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viernes, 22 de julio de 2022

El Señor nos llama por nuestro nombre y nos interpela en las lágrimas de los que lloran a nuestro lado

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El Señor nos llama por nuestro nombre y nos interpela en las lágrimas de los que lloran a nuestro lado

Cantar de los Cantares 3, 1-4b; Sal 62; Juan 20, 1-2. 11-18

Te encuentras un niño llorando en la calle y te detienes junto a él y le preguntas, ¿por qué lloras? Te encuentras una persona encogida en un rincón tratando de disimular sus sollozos y te acercas a ella y respetuosamente le preguntas ¿por qué lloras? Quizás un día te encuentras a tí mismo deprimido y hasta medio escondiéndote de tí mismo y te preguntas ¿por qué lloro?

‘¿Por qué lloras?’ Quizás si fuéramos más atentos nos daríamos cuenta de cuántas lágrimas se derraman en nuestro entorno; no nos enteramos quizás por el pudor de quien llora que medio oculta su dolor y no quiere que nadie le vea llorando, o quizás nos hemos insensibilizado tanto que no nos damos cuenta de ese llanto que resuena a nuestro alrededor.

¿Por qué lloramos? ¿Tristezas que se nos meten en el alma? Frustraciones, metas que no hemos podido conseguir, personas que se han arrancado de nuestro corazón y no sabemos por qué, despedidas que rompen al alma, desesperación y angustia ante lo que vemos que sucede en nuestro mundo y que no vemos quien ponga su mano para sacarlo a flote, amigos que se van, familiares a los que le llegó el final de sus vida, luchas a las que no vemos salida, soledades que no encuentran alivio, dolor y sufrimiento al que no encontramos un sentido, vidas vacías y llenas de superficialidad que se toman la vida a risa pero por lo que nos dan ganas de llorar...

Aunque decíamos al principio que le preguntábamos al niño o a la mujer que encontrábamos llorando del por qué de sus lágrimas, seamos sinceros con nosotros mismos porque quizá no le hemos preguntado a una madre por la razón de sus lágrimas, no hemos tenido la sensibilidad al ir por los caminos para escuchar tantos llantos detrás de puertas y ventanas, de los que preferimos no enterarnos, o cerramos los ojos para no ver unas lágrimas rodando mejilla abajo que nos interpelan.

Me estoy haciendo esta reflexión porque hemos escuchado esa pregunta primero en boca de los ángeles del sepulcro, y luego en labios del mismo Cristo, aunque en sus lágrimas ella no lo reconociera, que se le hacía a María Magdalena que llorando se había quedado junto a la piedra de la entrada del sepulcro. No había sabido reconocer el sentido de las palabras de los ángeles que le preguntaban por sus lágrimas, ni había sido capaz de reconocer al que ella tanto amaba, Jesús, su Señor, que le interrogaba detrás de ella. Solo una palabra la había despertado de su letargo y fue la voz de Jesús que la llamaba por su nombre. Todas sus lágrimas se secaron y la tristeza se transformó en alegría, allí estaba el Señor. Pero era Jesús quien había venido a su encuentro, era Jesús quien incluso se había interesado por lágrimas, será al final pronunciado su nombre cuando todo se transforma y ella ya puede reconocer al Señor. ‘¡Maestro!’, le dice y se tira a sus pies. Estamos celebrando hoy a Santa María Magdalena.

Cuando encontremos en la vida a alguien envuelto en sus lágrimas os voy a sugerir que nos acerquemos a esa persona llamándola por su nombre. Esas lágrimas y ese llanto tienen un nombre; esas lágrimas y ese llanto son de unas personas concretas. No son algo anónimo que nos hemos encontrado por el camino, detente e interésate por la persona, detente junto a eso concreto que está viviendo esa persona, porque la palabra con la que nos vamos a acercar para ofrecer consuelo tiene que ser algo concreto de su vida, con sus características y con sus circunstancias.

Desde nuestro yo, que también tenemos nuestro nombre, que también somos unas personas concretas, nos vamos a acercar a un tú que tiene nombre, a un tú que es una persona con sus características y sus circunstancias. Solo con que le digamos su nombre, con que hagamos referencia a algo concreto de su vida, estamos ofreciendo la mejor palabra y el mejor gesto de consuelo.

Pero hay algo más, en el encuentro con esa persona concreta nosotros vamos a sentir como Jesús llega a nuestra vida. Aprendamos a reconocer esa presencia del Señor. Tengamos en cuenta dos cosas, no son personas anónimas porque tienen un nombre y una vida concreta, pero sepamos también reconocer en ellas la voz del Señor que nos está llamando por nuestro nombre.

jueves, 21 de julio de 2022

No eran solo los de los tiempos de Jesús quienes no terminaban de entender, porque nos sigue pasando hoy, a nuestra Iglesia en momentos le sigue pasando también

 


No eran solo los de los tiempos de Jesús quienes no terminaban de entender, porque nos sigue pasando hoy, a nuestra Iglesia en momentos le sigue pasando también

Jeremías 2, 1-3. 7-8. 12-13; Sal 35; Mateo 13, 10-17

Pero, ¿es que no lo entiendes aun? Algunas veces nos encontramos con personas así, nunca entienden o nunca quieren entender; están ofuscados en una manera de ver las cosas que parece que se les cerraron los ojos y los oídos para no escuchar ni entender nada más que aquello que tienen metido en la cabeza.

¿Prejuicios? ¿Cerrazón de mente? Pudiera ser, pero no hay quien los cambie; y las relaciones entre las personas se hacen dificultosas; y los proyectos que podamos presentar no saldrán nunca adelante; y no podremos mejorar nada, porque no ven sino lo que siempre se ha hecho y no son capaces de abrirse a nuevas perspectivas, a nueva manera de ver las cosas, a ser capaces de recibir algo de los otros; y la vida sigue igual que hace no sé cuántos años o siglos, porque es que yo no puedo cambiar, es que soy así, y seguiremos siempre con lo mismo. Podríamos seguir resaltando muchas cosas en este sentido, por lo que vemos a nuestro lado, o acaso por posturas que también nosotros podamos mantener en nuestro interior, aunque tratemos de disimularlo.

Nos desconcierta en cierta manera la respuesta que Jesús les da a la pregunta de por qué siempre les habla en parábolas. Habían llegado a casa después de aquella mañana o tarde a la orilla del lago donde Jesús había ido desgranando una serie de parábolas para hablarles del Reino de Dios. ¿Habían entendido todos lo que Jesús les había querido anunciar? La pregunta que ahora hacen a Jesús los discípulos más cercanos, aquel pequeño grupo que se reunía siempre en torno a Jesús, a quienes había llamado de manera especial o se habían ofrecido para seguirle siendo sus discípulos, puede denotar también que ellos no terminaban tampoco de entender todo el sentido de aquellas parábolas, de aquellos ejemplos que Jesús les pusiera.

Y Jesús les dice que les habla en parábolas porque hay gente que escucha sin entender, miran sin ver porque quizás no ven ni entienden algo que esté un poco más allá de sus narices. Y es que han embotado su corazón, se han cerrado y no quieren escuchar, no quieren abrirse a algo nuevo que Jesús les está proponiendo. Aun siguen sin entender aquellas palabras que Jesús les dice cuando les habla del Reino de Dios. Muchos seguirán sin entender, podríamos decir, que hasta el final. ¿No preguntaban sus mismos discípulos más cercanos en los momentos previos a la Ascensión si había llegado ya la hora de la restauración de Israel? Seguían con aquella imagen tergiversada y confusa que tenían del misterio del Mesías, seguían soñando en reinos y poderes de este mundo, porque hasta el último momento andaban aún peleándose por los primeros puestos.

A pesar de las parábolas, tenemos que preguntarnos, si nosotros habremos entendido bien lo que es el Reino de Dios. ¿No seguiremos soñando con los poderes fácticos de este mundo y algunas veces habremos querido hacer la Iglesia también un poder mundano? No eran solo los de aquellos tiempos los que no terminaban de entender a Jesús, porque a nosotros nos sigue pasando, porque a nuestra Iglesia en muchos momentos le sigue pasando.

Tenemos nuestras ideas preconcebidas de lo que tiene que ser una religión, de lo que tiene que ser la Iglesia, de lo que han de representar los pastores de la Iglesia cuando los hemos equiparado hasta en los nombres con el estilo y la manera de ser de los poderes de este mundo. Mucho tendremos que cambiar, mucho tendremos que escuchar una y otra vez las parábolas de Jesús, mucho tenemos que rumiar en nuestro corazón todo lo que es el mensaje del Evangelio para que al final terminemos de asimilarlo.

miércoles, 20 de julio de 2022

Belleza de imágenes, riqueza de matices en la contemplado y escuchado aquella mañana en el lago, pero profunda interpelación para nuestra vida

 


Belleza de imágenes, riqueza de matices en la contemplado y escuchado aquella mañana en el lago, pero profunda interpelación para nuestra vida

Jeremías 1,1.4-10; Sal 70; Mateo 13,1-9

Las imágenes que se nos presentan hoy en el evangelio son realmente cautivadoras. Nos llenamos la mente de imaginación y disfrutamos con esa riqueza de imágenes. Nos ponemos a soñar. Es bueno. La mente necesita también de imágenes que nos cautiven, que nos llamen la atención, imágenes no solo para soñar, sino para que seamos capaces de aterrizar, de bajar a pie de calle, de encontrarnos con la vida.

Por una parte está el cuadro que nos describe el evangelista de lo sucedido en aquella mañana – poniendo imaginación también quiero pensar en una mañana esplendorosa - en la orilla del Tiberíades, las gentes que quizá han venido a ver los resultados de la pesca, pues era la hora en que retornaban las barcas después de una dura faena, pero que se habían encontrado al profeta de Nazaret y en torno a él se habían arremolinado para escucharle. ¿Se olvidarían quizá de lo que realmente habían venido a buscar a la orilla del lago? Ahora todos querían escuchar a Jesús; como tantas veces sucedería entre todos los estrujaban; El decide subir a una de las barcas mientras los pescadores limpiaban las redes, para desde allí como en un escenario hablar de manera que todos le pudieran escuchar.

La escena por si misma y ella sola ya nos tendría que hacer pensar. Querían escuchar a Jesús y se agolpaban en torno a El. Y Jesús no deja pasar la oportunidad de sembrar la semilla. De eso les va a hablar. Y El está allí como ese sembrador que esparce la semilla. ¿Serán todos tierra buena y fértil? Es precisamente en lo que les quiere hacer pensar.

Nos quiere hacer pensar, porque hoy es para nosotros. Pero ¿es que seremos capaces de correr también hasta la orilla porque queremos escucharle?  ¿O pasaremos indiferentes porque ya nos lo sabemos, que lo hemos escuchado tantas veces, y nos pondremos indiferentes a la distancia? Lo han visto muchas veces. Siempre que se reúne y aglomera gente ante algo que sucede o que se está realizando, veremos a los que se ponen a distancia y no se implican, van a ver de qué va la cosa, por ahora no vamos a complicarnos mucho.

Y por ahí va toda la belleza y la riqueza de la parábola que propone Jesús. El sembrador que sale a sembrar la semilla, pero los distintos campos y terrenos por donde va a ir pasando para esparcir esa semilla. No todos los terrenos son iguales, no todos los terrenos están preparados para sembrar esa semilla, no todos los terrenos se han labrado previamente para quitar hierbajos y zarzales, para aflojar la tierra endurecida o para ararla debidamente para que pueda recibir esa semilla que pueda producir luego buenas plantas que den fruto.

Y es aquí donde de nuevo tenemos que mirarnos y constatar nuestra realidad, y ver cual es nuestra predisposición, saber si en verdad estamos dispuestos a escuchar para sembrar en el corazón. La parábola es muy rica en imágenes y matices como para reflejar en verdad ese campo que es la vida, ese campo que es ese mundo en el que vivimos. Ese campo que está en nuestras manos para que lo cultivemos. ¿No nos dijo Dios allá en el Génesis, en los inicios del mundo y de la vida, allá en el paraíso que dominásemos sobre toda la creación? La puso en nuestras manos para que la trabajásemos y pudiéramos hacerle dar buenos frutos.  Pero ¿qué hemos hecho de la vida y del mundo?

Demasiado lo hemos pisoteado de manera que la tierra se nos ofrecerá dura y áspera; demasiados abrojos hemos dejado crecer porque no la hemos cuidado debidamente y brotan los zarzales de nuestros enredos, de nuestros orgullos, de nuestras violencias, de nuestras ambiciones egoístas y hemos creado como un caparazón que nos envuelve, que nos aísla, que nos insensibiliza, que nos encierra. No es la tierra propicia para que una buena semilla haga brotar hermosas plantas que nos den ricos y sabrosos frutos.

Hablábamos de la belleza de las imágenes y de toda la riqueza que encierran estas palabras del Evangelio, pero precisamente esa belleza y riqueza será mayor si somos capaces de aterrizar, de llegar a la realidad de nuestra vida para contrastar, para sentirnos interpelados y estemos dispuestos a hacer todo lo posible por ser esa tierra buena. Es la respuesta que se está esperando de nosotros hoy y ahora.

martes, 19 de julio de 2022

Dejémonos sorprender por Jesús cuando nos cambia las perspectivas para que comencemos a sentirnos en verdad la familia de los hijos de Dios

 


Dejémonos sorprender por Jesús cuando nos cambia las perspectivas para que comencemos a sentirnos en verdad la familia de los hijos de Dios

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Sal 84; Mateo 12, 46-50

Nos habrá pasado que íbamos con mucho entusiasmo a contarlo algo a una persona, porque pensábamos que era de su interés, era algo quizás importante para su vida, y nos parecía que le iba a alegrar y nos encontramos que no mostró ningún interés, es más, por lo que nos dijo parecía que estaba desviando a conciencia la conversación. Seguramente nos sentimos sorprendidos y desconcertados, casi sin palabras con las que insistir en lo que veníamos a contar y hasta podríamos sentir frustración por esa situación. La sorpresa nos dejó boquiabiertos.

No nos gusta quizás, pero alguna vez tenemos que dejarnos sorprender, porque quizá con gestos así desconcertantes podemos recapacitar y pensar en algo que realmente tenga valor, nos haga descubrir otras opciones, y hasta pudiera ser que esa sorpresa nos pudiera hacer cambiar muchas perspectivas de la vida.

Es con la capacidad de sorpresa con la que tenemos que acercarnos al evangelio, para descubrir algo nuevo, para cambiar perspectivas de la vida, para escucharlo de verdad como una noticia para nuestra vida, algo que se convierta de verdad en buena noticia para nosotros. Vamos al evangelio muchas veces con las lecciones aprendidas de memoria, ya nos creemos saber todas las explicaciones y no llegamos a descubrir la sorpresa que siempre tendría que ser para nosotros la Buena Nueva de Jesús.

Hoy da la impresión a primeras vistas que Jesús les da un parón a los discípulos. Han llegado María, su madre, y algunos parientes – en el lenguaje semita siempre se dice hermanos – y ante la dificultad que tienen para poder acercarse a Jesús por la cantidad de gente que le rodea, alguien viene a decirle que allí están su madre y sus hermanos. Ya sabemos lo que pasa cuando hay mucha gente rodeando a alguien porque quieren obtener algo, que venga quien venga no dejamos pasar a nadie, porque no queremos perder vez; cuantos empujones en esas ocasiones. Así sucedería entonces, pero alguien tiene la precaución de avisarle a Jesús, para que haga que les abran paso. Pero no fue lo que sucedió.

Y las palabras de Jesús además sorprendieron. ‘¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?’ Aparentemente parece que se desentiende de su madre y su familia. Pero es que la buena noticia que Jesús quiere darnos va por otro camino, por eso sentido. Quiere hablarnos de una nueva familia, quiere hablarnos de una nueva relación, está abriéndonos a una nueva perspectiva. No niega Jesús la realidad de la familia y todo lo que significa el amor familiar; quiere darle una nueva perspectiva, una nueva amplitud; es realmente lo que quiere que seamos nosotros.

‘Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre’. Una nueva familia quiere crear entre nosotros, con nosotros. Nos está diciendo que Dios es el único Señor de nuestra vida, y ahí está lo fundamental de lo que es el Reino de Dios, pero eso va a significar que quienes así lo reconocemos, lo vamos a hacer nosotros por una palabra que le dirijamos a Dios llamándole Padre y Señor, sino por una nueva actitud que va a haber entre todos nosotros.

Cuando decimos que aceptamos y creemos en el Reino de Dios, estamos diciendo que si Dios es Padre y Señor de todos, entre todos tiene que haber una nueva relación, un nuevo amor, un nuevo sentido de familia. Seremos su verdadera familia. Ya en otra ocasión nos dirá que su madre es el mejor modelo y ejemplo de lo que es cumplir la voluntad de Dios; es lo que ahora nosotros tenemos que comenzar a ser.

Sorprende esta nueva perspectiva, este nuevo sentido de relación entre nosotros, esa nueva familia que tenemos que constituir. Es la Buena Noticia, es el Evangelio que en verdad hoy tenemos que escuchar.

lunes, 18 de julio de 2022

Tenemos que ser profetas en medio del mundo, que con nuestra vida nos convirtamos de verdad en signo de algo nuevo y que desde Jesús nosotros podemos ofrecer

 


Tenemos que ser profetas en medio del mundo, que con nuestra vida nos convirtamos de verdad en signo de algo nuevo y que desde Jesús nosotros podemos ofrecer

Miqueas 6, 1-4. 6-8; Sal 49; Mateo 12, 38-42

También nosotros buscamos signos y señales. Y no es solo que estemos atentos a la señales que hay en la carretera para no perdernos ni para ponernos en peligros; buscamos signos que no solo son los matemáticos para ver cuando toda esta situación de crisis por la que pasamos va a cambiar; buscamos no solo la expresión que podamos ver reflejada en el rostro del médico cuando nos está auscultando para percibir o no si la enfermedad que tenemos es mala; buscamos señales de algo distinto, de que las cosas mejoren, que la enfermedad ya comienza a remitir, que no se van a volver a repetir aquellas malas experiencias por las que en alguna ocasión hemos pasado, de que ya todo está resuelto y no tenemos que seguir preocupándonos con las mismas cosas… buscamos signos, buscamos señales que quizá nos ayuden a creer en Dios, a sentir que es verdad que Dios nos ama y está con nosotros, como buscamos señales de milagros que parece que todo nos lo puedan dar por solucionado.

Buscamos signos nosotros, o los que están a nuestro lado buscan signos en nosotros de que aquello en lo que creemos es verdad; busca signos nuestro mundo en los creyentes porque en el fondo se interrogan sobre Dios, sobre la vida, sobre el sentido de las cosas; busca signos nuestra sociedad en la Iglesia porque quiere ver otra cosa, porque no siempre lo que ve le convence. ¿Qué signos damos al mundo de que Dios nos ama? ¿Seremos en verdad signos para los demás?

Escuchamos en el evangelio hoy que la gente, pero en especial los fariseos, los escribas, los dirigentes del pueblo, piden a Jesús signos para creer en El. Jesús les habla de un signo que es de su propia muerte y resurrección cuando les habla de Jonás; pero también en la respuesta de Jesús está el signo de aquella conversión de las gentes de Nínive cuando escucharon la predicación de Jonás.

Nos vale para nosotros mismos, para los que decimos que creemos en Jesús, que tenemos que descubrir las señales de su pascua, lo que en verdad significó su muerte y su resurrección; nos vale para nosotros para que comencemos a tener las mismas buenas actitudes de las gentes de Nínive que estaban dispuestas a cambiar, que se pusieron en camino de penitencia, como signo y expresión de la conversión de sus vidas a Dios.

Pero nos vale para que aprendamos a comenzar a ser signo para los demás. Todo lo que pasó Jonás desde sus dudas y sus miedos, sus huidas y sus castigos, el ser arrojado al mar o devorado por aquel cetáceo que a los tres días lo devolvería sano y salvo, hace que sea Jonás el signo. ¿Y cómo nos vamos a convertir en un signo para los demás?  ¿Cómo vamos a comenzar a ser ese signo para el mundo que nos rodea y que no cree, pero que por nuestros gestos, por nuestras actitudes, por nuestra manera de actuar y de vivir puedan comenzar a ver la luz?

Creo que es lo que nos pide hoy el mundo que sigue necesitando signos, pero que no son simplemente los hechos milagros y extraordinarios, sino lo que con nuestra vida nosotros podamos ofrecerle. Es la invitación que estamos escuchando del Señor a través de este evangelio, que seamos signos para que el mundo crea. No son palabras bonitas lo que el mundo quiere escuchar; eso ya se lo ofrecen tantos como charlatanes en la vida social o en la vida política, y la gente está desencantada. ¿Pero el mundo también estará desencantado por lo que ve en la Iglesia, por lo que ve en los cristianos?

Tenemos que ser profetas en medio del mundo, que con nuestra vida nos convirtamos de verdad en signo de algo nuevo y que desde Jesús nosotros podemos ofrecer. Necesitamos dar ese primer paso de conversión; necesitamos esa valentía para actuar de manera profética; necesitamos sentirnos llenos de la fuerza del Espíritu.

domingo, 17 de julio de 2022

No dejemos que el Señor pase de largo por nuestras vidas, ofrezcámosle generoso la hospitalidad de nuestro corazón en quien se acerca a nuestras vidas

 


No dejemos que el Señor pase de largo por nuestras vidas, ofrezcámosle generoso la hospitalidad de nuestro corazón en quien se acerca a nuestras vidas

Génesis 18, 1-10ª; Sal 14; Colosenses 1,24-28; Lucas 10, 38-42

‘No te pases de generoso’ algo así habremos escuchado en alguna ocasión cuando una persona sensible ante las carencias de los demás y generoso de corazón trata ayudar con generosidad a aquel que ve necesitado delante de sus ojos. Nos darán recomendaciones, nos señalarán protocolos de hasta dónde podemos llegar, querrán poner límites a la generosidad del corazón. Y es que quien ha aprendido de Jesús su corazón siempre estará en sintonía con el otro y muy lleno de sensibilidad para acoger y para servir, para ayudar y para ofrecer lo mejor de si mismo. ¿Cómo podremos llegar a unas actitudes y posturas tan valientes y tan generosas?

Alguien podría estar pensando, al hilo de esta reflexión, ¿y a donde se nos quiere llevar? El evangelio hoy nos ofrece el testimonio de unas personas que así supieron abrir puertas, así supieron estar disponibles, pero así, sobre todo, supieron abrir el corazón de manera que su hogar se nos presentara como ejemplo de hospitalidad y de acogida generosa, sin poner trabas ni medidas a la generosidad de su corazón.

Ha sido proverbial que cuando se nos hable de hospitalidad se nos ponga como ejemplo a los orientales, pero sobre todo a las gentes del desierto o que viven una vida trashumante buscando por lomas y desiertos el pasto y el agua para sus ganados. Quizá porque saben lo que es la soledad y lo que son las carencias de la vida, superando desconfianzas y recelos, las gentes del desierto siempre serán acogedores a los que llegan a su tienda a los que ofrecerán el pan y la sal, el agua y el ungüento como signo y señal de acogida desinteresada y generosa.

Hoy se nos habla en el evangelio de un hogar que está junto a un camino; el camino que sube de Jericó a Jerusalén, el camino que viene del desierto y lleva al encuentro de la ciudad santa, el camino también que hacían los que bajando por el valle del Jordán venían desde la lejana Galilea peregrinaban a Jerusalén y al templo en especial para la fiesta de la pascua. Un lugar propicio para tener un patio acogedor y con el cántaro siempre al borde de la cisterna para ofrecer agua fresca y descanso a los que agotados por el camino y el calor del desierto hacían camino hacia Jerusalén.

¿Sería ese el principio de las paradas de Jesús y sus discípulos en aquel hogar de Betania? El hecho está en que vemos a Jesús acogido en aquel hogar, no una sino varias veces, de manera que a Lázaro, un miembro de la familia, ya se le llamará el amigo de Jesús. La escena que nos ofrece hoy el evangelio es enormemente bella y enriquecedora. La mujer mayor de la casa se desvive por atender a sus huéspedes con todos los preparativos de la cocina, mientras que la otra hermana se ha quedado sentada a los pies de Jesús escuchando sus palabras y ofreciéndole también con su presencia el signo de esa acogida generosa en aquel hogar.

Las quejas de Marta porque María parece que nada hace y la respuesta de Jesús ha dado pie en muchas ocasiones a interpretaciones que se nos quedan cortas para valorar lo que el gesto de aquellas mujeres podía significar.

María ha escogido la parte mejor, le responde Jesús a la atareada Marta, pero no le dice que no ha de hacer lo que está haciendo, pues también es necesario para la acogida que aquel hogar viene a significar. Hay una buena noticia de salvación que llega con la presencia de Jesús a aquel hogar de Betania, y ambas, cada una a su manera y según su función, serán igualmente acogedoras ofreciendo su amistad, en el silencio de la escucha y en el servicio de ofrecer lo mejor, al Jesús que llega a sus vidas.


Cuando un caminante llegara de otros lugares a alguna de aquellas tiendas del desierto, pronto estarían con oídos atentos para escuchar las historias y noticias que aquel personaje les pudiera traer; se entablaba una mutua relación e intercambio porque a aquel caminante se le ofrecerían también las mejores viandas que en el desierto pudieran tener. Hemos escuchado en la primera lectura que Abrahán ofrece a los tres caminantes que llegan a la puerta de su tienda el mejor pan y la mejor carne de sus vacadas para que no pasaran de largo alcanzando así el favor de aquellos caminantes. Son un signo de la presencia de Dios que llega junto a Abrahán y le dejará la buena noticia de un hijo y heredero que le ha de nacer.

No dejemos que el Señor pase de largo por nuestras vidas. Es la prontitud de Abrahán para ofrecer lo mejor de sí mismo en su hospitalidad, pero ha de ser también el silencio de la escucha y la disponibilidad para el servicio que encontramos en el hogar de Betania. Así no dejaremos que Dios pase de largo por nuestras vidas, así podremos sentirnos inundados por la presencia y el amor de Dios que se derramará en nuestros corazones, así podremos llegar a sentirnos transformados en hombre nuevos llenos de generosidad que no pondremos nunca límites a la generosidad de nuestro amor.

Nos está hablando, sí, de la escucha de la Palabra de Dios; nos está hablando del corazón abierto con que hemos de venir a la oración y a nuestras celebraciones; pero nos está señalando algo más, porque Dios llega a nuestras vidas de muchas maneras y una muy importante es en el hermano que pasa a nuestro lado, las personas con las que convivimos en familia o con las que vamos compartiendo el camino de cada día; en ese extraño con quien quizá inesperadamente nos encontramos un día o en ese que por su presencia, por lo que hace o por la manera de presentarse no nos cae tan bien; en ese niño que un día levanta su mirada hacia nosotros, en ese joven que quizás nos parece que nos está mirando de lado pero que en el fondo está tendiendo su mano en búsqueda de algo, o en ese anciano que solo se sienta a la puerta de su casa a contar sus historias.

¿Cómo es nuestra acogida y escucha? ¿Cómo es la manera de prestarles atención? ¿Cómo pacientemente nos sentamos a su lado para escuchar sus lamentos o sus tristezas?  ¿Cómo somos capaces de ponernos a hacer camino junto a él aunque sea un desconocido para nosotros?  No dejemos que el Señor pase de largo por nuestras vidas.

sábado, 16 de julio de 2022

Abramos los ojos para ver la luz, abramos los ojos para sensibilizarnos con lo que hay a nuestro alrededor, abramos los ojos para que comencemos a derramar amor

 


Abramos los ojos para ver la luz, abramos los ojos para sensibilizarnos con lo que hay a nuestro alrededor, abramos los ojos para que comencemos a derramar amor

Miqueas 2, 1-5; Sal 9; Mateo 12, 14-21

La luz nos chirría en los ojos. Vamos a decirlo así, es como una metáfora; empleando esa palabra, chirriar, más bien nos parecería que nos referimos a los oídos, pero quien emplearla así, tal como me salió de entrada. Y es que la luz en ocasiones nos molesta; unos ojos acostumbrados a las sombras y andar entre oscuridades, cuando salen a la luz se ciegan, parece que no pueden ver.

Pero a lo que nos queremos referir no es que no podamos recibir la luz, es que en ocasiones no queremos recibir la luz, preferimos nuestras sombras, así no nos enteramos de la verdad; nos molestan las verdades en la vida, hoy ocasiones en que no queremos escucharlas. Preferimos seguir en nuestras sombras sin ver la realidad; el bien que hacen los que están a nuestro lado nos molesta, no queremos enterarnos, si pudiéramos lo ocultaríamos, porque se puede convertir en una denuncia para nuestra vida, que no siempre opta por esos caminos de bien.

Molestaba Jesús y quieren quitárselo de en medio. Andan tramando cómo quitarlo de en medio, nos dice hoy el evangelio. La presencia de Jesús era en sí misma denuncia para sus vidas. ¿Cómo podría pasar Jesús al lado de una persona que estuviera sufriendo y no la remediara? Hay una forma, cerrar los ojos, para no ver y para no enterarnos. Pero Jesús nos cierra los ojos, Jesús va allí donde está la vida y está el sufrimiento, Jesús abre las puertas y si es necesario deja que le rompan los tejados, para que todo el sufre pueda llegar hasta El. Lo vemos repetidamente en el evangelio.

Ahora han pretendido que Jesús no curara al hombre de la mano paralítica o a aquel que estaba poseído por el mal, porque era sábado, porque estaba en la sinagoga, porque ese día no se puede trabajar, porque la sinagoga no es un consultorio médico sino un lugar para rezar.

Pero Jesús cura a uno y otro, Jesús se acerca a todos los que están sufriendo, aunque tenga que buscarlo en el barullo de la piscina probática, aunque tenga que detenerse por las calles de Jerusalén para fijarse en el ciego que está pidiendo al borde de la calle, aunque pare su camino de subida a Jerusalén porque Bartimeo está gritando al borde del camino desde su ceguera. Jesús se acerca a todos y deja que todos se acerquen a El.

Ojalá aprendiéramos a ir con los ojos abiertos por la vida, con la antena de nuestra sintonía levantada, con los ojos y oídos atentos para escuchar el clamor de tantos a nuestro lado. Pensamos que todos son felices, porque muchas veces eso queremos aparentar, o porque eso nosotros queremos ver, porque no queremos enterarnos de lo que sucede alrededor.

Hay sufrimiento, hay corazones rotos, hay muchas soledades, hay muchos dramas, hay muchas tensiones entre unos y otros porque no se ha sabido encontrar esa paz interior, hay mucha gente que se siente desorientada y no sabe qué rumbo tomar en la vida. Muchas de las cosas que vemos en ocasiones son escapatorias de las que se valen muchos para calmar o disimular sus angustias o sus sufrimientos. Y nosotros vamos por la vida tan insensibles, pensando siempre que todo marcha bien. ¿Nos chirrían los ojos, como decíamos al principio?

A Jesús no le dejarán actuar en la sinagoga y andan al acecho detrás de él, pero vemos que se va a todas partes y son muchos los que le siguen y a todos cura, a todos sana allá en lo más hondo de sus corazones. Y el evangelista recuerda la profecía del que viene lleno del Espíritu del Señor y no quebrará la caña cascada ni apagará la mecha humeante. Todo los renueva, todo lo llena de vida, todo lo hace florecer de nuevo, todo lo hace brillar con nueva luz.

¿No nos dice algo todo eso a nosotros? ¿Qué hacemos? ¿Qué estamos haciendo? Abramos los ojos para ver la luz, abramos los ojos para sensibilizarnos con lo que hay a nuestro alrededor, abramos los ojos para que comencemos a derramar amor.

viernes, 15 de julio de 2022

Llenemos de nuestro corazón de compasión y misericordia para saber comprender, valorar y descubrir toda la riqueza espiritual que podemos encontrar en el otro

 


Llenemos de nuestro corazón de compasión y misericordia para saber comprender, valorar y descubrir toda la riqueza espiritual que podemos encontrar en el otro

Isaías 38, 1-6. 21-22. 7-8; Sal.: Is. 38, 10-12; Mateo 12, 1-8

Algunas veces somos incongruentes y contradictorios. Según nos vaya o nos pueda ir, aceptamos o no aquello que nos parece que más nos conviene. Somos los más rebeldes del mundo a todo lo que signifique norma que para nosotros pueda representar imposición, pero nos llenamos de reglamentos, de protocolos, de reglas de todas clases con las que decimos que pretendemos tener todo muy asegurado y en orden para saber en todo momento lo que tenemos que hacer. Y entretenidos andamos con esos protocolos pero hacemos las cosas sin vida, sin hondura, sin encontrarle un hondo significado y valor. ¿De qué nos vale que andemos así?

Pero esto no es nuevo, esto es algo que siempre nos ha sucedido, pero no por eso debemos de contentarnos, relajarnos o no darle importancia. Creo que en nuestra madurez humana hemos de saber encontrar el sentido de las cosas, y darle valor a lo que realmente es primordial. No se trata de rechazar sin más aquello que no nos guste o muchas veces se pueda convertir en una rutina de nuestra vida, sino saberle encontrar el sentido y el valor a lo que hacemos. Siempre tenemos que buscar el valor de la persona, siempre busquemos el mejor trato que podamos tener con los que están a nuestro lado, siempre llenemos de nuestro corazón de compasión y misericordia para saber comprender, para saber valorar, para saber descubrir también la riqueza espiritual que podemos encontrar en la otra persona.

Algunos le preguntaban a Jesús si venía a abolir la ley porque quería hacer algo nuevo, pero otros se aferraban a sus costumbres y rituales, aunque algunas veces hubieran perdido su sentido al realizarlas. Ahora andaban muy preocupados por el tema de los ayunos y de las penitencias que habían de imponerse o por los cumplimientos escrupulosos del descanso sabático.

Estaban los estrictos en la ley y en sus normas como eran los fariseos que lo llevaban hasta el escrúpulo más opresivo; había escuchado a Juan, por otra parte, cuando preparaba los caminos del Señor que les invitaba a la conversión para entender y aceptar el mundo nuevo que llegaba, pero para muchos aquellas palabras de Juan parecía que se quedaban en una invitación al ayuno. ¿No pedía Juan la conversión de sus corazones para poder aceptar al Mesías? Aquel enderezar caminos iba con ese sentido de renovación profunda de los corazones, pero quizá con las influencias de los que parecían los mayores cumplidores de la sociedad, como eran los fariseos, todo se había quedado en recordar los ayunos, por aquella austeridad que Juan había vivido en el desierto.

Ahora reclaman a Jesús que sus discípulos no ayunaban o hacían lo que no estaba permitido el sábado cuando arrancaban espigas en el camino para estrujarlas en sus manos y echarse a la boca unos granos. Ante la terquedad y cerrazón de aquellos corazones Jesús les dice que si no recuerdan lo que también está escrito en los profetas, misericordia quiero y no sacrificios. Era difícil de entender para algunos a los que parecía que la ley estaba por encima de todo. ¿De qué me vale todos los sacrificios que yo pueda ofrecer al Señor si mi corazón está encerrado en mi mismo y no soy capaz de tener la mínima compasión con el hermano que sufre a mi lado? ¿De qué me vale ese estricto cumplimiento de la ley si no soy capaz de ser compasivo y misericordioso con los demás?

Miremos si eso nos sigue pasando a nosotros hoy. Yo soy el primero que me miro a mi mismo cuando os hago estas reflexiones y no es que yo brille con mucha luz. No podemos faltar a la Iglesia para ir a misa el domingo, pero no tengo compasión con el que me encuentro en el camino, no soy capaz de perdonar al vecino al que le sigo guardando rencor por algo que me hizo y yo no olvido y al que no le dirijo la palabra. ¿Dónde está esa misericordia en mi vida? ¿Dónde reflejo yo con mis actos la misericordia del Señor de la que tengo que ser signo?

jueves, 14 de julio de 2022

Hay cansancios que van más allá del agotamiento físico porque las situaciones de la vida nos meten en tensión, Jesús nos dice que vayamos a El que es nuestro descanso

 


Hay cansancios que van más allá del agotamiento físico porque las situaciones de la vida nos meten en tensión, Jesús nos dice que vayamos a El que es nuestro descanso

Isaías 26, 7-9. 12. 16-19; Sal 101; Mateo 11, 28-30

¡Qué cansado estoy! Seguramente lo habremos escuchado más de una vez al amigo, al familiar, o acaso lo hayamos dicho nosotros mismos. Llegamos al final de la tarde después de una jornada de intensa tarea y ya no damos un duro por nosotros mismos, nos sentimos agotados, sin fuerzas, estamos ansiosos por llegar al momento del descanso.

Pero hay otro cansancio anímico que se nos mete en el alma, nos sentimos sin ánimos y ya no es cuestión solo de fuerzas físicas, sino de ese entusiasmo necesario por emprender las cosas; vivimos en medio de tensiones, producidas por el mismo trabajo, pero también por los aconteceres de la vida y cuando vivimos como en una olla de presión al final la válvula si no está bien asegurada puede saltar; y es ese decaimiento que se nos mete en el alma, ese sentirnos quizás como aburridos porque nos agobian los problemas, porque las cosas no nos salen, porque tropezamos siempre en lo mismo, porque nos volvemos a encontrar con aquellas personas que no nos agradan o ya su presencia es un daño para nuestra vida, porque no avanzamos como nosotros quisiéramos, queremos superarnos en tantas cosas pero caemos de nuevo en las mismas rutinas, las mismas malas ‘mañas’, las mismas malas costumbres, y nos sentimos desalentado porque no vemos el avance que quisiéramos en la vida.

Y hoy Jesús nos dice que si estamos cansados y agobiados vayamos a El, es nuestro descanso y nuestra fortaleza. Contar con Jesús, contar a Jesús, eso ha de ser nuestra oración; no vamos solo a recapitular nuestros triunfos y hacer alarde de las cosas buenas que hacemos, como aquel fariseo de la parábola del evangelio cuando subió al templo a orar, sino que vamos a llevar todos esos nuestros agobios y cansancios y a ponerlos a los pies de Jesús. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré’.

Algunas veces decimos que cuando vamos a la oración, tenemos que dejar a la puerta todas aquellas cosas que nos pueden distraer de nuestro encuentro con Dios, pero también tenemos que decir que cuando vamos a la oración tenemos que llevar todo eso que es nuestra vida también con nuestros cansancios y con nuestros agobios; para tratar de ello con Jesús, para dejarnos iluminar por su luz, para mirarlos con una mirada distinta – todo eso nos vamos a encontrar – pero también para descansar en el Señor.

Y también nos dice que aprendamos de El. ‘Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas’. Lo necesitamos. Esos mismos agobios de la vida nos ponen nerviosos, aparecen sensibilidades que no somos capaces de controlar; las cosas nos alborotan, nos hace perder la paz, nos sentimos intranquilos, todo nos cansa, nos cuesta ya hasta las más mínimas cosas que hemos de tener o hacer en relación con los nuestros, con los más cercanos, todo nos hiere y nos molesta. Aprendamos de la mansedumbre del corazón de Cristo; aprendamos ese camino de humildad para no alborotarnos con nuestra soberbia que pronto nos exalta y despierta en nosotros violencias que en otro momento no hubiéramos tenido.

Sepamos ir hasta Jesús, que sea auténtica nuestra oración, que haya un encuentro vivo con El, que comencemos a impregnarnos de su paz, que llenemos el corazón de esa mansedumbre; veremos a Dios, nos llenaremos de Dios, haremos brillar la paz de Dios en la tierra.

miércoles, 13 de julio de 2022

Hagamos camino con el camino de Jesús que no es otro que nuestro propio camino que quiere hacer con nosotros para revelarnos todo el misterio del amor de Dios

 


Hagamos camino con el camino de Jesús que no es otro que nuestro propio camino que quiere hacer con nosotros para revelarnos todo el misterio del amor de Dios

Isaías 10, 5-7. 13-16; Sal 93; Mateo 11, 25-27

Es justo y humano que queramos crecer en conocimientos; podríamos decir que es exigencia de nuestra condición humana, pues en nuestra dignidad como personas estamos dotados de una inteligencia y de una voluntad, que nos engrandece. Exigencia, porque tenemos que desarrollar nuestras capacidades; exigencia porque desde esa inteligencia vamos creciendo en el conocimiento y crecer en el conocimiento es una manera de crecer como personas, pero es lo que intelectualmente nos hace ir investigando, creando esa cultura científica en todos los aspectos. Decimos que una faceta de esa sabiduría es ese crecimiento de conocimientos y todo ese desarrollo que podemos ir haciendo de nosotros mismos y de nuestro mundo.

Algo que tendría que hacernos más humanos, crear humanidad en nuestras relaciones como en nuestra manera de ser, reconociendo incluso nuestras limitaciones aunque cada día vayamos avanzando más y más. Esa ciencia, ese conocimiento no nos puede hacer autosuficientes para creernos dioses o para ponernos por encima de los demás, aun cuando no hayan sido capaces de ese desarrollo al que nosotros hemos llegado. Esa autosuficiencia y ese orgullo a la larga nos destruyen como personas y nos impedirán alcanzar otra sabiduría de la vida que nos viene, por así decirlo, por otro camino.

Decíamos que es exigencia de nuestra propia humanidad, pero que también lo podemos descubrir como una exigencia de nuestra fe; y no tiene por qué haber enfrentamiento entre esa sabiduría que vamos alcanzando en nuestro desarrollo y nuestra fe. Es necesario un camino de humildad, de reconocimiento incluso de aquello a lo que no podemos llegar por nosotros mismos.

Nos sorprende Jesús hoy con sus palabras. Nunca nos podemos acostumbrar a las palabras de Jesús y darlas siempre por conocidas y entendidas. Da gracias al Padre porque ha querido rebelarse, no a los sabios y entendidos, sino a los que son pequeños, a los que han sabido ser pequeños.

¿Reñida esa revelación de Dios con el desarrollo de nuestra inteligencia y de nuestra ciencia? De ninguna manera. Es la actitud del que se cree entendido lo que le hace incapaz de recibir esa revelación de Dios; la autosuficiencia de creer que todo nos lo podemos saber por nosotros mismos nos cierra a lo más grande que podemos recibir, esa revelación que Dios hace de si mismo. No hay ninguna contradicción con lo que hemos venido diciendo, sino todo lo contrario. Es una sabiduría que solo podemos recibir de Dios pero si tenemos el corazón humilde y abierto como para dejarnos enseñar por Dios.

Es lo que recibimos por Jesús, Palabra y revelación de Dios. ‘Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’. Jesús quiere revelársenos, Jesús viene del Padre y nos revela el misterio de Dios, Jesús es la luz que nos ilumina, pero como nos sucede tantas veces por nuestra autosuficiencia las tinieblas no quieren recibir la luz.

Recorramos las páginas del evangelio y veremos quienes son los que escuchan a Jesús; aquellos que han llenado su corazón de autosuficiencia, los veremos que siempre están a distancia de Jesús, al acecho; pero quienes son pequeños y saben hacerse pequeños, aquellos que caminan con corazón pobre y humilde serán los que escuchan y siguen a Jesús.

¿Cuál es nuestra posición ante Jesús? ¿Nos quedaremos quizás en mirar de lejos para filtrar las palabras y los gestos de Jesús? ¿Seremos capaces de ponernos a pie de calle para caminar al lado de Jesús, aunque muchas veces el camino se haga duro o se haga calle de amargura que nos lleve al Calvario para dejarnos inundar por el amor de Jesús?

El ha venido a caminar a nuestro lado, a hacer nuestros caminos, a llegar a la casa de la suegra de Pedro donde hay sufrimiento o a la casa de Jairo donde están las plañideras de la muerte, pero el viene para curarnos, para llenarnos de la vida y de la sabiduría de Dios. Hagamos camino con su camino que no es otro que nuestro camino que Jesús quiere hacer con nosotros.

martes, 12 de julio de 2022

Decir bonitas palabras y hacer promesas es fácil, realizarlo cada día, ya es otra cosa, pronto volvemos a la rutina, dejémonos envolver por la gracia del Señor

 


Decir bonitas palabras y hacer promesas es fácil, realizarlo cada día, ya es otra cosa, pronto volvemos a la rutina, dejémonos envolver por la gracia del Señor

Isaías 7, 1-9; Sal 47; Mateo 11, 20-24

A veces no somos lo suficientemente agradecidos; diera la impresión de que nos creemos que lo merecemos todo; y ya no es solo que en el momento en que recibimos algo de los demás nos surja o no la palabra de gratitud, sino que el agradecimiento se ha de manifestar en la actitud que tenemos hacia esas personas que han sido buenas con nosotros. No es que le vayamos a pagar lo que generosamente han hecho, porque no nos lo aceptarían, pero si es necesario tener unas buenas actitudes hacia esas personas que manifiesten que en verdad estamos agradecidos. Es algo muy sutil muchas veces, pero es necesaria esa delicadeza que no siempre tenemos. Pronto olvidamos lo que hemos recibido sin merecimiento. Algunas veces, cuando uno se da cuenta, no sabe como corregir esos olvidos de muestra de nuestra ingratitud y nuestra falta de delicadeza.

Esto que tiene una referencia muy clara a lo que son nuestras relaciones humanas con las personas con las que convivimos nos puede servir también para que recapacitemos y veamos lo que es nuestra relación con Dios y las muestras de agradecimiento que tenemos ante su amor.

¿Nos sucederá a nosotros algo semejante a lo de los leprosos que nos cuenta en una ocasión el evangelio? Habían suplicado al Maestro que les curara y Jesús les envió a que se presentaran a los sacerdotes para cumplir con todos los requisitos de la ley para una vez curados poder ser admitidos de nuevo en la comunidad. Pero uno de aquellos leprosos antes de acudir a cumplir con aquellos requisitos legales, se vino a los pies de Jesús para darle gracias porque lo había curado. ‘¿Los otros nueve dónde están?’ se pregunta Jesús. Nos preguntará que dónde estamos nosotros tras tanto que hemos recibido de sus manos.

Es la recriminación que hoy le vemos a hacer a aquellas ciudades de Galilea donde había anunciado la Buena Noticia del Reino de Dios y tantos signos había realizado, Corozaín, Betsaida y la misma Cafarnaún. Y las compara Jesús con otras ciudades que no habían recibido los beneficios de la presencia de Jesús, pero que si en ellas se hubieran realizado los milagros y signos que allí había realizado, seguro que hubieran emprendido el camino de la conversión.

Quizá en el momento en que Jesús había obrado milagros en aquellos lugares, muchos saldrían alabando a Dios que realiza tales cosas. Como tantos que cuando contemplaban las obras de Jesús se deshacían en alabanzas y bendiciones; son los momentos de fervor, que pronto se apagan, pronto nos enfriamos; son los momentos de los buenos propósitos, que cuando pasan unos días y volvemos a la rutina de siempre pronto olvidamos. Nos pasa tantas veces. Son tantas nuestras promesas y propósitos; son tantas las ocasiones en que nos decimos ahora sí voy a cambiar y desde ahora las cosas serán distintas, pero a la vuelta de la esquina volvimos con nuestras rutinas y nuestras malas costumbres.

Decir bonitas palabras es fácil, realizarlo en la vida de cada día, ya es otra cosa; qué pronto volvemos a la rutina, qué pronto volvemos a encerrarnos en nosotros, que pronto nuestra mirada se vuelve turbia otra vez, qué pronto dejamos de ver la presencia del Señor en aquel que nos sale al encuentro en el camino. Qué débiles e inconstantes somos.

Dejémonos envolver por la gracia del Señor que sea la que nos guíe y la que nos de fuerza, la que sea nuestra inspiración y la que nos impulse a actuar sin ningún temor y siempre con corazón agradecido. Cuánto tenemos que orar al Señor para lograrlo.

lunes, 11 de julio de 2022

Vivimos tan inmersos en estas luchas de cada día, de aquí abajo que parece no tuviéramos en cuenta esa trascendencia de vida eterna que nos da nuestra fe

 


Vivimos tan inmersos en estas luchas de cada día, de aquí abajo que parece no tuviéramos en cuenta esa trascendencia de vida eterna que nos da nuestra fe

 Proverbios 2, 1-9; Sal 33; Mateo 19, 27-29

Algunas veces nos preguntamos y por qué actué yo así, por qué tuve esa reacción airada quizás, altanera y orgullosa, o por qué me desentendí de forma egoísta ante la situación o el problema que se nos planteaba. No vamos a echarle la culpa a nadie, porque quizás denota una inmadurez en nosotros, pero sí hemos de reconocer que en la sociedad en la que estamos, vivimos situaciones tan contradictorias, vemos el actuar de la gente llena de malicia, o también aquellos que se quieren aprovechar de los demás y no hacen nada por si mismos para salir del barranco en el que se han metido, que de alguna manera nosotros reaccionamos, nos sentimos insatisfechos, nos parece que se están aprovechando de nosotros y surgen nuestras iras y violencias, nuestras actitudes y posturas egoístas y parece que hay hasta contradicción dentro de nosotros mismos porque no siempre concuerda lo que decimos y pensamos de lo que luego realmente hacemos.

¿Nos hundimos? ¿Nos sentimos fracasados? Decir en una palabra que no estamos contentos con nosotros mismos. Y no vamos a justificarnos.

Hoy se nos ofrece un hermoso texto del libro de los Proverbios, unos de los libros sapienciales del Antiguo Testamento. Nos habla de sensatez, sabiduría, prudencia, rectitud... unos valores que bien necesitamos en el día a día de nuestra vida. Si lo tuviéramos más en cuenta sabríamos actuar con mayor madurez, no nos dejaríamos llevar por el primer impulso, sabríamos leer aquellos acontecimientos de la vida con los que vamos tropezando haciendo una lectura distinta, no mostraríamos esas incongruencias con que tantas veces nos manifestamos en la vida.

Tenemos que aprender a encontrar esa sabiduría de Dios para descubrir ese sentido nuevo que hemos de irle dando a las cosas que realizamos. Sabríamos tener la fortaleza necesaria para sobreponernos en aquellas cosas que nos desagradan, pero para actuar de una manera nueva; no vamos nosotros a actuar de la misma manera que lo hacen todos, porque denotaríamos la poca sabiduría que hay en nosotros y la poca hondura espiritual.

¿Cuál es la razón última por la que nosotros actuamos? No pretendemos buscarnos el agrado del mundo, no buscamos merecimientos para subirnos en pedestales en nuestra vida; es la rectitud con que queremos actuar, pero es también la meta final de hacer más presente en nuestro mundo el Reino de Dios, con la esperanza de que un día lo podremos alcanzar en plenitud.

¿Qué vamos a alcanzar nosotros que lo hemos dejado todo para seguirte?, le preguntan un día a Jesús los discípulos más cercanos. Jesús había hablado de negarse a sí mismos, de ser capaz de renunciar incluso a una familia, o de no tener seguridades humanas en las que apoyarse. Jesús les dirá que si viven en fidelidad, si han sido capaces de desprenderse de todo, no les va a faltar porque para ellos es el ciento por uno, pero hay una promesa final que no podemos olvidar. ‘Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna’. Aquí está manifestada la recompensa final, ‘heredará la vida eterna’.

Vivimos tan inmersos en estas luchas de aquí abajo de cada día que parece no tuviéramos en cuenta esa trascendencia de nuestra vida. ¿Pensamos en verdad en la vida eterna? Y no es cuestión de hacerse imaginaciones de cómo será esa vida eterna, sino fiarnos de la palabra de Jesús que nos habla de que nos prepara unas estancias y vendrá y nos llevará con El, y el Padre y El vendrán y habitarán también nosotros. Es estar en la plenitud de Dios, en la plenitud de la vida de Dios. Y eso para siempre, con la eternidad de Dios.

No lo perdamos de vista en nuestro quehacer de cada día, no lo perdamos de vista en las motivaciones últimas que tenemos para nuestro actuar y vivir la vida cristiana, para superarnos cada día, para llenarnos de esa sabiduría de Dios que nos enseñe un nuevo actuar. Es vivir la plenitud del Reino de Dios.

domingo, 10 de julio de 2022

La cuestión final no está en haber visto al prójimo, saber que está ahí y cuál es la situación en la que se encuentra, sino en portarse como prójimo con él

 


La cuestión final no está en haber visto al prójimo, saber que está ahí y cuál es la situación en la que se encuentra, sino en portarse como prójimo con él

Deuteronomio 30, 10-14; Sal 68; Colosenses 1, 15-20; Lucas 10, 25-37

No es lo mismo ver a alguien que encontrarse con una persona. Habrá sucedido más de una vez vamos por la calle y vemos a alguien a lo lejos, pero buscamos la manera de desviarnos para no encontrarnos con ella. La viste, pero no te encontraste. Muchas razones (¿?) porque no nos apetecía, porque te iban a decir si me veían con esa persona, no era de mi agrado, un día me dijeron, es una latosa y no quiero perder el tiempo… mil razones que nos buscamos, mil disculpas, mil disimulos, mil vueltas y más vueltas.

Como cuando hacemos preguntas que ya de antemano sabemos la respuesta, pero a ver qué me dice, o a ver la vuelta que le puedo dar, o no queremos entender y volver con la pregunta es dar más vueltas para olvidarnos de lo que sabemos que es lo principal, o queremos que la respuesta coincida con mis intereses, mis planteamientos y nos volvemos retorcidos en lo que preguntamos porque queremos hacer decir lo que a nosotros nos conviene.

Cosas así estamos viendo en el evangelio de hoy. Aquel letrado se acercó a Jesús con una pregunta que para el letrado ya estaba en sí misma contestada. ‘Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ ¿Preguntaba por los mandamientos? La primera respuesta que le da Jesús es hacerle repetir lo que todos sabían bien de memoria, lo que estaba escrito en la ley, lo que todo buen judío repetía casi como una oración cada vez que salía o entraba de casa. Pero buscaba recetas, a ver unas cuantas cosas que no sean muy difíciles que yo haga y repita y con eso ya está todo logrado. Pero el mandamiento del Señor no son recetas, no es una simple lista de cosas que tengamos que hacer y ya nos quedamos tranquilos.

 Cuando es el mismo letrado el que ahora tendrá que responder a la pregunta de Jesús sobre lo que está escrito en la ley, ‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo’, Jesús le dirá que lo haga y que tendrá vida. Pero parece que para él no ha habido la respuesta que buscaba. Por eso preguntará ‘y, ¿quién es mi prójimo?’

Pero al final, cuando hayamos terminado de escuchar todo lo que ahora nos dice Jesús con la parábola, quizá más que preguntarse quién es tu prójimo será preguntarse si uno se comporta como prójimo de aquellos con los que nos encontramos por el camino. Porque no podemos ir por la vida no queriendo ver a las personas para no encontrarnos con ellas, como ya decíamos al principio. Es no tener miedo de encontrarte de frente con esa persona que está gimiendo bajo el peso de su dolor, que está ante tí con sus desgarros en el alma, que lo tenemos ante los ojos no ya tanto con una ropa andrajosa sino quizá con diferencias en la vida que nos pudieran repugnar porque nos vamos haciendo tantas distinciones y diferencias que siempre tenemos que ven algún tipo de andrajo en la otra persona para no querer acercarnos a ella.

Y eres tú, y yo soy el que tiene que portarse como prójimo de esa persona, porque nos ponemos en su cercanía, a su lado, porque sentimos el gemido de su dolor o sus lágrimas nos pueden salpicar y tenemos que ser paño de lágrimas para esa persona, porque tendemos nuestra mano sin ningún temor de contagio (ahora nos saludamos chocando los codos) porque queremos curar sus heridas, porque queremos acompañarle en ese camino que está haciendo, porque vamos a llevarla del brazo en ese estado de recuperación de dignidad que quizás pueda necesitar y nosotros le vamos a ofrecer.

No me entretengo en detalles de la parábola que son de muy rico significado porque ya todos los conocemos y lo habremos meditado muchas veces. Queda esa última pregunta que ahora es Jesús el que la hace, nos la hace. ‘¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?’ Porque la cuestión final no está en haber visto a ese prójimo, saber que está ahí y cuál es la situación en la que se encuentra, sino en portarse como prójimo con él. No nos valen disculpas, no nos valen los rodeos, no nos vale el hacernos los ciegos o desentendidos, lo importante es lo que hacemos. ‘Anda y haz tú lo mismo’, nos dice Jesús.

Y cuando estamos haciendo esto estamos mostrando de verdad lo que es el amor que a Dios le tenemos. Por eso, ya en el mismo texto de la Ley junto a lo que ha de ser, cómo ha de ser el amor que le tengamos a Dios, ‘con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente’, inmediatamente se nos dice, ‘y a tu prójimo como a tí mismo’.

Como nos decía el libro del Deuteronomio, ‘este precepto que yo te mando hoy no excede tus fuerzas, ni es inalcanzable. No está en el cielo…,.ni está más allá del mar… El mandamiento está muy cerca de tí: en tu corazón y en tu boca, para que lo cumplas’. Dios no nos obliga a hacer cosas porque sí, lo que quiere el Señor es que vivamos con toda dignidad, pero no solo pensando en nosotros mismos sino pensando en la dignidad y grandeza de los demás que por eso siempre merecerán nuestro amor. Es el amor el que en verdad nos hace grandes porque en verdad nos hace parecernos a Dios, tan bien reflejado en su misericordia en la parábola que Jesús nos ofrece. Es lo que en verdad hemos de preocuparnos de hacer.

sábado, 9 de julio de 2022

No hemos de temer y acobardarnos; no hemos de temer y escondernos; no hemos de temer las insidias que pretenden confundirnos para que neguemos la verdad de la salvación

 


No hemos de temer y acobardarnos; no hemos de temer y escondernos; no hemos de temer las insidias que pretenden confundirnos para que neguemos la verdad de la salvación

 Isaías 6,1-8; Sal 92; Mateo 10,24-33

Algunas veces uno tiene la sensación de que la gente tiene miedo; si no, miremos en nuestras calles las puertas y las ventanas de la mayoría de las casas, cerradas, muchas con rejas, los solares vallados, las fincas con cercas, y en muchas casas las alarmas bien señalizadas para que nadie pueda entrar. Se palpa una cierta inseguridad, en algunos sitios quizás con mayor intensidad, pero en todas partes se nota eso en el ambiente.

Pero los miedos no se quedan ahí, en otras muchas más situaciones de la vida andamos con miedo, en sí mismo pensando en el futuro, por otra parte la economía que da vueltas y vueltas y no sabemos si podremos llegar a final de mes, o si el trabajo nos va a durar, o qué van a hacer nuestros jóvenes cuando terminen una carrera; miedos que se meten en la vida y nos crean cierta ansiedad, angustia de la alguna manera.

Miedos cuando tenemos que emprender una tarea y nos sentimos inseguros; cuando tenemos que afrontar responsabilidades y parece que no tenemos mecanismos en nuestro propio interior para asumir lo que tenemos que hacer; o son los interrogantes profundos que surgen en nuestro interior y que no siempre encontramos una respuesta y nos hace caminar inseguros por la vida; o será la responsabilidad o la tarea a la que tenemos que enfrentarnos para que camine la sociedad y sabemos que nos vamos a encontrar muchas dificultades; miedos en nuestra propia vida de fe, en nuestros planteamientos profundos que sabemos que van a ir a contracorriente de lo que se vive en nuestro entorno y las dificultades o la oposición que vamos a encontrar.

Pero hoy por tres veces nos dice Jesús en el evangelio que no tengamos miedo. En este corto texto nos aparece tres veces, pero si hacemos una lectura de conjunto del evangelio veremos que esa invitación a la confianza y a la paz, a no tener miedo, será algo que se repite muchas veces. Los ángeles a los pastores, el ángel de la anunciación a María, en los momentos de dudas de los que se acercaban a Jesús, en las apariciones de Cristo resucitado. Y es que la buena noticia de Jesús es una noticia de paz, una invitación a la confianza, un hacer que nos sintamos seguros porque nos sentimos amados. ¿Qué más queremos? Esto tendría que ser ya por sí mismos suficientes motivos para la esperanza y para la alegría del cristiano, superando todos los miedos.

Hoy les está hablando Jesús a los discípulos de algo muy concreto como son las situaciones en las que se van a encontrar cuando vayan anunciando el evangelio. No será fácil, habrá oposición, quien no quiera escuchar, quien se oponga incluso a que hagamos el anuncio, y vendrán las persecuciones, incluso la muerte. Pero Jesús nos dice que no tengamos miedo.

La luz del evangelio no puede taparse para dejar que el mundo siga a oscuras, incluso aquello que quieren hacer que permanezca mas oculto, se dará a conocer, se publicará, y la voz del evangelio seguirá su camino y seguirá resonando. ‘No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma’. Lo importante es que nos den muerte a nosotros mismos porque nos suman en la muerte de la negación de Cristo. Los sufrimientos corporales, nada son frente a la alegría del anuncio. Y además Dios es el Padre bueno en quien podemos confiar y con nosotros estará. Y nos recuerda lo de la providencia de Dios que si protege a los pájaros del cielo o las flores del campo, ¿qué no hará por sus hijos?

No hemos de temer y acobardarnos; no hemos de temer y escondernos; no hemos de temer las insidias que puedan hacer contra nosotros que lo que pretenden es confundirnos para que neguemos la verdad que es nuestra salvación. No hemos de temer porque el Espíritu del Señor estará siempre con nosotros. Es una valentía nueva que sentiremos en nuestro interior; es la valentía con que vamos a afrontar la vida, y las responsabilidades, y la tarea que tenemos que hacer en nuestro mundo para que sea mejor. Con nosotros está el Señor.