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jueves, 26 de diciembre de 2024

El camino de Belén siempre pasará por la cruz del calvario, con la certeza de finalmente encontrar la luz de la pascua en el sepulcro abierto de la resurrección

 


El camino de Belén siempre pasará por la cruz del calvario, con la certeza de finalmente encontrar la luz de la pascua en el sepulcro abierto de la resurrección

Hechos de los apóstoles 6, 8-10; 7, 54-59; Salmo 30; Mateo 10, 17-22

No está tan lejano ni es tan ajeno el amor del dolor, como los momentos de mayor dicha y felicidad siempre tendrán cercanos los momentos de la tristeza o de la inquietud. No hay ninguna boda sin lágrima, como no hay duelo en el que en algún momento aparezca la sonrisa. La vida no está hecha de estancos separados y que no tengan que ver o tengan alguna relación los unos con los otros.

Hoy en la liturgia lo estamos constatando porque en estos momentos de fiesta y alegría que estamos viviendo con la Natividad del Señor, pronto aparecen los tintes rojos del martirio que lleva parejas con si el dolor, el sufrimiento e incluso la muerte. ¿Querrá significarnos que no está tan lejos Belén del Calvario?

Celebramos hoy la fiesta de un mártir, el primer mártir cristiano que de manera consciente dará la vida por el nombre de Jesús, aunque en estos días volveremos a ver nuestra liturgia teñida de rojo en la fiesta de los protomártires, los santos inocentes. Hoy celebramos a san Esteban, uno de aquellos primeros siete diáconos escogidos en la Iglesia primitiva, aun sin salir de Jerusalén para ejercer el ministerio del servicio en la comunidad mientras los apóstoles se dedicaban enteramente a la predicación.

San Esteban precisamente que destaca no solo por esa diaconía, ese servicio a la comunidad en la atención a las viudas y a los huérfanos, a los pobres, sino también por la elocuencia de su predicación, pues en la cultivada sinagoga de los libertos a la que pertenecían muchos de aquellos que provenían de la cultura griega y romana nadie era capaz de hacer frente a sus palabras, a su argumentación en la predicación y anuncio que hacía del evangelio de Jesús.

Algo que concitó el odio, podríamos decir así, de aquellos judíos que se quedan sin tener argumentos contra la predicación que Esteban hacía. Algo que le conducirá al martirio, realmente es el protomártir, el primer mártir que haciendo el anuncio del evangelio de Jesús muere por su nombre, dando cumplimiento a lo que Jesús había anunciado de que serían llevados a las cárceles, los tribunales y la muerte, como hoy mismo hemos escuchado en el evangelio.

Destaca, pues, el ardor de la predicación del diácono Esteban dejándose conducir por el Espíritu del Señor. ‘Cuando os entreguen, había dicho Jesús, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en aquel momento se os sugerirá lo que tenéis que decir, porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros’. Algo que estaremos viendo de forma palpable en Esteban.

‘Y seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará’, seguirá diciendo Jesús. Un odio que le llevaría al martirio y a la muerte, testigo con su propia vida de la Palabra de Jesús. ‘El que persevere hasta el final se salvará’, es lo que escuchamos en el relato del libro de los Hechos, pues la muerte de Esteban que parece calcada en lo que fue la muerte de Jesús, repitiéndose gestos y palabras, terminará con que Estaba en el momento de su muerte contempla el cielo abierto y la gloria de Dios de la que él iba pronto a participar.

Las pajas del pesebre de Belén no siempre son mullidas y cómodas, tendrán asperezas y nudos como toda vida tiene por eso se pueden convertir para nosotros en anuncio y signo de lo que puede ser nuestra vida. No siempre serán caminos fáciles los que tenemos que hacer dando nuestro testimonio cristiano; muchas asperezas podemos encontrarnos en los caminos de la vida, porque no siempre nuestro mensaje y nuestro testimonio va a ser bien entendido.

La cruz no nos faltará en la vida, pero esto nunca puede ser causa de desánimo ni de angustia para nosotros, porque detrás siempre está la gloria del Señor; por la gloria del Señor lo hacemos y la gloria del Señor nos envolverá; en el nombre del Señor seguiremos echando la red y cuando menos lo esperemos o donde menos pensemos vamos a encontrarnos la buena redada, pero hemos de tener la paciencia del Señor y también la esperanza, la confianza en la fuerza del Espíritu del Señor y la certeza de que El caminará siempre en nuestro propio camino.

El camino de Belén siempre pasará por la cruz del calvario, pero con la certeza de que finalmente encontraremos la luz de la pascua en el sepulcro abierto de la resurrección.

 

martes, 10 de agosto de 2021

El martirio del diácono san Lorenzo tendría que hacernos pensar en quienes son en verdad los tesoros de la Iglesia

 


El martirio del diácono san Lorenzo tendría que hacernos pensar en quienes son en verdad los tesoros de la Iglesia

2Corintios 9, 6-10; Sal 111; Juan 12, 24-26

Hoy celebramos el martirio de san Lorenzo. Archidiácono de la Iglesia de Roma, aunque según tradiciones de origen español, por eso Huesca lo tiene como lugar de su nacimiento y como patrono de su ciudad, su misión era el servicio diaconal junto al Papa que llevaba consigo la administración de los bienes de la Iglesia para la atención de los pobres y de los necesitados.

Recordamos con los Hechos de los Apóstoles que para eso nació ese ministerio ya en aquella primera comunidad de Jerusalén; para que los apóstoles se dedicaran más intensamente a la oracion y a la predicación, la atención de los huérfanos y las viudas de la comunidad con el compartir de todos los que creían en Jesús se confió, recordamos, a aquellos siete diáconos escogidos en medio de la comunidad.

En la Iglesia de Roma estaba organizado igualmente ese ministerio de servicio, el diaconado, aunque todavía nos encontremos a mediados del siglo III con las carencias que entonces existían y en medio de las persecuciones que sufrían todos los que creyesen en el nombre del Señor Jesús. Y es precisamente lo que se destaca de manera especial en el diácono Lorenzo, su servicio y atención a los pobres. La persecución decretada por el emperador Valeriano se llevaba a cabo de manera especial con los dirigentes de la comunidad cristiana. Días antes del martirio de san Lorenzo había sido el martirio del Papa Sixto con un grupo también de diáconos.

Ahora quieren apoderarse de los tesoros de la Iglesia – no ha dejado de persistir ese encono contra la Iglesia y sus tesoros también en nuestros tiempos – y por eso es a Lorenzo al que detiene el emperador para obligarle a entregarle esos tesoros. Lorenzo reúne a todos aquellos pobres, huérfanos y viudas que eran atendidos por la comunidad cristiana para presentárselos al emperador como los tesoros de la Iglesia. Lo que aquellas aun incipientes comunidades cristianas podían compartir precisamente era dedicado plenamente a la atención de esos pobres y necesitados. El emperador se sintió burlado y la condena a Lorenzo fue a morir en la hoguera. Es el signo que forma parte de la imagen de san Lorenzo, la parrilla junto con la palma del martirio.

Ser mártir es ser testigo; el mártir cristiano es testigo de su fe en Jesús pero que se manifiesta en el testimonio del amor. Normalmente cuando hablamos de los mártires pensamos en aquellos que fueron testigos hasta dar su vida, hasta morir incluso de una manera cruenta por la fe que tienen en Jesús, al que no quieren negar.

Es el testimonio supremo de la fe y del amor, porque es llegar a dar la vida por la fe y por el amor, con la fuerza de la fe y con la fuerza del amor de Dios que rebosa en sus corazones. Es el grano de trigo que se entierra para que dé fruto, como nos enseña hoy el evangelio. De cualquier manera no se puede ser mártir, dar el testimonio de la vida, convertir la vida en un testigo, si no es con la fuerza de la fe, con la fuerza del amor de Dios.

Mártir, pues, es el que se da desde el amor, el que ofrece al mundo el testimonio de su amor, se convierte en testigo del amor. Dios nos puede conceder ese don del martirio y nos dará fuerza para soportarlo porque es dar la vida, pero sí tenemos que pensar que un cristiano siempre tiene que ser un testigo de su fe y de su amor. Si decimos que creemos en Jesús porque queremos vivir su evangelio nuestra vida tiene que ofrecer un brillo especial, nuestra vida tiene que ser la vida de un testigo. Nuestra forma de vivir y de amar nos tiene que hacer distintos, en nosotros tiene que resplandecer de una manera especial ese amor. ¿No tendríamos que ser como ese grano de trigo que muere para germinar y dar fruto? Por eso en el sentido más profundo de la palabra tendíamos que decir que el cristiano siempre es un mártir, porque siempre ha de ser un testigo.

Una última consideración que podríamos hacernos a la luz del martirio de san Lorenzo sería preguntarnos donde están también hoy los tesoros de la Iglesia. ¿Serán igualmente los pobres tal como los presentaba san Lorenzo? Miremos a Cáritas y a cuantos son atendidos desde esa institución de nuestras comunidades cristianas, pero tendríamos que mirar tantas obras de la Iglesia en la atención a los ancianos, en el cuidado de los enfermos, en la apertura de nuestras comunidades a los discapacitados de todo tipo, en los comedores sociales que dan comida en nuestros pueblos y ciudades a tantos que se sienten abandonados, en la preocupación por los sin techo, y así en tantas y tantas obras que nacer al calor del amor de la comunidad cristiana; la lista se haría interminable.

¿Serán también para mí mis tesoros porque los tendré como una prioridad en las preocupaciones de mi vida?

 

sábado, 17 de abril de 2021

Imagen de nuestro tiempo en que nos vemos haciendo esta travesía en medio del mar de nuestro mundo en que algunas veces nos parece no sentir la presencia del Señor

 


Imagen de nuestro tiempo en que nos vemos haciendo esta travesía en medio del mar de nuestro mundo en que algunas veces nos parece no sentir la presencia del Señor

 Hechos de los apóstoles 6, 1-7; Sal 32; Juan 6, 16-21

Hermoso texto del evangelio para este tiempo pascual en que estamos, pero para este tiempo post-pascual, que podríamos decir, que es el tiempo de la Iglesia. Después del episodio de la multiplicación de los panes y de los peces allá en el descampado, cuando la gente quiere hacer rey a Jesús – una reacción de gratitud o interesada puesto que les había dado gratis de comer hasta saciarse – Jesús se retira solo a la montaña y los discípulos embarcar para ir a la otra orilla del lago.

El evangelio de Juan es escueto en detalles, solo nos dice que Jesús no iba con ellos, llevaban ya mucho tiempo en la barca y la barca no avanzaba. Era de noche, sopla un viento fuerte y Jesús no está allí. ¿Recordarían aquel otro momento en que medio de una tempestad Jesús si estaba, aunque dormido a popa, pero al final lo despertaron y amainó la tormenta? ¿Recordarían otros momentos en que Jesús estando con ellos en la barca les invitó a echar de nuevo las redes para pescar aunque la noche anterior no habían cogido nada pero luego se multiplicaban los peces hasta necesitar pedir ayuda? Iban solos en la barca o eso les parecía a ellos.

Como sucedería cuando el tiempo de la Pascua, se habían quedado solos, porque a Jesús lo habían prendido y condenado a muerte, y aunque les decían que había resucitado no siempre lo veían con ellos; desalentados también algunos querían marcharse a sus casas y el final se habían venido a Galilea y se habían ido también a pescar.

Pero, ¿no será también imagen de nuestro tiempo – que antes llamábamos post-pascual o el tiempo de la Iglesia – en que nos vemos haciendo esta travesía por el mar de la vida, en medio del mar de nuestro mundo pero algunas veces nos parece no sentir la presencia del Señor?

Vientos en contra no nos faltan, tempestades de todo tipo aparecen en cualquier momento, la tarea de hacer el camino de la Iglesia no siempre nos es fácil, los mismos cristianos perdemos el aliento y algunas veces parece que venimos de vuelta y ya no creemos en nada.

Es un mundo revuelto en el que vivimos, un mundo variado, un mundo en el que encontramos resistencias, pero también muchas veces es complicada y conflictiva la vida de la Iglesia porque no siempre sabemos contar la presencia del Espíritu del Señor que Jesús nos prometió y está con nosotros. Nos vemos como los discípulos en la barca, que parece que el Señor no está con nosotros en esta travesía que estamos haciendo.

El Señor entonces estaba con ellos aunque no lo vieran, o aunque lo confundieran con un fantasma cuando les salió al paso en la travesía del lago. Estaban embarcados en aquella tarea y aunque remaban y remaban y no parecía que avanzaran el Señor apareció en medio de ellos y pudieron llegar pronto al ansiado puerto.

Tenemos que correr de delante de nuestros ojos esos velos que nos ciegan y nos impiden ver y reconocer la presencia del Señor. velos que nos ciegan que muchas veces parten de nuestra propia autosuficiencia para creernos que nos lo sabemos hacer solos y no saber poner nuestra confianza en el Señor que aunque los tiempos o los momentos nos parezcan malos con nosotros está el Señor.

Seguro que si así ponemos toda nuestra confianza en el Señor ante nosotros se van a abrir nuevos caminos, nuevas posibilidades y también ¿por qué no? nuevas tareas. Hoy la primera lectura nos ha hablado de un momento en que la primitiva iglesia se vio envuelta en un problema donde era necesario encontrar una solución.  No se estaba atendiendo debidamente a los huérfanos y a las viudas porque los apóstoles no podían llegar a todo. Tomaron la decisión de elegir aquellos siete diáconos para el servicio y la atención de aquellas necesidades, mientras los apóstoles podían dedicarse con mayor intensidad a su tarea, la oración y la predicación de la Palabra.

Una pauta para nosotros. No podemos llegar al servicio total y pleno sobre todo a los necesitados si antes no nos sentimos fortalecidos en la oración y la Palabra de Dios. No es el trabajo por el trabajo, el servicio por el servicio si perdemos el contacto con el que es la fuente de nuestra vida y de nuestra entrega.

Queremos llevar a Jesús en la barca de nuestra travesía pero porque queremos contar con El, porque queremos vivir unidos a El – y para eso necesitamos de la oración – y que El ilumine nuestro corazón llenándonos de la fuerza de su Espíritu. Tenemos que cultivar más nuestra espiritualidad, o lo que es lo mismo, nuestra unión con El llenándonos de su Espíritu. Es el crecimiento de la vida de la gracia de Dios en nosotros.

sábado, 26 de diciembre de 2020

El camino de la fe siempre es camino de pascua, porque tiene que ser siempre un camino de amor por eso unimos hoy la alegría de la navidad a lo que es la entrega del martirio

 


El camino de la fe siempre es camino de pascua, porque tiene que ser siempre un camino de amor por eso unimos hoy la alegría de la navidad a lo que es la entrega del martirio

Hechos 6, 8-10; 7, 54-59; Sal 30; Mateo 10, 17-22

Parece de alguna manera desconcertante que cuando estamos viviendo la alegría de la fiesta de la Navidad nos aparezca la sombra de la muerte, del martirio, de la sangre derramada. Y es que en este día siguiente a la navidad y mientras estamos en la celebración de la octava del nacimiento de Jesús hoy la Iglesia nos propone la celebración de la fiesta de san Esteban. Lo llamamos el Protomártir, porque fue el primer mártir por el nombre de Jesús y en la lectura de los Hechos de los Apóstoles tenemos el relato de su martirio.

Fue uno de los siete diáconos escogidos por los apóstoles para el servicio de la comunidad cuando se vieron desbordados en la predicación de la Buena Nueva de Jesús, pero también en la atención de los más necesitados de la comunidad. Así surgieron aquellos siete diáconos, hombres de fe, a los que se encargaba la tarea de la administración y de la atención a los huérfanos y a las viudas en expresión de los Hechos de los Apóstoles. Esteban era uno de ellos. Pero su testimonio iba más allá pues también hacía el anuncio del nombre de Jesús con gran ardor y espíritu misionero enfrentándose en la sinagoga a todos los que querían acallar el nombre de Jesús.

Los dos pilares de su vida, por decirlo de alguna manera, era el testimonio ardiente del nombre de Jesús a través del servicio a los pobres, la diaconía, y la predicación. Era un hombre de fe y lleno del Espíritu Santo y en él vemos cumplidas aquellas palabras de Jesús que anunciaban la fuerza del espíritu que pondría palabras en sus labios frente a todos los que les hicieran frente, como se nos ofrece en la primera lectura de este día, aunque todo ello le costara el martirio como allí se nos describe.

 Es por eso por lo que la liturgia de la Iglesia nos ofrece su celebración en este primer día de la Navidad. El pesebre de Belén, signo de la pobreza y del sacrificio viene a tener su culminación en la Cruz del Calvario. Parece un signo de contradicción, pero así lo señalaría el anciano Simeón cuando Jesús sea presentado en el templo. Y es que el camino de la fe siempre es camino de pascua, porque tiene que ser un camino de amor; quien ama, se da, se entrega llegando incluso a la entrega suprema de la vida. Y el camino del creyente sigue los pasos de Jesús y los pasos de Jesús son pasos de pascua.

El mayor signo de la vida y del amor es la entrega hasta el sacrificio supremo si fuera necesario. Pero nosotros andamos tantas veces poniendo límites a la entrega porque en el egoísmo que nos tienta nos amamos tanto a nosotros mismos que no somos capaces de darnos sin límites. Solo el que entrega la vida, gana la vida, aunque cuando lo miramos solo con nuestros ojos mundanos no lo acabemos de entender. Es lo que nos repetirá Jesús tantas veces en el evangelio aunque nos cueste asimilarlo. El que se guarda la vida solo para sí la va a perder y la va a perder sin sentido ni valor. Pero el que se da y no teme perderla por amor es que la ganará en plenitud.

Esto es algo que tendríamos que recordar con frecuencia y entonces le podremos dar valor y sentido a los contratiempos con que nos encontramos en la vida. Asumimos con entera libertad ese camino lleno de sacrificios en tantas ocasiones, y hasta seremos capaces entonces de ofrecernos en inmolación en el nombre del amor por los demás. No es que busquemos el sufrimiento por el sufrimiento pero sí aceptamos que el amor algunas veces nos hace sufrir cuando tenemos que arrancarnos de nosotros mismos para pensar en los demás o para darnos por los demás.

Son desgarros que se van produciendo en el corazón pero para los que encontramos un sentido y un valor, que es el amor que nos llevará siempre a la mayor plenitud. Y aunque quizá no siempre en esta vida vamos a encontrar satisfacción o compensación por esa entrega porque quizás hasta no nos la agradecerán, sabemos donde tenemos la recompensa, donde de verdad hemos ganado un tesoro, donde encontraremos la plenitud de la felicidad.

Hoy san Esteban en ese momento supremo del sacrificio y del martirio ve los cielos abiertos, porque sabe que allí está la meta de la plenitud total. Por eso podrá decir como Jesús en el Cruz: ‘En tus manos, Padre, pongo mi espíritu’.

 

viernes, 26 de diciembre de 2014

Un testimonio de amor hasta el final de quien está lleno del Espíritu, el protomártir san Esteban

Un testimonio de amor hasta el final de quien está lleno del Espíritu, el protomártir san Esteban


Ayer celebrábamos con gozo el nacimiento del Señor. El Emmanuel, el Dios con nosotros que nos trae la vida y la salvación. Todo es alegría, pero no una alegría cualquiera, no la alegría superficial y efímera que nos puede dar el mundo. Es la alegría de la presencia del Señor, del Señor que se nos revela, del Señor que está con nosotros para que esa alegría sea completa.
Pero la liturgia hoy se viste de rojo para celebrar un mártir; no es un mártir cualquiera, es el protomártir, el  primero en derramar su sangre por el testimonio de Cristo, san Esteban, del que se  nos habla en los Hechos de los Apóstoles.
Fue uno de los siete diáconos elegidos para el servicio de los pobres en la primitiva comunidad de Jerusalén; estaba lleno del Espíritu y no solo anunciaba a Jesús con el testimonio de las obras del amor, sino también con su ardiente palabra. Pronto encontraría la oposición y el rechazo que le llevaría al martirio. El texto de la liturgia nos relata y recuerda su martirio.
Ya el evangelio nos recuerda que habrá persecuciones, tribunales, cárceles, pero Jesús nos dice que no temamos porque su Espíritu estará con nosotros. Lo vemos en Esteban. Ojalá supiéramos tener fe en la presencia del Espíritu de Dios en nosotros y nos dejáramos conducir por El. Cómo nos sentiríamos fortalecidos en el corazón.
Dos palabras que le escuchamos a Esteban en ese momento supremo del martirio nos convendría recordar. «Señor Jesús, recibe mi espíritu», dice en primer lugar poniéndose en las manos de Dios. Pero dirá también en relación a aquellos que le persiguen y ahora le martirizan: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado.» Había aprendido bien el padrenuestro; había aprendido bien lo que Jesús había enseñado allá en el sermón del monte. No solo perdonar sino también orar por los que nos persiguen.
Estamos en navidad pero este mensaje no está lejos de la alegría de la Navidad. Nos hace descubrir al Señor en nuestra vida, en nuestras luchas, en nuestras dificultades y problemas, en el coraje que hemos de tener para el anuncio del nombre de Jesús, y también en nuestros sufrimientos.

sábado, 10 de agosto de 2013

El grano de trigo que se consume en el amor y en el servicio

2Cor. 9, 6-10; Sal. 111; Jn. 12, 24-26
‘Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto’. Qué bella y rica imagen, el grano de trigo. No es para guardarlo, tiene su función. Enterrado en tierra hace germinar una nueva planta multiplicadora de muchos granos de trigo en su espiga, pero para ello ha de desaparecer. Triturado se convierte en harina con la que haremos el pan de nuestro alimento; al final no veremos el grano de trigo que ha sido triturado pero si nos estamos alimentando de él en el rico pan.
Jesús habla de sí mismo, pero habla también del sentido de nuestra vida. Es lo que contemplamos en Jesús. Así se entregó para que nosotros tuviéramos vida; así fue su amor hasta el final triturado y traspasado por nosotros para darnos vida. Pero habla del sentido de nuestra vida. Porque estamos llamados a dar vida, a ser vida, y para ello hemos de darnos, sin importarnos desaparecer como el grano de trigo. No la podemos guardar para nosotros, nos dice hoy en el evangelio. El que la guarda la pierde, pero el que la entrega tiene garantía de vida eterna. ¿Qué merecerá la pena?
Así es la ofrenda de amor que hemos de hacer de nuestra vida, aunque nos cueste. No es fácil entender y vivir este misterio de amor que se nos expresa en esta imagen del grano de trigo. Siempre queremos estar reservándonos algo para nosotros. Pero ese no es el sentido del discípulo de Cristo, no puede ser nunca el sentido de nuestra vida.
¿Cómo hemos de ser ese grano de trigo que dé vida, que llene de vida a cuantos nos rodean? La imagen es bonita, pero no nos podemos quedar en la imagen; eso hemos de traducirlo en la práctica concreta de nuestra vida de cada día para que no se nos quede en doctrina o teoría. Hoy tenemos, en esta fiesta que estamos celebrando, ante nuestros ojos un hermoso ejemplo y modelo.
Celebramos a San Lorenzo mártir, y siempre la primera imagen con que nos quedamos de su vida es su martirio; de ahí que sus imágenes vayan siempre acompañadas de la parrilla para expresar cuál fue su muerte. Pero con la imagen que nos ofrece hoy el evangelio y que venimos comentando, la del grano de trigo, no nos quedamos solamente en su martirio; eso fue solo el momento final y culminante, podríamos decir, de su entrega hasta da la vida; pero eso era algo que él estaba haciendo en el día a día de su vida y de su ministerio.
San Lorenzo era diácono; su ministerio era el servicio, ser servidor de la Iglesia de Dios, no solo en el culto y la celebración de la Eucaristía, sino principalmente en el servicio a los pobres y necesitados. Ellos eran su tesoro. Fue con ellos donde día a día fue ese grano de trigo que se tritura por amor para dar vida, para alimentar de vida a los demás. Su misión en la Iglesia de Roma era precisamente atender a los pobres distribuyendo cuando la comunidad cristiana desde una caridad auténtica quería compartir con los más necesitados. Ese era su servicio, la atención a los pobres. Ahí estaba ese grano de trigo de su vida que se daba y se desgastaba por los pobres y los necesitados para atenderlos a todos.
En las actas de su martirio se dice que el emperador, sabiendo que él era el administrador de los bienes de la Iglesia, la exigió que le entregara las riquezas de la Iglesia. ¿Cuáles son las riquezas de la Iglesia que puso ante el emperador romano? Trajo junto a él a todos los pobres de Roma por los cuales se desvivía y en quienes empleaba cuanto la comunidad compartía y fue lo que presentó ante el emperador como riqueza de la Iglesia.
Nos preguntábamos antes cómo podíamos ser ese grano de trigo que diera vida, ahí tenemos la respuesta, en el amor, en el servicio, en nuestro desprendimiento y generosidad, en ese ser capaz de vaciarnos de nosotros mismos con nuestros intereses y orgullos para olvidándonos de nosotros mismos darnos por los demás. Es lo que tenemos que hacer y el amor que es capaz de inventarse nuevas iniciativas cada día para expresar su amor, nos inspirará cuanto podemos hacer en ese sentido con los demás desde pequeños gestos de acogida para cuantos están a nuestro lado hasta ser capaz de renunciar a nuestras cosas para compartir generosamente con los demás.
Pero me gustaría también que abriéramos los ojos, porque muchas veces vamos demasiado mirándonos a nosotros mismos; abriéramos nuestros ojos, digo, para mirar a nuestro lado y ver tantos gestos y detalles de servicio, de generosidad, de compasión y misericordia, de amor en una palabra que podemos descubrir en muchos que nos rodean. Es fácil que nos quejemos que el mundo va mal y que hay mucho egoísmo e insolidaridad, pero, como se suele decir, no todo el monte es orégano; no todo lo que hay a nuestro alrededor es insolidaridad o indiferencia, sino que podemos descubrir muchas personas que como grano de trigo se dan por los demás, ayudan a los otros, despiertan sonrisas en nuestros corazones muchas veces amargados, nos levantan el ánimo con sus gestos de desprendimiento y generosidad, muchas almas buenas que están siempre buscando la manera de hacer bien.
Hemos de saber reconocerlo para ver todas esas semillas de bien que hay a nuestro alrededor y hemos de saber descubrirlo porque eso nos levanta el ánimo y la esperanza y nos convencemos de que podemos hacer un mundo mejor y que nosotros también podemos poner nuestra pequeña semilla, nuestro pequeño grano de arena en la construcción de ese mundo mejor en la que tantos están comprometidos.

Creo que puede ser una hermosa lección en esta fiesta de san Lorenzo que hoy celebramos y también un hermoso compromiso de nuestra vida.

sábado, 13 de abril de 2013


El servicio del amor esencial en el anuncio de Cristo resucitado

Hechos, 6, 1-7; Sal. 32; Jn. 6, 16-21
Cuando vamos recorriendo el camino del libro de los Hechos de los Apóstoles enseguida vamos apreciando que en la medida en que va creciendo la fe en Jesús, se va propagando el anuncio de Cristo resucitado y van surgiendo las primeras comunidades cristianas vemos al mismo tiempo cómo va floreciendo el amor. Una comunidad, y una comunidad que se siente convocada y reunida en el  nombre del Señor Jesús si le falta el amor le faltaría algo esencial que tiene que nacer de esa fe en Cristo resucitado como es la comunión de los hermanos.
Ya hemos contemplado como va floreciendo ese amor y son capaces de vivir en comunión y en sincero compartir para que nadie pase necesidad. Hace poco hemos visto como vendían sus posesiones y lo ponían a disposición de los apóstoles para ese bien común y para la atención sobre todo de los huérfanos y las viudas que en aquella sociedad se sentían totalmente desamparados.
Pero en toda comunidad, aunque sea una comunidad cristiana que intenta vivir intensamente su fe en Jesús y su amor surgen los problemas y está el peligro de que alguien no sea debidamente atendido. Es la queja que surge en Jerusalén en la que cierto sector de la comunidad se siente desatendido. Los Apóstoles no pueden estar en todo y es como surgirá la diaconía, el servicio de aquellos que de manera especial en nombre de la comunidad van a atender a los pobres y más necesitados.
‘No podemos desatender el anuncio de la Palabra de Dios’, dicen los apóstoles, ‘escoged a siete de entre vosotros, hombre de buena fama, llenos de espíritu de sabiduría y les encargaremos de esta tarea…’ Y se nos hace la relación de los siete que fueron escogidos, ‘que presentaron a los apóstoles y les impusieron las manos orando’. Nació así el diaconado, ese ministerio de servicio dentro de la comunidad cristiana. Origen, podríamos decir, de los diversos ministerios y servicios que van surgiendo en medio de la comunidad y para el servicio de la comunidad.
Escuchando y meditando este texto pensamos, por supuesto, en ese ministerio participación de Sacerdocio de Cristo Sacramento de Salvación, que son los diáconos - precisamente en este día en nuestra diócesis son ordenados dos nuevos diáconos para nuestra Iglesia diocesana -. Pero con una mirada amplia, sin reducirla al sacramento, podemos pensar en cuantos ejercen en el seno de la comunidad cristiana ese servicio pastoral de la caridad. Pensamos en nuestras parroquias en los agentes de Cáritas para la atención de los pobres y necesitados; pero podemos pensar en el ámbito de nuestras parroquias en los que atienden y visitan a los enfermos en una atención pastoral, aunque aquí cabría pensar en todos los que realizan una acción pastoral en medio de nuestras comunidades que en fin de cuentas es un servicio a la comunidad eclesial.
Pero podemos pensar en tantos y tantos religiosas y religiosas que en hospitales, Centros de Mayores, Asilos, residencias de ancianos o de enfermos, casas de acogida, atención a discapacitados físicos o síquicos y así una lista interminable están ejerciendo este ministerio de la caridad, del amor cristiano. Creo que tenemos que abrir bien los ojos para descubrir y ver ese ejército innumerable de religiosos y religiosas, como de tantos voluntarios también viven para los demás en un servicio de amor a los más pobres y necesitados. Es la diaconía de la Iglesia que se sigue realizando y que sigue dando ese testimonio de lo que es el amor cristiano vivido sin límites, con una donación y dedicación total.
Hay quien se atreve a poner en duda la acción de la Iglesia y cierra los ojos - ¿de manera interesada quizá? - y no es capaz de ver toda esta maravillosa acción social, pero acción desde la justicia y el amor que realiza la Iglesia. Bueno, no importa que no nos lo reconozcan, no se puede mermar la intensidad de nuestro amor y seguiremos amando y dándonos porque sabemos que nuestro premio y recompensa lo tendremos en el Señor cuando nos diga ‘venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me diste de comer… porque estaba enfermo y solo, y me atendiste’.

sábado, 21 de abril de 2012


Está siempre junto a nosotros a pesar de los nubarrones que nos puedan enturbiar la vida

Hechos, 6, 1-7; Sal. 32; Jn. 6, 16-21
La comunidad de los que creían en Jesús iba creciendo. ‘La Palabra de Dios iba cundiendo, y en Jerusalén crecía mucho el número de los discípulos’. Pero en su crecimiento van apareciendo nuevos problemas y dificultades que pueden poner en peligro la armonía y la comunión que entre todos se vivía.
Ante las dificultades hay quienes se acobardan y se encierran sin saber buscar soluciones a los problemas; otros se crecen y hace que surjan valores y virtudes que ayudarán más aún a su crecimiento; pero también ante las dificultades y problemas hay que saber tener una visión distinta, la visión del creyente que puede ver en esas mismas dificultades una llamada del Señor y una invitación a descubrir cosas nuevas, que el mismo Espíritu divino va haciendo surgir en el interior de las personas.  
Cuando crece el número de los discípulos comienzan las quejas y malentendidos por el servicio que se les presta a los diferentes sectores y necesidades. Hay creyentes en Jesús que provienen del judaísmo porque son de allí mismo de Jerusalén o Palestina, pero también están los de lengua griega, como dice el texto, para referirse a los provenientes de la gentilidad o de aquellos judíos de la diáspora que al venir a Jerusalén con motivo de la pascua y ante todo lo sucedido se van abriendo a la fe en Jesús.
En la dificultad no nos sentimos solos porque siempre nos sentimos asistidos por la fuerza del Espíritu del Señor, por la presencia de Dios junto a nosotros, aunque a veces nos cueste comprender. Es lo que nos expresa hoy el evangelio. Los apóstoles iban remando con gran dificultad queriendo atravesar el lago para llegar a Cafarnaún, pero se les había hecho de noche, el viento soplaba fuerte y en contra y parecía que se podían encontrar en dificultades y se encontraban solos. Pero allí estaba el Señor; aparece caminando sobre el agua. ‘No temáis, soy yo’, les dice.
Pero allí en medio de aquella comunidad está el Espíritu del Señor que es el que en verdad guía a la Iglesia, la guió hace dos mil años y la sigue guiando en la actualidad. El creyente ha de saber discernir, tener la mirada de Dios en sus ojos y en su corazón para descubrir los caminos por donde quiere llevarnos el Señor. Así surgió la diaconía dentro de la comunidad cristiana; aquellos cristianos con el don y el ministerio del servicio, en este caso para atender a los huérfanos y a las viudas, como dice el texto sagrado, porque reflejan las situaciones de mayor desamparo y pobreza en que podían verse envueltos; la mujer que pierde a su marido o el niño o joven que se queda sin la protección de los padres.
Los apóstoles han de dedicarse a la misión concreta que han de realizar en medio de la comunidad, del anuncio de la Buena Nueva del Evangelio y ser aglutinadores de la comunidad dirigiendo la oración de los hermanos. Por eso los apóstoles les piden que elijan a ‘siete de entre vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu de sabiduría y los encargaremos de esa tarea, mientras nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra’.
Es así como nace la dianonía, el diaconado en la Iglesia de Jesús. ‘Los apóstoles les impusieron las manos orando’ e invocando el Espíritu divino sobre ellos, en lo que vemos lo que va a ser la base de la ordenación sacerdotal o de los diferentes ministerios dentro de la Iglesia. Pues ¿qué es realmente una ordenación sacerdotal? No es simplemente elegir a unas personas a las que se les confía un encargo, sino que es fundamentalmente invocar al Señor para saber quienes han de ser elegidos y en la oración y en la imposición de las manos del Obispo invocando al Espíritu Santo consagrarlos para una misión.
Este texto nos ofrece por una parte lo que es el crecimiento de la comunidad cristiana ayudándonos a entender cómo van surgiendo los diferentes ministerios dentro de la Iglesia, y por otra parte nos puede ayudar también para saber descubrir la presencia del Señor junto a nosotros, a pesar de los nubarrones en que nos veamos envueltos en la vida. Nunca nos deja el Señor. Está siempre a nuestro lado y la fuerza de su Espíritu no nos faltará.

lunes, 26 de diciembre de 2011



Hechos, 6, 8-10; 7, 54-57;
 Sal. 30;
 Mt. 10, 17-22
A primera vista podría parecer un contrasentido cuando estamos viviendo las alegrías de las fiestas de la Navidad del Señor el que dentro de toda la solemnidad de la Octava en el primer día que sigue a la Navidad celebremos la fiesta de un martirio. Pero todo tiene su sentido y, podríamos decir, que esta celebración del martirio de san Esteban no merma la alegría de la solemnidad de la octava de la Navidad. Nos puede ayudar a descubrir muchas cosas en torno a las exigencias de nuestro seguimiento de Jesús.
Merece ocupar este primer lugar en las celebraciones navideñas porque es el protomártir, el primer mártir que derramó su sangre en el martirio por el nombre de Jesús. Uno de los siete diáconos escogidos en aquella primera comunidad de Jerusalén, hombres escogidos de buena reputación, llenos de Espíritu santo y sabiduría para el servicio de la comunidad sobre todo en la atención a los huérfanos y a las viudas; pronto impulsado por ese mismo Espíritu le veremos enfrentarse a todos en el anuncio del Evangelio con gran espíritu de sabiduría, de manera que no podían resistirle lo que le llevaría a ser conducido ante el Sanedrín y como hemos escuchado hasta el martirio. Es el testimonio del amor el que nos ofrece en el cumplimiento de la misión para la que había sido elegido, pero es el testimonio que con su palabra y su vida dará hasta el límite glorioso del martirio.
La fe que confesamos en ese Niño recién nacido que contemplamos en Belén estos días tiene que llevarnos al testimonio valiente de que sólo en Cristo alcanzamos la vida y la salvación. Testimonio con nuestra palabra, y con nuestras obras. Ese niño que contemplamos en brazos de María o recostado en el pesebre es el Hijo de Dios hecho hombre por nuestra salvación. Es el Jesús, Mesías salvador y redentor a quien queremos seguir y de cuya salvación queremos hacernos partícipes recibiendo su gracia salvadora. Es el Jesús que veremos entregarse hasta el final en la prueba más sublime del amor que es dar la vida por nosotros. Es el Jesús que nos anuncia el Reino de Dios y que lo constituye con su sangre derramada en la Cruz. Es el Jesús por el que estaríamos dispuestos a darlo todo, si fuera necesario también nuestra vida.
Es lo que nos está enseñando el martirio de san Esteban en este primer día de Navidad. Queremos seguir a ese Jesús y de El recibimos también la misión del servicio y del amor, la misión del anuncio del Evangelio y del testimonio valiente con toda nuestra vida. Y sabemos que podríamos poner en peligro nuestra vida porque por Jesús la podemos perder pero que eso será ganarla realmente, como el mismo Jesús nos enseñará en el evangelio. ‘El que pierda su vida por mi la ganará para la vida eterna’.
El testimonio del martirio de san Esteban nos está recordando un camino que nosotros hemos de seguir, una entrega que hemos de vivir en nuestra vida, un amor que tenemos que repartir, un mensaje que hemos de trasmitir siendo anunciadores de evangelio, evangelizadores con nuestra palabra y con el testimonio de nuestra vida.
Una tarea en la que no estamos solos, porque siempre estaremos asistidos por la fuerza y la presencia del Espíritu Santo. Hoy el texto sagrado nos lo repite continuamente. ‘Esteban, lleno del Espíritu Santo…’ se nos dice. Y Jesús nos había prometido, como escuchamos en el evangelio que ‘cuando os arresten, no os preocupéis por lo que vais a decir o de cómo lo diréis… no seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros’.
No es contradictorio que celebramos esta fiesta en medio de las celebraciones de navidad, porque nos está recordando ya desde el primer momento que nos encontramos con Jesús cuál de de ser nuestra misión, cuál nuestra tarea, y hasta donde ha de llevarnos el testimonio que demos por Jesús.