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domingo, 1 de marzo de 2015

Necesitamos contemplar la Transfiguración conscientes de que también hemos de hacer el mismo camino de Pascua de Jesús

Necesitamos contemplar la Transfiguración conscientes de que también hemos de hacer el mismo camino de Pascua de Jesús

Gén. 22, 1-2. 9-13. 15-18; Sal 115; Rom. 8, 31b-34; Marcos 9, 2-10
No podemos olvidar el auténtico sentido de la Cuaresma; es un camino pascual, un camino que nos prepara para la Pascua. Como preparaba a los primitivos catecúmenos para la celebración del Bautismo en la noche de pascua, como posteriormente ayudaba a los pecadores a ir realizando en su vida una auténtica conversión, haciendo una renovación de su Bautismo, así ahora sigue la Cuaresma ayudándonos a realizar ese camino pascual.
Todo nos va conduciendo a ello, a esa renovación de nuestro compromiso bautismal no olvidando que el bautismo es la primera y fundamental participación en la Pascua del Señor, en el misterio de su pasión, muerte y resurrección. Todos los textos, todos los signos, todos los gestos que vamos encontrando en la liturgia nos ayudan a ello. La Palabra del Señor que vamos escuchando a eso nos conduce también. Se suele decir que los textos de todo el tiempo de Cuaresma son como una gran catequesis bautismal que nos ayudan e iluminan para esa renovación pascual de nuestra vida.
En el segundo domingo de Cuaresma siempre se nos proclama en el evangelio la Transfiguración del Señor. ¿Qué significa, qué nos reporta que ya desde casi el principio de la Cuaresma contemplemos este misterio de la Transfiguración del Señor?
Jesús les había ido anunciando desde el principio casi que su camino era un camino de Pascua. Anunciaba lo que había de sucederle en Jerusalén donde sería entregado y habría de sufrir su pasión y muerte, pero al tercer día resucitaría. No entendían los discípulos, les costaba entender estos anuncios de Jesús. En alguna ocasión veremos a Pedro incluso que trata de quitarle esa idea de la cabeza. Ya les decía también que el camino del discípulo era seguir sus mismos pasos, porque el que quisiera ser su discípulo habría de negarse a sí mismo y cargar también con la cruz. Palabras, repito, que les resultaban incomprensibles.
Este momento de la Transfiguración viene enmarcado por esos anuncios. ‘Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos’. Subió a la montaña, se los llevó con él para orar en la montaña. Era importante lo que sucedía. Como se había retirado al principio de su vida pública al desierto para orar - escuchábamos el domingo pasado -, como le vemos en otras ocasiones que se va a lugares apartados o solitarios para orar, ahora sube a la montaña con aquellos tres discípulos. Se acerca un momento importante, está cercana ya la Pascua y Jesús sube a la montaña a orar, como le veremos en el principio de la pasión orando en Getsemaní.
Sólo en la oración podremos descubrir los misterios grandes que Dios nos quiere revelar. Allí se va a oír la voz del cielo, junto con todas las otras señales celestiales, ‘Este es mi Hijo amado, escuchadle’.
Ese Jesús que anuncia su entrega, su pasión, su muerte es el Hijo amado de Dios. Va a ser difícil ver ese misterio cuando llegue la pasión y la cruz, pero tenemos que saber descubrirlo. Habrían de descubrirlo los discípulos, para eso se transfigura delante de ellos, y luego les hablará de resurrección. Les va a costar, porque a pesar de todo eso huirán, se esconderán y hasta Pedro le negará. Luego, tras la resurrección lo reconocerán todo. Tras la venida del Espíritu será Pedro el que proclame que a ‘ese Jesús a quien vosotros entregasteis, Dios lo resucitó de entre los muertos y lo ha constituido el Mesías y el Señor’.
Necesitamos hoy nosotros contemplar la Transfiguración del Señor si somos conscientes de que nosotros también tenemos que hacer el mismo camino de Pascua de Jesús. Será la renovación que tenemos que hacer de nuestra vida, o será la pascua concreta que cada uno de nosotros ha de vivir en su vida en medio de sus sufrimientos, con sus problemas, con la lucha que cada día ha de mantener para superarse, para ser mejor, con las negruras que pueden aparecer en su vida, con tantas cosas que nos pueden ser duras y difíciles, pero que son nuestro camino, nuestra pascua.
Necesitamos subir al Tabor para contemplar a Cristo transfigurado que es imagen de lo que será su resurrección. Necesitamos subir al Tabor de nuestra oración para sentirnos plenamente unidos al Señor y llenos de la fuerza de su Espíritu. Necesitamos subir al Tabor para escuchar esa voz que nos habla allá en lo más profundo de nosotros señalándonos el camino de Jesús, señalándonos lo que ha de ser nuestro camino de Pascua, señalándonos lo que es la voluntad de Dios para nosotros. Necesitamos subir al Tabor para contemplar a Cristo glorioso, pero sabemos que hemos de bajar de nuevo a la llanura porque habrá otra montaña de pascua que hemos de subir. No nos vamos a esconder en la montaña santa del Tabor haciéndonos nuestras tiendas de refugio.
Nuestra Eucaristía de cada día ha de ser nuestro Tabor, donde nos llenemos de Dios, donde nos sintamos transfigurados en el Señor. Nuestra oración, nuestra escucha de la Palabra de cada día, nuestra vivencia sacramental nos dará esa luz y esa fuerza que necesitamos porque nos garantiza la presencia y la gracia del Espíritu en nosotros. Vamos a seguir haciendo el camino porque sabemos que nos lleva a la vida, nos conduce a la plenitud de la resurrección. 

sábado, 28 de febrero de 2015

Seamos buenos hijos de Dios amando con un amor como el que Señor nos tiene, como el que el Señor tiene a todos.

Seamos buenos hijos de Dios amando con un amor como el que Señor nos tiene, como el que el Señor tiene a todos.

Deuteronomio 26,16-19; Sal 118; Mateo 5,43-48
"Habéis oído que se dijo: "Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo os digo: Amad a vuestros enemigos. Haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian". Qué bien nos viene escuchar estas palabras de Jesús en el día de hoy en nuestra sociedad actual. Lo de aborrecer al que no consideras tu amigo, o no piensa como tu, o no hace las cosas como tú crees que deben hacerse está a la orden del día. Cuánto tendríamos que reflexionar sobre esto.
Decimos que vivimos en una sociedad cristiana, o al menos en una sociedad en la que todos o la mayoría están bautizados, pero qué lejos nuestra manera de actuar de lo que nos está diciendo hoy Jesús en el Evangelio. Enfrentamientos, podríamos decir, que es normal que los haya, porque no todos tenemos que pensar lo mismo y una sana confrontación tendría que llevarnos siempre a buscar y encontrar lo mejor, a buscar un acuerdo, a un intentar caminar juntos; pero ya sabemos, esos enfrentamientos o confrontaciones muchas veces terminan en rencillas y resentimientos, en ponernos barreras, en ir generando en principio desamor pero que puede terminar convirtiéndose en odio en nuestros corazones.
Y eso lo vemos en todos los ámbitos de nuestra sociedad; no digamos a nivel político, pero pensamos también en las relaciones familiares que se ven enturbiadas muchas veces por esos sentimientos, en el trato con los que llamamos amigos, en el encuentro o convivencia con los vecinos o los que están a nuestro lado, en el ámbito del trabajo.
Tenemos que escuchar las palabras de Jesús; tenemos que aprender a asumirlas en nuestra vida, en convertirlas en el sentido y razón de ser de nuestra convivencia de cada día. Jesús nos viene a decir que si en el mundo en que vivimos esas cosas nos pudieran parecer normales, entre nosotros los que le seguimos no puede ser así, nuestro estilo es diferente, nuestra manera de ver las cosas y las personas tienen que tener otra hondura. A la larga Jesús nos está pidiendo que seamos más humanos.
Pero es que además nosotros tenemos otras motivaciones más profundas. Cuando queremos amar queremos parecernos a Dios, queremos amar con un amor como el amor de Dios. ‘Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’, nos dice el Señor.
Y terminará diciéndonos hoy donde está la meta de nuestro amor: ‘Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’. Nos parecerá imposible, nos puede parecer una meta muy alta, pero bien sabemos que el Señor no nos deja solos, nos da la fuerza de su Espíritu.
Que con la fuerza de su Espíritu comencemos a amar a aquellos que más nos cuesta amar, no solo a perdonar a quienes nos hayan podido hacer daño, sino a rezar por ellos. Seamos buenos hijos de Dios amando con un amor como el que Señor nos tiene, como el que el Señor tiene a todos. 

viernes, 27 de febrero de 2015

Tenemos que ser siempre sembradores de vida, de reconciliación y de paz

Tenemos que ser siempre sembradores de vida, de reconciliación y de paz

Ezequiel 18,21-28; Sal 129; Mateo 5,20-26
‘Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón…’ Así rezamos con el salmo. Es a lo que nos invita hoy la liturgia como respuesta a la Palabra de Dios que se nos había proclamado con el profeta. ‘Si el malvado se convierte de los pecados cometidos y guarda mis preceptos, practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá. No se le tendrán en cuenta los delitos que cometió, por la justicia que hizo, vivirá. ¿Acaso quiero yo la muerte del malvado -oráculo del Señor-, y no que se convierta de su conducta y que viva?’
‘Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa; y él redimirá a Israel de todos sus delitos…’ continuábamos diciendo en el salmo. Es nuestro consuelo y nuestra esperanza. Es lo que nos impulsa a convertir nuestro corazón al Señor. Es lo que nos está pidiendo continuamente que seamos santos.
Somos pecadores, es cierto; cuántas veces olvidamos los caminos del Señor; cuántas veces olvidamos su amor. Viene la tentación y tropezamos una y otra vez. Pero una y otra vez acudimos al Señor confiados en su amor. Una y otra vez le decimos ‘no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal’, sabiendo que en el Señor siempre vamos a encontrar la misericordia y esa paz que necesitamos en el corazón. ‘Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?’
Pero como nos enseña Jesús hoy en el evangelio siempre hemos de estar buscando la comunión y la reconciliación con el hermano. Estamos llamados a la vida y todo lo que sea muerte hemos de desterrarlo de nosotros. Por eso tenemos que ir siempre regalando vida, porque siempre vamos regalando amor.
Jesús se nos muestra, por así decirlo, exigente en sus palabras hoy en el evangelio. Nos recuerda el mandamiento de no matarás. Pero al mismo tiempo nos hace ver toda la amplitud que tiene ese mandamiento. Estaríamos dando muerte al hermano no solo cuando le quitemos la vida física - cuántos dicen que no tienen pecado porque ellos no han matado a nadie - sino que dar muerte es tratar mal, es insultar, es juzgar, es llenar nuestro corazón de envidia, es dejar que se introduzca en nosotros el rencor y el resentimiento. Todo eso es muerte, una muerte que tenemos que ir desterrando de nosotros y de nuestro mundo. Desgraciadamente cuantas señales de muerte vemos a nuestro alrededor; cuántas señales de muerte pudiera haber allá escondidas en nuestro corazón cuando no amamos de verdad al hermano.
Por eso nos pide Jesús que siempre tenemos que buscar la reconciliación con el hermano. Ya en otro momento del evangelio, en este mismo sermón del monte de donde están tomadas estas palabras nos dice que no solo hemos de perdonar a quien nos haya podido hacer daño, sino además rezar por él. Eso es poner vida en nuestro corazón, porque eso nos da paz, y eso es sembrar semillas de paz en nuestro mundo queriendo llenarlo de vida también.
Cuánto podemos y tenemos que hacer en este sentido. Tenemos que ser siempre sembradores de vida, de reconciliación y de paz.

jueves, 26 de febrero de 2015

Oramos con confianza no olvidando todo lo que recibimos de Dios

Oramos con confianza no olvidando todo lo que recibimos de Dios

Ester 14,1.3-5.12-14; Sal 137; Mateo 7,7-12
Alguien ha dicho que ‘no pedimos para que el Señor se entere de lo que necesitamos, sino para no olvidarnos de que todo lo recibimos de él’. Hace unos días en esta catequesis continua que es para nosotros el camino cuaresmal que estamos haciendo con la Palabra que cada día se nos proclama y tratamos de asimilar y hacer vida nuestra Jesús nos decía que para orar no necesitábamos decir muchas palabras - ‘cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso’ - porque Dios conoce bien nuestras necesidades - ‘pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis’ -. Somos nosotros los que necesitamos no olvidarnos de todo lo que recibimos de El.
Ya recordamos entonces en nuestra reflexión lo que hoy hemos escuchado en el evangelio. ‘Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre…’ Y nos viene a decir que Dios es nuestro Padre que siempre nos escucha - ‘¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden!’ - como nuestro padre en la tierra siempre atenderá a las peticiones de sus hijos.
¿Cómo entonces ha de ser nuestra oración? La primera lectura nos ofrece un ejemplo hermoso. Nos señala unas características muy importantes para lo que ha de ser nuestra oración. Ester se dirige al Señor con la certeza de que sólo en él puede encontrar la salvación. Certeza y confianza que resuma toda la oración de la reina Esther. Recuerda la misericordia que Dios siempre ha tenido para con su pueblo y ahora ella quiere acogerse a ese amor misericordioso de Dios. Se siente pequeño, débil, por eso pide a Dios su sabiduría, que ponga las palabras acertadas en su boca. Ella se va a convertir en intercesora a favor de su pueblo.
Es la manera cómo tenemos que acercarnos al Señor; con amor y con la absoluta confianza de que el Señor nos escucha, como nos enseñará luego Jesús en el evangelio; pedimos que sea el Señor el que nos inspire lo que hemos de hacer, cómo hemos de actuar, y en esa confianza nos dejamos llevar, conducir por el Espíritu del Señor. Que nos conceda su sabiduría, la fuerza de su Espíritu. Y sabemos que el Señor actúa en nosotros, el Señor está a nuestro lado y es nuestra fuerza. ‘Si el afligido invoca al Señor, El lo escucha’, como tantas veces rezamos con los salmos.
‘Daré gracias a tu nombre, por tu misericordia y tu lealtad; cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma’. Así hemos de cantar agradecidos al Señor sintiendo siempre su fortaleza y su gracia. Que así sea siempre nuestra oración. Esa oración que nosotros elevamos al Padre del cielo siempre en nombre de Nuestro Señor Jesucristo. ‘Cuanto pidáis al Padre en mi nombre El os lo dará’, nos ha enseñado Jesús en otro lugar en el evangelio.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Que sepamos descubrir las señales de la presencia de Dios en nuestra vida que nos llena de su sabiduría y gracia

Que sepamos descubrir las señales de la presencia de Dios en nuestra vida que nos llena de su sabiduría y gracia

Jonás 3,1-10; Sal 50; Lucas 11,29-32
‘Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás’. Jonás había predicado la conversión en Nínive y los ninivitas escucharon su palabra y se convirtieron al Señor. Bien sabemos, incluso, cómo Jonás se resistía a cumplir su misión pero llevado por los acontecimientos en los que él supo descubrir el designio de Dios al final fue a Nínive como Dios le pedía.
San Pablo dirá que ‘los griegos piden sabiduría y los judíos piden signos’, pero que él no anuncia otra cosa que a Cristo crucificado. Ahora Jesús les pone como una señal a Jonás y a la reina del Sur. Jonás porque se dejó conducir por la palabra del Señor y predicó la conversión a los ninivitas que escucharon su palabra; la reina del Sur porque vino buscando conocer la sabiduría de Salomón, y como Jesús les dice allí hay alguien que es más que Salomón, porque allí ante ellos está la Sabiduría de Dios, el Verbo de Dios, la revelación de Dios para el hombre con la que alcanzará la verdadera salvación.
En muchas ocasiones a lo largo del evangelio vemos como las multitudes se admiraban de lo que Jesús hacía - ‘nunca hemos visto una cosa igual’, decían - ante los milagros que Jesús realizaba; o en otras ocasiones se habían admirado de su sabiduría, porque hablaba con autoridad y ‘nadie ha hablado como El’. Sin embargo no terminan de creer en Jesús; aunque el pueblo le aclame y le bendiga porque viene en el nombre del Señor, por allá habrá quienes sigan dudando o incluso oponiéndose a la obra de Jesús. Era para muchos, como los de su pueblo, simplemente ‘el hijo del carpintero’, pero no sabían descubrir la obra de Dios en El; ya vemos como algunos se atreven incluso a decir que si expulsa los demonios lo hace con el poder del príncipe de los demonios. ¡Cuánto les costaba aceptar a Jesús!
Pero no nos quedemos en la reacción de las gentes en los tiempos de Jesús; para nosotros eso tiene que ser también una señal que nos hable mucho más y nos haga reflexionar sobre nosotros mismos y la manera de aceptar a Jesús y su salvación en el día a día de nuestra vida.
También dudamos muchas veces; también nos cuesta ver los signos de Dios que se van manifestando en nuestra vida; se nos cierran los ojos y no sabemos descubrir esa acción de Dios en nosotros. Pedimos muchas cosas desde nuestras necesidades, nuestros problemas o nuestros deseos de algo mejor; pero tenemos el peligro de pedir y pedir y no saber descubrir esa presencia de Dios en nuestra vida que se nos puede manifestar de muchas maneras.
Que sepamos descubrir esas señales de Dios, es paz que podamos sentir en nuestro corazón, esa respuesta que nos va dando a lo que le vamos pidiendo, esa fuerza que hay en nosotros en nuestra lucha y en nuestros esfuerzos que son señales de esa gracia de Dios. Que se nos abran los ojos de nuestro corazón para saber descubrir y vivir esa sabiduría de Dios. El Señor continuamente realiza maravillas en nosotros. Que sepamos reconocerlo y cantarlo como María.

martes, 24 de febrero de 2015

Orar es disfrutar de la presencia y del amor de Dios, es llenarnos de Dios para mirar siempre con la mirada de Dios

Orar es disfrutar de la presencia y del amor de Dios, es llenarnos de Dios para mirar siempre con la mirada de Dios

Isaías 55,10-11; Sal 33; Mateo 6,7-15
‘Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis’. Así nos dice hoy Jesús cuando nos enseña a orar.
Pero, ¿no seguiremos haciendo lo mismo? Pedimos, suplicamos, insistimos, repetimos nuestra oración, hablamos y hablamos, rezamos y rezamos una y otra vez sobre todo cuando nos sentimos agobiados con problemas, cuando hay algo que quizá nos quema en el corazón, cuando pensamos en tantas necesidades, quizá mirando muchas veces primero en las nuestras.
Claro que en otra ocasión nos dirá Jesús que oremos sin cesar ‘pedid y recibiréis, buscad y encontrareis, llamad y se os abrirá’, nos dirá. ¿Está en contradicción una y otra enseñanza de Jesús? De ninguna manera. Lo que quiere Jesús es que oremos, pero que en nuestra oración sepamos sentir la paz de la presencia de Dios; quiere que oremos pero que disfrutemos del amor y de la presencia de Dios que es un Padre bueno que nos ama.
La primera lectura, del profeta Isaías, nos ha propuesto una imagen muy hermosa. La lluvia que mansamente va cayendo del cielo y va poco a poco empapando la tierra para hacerla fecunda y broten las plantas que finalmente nos den hermosos frutos. Es ese ponernos en la presencia del Señor, ese ir dejándonos inundar de Dios, de su gracia, de su vida y que hará fecunda nuestra vida haciéndola fructificar con su gracia.
Yo diría que es la forma cómo tenemos que saborear la oración; es la forma como tenemos que aprender a saborear el padrenuestro, la forma de oración que Jesús hoy nos ha enseñado. Nos decía que no oremos con muchas palabras y nos dejaba una manera de orar, de ponernos con humildad y con mucho amor ante Dios; cuando nos sentimos a gusto, cuando vamos saboreando su presencia de amor irán surgiendo nuestros deseos, nuestras preocupaciones, nuestros anhelos, pero al mismo tiempo iremos viendo nuestra vida con una mirada distinta, porque ya todo lo iremos viendo con los ojos de Dios, con la mirada de Dios.
Es entonces cuando vemos en su más profunda realidad nuestra vida; es cuando nos sentimos humildes porque nos damos cuenta de nuestra falta de amor y veremos nuestra realidad de pecadores; pero será algo que iremos viviendo con paz, una paz que nos llevará a que también deseemos esa paz para los demás, ofreceremos generosamente el perdón, comenzaremos a amar de una forma distinta a cuantos nos rodean, incluso, aunque nos hayan ofendido. Qué sentido más bonito tiene esa petición del padrenuestro, ‘perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’. Nos cuesta, pero seremos capaces de hacerlo porque Dios está con nosotros.
Orar no es solo pedir; orar es disfrutar de la presencia y del amor de Dios; orar es llenarnos de Dios para mirar siempre con la mirada de Dios.

lunes, 23 de febrero de 2015

La misericordia del Señor nos pone en caminos de santidad

La misericordia del Señor nos pone en caminos de santidad

Levítico 19,1-2.11-18; Sal 18; Mateo 25,31-46
La misericordia del Señor nos hace santos; la misericordia del Señor nos pone en caminos de santidad; la misericordia del Señor nos impulsa a ser también nosotros misericordiosos y nos hace merecedores de dicha eterna.
Muchas afirmaciones nos hacemos en torno a la misericordia del Señor. Hoy nos decía el Levítico ‘Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’ como una invitación y como un mandato. Es la meta y el ideal. Es por lo que tenemos que luchar y esforzarnos y ya el Señor nos va señalando las actitudes buenas y nuevas que tiene que haber en nuestro corazón. Pero, ¿quién nos hace santos? ¿nos hacemos santos solo por nuestro esfuerzo o voluntad? Es el Señor el que nos hace santos, porque tiene misericordia de nosotros que somos pecadores y siempre nos está ofreciendo su compasión, su perdón, su amor que nos llena de vida y de santidad.
Por eso podíamos afirmar que es la misericordia del Señor la que nos pone en caminos  de santidad. Por una parte porque cuando nos sentimos amados, nos sentimos llamados a corresponder a ese amor; y si es así de grande la misericordia de Dios con nosotros, ¿cómo no vamos a vivir nosotros en su amor y en su gracia? Por eso desde esa misericordia de Dios nos sentimos impulsados a vivir esos caminos de santidad.
Y ¿qué tenemos que hacer? Vivir un amor como el amor que el Señor nos tiene. Llenar también nuestro corazón de amor y de misericordia; amor por encima de todo a Dios; pero amor que va a manifestarse en el amor que le tengamos a los demás, en el bien que le hagamos a los otros, en la misericordia y compasión con la que nosotros tratemos a los demás.
Lo que nos señala el Levítico que tenemos que hacer para ser santos como el Señor quiere que seamos precisamente pasa por esos caminos. Por eso terminará diciéndonos, algo que luego escucharemos en labios de Jesús en el evangelio que tenemos que amar al prójimo como a nosotros mismos.
Esos son los caminos que nos señala el evangelio que hoy hemos escuchado. Nos habla del juicio final y nos dice de qué vamos a ser juzgados. Como diría bellamente san Juan de la Cruz ‘en el atardecer de la vida seremos examinados de amor’. No voy a repetir aquí lo que ya hemos escuchado en el evangelio sino que tomemos de nuevo ese texto en nuestras manos y volvamos a leerlo, pero poniendo rostros, poniendo nombres, poniendo esas personas que todos conocemos y que nos vamos encontrando en nuestra puerta o en el camino de nuestras calles o plazas. Y detrás de ese rostro, de esa figura que conocemos, miremos a Jesús. Ahí está Jesús para que le amemos; ahí está Jesús para que mostremos nuestra misericordia y nuestra compasión.
Recordemos, finalmente, que si nosotros tenemos misericordia con los demás, también alcanzaremos misericordia. Podríamos recordar aquello de Tobías que nos dice que la limosna lava nuestros pecados; pero podemos recordar simplemente las bienaventuranzas: ‘Dichosos los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia’. 

domingo, 22 de febrero de 2015

Desierto de silencio y austeridad, diluvio de purificación, espíritu penitencial para convertir nuestro corazón, para llegar a la Pascua

Desierto de silencio y austeridad, diluvio de purificación, espíritu penitencial para convertir nuestro corazón, para llegar a la Pascua

Génesis 9, 8-15; Sal 24; 1 Pedro 3,18-22; Marcos 1, 12-15
‘El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días...’ Es tradicional en la liturgia de este primer domingo de Cuaresma que se nos proclame el evangelio las tentaciones de Jesús en el desierto. Escuchamos este año a san Marcos que es el más breve de los sinópticos en su relato, mientras Mateo y Lucas nos dan más detalles haciéndonos una descripción más amplia de las tres tentaciones. Marcos simplemente nos dice: ‘Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían’.
Jesús fue empujado por el Espíritu al desierto. Es el Espíritu divino que todo lo guía, que conduce la vida de Jesús para que su alimento sea siempre hacer la voluntad del Padre. Es el Espíritu divino que fecundó el seno de María para que de ella nos naciera Jesús, verdadero Hijo de Dios y verdadero hombre, que en todo se hizo semejante al hombre, menos en el pecado. Es Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, que baja al desierto de nuestra vida, allí donde nosotros estamos viviendo nuestra propia vida.
Hoy la Palabra de Dios nos habla de desierto, donde vivía entre alimañas, como nos ha hablado la primera lectura de diluvio, signo de violencia y destrucción a causa del mal de la humanidad, aunque ya nos hable del momento final en que Dios hace Alianza de misericordia con Noé.
En muchas cosas podemos pensar tanto con una imagen como con la otra; hablar de desierto nos puede hablar de vida difícil y dura, como nos puede hablar de austeridad y de carencias; nos puede hablar de silencio y de soledad, como nos puede hablar de todo eso que quizá en nuestro interior sentimos y nos hace estar inquietos buscando otras cosas que nos satisfagan porque encontremos que nuestra vida está vacía. Nos puede hablar de una inquietud que sintamos dentro de nosotros porque nos falta paz al vernos quizá envueltos en violencias y cosas que consideramos injustas. La dificultad de un desierto nos hará desear soluciones prontas y fáciles que nos hagan salir de esas situaciones que pueden ser dolorosas en nuestra vida y quizá en el fondo deseemos un milagro que nos lo solucione todo.
Son muchas las cosas que nos puede sugerir la imagen del desierto, del que queremos salir de la forma que sea y puede ser ahí donde nos aparezcan muchas tentaciones en nuestra vida buscando lo que no es esencial ni lo que nos pueda llevar por verdaderos caminos de plenitud.
Cuando leemos y meditamos en este pasaje del evangelio en este primer domingo de cuaresma lo hacemos quizá teniendo en cuenta los tres textos que nos ofrecen los distintos evangelistas viéndolo todo en su conjunto con lo que recordamos también las diferentes respuestas que Jesús le fue dando al tentador en la montaña de la cuarentena. ‘Los ángeles le servían’ nos dice simplemente el evangelista Marcos que es el que hoy hemos escuchado. Pero a continuación ya nos dice que ‘Jesús marchó a Galilea a proclamar el evangelio de Dios’. ¿Cuál es esa Buena Noticia de Dios que Jesús comienza a proclamar? ‘Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: convertios y creed la Buena Noticia’.
No nos podemos dejar seducir por todas esas cosas que en nuestra mente o en nuestra imaginación nos van apareciendo como soluciones fáciles a ese momento difícil de desierto que vamos viviendo. Jesús vino y lo vivió con nosotros, pero nos anuncia, sí, que hay una solución; nos da una buena noticia: el Reino de Dios está cerca, tenemos que creer en esa Buena Noticia; convertimos nuestro corazón a Dios para dejarnos conducir por El y vamos a empaparnos de su Evangelio, de su Palabra de Salvación.
Porque la salvación la encontramos en el Señor; la salvación no nos viene por otros caminos, sino por los caminos de Jesús. Sentiremos su presencia y su vida, con nosotros estará la fuerza de su Espíritu que nos ayudará a caminar en medio de ese desierto de nuestro mundo, pero con esa fuerza del Espíritu lo iremos transformando todo. Es la tarea que nos confía, es la tarea de los que creemos en El, es la conversión, la vuelta que tenemos que darle a nuestra vida porque será la manera de darle de verdad la vuelta a nuestro mundo para que se convierta en el Reino de Dios.
Es lo que ahora en este camino cuaresmal que nos lleva a la pascua tenemos que escuchar en nuestro corazón y meditar. Es el camino de pascua que tenemos que ir realizando en nuestro corazón; habrá desierto de silencio y austeridad, habrá diluvio de purificación, habrá espíritu penitencial en nuestra vida para convertir nuestro corazón, pero llegaremos a la Pascua, llegaremos a la vida, llegaremos a la resurrección de un corazón y un mundo renovado en Cristo resucitado.

sábado, 21 de febrero de 2015

Al seguir a Jesús emprendemos el camino del amor, el camino de la luz

Al seguir a Jesús emprendemos el camino del amor, el camino de la luz

Isaías 58,9b-14; Sal 85; Lucas 5,27-32
‘Cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía’. El amor ilumina la vida del hombre. Amar es vida; quien ama reparte vida; al amar no solo nos llenamos nosotros de luz, sino que estamos llenando de luz nuestro mundo.
 Ojalá lo entendiéramos todos y lo comenzáramos a vivir con intensidad. Hay demasiada oscuridad porque hay demasiado odio, demasiado desamor, demasiada insolidaridad. Mientras guardamos resentimientos en nuestro corazón cada vez nuestra vida se llena de más tinieblas; y nos cuesta perdonar y olvidar; tenemos la tentación de estar siempre recordando y reviviendo aquello que quizá un día nos hicieron mal y nos hizo daño y al revivirlo continuamente nos llenamos de oscuridad y vamos repartiendo oscuridad en nuestro entorno, porque creamos desconfianzas, recelos, resentimientos; tenemos que aprender a vaciarnos de esas oscuridades.
Y el camino es comenzar a amar de verdad; y amaremos de verdad olvidándonos de nosotros mismos para ver qué luz podemos llevar a los demás; claro que no podremos llevar luz sin mantenemos oscuridades en nuestro interior; por eso hemos de vaciarnos de nosotros mismos luchando incluso contra nosotros mismos en esos resabios de egoísmo y orgullo que nos pueden aparecer de nuevo, que pueden rebrotar en cualquier momento. Cuando comenzamos a pensar más en los demás y menos en nosotros mismos comenzaremos a tronchar esos brotes que podrían volver a surgir.
Aprende a ser solidario; aprendamos a ver esa necesidad que tiene nuestro hermano y al que no podemos dejar solo; aprendamos a desprendernos de nosotros mismos y ser solidarios de verdad compartiendo lo que somos y tenemos con los demás, compartiendo esa luz que seguro sigue existiendo en nuestro interior aunque algunas veces la tengamos tapada. Esa capacidad de amar siempre está en nosotros, porque además así hemos sido creados. Recordemos que Adán allá en el paraíso no podía estar solo, necesitaba a alguien como el con quien compartir su vida; esto nos está enseñando como hemos sido creados para el amor y para la solidaridad.
Jesús nos invita a seguir, como invitó a Leví, aquel recaudador de impuestos del que nos habla hoy el evangelio. Podíamos decir que tenía de todo porque era rico, por su condición y por su trabajo; pero cuando escuchó la llamada del Señor supo descubrir la verdadera riqueza que llenaría su vida; y se fue con Jesús, se puso a caminar por los caminos del amor, por los caminos que llenarían de luz el mundo, cuando anunciara el evangelio de Jesús a los demás. Es lo que tenemos que hacer nosotros, emprender el camino de la luz, el camino del amor.

viernes, 20 de febrero de 2015

Estando con el Señor todo tiene que ser alegría y gozo, nuestro corazón tiene que estar siempre abierto al amor

Estando con el Señor todo tiene que ser alegría y gozo, nuestro corazón tiene que estar siempre abierto al amor

Isaías 58,1-9ª; Sal 50; Mateo 9,14-15
Estando con el Señor todo tiene que ser alegría y gozo, nuestro corazón tiene que estar siempre lleno de esperanza, no caben las tristezas y los agobios. Es de alguna manera lo que les quiere responder Jesús a los discípulos de Juan que venían a preguntarle por qué sus discípulos no ayunaban como lo hacían ellos y como lo hacían los discípulos de los fariseos. ‘¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos?’
El ayuno en la práctica de cómo lo realizaban connotaba que tenían que poner cara de circunstancias, quiero decir, expresiones tristes y de dolor, cubriéndose el cuerpo con vestiduras tristes y de ceniza. Por eso ya escuchábamos a Jesús en otro momento del evangelio decirnos que cuando ayunemos no pongamos esa cara; lo escuchábamos el pasado miércoles de ceniza. ‘Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará’.
No cabe la tristeza estando con Jesús. El reino de los cielos es como un banquete de bodas nos ha dicho en otro lugar; y en un banquete de bodas lo que cabe es la alegría y la fiesta. No es que Jesús no quiera que no ayunemos, sino que lo hagamos de forma distinta. Ya en otro lugar nos dirá que tenemos que aprender a decirnos no, a negarnos a nosotros mismos; que prescindamos de unos alimentos en un momento determinado y lo hagamos libremente y por amor porque además seamos capaces de compartir aquello a lo que renunciamos con los más necesitados, tiene su valor y nos enseña además mucho, nos entrena, podríamos decir, para cuando tengamos que negarnos en cosas más importantes y trascendentales, como es por ejemplo el rechazar la tentación al pecado.
Pero ¿de qué nos vale estar mortificando nuestro cuerpo mientras al mismo tiempo mortificamos también al hermano que está a nuestro lado? El ayuno primero tendrá que ser el no mortificar al hermano, no hacerle daño al que está a nuestro lado, no hacer sufrir a los que nos rodean. Es lo que nos decía el profeta que escuchábamos en la primera lectura: ‘El ayuno que yo quiero es éste: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne’.
Nuestro ayuno tiene que pasar por el camino de la misericordia, la compasión, la solidaridad, el amor. Ése es el verdadero ayuno que el Señor nos pide. En el que tenemos que ejercitarnos con toda intensidad en este camino penitencial de la cuaresma que estamos aun casi iniciando. Por ahí tienen que ir nuestro compromiso en este camino hacia la Pascua, es la pascua que hemos de vivir en nosotros.

jueves, 19 de febrero de 2015

El camino de Jesús hasta la Pascua se convierte también en nuestro camino.

El camino de Jesús hasta la Pascua se convierte también en nuestro camino.

Deuteronomio 30,15-20; Sal 1; Lucas 9,22-25
‘El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día’. Ya desde el inicio de la Cuaresma nos recuerda el anuncio de Jesús, de su pasión, de su pascua. ‘El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado…’
Pero a continuación nos dice lo que de ser la vida del discípulo, seguir sus pasos. ‘El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará’. También tenemos que pasar por la cruz, por la negación de nosotros mismos, por entregarnos como El se entregó.  El camino de Jesús hasta la Pascua se convierte también en nuestro camino.
Nos viene bien recordarlo desde el principio de este camino cuaresmal que estamos haciendo. Como nos decía la primera lectura ante nosotros están dos caminos; hemos de elegir. Camino de muerte o camino de vida, camino de seguir a Jesús o camino de seguir nuestros particulares proyectos. Si escogemos el camino de Jesús sabemos que es el camino del amor, pero el amor es entrega, es olvidarse de sí mismo, es darse por los demás.
Algunas veces puede ser doloroso, porque es un camino de pascua, que es un camino de pasión y de muerte, pero sabemos que nos lleva a la resurrección y a la vida. ‘El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará’. Y eso cuesta. Eso se hace realidad en muchas circunstancias de la vida, muchas cosas que nos encontramos en el camino, muchas cosas que nosotros mismos nos creamos en ocasiones y de las que tenemos que arrancarnos.
Cada uno miremos nuestra vida, nuestra vida personal con sus luchas y deseos de superación, con sus problemas y con sus sufrimientos, pero también miremos nuestra vida en relación a los demás, la familia, los que están cerca de nosotros, aquellos con los que convivimos, con ese mundo que nos rodea también tan lleno de sufrimientos; no tenemos que mirar solo nuestros sufrimientos personales, sino que hemos de tener una  mirada amplia para ver cuanto dolor hay en los que nos rodean.
Emprendamos con arrojo y valentía el camino, hagámoslo con generosidad y con amor. Porque de una cosa estamos seguros, y es que el Señor en ese camino está a nuestro lado, aunque algunas veces nos cueste verlo. Pero nos confiamos plenamente en El que es nuestra fuerza y nuestra vida.
Que así se vaya realizando esa transformación de nuestra vida que queremos realizar en este camino cuaresmal cuando hemos escuchado la llamada a la conversión. Así podremos llegar a la pascua. Caminemos con esperanza.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Al empezar esta Cuaresma danos, Señor, un verdadero espíritu de conversión porque reconocemos que grande es tu amor

Al empezar esta Cuaresma danos, Señor, un verdadero espíritu de conversión porque reconocemos que grande es tu amor

Joel 2,12-18; Sal 50; 2Corintios 5,20–6,2; Mateo 6,1-6.16-18
‘Al empezar esta Cuaresma, te pedimos, Señor, que nos des un verdadero espíritu de conversión’. Así se iniciaba la oración de la Eucaristía de este día. Estamos en miércoles de ceniza y estamos comenzando la Cuaresma.
Como siempre decimos, iniciamos el camino de la Pascua, el camino que nos lleva a la Pascua, a la celebración no solo de la pasión y muerte de Jesús sino también de su resurrección. Decimos muchas veces que la cuaresma nos prepara para la Semana Santa; sí y no, porque no solo es celebrar la Semana de la Pasión, sino que siempre en nuestra vida la pasión está unida a la Resurrección; por eso, mejor decimos, que nos preparamos para la Pascua.
Y es que teniendo esto en cuenta no nos quedaremos en vivir luego con intensidad los días de la pasión y de la muerte, sino que podremos llegar con toda intensidad a la resurrección; y llegar a la resurrección no es solo llegar al sábado santo, a la vigilia pascual, sino es llegar y vivir toda la Pascua. Con la misma intensidad tendríamos que seguir luego celebrando toda la pascua. Es tan grande el misterio de la Pascua que no lo reducimos a un día, sino que lo prolongamos durante cincuenta días. Si ahora nos preparamos durante cuarenta días, que es la Cuaresma, es para poder vivir la intensidad de esos cincuenta días de la Pascua.
La primera llamada que hoy escuchamos es la invitación a la conversión. Ya nos lo decía el profeta ‘convertios a mi de todo corazón… rasgad los corazones… convertios al Señor Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad…’ Es bueno que escuchemos esta invitación pero en todo el sentido que tiene; nos convertimos, nos damos la vuelta en la vida, para acercarnos al Dios que es compasivo y misericordioso; sabiendo qué grande es la misericordia del Señor con mayor confianza nos acercamos a El, con la seguridad que en El vamos a tener siempre el perdón, el amor, la paz.
Por eso san Pablo nos repetía que nos dejáramos reconciliar con Dios. Dejarnos reconciliar. Nosotros daremos pasos, tenemos que darlos, pero el gran paso es el del Señor que viene a nosotros con su misericordia; El nos hace posible esa reconciliación. Cristo murió por nosotros en la cruz para reconciliarnos, para ofrecernos el amor de Dios y su perdón.
Que entremos, entonces, en este tiempo con verdadero espíritu de conversión, con ese deseo de encontrarnos con el Señor que nos ama y nos perdona, que nos llena de su gracia y de su vida, que nos inunda con su paz. Que lo sintamos de verdad en nuestro corazón. Ahí está todo ese programa que nos trazamos para la cuaresma para ir dando respuesta a la llamada e invitación del Señor.
Nos abrimos a la gracia de Dios, queremos escuchar su llamada, escuchar su Palabra; con espíritu humilde nos acercamos al Señor reconociendo nuestra debilidad, nuestra indignidad, nuestro pecado, pero reconociendo las maravillas que puede hacer el Señor en nosotros. Es nuestra esperanza, la esperanza que nos impulsa a caminar, con la que queremos llenar de paz nuestro corazón.

martes, 17 de febrero de 2015

Cuidado con las falsas levaduras que nos pueden contagiar y apartar del camino del Reino de Dios

Cuidado con las falsas levaduras que nos pueden contagiar y apartar del camino del Reino de Dios

Génesis 6,5-8; 7,1-5.10; Sal 28; Marcos 8,14-21
‘Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes’. No entienden lo que les quiere decir Jesús. Están pensando que les está echando en cara que se olvidaron de llevar pan. Iban atravesando el lago en barca y solo llevaban un pan. Jesús les recuerda que por qué había que preocuparse por eso, como queriéndoles decir que es otra cosa de lo que les está hablando. Les recuerda las diversas multiplicaciones de los panes donde sobró pan después que todos habían comido hasta hartase.
¿Qué es lo que quiere decir Jesús? ¿Qué hace la levadura en el pan? Fermenta la masa de manera que el pan tenga su contextura propia y tenga su sabor. Ya tenían que comer pan sin levadura en la pascua recordando la escasez que pasaron en el desierto y cómo en el éxodo tuvieron que salir a toda marcha de Egipto sin dejar tiempo para que se fermentara la masa.
Por eso ahora Jesús quiere decirles algo más. Les habla de la levadura de los fariseos o la de Herodes. Era un sentido bien distinto, una concepción bien distinta de lo que había de ser una verdadera religiosidad la que tenían los fariseos. Y por su posición social tenían mucha influencia en la gente. Y en referencia a Herodes era la maldad que había en su corazón y el estilo de vida sensual y lujurioso en que vivía. Eran cosas que podían influir y contagiar.
Es de lo que les quiere prevenir Jesús. El viene con la novedad del evangelio y el estilo de vida que han de vivir ha de ser más auténtico no dejándose arrastrar ni por las vanidades del mundo ni por las reglamentaciones que encorsetan los corazones propias de los fariseos. La verdad del evangelio nos hace verdaderamente libres y auténticos. No podemos vivir con ataduras que nos esclavicen.
Ya nos decía, recordando a Isaías, que venía para dar libertad a los oprimidos. Hay muchas cosas que nos pueden oprimir y esclavizar de las que Cristo quiere liberarnos. Es el camino que nos enseña en el evangelio. Es el Reino de Dios que nos anuncia, donde nuestro único Señor es Dios y su amor. Así nos sentiremos de verdad con un corazón libre; así no habrá temores en nuestra vida si tenemos a Dios con nosotros.
Hay muchas falsas levaduras que pueden influir en el mundo en el que vivimos. Todo nos puede parecer bueno porque todos lo hacen, pero no siempre es así. No porque todos los hagan significa que las cosas sean buenas. Por eso hemos de estar con ojo avizor para no dejarnos arrastrar por la pendiente de la tentación. Hay tantas pendientes resbaladizas en este mundo tan materialista, tan sensual, tan lleno de caprichos. Hemos de tener criterios claros y los hemos de buscar en el Evangelio; hemos de saber dejarnos conducir por el Espíritu del Señor que nos dará luz y fuerza y hará posible que podamos vivir con un corazón limpio y libre.
Cuidado con las falsas levaduras que nos pueden contagiar y apartar del camino del Reino de Dios.

lunes, 16 de febrero de 2015

¿No tenemos motivos suficientes para creer el reconocer cada día el amor que el Señor nos tiene?

¿No tenemos motivos suficientes para creer el reconocer cada día el amor que el Señor nos tiene?

Génesis 4,1-15.25; Sal 49; Marcos 8, 11-13
‘Los fariseos se pusieron a discutir con Jesús; para ponerlo a prueba, le pidieron un signo del cielo…’ Siempre estamos pidiendo signos, señales, milagros; no solo fueron entonces los fariseos y en general todos los que acudían a Jesús, somos también nosotros los que en nuestras dudas, nuestros agobios o nuestras preocupaciones estamos haciendo lo mismo. No es solo la gente que acude corriendo allá donde nos dicen que sucedes cosas extraordinarias, muy proclives a apariciones y señales del cielo, sino que allá en nuestro interior cuando pedimos con intensidad alguna cosa al Señor desde nuestras necesidades de alguna manera parece como si le quisiéramos hacer chantaje.
¿No tenemos motivos suficientes para creer el reconocer cada día el amor que el Señor nos tiene y que se nos manifiesta en la misma vida que nos da? ¿No tendríamos que aprender a reconocer la paz que tantas veces sentimos en nuestro corazón y que es una muestra clara de que el Señor está con nosotros? ¿No tendríamos que aprender a agradecer la Palabra del Señor que cada día se nos proclama o tenemos la oportunidad de escuchar allá en lo hondo del corazón si con atención y con fe cogemos la Biblia en nuestras manos y nos ponemos a meditarla?
‘¿Por qué esta generación reclama un signo? Os aseguro que no se le dará un signo a esta generación’, escuchamos hoy decir a Jesús en el evangelio. Muchas señales les había ido dejando Jesús; muchos milagros, por ejemplo, contemplamos en el Evangelio. Pero es más, esa cercanía de Jesús, esa atención y escucha a cuantos acudían a El, esa Palabra que continuamente iba proclamándoles era la señal clara que tenían ante sus ojos. Y la gran prueba, la gran señal sería su entrega hasta la muerte, sería su pasión y muerte de Cruz, sería su Pascua.
Y eso nosotros no lo podemos olvidar. Cada día podemos vivirlo; cada día tenemos la oportunidad de vivirlo cuando celebramos la Eucaristía. Ahí está el gran milagro de amor de Jesús, porque cada vez que celebramos la Eucaristía estamos proclamando, anunciando, viviendo su muerte y su resurrección, su Pascua. Con verdadera fe, con verdadero sentido tenemos que vivir nosotros la Eucaristía y sentir y gozarnos en esa presencia de gracia y de vida, en esa presencia de Jesús que nos ama y por nosotros se entrega.
Aprendamos a descubrir cada día en nuestra vida tantos milagros de amor de Dios para nosotros y nuestra fe no decaerá, nuestra fe se mantendrá siempre firme. Demos gracias a Dios por su presencia de amor.

domingo, 15 de febrero de 2015

Jesús nos enseña a acercarnos a los demás sin prevenciones ni prejuicios para derruir barreras y hacer desaparecer marginaciones

Jesús nos enseña a acercarnos a los demás sin prevenciones ni prejuicios para derruir barreras y hacer desaparecer marginaciones

Levítico 13, 1-2. 44-46; Sal 31; 1Cor. 10, 31 - 11, 1; Marcos 1, 40-45
La presencia de Jesús es rompedora, podríamos decir; hace que salten todos los moldes y rutinas porque se siente que con El algo nuevo está comenzando y todo ha de mirarse con una mirada nueva y distinta. Ya en otro lugar del evangelio nos dirá que a vino nuevo es necesario odres nuevos, que no nos valen los remiendos ni componendas sino que todo ha de ser nuevo y distinto. Es la novedad, el espíritu abierto con que nosotros hemos de acercarnos al Evangelio.
Es lo que contemplamos hoy en el evangelio. Aquel leproso se atreve a saltarse todas las normas cuando comprende, lleno de fe, que en Jesús puede encontrar la salud. Ya escuchábamos en la lectura del Levítico todas las prohibiciones que acompañaban su vida de leproso, pero ‘se acercó a Jesús suplicándole de rodillas: Si quieres puedes limpiarme’.
Dura era en si misma la enfermedad porque con los medios sanitarios de aquella época era una enfermedad necesariamente mortal. Pero más duro aún tenía que ser toda aquella situación de marginación en todos los aspectos, humano, familiar, social, incluso religioso, a la que se veía sometido un leproso. Terminaba diciéndonos el Levítico ‘mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento’. No es necesario extendernos en más explicaciones porque está bien claro.
‘Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: Quiero: queda limpio. La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio’. Allí está el amor renovador de Jesús. No solo lo cura, sino que lo acoge, se acerca a él, lo toca. Algo impensable, a un leproso no se le podía tocar porque inmediatamente se quedaría también impuro. Pero allí está Jesús. Y con Jesús todo es distinto.
Nos está enseñando Jesús a acercarnos a los demás sin prevenciones ni prejuicios. Porque es una tentación que tenemos; son actitudes que se nos pueden meter en la vida casi sin darnos cuenta. Piensa, por ejemplo, vas a dar una limosna, a compartir algo tuyo, con alguien que se acerca a ti en la calle, o lo encuentras tirado en la acera o a la puerta de un templo o un lugar publico; quizá esa persona tiene una cestita o algo para recoger la limosna que le des, pero ¿se la das en la mano o te contentas con echar, tirar la moneda en aquella bandeja o cesta que tenga aquella persona? ¿Qué sería más humano? Pero quizá tenemos miedo de tocar.
Nos asustamos del tipo de marginación que vivían los leprosos en tiempos de Jesús, pero ¿no habrá marginaciones parecidas hoy también en nuestro mundo en nuestras relaciones con los que nos vamos encontrando? Habría que examinar posturas y actitudes.
Creamos distancias, ponemos barreras, hacemos distinciones porque son de otra raza o de otra religión, porque son de otro país o porque están esclavizados en la droga o el alcohol, porque tienen una opinión distinta a nuestra o porque tienen una determinada ideología, porque son de esta condición o de la otra, y todos nos entendemos. No te mezclas con toda clase de gente y andamos prevenidos o queriendo incluso prevenir a los demás. Y nos aislamos o intentamos aislar a los demás.
Y nos llamamos creyentes y seguidores de Jesús; y nos decimos que nosotros queremos vivir el Reino de Dios; quizá hasta cuando reflexionamos sobre este pasaje del evangelio, de este leproso que se acercó a Jesús hasta decimos que es muy hermoso y valoramos la valentía del leproso o esa actitud abierta y acogedora de Jesús. Pero ¿seremos capaces de hacer como Jesús? ¿Estamos dispuestos a romper barreras, a quitar impedimentos, a hacer desaparecer todas esas discriminaciones tomando nosotros posturas y decisiones acogedoras y valientes como las de Jesús?
Que el Señor inspire en nosotros esas actitudes nuevas; que en verdad seamos esos odres nuevos que contengan en nuestra vida el vino nuevo del Evangelio.

sábado, 14 de febrero de 2015

Las señales del amor, de la paz y del servicio son los signos del Reino de Dios que hemos de anunciar y vivir

Las señales del amor, de la paz y del servicio son los signos del Reino de Dios que hemos de anunciar y vivir

Hechos,  13,46-49; Sal 116; Lucas 10,1-9
Litúrgicamente hoy celebramos a san Cirilo y san Metodio que en Europa tienen la categoría litúrgica de fiesta, puesto que fueron declarados patronos de Europa por la gran tarea evangelizadora que realizaron entre los pueblos eslavos. Es por ello que en la celebración litúrgica tienen lecturas propias de la Palabra de Dios, saltando el ritmo de la lectura continuada del tiempo ordinario, en referencia clara a lo que fue la misión que realizaron.
El texto del evangelio hace referencia al envío de los setenta y dos discípulos por parte de Jesús, de dos en dos, con las recomendaciones que les hace para su misión. Una clara referencia a que los Santos Cirilo y Metodio fueron enviados, así juntos los dos, a evangelizar aquellas tierras y así permanecieron hasta la muerte de Cirilo.
¿Qué nos dice Jesús del estilo y talante con que hemos de ir a anunciar el Reino de Dios? ‘Poneos en camino’, nos dice; no nos podemos quedar con los brazos cruzados cuando tan grande es la mies que tenemos que trabajar; ‘poneos en camino’, nos dice y ya está haciendo referencia a que no es una tarea que vamos a realizar ‘por libre’, cada uno por nuestro lado. El anuncio del evangelio lo hacemos desde la comunión, desde la comunidad, desde la Iglesia, con sentido de comunión y con sentido de Iglesia.
Pero el anuncio del evangelio ha de ir regado con la oración. ‘La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies’. No es tarea solo nuestra o que realicemos por nosotros mismos. Es tarea divina, es tarea de Dios y Dios está con nosotros; lo tenemos que experimentar y lo tenemos que vivir.
La eficacia, por así decirlo, del anuncio del Reino no está en los medios de los que dispongamos; el anuncio del evangelio lo hacemos desde nuestra pobreza y desde nuestra disponibilidad; esa pobre que nos hará más generosos; esa pobreza que nos hará confiar más en el poder y en la gracia del Señor. ‘No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias…’
Una tarea que nos dice Jesús ya de entrada que no será fácil; tendremos dificultades, oposición y, como nos dirá más adelante, no nos faltarán las persecuciones, porque no siempre seremos comprendidos en nuestra tarea. ‘Mirad que os mando como corderos en medio de lobos’.
Pero el anuncio del Reino siempre ha de ser el anuncio de la paz y del amor, con nuestras palabras, pero también con nuestros gestos, con nuestras actitudes, con nuestro servicio. ‘Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa...’ Hemos de ser siempre los constructores de la paz. Pero hemos de dar las señales del amor. ‘Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: Está cerca de vosotros el reino de Dios.’ Cuando nos habla de curar enfermos, cuánto nos quiere decir el Señor de nuestras actitudes del amor y del servicio. Cuánto podemos curar con nuestro amor. Es nuestra tarea. Es el signo del Reino de Dios que anunciamos. Es lo que va a dar verdadera credibilidad a nuestras palabras.
¿Qué señales estamos dando con nuestra vida del Reino de Dios que tratamos de vivir? ¿Se notarán de verdad las señales del amor, de la paz y del servicio?

viernes, 13 de febrero de 2015

La curación del sordomudo una señal para nosotros para abrir nuestra vida a una nueva relación y comunión con los demás

La curación del sordomudo una señal para nosotros para abrir nuestra vida a una nueva relación y comunión con los demás

Génesis 3,1-8; Sal 31; Marcos 7,31 37
‘Y en el colmo del asombro decían: Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos’. Venía camino del mar de Galilea ‘y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar’. Ya hemos escuchado el relato. Lo cura. Mete sus dedos en los oídos, toca la lengua con saliva; son los signos y los gestos de Jesús, de lo que ya hemos hablado. ‘Se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad’. Ya vemos el asombro de cuantos contemplan el milagro.
Un signo de Jesús que nos quiere decir muchas cosas. Todos seguramente hemos tenido la experiencia de tener que comunicarnos con una persona sorda o una persona mucha; cuánta dificultad para hacernos entender. Aunque reconocemos que hoy se ha avanzado mucho, por así decirlo, para entrar en comunicación con estas personas con el lenguaje de los signos, sin embargo sabemos de las reticencias de muchos de los que padecen esta discapacidad, que pudiera convertirse en muchas ocasiones en desconfianzas o ser personas que viven en su mundo y de alguna manera pueden aislarse de los demás, cuando no seamos nosotros los que creemos también ese aislamiento.
No es el camino del aislamiento lo que Dios para nuestras relaciones humanas; nos ha dado medios para que seamos capaces de entrar en relación los unos con los otros y de ninguna manera podemos permitirnos ese aislamiento o esa cerrazón. Nos lleva a un compromiso por nuestra parte para acercarnos a esas personas y buscar la manera de entrar en ese relación humana entre unos y otros.
Sin embargo este signo que realiza Jesús al curar a este sordomudo del evangelio para ser señal para nosotros de muchas cosas más. Podríamos pensar en cómo nos hacemos tantas veces oídos sordos a la voz de Dios y no queremos escucharle, no nos queremos dejar iluminar por su palabra. Pero podemos pensar también en las barreras que muchas veces hacemos infranqueables con las que ya sea por nuestro carácter o manera de ser, ya sea por nuestros defectos o nuestros complejos hacen que nos aislemos nosotros de nuestro entorno o incluso dificultemos que los demás puedan acercarse a nosotros.
Son barreras que tenemos que derruir; es una nueva apertura de nuestro corazón que nosotros hemos de tener para cuantos nos rodean; es un aprender a sintonizar con quienes están a nuestro lado con sus problemas, con sus dificultades, con las debilidades incluso que puedan tener en sus vidas; es la sensibilidad que tendríamos que poner en nuestro corazón, en nuestras actitudes, en nuestros actos, en nuestra manera de actuar para que siempre seamos capaces de crear relación con los otros, de hacer comunión y vivir con unas nuevas actitudes y una nueva mirada hacia los demás.
Dejemos, sí, que Jesús venga y ponga su mano sobre nosotros, nos toque nuestros oídos, nuestra lengua, o, mejor aun, nuestro corazón para que nos sane de esas sorderas, de esos complejos, de esas actitudes negativas con las que tantas veces vamos marcando nuestra vida.
Escuchemos esa palabra de Jesús ‘Effetá (ábrete)’ para que nos sintamos sanados; para que disfrutemos de su salvación; para que aprendamos también a hacer partícipes de esa salvación a cuantos nos rodean.