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sábado, 7 de agosto de 2021

En esa sensibilidad de nuestro corazón por mitigar el sufrimiento del mundo tendríamos que aprender a entrar en una sintonía especial, la riqueza de nuestra espiritualidad

 


En esa sensibilidad de nuestro corazón por mitigar el sufrimiento del mundo tendríamos que aprender a entrar en una sintonía especial, la riqueza de nuestra espiritualidad

 Deuteronomio 6, 4-13; Sal 17;  Mateo 17, 14-20

Un hombre se acerca a Jesús, se postra ante El y le pide que tenga compasión; tiene un hijo enfermo que sufre mucho, y hace sufrir mucho también a los que están en su entorno. El hombre pide para sí, pero pide para su hijo que está enfermo; el hombre pide compasión porque hay mucho sufrimiento en aquella enfermedad y nadie ha podido hacer nada por él; ha pedido incluso a los discípulos de Jesús que lo curen pero no han sido capaces.

Esta ausencia de Jesús, por lo que aquel hombre es a los discípulos a los que les pide que curen a su hijo coincide con la subida de Jesús al monte Tabor. Pero los discípulos, a los que un día Jesús había dado autoridad sobre los espíritus inmundos para que fueran anunciando el reino y curando a los enfermos, ahora no son capaces de hacerlo. Por eso una vez que Jesús lo cura preguntarán por qué ellos no  han podido realizar el milagro.

Muchas cosas a considerar. Está la suplica de aquel hombre y está la realidad del sufrimiento y de la enfermedad. ¿Será acaso también nuestra súplica? Podíamos decir que la realidad coincide, porque bien presente están en nuestras vidas tanto la enfermedad como el sufrimiento. Digo enfermedad y sufrimiento porque aunque podemos unirlas dos cosas, sin embargo el sufrimiento no siempre es por la enfermedad, o al menos por la enfermedad de nuestros cuerpos. Cuántas angustias alrededor, cuánta gente que se ve imposibilitada pero cuánta gente que tiene el corazón lleno de amarguras. Acaso atisben también muchas veces en nuestro corazón.

Con sensibilidad hacemos nuestro también el sufrimiento de los demás; quisiéramos hacer, y no somos capaces; nos gustaría mitigar tantos sufrimientos y no terminamos de saber cómo hacerlo; nos duele que la gente muera tras terribles sufrimientos en enfermedad que os parecen crueles y aunque humanamente buscamos tantos remedios, ahí sigue presente la muerte dolorosa en el mundo que nos rodea; vemos tantas soledades que quisiéramos acompañar pero decimos que nos falta tiempo o a veces también huimos porque no sabemos encontrar la palabra o el gesto apropiado.

¿Al final nos pareceremos a aquellos discípulos que no supieron cómo responder a la petición de aquel padre lleno de angustia y de dolor? ¿Por qué nosotros no pudimos?, se preguntaban los discípulos. Y Jesús se queja de su falta de fe. Si tuvierais fe al menos con el tamaño de un grano de mostaza… nada os sería imposible. Podríais hasta trasladar un monte de un sitio a otro, les viene a decir.

En esa sensibilidad de la que tendríamos que llenar nuestro corazón tendríamos que aprender a entrar en una sintonía especial. A pesar de nuestras limitaciones y hasta de nuestros miedos, muchas veces no nos falta buena voluntad y buenos deseos de querer que las cosas cambien. Y queremos sacar todas nuestras capacidades y todos nuestros recursos humanos; nos valemos incluso de lo que la ciencia médica o de la psicología puede ofrecernos para tener las mejores técnicas y recursos con los que afrontar esas situaciones.

Pero creo que nos falta algo más, un crecimiento de nuestra vida interior, una maduración de nuestra fe, un alimentarnos de Dios para llenarnos de su Espíritu que es donde vamos a encontrar la verdadera sabiduría y la verdadera fuerza. Cuando queremos ir a curar a nuestro mundo desde nuestra fe tenemos que sentir que no es solo a base de recursos humanos – que por supuesto tenemos que emplear todos los mejores – sino desde esa riqueza de nuestro espíritu lleno de Dios desde donde tenemos que ir.

Hoy Jesús les decía a los discípulos que solo con oración y penitencia se podían echar aquellos demonios. Es por lo que nos es tan necesaria nuestra unión con el Señor, como el sarmiento a la vid, para que corra por nuestro espíritu la savia divina que nos fortalezca y nos ilumine. Como cristianos no nos reducimos a unos recursos que en lo humano podamos conseguir, sino que sabemos que nuestro principal recurso lo encontramos en Dios. Por eso, nuestra oración, nuestra unión con Dios, esa ricas espiritualidad que dará un sabor y un sentido nuevo a cuanto queramos realizar. Estamos seguros que así podremos hacer de verdad un mundo nuevo.

viernes, 6 de agosto de 2021

La Transfiguración nos hace bajar de la montaña con ojos llenos de luz para emprender el camino aun con sus oscuridades

 


La Transfiguración nos hace bajar de la montaña con ojos llenos de luz para emprender el camino aun con sus oscuridades

Daniel 7, 9-10. 13-14; Sal 96; Marcos 9, 2-10

Tenemos que emprender un camino, pero sabemos que si escogemos ese camino vamos a encontrar muchas dificultades, quizás por la dureza del camino, por los obstáculos que nos vamos a encontrar, por los peligros que nos acechan, y claro tratamos de evitarlo, buscando las posibilidades de que haya otra ruta que sea menos difícil, o a última hora podemos desistir de realizarlo escudándonos en mil excusas.

Pero bien, lo que estamos diciendo puede hacer referencia a un camino, llamémoslo geográfico o físico que tengamos que realizar para ir de un lugar a otro; siempre puede haber maneras de evitarlo o de buscar las formas de suavizarlo.

Pero quizás mejor estaríamos hablando de una tarea que tengamos que realizar, una responsabilidad que tenemos o una misión que nos hayan confiado pensando en nuestras posibilidades y que con lo hacemos podríamos estar realizando algo maravilloso que no solo nos haría bien a nosotros sino también a muchos en nuestro entorno. Pero sabemos que no es fácil, ya nos han anunciado que vamos a encontrar dificultades y contratiempos, que quizás haya gente que va a estar en contra de lo que nosotros queremos realizar y nos van a hacer fuerte oposición que incluso nos hará sufrir mucho. ¿Qué hacemos? ¿Asumimos esa responsabilidad, esa misión que nos confían? ¿Queremos permanecer en lo cómodo de lo que ahora hacemos antes de complicarnos la vida en esa tarea nueva?

La vida no siempre va a ser fácil. Cuando nos sentimos comprometidos con nuestro mundo porque no estamos satisfechos con lo que vivimos o con los sufrimientos que vemos en los demás, somos conscientes que emprender la tarea de hacer que mejoren las cosas no es tarea fácil, porque hasta podemos encontrarnos incomprensiones en aquellos más cercanos a nosotros. muchas veces vamos a escuchar al oído lo que algunos llaman buenos consejos para que no nos compliquemos, sino que nos contentemos con hacer lo que buenamente podamos y que ya otros se encargarán, o terminaremos volviéndonos conformistas diciendo que el mundo es así y no hay quien pueda cambiarlo.

Podíamos decir que era la tesitura en que se encontraba Jesús en su subida a Jerusalén y lo que de alguna manera se le planteara a los discípulos aunque ellos no terminaban de entender; escuchaban las palabras y los anuncios de Jesús, pero escuchaban también los cantos de sirena que podrían brotar de sus propios corazones que fácilmente se volvían egoístas y ambiciosos y no entendían todo lo que Jesús les anunciaba.

Jesús les había venido diciendo que subían a Jerusalén y allí el Hijo del Hombre iba a ser entregado en manos de los gentiles y que terminaría crucificado. Pero ellos no entendían que eso le pudiera pasar a Jesús. Ya Pedro intentaría quitarle eso de la cabeza a Jesús y Jesús lo rechazaría porque era como una tentación del maligno para El. A Jesús tampoco le era fácil aquella subida a Jerusalén pero estaba dispuesto pues sabía cuál era su misión y la voluntad del Padre.

Hoy vemos que sube a una montaña alta, la situamos como el Tabor en medio de las llanuras y valles de Galilea, y se lleva consigo a tres de sus discípulos. Y allí Jesús va a orar, como hacía tantas veces que se retiraba a lugares apartados. Pero lleva a sus discípulos para que oren con El, aunque sus cabezas anduviesen por otros lados y por otras ambiciones. Necesitaban aquella experiencia que se iba a vivir en el Tabor. Como nos describe el evangelista, Jesús se transfiguró en su presencia, su rostro, sus vestiduras, la aparición de Moisés y Elías, imagen de la Ley y de los Profetas en la simbología bíblica, todo hablaba de algo distinto. Los discípulos que están experimentando aquella presencia de la gloria de Dios que así se manifestaba en Jesús quieren quedarse allí para siempre. ‘¡Haremos tres tiendas!’, se dicen.

Pero en medio de todo ello, una nube les envuelve, signo de la presencia de Dios que así envuelve nuestra vida cuando nos llenamos de Dios, y se escucha la voz desde el cielo. ‘Este es mi Hijo amado, el predilecto. Escuchadle’. A los discípulos ya todo aquello les supera y caen de bruces por tierra, llenos de temor por la presencia de la gloria del Señor. Pero Jesús se llega a ellos y los levanta para bajar de nuevo de la montaña.

Hay que bajar de la montaña y seguir el camino. Han subido al Tabor, pero también han de subir a Jerusalén. Hubieran preferido quedarse para siempre en la montaña. Pero el camino hay que emprenderlo y realizarlo. Aunque sea difícil, aunque haya que pasar por Getsemaní y por la calle de la Amargura, aunque haya que subir también al Calvario. Ahora tendrían ya que estar preparados. Esta experiencia del Tabor tiene que preparar sus ánimos y sus corazones, tendrá que poner fuerzas en sus pies y ser luz para el sendero que muchas veces se seguirá mostrando oscuro.

No solo miramos el recorrido de aquellos discípulos, sino que esto nos tiene que hacer mirar nuestro camino, el que tenemos que emprender sin ningún titubeo, el que tenemos que seguir en nuestras tareas y en nuestras responsabilidades, el que nos lleva a ese compromiso por un mundo mejor, aunque nos parezca tan difícil y tan costoso. Sabemos que detrás de todas esas oscuridades siempre está la luz, porque detrás del Calvario está la resurrección. Es la Pascua contínua que hemos de vivir en nuestra vida. 

jueves, 5 de agosto de 2021

Dedicación de la Basílica de santa María la Mayor y celebración de la Virgen de las Nieves nos recuerdan la presencia de la Madre que nos protege y camina a nuestro lado

 


Dedicación de la Basílica de santa María la Mayor y celebración de la Virgen de las Nieves nos recuerdan la presencia de la Madre que nos protege y camina a nuestro lado

Seguramente ya nos hemos acostumbrado y casi ya no es noticia que publiquen los informativos a que el Papa Francisco cada vez que va a realizar un viaje apostólico o regresa de él, o cuando va a haber un acontecimiento de especial significado, acuda a la Basílica de Santa María, la Mayor, para postrarse ante un Icono de la Virgen que se venera en dicho lugar con la advocación de Salus populi romani (Salud del pueblo romano).

Hago referencia a ello porque de alguna manera así se ha conocido un poco más esta Basílica Mayor de Roma, que es el gran y primer templo dedicado a María en toda la cristiandad. La tradición y la historia nos hablan del Papa Liberio como promotor de esta basílica cuya situación en el Monte Esquilino (una de las siete colinas de Roma) se debió a unos sueños en los que se le señalaba que el lugar que apareciera cubierto de nieve en la mañana siguiente era el designado para la edificación de este templo en honor de la Virgen. Lo curioso o milagroso, como queramos verlo, es que se trata del cinco de agosto que en Roma habitualmente se sufren fuertes y agobiantes calores, pero que apareció cubierto de nieve como hemos dicho.

Este es el origen de esta basílica que posteriormente ha sido engrandecida y enriquecida con toda la belleza del arte para contemplar hoy toda su grandiosidad. Es una de las cuatro basílicas llamadas mayores o papales como queramos decir junto con la catedral de san Juan de Letrán, san Pablo extramuros y san Pedro del Vaticano. El palacio apostólico edificado junto a la basílica fue incluso en algunos momentos de la historia residencia de los Papas. Hoy precisamente celebramos la Dedicación o consagración de esta basílica romana.

Quizás por ese hecho extraordinario y que pudiera parecer incluso anecdótico de la aparición de la nieve para señalar el emplazamiento de esa futura Basílica  ha surgido la advocación de Nuestra Señora de las Nieves, que se celebra en muchos lugares precisamente en este día 5 de agosto. En nuestras islas son varios los templos dedicados a la Virgen con esta advocación pero es de destacar de manera especial la Isla de la Palma que la tiene como patrona y la celebra con gran devoción.


Allí a pocos kilómetros de la capital de la Isla, camino del monte se levanta este Santuario Insular dedicado a su patrona la Virgen de las Nieves. Ya a los pocos años de la conquista de la Isla el adelantado concedió los terrenos donde había de edificarse este templo en honor de la Virgen de las Nieves, lo que viene a expresar como esta devoción a la Virgen en esta Advocación de las Nieves está presente en nuestras islas, en concreto en la isla de la Palma, desde los albores de la conquista y de la cristianización de las Islas.

He querido dedicar esta página de la semilla de cada día a estos dos aspectos que hemos mencionado, la Basílica de santa María la Mayor de Roma y la Virgen de las Nieves que celebramos en este cinco de agosto queriendo así resaltar ese amor y esa devoción a María que mantenemos desde lo hondo de nuestro corazón.

María siempre presente en el caminar del cristiano; María la madre que nos protege y camina a nuestro lado; María a quien siempre acudimos para sentir ese aliento de la madre en nuestro caminar y en nuestras luchas. Que ese resplandor de la santidad de María, como el brillo y el resplandor de la blancura de la nieve, nos envuelva, nos llene de luz, y haga resaltar así también el amor de nuestros corazones.


miércoles, 4 de agosto de 2021

La mujer cananea es hoy ejemplo de insistencia, de constancia, de saber poner nuestra confianza total en la presencia del Señor que siempre será presencia de luz y de amor

 




La mujer cananea es hoy ejemplo de insistencia, de constancia, de saber poner nuestra confianza total en la presencia del Señor que siempre será presencia de luz y de amor

Números 13, 1-2. 25; 14, 1. 26-29. 34-35; Sal 105; Mateo 15, 21-28

Qué desilusión nos llevamos en ocasiones cuando con mucha confianza queríamos lograr algo que además considerábamos importante para nosotros, pero nos encontramos la negativa por respuesta. Se nos cae el mundo encima, se nos vienen abajo todas nuestras esperanzas, nos sentimos desilusionados y cuando somos personas propensas a sentirnos fácilmente deprimidos nos dan ganas de tirar la toalla en todos nuestros proyectos y nos sentimos como ridiculizados y como unos ineptos porque quizás no suplimos plantearlo debidamente.

Puedo parecer un poco exagerado pero son cosas que nos suceden y siempre nos conviene analizar un poco nuestra vida para ver también cuales son nuestras reacciones, las que tenemos o las que deberíamos de tener. Siempre tenemos que estar aprendiendo de la vida, incluso de aquello negativo que nos puede suceder, y de alguna manera preparándonos para las situaciones en las que nos podamos encontrar.

¿Se sentiría algo así aquella mujer cananea de la que nos habla hoy el evangelio? En este caso no era simplemente un proyecto que podría tener para su vida, sino estaba por medio el sufrimiento de una madre que de alguna manera veía morir a su hija en su grave enfermedad.

Como nos narra el evangelista Jesús anda por las fronteras de Palestina, muy al norte en Galilea en territorios cercanos a los fenicios – actual Líbano – y no eran territorios precisamente donde abundaran los judíos. Vemos a Jesús en ocasiones que se marcha a lugares lejanos y, en cierto modo, apartados porque también quiere ir instruyendo a sus discípulos más cercanos a los que un día va a confiar su propia misión.

Una mujer fenicia, pagana, camina detrás de Jesús gritándole que tenga compasión de ella y de su hija gravemente enferma. Parece como que Jesús se desentiende, de manera que incluso los discípulos interceden para quitarse el tormento de los gritos de aquella mujer. La respuesta de Jesús nos desconcierta aunque él solo emplea el lenguaje habitual de los judíos, que consideraban perros a los paganos.

Pero ante la negativa de Jesús la mujer no se viene abajo, sino que insiste y aprovechando incluso las palabras de Jesús buscará argumentos para seguir haciendo su petición. ‘También los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos’, le responde dando a entender en su humildad que no le importan incluso los desprecios con tal de comer esas migajas del amor de Dios. Pero Jesús para ella no tiene migajas sino que está todo su amor, para alabar la fe de aquella mujer y para conceder lo que tanto está deseando aquella mujer.

Ya hemos visto en el evangelio que en muchas ocasiones se queja de la falta de fe de los que le escuchan; se extrañó de la falta de fe incluso en su pueblo de Nazaret, de manera que como dice el evangelista allí no hizo ningún milagro; a los mismos discípulos los llama torpes y tardos de corazón para creer.

Pero hay dos momentos en que Jesús alaba la fe de alguien, y en estos casos se tratará precisamente de dos personas que no son judías. Alaba la fe del centurión, como alaba ahora la fe de esta mujer fenicia. Y como nos dirá en otras ocasiones basta que tengamos fe, que la fe es la que nos ha curado. Tendría que hacernos pensar.

Pero por medio está la consideración con la que comenzábamos esta reflexión. Las negativas nos desalientan, cuando las cosas se nos ponen difíciles nos llenamos de dudas y de temores; la frustración que muchas veces sentimos nos lleva a querer abandonar y no insistir en aquello bueno que deseamos o tendríamos que realizar.

La mujer cananea nos sirve hoy de ejemplo de insistencia, de constancia, de saber poner nuestra confianza total en la presencia del Señor, que siempre será para nosotros presencia de luz y de amor, a pesar de todas las oscuridades en las que nos encontremos.

martes, 3 de agosto de 2021

Sintiendo a Jesús con nosotros, aunque las aguas tormentosas que atravesamos siguen siendo las mismas, nos sentimos más seguros con la paz que nos da su presencia

 


Sintiendo a Jesús con nosotros, aunque las aguas tormentosas que atravesamos siguen siendo las mismas, nos sentimos más seguros con la paz que nos da su presencia

Números 12, 1-13; Sal 50; Mateo 14, 22-36

‘Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente’. Pero Jesús no volvió con ellos a la barca y ellos iban solos haciendo la travesía. Cruz el lago para aquellos avezados pescadores no era algo que entraña dificultad, pero sabemos cómo es andar sobre las olas. O viene la calma o se encrespan las olas con el viento que aparece en contra de alguna parte.

Y en esas se vieron en aquella noche; y la barca no avanzaba; y comenzaron los miedos. La oscuridad de la noche en medio del agua nos hace ver más tinieblas que las que realmente existen en algunas ocasiones. En estas andaban o más bien hacían esfuerzos por remar cuando les pareció ver un fantasma; muy propio en esos niveles de cultura; se llenaron de temor.

Cuántas veces en la vida nos llenamos de miedos y temores, incluso en aquellas cosas o en aquellos lugares o circunstancias a las que estamos habituados; pero como se nos pongan los vientos en contra, como comiencen a no salirnos las cosas como nosotros quisiéramos, como aparezcan dificultades con las que no contábamos, vienen los agobios, los temores, la indecisión de no saber qué hacer, el sentirnos abrumados porque nos parece que todo lo tenemos en contra. Cuántas veces perdemos esa serenidad de espíritu que tanto necesitamos, y nos llenamos de angustias, y ya no sabemos hacer lo que siempre hacíamos, o perdemos las fuerzas para luchar y querer salir adelante.

Son muchas las circunstancias de la vida, son muchos los aspectos en los que nos encontramos de esta manera. Y a veces se nos tambalea nuestra fe, perdemos la confianza. Hay cosas que vemos que suceden en nuestro entorno, incluso en nuestro entorno eclesial, que quizá no terminamos de entender y nos sentimos que desestabilizados. Quisiéramos otra imagen de la Iglesia, pero la imagen que damos muchas veces no es la más ideal; nos sentimos mal muchas veces en la debilidad de los que están a nuestro lado y eso nos desanima; nos parece que la barca se nos hunde.

Tenemos que pensar que es Jesús el que nos ha puesto en marcha para hacer esa travesía; es en esa Iglesia que algunas veces no nos gusta en las que nos quiere Jesús y donde también tenemos que saber hacerle presente a El. Nos puede parece que no es Jesús sino son otras cosas las que resplandecen en ocasiones, pero es la barca en la que tenemos que remar, es la barca con la que tenemos que ir al mundo, cruzar todas las travesías de la vida y donde tenemos que dejar una huella, la huella del evangelio, la huella de Jesús. Es lo que nos toca realizar.

A veces saltamos al agua de la vida y nos parece que nos hundimos como Pedro, porque son tales las tormentas del mundo alrededor que nos parece que perdemos pie. Nos tenemos que dar cuenta que Jesús está ahí, a nuestro lado, a nosotros nos tiende la mano también para que nos mantengamos firmes y sigamos dando testimonio, sigamos siendo testigos de algo nuevo, de lo que Jesús quiere para nosotros y para el mundo.

Sintiendo a Jesús a nuestro lado, porque hayamos despertado bien nuestra fe, aunque las aguas que atravesamos son las mismas y con las mismas dificultades de siempre, nos sentimos más seguros, sentiremos la paz en el corazón que tanto necesitamos. No olvidemos la presencia de Jesús. Hagamos sentir su presencia al mundo a través del testimonio que damos con nuestra vida. Hagamos resplandecer la verdadera imagen de la Iglesia de Jesús.

lunes, 2 de agosto de 2021

Cuánto podríamos hacer para mejorar nuestro mundo si cada uno generosamente fuéramos capaces de poner nuestro pequeño grano de arena

 


Cuánto podríamos hacer para mejorar nuestro mundo si cada uno generosamente fuéramos capaces de poner nuestro pequeño grano de arena

Números 11,4b-15; Sal 80; Mateo 14,13-21

No lo dejaban ni a sol ni a sombra. Es lo que sucede con Jesús. Ahora, después de enterarse de la muerte del Bautista Jesús quiere ir con sus discípulos más cercanos a un lugar solitario; como diría algún comentarista, a esperar a que pasara la tormenta; la muerte de Juan tuvo que impactar mucho a Jesús, aunque pocas veces los veamos en el evangelio en relación, no en vano Juan era el Precursor del Mesías, y había venido a preparar los caminos del Señor. Allá al Jordán Jesús también había acudido para recibir el bautismo a manos de Juan, aunque lo que sucedería en aquel momento superaba todo lo que significaba el bautismo de Juan, como tantas veces hemos comentado. ¿Convenía hacer una pausa después de aquellos acontecimientos sangrientos? Para Jesús no va a haber pausa, cuando llegan a aquel descampado Jesús se encontró con la multitud que le estaba esperando.

Y el corazón compasivo de Jesús hizo lo que tenia que hacer; nada de descanso y si ponerse junto a aquellos hambrientos de la Palabra de Dios para ponerse a enseñarles. Pero el tiempo pasa, llega la tarde, la multitud es grande y ha estado todo el día escuchando a Jesús después de lo que habían caminado para adelantárseles en aquel sitio y son los discípulos los que se adelantan a pedir a Jesús que despida a la gente para que puedan llegar a las aldeas donde puedan comer algo.

Pero ya conocemos el diálogo, Jesús les dice que le den ellos de comer. ¿Cómo pueden dar de comer a tantos si solo tienen unos pocos panes y peces? Pero allí están a disposición de Jesús. Manda que la gente se siente en el suelo y bendice a Dios por aquellos panes antes de comenzar a repartirlos a la gente. Y comieron todos y hasta sobró como bien nos detalla el evangelista. Muchas veces lo hemos contemplado y meditado.

‘Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces’, habían dicho los discípulos. ¿Eran las provisiones que ellos llevaban, aunque no parezca que fueran muy abundantes? ¿Era la oferta de alguien de entre la multitud? Otro evangelista hablará de un muchacho que llevaba en su alforja esas provisiones. Pero lo importante era que aquello, aunque fuera pequeño, se puso a disposición del servicio que pudiera prestar.

Cuántas veces nosotros decimos también ante la ingente tarea que vemos que está por realizar en nuestro entorno, que nada tenemos, que nada valemos, que nosotros no sabemos, que no podemos hacer nada, y aquellos pequeños panes y peces de nuestros valores se quedan ocultos, se quedan enterrados. ¿Seremos acaso como aquel hombre de la parábola al que solo se le concedió un talento y lo guardó y escondió para no perderlo, para que no se lo robaran, pero no hizo nada con él? Ya sabemos cómo en la parábola se le recrimina que no lo hubiera negociado; cada uno tiene que negociar lo que tiene, tiene que desarrollar los valores y las cualidades que posee, sean muchas o sean pocas.

Somos pobres muchas veces no porque no tengamos nada, sino porque no sabemos poner a juego aquello poco que tenemos. Y la miseria se junta con la miseria para aumentarla aun más; pero si aquello mísero que poseemos lo ponemos a disposición, lo desarrollamos, podrá surgir una hermosa planta de esa pequeña semilla. Cuántas cosas nos dice Jesús en este sentido en el evangelio. Y nos lo está diciendo hoy con los cinco panes y los dos peces puestos a disposición. Cuánto podríamos hacer por nuestro mundo si cada uno generosamente fuéramos capaces de poner nuestro pequeño grano de arena.

domingo, 1 de agosto de 2021

También nosotros le queremos pedir a Jesús que nos dé siempre de ese pan porque en El nos encontraremos saciados en el hambre más profunda que pueda haber en nuestra vida

 


También nosotros le queremos pedir a Jesús que nos dé siempre de ese pan porque en El nos encontraremos saciados en el hambre más profunda que pueda haber en nuestra vida

Éxodo 16, 2-4. 12-15; Sal 77; Efesios 4, 17. 20-24; Juan 6, 24-35

‘Se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús… Maestro, ¿cuándo has venido aquí?’

Habían ido hasta los descampados buscando a Jesús, como tantas veces acudían allí donde estaba, allí donde enseñaba; después de todo lo sucedido, al no encontrarlo a la mañana siguiente se vienen a Cafarnaún en busca de Jesús. Es muy significativo.

¿Será imagen de nuestras búsquedas? Cada uno llevaba sus deseos y sus intereses en su corazón, allá iban con sus enfermedades y sus carencias, allá iban con su curiosidad y con sus vacíos, con el hambre de pan pero también con los interrogantes que se planteaban en su corazón y con sus deseos de algo nuevo y distinto… buscaban, parecía que en Jesús podían encontrar respuestas que llenaran el alma, sus cuerpos eran sanados pero algo nuevo sentían en su interior, muchas veces andaban también en la confusión de falsas esperanzas o querían satisfacer sus deseos más primarios.

Como nosotros, como hoy sigue sucediendo en nuestro mundo; porque podemos pensar en lo que cada uno de nosotros busca en la religión, en la iglesia, o podemos pensar en los deseos de tantos en nuestro entorno que quieren algo distinto, que se cansan siempre de lo mismo, o que solo buscan cosas que les contenten en el momento. Pareciera que vivimos en un mundo de superficialidades, pero detrás de todo eso puede haber interrogantes serios, inquietudes hondas, aunque no se sepan definir claramente.

Porque aunque parezca un mundo indiferente, no lo es tanto; hay muchos interrogantes en el corazón del hombre y de la mujer de hoy; vemos también cómo surgen iniciativas múltiples aunque parezca que la mayor parte de la gente está como dormida; quizás no han encontrado respuesta en la iglesia o no le hemos sabido presentar algo que verdaderamente valga la pena; no siempre quizá hemos presentado de forma auténtica el mensaje del evangelio, el mensaje de Jesús.

Cuando la gente llega a Cafarnaún y se encuentra de nuevo con Jesús parece que han superado la frustración de que ayer no pudieran hacerle rey, porque El desapareció en la montaña. Se sienten contentos de encontrarse de nuevo con Jesús porque algunas esperanzas se han ido abriendo paso en sus corazones. Pero ahora Jesús quiere hacerles pensar. ¿Por qué lo buscan? ¿Porque ayer comieron pan hasta saciarse en el desierto? ¿Es que sólo buscan saciar sus estómagos hambrientos o tendrán que buscar algo más? Es la reflexión a la que les quiere llevar Jesús.

No entienden o les cuesta entender lo que Jesús les está diciendo y piden señales y pruebas. Comieron pan hasta saciarse allá en el descampado cuando nada tenían y estaban desfallecidos por el camino y eso les recuerda el maná que Moisés les dio a sus padres en el camino del desierto.

Y es la imagen de la que quiere valerse Jesús para hacerles comprender. No es Moisés – y hablar de Moisés es hablar también de la Ley que era la guía y el sentido del pueblo de Israel – sino que es Dios el que les va a dar el verdadero pan del cielo, les viene a decir Jesús. Algo nuevo les está anunciando Jesús y una apertura nueva tiene que haber en sus corazones, porque ese Reino de Dios que Jesús les está anunciando es todo un sentido nuevo que ha de impregnar sus vidas.

‘¿Qué tenemos que hacer?’ se preguntan como nos preguntamos nosotros también tantas veces cuando se nos hacen planteamientos nuevos. Parece como que estemos pidiendo una lista de cosas que tenemos que hacer y que cuando las cumplimos ya está todo realizado. Estaban acostumbrados a que la ley de Dios que recibieron a través de Moisés, por eso se llama ley mosaica, se desmembrara en numerosas normas, ritos, reglamentos, obligaciones, que parece que ahora le están pidiendo a Jesús cuáles son esas nuevas normas que El quiere establecer con el Reino de Dios. ‘Y, ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?’ Pero Jesús les dice solo una cosa. ‘La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado’.

Creer en Jesús. Así había comenzado la predicación del evangelio. ‘Convertíos y creed en la Buena Noticia’. Creer en Jesús, en la Buena Noticia que nos anuncia Jesús nos exige esa transformación del corazón. Si no cambiamos el corazón de nada nos sirve que comencemos a cumplir normas, reglamentos, leyes y nuevos ritos. Y es que creer en Jesús significa aceptar algo nuevo y algo distinto y con los apegos del corazón de siempre no podremos aceptar eso nuevo que nos ofrece Jesús.

Y esto seguimos necesitando hacerlo hoy. Hemos entrado en la pendiente de muchas rutinas en la vida. Todo se convierte en costumbres y tradiciones. Esto siempre ha sido así, decimos y no queremos cambiarlo. Y leemos el evangelio y en cierto modo nos lo pasamos por alto porque ya nos lo sabemos. Fijémonos con la rapidez que hacemos nuestras lecturas incluso hasta cuando se hace la proclamación solemne de la Palabra de Dios en la Eucaristía. No damos tiempo a saborearla, a rumiarla en nuestro corazón, a preguntarnos y respondernos que es lo que ahora esto me está diciendo a mí, a mi vida.

Al final aquella gente, como Jesús les está hablando de un pan bajado del cielo, le piden que les de a comer ese pan. ‘Señor, danos siempre de este pan’. ¿En qué estarían pensando? ¿Todavía en aquel pan que cocinaban al rescoldo de sus hogares o se darían cuenta de que era algo nuevo y distinto lo que tenían que saborear, de lo que tenían que alimentar sus vidas y que solo en Jesús podrían encontrar?

También nosotros le queremos pedir a Jesús que nos dé siempre de ese pan sabiendo que en El nos encontraremos saciados en el hambre más profunda que pueda haber en nuestra vida. ‘Yo soy el pan de vida, nos dice. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás’.

 

sábado, 31 de julio de 2021

Nos cuesta rehacernos y nos vemos metidos en una espiral que no sabemos por donde romper pero Dios va poniendo señales en lo que nos sucede cada día

 


Nos cuesta rehacernos y nos vemos metidos en una espiral que no sabemos por donde romper pero Dios va poniendo señales en lo que nos sucede cada día

Levítico 25,1.8-17; Sal 66; Mateo 14,1-12

Hay momentos que podríamos que son de gracia para nosotros, aunque no siempre sabemos leer el mensaje que pudiera llegarnos tras ese momento, esas palabras que escuchamos, ese hecho que ha sucedido en nuestra presencia, esa persona que ha aparecido en nuestra vida. algo viene a nuestra memoria que nos impacta en su recuerdo aunque muchas veces queramos hacer oídos sordos ante aquello que vemos tan palpable delante de nosotros; podemos echarlo en el olvido, o podemos detenernos en la vida y reflexionar, aunque prefiramos en ocasiones seguir como si nada hubiera pasado y busquemos miles de justificaciones.

¿Le sucedería algo así al tetrarca Herodes cuando tiene noticias de Jesús? Ya en alguna ocasión vinieron a decirle a Jesús que Herodes andaba buscándolo. En esta ocasión se despiertan muchos recuerdos en su conciencia. ‘Ese es Juan que ha resucitado al que yo mandé matar’, se dice cuando le hablan de Jesús. Y el evangelio nos da detalles de cómo fue la muerte del Bautista, como tantas veces habremos reflexionado cuando nos hemos encontrado con este evangelio.

Algún evangelista dirá que Herodes tenia aprecio al Bautista y lo escuchaba con gusto, pero en la espiral de inmoralidad en la que metió su vida hizo que en lugar de escucharlo lo metiera en la cárcel a instigaciones de Herodías la mujer con la que vivía y que Juan le decía que no le era lícito vivir con la mujer de su hermano. Será con motivo de una fiesta como hemos escuchado y repito muchas veces meditado, al bailar Salomé la hija de Herodías, el tetrarca se juramenta con ofrecimientos hasta de su reino para complacer a quien le ha deleitado en el baile; es el momento de Herodías para quitar de en medio al Bautista.

Aunque pareciera que Herodes se quedó con una conciencia insensible después de la muerte de Juan, algo pesaba en su interior, que cuando oye noticias de Jesús piensa en aquel a quien había mandado matar. Era el momento de gracia, de llamada del Señor que Herodes no quiso escuchar, como tantas veces nos sucede a nosotros.

Tendrá oportunidad de otros encuentros con Jesús, como sería en medio de la pasión y entrega de Jesús. Pilatos envió a Jesús a Herodes, porque era de su jurisdicción ya que Jesús había comenzado a predicar en Galilea, territorio que le correspondía gobernar al tetrarca. Podíamos decir que es otro momento de gracia, pero cuando estamos en la pendiente la pendiente se hace resbaladiza y nos costará volver atrás. Aprovecharía para querer hacer fiesta con Jesús. 

Creo que estos aspectos que hemos resaltado podrían ser también ayuda para nuestra reflexión. Cuántas veces nos cuesta rehacer nuestra vida. Parece también que nos hemos metido en una espiral que cada vez se va haciendo más grande y no sabemos por donde romper para salirnos de esa trayectoria que parece que nos empuja. Dios sin embargo va poniendo señales en nuestra vida en aquellas mismas cosas que nos suceden cada día. Hay momentos que lo pasamos mal, momentos que se nos hacen difíciles, momentos en que parece que nos sentimos zarandeados por la vida y no sabemos cómo hacer pie ni donde apoyarnos.

En medio de esas turbulencias sepamos encontrar, descubrir ese momento en que aparece una luz, donde podemos encontrar un apoyo, sintamos la mano del Señor que siempre está tendida hacia nosotros buscando que nos agarremos a ella. El Señor pone señales de su presencia que hemos de saber descubrir.

No tengamos miedo a esas turbulencias de nuestro espíritu, porque sabemos que en medio de la tormenta también está el Señor, aunque nos parezca que está dormido sobre un almohadón como aquella vez en medio de la tormenta del lago. Que se despierte nuestra fe, nos apoyemos en el Señor y demos los pasos que necesitamos para rehacer nuestra vida. Su gracia no nos faltará.

viernes, 30 de julio de 2021

Desconfianzas, viejas tradiciones, rutinas son la mala hierba que nos impide que la semilla de la Palabra germine como algo nuevo en nosotros

 


Desconfianzas, viejas tradiciones, rutinas son la mala hierba que nos impide que la semilla de la Palabra germine como algo nuevo en nosotros

Levítico 23, 1. 4-11. 15-16. 27. 34b-37; Sal 80; Mateo 13,54-58

El episodio a que hace referencia el evangelio que hoy se nos propone podríamos decir que se encuentra dividido en dos partes. Se trata de la visita que Jesús hace a su pueblo de Nazaret donde el sábado fue a la sinagoga y como ya venía siendo costumbre por aquellos lugares donde iba hizo la lectura de la Palabra y su comentario. En principio la reacción de sus convecinos fue de admiración y orgullo, pues era uno de los suyos. Sería la primera parte del texto que hubiéramos escuchado ayer.

Hoy se centra esta parte del episodio en la reacción posterior de sus convecinos que comienzan a desconfiar de El. Mala cosa es la desconfianza, o mala cosa es sentirse con tanta confianza porque lo habían conocido desde niño como para no poner ahora en El su fe. Salen los comentarios habituales en estos casos, pues son cosas que siguen sucediendo. Sobre todo cuando el mensaje que se nos trasmite en cierto modo nos descoloca, porque nos ofrece algo nuevo que nos obligaría a tomar nuevas actitudes y nuevos comportamientos, pronto comenzaremos a quitar autoridad a quien nos lo está transmitiendo.

Si yo te conozco a ti de toda la vida, nos solemos decir cuando no queremos creer lo que nos dice una persona que nos haría cambiar de perspectivas. Es lo que entonces sucedió. Si aquí están sus parientes, si su padre no era sino el artesano del pueblo, si tú no has ido a estudiar a ninguna parte por qué de la das ahora de sabido, qué nos vas a enseñar tú, si yo soy creyente de toda la vida, no me vengas ahora con esas cosas.

Y es que la Buena Nueva que nos anuncia Jesús nos hace entrar en otros abismos, nos abre otros horizontes, nos plantea otra manera de vivir y de actuar, nos obligaría a arrancarnos de nuestras rutinas. Con cuánta frecuencia cuando leemos el evangelio lo hacemos de una forma superficial porque decimos que ya nos lo sabemos, que ya lo conocemos. Pero es necesario detenerse, es necesario leer de nuevo y de forma pausada aquello que ya decíamos que conocíamos, es necesario que sepamos hacer un nuevo silencio en nuestro interior para escucharlo realmente como algo nuevo, como si fuera la primera vez que lo escuchamos.

Estamos comentando la desconfianza y la falta de fe de aquellas gentes de Nazaret cuando Jesús va a su sinagoga a enseñar, pero esto tenemos que saberlo traducir a esas actitudes y a esas posturas que nosotros tomamos tantas veces ante el evangelio. Si decimos evangelio, estamos diciendo que es una buena nueva, una noticia nueva que estamos recibiendo, de ahí la apertura a la novedad que tiene que haber en nuestro corazón para escucharlo de verdad.

Las desconfianzas que veíamos en aquellas gentes son nuestro creernos que nos lo sabemos todo y que nada nuevo vamos a encontrar. También tantas veces nos escuchamos en nuestras tradiciones para no salir de nuestras rutinas y convertimos nuestra fe en algo frío y que no da un verdadero sentido a nuestra vida. Es la mala hierba que tenemos que arrancar de nuestro corazón para que la semilla de la Palabra de Dios germine de verdad en nosotros y un día llegue a dar fruto. Mucho tenemos que desbrozar en nuestro corazón para ser esa tierra buena y acoger la novedad que nos ofrece el evangelio.

jueves, 29 de julio de 2021

Necesitamos abrazarnos a los pies de Jesús como Marta y María de Betania para experimentar en nosotros la palabra de vida que nos ofrece

 


Necesitamos abrazarnos a los pies de Jesús como Marta y María de Betania para experimentar en nosotros la palabra de vida que nos ofrece

Éxodo 40, 16-21. 34-38; Sal 83; Juan 11, 19-27

La súplica de Marta cuando llega Jesús tras la muerte de su hermano es bien semejante a la súplica y hasta el desencanto por el que hayamos pasado nosotros, o contemplamos a nuestro alrededor, en circunstancias semejantes. Nos cuesta aceptar el hecho de la muerte y en la enfermedad y enfermedad grave de un ser querido es lo que suplicamos con mayor insistencia en nuestra oración al Señor. El Señor no nos escuchó, decimos resignados cuando no nos ha quedado más remedio que aceptar el hecho de la muerte. Es muy humano, tendríamos que reconocer. Valoramos la vida, no queremos perderla, no queremos perder a los seres queridos; y surgen los interrogantes y las preguntas en el corazón.

Es lo que contemplamos en aquel hogar de Betania, cuando hoy estamos celebrando a santa Marta, una de los tres hermanos de aquella familia. Un hogar en el que se manifiesta la cercanía de Jesús. Era un hogar abierto y muchas veces dieron acogida a Jesús, en su paso hacia Jerusalén cuando subía desde Galilea, precisamente por el camino del valle del Jordán y Jericó para luego subir hasta Jerusalén atravesando aquel pueblecito de Betania. Pero en algún momento nos habla el evangelio de cómo Jesús estando en Jerusalén venía a hospedarse a Betania.

Cuando celebramos esta fiesta de santa Marta en muchas ocasiones nos hemos fijado también en aquel episodio de la acogida de Jesús y sus discípulos en aquel hogar. Marta se afanaba por tener todo preparado en ese sentido tan hermoso y profundo de hospitalidad, mientras María se sentaba a los pies de Jesús para escucharle, que motivaría las quejas de Marta por la inacción de María de Betania. Son diálogos y episodios cargados de humanidad en la cercanía de unos corazones que sentían y resplandecían por su amor.

Creo que esos breves episodios pueden ser muy significativos para nosotros al escucharlos en el evangelio. Es la Buena Nueva que nos habla de la cercanía de Jesús pero es también toda esa carga de humanidad en quienes saben abrir las puertas del corazón para la acogida y para la escucha. Cercanía nos ofrece Jesús, pero es la cercanía que nosotros también hemos de saber buscar. ¿Sabremos nosotros vivir en esa cercanía de Jesús porque también le busquemos  y sintamos el gozo de estar con El? ¿Habremos aprendido a disfrutar de nuestra oración porque en verdad nos sentimos a gusto en la presencia del Señor?

Cuando estamos disfrutando de la visita de alguien podríamos decir que los relojes se detuvieron y se acabaron las prisas.  ¿No solemos decir cuando hemos estado a gusto con alguien que nos vino a visitar y llega la hora de la partida ‘por qué te vas tan pronto’? ¿Será así nuestro estado de ánimo cuando vamos a una celebración o cuando hacemos nuestras oraciones? ¿Acaso muchas veces no estaremos demasiado pendientes del reloj porque luego tenemos tantas cosas que hacer? ¿Qué será lo más importante?

Será así en esa quietud en la presencia del Señor cuando escucharemos su voz en nuestro corazón y será así cómo se va enfervorizando nuestro corazón para poner a tope también todos nuestros sentimientos en ese gozo de estar con el Señor.

Comenzábamos nuestra reflexión rememorando este episodio de la muerte y resurrección de Lázaro también con nuestras dudas e interrogantes y también con nuestras angustias ante el hecho de la muerte. Creo que necesitamos detenernos para sentir el Señor a nuestro lado cuando tenemos que enfrentarnos a situaciones así para poder escuchar con todo sentido las palabras de Jesús que dan luz a nuestra vida y también a nuestra muerte.

 Que nos abracemos a los pies de Jesús poniendo a tope toda nuestra fe para experimentar en nosotros esa palabra de vida que nos ofrece.

miércoles, 28 de julio de 2021

El tesoro que hemos descubierto cuando nos hemos encontrado con Jesús que ilumina nuestra vida por muchos que sean los cantos de sirena no lo perdamos

 


El tesoro que hemos descubierto cuando nos hemos encontrado con Jesús que ilumina nuestra vida por muchos que sean los cantos de sirena no lo perdamos

Éxodo 34,29-35; Sal 98; Mateo 13,44-46

¿Qué diríamos de aquel que tiene un preciado tesoro en sus manos y lo desecha? Alguien podría pensar en quien tenía un número de lotería en sus manos, pero lo desechó y escogió otro siendo premiado aquel que había desechado. Pero en este caso anda por medio la suerte y el azar y no depende tanto de la decisión de una persona que desecha algo conocido como valioso; una joya, un cuadro, una obra de arte en un rastro que quizás se le ofrecía, pero que no supo valorar y no quiso adquirirla. Los ejemplos pueden ser múltiples.

Tenemos una joya en nuestras manos y no sabemos valorarla. Nuestra fe, el evangelio, la gracia de Dios. Pero andamos tan afanados por las cosas de la vida, tan arrastrados por un sensualismo que se nos ofrece por todas partes, tan materializados en lo terreno de cada día, tan olvidados de las cosas del espíritu que le damos muy poca importancia. Algo que tenemos ahí pero que no sabemos descubrir la riqueza que tenemos. Y echamos mano de la fe agarrándonos a ella como de un clavo ardiente cuando parece que todo lo hemos perdido, que ya nada tiene sentido, pero tampoco sabemos descubrir todo su valor, todo lo que puede aportar a nuestra vida. Se nos queda en una tradición que hay que guardar, unas costumbres que no están mal, pero que casi nos parecen cosas de otro tiempo, pero que la tenemos ahí como escondida sin dejar que nos dé esa luz que nos ofrece y que nosotros tanto necesitamos.

Y hoy nos habla Jesús del Reino de Dios como ese tesoro que cuando lo encontramos seríamos capaces de vender todo lo que tenemos por conseguirlo. Pero no siempre sabemos descubrirlo a pesar de tenerlo en nuestras manos. En ese río revuelto de la vida son tantas las cosas que se nos ofrecen que no llegamos a darnos cuenta que es lo que en verdad tiene más valor.


Tenemos que saber tener ojos para descubrir ese tesoro, distinguiéndolo y separándolo de tantas otras cosas que al mismo tiempo se nos ofrecen; no todos son capaces de darse cuenta del valor de una perla preciosa; no todos son capaces de descubrir la belleza de una joya; un diamante para algunos les puede parecer un cristal más o menos brillante, pero no siempre sabemos descubrir su auténtico brillo y la belleza de sus aristas fina y delicadamente talladas. Hay que tener un ojo especial para captar su belleza y valor, hemos de aprender a mirarlo.

Es lo que tenemos que saber descubrir en el evangelio. Es esa mirada nueva y distinta, ese oído profundo para captar su verdadero mensaje. Quien no tiene ese buen oído y esa mirada luminosa verá simplemente unas bonitas y encantadoras historias pero que nada nos pueden decir para nuestra vida. Hay que saber entrar en una sintonía especial; tenemos que aprender a sintonizar las ondas del Espíritu con las que podemos captar toda su riqueza.

Claro que cuando lo descubramos, porque realmente nos hayamos encontrado con Cristo en lo profundo de nuestra vida, entonces seremos capaces de venderlo todo por adquirir ese tesoro. Los discípulos, como nos narra el propio evangelio, cuando se encontraron de verdad con Jesús lo dejaron todo para seguirle. Aunque luego estuviesen muchas veces reticentes, con la tentación quizás de volverse atrás, pero se habían encontrado con Cristo y ya no podían dejarlo, aunque tuvieran que pasar por las noches oscuras de la pasión.

Cuando nos encontremos con la fe en nuestra vida, no significa que ya todo va a ser fácil a partir de ese momento; volverán las noches oscuras, volverán las dudas y los miedos, aparecerán de nuevo las tentaciones y los cantos de sirenas que nos querrán atraer de aquí y de allá, pero hemos encontrado el tesoro, nos sentimos fortalecidos en nuestra fe porque no nos faltará la fuerza del espíritu, seguiremos caminando queriendo estar con Jesús.

martes, 27 de julio de 2021

Acláranos, Señor, el sentido de la parábola; acláranos todas esas cosas que no entendemos; acláranos tu evangelio para poder sembrar esa semilla en nuestro corazón

 


Acláranos, Señor, el sentido de la parábola; acláranos todas esas cosas que no entendemos; acláranos tu evangelio para poder sembrar esa semilla en nuestro corazón

Éxodo 33, 7-11; 34, 5b-9. 28; Sal 102; Mateo 13, 36-43

Papá, eso no lo entiendo, ¿cómo es? explícamelo, le pide inocentemente y con confianza el hijo a su papá aquellas cosas que va descubriendo pero que no entiende. Esto no lo entiendo, ¿puede explicármelo un poco más? le pide el alumno a su profesor. Yo no entiendo eso, aclárate, te dice el amigo cuando ha sucedido algo que no entiende en sus relaciones, en su amistad, o en las cosas que suceden en el entorno en que se mueven. Es la pregunta que hacemos a quien consideramos persona de confianza y nuestro consejero, porque es cierto también que no todo se lo preguntamos a cualquiera. La curiosidad innata de las personas les hace buscar respuestas; queremos aprender, y si somos sinceros con nosotros mismos, cada día podemos aprender algo nuevo, porque todo no nos lo sabemos. Es de sabios – porque buscamos la sabiduría - ya el reconocerlo.

‘Acláranos la parábola de la cizaña en el campo’, se acercaron los discípulos a decirle a Jesús. En este capítulo trece del evangelio de san Mateo hemos escuchado, distribuidas en varios días, el relato de varias parábolas. Hoy cuando llegan a casa y ya están a solas los discípulos más cercanos con Jesús le hacen la pregunta. Aunque Jesús habla en parábolas, ese lenguaje sencillo para que todos entiendan, hay cosas que en ocasiones no terminan de entrarnos en la cabeza y necesitamos una explicación mayor. Es lo que le están pidiendo los discípulos a Jesús. Aquello de dejar que crecieran juntos la cizaña y el trigo, no lo acaban de entender. No hace muchos días ya le hemos ido comentando.

Hoy quería fijarme en esa actitud de los discípulos de ir con confianza a Jesús para que les explique lo que no entienden. Muchas veces nos sucede en el camino de nuestra vida cristiana, en el camino de la Iglesia en la cual vivimos, o en los mismos acontecimientos que suceden a nuestro alrededor que hay cosas que no entendemos. Y queremos respuestas.

Pero algunas veces nos cerramos obtusos en nuestras mentes y tenemos como miedo a abrirnos a algo nuevo que podríamos descubrir y que de alguna manera nos revuelve nuestros planteamientos o nos puede dar un buen revolcón a nuestra vida. en ocasiones tenemos la tentación de dejar las cosas como están, no complicarnos la vida, quedarnos con nuestras repetidas explicaciones, pues de alguna manera tenemos miedo al Espíritu del Señor que se meta dentro de nosotros y nos provoque nuevas cosas, nuevas posturas, nuevas actitudes, nuevas maneras de actuar.

Creo que los cristianos tenemos que arriesgarnos a dejarnos conducir por el Espíritu del Señor. Es la señal de la vida. Es la señal de la vitalidad de nuestro compromiso cristiano para saber también dar respuesta a nuestro tiempo. Cada día es un tiempo nuevo y necesitamos una renovación interior. Y los cristianos vivimos demasiado anquilosados y nos volvemos solamente conservadores de unas tradiciones.

Manteniendo firme nuestra fe en Jesús tenemos que hacer que el evangelio sea una nueva y buena noticia cada día para nuestra vida. Solo podemos descubrirlo dejándonos conducir por el Espíritu del Señor. Y es así como iremos dando respuesta, desde ese evangelio, desde esa riqueza de la novedad del evangelio, a los planteamientos que tiene hoy nuestra vida, nuestro mundo.

Por eso tenemos que crecer por dentro, echar raíces profundas en el evangelio para que podamos tener una verdadera espiritualidad. Si no buscamos esa profundidad nuestros tradicionalismos se pueden convertir en rutinas, pero también las cosas nuevas que pretendamos hacer se pueden quedar en novelerías superficiales. Dejándonos conducir por el Espíritu eso nunca será así. ¡Cuánto tenemos que orar! ¡Cuánto tenemos que coger el evangelio en nuestras manos para quedarnos en silencio delante del Señor, para dejar que El nos hable al corazón!

Acláranos, Señor, el sentido de la parábola; acláranos todas esas cosas que no entendemos; acláranos tu evangelio para que podamos sembrar de verdad esa semilla en nuestro corazón.

lunes, 26 de julio de 2021

Aprendamos a entender la buena nueva que se nos ofrece con palabras humildes y sencillas, garantía cierta del Reino de Dios que llega a nuestra vida

 


Aprendamos a entender la buena nueva que se nos ofrece con palabras humildes y sencillas, garantía cierta del Reino de Dios que llega a nuestra vida

Éxodo 32 15-24.30-34; Sal 105; Mateo 13, 31-35

‘Mucho ruido y pocas nueces’, es un refrán que viene a resumir de alguna manera la decepción que podemos llevarnos cuando esperamos algo grandioso, porque quizás así se nos ha anunciado, pero luego aparece algo muy simple y muy sencillo. Claro que entra aquí aquel concepto de que lo complicado es lo más sabio o lo de mayor riqueza; fácilmente desdeñamos las cosas sencillas, nos parecen de menor importancia y en consecuencia quizás no las tenemos en cuenta.

Algo de esto nos puede pasar en referencia al mensaje de Jesús, al anuncio del Reino de Dios que El nos hace, o a las esperanzas que anidaban en el corazón de los judíos sobre lo que iba a significar la presencia del Mesías. El centrar Jesús su mensaje en el anuncio del Reino de Dios, esta palabra reino podría llevarnos a pensar en un reino de poder a la manera de los reinos de este mundo que lo ejercen desde el dominio y desde las grandezas a lo humano; pensar en el reino podía llevar a pensar en todo un engranaje de poderes humanos, de suntuosidades y cosas grandiosas que casi parece que por si mismas nos aturden y nos apabullan.


Lo tremendo sería que nos quedaran aún esos resabios en la Iglesia que también quiera manifestarse desde la suntuosidad y el poder, emparejándose de alguna manera con los estilos del mundo que nos rodea. ¿No hemos llenado nuestros templos de demasiados cortinajes? ¿No hemos adornado nuestras imágenes con demasiadas coronas doradas y demasiados mantos de ricas telas? ¿No nos hemos rodeado en nuestra vestimenta de esas vanidades del mundo haciendo tantas distinciones en ornamentos o en los trajes de nuestros eclesiásticos?

Y Jesús nos dice hoy que el reino de Dios es algo tan sencillo como una semilla de mostaza o como un puñado de levadura. Algo muy normal y aparentemente insignificante que usamos en las cosas corrientes de nuestra vida como pueda ser el sazonar nuestros alimentos o hacer fermentar la masa del pan. Así de sencillo es el Reino de Dios, así de sencillo es vivir el sentido del Reino de Dios. Cuando aceptamos a Dios como el único Señor de nuestra vida todo se vuelve sencillo y todo entra en la normalidad de unas relaciones que tienen que ser verdaderamente humanas y en la que todos colaboramos con el calor de nuestro amor y del gozo de nuestro corazón.

¿Necesitamos manifestaciones de grandezas o signos de poder para amar de verdad a los que están a nuestro lado? Los amamos desde la sencillez de los gestos humanos que cada día nos tenemos los unos a los otros que es con lo que la vida va adquiriendo un nuevo sabor. Es ese pequeño puñado de levadura que metemos en la masa de nuestra humanidad para que en verdad seamos más hermanos y vivamos en mayor armonía y paz.

Nos decía Jesús que una pequeña e insignificante semilla de mostaza puede darnos una planta que en su frondosidad puede dar ocasión hasta para que los pajarillos hagan allí sus nidos. Ese pequeño gesto que tengas con el que está a tu lado, esa mirada amable o esa sonrisa llena de paz, esa mano tendida siempre abierta para ofrecer y para acoger, esa ternura con la que te sientes al lado del que sufre para servirle de apoyo en su momento de dolor, es la señal de que algo nuevo ha comenzado en nosotros, algo nos ha transformado por dentro, sin que necesitemos de suntuosidades ni de grandiosidades.

Aprendamos a entender la buena nueva que se nos ofrece también con palabras humildes y sencillas que son garantía cierta del Reino de Dios que llega a nuestra vida.

domingo, 25 de julio de 2021

La fiesta del Apóstol Santiago nos recuerda las profundas raíces cristianas de nuestra vida pero nos hace ahondar en esa fe para proclamarla con valentía, orgullo y alegría

 


La fiesta del Apóstol Santiago nos recuerda las profundas raíces cristianas de nuestra vida pero nos hace ahondar en esa fe para proclamarla con valentía, orgullo y alegría

Hechos 4, 33; 5, 12. 27-33; 12, 2; Sal 66; 2Corintios 4,7-15; Mateo 20, 20-28

Celebrar la fiesta del Apóstol Santiago es fruto de una hermosa tradición pero que ha de hacernos ahondar en las profundas raíces de nuestra fe para seguir proclamando el testimonio de la misma en el mundo en el que vivimos.

Es una antigua tradición arraigada en nuestros corazones con el paso de los siglos y que sitúa el sepulcro del apóstol en nuestra tierra, en Compostela. Pero una tradición que había situado anteriormente al apóstol predicando el evangelio de Jesús en nuestras tierras españolas con lo cual nuestra fe se hace verdaderamente apostólica en cuanto el mensaje del evangelio lo recibimos en nuestra tierra de la boca y testimonio de uno de los apóstoles.

Cortos fueron los años que trascurrieron desde el mandato de Jesús en su Ascensión al cielo de ir por el mundo anunciando el evangelio y el hecho de la muerte de Santiago, como hoy mismo nos ha relatado el texto de los Hechos de los Apóstoles. Pero fueron suficientes para que el apóstol llegara hasta lo que entonces era el Finisterre, el fin de la tierra conocida. No nos ha de extrañar cuando al apóstol Pablo también en pocos años le vemos recorrer repetidas veces el Mediterráneo de un lado para otro anunciando también el evangelio de Jesús.

Aunque la tradición nos habla de esa predicación y presencia del apóstol en nuestra tierra, nuestra fe es mucho más que una tradición que pretendemos salvaguardar. Justo es sin embargo que recordemos las raíces cristianas que tiene nuestra cultura y que manifiesta una razón y una manera de ser de los hombres y mujeres de nuestra tierra impregnada del sabor del evangelio y del sentido cristiano de nuestra vida.

No se llegaría tampoco a comprender plenamente nuestra historia y todas las manifestaciones de nuestra cultura y el patrimonio cultural de nuestra tierra sin ese sabor y sentido cristiano. Algunos pretenderán destruirlo o cambiarle su sentido, pero es algo que no podemos permitir y esos signos de nuestra fe han de permanecer como testimonio de la fe y de la vida de nuestros antepasados que en el evangelio encontraron el sentido de sus vidas.

Es lo que de nuevo tenemos que hacer reverdecer en nuestras vidas. Muchas veces se ha diluido o apagado el brillo y el color de nuestra fe influenciada por muchas cosas. Pero es algo que tenemos que restaurar con viveza para darle de nuevo a nuestras vidas el brillo de nuestra fe en Jesús. Por eso una celebración como la que en este día hacemos del Apóstol que predicó el evangelio en nuestras tierras tiene que ser un despertar esa fe que muchas veces parece dormida.

Que de nuevo nos impregnemos del brillo del evangelio dejándonos transformar por él. Que de ninguna manera nos acobardemos ante las corrientes adversas que nos podamos encontrar; que no se nos quede en unas bonitas tradiciones que hayan perdido su vitalidad porque además sabemos muy bien que hay muchos que quisieran tergiversar ese espíritu religioso de nuestras vidas y ese sentido cristiano que nos da el evangelio.

Como nos decía el Apóstol en la carta a los Corintios que hemos escuchado, ‘atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados, llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo’.

Es como tenemos que sentirnos firmes y valientes en nuestra fe. Nada nos puede acobardar; ni aplastados, ni desesperados, ni abandonados sino siempre gozosos por el gran tesoro que portamos. Es un tesoro que no tiene precio; cuando hemos encontrado la fe en nuestra vida todo se transforma, todo se hace distinto, todo se llena de luz. Sabemos, como nos decía el apóstol, que somos como vasijas de barro, por nuestra debilidad, pero la fortaleza la tenemos en el Señor.

Esa cruz tan presente en los caminos de España, tan presente en ese camino de Santiago que conduce a la tumba del Apóstol, no es un adorno más o menos artístico, sino que nos está recordando donde tenemos la fortaleza de nuestra fe. La cruz no es signo de derrota sino de victoria. Nuestro camino se hace muchas veces calvario, pero nuestro camino es un camino de felicidad porque es un camino de amor.

Es lo que le recordó Jesús a Santiago y Juan cuando le estaban pidiendo primeros puestos en su reino. ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’ Los apóstoles estaban decididos aunque en principio por sus ambiciones no fueran capaces de captar todo su sentido. Pero Jesús les recuerda que su grandeza está en el amor, en el servicio que nunca será una esclavitud, sino que siempre será una ofrenda de amor. Y el amor siempre llena de alegría el corazón; por eso decíamos  que es un camino de felicidad el que nos propone Jesús.

Es el gozo y el orgullo más hermoso con el que hemos de vivir y proclamar nuestra fe. Ahondemos, pues, en las raíces de nuestra fe y que nuestro valiente testimonio esté lleno de alegría.