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jueves, 24 de febrero de 2022

Quitemos de nuestra vida aquellas piedras que nos hacen tropezar y no seamos culpables del daño que pueden hacer también a los demás

 


Quitemos de nuestra vida aquellas piedras que nos hacen tropezar y no seamos culpables del daño que pueden hacer también a los demás

Santiago 5,1-6; Sal 48; Marcos 9,41-50

Aquel hombre llegaba todas las noches enfadado a su casa porque en el camino, en el que no había mucha luz, todas las noches tropezaba en la misma piedra y caía en el mismo hoyo; protestaba y protestaba, pero no había nada cuando había luz por el día para ver donde estaba aquel tropiezo que todas las noches le hacía caer. Lo fácil que hubiera sido que durante el día buscase el lugar y tratase de hacer un arreglo, quitar aquella piedra que estorbaba en el camino para no volver a tropezar en lo mismo; ya se suele decir en nuestro refranero español que el único burro que tropieza dos veces en la misma piedra es el hombre.

Es lo que nos pasa en la vida; nos damos cuenta de nuestras debilidades, cuales son las situaciones en las que solemos tropezar en ese camino de nuestra vida cristiana, en ese nuestro camino de relación con los demás, pero seguimos con nuestro orgullo porque no queremos agachar la cabeza, seguimos con nuestros errores porque no queremos esforzarnos por corregirnos, seguimos con la misma cerrazón del corazón pensando en nosotros mismos y no pensando nunca en los demás.

Hoy nos habla Jesús con imágenes muy fuertes para hacernos caer en la cuenta de esa piedra de tropezar que no solo nos está hundiendo a nosotros mismos, porque primero que nada nos hacemos daño a nosotros mismos, pero con las que también podemos dañar a los demás.

Drásticamente nos habla de Jesús de arrancarnos nuestro ojo o de cortarnos nuestra mano si son causa de mal para nosotros o para los demás. No es que ahora tengamos que ir mancos por la vida cortándonos las manos, pero sí es necesario que nos tomemos las cosas en serio y arranquemos de nosotros todo ese mal que nos hace daño. Como una mala hierba que no basta que la cortemos por encima para eliminarla, sino que es necesario arrancarla de raíz para que no vuelva a salir, así ese camino de superación, de purificación que tenemos que ir realizando en nuestra vida.

Primero que nada tenemos que ser capaces de reconocer el error que hay en nuestra vida, ese mal que nos hace daño a nosotros y a los demás, porque mientras no lo reconozcamos con toda sinceridad poco podremos arrancarlo. Cuántas cosas tenemos que arrancar de nuestra vida, cuantos apegos, cuántas ataduras, cuántas rutinas, cuántas malas costumbres... un camino de purificación y superación.

El camino de toda persona tiene que ser siempre un camino de superación, para ser capaces de dar cada día un paso más alto. Significa esfuerzo, significa ascesis, significa ir examinando continuamente la vida para ver cuáles son esas pasiones que nos dominan, cuáles son esas raíces que nos hacen daño. Un camino donde ponemos, es cierto, toda nuestra voluntad, pero es un camino que no hacemos solos porque contamos con la fuerza y con la ayuda de la gracia del Señor.

Esa gracia de Dios que se nos manifiesta en ese buen ejemplo que recibimos de los que están a nuestro lado, que con las mismas debilidades que nosotros los vemos sin embargo en un camino de ascensión, en un camino de superación; esa gracia de Dios que recibimos de la buena palabra o del buen consejo de esa persona buena que se acerca a nosotros y se nos ofrece para ayudarnos; esa gracia de Dios que recibimos del testimonio de los santos que si ahora los vemos en ese grado de perfección y santidad como ejemplo para nuestra vida, tenemos que saber ver ese esfuerzo que ellos en su vida también tuvieron que hacer, esas cosas en las que tuvieron que superarse o arrancar de sus vidas. Esa gracia de Dios que recibimos en los sacramentos alimento de nuestra vida cristiana y fortaleza del Espíritu que nos enriquece con la gracia del Señor.

Jesús nos había recordado en otros momentos del evangelio que tenemos que ser luz del mundo y sal de la tierra. Y ahora nos recuerda, que si la sal se ha echado a perder no nos vale para nada. ‘Buena es la sal; pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salaréis? Tened sal entre vosotros y vivid en paz unos con otros’. Tengamos esa buena sal de nuestras buenas obras con las que daremos gloria al Padre del cielo pero con la que ayudaremos a los demás a que también glorifiquen a nuestro Padre Dios.

miércoles, 23 de febrero de 2022

No nos creamos poseedores únicos de la verdad y seamos capaces de ver los rasgos de humanidad y de bondad que hay en lo que otras personas distintas a nosotros realizan

 


No nos creamos poseedores únicos de la verdad y seamos capaces de ver los rasgos de humanidad y de bondad que hay en lo que otras personas distintas a nosotros realizan

Santiago 4,13-17; Sal 48; Marcos 9,38-40

Hemos de reconocer que nos estamos haciendo una sociedad muy llena de acritud. En todo vemos un contrincante, en todo vemos oposición o hacemos oposición. Qué difícil resulta ver a la gente colaborar cuando no son de la misma cuerda; y cuando digo de la misma cuerda me estoy refiriendo a los que sean mis amigos o de mi manera de pensar, a los que tienen un mismo perfil ideológico que el mío o tenemos los mismos ideales sobre la vida o la sociedad.


Nos cuesta aceptar que el que no piensa como yo pueda hacer algo bueno, o algo de lo que hace sea bueno; así vemos a los partidos políticos siempre enfrentados y echándose en cara algunas veces las mismas cosas que hacen, no aceptando que puedan estar en lo cierto en sus planteamientos porque ya de antemano no son mis planteamientos. Y eso lleva como consecuencia palabras duras, actitudes enfrentadas, violencia verbal que fácilmente es un caldo de cultivo de violencias más intensas que las palabras. Tengo ganas de encontrarme con alguien del matiz político que sea que acepte que lo que el otro hace o lo que hizo cuando tenía el poder en sus manos estuvo acertado.

Qué triste que no sepamos colaborar cada uno de sus propios planteamientos uniendo direcciones para hacer que las cosas salgan adelante. Nos creemos en exceso poseedores de la verdad, y la verdad mía parece que es lo único que vale. En el fondo en lo que estoy diciendo sabemos que nos referimos a muchos aspectos de la vida social o política de nuestra sociedad, pero que nos encontramos también en otros ambientes donde parecería que ese no podría ser el sentido del trabajo o de la vida; y ahora me estoy refiriendo también en el ámbito de los grupos cristianos y en muchos aspectos de la vida de la Iglesia, a la que muchas veces estamos politizando en demasía.

Dentro de nuestras parroquias los diferentes grupos en la vida religiosa andan muchas veces a las greñas, hay que reconocerlo, o vemos como en las pequeñas comunidades se crean grupos enfrentados que no logran el entendimiento que tendrían que tener. Con libertad de espíritu tengo que decirlo y reconocerlo, que ojalá esto pueda ayudar a muchos a que abran los ojos con una mirada nueva y con nuevas actitudes, porque algunas veces incluso en nuestros grupos cristianos nos puede faltar ese espíritu verdaderamente evangélico.

A todos nos conviene escuchar lo que hoy nos narra el evangelio. Algo muy sencillo y realizado incluso por algunos de los discípulos con muy buena voluntad y vienen a contárselo a Jesús con toda ingenuidad. ‘Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no viene con nosotros’. Y vemos cómo Jesús les reprende. ‘No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.

Los que se creen poseedores únicos de la verdad... Nos puede pasar y con demasiada frecuencia. Hay tantas personas que hacen cosas buenas, que son generosas y comparten, que luchan por la justicia y hacen el bien, que se comprometen dedicando su tiempo y su trabajo a los demás, aunque en su corazón no hay principios religiosos sino meramente humanitarios y de altruismo. ¿Se lo vamos a impedir? ¿Por qué no lo valoramos y cooperamos con ellos también en lo que hacen? Son humanos y viven con humanidad, y esto es lo que el Señor quiere de nosotros también. A nosotros quizás nuestra fe nos pide dar un paso más, demos nosotros ese paso, pero seamos capaces de valorar los pasos buenos que también están dando los demás.

¿Por qué no pensar que esas cosas buenas, realícelas quien las realice, son también semilla del Reino de Dios? Como nos dice hoy Jesús ‘el que no está contra nosotros está a favor nuestro’. Ellos también dan señales del Reino de Dios en esos gestos humanos que realizan, colaboremos nosotros también con ellos. Quitemos esa acritud en la vida, sepamos valorar lo bueno que hacen los demás, continuemos construyendo a partir de esos buenos cimientos que otros hayan colocado. Así un día podremos ver un mundo mejor.

martes, 22 de febrero de 2022

La respuesta que demos a lo que significa Jesús para nosotros es el anuncio que tenemos que hacer en medio de la sociedad neopagana en la que vivimos ¿nos entenderán?

 


La respuesta que demos a lo que significa Jesús para nosotros es el anuncio que tenemos que hacer en medio de la sociedad neopagana en la que vivimos ¿nos entenderán?

1Pedro 5, 1-4; Sal 22; Mateo 16, 13-19

No hace muchos días hemos escuchado el texto paralelo del que hoy se nos ofrece según el evangelista san Mateo con motivo de la fiesta litúrgica de la Cátedra de san Pedro.


Jesús que marcha a lugares apartados con sus discípulos y que son momentos, como reflexionábamos entonces, de una mayor intimidad entre Jesús y sus discípulos. De ahí esa doble pregunta que se nos ofrece hoy también en el evangelio, sobre lo que pensaban los demás del Hijo del Hombre y sobre lo que realmente piensa sus discípulos, aquellos que ha escogido de manera especial y que van a ser luego sus enviados por todas partes para hacer el anuncio del evangelio.

Hoy quisiera detenerme en una circunstancia que nos ofrece el evangelio y que puede tener una aplicación muy efectiva sobre el mismo momento que nosotros estamos viviendo. En esta ocasión Jesús ha marchado casi fuera del territorio palestino, pero está junto a una ciudad pagana, Cesarea de Filipo. Como el mismo nombre indica es una ciudad levantada como un homenaje al Cesar, una ciudad con muchas connotaciones de lo que tendría que ser una ciudad bajo el imperio romano; una ciudad en la que se daba culto a los ídolos de Roma y en su honor habría muchos templos levantados, pero donde el mismo César, el mismo emperador era considerado como un dios al que le daban culto.

Y es ahí, en esa connotación geográfica y social donde surge la doble pregunta de Jesús entonces. ‘¿Quién dice le gente que es el Hijo del Hombre?... Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?’ ¿Podrían hablar en aquel lugar con un sentido que todos entendiesen que Jesús era el Mesías, el enviado de Dios? ¿Cómo podría sonar este mensaje a los oídos de aquellas gentes tan acostumbradas a oír hablar de diferentes dioses, pues tenían dioses para todo? Dioses para el amor y el sexo como dioses para la guerra, dioses que bramaban por así decirlo en las profundidades de los mares, o dioses que aparecían por encima de las tormentas, dioses de la familia – los lares familiares – y dioses para el comercio… ¿Qué podría significar de nuevo para ellos que les hablases de que Jesús también era Dios? No era fácil en lugares así el anuncio del evangelio de Jesús con todo su significado y sentido.

Pero decíamos que este evangelio puede tener una aplicación muy efectiva al momento presente, al momento que hoy estamos viviendo. ¿Se diferenciarán en mucho nuestras ciudades, nuestra sociedad de aquella sociedad pagana que hemos visto personificada, por así decirlo, en la ciudad de Cesarea de Filipo? ¿No viviremos ciertamente en una sociedad que digamos lo que digamos es una sociedad secularizada, donde el elemento religioso está dejando de tener relevancia, pero más aun una sociedad pagana que vive también apegada a sus dioses, a sus ídolos, llámense también dinero o sexo, guerra o tantas otras vanidades a las que adoramos también como dioses de nuestra vida?

Y yo diría que ahí, en medio de esa sociedad en la que vivimos, y que esa es la triste realidad, porque ya se ha perdido un verdadero sentido religioso, se vive la vida con poca trascendencia, donde sustituimos nuestra espiritualidad cristiana por cualquier moda que venga de cuanto más lejos mejor para que nos resulte más exótica, donde ya es normal encontrarnos a jóvenes y a no tan jóvenes a los que no dice nada el hecho religioso, no les dice nada la religión, no les dice nada la fe, y viven sin Dios prescindiendo de todo lo que suene a espiritual o cristiana. Te lo dicen claramente estoy bautizado porque mi abuela se empeñó en que me bautizaran, hice la primera comunión porque todos los niños la hacían y era una fiesta bonita en aquella edad, o yo no estoy bautizado pero nada me pregunto sobre Dios o la religión porque no me dice nada.

Y en medio de ese mundo hoy nos resuenan las preguntas de Jesús, la doble pregunta. ¿Cuál sería la respuesta? A la primera ya lo vemos claramente si queremos ser sinceros, pero a la segunda que nos pregunta directamente a nosotros lo que pensamos de Jesús, ¿qué le responderíamos? Porque dependiendo de la respuesta que demos es lo que luego tenemos que ir a anunciar a esas gentes que nos rodean y en esas condiciones de neopagismo que vive nuestra sociedad.

¿Qué es lo que creemos de Jesús y que tenemos que decir a nuestra gente contemporánea?

lunes, 21 de febrero de 2022

No dejemos enfriar la fe, no olvidemos orar con confianza y humildad al Señor en medio de esas sombras, de esos baches o de esas dudas para que nos aumente la fe

 


No dejemos enfriar la fe, no olvidemos orar con confianza y humildad al Señor en medio de esas sombras, de esos baches o de esas dudas para que nos aumente la fe

Santiago 3,13-18; Sal 18; Marcos 9, 14-29

En la lucha de la vida de cada día nos van siempre apareciendo problemas, dificultades, contratiempos, cosas que no esperábamos que nos sucedieran a nosotros pero de un momento a otro tenemos que enfrentarnos a esas situaciones para poder salir adelante. La misma experiencia de la vida nos va sirviendo de lección y poco a poco nos vamos fortaleciendo interiormente para enfrentarnos a esos problemas y saber cómo salir adelante.

Vamos creando en nosotros también una fuerza interior, una fuerza espiritual que nos ayuda a mantenernos firmes y seguros en nuestro camino intentando siempre no perder la paz ni la serenidad. Pero aun así hay ocasiones en que las cosas no superar y ni la sabiduría de la vida que hemos ido adquiriendo ni esa fuerza que tenemos en nosotros mismos nos hace capaces de superar esas situaciones de negrura que se nos meten en la vida.

Pero el creyente saber que esa sabiduría y esa fuerza no viene por si misma a nosotros sino que es también una luz y una gracia que nos viene de lo alto, que nos viene de Dios que con nosotros va haciendo ese camino de la vida aunque a veces nos ceguemos y no seamos capaces de verlo o nos llenemos de orgullo y autosuficiencia para creer que por nosotros mismos podemos ir superando todo lo que se nos presenta. Hay momentos en que nos llenamos de duda, nos sentimos débiles, parece que nos abandona esa fuerza de lo alto, nos sentimos como atrapados en medio de muchas oscuridades; queremos creer, pero nos cuesta, nos sentimos inseguros en nuestra propia fe.

Son situaciones diversas que nos van apareciendo en la vida. Hoy el evangelio nos habla cómo los discípulos de Jesús han tenido que enfrentarse a una situación en la que no saben cómo salir adelante. Ya un día cuando Jesús les había enviado a anunciar la buena nueva del Reino de Dios les había dado poder sobre los espíritus inmundos y para curar enfermedades. Es lo que ahora pretenden hacer con aquel ‘endemoniado’ – así lo llaman – que les ha traído aquel padre angustiado que ya no sabe qué hacer ni a quien acudir. La situación del muchacho es dura, y ellos se sienten indefensos e impotentes para poder hacer algo. Jesús no está, es cuando se había ido a la montaña con tres de sus discípulos para orar.

Al llegar Jesús se encuentra el panorama, le presentan la situación, el padre angustiado acude a Jesús. ‘Maestro, te he traído a mi hijo; tiene un espíritu que no lo deja hablar; y cuando lo agarra, lo tira al suelo, echa espumarajos, rechina los dientes y se queda rígido. He pedido a tus discípulos que lo echen y no han sido capaces’, exclama el padre. ‘Si algo puedes, ten compasión de nosotros y ayúdanos’. Pero ‘Jesús replicó: ¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe. Entonces el padre del muchacho se puso a gritar: Creo, pero ayuda mi falta de fe’. 

Ya sabemos cómo Jesús lo curó. Luego los discípulos le preguntarán por qué ellos no pudieron hacerlo. ‘Esta especie solo puede salir con oración’, les responde Jesús.

‘Todo es posible al que tiene fe’, había dicho Jesús. Es mucho más que creer en nosotros mismos, es mucho más que lo que nosotros sepamos o seamos capaces de hacer. No todos lo entienden. Vivimos en una autosuficiencia soberbia muchas veces. No hemos aprendido a mirar hacia lo alto, a descubrir al supremo Hacedor de quien nos viene toda fuerza. Nos quedamos muchas veces solo en una fe a lo humano y le quitamos el color de lo sobrenatural. Tenemos que saber ser humildes para pedir y pedir con confianza superando nuestras dudas y superando nuestros miedos. No es la búsqueda de algo mágico, es más, es algo sobrenatural que solo en Dios podemos encontrar. Por eso tenemos que saber pedir, por eso no nos puede faltar la oración humilde y confiada.

Y hemos de reconocer que esto nos falta muchas veces hasta a los que nos decimos creyentes y cristianos, porque no sabemos o no queremos descubrir esa presencia de Dios en medio de nosotros, esa presencia de Dios también en nosotros. Y eso necesitamos hacerlo y sentirlo en lo que es la lucha de cada día, ese camino que cada día hacemos y que muchas veces nos encontramos lleno de baches y nos hace dar muchos trompicones.

No dejemos enfriar la fe, sino pidamos a Jesús que nos ayude a mantener firme esa fe. No olvidemos orar con confianza y humildad al Señor en medio de esas sombras, de esos baches o de esas dudas.

domingo, 20 de febrero de 2022

Seamos misericordiosos ni juzgaremos ni condenaremos, seremos capaces de ofrecer siempre el perdón, no nos costará compartir, daremos lo mejor de nosotros mismos

 


Seamos misericordiosos ni juzgaremos ni condenaremos, seremos capaces de ofrecer siempre el perdón, no nos costará compartir, daremos lo mejor de nosotros mismos

1Samuel 26, 2. 7-9. 12-13. 22-23; Sal 102; 1Corintios 15, 45-49: Lucas 6, 27-38

El evangelio de Jesús no son unos consejitos piadosos, en lo que quizás muchas veces nos hemos quedado. Escuchar así en directo la palabra de Jesús sobre todo en aquellas cosas que Jesús considera fundamental para vivir el Reino de Dios realmente tendría que impactarnos de manera que no nos quedemos tan insensibles. Pero hemos edulcorado las palabras de Jesús; no es que las cambiemos, porque ahí están, pero cuando nos ponemos a cumplirlas, a reflejarlas en nuestra vida, si es que de verdad nos consideramos sus seguidores, pronto comenzamos con las rebajas, con las interpretaciones, con lo que Jesús quiso decir o no quiso decir. Pero lo que hoy hemos escuchado en el evangelio le dan un viraje completo al concepto de la vida que habitualmente vivimos.

A tí que estás leyendo esta semilla de cada día te invitaría a que antes de seguir leyendo esta reflexión cogieras de nuevo el evangelio en el texto que hoy se nos ofrece - Lucas 6, 27-38 - y lo volvieras a leer, a escuchar, a rumiar por ti mismo en el corazón, subrayando aquellas cosas que son el eje principal de este texto.

Es toda una revolución, y no a la manera como entendemos tantas veces las revoluciones en las que pronto entra la violencia y la destrucción. Es una revolución porque es un cambio radical en nuestras posturas, en la manera de actuar, en lo que podríamos llamar la filosofía de la vida, la manera de entender la vida. Porque es que Jesús nos está pidiendo todo lo contrario de lo que habitualmente hacemos.

Frente a esa manera habitual de nuestro actuar Jesús nos dice: ‘Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada’. Si ya de entrada decimos habitualmente que somos amigos de nuestros amigos, ¿cómo es que Jesús nos dice que amemos a nuestros enemigos? Es que ni siquiera en la forma de presentarnos decimos que queremos ser amigos de todos, sino que somos amigos de nuestros amigos, ¿y los demás no merecen nuestro amor y nuestro respeto? Pero es que Jesús nos está diciendo, repito, que tenemos que amar a los enemigos, y hacer el bien a los que nos odian, bendecir a los que nos maldicen y rezar por aquellos que incluso nos calumnian.

Yo ayudo a los que me ayudan, decimos, y aparecen gestos bonitos entre familiares y amigos que se ponen de acuerdo muchas veces para ayudarse en tareas que pueden ser comunes. Hasta ahí todo muy correcto, pero si hay alguien entre los vecinos que nunca colabora con nada ni con nadie, que se las arregle él solo cuando lo necesite. Por eso el saludar a los que me saludan, como hacemos todos habitualmente, no tiene nada de extraordinario; como dice Jesús eso lo hacen hasta los paganos. Son las reglas de corrección que nos hemos trazado en aquello que llamamos buena educación. Pero en ese protocolo no es en el que se queda Jesús. Hacer el bien y prestar un servicio ‘sin esperar nada’.

Algo muy elemental y sencillo pero que si llegamos a hacerlo será algo maravilloso. ‘Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo’.

Pero si nos fijamos bien no nos está pidiendo Jesús nada extraordinario. Simplemente que seamos humanos, que nos tratemos como humanos; si nos sentimos miembros de una misma humanidad, con humanidad tendríamos que tratarnos los unos a los otros. ‘Tratad a los demás como queréis que ellos os traten…’ ¿No nos gustaría que todos fueran así de generosos con nosotros? ¿No buscamos en el fondo comprensión para nuestros defectos o para nuestros errores? ¿No  nos agradaría que generosamente nos ofrecieran el perdón ante los errores que hayamos podido cometer, las cosas con las que quizá en un momento de debilidad pudimos ofender a los demás? ¿Por qué tiene que prevalecer el orgullo en nuestras relaciones? Por ahí nos pesa, por ahí nos cuesta, porque hasta para pedir o recibir perdón el orgullo nos hace cosquillas en el corazón.

Pero ¿y cuál es el fundamento de todo esto? La misericordia del Señor que tenemos que imitar en nuestra vida. ‘Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso’. Seamos misericordiosos porque tenemos la experiencia de la misericordia de Dios en nuestra vida. ¿Si Dios es misericordioso con nosotros por qué no ser nosotros misericordiosos con los demás? Seamos misericordiosos y no juzgaremos ni condenaremos; seamos misericordiosos y seremos capaces de ofrecer generosamente el perdón a los demás; seamos misericordiosos y no nos costará compartir, ofrecer lo mejor de nosotros mismos para buscar siempre el bien de los demás.

Es el camino de Jesús. Es el camino del que le sigue. Es el camino en el cual viviremos el Reino de Dios.

sábado, 19 de febrero de 2022

Dejemos que Jesús nos lleve con El a la montaña alta, a los momentos de intimidad, al silencio y a la escucha, a la oración, El se nos revelará en lo hondo del corazón

 


Dejemos que Jesús nos lleve con El a la montaña alta, a los momentos de intimidad, al silencio y a la escucha, a la oración, El se nos revelará en lo hondo del corazón

Santiago 3,1-10; Sal 11; Marcos 9,2-13

 ‘Ven conmigo que quiero contarte algo’, y el amigo nos sacó de aquella conversación en la que estábamos, o de aquel grupo de amigos con los que estábamos pasando el rato, y nos llevó en un aparte porque quería contarnos algo. Nos sentimos sorprendidos y halagados seguramente; no lo esperábamos y además estaba mostrando una confianza grande al contarme aquello tan especial. Buena consideración debía de tener de nosotros cuando así mostraba algo que no contaba a los demás.

¿Sería algo así cómo se sentirían aquellos tres discípulos cuando Jesús los llama y se los lleva con él para subir a aquella montaña alta? Ya sabían que a Jesús le gustaba retirarse a lugares apartados para orar; lo verían así en oración hasta noches enteras en distintos momentos, pero habitualmente se retiraba solo. Ahora hay que subir a aquella montaña alta en medio de las llanuras y valles de Galilea y Jesús se lleva consigo a Pedro, Santiago y Juan. Después sabremos que en algún otro momento los escoge en particular a ellos también para momentos especiales.

No esperaban lo que allí en lo alto iba a suceder. Estando Jesús en oración y seguramente ellos medio adormilados por algún sitio, cansados quizás de la subida a la montaña, Jesús se transforma. Unos resplandores lo envuelven y sus vestiduras se llenan de un brillo especial. Y Jesús no está solo, pues junto a El estarán Moisés y Elías. Despabilándose ante tanto resplandor los tres discípulos están más que asombrados. Pedro se atreve a hablar porque no quiere que aquello se acabe. Se sienten en la gloria del cielo. ‘¡Qué bien se está aquí!’ y como nos narrará otro de los evangelistas ya está pensando en levantar unas chozas para que permanezcan y aquello no se acabe.,

Pero una nube los envuelve y una voz venida del cielo suena como un trueno sobre ellos. ‘Este es mi Hijo amado, escuchadlo’. No soportan tanta emoción y les aturde la revelación que del cielo está viniendo y caen de bruces asustados. Jesús les saca de su aturdimiento y como en un despertar después de tanta emoción, allí está solo Jesús con ellos, que les recomienda mientras bajaban que aquello no lo contaran a nadie hasta después de que resucitara de entre los muertos. No terminan de entender, muchas preguntas siguen estando dentro de ellos. Aunque en los anuncios de la pasión les había hablado siempre de resurrección aun no terminan de entender.

Jesús quiere tener a sus discípulos cerca de sí. Se los llevó con ellos, nos dice en otra ocasión, igual que cuando eligió a los doce era para que estuvieran con El. Jesús nos quiere tener junto a sí. Solo estando con Jesús, solo sintiéndonos muy cerca de El es cómo comenzaremos a conocerlo de verdad. Es ahí en esa cercanía y en esa intimidad donde Jesús se nos da a conocer allá en lo más profundo de nuestro corazón. Como el amigo que nos lleva en un aparte porque quiere revelarnos unos secretos. Tenemos que dejar que Jesús nos tenga junto a sí, nos lleve con El.

Algunas veces parece que se nos complica eso de la fe y lo de ser cristiano. Son tantas las influencias que recibimos de todas partes que un poco parece que ese piso de la fe se nos tambalea debajo de nuestros pies. Hay pasos que nos cuesta dar, cosas que nos cuesta aceptar, valores que nos cuesta vivir, porque aparecen nuestros miedos, porque nos llenamos de dudas, porque las exigencias del camino de Jesús algunas veces nos parecen difíciles.

Parece que nos sentimos solos, parece que no llegamos a vivir esa presencia de Dios en nuestra vida, parece que los caminos se nos hacen demasiado pendientes y nos entran los cansancios. Quizá hay algo que no tenemos muy en cuenta, no le damos tanta importancia y lo abandonamos. Jesús quiere que estemos con El y a nosotros nos cuesta estar con Jesús, porque preferimos otras carreras u otros caminos. 

Y detenernos, hacer silencio dentro de nosotros, abrir bien los oídos del alma, entrar en esa sintonía de Dios para escucharle, para sentirle, para vivirle, es algo que nos cuesta y tantas veces lo dejamos para otro momento, o lo queremos hacer a la carrera. Veamos el tiempo que le damos a nuestra oración, veamos si creamos ese silencio interior para sentir a Dios en nuestra vida; en medio de los ruidos no lo podemos escuchar.

Dejemos que Jesús nos lleve con El, a la montaña alta, a los momentos de intimidad, al silencio y a la escucha, a la oración. Aunque los ojos se nos cierren por el sueño intentemos mantener esa sintonía de Dios abierta. Y Jesús se nos revela, Jesús se nos da a conocer, Jesús nos hará vivir su presencia dentro de nosotros. Y bajaremos de la montaña también transfigurados, transformados, con nuevos bríos e impulsos, con nuevas ganas de seguir con toda intensidad el camino de Jesús.

viernes, 18 de febrero de 2022

Las palabras de Jesús impactan, interrogan por dentro, nos hacen hacer nuevos planteamientos para la vida, nos proponen exigencias de renovación y autenticidad

 


Las palabras de Jesús impactan, interrogan por dentro, nos hacen hacer nuevos planteamientos para la vida, nos proponen exigencias de renovación y autenticidad

Santiago 2, 14-24. 26; Sal 111; Marcos 8, 34 – 9, 1

Nos gusta contentarnos a nosotros mismos. ¿Quién no se permite un capricho en más de alguna ocasión? Queremos lo mejor, ambicionamos todo, cuando vemos algo que nos gusta y nos llama la atención nos sentimos atraídos y ya estamos pensando a ver cómo lo consigo. ¿Aspiraciones de felicidad? Claro que todos queremos ser felices y queremos en ocasiones llenarnos de cosas pensando que ahí está la felicidad. Pero puede llegar un momento en que nos sentimos hastiados de todo; aquellas cosas que antes anhelábamos tanto, ahora parece que no nos llaman la atención y nada nos dicen. Tenemos de todo y pudiera ser que nos sintiéramos vacíos, ¿qué nos falta?

Son preguntas que algunas veces nos hacemos, porque incluso la posesión de todas aquellas cosas que anhelamos y por las que luchamos para conseguirlas ahora nos pueden producir vacío, hastío, insatisfacción, agobios y preocupaciones. ¿Para qué? nos preguntamos. ¿Es que en verdad necesito tanto para ser feliz? Y contemplamos a nuestro lado a quienes nada tienen pero reflejan en su rostro una sonrisa que brota de la felicidad de su alma. Por eso nos preguntamos, tenemos que hacernos muchas preguntas, no hemos de tener miedo a esas preguntas que nos pueden horadar el alma, pero que nos harán mirar de una forma distinta los bolsillos.

Y algunas veces nos dan miedo esas preguntas. ¿Será que no nos gusta que nos hagan pensar? Pero lo necesitamos. Lo hace Jesús con sus discípulos. Sus palabras impactan, interrogan por dentro, nos hacen hacer nuevos planteamientos para la vida. Claro que a los que siempre quieren estar en lo mismo, no les gustan las palabras de Jesús. Ya sabemos lo que pasa con los fariseos y los maestros de la ley. Plantea exigencias de renovación, quiere autenticidad en la vida, que busquemos lo que es verdaderamente principal para que no nos quedemos en superficialidades, nos hace tomar caminos nuevos.

Es lo que se nos plantea en el evangelio de hoy. Si decíamos al principio que nos gusta regalarnos a nosotros mismos, hoy nos dice Jesús que tenemos que negarnos a nosotros mismos. No porque de una forma masoquista tengamos que buscar el sufrimiento, sino porque tenemos que aceptar la realidad de la vida que muchas veces está llena de sufrimientos, pero sobre todo porque cuando tenemos que superarnos para buscar cosas mejores, tendremos que dejar a un lado algunos gustos o algunas apetencias aunque eso nos haga sufrir por dentro.

Jesús plantea que vivir con intensidad la vida es amar, y amar significa entregarse siendo capaz de olvidarse uno de si mismo porque busca siempre el bien del otro. Es el camino de la autentica felicidad frente a lo que muchas veces nosotros pensamos que la felicidad está en las cosas; la verdadera felicidad tenemos que buscarla dentro de nosotros mismos por nuestra capacidad de amar, por nuestra capacidad de darnos. ¿De qué nos vale tener todo,  nos viene a decir, si no alcanzamos la verdadera felicidad desde la intensidad de nuestra entrega y de nuestro amor?

‘Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero y perder su alma? ¿O qué podrá dar uno para recobrarla?’, nos dice hoy Jesús. Por eso habla de ser capaces de perder la vida para ganarla. Algo muy distinto a los criterios del mundo a los que estamos tan acostumbrados. ‘Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará’. 

En otro momento nos dirá Jesús que tenemos que ser luz y que vean nuestras buenas obras para que todos den gloria al Padre del cielo. Hoy nos viene a decir que tenemos que ser testigos siempre, dar testimonio de lo que es nuestra fe, mostrar sin temor al mundo el camino y los valores por los que hemos optado. Es importante dar la cara, no ocultarnos. De una forma que nos pudiera parecer dura nos dice: ‘Quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre entre sus santos ángeles’. Es la valentía del testimonio ante el que nunca nos podemos acobardar.

Son cuestiones que nos hacen pensar. Son planteamientos nuevos que hemos de hacernos buscando siempre lo que es verdaderamente importante. Es un sentido de autenticidad, de verdad que hemos de darle a la vida. Es un camino que hemos de recorrer que aunque en algún momento pudiera parecer cruz, siempre tenemos los ojos puestos en la resurrección y en la vida.

jueves, 17 de febrero de 2022

Nuestra vida cristiana es hacer camino con Jesús con todas sus consecuencias confesando nuestra fe en El pero aceptando lo que ese camino tiene de Pascua

 


Nuestra vida cristiana es hacer camino con Jesús con todas sus consecuencias confesando nuestra fe en El pero aceptando lo que ese camino tiene de Pascua

Santiago 2, 1-9; Sal 33; Marcos 8, 27-33

Hacer un camino juntos es mucho más que recorrer unos kilómetros para ir de un lado a otro; el caminar juntos en un esfuerzo compartido para hacer un recorrido nos da pie a hondas conversaciones, a confidencias porque parece que se nos escapan del corazón aquellas cosas que hemos vivido y llevamos dentro; creo que todos de una forma u otra tenemos esa experiencia, cómo llegamos a hondas conversaciones, a una comunicación con aquella persona que va con nosotros que quizás en otros momentos no hubiéramos sospechado.

Afloran los recuerdos, se reviven sentimientos, compartimos ilusiones y sueños, compartimos lo que son metas o ideales, expresamos lo que son nuestros gustos o deseos igual que aquello que no nos agrada, sale lo mejor que llevamos dentro de nosotros aunque también podamos hacer confidencias de sombras que nos pueden nublar el corazón por cualquier motivo. Hacer un camino es algo más que recorrer unos pasos, porque al final es el camino de nuestra vida el que vamos compartiendo.

Hoy nos dice el evangelio que Jesús iba de camino con sus discípulos. Quiere decirnos algo más de que se estaban trasladando de un lugar ahora como solían ir de pueblo en pueblo predicando. Vemos que en ocasiones Jesús se va por lugares que no era habitual, y no se ve una razón, por así decirla apostólica, para ir a esos sitios. Ahora andan casi en las fronteras de Palestina, por la región de Cesarea de Filipo. Momentos de intimidad, momentos de preguntarse por el camino que están haciendo, momentos de preguntarse por el sentido de cuanto está sucediendo, momentos en que van a salir a flote cosas hermosas, aunque pudieran aparecer sombras y dudas.

La pregunta de Jesús es directa. ‘¿Quién dice la gente que soy yo?’ ¿A qué venía esa pregunta? Es Jesús que quiere saber – aunque El bien lo sabe – lo que hay en su corazón, aunque pudiera parecer una pregunta indirecta. Muchas veces el evangelista lo ha ido expresando, de la admiración que sentía la gente por Jesús. Lo miraban como un profeta, como alguien venido de Dios o que tiene a Dios consigo, como diría un día Nicodemo. Y los discípulos van soltando las opiniones de la gente. ‘Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas’.

Pero la pregunta de Jesús quiere ir más allá, más a lo hondo de ellos mismos. Están siempre con Jesús, lo ven más de cerca por decirlo de alguna manera, escuchan sus palabras y tienen momentos intensos de mayor intimidad como el que ahora están teniendo. Por eso la pregunta es directa. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy?’

Podemos imaginar el silencio que reinaría en esos momentos, como suele suceder cuando nos hacen una pregunta directa en la que tenemos que implicarnos en la respuesta. Se cruzarían las miradas. Pero allá saltará Pedro enseguida. ‘Tú eres el Mesías’.

Continúan los intercambios desde el corazón. Jesús no quiere que difundan esa respuesta. Ya sabemos, las interpretaciones que se podría hacer la gente. Pero a ellos Jesús quiere decirles algo más. Acepta la respuesta de Pedro pero viene a decir algo muy importante Jesús. ‘Y empezó a instruirlos: El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días. Se lo explicaba con toda claridad’. 

Pero esto es como un jarro de agua fría. Se habían ido entusiasmando con la conversación, se sentían satisfechos con la respuesta de Pedro. Era lo que todos intuían, porque de alguna manera el Espíritu se los iba revelando en su corazón. Pero ahora no entienden lo que Jesús quiere decirles. De alguna manera parece que eso defrauda sus esperanzas, las ilusiones de lo que ellos pensaban que sería el Mesías.

Y de nuevo será Pedro el que tome la iniciativa y se lleve a Jesús aparte para quitarle eso de la cabeza. Pero Jesús le rechaza. Es una tentación para El. Son palabras fuertes las que le dice a Pedro. Cuanto cuesta aceptar la pasión, el dolor, la muerte. Aunque Jesús les habla también de resurrección. Es el camino que tienen que seguir haciendo con Jesús, aunque les duela, aunque les cueste, pero el proceso será largo y solo verán la luz después de la resurrección y se llenen del Espíritu de Jesús.

Hagamos nosotros camino. También hay momentos de entusiasmo, como los habrá de sombras y de dudas. Tiene que haber momentos de intimidad con Jesús para impregnarnos de su presencia y de su Palabra; aflorarán nuestras dudas, nuestros interrogantes internos, nuestras oscuridades, nuestros miedos. También nos costará aceptar el camino que Jesús nos propone, pero tenemos que estar dispuestos a seguirle; tenemos que andar con cuidado para que las tentaciones que nos vienen del mundo que nos rodea no nos afecten, no nos aparten del camino, para que sepamos comprender lo que hay siempre de pascua en nuestra vida.

Nuestra vida cristiana es hacer camino con Jesús con todas sus consecuencias.

 

miércoles, 16 de febrero de 2022

Señor, danos siempre esa luz, abre nuestros ojos y nuestro corazón para finalmente conocerte y llenar el mundo de luz

 


Señor, danos siempre esa luz, abre nuestros ojos y nuestro corazón para finalmente conocerte y llenar el mundo de luz

Santiago 1, 19-27; Sal 14; Marcos 8, 22-26

¿Seremos ciegos? Desgraciadamente sabemos bien quien nace con esa discapacidad en sus ojos y la ceguera le impide ver la luz y los colores, o peor aún, no poder contemplar el  rostro de los seres amados. Muchos a lo largo de la vida vamos perdiendo por distintos motivos la capacidad total de visión y hoy podemos valernos de muchos medios para recobrar la luz de sus ojos. Qué gozo cuando tras una cirugía de cataratas puedes contemplar de nuevo los colores con toda nitidez e intensidad, por ejemplo.

Pero cuando estamos ahora refiriéndonos a la ceguera todos entendemos que queremos decir algo más. En la vida fácilmente nos cegamos, en la vida no siempre vemos con total claridad, en la vida damos muchas veces palos de ciego, como suele decirse, unas veces desde nuestro orgullo en que quizás queremos que todos tengan nuestra misma forma de mirar las cosas, muchas veces porque nos ofuscamos en muchas cosas y cerramos nuestra mente no queriendo ver más allá de la punta de nuestra nariz, como suele decirse.

Hay ocasiones en que recibimos tantas influencias de tantas luces fatuas de nuestro entorno que quedamos encandilados sin saber qué camino tomar, cuales son las decisiones más importantes de nuestra vida, o perdemos el sentido de nuestro caminar, el sentido de nuestra existencia. Cegueras, muchas veces que nos buscamos, muchas veces que lo que está a nuestro alrededor nos las impone, o cegueras en que algunas veces hay quien quiera que caminemos con ellas, manipulaciones en la sociedad hay demasiadas.

¿Dónde encontrar la luz, cómo encontrar la luz? Intentamos por nosotros mismos tantas veces interiorizar en nuestra vida, haciéndonos preguntas hondas para clarificarnos, para saber qué es lo que queremos o cuál es el rumbo que hemos de tomar. Es una búsqueda de la luz. Necesitamos hacerlo, no hemos de tener miedo a arriesgarnos a hacernos esas preguntas y planteamientos o ponernos en ese camino de búsqueda. Mejor es andar buscando aunque tanteemos y nos podamos equivocar que quedarnos en nuestra ceguera para siempre.

Quienes seguimos a Jesús sabemos donde podemos encontrar la luz. Precisamente le seguimos porque tenemos la experiencia de que en El hemos encontrado esa luz. Así se nos presenta El en el Evangelio y nos invita a seguirle, y si no le seguimos ya nos dice que andaremos en tinieblas. Son muchos los textos que en los evangelios y en los distintos evangelistas de una forma o de otra nos hablan de la luz, de esa luz que en Jesús podemos encontrar.

Hoy el evangelio nos habla de un ciego que llevaron a Jesús para que Jesús lo curara. Un detalle, hubo alguien que se preocupó de la ceguera de aquel hombre y lo llevó a Jesús; creo que nos puede estar diciendo mucho a todos los que creemos en Jesús y parece que nos guardamos la luz solo para nosotros.

Y Jesús curó a aquel hombre, devolvió la luz a sus ojos. Fue todo un proceso, porque a aquel hombre le costó recobrar totalmente la visión de sus ojos. Confundía a las personas con árboles que caminaban. Todo un signo, porque aunque la Palabra de Jesús llega a nosotros para darnos esa luz nueva, hay ocasiones en que nos cuesta interiorizar de verdad el mensaje de Jesús. Pero tenemos que seguir buscando, tenemos que seguir estando al lado de Jesús y escuchándole. Podremos encontrar ese sentido nuevo, esa visión nueva que Jesús quiere darnos.

Señor, danos siempre esa luz.

martes, 15 de febrero de 2022

Es necesario darle hondura a la vida siendo reflexivos para no andar ni adormecidos ni agobiados sino con paz en el corazón pero que nos inquieta e impulsa para mejores cosas

 


Es necesario darle hondura a la vida siendo reflexivos para no andar ni adormecidos ni agobiados sino con paz en el corazón pero que nos inquieta e impulsa para mejores cosas

Santiago 1, 12-18; Sal 93; Marcos 8, 14-21

Hay ocasiones en que vamos por la vida un tanto despistados; quizás tenemos nuestras matraquillas en la cabeza con nuestros sueños o con nuestras preocupaciones, con esas cosas que nos atan y parece que no podemos deshacernos de ellas, que nos dicen las cosas, que vemos señales delante de nosotros y no terminamos de entender.

Es necesario estar atentos a las señales decimos cuando vamos por la carretera conduciendo un vehículo, pero luego no estamos tan atentos a las señales que la vida nos va ofreciendo y que tendrían que tenernos alerta para darle importancia a lo que es lo fundamental. Escuchamos una palabra que nos puede sugerir muchas cosas y no nos enteramos o le damos nuestras interpretaciones muy particulares; se nos ofrece una imagen de algo que puede ser muy sugerente y no sabemos hacer su lectura.

Confieso que en otro espacio también de las redes intento ofrecer cada día un pensamiento de reflexión y muchas veces me expreso a través de imágenes sencillas tomadas de la vida ordinaria y me sorprendo con la interpretación que dan algunos de mis palabras, quedándose en la imagen pero no sabiendo llegar al mensaje. Pero suele sucedernos mucho.

Jesús quería hacer reflexionar a los discípulos, quería abrirles los ojos para que no se dejaran confundir por otras cosas que les podrían alejar del mensaje del Reino que El trataba de anunciarles, y también se sorprende porque sus discípulos no terminan de entender lo que les quiere decir. ‘¿Y no acabáis de comprender?’, les dice Jesús.

Les habla de que tengan cuidado con la levadura de los fariseos que podría agriarles la masa de la vida que descubrían el evangelio y ellos se ponen a pensar si han llevado o no han llevado suficiente pan en la barca para la travesía que están haciendo. Quizá se recordaban que no tenían pan en el desierto cuando Jesús les pide que le den de comer a la multitud y olvidan hasta donde llegaba la misericordia y la bondad del Señor que hizo que toda aquella multitud comiera y hasta sobrara.

Con qué facilidad nos quedamos solamente en lo que tenemos delante de la nariz y no somos capaces de admirar la amplitud del paisaje que en panorámica se ofrece ante nuestros ojos. Por eso cuidado con esa levadura de los fariseos, les viene a decir Jesús; cuidado y atentos a la vida, a lo que sucede, a saber dar una buena interpretación a las cosas y también a las palabras que escuchamos, porque nuestra superficialidad nos puede jugar una mala pasada, como suele decirse.

Es necesario darle hondura a la vida, es necesario saber ser reflexivos, es necesario abrir bien el corazón, pero quitando las malas hierbas que van a impedir que la planta prospere, es necesario poner luz en el corazón para que no nos confundamos con cualquier oropel que quieran ofrecernos como piedra preciosa, es necesario que nos dejemos conducir por el Espíritu del Señor que El inspirará nuestro corazón con las mejores cosas, es necesario arrancarnos de apegos  que van a ir frenando nuestra vida, es necesario vivir esa libertad de espíritu que nos da el Señor con su fuerza.

Podremos avanzar, podremos crecer espiritualmente, podremos darle verdadera hondura a nuestra vida, podremos hacer florecer nuestra vida para poder obtener un día los mejores frutos, podremos dar ese testimonio claro de lo que significa seguir a Jesús para atraer a los demás a que sigan y vivan también los valores del Evangelio.

No andaremos despistados, podremos estar por encima de esas preocupaciones que como nubarrones tantas veces se ciernen sobre nuestra vida, podremos así mantener la paz en el corazón, pero una paz que no nos adormece sino que nos llena de inquietud por las cosas buenas.

lunes, 14 de febrero de 2022

Qué necesitará nuestro mundo, nuestra Europa llamada tantas veces cristiana, para que en verdad hoy pueda escuchar el evangelio de Jesús como buena noticia

 


Qué necesitará nuestro mundo, nuestra Europa llamada tantas veces cristiana, para que en verdad hoy pueda escuchar el evangelio de Jesús como buena noticia

Hechos de los apóstoles 13, 46-49; Sal 116; Lucas 10, 1-9

‘Poneos en camino…’ Había designado Jesús a setenta y dos de entre todos sus discípulos y los había enviado a hacer anuncio del evangelio ‘de dos en dos, a todos los pueblos y lugares dónde pensaba ir El’.


Escuchamos de nuevo este pasaje del evangelio del envío de sus discípulos cuando hoy en la liturgia de la Iglesia celebramos a san Cirilo y san Metodio, patronos de Europa y que fueron grandes evangelizadores en extensas regiones europeas. Procedían ellos de la Iglesia Oriental pues su origen estaba en Tesalónica y predicaron en extensas regiones de los Balcanes, dejando impregnada la cultura europea que se iba formando en aquellos tiempos históricos del espíritu y sentido del cristianismo.

Este envío de Jesús siempre tiene que ser algo que nos dé mucho que pensar. En este pasaje del evangelio no envía Jesús a sus discípulos, como lo hará al final, para que recorran el mundo entero; ahora los envía a aquellos lugares cercanos, donde de alguna manera va a estar ceñida la predicación de Jesús. Y es algo muy concreto que hemos de tener muy presente nosotros hoy. Porque es ahí, en ese lugar cercano nuestro, donde es necesario un nuevo anuncio del Evangelio, con claridad, con precisión, con valentía.

Y no va a ser tarea fácil, porque nos vamos a encontrar a unas personas que quizá incluso se llaman cristianas, pero que ya no están tan impregnadas del espíritu del Evangelio. Son los que vienen de vuelta, como se suele decir; un día el ser cristiano pudo haber significado algo para ellos, pero ya hoy se hacen oídos sordos a ese anuncio del evangelio; es más, creen sabérselo todo y por eso quizá han endurecido su corazón para que no traspase esa coraza que se han creado en sí mismos la semilla del evangelio. Para ellos ya no es buena noticia lo que se les anuncie.

Nos dice Jesús hoy que nos envía como corderos en medio de lobos, pero no porque sea difícil Jesús nos dispensa de nuestra tarea. ‘Poneos en camino’, nos dice. Sí, nos hace unas precisiones que creo son importantes. Hay que ponerse en camino y nos dice ‘no llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino’. No son necesarias muchas cosas para el anuncio del evangelio, no tenemos que estar entreteniéndonos en cosas innecesarias; por eso habla del saludo que hay que evitar, pues los orientales en sus saludos son muy extensos porque preguntan y repreguntan una y otra vez por la familia y todos y cada uno de sus miembros.  ¿No nos pasa a nosotros cuando nos paramos por el camino a hablar con el vecino se nos pasan las horas hablando y hablando sin llegar a nada positivo sino muchas veces a una pérdida de tiempo?

Han de llevar el mensaje de la paz expresando también en la humildad con que se presentan, la disponibilidad de sus vidas, el espíritu de servicio para liberar de todo mal a quien se encuentre atenazado por el sufrimiento. Les ha dado poder para curar de espíritus inmundos y de toda clase de enfermedad. Son las señales del amor las que se han de dar siendo verdaderos instrumentos de paz. Es el anuncio que han de hacer.

¿Cuál es nuestro anuncio hoy? Cuidado nos entretengamos en cosas que son menos importantes, pero no seamos verdaderamente esos instrumentos de paz. Cuidado nos estemos preocupando de muchas técnicas y de muchos medios y no seamos verdaderamente los signos del amor viviendo con intensidad el espíritu de servicio.

¿Qué necesitará en verdad nuestro mundo, nuestra Europa que llamamos tantas veces cristiana para que en verdad hoy se pueda escuchar el evangelio de Jesús verdaderamente como buena noticia? ¿Habría que revisar algo en nuestra manera de hacer el anuncio del evangelio? ¿Estaremos perdiendo el tiempo en cosas que no son las fundamentales? No es acomodarnos a lo que quisieran escuchar, sino que tiene que ser ese anuncio auténtico que pueda despertar la atención de nuestra Europa dormida al Evangelio.

domingo, 13 de febrero de 2022

Que florezcan en nosotros las flores de la generosidad y del amor con nuestras raíces hundidas en el Señor y por nuestra ternura estaremos haciendo un mundo más feliz para todos

 


Que florezcan en nosotros las flores de la generosidad y del amor con nuestras raíces hundidas en el Señor y por nuestra ternura estaremos haciendo un mundo más feliz para todos

Jeremías 17, 5-8; Sal 1; 1 Corintios 15, 12. 16-20; Lucas 6, 17. 20-26

Seguro que en ciertos ambientes, en ciertos sectores de la sociedad en la que vivimos estas palabras que le escuchamos hoy a Jesús en el evangelio les podrían producir risa; lo que por otra parte avalaría con mayor valor la certeza de las palabras de Jesús y su cumplimiento.

Escuchar que son dichosos y felices los pobres, los que nada tienen o tienen hambre, los que lloran en la vida a causa de sus sufrimientos o de los problemas que los envuelven produce, es cierto, una paradoja. Nos pueden resultar incomprensibles, difíciles de entender. ¿Cómo entender estas palabras de Jesús? Entre las cosas que habitualmente valoramos está el alcanzar una vida digna, tener unos medios que no nos hagan pasar estrecheces y vivir en la pobreza, alejar todo lo que sea sufrimiento ya sea físico o moral de nuestra vida, porque nos gustaría ser valorados y tenidos en cuenta. Está bien, es justo que deseemos todo esto y entre en las preocupaciones e intereses de nuestra vida. Por eso, nos chocan estas palabras de Jesús.

¿Es una promesa que nos hace Jesús? ¿Es un anuncio de algo que podemos alcanzar? ¿Es una esperanza que se suscita en nuestro corazón? Ciertamente que allí en la llanura, donde Jesús pronunció estas palabras había gente de todo tipo y de toda condición; en un pueblo pobre como era Israel y más en la situación en la que se encontraban la mayoría de los que allí estaban eran esos pobres y esos que pasaban dificultades, esos que nada tenían y que pasarían muchos momentos de escasez y de hambre también, mucha gente que sufría porque siempre traían a Jesús a sus enfermos para que los curase pero estaban también los que tenían muchas amarguras en el alma. Y seguro que estas palabras desconcertantes de Jesús comenzaron a llenar de esperanza sus corazones.

Jesús anunciaba un reino nuevo, donde todo habría de cambiar, precisamente sus palabras como había dicho en la sinagoga de Nazaret eran evangelio, buena noticia, para los pobres; si todo había de cambiar cambiaría la situación en la que vivían, eran su esperanza, pero cuando fueran comprendiendo todo lo que significaba el reino de Dios que Jesús anunciaba descubrirán como el cambio profundo había de producirse en los corazones y en las actitudes nuevas con que habían de enfrentarse a la vida y a la realidad.

Un mundo nuevo, un reino nuevo donde imperase la justicia, donde tendrían que brillar por la autenticidad de sus vidas, donde comienzan a resplandecer unas actitudes y unos valores nuevos dándole mayor aprecio a la solidaridad, a la generosidad y al amor, donde comenzarán a ser distintas también las relaciones entre unos y otros. ¿No era ese el camino de dicha y de felicidad? ¿No tenían sentido entonces las palabras de Jesús?

‘Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo’.

La confianza que comenzaría a nacer en los corazones no era fiarse de sí mismo y de sus posibilidades y poderes que pudieran alcanzarse a nivel humano, sino que la confianza se ponía totalmente en el Señor. Ya el profeta había anunciado que ‘el que confía en el Señor y pone su confianza en el Señor será como un árbol plantado junto al agua que alarga a la corriente sus raíces’.

Entonces ¡ay! de aquellos que ponían toda su confianza en sí mismos o en las cosas que poseyeran; no eran esos los caminos que les llevaran a una verdadera felicidad. ‘Pero, ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros!’ Son las lamentaciones de Jesús por aquellos que se sienten saciados de sí mismos. Como ‘quien confía en el hombre y busca su apoyo en las criaturas será como cardo en la estepa, que nunca recibe la lluvia y habitará en un árido desierto, tierra salobre e inhóspita’.

Que nuestro corazón no sea como el áspero cardo en que lo convertimos cuando nos falta ese grado de humanidad, de solidaridad, de ternura. Que florezcan en nuestra vida las flores de la generosidad y del amor y así estaremos haciendo un mundo más feliz para todos.


sábado, 12 de febrero de 2022

No seamos derrotistas diciendo que poco o nada tenemos sino esos pobres siete panes de tu vida compártelos con los demás y el mundo brillará con un nuevo color

 


No seamos derrotistas diciendo que poco o nada tenemos sino esos pobres siete panes de tu vida compártelos con los demás y el mundo brillará con un nuevo color

1Reyes 12, 26-32; 13, 33-34; Sal 105; Marcos 8, 1-10

Los discípulos se sintieron quizás sorprendidos por las manifestaciones que estaba haciendo Jesús. Estaba descorriendo el velo de su corazón para que todos le conocieran, para que conocieran sus sentimientos, para darles a entender también el sentido nuevo del Reino de Dios que les estaba enseñando.

‘Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y, si los despido a sus casas en ayunas, van a desfallecer por el camino. Además, algunos han venido desde lejos’.

Comienzan entonces a preocuparse los discípulos. Si es que allí tampoco ellos pueden hacer nada. ‘¿Dónde comprar panes para que coman todos estos?’, se preguntan. Están en lugares despoblados, la situación les parece difícil de resolver. Pero es cuando surge la pregunta de Jesús. ‘¿Cuántos panes tenéis?’ ¿Con cuántos panes se puede contar? Pero solo tienen siete panes. Con eso parece que es imposible.

Derrotistas de la misma manera nos presentamos nosotros tantas veces. No hay nada que hacer, nos decimos y repetimos, son tantos los problemas que parece que vienen en avalancha; quizás podemos sentir algún tipo de preocupación pero no hacemos sino darle vueltas al asunto sin disponernos a comenzar a hacer algo. ¿No habría que preguntarse también por cuántos panes tenemos? ¿Qué es lo positivo por pequeño que sea que yo pueda aportar? ¿Qué es lo que sé hacer y donde yo puedo echar una mano con eso que yo tengo, con eso que yo soy?

Algunas veces cuando hablamos de ese mundo nuevo que tenemos que hacer, de esa ilusión que tenemos que poner en la vida por hacer que las cosas se mejores, de esos granitos de sal que tendríamos que añadir a la vida para que la vida tenga otro sabor, de esas hogazas o de esas migajas de amor y de buenos sentimientos que tenemos que ir poniendo en el mundo para que sea mejor, enseguida pensamos en qué podemos hacer nosotros frente a esa avalancha de egoísmo, de insolidaridad, de maldad que podamos ver en el mundo y nos parece que son tantos y que nosotros somos tan poquitos que no podríamos conseguir nada por hacer que todo mejore. Y nos quedamos con los brazos cruzados. Es lo peor que podemos hacer.

Pon tu granito de arena, pon tu migaja de amor, pon tu ilusión y tu esperanza, comienza a ver las cosas con otros ojos llenos de posibilidades, siempre tu buena semilla aunque te parezca tan pequeña… todo eso un día florecerá; claro que si dejas la semilla guardada sin echarla a la tierra nunca podrá germinar para hacer surgir una nueva planta que llegue a dar fruto. Y es lo que muchas veces hacemos, nos quedamos en lamentaciones, nos quedamos en que nada o poco tenemos y de qué va a servir y la multitud seguirá teniendo hambre porque nadie ha comenzado a compartir. Comienza y seguro que tu obra buena va a fructificar y va a ser estímulo para que otros también siembren su pequeña semilla, compartan su pequeño pedazo de pan.

Es lo que nos está enseñando este milagro de la multiplicación de los panes que hoy contemplamos en el evangelio. ‘¿Cuántos panes tenéis?’ ¿Serás capaz de compartir la pobreza de esos siete panes que tú tienes?  Siente la compasión de Jesús y ponte por obra y comienza a compartir tus panes. Tu sonrisa, tu ilusión, tu esperanza, tu optimismo, tus buenos deseos, tus pequeñas cosas buenas que hagas cada día, tu acercamiento a los demás, tu visita al enfermo de al lado de tu casa, tu interés por los problemas que puedan tener los demás para ayudarle… cuántas cosas.