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miércoles, 11 de marzo de 2015

Jesús nos la plenitud que nos llevará a la verdadera felicidad, la más auténtica libertad interior y la más profunda sabiduría

Jesús nos la plenitud que nos llevará a la verdadera felicidad, la más auténtica libertad interior y la más profunda sabiduría

Deuteronomio 4,1.5-9; Sal 147; Mateo 5,17-19
La felicidad, la libertad, la sabiduría son ansias que están en el corazón de todo hombre y podríamos decir que son afanes de su vida de cada día. Lo buscamos, algunas veces no sabemos cómo encontrarlo y aunque cuando quiere actuar con madurez buscará los caminos rectos que le conduzcan a la plenitud de esos deseos también es cierto que muchas veces queremos buscar caminos fáciles que nos lleven pronto a conseguirlo aunque muchas veces por no alcanzar esa plenitud que se desea se encuentre el hombre como en un vacío y un sin sentido que no sabe como llenar.
Es lo que va haciendo madurar a la persona, aunque, repito, algunas veces el camino resulto costoso. Es lo que va haciendo encontrar un sentido a su vida, a lo que hace, a lo que le sucede, encontrando así también su lugar en la vida. Andamos en una continua búsqueda porque no siempre nos sentimos seguros. Encontrarlo diríamos que sería encontrar la verdadera sabiduría de la vida.
El hombre creyente que verdaderamente ha ido madurando en su fe, porque la reflexiona y la razona, al tiempo que se abre a la trascendencia y al misterio de Dios desde su fe, madurada y probada, ha sabido encontrar ese sentido para su vida que le da satisfacciones hondas que son camino de una verdadera felicidad, pero que le hace actuar también de forma libre, con una libertad autentica no dejándose atar por nada que le esclavice, aunque como creyente sepa poner su vida en las manos de Dios para dejarse conducir por su Espíritu.
Hoy nos decía el autor sagrado que en la ley del Señor encontramos esa verdadera dicha y felicidad, esa autentica libertad y sabiduría. Los mandamientos del Señor  ‘son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos’. ¿Qué es lo que nos da la ley del Señor? Es la senda por la que hemos de caminar y que se convierte en el sentido de nuestra vida.
La ley del Señor que manifiesta lo que es su voluntad para la vida del hombre queriendo lo mejor para él no son meramente normas y leyes que haya que cumplir, sino un sentido de la vida donde nos centramos en Dios que es nuestro Creador y nuestro único Señor y que lo que quiere siempre es el bien del hombre, de todo hombre y en todo momento.
¿Hay algún mandamiento en la ley del Señor que anule al hombre o lo haga menos feliz? De ninguna manera, sino que si en verdad nos dejáramos conducir por esa senda que el Señor nos traza cuando nos manifiesta su voluntad en verdad todos los hombres seriamos verdaderamente felices que nunca haríamos daño a nadie, ninguno se podría sentir molestado u ofendido por el quehacer de los demás, y siempre lo que estaríamos buscando es el bien, lo mejor para toda persona.
Ya nos damos cuenta, por otra parte, de cuánto daño nos hacemos y cómo nos hacemos sufrir mutuamente cuando precisamente la ley del Señor no es la norma ni el sentido de nuestra vida porque pronto aparecen los orgullos y los egoísmos, las envidias y las ambiciones, todas esas pasiones nos hacen hacernos daño mutuamente.
Jesús nos viene a decir hoy que en El precisamente encontraremos esa plenitud que nos dacha esa verdadera felicidad, esa auténtica libertad interior y paz, y esa profunda sabiduría a nuestra vida.

martes, 10 de marzo de 2015

Instrumentos de paz y signos de misericordia hemos de ser para cuantos nos rodean desde la misericordia que recibimos del Señor

Instrumentos de paz y signos de misericordia hemos de ser para cuantos nos rodean desde la misericordia que recibimos del Señor

Daniel 3,25.34-43; Sal 24; Mateo 18,21-35
‘Por el honor de tu nombre, no nos desampares para siempre, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros tu misericordia’. Hermosa la oración de Azarías. Se sienten abandonados, están lejos de su patria, de su templo, de su pueblo; no tienen ni donde ofrecer sacrificios porque todo ha sido destruido y además ahora están en la cautividad en tierra extranjera; pero aún así siguen confiando en la misericordia de Dios.
‘No apartes de nosotros tu misericordia’; no tienen holocaustos ni sacrificios que ofrecer pero le ofrecen un corazón contrito. Es lo más agradable al Señor. Sienten como la misericordia del Señor se derrama sobre ellos. ‘Que éste sea hoy nuestro sacrificio, y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados’. Por eso siguen confiando. Que éste sea hoy nuestro sacrificio, y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados’.
Qué hermosa oración que nosotros tendríamos que aprender a hacer. Y el Señor no nos defrauda; nos regala su perdón. Lo hemos escuchado en el evangelio aunque ese perdón del Señor ha de tener muchas consecuencias para nuestra vida; si nos sentimos perdonados de Dios así también nosotros hemos de aprender a perdonar; si se manifiesta la misericordia del Señor sobre nosotros, igualmente hemos de saber tener misericordia para los demás. Instrumentos de paz y signos de misericordia hemos de ser para cuantos nos rodean.
Nos lo enseña Jesús desde la pregunta de Pedro. Había oído hablar a Jesús de que hemos de perdonar; lo habían aprendido incluso con la oración que el Señor les enseñó. ‘Perdona nuestras ofensas como nosotros también perdonamos a los que nos han ofendido’. Pero aquí viene la pregunta de Pedro. ‘Y ¿cuántas veces tengo que perdonar?’ Porque es que perdonamos, pero algunos siguen erre con erre molestándonos y ofendiéndonos, ‘¿hasta siete veces?’ Mira que ya es un buen número. Ya conocemos la respuesta de Jesús.
Y nos propone la parábola para que aprendamos. Aquel que le debía mucho a su amo, pero con quien tuvieron compasión y le perdonaron todo; pero ese mismo luego no tuvo compasión del compañero que le debía una minucia y hasta lo metió en la cárcel. El mensaje de la parábola está bien claro; cuánto recibimos del Señor, cuantas veces nos perdona si acudimos humildes pidiendo perdón, y luego no sabemos perdonar al hermano; cuantas rencillas, cuántos resentimientos, cuantos rencores guardamos en el corazón; a cuántos dejamos de hablar y ya no mantenemos la misma relación con ellos porque un día nos dijeron, nos hicieron, hablaron, nos molestaron. Y luego vamos tan campantes a Misa y rezamos todas las oraciones penitenciales que tenemos en la liturgia y hasta nos atrevemos a ir a comulgar.
No puede ser ese nuestro estilo ni nuestra manera de obrar. Como decíamos antes tenemos que ser siempre instrumentos de paz y signos de misericordia y eso lo haremos cuando de verdad llenamos nuestro corazón de compasión y misericordia para así parecernos más a Dios. ‘Sed compasivos como vuestro Padre del cielo es compasivo’, nos había dicho Jesús en el Sermón del Monte. Y ese tiene que ser también el rostro de la Iglesia, rostro de misericordia que quizá algunas veces nos cuesta ver. Sería triste si ese no fuera el rostro que manifestáramos.

lunes, 9 de marzo de 2015

Cuánto nos cuesta a nosotros también a llegar a ese reconocimiento de la gloria del Señor con toda nuestra vida

Cuánto nos cuesta a nosotros también a llegar a ese reconocimiento de la gloria del Señor con toda nuestra vida

2Reyes 5,1-15ª; Sal 41; Lucas 4,24-30
‘Ahora reconozco que no hay dios en toda la tierra más que el de Israel’. Cuánto le costó a Naamán el sirio llega a ese reconocimiento de la gloria y del poder del Señor. Cuánto nos cuesta a nosotros también a llegar a ese reconocimiento de la gloria del Señor no solo con nuestras palabras sino desde lo más hondo del corazón con toda nuestra vida haciendo que El sea el único Dios y Señor de nuestro vivir.
Algunas veces quizá buscamos cosas espectaculares o extraordinarias para encontrarnos con Dios y El sin embargo se manifiesta en lo sencillo y en lo pequeño. Naamán pensaba que el profeta tenía que presentarse espectacularmente ante él para curarle de su lepra, pero Eliseo le pide cosas sencillas y humildes como bañarse en el Jordán. Cuando se humilla y se deja conducir encontrará la salud, encontrará a Dios.
Como les sucedía a las gentes de Nazaret que cuando Jesús fue a la sinagoga aquel sábado y con la fama que le precedía de lo que habían oído que realizaba en otros lugares, después de escucharle pensaban que Jesús también iba allí a realizar grandes cosas. Pero cuando Jesús quiere hacerles comprender que la Buena Noticia de su Salvación es para todos, que no es exclusividad de nadie ni de ningún pueblo, y les pone los ejemplo de la curación de Naamán, el sirio, o de la viuda de Sarepta en el territorio de Sidón, ambos paganos o gentiles como ellos decían, le rechazan, se ponen furiosos contra El y hasta quieren despeñarlo por un barranco.
¿Con qué espíritu tenemos que acudir a Dios? ¿cuál ha de ser el sentido de nuestra fe? ¿solo buscando milagros o cosas extraordinarias? Muchas veces nosotros nos sentimos tentados a esas posturas o actitudes. Con humildad hemos de buscar a Dios; con fe hemos de sentirle en lo más hondo de nuestro corazón o descubrirle en esas cosas pequeñas de cada día.
Que sepamos descubrir y sentir esa paz que El quiere poner en nuestro corazón. Como aquel hombre del evangelio que tantas veces hemos comentado le pidamos a Jesús que nos haga crecer en la fe. Que como el centurión, que incluso era un pagano, sepamos poner toda nuestra fe en Jesús, nuestra fe y nuestra confianza en Dios porque sabemos que El nos escucha, que El está con nosotros aunque por las turbulencias que haya en nuestra vida algunas veces nos cueste verlo y encontrarlo.
Danos, Señor, el don de la fe; que nunca merme ni se debilite, que siempre crezca en nosotros por la fuerza de tu gracia.

domingo, 8 de marzo de 2015

Nuestro culto verdadero a Dios ha de pasar por vivir con Jesús la Pascua en todas sus consecuencias

Nuestro culto verdadero a Dios ha de pasar por vivir con Jesús la Pascua en todas sus consecuencias

Éxodo 20, 1-17; Sal 18; 1Corintios 1, 22-25; Juan 2, 13-25
El templo de Jerusalén era el lugar de culto por excelencia para el pueblo judío. Aunque cada sábado se reunían en las sinagogas, repartidas por todo el territorio, para la escucha de la Ley y los Profetas y la oración de los salmos, el templo de Jerusalén era único y allí era donde se ofrecían los sacrificios y holocaustos al Señor.
Tenían la obligación de subir al templo en la Pascua y allí en Jerusalén la celebraban cada año, pero cada día en el templo se ofrecían los holocaustos y sacrificios, eran presentados los panes de la proposición y era ofrecido el incienso en la mañana y en la tarde en el lugar santo por el sacerdote de turno - recordemos a Zacarías ofreciendo el incienso cuando se le aparece el ángel del Señor - mientras el pueblo oraba fuera en las distintas explanadas de dicho templo.
Todo se había convertido en muy ritual y los sacrificios de animales se ofrecían continuamente; por eso en el mismo templo se había habilitado casi un mercado donde adquirir los distintos animales para los sacrificios y donde se hacían las ofrendas económicas que habían de ser en la moneda propia del templo; de ahí las mesas de los cambistas, los encargados del cambio de moneda.
Como decíamos, todo se había convertido en muy ritual en donde las ofrendas importantes eran aquellos animales sacrificados, pero no siempre la verdadera religiosidad campaba hondamente en el corazón de las gentes. Por eso escucharemos en otro momento que Jesús les echa en cara que el culto que le dan es un culto vacío, que está lejos del corazón del hombre.
Ahora contemplamos a Jesús realizar un gesto verdaderamente profético para que lleguen a captar cual es el verdadero culto que han de dar a Dios que tiene que partir siempre del corazón y de un corazón lleno de fe y de amor. Expulsa a los vendedores con sus animales del templo mientras derrama por el suelo la mesa de los cambistas. Algo bien significativo quiere hacer el Señor. Era lo habitual en los profetas que no solo hablaban con palabras sino también con sus gestos y signos, como muchas veces habremos escuchado en la lectura de los profetas del Antiguo Testamento, como gesto profético era la vida y el bautismo que Juan hacía allá en el desierto junto al Jordán.
No siempre lo entienden y ahora casi lo ven como una revuelta o una rebelión. Preguntarán razones y Jesús no les da más razón que su vida misma, la Pascua que El ha de vivir. Es por donde tenemos que entender este gesto y llevarlo a nuestra vida en esta preparación, en este camino hacia la Pascua que nosotros queremos hacer. ‘Destruid este templo, y en tres días lo levantaré’. No entenderán sus palabras, de las que los discípulos se acordarán después de haberle visto resucitar de entre los muertos. Los judíos se aprovecharán de estas palabras para acusar a Jesús a la hora de querer condenarlo a muerte. Ahí está la unión con la pascua que hemos de descubrir y es de la manera cómo tenemos que aplicarlo a nuestra vida.
¿Qué lo ofrecemos al Señor? ¿cuál es el culto que nosotros le damos? ¿es un culto en espíritu y verdad como Jesús le dirá a la Samaritana, como escucharemos en este mismo evangelio de Juan? Precisamente ese texto de la samaritana es un evangelio que se lee en el ciclo A en este mismo domingo y que hoy también hubiéramos podido escuchar.
Tiene que ser nuestro corazón el que en verdad le ofrezcamos al Señor. Querer vivir la Pascua, como ahora estamos queriendo prepararnos, es querer vivir unidos a la misma ofrenda de Jesús. Es por eso la vida de Jesús es lo que tenemos que vivir, el que había venido a hacer la voluntad del Padre.
Decirle Sí a Dios, con todo nuestro corazón, con toda nuestra vida, en todo momento y circunstancia - hoy recordamos el mandamiento del Señor en la primera lectura; unirnos a la Pascua de Jesús sabiendo lo que tiene que haber de pasión y muerte para poder llegar a la vida de la resurrección, porque nosotros en quien creemos y a quien proclamamos es a Cristo crucificado pero a Cristo que vive resucitado y nos hace resucitar a nosotros. En la cruz de Cristo está nuestra sabiduría y nuestra salvación, como hemos escuchado en la segunda lectura. Es por donde tenemos que pasar, es lo que tenemos que vivir, aunque nos cueste.
¿Cuál es la pascua en concreto que este año, en este momento de la vida hemos de vivir y celebrar? Busquemos lo que es la voluntad de Dios, lo que el Señor quiere de nosotros y lo que nos pide, y seamos capaces de hacerle esa ofrenda de nuestra vida. Con nosotros está su Espíritu para poderlo hacer. Sin El nada somos ni nada podríamos hacer.

sábado, 7 de marzo de 2015

Un cuadro que retrata nuestra miseria pero sobre todo la misericordia y ternura de Dios

Un cuadro que retrata nuestra miseria pero sobre todo la misericordia y ternura de Dios

Miqueas 7,14-15.18-20; Sal 102; Lucas 15,1-3.11-32
Un cuadro nos ofrece la Palabra de Dios hoy donde se encuentran la miseria del hombre con la misericordia de Dios. ¿Quién, podríamos decir, pesa más en la balanza?
Si miramos nuestro lado con sinceridad por muchas cosas buenas que hayamos podido hacer para contrapesar nuestra miseria veremos que siempre pesa mucho más nuestra miseria y nuestro pecado. Hoy la parábola nos lo describe perfectamente entre aquel hijo que se marcha de la casa del padre porque quiere vivir la vida a su manera y le veremos hundido en su miseria - rica la imagen del joven hambriento y envuelto en suciedad y desesperación cuidando cerdos con lo que eso significaba en el concepto semita y judío de lo que era la impureza - pero no podemos dejar de contemplar al que se creía bueno y cumplidor pero que su corazón estaba lleno igualmente de miseria por sus rencores, envidias, orgullos, exigencias aunque quisiera contar que era bueno porque siempre se había quedado en la casa del padre.
Pero la parábola y toda la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado no se queda en ese lado de la imagen. Enfrente está el corazón del padre lleno de ternura y de misericordia, que busca, que llama, que espera, que acoge, que restaura y perdona, que no echa en cara, que siempre ofrece vida, alegría y paz. No es necesario entretenerse demasiado en hacernos descripciones y explicaciones, sino simplemente contemplemos la imagen. ‘Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo’. Es la fiesta, es la alegría del amor que nos contagia, que nos levanta, que nos hace llorar de alegría, que nos llena de esperanza y de paz.
‘Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; el rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura. No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas…’ Podríamos seguir recitando el salmo porque ‘el Señor es compasivo y misericordioso’. Podríamos seguir sintiendo ese abrazo de acogida y de amor de Dios, esos besos de Dios que nos llegan al alma.
Podríamos recordar lo que ya nos había dicho el profeta. ‘No mantendrá por siempre la ira, pues se complace en la misericordia. Volverá a compadecerse y extinguirá nuestras culpas, arrojará a lo hondo del mar todos nuestros delitos’. Muchas veces equivocadamente decimos que la imagen que se nos presenta de Dios en el Antiguo Testamento es una imagen que nos llena de temor, pero cuantas veces nos encontramos la ternura de Dios en textos como lo de este salmo o lo que hoy le hemos escuchado al profeta. ‘Arrojará a lo hondo del mar todos nuestros delitos’. Ternura de Dios
Todo esto nos tiene que mover para volvernos a Dios, acercarnos a El con confianza y con amor, con la humildad de sentirnos pecadores, pero con la esperanza de encontrar la misericordia y la paz. Pero creo que también tendría que hacer algo más en nosotros; que también nosotros nos llenemos de esa ternura de Dios para ser con nuestra vida, con nuestros gestos, con nuestras actitudes pero también con nuestros actos concretos imagen de esa misericordia de Dios para con los demás. Demasiadas veces nos parecemos a aquel hermano mayor que recrimina, que echa en cara, que no se quiere mezclar, que no quiere ni siquiera llamar a su hermano como tal.
      Que la misericordia de Dios resplandezca sobre nosotros, pero que seamos también signos de misericordia para los demás. Siempre pesa más el lado de la misericordia en la balanza. Aprendamos de Dios

viernes, 6 de marzo de 2015

Una parábola que es la historia del amor de Dios siempre fiel que se traduce en la vida nuestra de cada día

Una parábola que es la historia del amor de Dios siempre fiel que se traduce en la vida nuestra de cada día

Génesis 37,3-4.12-13a.17b-28; Sal 104; Mateo 21,33-43
En la parábola del evangelio podemos verlo un claro sentido pascual, porque en ella podemos ver un anuncio que Jesús hace de su propia muerte, al tiempo que viene a ser como un reflejo de toda la historia de la salvación, la historia del propio pueblo de Israel. Ya escuchábamos al final de la parábola que el evangelista nos dice que ‘Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos’.
Refleja la infidelidad del pueblo de Israel que no cuidó de aquella viña que se le había confiado, pero refleja también el amor del Señor por su pueblo que una y otra vez les envía mensajeros que les ayudasen a dar el fruto que se les pedía. ‘Llegado el tiempo envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondía… envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo’. Leer la historia del pueblo de Israel es leer esa historia de amor de Dios por su pueblo; cómo continuamente les está enviando a los profetas que les recuerden la Alianza.
‘Por último les mandó a su hijo…’ continúa diciendo la parábola porque hasta entonces no había habido los frutos de la conversión que se les pedían. ‘Agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron’. Fuera de las murallas de Jerusalén moriría Jesús. ‘Tanto había amado Dios al hombre que le envió a su propio Hijo…’ como tantas veces hemos escuchado en el evangelio y hemos meditado.
Pero es nuestra historia, la historia de la salvación en nuestra vida, la historia del amor de Dios para con nosotros. No nos quedamos en el Antiguo Testamento; miramos nuestra vida, recordamos nuestra vida. ‘Recordad las maravillas que hizo el Señor’, hemos repetido en el salmo. No solo los fariseos y sumos sacerdotes se han de dar cuenta que hablaba de ellos. Recordemos las maravillas que ha hecho el Señor en nuestra vida, recordemos nuestra propia historia, nuestra vida concreta. Cuántos momentos de gracia, cuántas llamadas del Señor, cuántas veces que hemos escuchado su Palabra, cuantas celebraciones de la Eucaristía de los sacramentos; un caudal de gracia del Señor en nuestra vida. Y ¿cuál ha sido nuestra respuesta?
Me atrevo a pensar que aún así el Señor sigue contando con nosotros. A pesar de nuestros fallos, nuestras debilidades, nuestros momentos de infidelidad;  parecería que nada valemos ni nada merecemos, pero el Señor sigue amándonos, sigue contando con nosotros.
Ha recordado Jesús al final de la parábola aquellas palabras del salmo ‘la piedra que desecharon los arquitectos se ha convertido ahora en piedra angular’. Una clara referencia a sí mismo, rechazado por todos, pero nuestro único Salvador. Piedra angular de nuestra vida es Cristo sobre el que tenemos que fundamentar toda nuestra existencia.
Pero está diciéndonos también que nosotros que parecemos que no valemos nada, que más aun estamos llenos de debilidades y de pecados, sin embargo el Señor quiere contar con nosotros y de nosotros se vale para hacer llegar sus bendiciones y sus gracias a los demás.  ¿No había convertido a Pedro en piedra fundamental de su Iglesia y a pesar de su pecado, a pesar de que lo negó, sigue confiando en él, ‘pastorea mis ovejas, pastorea mis corderos’?
Pedro hizo una porfía de amor por Jesús cuando llorando su pecado se volvió de nuevo hacia El. Lloramos nuestros pecados, somos conscientes de nuestras flaquezas y debilidades, pero nos sentimos amados del Señor y nosotros queremos también porfiar nuestro amor. Este camino hacia la Pascua que estamos haciendo en esta cuaresma es una oportunidad para hacer esa porfía de amor, para convertir nuestro corazón totalmente hacia el Señor, para darle gracias también por todo lo que nos sentimos amados.

jueves, 5 de marzo de 2015

Abismos y barreras que nos hemos creado y nos insensibilizan y nos ciegan que hemos de romper y saltar

Abismos y barreras que nos hemos creado y nos insensibilizan y nos ciegan que hemos de romper y saltar

Jeremías 17,5-10; Sal 1; Lucas 16,19-31
‘Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo…’ le decía Abrahán al rico de la parábola. Creo que puede ser un buen punto de reflexión. ¿Quién había creado ese abismo? ¿qué abismos nos creamos nosotros los hombres en nuestras relaciones de cada día?
El abismo no es que existiera solo después de la muerte, porque aquel hombre había merecido la condena mientras el pobre Lázaro estaba en el seno de Abrahán. El abismo ya existía en vida, porque mientras aquel ‘hombre rico se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes, a su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico’. La riqueza, la ostentación, la vida sibarita de aquel hombre había creado un abismo en torno suyo para no ver ni siquiera lo que estaba a su puerta.
Cuantas barreras creamos a nuestro alrededor, de cuantas cortinas oscurecedoras nos rodeamos para no ver más allá de nuestro yo. El caso que nos propone la parábola lo podríamos llamar un caso extremo, pero en el día a día de nuestra vida son muchas las cosas que hacemos en ese estilo. Fácilmente nos puede venir a la mente nuestro mundo injusto con tantas diferencias abismales que nos creamos entre un primer mundo y un tercer o cuarto mundo de miseria, de pobreza, de enfermedad, de hambre. Y en nuestra conciencia humana no podemos ser insensibles ante esas diferencias y separaciones tan injustas y tiene que haber un serio compromiso de nuestra sociedad por hacer que todo eso cambie.
Pero me gusta pensar en mi vida de cada día, en esas cosas concretas que yo cada día hago en un sentido o en otro o que tendría que hacer para hacer desaparecer abismos o barreras que nos separan, o cortinas que nos ciegan. Es abrir los ojos a mi vida y a la vida de esas personas cercanas a mí, con las que me encuentro cada día, pero quizá simplemente paso a su lado sin verlas, sin fijarme en sus problemas porque solo voy pensando en mis problemas, en mis ansiedades o preocupaciones, o en ver cómo yo vivo bien.
Había muchos manos que tender hacia el hermano que pasa a mi lado, que está cerca de mi con su sufrimiento, pero por el que nunca quizá me haya interesado y realmente no sé o no quiero saber qué es lo que le pasa. Mucho tendríamos que abrir los ojos de nuestro corazón para ver y para sentir ese sufrimiento, esa mirada, esa mano que nos tienden pidiendo una ayuda o ese silencio que nos grita desde sus angustias, pero que nosotros no oímos porque estamos entretenidos en nuestras músicas o nuestros sueños.
¿Cómo despertarnos? ¿cómo salir de esa modorra en que nos dormimos o de esa indiferencia en que nos insensibilizamos?
Aquel rico le pedía a Abrahán que enviase a Lázaro a casa de sus hermanos porque si un muerto los visitaba quizá podrían despertarse de su situación y cambiar. Pero Abrahán le dice que tienen a Moisés y a los profetas, que los escuchen. Sí, tenemos la Palabra del Señor que cada día podemos escuchar y rumiar en nuestro interior, como ahora estamos queriendo hacer con este texto del evangelio. Ahí tenemos el despertador, ahí tenemos la luz que nos ilumina, ahí tenemos la fuerza del Espíritu del Señor que nos habla en nuestro interior y nos da fuerzas para ese despertar, para ese cambio de actitud y ese cambio de vida que tenemos que hacer.
Aprovechemos, escuchemos con un corazón bien abierto en este camino cuaresmal que estamos haciendo la Palabra que cada día se nos ofrece. Podremos realizar esa pascua en nosotros, esa transformación de nuestra vida que nos lleve a vivir en los caminos de la gracia y del amor.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Ser capaces de vivir la pascua siguiendo los mismos pasos de Jesús en la entrega, el sacrificio, el servicio y el amor

Ser capaces de vivir la pascua siguiendo los mismos pasos de Jesús en la entrega, el sacrificio, el servicio y el amor

Jeremías 18,18-20; Sal 30; Mateo 20,17-28
‘¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?’, es la pregunta que Jesús les hace a los hermanos Zebedeos, pero es la pregunta que nos está haciendo el Señor hoy cuando decimos que estamos haciendo este camino de Pascua o hacia la Pascua que tiene que ser nuestra cuaresma. Una pregunta, es cierto, bien comprometida. Nos es fácil pensar en por qué se las hizo a los discípulos en aquel momento, pero nos cuesta mucho más escucharla nosotros y dar respuesta.
Ciertamente se la estaba haciendo a aquellos discípulos tras sus peticiones o pretensiones manifestadas a través de la madre. ‘Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda’. Pero era como preguntarles si en verdad ellos habían entendido lo que anteriormente les había dicho; les había hablado de pascua, les había hablado de lo que a El le iba a suceder. Subían a Jerusalén y allí iban a pasar muchas cosas. ‘Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará’. Era algo que les costaba mucho entender.
Es algo que también nos cuesta entender para aplicarlo a nuestra vida. Nos gustaría que todo fuera Tabor o todo fuera resurrección. Pero nuestra unión con Jesús es un participar plenamente de su pascua, y la pascua de Jesús es pasión y muerte para poder llegar a la resurrección. Eso que puede significar muerte en nosotros porque tenemos que desprendernos de muchas cosas, o porque tenemos que darnos cuenta que nuestra vida tiene que ir por el camino del desprendimiento, del servicio, del amor, o porque los sufrimientos y problemas rodean nuestra vida es algo que nos cuesta aceptar, asumir, vivir.
Algunas veces se nos puede hacer duro y también gritaremos como Jesús en Getsemaní, ‘que pase de mí este cáliz’, aunque también tenemos que llegar a decir totalmente lo que dijo Jesús ‘no se haga mi voluntad sino la tuya’. Y eso cuesta mucho, aunque sabemos que el Espíritu de Jesús está con nosotros.
Por allá andan los otros discípulos desconfiados y envidiosos. ‘Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos’. Y allí está Jesús pacientemente enseñándoles, recordándoles lo que tantas veces les había dicho. Es la pascua de purificación del corazón que ellos han de vivir también arrancando del corazón esas ambiciones o esos sentimientos turbios que muchas veces nos pueden aparecer.
‘Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo’. Es el estilo nuevo del Reino de Dios que tanto cuesta muchas veces aceptar. Pero Jesús nos está diciendo que seguirle a El es seguir sus mismos pasos; tendremos que vivir la pascua como El, pero también hemos de vivir nuestra vida desde el sentido del amor y del servicio como fue su vida. Por eso les recuerda: ‘Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos’.
¿Estaremos dispuestos a beber el mismo cáliz que El bebió?

martes, 3 de marzo de 2015

No son los caminos del orgullo y de la vanidad los que nos llevan a Dios sino por la humildad, el amor y el servicio

No son los caminos del orgullo y de la vanidad los que nos llevan a Dios sino por la humildad, el amor y el servicio

Isaías 1,10.16-20; Sal 49; Mateo 23,1-12
No es por los caminos del orgullo y de la vanidad por donde podemos ir a Dios. Y es que Dios solo se revela y manifiesta a los que son sencillos y humildes de corazón. Ya nos lo repite Jesús en el Evangelio en muchas ocasiones. Por eso el estilo de quien se dice seguidor de Jesús es el del servicio y el del amor.
Cuando los discípulos discuten entre ellos por ver quien va a ser el más importante les repetirá lo mismo que hoy hemos escuchado ‘el que quiera ser primero entre vosotros sea vuestro servidor’ y ya en otro momento nos había dicho que ‘el Hijo del hombre no había venido a ser servido sino a ser servidor de todos’.
Por eso hoy le vemos denunciar las actitudes prepotentes y vanidosas de los fariseos y maestros de la ley. Nada de búsqueda de honores y primeros puestos, nada de vanidades que nos hagan aparecer por fuera lo que no llevamos dentro. ‘Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame maestros…’ Ese no puede ser nunca nuestro estilo ni nuestra manera de actuar. Y terminará diciéndonos Jesús: ‘El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.
Nuestro camino ha de ser el del servicio; nuestra manera de actuar ha de ser siempre desde la humildad; el amor tiene que llenar nuestro corazón y manifestarse en nuestras actitudes y en nuestros actos. Así nos gozamos en el Señor y alcanzaremos la misericordia y el perdón.
La primera lectura era una invitación a la conversión de nuestro corazón a Dios. ‘Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien’, nos decía el profeta de parte de Dios. Y cuando transformemos nuestro corazón buscando el bien y la justicia, defendiendo al pobre y al oprimido alcanzaremos gracia de parte del Señor, alcanzaremos el perdón de Dios.
‘Aunque vuestros pecados sean como púrpura, blanquearán como nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán como lana’. Nos sentimos pecadores delante del Señor porque por mucho que le escuchemos, sin embargo, no siempre somos buenos. Pero volvamos nuestro corazón al Señor y comencemos a actuar de manera distinta; pongamos amor en nuestra vida, en lo que vamos haciendo y seamos capaces de ponernos al lado del pobre y del que sufre; mereceremos así el perdón y la gracia de Dios.
‘Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios’, fuimos repitiendo en el salmo. Sigamos los caminos de Dios, vivamos los caminos del amor y alcanzaremos la misericordia de Dios.

lunes, 2 de marzo de 2015

Nos sentimos inundados por el amor del Señor y aprendemos a amar con un amor a semejanza del amor de Dios

Nos sentimos inundados por el amor del Señor y aprendemos a amar con un amor a semejanza del amor de Dios

Daniel 9,4b-10; Sal 78; Lucas 6,36-38
Alguien ha escrito que ‘El cristiano es el que ama no sólo con su amor, sino con la fuerza amatoria de Dios, que Él le regala’, porque como nos ha dicho el apóstol san Pablo ‘El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado’.
No pretendamos amar solo con nuestro amor, o por la fuerza de nuestro amor; somos muy débiles y limitados y así limitado se puede ver nuestro amor. Queremos amar, es cierto, pero muchas veces hay algo que se nos atraviesa dentro de nosotros cuando vemos que no somos correspondidos, cuando nos sentimos heridos gravemente por algo o por alguien, cuando vemos cosas que no nos gustan y nos sentimos tentados al juicio y a la condena. Por eso, no amamos solo con nuestro amor, sino que los cristianos queremos amar con la fuerza del amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones, como nos decía san Pablo.
Por eso en lo hoy hemos escuchado que Jesús nos dice está en primer lugar querer parecernos a Dios. ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo’, nos dice Jesús. Y porque nuestro Dios es un Dios compasivo y misericordioso y no juzga ni condena, sino que siempre ama y nos ofrece su perdón y su paz, es de la forma como nosotros tenemos que hacer.
Y cuando lo hagamos así como el Señor nos dice estaremos iniciando una espiral de amor. ‘No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante’. Como la espiral que desde un punto luego se va extendiendo y haciendo más grande, así nuestro amor, porque no juzgamos ni condenamos ni seremos juzgados ni entraremos ya en esa rueda de los juicios y condenas, sino que comenzaremos a hacer crecer esa rueda en espiral del amor. La medida será ya generosa, colmada, remecida, rebosante, como nos dice Jesús.
Claro está que nos sentimos pecadores, porque no siempre amamos con un amor así, porque no siempre realizamos en nuestra vida lo que es la voluntad del Señor. Nos sentimos pecadores, nos sentimos limitados y débiles en nuestro desamor que se manifiesta tantas veces en nuestra vida llenándonos de las negruras del egoísmo, de la desconfianza, de la envidia, del resentimiento y de tantas y tantas cosas que nos llenan de tinieblas. Pero siempre hay una luz en el horizonte, que es la luz del amor del Señor.
‘Señor, nos abruma la vergüenza… porque hemos pecado contra ti. Pero, aunque nosotros nos hemos rebelado, el Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona’. Con qué esperanza, con qué paz nos podemos acercar al Señor. Cuánto amor se despierta en nosotros cuando así nos sentimos amados del Señor. Nos sentimos inundados por el amor del Señor y aprendemos a amar con un amor igual. Amemos con el amor de Dios y será más verdadero, más humano y más divino nuestro amor.

domingo, 1 de marzo de 2015

Necesitamos contemplar la Transfiguración conscientes de que también hemos de hacer el mismo camino de Pascua de Jesús

Necesitamos contemplar la Transfiguración conscientes de que también hemos de hacer el mismo camino de Pascua de Jesús

Gén. 22, 1-2. 9-13. 15-18; Sal 115; Rom. 8, 31b-34; Marcos 9, 2-10
No podemos olvidar el auténtico sentido de la Cuaresma; es un camino pascual, un camino que nos prepara para la Pascua. Como preparaba a los primitivos catecúmenos para la celebración del Bautismo en la noche de pascua, como posteriormente ayudaba a los pecadores a ir realizando en su vida una auténtica conversión, haciendo una renovación de su Bautismo, así ahora sigue la Cuaresma ayudándonos a realizar ese camino pascual.
Todo nos va conduciendo a ello, a esa renovación de nuestro compromiso bautismal no olvidando que el bautismo es la primera y fundamental participación en la Pascua del Señor, en el misterio de su pasión, muerte y resurrección. Todos los textos, todos los signos, todos los gestos que vamos encontrando en la liturgia nos ayudan a ello. La Palabra del Señor que vamos escuchando a eso nos conduce también. Se suele decir que los textos de todo el tiempo de Cuaresma son como una gran catequesis bautismal que nos ayudan e iluminan para esa renovación pascual de nuestra vida.
En el segundo domingo de Cuaresma siempre se nos proclama en el evangelio la Transfiguración del Señor. ¿Qué significa, qué nos reporta que ya desde casi el principio de la Cuaresma contemplemos este misterio de la Transfiguración del Señor?
Jesús les había ido anunciando desde el principio casi que su camino era un camino de Pascua. Anunciaba lo que había de sucederle en Jerusalén donde sería entregado y habría de sufrir su pasión y muerte, pero al tercer día resucitaría. No entendían los discípulos, les costaba entender estos anuncios de Jesús. En alguna ocasión veremos a Pedro incluso que trata de quitarle esa idea de la cabeza. Ya les decía también que el camino del discípulo era seguir sus mismos pasos, porque el que quisiera ser su discípulo habría de negarse a sí mismo y cargar también con la cruz. Palabras, repito, que les resultaban incomprensibles.
Este momento de la Transfiguración viene enmarcado por esos anuncios. ‘Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos’. Subió a la montaña, se los llevó con él para orar en la montaña. Era importante lo que sucedía. Como se había retirado al principio de su vida pública al desierto para orar - escuchábamos el domingo pasado -, como le vemos en otras ocasiones que se va a lugares apartados o solitarios para orar, ahora sube a la montaña con aquellos tres discípulos. Se acerca un momento importante, está cercana ya la Pascua y Jesús sube a la montaña a orar, como le veremos en el principio de la pasión orando en Getsemaní.
Sólo en la oración podremos descubrir los misterios grandes que Dios nos quiere revelar. Allí se va a oír la voz del cielo, junto con todas las otras señales celestiales, ‘Este es mi Hijo amado, escuchadle’.
Ese Jesús que anuncia su entrega, su pasión, su muerte es el Hijo amado de Dios. Va a ser difícil ver ese misterio cuando llegue la pasión y la cruz, pero tenemos que saber descubrirlo. Habrían de descubrirlo los discípulos, para eso se transfigura delante de ellos, y luego les hablará de resurrección. Les va a costar, porque a pesar de todo eso huirán, se esconderán y hasta Pedro le negará. Luego, tras la resurrección lo reconocerán todo. Tras la venida del Espíritu será Pedro el que proclame que a ‘ese Jesús a quien vosotros entregasteis, Dios lo resucitó de entre los muertos y lo ha constituido el Mesías y el Señor’.
Necesitamos hoy nosotros contemplar la Transfiguración del Señor si somos conscientes de que nosotros también tenemos que hacer el mismo camino de Pascua de Jesús. Será la renovación que tenemos que hacer de nuestra vida, o será la pascua concreta que cada uno de nosotros ha de vivir en su vida en medio de sus sufrimientos, con sus problemas, con la lucha que cada día ha de mantener para superarse, para ser mejor, con las negruras que pueden aparecer en su vida, con tantas cosas que nos pueden ser duras y difíciles, pero que son nuestro camino, nuestra pascua.
Necesitamos subir al Tabor para contemplar a Cristo transfigurado que es imagen de lo que será su resurrección. Necesitamos subir al Tabor de nuestra oración para sentirnos plenamente unidos al Señor y llenos de la fuerza de su Espíritu. Necesitamos subir al Tabor para escuchar esa voz que nos habla allá en lo más profundo de nosotros señalándonos el camino de Jesús, señalándonos lo que ha de ser nuestro camino de Pascua, señalándonos lo que es la voluntad de Dios para nosotros. Necesitamos subir al Tabor para contemplar a Cristo glorioso, pero sabemos que hemos de bajar de nuevo a la llanura porque habrá otra montaña de pascua que hemos de subir. No nos vamos a esconder en la montaña santa del Tabor haciéndonos nuestras tiendas de refugio.
Nuestra Eucaristía de cada día ha de ser nuestro Tabor, donde nos llenemos de Dios, donde nos sintamos transfigurados en el Señor. Nuestra oración, nuestra escucha de la Palabra de cada día, nuestra vivencia sacramental nos dará esa luz y esa fuerza que necesitamos porque nos garantiza la presencia y la gracia del Espíritu en nosotros. Vamos a seguir haciendo el camino porque sabemos que nos lleva a la vida, nos conduce a la plenitud de la resurrección. 

sábado, 28 de febrero de 2015

Seamos buenos hijos de Dios amando con un amor como el que Señor nos tiene, como el que el Señor tiene a todos.

Seamos buenos hijos de Dios amando con un amor como el que Señor nos tiene, como el que el Señor tiene a todos.

Deuteronomio 26,16-19; Sal 118; Mateo 5,43-48
"Habéis oído que se dijo: "Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo os digo: Amad a vuestros enemigos. Haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian". Qué bien nos viene escuchar estas palabras de Jesús en el día de hoy en nuestra sociedad actual. Lo de aborrecer al que no consideras tu amigo, o no piensa como tu, o no hace las cosas como tú crees que deben hacerse está a la orden del día. Cuánto tendríamos que reflexionar sobre esto.
Decimos que vivimos en una sociedad cristiana, o al menos en una sociedad en la que todos o la mayoría están bautizados, pero qué lejos nuestra manera de actuar de lo que nos está diciendo hoy Jesús en el Evangelio. Enfrentamientos, podríamos decir, que es normal que los haya, porque no todos tenemos que pensar lo mismo y una sana confrontación tendría que llevarnos siempre a buscar y encontrar lo mejor, a buscar un acuerdo, a un intentar caminar juntos; pero ya sabemos, esos enfrentamientos o confrontaciones muchas veces terminan en rencillas y resentimientos, en ponernos barreras, en ir generando en principio desamor pero que puede terminar convirtiéndose en odio en nuestros corazones.
Y eso lo vemos en todos los ámbitos de nuestra sociedad; no digamos a nivel político, pero pensamos también en las relaciones familiares que se ven enturbiadas muchas veces por esos sentimientos, en el trato con los que llamamos amigos, en el encuentro o convivencia con los vecinos o los que están a nuestro lado, en el ámbito del trabajo.
Tenemos que escuchar las palabras de Jesús; tenemos que aprender a asumirlas en nuestra vida, en convertirlas en el sentido y razón de ser de nuestra convivencia de cada día. Jesús nos viene a decir que si en el mundo en que vivimos esas cosas nos pudieran parecer normales, entre nosotros los que le seguimos no puede ser así, nuestro estilo es diferente, nuestra manera de ver las cosas y las personas tienen que tener otra hondura. A la larga Jesús nos está pidiendo que seamos más humanos.
Pero es que además nosotros tenemos otras motivaciones más profundas. Cuando queremos amar queremos parecernos a Dios, queremos amar con un amor como el amor de Dios. ‘Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’, nos dice el Señor.
Y terminará diciéndonos hoy donde está la meta de nuestro amor: ‘Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’. Nos parecerá imposible, nos puede parecer una meta muy alta, pero bien sabemos que el Señor no nos deja solos, nos da la fuerza de su Espíritu.
Que con la fuerza de su Espíritu comencemos a amar a aquellos que más nos cuesta amar, no solo a perdonar a quienes nos hayan podido hacer daño, sino a rezar por ellos. Seamos buenos hijos de Dios amando con un amor como el que Señor nos tiene, como el que el Señor tiene a todos. 

viernes, 27 de febrero de 2015

Tenemos que ser siempre sembradores de vida, de reconciliación y de paz

Tenemos que ser siempre sembradores de vida, de reconciliación y de paz

Ezequiel 18,21-28; Sal 129; Mateo 5,20-26
‘Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón…’ Así rezamos con el salmo. Es a lo que nos invita hoy la liturgia como respuesta a la Palabra de Dios que se nos había proclamado con el profeta. ‘Si el malvado se convierte de los pecados cometidos y guarda mis preceptos, practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá. No se le tendrán en cuenta los delitos que cometió, por la justicia que hizo, vivirá. ¿Acaso quiero yo la muerte del malvado -oráculo del Señor-, y no que se convierta de su conducta y que viva?’
‘Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa; y él redimirá a Israel de todos sus delitos…’ continuábamos diciendo en el salmo. Es nuestro consuelo y nuestra esperanza. Es lo que nos impulsa a convertir nuestro corazón al Señor. Es lo que nos está pidiendo continuamente que seamos santos.
Somos pecadores, es cierto; cuántas veces olvidamos los caminos del Señor; cuántas veces olvidamos su amor. Viene la tentación y tropezamos una y otra vez. Pero una y otra vez acudimos al Señor confiados en su amor. Una y otra vez le decimos ‘no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal’, sabiendo que en el Señor siempre vamos a encontrar la misericordia y esa paz que necesitamos en el corazón. ‘Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?’
Pero como nos enseña Jesús hoy en el evangelio siempre hemos de estar buscando la comunión y la reconciliación con el hermano. Estamos llamados a la vida y todo lo que sea muerte hemos de desterrarlo de nosotros. Por eso tenemos que ir siempre regalando vida, porque siempre vamos regalando amor.
Jesús se nos muestra, por así decirlo, exigente en sus palabras hoy en el evangelio. Nos recuerda el mandamiento de no matarás. Pero al mismo tiempo nos hace ver toda la amplitud que tiene ese mandamiento. Estaríamos dando muerte al hermano no solo cuando le quitemos la vida física - cuántos dicen que no tienen pecado porque ellos no han matado a nadie - sino que dar muerte es tratar mal, es insultar, es juzgar, es llenar nuestro corazón de envidia, es dejar que se introduzca en nosotros el rencor y el resentimiento. Todo eso es muerte, una muerte que tenemos que ir desterrando de nosotros y de nuestro mundo. Desgraciadamente cuantas señales de muerte vemos a nuestro alrededor; cuántas señales de muerte pudiera haber allá escondidas en nuestro corazón cuando no amamos de verdad al hermano.
Por eso nos pide Jesús que siempre tenemos que buscar la reconciliación con el hermano. Ya en otro momento del evangelio, en este mismo sermón del monte de donde están tomadas estas palabras nos dice que no solo hemos de perdonar a quien nos haya podido hacer daño, sino además rezar por él. Eso es poner vida en nuestro corazón, porque eso nos da paz, y eso es sembrar semillas de paz en nuestro mundo queriendo llenarlo de vida también.
Cuánto podemos y tenemos que hacer en este sentido. Tenemos que ser siempre sembradores de vida, de reconciliación y de paz.

jueves, 26 de febrero de 2015

Oramos con confianza no olvidando todo lo que recibimos de Dios

Oramos con confianza no olvidando todo lo que recibimos de Dios

Ester 14,1.3-5.12-14; Sal 137; Mateo 7,7-12
Alguien ha dicho que ‘no pedimos para que el Señor se entere de lo que necesitamos, sino para no olvidarnos de que todo lo recibimos de él’. Hace unos días en esta catequesis continua que es para nosotros el camino cuaresmal que estamos haciendo con la Palabra que cada día se nos proclama y tratamos de asimilar y hacer vida nuestra Jesús nos decía que para orar no necesitábamos decir muchas palabras - ‘cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso’ - porque Dios conoce bien nuestras necesidades - ‘pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis’ -. Somos nosotros los que necesitamos no olvidarnos de todo lo que recibimos de El.
Ya recordamos entonces en nuestra reflexión lo que hoy hemos escuchado en el evangelio. ‘Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre…’ Y nos viene a decir que Dios es nuestro Padre que siempre nos escucha - ‘¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden!’ - como nuestro padre en la tierra siempre atenderá a las peticiones de sus hijos.
¿Cómo entonces ha de ser nuestra oración? La primera lectura nos ofrece un ejemplo hermoso. Nos señala unas características muy importantes para lo que ha de ser nuestra oración. Ester se dirige al Señor con la certeza de que sólo en él puede encontrar la salvación. Certeza y confianza que resuma toda la oración de la reina Esther. Recuerda la misericordia que Dios siempre ha tenido para con su pueblo y ahora ella quiere acogerse a ese amor misericordioso de Dios. Se siente pequeño, débil, por eso pide a Dios su sabiduría, que ponga las palabras acertadas en su boca. Ella se va a convertir en intercesora a favor de su pueblo.
Es la manera cómo tenemos que acercarnos al Señor; con amor y con la absoluta confianza de que el Señor nos escucha, como nos enseñará luego Jesús en el evangelio; pedimos que sea el Señor el que nos inspire lo que hemos de hacer, cómo hemos de actuar, y en esa confianza nos dejamos llevar, conducir por el Espíritu del Señor. Que nos conceda su sabiduría, la fuerza de su Espíritu. Y sabemos que el Señor actúa en nosotros, el Señor está a nuestro lado y es nuestra fuerza. ‘Si el afligido invoca al Señor, El lo escucha’, como tantas veces rezamos con los salmos.
‘Daré gracias a tu nombre, por tu misericordia y tu lealtad; cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma’. Así hemos de cantar agradecidos al Señor sintiendo siempre su fortaleza y su gracia. Que así sea siempre nuestra oración. Esa oración que nosotros elevamos al Padre del cielo siempre en nombre de Nuestro Señor Jesucristo. ‘Cuanto pidáis al Padre en mi nombre El os lo dará’, nos ha enseñado Jesús en otro lugar en el evangelio.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Que sepamos descubrir las señales de la presencia de Dios en nuestra vida que nos llena de su sabiduría y gracia

Que sepamos descubrir las señales de la presencia de Dios en nuestra vida que nos llena de su sabiduría y gracia

Jonás 3,1-10; Sal 50; Lucas 11,29-32
‘Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás’. Jonás había predicado la conversión en Nínive y los ninivitas escucharon su palabra y se convirtieron al Señor. Bien sabemos, incluso, cómo Jonás se resistía a cumplir su misión pero llevado por los acontecimientos en los que él supo descubrir el designio de Dios al final fue a Nínive como Dios le pedía.
San Pablo dirá que ‘los griegos piden sabiduría y los judíos piden signos’, pero que él no anuncia otra cosa que a Cristo crucificado. Ahora Jesús les pone como una señal a Jonás y a la reina del Sur. Jonás porque se dejó conducir por la palabra del Señor y predicó la conversión a los ninivitas que escucharon su palabra; la reina del Sur porque vino buscando conocer la sabiduría de Salomón, y como Jesús les dice allí hay alguien que es más que Salomón, porque allí ante ellos está la Sabiduría de Dios, el Verbo de Dios, la revelación de Dios para el hombre con la que alcanzará la verdadera salvación.
En muchas ocasiones a lo largo del evangelio vemos como las multitudes se admiraban de lo que Jesús hacía - ‘nunca hemos visto una cosa igual’, decían - ante los milagros que Jesús realizaba; o en otras ocasiones se habían admirado de su sabiduría, porque hablaba con autoridad y ‘nadie ha hablado como El’. Sin embargo no terminan de creer en Jesús; aunque el pueblo le aclame y le bendiga porque viene en el nombre del Señor, por allá habrá quienes sigan dudando o incluso oponiéndose a la obra de Jesús. Era para muchos, como los de su pueblo, simplemente ‘el hijo del carpintero’, pero no sabían descubrir la obra de Dios en El; ya vemos como algunos se atreven incluso a decir que si expulsa los demonios lo hace con el poder del príncipe de los demonios. ¡Cuánto les costaba aceptar a Jesús!
Pero no nos quedemos en la reacción de las gentes en los tiempos de Jesús; para nosotros eso tiene que ser también una señal que nos hable mucho más y nos haga reflexionar sobre nosotros mismos y la manera de aceptar a Jesús y su salvación en el día a día de nuestra vida.
También dudamos muchas veces; también nos cuesta ver los signos de Dios que se van manifestando en nuestra vida; se nos cierran los ojos y no sabemos descubrir esa acción de Dios en nosotros. Pedimos muchas cosas desde nuestras necesidades, nuestros problemas o nuestros deseos de algo mejor; pero tenemos el peligro de pedir y pedir y no saber descubrir esa presencia de Dios en nuestra vida que se nos puede manifestar de muchas maneras.
Que sepamos descubrir esas señales de Dios, es paz que podamos sentir en nuestro corazón, esa respuesta que nos va dando a lo que le vamos pidiendo, esa fuerza que hay en nosotros en nuestra lucha y en nuestros esfuerzos que son señales de esa gracia de Dios. Que se nos abran los ojos de nuestro corazón para saber descubrir y vivir esa sabiduría de Dios. El Señor continuamente realiza maravillas en nosotros. Que sepamos reconocerlo y cantarlo como María.

martes, 24 de febrero de 2015

Orar es disfrutar de la presencia y del amor de Dios, es llenarnos de Dios para mirar siempre con la mirada de Dios

Orar es disfrutar de la presencia y del amor de Dios, es llenarnos de Dios para mirar siempre con la mirada de Dios

Isaías 55,10-11; Sal 33; Mateo 6,7-15
‘Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis’. Así nos dice hoy Jesús cuando nos enseña a orar.
Pero, ¿no seguiremos haciendo lo mismo? Pedimos, suplicamos, insistimos, repetimos nuestra oración, hablamos y hablamos, rezamos y rezamos una y otra vez sobre todo cuando nos sentimos agobiados con problemas, cuando hay algo que quizá nos quema en el corazón, cuando pensamos en tantas necesidades, quizá mirando muchas veces primero en las nuestras.
Claro que en otra ocasión nos dirá Jesús que oremos sin cesar ‘pedid y recibiréis, buscad y encontrareis, llamad y se os abrirá’, nos dirá. ¿Está en contradicción una y otra enseñanza de Jesús? De ninguna manera. Lo que quiere Jesús es que oremos, pero que en nuestra oración sepamos sentir la paz de la presencia de Dios; quiere que oremos pero que disfrutemos del amor y de la presencia de Dios que es un Padre bueno que nos ama.
La primera lectura, del profeta Isaías, nos ha propuesto una imagen muy hermosa. La lluvia que mansamente va cayendo del cielo y va poco a poco empapando la tierra para hacerla fecunda y broten las plantas que finalmente nos den hermosos frutos. Es ese ponernos en la presencia del Señor, ese ir dejándonos inundar de Dios, de su gracia, de su vida y que hará fecunda nuestra vida haciéndola fructificar con su gracia.
Yo diría que es la forma cómo tenemos que saborear la oración; es la forma como tenemos que aprender a saborear el padrenuestro, la forma de oración que Jesús hoy nos ha enseñado. Nos decía que no oremos con muchas palabras y nos dejaba una manera de orar, de ponernos con humildad y con mucho amor ante Dios; cuando nos sentimos a gusto, cuando vamos saboreando su presencia de amor irán surgiendo nuestros deseos, nuestras preocupaciones, nuestros anhelos, pero al mismo tiempo iremos viendo nuestra vida con una mirada distinta, porque ya todo lo iremos viendo con los ojos de Dios, con la mirada de Dios.
Es entonces cuando vemos en su más profunda realidad nuestra vida; es cuando nos sentimos humildes porque nos damos cuenta de nuestra falta de amor y veremos nuestra realidad de pecadores; pero será algo que iremos viviendo con paz, una paz que nos llevará a que también deseemos esa paz para los demás, ofreceremos generosamente el perdón, comenzaremos a amar de una forma distinta a cuantos nos rodean, incluso, aunque nos hayan ofendido. Qué sentido más bonito tiene esa petición del padrenuestro, ‘perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’. Nos cuesta, pero seremos capaces de hacerlo porque Dios está con nosotros.
Orar no es solo pedir; orar es disfrutar de la presencia y del amor de Dios; orar es llenarnos de Dios para mirar siempre con la mirada de Dios.