que hemos de dar testimonio, aunque no nos entiendan, aunque se rían de nosotros como se reían de Jesús cuando decía que la niña no estaba muerta sino dormida. Fe que nos hace vivir una vida distinta de total confianza en el Señor. Fe que tenemos que contagiar a los demás para que todos puedan descubrir esa alegría que allá en lo más hondo de nosotros sentimos cuando vivimos nuestra fe. Fe que nos tiene que llevar también a la alabanza, a la acción de gracias al Señor por tantas maravillas que realiza en nosotros, por esa luz que ilumina nuestras vidas, por esa fuerza que sentimos en nuestro interior que nos salva y nos llena de vida nueva.

lunes, 30 de enero de 2017

No tengamos miedo a unas actitudes positivas en la vida que nos ayuden a crecer cada día superándonos de rutinas y de apegos de los que hemos de desprendernos

No tengamos miedo a unas actitudes positivas en la vida que nos ayuden a crecer cada día superándonos de rutinas y de apegos de los que hemos de desprendernos

Hebreos 11,32-40; Sal 30; Marcos 5,1-20
Hay ocasiones en que por muy claras que tengamos las cosas delante de los ojos parece que no queremos verlas, que no queremos enterarnos. Nos puede parecer mentira, pero muchas veces también nos sucede porque no queremos verlo, porque preferimos seguir con nuestra idea o nuestro pensamiento; quizá aquello nuevo que descubrimos nos incomode, nos moleste o nos haga salir de rutinas o comodidades; pudiera ser también que nos exige cambios en los que tendríamos que desprendernos de muchas cosas, muchas ideas, o de nuestra manera de actuar, en la que pensamos que ya tenemos garantizada la vida. No hay peor ciego que el que no quiere ver, solemos decir.
La vida nos exige cambios si en verdad queremos vivirla con toda intensidad y todo sentido; no podemos acomodarnos en la rutina de siempre por muy bien que nos parezca que estamos. Si queremos en verdad darle intensidad a la vida tenemos que crecer, aunque la ropa nos quede chica y por eso tenemos que aprender nuevas actitudes, nueva manera de ver las cosas, aspirar a lo más alto, a lo mejor, superarnos en una palabra. Hemos de quitar miedos y cobardías.
Siempre ha sorprendido la actitud de la gente de Gerasa que aunque se habían visto liberada de las locuras de aquel endemoniado con la presencia y la fuerza de Jesús, sin embargo le piden que se marche. Ya hemos escuchado en el evangelio, Jesús que había atravesado el lago en la barca con los discípulos llega al lado opuesto que era ya tierra de paganos. Se encuentra allí con un hombre endemoniado al que Jesús libera de su mal. El evangelista nos da con detalle las circunstancias de aquella liberación en la que los demonios se habían apoderado de aquella piara de cerdos que osaba en las cercanías que se arrojaron acantilado abajo al lago. ¿Era quizá un medio de sustento para aquellas gentes?
Podemos verlo todo como un signo de la liberación que Jesús quiere hacernos de nuestro mal, pero que sin embargo tantas veces rechazamos, porque queremos seguir con nuestras rutinas, nuestras malas costumbres, nos cuesta arrancarnos de nuestros vicios y controlar nuestras pasiones. Cuántas veces en la vida nos hacemos oídos sordos a aquello que nuestra conciencia nos condena, a la palabra que un día escuchamos y que nos abría las puertas a algo nuevo y mejor para nuestra vida. Nos cuesta arrancarnos de nuestros apegos; nos buscamos mil justificaciones con tal de ahorrarnos esfuerzos y luchas. Permitimos que el mal siga apegado a nuestro corazón.
Hoy escuchamos este evangelio como una invitación a la superación y al crecimiento espiritual y humano. Jesús llega a nuestra vida y quiere que seamos mejores. Con Jesús a nuestro lado los resentimientos y los rencores tendrían que desaparecer de nuestro corazón aunque nos cueste mucho conseguirlo; con Jesús a nuestro lado no podemos permitirnos seguir viviendo insensibles a los sufrimientos de los demás, aunque para llevarles consuelo tengamos que implicarnos en muchas cosas que nos hagan salir de nuestra comodidad. Así tendríamos que irnos fijando en tantas rutinas de nuestra vida, en tantos apegos de los que tendríamos que saber liberarnos.
Que la Palabra caiga como buena semilla en la tierra de nuestro corazón y demos frutos de una vida mejor aprendiendo a superarnos más y más en nuestra vida de cada día. ‘Sed fuertes y valientes de corazón, los que esperáis en el Señor’, nos decía el salmo.

domingo, 29 de enero de 2017

Cuando sentimos en verdad que Dios es nuestro único Señor todo cambia de sentido serán otras las cosas que nos van a dar plenitud y felicidad

Cuando sentimos en verdad que Dios es nuestro único Señor todo cambia de sentido serán otras las cosas que nos van a dar plenitud y felicidad

Sofonías 2, 3; 3, 12-13; Sal 145; 1Corintios 1, 26-31; Mateo 5, 1-12a
¿Quién no busca y desea ser dichoso, ser feliz? Es un deseo que llevamos dentro de nosotros mismos y todos buscamos la felicidad. Desearíamos que nada malo nos pasase, que estuviéramos lejos de dolores y sufrimientos, que pudiéramos tener abundantes bienes para cubrir todas nuestras necesidades e incluso contentar algunos caprichitos de cosas que nos gustaría poseer, que pudiéramos vivir en paz y en armonía con los que convivimos.
Pero quizá pronto nos damos cuenta de que no tenemos todo lo que quisiéramos, que hay cosas que nos hacen sufrir en nuestras limitaciones, dolores o carencias, que no siempre logramos que todo nos salga bien, que quizá nos vamos tropezando con personas que sufren en sus penurias o personas que por su ser nos hacen quizá sufrir, y nos preguntamos con una vida así ¿podemos ser felices? ¿Podemos alcanzar aquellos deseos de dicha y de felicidad que todos llevamos dentro? Ahí está la paradoja o quizá el problema.
Hacer que no perdamos la paz interior a pesar de los contratiempos y problemas, que no perdamos la alegría a pesar de los dolores corporales que nos puedan aparecer por nuestras limitaciones o debilidades, que seamos capaces de no perder la sonrisa a pesar de tantas cosas que nos podamos encontrar haciéndonos frente a nuestros buenos deseos, que el sufrimiento de los que nos rodean no nos haga perder un equilibrio interior que nos impulse a luchar a favor de un mundo más justo o más humano, es algo que quizá nos cuesta, ponga limitaciones a esa felicidad que deseamos. 
¿Cómo podemos ser felices? ¿Dónde encontrar una felicidad que de verdad nos llene por dentro? Ponerla solo en la posesión de cosas, la felicidad del tener es una felicidad efímera que pronto puede pasar, pero que no deja huella dentro de nosotros que plenifique nuestra vida. Estar sobrado de salud o pensar que la vida no tiene sus dificultades y limitaciones pronto nos hará caer en la cuenta que solo por ese camino no vamos a ser felices. Tenemos que buscar algo que colme nuestras mejores expectativas, nos de una plenitud a nuestra vida para tener un sentido por el que luchar y trabajar, encontrar aquello que nos enriquezca por dentro porque nos haga mejores personas y en consecuencia nos lleve a un encuentro mas pleno con los demás, con ese mundo que nos rodea.
Hoy Jesús en el evangelio nos ofrece un camino lleno de paradojas pero que realmente será el que nos conduzca por sendas de autentica felicidad. Nos habla de los pobres y de los que nada tienen, nos habla de los que sufren o de los que tienen una inquietud en su interior que parece que no les deja tranquilos, nos habla de los que quieren caminar por la vida sin malicias ni desconfianzas y de los que van a hacer frente a ese mundo de violencias con unas armas que no son precisamente armas de guerra, nos habla de los que sinceramente quieren poner el corazón en las miserias que puedan tener los demás, y de los que lloran porque quizás se ven imposibilitados para muchas cosas que no podrán conseguir a pesar de sus buenos deseos, y nos habla incluso de los que son incomprendidos por que hacen el bien y hasta habrá alguien que se lo tome a mal y hasta quiera hacerles la vida imposible.
Y a esos les dice que serán felices, que serán dichosos, que eso bueno y justo que desean desde lo más hondo de si mismos lo van a tener en plenitud, que encontraran consuelo para sus penas y llantos, que esa vida sin malicia ni maldad que viven les hará descubrir el más autentico rostro de Dios y que van a encontrar también ese corazón que se pondrá a su lado en sus propias miserias y necesidades. Para ellos les dice será la felicidad más grande, porque para ellos es el Reino de Dios.
Jesús había comenzado su predicación anunciando que llegaba el tiempo del Reino de Dios, que era necesario en verdad cambiar el corazón y poner toda la fe en Dios y en su Palabra. Y nos hablaba del Reino de Dios como la dicha más grande que podríamos alcanzar y los corazones se llenaban de esperanza cuando veían los signos que Jesús iba realizando de ese Reino de Dios. Y ahora nos dice como podemos vivir ese Reino de Dios y con El alcanzar la felicidad y la dicha más grande.
Cuando sentimos en verdad que Dios es nuestro único Señor todo cambia de sentido, serán otras las cosas que nos van a dar plenitud, es un sentido nuevo el que le vamos a ir dando a la vida, lo importante no será las cosas que tengamos sino lo que seamos desde lo más hondo de nosotros mismos.
Será una vida llena de Dios y llena entonces de amor; será una vida que vivamos sin malicias y sin la búsqueda de intereses materiales porque lo que nos importa será hacer felices a los demás, a los que nos rodean, a pesar de sus penurias y necesidades, a pesar de sus lloros y sufrimientos, porque vamos a luchar por el bien, por la justicia, por todo lo bueno que pueda dar plenitud al otro y en eso encontraremos la satisfacción más grande que llena nuestro espíritu, la verdadera felicidad.
No importa que nos desprendamos de lo que tenemos porque queremos compartirlo con los demás, no importa que lloremos con los que lloran porque queremos ser su consuelo, no importan las incomprensiones y hasta desprecios que encontremos porque nos sentimos comprometidos con el bien. Eso bueno que queremos hacer y con lo que queremos dar más felicidad a los demás nos hará a nosotros felices y dichosos. Son las bienaventuranzas que hoy Jesús nos propone en el Sermón del Monte.

sábado, 28 de enero de 2017

Nos invita Jesús a ir a la otra orilla a pesar de las dificultades que encontremos porque mucho podemos recibir y mucho podemos aportar de bien a los demás

Nos invita Jesús a ir a la otra orilla a pesar de las dificultades que encontremos porque mucho podemos recibir y mucho podemos aportar de bien a los demás

Hebreos 11,1-2.8-19; Sal.: Lc 1,69-70.71-72.73-75; Marcos 4,35-41
‘Vamos a la otra orilla’, les invita a Jesús. Puede significar mucho para nosotros esa invitación, o esa actitud que podemos adoptar en nuestra vida. En el relato del evangelio suceden muchas cosas que son bien significativas.
Vamos a la otra orilla puede significar búsqueda, pueden significar los caminos que vamos emprendiendo en la vida; puede significar la incertidumbre que surge en nosotros cuando se nos presentan cosas nuevas y no sabemos que hacer; puede estar significando esas luchas, esas tormentas que nos van apareciendo en la vida porque no siempre las cosas son fáciles; puede significar no querer quedarnos siempre en las mismas cosas porque queremos salir de la monotonía y la rutina aunque implique riesgos.
Y todo eso y más en muchos momentos de la vida, en distintas situaciones, en diferentes aspectos en la familia, en el trabajo, en nuestras relaciones sociales, en lo que queremos emprender para mejorar nuestra sociedad, en las actitudes profundas que tengamos ante la vida, en lo que es nuestra religiosidad y nuestra vida cristiana. Vamos a la otra orilla, vamos a buscar algo nuevo; vamos a la otra orilla porque queremos encontrarnos con los demás; vamos a la otra orilla, allí donde hay gente que nos necesita, o gente que nos puede aportar también muchas cosas.
La tarea no es fácil; como decíamos antes nos podemos llenar de dudas y de incertidumbres; podemos tener miedo a lo que nos vamos a encontrar y no sabemos si podemos afrontarlo; podremos sentirnos quizá confusos porque no conocemos bien lo que nos encontramos; porque nos puede parecer que en eso nuevo que nos encontramos estamos solos  y nos parece que no tenemos fuerzas para afrontar las dificultades. Pueden surgir muchas cosas en nuestro interior.
El evangelio de hoy nos habla de que cuando emprendieron la travesía ‘Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua’. Ellos avezados pescadores que tantas veces habían atravesado aquellas aguas sin embargo se llenaron de miedo por la tormenta. Además se sentían solos, porque aunque estaba Jesús con ellos les parecía que a El poco le importaba porque seguía impertérrito dormido en un rincón de la barca.
Cómo refleja muchas de las cosas que nos pasan en la vida; y aquí podemos pensar en el camino de nuestra vida espiritual, en el recorrido que como cristianos vamos haciendo por nuestro mundo tantas veces adverso y tan lleno de dificultades. Pero no olvidemos que ya Jesús nos había prevenido porque muchas veces nos habló de las persecuciones incluso que íbamos a sufrir a causa de su nombre. Lo que ahora sucede en la barca en un hecho pero que se convierte también como en parábola para nuestra vida.
Pero allí está Jesús. Aquí está Jesús también a nuestro lado aunque parezca que no lo sentimos. Nunca nos abandona. Nos recrimina quizás como a aquellos discípulos. ‘¡Hombres de poca fe!’.
Creo que la lección la tenemos clara. Vayamos a la otra orilla, para todo eso que nos está pidiendo Jesús que tendríamos que hacer en nuestra vida y con nuestra vida; para eso en lo que nos sentiríamos enriquecidos nosotros, pero también para todo lo bueno que nosotros podemos y tenemos que aportar a los demás. 

viernes, 27 de enero de 2017

Sembrar cada día la buena semilla con la esperanza de que un día florecerá y dará fruto en un mundo mejor ha de ser nuestro compromiso

Sembrar cada día la buena semilla con la esperanza de que un día florecerá y dará fruto en un mundo mejor ha de ser nuestro compromiso

Hebreos 10,32-39; Sal 36; Marcos 4,26-34
Algunas veces vemos brotar una planta y florecer una flor en un terreno en que jamás habríamos pensado que allí podría surgir tan hermosa planta y tan bella flor. Una semilla trasportada por el viento o llevada en el pico de un ave cayó en aquel lugar y encontró la tierra apropiada para surgir y la naturaleza por si misma nos regaló tan hermoso fruto. Maravillas de la naturaleza, decimos, y damos gracias a Dios que nos hace tan bellos regalos.
Hoy nos habla Jesús en parábolas. ‘Con muchas parábolas les exponía la Palabra, acomodándose a su entender’, nos dice el evangelista. Y una parábola nos habla de la semilla sembrada en el campo y que sin que el agricultor tenga que hacer muchas cosas, aquella semilla germina y brota para darnos hermosos tallos y buenos frutos. O nos habla también de la minúscula semilla de la mostaza, que nos dará una hermosa planta en la que hasta los pajarillos pueden hacer sus nidos.
Ya sabemos por otras parábolas todo lo que nos quiere decir Jesús con la semilla que se planta. En días pasados hubiéramos escuchado la parábola del sembrador, pero que muchas veces habremos meditado. Esa semilla de la Palabra de Dios, esa semilla de la gracia, esa semilla del amor de Dios que se derrama en nuestro corazón. Pero que hemos de saber plantarla muy y dejar que germine en nuestra vida. Ya sé que en la parábola del sembrador se nos hacia reflexionar sobre la buena tierra que tendríamos que ser limpiándola de abrojos y malas hierbas, preparando y abonando bien el terreno de nuestra vida para que pueda germinar la semilla y llegar a dar fruto.
Pienso que toda la potencia de esa semilla está ahí en nosotros y aunque nos parezca que a veces no da fruto tan pronto como nosotros quisiéramos ahí está plantada en nuestra tierra. Cuántas veces nos surge de pronto en nuestro interior un deseo bueno, una inspiración para un paso que tendríamos que dar, para una obra nueva que deberíamos realizar. ¿Por qué ahora? ¿Por qué en ese momento? No sabemos cómo nos ha venido esa inspiración, cómo nos surgió esa idea en este preciso momento, pero yo creo que tendríamos que saber reconocer esa semilla que un día se plantó en nuestro corazón que quizá nos pareció que había caído en tierra infecunda, pero ahí estaba y cuando menos lo pensamos nos surgió la llamada, la idea, el buen deseo, la realización de esa obra buena. Es la gracia de Dios que perdura en nuestro corazón.
Creo que siempre hemos de estar en disposición por una parte de que caiga en nosotros esa semilla buena que un día habremos de hacer fructificar, pero también tendrá que estar ese deseo de ir sembrando semillas buenas en la vida en los que nos rodean. Es lo que los padres han de saber hacer en la educación y formación que van dando a sus hijos; muchas veces los padres se desesperan porque les parece que sus recomendaciones caen en oídos sordos y no ven tan pronto como desean los frutos, las respuestas, pero no han de perder la esperanza, no han de cegar en su empeño de esa siembra de cada día, un día florecerá esa flor y nos dará su fruto, cuando menos lo pensamos.
Como decíamos en lo que todos hemos de ir haciendo siempre, sembrando esa buena semilla, con nuestra palabra, con nuestro ejemplo y testimonio, con nuestros gestos y compromisos; alguien a nuestro lado recogerá esa buena semilla para plantarla en su vida y un día dará fruto; no sabremos cuando ni quizá apreciemos el fruto, pero hemos de tener el gozo en el corazón que estamos contribuyendo con nuestras pequeñas semillas a hacer que nuestro mundo sea mejor.
Es lo que pretendo humildemente hacer con esta semilla de cada día que quiero ir sembrando a través de las redes sociales.

jueves, 26 de enero de 2017

No rehusemos la luz que se nos ofrece en nuestra espiritualidad cristiana para ir a beber de otras fuentes que no nos ofrecerán la vida verdadera

No rehusemos la luz que se nos ofrece en nuestra espiritualidad cristiana para ir a beber de otras fuentes que no nos ofrecerán la vida verdadera

Hebreos, 10, 19-25; Sal. 23; Mc. 4, 21-25
La luz no se enciende para ocultarla; cuando hay oscuridad en la casa buscamos como sea una luz que encender; si vamos por un camino en una noche oscura sin luna trataremos de llevar algún tipo de luz sea un farol, sea una linterna para iluminar el camino y no tropezar con los obstáculos o dificultades que podamos encontrar.
Podéis decirme que en el mundo en el que vivimos no hay esas carencias de luz porque disponemos en todo momento de luz artificial que alumbre nuestras estancias o ilumine nuestros caminos. Pero bien sabemos que hay oscuridades en la vida, que hay luces que nos confunden o nos desorientan, que no siempre tenemos claros los caminos de la vida por donde andamos porque nos falta un norte, nos falta un faro seguro que nos oriente, porque necesitamos un sentido para lo que hacemos o una razón para lo que vivimos. Muchas cosas nos desorientan en nuestra vida.
Por eso buscamos, siempre buscamos, siempre queremos profundizar en el sentido que le hemos dado a nuestra vida, nos sentimos muchas veces insatisfechos, parece que no terminamos de encontrar porque lo que quizá en un determinado momento nos parecía muy bueno y satisfactorio pronto nos cansó y nos sentimos hastiados y vacíos.
Queremos algo espiritual que nos llene y nos eleve pero algunas veces tenemos miedo de encontrarlo o buscarlo con sinceridad porque tememos que eso nos comprometa; andamos como mariposas de flor en flor y corremos allá donde nos dicen que hay algo nuevo, alguna manera de pensar o de vivir que nos viene de lejanos sitios, pero quizá olvidamos la espiritualidad que hemos tenido siempre delante de nuestros ojos y no hemos sabido apreciar. Cuantos se dejan seducir por espiritualidades que llamamos orientales o no sé como decirle venidas quizá de otras culturas, pero no han sabido descubrir el pozo profundo y rico que han tenido siempre junto a si en el evangelio.
Es una lástima que los cristianos muchas veces ocultemos y desechemos la luz que tenemos desde siempre a nuestro lado para buscar otras luces. Cuantos nos dicen que ahora han encontrado la verdad de su vida porque se fueron tras otros modos de vivir la religión y nos vienen hablando de que la Biblia nos dice esto o aquello, cuando como cristianos siempre hemos tenido al alcance de nuestras manos la Biblia y no habíamos sido capaces de abrirla y meditar lo que en ella se nos trasmite; nos dicen que en tal o cual sitio o religión nos enseñan la palabra de la verdad, y cada domingo y cada día en nuestros templos se nos ha proclamado la Palabra del Señor y se nos ha ofrecido su enseñanza y hemos rehusado escucharla.
Busquemos esa espiritualidad de nuestra vida que nos hará grandes de verdad en esa Palabra de Dios que la Iglesia continuamente nos ofrece y se enriquecerá nuestra vida. Tratemos de ahondar en esa espiritualidad que se nos ha trasmitido a lo largo de los siglos y que tantas glorias de sabiduría y de santidad ha generado en el seno de la Iglesia para bien de nuestro mundo. Tenemos la fuente a nuestro alcance, no nos vayamos a buscar otras fuentes que aquí tenemos toda la riqueza de gracia que el Señor nos ofrece.

miércoles, 25 de enero de 2017

Dejémonos encontrar abajándonos del caballo de nuestras autosuficiencias y descubriremos la verdadera luz y el auténtico camino, Jesús nuestro Salvador

Dejémonos encontrar abajándonos del caballo de nuestras autosuficiencias y descubriremos la verdadera luz y el auténtico camino, Jesús nuestro Salvador

Hechos 22,3-16; Sal. 116; Marcos 16,15-18
‘¿Quién eres, Señor?... Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues’. Había escuchado una voz que le llamaba, ‘¡Saulo, Saulo!’, y se preguntaba cuál era aquella voz. Era el Señor que le salía al encuentro. Camino de Damasco con cartas de los sumos sacerdotes iba Saulo buscando a los seguidores de Jesús para llevarlos presos a Jerusalén. Pero alguien le salió al encuentro y fue tal el impacto espiritual que cegado cayó por los suelos.
Es lo que hoy celebra la Iglesia, el encuentro de Pablo con Jesús en el camino de Damasco que tan grandes repercusiones iba a tener en su vida. No había escuchado la invitación del Maestro por los caminos de Galilea invitando a la conversión y a vivir la vida nueva del Reino de Dios – él no había conocido en vida a Jesús – pero ahora es Jesús el que le sale al encuentro y aquella conversión se va a realizar en él. Por eso a este día lo llamamos el de la conversión de san Pablo. El encuentro con Jesús así ilumina nuestra vida para estar ya para siempre resplandecientes de su luz.
‘¿Qué debo hacer, Señor?... Levántate, sigue hasta Damasco, y allí te dirán lo que tienes que hacer…’ es la pregunta que también hemos de hacernos cuando nos sentimos iluminados por su luz. El encuentro con Jesús no nos deja quietos e inmovilizados sino que siempre tiene que ponernos en camino. Ponernos en camino y dejarnos conducir. San Pablo cuenta que se dejó ayudar por los que le acompañaban porque no sabía por dónde ir ni qué hacer. Y mira que Pablo era un hombre seguro de si mismo con una fuerte personalidad. Pero tuvo la humildad de preguntar, de dejarse conducir, de dejarse hacer.
Podríamos ponernos ahora a reflexionar en la grandeza del apóstol o incluso hacernos un breve recorrido por lo que fue su vida, su obra, su predicación, sus cartas. Prefiero en este momento y en la brevedad de esta reflexión detenerme aquí en estos primeros momentos porque mucho nos puede enseñar.
Una primera cosa sería que nos dejáramos encontrar; sí, porque tenemos el peligro y la tentación de la autosuficiencia, de querer sentirnos seguros por nosotros mismos, de creer que ya nos lo sabemos todo y qué nos pueden decir o enseñar. Mucho podemos aprender de los demás, mucha humildad es necesario tener en nuestro corazón para que lleguemos a ese encuentro verdadero con el Señor.
Dios va poniendo muchas señales al borde del camino de nuestra vida que tenemos que saber descubrir, va poniendo quizá también muchas personas que nos pueden ayudar, que nos pueden decir esa palabra que necesitamos para que se nos descorran muchos velos de nuestra mente, que puedan ser ese ejemplo y ese estímulo en nuestra lucha personal, en nuestra personal búsqueda de la luz. Dejarnos conducir, dejarnos llevar de la mano haciéndonos como niños que se agarran de la mano del que confían.
‘¿Quién eres?’ quizás necesitamos muchas veces preguntarle al Señor que nos sale al encuentro; necesitamos apagar nuestras luces para ver la verdadera luz, cerrar nuestros oídos a tantos ruidos para encontrarnos con la verdadera voz, acallar nuestra mente alocada con tantas cosas que la enturbian por acá o por allá para encontrarnos la verdad que da auténtico sentido a nuestra vida.
‘¿Quién eres?’ nos preguntamos y vemos que a través del hermano, del que pasa a nuestro lado en el camino, del que nos tiende la mano o vemos atenazado en su sufrimiento, está la voz que nos dice ‘Yo soy Jesús… Creamos en esa palabra, en esa voz que nos hablará allá en lo hondo de nuestro corazón.

martes, 24 de enero de 2017

Una nueva familia donde todos somos hermanos cuando seguimos y escuchamos de verdad a Jesús

Una nueva familia donde todos somos hermanos cuando seguimos y escuchamos de verdad a Jesús

Hebreos 10,1-10; Sal 39; Marcos 3,31-35
Esta persona es como de mi familia, o más que mi familia, quizá habremos dicho en más de una ocasión refiriéndonos a alguien que sin ser familia por la sangre sin embargo se han establecido unos lazos de amistad muy grande y cuyo afecto sentimos hondamente, porque quizá en momentos en que nos sentíamos solos o en dificultades fue la única persona que permaneció siempre a nuestro lado. Ya en los libros sapienciales del Antiguo Testamento se nos dice algo así refiriéndose a amigos que son más afectos que un hermano.
No quiero mermar ni mucho menos el cariño y el afecto que se tiene o se ha de tener a quienes nos une los lazos de sangre siendo nuestra verdadera familia; tenemos que cuidar mucho nuestras relaciones familiares, nuestros hermanos o los familiares más cercanos. Pero bien sabemos como en la vida puede haber muchas cosas que nos unen y existen esas amistades de las que nunca querríamos desprendernos y a los que queremos como si fueran nuestra verdadera familia.
Será la cercanía física, la convivencia, pero también hoy tenemos medios para sentirnos muy unidos en verdadera amistad con personas que física o geográficamente pueden estar lejos de nosotros, pero con los que nos sentimos en bonita sintonía de amistad. Acabo de ver ahora mismo en las redes sociales una bonita frase en el sentido de lo que estamos reflexionando: ‘Hay personas que están… estén donde estén’. Podríamos decir que eso es también un camino para esa autentica fraternidad que tendríamos que vivir entre todos, puesto que formamos parte de una misma humanidad.
No nos extraña entonces sino que más bien nos lo hace comprender mejor lo que hoy escuchamos en el evangelio. Vienen a decirle a Jesús que fuera están su madre y sus hermanos, sus parientes, esperándolo. Y Jesús se pregunta ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ y continúa  diciéndonos que paseando la mirada en torno a los que le rodeaban dijo: ‘Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre’.
Nos está hablando Jesús de una nueva familia, los que escuchamos la Palabra de Dios y la ponemos en práctica. La Palabra de Dios que plantamos en nuestro corazón nos enseña a entrar en una nueva relación con los demás, la relación del amor, el sentirnos hermanos, el ser una verdadera familia entre nosotros.
Es ese mundo nuevo que hemos de  construir desde la civilización del amor. Es ese mundo nuevo en que nos sentimos verdaderamente solidarios los unos de los otros desde lo más hondo de nosotros mismos. Es ese mundo nuevo donde buscamos siempre lo mejor para el otro, estamos en verdadera actitud de servicio aprendiendo de María la que siempre iba presurosa al encuentro de los demás para serviles con hizo con Isabel en la montaña, para darse, para estar dispuesta a buscar soluciones en bien del otro como hizo en las bodas de Caná.
Que aprendamos a ser de verdad la familia de Jesús. Que entre todos se creen esos lazos nuevos del amor. 

lunes, 23 de enero de 2017

El crecimiento de los otros me llena de alegría y me estimula sanamente a superarme en mis debilidades y defectos haciendo resaltar todo lo bueno que llevamos dentro

El crecimiento de los otros me llena de alegría y me estimula sanamente a superarme en mis debilidades y defectos haciendo resaltar todo lo bueno que llevamos dentro

Hebreos 9,15.24-28; Sal 97; Marcos 3,22-30
Sucede con demasiada frecuencia, nos molesta que a otras personas les vaya bien, tengan éxito en sus tareas, sean apreciados por los demás y tenemos la tentación de estar siempre buscando a ver donde podemos encontrar un fallo, algo que criticar, y si no podemos de otra manera buscaremos la manera de desprestigiar a quien pudiéramos considerar un oponente en la vida.
Que distinta sería nuestra convivencia, con que felicidad viviríamos la vida si fuéramos capaces de aceptar y valorar a los otros, alegrándonos de sus éxitos, sintiéndonos estimulados para superarnos y queriendo aprender de las cosas buenas de los demás. Pero se nos meten dentro del corazón las pasiones borrascosas de nuestros orgullos, nuestros celos y envidias y todo queremos convertirlo en tormentas con las que no solo nos hacemos daño a nosotros mismos sino que hacemos daño también a los demás.
Y pongo por delante el daño que nos hacemos a nosotros mismos porque a pesar de la gravedad que tiene el que queramos hacer daño a los demás, en el fondo seremos nosotros mismos los más perjudicados porque aunque queramos aparentar otra cosa seremos los más infelices porque a la larga nuestra conciencia no nos dejará tranquilos.
Y lo vemos en el evangelio lo que sucede con Jesús. Tanto querían desprestigiarle los que no querían aceptar el Reino nuevo que Jesús anunciaba que llegaron al sacrilegio de atribuir al poder del maligno las cosas buenas que Jesús hacia. Nos dirá que es un pecado contra el Espíritu Santo que no tiene perdón. Y es que cuando negamos la acción del Espíritu blasfemando contra El, no podremos llegar a sentir la moción del Espíritu que nos conduzca al arrepentimiento y sin arrepentimiento no hay perdón. El perdón es un regalo de la misericordia de Dios que sin embargo en nuestra maldad rechazamos. Es el sentido de las palabras tan duras de Jesús.
Creo que podemos tener un mensaje muy sencillo y muy hermoso para nuestra vida. Tenemos que aprender a aceptarnos y a valorarnos; tenemos que aprender de las cosas buenas que veamos en los demás que para nosotros siempre han de ser un estimulo en nuestro crecimiento personal.
Pudiera ser que el ver lo bueno que hacen los demás nos haga reconocer nuestra debilidad que muchas veces parece que nos lleva al fracaso porque no llegamos a ser capaces de hacer eso bueno que hacen los demás; en lugar de sentirnos derrotados que nos llevaría al pesimismo y a la negrura y que entonces muchas veces hace que carguemos contra los demás tratando de quitarle sus méritos, todo lo contrario ha de servirnos de estímulo en nuestra lucha, si los otros pudieron yo también podré y entonces seguiré con todo esfuerzo en mi lucha para lograr esa superación.
Es un camino que tenemos que aprender a hacer juntos, apoyándonos los unos en los otros, aprendiendo de los demás y tendiendo yo mi mano en ocasiones para pedir esa ayuda y siempre para saber ofrecerla.

domingo, 22 de enero de 2017

Quien ha encontrado la luz no puede persistir en la tinieblas, demos el paso que nos pide Jesús para vivir el gozo de la vida nueva

Quien ha encontrado la luz no puede persistir en la tinieblas, demos el paso que nos pide Jesús para vivir el gozo de la vida nueva

Isaías 8, 23b-9, 3; Sal 26; 1Corintios 1, 10-13. 17; Mateo 4, 12-23
‘El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló…’ Así lo había anunciado el profeta y ahora el evangelista al narrarnos el comienzo de la predicación de Jesús en Galilea lo recuerda.
Estamos comenzando la lectura continua del evangelio de san Mateo en este ciclo que iremos escuchando ordenadamente a lo largo principalmente del tiempo ordinario. Tras los breves detalles que nos da en relación al nacimiento de Jesús, el encuentro con Juan Bautista para el Bautismo con la teofanía que allí se desarrolló y el tiempo de ayuno en el desierto con las tentaciones, comienza hablándonos del inicio de su predicación en Galilea.
Los momentos son tan importantes y decisivos que el evangelista recuerda al profeta y ve ese momento como el inicio de un nuevo resplandor. ‘A los que habitaban en tierras y sombras de muerte una luz les brilló’. Así fue la presencia de Jesús en medio de aquellas gentes. Y como nos dice a continuación no se redujo a la ciudad de Cafarnaún donde se estableció sino que ‘recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo’.
Era un cambio nuevo y grande lo que se anunciaba; como salir de las tinieblas a la luz. Se cumplían las antiguas promesas anunciadas una y otra vez por los profetas que habían ido manteniendo las esperanzas del pueblo. Eran momentos de oscuridad porque parecía que todo se derrumbaba; la opresión que vivían bajo el pueblo invasor, los romanos, era una señal de ello. Y el anuncio comienza precisamente ‘en la Galilea de los gentiles’ como anunciaba el profeta.
Galilea era el borde del norte del pueblo de Israel, cercano a tierras de paganos e influido por ellos. Cafarnaún era parada en la ruta de caminantes que provenían de Siria y se dirigían a Egipto y estaba estratégicamente situada en la orilla del lago de Tiberíades. Cercanas estaban las ciudades paganas de la Decápolis o la tierra de los gerasenos y más al norte la región de los fenicios y todo eso podía influir en la fidelidad al Dios de la Alianza. Y es ahí donde comienza a brillar esa nueva luz que va a despertar tantas esperanzas. La oscuridad en que vivían parecía disiparse con un nuevo resplandor, la presencia de Jesús.
El primer anuncio que Jesús hace es la invitación a la conversión; las tinieblas habrían de transformarse en luz, pero todo iba a depender del corazón de los hombres. Una Buena Nueva se anunciaba y había que comenzar a creer en esa Buena Noticia del Reino de Dios que ya estaba cerca. Jesús comenzará a realizar signos de esa cercanía del Reino de Dios porque no quería el sufrimiento de los hombres; proclamaba el Evangelio del Reino, la Buena Noticia del Reino de Dios que se instauraba y curaba todo tipo de enfermedades y dolencias.
Podían creer en su palabra, los signos la confirmaban, era una palabra de vida y llenaba de vida los corazones, venia a traer la salud y la salvación y curaba las enfermedades y dolencias. No más dolor, no más muerte, para siempre podríamos tener una vida nueva. Tenían que reconocer el Señorío de Dios en sus vidas, el Reinado de Dios. Algo nuevo se podía comenzar a sentir.
Enseñaba a todas las gentes; cualquier lugar era propicio para hacer el anuncio del Reino; acudía a las sinagogas o hablaba con las gentes allí donde estuvieran, ya le veremos sentado en la barca de Pedro anunciando las parábolas del Reino; acudían a la puerta de la casa, o mientras iban de camino de un lugar para otros. Para todos era el anuncio, pero comenzó a llamar de manera concreta. Hoy lo vemos al paso por la orilla del lago que invita a los pescadores a seguirle para ser pescadores de otros mares, serán pescadores de hombres. Son los primeros discípulos que  serán más cercanos para estar siempre con Jesús y a los que un día llamará a formar parte del grupo de los doce, el grupo nuclear de la nueva comunidad del Reino de Dios que en torno a Jesús se irá formando.
La invitación de Jesús siempre requiere radicalidad en la respuesta. Creer en la Buena Noticia exige un cambio profundo del corazón, la conversión; seguir la llamada de Jesús lleva consigo dejar atrás todas las cosas para que nada nos ate, sino que vivamos en la libertad nueva que Jesús nos viene a ofrecer el que viene a curar a los oprimidos por el diablo. Por eso contemplaremos a Pedro y Andrés, y a Santiago y Juan que dejarán las redes, que dejarán las barcas, que lo dejarán todo por seguir a Jesús.
Quien ha encontrado la luz no puede preferir seguir viviendo en las tinieblas. Es la llamada que Jesús nos está haciendo a nosotros también. Pasa junto al lago, pasa junto a nuestra vida, allí donde estamos y nos realizamos y nos ofrece algo nuevo; su palabra salvadora también llega a nosotros para que nos llenemos de su luz. También hay oscuridades en nuestra vida, también persisten muchas ataduras que nos impiden caminar con total libertad, hay redes que nos envuelven, también hay cosas que nos retienen.
Jesús nos invita, nos llama, nos pide ese cambio profundo para que en verdad reconozcamos el Reinado de Dios, para que vivamos sintiendo que Dios es nuestro único Señor, para que sintamos el gozo de la fe. El nos cura, nos ofrece la salvación, realiza muchos signos en nosotros; descubramos las señales de su presencia, de la vida nueva que nos ofrece, estemos atentos a su llamada, pongamos en camino para seguir los pasos de Jesús.


sábado, 21 de enero de 2017

Hay cosas que nos interpelan y producen inquietud dentro de nosotros, abramos nuestro corazón al Evangelio

Hay cosas que nos interpelan y producen inquietud dentro de nosotros, abramos nuestro corazón al Evangelio

Hebreos 9,2-3.11-14; Sal 46; Marcos 3,20-21
‘¡Tú estás loco!’, le decimos a alguien cuando hace o dice algo que nos parece fuera de lo normal, que llama la atención o que de alguna manera rompe nuestros esquemas mentales. Claro que normalmente lo expresamos desde la confianza que nos pueda merecer esa persona, aunque también a veces viendo uno las cosas que se hacen o se dicen en medio de nuestra sociedad nos quedamos desconcertados porque no sabemos, como se suele decir, a donde vamos a parar.
También tenemos una reacción así cuando lo que oímos o lo que vemos nos interpela, porque nos hace hacernos preguntas allá en lo hondo de nosotros mismos, nos hace buscar nuevos planteamientos, nos descubre quizá mundos nuevos. Algunas veces quizá lo necesitamos para salir de nuestras rutinas, para ver la posibilidad de un mundo nuevo, para descubrir cómo tendríamos que implicarnos en cambiar muchas cosas en nosotros mismos que no nos satisfacen o cambiar en consecuencia también muchas cosas de nuestro mundo que no nos gustan. Esas interpelaciones pueden ser un buen revulsivo para nuestras vidas y para nuestra sociedad.
Si hacemos una lectura atenta del evangelio esa interpelación tendría que hacer también en nosotros. Muchas veces hacemos una lectura muy fría, demasiado quedándonos en palabras pero no captando el verdadero espíritu que está en el fondo que no es otro que el espíritu divino que quiere también interpelarnos y transformarnos.
La gente que se iba encontrando con Jesús tenia unas reacciones muchas veces así. No podía ser quedarse en un entusiasmo momentáneo porque impresionaran sus milagros, o con una mirada crítica como hacían otros buscando donde encontrar algo para acusarlo porque realmente en el fondo ellos se sentían también interpelados aunque no lo quisieran reconocer; una reacción fácil era decir que estaba loco, que eran cosas del maligno encubiertas en apariencias de bondad y a la larga buscar la forma de quitarlo de en medio porque quizá podían estar en peligro sus prebendas y su estilo de vida muy cómoda también en lo religioso y de alguna manera rutinaria. La presencia de Jesús, sus obras y sus palabras no podían dejarlos tranquilos.
Hoy nos dice el evangelio que los familiares de Jesús querían llevárselo porque pensaban que no estaba en sus cabales. Pero quizá no era solo su familia sino a tantos que les molestaba ese sentido nuevo que Jesús estaba mostrándonos. Hoy nos sucede también en muchas situaciones de la vida, de la sociedad y hasta en la misma Iglesia. Hay gente que se siente desconcertada y en lugar de plantearse hondamente qué es lo que nos pasa por dentro que quizá no está en buena consonancia con el evangelio, lo que hacemos es ponernos en contra, tratar quizá de desprestigiar, pensar que eso son como modas momentáneas que pronto pasarán y ya vendrá otro que ponga las cosas en su orden, diciendo que habría que volver a la rutina de siempre.
Pensemos que el Espíritu del Señor Jesús que recibimos no es para dejarnos en nuestras rutinas y es un tremendo revulsivo para nuestras vidas, para transformarnos hondamente. Abramos nuestro corazón al Espíritu de Dios que quiere llenarnos de vida nueva. No temamos al Evangelio de Jesús, a escuchar allá en lo más hondo del corazón su mensaje de vida y salvación.

viernes, 20 de enero de 2017

Somos también los enviados del Señor a hacer el anuncio del evangelio y a liberar a nuestro mundo de todo mal transformándolo desde el amor

Somos también los enviados del Señor a hacer el anuncio del evangelio y a liberar a nuestro mundo de todo mal transformándolo desde el amor

Hebreos 8,6-13; Sal 84; Marcos 3,13-19
‘Jesús, mientras subía a la montaña, fue llamando a los que él quiso, y se fueron con él…’ Ayer escuchábamos que la gente se arremolinaba alrededor de Jesús y venían de todas partes a escucharle y a sentirse sanados con su salvación. Acudían a El con toda clase de males en su espíritu y enfermedades en sus cuerpos doloridos o llenos de discapacidades. Para todos Jesús tenía una palabra y un gesto de salvación.
Pero hoy escuchamos que cuando subía a la montaña llamó a los que El quiso. En el relato bíblico la subida a la montaña y lo en ella realizado tiene siempre un cierto grado de solemnidad. Era algo importante lo que Jesús estaba haciendo y así nos lo quiere significar el evangelista, como Moisés que en la montaña había recibido la misión de Dios o las tablas de la Ley. En la montaña Jesús proclamará las bienaventuranzas que es algo así como todo un programa de su evangelio. Ahora sube a la montaña y escoge entre todos los discípulos a doce. El evangelista nos dará sus nombres.
‘A doce los hizo sus compañeros, para enviarlos a predicar, con poder para expulsar demonios’. Es la misión que Jesús les quiere confiar. Los llama apóstoles, sus enviados. Los envió a predicar. Habían de realizar el mismo anuncio del Reino que Jesús estaba realizando. Y lo habían de realizar haciendo los mismos signos de Jesús. Hemos venido escuchando como Jesús sana, cura, llena de vida; cura a los enfermos, da vista a los ciegos, a los inválidos los levanta para que puedan caminar, expulsa a los demonios. Es lo que sus enviados han de realizar también. Por eso nos dice que los envió a predicar con poder para expulsar demonios.
Expulsar demonios significa arrancar el mal que domina los corazones de los hombres. A los endemoniados se les llama poseídos, poseídos por el demonio, por el mal. Anunciar el Reino significa desterrar el mal, porque en el Reino de Dios no cabe el dominio del mal; precisamente si pertenecemos al Reino de Dios es porque en la salvación de Jesús nos hemos visto liberados del mal.
Decimos el pecado, decimos todo el mal que anida tantas veces en nuestro corazón. Pero decimos todo lo que sea mal, nos impida el bien, nos domine o nos esclavice. Los milagros que Jesús realiza en los que va liberando del mal de la enfermedad, la ceguera, la inmovilidad, la sordera o la incapacidad de hablar, la lepra que destruye el cuerpo, o la muerte de la que resucita, son signos de esa liberación de Jesús.
Y eso lo hemos de vivir en nosotros, pero lo hemos de anunciar a los demás, lo hemos de ir realizando en nuestro mundo. Un mundo que estamos llamados a transformar; nunca más nos domine el odio o el desamor, nunca más nos veamos arrastrados por las violencias, nunca más la injusticia haga sufrir a los hombres, nunca más vivamos envueltos en la falsedad, la mentira y la apariencia, nunca mas nadie se vea cegado por sus pasiones.
Un mundo nuevo hemos de ir realizando. Un mundo nuevo transformado por el amor. Son las semillas del amor las que tenemos que ir sembrando haciendo siempre el bien, viviendo un nuevo sentido de solidaridad, buscando siempre la justicia para que nadie se sienta esclavizado por nada ni por nadie. Son las señales que nos hemos de dar con nuestros gestos, con nuestras actitudes, con nuestro actuar.
Es el amor que abre nuestras vidas a los demás, es el amor que nos hace construir unas nuevas relaciones de verdadera amistad, es el amor que guía nuestra convivencia para que siempre reine la armonía y la paz, es el amor que nos impulsa a colaborar en todo lo bueno, es el amor que va sembrando de alegría los corazones de todos los que nos encontramos a nuestro paso.
Somos también los enviados del Señor a hacer el anuncio del evangelio y a liberar a nuestro mundo de todo mal. ¿Hasta donde llega nuestra respuesta y nuestro compromiso?