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jueves, 14 de marzo de 2019

Disfrutemos de la oración y de la presencia del Señor porque sabemos que El nunca nos fallará



Disfrutemos de la oración y de la presencia del Señor porque sabemos que El nunca nos fallará

Ester 14,1.3-5.12-14; Sal 137; Mateo 7,7-12

Muchas veces nos habla Jesús en el evangelio de la oración y ahora en este tiempo de cuaresma escucharemos muchos textos en este sentido. No en vano este tiempo de cuaresma ha de ser un tiempo para la reflexión y para la oración. No solo reflexionamos desde los propios sentimientos y lo que es nuestra vida buscando unas sabidurías humanas, sino que queremos ahondar en la sabiduría de Dios, dejar que su Espíritu sea nuestra luz en el camino que nos ayude a descubrir la verdad de nuestra vida y el sentido que hemos de darle desde nuestra fe y el evangelio.
Nuestra reflexión la queremos centrar en Dios; no es simplemente una reflexión humana desde nuestro saber o la experiencia humana que tengamos en la vida, sino que ha de ser desde el filtro de la fe, desde la luz que encontramos en el evangelio, dejándonos guiar en nuestro interior por la fuerza del Espíritu. No es simplemente pensar cosas sino tratar de ahondar en el misterio de Dios, sintiendo su presencia en nosotros, que nunca nos fallará.
Hoy Jesús en el evangelio para insistirnos en la necesidad de la oración y de la confianza que hemos de tener en el Dios a quien amamos y que sentimos que nos ama emplea como tres imágenes, tres palabras en esa insistencia de la oración. Nos habla de pedir, de llamar y de buscar. ‘Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre’.Yo diría que no es solo inspirarnos nuestra confianza, sino que con esas tres palabras nos está hablando del sentido de nuestra oración.
Pedir, llamar, buscar… Invocamos a Dios que merece siempre toda nuestra alabanza; invocamos a Dios a quien queremos tener presente en nuestra vida, porque El es nuestra fortaleza, en El ponemos toda nuestra fe y nuestra confianza. Invocamos a Dios desde la pobreza de nuestra vida, con nuestras necesidades, pero también mirando a los que nos rodean, mirando nuestro mundo.
Buscamos a Dios porque queremos conocerle más y más; buscamos a Dios porque sin El nuestra vida estará llena de oscuridad; buscamos a Dios porque en El sabemos que vamos a encontrar nuestra plenitud; buscamos a Dios porque es nuestra sabiduría, quien nos da el sentido pleno de nuestra vida.
Llamamos, como quien está a la puerta queriendo entrar; llamamos a Dios porque queremos ir a El y porque queremos que El venga a nosotros, esté en nuestro camino, aunque ya tenemos la certeza de que nunca nos falla, que siempre está con nosotros, aun en aquellos momentos que casi no nos damos cuenta. Llamamos a Dios porque queremos hacerlo presente en nuestro mundo tan lleno de tinieblas, tan desorientando, tan sin rumbo tantas veces.
Cómo tenemos que gozarnos en la presencia del Señor; cómo nos sentimos en camino de plenitud cuando somos conscientes de su presencia. Con El a nuestro lado se nos acaban nuestros temores; con El a nuestro lado nos sentimos fuertes frente a la adversidad, frente a los peligros de la vida, frente a las tentaciones que nos acechan por doquier; con El a nuestro lado caminamos seguros queriendo llevar también la luz de la fe a cuantos nos rodean.
Cuando vamos saboreando todo esto, qué bien nos sentimos en nuestra oración, porque sentimos la paz de presencia, la seguridad que nos da en la vida a pesar de las tormentas, la fortaleza para esa tarea de superarnos, de querer llegar a una plenitud, de ser mejores nosotros y hacer que nuestro mundo sea mejor. Aprendamos de la hermosa oración de la reina Esther que nos ofrece la primera lectura y saboreemos el modelo de oración que nos ofrece Jesús.
Disfrutemos de la oración, disfrutemos de la presencia del Señor. El nunca nos fallará.

jueves, 9 de marzo de 2017

Acudimos a Dios con la confianza de que siempre nos escucha, la humildad de reconocer nuestra incapacidad y debilidad, y la perseverancia que da el amor

Acudimos a Dios con la confianza de que siempre nos escucha, la humildad de reconocer nuestra incapacidad y debilidad, y la perseverancia que da el amor

Esther, 14, 1-14; Sal. 137; Mateo, 7. 7-12
Perseverancia, humildad, confianza cualidades importantes en lo que hacemos en la vida. Sin perseverancia en luchar por aquello que deseamos no lo conquistaremos, aunque muchas veces nos sintamos tentados a tirar la toalla, nos cansemos; no siempre es fácil, encontramos resistencia, necesitamos  esfuerzo y sacrificio, la constancia es importante.
Pero igualmente hemos de ser humildes por una parte para reconocer nuestras limitaciones, pero humildad también para no volvernos exigentes; hoy en todo nos creemos con derechos y por eso exigimos, pero quizás eso que por derecho nos pertenece lo conseguimos mejor por un camino de humildad; humildad no es postración ni sumisión, sino que se ha de manifestar por nuestros buenos gestos, por nuestras palabras sencillas y nunca exigentes, en ese reconocimiento agradecido también por lo que recibimos. Un corazón humilde alcanza las cosas mejores y las más altas cotas.
Y al mismo tiempo confianza porque sabemos creer en los demás, porque no nos falta nunca la esperanza de alcanzar esos ideales por los que luchamos, porque confiamos también con humildad en nosotros mismos que somos capaces de muchas cosas, porque admiramos y valoramos la bondad de los demás o de aquel con quien caminamos en la vida.
Valores estos que estamos comentando importantes en nuestra vida, importantes para nuestro crecimiento interior, para nuestra maduración como persona, para nuestras relaciones con los demás. Valores que hemos de cultivar también en nuestra relación con Dios, en nuestra oración.
De eso nos esta hablando la Palabra de Dios en este jueves de la primera semana de cuaresma cuando nos habla de la oración y Jesús nos esta enseñando como ha de ser nuestra oración. ‘Pedid y se os dará, buscad y encontrareis, llamad y se os abrirá, porque quien pide recibe, quien busca encuentra, y al que llama se le abre…’ Y nos habla del padre que atiende a su hijo y siempre le dará lo que le pide o lo mejor.
Un modelo lo tenemos también en la hermosa oración de la reina Esther de la que nos ha hablado la primera lectura. Conocemos las circunstancias en la que su pueblo se veía perseguido y ella intenta interceder ante el Rey. Pero no lo hace por si misma; además de pedir al pueblo que ayune y haga oración a Dios por ella y lo que ha de hacer, la vemos también orando al Señor con humildad, con confianza, con una insistencia grande para que el Señor ponga palabras en su boca, fortaleza en su espíritu para poder presentarse ante el Rey y lograr el bien de su pueblo.
En muchas ocasiones en la vida cuando nos encontramos con problemas, cuando le pedimos ayuda al Señor para salir airosos de nuestras dificultades casi podríamos pedir prestadas estas palabras de Esther para que sean también nuestra oración. No pedimos milagros, pedimos la asistencia del Espíritu del Señor que nos ayude a hacer lo mejor, a encontrar el mejor camino, a descubrir el modo de superar la dificultad.
No nos presentamos al Señor exigencias sino con la confianza  de saber que el Señor siempre nos escucha, con la humildad de reconocer nuestra pequeñez, nuestra ignorancia o nuestra debilidad, con la perseverancia que da el amor.

jueves, 18 de febrero de 2016

Con corazón agradecido sepamos decir siempre ‘cuando te invoqué me escuchaste, Señor’

Con corazón agradecido sepamos decir siempre ‘cuando te invoqué me escuchaste, Señor’

Ester 14,1.3-5.12-14; Sal 137; Mateo 7,7-12

¿Por qué andaremos siempre en la duda de que no vamos a ser escuchados en nuestra oración? Tendríamos que recordar aquello del salmo ‘si el afligido invoca al Señor, El lo escucha y lo libra de sus angustias’. Lo habremos rezado muchas veces, sin embargo en el fondo parece que andamos en esa desconfianza.
Pudiera ser por una parte la humildad de no sabernos merecedores, porque en el fondo estamos reconociendo nuestra indignidad y nuestro pecado. Son tantas las veces en que somos nosotros los que le hemos fallado al Señor, nos ha fallado nuestra fidelidad, somos tan pecadores. Pero hemos de tener la certeza de que el Señor nos escucha si con humildad acudimos a El.
Tener confianza en el Señor es ponernos en sus manos, dejarnos conducir por su sabiduría sabiendo que el Señor nos va a dar siempre lo mejor para nuestra vida. Nos podemos ver probados, zarandeados por mil dificultades, por muchos momentos oscuros, pero sabemos que la luz está, como suele decirse, al final del túnel; pero más aún, la luz está guiándonos aunque nos parezca que vamos a oscuras, porque si algún paso vamos damos es siempre de la mano del Señor.
En medio de este camino cuaresmal que casi aun estamos comenzando la Palabra del Señor que nos ofrece la liturgia de cada día va llenando de luz nuestra vida en esas dudas que nos puedan ir surgiendo en nuestro interior. Hoy una vez más nos insiste en el tema de la oración, porque el camino que vamos haciendo no es un camino que hagamos por nosotros mismos, sino que hemos de sentirnos fortalecidos en el Señor. Es necesario vivir su presencia, sentir su amor cada día en nuestra vida; es necesario que aprendamos a acudir a El desde nuestras necesidades, desde ese camino que muchas veces se nos puede hacer duro. Es necesario ese espíritu de oración, esa confianza que ponemos totalmente en el Señor. Es lo que hoy nos ofrece la Palabra.
Nos insiste Jesús en pedir, llamar, invocar al Señor con absoluta confianza. ‘Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre’.  Y nos da las razones, porque es el Padre bueno que siempre escucha a sus hijos. Hace un par de días escuchábamos el modelo y el estilo de oración que Jesús nos enseñaba cuando nos ofrecía el padrenuestro. Hoy está la insistencia de orar siempre y orar con confianza. Es el Padre bueno que nos escucha porque nos ama y a quien le ofrecemos nuestro amor.
La liturgia nos ha ofrecido como primera lectura el ejemplo de la oración de Esther. Era un momento trascendental y decisivo para su pueblo, ella ha de convertirse en intercesora ante el Rey pero no quiere hacerlo por si misma; por eso pide al pueblo que ayune y que ore con ella como ella misma se pone en la presencia del Señor para pedir su fuerza y su sabiduría. Muchas cosas podríamos destacar, pero fijémonos en lo que pide: ‘Pon en mi boca un discurso acertado cuando tenga que hablar al león’. Pide tener la sabiduría de Dios que sea la que la guíe en su actuar. Un buen modelo para nuestra oración.
Sí, digamos con todo sentido y agradecidos desde lo más hondo del corazón: ‘Cuando te invoqué me escuchaste, Señor’

jueves, 26 de febrero de 2015

Oramos con confianza no olvidando todo lo que recibimos de Dios

Oramos con confianza no olvidando todo lo que recibimos de Dios

Ester 14,1.3-5.12-14; Sal 137; Mateo 7,7-12
Alguien ha dicho que ‘no pedimos para que el Señor se entere de lo que necesitamos, sino para no olvidarnos de que todo lo recibimos de él’. Hace unos días en esta catequesis continua que es para nosotros el camino cuaresmal que estamos haciendo con la Palabra que cada día se nos proclama y tratamos de asimilar y hacer vida nuestra Jesús nos decía que para orar no necesitábamos decir muchas palabras - ‘cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso’ - porque Dios conoce bien nuestras necesidades - ‘pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis’ -. Somos nosotros los que necesitamos no olvidarnos de todo lo que recibimos de El.
Ya recordamos entonces en nuestra reflexión lo que hoy hemos escuchado en el evangelio. ‘Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre…’ Y nos viene a decir que Dios es nuestro Padre que siempre nos escucha - ‘¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden!’ - como nuestro padre en la tierra siempre atenderá a las peticiones de sus hijos.
¿Cómo entonces ha de ser nuestra oración? La primera lectura nos ofrece un ejemplo hermoso. Nos señala unas características muy importantes para lo que ha de ser nuestra oración. Ester se dirige al Señor con la certeza de que sólo en él puede encontrar la salvación. Certeza y confianza que resuma toda la oración de la reina Esther. Recuerda la misericordia que Dios siempre ha tenido para con su pueblo y ahora ella quiere acogerse a ese amor misericordioso de Dios. Se siente pequeño, débil, por eso pide a Dios su sabiduría, que ponga las palabras acertadas en su boca. Ella se va a convertir en intercesora a favor de su pueblo.
Es la manera cómo tenemos que acercarnos al Señor; con amor y con la absoluta confianza de que el Señor nos escucha, como nos enseñará luego Jesús en el evangelio; pedimos que sea el Señor el que nos inspire lo que hemos de hacer, cómo hemos de actuar, y en esa confianza nos dejamos llevar, conducir por el Espíritu del Señor. Que nos conceda su sabiduría, la fuerza de su Espíritu. Y sabemos que el Señor actúa en nosotros, el Señor está a nuestro lado y es nuestra fuerza. ‘Si el afligido invoca al Señor, El lo escucha’, como tantas veces rezamos con los salmos.
‘Daré gracias a tu nombre, por tu misericordia y tu lealtad; cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma’. Así hemos de cantar agradecidos al Señor sintiendo siempre su fortaleza y su gracia. Que así sea siempre nuestra oración. Esa oración que nosotros elevamos al Padre del cielo siempre en nombre de Nuestro Señor Jesucristo. ‘Cuanto pidáis al Padre en mi nombre El os lo dará’, nos ha enseñado Jesús en otro lugar en el evangelio.

jueves, 13 de marzo de 2014

Que el Espíritu divino nos de sabiduría para que sepamos hacer la más humilde, confiada y amorosa oración



Que el Espíritu divino nos de sabiduría para que sepamos hacer la más humilde, confiada y amorosa oración

Esther, 14, 1.3-5.12-14; Sal. 137; Mt. 7,7-12
‘Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor…’ repetimos en forma responsorial en el salmo. ¿Hemos saboreado estas palabras? Encierran en sí mismas un deje de gratitud al Señor. Es como recordar que habíamos vivido momentos de aflicción, de pena, de dolor y habíamos acudido al Señor y el Señor nos había escuchado. Es como un gozo que sentimos en el alma, un gozo agradecido. Por eso el salmista iba diciendo ‘te doy gracias, Señor, de todo corazón… daré gracias a tu nombre, por  tu misericordia y tu lealtad… cuando te invoqué me escuchaste y acreciste - hiciste grande, me sentí de nuevo fuerte - el valor en mi alma’.
Es la oración del salmista del Antiguo Testamento que nos puede recordar la oración de la Reina Esther, que hemos escuchado en la primera lectura; pero es lo que nos enseña Jesús sobre la oración. Una vez más nos habla de la oración; ahora nos enseña lo constantes que hemos de ser en nuestra oración y la seguridad que podemos tener en que siempre el Señor nos escucha.
‘Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre’. Qué confianza y seguridad nos da el Señor. No nos dice pedid y vamos a ver si recibís algo, llamad a ver si os abren, busquen a ver si encuentran algo. No hay nada de condicional; es una afirmación. Y ¿por qué esa seguridad y confianza? ¿por qué esa afirmación tan rotunda? ‘Si vosotros que sois malos,  sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden?’
Así tenemos que acudir al Señor desde nuestras angustias y tribulaciones, desde nuestros sufrimientos o nuestras necesidades, o simplemente desde sentirnos en esa condición de hijos amados de Dios, y ¿a quien vamos a acudir sino a quien sabemos que es nuestro Padre bueno que nos ama y nunca nos deja desamparados? Nuestro Padre del cielo siempre nos dará cosas buenas; nuestro Padre del cielo siempre está junto a nosotros con su gracia para hacernos fuertes en los momentos malos o de tentación por los que estemos pasando, para ser nuestra luz en los momentos oscuros de la duda o de los temores.
Pero como decíamos ahí tenemos una hermosa oración en lo que se nos ofrece en la primera lectura. La reina Esther estaba en medio de una gran tribulación porque su pueblo, el pueblo de Israel al que ella pertenecía estaba condenado a desaparecer.  Ella por su cercanía del rey puede ser intercesora a favor de su pueblo, pero es difícil y peligroso que se pueda acercar al rey sin ser llamada. Pero ella pone toda su confianza en el Señor. Y además de hacer que todo el pueblo haga ayuno y oraciones a Dios, ella misma se prepara con su oración al Señor poniéndose  en sus manos. Es la oración que nos ofrece la primera lectura.
Modelo de oración llena de humildad, pero al mismo tiempo de una alabanza y pura acción de gracias hacia Dios con la mejor de sus oraciones. No va a exigir, humildemente se va a poner ante el Señor para que le inspire palabras y le dé fortaleza en el momento de presentarse ante el rey. Comienza su oración reconociendo que su único rey es el Señor. Hermosa confesión de fe para comenzar su oración, como tantas veces hemos dicho que no tengamos prisa por comenzar a hacerle el listado de nuestras peticiones al Señor. Centrémonos en el Señor, confesemos nuestra fe y nuestro amor, manifestemos cómo hemos puesto en el Señor toda nuestra confianza y nuestra esperanza.
Hay algo más en esta humilde y grandiosa oración. Sabe que no es digna de estar delante del Señor, siente que ella y su pueblo han pecado, pero se acogen a la bondad y a la misericordia del Señor, recordando las maravillas que el Señor ha obrado a través de los tiempos con su pueblo. Por eso sigue confiando en la protección y en la ayuda del Señor. Siente sobre ella y sobre su pueblo el amor de Dios que nunca le faltará.
Muchas más cosas podríamos subrayar. Pero preguntémonos, ¿es así nuestra oración? ¿Acudimos a Dios con esa confianza pero también con esa humildad? Que el Espíritu divino inunde de su sabiduría nuestro corazón para que sepamos hacer la más humilde, confiada y amorosa oración.

jueves, 21 de febrero de 2013


Tantas veces hemos experimentado que el Señor nos escucha

Esther, 14, 1.3-5.12-14; Sal. 137; Mt. 7, 7-12
‘Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor’. Con qué seguridad y con qué gozo se expresa el salmista. El gozo y la seguridad que sentimos nosotros también porque sabemos que el Señor siempre nos escucha. Parece como que da saltos de alegría el salmista y quiere contar a todos y quiere hacer sonar todos los instrumentos para que todos sepan y todos canten con él la gloria del Señor.
‘Te doy gracias de todo corazón, delante de los ángeles tañeré para ti… acreciste el valor en mi alma… el Señor completará sus favores conmigo porque tu misericordia es eterna…’ Quiere expresar cómo en la situación difícil no le falto la respuesta del Señor que le dio fortaleza a su alma - ‘acreciste el valor en mi alma’ -  para emprender la tarea que tenía que realizar o salir del peligro en que se encontraba porque el Señor nunca nos abandona.
Es lo que finalmente sentiría en su alma la reina Esther cuando se van sucediendo las cosas y al final podrá librar a su pueblo de la condena que pesaba sobre él. Por distintas circunstancias, Esther, una doncella judía, ha llegado a ser la esposa del rey. Pero ahora por las maquinaciones de Amán el pueblo está en peligro de ser exterminado. Mardoqueo le hace ver a la reina Esther que si ella está junto al rey será porque el Señor la ha puesto allí providencialmente para que sea salvación para su pueblo. Pero se siente sin fuerzas para interceder ante el rey porque no puede presentarse ante él si no es llamada. Es lo que provoca la oración que hoy escuchamos en el texto de la primera lectura; oración que va acompañada también por las súplicas y ayunos de todo su pueblo para que ella encuentre valor para realizar su misión.
Hermosa oración de confianza total puesta en el Señor con la certeza de que Dios va a poner las palabras adecuadas en sus labios para poder interceder ante el rey. ‘Pon en mi boca un discurso acertado cuando tenga que hablar ante el león’, pide Esther a Dios. Nos recuerda cómo Simón Pedro poniendo toda su confianza en el Señor se pone manos a la obra y echa las redes al lago cuando pensaba que allí no habría pesca posible; pero en el nombre del Señor los hace - ‘por tu palabra echaré las redes’ - y ya sabemos lo grande que fue la redada.
Una hermosa lección y un profundo mensaje. Cuántas veces nos vemos débiles o incapaces de realizar la obra que quizá se nos ha confiado; cuántas veces nos sentimos indefensos en nuestra lucha por ser mejores, en nuestro esfuerzo por superar situaciones difíciles, en el empeño que cada día queremos poner en nuestro trabajo por los demás o el cumplimiento de nuestras responsabilidades.
No tenemos por qué sentirnos débiles, incapaces o indefensos, porque con nosotros está el Señor. Lo que hemos de saber hacer es invocar el nombre del Señor, impetrar esa gracia que necesitamos que tenemos la certeza de que el Señor nos la dará. Nos sucede muchas veces que a pesar de que decimos que somos cristianos, personas creyentes, sin embargo actuamos como si no lo fuéramos porque no sabemos acudir a la gracia del Señor.
Hoy nos lo repite Jesús en el evangelio. ‘Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre’. Y nos pone ejemplos Jesús de lo que hará un padre con su hijo para decirnos cómo actuará el Señor con nosotros. Pedir, buscar, llamar; no sabemos cómo hacer, no nos sentimos con fuerzas, estamos desorientados, busquemos en el Señor, invoquemos a Dios; en El encontraremos siempre esa luz y esa fuerza que necesitamos. Siempre el Señor estará a nuestro lado con la luz y la fuerza de su gracia.
Podemos decir con toda razón tal como hemos repetido en el salmo: ‘Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor’. Y seguro que ahí en el corazón tenemos tantos recuerdos de tantas experiencias de haber sentido cómo el Señor nos ayudaba, cómo en tantos momentos casi sin saber por qué surgieron en nuestros labios palabras que parecían que no eran nuestras, o realizamos tantas cosas que nos parecía que éramos incapaces de hacerlas. El Señor nos escuchó y estuvo a nuestro lado con su gracia. Démosle gracias al Señor.

jueves, 1 de marzo de 2012


Vamos a la escuela de la oración de la Cuaresma

Esther, 14, 1.3-5.12-14; Sal. 137; Mt. 7, 7-12
El tiempo de cuaresma podemos decir que es una verdadera escuela de oración para el cristiano. Es un tiempo propicio para la oración y con insistencia acudimos a Dios pidiendo la luz que necesitamos para el camino de nuestra vida al tiempo que como tiempo especialmente penitencial oramos al Señor pidiendo perdón una y otra vez por nuestros pecados.
Pero además con la liturgia oramos al Señor y aprendemos cómo tiene que ser nuestra oración. Oramos con la misma Palabra de Dios y con los salmos que se nos ofrecen. La liturgia ya es en sí misma oración personal y comunitaria con la que queremos alabar, bendecir y dar gracias a Dios, al tiempo que nos ofrece motivaciones para la misma oración. Y la Palabra del Señor que nos va ofreciendo la liturgia cuaresmal pedagógicamente nos va ofreciendo toda la enseñanza de Jesús sobre la oración.
Así son los textos que se nos han ido proclamando en esta primera semana de la Cuaresma que hace pocos días nos presentaba el modelo de oración que Jesús nos propuso, y hoy doblemente vuelve a hablarnos de la oración. Por una parte en el evangelio Jesús nos insiste que hemos de orar con constancia y con confianza, sabiendo que el Padre del cielo siempre nos escucha, y la primera lectura nos ofrecía el hermoso texto de la oración de la reina Esther.
Ante el inminente peligro por el que va a pasar el pueblo de Israel la reina Esther se convierte en intercesora para su pueblo. Será intercesora ante el rey para salvar a su pueblo, pero la oración y la intercesión más hermosa es la que hace al Señor antes de presentarse ante el Rey. La narración del libro del Antiguo Testamento nos presente cómo por diversas circunstancias Esther ha llegado a ser reina, lo que es una señal de la providencia de Dios que la ha colocado en aquel lugar para que interceda y salve a su pueblo del exterminio.
Pero Esther no se va a presentar ante el rey por su cuenta y sólo contando con sus fuerzas. Pide al pueblo judío que ayune y haga oración al Señor para que le dé fuerzas para la misión que tiene que realizar, pero ella misma ayuna y ora con total confianza al Señor. Es la hermosa y ejemplar oración que nos ofrece el texto sagrado.
Con humildad se presenta Esther ante Dios para su oración. Con humildad y confianza. ‘Protégeme, Señor, que estoy sola y no tengo otro defensor que tú’. No se siente digna de presentarse al Señor, pero tiene la confianza de saber y recordar cuántas maravillas ha hecho el Señor para con su pueblo. ‘Mi padre me ha contado cómo tú, Señor, escogiste a Israel entre las naciones… y le cumpliste lo que le habías prometido’. Se apoya en la fidelidad del Señor. Se apoya en la misma Palabra del Señor tantas veces cumplida y realizada en medio de su pueblo.
Se siente pequeña y pecadora – ‘nosotros hemos pecado contra ti…’ – pero acude al Señor para que se haga presente en su actuar, en sus palabras y en todo lo que tiene que hacer. Será ella la que tendrá que hablar ante el rey para interceder por su pueblo, pero pide que Dios esté en sus palabras.
Nos recuerda cuando nosotros pedimos la asistencia del Espíritu Santo para que inspire nuestras palabras y nuestras acciones. Dios que actúa por medio nuestro. Ese es el gran milagro que nosotros tenemos que dejar realizar en nuestra vida. Por así decirlo, prestarle nuestros labios o nuestros brazos a Dios para que actúe por medio nuestro. ‘Pon en mi boca un discurso acertado’, pedía la reina Esther.
Creo que mucho tendríamos que repetir y meditar esta oración para aprender nosotros a orar también con esa misma humildad y con esa misma confianza.

jueves, 17 de marzo de 2011

Pedid… buscad… llamad… y se os dará… y encontraréis… y se os abrirá


Esther, 14, 1.3-5.12-14;

Sal. 137;

Mt. 7, 7-12

‘Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá’. Así nos dice Jesús que hemos de orar. Con confianza, con deseos de Dios, con humildad. Dios siempre nos escucha. Es el Padre bueno que siempre escucha a sus hijos y nos dará lo mejor. Es el Padre bueno del cielo que siempre dará cosas buenas a los que le piden. Así es su amor.

Toda la Palabra de Dios hoy proclamada es una invitación a orar y a orar con confianza. La primera lectura nos ofrece el hermoso testimonio de la oración de la reina Esther. El rey de Persia había ordenado, por instigación de Amán, exterminar a todos los judíos. Esther era judía, y Mardoqueo le recuerda que aunque sea la reina no quedará exenta de aquel exterminio, si no intercede ante el rey. Pero ante el rey no se podía presentar sin ser llamada. Pero ella está dispuesta a todo, y de ahí su oración.

Ha pedido a los compatriotas a través de Mardoqueo que ayunen y oren al Señor. Ella hace lo mismo y lo que hemos escuchado es la oración de la reina Esther. Una hermosa oración llena de confianza y que nos puede servir de modelo para nuestra oración. Acude humildemente al Señor pero recordando con confianza las obras maravillosas que el Señor ha realizado en su pueblo a través de la historia. Pide ahora al Señor que se siga manifestando así con su pueblo. Pide fuerza para enfrentarse al león. ‘Pon en mi boca un discurso acertado cuando tenga que hablar al león… a nosotros líbranos con tu mano y a mí, que no tengo otro auxilio, protégeme tú, Señor, que lo sabes todo’. Es pedir la gracia de Dios; es pedir la sabiduría de Dios para saber actuar; es sentir su fortaleza porque en Dios pone toda su confianza.

Con razón podíamos exclamar en el salmo responsorial: ‘Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor’. Tenemos la seguridad de que el Señor nos escucha; es más tenemos la experiencia de cuántas veces el Señor ha escuchado nuestra oración cuando con confianza y humildad hemos acudido a El. ‘Te doy gracias de todo corazón…’ terminamos diciendo.

Todo viene a ser corroborado con las palabras de Jesús que nos enseña y nos invita a orar al Señor. ‘Se os dará… encontraréis… se os abrirá’, nos dice Jesús. Jesús empeña su palabra, sale fiador por nosotros. Ya en otros lugares del evangelio nos dirá que ora por nosotros, pero también que todo lo que pidamos al Padre en su nombre, se nos concederá.

Pero, si me permitís, voy a fijarme en las tres palabras, los tres verbos que emplea Jesús para decirnos que tenemos que orar: pedir, buscar y llamar. Podemos decir, es cierto, que los tres son como uno en referencia a la oración. Pero podemos mirarlos brevemente por separado.

‘Pedid y se os dará’, nos dice en primer lugar. Acudimos a Dios desde nuestra pobreza, desde nuestra debilidad, desde nuestra pequeñez, sabiendo que en el Señor lo tenemos todo. Y pedimos por nuestras necesidades materiales, pero no sólo por nuestras necesidades materiales, porque pedimos su ayuda en los problemas o dificultades, o pedimos por los demás; pedimos su gracia y su fuerza como pedimos también su perdón. Ya sé que normalmente unimos oración y petición como si fuera la única oración.

Pero Jesús nos dice más: ‘buscad y encontraréis’. ¿Qué es lo que buscamos? ¿No será en cierto modo también una búsqueda de Dios? Queremos conocer a Dios, queremos verle. Buscamos a Dios y buscamos su voluntad, lo que El nos dice o quiere de nosotros. Buscamos en nuestras dudas o en los interrogantes que se nos plantean tantas veces en la vida, en nuestro interior. Buscamos una luz o buscamos un sentido. Buscamos su gracia, su perdón, su salvación. Buscamos vivir su vida. Buscamos a Dios, y El se nos va a dejar encontrar.

‘Llamad y se os abrirá’, nos dice finalmente. Llamamos a la puerta de la casa de alguien porque queremos entrar y estar. ¿No vamos muchas veces a visitar a alguien, llamamos a su puerta, no porque le vayamos a pedir alguna cosa, sino simplemente para visitarle, para estar con esa persona, para hablar? Jesús nos invita a llamar. Quiere que entremos a estar con El. Queremos estar con Dios, sentirnos en su presencia, gozarnos de su presencia. Unos amigos que se quieren se encuentran y simplemente están el uno junto al otro; hablarán y charlarán, se contarán cosas, o se estarán callados, pero están. ¿No sería esa una forma de nuestra oración? Llamamos para estar con Dios, y el Señor nos abre para que estemos con El.

Pero es algo más lo que en este aspecto tendríamos que decir porque podemos recordar lo que nos dice en el Apocalipsis: ‘Estoy a tu puerta y llamo…’ Es el Señor también el que llama a nuestra puerta y espera que nosotros le abramos, porque El también quiere estar con nosotros. Si sabemos unir estas dos llamadas, qué hermosoo encuentro con el Señor se podrá realizar en nuestra oración.

‘Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá’ Que así sea nuestra oración.