miércoles, 1 de febrero de 2017

Un camino en que aprendemos de Jesús a valorar a dignificar a las personas contando siempre con los demás y queriendo caminar juntos aprendiendo unos de otros

Un camino en que aprendemos de Jesús a valorar a dignificar a las personas contando siempre con los demás y queriendo caminar juntos aprendiendo unos de otros

Hebreos 12,4-7.11-15; Sal 102; Marcos 6,1-6
‘No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa…’ es el refrán que Jesús recuerda y les comenta a las gentes de Nazaret.
Cuánto nos cuesta muchas veces valorar a los cercanos a nosotros; admiramos y valoramos lo que nos viene de fuera, los que son de otro lugar, y no queremos darnos cuenta de lo bueno que tenemos cerca de nosotros. Tenemos la tentación de comenzar a fijarnos en cosas circunstanciales más que fijarnos en los verdaderos valores de cada persona, para reconocerlo, para creer en ellos, para aprender.
Es una fácil tentación que tenemos en la vida y nos sucede en nuestras relaciones personales, pero sucede también en nuestros pueblos donde todos nos conocemos, pero que más pronto nos fijamos en las manchas que en lo que en verdad pueda resplandecer en nuestros convecinos. Está desde el chauvinismo de creernos los mejores y nadie hace nada como lo hacemos nosotros, hasta las discriminaciones que nos hacemos unos a otros porque conocemos la familia, porque conocemos lo que haya podido suceder anteriormente, porque consideramos incapaces de hacer algo bueno y que merezca la pena a esas personas que quizá comiencen a destacar por algo.
Hoy el evangelio nos habla de que Jesús fue a su pueblo, a Nazaret donde se había criado. Hasta allí había llegado su fama de predicador y taumaturgo, porque las noticias vuelan e incluso en aquellos tiempos que no tenían los medios de comunicación que hoy tenemos, las cosas se saben, se comentan, las noticias se llevaban de un lado para otro. Y Jesús fue a la sinagoga – el evangelista Lucas nos dirá hasta el texto de Isaías que Jesús proclamó y comentó – y la gente en principio se admira de lo que Jesús enseñaba.
‘¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?’ Comienza la admiración por sus palabras, pero continúa la desconfianza. ‘¿De donde saca todo eso?’ Si es que ellos lo conocían y conocían a sus parientes; si él se había criado en Nazaret como uno más de aquel pequeño pueblo; si era el hijo del carpintero, ¿Dónde ha aprendido todas esas cosas? Lo que nos pasa a nosotros tantas veces con las gentes cercanas a nosotros.
No tenían fe. Su corazón se cerraba a la gracia. Nos dice el evangelista que allí Jesús no realizó ningún milagro. Aunque ellos estaban ansiosos por verle actuar maravillas. Pero los milagros de Jesús no son un espectáculo circense. Es necesario una fe, como tantas veces Jesús les decía a aquellos que venían hasta El para que los curara. Es necesario tener otras actitudes en el corazón, y para eso hay que cambiar muchas cosas, hay que cambiar profundamente el corazón.
Es el cambio de corazón que nosotros necesitamos para aceptar a Jesús con nuestra fe, pero para aceptar también el camino que Jesús nos propone; un camino que nos dignifica, un camino en que hemos de aprender a tratar con dignidad a todas las personas; un camino del que hemos de alejar discriminaciones o viejos resentimientos; un camino en que siempre buscaremos la armonía y la valoración de todas las personas; un camino en el aprendemos a caminar juntos tendiéndonos la mano, aprendiendo siempre de los demás, queriendo compartir lo que somos y lo que tenemos; un camino de verdadero amor.

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