lunes, 26 de septiembre de 2016

Necesitamos que el evangelio nos recuerde una vez más que el más pequeño es el más importante para que aprendamos a acoger al más humilde que esté a nuestro lado

Necesitamos que el evangelio nos recuerde una vez más que el más pequeño es el más importante para que aprendamos a acoger al más humilde que esté a nuestro lado

Job 1, 6-22; Sal 16; Lucas 9, 46-50

El evangelio es el vademécum de nuestra vida. Sí, lo llevamos con nosotros y en cada momento, en cada circunstancia nos va recordando aquello importante que ha de ser a lo que le demos prioridad en nuestra vida recordándonos las palabras de Jesús que son siempre para nosotros palabras de vida, luz para el camino, viático – el alimento para el camino significa esta palabra - que nos de fuerzas en el caminar.
Cuando decimos evangelio podemos estar pensando en ese librito – qué grande es – en que tenemos reflejadas por los evangelistas los hechos y dichos de Jesús en orden a nuestra salvación. Pero es algo más que un libro, es una vida, es un sentido de nuestro vivir, es la misma persona de Jesús que con nosotros está. El es ese ‘vademecum’ de nuestra vida, nuestro ‘viático’, la verdadera ‘luz’ que nos ilumina.
Como decíamos en cada momento nos va recordando en esas circunstancias de nuestra vida cómo hemos de actuar, lo que nunca podemos olvidar. Nos puede parecer en ocasiones repetitivo, pero repetitiva es nuestra vida, como son nuestros tropiezos o como son los olvidos que algunas veces tenemos.
Tenemos buenos propósitos y deseos, quizá, pero bien sabemos de nuestra inconstancia, de la desgana que muchas veces nos entra, de las rutinas que se nos meten por los entresijos de la vida. Y bien sabemos que el ambiente en muchas ocasiones no nos ayuda, lo que contemplamos en los demás más bien nos estimula hacia un materialismo de la vida, a perder un sentido de espiritualidad, a que vuelvan a rebrotar nuestros orgullos y florezcan fácilmente deseos de grandezas, de poder, de vanidad.
Les pasaba a los discípulos que tan cerca de Jesús estaban. Cuántas veces habían escuchado de labios del maestro que entre ellos no podía suceder como entre los poderosos de este mundo que solo aspiraban a grandezas y a poder manipulando todo lo que estuviera a su alcance con tal de ver satisfechos sus orgullos. Y sin embargo ellos una y otra vez discutían entre ellos quien iba a ser el más importante; no habían terminado de entender el sentido del mesianismo que se encarnaba en Jesús.
Ahora Jesús les propone la imagen de un niño. Qué poco era considerado un niño en aquella época y en aquella cultura; pareciera que no tenia ningún derecho ni dignidad como persona, era ninguneado en todo momento, que aun quedan a veces algunos resabios de esos estilos entre nosotros. Y Jesús les habla de acoger a un niño, porque el que acoge a un niño lo está acogiendo a El.
Acoger al niño en su pequeñez y humildad era el símbolo de cómo hemos de acogernos los unos a los otros y no por las grandezas externas que podamos ver en las personas; es acoger al más pequeño, al más humilde, al pobre y al que sufre, al que nos parece desheredado de todo. Nadie es despreciable para nosotros, porque toda persona cualquiera que sea su condición tiene su dignidad. Y es que como nos dice Jesús ‘el más pequeño es el más importante’.
Por algo nos dirá en otra ocasión que cuando dimos de comer al hambriento le estábamos dando de comer a El, y cuando vestimos al desnudo, y cuando acogimos al forastero, y cuando visitamos al enfermo, y cuando sonreímos al triste, y cuando nos detuvimos a hablar con aquel con quien nadie habla, y cuando entramos en la casa de un pobre, y cuando llevamos alegría al triste poniendo esperanza en su corazón. Acogemos al otro y estamos acogiendo a Jesús.
Lo sabemos, lo hemos aprendido desde siempre, pero Jesús una vez más quiere recordárnoslo, porque en la práctica de la vida fácilmente lo olvidamos.

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