lunes, 23 de enero de 2017

El crecimiento de los otros me llena de alegría y me estimula sanamente a superarme en mis debilidades y defectos haciendo resaltar todo lo bueno que llevamos dentro

El crecimiento de los otros me llena de alegría y me estimula sanamente a superarme en mis debilidades y defectos haciendo resaltar todo lo bueno que llevamos dentro

Hebreos 9,15.24-28; Sal 97; Marcos 3,22-30
Sucede con demasiada frecuencia, nos molesta que a otras personas les vaya bien, tengan éxito en sus tareas, sean apreciados por los demás y tenemos la tentación de estar siempre buscando a ver donde podemos encontrar un fallo, algo que criticar, y si no podemos de otra manera buscaremos la manera de desprestigiar a quien pudiéramos considerar un oponente en la vida.
Que distinta sería nuestra convivencia, con que felicidad viviríamos la vida si fuéramos capaces de aceptar y valorar a los otros, alegrándonos de sus éxitos, sintiéndonos estimulados para superarnos y queriendo aprender de las cosas buenas de los demás. Pero se nos meten dentro del corazón las pasiones borrascosas de nuestros orgullos, nuestros celos y envidias y todo queremos convertirlo en tormentas con las que no solo nos hacemos daño a nosotros mismos sino que hacemos daño también a los demás.
Y pongo por delante el daño que nos hacemos a nosotros mismos porque a pesar de la gravedad que tiene el que queramos hacer daño a los demás, en el fondo seremos nosotros mismos los más perjudicados porque aunque queramos aparentar otra cosa seremos los más infelices porque a la larga nuestra conciencia no nos dejará tranquilos.
Y lo vemos en el evangelio lo que sucede con Jesús. Tanto querían desprestigiarle los que no querían aceptar el Reino nuevo que Jesús anunciaba que llegaron al sacrilegio de atribuir al poder del maligno las cosas buenas que Jesús hacia. Nos dirá que es un pecado contra el Espíritu Santo que no tiene perdón. Y es que cuando negamos la acción del Espíritu blasfemando contra El, no podremos llegar a sentir la moción del Espíritu que nos conduzca al arrepentimiento y sin arrepentimiento no hay perdón. El perdón es un regalo de la misericordia de Dios que sin embargo en nuestra maldad rechazamos. Es el sentido de las palabras tan duras de Jesús.
Creo que podemos tener un mensaje muy sencillo y muy hermoso para nuestra vida. Tenemos que aprender a aceptarnos y a valorarnos; tenemos que aprender de las cosas buenas que veamos en los demás que para nosotros siempre han de ser un estimulo en nuestro crecimiento personal.
Pudiera ser que el ver lo bueno que hacen los demás nos haga reconocer nuestra debilidad que muchas veces parece que nos lleva al fracaso porque no llegamos a ser capaces de hacer eso bueno que hacen los demás; en lugar de sentirnos derrotados que nos llevaría al pesimismo y a la negrura y que entonces muchas veces hace que carguemos contra los demás tratando de quitarle sus méritos, todo lo contrario ha de servirnos de estímulo en nuestra lucha, si los otros pudieron yo también podré y entonces seguiré con todo esfuerzo en mi lucha para lograr esa superación.
Es un camino que tenemos que aprender a hacer juntos, apoyándonos los unos en los otros, aprendiendo de los demás y tendiendo yo mi mano en ocasiones para pedir esa ayuda y siempre para saber ofrecerla.

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