sábado, 4 de febrero de 2017

Necesitamos un descanso que no solo nos haga reponer fuerzas sino que nos ayude a crecer humana y espiritualmente para vivir mejor nuestro encuentro con Dios y con los demás

Necesitamos un descanso que no solo nos haga reponer fuerzas sino que nos ayude a crecer humana y espiritualmente para vivir mejor nuestro encuentro con Dios y con los demás

Hebreos 13,15-17.20-21; Sal 22; Marcos 6,30-34
A lo largo de la historia una de las luchas y de los logros en el desarrollo de la humanidad ha sido el lograr un justo descanso para el hombre trabajador que no solo le haga reponer fuerzas para poder continuar desarrollando su tarea sino que le sirva también para el relax, para el encuentro con los demás y para la merecida y necesaria convivencia familiar.
En nuestra tradición judeocristiana sin embargo eso ha sido algo que ha estado marcado desde siempre, dándole un sentido sagrado y religioso puesto que ese día del descanso era también necesario para el debido culto a la divinidad. Así lo tenemos traducido en los mandamientos y en la organización de la semana laboral desde toda la historia de la salvación en el pueblo judío en el que el sábado era el día del descanso y del culto al Señor.
Justo es que en nuestra sociedad desarrollada se mantenga ese tiempo de descanso en la organización de nuestra vida, como decíamos antes para la necesaria recuperación de nuestras fuerzas pero que ha de servir también para otras muchas actividades que nos ayuden a la estabilización de nuestra vida, a nuestro crecimiento personal y también para poder contribuir mejor al bien de nuestra comunidad en tantas actividades sociales y comunitarias que en esos momentos podríamos realizar.
Descansar no es simplemente estar sin hacer nada, aunque necesitemos también ese tiempo de inactividad física; es un tiempo hermoso para la meditación, para la reflexión, para la lectura, simplemente si queremos decirlo así para pensar en nuestras cosas o en nuestros propios planteamientos revisando lo que somos o lo que hacemos. Es un tiempo muy necesario para ese crecimiento interior, esa profundización en nuestra vida, como decíamos, en lo que somos y en lo que hacemos.
Son momentos propicios para crear ilusión en nuestro corazón y en nuestros sueños plantearnos cosas nuevas para nuestra vida con nuevos proyectos, con ambiciones nobles; son momentos para ayudarnos al descubrimiento de los demás y aprender a ir al encuentro con los otros no ya por la necesidad de la vida laboral, sino simplemente para convivir y soñar juntos.
Como decíamos no es quedarnos en la inactividad o la pasividad, sino que pueden ser momentos para desarrollar nuestra creatividad más allá de lo que puedan ser nuestras obligaciones laborales o las responsabilidades ordinarias que tengamos en la vida. Nuestro descanso nos puede hacer más creativos, despertar iniciativas, ayudar a vivir una vida social más intensa y más participativa.
Me podréis decir y a cuenta de qué vienen ahora estas reflexiones en la semilla de cada día. Pues he de decir que estos pensamientos me han surgido desde lo que hoy escuchamos en el evangelio. Los apóstoles y discípulos regresan de la misión a la que Jesús les había enviado de ir anunciando el Reino. Y ahora nos dice el evangelista que Jesús quiso llevárselos a un lugar tranquilo y apartado para descansar un poco. Era, sí, el momento del descanso donde los discípulos compartirían sus experiencias en el cumplimiento de aquella misión de Jesús. Era el momento del descanso pero para estar más a solas con Jesús. Era el momento del descanso para escuchar esa palabra viva y distinta que Jesús podría decirles a cada uno según fuera su vida y lo que habían realizado.
¿No será eso también lo que nosotros espiritualmente también necesitaríamos? Ir a estar a solas con Jesús para compartir con El nuestra vida, nuestras ilusiones y nuestros sueños, nuestras esperanzas y nuestras luchas, nuestros tropiezos y nuestros fracasos. Necesitamos descansar en el Señor. Y escuchar esa palabra que nos dirige personalmente a nuestro corazón, palabra que nos anima y que nos da fuerza, palabra que nos reconforta allá en lo más hondo de nosotros mismos y nos hace caminar con nueva fuerza.
Pero hay una cosa que también aprendemos en el evangelio de hoy. Porque vayamos al descanso en el encuentro con el Señor con nuestra oración o con nuestra celebración, sin embargo nunca nos podremos desentender de los demás. Como nos dice el evangelista cuando llegaron a aquel sitio se encontraron con una multitud hambrienta y sedienta de Dios que les estaba esperando. Es ese mundo que nos rodea del que nunca podremos desentendernos. 

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