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sábado, 1 de octubre de 2016

Alegría que sentimos en nuestra fe, porque con sencillez y humildad vamos al encuentro del Señor y así abrimos nuestro corazón a Dios

Alegría que sentimos en nuestra fe, porque con sencillez y humildad vamos al encuentro del Señor y así abrimos nuestro corazón a Dios

Job 42,1-3.5-6.12-16; Sal 118;  Lucas 10, 17,24:

¿Mostraremos en verdad los cristianos con nuestro semblante que somos portadores de la alegría más honda y gozosa que un ser humano pueda disfrutar? Y cuando digo semblante, sí, me estoy refiriendo al semblante de nuestro rostro, pero es que el semblante de nuestro rostro no es solo la luz de una sonrisa sino que se va a expresar también en actitudes, en posturas, en maneras de acercarme a los demás, en la forma cómo afronto los problemas de la vida, etc.… Algunas veces los rostros de los cristianos no es eso lo que manifiestan, porque incluso en medio de celebraciones más hermosas pareciera que van llenos de amargura.
Y es que, como decíamos, tenemos todos los mejores motivos para ser las personas más alegres del mundo. Simplemente el hecho de sentirse amado de Dios tenía que hacer que estuviéramos dando saltos de alegría continuamente por donde vayamos. Aquellos saltos que daba la criatura en el seno de Isabel con la visita de María, que en el fondo era la visita de Dios en la presencia de María tendrían que ser los saltos de alegría que viviéramos continuamente los cristianos.
Ya es hora que desterremos esos rostros afligidos que parecen que esas personas fueran portadoras de corazones sin esperanza en tantos que incluso se dicen muy religiosos que parecieran que fueran repartiendo sequedad y amargura allá por donde van. Son cosas incompatibles con nuestra fe, una verdadera religiosidad y una profunda espiritualidad cristiana.
El evangelio que hoy nos ofrece la liturgia es toda una invitación a la alegría. Alegría vemos en los apóstoles que regresan de su misión contentos porque habían podido realizar aquellas mismas señales y signos del Reino que Jesús realizaba mientras hacían el anuncio de la Buena Nueva. Alegría a la que les invita a Jesús sobre todo porque sus nombres van a estar inscritos en el cielo. ‘Estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo’, les dice Jesús.
Pero es la alegría del Espíritu que siente Jesús y por lo que da gracias al Padre. Está contemplando Jesús, y un signo está también en lo que cuentan los apóstoles a la vuelta del cumplimiento de su misión, como la Buena Nueva de la Salvación, todos los misterios de Dios se revelan a los pequeños y a los sencillos, a los que son humildes de corazón, y saben ponerse en las manos de Dios. ¿Será la alegría que nosotros sentimos en nuestra fe, porque con sencillez y humildad vamos al encuentro con el Señor y así abrimos nuestro corazón a Dios?
Finalmente Jesús llama dichosos a sus discípulos por lo que pueden ver y contemplar, por todo ese misterio de Dios que se revela y del que ellos pueden dar testimonio. ‘¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron’. Tienen la dicha de estar con Jesús, escucharle, palparle por así decirle, estar a su lado, ser testigo de sus signos de amor. ‘¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis!’, les dice. Motivo de alegría, de dicha, de felicidad. Son testigos del amor de Dios que se manifiesta en Jesús.
Pero nosotros somos testigos también, por la fe seremos capaces de ver lo que quizá nuestros ojos de la cara no pueden contemplar, pero sí podemos sentir allá en lo hondo del corazón esa cercanía y ese amor de Dios; con las obras de nuestro amor nosotros también nos convertimos en testigos, pero además haremos posible que otros puedan llegar a conocer y contemplar a Dios. Es lo que hemos de expresar con las obras de nuestra vida, con la alegría de nuestra fe.


viernes, 30 de septiembre de 2016

La queja de Jesús ante la respuesta de aquellas ciudades de Galilea que no daban respuesta es también una interpelación a la respuesta de nuestra vida

La queja de Jesús ante la respuesta de aquellas ciudades de Galilea que no daban respuesta es también una interpelación a la respuesta de nuestra vida

Job 38,1.12-21; 40,3-5; Sal 138; Lucas 10,13-16

‘¡Ay de ti, Corozaín; ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidas de sayal y sentadas en la ceniza’. Siempre me ha parecido un texto bastante inquietante, esta queja de Jesús contra aquellas ciudades donde tantos signos había realizado para que se convirtieran al Señor – a continuación menciona también a Cafarnaún -, y ha sido fuertemente interpelante para mi vida. Creo que es una lectura que hemos de hacer de este texto en clave de lo que el Señor ha hecho y sigue haciendo en mi vida y la respuesta que doy a tanto amor del Señor.
La predicación de Jesús anunciando el Reino con palabras y signos se había extendido principalmente por toda la región de Galilea; había establecido como su centro Cafarnaún y probablemente en la casa de Simón Pedro; cercanas estaban Betsaida, la patria de Simón y de Andrés y de alguno de los otros discípulos, y también Corozaín; muchos milagros había realizado en su entorno curando a los enfermos, dando vista a los ciegos, haciendo caminar a los cojos; en las cercanías, en las orillas del lago había realizado el milagro de la multiplicación de los panes, y por allí estaba aquella montaña con su llanura a sus pies donde había desgranado el sermón de las Bienaventuranzas con todo lo que era el ideal de vida a vivir en el Reino nuevo de Dios que anunciaba. Pero también se había encontrado con la indiferencia de muchos que no daban los pasos necesarios de conversión que eran necesarios. De alguna manera Jesús se siente dolido; igual que en Nazaret, su pueblo, donde no había realizado milagros porque no le habían aceptado.
Pero como decíamos ya desde el principio este mensaje del evangelio hemos de escucharlo en clave de nuestra vida. También hemos de saber reconocer cuantas maravillas ha hecho el Señor en nosotros. Cada uno de nosotros tiene su historia, una historia que está llena de momentos enriquecidos con el amor del Señor. También nosotros hemos escuchado una y otra vez el mensaje de las bienaventuranzas, el anuncio del Reino y todo lo que es la Buena Nueva de Jesús; testigos somos, aunque nos cueste reconocerlo, de esa presencia de Dios en nuestra vida que nos ha liberado tantas veces de tantos males en nosotros.
A esto tendríamos que añadir los sacramentos que hemos celebrado y recibido. ¿Cuántas veces nos hemos confesado en la vida derramándose el amor y la misericordia del Señor sobre nosotros? ¿En cuántas Eucaristías hemos participado y recibido la comunión sacramental? Y ¿cuál es nuestra respuesta? ¿Damos sinceros frutos de conversión en nuestra vida dejándonos transformar por la gracia del Señor?
El evangelio nos interpela, nos hace preguntas, nos plantea una renovación de nuestra vida. No lo podemos escuchar solo como una cosa bonita que nos acuna y adormece, sino que tiene que ser ese espolón que nos pincha allá donde más nos duela y nos quiere hacer despertar. No tengamos miedo a enfrentarnos con sinceridad y valentía al Evangelio dejándonos interpelar por él.


jueves, 29 de septiembre de 2016

Los santos Arcángeles Miguel, Rafael y Gabriel mensajeros divinos y acompañantes en nuestro camino nos abren al misterio de Dios y con ellos queremos cantar su gloria

Los santos Arcángeles Miguel, Rafael y Gabriel mensajeros divinos y acompañantes en nuestro camino nos abren al misterio de Dios y con ellos queremos cantar su gloria

Daniel 7,9-10.13-14; Sal 137; Juan 1,47-51

Los ángeles en el cielo cantan la gloria del Señor. Así lo expresamos en cada celebración cuando queremos unirnos a los Ángeles y a los arcángeles y a todos los coros celestiales para cantar por siempre la gloria del Señor, para bendecir con nuestro canto y con nuestra vida el santo nombre del Señor.  ‘Santificado sea tu nombre’ pedimos en la oración que el Señor nos enseñó y queremos santificarlo cantando la gloria del Señor.
Pero los ángeles se convierten para nosotros también en signos de la presencia del Señor que nos acompaña siempre con su gracia. Así, por ejemplo, en el Antiguo Testamento cuando en una visión decían que estaban viendo al Ángel del Señor que se les manifestaba era una expresión para decir cómo sentían esa presencia de Dios en sus vidas. Podemos recordar episodios de la vida de Abraham o de Moisés, pero también lo vemos expresado en otros momentos como fue la aparición de aquellos jueces que Dios suscitaba para conducir al pueblo de Dios en momentos difíciles.
Ya en el Nuevo Testamento veremos como Jesús nos habla de los ángeles que acompañan la vida de los niños, pero que al mismo tiempo están gozando de la visión de Dios, o como se nos manifiesta en el evangelio de esta festividad en la que Jesús le dice a Natanael que veréis a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre.
Signos, pues, de la presencia de Dios que nos acompañan en nuestro caminar, inspiran en nuestro corazón todo lo bueno que tendríamos que realizar al tiempo que nos preservan de los peligros que nos pueden acechar en nuestra vida con la fuerza y la gracia de Dios que nos trasmiten. Son para nosotros mensajeros divinos al tiempo que medicina y fortaleza para nuestro caminar; son medicina de Dios que nos hacen llegar la gracia divina que nos preserva de los peligros y del mal.
Es lo que vienen a significar los Arcángeles cuya festividad hoy estamos celebrando. Aunque comúnmente decimos que hoy es día de san Miguel, tras la reforma litúrgica del concilio Vaticano II se unieron en esta fiesta la celebración de los tres Arcángeles que se celebraban en días distintos. Por eso hoy es la fiesta de los santos Arcángeles San Miguel, san Gabriel y san Rafael.
Esos santos Arcángeles que en la Biblia y en especial en el Evangelio se nos manifiestan con especiales misiones divinas con especial relevancia en la historia de nuestra salvación. Será el poderoso san Miguel  que al grito de su nombre ‘¿Quién como Dios?’ lucha contra Lucifer como signo de la victoria sobre el mal. Cuánto puede significar para nuestra vida de lucha contra el maligno que nos tienta.
Será el arcángel san Rafael acompañante de Tobías hijo en los caminos para inspirarle las mejores decisiones que había de tomar para su vida, como medicina de Dios según el mismo significado de su nombre para enseñarle lo que diera de nuevo luz a los ojos ciegos de su padre, y como intercesor que presentaba ante el trono de Dios las súplicas y oraciones de aquellos corazones fervorosos. Ojalá nos dejáramos acompañar y enseñar con sus inspiraciones de los ángeles de Dios que sabemos que tenemos a nuestro lado, aunque nuestros ojos ciegos no los vean, con la confianza de que ellos presentan nuestras suplicas ante el trono de Dios.
Finalmente será el mensajero divina que vino de parte de Dios a anunciarle a Zacarías el nacimiento del precursor del Mesías, pero que se manifestará a María para darle la Buena Noticia de todos esperada de que de sus entrañas virginales nacería el que iba a ser la luz y la salvación del mundo. A Zacarías le costó creer porque solo veía las dificultades de su propia vida pero María supo ser la humilde esclava del Señor para que en ella se plantara la Palabra de Dios para en su encarnación convertirse en el Emmanuel, en el Dios con nosotros. Aunque nos sintamos débiles, instrumentos inútiles y con nuestro corazón manchado sepamos como María abrirnos al misterio divino para también llenarnos de Dios.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Generosidad de corazón para desprendernos de nuestros apegos y reservas, retazos de muerte o desconfianzas que hacen flaquear nuestra disponibilidad para el Reino

Generosidad de corazón para desprendernos de nuestros apegos y reservas, retazos de muerte o desconfianzas que hacen flaquear nuestra disponibilidad para el Reino

Job 9,1-12.14-16; Sal 87; Lucas 9,57-62

‘Mientras iban de camino Jesús y sus discípulos…’ Ahora subían a Jerusalén. Jesús ya había tomado esa decisión sabiendo bien lo que significaba aquella subida a Jerusalén. Pero esa imagen de Jesús y sus discípulos que iban de camino es bien significativa.
Caminaban de un lado para otro por aquellas aldeas y pueblos de Galilea anunciando el Reino. Era el camino de la construcción del Reino; era el camino del seguimiento de Jesús. Ya nos enseñaba Jesús que el discípulo sigue a su maestro, va de camino en pos de su maestro. Así los discípulos de Jesús, así nosotros vamos haciendo también camino con Jesús.
Muchos al paso de su Jesús también se ponen a caminar con El; quieren estar con Jesús, quieren escucharle, quieren disfrutar de sus signos para alabar también al Señor; caminan con Jesús porque ven un camino nuevo, un nuevo sentido, una nueva vida, una nueva esperanza que comienza a rebrotar en los corazones.
Para algunos el camino es ocasional, durante un tiempo, porque han de volver a sus tareas, a sus familias, a sus responsabilidades, pero seguramente regresarán con una nueva luz encendida en sus corazones. Otros le siguen con mayor radicalidad, porque un día dejaron en la orilla del lago sus barcas, o la banca de los negocios o sus ocupaciones  para que otros la ocuparan o siguieran en ese oficio. A esos Jesús les va enseñando pacientemente una y otra vez cuales son las exigencias, lo que significa el Reino ya en la manera de vivir en torno a Jesús desprendidos de todo, con el corazón abierto, con el pensamiento atento al mensaje que Jesús les va trasmitiendo.
Hoy en este camino que Jesús y sus discípulos van haciendo en su subida a Jerusalén tres personas más quieren unirse al grupo de los discípulos para seguir a Jesús. ‘Te seguiré adonde vayas’, le dice uno; el otro es invitado, el tercero también está dispuesto a seguirle. Quieren seguirle pero aun no han entendido bien lo significa dar ese paso. Jesús les hablará de radicalidad en el seguimiento, de pobreza y de disponibilidad total. Seguir a Jesús no es ir a buscar cosas seguras, porque Jesús no tiene ni donde reclinar la cabeza; hasta las fieras del campo tienen sus madrigueras, pero con Jesús todo es distinto. Un día les dirá que han de estar dispuestos a que les reciban o no les reciban cuando lleguen a un lugar a anunciar el Reino; ayer escuchábamos como eran rechazados en algún lugar de Samaria simplemente porque se dirigían a Jerusalén.
Los otros parecen que siguen aun con lazos de la vida antigua, ponen condiciones o piden plazos. Pero el que sigue a Jesús ha de estar dispuesto a ser un hombre nuevo, con una vida nueva en la que no cabe nada de muerte; el que sigue a Jesús ha de tener disponibilidad total para mirar siempre adelante y estar siempre en camino.
Son las exigencias del camino de Jesús, de hacer camino con Jesús. ‘El que vuelve la vista atrás no vale para el Reino’, les dirá. Lo hemos de escuchar nosotros que quizá seguimos con nuestras reservas, nuestras prevenciones, nuestros apegos de los que nos cuesta desprendernos, muchos retazos de muerte aun colgando de nuestra vida, sin poner la confianza total, la disponibilidad total. Jesús quiere contar con nosotros, ¿seremos generosos de corazón para ponernos en disponibilidad total para su seguimiento?

martes, 27 de septiembre de 2016

Nuestra reacción ante la adversidad siempre tiene que ser la de la serenidad y la paz, con la comprensión y el respeto a todos

Nuestra reacción ante la adversidad siempre tiene que ser la de la serenidad y la paz, con la comprensión y el respeto a todos

Job 3,1-3.11-17.20-23; Salmo 87; Lucas 9,51-56

¿Cómo reaccionamos cuando nos aparecen problemas que contrarían nuestra vida, alguien nos lleva la contraria o nos dice no a nuestras aspiraciones, o se opone a nuestros deseos o proyectos?
En nuestra madurez tendríamos que saber que en la vida siempre nos aparecen problemas y habríamos de tener la serenidad suficiente para afrontarlos y no sentirnos contrariados porque las cosas no sean siempre de nuestro gusto; de la misma manera ante la reacción o respuesta negativa que podamos encontrar en los demás hemos de saber ver y respetar las diferencias de opinión o de planteamiento y antes que enfrentarnos tendríamos que saber llegar a un diálogo constructivo donde sepamos aprovechar lo bueno que haya en ambas partes.
Pero reconocemos que no siempre actuamos así, que el diálogo no se hace fácil, que el enfrentamiento nos lleva por un lado a una violencia interior que luego se puede traslucir en las actitudes que tengamos hacia los demás o en nuestras palabras y desgraciadamente muchas veces llegamos hasta la violencia física. Es lo que vemos en las confrontaciones de cada día en la vida social, en las mismas relaciones familiares, en el trato con los amigos con los que fácilmente se llega a rupturas indeseadas, y no digamos nada lo que sucede en la vida política.
Humanamente tendríamos que ser maduros ante estas situaciones diversas que nos encontramos en la sociedad y en el día a día de nuestro encuentro con las personas cercanas a nosotros. Y desde unos sentimientos cristianos hemos de saber poner el bálsamo del amor que nos lleve a la comprensión, al respeto, a la valoración de las personas, y quitar todo atisbo de violencia, de revancha, de resentimientos, de actitudes vengativas, y de todas aquellas reacciones con las que pudiéramos hacer daño a los demás. Clave importante en nuestras relaciones mutuas es la comprensión y también la capacidad del perdón.
Me surgen estas consideraciones desde el breve texto del evangelio que nos ofrece hoy la liturgia. Jesús había decidido ir a Jerusalén; en esta ocasión lo hace atravesando Samaría en lugar de bajar por el valle del Jordán hasta Jericó. Se acercan a un pueblo donde desean pasar la noche y buscan alojamiento; pero como iban a Jerusalén los samaritanos no quisieron recibirlo. Surge la contrariedad.
La reacción de algunos de los apóstoles se llena de violencia al menos en su interior y se vislumbran sus deseos en sus palabras. Quieren poco menos que baje fuego del cielo sobre aquellos que no quisieron recibirlos. Pero ya vemos cual es la actitud de Jesús. El evangelio nos dice que Jesús les regañó y se fueron a otra parte. A la violencia, la serenidad y la paz. Al rechazo, la paciencia y la comprensión. Sin palabras Jesús nos está enseñando.
Es el camino de paz que cada día hemos de ir construyendo. Y no solo hemos de pensar en los grandes conflictos que afligen nuestro mundo, sino en esos pequeños conflictos que nos aparecen en la vida del día a día. Es nuestra madurez humana y nuestra madurez como cristianos; que haya un espíritu fuerte en nuestro corazón para llenarnos siempre de esa paz que tanto necesitamos.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Necesitamos que el evangelio nos recuerde una vez más que el más pequeño es el más importante para que aprendamos a acoger al más humilde que esté a nuestro lado

Necesitamos que el evangelio nos recuerde una vez más que el más pequeño es el más importante para que aprendamos a acoger al más humilde que esté a nuestro lado

Job 1, 6-22; Sal 16; Lucas 9, 46-50

El evangelio es el vademécum de nuestra vida. Sí, lo llevamos con nosotros y en cada momento, en cada circunstancia nos va recordando aquello importante que ha de ser a lo que le demos prioridad en nuestra vida recordándonos las palabras de Jesús que son siempre para nosotros palabras de vida, luz para el camino, viático – el alimento para el camino significa esta palabra - que nos de fuerzas en el caminar.
Cuando decimos evangelio podemos estar pensando en ese librito – qué grande es – en que tenemos reflejadas por los evangelistas los hechos y dichos de Jesús en orden a nuestra salvación. Pero es algo más que un libro, es una vida, es un sentido de nuestro vivir, es la misma persona de Jesús que con nosotros está. El es ese ‘vademecum’ de nuestra vida, nuestro ‘viático’, la verdadera ‘luz’ que nos ilumina.
Como decíamos en cada momento nos va recordando en esas circunstancias de nuestra vida cómo hemos de actuar, lo que nunca podemos olvidar. Nos puede parecer en ocasiones repetitivo, pero repetitiva es nuestra vida, como son nuestros tropiezos o como son los olvidos que algunas veces tenemos.
Tenemos buenos propósitos y deseos, quizá, pero bien sabemos de nuestra inconstancia, de la desgana que muchas veces nos entra, de las rutinas que se nos meten por los entresijos de la vida. Y bien sabemos que el ambiente en muchas ocasiones no nos ayuda, lo que contemplamos en los demás más bien nos estimula hacia un materialismo de la vida, a perder un sentido de espiritualidad, a que vuelvan a rebrotar nuestros orgullos y florezcan fácilmente deseos de grandezas, de poder, de vanidad.
Les pasaba a los discípulos que tan cerca de Jesús estaban. Cuántas veces habían escuchado de labios del maestro que entre ellos no podía suceder como entre los poderosos de este mundo que solo aspiraban a grandezas y a poder manipulando todo lo que estuviera a su alcance con tal de ver satisfechos sus orgullos. Y sin embargo ellos una y otra vez discutían entre ellos quien iba a ser el más importante; no habían terminado de entender el sentido del mesianismo que se encarnaba en Jesús.
Ahora Jesús les propone la imagen de un niño. Qué poco era considerado un niño en aquella época y en aquella cultura; pareciera que no tenia ningún derecho ni dignidad como persona, era ninguneado en todo momento, que aun quedan a veces algunos resabios de esos estilos entre nosotros. Y Jesús les habla de acoger a un niño, porque el que acoge a un niño lo está acogiendo a El.
Acoger al niño en su pequeñez y humildad era el símbolo de cómo hemos de acogernos los unos a los otros y no por las grandezas externas que podamos ver en las personas; es acoger al más pequeño, al más humilde, al pobre y al que sufre, al que nos parece desheredado de todo. Nadie es despreciable para nosotros, porque toda persona cualquiera que sea su condición tiene su dignidad. Y es que como nos dice Jesús ‘el más pequeño es el más importante’.
Por algo nos dirá en otra ocasión que cuando dimos de comer al hambriento le estábamos dando de comer a El, y cuando vestimos al desnudo, y cuando acogimos al forastero, y cuando visitamos al enfermo, y cuando sonreímos al triste, y cuando nos detuvimos a hablar con aquel con quien nadie habla, y cuando entramos en la casa de un pobre, y cuando llevamos alegría al triste poniendo esperanza en su corazón. Acogemos al otro y estamos acogiendo a Jesús.
Lo sabemos, lo hemos aprendido desde siempre, pero Jesús una vez más quiere recordárnoslo, porque en la práctica de la vida fácilmente lo olvidamos.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Transformemos nuestra vida y comenzaremos a transformar nuestro mundo para que sea en verdad el Reino de Dios, el cielo nuevo y la tierra nueva en que reine la justicia y el amor

Transformemos nuestra vida y comenzaremos a transformar nuestro mundo para que sea en verdad el Reino de Dios, el cielo nuevo y la tierra nueva en que reine la justicia y el amor

Amós 6, 1a. 4-7; Sal 145; 1Timoteo 6, 11-16; Lucas 16, 19-31
‘Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba’.
Así comienza Jesús la parábola. Una real descripción no solo de cosas que sucedían en tiempos de Jesús, sino una muy cruda descripción de lo que sigue sucediendo en el mundo de hoy. Y no son casos aislados sino que es una realidad muy palpable en nuestra sociedad actual. La pobreza no es una imaginación de mentes exaltadas mientras el lujo y el despilfarro lo vemos cada día en individuos y en el conjunto de nuestra sociedad.
Nos describe la parábola ese abismo al parecer insalvable entre el rico y el pobre. Y no es a posteriori en la situación del más allá de la muerte que luego nos describe, sino es aquel abismo entre la mesa del rico con todos sus lujos y despilfarros y el pobre echado en su portal que parecía que nadie era capaz de ver. Como nos seguía diciendo la parábola solo los perros lamían sus llagas.
Nos cegamos. O no queremos mirar. O volvemos nuestro rostro hacia otro lado que nos pueda parecer más agradable. Que eso nos puede pasar mientras vamos caminando por la calle y alguien está sentado al borde de la acera tendiéndonos la mano y no lo queremos mirar. Es lo que nos puede pasar a cada uno de nosotros con nuestras miradas muy discriminatorias, pero es lo que se puede palpar en nuestra sociedad. Cuantos despilfarros en cosas innecesarias mientras para asuntos sociales se apartan solo unas migajas. Y no digamos ya de quienes se aprovechan, de todo ese mundo de corrupción que hemos creado de mil formas en nuestra sociedad. Aunque quizá algunas veces nos hagamos los caritativos.
Y estas cosas ¿no tienen remedio? ¿no tienen solución? Algunas veces parece que así fuera, porque con qué facilidad nos echamos las culpas los unos a los otros, cuantas veces acusamos al otro pero no nos miramos a nosotros mismos, o nos consolamos diciéndonos que es la crisis que vive nuestra sociedad y de la que tan difícil es salir. Quizá predominan más nuestros egos, nuestras ansias de estar en el candelero o de ostentar el poder antes que sentarnos de verdad a trabajar juntos buscando caminos, buscando soluciones, buscando puntos de encuentro. Miremos que pocas soluciones damos al momento político en que vivimos en nuestra sociedad.
Los cristianos ¿nos podemos quedar tranquilos ante estas situaciones? ¿Nos cruzamos los brazos también y volvemos la mirada hacia otro lado? Hacen falta cristianos valientes y responsables en medio de nuestra sociedad, porque pudiera parecer que no tenemos nada que decir ni nada que hacer. Y nuestra fe nos obliga a un compromiso serio con nuestra sociedad, y nos compromete con esas tremendas desigualdades sociales que se tienen, y nos tiene que impulsar a romper barreras y hacer desaparecer esos abismos que nos separan en nuestro mundo.
No podemos estar esperando milagros celestiales que todo lo resuelvan, que parece que algunas veces en cosas así es en lo que ponemos nuestra fe. La fe que tenemos en Jesús y que compromete nuestra vida con el evangelio y con el Reino de Dios que hemos de construir es algo mucho más profundo y tiene que envolver y dar tinte a toda nuestra vida.
En la parábola el rico desde el abismo pedía a Abraham que enviara a Lázaro a casa de sus hermanos para eso les hiciera cambiar. Pero como se les dice en la parábola ni aunque resucite un muerto van a cambiar, pero que tienen la ley y los profetas, tienen la Escritura santa que ilumine sus vidas para hacerles encontrar ese verdadero camino de una conversión para transformarse ellos y transformar así el mundo en que viven.
Comencemos por ahí, convirtamos nuestra vida, transformemos nuestra vida y así comenzaremos a transformar nuestro mundo; cambiemos de actitudes cerradas, clasistas, discriminatorias, orgullosas, para abrir nuestros ojos y nuestro corazón y comenzar a ver de una manera nueva esa realidad de desigualdades, de pobreza, de injusticia que envuelve nuestro mundo. Seguro que si ponemos esa mirada nueva para ver seriamente al hermano que sufre a nuestro lado no nos vamos a quedar insensibles con los brazos cruzados sino que comenzaremos a poner nuestro granito de arena.
Y será así cómo comenzaremos a transformar nuestro mundo para que sea en verdad el Reino de Dios; ese Reino de Dios en el que no caben desigualdades ni injusticias porque es un reino de verdad y de amor, de justicia y de santidad; es el Reino en que comenzaremos a sentirnos verdaderamente hermanos con lo que comenzaremos a hacer ese cielo nuevo y esa tierra nueva en la que reine la justicia y el amor porque reine Dios.

sábado, 24 de septiembre de 2016

La vida es pascua, porque tiene mucho de dolor, de sufrimiento, de muerte incluso, pero siempre ha de resplandecer la vida

La vida es pascua, porque tiene mucho de dolor, de sufrimiento, de muerte incluso, pero siempre ha de resplandecer la vida

Eclesiastés 11,9–12,8; Sal 89; Lucas 9,43b-45

‘El lenguaje les resultaba oscuro y no le cogían el sentido… les daba miedo preguntarle’. Se sentían de alguna manera desconcertados.
Como nos sentiríamos nosotros si en medio de la euforia de grandes momentos que parecen de triunfo se nos anuncia que todo eso se puede venir abajo, porque vendrán días amargos. Nos cuesta aceptar los vaivenes de la vida. Claro que nos gustaría que todo siempre fuera sobre rosas, pero olvidamos que las rosas tienen espinas; y así se nos vuelve la vida muchas veces.
Nos hacemos proyectos, soñamos cosas hermosas que nos van a venir, nos llenamos de ilusión porque incluso a veces nos parece fácil de encontrar y realizar lo que son nuestros sueños, pero se da vuelta la tortilla, y aparecen obstáculos y dificultades, nos sentimos desconcertados y no sabemos por donde salir, parece que se nos acaban las esperanzas y nos llenamos de frustraciones. No le encontramos sentido a lo que nos sucede y hasta tenemos la tentación de tirar la toalla porque nos puede parecer un sinsentido tanta lucha y tanto esfuerzo para terminar como parece que terminamos tantas veces.
Hemos de saber encontrarle un sentido a la vida y cuanto nos sucede. Hemos de soñar, sí, y ponernos metas y tener ilusión, siempre con esperanza. La vida es pascua, porque tiene mucho de dolor, de sufrimiento, de muerte incluso, pero siempre ha de resplandecer la vida. Nosotros los creyentes miramos a Jesús. Vemos su camino y queremos seguirle aunque nos cueste, porque sabemos que al final habrá vida y habrá resurrección, y que la semilla que plantamos ha de dar su fruto aunque no sepamos cuando ni quizá nosotros lo veamos.
La vida de Jesús fue ese grano de trigo sembrado en tierra para que renaciera una nueva planta, una nueva flor, una nueva vida. El morir del grano de trigo en el surco hace surgir la vida. Como Jesús, como ha de ser nuestra vida también, porque eso en medio de las negruras que podamos encontrar en la vida no perdemos la esperanza, la esperanza de la vida. Con nosotros está Jesús.
Como habíamos comenzado comentando en el texto del evangelio se nos habla de que entre la admiración general por lo que hacia Jesús les anuncia que al Hijo del Hombre lo van a entregar en manos de los hombres. No lo entienden. Está hablándoles de su pasión, de su pascua, de lo que va a suceder en Jerusalén. Pero ellos no lo entienden.
Luego más tarde podrán proclamar que en verdad Jesús es el Señor. Que Dios lo resucitó de entre los muertos. Que en Jesús está la verdadera salvación porque no hay otro nombre en el que podamos salvarnos. Es el camino de fe y de esperanza que nosotros hemos de caminar también en medio de esa pascua de nuestra vida, para que aprendamos a sentir que en medio de todos esos contratiempos, de esas luchas, de esos momentos oscuros que nos parecen sin sentido, el Señor llega y pasa por nuestra vida,
El está con nosotros y estando con nosotros tendremos vida, no nos faltará la luz, podremos seguir caminando con esperanza. No sabemos como será al final la salida de ese túnel oscuro de la vida, pero tenemos la certeza de que el Señor no nos abandona. No olvidemos nunca esa presencia de gracia del Señor en todo momento con nosotros.

viernes, 23 de septiembre de 2016

‘Tú, ¿quién dices que soy yo?’ es una pregunta de Jesús a la que hemos de saber dar una respuesta personal con lo que es el sentido de mi vida

‘Tú, ¿quién dices que soy yo?’ es una pregunta de Jesús a la que hemos de saber dar una respuesta personal con lo que es el sentido de mi vida

Eclesiastés 3,1-11; Sal 143;  Lucas 9,18-22

‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Es la pregunta directa que Jesús le hace al grupo de los Doce. Antes les ha pregunta cuál es la opinión de la gente, ¿qué se dice de él? ¿Qué piensan todos aquellos que le rodean, que alguna vez se han tropezado con Jesús, que han escuchado sus palabras o contemplado sus milagros?
Pero se puede transformar y de hecho se transforma cuando hoy escuchamos su Palabra, ‘tú, ¿quién dices que soy yo?’ Es nuestra opinión la que nos está pidiendo Jesús, es lo que nosotros sentimos, yo siento en su presencia, es lo que El significa para mí, lo que Jesús ahora nos está, me está planteando.
Las gentes en la época de Jesús que nos narran los evangelios, aparte de aquellos que se oponían a Jesús y le rechazaban o se sentían incómodos con su presencia, sus signos y su Palabra, se admiraban de sus enseñanzas, reconocían que a nadie habían escuchado hablar como hablaba él con su autoridad, sentían cómo Dios caminaba en medio de ellos porque nadie podía hacer las cosas que Jesús hacía, y terminaban reconociendo que era un gran profeta como aquellos antiguos profetas de la historia de Israel y para algunos era como si el cercano Juan Bautista hubiera vuelto a la vida.
¿Y las gentes de nuestro tiempo qué piensan, qué opinan de Jesús? Muchos pasaran indiferentes ante su figura y de la misma manera que a través de todos los tiempos le rechazarán como rechazarán su doctrina y a quien hoy quiere presentar su mensaje en el rechazo que se hace a la Iglesia de mil maneras y a los cristianos; para muchos quizá seguirá siendo un gran personaje de la historia, reconociendo que de alguna manera habrá influido en la historia de los hombres a través de los siglos, pero quizá sigan viéndolo así como un personaje lejano en el horizonte de los tiempos; muchos quizá lo sentirán más cercano y le llamarán un amigo o le tendrán como un líder que aun sigue diciéndonos cosas a los hombres de nuestro tiempo pues en sus palabras hay un mensaje que nos pueda plantear altos y nobles ideales.
Pero, ¿nos quedamos ahí? ¿No terminamos de vislumbrar tras todo eso un misterio trascendente que nos haga ver de otra manera a Jesús? Es la pregunta que tú y yo tenemos que hacernos, para ver en verdad qué es lo que significa para mi, cómo implica mi vida en algo nuevo, cómo me puede llevar a un compromiso distinto, cómo puede darle una trascendencia más grande a mi vida, cómo puede hacerme levantar la mirada hacia lo alto para descubrir a Dios, para sentir a Dios, para vivir a Dios.
Pedro, que fue el que se adelantó a dar una respuesta personal, dijo de Jesús en aquel momento ‘el Mesías de Dios’. Era mucho lo que Pedro estaba diciendo con estas breves palabras que otro evangelista nos trascribe como reconociéndolo como el Hijo del Dios vivo. Era mucho lo que estaba diciendo Pedro aunque no sé si era consciente del todo del alcance de sus palabras. Pero allí había una hermosa confesión de fe. Aunque Jesús luego le hará comprender que ese Mesías de Dios había de padecer y sufrir hasta una muerte de cruz.
Queremos hacer también nosotros una certera confesión de fe en Jesús porque en verdad lo sintamos como el Mesías de Dios en nuestra vida; porque sintamos en verdad que El lo es todo para nosotros y sin el cual nuestra vida no tendría ningún sentido ni valor. Queremos en verdad reconocerle como nuestro Salvador porque pasó por una muerte de cruz derramando su sangre para el perdón, para perdonarme de mis pecados, pero que en verdad me ha llenado de una vida nueva para vivir para siempre en la gracia y en el amor.
Quisiera expresar y no sé qué palabras emplear que El es la verdadera luz de mi vida, la razón de mis luchas y la fuerza de mi amor; que en Él veo las cosas de forma distinta y aprendo también a tener una mirada nueva hacia aquellos que me rodean con los que voy haciendo el viaje de la vida, sintiendo que somos unos hermanos que caminamos juntos, también con nuestras flaquezas y debilidades, pero sintiendo la fuerza de Jesús.
Busquemos allá en lo más hondo de nosotros mismos, en lo que hacemos y en lo que vivimos, en lo que son nuestros pensamientos y nuestras esperanzas para descubrir y también para compartir con los demás todo lo que Jesús significa para mí, significa para cada uno de nosotros.

jueves, 22 de septiembre de 2016

El deseo del conocimiento de Jesús no sea una mera curiosidad superficial sino una confrontación sincera de nuestra vida con su evangelio

El deseo del conocimiento de Jesús no sea una mera curiosidad superficial sino una confrontación sincera de nuestra vida con su evangelio

Eclesiastés 1,2-11; Sal 89;  Lucas 9,7-9

Dependiendo quizá por una parte de nuestro estado de ánimo, pero por otra parte del estado de nuestra conciencia nos podemos predisponer antes las personas que encontramos en nuestro entorno porque quizá las actitudes o los valores que vemos reflejados en su vida pueden ser un revulsivo para nosotros, para nuestros comportamientos o la manera con que afrontamos o expresamos el sentido de nuestra vida.
Ante ellos se puede suscitar en nosotros rechazo, desprecio quizá, oposición, desconfianza, o quedarnos en una pasajera curiosidad que no llega a más o con la que tratamos de alguna manera manipular, como para ponerlo al servicio de posiciones nuestras con las que tratamos de distraer quizá la atención de lo verdaderamente importante, o para utilizarlas en nuestro divertimiento.
¿Sería algo así lo que le estaba sucediendo a Herodes? Había oído hablar de Jesús, de aquel nuevo profeta que había surgido en Galilea. Y eso le inquietaba, aunque el seguía viviendo su vida con su superficialidad acostumbrada, aunque ya vería la forma cómo lo eludía o quitaría de en medio como había hecho con Juan Bautista. No tenia claro quien era Jesús y lo que podía significar igual que en las gentes que lo escuchaban que también tenían sus confusiones y no lo veían claro.
Que si era Juan Bautista que había vuelto a la vida, que si era Elías que había vuelto a aparecer, que si había surgido un profeta como los antiguos… Pero Herodes sabía que había mandado decapitar al Bautista y su cabeza se había presentado allí en medio de aquel banquete y aquella fiesta para entregársela a Salomé, la hija de Herodías. Pero no las tenía todas consigo porque su conciencia algo le estaba diciendo.
Siente curiosidad por Jesús. Quería conocerlo. Así un día se lo anunciaron incluso a Jesús. Pero ¿cuál era el verdadero deseo de Herodes? Se decía que le agradaba escuchar a Juan y sin embargo le había metido en la cárcel a instigación de Herodías y luego le había mandado decapitar a petición de Salomé en aquella fiesta organizada para diversión de toda su corte. Y sabemos que más tarde también quiso divertirse con Jesús cuando se lo mandaría Pilatos en la Pascua y le pedía que hiciera alguna cosa maravillosa para entretener a todos los presentes.
Pero nos quedamos ahí, en ese desconocimiento de quien era realmente Jesús y esa curiosidad de Herodes. Y nosotros ¿qué? ¿Cuál es el conocimiento que tenemos de Jesús? ¿Cuáles son nuestros deseos de conocerle? ¿Qué repercusión tiene en nuestra vida Jesús, el evangelio, los actos religiosos que realizamos? ¿Serán un entretenimiento cuando no tenemos otra cosa en qué ocuparnos? Muchas veces decimos que vamos a Misa cuando tengamos tiempo porque tenemos tantas cosas que hacer. Cuántos reducen toda su religiosidad a asistir a las fiestas. ¿Cómo se implica nuestra vida con la fe que en Jesús tenemos?
Son preguntas que tenemos que hacernos. Son reflexiones y planteamientos en nuestra vida. Que haya un verdadero deseo de conocer a Jesús. Pero un deseo que se haga concreto en cosas concretas. No de una forma superficial. Que ahondemos en el evangelio. Que confrontemos de verdad nuestra vida con el mensaje de Jesús.
Quitemos miedos. Quitemos prejuicios. No temamos enfrentar nuestra conciencia con los valores del evangelio, con el camino de Jesús. No le demos la espalda porque quizá se tocan heridas concretas de nuestra vida o cicatrices de lo que nos haya sucedido. Vayamos con corazón abierto al encuentro con Jesús.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Todos cualquiera que sea nuestra condición por muy pecadores que seamos somos llamados del Señor y podremos realizar también una labor preciosa de apostolado y misionera como san Mateo

Todos cualquiera que sea nuestra condición por muy pecadores que seamos somos llamados del Señor y podremos realizar también una labor preciosa de apostolado y misionera como san Mateo

Efesios 4, 1-7. 11-13; Sal 18; Mateo 9, 9-13

Mateo era publicano, como lo llama hoy el evangelista Leví; era recaudador de impuestos, en el concepto de los letrados y fariseos un pecador; tenían fama los recaudadores de impuestos de ser injustos y enriquecerse a costa de los impuestos que cobraban; por esa condición de recaudadores de impuestos en beneficio de los extranjeros que los dominaban eran despreciados por la gente.
Sin embargo Jesús se detiene ante su mostrador de impuestos para invitarle a seguirle. Jesús viene rompiendo moldes y no se queda en las apariencias; Jesús quiere contar con todos y no hace discriminación en sus llamadas. Un día también allá en Jericó se detendría ante una higuera en la que se había subido para verlo pasar un publicano y se había auto invitado a su casa. Entonces dirá que aquel día llegó la salvación a aquella casa. Zaqueo había respondido y también le había ofrecido una comida, un banquete en que como ahora también estaban los llamados pecadores, los publicanos amigos de Zaqueo, como ahora los amigos de Leví.
Al escuchar la invitación de Jesús se levantó de su mostrador y dejándolo todo se fue con Jesús; como un día hicieran los pescadores de Galilea; como tantos a los que Jesús invitaba y sigue invitando a seguirle; una buena consideración que tendríamos que hacernos también cuando escuchamos la invitación de Jesús, la Palabra de Jesús que abre ante nosotros caminos nuevos.
Por allá están los de siempre juzgando, murmurando, criticando. ‘¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?’ La respuesta está pronta en los labios de Jesús. Era lo que El manifestaba con su vida, con sus obras, con su cercanía, con su amor, el rostro misericordioso de Dios. ‘No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa "misericordia quiero y no sacrificios": que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores’.
No nos valen solo golpes de pecho, no nos valen costosas ofrendas que nosotros podamos hacer, no nos vale el ya creernos justos y buenos porque somos cumplidores, porque pagamos los diezmos hasta del comino y la hierbabuena, si no tenemos misericordia en el corazón. ‘Misericordia quiero y no sacrificios’.
Esa misericordia en el corazón es la mejor ofrenda, el mejor sacrificio. Esa misericordia que significa doblar nuestro corazón para romper las corazas del orgullo o la autosuficiencia, que nos hace salir de nuestro egoísmo e insolidaridad es el mejor y más valioso sacrificio. Esa aceptación que sepamos hacer de los demás, ese respeto que a todos tengamos para no juzgar a nadie ni hacer condenas de ningún tipo, ese aprender a valor todo lo bueno que hay en los demás alejando de nosotros suspicacias y envidias, ese ir caminando de la mano de todo hermano que vaya a nuestro lado en el camino sin hacer ningún tipo de discriminación es la muestra de la misericordia de Dios de la que hemos empapado nuestro corazón.
Hoy estamos celebrando la fiesta de san Mateo, el apóstol y el evangelista y muchas más consideraciones podríamos hacernos en torno a su figura como apóstol y como autor del primer evangelio. Jesús contó con él a pesar de su condición de publicano y recaudador de impuestos y sería luego el apóstol que nos dejara el primer evangelio. Todos, cualquiera que sea nuestra condición por muy pecadores que seamos, podemos ser llamados por el Señor, somos llamados del Señor y podremos realizar también una labor preciosa de apostolado y misionero; ojalá se acaben tantas discriminaciones que en este campo se puedan seguir dando entre nosotros en la Iglesia.
No olvidamos el hermoso mensaje en el que veníamos reflexionando de cómo a la manera de Jesús hemos de saber llenar e inundar de misericordia nuestro corazón.

martes, 20 de septiembre de 2016

Nuestras actitudes y comportamientos nunca pueden ser un obstáculo para que otros lleguen hasta Jesús

Nuestras actitudes y comportamientos nunca pueden ser un obstáculo para que otros lleguen hasta Jesús

Proverbios 21, 1-6. 10-13; Sal 118; Lucas 8, 19-21

‘Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte’. Habían intentado llegar hasta Jesús su madre que venía con algunos familiares; bien sabemos que la expresión hermanos en el lenguaje semita tiene la amplitud de abarcar a los familiares más cercanos. No había podido acercarse a Jesús porque el gentío que lo rodeaba lo impedía; por eso algunos de los discípulos le avisan a Jesús.
Algunos piensan que es un desaire de Jesús hacia la familia, cosa que no podemos aceptar, sino que Jesús quiere darnos un mensaje bien hermoso de la nueva familia de los hijos de Dios que El nos viene a constituir. ‘Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra’. Somos la familia de Jesús si aceptamos y escuchamos su Palabra; somos la familia de Jesús cuando en verdad tratamos de reflejar en nuestra vida, en nuestros comportamientos, en nuestras actitudes, en nuestro sentido de vida lo que El quiere trasmitirnos en el evangelio. Un reto que nos está lanzando Jesús a nuestra vida. No basta decir ‘¡Señor, Señor!’ sino que nos es necesario cumplir la voluntad del Padre del cielo, como nos dirá en otro lugar.
Pero al hilo de estas palabras con que le anuncian a Jesús que allí están su madre y sus hermanos que no alcanzan a poder llegar hasta El, me hago otra reflexión. ¿Habrá en nuestro entorno alguien que quiera llegar hasta Jesús y no pueda? En aquella ocasión los mismos que estaban alrededor de Jesús porque querían escucharle y estar con El fueron obstáculo para que alguien también pudiera llegar hasta Jesús, en este caso María y familiares.
Pero quiero reflexionar y plantear y plantearme si acaso los que estamos cerca de Jesús pudiéramos ser obstáculo para que otros puedan llegar hasta Jesús, si acaso yo con mi vida no tan ejemplar pueda ser ese obstáculo para alguien. Nos puede suceder. Quizá nosotros nos podemos sentir muy entusiasmados y contentos con nuestra fe, pero no pensamos en los otros, en los que no conocen a Jesús, aquellos a quienes no se les anuncia, aquellos que están en nuestro entorno y quizá no llegan a ver nuestro testimonio, o aquellos a los que quizá podemos escandalizar con nuestro contra-testimonio.
Somos muy religiosos quizá, nos gusta rezar, asistir a cuantos actos religiosos se organicen en nuestro entorno, acudimos a santuarios del Señor o de la Virgen con asiduidad, no faltamos a una fiesta o a una procesión, pero luego nuestra vida de cada día no va en consonancia con esa fe, nuestros valores dejan mucho que desear porque no entran en verdadera sintonía con el Evangelio. Nuestra vida no es un auténtico testimonio y así nos podemos convertir en un obstáculo para que otros sintonicen con el evangelio, sintonicen con Jesús. Somos interferencia.
Aprendamos de María, la madre de Jesús. María que siempre tuvo abierto su corazón a Dios pero para que se realizara en ella siempre lo que era la voluntad de Dios. ‘Aquí está la esclava del Señor. Hágase, cúmplase en mí según tu palabra’. Y la vemos caminar con su fe siempre al servicio de los demás, en una disponibilidad total, generosa en lo más hondo de su corazón para estar atenta siempre a todas las necesidades, madre implorante e intercesora no por sí sino para los demás. María, la que supo vaciarse de si misma para llenarse de Dios, pero para dar cabida en su corazón a todos los hombres que ahora para siempre serán sus hijos.
¿Serán esas nuestras disposiciones? ¿Será esa la generosidad que inspire el actuar de nuestro corazón y cuanto hagamos en la vida? Así nos convertiremos en trasmisores del Evangelio, así nos convertiremos en un hermoso eslabón para que todos puedan llegar hasta Jesús.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Que al final de cada día puedas dar gracias a Dios porque has sido luz en alguna situación concreta para alguien que lo necesitaba

Que al final de cada día puedas dar gracias a Dios porque has sido luz en alguna situación concreta para alguien que lo necesitaba

 Proverbios 3,27-34; Sal 14; Lucas 8,16-18

La luz no se puede ocultar. Las lámparas están para iluminar. Se han de colocar en el sitio oportuno para que su luz pueda llegar a todos. Es algo elemental. No la encendemos y luego la tapamos; la encendemos y procuraremos acompañarla de todos los reflectores posibles para se vea aumentada esa luz y pueda iluminar mejor a cuantos más mejor.
De eso nos habla Jesús hoy en el evangelio. Y no es que quiera hablarnos de ornamentaciones o cosas así. La imagen que nos propone quiere decirnos muchas cosas. Y es que nos está diciendo que esa luz tiene que estar en nosotros y nosotros con esa luz hemos de iluminar a los demás. Esa luz se nos ha regalado, es una gracia. Esa luz ha llegado a nosotros cuando hemos sido iluminados por Cristo. Esa luz en nosotros nace de nuestra fe y nuestra fe ha de convertirse en ese faro potente de luz que ilumine a los demás. Claramente nos lo dirá en otro lugar. ‘Sois la luz del mundo’.
¿Qué hemos hecho los cristianos con esa luz cuando nuestro mundo sigue en tinieblas? Es cierto que las tinieblas rechazan la luz, como ya nos decía el evangelio de Juan desde el principio; vino la luz y las tinieblas, los que estaban en tinieblas, la rechazaron. Y sabemos bien cuántos en nuestro entorno, en ese mundo en que vivimos rechazan la luz.
Pero también podemos pensar que muchos quizá la rechazan porque no la conocen; muchos rechazan a Jesús porque no conocen a Jesús. Pensemos en cuantos prejuicios tiene la gente de la religión, del evangelio, de Jesús, pero se han creado esos prejuicios porque realmente no lo conocen.
Pero esto tendría que hacernos pensar en lo que hemos hecho de la luz, de la fe, del evangelio, del conocimiento de Jesús quienes ya lo poseemos, quienes hemos sido iluminados. Como decíamos antes, ¿qué hemos hecho los cristianos de la luz? ¿Verdaderamente estaremos iluminando nuestro mundo? ¿Nuestra vida estará reflejando en verdad la luz de Cristo? ¿Acaso nos ocultamos, tenemos miedo de ofrecer la luz, nos da vergüenza el que nos manifestemos como cristianos frente al mundo?
Muchas preguntas quizá que nos surgen allá en nuestro interior pero creo que sinceramente hemos de planteárnoslas. Es el necesario testimonio de vida que hemos de dar; quizá nuestras cobardías, en el encerrarnos en nosotros mismos, el no ser verdaderamente sinceros en nuestros sentimientos y actitudes cristianas haga dudar a muchos, haga que surjan esos prejuicios, tantos lleguen a desconocer esa verdadera luz para sus vidas que tiene que ser Cristo.
Iluminemos nuestro mundo con esa luz de Cristo. Que nuestras vidas sean verdadero reflejo de su luz. Piensa en concreto donde hoy es necesario que tú estés para iluminar con Cristo alguna situación concreta de lo que sucede en tu entorno, ya sea en tu familia, en tu lugar de trabajo o en el ambiente social en el que te muevas. Que cuando llegue la noche puedas dar gracias a Dios porque en alguna situación concreta has podido ser luz para alguien.

domingo, 18 de septiembre de 2016

La responsabilidad con que vivimos nuestra vida nos hace darle el verdadero valor y sentido a las cosas materiales de las que podemos disfrutar en función de los demás

La responsabilidad con que vivimos nuestra vida nos hace darle el verdadero valor y sentido a las cosas materiales de las que podemos disfrutar en función de los demás

Amós 8, 4-7; Sal 112; 1Timoteo 2, 1-8; Lucas 16, 1-13
Nos habla el evangelio en una primera lectura que hagamos del texto de una mala administración de unos bienes, de responsabilidades que se piden, de ganancias interesadas, y en fin de cuentas podríamos decir también que del recto uso que tendríamos que saber hacer de los bienes materiales que poseamos. Un administrador que llevaba una mala administración y al que se le pide cuentas pero al mismo tiempo de una sagacidad para saber salir de la mala situación en la que se podría encontrar tras haber rendido cuentas de su mala administración. Y esa sagacidad merecería una alabanza.
Con que facilidad se nos puede volver turbia la vida cuando no sabemos hacer un recto uso de las cosas materiales de manera que tenemos la tentación de convertir la posesión de las riquezas en un ídolo de nuestra vida que terminará esclavizándonos. Y cuando la vida la vemos desde la óptica de ganancias materiales y de riquezas qué fácil es que se nos endurezca el corazón y nuestras relaciones con los demás se conviertan en una lucha fratricida o en un intento de ponerlo todo a mi servicio.
Es cierto que tenemos que hacer uso de esos bienes porque en fin de cuentas Dios ha puesto ese mundo material en nuestras manos y ya vemos por otra parte en el mismo evangelio cómo se nos dice que hemos de hacer fructificar esos valores que tenemos; podemos recordar la parábola de los talentos que a quien no supo desarrollar y hacer fructificar el talento que se puso en sus manos se le pedirían responsabilidades. Es la responsabilidad con que vivimos nuestra vida, atendemos nuestro trabajo, cumplimos con nuestras obligaciones y buscamos un desarrollo en plenitud de nuestras cualidades y valores. El trabajo en si mismo es algo digno que contribuye al desarrollo de nuestro ser, de nuestras posibilidades y de nuestra vida.
En nuestras relaciones humanas y para poder obtener aquello que necesitamos no solo para la supervivencia sino para una vida digna obtenemos unos frutos de nuestros trabajos. Esos bienes materiales que conseguimos con nuestro trabajo nos servirán para cuanto necesitamos en la vida, para la atención de nuestras responsabilidades materiales, para ese disfrutar también de las cosas bellas de la vida, pero nunca nuestro corazón se puede encerrar en el egoísmo de manera que desoigamos las necesidades o problemas que puedan tener los demás y con los que en justicia también hemos de compartir.
Claro que entendemos que la posesión de esos bienes o esas riquezas, como queramos llamarlo, no es la única finalidad de nuestra vida; no lo podemos convertir en un absoluto porque caeríamos fácilmente en la codicia y la avaricia que nos encierra en nosotros mismos con todas las consecuencias que ello nos traería como antes mencionábamos algunas. Hay quien en su avaricia solo persigue la posesión de riquezas no sabiendo disfrutar de las cosas más bellas de la vida. Podemos recordar aquella parábola que nos habla del que había conseguido grandes cosechas y había agrandado sus graneros y bodegas y pensaba que ya lo tenía todo resuelto, pero le llegó la hora de la verdad con la muerte cuando menos lo pensaba, y ni siquiera de aquello que había conseguido pudo disfrutar.
Ya nos previene Jesús a lo largo del evangelio cuando nos dice lo difícil que les es a los ricos, a los que acaparan dinero o riquezas para sí, entrar en el Reino de Dios. Recordamos aquel joven que, aunque venía con buena voluntad buscando lo que había de hacer para alcanzar la vida eterna, sin embargo en el apego de su corazón a las riquezas no fue capaz de seguir el camino de Jesús. ‘Atesorad tesoros en el cielo…’ nos decía Jesús entonces.
Un sentido que hemos de darle a todo lo que es nuestra vida. El evangelio es luz que nos ilumina, que eleva nuestro espíritu, que nos hace buscar lo que han de ser los verdaderos valores, que nos ayuda a no quedarnos en lo material aunque lo tengamos en las manos cada día, que nos hace descubrir que toda esa riqueza de la creación que Dios ha puesto en nuestras manos no es para que nos la acaparemos solo para nosotros sino que todo está también en función de los demás, que nos impulsa a que vivamos cada momento de nuestra vida y cada una de las cosas en las que tengamos responsabilidad con total intensidad y fidelidad.
Como nos decía hoy Jesús en el evangelio el que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo, tampoco en lo importante es honrado’. Que todo lo que hagamos, que todo lo que vivimos, lo que son nuestros trabajos y nuestras luchas, como también los momentos de dicha que podemos disfrutar, todo sea siempre para la mayor gloria de Dios.

sábado, 17 de septiembre de 2016

Dios ha puesto esa semilla en nuestra mano para que nosotros seamos también sembradores de la Palabra de Dios confiándonos el anuncio de la Buena Nueva del Reino

Dios ha puesto esa semilla en nuestra mano para que nosotros seamos también sembradores de la Palabra de Dios confiándonos el anuncio de la Buena Nueva del Reino

 1Corintios 15,35-37.42-49; Sal 55; Lucas 8,4-15

Sabía bien Jesús lo que decía cuando nos proponía la parábola del sembrador. Estaba retratando nuestra vida, haciéndonos pensar en nuestras actitudes, reflexionar sobre cómo nosotros acogemos la semilla de la Palabra de Dios que el sembrador lanza sobre nosotros cada día. Constaba la realidad de lo que allí mismo estaba sucediendo en los que escuchaban su Palabra.
Cuántos eran los que se admiraban de las palabras que decía, cuántos eran los que se hacían alabanzas de su sabiduría y su manera de enseñar, cuántas acudían a El con sus ilusiones y sus esperanzas, cuántos eran los que acudían de todas partes y hasta se ofrecían para ser sus discípulos, pero ¿todos llegarían a plantar bien esa semilla en su corazón para hacer que diera fruto?
Muchos le escuchaban también pero estaban al acecho a ver como cogerle en alguna de sus palabras para tener de qué acusarle; a muchos de los que formaban aquella masa no terminaban de convencerles sus palabras e incluso de pondrían en contra suya buscando incluso la forma de quitarle de en medio. Y así podemos seguir pensando en las distintas reacciones que su predicación provocaba entre sus oyentes.
Pero El seguía siendo el sembrador, no dejaba de seguir proclamando la Buena Nueva del Reino de Dios, aunque sabía que había corazones endurecidos, corazones llenos de apegos que no daban lugar a la acogida de su Palabra, corazones inconstantes que eran de entusiasmo de un momento pero al que pronto llegarían los cansancios que lo harían abandonar todo; pero sabía también que había corazones abiertos, con ilusión, con esperanza verdadera, con deseos de alimentarse de esa Palabra de verdad y de vida y que serían capaces de ponerse en camino de una renovación de sus vidas, para lograr una renovación del mundo para convertirlo de verdad en el Reino de Dios.
Cuando nosotros hoy escuchamos esta parábola de Jesús necesariamente lo primero que hacemos es mirar nuestra vida, revisar nuestras actitudes y nuestros comportamientos, sentirnos invitados a abrir nuestro corazón a esa semilla de la Palabra disponiéndonos a dar el mejor fruto.
Pero creo que la Palabra nos pide algo más. Dios ha puesto esa semilla en nuestra mano para que nosotros seamos también sembradores de la Palabra de Dios. Se nos ha confiado también el anuncio de la Buena Nueva del Reino y eso hemos de hacerlo en ese mundo concreto en el que vivimos.
Un mundo que también nos vamos a encontrar muchas veces adverso, que se pone en contra o pasa indiferente ante el anuncio que nosotros podamos hacer; un mundo que tiene otros intereses y que se olvida de lo que son metas altas, ideales grandes, que ha perdido el sentido de la trascendencia, que solo piensa en lo inmediato o en las ganancias materiales, que se encierra en si mismo y ya no entiende lo que significa tener una espiritualidad. Podemos tenerlo miedo a ese mundo, o podemos incluso contagiarnos del espíritu de ese mundo.
Pero no olvidemos que somos sembradores aunque nos cueste. Sabemos que contamos con la fuerza del Espíritu que anima nuestra vida y nos da la fuerza para hacer la siembra. No nos guardemos la semilla para nosotros o para otro momento que se puede echar a perder. Es ahora cuando tenemos que sembrarla.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Como Jesús también nosotros hemos de proclamar la Buena Noticia del Reino de Dios aunque sea en un mundo de increencia y de indiferencia

Como Jesús también nosotros hemos de proclamar la Buena Noticia del Reino de Dios aunque sea en un mundo de increencia y de indiferencia

1Corintios 15,12-20; Sal 16; Lucas 8,1-3
‘Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio del reino de Dios’.  Así sencillamente nos resume el evangelista la acción evangelizadora de Jesús de pueblo en pueblo por toda Galilea.
No iba solo, lo acompañaban muchos discípulos, muchos que querían seguir sus pasos, que se habían sentido deslumbrado por su anuncio, por sus palabra y querían estar con El, seguir su camino; entre ellos el evangelista nos destaca a los Doce, los había elegido y llamado para que de manera especial estuvieran con El, porque a ellos les iba a confiar su misión; pero el evangelista nos habla también de algunas mujeres, el grupo de las mujeres piadosas que estarían con Jesús hasta en el momento de la cruz; muchas habían recibido especiales dones de Jesús, como verse liberadas del mal, otras incluso lo ayudan con sus bienes.
Lo importante es el anuncio, la Buena Nueva que proclama, el Evangelio del Reino de Dios. había sido su anuncio desde el principio y desde el principio nos pedía creer en ese anuncio, creer en ese Reino de Dios que se construía, construir ese Reino de Dios en el corazón convirtiéndonos a El. ‘Convertíos y creed en la Buena Noticia’, recordamos que era su anuncio.
Allí estaban con Jesús y le seguían de cerca quienes creían en ese anuncio, quienes querían que se Reino de Dios se hiciera realidad. Queremos nosotros estar también cerca de Jesús; queremos también que ese Reino de Dios se vaya haciendo presente más y más en nuestro mundo. Parece que no es fácil porque las sombras de la increencia y la indiferencia parecen que lo invaden todo. A quienes queremos hablar del Reino de Dios la gente nos mira quizá de una forma escéptica, como si oyeran hablar de visiones o de sueños irrealizables.
Pero nosotros creemos en el Reino de Dios, porque primero que nada queremos que Dios sea en verdad el centro de nuestra vida. No siempre es fácil, repito, porque son tantas las cosas que nos distraen, que nos tientan, que nos hacen sus ofertas, para que pongamos el corazón en ellas, para que las convirtamos en absolutos de nuestra vida. Pensemos en tantos apegos del corazón; pensemos en esas cosas que poseemos o que más bien nos poseen y que parece que nada somos sin ellas; pensemos en tantas esclavitudes en las que podemos caer atándonos a cosas, atándonos a ideas, poniendo en duda cosas fundamentales, llenando de sombras nuestro corazón.
Queremos vivir el Reino de Dios y buscar los verdaderos valores que nos lleven por caminos de plenitud, caminos que nos hagan tener la mirada alta, caminos de verdadera libertad, caminos de amor y de solidaridad, caminos en lo que busquemos siempre lo bueno por encima de todo, caminos en que sepamos encontrarnos con Dios que viene a nuestra vida. Son los caminos por los que iremos construyendo el Reino de Dios.
No olvidemos que aquello que hacia Jesús que iba por todas partes haciendo el anuncio de la Buena Nueva del Reino es lo que nosotros tenemos que seguir haciendo. No podemos callar esa alegre buena noticia, no la podemos ocultar, porque así lograremos la salvación para nuestro mundo. Es el compromiso de nuestra fe, es nuestro compromiso de verdadero seguidor de Jesús, de un auténtico discípulo.