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sábado, 24 de junio de 2023

Una alegría y una esperanza porque con el nacimiento de Juan comienzan a abrirse en el horizonte los resplandores de un nuevo amanecer de salvación

 


Una alegría y una esperanza porque con el nacimiento de Juan comienzan a abrirse en el horizonte los resplandores de un nuevo amanecer de salvación

 Isaías 49, 1-6; Sal 138; Hechos 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80

Siempre el nacimiento de un niño es un motivo grande de alegría; hasta en las familias más humildes brilla siempre como una nueva luz de esperanza el nacimiento de un niño. Es una nueva vida que comienza a palpitar y parece que todos en torno a recién nacido nos llenamos de sueños y de esperanzas. Esa semilla que ha germinado hará nacer y crecer una nueva planta, siempre soñamos con sus frutos, aparece la esperanza de algo nuevo en el corazón, se despiertas inquietudes, y parece que resucitan las iniciativas por la vida que estaban como dormidas; es un nuevo despertar de ilusión y de esperanza.

¿Qué va a ser de este niño? era una pregunta que como un eco iba rebotando por las montañas de Judea con el nacimiento de Juan. Si las gentes cuando supieron de la pronta maternidad de Isabel se alegraban porque el Señor había tenido gran misericordia con ella, ahora cuando Juan ya nacido y a causa de todas las extraordinarias que tras su nacimiento se iba sucediendo, surgía de nuevo la alegría y la esperanza en las montañas de Judea, pues en cuanto acontecía veían que la mano de Dios estaba con él.

Una alegría y una esperanza que tenía aires de profecía porque estaba señalando cómo Dios visitaba a su pueblo derramando su bendición y su misericordia, pero que ha seguido teniendo eco a través de todos los tiempos y aun entre nosotros celebramos con gran alegría el nacimiento de Juan, aunque a veces mantengamos ciertas connotaciones paganas en la manera de celebrar su fiesta. Pero esa profecía está queriendo decirnos y señalarnos hoy muchas cosas a quienes tenemos que ser en cierto modos profetas y precursores de la presencia del Mesías en nuestro mundo de hoy.

Juan venía con la misión de reunir a los hijos dispersos de Israel y por eso su presencia y su palabra en las orillas del Jordán y en el albores del desierto se convierte en signo profético en medio de un pueblo que había perdido las esperanzas y como diría Jesús más tarde andaban como ovejas descarriadas a las que les falta el pastor. Su presencia fue luminosa, su palabra era ardiente, su mensaje era riguroso y exigente porque abría a un mundo nuevo con nuevas actitudes y con nuevos fogonazos de luz.

Valiente para proclamar la verdad, valiente para señalar los caminos de rectitud que habríamos de recorrer, valiente porque su palabra no callaba frente a los poderosos y arriesgaba todo lo que fuera necesario, como valiente y arriesgada sería su propia vida, por proclamar la verdad y los caminos de rectitud que habríamos de recorrer.

Podría parecer duro el mensaje y duras las palabras que pronunciaba si no estábamos dispuestos a entrar por caminos de conversión, pero era la exigencia de la necesaria conversión porque muchos caminos habría que enderezar, muchos valles que allanar para preparar debidamente los nuevos caminos del Señor.

Y el mundo sigue necesitando hoy esos precursores y esos profetas que preparen caminos y corazones. El mundo que nos rodea sigue necesitando hoy que seamos esos precursores, esos profetas aunque parezca que el mundo no nos quiere escuchar. Necesita de nuestros gestos proféticos aunque nosotros sigamos pensando que nuestro trabajo sea inútil quizás porque no nos escuchan. El mundo si nos escuchará si ve que nuestra palabra es auténtica, que nuestros gestos son verdaderos signos, que hay valentía en nuestros corazones para seguir proclamando esa buena nueva de salvación. No nos escucha quizás porque nosotros seguimos queriendo nadar y guardar la ropa pero hay que arriesgarse, que la Palabra de la verdad será escuchada y tenida en cuenta.

Aquel niño pequeño que hoy vemos recién nacido en las montañas de Judea nos está señalando también a nosotros, aunque nos consideremos pequeños o tan pecadores como los demás, para que vayamos a dar ese testimonio, para que seamos esos precursores y esos profetas tan necesarios. No tengamos miedo de asumir nuestra misión. Es el mensaje que Juan Bautista hoy deja en nuestra manos, es la semilla de inquietud que siembra en nuestro corazón, es la osadía y valentía que hemos de tener quitando toda clase de miedos y cobardías para hacer ese nuevo anuncio de salvación.

viernes, 23 de junio de 2023

Nuestra riqueza no son las seguridades en que nos podamos apoyar, nuestro tesoro es el Señor que nos envuelve con su presencia y nos llena de una luz con sabores de eternidad

 


Nuestra riqueza no son las seguridades en que nos podamos apoyar, nuestro tesoro es el Señor que nos envuelve con su presencia y nos llena de una luz con sabores de eternidad

2Corintios 11,18.21b-30; Sal 33; Mateo 6,19-23

Hazte un seguro de vida porque no sabemos lo que el mañana nos deparará y mejor es tener asegurado algo, habremos escuchado más de una vez, habremos recibido visitas de corredores de seguros, o quizás nos lo hemos pensado en alguna ocasión. Buscamos seguridades, queremos tener asegurada una pensión para el futuro y que cubra todas nuestras necesidades. Así andamos en la vida, así nos manejamos, así necesitamos esas seguridades.

Pero de esto y de esta manera no es de lo que nos habla el evangelio. Asegurarnos un tesoro en el cielo… y quizás hemos ido acumulando rezos y penitencias, sumamos las veces que hemos ido a Misa, o las cofradías o hermandades a las que pertenecemos, como aquel que me decía un día que él había hecho los nueve primeros viernes muchas veces cuando chico, y que ahora ya lo tenía asegurado todo en referencia a la salvación, ahora, me decía, ya no necesitaba ir a Misa, que las llevaba por adelantado.

¿Es de eso de lo que nos está hablando Jesús hoy en el evangelio? Muchas veces cogemos sus palabras tan demasiado a lo textual que le queremos hacer decir lo que El no nos ha dicho. Ya sé que en varias ocasiones nos ha hablado de vender todo lo que tenemos para dar nuestro dinero a los pobres y así tengamos un tesoro en el cielo. Porque un día tuviste un pronto de generosidad y repartiste tus cosas con los necesitados, ¿ya lo tenemos todo hecho? ¿Cuál es realmente ese tesoro de nuestra vida? ¿Nos quedaremos en cosas que hagamos y cuyos méritos vamos acumulando?

Creo que Jesús nos quiere decir mucho más que todo eso, aunque nos parezca que haciendo esas cosas ya nos podemos quedar tranquilos, porque seguimos con nuestros parámetros y nuestras medidas humanas. Nuestro tesoro no son cosas acumuladas, nuestro verdadero tesoro es el Señor, la fe es la que nos hará descubrir esa verdadera riqueza de nuestra vida. Nuestro apoyo y nuestra fortaleza es el Señor, es su amor que cuando nos dejamos envolver y empapar por ese amor de Dios entonces nuestra vida sí estará llena de vida y de esplendor, es la gloria del Señor que envuelve nuestra vida.

Envueltos en esa gloria del Señor, inmersos en Dios y envueltos de su presencia nuestra vida se llenará de luz, porque se llenará del amor de Dios; nuestra mirada será luminosa para descubrir la belleza de esa vida misma que Dios nos ha regalado y que entonces viviremos con un sentido nuevo y distinto, pero para descubrir también el valor y la riqueza de cada persona, a quienes valoraremos de una manera especial, a quienes regalaremos nuestro amor.

Actitudes nuevas aparecen en nuestra vida, una responsabilidad grande sentimos que tenemos en nuestro propio vivir porque todo cuanto hagamos se llena de una trascendencia distinta, comienza a haber una nueva forma de relacionarnos los unos con los otros, un nuevo sentido de comunión se abrirá en nuestros corazones que se hacen generosos y desprendidos.

Vamos llenos de Dios y en ese Dios nos sentimos en comunión con los demás, ¿cómo podremos dejarlos en su sufrimiento, en sus carencias, en su propia debilidad? Todo tiene que ser distinto. Seremos capaces de despojarnos de nuestro yo egoísta y por eso surge aquello que nos dice Jesús que vendamos lo que tenemos para repartirlo con los pobres. No son las cosas que poseemos nuestra riqueza sino que nuestro verdadero tesoro será una vida llena de amor, llena de Dios.

jueves, 22 de junio de 2023

Una conversación de amor que nos hace disfrutar de la presencia de amor de Dios nuestro Padre, y nos llevará a una nueva sintonía de amor

 


Una conversación de amor que nos hace disfrutar de la presencia de amor de Dios nuestro Padre, y nos llevará a una nueva sintonía de amor

2Corintios 11,1-11; Sal 110; Mateo 6,7-15

Con humildad tenemos que comenzar pidiendo al Señor ‘enséñanos a orar’. No sabemos lo que pedimos, no sabemos lo que decimos, no sabemos como hacerlo. Rezamos, repetimos oraciones ya previamente formuladas, pero ¿llegamos a orar de verdad? ¿Llegamos a tener un auténtico encuentro con el Señor que nos ama porque es nuestro Padre?

En la vida nos quejamos de tantos formularios que tenemos que rellenar cuando queremos resolver cualquier asunto, cuando tenemos que acudir a la administración para solicitar algo que necesitamos, nos cansan los papeleos, nos gustaría que las cosas fueran más sencillas, añoramos quizás aquellos tiempos en que no existía tanta burocracia  y bastaba simplemente la palabra expresada con honradez y rectitud. Quizás desde unas exigencias legales, para darle una validez y permanencia a lo que tramitamos, ha surgido todo este entramado en que nos vemos envueltos en la sociedad hoy.

Lo digo como ejemplo de lo que quizás también hemos convertido nuestra relación con Dios. Nuestras celebraciones están ritualizadas, las palabras con que expresamos nuestras oraciones están previamente conformadas, y tenemos el peligro de que nuestra relación con Dios se nos quede ritualizada y nuestra oración sea solamente algo recitado y se nos puede quedar todo sin vida.

Confieso que siento pena en mi corazón cuando veo que quienes tienen que dirigir nuestra oración en la liturgia enseñándonos a orar, la manera de hacer las oraciones es simplemente como un recitado muchas veces sin calor ni sentido.  Son nuestras celebraciones que muchas veces van perdiendo vida, nos contentamos quizás con una presencia formal, pero tenemos el peligro de que falte una verdadera profundidad espiritual.

¿En que podemos terminar? Nuestra espiritualidad se hace superficial, nuestra fe se enfría y terminaremos perdiendo nuestra relacion con Dios. ¿Qué le ha pasado a tantos en nuestro entorno que hubo momentos que vimos con gran fervor pero que quizás ya lo han abandonado todo? Podemos terminar en que ya ni rezaremos, ni lleguemos a recitar aquellas oraciones aprendidas desde niños, pero que hoy se han quedado en un vacío en el corazón. Me preocupa ese enfriamiento espiritual que contemplamos en nuestras comunidades y parroquias, esa pendiente resbaladiza por la que podemos ir cayendo.

Necesitamos recuperar el verdadero sentido de nuestra oración. Escuchar de nuevo con los oídos del corazón bien abiertos lo que hoy nos enseña Jesús en el evangelio. No quiere Jesús simplemente enseñarnos una fórmula que repitamos sin más. Por eso nos dice de entrada que no son necesarias tantas palabras. Es una conversación de amor, y quienes se aman de verdad no necesitan decirse muchas cosas, pero sí necesitan sentir la presencia del uno junto al otro para alimentar ese amor y hacerlo crecer más y más. Habrá, es cierto, palabras, habrá gestos, habrá silencios, habrá momentos en que aprendamos a sentir el corazón, escuchar y cantar la sintonía del amor.

¿Qué nos está proponiendo Jesús con lo que hoy nos dice en el evangelio? Qué disfrutemos en esa presencia de amor del Padre. Y cuando disfrutamos de esa presencia va surgiendo la vida, va surgiendo dentro de nosotros todo eso que nos hace disfrutar de Dios porque es gozarnos también en el gozo de Dios.

Y surgirá todo eso que llamamos los valores del Reino de Dios, pero no nos quedemos en la palabra bonita, sino démonos cuenta cómo surgen en nosotros deseos de amor, y de paz, y de autenticidad en nuestra vida, y de búsqueda del bien y de lo bueno; vemos como van surgiendo esos deseos de sentirnos verdaderamente unidos, y nos comprenderemos, y nos perdonaremos, y evitaremos todo aquello que pueda mermar ese disfrute de Dios. Es lo que nos está señalando Jesús con esa propuesta que nos hace con ese estilo de oración, con esa conversación de amor que tiene que ser nuestra oración.

miércoles, 21 de junio de 2023

No hacemos las cosas buscando recompensa o compensación, sino porque hay algo profundo dentro de nosotros que dará intensidad a la vida

 


No hacemos las cosas buscando recompensa o compensación, sino porque hay algo profundo dentro de nosotros que dará intensidad a la vida

2Corintios 9,6-11; Sal 111; Mateo 6,1-6.16-18

Bueno, hay que decirlo así, a todos nos gusta una alabanza, una muestra de agradecimiento, que nos reconozcan lo que hemos hecho. Es muy humano. Podemos decir también que un reconocimiento puede ser un aliciente, un estímulo en esa lucha interior por salirnos de nosotros mismos para hacer algo distinto, para hacer algo que sea bueno también para los otros. Y realmente hemos de decir que no podemos quitar esos estímulos de la vida. Aunque sabemos que las cosas hay que hacerlas no por los reconocimientos que tengamos, sino desde nuestra responsabilidad, desde la humanidad que llevemos en el corazón.

Es cierto que demasiados hay en la vida que no saben actuar sino por el aplauso, por la plaquita que nos den o pongan en algún lugar con nuestro nombre. Forma parte, como decíamos, de nuestra condición humana, que halaguen nuestro yo. Pero ¿qué tiene que ser lo importante? ¿Nuestro amor propio o un amor autentico que nos lleve a darnos por los demás? Nos ponemos en plan de razonamientos y todos lo vemos muy claro, pero luego quizás será lo que hagamos en el día a día. Y bien sabemos de cuantos se suben con mucha ligereza al pedestal para recibir los aplausos.

Jesús hoy en el evangelio viene a prevenirnos y nos habla en tres situaciones muy concretas de la vida, la limosna, el ayuno y la oración, aunque por supuesto lo podemos ampliar a todos los aspectos de la vida. Quizás el evangelista nos ha recogido solamente estas situaciones por esa denuncia constante que Jesús hace en el evangelio de las actitudes y de las posturas de los fariseos. Porque los ejemplos que está poniendo Jesús para concretar esas situaciones bien retratan las costumbres de los fariseos acostumbrados a figurar y a que todo lo que hacían tuviera su resonancia para recibir las alabanzas de la gente.

Nos deja Jesús una sentencia muy sencilla y muy bonita. ‘Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha’. Es la ofrenda callada y anónima de aquella pobre viuda en el templo. Si hoy la conocemos es porque fue Jesús el que en ella se fijó y nos quiso dar una lección, pero la generosidad de aquella mujer había pasado desapercibida para todos. Es la tarea de nuestro amor, es el silencio de nuestra generosidad, es el corazón que calladamente se pone al lado del otro sin que nadie lo note, pero que va a levantar el animo de quien sufre en soledad, es ese gesto que pasará desapercibido para la mayoría de los presentes pero que lo sentirá en su corazón quien está buscando fuerzas para levantarse y en esa mirada silenciosa, en esa sonrisa que pasa desapercibida para los demás él escucha esa palabra que le da aliento y que le da fuerza.

Y nos hablará Jesús de cuales han de ser las actitudes y las posturas de nuestra relación con Dios, ya sea la oración, ya sean nuestros actos penitenciales. ‘Entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará’. Si nuestra oración no sale del corazón nunca llegará a Dios. No son las palabras repetidas en altavoz como una cantinela, mientras quizás nuestros pensamientos y nuestro corazón están muy lejos del lugar en que te encuentras, las que van a llegar al corazón de Dios. Decimos tantas veces que Dios no nos escucha, pero es que realmente nosotros hemos hablado con Dios, ¿nuestra oración ha sido realmente un encuentro vivo con el Dios que tanto nos ama?

Pero ya decíamos que estas pautas que hoy Jesús nos propone nos valen para todas las situaciones de nuestra vida. Es todo ese desarrollo de nuestra vida interior, como será el cumplimiento de nuestras responsabilidades personales, familias o en el ámbito de nuestra sociedad. ¿Por qué hacemos las cosas? ¿Solamente buscamos una recompensa o una compensación? ¿Habrá algo profundo dentro de nosotros mismos que sea lo que nos mueva a darle toda esa intensidad a nuestra vida?

 

martes, 20 de junio de 2023

Seremos buenos hijos de Dios no solo cuando vamos a la Iglesia a rezar, sino sobre todo cuando salimos a los caminos de la vida a amar a todos y sin distinción

 


Seremos buenos hijos de Dios no solo cuando vamos a la Iglesia a rezar, sino sobre todo cuando salimos a los caminos de la vida a amar a todos y sin distinción

2Corintios  7, 8,1-9; Sal 145; Mateo 5,43-48

Hemos de reconocer que mientras no nos molesten en la vida somos pacíficos; nos gusta llevarnos bien con la familia, con los vecinos, y con la gente que nos encontramos por la calle normalmente somos corteses y educados. Está bien, pero, como decíamos, mientras no nos molesten.

Si un día alguien nos contrarió en algo, si sabemos que tiene ideas distintas a las nuestras – y no digamos nada cuando nos metemos con la política o los políticos -, si alguien en un momento determinado hizo algo que nosotros pudiéramos considerar ofensivo, entonces las cosas cambian, nos dejamos de hablar, comenzamos a mirarnos de lado,  ya en todo lo que hace siempre encontraremos un defecto, una maldad o malicia que muchas veces más que nada es la que nosotros tenemos, ya no somos tan amigables ni corteses. Es nuestra realidad de cada día, lo que nos vamos encontrando, pero lo que vamos haciendo también. Ya parece que todos nos son tan buenos.

Y decimos que vivimos en un ambiente de cristianos, si nos preguntan o nos quieren echar en cada, ya estaremos diciendo que somos cristianos de toda la vida y ponemos mil razonamientos o justificaciones más. Pero realmente, seamos sinceros, ¿dónde están los valores del evangelio? ¿Cuáles son nuestros criterios para actuar según el espíritu y el sentido del evangelio? ¿Habremos dado el paso adelante que nos pide Jesús? ¿Qué es lo que de verdad nos define como cristianos?

Es lo que Jesús nos va desgranando en el sermón de la montaña. Y nos habla de la acogida mutua que siempre hemos de ejercer, sea quien sea; para un cristiano no pueden haber enemigos, un cristiano siempre ha de tener la mirada limpia y luminosa para ser capaz de ver en el otro un hermano, un cristiano siempre tiene el corazón abierto a la comprensión y al perdón, un cristiano si algo tiene que destacar es en la capacidad de amar.

Y es que nos decimos cristianos cuando hemos optado por Jesús, cuando somos capaces de poner como criterios de nuestra vida los criterios de Jesús. Y lo primero que nos dice Jesús es que Dios nos ama y es nuestro Padre; en consecuencia de Dios para abajo todos somos hermanos, y los hermanos se aman y se perdonan, los hermanos, porque nos conocemos y nos amamos, comprendemos las limitaciones de los demás como reconocemos también las propias y lo que vamos a hacer es ayudarnos mutuamente para superar esas limitaciones sin tener en cuenta los roces que se hayan producido entre nosotros. El otro no es un adversario sino un hermano.

Y nos habla Jesús del Padre bueno que hace salir el sol sobre todos, sean malos o sean buenos. Y nos habla Jesús que no solo haremos el bien a aquel que ya ha sido bueno con nosotros, porque eso lo puede hacer cualquiera aunque no se llame cristiano, sino que con todos vamos a tener un corazón generoso capaz de darse sin esperar compensación, y compartiendo también con aquel que quizá nunca tuvo un gesto bondadoso conmigo.

Si ayudamos solo a los que nos ayudan, ¿qué mérito tenemos? Si saludamos solo a los que nos saludan, ¿qué es lo que estamos haciendo de extraordinario? Por eso nos dice Jesús que incluso recemos por aquellos que nos hayan ofendido. Una diferencia tiene que haber en nuestra vida.

Y nos dice Jesús que cuando actuemos así es cuando en verdad nos estamos manifestando como hijos del Padre celestial. Seremos buenos hijos de Dios no solo cuando vamos a la Iglesia a rezar, sino sobre todo cuando salimos a los caminos de la vida a amar a todos y sin distinción. Es más nos dice que en esto tenemos que ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto. El amor ha de ser el primer brillo y resplandor de nuestra santidad.

 

lunes, 19 de junio de 2023

Tenemos que saber entrar en otra sintonía, salirnos de esa órbita para escuchar algo nuevo y distinto, entrar en la sintonía del amor que acalla y apaga todo deseo de venganza

 


Tenemos que saber entrar en otra sintonía, salirnos de esa órbita para escuchar algo nuevo y distinto, entrar en la sintonía del amor que acalla y apaga todo deseo de venganza

2Corintios 6, 1-10; Sal 97;  Mateo 5, 38-42

Algunos incluso se lo toman a broma, como si las palabras de Jesús fueran dichas de una manera superficial. Las palabras de Jesús encierran siempre un gran contenido y aunque nos parezcan simples imágenes como si fueran puestas de una forma retórica casi como si fueran un adorno, el sentido de las palabras de Jesús siempre tienen una gran hondura y ojalá fuéramos valientes para aceptarlas y convertirlas en verdadera pauta de nuestra vida.

Es aquello de poner la otra mejilla, como su eso fuera una cobardía porque nos dejaríamos violentar antes que nosotros caer en esa misma violencia. Y ya sabemos muy bien que si no ponemos freno, y una imagen de ello es el poner la otra mejilla cuando nos han agraviado, la violencia seguirá engendrando más violencia, convirtiéndose en una espiral difícil de detener cuando comienza a girar porque cada vez adquirirá más velocidad, más intensidad.

En una palabra nos viene a decir Jesús, ‘no hagáis frente al que os agravia’. Ese ser capaces de poner freno cuando la violencia comienza a crecer será algo que desestabiliza al que viene a nosotros con violencia, porque lo que espera es nuestra respuesta, para sentirse fuerte y con más razones para seguir con su violencia. Pero es algo que nos cuesta mucho entender. Nos es más fácil entender que quien ha sido agraviado u ofendido responda buscando una compensación, que podemos darle el nombre que queramos, pero que a la larga es una venganza. El amor propio herido, el orgullo que ha sido machacado con esa violencia con que han actuado contra nosotros, grita muy fuerte dentro de nosotros clamando venganza.

Tenemos que saber entrar en otra sintonía, salirnos de esa órbita para escuchar algo nuevo y distinto; nos es difícil porque todo canta a nuestro lado en contra nuestra, en contra de esos principios y valores que nos ofrece Jesús en el Evangelio. Y es ahí donde tenemos que mostrar la diferencia, presentarnos como una imagen de que es posible algo distinto, que es posible un mundo sin violencia. Es el mundo que quiere construir Jesús para nosotros cuando nos habla del Reino de Dios. No es fácil, es cierto.

Como base de todo Jesús ha puesto en nosotros el amor. Y el va por delante en esa muestra de amor, porque lo primero es el reconocimiento del amor que El nos tiene, y que es con lo que nosotros tenemos que responder. Jesús nos enseña a ser hermanos, porque somos todos hijos del mismo Padre que hace salir el sol sobre malos y buenos, como ya nos ha dicho en otro momento del evangelio. Y los hermanos que se aman, se comprenden y se ayudan, los hermanos que se aman son capaces de perdonarse no siete veces sino setenta veces siete porque lo que tiene que estar predominando siempre es el amor. Si alguien ha roto ese lazo del amor, no vamos nosotros a seguir haciendo leña del árbol caído, sino que tenemos que reconstruir, restaurar, rehacer ese lazo del amor.

Es lo que nos está pidiendo Jesús, cuando nos dice que no hagamos frente al que nos agravia. Es el camino que tenemos que saber emprender. No es una broma lo de poner la otra mejilla, es una actitud profunda que hemos de tener en la vida.

domingo, 18 de junio de 2023

‘Gratis habéis recibido, dad gratis’, regalemos amor, que nuestros gestos sean luz para los demás, que algo nuevo comience a brillar en nuestro mundo

 


‘Gratis habéis recibido, dad gratis’, regalemos amor, que nuestros gestos sean luz para los demás, que algo nuevo comience a brillar en nuestro mundo

Éxodo 19, 2-6ª; Sal 99; Romanos 5, 6 11; Mateo 9, 36-10, 8

Tengo un amigo que siempre me dice que no le gustan las aglomeraciones, donde hay mucha gente, los apretujones, el no poderse mover a su aire, no se explica bien el porqué huye de esas aglomeraciones, pero en cierto modo se entiende, en medio de una masa uno se siente un desconocido, aunque rodeado de mucha gente se siente aislado, no te sientes conocido, de alguna manera ignorado porque solo eres uno más en medio de esa masa.

Algunas veces cuando voy en un medio de transporte, en medio de toda aquella gente que allí vamos como muy unidos, porque el espacio es reducido, sin embargo eres un desconocido; qué sabes de esas personas que van a tu lado, que están contigo en una cola, por ejemplo, y qué saben de ti; de alguna manera nos ignoramos los unos a los otros, porque cada uno va a lo suyo; hoy vamos enfrascados en nuestros móviles cada uno pendiente de la conversación que mantiene con alguien que está al otro lado del mundo, pero no se ha fijado en quien tiene a su lado. Cuando ves a alguien que se sonríe, o intenta tener un detalle contigo para cederte el paso o darte un lugar para sentarte, parece que ves la luz, algo nuevo comienza a brillar.

Hoy nos dice el evangelio que Jesús se encontró con una muchedumbre que le esperaba y sintió lástima de ellos, ‘porque andaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. Y les dice a los discípulos que la mies es mucha, pero que los obreros son pocos, que rueguen al Señor de la mies para que envíe trabajadores para su mies.

Pero aquí viene el detalle de Jesús, llamó a doce, a cada uno por su nombre, ‘y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia’. Y les dio instrucciones y los envió a anunciar el Reino, pero los envió a curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos, echar demonios. Son doce a los que envía, y los envía para que vayan teniendo un contacto directo con aquellos que están llenos de sufrimientos; se acercarán a la persona que está enferma para curarla, limpiarán a aquel en concreto que está leproso, liberarán en concreto del mal a quien está poseído por el maligno. Han de ir al encuentro con la persona, allí donde hay dolor y sufrimiento.

Nos rodea, sí, una muchedumbre desconcertada, desorientada. Miramos nuestro mundo y vemos la inmensidad de trabajo que nos espera si en verdad queremos coger el guante que nos lanza Jesús para que vayamos a realizar su obra. Miro en mi entorno y de me doy cuenta de cuanta indiferencia en tantas aspectos de la vida nos envuelve. Nos hemos convertido en seres anónimos, sin nombre.

¿No nos sucede que algunas veces no sabemos el nombre de quien vive en nuestro mismo edificio, o quien vive cuatro casas más allá en nuestra misma calle? Vamos a lo nuestro, nuestros problemas, nuestras luchas, nuestras cosas, a lo más ese círculo de personas, que no siempre amigos, que están cerca de nosotros quizá por razón de trabajo, pero que cada uno se las apañe como pueda. Como mencionábamos antes por las redes sociales estamos más atentos a quien vive en otro continente, que de la persona que va con nosotros en el mismo transporte publico.

¿Tendremos que curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos? Empecemos por dejarnos curar nosotros mismos, queriendo escuchar esa llamada que por nuestro nombre nos está haciendo el Señor. Despojémonos de esos lienzos de individualismo que tantas veces nos envuelven para poder caminar liberados de ataduras y prejuicios al encuentro de esa persona que tenemos ahí muy cerca, pero que tantas veces pasamos a su lado ignorándolo. Esos son los milagros que nos pide el Señor.

Vayamos con ese bálsamo de la escucha, con esa luz de una sonrisa, con esa mirada a los ojos para que el otro vea que tú le interesas. Cuantas señales podemos dar de esa cercanía del Reino de Dios con nuestra cercanía, con nuestro cederle el paso o darle un asiento en el transporte, con tantos gestos de humanidad que tenemos que comenzar a dar si no queremos que cada vez se haga más inhumano nuestro mundo. No es cuestión de gritar derechos, que eso es muy fácil hacerlo enardecidos por una manifestación, sino sepamos darle esos derechos a la persona cuando nos interesamos por ella, cuando estamos a su lado, cuando ponemos el aire fresco de una sonrisa a nuestro paso por la calle en medio de tantos que caminan indiferentes.

‘Gratis habéis recibido, dad gratis’, termina diciéndonos hoy Jesús. Regalemos amor. Que nuestros gestos sean luz para los demás, que algo nuevo comience a brillar en nuestro mundo.

sábado, 17 de junio de 2023

Desde que nos la diera por madre en lo alto de la cruz para siempre estaremos dentro del corazón de María, sentiremos los latidos de Dios porque sentimos los latidos del amor

 


Desde que nos la diera por madre en lo alto de la cruz para siempre estaremos dentro del corazón de María, sentiremos los latidos de Dios porque sentimos los latidos del amor

Corintios 5, 14-21; Sal 102; Lucas 2, 41-51

¡Qué archivo más grande tienen las madres guardado en su corazón! Toda una biblioteca. Y casi tenemos que decir que se las saben todas. En silencio escuchan y contemplan. Es lo que nosotros les contamos, es lo que ellas intuyen con ese corazón de madre. Esperamos muchas veces una palabra de la madre, aunque no nos guste lo que nos dicen en muchas ocasiones – ahí están nuestros orgullos y nuestras rabietas de niño que nos molesta la verdad -, se lo agradecemos.

Pero muchas veces callan, sufren en silencio, nos acompañan de lejos o de cerca, pero sabemos que siempre nos tienen en el corazón, miran, no dicen nada, pero sabemos que están ahí y comprenden hasta la incomprensible, conocen hasta lo que nosotros guardamos más secreto, es la madre que nos ama, que está a nuestro lado, no solo nos dio la vida un día cuando nos trajo a este mundo, sino que está dispuesta a darla cuantas veces haga falta.

Hoy la liturgia nos invita a contemplar el Corazón de María, y he querido comenzar con esta pequeña reflexión que quiere ser como un homenaje a la madre que no terminamos de agradecer cuanto hace por nosotros. He querido comenzar con un recuerdo de nuestra madre de la tierra pero es que hoy quiero contemplarla al lado de María, nuestra madre del cielo. Porque estamos queriendo contemplar también su corazón de madre.

Ese corazón de María, igual que hacen todas las madres, en el que iba guardando todo cuanto iba sucediendo en torno a Jesús. Así nos lo dice el evangelio hoy, pero en algún otro momento se nos dice, pero muchas veces se intuye.

Hemos escuchado el relato del evangelio; Jesús que se ha quedado en el templo cuando sus padres se disponían en caravana regresar a su pueblo tras la fiesta de la pascua. Una caravana no solo de la gente de Nazaret, familiares y convecinos todos, pero que probablemente se uniría a las de otros pueblos cercanos de Galilea para hacer el camino juntos evitando también peligros. Jesús podría estar entre tantos que hacían el camino, como suele suceder en los muchachos sobre todo cuando van entrando en la adolescencia. Concluida la primera jornada de camino al reunirse en el atardecer por familia, allí no aparece Jesús. Comprendemos los momentos de dolor de unos padres, comprendemos la espada de dolor que comenzaba a taladrar su corazón de madre. Se van cumpliendo los anuncios proféticos del anciano Simeón.

De vuelta a Jerusalén en nueva jornada de camino al tercer día lo encuentran entre los doctores y maestros de la ley en los soportales del templo donde se reunían para enseñar a la gente; y allí está Jesús en diálogo con los doctores, de manera que incluso el evangelista nos resaltará que la gente estaba admirada de la sabiduría de Jesús, un adolescente aún de doce años.

‘Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados’. Es la queja, la reprimenda normal de la madre. Pero aquí está Jesús que está manifestando su madurez humana con su respuesta. ‘¿Por qué me buscábais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?’. No hay más palabras. El silencio es lo que queda. El silencio de una madre que va rumiando en su corazón las palabras de su hijo. Es algo que María sabe hacer.

Cuando el ángel llega hasta ella con el anuncio del gran misterio, María también se quedó en silencio rumiando en su interior el significado de aquellas palabras. Ahora nos dice el evangelista que María guardaba todo esto en su corazón. Los archivos de María donde va sumando lo que son las maravillas del Señor. ‘El Todopoderoso ha hecho en mi cosas grandes’, había dicho un día en un cántico de alabanza.

Ese cántico se continúa cantando porque María en el silencio de su corazón sigue cantando al Señor. Es ahora, pero será el seguimiento que como Madre va haciendo de su hijo. Pasa desapercibida, como saben hacerlo las madres, pero ahí estará siempre María; la veremos aparecer en el evangelio en momentos puntuales, pero el corazón de María se iba ensanchando porque aunque grande era su fe y su amor, iba aprendiendo del amor.

Así contemplamos hoy el corazón de María, deteniéndonos en el pasado del evangelio que nos ofrece la liturgia, pero así es como contemplamos a aquella que nos metió a todos en su corazón de Madre. ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’, le dirá en lo alto del Calvario, y ya para siempre estaremos dentro del corazón de María, sentiremos los latidos de Dios, porque sentimos los latidos del corazón y del amor de María.

 

viernes, 16 de junio de 2023

Aprendamos a amar y al estar entrando en la órbita del amor sentiremos cómo Dios que es amor se nos manifiesta y hace dueño de nuestro corazón

 


Aprendamos a amar y al estar entrando en la órbita del amor sentiremos cómo Dios que es amor se nos manifiesta y hace dueño de nuestro corazón

Deuteronomio 7, 6-11; Sal 102; 1Juan 4, 7-16; Mateo 11, 25-30

‘Lo esencial es invisible a los ojos’, es una frase que habremos escuchado muchas veces tomada del famoso libro ‘El principito’. Nos ha valido para hacernos muchas y hermosas consideraciones para que aprendamos a buscar esos valores que de verdad llenan nuestro espíritu y le dan grandeza. Nos valdría también ese camino que todos hacemos de búsqueda de Dios que muchas veces, decimos, se nos hace invisible, o al menos no terminamos de descubrirlo. Buscamos quizás a Dios desde razonamientos, porque para todo queremos tener una razón, un por qué, y el camino para encontrarnos con Dios quizás es mucho más fácil que todas esas elucubraciones que nos hacemos.

Queremos hacer nuestra propia escalada, trazarnos una tabla de razonamientos, ir esa búsqueda desde unos merecimientos que nos decimos que tenemos, pero creo que tendríamos que poner las condiciones para más bien dejarnos encontrar por Dios. Quizá muchas veces por ahí ande la cosa, porque no nos dejamos encontrar; es cuestión, creo, de dejarnos encontrar por el amor, y para eso creo que tenemos que dejar hueco en nuestra vida para el amor, para el amor verdadero, que es mucho más que una pasión que nos mueva y nos revolucione.

Ya le decía Dios a su pueblo a través de las palabras de Moisés, como hoy mismo hemos escuchado en la primera lectura de esta fiesta. Dios les dice que les ha amado y les ha escogido, no porque sean un pueblo grande y poderoso, pues, como les dice, son el pueblo más pequeño de la tierra. Pero es Dios el que les ha amado y escogido, por pura benevolencia, y esa es una de las principales características del amor. Benevolencia, querer bien, pero simplemente porque quiero amar. Y es así el amor de Dios, pura benevolencia, nos ama, no por nuestros merecimientos, sino porque El quiere amarnos y escogernos. Si fuéramos capaces de sintonizar con este pensamiento haciéndolo nuestro, comenzaremos a conocer a Dios.

Y aquí entra otro pensamiento en nuestra consideración. La carta de san Juan es una invitación a amarnos, y amarnos como el Señor nos ha amado, recordando así el mandato de Jesús en la última cena. Pero fijémonos en lo que nos dice: ‘Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor’.

¿No decíamos que tenemos que dejar un hueco en nuestra vida para el amor y el amor verdadero? Quizás en la vida hemos rellenado ese hueco con nuestros intereses egoístas en una búsqueda excesiva de nosotros mismos. Lo confundimos todo con nuestras ganancias, con el materialismo de la vida, con nuestras pasiones que se nos desbordan y nos dominan buscando felicidad y placeres que son efímeros. Algunas veces no llegamos a entender lo que es la amistad porque enseguida la confundimos con la búsqueda de cosas que nos satisfagan. Y quizás no hemos sabido amarnos ni a nosotros mismos, y si no somos capaces ni de eso ¿cómo podremos entender lo de amar a los demás? Y si no somos capaces de amar, ¿cómo podemos conocer a Dios que es Amor?

Busquemos, si, lo que es el amor verdadero, que ama, se da y se entrega porque le sale del corazón. ¿No recordáis lo que hemos dicho de la benevolencia de Dios para amarnos por nosotros mismos? Y es que Dios se nos revela y se nos da a los que hemos sido capaces de vaciarnos de nosotros mismos, a los que somos sencillos y humildes de corazón. Así le hemos escuchado hoy a Jesús dar gracias al Padre porque se ha revelado no a los sabios y entendidos, sino a los pequeños y a los pobres. Los pobres son los que escucharán la Buena Nueva de Jesús y por eso Jesús los llama dichosos.

Hoy estamos celebrando esta fiesta del amor de Dios que nosotros simbolizamos en el corazón, en el Corazón de Jesús siempre abierto para acoger a los cansados y agobiados para ofrecernos el descanso de su amor y de su paz.

Nos sentimos a veces atormentados por las luchas de la vida, cansados y sin fuerzas porque la tarea se nos vuelve fuerte y duros son también los embates que nos da la vida, desde la multitud de problemas de todo tipo que nos envuelven – pensemos cómo anda nuestra sociedad y nuestro mundo -, desde esos problemas del día a día en el desarrollo de nuestras responsabilidades y lo que significa y nos cuesta a veces nuestra convivencia con los demás, pero Jesús nos dice que vayamos a El, que aprendamos de El a mantener la mansedumbre del corazón a pesar de las violencias que nos envuelven, que sepamos encontrar la paz porque además estamos llamados a ser instrumentos de paz.

Estaremos así entrando en la órbita del amor y estaremos entonces sintiendo cómo Dios se hace dueño de nuestro corazón. Porque aprendemos a amar, aprenderemos a conocer a Dios que es amor.

jueves, 15 de junio de 2023

Tomémonos en serio el camino de la reconciliación, camino que anudará de nuevo los lazos del amor y la amistad cuando de corazón hemos sabido perdonarnos como hermanos

 


Tomémonos en serio el camino de la reconciliación, camino que anudará de nuevo los lazos del amor y la amistad cuando de corazón hemos sabido perdonarnos como hermanos

2Corintios 3, 15-4, 1. 3-6; Sal 84; Mateo 5, 20-26

Muchas veces metemos la cabeza debajo del ala, no queriendo ver los problemas, no queriendo reconocer aquello que un momento dado hicimos mal, y como nos tapamos la cabeza como el avestruz que cuando la persiguen mete la cabeza bajo el ala, y como ella no ve a quien la persigue, ya piensa que nadie la está persiguiendo, como no queremos enterarnos, nos hacemos oídos sordos a lo que nos puedan decir, nos desentendemos del problema de los demás, no le queremos dar importancia a aquello que hicimos en un momento y que pudo herir a alguien, con no encontrarnos con aquellos que nos llevamos mal o que tienen quejas contra nosotros, ya pensamos que somos buenos con todo el mundo.

Apariencias, cerrar los ojos para no ver, hacernos los insensibles como si con nosotros no fuera la cosa, queremos mantener la facha incluso de hombres virtuosos, pero los problemas persisten y se agrandan, los que están heridos le damos más motivos para que encierren en su rencor, y a la larga nos creamos una vida de falsedad y de mentira. Hasta pretendemos vestirnos de hombres sabios y buenos quedándonos en falsas apariencias, como falsedad es siempre lo que se queda en apariencia.

Hoy nos dice Jesús en el evangelio. ‘Si nuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos’. Se presentaban comos justos y cumplidores, pero su vida estaba llena de falsedad y de engaño. A lo largo del evangelio veremos lo duro que Jesús es con ellos, por la cerrazón de su corazón, pero lleno de apariencias y falsedad. Los llamará sepulcros blanqueados, denunciará claramente la doblez de sus vidas, le dolerá a Jesús la cerrazón de su corazón  y continuamente su palabra es una llamada a la conversión. Hoy nos dice que no nos podemos quedar en esas vanidades y apariencias, no podemos estar aparentando una cosa y quizás volviéndonos exigentes con los demás, mientras no somos capaces de mover un dedo por vivir la rectitud del corazón.

Y hoy insiste Jesús en las actitudes de amor, de respeto, de valoración que hemos de tener con los demás, pero también de la actitud humilde de mutua acogida, aceptándonos y valorándonos, pero también arrancar de nuestro corazón todas esas actitudes negativas que nos llevan al desamor. Justo será entonces que llenemos de delicadeza nuestra vida, para que ningún mínimo gesto por nuestra parte, ni ninguna palabra que pronunciemos nos lleve a romper esos necesarios lazos de comunión que hemos de mantener los unos con los otros.

Así hemos de manifestar el respeto en todos los detalles que hemos de tener para con los demás. Entonces cuidemos nuestros gestos y posturas, pero cuidemos también nuestras palabras para que nunca sean ofensivas, sino siempre creadores de comunión, de cercanía, de fraternidad.

Pero eso significa también la humildad suficiente para ir siempre al encuentro con el hermano, pero sobre todo para tener la valentía de nuestros errores para reconocerlos y para pedir perdón. Nunca debemos mantener una actitud de desconfianza hacia el otro, nunca hemos de permitir que las heridas del alma se infecten y cada día sean mayores los abismos que nos separan los unos de los otros.  De tal manera que dignamente no podemos presentar nuestra ofrenda al Señor, si sabemos que hay un hermano que tiene quejas contra nosotros. Sería una ofrenda vacía, pero estaría carente de lo más importante como es el amor.

Es el camino de la reconciliación que tan en serio hemos de tomarnos. Es el camino que va de nuevo a anudar lazos de amor y de amistad, cuando de corazón hemos sabido perdonarnos como hermanos. Es el camino en que ya no caben las apariencias ni las vanidades, donde todo estará adornado siempre con los lazos del más perfecto amor.


miércoles, 14 de junio de 2023

Descubrir la novedad del evangelio, no podemos andar con remiendos ni con adornos bonitos, para darle verdadera plenitud a nuestra vida

 

Descubrir la novedad del evangelio, no podemos andar con remiendos ni con adornos bonitos, para darle verdadera plenitud a nuestra vida

2Corintios 3, 4-11; Sal 98; Mateo 5, 17-19

Somos muy dados a hacer cambien; bueno, estoy hay que matizarlo, en lo que nos conviene. Por supuesto que todos queremos mejorar y ese camino de superación nos exigirá cambios; pero esos son los que cuestan cuando son exigencias de renovación en lo más hondo de nuestra vida personal. Preferimos los cambios en el exterior, lo que se puede quedar en una fantochada y en vanidad; preferimos los cambios para los demás, pero yo tengo mis costumbres y no hay quien me las cambie; preferimos cambios en las leyes, que habría que preguntarse si en verdad objetivamente buscan siempre lo mejor para regular nuestra convivencia, o simplemente es la ideología del mandatario de turno lo que quiere imponerse.

Hay principios, hay valores que son esenciales, son fundamentales; algunas veces pueden entrar en contradicción con nuestros gustos particulares, con nuestras pasiones, con nuestros intereses, y entonces queremos cambiar aquello que es fundamental simplemente buscando mi satisfacción personal, mi gusto o mi capricho. Pero sin querer ser pesimistas, siempre ha sido así, en todos los tiempos, y vienen todo tipo de revoluciones y queremos cambiarlo todo. Nos sucede hoy, lo estamos viendo continuamente, y ha sucedido en todos los tiempos.

La predicación despertaba inquietudes en los corazones, renacían las esperanzas perdidas o ahogadas en aquel mundo de falta de libertad, de opresión, de pobreza en que vivían. Lo que iban escuchando en aquel sermón de la montaña les había estar especialmente atentos y despiertos, porque aquel sentido nuevo que Jesús presentaba era realmente algo nuevo. Boquiabiertos se habían quedado al escuchar las bienaventuranzas y como sucede siempre se despiertan ilusiones, sienten que llegaba la hora del Mesías, aunque ellos se habían creado una imagen que contrastaba con lo que Jesús les iba proponiendo.

Era como una revolución, todo había que cambiar, como siempre pensamos en la hora de las revoluciones, aunque no sepamos bien que es lo que buscamos, o qué es lo que realmente habría que cambiar. Con Jesús sentían sin embargo que iba a ser distinto, porque El estaba mirando los corazones y estaba pidiendo que para poder entrar en la orbita del Reino de que anunciaba el cambio había de ser desde dentro, aunque no terminaran de entenderlo.

Pero Jesús advierte, no viene El a cambiar la ley y los profetas. Ahí estaba contenido lo fundamental, porque era la revelación de Dios desde todos los siglos. Lo que tenemos que saber buscar qué es realmente la voluntad de Dios. Y en eso dentro tenemos que poner más empeño. Porque eso que nos está pidiendo Dios como algo verdaderamente fundamental de la vida no se puede cambiar. Jesús nos dice que viene a dar plenitud.

Ahí está entonces nuestra tarea, porque tiene que ser algo que se produzca en lo más profundo de nosotros mismos; su primer anuncio invitaba precisamente a la conversión, para poder creer en lo nuevo que Jesús venía a ofrecernos. Es lo que nos cuesta. Preferimos los cambios externos que pongan las cosas muy bonitas, muy adornadas, con bellas apariencias, que al final que se quedan en vanidades.

Es el camino que hemos de aprender a tomar, y dejarnos de chiquilladas de cambios de normas y de leyes. Es descubrir lo nuevo que en verdad nos ofrece el evangelio, porque tampoco podemos andar con remiendos ni con adornos bonitos, dejando las cosas como han estado siempre. Y cuidado andemos de nuevo buscando adornos bonitos; cuidado que estemos olvidando toda la renovación que nos pedía el concilio Vaticano II  para encontrar esa renovación profunda de la Iglesia, pero en especial de cada uno de nosotros.

Tendencias tenemos a buscar de nuevo esas florituras y nos olvidemos de coger con valentía el evangelio en nuestras manos para plantarlo de verdad en el corazón. Nos falta evangelio y nos sobran devociones y florituras. Nos sobran tradiciones y nos falta valentía y energía para lanzarnos por el mundo a hacer un anuncio de Jesús y del Reino de Dios. Nos sobran orgullos de una fe que decimos heredada desde siempre y nos falta arriesgarnos para ir con el evangelio en la mano y en el corazón a esas periferias de pobreza, de increencia, de indiferencia y de materialismo que nos están rodeando y que nos pueden comer si no fortalecemos en verdad nuestra fe y nuestro ser cristiano.

Esa sería la verdadera revolución que el evangelio de Jesús produciría primero que nada en nosotros, en nuestro corazón para transformar nuestro mundo.

martes, 13 de junio de 2023

Nuestra tarea y compromiso convertirnos en testigos de luz para ayudar a que no nos confundamos con esas luces parpadeantes que como señuelos nos quieren atrapar


Nuestra tarea y compromiso convertirnos en testigos de luz para ayudar a que no nos confundamos con esas luces parpadeantes que como señuelos nos quieren atrapar

 2Corintios 1, 18-22: Salmo 118; Mateo 5, 13-16

Queremos llegar a un determinado lugar y en medio de la noche tenemos que atravesar carreteras, calles y avenidas que están parpadeando de luces todas partes que nos hacen guiños como para atraer nuestra atención; las publicidades comerciales que nos anuncian lugares, productos, cosas que intentan que nos interesemos por ellas y en ellas nos quedemos; pero no es esa luz como meta de nuestra vida la que vamos buscando y tenemos que no dejarnos cautivar por sus ilusorias llamadas para que al final podamos alcanzar nuestro objetivo, nuestra meta.

Es imagen de la vida, con sus cosas atractivas, con sus guiños y sus llamadas, con tantas cosas que nos tientan y nos quieren embaucar; tantas cosas que nos dicen que son las que nos dan la felicidad al instante; tantas llamadas que nos prometen riquezas y abundancias, prestigios o influencias, grandezas y vanidades como si en ellas estuviera el verdadero sentido de la vida. Tenemos que buscar la luz que da verdadero sentido a nuestra vida, que nos puede conducir por camino cierto, que puede poner esperanza en la vida que a veces nos vuelve tan tormentosa, aquello que dé verdadero sabor a nuestra existencia, aquello que nos conduzca a la verdadera plenitud.

Sabemos donde está esa luz, sabemos quien es esa luz para nosotros. Por eso buscamos a Cristo y queremos dejarnos iluminar por su luz. Es la luz que nos da vida y que llena de la verdadera vida a nuestro mundo, es la luz que es nuestra salvación, es la luz que nos llena de verdadera esperanza y con quien nos sentimos seguros de que hay algo mejor, que podemos hacer las cosas de manera distinta, que podremos encontrar esa felicidad que llene hondamente nuestro corazón.

Pero encontrarnos con esa luz, llenarnos de esa luz nos compromete. Nos compromete a que tenemos que ser testigos con nuestra vida de esa luz; nos compromete porque nos convierte en portadores de luz y tenemos que llevar esa luz a los demás, esa luz a nuestro mundo para que en verdad encuentre el verdadero rumbo que lleva a la plenitud.

No podemos ocultar esa luz, no podemos disimularla, no podemos dejar que se mezcle y se confunda con esas otras luces que parpadean como si fuera una luz más. Para nosotros es la autentica, estamos convencidos porque lo palpamos en nuestra propia vida cuando nos dejamos iluminar, y por eso tenemos que llevarla con entusiasmo a los demás.

¿Qué estaremos haciendo de esa luz? ¿La estaremos ocultando debajo del celemín en lugar de poner en el alto candelero para que alumbre a todos los de la casa? ¿Qué sincretismos estaremos haciendo en la vida en donde todo lo mezclamos y todo nos parece igualmente bueno? ¿Será que hemos perdido el combustible que alimenta esa lámpara y ya todo nos da igual y se nos ha debilitado nuestra luz?

Recordemos que las doncellas que tenían que salir a iluminar el camino para el esposo que llegaba tenían que llevar suficiente aceite en sus alcuzas para que las lámparas no se apagaran. Hemos dejado debilitar nuestra ve, hemos bajado el listón de nuestras exigencias a nivel personal, de nuestro crecimiento y superación personal, de las metas que nos habíamos de haber puesto en el camino de nuestra vida cristiana, se nos ha enfriado nuestra espiritualidad y nos hemos contagiado del materialismo de la vida.

Termina hoy diciéndonos Jesús: ‘Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos’. Es nuestra tarea y nuestro compromiso. Muchos a nuestro alrededor se pueden dejar engañar por esas luces parpadeantes que apartan del verdadero camino, pero ahí tenemos que estar nosotros para señalar desde el testimonio de nuestra vida que se convierte en luz para enseñar el camino que nos lleva a la verdadera luz, que nos lleva a Jesús.


lunes, 12 de junio de 2023

Cada una de las bienaventuranzas que nos propone nos va recordando los pasos de Jesús, los gestos de Jesús, el actuar de Jesús

 


Cada una de las bienaventuranzas que nos propone nos va recordando los pasos de Jesús, los gestos de Jesús, el actuar de Jesús

2Corintios 1, 1-7; Sal 33; Mateo 5,1-12

Por la boca rebosa lo que llevamos en el corazón, se suele decir. Aquello que vivimos y experimentamos dentro de nosotros mismos lo reflejamos en nuestras palabras, pero sobre todo lo reflejamos en nuestra forma de vivir. Es cierto que hablamos desde conceptos aprendidos, desde cosas que escuchamos, pero sobre todo lo intentamos hacer desde dentro, desde lo más hondo de nosotros mismos. También es cierto que aquello que expresamos son nuestros deseos, algo a lo que aspiramos o con lo que soñamos aunque aun no lo hayamos alcanzado; expresa ese deseo interior, ese crecimiento que buscamos, esas cosas que quizás queremos transformar en nosotros mismos.

No podemos juzgar con ligereza lo que dicen los demás y tacharlos quizás de incongruentes, porque no sabemos bien los deseos que hay en su corazón, las luchas interiores que puedan estar realizando, el ansia de superación que hay en su vida y que quizás le cuesta mucho dar esos pasos que necesitan. Porque nos pasa a nosotros mismos, porque son nuestras luchas que los demás no conocen y no entienden. Algunas veces son sueños que tenemos en nuestra vida, pero al menos comenzamos por soñar algo distinto, algo nuevo. De ahí arrancarán nuevas metas, desde ahí aparecen los ideales que nos levantan y nos impulsan a caminar aunque el camino algunas veces nos cueste.

Hoy nos encontramos en el evangelio una de sus páginas más hermosas, Jesús nos propone las bienaventuranzas, nos dice cómo lograremos en verdad ser dichosos, ser felices con la felicidad más honda, son todo un resumen del evangelio. Podíamos decir que cuando Jesús nos está desgranando las bienaventuranzas nos está dando los trazos de su rostro, del rostro de Dios, de su corazón lleno de vida y de misericordia. Si antes decíamos que hablamos de lo que llevamos en el corazón, de lo que es nuestra vida, esto tenemos que decir ahora de Jesús.

Hagamos una relectura del texto sagrado y vayamos poniendo al lado el rostro de Jesús. Cada una de las bienaventuranzas que nos propone nos va recordando los pasos de Jesús, los gestos de Jesús, el actuar de Jesús. Aquello que diría más tarde san Pedro, ‘pasó haciendo el bien’. Ahí contemplamos el corazón de Cristo, ahí contemplamos la buena nueva que nos quiere anunciar, ahí contemplamos como en visión adelantado lo que tendría que ser nuestra vida cuando de verdad optamos por el Reino de Dios.

No voy a entrar en este momento en detalle en cada una de las bienaventuranzas sino, como decía, os invito a hacer una relectura, pero pausada, deteniéndonos para ver las distintas páginas del evangelio, deteniéndonos para ver cómo hacemos realidad eso en nuestra propia vida, como vamos copiando el corazón de Cristo en nosotros.

Veremos como van naciendo nuevas actitudes en nosotros, cómo aprenderemos a tener nuevos gestos de humanidad y de amor con los que están a nuestro lado, cómo iremos purificando el corazón, como nos sentiremos impulsados a algo nuevo que nos lleve al encuentro, al amor, a la autenticidad de nuestra vida, a un camino de búsqueda del bien, de lo bueno, de lo justo, como irá apareciendo una nueva ternura en nuestro corazón, como nos sentiremos fuertes frente a las adversidad y contratiempos que nos encontremos en la vida.

domingo, 11 de junio de 2023

Hoy tendemos alfombras de flores al paso de Cristo Eucaristía pero es un compromiso para que también sigamos tendiendo alfombras de amor al paso de nuestros hermanos

 


Hoy tendemos alfombras de flores al paso de Cristo Eucaristía pero es un compromiso para que también sigamos tendiendo alfombras de amor al paso de nuestros hermanos

Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16ª; Sal 147; 1Corintios 10, 16-17; Juan 6, 51-58

Hay quienes no quieren tener memoria, o hacen una memoria selectiva, pero la memoria es historia y la historia es vida, forma parte de nuestra vida, solemos decir, pero nos recuerda lo que nos ha traído hasta aquí. Y es importante, es en cierto modo nuestra sabiduría, es lo que hemos acumulado o lo que nos ha traído hasta aquí. Es necesario hacer memoria, es la vida que hoy somos, aunque muchas veces queramos arrancar páginas de esa historia, renegar de esa historia, pero son también los pilares sobre los que está construido nuestro hoy.

Con esta reflexión que me estoy haciendo pienso en muchas cosas incluso que en nuestra sociedad hoy estamos viviendo, donde encontramos también esas incongruencias, esas idas y venidas, esas ignorancias que nos pueden llevar a negaciones o esas recreaciones de la historia a nuestra imagen y semejanza, a nuestra manera. Así no sabemos muchas veces ni por donde andamos ni a donde queremos ir.

Me estoy haciendo esta reflexión con la que queremos, por supuesto, ir más allá, en esta hermosa fiesta que hoy celebramos, y desde lo que hemos escuchado en la Palabra de Dios que se nos proclama en este domingo. Ya Moisés invita al pueblo que ha peregrinado por el desierto y está ya a punto de entrar en la tierra prometida a recordar su historia. Aquella historia que aun están construyendo en su camino hacia la libertad de la tierra prometida con lo que ha significado su caminar por el desierto, pero recordando los tiempos de esclavitud que vivieron en Egipto y de los que los liberó el Señor.

Pero les invita a recordar que en aquellos tiempos no menos duros del desierto pudieron comer el maná, que llamaban pan del cielo, para poder seguir haciendo su camino. No volverán a comerlo tan pronto entren en la tierra prometida, pero siempre han de recordarlo, porque es recordar la acción de Dios en sus vidas y en su historia.

Lo mismo nos dirá Jesús y más tarde nos recordará san Pablo. ‘Haced esto en memoria mía’, les dirá Jesús en la cena, nos dirá Jesús en la cena pascual, cuando nos dé aquel nuevo pan que es su carne, que es su vida. San Pablo nos dirá que cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz estaremos anunciando – recordando pero anunciando al mismo tiempo -, la muerte del Señor hasta que vuelva.

Es el Pan de vida que da la vida al mundo; es el Pan de vida que quien lo coma resucitará en el último día; es el Pan de vida que quien lo coma tendrá vida para siempre; es el Pan de vida que cuando lo comamos no vamos a vivir por nosotros mismos sino que será ya para siempre Cristo quien viva en mí; es el Pan de vida, prenda de vida futura y anuncio de resurrección; es el Pan de vida que nos hace vivir la Pascua y que nos llena de salvación.

Decíamos antes que tenemos que hacer memoria, porque en el recuerdo de esa historia está el fundamento, son los cimientos, de lo que hoy nos toca vivir. Hacemos memoria nosotros y lo hacemos tal como nos lo dijo el Señor. Nos habló del pan de vida allá en la Sinagoga de Cafarnaún y en la cena pascual cuando les reparte el pan les dice que eso es su cuerpo entregado; y nosotros repetimos los gestos y las palabras de Jesús porque cuando nos reunimos como familia y comunidad creyente en Jesús, recordamos a Jesús, hacemos presente a Jesús, sentimos de nuevo vibrar en nosotros la vida de Jesús.

No podemos dejar de hacer memoria, de celebrar el memorial del Señor, de reunirnos para celebrar la Eucaristía, porque nuestro camino no sería camino, nuestra vida no sería vida, nuestra fe se anularía y se perdería y no podríamos estar viviendo la salvación de Dios. Por eso un cristiano sin Eucaristía es un cristiano sin sentido, porque terminaríamos siendo un cristiano sin Cristo.

Qué importante es para nosotros, qué necesario para que haya una verdadera vida cristiana. Llenando la vida de Eucaristía estaremos llenando la vida de Cristo. No podemos arrancar esa página de nuestra vida, no podemos prescindir del recuerdo y de la vivencia de Cristo para que lleguemos a vivir en plenitud ese sentido de la vida que en Cristo encontramos.

Hoy es un día especial para los cristianos en esta fiesta de la Eucaristía que hoy celebramos. Queremos salir a nuestras calles con el Sacramento de la Eucaristía en medio de nosotros, porque necesitamos tener la valentía de aprender a salir a la calle al encuentro del Sacramento de Cristo que son nuestros hermanos.

Hoy tendemos alfombras de flores al paso de Cristo Eucaristía pero es un compromiso para que también sigamos tendiendo alfombras de amor al paso de nuestros hermanos.