Vistas de página en total

sábado, 31 de julio de 2021

Nos cuesta rehacernos y nos vemos metidos en una espiral que no sabemos por donde romper pero Dios va poniendo señales en lo que nos sucede cada día

 


Nos cuesta rehacernos y nos vemos metidos en una espiral que no sabemos por donde romper pero Dios va poniendo señales en lo que nos sucede cada día

Levítico 25,1.8-17; Sal 66; Mateo 14,1-12

Hay momentos que podríamos que son de gracia para nosotros, aunque no siempre sabemos leer el mensaje que pudiera llegarnos tras ese momento, esas palabras que escuchamos, ese hecho que ha sucedido en nuestra presencia, esa persona que ha aparecido en nuestra vida. algo viene a nuestra memoria que nos impacta en su recuerdo aunque muchas veces queramos hacer oídos sordos ante aquello que vemos tan palpable delante de nosotros; podemos echarlo en el olvido, o podemos detenernos en la vida y reflexionar, aunque prefiramos en ocasiones seguir como si nada hubiera pasado y busquemos miles de justificaciones.

¿Le sucedería algo así al tetrarca Herodes cuando tiene noticias de Jesús? Ya en alguna ocasión vinieron a decirle a Jesús que Herodes andaba buscándolo. En esta ocasión se despiertan muchos recuerdos en su conciencia. ‘Ese es Juan que ha resucitado al que yo mandé matar’, se dice cuando le hablan de Jesús. Y el evangelio nos da detalles de cómo fue la muerte del Bautista, como tantas veces habremos reflexionado cuando nos hemos encontrado con este evangelio.

Algún evangelista dirá que Herodes tenia aprecio al Bautista y lo escuchaba con gusto, pero en la espiral de inmoralidad en la que metió su vida hizo que en lugar de escucharlo lo metiera en la cárcel a instigaciones de Herodías la mujer con la que vivía y que Juan le decía que no le era lícito vivir con la mujer de su hermano. Será con motivo de una fiesta como hemos escuchado y repito muchas veces meditado, al bailar Salomé la hija de Herodías, el tetrarca se juramenta con ofrecimientos hasta de su reino para complacer a quien le ha deleitado en el baile; es el momento de Herodías para quitar de en medio al Bautista.

Aunque pareciera que Herodes se quedó con una conciencia insensible después de la muerte de Juan, algo pesaba en su interior, que cuando oye noticias de Jesús piensa en aquel a quien había mandado matar. Era el momento de gracia, de llamada del Señor que Herodes no quiso escuchar, como tantas veces nos sucede a nosotros.

Tendrá oportunidad de otros encuentros con Jesús, como sería en medio de la pasión y entrega de Jesús. Pilatos envió a Jesús a Herodes, porque era de su jurisdicción ya que Jesús había comenzado a predicar en Galilea, territorio que le correspondía gobernar al tetrarca. Podíamos decir que es otro momento de gracia, pero cuando estamos en la pendiente la pendiente se hace resbaladiza y nos costará volver atrás. Aprovecharía para querer hacer fiesta con Jesús. 

Creo que estos aspectos que hemos resaltado podrían ser también ayuda para nuestra reflexión. Cuántas veces nos cuesta rehacer nuestra vida. Parece también que nos hemos metido en una espiral que cada vez se va haciendo más grande y no sabemos por donde romper para salirnos de esa trayectoria que parece que nos empuja. Dios sin embargo va poniendo señales en nuestra vida en aquellas mismas cosas que nos suceden cada día. Hay momentos que lo pasamos mal, momentos que se nos hacen difíciles, momentos en que parece que nos sentimos zarandeados por la vida y no sabemos cómo hacer pie ni donde apoyarnos.

En medio de esas turbulencias sepamos encontrar, descubrir ese momento en que aparece una luz, donde podemos encontrar un apoyo, sintamos la mano del Señor que siempre está tendida hacia nosotros buscando que nos agarremos a ella. El Señor pone señales de su presencia que hemos de saber descubrir.

No tengamos miedo a esas turbulencias de nuestro espíritu, porque sabemos que en medio de la tormenta también está el Señor, aunque nos parezca que está dormido sobre un almohadón como aquella vez en medio de la tormenta del lago. Que se despierte nuestra fe, nos apoyemos en el Señor y demos los pasos que necesitamos para rehacer nuestra vida. Su gracia no nos faltará.

viernes, 30 de julio de 2021

Desconfianzas, viejas tradiciones, rutinas son la mala hierba que nos impide que la semilla de la Palabra germine como algo nuevo en nosotros

 


Desconfianzas, viejas tradiciones, rutinas son la mala hierba que nos impide que la semilla de la Palabra germine como algo nuevo en nosotros

Levítico 23, 1. 4-11. 15-16. 27. 34b-37; Sal 80; Mateo 13,54-58

El episodio a que hace referencia el evangelio que hoy se nos propone podríamos decir que se encuentra dividido en dos partes. Se trata de la visita que Jesús hace a su pueblo de Nazaret donde el sábado fue a la sinagoga y como ya venía siendo costumbre por aquellos lugares donde iba hizo la lectura de la Palabra y su comentario. En principio la reacción de sus convecinos fue de admiración y orgullo, pues era uno de los suyos. Sería la primera parte del texto que hubiéramos escuchado ayer.

Hoy se centra esta parte del episodio en la reacción posterior de sus convecinos que comienzan a desconfiar de El. Mala cosa es la desconfianza, o mala cosa es sentirse con tanta confianza porque lo habían conocido desde niño como para no poner ahora en El su fe. Salen los comentarios habituales en estos casos, pues son cosas que siguen sucediendo. Sobre todo cuando el mensaje que se nos trasmite en cierto modo nos descoloca, porque nos ofrece algo nuevo que nos obligaría a tomar nuevas actitudes y nuevos comportamientos, pronto comenzaremos a quitar autoridad a quien nos lo está transmitiendo.

Si yo te conozco a ti de toda la vida, nos solemos decir cuando no queremos creer lo que nos dice una persona que nos haría cambiar de perspectivas. Es lo que entonces sucedió. Si aquí están sus parientes, si su padre no era sino el artesano del pueblo, si tú no has ido a estudiar a ninguna parte por qué de la das ahora de sabido, qué nos vas a enseñar tú, si yo soy creyente de toda la vida, no me vengas ahora con esas cosas.

Y es que la Buena Nueva que nos anuncia Jesús nos hace entrar en otros abismos, nos abre otros horizontes, nos plantea otra manera de vivir y de actuar, nos obligaría a arrancarnos de nuestras rutinas. Con cuánta frecuencia cuando leemos el evangelio lo hacemos de una forma superficial porque decimos que ya nos lo sabemos, que ya lo conocemos. Pero es necesario detenerse, es necesario leer de nuevo y de forma pausada aquello que ya decíamos que conocíamos, es necesario que sepamos hacer un nuevo silencio en nuestro interior para escucharlo realmente como algo nuevo, como si fuera la primera vez que lo escuchamos.

Estamos comentando la desconfianza y la falta de fe de aquellas gentes de Nazaret cuando Jesús va a su sinagoga a enseñar, pero esto tenemos que saberlo traducir a esas actitudes y a esas posturas que nosotros tomamos tantas veces ante el evangelio. Si decimos evangelio, estamos diciendo que es una buena nueva, una noticia nueva que estamos recibiendo, de ahí la apertura a la novedad que tiene que haber en nuestro corazón para escucharlo de verdad.

Las desconfianzas que veíamos en aquellas gentes son nuestro creernos que nos lo sabemos todo y que nada nuevo vamos a encontrar. También tantas veces nos escuchamos en nuestras tradiciones para no salir de nuestras rutinas y convertimos nuestra fe en algo frío y que no da un verdadero sentido a nuestra vida. Es la mala hierba que tenemos que arrancar de nuestro corazón para que la semilla de la Palabra de Dios germine de verdad en nosotros y un día llegue a dar fruto. Mucho tenemos que desbrozar en nuestro corazón para ser esa tierra buena y acoger la novedad que nos ofrece el evangelio.

jueves, 29 de julio de 2021

Necesitamos abrazarnos a los pies de Jesús como Marta y María de Betania para experimentar en nosotros la palabra de vida que nos ofrece

 


Necesitamos abrazarnos a los pies de Jesús como Marta y María de Betania para experimentar en nosotros la palabra de vida que nos ofrece

Éxodo 40, 16-21. 34-38; Sal 83; Juan 11, 19-27

La súplica de Marta cuando llega Jesús tras la muerte de su hermano es bien semejante a la súplica y hasta el desencanto por el que hayamos pasado nosotros, o contemplamos a nuestro alrededor, en circunstancias semejantes. Nos cuesta aceptar el hecho de la muerte y en la enfermedad y enfermedad grave de un ser querido es lo que suplicamos con mayor insistencia en nuestra oración al Señor. El Señor no nos escuchó, decimos resignados cuando no nos ha quedado más remedio que aceptar el hecho de la muerte. Es muy humano, tendríamos que reconocer. Valoramos la vida, no queremos perderla, no queremos perder a los seres queridos; y surgen los interrogantes y las preguntas en el corazón.

Es lo que contemplamos en aquel hogar de Betania, cuando hoy estamos celebrando a santa Marta, una de los tres hermanos de aquella familia. Un hogar en el que se manifiesta la cercanía de Jesús. Era un hogar abierto y muchas veces dieron acogida a Jesús, en su paso hacia Jerusalén cuando subía desde Galilea, precisamente por el camino del valle del Jordán y Jericó para luego subir hasta Jerusalén atravesando aquel pueblecito de Betania. Pero en algún momento nos habla el evangelio de cómo Jesús estando en Jerusalén venía a hospedarse a Betania.

Cuando celebramos esta fiesta de santa Marta en muchas ocasiones nos hemos fijado también en aquel episodio de la acogida de Jesús y sus discípulos en aquel hogar. Marta se afanaba por tener todo preparado en ese sentido tan hermoso y profundo de hospitalidad, mientras María se sentaba a los pies de Jesús para escucharle, que motivaría las quejas de Marta por la inacción de María de Betania. Son diálogos y episodios cargados de humanidad en la cercanía de unos corazones que sentían y resplandecían por su amor.

Creo que esos breves episodios pueden ser muy significativos para nosotros al escucharlos en el evangelio. Es la Buena Nueva que nos habla de la cercanía de Jesús pero es también toda esa carga de humanidad en quienes saben abrir las puertas del corazón para la acogida y para la escucha. Cercanía nos ofrece Jesús, pero es la cercanía que nosotros también hemos de saber buscar. ¿Sabremos nosotros vivir en esa cercanía de Jesús porque también le busquemos  y sintamos el gozo de estar con El? ¿Habremos aprendido a disfrutar de nuestra oración porque en verdad nos sentimos a gusto en la presencia del Señor?

Cuando estamos disfrutando de la visita de alguien podríamos decir que los relojes se detuvieron y se acabaron las prisas.  ¿No solemos decir cuando hemos estado a gusto con alguien que nos vino a visitar y llega la hora de la partida ‘por qué te vas tan pronto’? ¿Será así nuestro estado de ánimo cuando vamos a una celebración o cuando hacemos nuestras oraciones? ¿Acaso muchas veces no estaremos demasiado pendientes del reloj porque luego tenemos tantas cosas que hacer? ¿Qué será lo más importante?

Será así en esa quietud en la presencia del Señor cuando escucharemos su voz en nuestro corazón y será así cómo se va enfervorizando nuestro corazón para poner a tope también todos nuestros sentimientos en ese gozo de estar con el Señor.

Comenzábamos nuestra reflexión rememorando este episodio de la muerte y resurrección de Lázaro también con nuestras dudas e interrogantes y también con nuestras angustias ante el hecho de la muerte. Creo que necesitamos detenernos para sentir el Señor a nuestro lado cuando tenemos que enfrentarnos a situaciones así para poder escuchar con todo sentido las palabras de Jesús que dan luz a nuestra vida y también a nuestra muerte.

 Que nos abracemos a los pies de Jesús poniendo a tope toda nuestra fe para experimentar en nosotros esa palabra de vida que nos ofrece.

miércoles, 28 de julio de 2021

El tesoro que hemos descubierto cuando nos hemos encontrado con Jesús que ilumina nuestra vida por muchos que sean los cantos de sirena no lo perdamos

 


El tesoro que hemos descubierto cuando nos hemos encontrado con Jesús que ilumina nuestra vida por muchos que sean los cantos de sirena no lo perdamos

Éxodo 34,29-35; Sal 98; Mateo 13,44-46

¿Qué diríamos de aquel que tiene un preciado tesoro en sus manos y lo desecha? Alguien podría pensar en quien tenía un número de lotería en sus manos, pero lo desechó y escogió otro siendo premiado aquel que había desechado. Pero en este caso anda por medio la suerte y el azar y no depende tanto de la decisión de una persona que desecha algo conocido como valioso; una joya, un cuadro, una obra de arte en un rastro que quizás se le ofrecía, pero que no supo valorar y no quiso adquirirla. Los ejemplos pueden ser múltiples.

Tenemos una joya en nuestras manos y no sabemos valorarla. Nuestra fe, el evangelio, la gracia de Dios. Pero andamos tan afanados por las cosas de la vida, tan arrastrados por un sensualismo que se nos ofrece por todas partes, tan materializados en lo terreno de cada día, tan olvidados de las cosas del espíritu que le damos muy poca importancia. Algo que tenemos ahí pero que no sabemos descubrir la riqueza que tenemos. Y echamos mano de la fe agarrándonos a ella como de un clavo ardiente cuando parece que todo lo hemos perdido, que ya nada tiene sentido, pero tampoco sabemos descubrir todo su valor, todo lo que puede aportar a nuestra vida. Se nos queda en una tradición que hay que guardar, unas costumbres que no están mal, pero que casi nos parecen cosas de otro tiempo, pero que la tenemos ahí como escondida sin dejar que nos dé esa luz que nos ofrece y que nosotros tanto necesitamos.

Y hoy nos habla Jesús del Reino de Dios como ese tesoro que cuando lo encontramos seríamos capaces de vender todo lo que tenemos por conseguirlo. Pero no siempre sabemos descubrirlo a pesar de tenerlo en nuestras manos. En ese río revuelto de la vida son tantas las cosas que se nos ofrecen que no llegamos a darnos cuenta que es lo que en verdad tiene más valor.


Tenemos que saber tener ojos para descubrir ese tesoro, distinguiéndolo y separándolo de tantas otras cosas que al mismo tiempo se nos ofrecen; no todos son capaces de darse cuenta del valor de una perla preciosa; no todos son capaces de descubrir la belleza de una joya; un diamante para algunos les puede parecer un cristal más o menos brillante, pero no siempre sabemos descubrir su auténtico brillo y la belleza de sus aristas fina y delicadamente talladas. Hay que tener un ojo especial para captar su belleza y valor, hemos de aprender a mirarlo.

Es lo que tenemos que saber descubrir en el evangelio. Es esa mirada nueva y distinta, ese oído profundo para captar su verdadero mensaje. Quien no tiene ese buen oído y esa mirada luminosa verá simplemente unas bonitas y encantadoras historias pero que nada nos pueden decir para nuestra vida. Hay que saber entrar en una sintonía especial; tenemos que aprender a sintonizar las ondas del Espíritu con las que podemos captar toda su riqueza.

Claro que cuando lo descubramos, porque realmente nos hayamos encontrado con Cristo en lo profundo de nuestra vida, entonces seremos capaces de venderlo todo por adquirir ese tesoro. Los discípulos, como nos narra el propio evangelio, cuando se encontraron de verdad con Jesús lo dejaron todo para seguirle. Aunque luego estuviesen muchas veces reticentes, con la tentación quizás de volverse atrás, pero se habían encontrado con Cristo y ya no podían dejarlo, aunque tuvieran que pasar por las noches oscuras de la pasión.

Cuando nos encontremos con la fe en nuestra vida, no significa que ya todo va a ser fácil a partir de ese momento; volverán las noches oscuras, volverán las dudas y los miedos, aparecerán de nuevo las tentaciones y los cantos de sirenas que nos querrán atraer de aquí y de allá, pero hemos encontrado el tesoro, nos sentimos fortalecidos en nuestra fe porque no nos faltará la fuerza del espíritu, seguiremos caminando queriendo estar con Jesús.

martes, 27 de julio de 2021

Acláranos, Señor, el sentido de la parábola; acláranos todas esas cosas que no entendemos; acláranos tu evangelio para poder sembrar esa semilla en nuestro corazón

 


Acláranos, Señor, el sentido de la parábola; acláranos todas esas cosas que no entendemos; acláranos tu evangelio para poder sembrar esa semilla en nuestro corazón

Éxodo 33, 7-11; 34, 5b-9. 28; Sal 102; Mateo 13, 36-43

Papá, eso no lo entiendo, ¿cómo es? explícamelo, le pide inocentemente y con confianza el hijo a su papá aquellas cosas que va descubriendo pero que no entiende. Esto no lo entiendo, ¿puede explicármelo un poco más? le pide el alumno a su profesor. Yo no entiendo eso, aclárate, te dice el amigo cuando ha sucedido algo que no entiende en sus relaciones, en su amistad, o en las cosas que suceden en el entorno en que se mueven. Es la pregunta que hacemos a quien consideramos persona de confianza y nuestro consejero, porque es cierto también que no todo se lo preguntamos a cualquiera. La curiosidad innata de las personas les hace buscar respuestas; queremos aprender, y si somos sinceros con nosotros mismos, cada día podemos aprender algo nuevo, porque todo no nos lo sabemos. Es de sabios – porque buscamos la sabiduría - ya el reconocerlo.

‘Acláranos la parábola de la cizaña en el campo’, se acercaron los discípulos a decirle a Jesús. En este capítulo trece del evangelio de san Mateo hemos escuchado, distribuidas en varios días, el relato de varias parábolas. Hoy cuando llegan a casa y ya están a solas los discípulos más cercanos con Jesús le hacen la pregunta. Aunque Jesús habla en parábolas, ese lenguaje sencillo para que todos entiendan, hay cosas que en ocasiones no terminan de entrarnos en la cabeza y necesitamos una explicación mayor. Es lo que le están pidiendo los discípulos a Jesús. Aquello de dejar que crecieran juntos la cizaña y el trigo, no lo acaban de entender. No hace muchos días ya le hemos ido comentando.

Hoy quería fijarme en esa actitud de los discípulos de ir con confianza a Jesús para que les explique lo que no entienden. Muchas veces nos sucede en el camino de nuestra vida cristiana, en el camino de la Iglesia en la cual vivimos, o en los mismos acontecimientos que suceden a nuestro alrededor que hay cosas que no entendemos. Y queremos respuestas.

Pero algunas veces nos cerramos obtusos en nuestras mentes y tenemos como miedo a abrirnos a algo nuevo que podríamos descubrir y que de alguna manera nos revuelve nuestros planteamientos o nos puede dar un buen revolcón a nuestra vida. en ocasiones tenemos la tentación de dejar las cosas como están, no complicarnos la vida, quedarnos con nuestras repetidas explicaciones, pues de alguna manera tenemos miedo al Espíritu del Señor que se meta dentro de nosotros y nos provoque nuevas cosas, nuevas posturas, nuevas actitudes, nuevas maneras de actuar.

Creo que los cristianos tenemos que arriesgarnos a dejarnos conducir por el Espíritu del Señor. Es la señal de la vida. Es la señal de la vitalidad de nuestro compromiso cristiano para saber también dar respuesta a nuestro tiempo. Cada día es un tiempo nuevo y necesitamos una renovación interior. Y los cristianos vivimos demasiado anquilosados y nos volvemos solamente conservadores de unas tradiciones.

Manteniendo firme nuestra fe en Jesús tenemos que hacer que el evangelio sea una nueva y buena noticia cada día para nuestra vida. Solo podemos descubrirlo dejándonos conducir por el Espíritu del Señor. Y es así como iremos dando respuesta, desde ese evangelio, desde esa riqueza de la novedad del evangelio, a los planteamientos que tiene hoy nuestra vida, nuestro mundo.

Por eso tenemos que crecer por dentro, echar raíces profundas en el evangelio para que podamos tener una verdadera espiritualidad. Si no buscamos esa profundidad nuestros tradicionalismos se pueden convertir en rutinas, pero también las cosas nuevas que pretendamos hacer se pueden quedar en novelerías superficiales. Dejándonos conducir por el Espíritu eso nunca será así. ¡Cuánto tenemos que orar! ¡Cuánto tenemos que coger el evangelio en nuestras manos para quedarnos en silencio delante del Señor, para dejar que El nos hable al corazón!

Acláranos, Señor, el sentido de la parábola; acláranos todas esas cosas que no entendemos; acláranos tu evangelio para que podamos sembrar de verdad esa semilla en nuestro corazón.

lunes, 26 de julio de 2021

Aprendamos a entender la buena nueva que se nos ofrece con palabras humildes y sencillas, garantía cierta del Reino de Dios que llega a nuestra vida

 


Aprendamos a entender la buena nueva que se nos ofrece con palabras humildes y sencillas, garantía cierta del Reino de Dios que llega a nuestra vida

Éxodo 32 15-24.30-34; Sal 105; Mateo 13, 31-35

‘Mucho ruido y pocas nueces’, es un refrán que viene a resumir de alguna manera la decepción que podemos llevarnos cuando esperamos algo grandioso, porque quizás así se nos ha anunciado, pero luego aparece algo muy simple y muy sencillo. Claro que entra aquí aquel concepto de que lo complicado es lo más sabio o lo de mayor riqueza; fácilmente desdeñamos las cosas sencillas, nos parecen de menor importancia y en consecuencia quizás no las tenemos en cuenta.

Algo de esto nos puede pasar en referencia al mensaje de Jesús, al anuncio del Reino de Dios que El nos hace, o a las esperanzas que anidaban en el corazón de los judíos sobre lo que iba a significar la presencia del Mesías. El centrar Jesús su mensaje en el anuncio del Reino de Dios, esta palabra reino podría llevarnos a pensar en un reino de poder a la manera de los reinos de este mundo que lo ejercen desde el dominio y desde las grandezas a lo humano; pensar en el reino podía llevar a pensar en todo un engranaje de poderes humanos, de suntuosidades y cosas grandiosas que casi parece que por si mismas nos aturden y nos apabullan.


Lo tremendo sería que nos quedaran aún esos resabios en la Iglesia que también quiera manifestarse desde la suntuosidad y el poder, emparejándose de alguna manera con los estilos del mundo que nos rodea. ¿No hemos llenado nuestros templos de demasiados cortinajes? ¿No hemos adornado nuestras imágenes con demasiadas coronas doradas y demasiados mantos de ricas telas? ¿No nos hemos rodeado en nuestra vestimenta de esas vanidades del mundo haciendo tantas distinciones en ornamentos o en los trajes de nuestros eclesiásticos?

Y Jesús nos dice hoy que el reino de Dios es algo tan sencillo como una semilla de mostaza o como un puñado de levadura. Algo muy normal y aparentemente insignificante que usamos en las cosas corrientes de nuestra vida como pueda ser el sazonar nuestros alimentos o hacer fermentar la masa del pan. Así de sencillo es el Reino de Dios, así de sencillo es vivir el sentido del Reino de Dios. Cuando aceptamos a Dios como el único Señor de nuestra vida todo se vuelve sencillo y todo entra en la normalidad de unas relaciones que tienen que ser verdaderamente humanas y en la que todos colaboramos con el calor de nuestro amor y del gozo de nuestro corazón.

¿Necesitamos manifestaciones de grandezas o signos de poder para amar de verdad a los que están a nuestro lado? Los amamos desde la sencillez de los gestos humanos que cada día nos tenemos los unos a los otros que es con lo que la vida va adquiriendo un nuevo sabor. Es ese pequeño puñado de levadura que metemos en la masa de nuestra humanidad para que en verdad seamos más hermanos y vivamos en mayor armonía y paz.

Nos decía Jesús que una pequeña e insignificante semilla de mostaza puede darnos una planta que en su frondosidad puede dar ocasión hasta para que los pajarillos hagan allí sus nidos. Ese pequeño gesto que tengas con el que está a tu lado, esa mirada amable o esa sonrisa llena de paz, esa mano tendida siempre abierta para ofrecer y para acoger, esa ternura con la que te sientes al lado del que sufre para servirle de apoyo en su momento de dolor, es la señal de que algo nuevo ha comenzado en nosotros, algo nos ha transformado por dentro, sin que necesitemos de suntuosidades ni de grandiosidades.

Aprendamos a entender la buena nueva que se nos ofrece también con palabras humildes y sencillas que son garantía cierta del Reino de Dios que llega a nuestra vida.

domingo, 25 de julio de 2021

La fiesta del Apóstol Santiago nos recuerda las profundas raíces cristianas de nuestra vida pero nos hace ahondar en esa fe para proclamarla con valentía, orgullo y alegría

 


La fiesta del Apóstol Santiago nos recuerda las profundas raíces cristianas de nuestra vida pero nos hace ahondar en esa fe para proclamarla con valentía, orgullo y alegría

Hechos 4, 33; 5, 12. 27-33; 12, 2; Sal 66; 2Corintios 4,7-15; Mateo 20, 20-28

Celebrar la fiesta del Apóstol Santiago es fruto de una hermosa tradición pero que ha de hacernos ahondar en las profundas raíces de nuestra fe para seguir proclamando el testimonio de la misma en el mundo en el que vivimos.

Es una antigua tradición arraigada en nuestros corazones con el paso de los siglos y que sitúa el sepulcro del apóstol en nuestra tierra, en Compostela. Pero una tradición que había situado anteriormente al apóstol predicando el evangelio de Jesús en nuestras tierras españolas con lo cual nuestra fe se hace verdaderamente apostólica en cuanto el mensaje del evangelio lo recibimos en nuestra tierra de la boca y testimonio de uno de los apóstoles.

Cortos fueron los años que trascurrieron desde el mandato de Jesús en su Ascensión al cielo de ir por el mundo anunciando el evangelio y el hecho de la muerte de Santiago, como hoy mismo nos ha relatado el texto de los Hechos de los Apóstoles. Pero fueron suficientes para que el apóstol llegara hasta lo que entonces era el Finisterre, el fin de la tierra conocida. No nos ha de extrañar cuando al apóstol Pablo también en pocos años le vemos recorrer repetidas veces el Mediterráneo de un lado para otro anunciando también el evangelio de Jesús.

Aunque la tradición nos habla de esa predicación y presencia del apóstol en nuestra tierra, nuestra fe es mucho más que una tradición que pretendemos salvaguardar. Justo es sin embargo que recordemos las raíces cristianas que tiene nuestra cultura y que manifiesta una razón y una manera de ser de los hombres y mujeres de nuestra tierra impregnada del sabor del evangelio y del sentido cristiano de nuestra vida.

No se llegaría tampoco a comprender plenamente nuestra historia y todas las manifestaciones de nuestra cultura y el patrimonio cultural de nuestra tierra sin ese sabor y sentido cristiano. Algunos pretenderán destruirlo o cambiarle su sentido, pero es algo que no podemos permitir y esos signos de nuestra fe han de permanecer como testimonio de la fe y de la vida de nuestros antepasados que en el evangelio encontraron el sentido de sus vidas.

Es lo que de nuevo tenemos que hacer reverdecer en nuestras vidas. Muchas veces se ha diluido o apagado el brillo y el color de nuestra fe influenciada por muchas cosas. Pero es algo que tenemos que restaurar con viveza para darle de nuevo a nuestras vidas el brillo de nuestra fe en Jesús. Por eso una celebración como la que en este día hacemos del Apóstol que predicó el evangelio en nuestras tierras tiene que ser un despertar esa fe que muchas veces parece dormida.

Que de nuevo nos impregnemos del brillo del evangelio dejándonos transformar por él. Que de ninguna manera nos acobardemos ante las corrientes adversas que nos podamos encontrar; que no se nos quede en unas bonitas tradiciones que hayan perdido su vitalidad porque además sabemos muy bien que hay muchos que quisieran tergiversar ese espíritu religioso de nuestras vidas y ese sentido cristiano que nos da el evangelio.

Como nos decía el Apóstol en la carta a los Corintios que hemos escuchado, ‘atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados, llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo’.

Es como tenemos que sentirnos firmes y valientes en nuestra fe. Nada nos puede acobardar; ni aplastados, ni desesperados, ni abandonados sino siempre gozosos por el gran tesoro que portamos. Es un tesoro que no tiene precio; cuando hemos encontrado la fe en nuestra vida todo se transforma, todo se hace distinto, todo se llena de luz. Sabemos, como nos decía el apóstol, que somos como vasijas de barro, por nuestra debilidad, pero la fortaleza la tenemos en el Señor.

Esa cruz tan presente en los caminos de España, tan presente en ese camino de Santiago que conduce a la tumba del Apóstol, no es un adorno más o menos artístico, sino que nos está recordando donde tenemos la fortaleza de nuestra fe. La cruz no es signo de derrota sino de victoria. Nuestro camino se hace muchas veces calvario, pero nuestro camino es un camino de felicidad porque es un camino de amor.

Es lo que le recordó Jesús a Santiago y Juan cuando le estaban pidiendo primeros puestos en su reino. ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’ Los apóstoles estaban decididos aunque en principio por sus ambiciones no fueran capaces de captar todo su sentido. Pero Jesús les recuerda que su grandeza está en el amor, en el servicio que nunca será una esclavitud, sino que siempre será una ofrenda de amor. Y el amor siempre llena de alegría el corazón; por eso decíamos  que es un camino de felicidad el que nos propone Jesús.

Es el gozo y el orgullo más hermoso con el que hemos de vivir y proclamar nuestra fe. Ahondemos, pues, en las raíces de nuestra fe y que nuestro valiente testimonio esté lleno de alegría.

 

sábado, 24 de julio de 2021

No temamos los vientos en contra o la mala semilla sembrada también en nuestro entorno, hagamos que se avive el fuego del Espíritu para mantenernos íntegros en fidelidad

 


No temamos los vientos en contra o la mala semilla sembrada también en nuestro entorno, hagamos que se avive el fuego del Espíritu para mantenernos íntegros en fidelidad

Éxodo 24,3-8; Sal 49; Mateo 13, 24-30

Cuántas veces no habremos sentido brotar la ira dentro de nosotros ante una injusticia que contemplamos que están haciendo con alguien y en nuestro furor si estuviera de nuestra mano quitaríamos de en medio a esas personas con esos comportamientos. Algunas veces sentimos la tentación de querer erradicar el mal que contemplamos en nuestro entorno, de arreglar lo que vemos mal que sucede en nuestro mundo desde esa violencia que nos brota en nosotros y que hasta en el fondo sentimos que es justa y con lo que aniquilaríamos ese mal de nuestro mundo, pensando que así lo arreglamos. En nuestra ira ciega algunas veces queremos incluso involucrar la justicia divina pidiendo castigos para esos malvados.

Creo que nos damos cuenta que entrando en esa espiral violenta no vamos a dar solución a los problemas, que otros tendrían que ser nuestros métodos, y que el mal que queremos erradicar con violencia engendra más violencia conviviéndose al final en una espiral que no tiene fin. Otros son los caminos de Dios, nos viene a decir el evangelio, y algunas veces por muchas actitudes que mantenemos en ese sentido parece que no llegamos a entenderlo. Hay un fuego que se enciende dentro de nosotros que es difícil de contener y de apagar, pero ojalá ese brío interior fuera para lo bueno y para seguir unos caminos de paz en la vida.

Creo que en este sentido nos habla hoy la parábola que nos propone Jesús. El hombre que siembra buena simiente en su campo, pero que pronto verá cómo surge en medio la mala cizaña que un enemigo suyo también dispersó en su campo. Allá van los obreros que trabajaban para aquel hombre con buena voluntad ofreciéndose para ir arrancando planta a planta aquella mala semilla que ha brotado en su campo. Pero la sabiduría, el buen saber hacer de aquel hombre no lo permite; dejen que crezcan juntas que a la hora de la siega haremos la separación de frutos, les dice. Parece algo impensable, ¿cómo dejar crecer a unos y otros juntos? Qué mala influencia pueden recibir los unos de los otros, pensamos quizá también nosotros.

Siempre recuerdo el comentario de un agricultor en una zona donde a partir de la primavera y principios de verano solían azotar fuertes vientos. Cultivaban maíz en aquellos terrenos y me parecía a mi, ignorante de las cosas como allí sucedían, que eran muy dañino para la cosecha aquellos vientos; pero en aquella sabiduría popular me respondían que el maíz que crecía con viento se hacía fuerte en el tallo desde su nacimiento y mientras crecía; que si un año parecía bueno porque no había aparecido el viento, al final cuando apareciese sería mucho más dañino porque se encontraría una planta débil que sería fácilmente arrasada.

Me hizo recordar el mensaje de esta parábola, de la realidad de nuestro mundo donde crecemos juntos los malos y los buenos; precisamente en esa adversidad de encontrarnos quizás rodeados del mal nos hace que en nuestra búsqueda de fidelidad, en nuestros deseos del bien actuar y con justicia nos fortalecemos frente a ese mal que nos rodea y al final puede resplandecer mejor nuestra fidelidad y nuestra integridad.

Nos costará, pero la adversidad nos hace fuertes; han sido los momentos de la Iglesia en que se ha visto más azotada por un mundo adverso o por persecuciones cuando más fuerte ha aparecido la vitalidad de la Iglesia; siempre hemos escuchado aquello de que la sangre de los mártires es semilla de cristianos.

Pero cuando nos hemos acostumbrado a una cristiandad cómoda que se nos han facilitado mucho las cosas quizás desde los mismos poderes de este mundo, hemos podido caer más fácilmente en la manipulación, pero también decae la vitalidad y la energía de los cristianos. Los tiempos de tibieza son las mejores pendientes para ir resbalando hacia la mediocridad que terminará en un fuerte enfriamiento espiritual. Cuando nos acomodamos caemos en la rutina y podemos hasta perder el verdadero sentido de nuestro ser.

No temamos a la dificultad, a los vientos en contra, a la mala semilla que podamos ver sembrada también en nuestro entorno; que eso nos despierte y avive en nosotros el fuego del Espíritu para mantenernos íntegros y fieles hasta el final. Así resplandecerá el nombre cristiano y así construiremos mejor el Reino de Dios.

viernes, 23 de julio de 2021

Ojalá el Espíritu del Señor nos despierte para que cultivemos el campo de nuestra viña con todo esmero, y nunca olvidemos la necesaria unión de los sarmientos con la vid

 


Ojalá el Espíritu del Señor nos despierte para que cultivemos el campo de nuestra viña con todo esmero, y nunca olvidemos la necesaria unión de los sarmientos con la vid

Gálatas 2, 19-20; Sal 33; Juan 15, 1-8

Confieso que para mí es un placer pasear en esta época por los campos que rodean la zona en la que vivo. Una zona agrícola predominantemente dedicada al cultivo de la viña que en esta época está en plena actividad. Podía decir que de alguna manera he seguido todo el ciclo de su cultivo desde la poda, el surgir llenos de vitalidad sus brotes y su crecimiento mientras se han ido formando los racimos prometedores ya de rica cosecha. Pero ahí he visto el cuidado de su cultivo, en este caso en régimen muy familiar y no de grandes producciones, con ese cuidado lleno de delicadeza y de constancia de los que la trabajan y siempre con la esperanza de poder obtener un día excelentes caldos que alegren el corazón del hombre. No en vano en la Escritura ha quedado escrito aquello de que el vino alegra el corazón del hombre.

Por eso cuando escucho un pasaje del evangelio como el que hoy se nos ofrece, para mí es un gozo el saborear esa Palabra del Señor tan rica en imágenes que plásticamente tengo ante mis ojos, pero que son de rica enseñanza para el camino de nuestra vida cristiana. Nos habla Jesús del sarmiento necesariamente unido a la cepa, a la vid, para que pueda dar fruto; nos habla de su Padre, el viñador que cuida de esa viña y que la poda en su momento para obtener las mejores plantas que nos puedan dar los mejores frutos.


Y necesariamente podemos recordar el recorrido de nuestra vida a la que también se nos pide unos frutos pero donde se nos exige que en verdad estemos unidos a la vid, estemos unidos a la vida porque hemos de estar bien enraizados en Cristo. Pero también en ese recorrido de la vida recordamos momentos duros por lo que hayamos podido pasar donde hemos tenido que arrancarnos de muchos sarmientos inútiles y dañinos que nos han crecido en la vida cuando no hemos sabido podar a tiempo, cuando no hemos sabido corregirnos en su momento para poder realizar ese crecimiento espiritual que en nuestra vida cristiana se nos exige.

Algunas veces esos momentos duros por los que hayamos pasado como que no queremos recordarlos, pero creo que bien presentes hemos de tenerlos porque son lecciones que hemos ido aprendiendo en la vida y que siempre hemos de tener en cuenta. Esa poda espiritual, esa purificación interior será algo que siempre tiene que estar presente en nuestra vida porque será la forma en que de verdad crezcamos como personas y como cristianos.

Recordar también, ¿por qué no? esos momentos de vacío espiritual por los que hemos pasado, en nuestra vida siempre hay debilidades, muchas veces no hemos sabido estar verdaderamente enraizados en Cristo y aunque queríamos ser buenos, queríamos trabajar quizá también mucho por los demás, confiamos demasiado en nosotros mismos, nos llenamos de autosuficiencia, abandonamos nuestra vida espiritual y como consecuencia nos habrán podido venir momentos de decaimiento espiritual o momentos en que realmente nos hemos enfriado. Cuando abandonamos el cultivo de la viña se nos van al garete nuestras cosechas y no podremos obtener los frutos que desearíamos de nuestros trabajos; así en nuestra vida espiritual.

Nos habrán podido suceder cosas que han sido como un toque de atención en la vida para que caigamos en la cuenta de donde estábamos pero también de donde tendríamos que estar, y pueden ser punto de arranque de una renovación de nuestra vida espiritual. Son los tiempos de la poda por los que todos en algún momento hemos tenido que pasar, esperando que ahora podamos de verdad llegar a dar buenos frutos.

Ojalá el Espíritu del Señor nos despierte para que cultivemos el campo de nuestra viña, de nuestra vida con todo esmero, y no olvidemos nunca la necesaria unión de los sarmientos con la vid, de nuestra vida en la vida de Cristo Jesús.

jueves, 22 de julio de 2021

Todo el que ama y ama de verdad siente el ardor y el deseo en el corazón de estar con la persona amada y de la que se siente amada

 


Todo el que ama y ama de verdad siente el ardor y el deseo en el corazón de estar con la persona amada y de la que se siente amada

Cantar de los Cantares 3, 1-4b; Sal 62; Juan 20, 1-2. 11-18

Todo el que ama y ama de verdad siente el ardor y el deseo en el corazón de estar con la persona amada y de la que se siente amada. No queremos perder a aquel a quien amamos, lo buscamos, deseamos gozarnos de su presencia, sentir el calor de la cercanía del amor.

Y hablamos del amor en todas sus manifestaciones, serán los enamorados que se buscan, los amigos que quieren estar juntos y expresarse en confianza, el amor de los padres o de los hijos que damos lo que sea  por estar con los seres queridos y bien que notamos su ausencia, o es el amor que todos hemos de tenernos donde buscamos la buena convivencia y la armonía para sentirnos felices en medio de nuestro mundo aunque muchas puedan ser las dificultades que por otro lado siempre nos pueden aparecer.

Hoy celebramos a una enamorada, María Magdalena; enamorada con el amor más puro por Jesús cuando quizás antes en su vida pecadora no había sabido comprender lo que era el amor verdadero. Como dice el evangelista Marcos de ella el Señor había expulsado muchos demonios. Justo es que la veamos siempre en la cercanía Jesús con aquellas buenas mujeres que lo acompañaban junto con los discípulos por todos los caminos de Palestina. Valiente la veremos llegar hasta el pie de la cruz, pues allí el evangelista señala su presencia. No había pasión ni muerte que pudiera separarla de Jesús.

Por eso la veremos en aquella mañana del primer día de la semana, cuando pasado el sábado ya podían caminar libremente por la ciudad de Jerusalén que junto con otras mujeres acude al sepulcro para embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús. Pero allí no está el cuerpo muerto de Cristo y mientras las otras mujeres marchan a avisar a los discípulos, ella permanece allí llorosa al pie de la tumba queriendo averiguar qué es lo que ha pasado, donde está el cuerpo de Jesús.

No le convencen las palabras de los ángeles dentro del sepulcro y cuando aparece alguien que ella cree que es el encargado del huerto pronto surge el diálogo y la pregunta. ‘¿Por qué lloras?... Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto... Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré…’ El ardiente amor de su corazón y sus copiosas lágrimas le nublan la visión para reconocer a aquel con quien está hablado; cree ella que es el hortelano.

Pero surge la palabra que le llegará al alma y despertará todos sus sentidos para reconocer la voz, para reconocer al Maestro. ‘¡María!’ Fue suficiente para que se tirara a sus pies en el deseo de abrazarle y de no dejar que se pudiera marchar. ‘¡Raboni! ¡Maestro!’, es el grito de amor de María Magdalena. Ya luego correrá a decir a los apóstoles que ha visto al Señor.

Es la fuerza del amor. La fuerza del amor que también nos hará buscar Jesús porque queremos estar con El. Es el amor de nuestra vida. Es el que da sentido a todo nuestro ser y a toda nuestra vida. Es lo que hemos de desear, estar para siempre con Jesús después de que nos hayamos encontrado con El. Es la manera en que tenemos que caldear nuestro corazón. Es la búsqueda continua de nuestra vida y nuestro deseo más profundo. Estar con Jesús para dejarnos inundar de su amor.

miércoles, 21 de julio de 2021

Jesús nos quiere hacer pensar para que a pesar de lo compleja que es la vida sepamos labrar bien el campo de la vida para que la buena semilla llegue a dar fruto

 


Jesús nos quiere hacer pensar para que a pesar de lo compleja que es la vida sepamos labrar bien el campo de la vida para que la buena semilla llegue a dar fruto

Éxodo 16, 1-5. 9-15: Sal 77; Mateo 13, 1-9

Reconocemos que la vida es bien compleja. No todo es un camino o un jardín de rosas, y es que, aunque lo fuera, las rosas también tienen espinas. Es mucho lo que encierra el vivir, porque por una parte vivimos en convivencia con los demás, lo que ya de por sí significará una diversidad grande, porque no todos somos iguales, no todos pensamos ni queremos lo mismo; son muchas las cosas que nos van afectando continuamente en el camino de la vida, nos van influyendo, pueden ir marcando nuestros pasos, pueden incluso ser obstáculo para que alcancemos aquellas metas que nos hemos propuesto no solo a nivel individual sino también en lo que vivimos en comunión con los demás. Y ahí está saber descubrir la verdadera sabiduría de la vida, aquello que nos da sentido a lo que hacemos y vivimos y por lo que luchamos.

Jesús cuando nos habla del Reino de Dios nos habla en parábolas, comparaciones que va tomando de la vida misma, de lo que son las costumbres o de lo que contempla alrededor en el día a día. Hoy nos habla de una semilla y de un campo que es bien diverso; como la vida misma. Salió el sembrador a sembrar y no es que se haya vuelto loco para irse a lanzar la semilla por lugares inverosímiles, sino que ha caminado en medio del campo que tiene delante. Un campo con su diversidad, sus yerbas y abrojos, sus lugares que han sido más pisoteados por los que antes han cruzado por el mismo, las orillas siempre más escarpadas y propensas a matorrales, o lugares que en anteriores cosechas quizás fueron más cuidados. Y la semilla se va repartiendo por todo aquel campo. Así será diverso luego el fruto.

Jesús cuando propone las parábolas quiere hacer pensar a la gente; es la forma de tratar de leer el mensaje para no quedarnos solo en lo superficial; es la forma de que lleguemos a unas conclusiones para la propia vida de cada uno. Porque nos damos cuenta de que nuestra vida es compleja así, como se describe a aquel campo.

No siempre es un buen campo de cultivo, porque muchas veces lo hemos convertido en un campo de batalla; no todo es fácil para realizar porque tenemos nuestras pasiones interiores y tenemos también las múltiples influencias que recibimos de los demás, o de la sociedad en la que vivimos que es tan compleja por otra parte. Muchas cosas se nos vuelven cuesta arriba, porque aunque lo veamos claro, sin embargo las dificultades que se nos presentan muchas veces son grandes.

No andamos buscando culpabilidades, estamos tratando de reflexionar pero ver lo que somos o lo que tendríamos que ser, el camino que estamos haciendo o los caminos que tendríamos que tomar. No es fácil, como decíamos, porque son muchas las cosas que están incidiendo en nuestra vida y aunque quisiéramos y nos diéramos cuenta del valor de la semilla que se nos planta, muchas veces no sabemos cómo hacer. Por eso tenemos que detenernos a pensar con cuidado, a hacer una honda reflexión, a hacer una análisis de nuestra vida, pero también a buscar donde en verdad podemos encontrar ayuda para labrar bien ese campo de nuestra vida.

Por eso termina diciéndonos hoy Jesús ‘el que tenga oídos que oiga’. ¿Tendremos oídos para escuchar o nos habrán entrado sorderas? No hay peor sordo que el que no quiere escuchar.

martes, 20 de julio de 2021

Seremos en verdad la familia de Jesús cuando hacemos como María plantando la palabra de Dios en nuestro corazón

 


Seremos en verdad la familia de Jesús cuando hacemos como María plantando la palabra de Dios en nuestro corazón

Éxodo 14, 21 — 15, 1; Sal.: Ex 15,8-9.10.12.17; Mateo 12,46-50

‘Aquí está la esclava del Señor’, había dicho un día María allá en Nazaret. ‘Hágase en mí según tu palabra’. Y había plantado la Palabra del Señor en su corazón. No había otra razón de ser para su vida. Ese era todo el sentido de su existencia. Obediencia de la fe, obediente siempre a la Palabra del Señor.

Lo que acabamos de oír hoy en el evangelio no es una minusvaloración de María hecha por su propio hijo Jesús. Todo lo contrario. El también obediente al Padre su alimento era hacer la voluntad del Padre del cielo. ‘Aquí estoy para hacer su voluntad’ había proclamado Cristo a su entrada en el mundo.

Un día María lo había visto partir de Nazaret. Se ponía en camino. En los datos casi cronológicos de algunos evangelistas parecía que su marcha de Nazaret había sido para ir también a escuchar al Bautista en las orillas del Jordán. Pero allí había de ser señalado desde el cielo como el Hijo amado y predilecto del Padre a quien habíamos de escuchar. Era la Palabra que se había encarnado y plantado su tienda en medio de nosotros; era la Palabra que había de resonar bien fuerte por los caminos y aldeas de Galilea y por toda Palestina. Era el camino que había emprendido desde su salida de Nazaret.

Aunque había vuelto por Nazaret donde no habían querido escucharle y poner su fe en El, ahora es María con sus hermanos la que viene hasta Jesús. Le avisan. ‘Ahí están tu madre y tus hermanos’, pero El quería resaltar muy bien quien era su madre y quienes serían para siempre sus hermanos. Los que escuchan la Palabra de Dios y la plantan en su corazón. Como había hecho María como ya lo proclamara ella en Nazaret.

Esos son mi madre y mis hermanos. Esa es mi madre, la que escucha la Palabra y la planta en su corazón. Es lo que nos está queriendo decir Jesús. Es el camino que está abriendo también delante de nosotros. Cómo tenemos que acoger la Palabra de Dios. Y nos hablará de la semilla sembrado en toda tierra, y nos hablará de la semilla de la que se espera que dé fruto al ciento por uno, y nos hablará de la semilla que se enraíza en nuestro corazón y comienza a germinar en nueva vida, sin que sepamos cómo, y nos hablará de ese misterio de Dios que es su Palabra produciendo fruto en nuestro corazón.

María está siendo para nosotros un modelo de esa acogida de la Palabra de Dios. Palabra de Dios que la abre al misterio de Dios. Cuántas maravillas se realizan en su corazón desde su acogida de la Palabra de Dios. El Espíritu del Señor, que la fecundó con su sombra está realizando obras maravillosas en ella, que se siente la pequeña, la esclava del Señor. Cómo lo canta María en el Magnificat. ‘El Señor hizo en mí obras grandes’. ‘El Señor que derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes’, a María la ha levantado, la ha exaltado porque ella es la Madre del Señor. ‘¿De donde a mí que venga a visitarme la madre de mi Señor?’ proclamará también Isabel reconociendo las maravillas de Dios.

Es la Palabra de Dios que la pone siempre en camino. Irá presurosa a la montaña para servir a su prima Isabel de la que ha tenido conocimiento de que va a ser madre y necesitará alguna ayuda. Pero es la María que estará siempre con los ojos abiertos para detectar una necesidad pero también para provocar el milagro que transformará el agua en vino cuando somos capaces de hacer lo que El nos diga.

Pero es también la María que estará en el corazón de la Iglesia, como estuvo allí en cenáculo acompañando a aquella comunidad que estaba naciendo, ayudando a que aquellos discípulos abrieran también su corazón a Dios y se dejaran transformar por el Espíritu. ¿Queremos ser en verdad la comunidad de Jesús, la familia de Jesús? Hagamos como María, dejémonos fecundar por la Palabra de Dios y nuestros corazones se transformarán, y nos llenaremos de amor, y seremos capaces de estar siempre en camino como María para llevar a Dios a los demás.

lunes, 19 de julio de 2021

Tiene que haber en nuestro corazón una apertura al misterio, ser capaces de entrar en otra sintonía espiritual y abrirnos a algo distinto que nos trasciende de nuestra vida

 


Tiene que haber en nuestro corazón una apertura al misterio, ser capaces de entrar en otra sintonía espiritual y abrirnos a algo distinto que nos trasciende de nuestra vida

Éxodo 14,5-18; Sal: Ex 15,1-2.3-4.5-6; Mateo 12,38-42

Cuando nos obstinamos en nuestras ideas, por muchas pruebas o razonamientos que nos hagan, si no queremos verlo, nunca lo llegaremos a ver; y decimos que somos razonables, que lo que queremos son pruebas, todo lo queremos pasar por el tamiz de nuestros razonamientos, pero hay algo que se nos pone delante de los ojos como una sombra y no hay manera de que veamos claro. Queremos pruebas, todo lo queremos pasar por lo que decimos nuestras lógicas humanas.

Pero hay cosas que nos trascienden, que van más allá de esas lógicas y de esos razonamientos, porque son cosas que tenemos que ser capaces de sentir en nosotros. Cuando andamos en esos caminos de la fe andamos muchas veces como en una lucha entre nuestros razonamientos, nuestras visiones, y algo que es mucho más hondo y que de alguna manera se convierte en inexplicable, pero que podemos llegar a vivir.

Tiene que haber en nuestro corazón una apertura al misterio, tenemos que ser capaces de entrar en otra sintonía espiritual, tenemos que abrirnos a algo distinto y que nos trasciende de nuestra vida, tenemos que ser capaces de palpar algo que no lo podemos hacer con las manos, pero que si lo podemos hacer cuando le damos posibilidades a la fe. Por eso decimos que entramos en una sintonía espiritual, por eso hablamos de un don sobrenatural que nos viene concedido de lo alto, por eso llegamos a apreciar otros sabores y otras sabidurías que le llegan a dar a nuestro espíritu un toque distinto. Algo que muchas veces no tenemos palabras para expresar ni para explicar, pero algo que nos eleva por dentro y nos hace aspirar a cosas más altas y más elevadas por decirlo de alguna manera.

Aquellos mismos que habían visto cómo Jesús liberaba al hombre poseído por el espíritu del mal y que comienzan a atribuírselo a Jesús a otras fuerzas malignas, ahora le piden signos para creer. Han tenido el signo ante los ojos y los han cerrado para no querer creer en el signo, pero que es lo que ahora piden. Y Jesús les dice que no se les dará signos a la manera que ellos piden.

Y les habla de Jonás aquel profeta que un día desoyó la voz de Dios que le llamaba a una misión y más quiso irse en dirección contraria. Sería engullido por el cetáceo del mar pero había sido devuelto vivo y sano para que cumpliera su misión; y aquellos a los que invitó a la conversión, cambiaron sus vidas para escuchar la voz del profeta. Y les dice Jesús que los ninivitas que creyeron la palabra de Jonás un día se levantarán con aquella generación que ni quisieron creer a quien era mucho más que un simple profeta.

Y les habla de la Reina del Sur que vino de tierras lejanas para disfrutar de la sabiduría de Salomón, pero ahora hay alguien que tiene una sabiduría mayor que la de Salomón y la generación contemporánea no lo escucha.

¿No serán signos para nosotros para que en verdad descubramos la obra salvadora de Jesús y la sabiduría de sus palabras? Cerramos nuestros ojos a las obras de Dios, cerramos nuestros oídos y nuestro corazón a la sabiduría del Evangelio de Jesús. ¿Hay algo mayor o mejor que el evangelio que nos lleve a una mayor plenitud de vida y por caminos de mayor felicidad?

Algunas veces tenemos a nuestro alcance las mejores comidas con los mejores sabores, pero nos hemos acostumbrado de tal manera que ya no sabemos apreciar eso tan rico y sabroso que se nos ofrece. Nos puede pasar con el evangelio de Jesús que de tal forma nos acostumbremos que hayamos perdido el sabor de su sabiduría.

domingo, 18 de julio de 2021

Sepamos descubrir en las travesías de la vida que el Señor va con nosotros y sentémonos junto a El para escucharle, para que las olas de su ternura bañen nuestros pies

 


Sepamos descubrir en las travesías de la vida que el Señor va con nosotros y sentémonos junto a El para escucharle, para que las olas de su ternura bañen nuestros pies

Jeremías 23, 1-6; Sal. 22; Efesios 2, 13-18; Marcos 6, 30-34

Los apóstoles se fueron de crucero con Jesús. Así lo diríamos hoy. Una travesía en barca por las tranquilas aguas del mar de Galilea ciertamente es algo placentero y son buenos momentos de relax y de descanso. Y era lo que realmente buscaba Jesús con los discípulos. Habían regresado de la misión que les había encomendado, contaban sus experiencias, pero era tanta la gente que acudía para estar con Jesús que, como dice el evangelista, no tenían tiempo ni para comer. Y Jesús quiere llevárselo a un lugar apartado para descansar un poco. Ya la misma travesía se convertía en momentos de descanso. Iban ellos solos con Jesús y oportunidad tenían para contar sus experiencias, momento era propicio para descansar estando con el Señor.

He tenido la suerte de hacer esa travesía del lago de Tiberíades y confieso que es algo maravilloso y hasta puede ser una experiencia espiritual que cala hondo en el alma. Ya sea atravesando el lago en barca o simplemente estando sentado a su orilla escuchando el suave murmullo de las olas es una rica experiencia si uno en verdad quiere sentir y escuchar las palabras de Jesús pronunciadas en ese mismo lago, o gozarnos espiritualmente de la presencia del Señor que allí puede uno sentir.

Vemos, sin embargo, que cuando llegan al lugar escogido para ‘acampar’, digámoslo así, la gente de las aldeas y pueblos vecinos se les habían adelantado y allí estaba una muchedumbre ansiosa también de estar con Jesús y escucharle. Sintió lástima de ellos, dice el evangelista, porque estaban como ovejas sin pastor. Y se puso a enseñarles con calma. Casi podemos escuchar sus palabras aunque ahora el evangelista no nos detalle lo que les estaba enseñando.

Con lo que hemos venido diciendo hasta ahora en torno a este episodio que nos ofrece  hoy el evangelio creo que podemos sentir una llamada en nuestro corazón, una invitación de Jesús para irnos a estar con El. Lo necesitamos. Vivimos demasiado ajetreados en la vida con nuestras locas carreras; decimos que tenemos tanto que hacer que no sabemos detenernos para encontrarnos al menos con nosotros mismos; ni nos encontramos con nosotros mismos, ni sabemos encontrarnos con los demás, y cuanto menos algunas veces nos sucede no sabemos encontrarnos con Dios.

Necesitamos ese lugar apartado, esa travesía del lago, ese momento de silencio dejando quizá que las olas de la playa mojen nuestros pies. Necesitamos saber detenernos y apagar nuestras músicas, silenciar nuestros oídos a tantos gritos y locuras que nos envuelven. Si no hacemos silencio ni a nosotros mismos nos escucharemos. Y tenemos que saber sacar a flote tantas cosas que llevamos revueltas en el corazón, necesitamos escucharnos esos interrogantes que nos surgen tantas veces dentro de nosotros mismos pero que o los acallamos o decimos que lo dejamos para luego, pero no nos enfrentamos a la verdad de nuestra vida.

Necesitamos ese silencio en nosotros para escuchar ese susurro de Dios en la suave brisa que nos envuelve, como le sucedió al profeta allá en lo alto de la montaña cuando huía de sus problemas y de sus angustias, pero vino a encontrarse con Dios para luego ponerse en camino de nuevo para su misión. No podemos ir a la misión, a eso que Dios nos tiene encomendado para el camino de nuestra vida y nuestro encuentro con los demás, si antes no hemos escuchado bien en lo hondo de nosotros mismos ese susurro de Dios que pondrá en orden tantas cosas dentro de nuestro corazón.

Sepamos encontrar ese momento. Quizás nos preocupamos mucho de nuestro descanso físico para recuperar las fuerzas de nuestro cuerpo y andamos ansiosos por encontrar unos fines de semana o unos tiempos de vacaciones para dejar a un lado nuestros trabajos, pero quizá no nos preocupamos tanto de ese descanso y de esa renovación de nuestro espíritu.

Hemos de saber encontrar la verdadera alegría de nuestra vida en esa paz para nuestro espíritu. Son las baterías del alma las que tenemos que saber también recargar y eso tenemos que hacerlo en el Señor. Pongamos espiritualidad profunda en nuestra vida, vayamos a estar con el Señor, sepamos descubrir en esas travesías de nuestra vida que el Señor va con nosotros y sentémonos a sus pies para escucharle, para empaparnos de sus palabras y de su vida, dejemos que las olas de su ternura bañen nuestros pies y nos hagan sentir paz en el alma.

Vayámonos de crucero con Jesús.