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jueves, 8 de enero de 2015

Sintonicemos con el amor de Dios y tendremos vida, amor y paz en el corazón

Sintonicemos con el amor de Dios y tendremos vida, amor y paz en el corazón


‘Dios nos envió a su Hijo único para que vivamos por medio de El… como propiciación por nuestros pecados…’ En esto consiste el amor. Primero es el amor de Dios. No pensemos que eso nos lo hemos inventado nosotros. Es el regalo del Dios que nos creó por amor y aún más nos dio a su Hijo para que vivamos por medio de El.
Esto ya lo sabemos, lo hemos escuchado tantas veces, podemos decirnos. Pues tenemos que repetírnoslo muchas veces porque tenemos el peligro o de acostumbrarnos a ello o de olvidarnos. Tenemos que aprender a saborear el amor que el Señor nos tiene. Pero no es cosa que solo tengamos en la cabeza, por así decirlo, sino que tenemos que recordar la experiencia de nuestra vida; cuántas veces hemos experimentado ese amor; de cuántas maneras el Señor nos ha manifestado y sigue manifestándonos su amor.
Abramos los ojos; abramos el corazón. Entremos en la sintonía de Dios; entremos en la sintonía de su amor. Lo necesitamos. Porque algunas veces nos vemos envueltos de tal manera por nuestras preocupaciones y agobios y lo que hacemos es encerrarnos en nosotros mismos. Y si nos encerramos en nosotros mismos no seremos capaces de sintonizar con el amor de Dios que siempre está emitiendo su sintonía de amor sobre nosotros. Es como el aparato de radio; si no lo encendemos para que capte las hondas radiofónicas no podremos sentir nada. Ahí están, nos envuelven, podemos decir, pero no las oímos ni las sentimos; es necesario abrir el receptor. Es necesario abrir nuestro corazón a la sintonía de Dios.
Y ¿en que consiste ese amor de Dios? En vivir su vida. Es su gran regalo. Y vivir su vida es amar; y vivir su vida es conocerle. Y quien le conoce no puede menos que amar. Y eso nos exigirá entonces a que nosotros vayamos regalando vida; y regalamos vida cuando amor, cuando nos damos, cuando pensamos en los demás, cuando los vemos de otra manera, cuando comenzamos a hacer nuestros su vida, sus sentimientos, sus alegrías, sus sufrimientos.
¿Qué es lo que hizo Jesús? ‘Pasó haciendo el bien’, que decía san Pedro. Vino y nos trajo el amor, nos amó, repartió vida y amor. Le vemos curando, perdonando, regalándonos su paz, enseñando, alimentándonos, dando vida, llenándonos de su vida. No quería otra cosa sino que tuviéramos vida en abundancia.
Hoy le vemos en el evangelio sintiendo compasión por aquellas multitudes que acudían a El. Y es que El sentía en si mismo lo que eran los anhelos y los deseos de aquellos corazones, los sufrimientos y las esperanzas. Los amaba. Por eso enseña, cura y multiplica los panes, para darnos las señales claras de que quería vida para nosotros.
Vayamos hasta Jesús. Sintonicemos con su amor y nos llenaremos de la paz y del amor de Dios.

miércoles, 7 de enero de 2015

A los que habitaban en sombra de muerte una luz les brilló: llegó Jesús a sus vidas y con El la paz

A los que habitaban en sombra de muerte una luz les brilló: llegó Jesús a sus vidas y con El la paz


Ayer contemplábamos la estrella brillar en lo alto señalando a los Magos, señalándonos a nosotros el camino hasta Belén, el camino hasta Jesús, de la misma manera que en la noche de Belén al nacimiento de Jesús y al cántico de los ángeles todo se llenó de resplandor. Hoy el evangelista Mateo al hablarnos del inicio de la predicación de Jesús en Galilea recuerda lo anunciado por el profeta: ‘El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierras y en sombra de muerte una luz les brilló’.
Es lo que significa la presencia de Jesús. Muchas veces a lo largo del evangelio le escucharemos decir que El es la luz del mundo y que nosotros, con su luz, tenemos que ser también la luz del mundo. Como un signo de esa luz nueva que comienza a brillar enviará al ciego de nacimiento a que vaya a lavarse a Siloé, la piscina del ‘enviado’, e irá abriendo los ojos de los ciegos que se acerquen a El buscando la luz.
Que brille, sí, su luz sobre nosotros; en muchas tinieblas andamos envueltos, será con nuestro pecado, serán con nuestras preocupaciones y problemas, será con la desorientación en que andamos muchas veces en la vida, serán nuestros agobios y desesperanzas. Pero El ha venido a vencer la muerte, a traernos su luz. ‘A los que habitaban en sombra de muerte una luz les brilló’, como hemos escuchado al profeta.
Ponemos nuestra fe en Jesús; en El queremos hacer descansar toda nuestra esperanza. Como nos decía hoy san Juan en su carta: ‘Este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos los unos a los otros’. Ponemos nuestra fe en Jesús y nos sentimos seguros; ponemos nuestra fe en Jesús y nos llenamos de vida y de luz. Es que queremos cumplir su mandamiento y como hemos venido escuchando ‘sabemos que pasamos de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos’
Con Jesús llega la vida a nosotros; con Jesús nuestra vida se llena de luz. Que no nos falta nunca esa esperanza. De cuántas maneras concretas tenemos que hacer eso vida de nuestra vida. En la vivencia de nuestra fe y en las obras de nuestro amor. En la paz que hemos de sentir en nuestro corazón y en la luz que tenemos que saber llevar también a los demás. 

martes, 6 de enero de 2015

El camino de los Magos de Oriente fue también un largo camino de pascua como el nuestro para encontrarnos con Jesús

El camino de los Magos de Oriente fue también un largo camino de pascua como el nuestro para encontrarnos con Jesús


‘¿Dónde está el recién nacido Rey de los judíos?’ vinieron preguntando los Magos venidos de Oriente. ‘Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo’.
¿Será ése también nuestro deseo? ¿Es ésa la búsqueda que nosotros también venimos haciendo? Tenemos que aprender de los Magos. Buscaban y descubrieron las señales. Buscaban y se pusieron en camino. No temieron que el camino fuera largo, duro, oscuro en ocasiones, lleno de contratiempos y contrariedades, en ocasiones encontrándose incluso con cosas o personas que pudieran confundirles. Se pusieron en camino y al final la estrella apareció de nuevo y les llevó hasta Jesús. Lo tenemos todo bien detallado en el evangelio de esta fiesta de la Epifanía, porque todo lo que le fue sucediendo a los Magos eran signos, son signos también para nosotros, para nuestro camino.
Sí, es nuestro camino. El que vamos haciendo cada día de nuestra vida o el que tenemos que emprender con empeño y sin miedos ni dudas. La búsqueda de Dios algunas veces se nos puede hacer larga, difícil, dura y también llena de contratiempos. Nosotros bien sabemos que la búsqueda de Dios entraña pascua y la pascua tiene su parte de pasión y de sufrimiento. Pero el camino pascual siempre terminará con resplandores de luz, con brillo de resurrección. Aunque bien sabemos también que tras el encuentro con Jesús nuestros caminos quizá tengan que ser distintos. Como les sucedió a los Magos, tras encontrarse con Jesús emprendieron otro camino. Pero llevaban la alegría del encuentro en su corazón.
Hoy también hemos escuchado al profeta que nos decía: ‘¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!’ Habrá tinieblas y oscuridades, ‘pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti’, porque comenzaremos a caminar a su luz entre los resplandores de la nueva aurora. Confiamos, esperamos, buscamos, caminamos porque tenemos la esperanza de que brillará la luz sobre nuestras vidas. Y la esperanza nos mantiene firmes.
Tenemos que aprender a abrir los ojos para descubrir que más que todo lo que nosotros busquemos es el Señor el que viene a nuestro encuentro; se nos hará presente en el momento que menos lo esperamos y de la forma que quizá nosotros no imaginemos. Sabemos que el Señor llega a nosotros en el amor; hemos de descubrir y sentir el amor que tantos a nuestro lado nos tienen porque son señales de Dios, de su amor y de su presencia; pero hemos de saber poner amor nosotros también para que quizá con gestos sencillos nosotros vayamos siendo también signos de esa presencia de Dios para los demás. Quizá haya alguien que esté necesitando de ese signo nuestro para encontrarse con Dios y llenarse de su paz.
Nos queda postrarnos ante el Señor. ‘Entraron en la casa, vieron al Niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra’. Nos postramos ante el Señor, lo reconocemos como nuestro único Dios y Señor. Lo adoramos, nos ofrecemos al Señor; es el regalo de nuestra vida, de nuestro amor, de esa luz que hemos encontrado, de esos hermanos a los que hemos amado más. No son cosas lo que tenemos que ofrecer al Señor. Es nuestra vida, también con sus duros caminos, con esa parte de la pascua que nos ha ido tocando vivir en ese camino que vamos haciendo; es la ofrenda de nuestro Getsemani o nuestro Calvario. Sabemos que siempre nuestra vida la hemos de ir viviendo son sentido pascual.
Pero el Señor a nosotros también nos invita a levantarnos porque llega nuestra luz. Escuchemos esa llamada y esa invitación del Señor. Dejémonos iluminar por su luz. Su estrella de luz y de amor brilla sobre nosotros, aunque a veces parezca que se nos oculta, pero siempre nos va a llevar hasta Jesús. 

lunes, 5 de enero de 2015

Necesariamente tenemos que optar por la vida porque optamos por el amor

Necesariamente tenemos que optar por la vida porque optamos por el amor


Necesariamente tenemos que optar por la vida. Quienes nos sentimos amados no podemos dar otra respuesta. Es algo esencial, fundamental, sin lo cual parecería que nada tiene sentido.
Y es que siempre estamos experimentando el amor de Dios en nosotros. ‘En esto hemos conocido el amor: en que El dio su vida por nosotros’. Abramos bien los ojos, que en ocasiones por nuestra manera de actuar pareciera que estamos ciegos.  Abramos bien los ojos y no solo veamos sino experimentemos el amor de Dios en nuestra vida. De tantas maneras se nos manifiesta, que tendríamos que estar repitiendo siempre, gracias. Pero nos olvidamos de agradecer ese amor de Dios. Como decíamos, pareciera que estuviéramos ciegos para no ver el amor que Dios nos tiene.
¿Qué es lo que estamos celebrando estos días sino el amor de Dios? Como hemos repetido tantas veces ‘tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo único’. Es lo que celebramos ahora con tanta intensidad en la navidad, si ciertamente hacemos una celebración de fe, una celebración profunda, allá en lo más hondo del corazón. Porque como tantas veces hemos dicho nos podemos quedar en superficialidades. No se trata solo de hacer cosas buenas, bonitas, amigables, familiares para hacer navidad. Eso tendríamos que hacerlo siempre. Lo que necesitamos es detenernos un poquito para contemplar con fe el misterio que celebramos, que es un misterio de amor, del amor que Dios nos tiene. Luego vendrán muchas consecuencias.
Optamos por la vida, como decíamos al principio porque optamos por el amor. Como nos decía san Juan en su carta hoy ‘nosotros hemos pasado de la muerte a la vida: lo sabemos porque amamos a los hermanos’. ¡Qué hermoso! Cuando no amamos estamos en la muerte. Y eso es un peligro que nos acecha como una tentación muy terrible.
Con qué facilidad nos encerramos en nuestro egoísmo para pensar solo en nosotros mismos; con qué facilidad guardamos rencores y resentimientos en nuestro corazón; con qué facilidad dejamos que el odio que nos vaya metiendo dentro de nosotros. Cuando nos pasa algo así estamos muriendo, estamos dejando entrar la muerte en nosotros. ‘Porque el que no ama permanece en la muerte’, como nos decía san Juan. Y eso no tendría que caber en la vida de un cristiano.
Comencemos a amar de verdad. Pero amemos no solo a los que nos aman, porque como nos dice Jesús en el evangelio eso lo hace cualquiera, eso lo hacen también los paganos. Amemos a los que no nos aman, a los que nos hayan hecho daño, a los que quizá se consideran nuestros enemigos; amemos y oremos por aquellos a los que más nos cuesta amar. Amemos con generosidad. Amemos con amplitud de corazón. Aunque nos cueste. Con nosotros está la fuerza de su Espíritu que es Espíritu de amor. Estaremos llenándonos de vida. Estaremos llenando de vida nuestro mundo que tanto lo necesita. ‘No amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras’.
Optamos por la vida, porque optamos por el amor. Así daremos vida al mundo.

domingo, 4 de enero de 2015

Bendito sea el Señor que nos ha regalado tanto hasta hacernos sus hijos

Bendito sea el Señor que nos ha regalado tanto hasta hacernos sus hijos

‘Bendito sea Dios… que nos bendijo en Cristo con toda clase de bendiciones… nos eligió… nos predestinó… a que fuésemos santos… a que fuésemos sus hijos adoptivos… nos colmó de la gracia en el Amado…’
Sí, tenemos que bendecir al Señor. Nos ha regalado tanto. Es tanto el amor que nos tiene. Estos días lo estamos viviendo con toda intensidad. Estos días estamos sintiendo la ternura de Dios que así nos ama. Elegidos y amados de Dios, escogidos de manera especial desde toda la eternidad para que fuésemos sus hijos. Y nos regala su gracia.  Y nos quiere santos, pero está con nosotros en su infinita misericordia derramando efusivamente su gracia para que podamos vivir en esa santidad.
Tenemos que bendecir al Señor sin cansarnos. Cómo en su amor se nos revela y nos hace partícipes de su sabiduría eterna. Porque nos da su Espíritu podemos conocerle. Porque nos da su Espíritu podemos gozarnos en su amor. Porque nos da su Espíritu podemos participar de su gloria. Es nuestra luz, nuestra vida, nuestra gloria; lo es todo para nosotros. Así tenemos que acogerle, recibirle, dejar que plante su tienda en nosotros, porque en nosotros quiere habitar.  A los que le reciben les hace hijos de Dios, como hemos escuchado en el Evangelio; a los que le acogen les revela el misterio de Dios, porque El es nuestra revelación, la revelación de Dios para nosotros.
Es hermosa la reflexión que se hace san Pablo en la carta a los Efesios. El siente también el gozo en su corazón cuando ve la fe de aquella comunidad. ‘Yo que he oído hablar de vuestra fe no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en nuestra oración’. Y lo hace el apóstol en el deseo de que sigan creciendo en la fe, de que siga creciendo el amor en sus corazones, de que sigan dando testimonio de manera que todos se hagan boca de lo que es la fe y la vida de aquella comunidad.
¿Será así nuestra fe? ¿Será algo de todo esto lo que estamos viviendo con toda intensidad estos días de la celebración de la Navidad?  Que aprendamos a bendecir a Dios, porque es una forma de reconocer su amor y su gracia. Pero que seamos capaces de abrir nuestro corazón en la oración para que todos tengan su cabida en ella. San Pablo reza por aquella comunidad de Éfeso dando gracias por los testimonios hermosos de fe que contempla en ellos. Es lo que nosotros tenemos que aprender a hacer también bendecir al Señor por los testimonios de fe que vemos en tantos a nuestro lado que se manifiestan de muchas maneras.
Aprendamos a rezar por los otros, a dar gracias a Dios por los otros, dar gracias por tantos testimonios hermosos que recibimos de tantos hermanos a nuestro lado. Sepamos tener ojos luminosos para ver y reconocer la fe de los demás. Sepamos tener un corazón amplio, grande, siempre abierto para que en él quepan todos y en nuestra oración los tengamos en cuenta a todos. 

sábado, 3 de enero de 2015

Y yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios

Y yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios


‘Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’, dice Juan señalando a Jesús que venía hacia él. Ya Juan había sido testigo de la teofanía de Dios que se había producido después del Bautismo de Jesús. ‘He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre él’.
Reconoce que no conocía a Jesús, para allá en su interior había recibido la revelación divina. ‘Yo no lo conocía; pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu Santo y posarse sobre El, ese es el que ha de bautizar con Espíritu Santo’. Aquí estamos contemplando un corazón humilde abierto a Dios. No lo conocía, pero se dejó conducir por el Espíritu de Dios.
Cuántas veces no sabemos, no conocemos, tenemos nuestras ideas o nuestras maneras de pensar, pero no  hay quien nos baje de ellas, nos encerramos en nosotros mismos, en nuestros saberes o en nuestras maneras de ver las cosas como si ya tuviéramos la verdad absoluta. Hay que estar abiertos a la verdad; hay que reconocer humildemente nuestras carencias; tenemos que saber abrirnos a otra posibilidad y seguro que el Señor nos va guiando para que le conozcamos de verdad.
Juan pudo llegar a reconocer en Jesús al Mesías, al verdadero cordero pascual que con su sangre nos purifica de nuestros pecados, pero nos da aún más, porque nos hace entrar en una vida nueva de libertad y de gracia cuando nos hace hijos de Dios. La sangre de los corderos sacrificados en la primera pascua y con la que se marcaron las puertas de los judíos les liberaron de la muerte y les abrieron las puertas a los caminos de la libertad. Ahora es una sangre más preciosa, es la sangre derramada de Cristo en la cruz la que nos da una nueva vida, porque nos lleva a hacernos hijos de Dios. Es la sangre que nos ha redimido, la sangre con la que hemos sido comprados; es la sangre de la nueva y eterna Alianza.
Juan bautista llegó a dar testimonio. ‘Y yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios’. Como se nos dirá al final del evangelio, ‘todas estas cosas se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; y para que creyendo tengáis en El vida eterna’.
Que así al final nosotros demos testimonio también proclamando nuestra fe, porque nos hemos lavado y purificado en la sangre del Cordero, como se nos dice en el Apocalipsis, y para que confesando  nuestra fe en el Hijo de Dios nos llenemos de su vida que a nosotros también por la fuerza del Espíritu nos hace hijos. ‘¡Qué amor nos ha tenido el Padre!’ como decía Juan en su carta. Nos llama, ¡somos hijos de Dios!

viernes, 2 de enero de 2015

Juan solo es la voz que anuncia la Palabra que tenemos que acoger y escuchar

Juan solo es la voz que anuncia la Palabra que tenemos que acoger y escuchar


‘Tú, ¿quién eres?’, le preguntan a Juan. Vienen de Jerusalén para averiguar qué es lo que está pasando más allá del Jordán con aquel predicador que por allí ha aparecido.  Respuesta hermosa la de Juan. Expresa su humildad y su grandeza.
Pudo haber respondido que era un profeta. Pero les dice que él no es profeta. Jesús dirá de él más tarde que era profeta y más que profeta. Podría haber respondido que en él se estaban cumpliendo los anuncios de la vuelta de Elías. El ángel a Zacarías en el templo le dice que ‘viene con el espíritu y el poder de Elías para reconciliar a los padres con sus hijos y para inculcar a los rebeldes la sabiduría de los justos’. Pero él les dice que no es Elías.
Cuando le preguntan si él es el Mesías esperado, dirá que solo es ‘la voz que grita en el desierto: allanad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías’. Pero les dirá también que ‘en medio de vosotros hay uno que no conocéis’, queriendo indicar así que ya entre ellos estaba el Mesías esperado, aunque tendría que ser otro el espíritu con que habían de buscarlo. Y se presenta con toda la humildad del mundo: ‘El que viene detrás de mi, existía antes que yo y al que no soy digno de desatar la correa de su sandalia’. Si Juan se manifiesta así, qué no tendríamos que decir nosotros que somos pecadores.
Grande es la humildad de Juan aunque aquí se manifiesta bien lo que es la grandeza de su corazón. Por eso dirá de él Jesús que no hay nacido de mujer uno mayor que Juan. Juan no quiere presentarse a sí mismo, ni hablar de sí mismo. El solo es la voz que anuncia la Palabra y es la Palabra que la que tenemos que escuchar y que acoger.
Mucho nos puede enseñar. La humildad con que tenemos que ir buscando a Dios en la vida, porque es el camino por donde lo vamos a encontrar que se revela y se manifiesta a los pequeños y a los sencillos.
Pero es la humildad con que nosotros hemos de hablar de Jesús a los demás. La humildad, pero la claridad de nuestras palabras y de nuestra vida. No nos anunciamos a nosotros sino que anunciamos a Jesús; y anunciaremos a Jesús cuando manifestemos en nosotros que en verdad creemos en El porque nos empeñamos seriamente en vivir el espíritu del evangelio. No anunciamos  ni nuestras obras ni nuestras palabras; anunciamos a Jesús. Nuestras obras tienen que hablar de Jesús; nuestras palabras siempre tienen que hablar de Jesús; nuestra vida tiene que hablar de Jesús, tiene que manifestar la fe que nosotros tenemos en Jesús.
Con nuestra navidad que aun estamos viviendo y celebrando ¿es eso lo que hemos anunciado?

jueves, 1 de enero de 2015

Que María, la Madre de Dios y nuestra madre, nos lleve junto a su corazón y podamos sentir la paz de su amor

Que María, la Madre de Dios y nuestra madre, nos lleve junto a su corazón y podamos sentir la paz de su amor


‘Encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre’. Celebramos a Jesús, su Encarnación, su Nacimiento, porque sigue siendo Navidad, pero necesariamente nos tenemos que encontrar con María. Es la madre, la mujer que quiso escoger Dios para que fuera su madre, para encarnarse en sus entrañas y nacer Dios hecho hombre. Por eso, en esta octava de la Navidad, donde seguimos celebrando con el mismo fervor y solemnidad el nacimiento de Jesús, hoy queremos encontrarnos de manera especial con María; es la madre de Jesús, es la Madre de Dios, pero es también nuestra madre porque así quiso El regalárnosla.
Con María habíamos venido haciendo el camino de Adviento; de ella habíamos aprendido a prepararnos para acoger a Jesús de la misma manera que ella lo acogió en su corazón, plantó la Palabra en su corazón y en ella se encarnó. Hoy nos gozamos con María, celebramos a María, la contemplamos como la Madre de Dios y queremos seguirla teniendo a nuestro lado. Mejor aun, queremos que ella nos lleve en su corazón.
Nos dice el evangelio que María iba contemplando todo cuanto sucedía y todo aquello lo guardaba en su corazón. Hemos contemplado cómo llegan los pastores avisados por un ángel y ellos cuentan todo lo que le han dicho de aquel niño; el ángel les había dicho que en la ciudad de David les había nacido un Salvador, el Mesías, el Señor.
Y allí estaba María observando, escuchado, guardando en su corazón aquellas palabras, aquellos anuncios que cuentan los pastores, todo el cariño y el entusiasmo con que ellos han venido hasta el establo. ‘Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón’. Aquellos pastores estaban ya también en el corazón de la madre, en el corazón de María. Es lo que nosotros queremos, estar también en el corazón de María.
Cómo se siente el hijo cuando deja reposar su cabeza en el corazón de la madre, junto a ella su acurruca, de ella siente los latidos de su corazón, de su ternura se siente envuelto, qué paz y seguridad va sintiendo en su espíritu. Así queremos sentirnos acurrucados junto al corazón de María; a ella también nosotros queremos llevarla en el corazón, para sentirla siempre junto a nosotros y nos sintamos seguros, nos sintamos en esa paz que saben desprender las madres.
Hoy no queremos decir nada más. Sólo experimentar y sentir ese gozo del amor de María. Y que de su mano siempre vayamos hasta Jesús.
Y que esa paz que sentimos con María a nuestro lado, la consigamos también para nuestro mundo. Es la jornada de oración por la paz. En el año que comienza pidamos por la paz de nuestro mundo, pidamos por la paz de los corazones, pidamos para que nada perturbe la paz en ningún sitio, en ningún individuo. Pidamos para que desaparezcan los odios y los egoísmos, los resentimientos y las envidias que tanto daño hacen. Que todos sepamos perdonar para que perdonando comencemos a sentir paz en nuestro propio corazón. 

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Seguimos postrándonos ante el misterio de la Encarnación de Dios

Seguimos postrándonos ante el misterio de la Encarnación de Dios


‘Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad’.
Seguimos contemplando el misterio de la Navidad; seguimos postrándonos ante el misterio de la Encarnación de Dios. Seguimos meditándolo, rumiándolo en nuestro interior, haciéndolo oración.
Es Dios que se hace carne, que se hace hombre como nosotros. Es la Palabra que es Dios. Es la Palabra que es la Luz de nuestra vida. Es la Palabra que es la única Vida a la que hemos de aspirar. Es la Palabra que es la única Verdad en la que vamos a encontrar la Salvación y ser verdaderamente libres.
Que las tinieblas no nos oscurezcan la vida. Que la maldad de la mentira no nos oculte la Verdad. Que sepamos encontrar el camino; que sepamos encontrar a Cristo. Es lo que tenemos que seguir contemplando sin cansarnos. Es a donde tenemos que encaminar nuestros pasos sabiendo que el camino es El.  ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida’, nos dirá más tarde. Es de lo que tenemos que dejarnos inundar, porque sabemos que teniéndole a El tenemos vida, porque tenemos gracia, porque tenemos perdón, porque tenemos paz, porque tendremos amor, porque tenemos la Salvación.
Hoy nos dice que las tinieblas no quisieron recibir la luz; que en el mundo estaba pero el mundo no le recibió. ‘La luz brilla en la tiniebla, pero la tiniebla no la recibió… vino   a los su casa y los suyos no la recibieron…’ Nosotros sí queremos esa luz; nosotros sí queremos recibirle. ‘Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre’. Queremos recibirle, queremos vivir como hijos de Dios, queremos sentir su paz y su vida en nuestro corazón.
Sabemos que muchas veces hemos preferido las tinieblas a la luz, pero ahora nos damos cuenta y queremos encender nuestra luz en su luz, y alimentarla de su gracia para que no se apague nunca más. Que no nos falte nunca el aceite de tu gracia para mantener encendida la lámpara de nuestra fe.
Señor, concédenos que siempre caminemos iluminados por tu luz. Concédenos tu perdón y tu gracia para que sintamos para siempre tu paz en nuestro corazón. Nos acogemos, Señor, a tu misericordia que es grande. Revélanos, Señor, tu amor; revélanos a Dios porque sabemos que solo en ti y por ti podremos conocerlo, porque ‘a Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único que está en el seno del Padre es quien nos lo ha dado a conocer’.

martes, 30 de diciembre de 2014

Hablaba del Niño a todos diciendo que era el Salvador que nos traía el perdón de los pecados

Hablaba del Niño a todos diciendo que era el Salvador que nos traía el perdón de los pecados


‘Os escribo a vosotros, hijos míos, porque se os han perdonado vuestros pecados por su nombre’. Así comienza el texto de la carta de san Juan que hoy escuchamos en la liturgia. ‘Se os han perdonado vuestros pecados…’ consoladoras palabras.
‘Si llevas cuenta de los delitos ¿quién podrá resistir?, decimos en el salmo que hemos rezado tantas veces. ‘Pero del Señor viene la misericordia, la redención copiosa’. Así es el amor del Señor. Es la salvación que el Señor nos ofrece. Para mostrarnos ese amor viene Jesús. Y ese amor se hace perdón y paz para nuestra vida. No podemos olvidar el más profundo sentido de la navidad.
El evangelio, que nos está narrando la presentación de Jesús en el templo, conforme a lo prescrito en la ley de Moisés, nos habla hoy de una anciana que está todo el día en el templo, ‘sirviendo a Dios con ayunos y oraciones’ con la esperanza cierta de la pronta llegada del Mesias Salvador.
Aparece en el momento en que el anciano Simeón que ha reconocido la presencia del Mesías en aquel niño que aquellos padres están presentando al Señor y se une ella al cántico de alabanza de Simeón. ‘Acercándose en aquel momento daba gracias a Dios y hablaba del Niño a todos los que aguardaban la futura liberación de Israel’. Ahí la vemos en la alabanza al Señor pero también en el anuncio del Salvador que llega. ‘Hablaba del Niño a todos’. Pero ¿qué anunciaba? ¿qué decía? Que aquel Niño era el que venía a traer la salvación. Como en anciano Simeón, ‘porque mis ojos han visto a tu Salvador…’
Por eso decíamos no podemos olvidar el sentido más profundo de la Navidad. No nos quedemos en la externo. Vayamos a lo más hondo. Es hermosa toda la alegría que vivimos en estos días y cómo todos nos deseamos parabienes los unos a los otros; es hermoso que nos reunamos las familias y los amigos y tengamos momentos felices de convivencia y de paz. Pero no olvidemos lo principal. Ese Jesús a quien en estos días contemplamos niño, nacido en Belén, es el Hijo de Dios y es nuestro Salvador. Es quien viene a traernos la salvación y el perdón de los pecados.
Sintamos ese gozo más hondo en el corazón. En el Señor encontramos la paz del corazón. Desde ese amor y ese perdón generoso que nos ofrece el Señor comencemos a vivir la nueva vida de la gracia. Tenemos que sentirnos pronfundamente renovados en nuestra vida para comenzar a vivir una vida santa. Que el amor de Dios esté de verdad en nuestro corazón porque siempre queramos en todo hacer la voluntad del Padre.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Que el Señor nos llene de su luz y de su amor para que nunca caminemos en tinieblas

Que el Señor nos llene de su luz y de su amor para que nunca caminemos en tinieblas


¿Estamos ciegos? ¿estamos en tinieblas? Algunas veces creemos que estamos en la luz y vemos, pero la realidad es que hemos dejado meter las tinieblas en nuestra vida y nos cegamos tanto que ya ni nos damos cuenta de nuestra ceguera. Vemos turbio, pero creemos que es la realidad de lo que nos circunda cuando realmente el velo oscuro lo tenemos en nuestros ojos.
Como el que va perdiendo la vista paulatinamente, por ejemplo, por unas cataratas; ve turbio pero cree ver, no quiere reconocer las tinieblas de sus ojos que se han ido velando poco a poco; cuando vuelve a recobrar la visión clara, entonces se da cuenta de lo que hermoso y lleno de color que está todo lo que le rodea, y que lo borroso o diluido de los colores estaba en sus ojos.
Así nos sucede cuando se nos va enfriando el amor en nuestra vida. Comenzamos a ver mal, y entonces nos parecerá malo todo lo que vemos en los demás, sin darnos cuenta de que el amor se nos ha enfriado; lo tremendo es cuando se nos muere el amor y lo transformamos en egoísmo, en insolidaridad, en rencor y resentimiento, en envidias. La negrura entenebrece nuestra vida.
Caminemos en la luz, caminemos en el amor; no dejemos nunca muque se nos meta el desamor en nuestra vida; es una pendiente muy terrible porque la piedra de nuestro desamor rodando y rodando pendiente abajo cada vez se hace más grande, cada vez se hace más dañina, cada vez más destruyendo mas vidas, no solo la nuestra sino de todos los que encuentra a su paso.
Recordemos lo que nos ha dicho hoy san Juan en su carta: ‘Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Pero quien aborrece a su hermano está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe a donde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos’, han cegado su vida.
Que el Señor nos llene de su luz. Que el Señor nos llene de su amor.

domingo, 28 de diciembre de 2014

El niño Jesús crecía y se robustecía, se llenaba de sabiduría y de gracia en el caldo de cultivo del amor de la familia de Nazaret

El niño Jesús crecía y se robustecía, se llenaba de sabiduría y de gracia en el caldo de cultivo del amor de la familia de Nazaret


La familia es la más hermosa escuela del amor. Si no lo fuera así se destruiría a si misma. No se puede fundamentar la comunidad familiar desde otros intereses o ambiciones. Nace y se fundamenta en el mismo amor de los esposos, del hombre y la mujer que se aman y se dan y quieren compartir su vida. Es el más hermoso caldo de cultivo de un auténtico amor. Y de ahí, de ese amor brotará el más hermoso fruto de ese amor que son los hijos.
Y cuando lo hemos cimentado todo en el amor como el más eficaz fundamento los hijos harán crecer ese amor al tiempo que crecerán alimentados en ese mismo amor. Es un amor abierto a la vida que crece y se enriquece más y más cuanto más se da, cuanto más se ama. Será el hermoso taller donde construimos la vida en su más profunda felicidad. De ahí cuanto hemos de cuidar la familia, cuánto hemos de cuidar el amor para que nunca se vea empañado por ninguna perturbación ni ninguna tentación a encerrarse en si mismo porque lo haría egoísta y lo destruiría.
Pero somos humanos y erramos muchas veces y nuestro corazón se contagia de muchas cosas que pueden perturbar ese amor. Pero el creyente cristiano sabe bien donde ha de alimentar ese amor, donde encontrará la fuerza que no solo lo mantenga sino que lo haga crecer. Es el abono de la gracia divina que enriquece la vida matrimonial y familiar con el sacramento del matrimonio.
El creyente sabe que no camina solo. Junto a él está la gracia divina que alimenta su amor, lo fortalece y lo enriquece. Y es que Jesús no nos deja solos nunca en el camino de la vida. Sabe de nuestras debilidades y flaquezas, que nuestro espíritu muchas veces tiende a atrofiarse y a enfermarse con muchos males, porque nos sentimos tentados al egoísmo y al encerrarnos en nosotros mismos, aparecen las ambiciones y nos malean los orgullos y los recelos.
El nos garantiza la seguridad y fortaleza de su gracia. Como solemos decir cuando una pareja cristiana celebra con todo sentido el sacramento del matrimonio no solo hay un compromiso adquirido por los propios contrayentes a vivir a ese amor según el sentido y el estilo de Cristo, sino que Cristo mismo se compromete a acompañar ese camino de amor de aquel matrimonio y de aquella familia que nace. Por parte de Cristo no nos faltará nunca la asistencia de su gracia. Tendríamos nosotros que saber contar más con El.
En el marco de la Navidad, del misterio de Dios que se hace Emmanuel, que quiere ser Dios con nosotros y para eso se ha hecho hombre, encarnándose en el seno de María, además de redimir nuestra vida de tantos males con los que la destrozamos, hoy se nos quiere mostrar el misterio de la Sagrada Familia de Nazaret, de aquel hogar de José, María y Jesús. Cómo tenemos que aprender de aquel hogar, de aquella sagrada familia de Nazaret. Quiso Cristo al asumir nuestra naturaleza humana nacer y crecer en el seno de un hogar, de una familia, para así mostrarnos todo lo que es la riqueza de su gracia que nos acompaña.
Si comenzábamos diciendo que la familia es la más hermosa escuela de amor, qué podríamos decir de aquella Sagrada Familia de Nazaret. En el amor de aquel hogar nació y creció Jesús. ‘El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría, y la gracia de Dios lo acompañaba’, nos dice el evangelista. El niño crecía y se robustecía, se llenaba de sabiduría y de gracia de Dios en el caldo de cultivo del amor de aquella familia de Nazaret.  ¡Qué hermoso pensamiento!

sábado, 27 de diciembre de 2014

Juan el testigo que desde el amor nos hablará de lo que ha palpado en Jesús

Juan el testigo que desde el amor nos hablará de lo que ha palpado en Jesús


Juan el Bautista había sido la voz que anunciaba que llegaba la Palabra; Juan, el evangelista, es el testigo. Aunque al principio de su evangelio nos hable de que el Bautista había venido como testigo, para dar testimonio simplemente era un anuncio del que iba a venir; así lo señalaría como el que venía detrás de él con bautizando no ya con agua sino con el Espíritu.
Pero en verdad sí podemos decir que Juan, el evangelista, el hijo del Zebedeo, el hermano de Santiago es el testigo que nos va a hablar de lo que ha visto y ha oído, de lo que ha palpado incluso con sus manos. Era el discípulo amado de Jesús, así se presentará a sí mismo en su evangelio, y desde ese amor que sentía por Jesús y desde ese amor de Jesús que sentían tan hondamente en él podrá decirnos cosas grandes de Jesús.
Los otros evangelistas, a los que llamamos sinópticos, nos describen a Jesús por lo que hizo y también por lo que dijo. Son muy expresivos en detallarnos, describirnos la vida de Jesús. Juan, sin dejar de describirnos las acciones de Jesús y trasmitirnos sus palabras, en pocas palabras nos dará una alta definición teológica de Jesús. 
Es en Juan donde oiremos decir repetidamente a Jesús ‘yo soy…’ Cuando a la hora del prendimiento se adelanta hacia aquellos que vienen les pregunta ‘¿a quién buscáis?... a Jesús Nazareno’, le responden. ‘Yo soy’, exclama Jesús.
En el principio del evangelio en la descripción que nos adelanta de Jesús nos dice que es la luz que viene a iluminar nuestras tinieblas; pero más adelante en el evangelio nos dirá ‘Yo soy la luz del mundo’.
A la mujer samaritana le ofrece un agua que calmará para siempre su sed, más adelante nos dirá que El es el agua viva y que quien tenga sed que venga a El y beba.
Nos dice que ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia. Luego nos dirá ‘Yo soy la vida’. Por eso nos hablará de no morir para siempre si en verdad creemos en El como le explica a Marta cuando la resurrección de Lázaro: ‘El que cree en mi vivirá para siempre porque Yo soy la resurrección y la vida’.
Nos hablará de un pan bajado del cielo que quien lo coma tendrá vida para siempre; luego  nos dirá ‘Yo soy ese pan bajado del cielo, el que me coma tendrá la vida eterna… y yo lo resucitaré en el último día’.
Cuando les dice a los discípulos que ya conocen el camino para ir al Padre, ante las dudas de los discípulos que no terminan de entender terminará afirmando ‘Yo soy el Camino y la Verdad, y la Vida’.
Ha venido para dar testimonio de la verdad, le responde a Pilatos que le preguntará y cuál es la verdad, aunque no quiera oír la respuesta en su escepticismo, pero aquí se correspondería esa definición que de sí mismo ha dado cuando nos ha dicho como recordábamos ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida’.
Por eso terminamos esta reflexión con las palabras que le hemos escuchado a Juan en su carta: ‘Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo’.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Un testimonio de amor hasta el final de quien está lleno del Espíritu, el protomártir san Esteban

Un testimonio de amor hasta el final de quien está lleno del Espíritu, el protomártir san Esteban


Ayer celebrábamos con gozo el nacimiento del Señor. El Emmanuel, el Dios con nosotros que nos trae la vida y la salvación. Todo es alegría, pero no una alegría cualquiera, no la alegría superficial y efímera que nos puede dar el mundo. Es la alegría de la presencia del Señor, del Señor que se nos revela, del Señor que está con nosotros para que esa alegría sea completa.
Pero la liturgia hoy se viste de rojo para celebrar un mártir; no es un mártir cualquiera, es el protomártir, el  primero en derramar su sangre por el testimonio de Cristo, san Esteban, del que se  nos habla en los Hechos de los Apóstoles.
Fue uno de los siete diáconos elegidos para el servicio de los pobres en la primitiva comunidad de Jerusalén; estaba lleno del Espíritu y no solo anunciaba a Jesús con el testimonio de las obras del amor, sino también con su ardiente palabra. Pronto encontraría la oposición y el rechazo que le llevaría al martirio. El texto de la liturgia nos relata y recuerda su martirio.
Ya el evangelio nos recuerda que habrá persecuciones, tribunales, cárceles, pero Jesús nos dice que no temamos porque su Espíritu estará con nosotros. Lo vemos en Esteban. Ojalá supiéramos tener fe en la presencia del Espíritu de Dios en nosotros y nos dejáramos conducir por El. Cómo nos sentiríamos fortalecidos en el corazón.
Dos palabras que le escuchamos a Esteban en ese momento supremo del martirio nos convendría recordar. «Señor Jesús, recibe mi espíritu», dice en primer lugar poniéndose en las manos de Dios. Pero dirá también en relación a aquellos que le persiguen y ahora le martirizan: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado.» Había aprendido bien el padrenuestro; había aprendido bien lo que Jesús había enseñado allá en el sermón del monte. No solo perdonar sino también orar por los que nos persiguen.
Estamos en navidad pero este mensaje no está lejos de la alegría de la Navidad. Nos hace descubrir al Señor en nuestra vida, en nuestras luchas, en nuestras dificultades y problemas, en el coraje que hemos de tener para el anuncio del nombre de Jesús, y también en nuestros sufrimientos.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Dios nos sorprende en la ternura de un niño recién nacido envuelto en pañales y recostado en un pesebre

Dios nos sorprende en la ternura de un niño recién nacido envuelto en pañales y recostado en un pesebre

 ‘Habitaban tierras de sombras… caminaban en tinieblas… una luz les brilló… el pueblo vio una luz grande…’ Es la noche de Belén; es la noche de la historia; es la noche de la humanidad; son las tinieblas de nuestros males y pecados, pero una luz comenzó a brillar con un especial resplandor en medio de esas sombras, de esas tinieblas, de esa noche. Pero es la noche de Belén que se llena de luz; es la noche de la humanidad que se ilumina como el día porque el Sol que viene de lo alto ha comenzado a brillar en medio de la humanidad. Es Navidad.
Se manifiesta la ternura de Dios; ‘ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres’; las esperanzas se ven cumplidas; la misericordia de Dios se derrama sobre toda la humanidad.
‘Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre…’ Las maravillas de Dios que sorprenden. ‘Os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor’, es el primer anuncio. ¿Cómo lo van a encontrar? Mucho era lo que habían soñado y esperando la venida del Mesías; con ansias y esperanzas grandes esperaban el que iba a ser el salvador. Pero no lo van a encontrar rodeado de ejércitos ni aposentado en un palacio. Un pesebre, un niño envuelto en pañales. Son las sorpresas de Dios.
Es lo que esta noche a nosotros también nos convoca. Queremos también llenarnos de esa luz, sentir esa salvación, vivir esa presencia nueva de Dios en medio de nosotros. ¿Cómo lo vamos a buscar? Dejémonos sorprender por Dios. Ahí estamos contemplando la ternura de un niño recién nacido; pero estamos contemplando también la pobreza de un establo.
Cuántas ternuras tenemos que descubrir para encontrarnos con Dios; cuánta ternura tenemos que poner también en nuestro corazón. Cuantos pobres y que no tienen ni donde guarecerse pasan a nuestro lado; descubramos el paso de Dios, pero abramos nuestras puertas; que no se cierren como las puertas de Belén. Que como los pastores con nuestra pobreza corramos al encuentro de esa ternura de Dios, de ese Emmanuel que se manifiesta pobre y recostado entre las pajas de un pesebre.
En la noche se siente el silencio. Hagamos silencio en el corazón. Que no haya ruidos que nos perturben. Pongamos a un lado incluso aquellas cosas que nos preocupan. Que nada nos distraiga de lo que el Señor quiere decirnos en esta noche.
Que sintamos la paz que nos trae Jesús en lo más hondo del corazón. Descubramos la presencia del Señor en las cosas más sencillas, la ternura de un niño recién nacido, la pobreza de un establo o las propias pobrezas de los pastores que corrieron hasta Belén. Que se nos abran los ojos para ver a Dios. Ya sabemos cómo podemos encontrarlo.
El quiere llegar a nuestra vida en esta navidad para disipar todas nuestras tinieblas y nuestras dudas, para darnos paz en el corazón y esperanza en nuestros agobios y luchas. Estemos atentos a su luz; no nos durmamos, que no nos encandilemos, ni nos confundamos con otras luces que tratan de distraernos.
Cuando corramos al encuentro de esa ternura que se nos manifiesta en el niño envuelto en pañales y recostado entre las pajas de un pesebre, aprendiendo a olvidar nuestros propios agobios, seguro que se nos va a manifestar con mayor claridad el misterio de la presencia de Dios en nuestra vida. Y nos llenaremos de esa nueva alegría y paz que sabe darnos el Señor.
Hagamos silencio para adorar el misterio de Dios que se nos manifiesta. No será necesario decir muchas cosas. Pongámonos en silencio ante Dios. Su Palabra eterna se hace carne, acampa, pone su tienda entre nosotros, nos habla al corazón. Siempre será palabra de Vida porque El es la Vida. Adoremos y demos gracias. La noche de las tinieblas se llenará de luz.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Hoy sabréis que viene el Señor, y mañana contemplaréis su gloria

Hoy sabréis que viene el Señor, y mañana contemplaréis su gloria


‘Hoy sabréis que viene el Señor, y mañana contemplaréis su gloria’. Es la primera antífona que se reza hoy 24 de diciembre en el Oficio Divino. Es el último anuncio de su venida, porque esta noche celebraremos la Navidad, celebraremos la venida del Señor y contemplaremos su gloria.
Pero seguimos esperando. Seguimos esperando porque todavía hoy estamos en Adviento. Seguimos esperando porque nuestra vida es un contínuo adviento. ¿No gritamos todos los días en la aclamación de la plegaria eucaristía ‘¡Ven, Señor Jesús!’? ¿No pedimos en la oración con la que prolongamos el padrenuestro cada día en la Eucaristía que ‘esperamos la venida de nuestro Salvador Jesucristo’?
Celebramos la venida del Señor y tenemos que hacer viva nuestra Navidad preparando todo nuestro corazón para que nazca Dios en nosotros y comencemos de verdad una nueva vida. Pero seguimos pidiendo que venga el Señor cada día a nuestra vida envuelta en problemas, tormentas, dificultades, luchas, tentaciones, pecados. Y queremos sentir cada día la presencia del Señor que nos fortalece, nos da vida, nos ayuda, nos hace sentir su gracia que nunca nos abandona.
Hoy en el evangelio hemos escuchado una vez más el cántico de Zacarías que tantas veces nos ha servido y nos sigue sirviendo de oración. Bendecimos a Dios que nos visita con su salvación, que cumple sus promesas y derrama su misericordia sobre nosotros. ‘Nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas… para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’.
Necesitamos esa luz, pedimos esa luz. Escuchamos a Juan, el profeta el Altísimo, que viene delante del Señor preparando sus caminos. Queremos preparar los caminos de nuestra vida. Queremos abrir caminos de Dios en nuestra vida. Queremos que el Señor llegue a nosotros con su salvación, con su misericordia, con su perdón, con su paz.
¡Cuánto lo necesitamos! Preparemos el corazón para que seamos en verdad morada de Dios en medio de los hombres. Hemos de ser testigos de la presencia de Dios en medio de nosotros, en medio de nuestro mundo que tanto necesita la paz que nos trae Jesús. Es el anuncio que esta noche vamos a escuchar; pero es el anuncio que nosotros también tenemos que hacer.

martes, 23 de diciembre de 2014

Juan es su nombre porque nos manifiesta el consuelo de Dios sobre su pueblo

Juan es su nombre porque nos manifiesta el consuelo de Dios sobre su pueblo


‘Se va a llamar Juan’, replica Isabel a quienes quieren llamarlo Zacarías como su padre, según eran las costumbres. Pero es Zacarías el que interviene escribiendo su nombre en una tablilla - aún estaba sin poder hablar - ‘Juan es su nombre’.
Así lo había señalado el ángel allá en el templo junto al altar de los sacrificios. Pero era en verdad el nombre más apropiado. ‘El consuelo de su pueblo’, viene a significar el nombre de Juan. Consuelo para aquellos padres que habían pedido con tanta insistencia al Señor el don de un hijo. Como nos dice el evangelista hoy ‘cuando se enteraron sus vecinos y parientes, de que el Señor le había hecho una gran misericordia, la felicitaban’.
Pero era el consuelo del pueblo de Israel porque era ya el paso inmediato del que venía como Mesías y Redentor. Juan sería la voz que lo anunciara en el desierto preparando los caminos del Señor. Y su voz llenaba de esperanza los corazones por la venida inminente del Mesías y el pueblo sentía el consuelo de Dios en sus vidas. Eso era Juan para aquellas gentes, el signo y la señal de que llegaba la salvación; era un consuelo para todo el pueblo que veía así renacer sus esperanzas.
‘¿Qué va a ser este niño?’ se preguntaban las gentes ante todos los acontecimientos que se iban sucediendo en torno a su nacimiento. ¿Qué va a significar también para nosotros? nos preguntamos. Juan llega también a nuestra vida en la inminencia de la Navidad como la voz que nos trae el consuelo. También Dios tiene gran misericordia con nosotros. Lo cantó una y otra vez María en su cántico de alabanza al Señor y lo escucharemos cantar también a Zacarías.
‘La mano de Dios estaba con El’. ¿No puede ser esa la oración que nosotros hagamos también en este día? Que la mano del Señor esté con nosotros, en nosotros, en nuestra vida. Que el Señor vuelva su rostro sobre nosotros y nos llene de su misericordia y de su paz. Que sintiendo la mano poderosa y misericordiosa de Dios en nosotros nos dispongamos a vivir con ánimo alegre y confiado las fiestas de Navidad que se acercan. Muchos serán los nubarrones, muchas pueden ser las negruras que se abaten sobre nuestro mundo y también sobre nuestra vida, pero sentimos el consuelo de Dios. Juan nos anuncia que llega el Señor y con El la misericordia, el perdón, su compasión y su amor.
Que así podamos celebrar una navidad dichosa porque tenemos la mano de Dios sobre nosotros. Que así nos podamos nosotros felicitar en el Señor.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Se abren los cielos y se desborda sobre nosotros la misericordia del Señor

Se abren los cielos y se desborda sobre nosotros la misericordia del Señor


‘Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador, porque se ha fijado en la humillación de su esclava’.
Es el inicio del cántico de María, del Magnificat, que tantas veces hemos escuchado, meditado, orado. No nos cansamos de cantar con María las maravillas que el Señor hace en ella. Se siente pequeña, la humilde esclava del Señor, pero reconoce las maravillas de Señor, ‘la grandeza del Señor’. Sigue sintiendo que es su Salvador.
María siente que es como si desbordaran todos los torrentes del cielo que van inundando todos los corazones con el amor y la misericordia del Señor.  Ella es la primera que siente ese amor de Dios en ella, pero siente que a partir de este momento se desborda la misericordia del Señor para inundar los corazones de todos los hombres. 
Lo de menos es que todos vayan a felicitarla, porque ella todo lo revierte en Dios. ‘Su nombre es santo’. Es como diríamos hoy como una jaculatoria, pero es una aclamación, una invocación del nombre de Dios. ¿No decimos en el padrenuestro ‘santificado sea tu nombre’? Es lo que María ahora está haciendo.
Me recuerda esas como letanías de jaculatorias, de alabanzas a su Dios que los musulmanes van repitiendo continuamente; los hemos visto con una especie de rosario en sus manos y les vemos moviendo los labios repitiendo esas alabanzas a Dios. 
Es lo que María está haciendo, cuando reconoce las obras grandes que Dios está haciendo en ellas no le queda otra cosa que decir ‘su Nombre es santo’, santificado sea siempre el nombre del Señor; como nos enseñaría a decir san Ignacio de Loyola ‘todo para la gloria de Dios’.
Y es que ‘la misericordia del Señor llega a sus fieles de generación en generación… auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, a favor de Abrahán y si descendencia para siempre’.
Sintamos esa misericordia del Señor; invoquemos esa misericordia del Señor; recordamos la promesa del Señor y el Señor siempre cumple sus promesas. Con confianza, con humildad porque no puede ser de otra manera. Solo los que con corazón humilde se ponen ante Dios van a ser enaltecidos, como canta también María.
Así queremos ponernos ante Dios en estos pasos finales de nuestra preparación para la navidad. 

domingo, 21 de diciembre de 2014

Preparemos una morada para Dios a la manera del corazón humilde de María

Preparemos una morada para Dios a la manera del corazón humilde de María

En la noche de Belén nos encontraremos con María y con José que deambulan por las calles de Belén buscando una posada porque va a nacer Jesús pero para ellos no hay sitio en la posada.
Pero fijémonos que en la primera lectura de hoy el Rey David, que ya ha conquistado Jerusalén y puede vivir él ya en un palacio quiere sin embargo construir un templo para el Señor donde deposite el arca de la Alianza y sea signo y lugar de la presencia de Dios en medio de su pueblo.  Como hemos escuchado aunque el profeta en principio le da la aprobación, sin embargo el Señor no quiere ese templo construido por manos humanas y así se lo hace saber el profeta a David en el nombre del Señor. Serán otras las promesas que Dios le haga a David y que veremos cumplidas en Jesús.
Nosotros quisiéramos también buscar donde recibir a Dios y encontrarnos con el Señor, y a la manera del rey David queremos construir los mejores y más hermosos templos en su honor. Pero los caminos y designios de Dios son bien distintos, porque El ya ha encontrado donde encontrarse mejor con el hombre y se ha elegido el mejor templo o la mejor morada, como queramos decir, para ser ese Emmanuel, ese Dios con nosotros.
Ha elegido a una humilde doncella de Nazaret que está desposada con un artesano, con el carpintero del pueblo, aunque aun no se han celebrado los desposorios, lo cual indica como será en los pequeños y los humildes donde mejor podremos sentir su presencia. Aquella doncella de Nazaret, aunque su nombre sabe a gloria, porque se llama María, sin embargo a sí mismo se llama la humilde esclava del Señor.
Decíamos cómo nosotros también buscamos cómo mejor acoger al Señor, al rey de la gloria que viene a nosotros pero aquí tenemos la lección, el mensaje que el mismo Señor nos quiere dar. Cuando seamos capaces de tener un corazón humilde como el de María, que sea capaz de vaciarse de todo, que sea capaz de vaciarse de si mismo estaremos preparando la mejor morada que le podamos ofrecer a Dios que siga siendo Emmanuel, siga siendo Dios en medio de nosotros los hombres.
Solo el corazón vacío de sí mismo, el corazón humilde y que se siente pequeño es capaz de albergar a Dios. Así se sintió María, así tenemos que sentirnos nosotros, así tenemos que abrirle nuestro corazón a Dios. En esa pobreza y en esa humildad se hará presente Dios. Con esa pobreza sentirnos no solo pequeños sino muy necesitados de El porque somos pecadores y El es el que va a salvar al nombre de sus pecados, con esa humildad pero muy llena de amor es cómo podremos recibir a Dios.
Pensemos que buscará esa pobreza en Belén de manera que no habiendo sitio ni siquiera en la posada, que ha era un lugar donde guarecerse los pobres caminantes y peregrinos, tendrá finalmente que nacer en un establo recostándose en la paja de un pesebre y al calor del vahído de unos ganados.
¿Qué le vamos a ofrecer nosotros? ¿cómo vamos a preparar nuestro corazón? Miremos a María y aprendamos de ella. En ella contemplamos su fe y su humildad; de ella aprenderemos a vaciar nuestro corazón para que solo se llene de Dios; de ella que es madre amorosa aprenderemos los mimos del amor; con ella aprenderemos a mirar con mirada nueva las necesidades de los demás; como ella sabremos ponernos en el camino del servicio, de la acogida, de la hospitalidad, del amor para ir siempre de la mejor manera al encuentro con los demás, que es ir al encuentro de Dios.
No siempre es fácil porque pesan muchas rémoras en nuestra vida que nos retrasan en el camino y la tarea a realizar; no siempre es fácil porque aparecerá el sacrificio y el sufrimiento pero será también una forma de ofrecernos al amor del Señor.
Ese es el templo más hermoso que podemos construir en nuestra vida para acoger y recibir a Dios. Caminando con ese estilo de María los hombres podrán descubrir de verdad al Emmanuel, al Dios con nosotros, porque con nuestra vida y nuestro amor lo estaremos haciendo presente en nuestro mundo.