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sábado, 23 de octubre de 2010

Todos construimos el Cuerpo de Cristo, la Iglesia

Ef. 4, 7-16;
Sal. 121;
Lc. 13, 1-9

‘A cada uno de nosotros se ha dado la gracia según la medida del don de Cristo’. Comenzaba así hoy Pablo en el texto proclamado de la carta a los Efesios. No nos falta nunca la gracia de Dios. Esa gracia que nos hace crecer a la medida de Cristo, nos hace crecer en santidad a cada uno, pero que no es sólo para nosotros, cada uno por nuestro lado que podríamos decir, sino que es gracia que contribuye al crecimiento del cuerpo de Cristo.
‘El ha constituido a unos apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelistas, a otros pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los fieles, en función de su ministerio, y para la edificación del Cuerpo de Cristo’. Nos está hablando, como todos comprendemos, de la Iglesia y los diferentes carismas y ministerios que el Espíritu hace surgir ‘para la edificación del Cuerpo de Cristo’. Es cierto que no todos tenemos la misma función, pero sí a cada uno el Señor nos ha dado un don. Podemos recordar por otra parte lo que hemos escuchado más de una vez de la parábola de los talentos.
Más adelante nos hablará de esa unidad de todo el cuerpo en la que cada miembro, cada juntura que lo nutre nos dice, realiza su función. ‘Todo el cuerpo bien ajustado y unido a través de todo el complejo de junturas que lo nutren, actuando a la medida de cada parte se procura el crecimiento del cuerpo…’ Si todos formamos ese cuerpo de Cristo, todos tenemos nuestra función en él. Ninguno puede considerarse ni menor ni inútil porque cada uno tiene su función. Algunas veces, decimos, no valemos, qué puedo hacer yo, soy el último y el más inútil. Cada piedra, cada grano de arena contribuye en la construcción del edificio.
Hay un proverbio chino que dice: ‘un capazo de tierra cada jornada y verás crecer allí una montaña’. Vemos un hermoso edificio de muchas plantas, y mientras se va construyendo contemplamos el trabajo de cada uno de los obreros, se va colocando ladrillo a ladrillo, planta a planta hasta que vemos crecer el edificio. Cuántos ladrillos colocados y cuántas horas de trabajo realizadas. Cada ladrillo ocupa su lugar, tiene su función y en unión con los demás hará que se pueda levantar ese hermoso edificio.
Así edificamos la Iglesia, así construimos el pueblo de Dios. Cada uno de nosotros tiene su importancia. Cada uno aportamos lo que somos. Y ponemos nuestra palabra, y ponemos aquel buen gesto para con los demás, y ponemos nuestra sonrisa o nuestra alegría, ponemos nuestro amor, ponemos lo que sabemos o podemos hacer y con la gracia de Dios vamos haciendo que nuestro mundo sea mejor, que la fe crezca, que se contagie el amor.
Si tú no pones eso que eres o que es tu capacidad faltará esa piedra en la construcción. Y todos somos valiosos. Valioso es también nuestra sufrimiento, nuestra oración callada, el ofrecimiento que hacemos de nuestras cosas. Todo eso es una gracia que Dios ha puesto en ti, para que crezcas tú pero para hacer crecer a la Iglesia, para hacer crecer el Reino de Dios.
Recogiendo también lo que nos dice hoy el Evangelio que el Señor no nos encuentre como higuera inútil o infructuosa. Demos esos pequeños frutos que el Señor espera de nosotros. Que convirtamos también nuestro corazón al Señor viendo las llamadas que nos va haciendo cada día. Y aprovechemos la gracia del Señor.

viernes, 22 de octubre de 2010

Unos peldaños que nos conducen a la paz y la dicha

Ef. 4, 1-6;
Sal. 23;
Lc. 12, 54-59

Como los peldaños de una escalera que nos eleva para llevarnos hasta Dios o que nos hace bajar al mismo tiempo hasta la verdad más honda de nosotros mismos, san Pablo nos señala una hermosa serie de actitudes que hemos de saber poner en nuestra vida: humildad, bondad, comprensión, mutua y gozosa aceptación en el amor, unidad en el Espíritu y paz.
Es la senda que nos conduce a la paz verdadera. Es la consecuencia de la fe que vivimos; son los compromisos con los que hemos de responder a la llamada de amor que nos hace Dios. Por dos veces en este corto texto de apenas seis versículos, se nos habla de vocación, de llamada, de convocación. Desde esa vocación hemos de tener un estilo de vivir que es lo que ahora se nos señala; y esa vocación nos llena de esperanza en alcanzar lo que es la meta de nuestra vida.
Primero nos dice ‘os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados’. Luego nos dirá ‘un solo cuerpo y un solo Espíritu como una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados’. Por eso nos dice: ‘sed siempre humildes y amables, sed comprensivos; sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz’.
Todo ha de ser unidad porque uno solo es el Señor y una es la fe, y uno solo es el Bautismo en el que hemos sido bautizados. ‘Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios Padre de todo…’ ¿Cómo lograr esa unidad? Son los peldaños que decíamos al principio.
Sólo desde la humildad y el amor lo lograremos. Humildad y amor que se han de manifestar en gestos sencillos y amables que tengamos unos con otros. Sólo así podremos lograr una convivencia en paz. Sólo desde esa humildad sabremos ser comprensivos con los demás porque primero nos hemos mirado a nosotros mismos. Si vemos en nosotros debilidades - ¿quién no las tiene? – y fallos cómo no ser comprensivos con las flaquezas que pueda tener el hermano.
Nos comprenderemos, nos aceptaremos, sabremos caminar juntos. Es la unidad del Espíritu de la que nos habla el apóstol. No siempre es fácil pero nos esforzamos en conseguirla. Es que todo está ceñido con el cinturón del amor. Los que se aman se comprenden y se disculpan, se ayudan mutuamente a superarse y son como un aliciente y estímulo gozoso los unos para los otros. Al final todo será armonía y paz. Y esto tenemos que irlo logrando en el día a día de nuestra vida. No hace falta buscar cosas extrañas o extraordinarias. En lo sencillo y humilde que podemos hacer cada día en nuestra relación y trato con aquellos con los que convivimos, con los que estamos en las diversas circunstancias de la vida.
Qué dichosos y felices seríamos si fuéramos capaces de subir esos peldaños aunque fuera con esfuerzo. Y lo podemos ser. Y tenemos que demostrarle al mundo que por la fe que tenemos en Jesús somos las personas más felices. Es que lo que nos enseña Jesús siempre nos llevará a la dicha y a la mejor felicidad cuando nos hacemos felices los unos a los otros.

jueves, 21 de octubre de 2010

Necesitamos ser maduros y adultos en la fe

Ef. 3, 14-21;
Sal. 32;
Lc. 12, 49-53

Toda persona aspira a la madurez. No nos queremos quedar como niños siendo infantiles e inmaduros toda la vida. La vida es crecimiento que nos conduce a la madurez. Ese crecimiento interior que nos ayuda a tener convicciones profundas que nos lleven a un actuar con responsabilidad sabiendo lo que hacemos y a lo que nos comprometemos son señales de esa madurez que vamos teniendo en la vida.
Nuestro crecimiento no está sólo en lo físico o corporal como todos comprendemos. Tendemos a un crecimiento humano pero que tendría que ser total abarcando la totalidad de la vida. Eso entraña un crecimiento y una madurez espiritual y, en consecuencia, un crecimiento y una maduración también como cristianos. Aspectos estos que muchas veces se quedan relegados a un segundo plano pero que son importantes y esenciales para un creyente y para un cristiano.
Es lo que desde lo más profundo de su oración – ‘doblo mi rodillas ante el Padre’ - pide Pablo en la carta que escuchamos para los cristianos de la comunidad de Éfeso. Es hermoso. ‘Pidiéndole, dice, que os conceda por medio de su Espíritu: robusteceros en lo profundo de vuestro ser; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento… así llegaréis a vuestra plenitud según la Plenitud total de Dios’.
Sentirnos fuertes desde lo más profundo de nuestra vida y nuestra fe. Fortaleza de la fe, fortaleza nacida de la escucha de la Palabra de Dios, fortaleza en la profundización y maduración del conocimiento de Cristo. ¿Conocemos de verdad a Cristo? ¿conocemos de verdad nuestra fe y podemos dar razones de ella? ¿conocemos con hondura, por ejemplo, la Biblia, los evangelios…? No podemos ser infantiles e inmaduros en nuestra fe; necesitamos ser adultos en la fe y para ello hemos de saber buscar cauces de formación en esa fe. Es precisamente el objetivo pastoral en el que está empeñada nuestra iglesia diocesano en estos momentos.
Que Cristo habite en lo más hondo de nosotros. No sólo un conocimiento sino una vida. Conocer es vivir, se suele decir. Conocer, sí, para hacerlo vida en nosotros. Dejar que Cristo se meta en lo más hondo de nuestra vida, para dejarme conducir y guiar por su Espíritu. Ya no es mi vida, sino la vida de Cristo; ya no van a ser mis sentimientos, sino los sentimientos de Cristo; ya no será mi amor, sino el amor de Cristo.
Entonces, como nos dice el apóstol, el amor será nuestra raíz y nuestro cimiento, la fundamentación de mi vida. Un amor hondo, un amor puro, un amor entregado, un amor generoso, un amor comprometido, un amor en el sentido de Cristo, un amor que refleja lo que es el amor de Dios.
Entonces nos sentiremos fuertes ante las dificultades; fuertes para el testimonio; fuertes para el anuncio valiente del mensaje del evangelio; fuertes para sentirnos siempre misioneros de nuestra fe.
Sentiremos el ardor del Espíritu de Jesús en nuestro corazón. Como nos dice hoy en el evangelio ‘he venido a prender fuego en el mundo, y ¡ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, y ¡qué angustia hasta que se cumpla!’ Si nos llenamos de Cristo, de su amor, de la fuerza de su Espíritu en verdad que encenderemos esa hoguera de la fe y del amor en nuestro mundo. Tiene que ser nuestro maduro compromiso.

miércoles, 20 de octubre de 2010

A la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre

Ef. 3, 2-12;
Sal.: Is. 12, 2-6;
Lc. 12, 39-48

‘Estad preparados porque a la hora que menos penséis, viene el Hijo del Hombre’. Una invitación que nos hace Jesús para que no andemos en la vida distraídos olvidando la meta final y definitiva de la vida.
Lo expresamos de muchas maneras en la liturgia, lo confesamos en nuestra fe, pero pareciera que este artículo de nuestra fe y nuestra esperanza lo olvidáramos fácilmente o no lo tuviéramos en cuenta. ¿Será acaso por una falta de trascendencia en nuestra vida? ¿será porque sólo pensamos en la vida presente y nos falta la esperanza de la vida eterna?
Ayer ya nos decía Jesús en el texto del evangelio entonces proclamado: ‘tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas’. A la manera del criado que tiene que estar vigilante a la espera de la llegada de su señor; o a la manera del administrador que tiene que estar atento a sus obligaciones y responsabilidades ejerciendo además su función con lealtad y justicia; o a la manera del dueño de casa que tiene que estar vigilante para que no llegue el ladrón y le robe todo lo que tiene.
‘Pedro le preguntó: Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?’ Por la respuesta de Jesús pareciera que en principio está haciendo un llamamiento a aquellos que van a tener una función en su iglesia. Los pastores en estas palabras hemos de sentir la advertencia y la invitación de Jesús para que ejerzamos nuestro servicio y ministerio atendiendo bien a ese pueblo de Dios que el Señor nos ha encomendado y que no podemos hacer dejación de esa atención que hemos de tener y de ese alimento que en la Palabra de Dios hemos de dar al pueblo de Dios que se nos ha encomendado. Rogad al Señor para que seamos fieles cumplidores del mandato y de la encomienda del Señor. Nos confiamos también a vuestra oración.
Pero también estas parábolas, como dice Pedro, estas advertencias y esa invitación a la vigilancia y a la esperanza es para todos. Podemos pensar en ese encuentro final y definitivo con el Señor, que no sabemos cuando el Señor nos va a llamar y hemos de estar siempre preparados. Preparados con esperanza y con confianza, nunca con temor.
Algunos cristianos cuando oyen hablar de la muerte se llenan de temores y angustias. ¿Por qué temer si vamos a encontrarnos con el Padre misericordioso siempre dispuesto a perdonarnos? Claro que hemos de vivir nuestra vida de cada día con rectitud, con santidad, llenándola de muchas obras buenas y santas, de mucho amor. Es el tesoro que nos dice Jesús que acumulemos en el cielo. Es esa vigilancia para que la tentación y el pecado no nos venzan. Es ese deseo y compromiso de vivir siempre en al gracia y la amistad de Dios que hemos de cuidar.
Pero esa vigilancia ha de ser cosa de cada día y de cada momento porque el Señor viene a nosotros, se nos manifiesta de muchas maneras, quiere hablarnos allá en lo hondo de nuestro corazón y andamos en la vida muy distraídos y no sabemos escucharlo. El Señor va poniendo muchas señales de su presencia a lo largo del camino de nuestra vida y de muchas maneras nos va haciendo llamadas a nuestro corazón. Viene el Señor y viene con su gracia y con su amor. Estemos atentos a su presencia.
Si ahora, en el día a día de nuestra vida, somos capaces de vivir esa presencia de Dios junto a nosotros, a Cristo que camina a nuestro lado y nos llena de su gracia, no temeremos ese encuentro final porque sabemos que siempre será para dicha, para felicidad total, para estar junto a Dios para siempre. El Señor es misericordioso y compasivo.

martes, 19 de octubre de 2010

Somos miembros de la familia de Dios

Ef. 2, 12-22;
Sal. 84;
Lc. 12, 35-38

‘Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios’. Confieso que cualquiera de los párrafos o renglones de este texto de la carta de los Efesios podría valernos para iniciar nuestro comentario y reflexión porque por sí mismo nos da un hermoso mensaje.
Pablo está dirigiendo su carta a la comunidad de Efeso que en gran parte provenía del mundo pagano y que han aceptado a Jesús como su salvador. Hay en la comunidad también creyentes provenientes del judaísmo, y es por lo que les dice que ya nadie se puede considera ni extranjero ni forastero. Todos son ciudadanos ya del nuevo pueblo que ha nacido desde la salvación de Jesús, todos forman parte de esa nueva familia de los hijos de Dios.
‘Ahora estáis en Cristo Jesús. Por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos… El ha hecho de los dos pueblos una sola cosa… reconcilió con Dios a los pueblos reuniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz…’
Es hermoso. La Sangre de Cristo nos une, la sangre de Cristo nos reconcilia con Dios, la sangre de Cristo nos hace sentirnos un solo cuerpo. Cristo ha venido a traernos la paz. La paz que es el perdón y la gracia que nos concede. La paz que es nuestra unión con Dios. La paz que nos reconcilia entre nosotros, hace que nos reencontremos de verdad. Cristo ha derribado el muro que nos separaba y dividía, el pecado que nos rompía por dentro, nos apartaba de Dios, pero que también nos separaba de los demás. Por eso como nos dice ‘unos y otros podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu’.
Pero el mensaje no es sólo para los efesios que tienen que llenarse de gozo en su corazón y alabar a Dios por esa vida nueva que en Cristo ahora tienen. El mensaje es también para nosotros que igualmente tenemos que llenarnos de gozo cuando nos sentimos redimidos por la Sangre de Cristo. También tenemos que alabar a Dios por las maravillas que hace en nosotros. Pero todo esto nos tiene que llevar a considera cómo es nuestra vida, si todo esto es algo que vivimos nosotros, si todo esto nos lleva a ese encuentro profundo con los demás.
Ese pensamiento con el que comenzábamos de que ahora somos miembros de la familia de Dios tendría que hacer reflexionar y revisar el nivel de comunión, de cercanía, de verdadero amor fraterno que vivimos entre nosotros en el día a día de nuestra vida. Mal podemos sentir que somos esa familia de Dios si aún no hemos desterrado de nosotros esas cosas que nos enfrentan y nos dividen, nos alejan unos de otros o crean tensiones en nuestra relación.
El apóstol nos decía que Cristo con su sangre ha derribado el muro que nos separaba, el odio, pero quizá todavía no hemos puesto en nuestro corazón todo ese amor que tiene que acercarnos a los demás; quizá quedan dentro de nosotros resentimientos, envidias y no sé cuantas cosas que nos distancias; quizá puedan quedar dentro de nuestro corazón las desconfianzas que no nos hacen ser sinceros unos con otros. Todo eso tendría que cambiar. Como nos dice el apóstol Cristo ha venido ‘para hacer las paces y para crear un hombre nuevo’.
Es la tarea que nos queda ir realizando día a día, porque sabemos que nos cuesta. Pesa en nosotros como una rémora que nos arrastra hacia atrás nuestro egoísmo y nuestro amor propio. Pero con Cristo tenemos que saber de una vez por todas amar y perdonar.
Pidamos que nos inunde el Espíritu de la unidad y de la concordia.

lunes, 18 de octubre de 2010

El evangelista de Buenas Nuevas de alegría a los pobres y de la misericordia del Señor


San Lucas Evangelista

2Tim. 4, 9-17;
Sal. 144;
Lc. 10, 1-9

Celebramos hoy al evangelista san Lucas, autor del tercer evangelio y de los Hechos de los Apóstoles. Bien nos habla él en el principio de estos libros de su interés por conocer la verdad de Jesús con todos los hechos y acontecimientos de su vida y escribirlos con orden para que los podamos conocer.
San Pablo lo cita en sus cartas como compañero que permanece con él, incluso en momentos difíciles en que otros han dejado a Pablo. Lucas de origen o al menos de cultura griega un día conocería el evangelio de Jesús y se convirtió en discípulo; pero quiso ser más porque nos dejó el evangelio trasmitiéndonos así todo lo que él había conocido de Jesús. Es lo primero que hemos de destacar de Lucas, el evangelista, el trasmisor del Evangelio.
Muchas cosas se podrían resaltar del evangelio de Lucas. Destacaremos algunas cosas que nos puedan ayudar en su fiesta a conocerle, pero sobre todo a través de su evangelio a llegar también nosotros a un mayor conocimiento de Jesús.
Es el evangelista que nos anuncia buenas nuevas de alegría tanto en el relato del nacimiento de Jesús como en la resurrección. ‘Os anuncio una gran alegría…’ trasmitieron los ángeles a los pastores según el relato que nos hace Lucas. Alegría trasmitieron también los ángeles a las mujeres que iban al sepulcro al anunciarles que no buscaran entre los muertos al que estaba vivo porque Jesús había resucitado. Y por fijarnos en algunas cosas más Jesús en el evangelio de Lucas nos habla de la alegría del cielo cuando un pecador se arrepiente se convierte, igual que la fiesta que hace el padre a la vuelta del hijo que estaba perdido y lo habían de nuevo encontrado.
Pero es también el evangelista que nos habla de la Buena Noticia, el Evangelio, que se anunciará a los pobres. Será en la sinagoga de Nazaret cuando Jesús mismo lee al profeta Isaías comentando que lo anunciado por el profeta allí se estaba cumpliendo. Por eso el evangelista al darnos su relato de las bienaventuranzas llamará dichosos a los pobres porque de ellos es el reino de los cielos.
Será el evangelista que nos narrará las más hermosas parábolas que nos hablan de la misericordia de Dios cuando nos habla de la oveja perdida, la moneda extraviada o el hijo pródigo que marcha de la casa del padre, para hablarnos, como decíamos, de la alegría del cielo, pero de la misericordia de Dios que nos busca y nos ofrece siempre el abrazo de su amor y su perdón. Mucho más podríamos o tendríamos que profundizar en todo esto.
Finalmente destaquemos algo que nos repite Lucas en varias ocasiones en los Hechos de los Apóstoles que es la vida de comunión que hay, que tendría que haber siempre en consecuencia, entre todos los que creemos en Jesús. En los Hechos nos dirá de aquellas primeras comunidades que ‘el grupo de los creyentes pensaban y sentían lo mismo, de manera que nadie consideraba como propio nada de lo que poseía, sino que tenían en común todas las cosas'. Ya antes nos había dicho que ‘todos perseveraban unánimes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión y en la fracción del pan y en las oraciones…’
Lo pedíamos en la oración litúrgica, ‘vivir con un mismo corazón y un mismo espíritu y atraer a todos los hombres a la salvación’. Que seamos capaces desde el conocimiento de Jesús en que vayamos creciendo más y más, vayamos creciendo en comunión entre nosotros. Desde que creemos en Jesús no es de otra manera como podemos vivir. Pero que eso despierte en nosotros también ese ardor misionero para anunciar el evangelio a los demás. Jesús había enviado a sus discípulos de dos en dos a anunciar el Reino de Dios y los Hechos nos relatarán esa acción misionera de la primera Iglesia.
Empapémonos del Evangelio cuando hoy estamos celebrando la fiesta de este evangelista. Y que arda en nosotros ese celo porque también ese evangelio sea anunciado a los pobres, a los que sufren, a todos, porque para todos es esa buena noticia y para todos es ese año de gracia del Señor.

domingo, 17 de octubre de 2010

Señor, reaviva en nosotros el gozo y la fuerza de la oración


Ex. 17, 8-13;
Sal. 121;
2Tim. 3, 14-4,2;
Lc. 18, 1-8


Una imagen que es todo un mensaje enriquecedor. Hemos contemplado a Moisés con los brazos levantados en alto en la montaña. ‘Yo estaré en la cima de la colina teniendo en la mano el bastón de Dios… tenía los brazos en alto… cuando se le cansaban los brazos a Moisés… Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado… hasta la puesta del sol’. Es la imagen orante de Moisés al Señor por su pueblo que luchaba en su camino hacia la tierra prometida.
El rico lenguaje de las manos tendidas o levantadas, podemos decir. El pobre nos tiende la mano pidiendo un socorro para su necesidad. Cuando vamos al encuentro del otro tendemos la mano en señal de paz y amistad en el saludo. Recibimos al amigo con los brazos abiertos como señal de acogida y amistad. Y levantamos las manos y los brazos hacia lo alto cuando en nuestra oración suplicamos a Dios o queremos cantar sus alabanzas y acciones de gracias.
Es el signo que emplean todos los hombres religiosos en todas las religiones como expresión de esa súplica confiada a su Hacedor. Es el signo que se repite en la liturgia para expresar nuestra oración a Dios.
Levantamos nuestras manos a Dios y lo queremos hacer con toda fe y con toda confianza. Hoy Jesús quiere enseñarnos a orar con perseverancia y nos propone la parábola que hemos escuchado, para decirnos cómo siempre nos escucha el Señor. Pero es necesaria en nosotros esa confianza, esa fe y esa perseverancia. La súplica perseverante de aquella viuda obtuvo justicia de aquel juez inicuo que no quería escucharla, pero nos dice Jesús ‘¿no hará Dios justicia con sus elegidos, que claman a El día y noche? Yo os digo que os hará justicia con prontitud’. Es la súplica perseverante con los brazos en alto que contemplamos en Moisés en la primera lectura que obtuvo del Señor la victoria para su pueblo.
Pero ¿será así siempre nuestra oración? ¿No nos sucederá a veces que no confiamos, o que no perseveramos lo suficiente? ¿Por qué decae tan fácilmente nuestra oración? Será bueno que nos preguntemos y reflexionemos sobre ello.
¿Qué necesitamos para mantener las manos – el corazón – levantadas en oración? Levantemos el corazón, nos invita la liturgia para que entremos de verdad en oración.
Pero nos cansamos como le sucedía a Moisés y nos puede faltar esa perseverancia. Se nos caen los brazos. Con qué facilidad abandonamos la oración, la dejamos para otro momento que quizá muchas veces no llega. Nos entra quizá el desánimo o la impotencia ante lo que nos rodea o lo que nos sucede que algunas veces nos cuesta comprender. Fácilmente tenemos el peligro de entrar en una atonía espiritual y una frialdad que nos hace abandonar todo. Vivimos una vida superficial demasiado pendiente de lo que está más cerca de nosotros o nos llama fácilmente la atención. Ante lo dura que pueda ser la vida o los problemas que nos afectas nos entra la desconfianza y hasta perdemos la esperanza. Muchos peligros. Muchas veces que se nos caen los brazos y necesitamos tenerlos bien levantados.
Por otra parte en esa superficialidad y materialismo que nos rodea y que nos afecta, perdemos la trascendencia que hemos de darle a la vida; pareciera que los valores espirituales los dejamos a un lado; nos creemos tan poderosos y autosuficientes pensando sólo en lo que podemos hacer que ya nos parece no necesitar a Dios; nuestra fe se nos enfría, puede decaer y se apaga.
Necesitamos quizá descubrir cómo mantener las manos levantadas como Moisés, cómo avivar nuestra fe y nuestra esperanza. Necesitamos aprender a saborear nuestra oración. Suplicamos a Dios desde nuestras necesidades, es cierto, y a El es a quien tenemos que acudir. Pero ¿no será necesario detenernos un poco a considerar lo que verdaderamente es nuestra oración? No la convirtamos solamente en una lista de peticiones que le vamos a presentar al Todopoderoso, como quien va a despachar con un personaje poderoso o influyente del mundo.
Oración es trascendencia porque vamos a encontrarnos a quien estando en lo más hondo de nosotros mismos, en nuestro corazón, sin embargo su inmensidad y grandeza va mucho más allá de lo que nosotros somos o podamos sentir. No podemos dejar de pensar en ese misterio inmenso de Dios en el que queremos sumergirnos cuando vamos a encontrarnos con El en la oración.
Por eso nuestra oración tiene que ser presencia, presencia de un Dios que nos ama como un Padre y que sentimos en nosotros, aunque trascienda nuestra vida con su inmensidad, pero que al mismo tiempo nos llena del gozo más inmenso y más profundo cuando nos sentimos amados. No acudimos a Dios con miedo sino con amor; no acudimos a Dios para sentirnos hundidos en nuestra nada, sino para llenándonos de El sentir como El nos levanta y nos hace sentir grandes porque nos sentimos amados y nos sentimos hijos. Presencia maravillosa de amor de Dios en nosotros de la que ya no querremos separarnos. Por eso el místico se extasía de esa manera en Dios y ya el tiempo no cuenta para él estando con Dios.
Pero nuestra oración es también humildad porque por nosotros mismos nos sentimos pequeños y vacíos, pero será un vacío que nos va a llenar Dios con su inmensidad, con la inmensidad de su amor y su vida. Y de ahí, claro, surgirá la alabanza y la acción de gracias; de ahí surgirá la confianza y seguridad con que nos sentiremos en nuestra oración. Y una oración así ya no será superficial sino que llenará de hondura nuestra vida, porque nos llenamos de Dios.
Será una oración gozosa y llena de paz; será una oración de la que saldremos siempre transformados; será una oración alimento de esperanza, que nos dará coraje y fuerza en nuestra lucha, que nos hará crecer más y más en nuestra amor haciendo que nos sintamos cada día más comprometidos en lo que hacemos y vivimos. Podrán ser muchos los problemas o las cosas que nos pudieran agobiar, pero desde la oración nos sentimos fuertes y nunca perderemos la paz. Con la oración aprenderemos ya a mirar las cosas, la vida, el mundo que nos rodea, los trabajos o las preocupaciones que tengamos con otra mirada.
La oración para nosotros será entonces como el respirar porque ya en cada momento y donde estemos sabremos sentir siempre la presencia de Dios, una presencia inmensa pero una presencia de amor. Será la oración que nos hará crecer de verdad en santidad.
Señor, reaviva en nosotros el gozo y la fuerza de la oración.

sábado, 16 de octubre de 2010

Vivamos en esperanza y llenemos nuestra vida de fe y amor

Ef. 1, 15-23;
Sal. 8;
Lc. 12, 8-12

‘Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra’. Muchas veces lo hemos rezado, lo hemos cantado, lo hemos meditado, rumiado en el corazón. Lo expresaba una vez más el salmo de hoy. Admirable el nombre del Señor es decir qué grande es Dios. Todos alabamos el nombre del Señor. Todos cuando contemplamos las maravillas de la creación no podemos menos que decir ‘qué admirable es tu nombre en toda la tierra’.
El Señor creador del cielo y tierra en toda su inmensidad es un Dios que nos ama, es un Dios que es nuestro Padre. Por eso la consideración de las maravillas del Señor comienza, sí, contemplando la obra de la creación pero continuará contemplando al amor objeto de un amor de complacencia especial de Dios. Somos amados de Dios y de tal manera que nos llena de su vida; de tal manera que nos ofrece con su amor su perdón y su redención, porque no siempre nosotros hemos sido fieles para corresponder a tal amor de Dios.
Pero contemplando la inmensidad de Dios y de su amor por nosotros algunas veces nos quedamos cortos, no llegamos a comprender tal magnitud de amor. Necesitamos de la fuerza y de la luz de su Espíritu de sabiduría para llegar a vivir todo lo que Dios nos ofrece y nos regala.
Hoy, siguiendo con la carta a los Efesios, san Pablo alaba la fe y el amor de aquella comunidad y por eso dice ‘no ceso de dar gracias a Dios recordándoos en mi oración’. ¡Qué hermoso lo que siente el apóstol cuando contempla y admira la fe y el amor de los efesios!
Les digo sinceramente que cuando leo estas palabras del apóstol mi mente y mi corazón contemplan también la fe y el amor de cuantos me rodean. Pienso en las comunidades donde he ejercido mi ministerio sacerdotal y cuántas personas he podido conocer con un amor y una fe grande que viven su entrega, su dedicación, su fe, su compromiso cristiano. Ahora mismo contemplo a aquellos junto a los cuales Dios me ha puesto en mi ministerio y quiero contemplar esa fe y ese amor, muchas veces en una entrega grande en tantos, otras veces quizá como una llamita pequeña que hay que cuidar y avivar.
Con el apóstol quiero yo elevar esa acción de gracias a Dios pero hacer toda la oración que nos expresa hoy en su carta. Decía antes que muchas veces no llegamos a comprender del todo la magnitud del amor de Dios para con nosotros y cuánto ha hecho y sigue haciéndonos dándonos su gracia. ‘Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo’. Que nos conceda el Señor conocer más y más todo ese misterio de amor. Que nos llenemos en verdad todos de su Espíritu.
Que se ilumine nuestra vida, ‘los ojos de nuestro corazón para que comprendamos la esperanza a la que nos llama, y cuál es la riqueza de gloria’ que nos aguarda. ¡Qué dicha poder alcanzar un día la gloria del Señor! Qué esperanza más grande anima nuestra vida cada día. Que no se nos apague esa esperanza. Que no perdamos de vista la meta hacia la que caminamos. Que nos sintamos herederos, esa herencia de los santos, que Dios nos ofrece porque nos ha hecho sus hijos en Cristo Jesús.
Cuando tenemos esa meta, cuando tenemos esperanza nuestro caminar será más firme, nos sentimos más fuertemente alentados en medio de las dificultades y tentaciones que rodean nuestra vida. Creemos en Jesús, el Señor resucitado de entre los muertos y que a nosotros también nos hará resucitar a una vida nueva. Vivamos en esa esperanza; llenemos nuestra vida de amor; que nuestra fe sea cada día más firme porque de verdad en el Señor ponemos toda nuestra confianza. No podemos menos que decir ‘¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!’

viernes, 15 de octubre de 2010

Que se encienda en nosotros el deseo de la verdadera santidad

Fiesta de Santa Teresa de Jesús
Eclesiástico, 15, 1-6;
Sal. 88;
Mt. 11, 25-30

‘Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo’. Esta antífona con que comienza hoy la Eucaristía en la fiesta de santa Teresa de Jesús muestra la sabiduría de la Iglesia que no pudo escoger otra antífona que mejor expresar los deseos y ansias del corazón de santa Teresa por llenarse de Dios y que alcanzó en sus altísimas cotas místicas. Ansia de Dios, deseos de Dios, búsqueda de Dios fue el camino de santa Teresa y pudo llegar a un conocimiento de Dios y una contemplación de Dios, que el Señor concede a las almas grandes. ¿Los tendremos nosotros también?
La liturgia nos ofrece en esta fiesta de santa Teresa este evangelio donde Jesús da gracias al Padre que revela los misterios de Dios a los pequeños y sencillos. ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Así Padre te ha parecido mejor…’ Así son las cosas de Dios. Así de admirable es su amor y su ternura para con los pequeños y sencillos.
Miremos para conocer ese sentir de Dios a Jesús rodeado siempre de los pequeños, los pobres y los que sufren. ‘Bienaventurados los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos’, terminará diciéndonos Jesús en las bienaventuranzas. No son los ricos, los sabios o los engreídos, los poderosos o los que se sienten llenos de si mismos o de sus cosas, los preferidos de Dios para darse a conocer.
Un corazón grande, un alma grande, decíamos antes, refiriéndonos a Santa Teresa que llego a tan alta contemplación del misterio de Dios en su vida mística. Pero cuando se hizo pobre y se vació de sí misma pudo llegar a experimentar ese consuelo de Dios. Pasó por tiempos de sequedades y vacíos como ella misma nos cuenta en su vida, pero fue esa purificación interior para hacer ese camino que le llevaría a Dios de verdad para conocerle y vivirle como ella lo vivió.
Y cuando se llenó así de Dios fue cuando pudo darlo de verdad a los demás en la gran empresa y trayectoria de su vida, de la reforma del Carmelo y de todos esos monasterios que fue fundando a lo largo de toda España. Porque estaba llena de Dios de esa manera, a pesar de sus propios achaques físicos pudo recorrer los caminos de Castilla para ir realizando aquella obra que el Señor le confiaba.
No voy en este momento a hablar de su vida, sus viajes, sus fundaciones o sus escritos. Simplemente tomemos su ejemplo siguiendo la trayectoria del Evangelio para que así podamos abrir nuestro corazón a Dios y llenarnos también de Dios. Que el Señor nos conceda a nosotros el don de la oración aprendiendo de santa Teresa.
Que aprendamos a abrir nuestro corazón a Dios desde la humildad y desde el amor. Hagámonos pequeños y sencillos. Vaciemos nuestro corazón de tantos apegos que nos distraen y no dejan lugar a Dios en nuestra vida. Y podremos llenarlo de Dios. Y podremos sentir su paz y su consuelo. Y así iremos creciendo más y más en ese camino espiritual de santidad que hemos de recorrer; un camino donde nos vamos apartando del mal, venciendo toda tentación, alejándonos de todo peligro; un camino donde iremos creciendo más y más en ese conocimiento de Dios, del Dios que se nos revela allá en lo secreto del corazón. Y nos sentiremos entonces fuertes para lo que el Señor nos pida.
Que la Sabiduría de Dios nos alimente con el pan de la sensatez, nos dé a beber el agua de la prudencia y alcancemos el gozo y la alegría de tener a Dios siempre en nuestro corazón, como nos decía el libro del Eclesiástico.
Que con la intercesión de santa Teresa se encienda en nosotros del deseo de la verdadera santidad caminando ese camino de perfección que nos lleve cada día a estar más cerca de Dios.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Resplandezcamos con los frutos del Espíritu

Gál. 5, 18-25;
Sal. 1;
Lc. 11, 42-46

‘Por sus frutos los conoceréis…’ nos dice Jesús en el sermón del monte. ‘Todo árbol bueno da frutos buenos; todo árbol malo da frutos malos… y el árbol que no da fruto es cortado y arrojado al fuego. Por los frutos los conoceréis’ (Mt. 7. 16-20).
He querido recordar en esta reflexión este texto del evangelio de Mateo por lo que nos dice san Pablo hoy en la carta a los Gálatas, en la que nos habla de los frutos de la carne y de los frutos del Espíritu. Bien nos viene recordarlo porque a la larga es un invitarnos a preguntarnos cuáles son los frutos que nosotros damos. Y por los frutos se conoce el árbol, por los frutos se nos reconocerá.
Por eso nos dirá Pablo que ‘los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y sus deseos. Y si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu’. Los que somos de Cristo, y a El nos hemos unido desde nuestro Bautismo por nuestra fe en El, hemos dado muerte en nosotros a lo malo, a lo que lleva al pecado.
Somos de Cristo, somos criaturas nuevas, hemos dado muerte al hombre viejo del pecado en el Bautismo que es un unirnos a Cristo en su muerte y resurrección; en nosotros, pues, ha nacido el hombre nuevo, el de la gracia. Hemos muerto con Cristo para con Cristo renacer a una vida nueva. ¿Qué significa la muerte de Cristo sino una victoria sobre la muerte y el pecado? Para eso murió Cristo, para liberarnos del pecado. ¿No decimos para salvarnos? ¿En qué pues se ha de manifestar esa salvación en nosotros sino en esa vida nueva?
Pero es ahí donde surge la pregunta. ¿En verdad vivimos como hombres nuevos? ¿vivimos como quienes hemos sido ya salvados y liberados por Cristo ya de una vez para siempre del pecado? ‘Por sus frutos los reconoceréis’, que recordábamos al principio. Por los frutos se nos reconocerá.
Es en lo que tenemos que mirarnos y lo que es nuestra lucha de cada día. Una lucha, un combate, porque el enemigo acecha y quiere hacer que volvamos a caer en el pecado y en la muerte. Es la vigilancia de la que nos habla continuamente el evangelio y en la que tantas veces hemos reflexionado.
Nos habla Pablo hoy de las obras de la carne, las obras del mal y del pecado que pueden seguir siendo una tentación para nosotros. Habla a los Gálatas de cosas concretas que él veía como peligros en aquella comunidad rodeada por un mundo pagano y lleno de vicios, pero que puede seguir siendo para nosotros también un peligro concreto en este mundo nuestro en que vivimos. ‘Fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, celos, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, envidias, borracheras, orgías y cosas por el estilo’. Fijémonos si no son también cosas que hay en nuestro entorno. Sería una buena pauta para un examen de conciencia.
Pero nos habla de los frutos que hemos de dar, los frutos del Espíritu. ‘Amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí’. Cuánta falta nos hace que resplandezcamos por estas cosas. Qué hermosa y distinta sería nuestra vida, nuestra convivencia, nuestras relaciones entre unos y otros. Hundamos las raíces de nuestra vida en el agua de la gracia para ser como ‘el árbol plantado al borde de la acequia que da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas’, como dice el salmo.
Cuidemos también de no caer en el fariseísmo y la hipocresía, la apariencia y los sueños de grandeza, que Jesús denuncia en el evangelio hoy.

martes, 12 de octubre de 2010

Con María firmes en la fe y generosos en el amor


Fiesta de la Virgen del Pilar

Crón. 15, 3-4.15-6; 16, 1-2;
Sal. 26;
Lc. 11, 27-28


Al celebrar la fiesta de la Virgen del Pilar las imágenes y los signos se suceden en la liturgia ayudándonos a comprender plenamente el sentido de esta fiesta pero sobre todo lo que significa María en la vida del cristiano y en la vida de la Iglesia.
Podemos comenzar por fijarnos en la columna o pilar sobre la que está colocada la imagen bendita de María, que da título a esta advocación, y que viene a hundir, podíamos decir, sus raíces o cimientos en lo profundo de nuestra tierra. Un pilar o una columna es signo de fortaleza bien cimentada para mantener firme todo el edificio. María, según piadosa tradición presente en su imagen desde tiempo inmemorial en nuestras tierras españolas y siempre presente en la devoción de nuestros pueblos, viene a ayudarnos a mantener esa firmeza y fortaleza de nuestra fe.
Nos apoyamos en María para sentir esa fortaleza y sentido hondo que Cristo viene a dar a nuestra vida. María señalándonos siempre el camino que nos conduce hasta Cristo viene a fundamentar firmemente la fe del pueblo cristiano. Si nos apoyamos con verdadero sentido en María con una auténtica devoción a la Virgen seguro que no nos vamos a separar nunca de la verdadera fe que centra siempre todo en Cristo Jesús y en su misterio pascual. Por eso no podemos abandonar de ninguna manera nuestra devoción a María sino, todo lo contrario, invocarla cada día con renovado fervor y amor.
Otra imagen que nos habla también de columna es la que nos aparece en la antífona de entrada de nuestra celebración y que, haciendo referencia a la nube que guiaba noche y día al pueblo de Israel en su peregrinar por el desierto hacia la tierra prometida, la liturgia quiere aplicárnosla a María verdadera guía y protectora de nuestra fe. ‘Tú permaneces como la columna que guiaba y sostenía día y noche al pueblo en el desierto’, dice la referida antífona. Luminosa en la noche, con suave y refrescante sombra en los ardores del día la columna de nube se convertía en un signo del amor del Señor que protegía a su pueblo en su peregrinar.
La imagen de María que entronizamos en el lugar más digno de nuestros hogares o en nuestra habitación junto a la cabecera de nuestra cama, que llevamos colgada al cuello en medallas o escapularios, que colocamos entre las fotografías de nuestros seres más queridos en nuestras carteras para que nos acompañe siempre, nos está recordando esa presencia protectora y maternal de María en el camino de nuestra vida.
Es la luz que nos guía reflejándonos siempre la luz de Cristo, por eso como un signo ponemos una luna a sus pies para señalarnos que ella siempre nos reflejará, no su luz, sino la luz de Cristo, verdadero sol de nuestra salvación. Su amor maternal es esa suave brisa que nos hace descansar y recuperar fuerzas en medio de las luchas de cada día. Cómo necesitamos ese apoyo y ese regazo de una madre en quien descansar. Qué importante la presencia de María junto a nuestro caminar. Qué significativa esa presencia de María en la Iglesia en medio de todos nosotros.
Finalmente la otra imagen en que nos vamos a fijar es la que nos ofrece la primera lectura que nos habla del ‘Arca de Dios, colocada en el centro de la tienda que había preparado David’, como preparación para el templo del Señor que un día se había de edificar. Sí, María, Arca de Dios. El Arca de la Alianza, colocada en medio del templo de Israel, era para el judío el gran signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo.
María, Arca de Dios que en seno contuvo al Señor Creador del cielo y de la tierra, cuando Dios quiso encarnarse en sus entrañas para venir a ser Dios con nosotros. María que nos trajo a Cristo, portadora de Dios para hacer que Dios llegase a estar en medio de nosotros para nuestra salvación. La fe de María le hizo estar abierta desde lo más hondo de sí misma para aceptar la Palabra de Dios encarnada en su seno por obra del Espíritu Santo. Así, por su fe, se convirtió María en esa Arca de Dios para nosotros.
Cuánto nos enseña María a vivir una fe así en que estemos abiertos siempre a Dios para escucharle y aceptarle, para dejarnos llenar del Espíritu del Señor como lo hizo María y para que ya como ella nos dejemos inundar por ese amor divino que nos haga partir siempre al encuentro del hermano, del necesitado, del que vayamos encontrando por el camino para llevarle siempre a Dios. Que también nosotros por nuestra santidad nos convirtamos, como María, en signos en medio del mundo de esa presencia salvadora de Dios que así quiere llegar a todos los hombres porque para todos es su salvación.
Brevemente creo que esta puede ser la gran lección que hoy recibamos de María en la fiesta de la Virgen del Pilar. Que nos conceda el Señor, como hemos pedido en la oración, ‘por su intercesión fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor’. Que como María nos mantengamos ‘firmes en la fe y generosos en el amor’ y que así podamos ‘llegar a contemplarle eternamente en el cielo’.

lunes, 11 de octubre de 2010

Aquí hay uno que es más que Jonás…

Gál. 4, 22-23.26-27.31 -5,1;
Sal. 112;
Lc. 11, 29-32

Como se va haciendo una lectura continuada del evangelio, en este caso de san Lucas, los textos escuchados en días precedentes tienen una íntima relación de continuidad con el que hoy se ha proclamado. En días pasados hemos visto distintas reacciones ante Jesús, desde quienes le achacaban de forma blasfema, decíamos, su poder para expulsar demonios al poder del príncipe de los demonios, pasando porque quienes siempre estaban pidiendo signos extraordinarios del cielo para creer en Jesús, hasta aquella gente sencilla como aquella mujer anónima que prorrumpió en bendiciones y alabanzas para la madre de Jesús.
Escuchamos, entonces, por una parte la bienaventuranza de Jesús para quienes escuchan la Palabra y la cumplen plantándola en su corazón y en su vida, pero también el que tenemos que decidirnos de forma rotunda por seguir a Jesús. ‘Quien no está conmigo, está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama’.
El texto de hoy es una invitación a creer en Jesús a reconocer sus obras y su autoridad, su sabiduría y la luz que es para nuestra vida. ‘Piden signos y no se les dará más signo, que el signo de Jonás’. El profeta Jonás que, aunque en principio no quería ir a Nínime a anunciar el mensaje que Dios le decía, sin embargo cuando, tras todas las incidencias por las que tuvo que pasar que también son signo en algunas cosas de Jesús, por fin predica en Nínive, los ninivitas escucharon y creyeron en las palabras del profeta y se convirtieron al Señor haciendo penitencia.
‘Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive lo mismo será el Hijo del Hombre para esta generación’, les dice Jesús. ‘Ellos se convirtieron con la predicación de Jonás y aquí hay uno que es más que Jonás’. Allí está Jesús, el Hijo de Dios, nuestro Salvador, el que murió y resucitó por nosotros al tercer día. Recordamos también cómo Jonás estuvo tres días en el vientre del cetáceo y al final vivo y salvo fue a cumplir su misión profética. Pero nosotros creemos en Jesús, el Señor, resucitado de entre los muertos, como nos decía ayer san Pablo, ‘éste ha sido mi evangelio por el que sufro hasta llevar cadenas, pero la palabra de Dios no está encadenada’.
Les recuerda Jesús a la Reina del Sur ‘que vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón’. A Salomón el Señor le concedió el espíritu de sabiduría para gobernar a su pueblo y fue la admiración de todos. Pero nosotros creemos en Jesús, verdadera Sabiduría de Dios, porque es la Palabra viva de Dios que se ha encarnado, se ha hecho hombre, y es el que en verdad puede darnos a conocer todos los misterios de Dios.
Recordemos lo que nos dice en otros lugares del evangelio. ‘A Dios nadie lo ha visto jamás; sólo el Hijo único del Padre, es quien nos lo ha dado a conocer… nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo da a conocer’.
Vayamos, pues, hasta Jesús. Creamos firmemente en El. Pongámonos en silencio ante El para dejar que penetre hondamente dentro de nosotros y podamos conocerle y vivirle. Abramos nuestro corazón con humildad haciéndonos pequeños y sencillos para que podamos conocer a Dios, porque Dios, su sabiduría, sólo se manifiesta a los pequeños y a los sencillos.
Pidamos, pues, que nos conceda ese espíritu de Sabiduría para conocerlo, para saborear todos los misterios de Dios. Algunas veces podamos sentirnos desbordados por tanto misterio pero tengamos la certeza de que El quiere dársenos a conocer, quiere llenarnos de su Espíritu para que no sólo lo conozcamos, podíamos decir, de una forma intelectual, sino para que lleguemos a ese conocimiento más profundo que es vivirle. Démosle gracias a Dios por el don de la fe.

domingo, 10 de octubre de 2010

Gratitud como correspondencia a la gratuidad


2Reyes 5, 14-17;
Sal. 97;
2Tim. 2, 8-13;
Lc. 17, 11-19

‘Niño, se dice gracias’, nos enseñaron desde pequeños como norma de urbanidad y buena conducta. Es de corazón noble ser agradecidos, solemos decir también. Pero, en verdad, ¿sabremos ser agradecidos en la vida? Pienso que la gratitud es como una correspondencia a la gratuidad de lo recibido. Sentimos la admiración por lo que nos han ofrecido de forma gratuita y surgirá el agradecimiento. Claro que hoy en la vida parece que nos moviéramos más por actitudes de exigencias, reclamaciones y derechos que desde posturas de gratuidad, admiración y gratitud. A todo tenemos derecho, todo nos lo tienen que hacer o dar, y si no lo hacen ya estoy haciendo mis reclamaciones.
Nos falta esa actitud de la gratitud y agradecimiento porque muchas veces nuestras relaciones las tenemos demasiado desde parámetros mercantilistas. No le hago nada, no le regalo nada, porque él tampoco me ha regalado a mí, tampoco hace por mí. Y cuando vivimos esas posturas de exigencias y reclamos de derechos, no seremos capaces - hemos perdido la capacidad - de la admiración ante lo recibido y en consecuencia del agradecimiento. Si no llegamos a ser capaces de admirarnos ante lo gratuito que se nos ofrece nos costará hacer surgir esa actitud de agradecimiento por lo que hemos recibido.
Creo que es en lo que nos quiere hacer reflexionar la Palabra de Dios que hoy hemos escuchado. Por una parte lo que nos narra de Naamán, el sirio, curado de su lepra en el río Jordán en tiempos del profeta Eliseo y por otra parte la curación de los diez leprosos de lo que nos habla el evangelio con la vuelta de un solo leproso curado a dar gracias y alabar a Dios por los beneficios recibidos.
El texto que se nos ofrece del libro de los Reyes es corto en su relato, pero viendo todo su contexto creo que nos puede iluminar mucho. En principio Naamán no había querido realizar lo que le pedía el profeta que era bañarse en el Jordán para poder curarse; le parecía que era algo demasiado simple; siempre buscando cosas grandiosas para no ver dónde está la maravilla de la acción del Señor que se nos puede manifestar en lo más sencillo.
Sólo al cambiar Naamán su actitud de orgullo y exigencia por la humildad de aceptar lo pequeño y sencillo que le pedía el profeta, es cuando fue capaz de recibir y descubrir la gracia que Dios obraba sobre él de forma gratuita, será entonces cuando pasará a una actitud de gratitud y de fe verdadera. Descubrió esa acción de Dios en su vida desde la humildad de cambiar su corazón, y descubriría, entonces, la verdadera salvación que Dios le ofrecía. Hemos visto los gestos con los que quiere expresar luego esa acción de gracias a Dios queriendo vivir la auténtica fe en el único Dios verdadero.
El evangelio, por su parte, nos ha hablado de aquellos diez leprosos que se encuentran con Jesús en el camino. Desde lejos le suplican: ‘Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros’. El corazón misericordioso de Cristo siempre escucha el clamor de los que sufren y por eso les envía a presentarse a los sacerdotes para cumplir con los requisitos necesarios para poderse incorporar curados a sus familias y a la vida de la comunidad. ‘Id a presentaros a los sacerdotes’, les dice Jesús. ‘Y mientras iban de camino quedaron limpios’.
Pero ya hemos escuchado cómo uno se vuelve al verse curado para acudir hasta Jesús ‘alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús dándole gracias’. Y ahí están las palabras de Jesús, como una queja por una parte porque sólo había vuelto ‘aquel extranjero para dar gloria a Dios’, pero por otra parte para alabar la fe de aquel hombre que le ha llevado a la auténtica salvación. Había sido capaz de reconocer las maravillas del Señor que así obraba en él generosamente, gratuitamente, y había venido a dar gracias. Se estaba obrando la verdadera salvación en el corazón del hombre que había visto a Dios en su vida.
Ante Dios, ¿cuáles son nuestras actitudes y posturas? Es cierto que como aquellos leprosos desde nuestro corazón pobre y roto acudimos a Dios en búsqueda de su auxilio, de su gracia. Pero quizá tenemos que preguntarnos cómo es nuestra oración y nuestra relación con Dios.
Quizá demasiado influenciados por este mundo mercantilista en el que vivimos en que no siempre nos es fácil descubrir la gratuidad, este mundo nuestro donde todo se compra o se vende, donde todo se paga o se cobra, podíamos tener el peligro de ir con unas actitudes semejantes a Dios. Unas actitudes que hemos de saber purificar. Cuánto le prometemos a Dios para que nos escuche. Es esa religiosidad de las promesas que tan metida llevamos dentro de nosotros, o si acaso ofrecemos de antemano algo a Dios es como para congraciarnos con El para que nos escuche y atienda. Perdonen la expresión pero de antemano le hacemos el regalito a Dios. ¿No tendría que ser otra la forma de dirigirnos a Dios, de relacionarnos con El, de ser capaces de ver la acción de Dios en nosotros?
Hoy nos ha dicho el Señor en la carta de Pablo a Timoteo. ‘Haz memoria de Jesucristo, el Señor, resucitado de entre los muertos… éste ha sido mi evangelio… la salvación lograda por Cristo Jesús con la gloria eterna…’ ¿Qué significa esta memoria que hacemos de Jesús y de la salvación que nos ofrece? ¿No significa el regalo más grande de Dios que podamos recibir? Sí, he dicho regalo; solemos decir gracia, y ¿qué significa esa palabra gracia sino algo gratuito? Es el regalo de Dios, la gracia que Dios nos ofrece.
¿Sabremos ser agradecidos de verdad a ese regalo, a esa gracia, como decimos, de Dios? Y no es ya lo que nos sucede tantas veces con las promesas que después de recibido el favor fácilmente las olvidamos. El tema está en que no sabemos dar gracias a Dios por tanto que de El hemos recibido en Cristo Jesús y la salvación que nos regala. ¿No tendríamos que detenernos más a considerar toda esa maravilla que Dios continuamente está obrando en nosotros? Decíamos al principio que desde una postura de admiración ante lo gratuito surgirá más fácil nuestra gratitud, nuestra acción de gracias.
Es lo que tenemos que saber hacer. Es por eso por lo que me gusta a mi recordar continuamente ese amor de Dios Padre. Nos puede parecer una repetición el recordarlo una y otra vez, pero nos es bien necesario para que surja mejor nuestra alabanza y nuestra acción de gracias a Dios.
¿A qué nos reunimos cada domingo en asamblea eucarística los cristianos? Ya lo dice la palabra, para celebrar la Eucaristía, para celebrar nuestra acción de gracias a Dios. Eso es Eucaristía, acción de gracias. Hacemos memorial de la Pascua del Señor en la muerte y la resurrección de Cristo y damos gracias. Fijémonos que todo el meollo de nuestra celebración de la Eucaristía es acción de gracias. La gran oración es la plegaria eucarística que comienza en su introducción, en el prefacio, con una invitación a la acción de gracias. ‘En verdad es justo y necesario darte gracias siempre y en todo lugar… te damos gracias porque nos haces dignos de estar en tu presencia…’
Y hacemos memoria de su muerte, su resurrección y su ascensión gloriosa, recordamos y hacemos presente la Cena Pascual en que se nos da como comida y como bebida de salvación y al tiempo que tenemos presente y pedimos por toda la Iglesia queremos alabar al Señor con toda la Iglesia del cielo, cantando eternamente las alabanzas del Señor. Y la Eucaristía está recogiendo toda nuestra vida, lo que somos y las maravillas que el Señor ha hecho en nosotros.
Que toda nuestra vida sea acción de gracias al Señor.

sábado, 9 de octubre de 2010

Hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús

Gál. 3, 22-29;
Sal. 104;
Lc. 11, 27-28

‘Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús’, nos dice la carta a los Gálatas. Es el gran regalo de la fe. El gran regalo de Dios. Es la salvación de Dios que nos ofrece en Cristo Jesús. ‘Tu fe te ha salvado’, escuchamos muchas veces a Jesús decir en el evangelio a aquellos que han creído en El y han recibido su gracia, se han curado, han recibido el perdón de los pecados.
Por la fe en Cristo Jesús recibimos esa salvación de Dios que nos hace hijos de Dios. No nos cansamos de repetirlo, de meditarlo en nuestro corazón, de darle gracias a Dios por tan hermoso regalo. Creemos en Jesús y en Jesús, por la fe que tenemos en El nos hacemos hijos de Dios. Nos ha dado su Espíritu que nos llena de la vida de Dios, que nos hace hijos de Dios.
‘Los que os habéis incorporado a Cristo por el Bautismo, os habéis revestido de Cristo’. Y revestirnos de Cristo no es ponernos un traje como quien se pone un uniforme externo pero por dentro sigue igual. Ese revestirnos de Cristo es hacernos uno con Cristo, configurarnos con El para vivirle a El. Ya vivimos una vida nueva y distinta. Por eso san Pablo nos dirá que somos hombres nuevos, que somos criaturas nuevas. Es que ya en nosotros lo viejo del pecado no tiene que existir. Lo nuevo de la gracia es lo que tiene que resplandecer en nosotros. ¡Qué cosa más hermosa!
Y esto tiene que tener muchas consecuencias para nuestra vida. San Pablo nos dice hoy que ‘ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres…’ todo eso sería externo y accidental. Lo importante es lo que nos une. ‘Todos sois uno en Cristo Jesús’, termina diciéndonos. ¿Cómo tenemos, entonces, que mirarnos o tratarnos? Los lazos del amor desde la fe que tenemos en Cristo Jesús nos unen, nos hacen hermanos, nos hacen querernos. Cómo tenemos que traducir eso en el día a día de nuestra vida, en nuestras posturas hacia los demás, en nuestro trato con los otros, en la cercanía, la amistad y la unidad entre todos.
Esa unión con Jesús con esa vida nueva de la que nos hace partícipes por la fuerza de su Espíritu nos tiene que llevar a una vida santa, a una vida de una unión íntima y profunda con Dios en nuestra oración, en la escucha de su Palabra allá desde lo más hondo de nuestro corazón. Unidos a Jesús como los sarmientos a la vid, que nos dice en otro lugar del evangelio. Es que ya sin Cristo nada somos ni nada podemos hacer. Cómo tenemos que crecer en santidad, en gracia en nuestro corazón.
Hoy en el evangelio hemos escuchado unas alabanzas a María. Primero de aquella mujer anónima que, escuchando a Jesús, grita en medio de la multitud. ¡Dichosa la madre de tal Hijo! ‘¡Dichoso el vientre que te llevó y dichosos los pechos que te criaron!’. Pero será también la alabanza de Jesús. La alabanza de Jesús para todos aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen, pero que es una alabanza primero que nada a María, la que supo escuchar y plantar como nadie la Palabra de Dios en su vida.
Escuchemos nosotros así la Palabra de Dios y crezca nuestra fe en Jesús. Escuchemos la Palabra de Dios que nos salva, nos llena de gracia, nos santifica. Escuchemos la Palabra de Dios y ya que por la fe en Cristo Jesús somos hijos de Dios, aprendamos a ser hijos, a vivir como hijos, a resplandecer en esa santidad que tiene que inundar nuestra vida.

viernes, 8 de octubre de 2010

El crecimiento espiritual nos exige no bajar la guardia para evitar la tentación

Gál. 3, 7-14;
Sal. 110;
Lc. 11, 15-26

El rechazo de Jesús y la no aceptación de sus obras de salvación lleva a algunos, por una parte, a hacer acusaciones blasfemas contra Jesús al acusarle de actuar con el poder del príncipe de los demonios, y a otros a seguir exigiendo signos y milagros para llegar a creer en El.
‘Todo reino en guerra civil va a la ruina, les dice Jesús, y se derrumba casa tras casa. Si también Satanás está en guerra civil. ¿cómo mantendrá su reino?’
Que en esas obras de Jesús seamos capaces de ver la llegada del Reino de Dios. No nos sintamos nosotros tan confundidos como aquellos que le acusaban o le exigían signos en el evangelio. Algunas veces pareciera que queremos fundamentar nuestra fe sólo en los milagros que le pedimos. Pero seamos capaces de ver cómo en Jesús se está manifestando ‘el dedo de Dios’, una forma de decir el poder y la gloria del Señor. ‘Si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros’, termina afirmando Jesús.
Jesús con su gracia quiere liberarnos del mal, hacernos llegar su salvación. Es, además, lo que nos enseñó a pedir y lo que pedimos cada día cuando rezamos el padrenuestro. ‘No nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal’.
Es una oración que hacemos, una petición que hacemos al Señor, pero tiene que ser además una actitud y una postura continua en nuestra vida. El diablo tentador siempre estará buscando la manera de sorprendernos para hacernos caer en sus redes de pecado. Buscará la manera cuando estemos distraídos y bajemos la guardia. Nos puede suceder con facilidad.
Cuando nos arrepentimos de nuestros pecados y alcanzamos el perdón de Dios - ¡qué bueno es el Señor que siempre está ofreciéndonos su perdón -, nos proponemos seriamente no volver a caer en el pecado – propósito de la enmienda, decimos en el catecismo -; no queremos caer en esa tentación; no queremos ser de nuevo egoístas; no queremos volver a tener aquella actitud violenta con el hermano, o aquella postura orgullosa; queremos vivir siempre en la gracia y la amistad con Dios.
Al principio nos vamos comportando con humildad, somos pacíficos, no queremos ser egoístas sino que más bien nos hacemos generosos y compartimos, queremos evitar aquellas ocasiones que sabemos que nos pueden llevar de nuevo al pecado. Pero ya sabemos lo que nos sucede; pronto bajamos la guardia, comenzamos de nuevo a enfriarnos y a no estar atentos a esas ocasiones de pecado, y viene la tentación y volvemos a las andadas, volvemos a caer en el pecado.
A eso nos previene hoy Jesús en el evangelio y hemos de tenerlo muy en cuenta en el camino de nuestra vida espiritual; nos viene bien reflexionar sobre estas cosas así sencillamente. Son las imágenes que nos propone Jesús hoy en el evangelio. El hombre fuerte que nos ataca con nuevas armas, o el espíritu inmundo que ‘vuelve otra vez a nosotros y encuentra la casa barrida y arreglada’, como dice Jesús.
Cuidado no te creas seguro, se nos suele decir. Cuando nos creemos seguros por nosotros mismos ya el diablo sabe donde está nuestra debilidad. Nuestra seguridad la tenemos no en nosotros sino en el Señor, en su gracia que hemos de saber pedir y contar con ella. Sólo en un espíritu de superación continua, en esa ascesis y en esos deseos de crecimiento interior, podremos superar las pruebas y podremos lograr ese crecimiento espiritual; es lo que hará que cada día seamos mejores, seamos más santos.
Tomémonos en serio la Palabra de Dios que vamos escuchando cada día y las reflexiones que sobre ella nos hacemos. Así podremos obtener ese bagaje espiritual para sentirnos fuertes en el Señor. Rumiemos por dentro todo esto que el Señor nos va ofreciendo y aprovechemos todo lo que se nos ofrece para crecer en gracia y santidad.

jueves, 7 de octubre de 2010

El Rosario: Una contemplación del misterio de Cristo de mano de María


Hechos, 1, 12-14;
Sal.: Lc. 1, 46-54;
Lc. 1, 26-38

Celebramos en este día una fiesta de la Virgen muy entrañable, de mucha devoción en el pueblo cristiano. Expresión de ello son las numerosas fiestas que en honor de la Virgen del Rosario se celebran en nuestros pueblos y que en la mayoría de las parroquias suele tenerse la bendita imagen de la Virgen del Rosario.
Como tal fiesta a celebrar en esta fecha tiene fue instituida por el Papa S. Pío V tras la victoria de Lepanto, atribuida a la oración del rosario que el pueblo cristiano había elevado al cielo con la intercesión de la Virgen y esta práctica piadosa. De ahí las numerosas representaciones que en esta fecha se tienen en muchos pueblos, en algunos las llaman ‘libreas’, que escenifican esta victoria obtenida con la intercesión de la Virgen. En su origen esta fiesta se llamó de Ntra. Sra. de las Victorias, pero sería el Papa Gregorio III el que le cambiara el nombre con el de fiesta de Ntra. Sra. del Rosario.
Pero el rezo del rosario es anterior a todo esto. Fue santo Domingo de Guzmán el que lo divulgaría extensamente entre el pueblo cristiano en aquella cruzada de predicación contra los errores y herejías de su tiempo en el siglo XIII. Pero en siglos anteriores, ya por el siglo IX los irlandeses hacían cordeles con nudos para contar las avemarías que rezaban a la Virgen en lugar de los salmos que rezaban los monjes en los monasterios pero que les eran más difíciles de rezar al pueblo llano.
Es y ha sido una oración que ha mantenido la fe del pueblo de Dios, que quizá no sabía de teologías ni de otras formas de oración y en el rezo del rosario mantenían su unión con Dios y el misterio de salvación de Cristo unido a la oración a María. Podríamos decir que ahí en esa sencillez está al mismo tiempo la profundidad de una oración que es al mismo tiempo contemplación del Misterio de Cristo. Mientras vamos desgranando con devoción las avemarías a la Madre, en nuestro corazón vamos meditando lo que llamamos los misterios, que no es otra cosa que un recorrer esa historia y misterio de salvación de Cristo mirada y meditada con los ojos y con la compañía de María.
Ese enunciado que se hace en el inicio de cada decena de avemarías, de cada misterio decimos, tiene que hacernos contemplar, meditar, ir rumiando en nuestro corazón todo ese misterio de Cristo. Nuestros labios pronuncian el nombre de María, invocan a María saludándola con las palabras del ángel y de Isabel pidiéndole una y otra vez que ruegue por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte, pero nuestro corazón tiene que estar contemplando a Cristo, el amor de Dios, todo el misterio de la salvación en cada uno de esos momentos que se van proclamando.
Yo os invito y exhorto a que recemos el rosario pero dándole toda la hondura que tiene que tener siempre nuestra oración. Hagámoslo con pausa, sin prisas, con paz, bien absortos en la contemplación del misterio de Cristo y de María, su Madre y nuestra Madre. Me chirrían en los oídos los rosario rezados a la carrerilla como si se fueran persiguiendo unas avemarías a otras porque aún no hemos terminado de pronunciar y decir hondamente cada una de las avemarías cuando ya como pisándonos los talones estamos comenzando la siguiente. Tenemos que aprender a rezarlo bien, poniendo de verdad todo nuestro amor, concentrando de verdad nuestra mente y nuestro corazón en aquellos que estamos haciendo.
Una oración como el rosario bien hecha tiene que ser un peldaño más que vayamos subiendo en esa vivencia del misterio de Cristo y en consecuencia de nuestra santidad. Es que sentimos la protección y el estímulo de María, la madre que está siempre a nuestro lado y nos protege con su amor maternal. Una oración del rosario bien rezada tiene que ser para nosotros en verdad un escudo potente frente al enemigo y a la tentación. ‘Líbranos del mal’, decimos en nuestras oraciones como nos enseña Jesús. ‘Ruega por nosotros pecadores’, le decimos a la Virgen en cada una de las avemarías. Sentiremos cómo la fuerza de la gracia divina que nos alcanza María nos preserva de todo mal, nos hace fuertes en la tentación, nos libra de todo pecado. Si ayer le pedíamos a Jesús que nos enseñara a orar, hoy le pedimos a María que esté con nosotros en nuestra oración para que aprendamos a hacerla como ella.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Señor, enséñanos a orar como lo hacías Tú

Gál. 2, 1-2.7-14;
Sal. 116;
Lc. 11, 1-4

‘Señor, enséñanos a orar’, le pidieron los discípulos a Jesús en una ocasión en que lo habían visto orando. ¿Por qué no se lo pedimos nosotros también?
‘Señor, enséñanos a orar’… enséñanos a sentirnos a gusto con Dios como vemos que tú lo haces, te extasías en El, te transfiguras en El, resplandeces de luz. Enséñanos a transfigurarnos como tú allá en lo alto del monte, porque así nos sumerjamos en Dios como tú lo haces; que como una esponja que se sumerge en el agua y queda toda ella tan empapada e inundada que luego va por todas partes chorreando agua, así nosotros cuando bajemos del monte de la oración vayamos chorreando a Dios, contagiando de Dios a todos con los que nos encontremos, desprendiendo por todos los poros de nuestra alma a Dios.
‘Señor, enséñanos a orar’ y nos llenemos de tu luz, y resplandezcamos como tú resplandecías cuando estabas unido al Padre; como Moisés que cuando bajaba del monte de estar contemplando a Dios y hablando con El cara a cara, volvía tan resplandeciente su rostro de luz que los ojos oscurecidos de los judíos se sentían heridos por tanto resplandor.
‘Señor, enséñanos a orar’ como tú lo hacías y que aprendamos a decir ¡Padre!, a gustar esa palabra y más que la palabra aprendamos a saborear en lo más profundo ese amor inmenso que brota del Dios que tanto nos ama y que es nuestro Padre. Que la saboreemos tanto que nunca nos cansemos de repetirla, de rumiarla una y otra vez en nuestro corazón; que nunca sea una rutina, que nunca la digamos con prisas, que siempre sintamos tu paz en lo más hondo de nuestro corazón.
‘Señor, enséñanos a orar’ llamando Padre a Dios y que ya nunca lo miremos de otra manera, nunca más haya miedo ni temor y porque decimos ¡Padre! sintamos en nuestro corazón una paz grande, un gozo inmenso, una alegría que nunca se apague.
‘Señor, enséñanos a orar’ y que aprendamos, sí, a decir Padre porque nos sintamos hijos para siempre, para que aprendamos a ser hijos, a comportarnos como hijos, a vivir como hijos que se sienten amados profundamente por Dios y así aprendamos a amar con ese mismo amor.
‘Señor, enséñanos a orar’ y que aprendamos a reconocerte como nuestro Padre y como nuestro Señor, nuestro único Señor y Dios al que tenemos que amar con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser, porque Dios lo sea todo para mí y ya nada pueda hacer sin Él ni al margen de El.
‘Señor, enséñanos a orar’ para que en nuestra oración aprendamos a abrir nuestro corazón a tu Palabra, a tu Reino, a tu voluntad; para que en todo sepamos agradarte, para que toda nuestra vida sea siempre la búsqueda de tu Reino, y para que siempre el nombre de Dios sea bendecido y santificado, para que todos al final lleguen a reconocerte como nuestro Dios y Señor.
‘Señor, enséñanos a orar’ y que lo hagamos siempre con la confianza y con la perseverancia de los hijos, con la humildad y con el amor de quienes se sienten amados, y que aprendamos que Dios siempre nos escucha y siempre nos dará lo mejor que necesitamos para cada día. Que aprendamos a pedir el pan de cada día y no busquemos riquezas ni grandezas, no queramos acumular cosas sino que nos des lo que necesitamos para una vida digna pero también para poder compartir con los demás y a nadie falte nunca.
‘Señor, enséñanos a orar’ con una oración pura y con un corazón limpio de maldad, con la sencillez de los pequeños pero con la certeza de los hijos que sintiéndose amados saben que Dios siempre los escucha.
‘Señor, enséñanos a orar’ para pedirte perdón pero también para aprender a perdonar, para sentir tu fuerza en la lucha contra el mal, pero para tener la voluntad de evitar y alejarme de toda tentación, para que nos veamos libres de todos los peligros y aprendamos a sentirnos siempre en tu paz.
‘Señor, enséñanos a orar’; habla a mi corazón, que allí en lo más hondo quiero escucharte. Perdóname, Señor, que con tanta insistencia te haya pedido que nos enseñes a orar, pero es que quiero orar como Tú lo hacías.

martes, 5 de octubre de 2010

No te olvides del Señor, tu Dios

No te olvides del Señor, tu Dios
Dt. 8. 7-18;
Sal.: 1Cron. 29, 10-12;
2Col. 5, 17-21;
Mt. 7, 7-11

‘No te olvides del Señor tu Dios que te sacó de Egipto, de la esclavitud… en sus manos está la fuerza y el poder…’ nos recuerda hoy la Palabra de Dios.
Una celebración, la de las témporas, a la que nos invita la Iglesia en este día, pero que puede ser un motivo grande de reflexión sobre nuestra vida, lo que hacemos, el lugar que Dios ocupa en nuestra existencia, de donde tendrá que surgir nuestra alabanza y nuestra súplica, nuestra acción de gracias y el reconocimiento de nuestro pecado también para pedirle perdón al Señor.
Tenemos hoy una tentación que es la tentación que han sufrido todos los hombres desde el mismo momento en que Dios creó a Adán: creernos dioses, todopoderosos y autosuficientes, orgullosos de las obras de nuestras manos y prepotentes. Vemos lo que somos capaces de hacer, contemplamos las obras de nuestras manos, de nuestra inteligencia o nuestro saber; pueden surgir bellas obras de arte y complicadísimos sistemas de ingeniería que hace pocos años casi ni podíamos imaginar; con los avances de la ciencia y de la técnica se logran maravillas que cada día se ven superadas por otras en lo que parece una carrera sin fin.
Y nos encandilamos con todas esas cosas. Y al final se crea una confusión en el espíritu del hombre porque nos creemos tan autosuficientes por nosotros mismos, por nuestra ciencia o nuestro saber, que ya nos parece no necesitar a Dios. Todo nos lo creemos poder hacer por nosotros mismos. Nos creemos dioses. La tentación de Adán en el paraíso y la tentación de todos los hombres. Y nos puede llegar y de hecho nos está llegando una confusión semejante a la de la torre de Babel donde el hombre pretendía escalar el cielo. Es la confusión de que a pesar de esa carrera vertiginosa de los avances técnicos de nuestro mundo, sin embargo la carrera de la humanidad del hombre, de todo hombre y de todos los hombres no corre con el mismo ritmo.
Sigue habiendo abismos inmensos que nos separan y nos dividen; siguen existiendo los abismos de la pobreza y de la miseria y que separa y divide a los hombres y los pueblos en primeros y segundos y terceros mundo. Es tal la inhumanidad que destruyéndonos unos a otros cuando no valemos o servimos, destruyendo la vida impidiendo a los inocentes nacer, pensamos que es la solución de humanidad para nuestro mundo.
No te olvides del Señor, tu Dios... cuando llegues a una tierra que te produzca abundantes cosechas, vivas en casas fabricadas con tus manos o seas capaz de extraer oro, hierro o metales de las entrañas de la tierra, le prevenía Dios a través de Moisés antes de entrar en la tierra prometida. No te olvides del Dios que te sacó de la esclavitud y te condujo por el desierto para darte esta tierra que mana leche y miel.
¿No será eso lo que también nosotros tenemos que reconocer? ¿No será por todas esas cosas admirables que Dios nos permite hacer cuando nos ha dotado de inteligencia y voluntad, por lo que tenemos que sentir la admiración que nos lleve al reconocimiento del Señor, a la alabanza y a la acción de gracias?
En este día la liturgia de la Iglesia a eso nos invita. Una alabanza y una acción de gracias porque en todo hemos de saber reconocer la mano del Señor. De El es el poder y la gloria; en El está la fuerza y la vida. Alabamos, bendecimos al Señor, damos gracias a Dios por tanto bueno de lo que nos ha dotado cuando nos ha dado tales capacidades. Que no nos olvidemos del Señor nuestro Dios.
Y porque muchas veces lo olvidamos, porque muchas veces nos dejamos arrastrar por ese orgullo tenebroso porque en el fondo nos llena de sombras y tinieblas, también hoy es día de reconciliación, día de petición de perdón. ‘Dejaos reconciliar con Dios’, nos decía san Pablo. Y es que Dios viene a nuestro encuentro para ofrecernos la reconciliación. Dejemos que esa gracia del Señor llegue a nuestra vida.
Y oremos y pidamos al Señor, por nosotros y por nuestro mundo, por los que están cercanos a nosotros con los que compartimos nuestra vida en la familia, en los lugares donde convivimos o en el trabajo, y por todos los hombres; y pedimos por nuestros gobernantes y pedimos por nuestra Iglesia. Son muchas las cosas por las que hemos de pedir sin cesar. A eso nos invita Jesús hoy en el Evangelio.
Vivamos el profundo sentido que tienen estas témporas, no olvidemos al Señor, nuestro Dios y nuestro Padre, que tanto nos ama y que nos ofrece la salvación al entregarnos a su Hijo Jesús y darnos la fuerza de su Espíritu.

lunes, 4 de octubre de 2010

Anda y haz tú lo mismo


Gal. 1, 6-12;
Sal. 110;
Lc. 10, 25-37

¿Qué buscaba aquel escriba al acercarse a preguntar a Jesús?¿ había deseos de vida eterna en su corazón o era más bien un cuestionar las enseñanzas de Jesús? ‘Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ Una pregunta para poner a prueba a Jesús. ¿Una pregunta que busca recetas y cosas concretas que nos lo den todo señalado y marcado?
La respuesta de Jesús le recuerda lo que todo judío sabía que era el mandamiento principal de la ley. ‘Amarás al Señor con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo’. Habiéndole ahora respondido el escriba a la pregunta de Jesús, finalmente le dice: ‘Haz esto y tendrás la vida’.
Pero parecía que aquel hombre no estaba satisfecho. Vuelve la pregunta. ‘Y ¿quién es mi prójimo?’ Jesús no da recetas. Jesús no le dice que tiene que hacer cosas grandes para encontrar al prójimo sino que sólo tiene que fijarse en quien está a su lado. Precisamente ese es el significado de la palabra, el que está a tu lado. Pero Jesús le responde con la parábola que tantas veces hemos escuchado y reflexionado.
¿Qué nos querrá decir Jesús? Que nos miremos menos a nosotros mismos y que abramos bien los ojos para ver al que está a nuestro lado.
Porque en la búsqueda de quien es mi prójimo tenemos el peligro de buscarnos primero a nosotros mismos. A ver donde puedo quedar yo bien. A ver donde puedo acallar mi conciencia quizá con otras cosas que no haya hecho o que haya hecho mal. A ver donde puedo yo ser reconocido porque soy una persona muy generosa y que es capaz de sacrificarse para hacer cosas importantes. A ver donde hay una cosa muy llamativa e impactante para yo ponerme a hacer el bien.
Y Jesús nos dice que cuando caminemos por los caminos de la vida, seamos capaces de mirar y ver al que está a nuestro lado, al que pasa junto a nosotros, o al que está allí tirado en las cunetas de la vida y tan tirado está que hasta pasa desapercibido. No nos pide el Señor que vayamos tocando campanillas para llamar a los que tienen necesidad y vengan hasta nosotros porque podemos remediar sus males. Nos pide simplemente Jesús que no cerremos los ojos, que miremos bien en las orillas de los caminos de la vida, que miremos bien a ese que está a tu lado y al que tienes que llamar hermano y al que tienes que dar tu amor.
Que no cerremos los ojos ante las cosas que nos puedan parecer pequeñas porque nosotros tenemos cosas importantes que hacer. Que seamos capaces de bajarnos de nuestra cabalgadura para poder mirar no desde arriba sino desde su misma altura a ese hermano que sufre caído a nuestro lado. De cuántas cabalgaduras tenemos que abajarnos, porque subirnos a los caballos del orgullo, de la autosuficiencia, de la soberbia, de la búsqueda de grandezas, reconocimientos y honores es algo que hacemos muy fácilmente.
Y el amor es humilde, callado, cercano, hecho de mil detalles y pequeños gestos. Porque si no sabemos tenemos ese pequeño gesto humilde con ese que está a tu lado todos los días y quizá no te cae tan bien, no vas a ser capaz de hacer cosas mucho mayores.
¿Quién es mi prójimo? ¿Cuál es el que se comportó como prójimo del que estaba caído junto al camino? Era ahora Jesús el que preguntaba. Es ahora Jesús el que nos está diciendo: ‘Anda, y haz tu lo mismo’.

domingo, 3 de octubre de 2010

Señor, auméntanos la fe



Habacuc, 1, 2-3; 2, 2-4;
Sal. 94;
2Tim. 1, 6-8.13-14;
Lc. 17, 5-10


‘Auméntanos la fe’, le pidieron los apóstoles a Jesús. Señor, auméntanos la fe, le pedimos nosotros también. Lo necesitamos.
¿Por qué le pedirían los apóstoles a Jesús que les aumentara la fe? Ellos estaban con El y lo acompañaban por todas partes, escuchaban directamente de sus labios sus palabras, eran testigos de sus milagros.
Pero quizá se daban cuenta de que todo aquello de que les hablaba Jesús les sobrepasaba. Se entusiasmaban por seguirle, pero al mismo tiempo caían en la cuenta de sus exigencias. La meta que Jesús les proponía era alta y necesitaban un buen espíritu para alcanzarla, como el atleta que necesita de un entrenamiento y un fortalecimiento de sus músculos para alcanzar la corona de la victoria en la carrera. Quizá podían ir vislumbrando con lo que Jesús les proponía que en muchas cosas tenían que nadar a contracorriente y se iban a quedar solos frente al rechazo de tantos. O quizá lo que Jesús les anunciaba de lo que iba a suceder en su subida a Jerusalén les asustaba.
Necesitamos nosotros también pedirle a Jesús ‘auméntanos la fe’. Son difíciles las situaciones por las que pasamos en el mundo en el que hoy vivimos. Hablamos mucho de la crisis y bien sabemos que es muy complejo todo lo que sucede a nuestro alrededor: gentes que lo pasan mal en muchos aspectos; un mundo lleno de violencias que parece que va como en una espiral ascendente cada vez más; inestabilidad social que hace que mucha gente camine sin norte ni futuro perdidas las esperanzas; desorientación y pérdida de valores con los que hay tantos que no saben ya por qué luchar o qué hacer; catástrofes naturales de las que oímos hablar con demasiada frecuencia, terremotos, corrimientos de tierras con montañas que se vienen abajo sepultando todo a su paso (esta semana hemos oído hablar de varias en Colombia y México), inundaciones o huracanes que lo dejan todo devastado.
Y nos llenamos de preguntas en nuestro interior. ¿Por qué suceden todas estas cosas? ¿por qué hemos llegado a situaciones como éstas? Es lo que gritaba el profeta Habacuc que hemos escuchado en la primera lectura. ‘¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches? ¿Te gritaré sin que me salves? ¿Por qué me haces ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas, se alzan contiendas?’
‘Señor, auméntanos la fe’,
le pedimos. Porque nos llenamos de dudas y no sabemos encontrar respuestas; porque algunas veces andamos demasiados fríos espiritualmente y en consecuencia nos falta valor; porque olvidamos principios fundamentales; porque nos sentimos confusos y acobardados; porque en muchas ocasiones parece que prefiramos ocultar nuestra fe y nos acomplejamos ante el mundo de indiferencia que nos rodea; porque no llegamos a comprometernos seriamente en nombre de esa fe que tenemos; porque nos falta una fundamentación firme y verdadera.
El Señor le respondió al profeta: ‘el injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe’. Ahí está nuestra fortaleza y nuestra grandeza. Ahí encontraremos la valentía y la fuerza. Ahí tenemos la luz que necesitamos para encontrar respuestas. Aquí hemos venido con fe hoy hasta la Eucaristía y a la escucha de la Palabra de Dios. Venimos con fe, no puede ser otro el motivo para nuestra venida, pero le pedimos al Señor que nos aumente la fe, que crezca nuestra fe, que se mantenga firme como una roca nuestra fe.
San Pablo le hacía unas hermosas recomendaciones a su discípulo Timoteo que hemos escuchado en la segunda lectura. Recordemos. ‘Reaviva el don de Dios… no se nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y bien juicio… no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor Jesucristo…toma parte en los duros trabajos del evangelio… vive con fe y amor en Cristo Jesús… guarda este precioso depósito con la ayuda del Espíritu Santo…’ Parece que va dando respuesta a todo lo que nos hemos venido planteando.
‘Reaviva el don de Dios…’ esa gracia con que Dios te ha enriquecido. Ese precioso depósito de la fe que hemos de guardar como oro en paño, como lo más precioso que tenemos, que no lo podemos perder de ninguna manera, pero que hemos de hacer crecer más y más. Es un regalo de Dios, una gracia que no la tenemos porque nosotros la merezcamos, sino porque el Señor en su infinita bondad la ha depositado en nuestro corazón. ‘Siervos inútiles somos…’ nos decía el evangelio, ‘que no hemos hecho otra cosa sino lo que teníamos que hacer’.
Reaviva, cultiva esa semilla de la fe para que crezca. Y va a crecer con la gracia de Dios. Pero tenemos que preocuparnos de conocerla bien, de profundizar en nuestra fe, de empaparnos más y más de la Palabra de Dios que enriquece nuestro corazón. Tenemos dudas y nos acobardamos muchas veces cuando tenemos que enfrentarnos a tan diversos problemas y situaciones, como antes reflexionábamos, pero porque no hemos fortalecido debidamente nuestra fe. Sin esa debida fundamentación de una buena formación claro que nos vamos a encontrar como quien no hace pie y nos tambalearemos y caeremos.
Un edificio sin cimientos se viene abajo. Un cristiano sin una fe bien fundamentada y fortalecida terminará consumiéndose en sus dudas y caerá en la indiferencia y al final en el abandono. Por eso nos hablaba Jesús en otro lugar del evangelio del hombre sensato y prudente que edificaba su casa sobre roca. Edifiquemos nuestra vida sobre la roca firme de la fe.
Y no nos ha dado Dios espíritu de cobardía sino de valentía. Con valentía nos enfrentamos a esa lucha, a esa búsqueda de respuestas, a encontrar soluciones que remedien tanto sufrimiento, a dar ese valiente testimonio de nuestra fe y de nuestro amor cristiano. ‘Toma parte en los duros trabajos del evangelio según la fuerza de Dios’, le decía Pablo a Timoteo; nos dice el Señor a nosotros. Y la fuerza de Dios no nos faltará. Tenemos que saber pedirla constantemente al Señor.
‘Señor, auméntanos la fe’.