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sábado, 15 de septiembre de 2018

Hoy nos quedamos en el entorno de la cruz para contemplar a la madre, a María, a quien queremos invocar como Madre de los Dolores y de todos sus hijos que sufren


Hoy nos quedamos en el entorno de la cruz para contemplar a la madre, a María, a quien queremos invocar como Madre de los Dolores y de todos sus hijos que sufren

Hebreos 5,7-9; Sal 30; Juan 19,25-27

¿Quién no se conmueve ante las lágrimas de una madre? Unas lágrimas de amor, lágrimas calladas y en silencio sorbidas muchas veces para tratar de disimularlas, lágrimas que se arrancan desde el alma, lagrimas por el dolor que se lleva en el corazón, pero lágrimas de compasión ante el sufrimiento de los hijos, lágrimas envueltas en la esperanza y en el deseo de algo mejor, lagrimas de impotencia en ocasiones por no poder hacer más cuando ya se han desgastado totalmente por los que aman, lagrimas que se abren a un futuro que desean mejor y que les lleva a luchar por hacer que las cosas cambien, lágrimas en mil situaciones y circunstancias pero que siempre conmueven a quien las contempla.
Hoy contemplamos las lágrimas de una madre, lagrimas de sufrimiento cuando hace suyo el sufrimiento del hijo, pero lágrimas de amor porque su vida quiere hacerse también ofrenda de amor cuando comprende la grandeza y el misterio de quien está sufriendo colgado de un madero. Hoy contemplamos las lágrimas al mismo tiempo serenas porque están llenas de esperanza de quien está al pie de una cruz haciendo suyo el tormento y el martirio de quien está haciendo la más hermosa entrega de amor.
Son las lágrimas de María al pie de la cruz de Jesús. Son las lágrimas de la mujer que permanece firme a pesar del dolor porque para ello estaba preparada porque un día ya le habían profetizado que una espada traspasaría su alma. Son las lágrimas de una virgen Madre a quien desde entonces llamaremos también dolorosa, madre y virgen de los dolores siendo ya para siempre para nosotros la mejor compañía en el camino de nuestra vida también tan lleno de dolores y de sufrimientos.
Si ayer con la liturgia mirábamos a lo alto de la cruz y a quien de ella pendía en la obediente ofrenda de amor, hoy contemplamos el entorno de la cruz para contemplar a la madre, para contemplar a María a quien hoy queremos invocar como Madre de los Dolores. Ella está ahí, firme junto a la cruz y al sufrimiento, pero para decirnos también como quiere estar para siempre junto a nosotros en nuestro dolor y en nuestro sufrimiento, en nuestras angustias y en nuestras penas, porque precisamente desde ahí, desde la cruz, Jesús para siempre la ha convertido en nuestra madre.
¿Cómo no va a estar una madre junto a los hijos que sufren? Esas lágrimas que hoy vemos brotar de sus ojos no son solo porque Jesús está pendiendo de la cruz sino porque está contemplando nuestro sufrimiento, el sufrimiento de sus hijos por los que siente la compasión de madre y con su presencia quiere ser nuestro apoyo en ese camino tan lleno de dolores que nosotros muchas veces tenemos que hacer por la vida. Ven con nosotros al caminar, le hemos cantado tantas veces, ven con nosotros en nuestros caminos de dolor para que seas nuestra luz y nuestro apoyo, para que nos enseñes a amar y a tener esperanza a pesar de los sufrimientos que nos da la vida, como a ella no le faltó el amor y la esperanza al pie de la cruz de su Hijo en el Calvario.
En sus lágrimas están también nuestras lágrimas, en su dolor están los dolores y sufrimientos de todos sus hijos; y aunque la llamamos también madre de las angustias, en ella no hay angustia porque hay amor y hay esperanza, pero si podemos llamarla madre de las angustias, porque es nuestra madre y con nosotros está en nuestras angustias y en nuestras desesperanzas para levantarnos el ánimo, para llevarnos a la vida, para enseñarnos lo que es amor, para poner por encima de todo esperanza en nuestro corazón.
Ven con nosotros, Madre y Virgen de los Dolores, en nuestro caminar, pon esperanza en nuestros pasos, pon en nuestra vida la alegría de la fe.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu santa Cruz redimiste el mundo


‘Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu santa Cruz redimiste el mundo’

Números 21, 4b-9; Sal 77; Juan 3, 13-17

‘Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu santa Cruz redimiste el mundo’ es una de las antífonas o responsorios que nos ofrece la liturgia en este día.  Hoy celebra la Iglesia la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que normalmente en nuestros pueblos y comunidades es una fiesta de Cristo crucificado o Cristo abrazado triunfante a la Cruz como lo es en mi pueblo de Tacoronte.
Popularmente el día de la cruz lo celebramos en todas partes el 3 de Mayor, por cuanto había anteriormente en la liturgia la fiesta de la Invención de la Santa Cruz, como celebración del día en que fue encontrada por santa Elena la Cruz de Jesús en lo que es hoy la basílica del Santo Sepulcro en Jerusalén. Pero la solemnidad litúrgica de la Cruz la tenemos en este día del 14 de septiembre.
¿Es importante para nosotros la celebración de la santa Cruz? Para quienes nos miren de fuera desde posturas no creyentes y no cristianas, podría parecer un sin sentido el que celebremos un instrumento de suplicio y de muerte. Para nosotros es un camino de vida, porque os recuerda la entrega de Jesús que por amor se dio por nosotros hasta la muerte de Cruz. Para nosotros es signo de vida y de victoria, porque la muerte de Jesús no fue una derrota sino la victoria sobre la muerte y el pecado. Ahí se consumó la obra de nuestra salvación. Por amor Jesús se entregó hasta la muerte más ignominiosa para darnos vida.
En la cruz nosotros los cristianos vemos derrotada la muerte; en la cruz signo de sufrimiento, que recoge todos los sufrimientos de la humanidad encontramos el camino de la vida, porque en la cruz – no en una cruz cualquiera sino en la cruz de Jesús – vemos nosotros brillar el amor. En la hora de la muerte de Jesús parecía que las tinieblas rodeaban toda la tierra, pero podríamos decir que era para que brillara la nueva luz, la luz verdadera que en Jesús íbamos a encontrar.
Cuando nosotros miramos la cruz de Jesús estamos recogiendo en esa mirada todas las cruces de la tierra y veremos envueltas todas esas cruces en el amor. Cuando no hay una mirada de fe la cruz se nos convierte en un tormento porque ahí estemos reflejando todos los que son nuestros sufrimientos. Y enfrentarnos al dolor, sea cual sea, nos es costoso, nos es duro de asumir, se convierte incluso nuestra vida envuelta en el dolor en un sin sentido porque estamos creados para la vida y vivir en plenitud se convierte en el valor mas preciado que da verdadero sentido a nuestra existencia. Por eso es tan duro el vivir envueltos en el dolor.
También Jesús, antes de comenzar su pasión, sabiendo El a donde la iba a conducir, gritaba al Padre ‘que pase de mi este cáliz’. Pero la mirada de Jesús iba más allá, obediente al Padre encontraba el sentido del amor. Normalmente resumimos las tentaciones Jesús en aquellas que sufrió allá en el desierto antes de comenzar su vida pública. Pero una lectura atenta del evangelio nos hará otros distintos momentos de tentación, de miedo incluso ante lo que significaba su entrega, ante el sufrimiento. Uno de esos momentos es el de Getsemaní. Pero allí prevaleció el triunfo del amor. Todo aquel cáliz que era su cruz encontraría sentido en el amor. Por eso en el momento culminante se pondrá una vez más en las manos del Padre. ‘En tus manos pongo – entrego – mi espíritu’.
Es lo que en este día tenemos que aprender. Vamos a poner todas nuestras cruces, todas las cruces de toda la humanidad, junto a la cruz de Jesús, para encontrarle el sentido del amor, para hacer la ofrenda del amor.
Hoy miramos a la cruz y a Jesús crucificado en ella y podemos hacer la mejor confesión de fe. No es solo lo que aquel centurión llegó a intuir para proclamar que aquel que moría en la cruz era un hombre justo e inocente. Nosotros contemplándolo en la cruz podemos decir Jesús es el Señor. ‘Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque por tu santa Cruz redimiste el mundo’.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Queremos amar con un amor auténtico para hacer entrar a nuestro mundo en la nueva dimensión del amor que nos enseña Jesús


Queremos amar con un amor auténtico para hacer entrar a nuestro mundo en la nueva dimensión del amor que nos enseña Jesús

1Corintios 8, lb -7. 11-13; Sal 138; Lucas 6, 27-38

Alguna vez lo he comentado. En los perfiles que ponemos en las redes sociales para darnos a conocer queriendo hablar bien de uno mismo hay una particularidad que aparece con mucha frecuencia para definirnos a nosotros mismos, ‘soy amigo de mis amigos’. Y yo me pregunto y ¿qué tiene eso de particular? Mal amigo serías que no fueras amigo de tus amigos. De alguna manera quizás lo que estas queriendo decir es que te encierras en el circulo de tus amigos y de ahí no quieres salir.
Hago referencia a esto que, repito, es hoy hay común en las redes sociales porque de alguna manera determina las actitudes que tenemos ante la vida aunque vayamos pregonando mucho de amistad y utilicemos como una cantinela la palabra amor. Se nos puede volver en un amor egoísta, que ya no sería amor; seria un amor interesado porque amo a alguien por es bueno conmigo o me reporta algún beneficio, pero a la larga vamos poniendo barreras, nos encerramos en exclusivismos, discriminamos a quien no nos puede caer bien, y apartamos de un plumazo a quien en algún momento consciente o inconscientemente nos haya podido molestar.
El amor del que nos habla Cristo tiene otra dimensión, tiene que ser un amor más universal, no puede ser un amor que discrimine, tiene que ir rompiendo murallas para lograr que todos podamos acercarnos los unos a los otros. Es difícil. Cuesta. Tenemos nuestro orgullo y nuestro amor propio. Nos cuesta mucho aceptar al otro. Pero es que lo otro lo hace cualquiera. Nuestro distintivo tiene sus exigencias.
Por eso nos habla hoy Jesús del amor a los enemigos, a los que nos hayan podido hacer daño o nos hayan ofendido porque siempre tiene que estar presente el perdón para que haya verdadero amor. Si amamos a los que nos aman, qué merito tenemos nos viene a preguntar Jesús. Eso lo hace cualquiera.
Pero este mandato de Jesús no olvida que es algo que nos pueda costar, porque nos está diciendo que solo lo podemos hacer con la fuerza y la gracia que El nos da. Por eso  no pide que recemos por los que nos hayan ofendido, porque cuando somos capaces de orar por alguien es porque de alguna manera nos estamos poniendo en la orbita del amor y en esa orbita estamos poniendo a aquel por quien rezamos.
Por eso nos dice tajantemente: ‘Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos’. ¿Qué razones tenemos para amar? Simplemente amar. Amamos porque nos damos, amamos porque hay generosidad en nuestro corazón, amamos porque queremos hacer el bien. No buscamos premios ni recompensas, no amamos por interés, no amamos simplemente buscando ser correspondidos, no amamos porque nos amen. Simplemente amamos.
Y amamos porque somos hijos de Dios; amamos porque nos sentimos amados de Dios. Amamos porque queremos imitar en el amor de Dios. Por eso nos dice: ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante’.
El modelo lo tenemos en Dios y no juzgamos, y no condenamos, y siempre perdonamos, y somos generosos porque así es el amor. No es, pues, solo soy amigo de mis amigos, sino que mi corazón siempre está abierto con generosidad universal porque estamos dispuestos a aceptar y a perdonar, porque estamos dispuestos a perdonar para hacer entrar en nuestro mundo en esa nueva dimensión del amor.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

No es la ambición o el deseo de poseer cosas lo que verdaderamente nos hará feliz sino que hemos de saber encontrar lo que desde el amor nos dará plenitud


No es la ambición o el deseo de poseer cosas lo que verdaderamente nos hará feliz sino que hemos de saber encontrar lo que desde el amor nos dará plenitud

1Corintios 7,25-31; Sal 44; Lucas 6,20-26

¿A quienes solemos tener como las personas más dichosas, más felices en la vida? Pensemos, por ejemplo, en cuáles son nuestros sueños, como nos gustaría vivir, qué nos gustaría tener. Con ojos envidiosos quizá miramos a los que nos parecen ricos y felices porque todo lo tienen, porque pueden disponer de lo que se les antoje, que pasan su vida, al menos nos parece, entre fiestas y diversiones, como se suele decir, pasándoselo bien; nos parece que porque pueden disponer de lo que quieran nunca van a sufrir ni llorar por carencias u otros problemas que les puedan sobrevenir, porque con lo que tienen creen que se lo pueden solucionar todo y ahí está la felicidad.
Pero, ¿está ahí la verdadera felicidad? ¿Es cierto que los que viven así son totalmente felices, o acaso es un espejismo que se nos presenta como una tentación ante nuestros ojos porque quizá no disponemos nosotros de tantas cosas? Eso ansiamos a veces pero ¿eso será lo que verdaderamente nos va a llenar por dentro? Porque quizá tendríamos que comenzar a pensar que la felicidad no es una cosa externa, sino que tendrá que ser algo que nos nazca de nuestro interior, algo que llevemos dentro, algo que dé verdadera profundidad a nuestra vida.
Cuando escuchamos el evangelio de hoy, sobre todo en esta forma tan cruda con que san Lucas nos habla de las bienaventuranzas que propone Jesús, nos puede parecer una paradoja. Tajantemente dice Lucas que los pobres, los que tienen hambre, los que lloran, o los que son perseguidos serán dichosos y felices; por el contra los ricos y los que lo tienen todo, los que siempre están riendo y de fiesta y se lo pasan a lo grande, o son bien considerados por todos, esos merecen la lástima de Jesús. Una paradoja viendo lo que son nuestros sueños e ilusiones. Pero ahí está el evangelio, la palabra de Jesús.
Nos es difícil y nos cuesta entender. Queremos suavizar la cosa o darnos explicaciones, pero ésas son las palabras de Jesús. Y es que no es la ambición o el deseo de poseer cosas lo que verdaderamente nos hará felices, porque si en la vida lo que hacemos es siempre dejarnos arrastrar por las ambiciones nunca acabaremos, nunca nos sentiremos totalmente satisfechos, nunca vamos a sentir paz dentro de nosotros.
Pero aquel que asume su vida en su condición, aunque por supuesto no puede dejar de luchar por algo mejor, es el que comienza a encontrar satisfacción en su propia vida, alegría en las cosas pequeñas, y las pequeñas cosas y los pequeños gestos que nos podamos tener los unos con los otros serán los que nos harán felices.
El pobre será siempre desprendido y sabe poner generosidad en su vida porque desde su propia necesidad comprende la necesidad o el sufrimiento de los demás y siempre estará dispuesto a compartir, a hacer lo posible por ayudar a los demás y eso será un gozo que nadie podrá quitar de su corazón.
Por eso al que llora en su sufrimiento encontrará el más feliz consuelo cuando es capaz de ponerse a consolar a los demás. Sabrá encontrar lo que verdaderamente saciará su vida, la llenará de sentido y le dará profundidad porque sabrá poner amor, sabrá ser generoso en su corazón, sabrá ser verdaderamente compasivo porque padecerá con el otro, hará suyo el sufrimiento del otro, y por el otro estará siempre dispuesto a hacer lo que sea.
El que se siente lleno y saciado simplemente en la posesión de las cosas no sabrá lo que es compadecerse o hacer suyo el sufrimiento de los demás porque siempre estará pensando solo en si mismo. ¡Ay del que se endiosa así en la vida desde su ego, desde su yo egoísta, porque un día se va a encontrar solo y no hay peor tristeza que esa soledad del que sabe que nadie se acuerda de él!
No se agota aquí el mensaje que hoy nos deja el evangelio, pero quedémonos al menos con esta reflexión no temiendo que algunos no nos entiendan cuando queremos vivir el mensaje de Jesús.

martes, 11 de septiembre de 2018

Sepamos hacer ese silencio interior, encontrar esa serenidad espiritual para llenarnos de su paz, para escuchar a Dios en nuestro corazón y crecer en nuestra espiritualidad


Sepamos hacer ese silencio interior, encontrar esa serenidad espiritual para llenarnos de su paz, para escuchar a Dios en nuestro corazón y crecer en nuestra espiritualidad

1Corintios 6, 1-11; Sal 149; Lucas 6, 12-19

Había pasado la noche orando a solas en la montaña. Soledad, silencio, encuentro con el Padre. Era consciente de la misión que había recibido del Padre y a El estaba unido. Más tarde nos dirá que El no hace sino las obras del Padre y el que le ve a El ve al Padre. Hoy le contemplamos en esos momentos intensos de unión con Dios.
Ahora el evangelio nos habla de la elección de los doce apóstoles, pero también del cumplimiento de su misión. En torno a El se congregan gentes venidas de todos los lugares porque quieren escucharle y se sienten transformados por la presencia y la palabra de Jesús. Nos dice que venían con sus dolencias, con sus enfermedades, con todo lo sufrían en su espíritu y en sus cuerpos doloridos y cansados. En Jesús por su palabra se sienten transformados. Son los signos del Reino de Dios que se va manifestando.
Pero es importante ese primer momento que nos ha hablado de su soledad en la montaña, de su silencio, de su momento intenso de oración. Creo que es algo en lo que hemos de detérgenos a considerar.
Humanamente cuando queremos emprender una tarea nos lo pensamos bien. No es aquello de simplemente obrar por impulsos de un momento, a lo que salga, sino que de una forma madura hemos de plantearnos las cosas de la vida. Y para eso necesitamos tiempo de reflexión, tiempo si queremos llamarlo así de silencio interior donde nos planteemos las cosas y las rumiemos bien antes de comenzar. Analizamos posibilidades, analizamos nuestra capacidad, analizamos los medios con los que contamos, tratamos de discernir la conveniencia o no de aquello que vamos a emprender. 
Eso que realizamos como de una forma natural en cualquiera de nuestras actividades humanas, luego quizá en el camino de nuestra vida cristiana parece que no le damos tanta importancia. Así nos encontramos tantas veces desmotivados en nuestros compromisos por la comunidad o con la comunidad, con tanta tibieza en nuestra vida espiritual, dejándonos arrastrar por una rutina donde no nos vemos crecer en nuestra espiritualidad, envueltos en nuestras debilidades y torpezas de las que no sabemos cómo salir.
¿Dónde están esos momentos o esos tiempos de silencio interior? ¿Dónde está la intensidad de nuestra oración, de nuestra reflexión, de nuestra escucha interior de la Palabra de Dios para rumiarla, para hacerla vida nuestra? Decimos que rezamos pero nuestra oración no es intensa; nos contentamos con unas prácticas religiosas muchas veces vividas rutinariamente sin darle una verdadera profundidad espiritual a nuestra vida; rezamos pero no terminamos de sintonizar verdaderamente con Dios en nuestro corazón.
No podemos vivir tan superficialmente en lo espiritual. Agobiados por las carreras de la vida de la misma manera queremos vivir esos momentos de oración que tenemos cada día, pero al encuentro con Dios no podemos ir con prisas. Hemos de saber reposar en Dios, detenernos lo suficiente para sentir, vivir y gustar de su presencia y de su amor. Hemos de saber hacer ese silencio para que podamos escuchar el susurro de su Palabra en nuestro corazón porque aturdidos por tantos ruidos de la vida no llegará entonces su Palabra hasta nosotros.
Sepamos hacer ese silencio, encontrar esa serenidad interior para llenarnos de su paz, para escucharle en nuestro corazón y crecer en nuestra espiritualidad. Así surgirá todo el compromiso de nuestra vida cristiana.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Hagamos que cualquier función que desempeñemos esté siempre en función del bien de la persona para llenar de más humanidad la vida y el mundo


Hagamos que cualquier función que desempeñemos esté siempre en función del bien de la persona para llenar de más humanidad la vida y el mundo

1Corintios 5,1-8; Sal 5; Lucas 6,6-11

Ya no es hora, ya se pasó del horario, así que no puedo atenderte, ven mañana. Y por mucho que supliquemos aquel funcionario, aquella persona tras el mostrador de la oficina, o tras la mesa de su despacho no  hay quien la convenza, por mucho que le digamos no nos va a atender. Nos habrá sucedido, o habremos escuchado hechos semejantes. A esto, claro, podemos unir las miles de exigencias y burocracias con que llenamos nuestras relaciones en estos ámbitos en que llegamos a dejar de cuidar de verdad a la persona.
Respetamos, por supuesto, el trabajo de cada uno, sus horarios y su derecho también al descanso, pero reconozcamos que muchas veces somos inhumanos, prima más un horario, un reglamento, nuestras cosas persónale que la necesidad quizás de una persona para que le atiendan o le resuelvan un problema. ¿Qué es lo que priva más? ¿Qué es lo más importante? ¿El reglamento, unas normas, unas exigencias burocráticas o la persona? ¿Un horario o el sufrimiento de alguien? ¿El interés por servir a la persona o mis intereses personales? Queden ahí las preguntas, porque nos puede suceder en negativo, en que seamos quienes lo suframos, o pudiera suceder del otro lado en las actitudes o posturas de nuestra parte.
Este hecho o situación humana que nos puede suceder de una forma o de otra me lo trae a la memoria lo que hoy nos cuenta el evangelio. Es bueno que nos fijemos en nuestras situaciones humanas, en las posturas que nosotros vamos tomando en la vida porque algunas veces no estamos tan distantes de lo que criticamos de otros, o las situaciones que nos propone el evangelio de hechos acaecidos en el entorno de Jesús y el mundo judío en que se desarrolla el evangelio.
Era sábado, Jesús había ido a la Sinagoga donde solía enseñar aprovechando el encuentro de la gente y la lectura de la ley y los profetas que allí siempre se hacia para la oración y la adoración del sábado. En esta ocasión le están acechando los escribas y fariseos y entre la gente que había en la sinagoga para la oración había un hombre con su mano paralizada. Ya sabían cual era el estilo del corazón de Cristo, que donde había sufrimiento aparecía el amor y la compasión. Por eso le acechan a ver qué hace, siendo sábado que no se podía trabajar.
Y ahí viene la pregunta que Jesús les hace. ‘Os voy a hacer una pregunta, les dice, ¿Qué está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar a uno o dejarlo morir?’ la ley sabática en su origen para motivar a que la gente dedicara ese día para Dios, al mismo tiempo que les sirviera de descanso evitando todo tipo de esclavitud en el trabajo, prohibía hacer trabajo alguno en el día del Señor.  Pero de ahí viene la pregunta de Jesús, ¿no se puede curar? Porque es sábado ¿tenemos que dejar a alguien en su sufrimiento sin que se le pueda hacer nada para remediar su dolor?
Había una cosa buena en imponer el descanso evitando así cualquier tipo de esclavitud o dominio de la persona, y además para dedicarlo al culto al Señor, pero ¿no se podía hacer también algo mejor como era el curar o atender a alguien en su sufrimiento? Pero los fariseos muy estrictos y minuciosos habían impuesto miles de normas y reglamentos para mantener ese estricto cumplimiento de la ley que hasta les volvía inhumanos.
Nos puede valer esta consideración para muchas cosas de nuestra vida, para esas nuevas actitudes que tendría que haber siempre en nuestros corazones que nos llenaran de humanidad e hicieran más humanas nuestras relaciones y nuestro mundo. Cuidado que cosas así nos sucedan también en el ámbito de nuestra Iglesia. Y en aquellas situaciones que mencionábamos al principio de esta reflexión hemos de saber poner más humanidad.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Tenemos que aprender a despojarnos de miedos y desconfianzas para acercarnos con el Espíritu de Jesús a cuantos tenemos en las periferias de la vida y no queremos ver


Tenemos que aprender a despojarnos de miedos y desconfianzas para acercarnos con el Espíritu de Jesús a cuantos tenemos en las periferias de la vida y no queremos ver

Isaías 35, 4-7ª; Sal. 145; Santiago 2, 1-5; Marcos 7, 31-37
Confieso que hay ocasiones en que me siento un poco perplejo y me pregunto cuales son nuestros valores o por donde llevamos nuestro mundo y nuestra sociedad. Se proclaman fácilmente valores humanos, hablamos de derechos y de libertades, pareciera que entramos en una honda, por decirlo de alguna manera, de respeto y de valoración de las personas, nos encontramos grupos muy sensibilizados en estas cuestiones, pero al mismo tiempo parece que cuando nos tocan nuestros intereses – y aquí en lo de intereses pueden caber muchas cosas – reaccionamos olvidando mucho de lo dicho, nos aparecen resabios de insolidaridad y de orgullos y hasta comenzamos a querer cerrar fronteras poniendo todo tipo de dificultades.
En nuestro mundo occidental, en nuestro entorno del Mediterráneo se están viviendo, es cierto situaciones difíciles, alarmantes incluso donde está apareciendo tanta miseria en nuestra humanidad, aunque también en otras zonas de nuestro mundo – pensemos en América latina - se viven situaciones similares.
El fenómeno emigratorio está en momentos de mucha intensidad, es algo candente, bien nos duele escuchar noticias de cuantas vidas se pierden queriendo atravesar el Mediterráneo en búsqueda de una vida mejor en Europa, y aun así siguen llegando a nuestras costas miles y miles de personas que llamamos ilegales por aquello de los papeles, y en nuestras ciudades es normal encontrarnos con personas procedentes de otros lugares, y no ya por turismo.
Afloran sentimientos de humanidad, es cierto, aunque bien sabemos de tantas reticencias en muchos ambientes y hasta del miedo que nos quieren meter algunos por esta invasión de personas de otros lugares.
Y es ahí en donde en cierto modo me quedo perplejo, en una cultura como la nuestra, en unas raíces cristianas como tiene nuestra sociedad, en un recuerdo que tendríamos que hacer de cuando nuestros padres o nuestros vecinos y en tiempos no tan lejanos también tuvieron que emigrar – emigraciones interiores de un lugar a otro del mismo país o emigraciones hacia fuera -  buscando una mejor vida. ¿Por qué reaccionamos así con tantas reticencias y miedos en tantas ocasiones? ¿Por qué esas desconfianzas?
Con este fondo quiero hacer hoy la lectura del evangelio que se nos ofrece en este domingo. Se nos habla que Jesús venía de la Fenicia pagana, de Tiro y de Sidón en cuyas cercanías había andado, y ahora caminaba por la Decápolis medio adentrándose en lo que hoy seria Siria o norte de Jordania que era una región pagana. Ya sabemos cuales eran las actitudes que los judíos tenían hacia lo gentiles con los que no querían ni mezclarse.
Y es por ahí, por esas regiones periféricas por donde ahora camina Jesús y hasta le veremos hacer milagros. Allí cura a aquel sordomudo con todos aquellos gestos que realiza que son bien significativos. No se queda Jesús solo con las ovejas de Israel sino que le estamos viendo ir en búsqueda de otras ovejas, aunque sea en aquellos lugares que los judíos consideraban malditos.
Es todo un signo que nos quiere manifestar Jesús. un signo que hemos de saber leer en esas situaciones que antes mencionábamos y también escuchar desde lo que nos dice el Papa de que no nos podemos quedar encerrados solo en los que consideramos nuestros sino que hemos de saber salir a las periferias. Pienso en el momento en que se quiere estar viviendo en nuestra Diócesis, donde estamos hablando de una Iglesia en salida.
¿Somos en verdad esa Iglesia en salida? ¿A dónde estamos yendo? Podemos seguir pensando en mundos lejanos, podemos seguir pensando en misiones en lugares de los infieles en lenguaje que tanto hemos utilizado, pero, ¿dónde están esas periferias? Creo que tendríamos que darnos cuenta que no tenemos que ir muy lejos. Y podemos pensar en las bolsas de pobreza que nos rodean con tantos y tantos que vamos marginando de nuestra sociedad con tantas desconfianzas con las que llenamos nuestro corazón, pero ¿no podemos pensar también en esa situación difícil que decíamos antes que estamos viviendo, y entonces comenzar a mirar y ver a todos esos que nos llegan? Sí, comencemos a mirar y a ver. Porque ni miramos ni queremos ver.
Jesús no solo caminaba por aquella región sino que se acercó allí donde estaba el sufrimiento de aquella gente. Es significativo el encuentro con aquel sordomudo. Le piden que le imponga las manos, pero Jesús se lo lleva aparte; es como entrar en una comunicación distinta. Jesús le impone las manos, pero toca los sentidos discapacitados, porque así quiere llegar Jesús hasta la persona, es como una relación interpersonal; le mete los dedos en los oídos, le toca con la saliva la lengua. Y allí está la acción de Dios, mirando al cielo suspiró y le dijo ‘Effetá (ábrete)’ y se les abrieron los oídos y se le soltó la lengua.
Unos gestos de Jesús de cercanía, de contar con la persona, de hacer sentir con su mano el calor de la vida y del amor. Y vemos a los que se nos acercan y quizás terminamos desviando la mirada; y sentimos la presencia de alguien que nos parece distinto y tratamos de acomodarnos bien como si tuviéramos miedo de acercarnos; queremos quizás responder al saludo que nos hacen y no nos salen las palabras y nos quedamos solo en una inclinación de la cabeza; y quizá conmovido nuestro corazón queremos compartir algo con quien nos mira o nos tiende la mano y simplemente lo depositamos en la cesta que está a los pies como si temiéramos tocarle con nuestra mano. Cuántos gestos tenemos que revisar, cuantos miedos y desconfianzas tenemos que quitar, cuantas formar nuevas tenemos que realizar.
Y estoy reflexionando y compartiendo todo esto que me dice hoy el evangelio y aun sigo en mi perplejidad. Pero no es por los otros, es por mi mismo, porque aunque quiero escuchar todo esto en mi corazón, todavía sigo reticente porque no termino de dar los pasos que tendría que dar, todavía quizás siguen aflorando en mi interior mis cobardías y mi indecisión.
Pido al Señor que me ayude a transformar mi corazón, que toque mis oídos para que oiga bien, que toque mis labios y mi lengua para que comience a relacionarme de forma distinta, que toque mis manos y mis pies para que se suelten de mis miedos y vaya al encuentro del otro sea quien sea; que sienta yo el calor del amor de Dios en mi vida, pero que sepa llevar ese calor del amor a cuantos me rodean.

sábado, 8 de septiembre de 2018

Hoy nos toca felicitar a la Madre, María, en su nacimiento, la felicitamos y nos felicitamos sin cansarnos de decirle piropos de amor con la mejor de las alabanzas


Hoy nos toca felicitar a la Madre, María, en su nacimiento, la felicitamos y nos felicitamos sin cansarnos de decirle piropos de amor con la mejor de las alabanzas

Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1,1-16.18-23

Hoy nos toca felicitar a la Madre; hoy nos toca felicitar a María, la Madre del Señor, nuestra madre también. Es su día, es el día de su nacimiento. Nos alegramos con María, nos felicitamos con María. Como ella decimos también ‘desborda de gozo mi espíritu en Dios mi salvador’, desborda de gozo nuestro corazón con María, la Madre del Señor.
La felicitamos a ella, a la que llamarán dichosa todas las generaciones. Y las madres sienten un regocijo en su alma cuando los hijos tienen un recuerdo para ellas, cuando las felicitamos en su día y queremos obsequiarle lo mejor de nuestro amor. le hacemos regalos, buscamos ramos de flores que ofrecerle, no sabemos qué cosa mejor le podemos ofrecer y todos son cariños para nuestra madre repitiéndole una y otra vez cuanto la queremos, lo dichosos que nos sentimos con ella, porque para nosotros es la mejor mujer del mundo, la que nos dio nuestro ser.
Así queremos hacer con María en el día de su cumpleaños. Y es que no solo la queremos felicitar, sino que queremos decir lo felices que nosotros nos sentimos con una madre así. Nos felicitamos con María, nos regocijamos con María, nos queremos sentir unidos desde lo más hondo de nosotros mismos con María, como lo queremos hacer con nuestra madre, y tanto es lo que queremos unirnos a ella que a ella queremos parecernos, de ella queremos copiar sus mejores virtudes, sus mejores valores, como los hijos hacen siempre con la madre.
Es la mayor dicha que puede sentir una madre el que le digan que su hijo se le parece; es la mayor dicha que nosotros podemos sentir que nos puedan decir también que nos parecemos a nuestra madre. Así queremos hacer con María, nos revestimos de María, nos vestimos de María porque igual que ella es el molde en el que se hizo Jesús como hombre, así nosotros queremos meternos también en ese molde de María no solo ya para parecernos a ella, sino para sentirnos profundamente configurados con Cristo, con la misma figura de Cristo, con sus mismos sentimientos y actitudes, con su mismo amor. Jesús como hombre se configuró en su corazón, pues todo eso que Jesús aprendió de María, nosotros también queremos aprender de ella.
No queremos hacernos ahora hacernos grandes consideraciones y hacer poco menos que unas listas de las virtudes de María, sino que simplemente como hacen todos los hijos con su madre en su día, sentirnos felices y dichosos con ella y hacerla a ella también feliz y dichosa porque le mostramos nuestro amor, porque le queremos decir y repetir, cantar una y otra vez las felicitaciones y cuanto la amamos.
Mostrémosle nuestro amor con la santidad de nuestra vida, pareciéndonos a ella. Gocémonos con María y llevémosla siempre muy presente en nuestro corazón y en nuestra vida. No temamos ni nos de vergüenza decirle piropos a María, cantando asi con la alabanza a María las alabanzas del Señor.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Vivimos el Reino nuevo de Dios y el banquete de bodas con todo su sentido de alegría y de fiesta es la nueva manera de nuestro vivir


Vivimos el Reino nuevo de Dios y el banquete de bodas con todo su sentido de alegría y de fiesta es la nueva manera de nuestro vivir

1Corintios 4, 1-5; Sal 36; Lucas 5, 33-39

Vernos separados de la persona que amamos nos resulta doloroso; sentimos la añoranza de su presencia, a la mente nos vienen los recuerdos de los momentos hermosos que junto a esa persona vivimos, ansiamos y deseamos estar con ella y en nuestro corazón sentimos el dolor de su ausencia. En muchas ocasiones esa separación se nos hace tan dura que parece que perdemos el gusto o el sentido de todo y nos parece que se nos acaban las ganas de vivir. Sin embargo siempre permanece la esperanza de un nuevo reencuentro y soñamos con los momentos felices que podremos volver a vivir, por eso el dolor de la separación parece que se mitiga en esa esperanza que nos anima y nos hace estar deseando ese nuevo día.
Son experiencias humanas que vivimos en distintos momentos a lo largo de la vida, un viaje, una necesidad de cambiar de residencia, unas obligaciones laborales, u otras circunstancias que se nos pueden hacer más dolorosas y difíciles de sobrellevar que en ocasiones se nos vuelven traumas para el corazón. Son experiencias humanas de las que tenemos que trascendernos porque nos pueden estar hablando también de experiencias del espíritu, experiencias que como creyentes y cristianos podemos vivir.
Son los momentos de gracia que como cristianos podemos vivir cuando sentimos fuertemente la presencia del Señor en nuestro corazón y en nuestra vida que nos dan un sentido muy especial a nuestro vivir. Es el gozo y la alegría que siempre ha de cantar en el corazón del cristiano porque se sabe gozosamente amado y no pierde de vista de ninguna manera esa presencia del Señor en su vida, aunque puedan aparecer humanamente momentos duros por las pruebas o las dificultades que pasemos, por enfermedades o limitaciones que quizá tengamos que soportar, u otros momentos dolorosos de la vida.
Pero el cristiano no pierde nunca la alegría del Espíritu en su corazón. Se sabe amado y se sabe lleno del Espíritu del Señor. No tienen entonces que atormentarse ni buscar por si mismo momentos o situaciones de sufrimiento porque la alegría del Espíritu canta en su corazón. No es fácil en ocasiones, porque pueden ser muchas las tormentas que nos envuelvan, pero vivimos con seguridad, la seguridad y la confianza en el amor del Señor.
El evangelio hoy nos habla de ayunos y sacrificios que le reprochan los fariseos a los discípulos de Jesús porque no hacen. En el sentido con que lo Vivian los fariseos el ayunar era algo así como un luto, porque incluso externamente en su porte así habían de manifestarse cuando ayunaban. Y Jesús les dice que sus discípulos no necesitan de esas apariencias ni tienen que estar con esos duelos, porque los amigos del novio cuando están en la boda de su amigo lo han de vivir con gozo y alegría. Lejos entonces de los discípulos de Jesús los llantos y los lutos, porque están con Jesús. No olvidemos cuantas veces Jesús compara el Reino de Dios con un banquete de bodas. Y así tienen que estar viviendo, con ese sentido, los discípulos de Jesús el Reino de Dios al que Jesús le está invitando.
Así tenemos que vivir nuestra vida cristiana, nuestro seguimiento de Jesús. Vivimos el Reino nuevo de Dios y el banquete de bodas con todo su sentido de alegría y de fiesta es la nueva manera de nuestro vivir. Vistámonos el traje nuevo de fiesta que ha de vestir siempre el hombre nuevo del Reino de Dios.

jueves, 6 de septiembre de 2018

Admirar las maravillas de Dios y dejarnos sorprender y dejarnos cautivar es la respuesta de nuestra fe ante la sorpresa del amor de Dios


Admirar las maravillas de Dios y dejarnos sorprender y dejarnos cautivar es la respuesta de nuestra fe ante la sorpresa del amor de Dios

1Corintios 3, 18-23; Sal 23; Lucas 5, 1-11

Hay sorpresas que nos da la vida que nos causan un gran impacto y dejan huella en nosotros de manera que parece que todo cambia a partir de ese momento. Vivimos normalmente en la rutina de las cosas que hacemos todos los días y dependiendo de la actitud que nosotros tengamos o pongamos ante lo que hacemos nos parece que en la vida todo es igual y tenemos incluso el peligro de dormirnos en esa monotonía. Ya decía depende de la actitud con que nosotros nos enfrentemos a la vida de cada día, a lo hacemos, para que seamos capaces de darle una mayor profundidad y sentido, de darle más valor a lo que hacemos.
Sin embargo, como decíamos, hay momentos en que la vida nos da sorpresas, porque nos sucede algo que no esperábamos o que no entraba en nuestros planes; cuando todo  nos parecía igual en esa monotonía, y ya de alguna manera teníamos previsto incluso esa monotonía aparece algo que nos sorprende, que nos llama la atención, que nos despierta, que nos hace ver las cosas de otra manera.
Claro que es necesario que estemos abiertos también a esa sorpresa y tener la capacidad de admirarnos ante lo que nos sucede. Incluso aquello que nos parece igual si tenemos esa sensibilidad en nosotros para dejarnos sorprender seremos capaces de descubrir eso nuevo que nos dé como una nueva ilusión o esperanza y hasta descubrir un nuevo matiz de la vida en el que quizás no habíamos caído en la cuenta. Algunas veces el desaliento en que vivamos nos hace hundirnos más en esa monotonía que se convierte en rutina que nos oscurece el alma.
Aquellos que iban a ser sus primeros discípulos eran pescadores en el lago de Galilea. La rutina de sus vidas cada día era salir al lago a pescar aunque había ocasiones en que su trabajo se volvía infructuoso; en aquella mañana estaban recogiendo y arreglando sus redes pensando en otro día de pesca que tuviera mejores resultados, y por allí apareció aquel nuevo profeta al que les gustaba también escucharle, porque despertaba nuevas esperanzas en su corazones. Alrededor en la orilla del lago se había arremolinado una cantidad grande de gente que quería escucharle y Jesús había aprovechado una de las barcas para sentado en ellas hablarles a las gentes.
Hasta ahora todo normal y nada extraordinario había en ello. Pero cuando Jesús terminó de hablar les pide que enfilen de nuevo lago adentro y que echen las redes para pescar. Ellos en el conocimiento que tenían del lago y lo que les había sucedido en la noche anterior sabían que ahora por aquella zona no había posibilidades de pesca. Pero Pedro había sentido algo en su corazón al escuchar a Jesús y se decide a lanzar la red solamente confiando en la palabra de Jesús. ‘Por tu nombre, porque tu lo dice, echaré las redes’.
La sorpresa fue grande. Pero su corazón fue capaz de descubrir las maravillas de Dios. Ante tanta grandeza, ante tanta maravilla, es normal que se sintieran pequeños, se sintieran pecadores indignos de estar en su presencia. Es la reacción de Pedro y es la reacción de los otros pescadores, a los que habrá que llamar también para que les ayuden, pero para que sepan admirar las maravillas de Dios.
Su vida va a cambiar, va a ser distinta, van a ser lo que siempre estarán con Jesús, porque Jesús para ellos también tiene una misión. ‘Venid conmigo y os haré pescadores de hombres’. Y ellos se dejaron cautivar por aquella maravilla, ellos se dejaron cautivar por Jesús.
Cuantas conclusiones tendríamos que sacar también nosotros para nuestra vida. Admirar las maravillas de Dios y dejarnos sorprender; admirar las maravillas de Dios y dejarnos cautivar. Para nosotros también Jesús tiene una misión.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

En los sencillos y en los pequeños descubrimos el Reino de Dios, a través de las cosas sencillas y pequeñas hechas con amor hacemos crecer el Reino de Dios



En los sencillos y en los pequeños descubrimos el Reino de Dios, a través de las cosas sencillas y pequeñas hechas con amor hacemos crecer el Reino de Dios

1Corintios 3, 1 9; Sal 32; Lucas 4, 38 44

Siempre en nuestro entorno nos encontramos personas así, esas personas que lo están en todo; serviciales, siempre dispuestas a echar una mano, que cuando surge algún problema allí aparece ella dispuesta a todo, encontrando una solución, buscando quien es el que puede hacerlo mejor, olvidándose de si misma y hasta de sus cosas con tal de prestar un servicio, ayudar a alguien, desvivirse por los demás.
Algunas veces quizá nos pasan desapercibidas porque realmente no hacen ruido, no hacen alarde nunca de lo que hacen, pero apareciendo en el momento oportuno, con quien sabemos siempre que podemos contar, que no hace falta decirle nada para saber estar en ese momento. Es una riqueza que poseemos en nuestras comunidades y que quizá no siempre sabemos apreciar ni valorar, pero son gentes maravillosas que tendríamos que saber imitar.
Me ha venido este pensamiento, que parece no venir a cuento pero que creo que son cosas ante las que tenemos que abrir bien los ojos para descubrirlas y valorarlas, a partir de un gesto que casi pasa desapercibido en el evangelio de hoy y que nos está manifestando de alguna manera como se va mostrando el Reino de Dios que Jesús nos anuncia. Es el gesto de la suegra de Pedro, que puede ser el gesto de esas personas anónimas que antes recordábamos que aparecen en medio de nuestras comunidades y que son hermosas semillas del Reino de Dios entre nosotros.
Habían salido de la sinagoga aquel sábado, después de escuchar la Palabra de Jesús pero también de ver los signos que realizaba en la curación de aquel hombre poseído por un espíritu maligno. La casa de Simón se está convirtiendo en punto de encuentro y hogar también para Jesús en Cafarnaún. Allí llegan rodeados de gentes que no paran en alabanzas por las maravillas que ven hacer a Ges y le dicen que la suegra de Simón está enferma. Ya escuchamos en el evangelio. Jesús la levanta de su postración y se le pasan las fiebres. Pero ahí aparece el gesto de aquella mujer que queremos resaltar, ‘inmediatamente se puso a servirles’.
Inmediatamente, no fue necesario tener espacios de recuperación. Inmediatamente como es la disposición del amor para el servicio; inmediatamente allí donde sea necesario; inmediatamente olvidándose de si misma; inmediatamente porque siempre hay una cosa buena que hacer; inmediatamente sin que nadie lo pida, pero detectando allí donde hay una necesidad; inmediatamente sin hacer ruido porque lo única música que se ha de escuchar es la del amor.
El evangelio nos seguirá hablando de cómo al atardecer muchos vinieron con sus dolencias y enfermedades hasta Jesús para que los curara y que a la mañana siguiente se encontrarían a Jesús orando en lugar descampado, pero que aunque aquí lo buscan El ha de ir a otras partes. No es que no le demos importancia a todo esto que nos dice el evangelio, pero creo que es bueno quedarnos un poquito reflexionando en la disponibilidad de aquella sencilla mujer. Es que ella está reflejando ya lo que Jesús nos está anunciando, está siendo un reflejo de las actitudes de Jesús para servir, para ir a buscar la oveja perdida, para llegar a todos sitios, porque en todos los sitios ha de resplandecer la luz, ha de amanecer un mundo nuevo.
La suegra de Pedro también nos está enseñando eso, no está lejos del Reino de Dios que Jesús nos anuncia. En los sencillos y en los pequeños descubrimos el Reino de Dios, a través de las cosas sencillas y pequeñas hechas con amor hacemos crecer el Reino de Dios.


martes, 4 de septiembre de 2018

Nos molesta lo bueno que podemos descubrir en los demás porque no somos valientes para dar la cara por el evangelio



Nos molesta lo bueno que podemos descubrir en los demás porque no somos valientes para dar la cara por el evangelio

1Corintios 2,10b-16; Sal 144; Lucas 4,31-37

Hay personas cuya sola presencia producen rechazo en los demás. Y no quiero hablar en sentido negativo en referencia a aquellas personas que por sus actitudes o comportamientos no nos caen bien y no nos agrada su presencia. En este caso quiero pensar distinto, aquellas personas que pueden ser un signo para nosotros que levante ampollas en nuestra vida, bien porque estamos viendo en esas personas algo que nosotros no somos capaces de alcanzar, o se conviertan en denuncia de nuestra vida errada.
Nos molesta porque nos recuerda muchas cosas; nos molesta porque nos sentimos impotentes o incapaces, nos molesta porque nos damos cuenta de cómo tendríamos que ser y no lo somos. No las queremos mirar, las queremos quitar de en medio, queremos seguir nuestro camino como si esas personas no existiesen, endurecidos en nosotros mismos no queremos levantarnos de nuestra situación y nos buscamos mil disculpas para no cambiar. Un rechazo en nuestra vida porque son un signo para nosotros que tendría que despertarnos. El mal siempre querrá rechazar las obras del bien.
Proféticamente ya el anciano Simeón había dicho de aquel niño que iba a ser signo de contradicción. Y eso estaba siendo Jesús en la vida. Ante su presencia había que decantarse; no todos estaban por seguir los caminos que Jesús señalaba; a no todos agradaban las palabras y las obras de Jesús porque denunciaba lo que llevábamos dentro. Ayer mismo vimos como hasta en su propia pueblo era rechazado; a lo largo del evangelio veremos como van surgiendo contrincantes que se van a considerar enemigos de Jesús y serán las fuerzas del mal queriendo luchar contra la bondad de Dios que se manifestaba en Jesús.
Al volver de Nazaret y tras el episodio de la sinagoga, vuelve Jesús a las orillas de Tiberíades y se establece en Cafarnaún; allí los sábados hará el anuncio del Reino en la sinagoga, pero será por todas partes en cualquier lugar donde veremos a Jesús rodeado siempre de la gente haciendo el anuncio de la Buena Noticia del Reino. En general las gentes le escuchan y muchos le siguen; pronto se irá formando en torno a Jesús el grupo de los discípulos, de los que son más fieles y no solo lo escuchan sino que quieren poner por obra sus palabras.
En el episodio que nos narra hoy el evangelio le vemos como al llegar a la sinagoga alguien poseído por el espíritu del mal se pone a gritar contra Jesús. Pero sus gritos con los que quiere rechazarlo son de alguna manera un reconocimiento del poder de Jesús. Es el mal que rechaza el bien, es el maligno que se opone a Jesús, es quien se siente vencido que hasta el último momento querrá seguir rebelándose y oponiéndose. ‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret? Sabemos quien eres’.
Pero se manifiesta la victoria de Jesús, la victoria del bien porque aquel espíritu maligno es arrancado del corazón de aquel hombre. Y la gente se admira de su autoridad, de la fuerza de sus palabras, de la vida nueva que surge en la medida en que escuchamos y seguimos a Jesús. Pero ¿seguirá siendo a si en nosotros?
Con nuestro pecado tantas veces estamos haciendo también un rechazo de Jesús. Nuestro pecado es decir no, preferir nuestras obras a las obras de Jesús, preferir lo que nos satisfaga a nosotros y a nuestros caprichos que seguir el mandamiento de Dios. Pero también es una forma de decir no la indiferencia con que nos mostramos muchas veces, la tibieza de nuestra vida donde no terminamos de aclararnos de qué lado estamos; y son las posturas cobardes con que ante muchas cosas nos manifestamos, los disimulos con que vivimos nuestro ser cristianos, los ocultamientos que hacemos para no dar testimonio por temor quizá al qué dirán o a un ambiente no propicio que encontramos a nuestro alrededor. Podríamos hacer una lista muy grande de nuestras tibiezas y cobardías, donde no terminamos de decantarnos claramente para optar por unos principios y unos valores cristianos.
¿Qué quieres de nosotros? ¿Qué más tendría que hacer? ¿Qué es lo que puedo hacer? ¿Hasta donde tiene que llegar mi compromiso? Son preguntas que quizás hacemos o nos hacemos para escurrir el bulto y no terminar de dar la cara.


lunes, 3 de septiembre de 2018

Los cristianos y la Iglesia hemos de ser buena noticia que despierte alegría en el mundo de hoy que ha perdido el sabor del evangelio


Los cristianos y la Iglesia hemos de ser buena noticia que despierte alegría en el mundo de hoy que ha perdido el sabor del evangelio

1Corintios 2,1-5; Sal 118; Lucas 4,16-30

Me vais a permitir que comience hoy mi reflexión con recuerdos de mi niñez. Eran otros tiempos, eran otras las comunicaciones; para que llegara noticia de algo se necesitaba tiempo, mucho tiempo en ocasiones, porque no hay había los medios de comunicación que hoy tenemos.
Recuerdo cómo estábamos pendientes todos los días del cartero, sobre todo quienes tuviéramos familiares en el extranjero; en mi caso mi padre y mis hermanos estaban en Venezuela, allá en aquellos tiempos que la forma normal de viajar era en barco, en que se tardaban muchos días, semanas incluso en ocasiones, para cruzar de Canarias a Venezuela. Como decíamos estábamos pendientes de la carta que nos pudiera llegar de Venezuela, y cuando el cartero nos la traía todo eran muestras de alegría, lágrimas de emoción por recibir noticias de los familiares que estaban allá en lugares lejanos. La alegría de las noticias y en especial cuando eran buenas.
Traigo a la memoria estos recuerdos pensando en la alegría de las buenas noticias recibidas, la alegría de la buena noticia de la que nos habla hoy el evangelio. ‘A los pobres se les anunciará la Buena Noticia’, es el mensaje principal hoy del evangelio.
Jesús había acudido a su pueblo y el sábado fue con todos a la sinagoga como era la costumbre. Ya llegaban noticias de Jesús y de lo que hacia en otros lugares, justo es que se le ofreciera el hacer la proclamación de la Palabra y su comentario. Se proclama el texto de Isaías. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor’. Y ya vemos todo el comentario de Jesús. ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’.
Llega el tiempo de la Buena Noticia que ha de ser anunciada a los pobres; buena noticia para los oprimidos y carentes de libertad, buena noticia para los ciegos y todos los que ven limitada su vida con múltiples discapacidades, buena noticia para los que nada tienen y para los que parece que han perdido toda esperanza.
¿Cómo no se van a ver sorprendidos y con una alegría nueva que nace en sus corazones? Una buena noticia de libertad, una buena noticia de una vida distinta, una buena noticia porque se terminan los sufrimientos y angustias, buena noticia porque llega un año de gracia del Señor; es el año, el tiempo del jubileo, del júbilo porque todo va a cambiar y ha de comenzar todo de nuevo alejando esas angustias y esas opresiones. Y Jesús les dice que ha llegado ese hoy, ese hoy en que se comienza a cumplir todo lo que esa buena noticia nos anuncia.
Sin embargo las gentes de Nazaret no acaban de entender; andan con sus prejuicios no solo metidos en sus cabezas sino también en sus corazones. Ansiosos quizás de buenas noticias, pero eran otras cosas o de otra manera lo que esperaban. Les faltó apertura del corazón, les faltó fe en sus corazones. Y rechazaron al que les traía la buena noticia, al que era la Buena Noticia.
Dos planteamientos se me ocurre hacerme ahora mismo. Primero a mi propia vida, ¿cómo recibo y acojo yo esa buena noticia que es el Evangelio para mi? Y segundo de cara a esa buena noticia que tenemos que llevar y que tenemos que ser en medio de nuestro mundo de hoy. ¿Sabremos anunciar esa buena noticia? Decimos que estamos empeñados en una nueva evangelización de nuestro mundo que ha perdido el sabor del evangelio. ¿Cómo estamos los cristianos, la Iglesia siendo buena noticia para nuestro mundo de hoy? ¿El anuncio que hacemos despierta alegría en quienes lo escuchan?

domingo, 2 de septiembre de 2018

No es la apariencia externa por muy bonita que la presentemos sino ese interior que de verdad se deja inundar por el Espíritu de amor lo que manifiesta la gloria de Dios



No es la apariencia externa por muy bonita que la presentemos sino ese interior que de verdad se deja inundar por el Espíritu de amor lo que manifiesta la gloria de Dios

Deum. 4, 1-2. 6-8; Sal. 14; Sant. 1, 17-18. 21b 22. 27; Mc. 7, 1-8a. 14-15. 21-23

Hay ocasiones en que nos damos cuenta cuando vemos a alguien hacer alguna cosa que quizá tiene que hacer por obligación que sin embargo lo está haciendo como de mala gana, de rutina, no está poniendo todo su ser en lo que está haciendo. Nos puede pasar en más de una ocasión, estamos cansados quizá pero aquello ahora hay que hacerlo y lo hacemos, pero como se suele decir estamos pero no estamos, lo hacemos fríamente, rutinariamente.
Y ¡ojo! que nos pasa más de una vez en nuestras oraciones, en los actos de piedad que realizamos, rezamos pero nuestra mente está en otro lado, realmente repetimos las palabras o los gestos pero solamente de una forma mecánica. Hemos llenado quizá nuestra relación con Dios de tantos ritos muy codificados que podemos tener el peligro de realizarlo ritualmente pero realmente no haya un encuentro vivo con el Señor. 
Cuantas veces quizá hemos recitado el rosario, porque decimos que tenemos que rezarlo todos los días a la Virgen, pero nuestros ojos se caían de sueño y simplemente nos reducíamos a recitar mecánicamente las avemarías, que al final terminábamos diciéndolas dormidos.
Cuantas veces estamos en la celebración de la Eucaristía y seguimos punto a punto todos sus gestos y sus ritos, pero al final nos preguntamos y qué nos ha dicho la Palabra de Dios y es que no nos acordamos ni de qué iba el evangelio. Podemos realizar una celebración milimétricamente perfecta porque hemos sido fieles hasta en lo más mínimos en todos sus ritos, pero nuestro corazón estar lejos del Señor. ¿Es eso dar verdadera gloria al Señor? ¿Solo porque el coro, por ejemplo, haya ejecutado magistralmente unos cantos muy solemnes con la mejor de las músicas es suficiente para que nuestro corazón esté cantando la gloria del Señor?
El rito, el canto, los gestos las acciones de la liturgia tienen que estar en función de ayudarnos a que de verdad nuestro corazón esté en el Señor y abierto a su Palabra, no solo en la ejecución perfecta por si misma. Puede parecer un tanto crudo esto que estoy diciendo pero con sinceridad hemos de reconocer que más de una vez nos ha sucedido así.
Nos llenamos de ritos, de normas, tratamos de medir milimétricamente lo que tenemos que hacer, pero nos olvidamos del espíritu, nos olvidamos de lo interior. Aquí quizá habría que pensar y revisar muchas de las reglamentaciones que todavía tenemos en nuestra Iglesia para mantener una uniformidad exterior, pero que no llega nunca a esa comunión interior que tendría que haber. Comenzando por la comunión interior que tendría que haber entre todos los que nos decimos seguidores de Jesús, comunión interior con Dios en una autentica oración porque en verdad abramos nuestro corazón a Dios que va más allá de repetir unas oraciones o unos ritos.
Ya le venían planteando a Jesús aquellos necesarios ritos de purificación a los que eran tan dados los judíos sobre todo los fariseos que de necesidades higiénicas pasaron a convertirse en ritos que podrían marcar lo que tendría que ser la verdadera pureza interior. Muy preocupados andaban los fariseos por si los discípulos de Jesús se lavaban o no se lavaban las manos antes de comer. Jesús les recuerda con palabras del profeta que honraban a Dios más con los labios que con el corazón. ‘El culto que me dan está vació porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos’.
Y Jesús nos habla de la verdadera pureza interior porque del corazón del hombre nos salen todos nuestros malos deseos. Así nos lo recuerda el evangelista. ‘Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro del corazón del hombre salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’.
Ya nos recuerda la carta del apóstol Santiago cual es el verdadero espíritu de la religión. ‘La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo’. Que haya verdadero amor en nuestro corazón, que en verdad seamos compasivos y misericordiosos como tantas veces se nos repite en los salmos; que ese corazón compasivo y misericordioso es lo que nos hace parecernos a Dios, porque ya Jesús nos lo propone en el sermón del monte como el ideal de perfección para nuestra vida, compasivos y misericordiosos como nuestro Padre del cielo.
Y eso lo podremos vivir cuando en nuestro interior de verdad estamos llenos de Dios, entramos en esa sintonía de amor con Dios; no es la apariencia externa por muy bonita o perfecta que la presentemos, es ese interior de verdad abierto a Dios dejándose inundar por su Espíritu de amor lo que manifiesta la gloria de Dios. Es la mejor forma de cantar la gloria del Señor, porque todo eso que vivimos en nuestro interior se va a traducir de verdad en el amor que le tengamos a los hermanos y la comunión que vivamos con todos. Esa es la autentica comunión con Dios.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Cuánto confía Dios en nosotros que ha puesto la vida en nuestras manos, pero más aún ha puesto su vida y nos regala la gracia de ser hijos de Dios


Cuánto confía Dios en nosotros que ha puesto la vida en nuestras manos, pero más aún ha puesto su vida y nos regala la gracia de ser hijos de Dios

1Corintios 1,26-31; Sal 32; Mateo 25,14-30

¿En quien puedo yo confiar las cosas que son muy importantes en mi vida? ¿Quién merece nuestra confianza como para que pongamos en sus manos nuestras cosas, nuestros negocios, nuestros bienes, o aquellas cosas que son importantes para mi?
Quizá en alguna ocasión nos lo planteemos ya sea en asuntos de orden material para que sean administradores de nuestras cosas, pero quizá en el fondo consciente o inconscientemente nos lo estamos planteando cuando confiamos algo de la intimidad de nuestra personas, nuestros secretos o nuestras inquietudes, las ilusiones que tenemos en la vida o aquellas cosas en las que vamos tropezando y quizás fracasando. No a cualquiera le confiamos nuestras cosas, no a cualquiera desvelamos esas cosas que en cierto modo forman parte de nuestra intimidad. Conseguir esa confianza en ocasiones no nos resulta fácil.
Claro que aquel en quien confiamos, o nosotros mismos si somos depositarios de la confianza de alguien tenemos que hacernos merecedores de ello, siendo buenos administradores o manteniendo la necesaria discreción y lealtad hacia quien nos ha confiado algo de si mismo. Discreción y lealtad que no siempre quizá encontramos, pero que tan necesaria es en el respeto que siempre hemos de tener a la persona, a toda persona y mucho más a quien ha tenido esa deferencia de mostrarnos así su confianza. ¿Seremos siempre lo suficientemente discretos y leales? ¿Seremos en verdad buenos administradores de lo que se nos confía?
Cuando Jesús nos habla del Reino de Dios lo hace utilizando parábolas, imágenes con hondos significados que nos ayudan a comprender todo ese misterio de gracia que es el Reino de Dios que hemos de vivir y que nos dan pautas de esos valores nuevos que hemos de saber resaltar en nuestra vida, vivir con intensidad para sentirnos en verdad dentro del Reino de Dios.
Hoy nos habla de aquel hombre que se iba al extranjero y que quiere confiar sus bienes y sus cosas a tres personas en quienes confía para que se las administren. La parábola nos describe el diferente actuar de aquellas personas, pues mientras unos se sienten responsables de hacer producir aquellos bienes, otro simplemente se contenta con conservarlos sin que se le pierdan, pensando que con solo eso ya tenia todo hecho. No es eso lo que aquel hombre esperaba de sus administradores.
Muchas consecuencias podemos derivar para nuestra vida personal, pero también considerándonos en medio de una sociedad, de una comunidad de la que también hemos de sentirnos responsables. Quiero incidir sobre todo en la confianza que aquel hombre tuvo en sus empleados, cada uno con sus diferentes cualidades, pero a los que el consideraba capaces de desempeñar aquella tarea. Y ahora pienso en mi mismo, cada uno piense en si mismo, a quienes se nos ha confiado también un tesoro que es nuestra propia vida, con sus valores y sus cualidades, con sus limitaciones, es cierto, también, pero con lo que en realidad somos cada uno.
¿Estaremos en verdad respondiendo a esa confianza? muchos tenemos que analizarnos personalmente sobre lo que hacemos con nuestra vida. Tenemos también el peligro de considerarnos pequeños y que nada valemos y lo que estamos haciendo es enterrar nuestros valores, porque no somos capaces de sacarlos a flote, desarrollar en verdad lo que somos y valemos con todas las posibilidades que todos tenemos en la vida.
Aquí tendríamos que pensar también en los que son educadores de la persona -empezando por los padres y todos los maestros o educadores que tengamos en la vida en la diversas situaciones – en cómo han de saber hacer descubrir y desarrollar los valores de esas personas que se les han confiado. Hay ahí una responsabilidad tremenda porque en esos educadores se ha puesto una confianza grande en la tarea que han de realizar como tales.
Quedémonos al menos con una última consideración de pensar cuánto confía Dios en nosotros que ha puesto la vida en nuestras manos, pero más aun ha puesto su vida cuando nos regala su gracia, la gracia de ser hijos de Dios. ¿Viviremos como tales?  En quien puedo yo confiar, comenzábamos preguntándonos, pero pensemos también como Dios ha puesto su confianza en nosotros.