miércoles, 25 de enero de 2017

Dejémonos encontrar abajándonos del caballo de nuestras autosuficiencias y descubriremos la verdadera luz y el auténtico camino, Jesús nuestro Salvador

Dejémonos encontrar abajándonos del caballo de nuestras autosuficiencias y descubriremos la verdadera luz y el auténtico camino, Jesús nuestro Salvador

Hechos 22,3-16; Sal. 116; Marcos 16,15-18
‘¿Quién eres, Señor?... Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues’. Había escuchado una voz que le llamaba, ‘¡Saulo, Saulo!’, y se preguntaba cuál era aquella voz. Era el Señor que le salía al encuentro. Camino de Damasco con cartas de los sumos sacerdotes iba Saulo buscando a los seguidores de Jesús para llevarlos presos a Jerusalén. Pero alguien le salió al encuentro y fue tal el impacto espiritual que cegado cayó por los suelos.
Es lo que hoy celebra la Iglesia, el encuentro de Pablo con Jesús en el camino de Damasco que tan grandes repercusiones iba a tener en su vida. No había escuchado la invitación del Maestro por los caminos de Galilea invitando a la conversión y a vivir la vida nueva del Reino de Dios – él no había conocido en vida a Jesús – pero ahora es Jesús el que le sale al encuentro y aquella conversión se va a realizar en él. Por eso a este día lo llamamos el de la conversión de san Pablo. El encuentro con Jesús así ilumina nuestra vida para estar ya para siempre resplandecientes de su luz.
‘¿Qué debo hacer, Señor?... Levántate, sigue hasta Damasco, y allí te dirán lo que tienes que hacer…’ es la pregunta que también hemos de hacernos cuando nos sentimos iluminados por su luz. El encuentro con Jesús no nos deja quietos e inmovilizados sino que siempre tiene que ponernos en camino. Ponernos en camino y dejarnos conducir. San Pablo cuenta que se dejó ayudar por los que le acompañaban porque no sabía por dónde ir ni qué hacer. Y mira que Pablo era un hombre seguro de si mismo con una fuerte personalidad. Pero tuvo la humildad de preguntar, de dejarse conducir, de dejarse hacer.
Podríamos ponernos ahora a reflexionar en la grandeza del apóstol o incluso hacernos un breve recorrido por lo que fue su vida, su obra, su predicación, sus cartas. Prefiero en este momento y en la brevedad de esta reflexión detenerme aquí en estos primeros momentos porque mucho nos puede enseñar.
Una primera cosa sería que nos dejáramos encontrar; sí, porque tenemos el peligro y la tentación de la autosuficiencia, de querer sentirnos seguros por nosotros mismos, de creer que ya nos lo sabemos todo y qué nos pueden decir o enseñar. Mucho podemos aprender de los demás, mucha humildad es necesario tener en nuestro corazón para que lleguemos a ese encuentro verdadero con el Señor.
Dios va poniendo muchas señales al borde del camino de nuestra vida que tenemos que saber descubrir, va poniendo quizá también muchas personas que nos pueden ayudar, que nos pueden decir esa palabra que necesitamos para que se nos descorran muchos velos de nuestra mente, que puedan ser ese ejemplo y ese estímulo en nuestra lucha personal, en nuestra personal búsqueda de la luz. Dejarnos conducir, dejarnos llevar de la mano haciéndonos como niños que se agarran de la mano del que confían.
‘¿Quién eres?’ quizás necesitamos muchas veces preguntarle al Señor que nos sale al encuentro; necesitamos apagar nuestras luces para ver la verdadera luz, cerrar nuestros oídos a tantos ruidos para encontrarnos con la verdadera voz, acallar nuestra mente alocada con tantas cosas que la enturbian por acá o por allá para encontrarnos la verdad que da auténtico sentido a nuestra vida.
‘¿Quién eres?’ nos preguntamos y vemos que a través del hermano, del que pasa a nuestro lado en el camino, del que nos tiende la mano o vemos atenazado en su sufrimiento, está la voz que nos dice ‘Yo soy Jesús… Creamos en esa palabra, en esa voz que nos hablará allá en lo hondo de nuestro corazón.

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