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sábado, 11 de junio de 2016

Llevemos con orgullo el nombre de cristianos porque ser cristiano, ser ‘cristo’, es ser signo con nuestra vida de la vida de Cristo

Llevemos con orgullo el nombre de cristianos porque ser cristiano, ser ‘cristo’, es ser signo con nuestra vida de la vida de Cristo

Hechos  11, 21-26; 13 1-3; Sal 97; Mateo 10,7-13

Hoy estamos celebrando la fiesta de san Bernabé asociado en el nombre en la tradición de la Iglesia a los llamados apóstoles. Natural de Chipre lo vemos en Jerusalén desde el inicio de las primeras comunidades cristianas, además con gestos bastante hermosos de lo que significaba para él el seguimiento de Jesús pues se desprendió de todos sus bienes para entregarlo a la comunidad.
Lo vemos enviado a la comunidad de Antioquia desde la comunidad madre de Jerusalén, y allí se convierte en un gran animador de aquella comunidad. Pronto veremos su relación con Pablo – aún es llamado Saulo - al que va a buscar a su retiro de Tarso para incorporarlo a las tareas de la evangelización. En el texto que hoy se nos ofrece vemos como el Espíritu que anima la comunidad cristiana los escoge para enviarlos a una nueva misión evangelizadora; es lo que llamamos el primer viaje de san Pablo que con tanto detalle nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles.
Hemos escuchado en el texto de los Hechos de hoy algo que casi nos podría pasar desapercibido. Fue en aquella comunidad donde a los seguidores de Jesús, a los discípulos se les comenzó a llamar cristianos. ‘Allí, en Antioquía, fue donde por primera vez se dio a los discípulos el nombre de cristianos’. Es bien significativo. Son los discípulos, los que creen en Jesús, pero los que viven la vida de Jesús de manera que son otros cristos, por eso son llamados cristianos.
Hemos de tomarnos muy en serio el nombre de cristiano. Simplemente decimos que somos cristianos porque estamos bautizados. Es verdad que esa tiene que ser la raíz, porque bautizarnos significa incorporarnos a Cristo para vivir su vida. La fuerza del Espíritu nos regala la vida de Dios, es cierto, para hacernos hijos de Dios. Pero siendo sinceros tendríamos que preguntarnos si esa es en verdad nuestra vida. Vivir la vida de Cristo para ser otro con Cristo, para configurarnos con El de manera que nosotros seamos también ‘cristo’ no es cualquier cosa ni se hace o vive de cualquier manera.
Tendríamos que sentirnos en verdad transformados para ya no vivir nuestra vida, a nuestra manera, según nuestros criterios, sino para vivir en otro sentido, en otro vivir que es vivir a Cristo y como Cristo. Por eso decíamos que hemos de tomarnos en serio el nombre de cristiano. No es un adorno que pongamos a nuestra vida, es un nuevo sentido, un nuevo vivir. De aquellos primeros cristianos se decía por parte de los paganos ‘mirad cómo se aman’, ¿se podrá decir eso mismo de nosotros?
Hoy estamos celebrando a quien vivió un desprendimiento total, como ya recordábamos; en ese desprendimiento y generosidad vivió su vida para dejarse conducir por el Espíritu allá donde quería llevarle o en la misión que se le confiaba. Una disponibilidad total es lo que vemos en el apóstol san Bernabé en las misiones que la Iglesia le confiaba.
Llevemos con orgullo el nombre de cristianos, porque en verdad reflejemos en nuestra vida y en nuestras obras la vida y las obras de Cristo. Ser cristiano, ser ‘cristo’, es ser signo con nuestra vida de la vida de Cristo.

viernes, 10 de junio de 2016

El que verdaderamente quiere crecer humana y espiritualmente ha de saber podar las malas ramas que impedirian alcanzar el auténtico fruto de la vida

El que verdaderamente quiere crecer humana y espiritualmente ha de saber podar las malas ramas que impedirían alcanzar el auténtico fruto de la vida

1Reyes 19,9a.11-16; Sal 26; Mateo 5,27-32

Suele ponerse el ejemplo o la imagen de la manzana podrida en el cesto de las manzanas que si no la quitamos a tiempo todas las demás manzanas van a quedar dañadas. Creo que es una imagen que todos entendemos muy bien sobre cómo hemos de evitar contagiarnos del mal pero que también nos hará reflexionar sobre ese mal que quizá tengamos en nosotros mismos en cosas que nos puedan parecer insignificantes, pero que terminarán dañando nuestro corazón.
Muchas veces hay cosas en nosotros a las que no damos demasiada importancia; son esas pequeñas rutinas o costumbres que vamos cogiendo en la vida cuando vamos dejar pasar cosas que sabemos que no son totalmente buenas, pero a las que no damos importancia, pero que cada vez se pueden ir haciendo una rutina mas grande en nosotros que terminen por esclavizarnos en cosas que verdaderamente son bien importantes en la vida.
La persona que quiere caminar con rectitud en la vida cuida lo que hace, lo que piensa y hasta lo que desea; sabemos que hay cosas que no nos podemos permitir y hemos de tener esa atención, esa vigilancia, porque ahora por desgana las dejamos pasar, pero estarán haciendo que no nos cultivemos de verdad en lo que significa el esfuerzo e incluso el sacrificio, y llegaran momentos en que aquello que podía ser insignificante se puede convertir en una exigencia de la que no nos podemos librar. Crecer es superarnos, es ir arrancando de nosotros esas malas hierbas que se pueden convertir en matorral y entonces lo bello que pudiera haber en nuestro corazón ya no brillará, ya no resplandecerá.
Los árboles se podan para quitar las ramas inútiles e inservibles que impidan obtener los mejores frutos; es la tarea del agricultor que quiere ver rendimiento a su trabajo consiguiendo el fruto mejor y más valioso. Así nosotros en la vida. De eso nos habla Jesús hoy en el evangelio cuando de una forma drástica y radical nos invita a arrancar de nosotros aquello que es malo y que nos pueda hacer daño. Claro que entendemos que no se trata de ir mutilando nuestro cuerpo, pero sí de ir purificando nuestro espíritu, quitando esas malas costumbres, esas rutinas que decíamos al principio de nuestra reflexión.
Descubramos ese verdadero tesoro por el que merece dejarlo todo, que merece nuestros sacrificios y nuestras renuncias; es descubrir la verdadera fe; es descubrir el sentido del Reino; es descubrir la belleza del evangelio que si seguimos sus valores vamos a ver verdaderamente enriquecida nuestra vida; es descubrir a Jesús verdadera Sabiduría de nuestra vida y en quien encontramos la vida y la salvación.

jueves, 9 de junio de 2016

Qué grandes nos hace el amor cuando amamos con un amor verdadero al hermano, a todo ser humano porque es un hermano

Qué grandes nos hace el amor cuando amamos con un amor verdadero al hermano, a todo ser humano porque es un hermano

1Reyes 18, 41-46; Sal 64; Mateo 5, 20-26

‘Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entrareis en el Reino de los cielos’, les dice Jesús a los que quieren ser sus discípulos. ‘Si no sois mejores…’ Hace referencia Jesús en concreto a los escribas y fariseos porque estos se querían presentar como el paradigma, el no va más de los hombres perfectos, pero ya sabemos lo que había en su interior; es por eso por lo que hace Jesús esta referencia. No vamos a poner comparaciones, sino simplemente quedarnos con la invitación ‘si no sois mejores…’
Cuesta superarnos y crecer; nos pensamos quizá que ya lo tenemos todo conseguido y es imposible ser mejor; por eso mismo no avanzamos en la vida, porque no nos ponemos metas altas que tenemos que superar una y otra vez. ¿Qué más puedo hacer?, quizá nos preguntamos porque ya nos creemos buenos. Aunque seamos buenos siempre hay una meta más alta, siempre es posible una superación, siempre podemos crecer en valores, apreciar algo nuevo para nuestra vida que podemos conseguir.
El tener esos deseos de superación y crecimiento es la mejor forma de luchar contra nuestras rutinas; nos acostumbramos y ya simplemente nos vamos dejando arrastrar, pero el peligro está en que si no queremos subir, la pendiente nos llevará a lo contrario, a que nos arrastremos hacia abajo y perdamos los pasos que hayamos dado. Y eso en todos los aspectos de la vida, en nuestra vida espiritual, pero humanamente también en nuestra vida profesional y hasta en nuestra vida de familia; si no hacemos nuevo el amor cada día, el amor perderá su brillo, porque iremos olvidando los detalles, los pequeños gestos que engrandecen y hacen sublime cada día más la entrega de nuestro amor.
Hoy nos habla Jesús de algo muy concreto como es el quinto mandamiento de la ley de Dios, ‘no matarás’. Jesús quiere que le demos toda la amplitud y profundidad que tiene este mandamiento. Y es que nosotros también decimos en ocasiones, yo no tengo pecado porque yo no mato ni robo. ¿Es suficiente con decir esto? Creo que todo entendemos que matar es algo más que quitar la vida de forma violenta a alguien. Todo lo que atente contra la dignidad de la persona está incluido en este mandamiento.
Jesús nos habla de una forma concreta haciendo referencia al insulto, pero cuantas expresiones y gestos tenemos tantas veces que hieren la dignidad del otro. Es el que digamos palabras injuriosas contra el otro queriendo menoscabar su dignidad, pero nuestros gestos de indiferencia y de desprecio, las actitudes con las que queremos ignorar a los demás, los resentimientos que guardamos en nuestro interior, la malquerencia que sigue hirviendo en nuestro corazón y así tantas cosas con las que nos distanciamos, queremos rebajar al otro y tantas cosas que están expresando nuestra falta de amor.
Luego nos habla de la reconciliación, del reencuentro, de la renovación de nuestra relación, de la humildad para reconocer nuestros fallos con los que hayamos podido herir a los demás. ‘Vete primero a reconciliarte con tu hermano…’ nos dice Jesús para que tu amor sea verdadero, para que la ofrenda que presentes ante Dios sea verdaderamente digna. Nos ha enseñado Jesús a perdonar pero también a pedir perdón porque reconozcamos nuestros errores, nuestros fallos, nuestra debilidad con la que hayamos podido dañar la dignidad del hermano.
Qué grandes nos hace el amor cuando amamos con un amor verdadero al hermano, a todo hermano. Cada día podemos ser mejores en nuestro amor.

miércoles, 8 de junio de 2016

Un camino de plenitud que nos lleva a la felicidad y dicha del Reino que emprendemos siendo fieles a la ley del Señor

Un camino de plenitud que nos lleva a la felicidad y dicha del Reino que emprendemos siendo fieles a la ley del Señor

1Reyes 18,20-39; Sal  15;  Mateo 5,17-19
A veces quisiéramos hacer desaparecer todo lo que nos suene a norma o precepto, porque nos parece que eso nos sujeta y nos coarta nuestra libertad, porque cada uno quisiéramos hacer solamente aquello que nos apetece. Olvidamos quizá que en lugar de ver esas normas o preceptos que regulan nuestra vida personal y nuestras relaciones con los demás y con la sociedad son mas que unos imposiciones unos principios fundamentales que lo que buscan por encima de todo es nuestro propio bien y nos ayudan a alcanzar esa plenitud de vida que todos en el fondo deseamos.
Unos principios que nos ayudan a comprender lo que es verdaderamente el bien de la persona, de toda persona, y no mirado solamente desde un punto de vista personal e individual, así comprendemos lo que verdaderamente es recto y es lo deseable para nuestra vida, cuando tantas veces andamos confundidos y dejándonos arrastrar simplemente por el ambiente que nos rodea.
Ya sabemos las tendencias que aparecen en nuestra sociedad – y eso ha sucedido en todos los tiempos no es solo cosa de estos momentos con ciertos movimientos sociales que parece que ven rebrotando – donde parece que se quiere vivir de una forma anárquica sin querer someterse a ninguna normal o ley que regule la convivencia social. Ahora todo lo resolvemos con asambleas donde el que más grita parece que tuviera más razón pero donde tenemos que reconocer que la bondad o malicia de las cosas no está simplemente en lo que una mayoría pueda opinar o votar; esos principios son algo mucho más hondo.
También en nuestro ámbito eclesial algunas veces podemos tener esa tentación y estamos deseando en nombre de una vuelta a los contenidos fundamentales del evangelio un hacer desaparecer normas o preceptos que por una parte regulen la vida de la Iglesia, pero como decíamos antes sean esos principios que nos ayuden a descubrir lo que verdaderamente es fundamental.
Esa tentación vemos que también existía en los tiempos de Jesús. Frente al rigorismo de los fariseos con un cumplimiento riguroso y excesivamente formal de la ley de Moisés queriendo imponer sus criterios a todo el mundo, también había movimientos donde querían que todo cambiase. Es lo que Jesús vemos que quiere corregir; quizá en algunos con la aparición de aquel profeta a quien muchos ya consideraban quizá como el Mesías, pensaban que ahora todo se iba a abolir porque era necesario romper con todo.
Jesús habla claramente. ‘No creáis que he venido a abolir la Ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley…’ Jesús les habla de plenitud, de perfección, de purificación quizá necesaria, pero de fidelidad a la ley del Señor que es inamovible.
Es lo que realmente tenemos que buscar, esa fidelidad a la ley del Señor, que es camino de vida y de felicidad. Ha comenzado Jesús su discurso allá en el monte, como ya hemos reflexionado, señalándonos un camino de dicha y de felicidad, que es el camino del Reino de Dios que hemos de emprender. Nos hará descubrir el verdadero sentido de Dios y el lugar fundamental – es el Rey y Señor – que ha de ocupar en nuestra vida, pero  nos ayudará también a descubrir el verdadero sentido de nuestra relación con los demás que son nuestros hermanos.

martes, 7 de junio de 2016

La gloria del Señor es que nosotros compartamos ese sabor de Cristo que en el evangelio hemos encontrado con el mundo que nos rodea

La gloria del Señor es que nosotros compartamos ese sabor de Cristo que en el evangelio hemos encontrado con el mundo que nos rodea

1Reyes 17,7-16; Sal.  4; Mateo 5,13-16
Cuando descubrimos algo que es importante en la vida no solo nos enriquecemos nosotros de ese bien que hemos encontrado sino que en un sentido verdaderamente humano de nuestro existir eso tratamos de comunicarlo o de compartirlo con los demás. Lo contrario seria una actitud egoísta en la que pretenderíamos hacernos dueños absolutas de ese bien descubierto lo cual le quitaría verdadera humanidad a nuestra relación con los demás.
En el anuncio que Jesús nos va haciendo del Reino de Dios ayer escuchábamos que nos quería dichosos y felices, ayudándonos a encontrar ese sentido y valor de lo que vivimos aunque fuera en la dureza de las dificultades, pobrezas o sufrimientos. Descubrir ese camino de felicidad que Jesús nos propone es encontrar ese tesoro escondido por el que merece la pena sacrificarlo todo pero que además no tendríamos que quedarnos de forma egoísta con él sino que tendríamos que ayudar a los demás a que también encuentren ese hermoso sentido de la vida.
Por eso nos dice hoy Jesús que hemos de ser sal; hemos encontrado el sabor de nuestra existencia porque encontrar ese sentido de vida que nos ayuda a ser felices de verdad nos ayuda a saborear nuestro ser y nuestro vivir; es la sabiduría de Dios que Jesús quiere trasmitirnos. Pero nos dice que tenemos que ser sal, que dar sabor no solo a nuestra vida sino de cuantos nos rodean. No podemos ser sal que no da sabor, porque eso no tendría sentido; la sal que pierde sus cualidades para nada vale e incluso allá donde la tiráramos estaríamos haciendo daño a la vida. Tenemos el buen sabor de Cristo que ese sí que tenemos que trasmitirlo a los demás. ‘Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?’
En este mismo sentido nos propone otra imagen, la luz. La luz no es para ocultarla; es para iluminarnos pero también para iluminar a los demás. Quien está envuelto de luz no se puede ocultar; se convierte en luz para los demás también. ‘Vosotros sois la luz del mundo, nos dice Jesús. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa’.
Cuando encontramos a Cristo encontramos la luz; pero encontrarse con la luz no es encontrarse con algo que se queda al margen o fuera de nosotros, sino que cuando nos encontramos con la luz nos envolvemos de ella, nos llenamos de luz, y esa luz nos iluminará el camino; pero envueltos de luz, como decíamos, nosotros seremos también luz. El mensaje del evangelio que encontramos no nos lo podemos quedar para nosotros, no lo podemos encerrar ni ocultar, sino que necesariamente hemos de iluminar a los demás con su luz.
¿Cómo se manifiesta que nosotros hemos encontrado esa luz? Es que cuando estamos iluminados por la luz de Cristo ya nuestra vida no es igual, nuestras obras son distintas, nuestro actuar es de otra manera, nuestro vivir es otro. Por eso terminará diciéndonos Jesús hoy cómo tenemos que iluminar con nuestras obras, con nuestra vida. ‘Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo’.
Nuestra vida siempre tiene que buscar la gloria del Señor. Encontrarnos con ese sabor de Cristo, ese nuevo sentido de nuestro vivir nos tiene que llevar a dar siempre gloria al Señor.

lunes, 6 de junio de 2016

Las bienaventuranzas, un anuncio de dicha y felicidad que es garantía de que el Reino de Dios ha llegado y se hace presente en nosotros y en nuestro mundo

Las bienaventuranzas, un anuncio de dicha y felicidad que es garantía de que el Reino de Dios ha llegado y se hace presente en nosotros y en nuestro mundo

1Reyes 17, 1-6; Sal  120; Mateo 5,1-12
¿Dónde encontramos o dónde buscamos la dicha y la felicidad? Eso no es para los pobres, habremos escuchado decir con pesimismo a alguno; para los pobres no nos queda sino sufrimientos, carencias en nuestras necesidades, angustias y desesperanzas. ¿Cómo puedo ser feliz en medio de tantos sufrimientos? ¿Cómo puedo decir que soy dichoso si en mi vida no hay sino penas y necesidades?
Me atrevo a pensar que quienes leen estas reflexiones que como una semilla os ofrezco cada día desde mi pobreza no andan con esos pensamientos llenos de pesimismo y de angustia, pero sí somos conscientes de que hay mucha gente en la vida que parece que ha renunciado a la posibilidad de ser dichoso incluso en medio de sus penas porque les parece que su destino no será nunca la dicha y la felicidad.
¿Cómo se sentirían sorprendidos aquellas gentes de Galilea o los venidos de otras partes cuando escucharon este anuncio de Jesús de la dicha y de la bienaventuranza? Nos lo podemos imaginar; quizá en una primera reacción no se creerían estas palabras de Jesús. ¿Cómo nos puede prometer dicha en nuestra pobreza, en nuestros sufrimientos de todo tipo, en esos deseos que tenemos en nuestro corazón pero que no vemos nunca cumplidos? Pero las palabras de Jesús, por así decirlo, son tajantes y firmes y están dichas con toda claridad. Nos convendría a nosotros leerlas y releerlas muchas veces, hasta que lleguemos a escucharlas en el corazón, porque tenemos el peligro o la tentación de que nos las sepamos de memoria y ya no captemos la hondura de las palabras de Jesús.
Es el anuncio del Reino que Jesús ha venido haciendo desde el principio de su predicación. Y ahora nos dice que ese Reino de Dios es para los pobres y para los sufridos, para los que lloran y los que tienen hambre, para los que son injustamente tratados porque son despreciados por creer en las palabras de Jesús, y para los que viven una vida sin malicia buscando siempre la paz, sin perder nunca la paz por difíciles que sean las circunstancias de la vida, queriendo creer en las personas y en que es posible ese mundo nuevo, y derramando siempre amor y misericordia para con los demás. Es lo que nos quiere decir Jesús. No perdamos la perspectiva del Reino de Dios que Jesús nos anuncia.
Pero es que si nos fijamos bien en quien primero vemos reflejadas esas bienaventuranzas es en Jesús mismo. Recorramos la vida de Jesús, miremos el estilo y el sentido de su vida, descubramos la inquietud honda de su corazón que busca el Reino de Dios porque quiere la justicia y la verdad para nuestro mundo, contemplemos como tantas veces lo hemos hecho ese corazón lleno de misericordia que se compadece de todos y a todos quiere curar y salvar desde lo más hondo, y no olvidemos que va delante de nosotros cuando es perseguido y calumniado hasta ser condenado a la muerte de cruz. Pero veremos siempre la paz del corazón de Cristo; esa paz que quiere darnos, esa paz que sentiremos honda en nosotros cuando seamos capaces de olvidarnos de nosotros mismos para darnos por los demás.
Es la dicha y la bienaventuranza que nos promete Jesús cuando en verdad nos damos y nos comprometemos por el Reino de Dios.  

domingo, 5 de junio de 2016

Jesús viene al encuentro de nuestra vida llena de sombras para llenarnos de luz y hacer que nosotros vayamos a los demás con nuestra solidaridad a despertar la esperanza

Jesús viene al encuentro de nuestra vida llena de sombras para llenarnos de luz y hacer que nosotros vayamos a los demás con nuestra solidaridad a despertar la esperanza

1Reyes 17,17-24; Sal. 29; Gálatas 1,11-19; Lucas 7,11-17
Dos gentíos se encuentran a las puertas de la ciudad; un grupo de gente que va con sus duelos y tristezas, con el dolor de la muerte y el sufrimiento de la soledad y del abandono que sale de la ciudad acompañando a una madre viuda que llora la muerte de su único hijo al que llevan a enterrar. Pero en el grupo que se acerca a la ciudad reina la paz y reina la vida, van llenos de esperanza porque han sido testigos de las obras de Jesús y han escuchado las palabras de vida que siembran una nueva esperanza en los corazones.
Es el encuentro de nuestra vida, nuestra vida humana tan llena de dolores y de sufrimientos, nuestra vida en la que se asientan tantas veces la desesperanza y la soledad, nuestra vida tan llena de sombras de muerte que muchas veces nos hace que todo parezca lúgubre y triste, con el que es la Vida que viene a nuestro encuentro con una Buena Nueva que nos habla de un Reino de vida, de paz, de amor que todo lo puede transformar.
Tenemos el peligro de ir tan metidos en nuestras tristezas y desesperanzas que no lleguemos a vislumbrar los rayos nuevos de luz que quieren iluminarnos de una manera nueva, como le sucedió a la Magdalena a la puerta del sepulcro donde habían puesto el cuerpo muerto de Jesús. Como entonces ahora también Jesús nos sale al encuentro con palabras de vida, pero con la vida misma que va a renovar nuestra vida. Es el amor y la compasión que viene a nuestro encuentro, es la misericordia divina que pone su corazón lleno de amor junto a nuestras miserias y tristezas, nuestros duelos y nuestras muertes.
Jesús se conmovió al contemplar el dolor de aquella madre. ‘No llores’, le dijo a la madre. No era solo la muerte del hijo, sino que el corazón de aquella madre estaba roto y muerto en sus nuevas soledades que le impedían quizá ver los rayos fulgurantes de luz que a ella estaban llegando. Las palabras de consuelo de Jesús podían resonar con ese sentido en sus oídos y en su corazón y eran de agradecer, pero ¿cómo no iba a llorar cuando las sombras de la muerte envolvían su vida? Ella necesitaba algo más y Jesús se lo iba a ofrecer. La comitiva se detuvo. La Palabra de Jesús resonó con fuerza: ‘¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!’ Y el muchacho se levantó y Jesús se lo entregó a su madre.
Primero que nada escuchando esta Palabra de Jesús hemos de sentir cómo Jesús llega a nuestra vida. También tenemos nuestros sufrimientos, nuestras soledades, quizá angustias en nuestra alma, heridas en el corazón que algunas veces nos cuesta curar, dudas y oscuridades que nos ensombrecen el camino de la vida, desencuentros con los más cercanos a nosotros que nos pudieran llenar de sufrimiento el corazón, lágrimas que de una forma o de otra tantas veces nos aparecen en la vida.
Hoy el evangelio habla de un gentío que acompañaba a aquella mujer, de la misma manera que otros iban con Jesús. Ese gentío que acompañaba nos tendría que hacer ver, recordar, abrirnos los ojos para darnos cuenta de los que están a nuestro lado aunque nos parezca que andamos solos. Si nos encerramos demasiado en nuestro dolor no seremos capaces de reconocerlos ni de escuchar esas palabras de consuelo o descubrir esos gestos de solidaridad que tengan con nosotros. Creo que puede ser un mensaje que también podría dejarnos este pasaje del evangelio; saber ver y saber agradecer a tantos que quizá en silencio nos acompañan porque no saben encontrar la palabra oportuna que decirnos, pero que sin embargo ahí están.
Pero después de sentir como Jesús a nosotros también nos devuelve la vida, la ilusión, la esperanza porque también nos tiende su mano salvadora para levantarnos, quizá tendríamos que descubrir lo que nosotros tendríamos que saber hacer. Hablamos antes no solo de nuestra situación personal sino de esa situación de nuestro mundo tan lleno de sombras de muerte y de tristeza. Por una parte la solidaridad; que se nos conmueva el corazón, que sintamos como se nos revuelven nuestras entrañas y sale a flote toda nuestra ternura.
Ahí al lado de ese mundo que sufre tenemos que estar nosotros, tenemos que ser signos de ese amor de Dios. No podemos cruzarnos de brazos sino tenemos que ponernos en camino, silencioso quizá en algunas ocasiones, pero siempre tiene que gritar nuestra caridad, nuestro amor; gritos en nuestros gestos, en nuestra cercanía, en nuestro compartir, en ese ser capaces también de sensibilizar a los demás, porque esa es una de las negruras de nuestro mundo. No podemos decir que aquí tenemos problemas para cerrar los ojos ante los problemas que quizá nos puedan parecer más lejos. Nuestros gestos o nuestra presencia tienen que ser gritos que despierten a tantos dormidos en su insensibilidad.
También nosotros podemos tender nuestra mano para levantar, para animar, para dar esperanza, para consolar, para ayudar, para transformar. Que el Señor nos dé esa sensibilidad a nuestro corazón.

sábado, 4 de junio de 2016

El corazón de María verdadera morada de Dios y templo del Espíritu sea imagen y modelo de nuestro corazón transformado por la gracia para llenarse siempre de amor

El corazón de María verdadera morada de Dios y templo del Espíritu sea imagen y modelo de nuestro corazón transformado por la gracia para llenarse siempre de amor

Isaías 61, 9-11; Sal: 1Sam 2; Lucas 2, 41-51
Si ayer la liturgia nos ofrecía el celebrar al Sagrado Corazón de Jesús hoy se nos propone el que recordemos y celebremos el Corazón Inmaculado de María.
Cuando hablamos del Corazón de María pensamos en su pureza y en su amor, en la generosidad de su corazón que ponía alas en su vida en su disponibilidad para el servicio y para estar siempre atenta allí donde hubiera una necesidad; podemos pensar en su corazón de Madre, la Madre de Jesús, la Madre de Dios pero también en el que cabemos todos nosotros porque también es nuestra Madre desde que Jesús nos la regalara en la Cruz.
Pero, aunque fuera brevemente, yo quiero pensar en su corazón lleno de Dios y convertido de manera especial en morada de Dios y templo del Espíritu Santo. La llena de gracia la llama el ángel en Nazaret; de ella dice que ha encontrado gracia ante de Dios y Dios está con ella, pero terminará diciéndole que el Espíritu Santo la cubrirá con su sombra para que lo que nazca de ella sea el Hijo del Altísimo, verdadero Dios y  verdadero hombre, Jesús.
Dios mora en su corazón y ¡de qué manera! Pensó en ella Dios desde toda la eternidad porque iba a ser la mujer que hiciera posible la encarnación del Hijo de Dios en sus entrañas y la dotó de toda gracia y bendición, la llena de gracia como la llama el ángel. Pero ¿qué es estar lleno de gracia sino que Dios more en nosotros? La gracia no es una cosa, la gracia es la presencia de Dios en nuestra vida, es el regalo de Dios que nos llena de su vida. Y ¿cómo no iba a estar morando Dios en aquel corazón que con amor de madre iba a amar al Hijo de Dios encarnado?
Es el corazón que se desborda de amor para Dios y que Dios en su inmensidad lo llena. Como se expresa en alguna antífona de la liturgia el que con su inmensidad divina rebosa toda la creación sin embargo luego quiere morar de manera especial en el corazón de María. Contemplar el corazón de María es contemplarlo como esa morada de Dios, como ese templo del Espíritu. A ello nos invita la liturgia y es lo que se expresa en la oración litúrgica de este día.
Es lo que hoy queremos contemplar cuando contemplamos el corazón inmaculado y puro de María. Pero es también lo que queremos imitar. También en nuestro corazón y en nuestra vida, por la infinita misericordia del Señor, se derrama y se derrocha la gracia de Dios. También nosotros desde nuestra consagración bautismal hemos sido convertidos por la gracia, por el regalo de Dios, en morada de Dios y en templos del Espíritu.
Aquí es donde tenemos que imitar a María, copiar de ella su santidad y su amor, aprender de ella a dejar inundar nuestro corazón por ese amor de Dios que nos transforma y que pondrá esa disponibilidad y esa generosidad en nuestra vida. Es aprender de María a tener su mirada, esa mirada nueva con ve con ojos nuevos a nuestros hermanos los hombres, esa mirada atenta para descubrir toda ocasión en la que nosotros también podemos derramar amor. Aprendamos del corazón inmaculado y puro, lleno de gracia y de amor de María.

viernes, 3 de junio de 2016

Nos regala Jesús su Espíritu, que es amor y que es misericordia, y que se derrama en nuestros corazones para hacernos rebosar también a nosotros de amor

Nos regala Jesús su Espíritu, que es amor y que es misericordia, y que se derrama en nuestros corazones para hacernos rebosar también a nosotros de amor

Ezequiel 34, 11-16; Sal 22; Romanos 5, 5b- 11; Lucas 15, 3-7

‘El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado…’ Nuestra vida está inundada por el amor de Dios. Es la gran revelación que nos hace Jesús en el evangelio. Es lo que hoy de una manera especial quiere celebrar la Iglesia en esta fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.
Hablar del corazón al tiempo que es hablar de vida es hablar de ternura y de amor; hablamos de la ternura del corazón; hablamos de los sentimientos que guardamos en el corazón; hablamos de querer y de amar con todo el corazón. Es, si queremos decirlo así, una forma metafórica de hablar pero cuando amamos y queremos expresar toda nuestra ternura, parece que ahí en nuestro pecho está saltando y ardiendo de una manera especial nuestro corazón.
Por eso cuando queremos hablar del amor, de la ternura, de la misericordia de Dios nos referimos al corazón de Cristo. La prueba de su amor la fue manifestando continuamente en el evangelio en la manera de acercarse a los pobres y a los que sufren, a los niños y a los enfermos, a los pecadores y a los marginados de la sociedad de su tiempo, a la gente sencilla a la que se revelaba de una manera especial y a los pobres y que de todo carecían; era como un decirles, no tenéis nada en este mundo de pobreza y de sufrimiento, pero nunca os faltará el amor de Dios.
Por eso nos hablará del pastor que no solo cuida a las ovejas están cerca y le siguen sino que va a buscar a la oveja perdida y extraviada; querrá representarnos lo que es el amor de Dios que siempre nos busca y nos espera en aquel padre que espera pacientemente la vuelta del hijo que había escogido caminos de muerte, y al que ofrece con toda la generosidad de su corazón el abrazo del amor y del perdón, el abrazo que nos levanta y que nos llena de paz el corazón. Así podríamos seguir recordando muchas más imágenes que nos ofrece el evangelio.
Hoy queremos celebrar ese amor lleno de ternura que se hace misericordia y compasión para buscarnos y para llenarnos de paz, para ofrecernos el perdón pero para hacer que sintamos para siempre lo que es el amor. Es una celebración de la misericordia para que la experimentemos en nuestra vida, pero para que también nosotros nos llenemos y sintamos inundados por esa misericordia que sepamos ofrecer generosamente a los demás.
Para eso nos regala su Espíritu, que es amor y que es misericordia, y que se derrama en nuestros corazones para hacernos rebosar también a nosotros de amor. ‘Sed compasivos y misericordiosos como vuestro Padre del cielo’, nos había enseñado Jesús. Y El va delante de nosotros enseñándonos lo que es el amor y la misericordia, para que lo experimentemos en nosotros y para que lo vayamos regalando a los demás.
Cuántas oportunidades tenemos en la vida de expresar ese amor y esa ternura con los que nos rodean, cuantos gestos podemos tenemos con los demás, cuantos signos podemos ofrecer en los actos de nuestra vida de lo que es el amor eterno de Dios. 

jueves, 2 de junio de 2016

Cuando vivimos en el sentido del Reino de Dios reconocemos que Dios es nuestro único Señor y comenzamos a mirar al prójimo con la mirada del amor

Cuando vivimos en el sentido del Reino de Dios reconocemos que Dios es nuestro único Señor y comenzamos a mirar al prójimo con la mirada del amor

2Timoteo 2,8-15 /Sal. 24 / Marcos 12, 28b-34

Es una pregunta que en el fondo siempre nos hacemos todos. ¿Qué es lo más importante? ¿Qué es lo principal que tengo que hacer para poder decir que soy buen cristiano? Aunque nos sabemos cristianos, por así decirlo, de toda la vida, sin embargo de alguna manera nos hacemos esas preguntas, aunque también nos sepamos las respuestas. Podemos coger el catecismo que aprendimos desde chico, recordar los mandamientos aprendidos, y repasar todo lo que en torno a la religión hayamos estudiado y reflexionado.
Es la pregunta que hoy un letrado viene a hacerle a Jesús. Quizá había escuchado a Jesús – y eso le inspiraba confianza para preguntarle – y aunque era un letrado, o sea, uno que estaba como encargado de enseñar la ley del Señor al pueblo, sin embargo ante lo que va planteando Jesús le surge quizá esa pregunta en su interior. ¿Quería confrontar si en verdad Jesús estaría enseñando algo contrario a lo que era la ley mosaica, la ley del Señor, orgullo del pueblo de Israel? Pudiera ser, porque ya vemos que algunos con malas intenciones vienen en muchas ocasiones para probar a Jesús. Aquí sin embargo parece que hay sinceridad.
Como decíamos, había escuchado a Jesús y quizá veía cómo Jesús se centraba en el anuncio del Reino de Dios. Era el anuncio que Jesús había comenzado a hacer desde su primera predicación y para lo que pedía conversión del corazón. Las parábolas con las que Jesús enseñaba eran una explicación de ese reino de Dios. Era algo nuevo y distinto, se preguntaba quizás.
Jesús le responde textualmente con lo que todo buen judío se sabia de memoria y repetía muchas veces al día, porque así estaba establecido desde el Deuteronomio. El primero es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. A lo que a continuación añadirá como segundo mandamiento pero de igual importancia  El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos.
Que significaba el reino de Dios que Jesús anunciaba. Que relación tiene con este mandamiento primero y principal que Jesús nos recuerda. No es otra cosa que el reconocimiento de Dios como el centro y eje de nuestra vida. Es el Señor, nuestro Rey, es nuestro Dios, al que tenemos que adorar, pero al que tenemos que amar por encima de todo y con toda nuestra vida. Cuando decimos reino de Dios eso estamos reconociendo, pero reconocer que Dios es nuestro único Señor al que tenemos que amar sobre todas las cosas implica necesariamente el amor que le hemos de tener a los demás.
Cuando vivimos en el sentido del Reino de Dios ya tenemos que comenzar a mirar al prójimo de una manera distinta, porque ya tiene que tener cabida en nuestro corazón, en nuestro amor. Sin eso no habría verdadero Reino de Dios. Es lo que ahora Jesús nos enseña y nos recuerda. Es lo que tiene que ser en verdad el centro de nuestra vida. Es eso primero y principal que hemos de hacer, por lo que nos preguntábamos como decíamos al principio.

miércoles, 1 de junio de 2016

Creemos en Jesús y sabemos que en El tenemos la resurrección y la vida en la plenitud de Dios

Creemos en Jesús y sabemos que en El tenemos la resurrección y la vida en la plenitud de Dios

2Timoteo: 1,1-3.6-12; Sal 122; Marcos 12,18-27

‘Yo soy la resurrección y la vida’, proclamaría Jesús allá junto a la tumba de Lázaro. Dios nos quiere la muerte, Dios quiere que tengamos vida la tengamos en abundancia. Y Jesús nos promete a quienes creamos en El que tendremos vida y que tendremos vida para siempre. Por eso nos habla de resurrección.
¿En qué consiste esa vida y esa resurrección? Hablamos y pensamos con categorías humanas teniendo como imagen lo que es nuestra vida de ahora, lo que ahora vivimos y nos cuesta trascendernos para entender bien lo que Jesús nos ofrece cuando nos habla de resurrección y de vida eterna. En nuestra mente y en nuestra imaginación pensamos en una vida como la de ahora, como la vida presente, pero ya Jesús nos está diciendo que es algo distinto, que tiene un sentido espiritual.
Es lo que no entendían los saduceos como vemos hoy en el evangelio. Ellos negaban la resurrección como la existencia de los ángeles. Y desde esas categorías humanas le plantean a Jesús sus dudas, o más bien lo que ellos querían negar, el sentido de la resurrección. Por eso le hablan de aquella ley que tenían los judíos de la obligación de casarse el hermano con la viuda de su hermano para darle descendencia. Amplían el ejemplo poniendo la situación de siete hermanos que se casan uno tras otro sin lograr la descendencia, pero para plantear que en la vida futura de quien sería esposa aquella mujer. Y ya hemos escuchado las palabras de Jesús. La vida futura no es una repetición de lo que ahora vivimos. ‘Estáis equivocados, porque no entendéis la Escritura ni el poder de Dios. Cuando resuciten, ni los hombres ni las mujeres se casarán; serán como ángeles del cielo’. Es una nueva plenitud de vida la que Dios quiere darnos.
Entramos en un ámbito misterioso y espiritual que nos cuesta entender, tenemos que aceptar. Y es aquí donde hemos de poner en juego, por así decirlo, nuestra fe, creer en las palabras de Jesús, creer en esa vida de plenitud que El nos ofrece. La imaginación nos puede jugar malas pasadas en este sentido y nos puede llenar de confusiones. En Dios encontraremos la plenitud de lo mejor que podemos desear en nuestra vida. Y esa vida eterna es vivir en Dios en plenitud, vivir en la plenitud de Dios.
Como recordábamos al principio las palabras de Jesús en Betania junto a la tumba de Lázaro creemos en Jesús y queremos tener vida para siempre. ‘Todo el que vive y cree en Mí, aunque haya muerto vivirá y yo lo resucitaré en el último día’. No es una resurrección como la de Lázaro aquel día que fue un volver a su misma vida y un día habría de morir. Es un resucitar como fue la resurrección de Jesús para vivir para siempre en Dios. Pongamos nuestra fe en El.

martes, 31 de mayo de 2016

Como María en su visita a Isabel con nuestro amor estamos llevando a Dios a los demás

Como María en su visita a Isabel con nuestro amor estamos llevando a Dios a los demás

Sofonías 3, 14-18; Sal.: Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

Cuando el corazón rebosa de amor no hay obstáculo que impida su camino. Es el corazón de María que la pone en camino hasta la montaña, a la casa de su prima Isabel. Corrió presurosa, dice el evangelio. Pero es que el corazón de María estaba inundado de Dios.
La llena de gracia, le había dicho el ángel, porque había encontrado gracia ante Dios y Dios estaba con ella. Ahora estaba inundada del Espíritu de Dios que le hacia concebir un hijo, el Hijo del Altísimo, y nada podía ya impedir aquel camino que había emprendido. El mismo ángel que le había anunciado que iba a ser la Madre de Dios, porque estaba llena de la gracia de Dios, le había comunicado la buena nueva de que su prima Isabel estaba encinta esperando un hijo. No había tiempo que perder. Cuando el corazón rebosa de amor siempre nos ponemos en camino. Es lo que hizo María.
Es el camino del amor, es el camino del servicio. Allí estaba la Madre de Dios, como reconocería Isabel al saludarla, que con la presencia de María también se llenó del Espíritu Santo, pero María iba realizando en su vida lo que era la Buena Nueva de Jesús. La grandeza está en el servicio. Si el Hijo del Hombre no había venido – ella ahora lo llevaba en sus entrañas – para ser servido sino para servir, ¿qué es lo que podía hacer María al enterarse de la buena noticia que le había comunicado el ángel?
Reconoce María las maravillas que el Señor hace en ella que se siente la humilde esclava del Señor como reconocerá que todas las generaciones a lo largo de los siglos cantarán alabanzas en su nombre. Pero en María no hay orgullo, en María todo es para la gloria del Señor. Por eso le canta agradecida, proclama su alma las grandezas del Señor. Y lo hace desde el amor, desde el servicio.
Cantamos nosotros hoy también a María cuando celebramos su visita a su prima Isabel. Cantamos a María y alabamos al Señor que nos la ha dado como Madre. Cantamos a María y nuestra alabanza es querer imitar en nosotros su amor. Que llenemos nuestro corazón de amor a imitación de María, pero que como María nos dejemos inundar de Dios; que la gracia del Señor llene nuestro corazón para que así rebosemos de amor y hagamos de nuestra vida siempre una vida de servicio a los demás.
No temamos ponernos en camino como María; la fortaleza de la gracia del Señor abrirá nuestros ojos y nuestro corazón para descubrir allí donde tenemos que prestar ese servicio de amor. Pensemos que, como María, con nuestro servicio de amor estamos llevando a Dios a los demás.

lunes, 30 de mayo de 2016

Con sinceridad hemos de ponernos siempre ante la Palabra del Señor reconociendo que quiere hablarnos en concreto a nuestro corazón

Con sinceridad hemos de ponernos siempre ante la Palabra del Señor reconociendo que quiere hablarnos en concreto a nuestro corazón

2Pedro 1,1-7; Sal 90; Marcos 12,1-12

‘Jesús se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos…’ y al final del texto de la parábola el evangelista nos dice: ‘Intentaron echarle mano, porque veían que la parábola iba por ellos; pero temieron a la gente, y, dejándolo allí, se marcharon’.
Es la parábola bien conocida del viñador que prepara su viña y la arrienda a unos jornaleros que luego se negaran a rendir sus frutos al dueño, maltratando incluso a los enviados por el dueño a cobrar sus rentas y que terminan por matar al hijo para apoderarse de la viña. Una parábola, es cierto, que refleja la historia de Israel en la respuesta que dan a todo cuanto el Señor ha hecho por su pueblo. Una referencia clara a lo que en aquellos momentos sucede en la no acogida que están haciendo de Jesús al que rechazan e incluso le llevarán a la muerte, con lo que tiene también un cierto sentido profético de anuncio de lo que le va a suceder a Jesús.
‘Veían que la parábola iba por ellos’. Pero no nos contentamos nosotros con pensar en esa referencia que Jesús hace de los sumos sacerdotes de su tiempo, de los escribas o de los ancianos. Y nosotros ¿sentiremos que la parábola va también por nosotros? Aquí tendríamos que reconocer cuantos dones y gracias hemos recibido del Señor y analizar cual es la respuesta que nosotros damos a esa gracia del Señor.
También nosotros de alguna manera manipulamos la Palabra que recibimos del Señor y su gracia, porque nos hacemos nuestras propias interpretaciones y de tantas maneras queremos justificarnos por la respuesta que no damos. Aceptamos aquello que nos parece que nos conviene, pero decimos que nos conviene porque no nos obligue quizá a un cambio en nuestra manera de hacer las cosas, un cambio de actitudes en nuestro corazón, o porque simplemente muchas veces cuando escuchamos la Palabra pensamos en lo bien que le viene a los demás, y se la queremos aplicar a este o a aquel, pero no nos la aplicamos a nosotros mismos.
Con sinceridad tenemos que ponernos ante el Señor y reconocer cuantas reservas nos hacemos para nosotros mismos para no dar ese paso, para no realizar ese cambio que tendríamos que realizar en nuestra vida, para no tener esa actitud nueva que sabemos que tendríamos que tener hacia los demás, hacia personas concretas que nos cuesta quizá aceptar. Pensemos en cuantas debilidades en nuestra vida que nos hacen resbalar por la pendiente de la rutina, del mínimo esfuerzo, del dejar para otro momento eso que sabemos que tendríamos que hacer.
Sintamos con toda sinceridad que la parábola viene por nosotros; cada uno hemos de escucharla como dicha directamente a su corazón, porque es así como siempre hemos de escuchar la Palabra de Dios para que en verdad demos fruto, esos frutos de gracia que nos pide el Señor.

domingo, 29 de mayo de 2016

Aprendamos a hacernos Eucaristía porque abramos nuestro corazón a los demás dándonos como Jesús lo hacia y el mundo tendrá vida

Aprendamos a hacernos Eucaristía porque abramos nuestro corazón a los demás dándonos como Jesús lo hacia y el mundo tendrá vida

Génesis 14, 18-20; Sal 109; 1 Corintios 11, 23-26; Lucas 9, 11b-17
‘La Iglesia se realiza en la Eucaristía’, nos decía el concilio Vaticano II. En este mismo sentido tenemos que decir que el cristiano se realiza en la Eucaristía, el cristiano, verdadero seguidor de Jesús, tiene que hacerse Eucaristía. Haciéndose Eucaristía se realiza en plenitud como cristiano.
Hoy es una fiesta grande de la Eucaristía. Siempre la Eucaristía es fiesta porque es celebrar la bondad y la misericordia del Señor que así se nos da haciéndose comida, haciéndose vida nuestra. La liturgia, sin embargo, tiene el día grande de la Eucaristía al inicio del Triduo Pascual cuando conmemoramos su institución, en el día del Jueves Santo. Pero aquí está una fiesta de la Eucaristía que ha nacido de la entraña del pueblo cristiano. Quizá en unas épocas en que distintos errores querían minusvalorar la Eucaristía y no darle todo su sentido hizo que de la devoción del pueblo cristiano naciera esta fiesta en que queremos llevar a Cristo Eucaristía más allá de nuestros templos, haciendo que nuestras calles y plazas se conviertan en un templo grande de la Eucaristía en la prolongación de la celebración en nuestras procesiones eucarísticas.
San Pablo nos recuerda la tradición recibida del Señor. Nos relata lo que aquellas primeras comunidades cristianas ya celebraban y vivían como algo recibido del Señor, lo que el Señor en la noche en que iban a entregarlo realizó y nos mandó realizar para siempre. ‘Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre… haced esto en memoria mía… así proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva…’ Es la entrega, es el amor, es la vida para siempre. Así quiso ser nuestro alimento, nuestra vida. Así quiso que nos uniéramos a El para vivir su misma entrega, para vivir su mismo amor, para vivir su misma vida.
Contemplamos en el evangelio cómo Jesús acoge a todos los que vienen a El. ‘Se puso a hablar a la gente del Reino de Dios, y curó a los que lo necesitaban’. Es el anuncio del Reino, es la realización del Reino de Dios. Se manifiesta en la acogida de Jesús y en la proclamación de la Buena Nueva. Se manifiesta y se realiza cuando curaba a los enfermos y liberaba del mal. Se manifiesta y se realiza cuando El mismo se da y se nos hace alimento de nuestra vida. Más que darnos un pan milagrosamente multiplicado se nos está dando El mismo cuando pone en nosotros nuevas actitudes y nuevas maneras de hacer las cosas.
Allí está aquella muchedumbre con sus ansias de Dios, con sus problemas y sus necesidades, con sus sufrimientos de todo tipo y sus enfermedades, con sus carencias de alimentos en aquel momento concreto porque llevan muchos días detrás de Jesús y se han terminado quizá sus previsiones.
Surge la postura que parecería la normal: ‘que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida; porque aquí estamos en descampado’. Son las indicaciones que surgen espontáneamente de los discípulos cercanos a Jesús. Que cada uno se las arregle, que busquen donde puedan encontrar. Pero no es ese el camino de Jesús, el estilo y sentido del Reino.
‘Dadles vosotros de comer’. ¿Qué podemos hacer nosotros si estamos en la misma situación que ellos? Tampoco nosotros tenemos, pues solo quedan unos pocos panes y un poco de pescado, ¿qué es esto para tantos? Reaccionamos así tantas veces cuando vemos necesidades a nuestro alrededor y en lo que tendríamos que implicarnos y complicarnos. Como dicen ahora Europa no puede soportar la exigencia de tantos emigrantes y desplazados que aparecen junto a sus fronteras buscando una vida mejor. No tenemos trabajo ni para los que vivimos aquí de siempre, ¿cómo vamos a ayudar a tantos que nos llegan de todas partes? Son cosas que decimos, que pensamos, que manifiestan actitudes, reconozcámoslo, insolidarias y egoístas de nuestro corazón.
‘Dadles vosotros de comer’. Y mandó que la gente se sentase en el suelo. ‘El, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos’.
Todo un gesto eucarístico el que se realiza. Serán los mismos gestos que Jesús hará en la cena pascual y que como tradición nos relataba san Pablo. Se repartieron aquellos panes y hasta sobró. Algo nuevo estaba sucediendo. Es el Reino de Dios que se está palpando. Se desprendieron de aquellos panes y los repartieron y todos pudieron comer hasta saciarse. Y ya no fue solo el hambre física, podríamos decir, lo que se estaba saciando. Se estaban saciando de Dios.
¿Nos enseñará algo para esta fiesta de la Eucaristía que hoy estamos celebrando? ¿Aprenderemos a hacernos Eucaristía de la misma manera porque abramos nuestro corazón a los demás como Jesús lo hacía, porque aprendamos a desprendernos y despojarnos de nosotros mismos por los demás porque también queremos repartir vida? el mundo que nos rodea está ansioso de vida aunque no sepa donde o como encontrarla; nosotros se la podemos ofrecer, se la tenemos que ofrecer.
Tenemos que aprender a hacernos Eucaristía que es algo más que venir al templo a celebrar un rito. Venimos, sí, hasta Jesús con lo que es nuestra vida, también con nuestros dolores o con nuestras inquietudes, porque sabemos que en El encontramos esa vida que necesitamos, pero hemos de venir también con nuestro corazón abierto para aprender a darnos, a entregarnos, a dar vida a los demás. Tenemos que aprender a hacernos Eucaristía porque así siempre nos demos con amor a los demás. Así viviremos con mayor plenitud nuestra vida cristiana.


sábado, 28 de mayo de 2016

Los que seguimos a Jesús siempre tenemos que ser constructores de unidad y concordia ayudando a valorar siempre lo bueno que hagan los demás

Los que seguimos a Jesús siempre tenemos que ser constructores de unidad y concordia ayudando a valorar siempre lo bueno que hagan los demás

Judas 17.20b-25; Sal 62; Marcos 11, 27-33

Si en la vida fuéramos capaces de aceptarnos mejor los unos a los otros, de valorar lo bueno que hay en los demás aunque tengan distinta manera de pensar o de enfocar las cosas, si supiéramos tener en cuenta ese granito de arena bueno que el otro ha puesto también en la construcción de nuestra sociedad, cuánto bien podríamos hacer, cómo sería más fácil la convivencia y cómo avanzaríamos en la construcción de ese mundo mejor.
Pero bien sabemos que eso nos cuesta, porque vemos demasiado a los otros como unos contrincantes contra los que luchar y fácilmente tenemos la tentación de destruir todo lo que el otro haga, simplemente porque no lo he hecho yo o porque no aceptamos de ninguna manera las cosas buenas que hacen los otros. Eso lo estamos viendo cada día en nuestras relaciones de vecinos, en cualquier reunión de vecinos o asamblea que se convoque en nuestro ámbito para tratar de caminar juntos y ponernos unos objetivos para conseguir que las cosas vayan mejor, en el ámbito de la vida política en la que no somos capaces de entendernos cuando tendríamos que perseguir todos los mismos objetivos de hacer que nuestra sociedad marcha mejor.
Nuestros orgullos, resentimientos, envidias hacen que no nos entendamos y que de alguna manera sea destructores de todo lo que puedan hacer los demás. No somos capaces de aceptar lo bueno que hayan podido hacer los otros. Así nos va en nuestra sociedad y lo estamos viendo de una forma palpable en nuestra situación actual de la que no terminamos de salir.
Nosotros los seguidores de Jesús no nos podemos dejar envolver por ese ambiente tan destructivo, tendríamos que ser siempre constructores de unidad y de concordia, tenemos que aprender a valorar siempre lo bueno, por pequeño que sea, que hagan los demás, tendríamos que ayudar a nuestros convecinos a buscar ese entendimiento y esa aceptación mutua. Eso tiene que arrancar de ese amor que tenemos como distintivo de nuestra vida y el amor siempre tiene que ser constructivo, hacedor del bien y de lo bueno.
Esto lo descubrimos hoy en el evangelio que se nos propone en este día en que vienen pidiéndole explicaciones a Jesús de lo que hace. ‘¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?’ le preguntan cuando ha expulsado a los vendedores del templo para purificarlo y que fuera en verdad el lugar del culto y la casa de oración como tendría que ser. No reconocen la autoridad de Jesús, no son capaces de aceptar sus buenas obras, siempre andarán con la sospecha de por qué hace las cosas, quieren atribuirle, como hemos visto en otras ocasiones, al poder del mismo Satanás el expulsar los demonios.
No nos extrañe que nos encontremos dificultades y que haya gente que no acepte lo bueno que podamos hacer. Siempre habrá quien ande con sus prejuicios, sus sospechas, sus maquinaciones. Nosotros hagamos el bien, reconozcamos todo lo bueno que hay en los otros, y aprovechemos todo lo bueno que podamos encontrar en nuestro entorno para ser constructores de esa nueva sociedad.

viernes, 27 de mayo de 2016

No podemos ser solo una higuera llena de hojas sino que en nuestra vida se han de manifestar los frutos del amor como respuesta al amor eterno de Dios

No podemos ser solo una higuera llena de hojas sino que en nuestra vida se han de manifestar los frutos del amor como respuesta al amor eterno de Dios

1Pedro 4,7-13; Sal 95; Marcos 11, 11-26

‘Vio de lejos una higuera con hojas y se acercó para ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas…’ Caminaba desde Betania a Jerusalén y dice el evangelista que Jesús sintió hambre. Pero en la higuera todo se había quedado en hojas, no tenía fruto.
Una imagen bien significativa de lo que Dios pedía de su pueblo; una imagen bien significativa de lo que nos pide a nosotros también. Ya nos hablaba el profeta de la viña amada que tanto había cuidado su amo, pero que no dio uvas buenas, sino agraces; ya nos hablará Jesús también de la viña en la parábola en la que tanto empeño había puesto el amo para confiarla luego a unos labradores que la cuidaran y rindieran fruto, pero no lo hicieron. En el mensaje del evangelio siempre hemos de ver la relación de unos textos con otros y como se explican mutuamente.
Hay una referencia clara al pueblo de Israel. Ahí estaba su historia, una historia de salvación, una historia de amor de Dios por su pueblo a lo largo de la historia; cuánto había hecho por su pueblo con sus profetas y reyes, con la liberación de Egipto y el paso del mar Rojo, con la travesía por el desierto guiados por Moisés, a la sombra de la nube que los cubría, con la luz de la salvación que les conducía. Y ya sabemos bien la respuesta.
Pero el texto de hoy nos relata más cosas, porque al llegar al templo y ver su situación Jesús quiere purificarlo. ‘¿No está escrito: Mi casa se llamará casa de oración para todos los pueblos? Vosotros, en cambio, la habéis convertido en cueva de bandidos…’ El lugar santo que tenia que servir para dar culto al Señor, para el encuentro vivo con Dios en la escucha de la Ley y los Profetas y en el cántico de alabanza al Creador se había convertido en un mercado. 
Cómo tenemos la tentación de profanar lo más santo, de convertir aquello que tendría que ayudarnos a nuestro encuentro con el Señor en algo que satisfaga nuestros intereses o busque acrecentar nuestras ganancias. Cuantas tentaciones tenemos de manipular lo más religioso y sagrado solo buscando nuestro interés egoísta. Cómo queremos manipular o chantajear de alguna manera a Dios en nuestra relación con El porque realmente no buscamos la gloria del Señor. ‘El culto que me dan está vacío…’ es la queja del Señor a través de los profetas y que nos refleja también el evangelio.
Por eso hoy tenemos que preguntarnos con toda sinceridad tras la escucha de este evangelio cuál es el fruto que nosotros estamos dando como respuesta a todo lo que es el amor del Señor que de manera tan maravillosa se derrama sobre nuestra vida.
Jesús terminará hablándonos de la fe, la fe capaz de mover montañas, cuando en verdad ponemos toda nuestra confianza en el Señor. No se trata, entendemos bien, de cambiar la geografía de cuanto nos rodea, sino de esa transformación de nuestro corazón. No es un adorno externo que nos ponemos, sino que tiene que ser algo hondo que en verdad transforme y de un sentido nuevo a nuestra vida. Esa fe que nos hace sentirnos amados por un Dios que es Padre del que verdaderamente hemos de sentirnos hijos amados.

jueves, 26 de mayo de 2016

Un ciego al borde del camino que nos inquieta en el corazón con sus gritos suplicantes o simplemente con la presencia de su discapacidad 1

Un ciego al borde del camino que nos inquieta en el corazón con sus gritos suplicantes o simplemente con la presencia de su discapacidad

1Pedro 2,2-5.9-12; Sal 99; Marcos 10,46-52

‘Muchos le regañaban para que se callara’, dice el evangelista que fue la reacción de algunos que acompañaban a Jesús ante los gritos del ciego Bartimeo. Siempre me ha hecho pensar este episodio. Parecería lo más lógico que tal como iban acompañando a Jesús en el camino hacia Jerusalén y dando por supuesto que en ellos habría fe en Jesús, que muchos habrían sido testigos de sus milagros o incluso beneficiarios de los mismos, más bien alentaran al ciego para que le pidiera a Jesús la curación de su ceguera.
Pero le regañaban para que se callara… Molestaban quizá los gritos del ciego porque les impediría que ellos escucharan lo que Jesús iba diciendo; o molestaba más bien aquella ceguera que pudiera estar recordándoles otras cegueras, las que ellos mismos llevan en el alma; molestaba ver a su lado a una persona con una discapacidad, desde aquel concepto que tenían de que la enfermedad era un castigo del pecado, y vete a saber qué habría hecho aquel hombre para que se hubiera quedado ciego; nos molesta, nos repugna quizá en ocasiones encontrarnos con personas con discapacidades que tratan de moverse a pesar de su imposibilidad, de hacer cosas a pesar de sus limitaciones, de vivir con dignidad de personas aunque haya discapacidades físicas, cuando nosotros con la entereza quizá de nuestros miembros nos consideramos quizá mejores o con mayor dignidad; nos molestan porque quizá nos recuerden muchas cosas, o porque tenemos miedo de que un día nosotros nos podamos ver así. En muchas cosas podemos pensar, pero no somos tan distintos de aquellos que regañaban al ciego para que se callase.
La presencia de Jesús tendría que recordarnos o enseñarnos muchas cosas. Como sucedió entonces. Jesús sí se detuvo junto al camino para escuchar y atender aquellos gritos. ‘Jesus se detuvo y dijo: llamadlo. Llamaron al ciego diciéndole, ánimo, levántate que te llama’. Bastó el gesto de Jesús para que cambiara la actitud de aquellas personas. Ahora ellos también se interesaban por él, ahora también le ayudaban para que se pudiera acercar a Jesús.
Cómo tenemos que aprender a tener los mismos gestos de Jesús. Muchas veces no hace falta muchas cosas. Tampoco es una compasión paternalista la que hemos de tener hacia el pobre o el discapacitado. Compasión, sí, porque es amor, pero sabiendo detenernos, ponernos a su lado, ofrecer una palabra o una mirada, tender nuestra mano o nuestro corazón donde encuentre apoyo, ayudar a que con dignidad siga caminando hacia delante. La pobreza o la discapacidad no merma la dignidad de la persona que está por encima de todas esas limitaciones que pudiera haber en nuestra vida; la dignidad la perdemos por otras cosas o razones.
‘¿Qué quieres que haga por ti?’ Es la pregunta de Jesús y ha de ser nuestra actitud. Quizá solo nos pidan cercanía y una mano tendida que ayude a caminar, una palabra de aliento, o una presencia que estimule a vivir con dignidad. Cuánto podemos hacer cuando hay amor del bueno en nuestro corazón. 

miércoles, 25 de mayo de 2016

Nos cuesta entender lo que pueda significar sacrificio y dolor para vivir el cáliz de la entrega y del amor para hacernos servidores de todos como Jesús

Nos cuesta entender lo que pueda significar sacrificio y dolor para vivir el cáliz de la entrega y del amor para hacernos servidores de todos como Jesús

1Pedro 1, 18-25; Sal 147; Marcos 10, 32-45

Da la impresión que Jesús tiene prisa; nos dice el evangelista que mientras caminaban subiendo a Jerusalén se les adelantaba, de manera que los discípulos se extrañaban y lo seguían asustados. Presentían que algo quería decirles Jesús, que algún anuncio importante tenía que hacerles.
Efectivamente tomando aparte a los doce comienza a hacerles el anuncio: ‘Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, les dice, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán; y a los tres días resucitará’. Pero como tantas veces les sucede no entienden, no terminan de comprender lo que Jesús les está anunciando. ¿Cómo van a entregarlo a los gentiles? ¿Cómo es eso que se burlarán de él, lo escupirán, lo azotarán, le darán muerte? Y eso que está diciendo de la resurrección al tercer día ¿quién lo puede entender?
Nos cuesta entender lo que pueda significar sacrificio y dolor, sobre todo cuando parece que todas las cosas marchan bien. Nos hacemos nuestras ideas. Queremos que todo marche como la seda y no nos pase nada. Por eso los discípulos cuando ven que hay mucha gente que sigue a Jesús, que le escuchan, que son capaces de marcharse al descampado con tal de estar con Jesús, no pueden imaginar que las cosas puedan cambiar. Nos sucede tantas veces en la vida y no terminamos de prepararnos para cuando puedan llegar esos momentos más difíciles.
Y aun así las ambiciones se despiertan en el corazón. Como a los dos hermanos Zebedeos. Acaban de escuchar a Jesús que habla de entrega y de muerte y ellos ahora vienen pidiendo puestos de gloria. Uno a tu derecha y otro a tu izquierda, todo el poder para ellos, que nadie se les adelante. Por eso surgirán también en los demás las desavenencias, las desconfianzas, los celos, quizás.
Pero Jesús les habla claro. ‘No sabéis lo que pedís’, les dice. ¿No me habéis oído hablar ahora mismo de entrega, de pasión, de muerte? ¿No habéis terminado de entender el bautismo de sangre por el que he de pasar? ‘¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?’ Y ellos muy entusiasmados, no sé si conscientes del todo de la respuesta que daban dijeron que sí.
‘El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar’. Costará entenderlo, costará aceptarlo pero el seguimiento de Jesús entraña vivir su misma vida, vivir su misma entrega, pasar por su misma pascua. Porque el amor tiene sus exigencias, seguir a Jesús no es simplemente dejarnos llevar, vivir el plan de vida que Jesús nos propone significará también tomar nuestra cruz, hacer nuestras renuncias, ofrecer el sacrificio de nuestra vida. Y Jesús les hablará de hacerse el último y el servidor de todos, porque es lo que Jesús mismo ha hecho. ‘Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos’.
¿Estaremos nosotros dispuestos también a beber el cáliz del Señor y bautizarnos en su mismo bautismo?