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sábado, 2 de diciembre de 2017

Madurez, equilibrio interior y paz para afrontar la responsabilidad del momento y no dejarnos aturdir por los agobios de la vida y vivir en plenitud el hoy de Dios en nosotros


Madurez, equilibrio interior y paz para afrontar la responsabilidad del momento y no dejarnos aturdir por los agobios de la vida y vivir en plenitud el hoy de Dios en nosotros

Daniel 7, 15-27; Sal. : Dn 3,82.83.84.85.86.87; Lucas 21, 34-36

Hay cosas que a veces nos aturden, nos dejan como embotados y ensimismados; algo impresionante que hemos contemplado, un suceso extraordinario e inesperado que nos sucede en la vida, preocupaciones por los problemas que nos vamos encontrando en el camino, una enfermedad que nos afecta mucho en un ser querido, cosas que nos van ensombreciendo en la vida y que van haciendo que nuestro pensamiento ande girando siempre en torno a ellas y parece que no hubiera otra cosa que nos preocupara. Nos cruzamos con las personas y no las vemos, nos hablan y no nos enteramos, vamos como encerrados por aquel acontecimiento o aquella preocupación.
También nos puede suceder cuando vivimos una vida muy liviana y absorta quizás en superficialidades que entonces no le prestamos a ninguna cosa que se nos presente en profundidad y que quizá pudiera hacernos pensar; pero son también los que se dejan arrastrar por vicios y malas costumbres que viven atados a esas cosas sin las cuales ya no se pueden pasar y no saben hacer ni pensar otra cosa.
Cuesta mantener el equilibrio, vivir con una sana libertad interior, saberle dar a cada cosa su importancia y su valor, tener tiempo para cada situación que se nos presente, liberarnos de ataduras, no dejarnos arrastrar por prejuicios, no perder la paz interior por muchas que sean las dificultades o las tormentas a las que tengamos que enfrentarnos en la vida, estar atentos a la vida para vivir la intensidad de cada momento y saber ser feliz con lo que somos o tenemos aunque siempre con deseos y ansias de superación y de lo mejor.
Todo esto que es muy humano y manifestará la madurez de nuestra persona todavía se ve engrandecido mucho más cuando en la vida queremos tener actitudes y posturas de verdadero creyente. Es saber descubrir, como quizá muchas veces hemos reflexionado, esa presencia de Dios en nuestra vida y escuchar la voz de Dios que nos habla desde esas situaciones invitándonos a una vida superior, a un crecimiento interior y a un saber sobrenaturalizar nuestra vida porque siempre está la gracia de Dios que nos acompaña y nos fortalece.
Hoy Jesús nos previene diciéndonos que no nos dejemos embotar nuestra mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida y se nos eche encima de repente aquel día. Y nos pide que andemos alertos y despiertos. Una referencia, es cierto, al día final de la historia donde será el juicio de Dios, pero una referencia también al día a día de nuestra vida. Como momento para el creyente es el día del Señor, porque en cada momento el creyente sabe descubrir y sentir esa presencia de Dios que viene a nuestra vida. Es el hoy de nuestra vida que es el hoy de Dios en nosotros.
Vivir y sentir esa presencia de Dios en nosotros; vivir y sentir cada momento con toda intensidad, con la intensidad de nuestra responsabilidad y de nuestro amor. Por eso nos pide estar despiertos, alertas, atentos; el que tiene una responsabilidad no se puede dormir, sino que ha de estar atento en aquello que hace, en aquello que se le ha confiado. Así nuestra vida, la responsabilidad de cada momento.
Atentos porque siempre tendremos la oportunidad de expresar nuestro amor; atentos porque con amor siempre hemos de ir al encuentro con los demás; atentos porque nuestra vida es servicio y esa es nuestra mayor riqueza, el bien que podemos hacer a los demás. Vigilantes y atentos, despiertos para ir logrando ese crecimiento interior, esa superación de nuestra vida, esa madurez y serenidad con que afrontamos los problemas y vivimos con paz la lucha de cada día.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Saber leer lo que la vida misma nos enseña es una gran sabiduría y aprender lecciones de cuanto nos sucede nos hace verdaderamente más sabios porque nos hace también más humanos

Saber leer lo que la vida misma nos enseña es una gran sabiduría y aprender lecciones de cuanto nos sucede nos hace verdaderamente más sabios porque nos hace también más humanos

Daniel 7,2-14; Sal.: Dn 3,75.76.77.78.79.80.81; Lucas 21,29-33

Saber leer lo que la vida misma nos enseña es una gran sabiduría; aprender lecciones de cuanto nos sucede nos hace verdaderamente más sabios. Sin embargo muchas veces vamos ciegos por la vida, absortos en el día a día, muy preocupados por lo inmediato, atentos quizá solo en resolver los problemas del momento que no sabemos sacar lecciones de cuanto nos va pasando o de lo que vemos que le sucede a los demás. Se suele decir que no escarmentamos en cabeza ajena, pero es que muchas veces ni en lo que cae sobre nuestra cabeza sabemos aprender, sacar lecciones.
Hay quien lo hace, quien sabe hacerlo, y se hace reflexivo, y a aprende a limar asperezas de su vida y se previene ante cuanto pueda suceder, y de lo que le va sucediendo va sacando lecciones para en otras ocasiones tomar decisiones más acertadas, para evitar que vuelva a suceder lo mismo, va madurando porque va adquiriendo una hermosa sabiduría. Ya se dice que el hombre es el animal que tropieza dos veces en la misma piedra, y es por eso porque muchas veces somos irreflexivos cuanto tenemos una inteligencia que nos pudiera ayudar.
El hombre creyente no solo reconoce que esa inteligencia es un don de Dios, que le ha creado a su imagen y semejanza, como nos dice la primera página de la Biblia, sino que es providente porque descubre también el actuar de Dios a través de esos hechos y acontecimientos. No quiere Dios lo malo para el hombre cuando nos ha creado para ponernos en un paraíso, es la imagen también de la Biblia, pero quiere que de eso que nos sucede, también lo malo, los problemas o los contratiempos aprendamos, descubramos los caminos de Dios, caminos que nos llevan a Dios, pero caminos también para la felicidad del propio hombre.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio que sabemos leer algunos signos de la naturaleza pero sin embargo  no sabemos leer los verdaderos signos de los tiempos, en los acontecimientos que nos suceden. Interpretamos las palabras de Jesús como si fuera exclusivamente una referencia a los últimos tiempos, pero creo que Jesús quiere hacer referencia a los tiempos que vivimos en cada momento.
Algunos, es cierto, leen de una forma excesivamente negativa las catástrofes que se suceden en nuestro mundo viendo un castigo apocalíptico de Dios a causa de la maldad de los hombres, pero no saben quizá descubrir la llamada que Dios nos está haciendo para que aprendamos a tener actitudes nuevas que nos lleven a una verdadera paz y a una solidaridad autentica en nuestras relaciones humanas.
Se suceden, es cierto, muchas cosas que hacen sufrir a los hombres, pero busquemos la raíz en el propio mal que hay en nuestro corazón, en tantos que hacen daño, que no cuidan la vida y la naturaleza, que actuan de una forma egoísta e insolidaria pensando solo en si mismos;  y tenemos que descubrir que otras tienen que ser las actitudes y posturas, otra la forma de actuar en ese mundo en que vivimos para no destruirlo, pero también para que cuando surgen esas rupturas de la naturaleza sepamos estar allí con corazón solidario para evitar sufrimientos, para resolver problemas, para poner una nueva esperanza en cuantos sufren porque con nuestras acciones y actitudes hagamos que nuestro mundo sea un poquito mejor. Son las semillitas que siempre tenemos que estar dispuestos a sembrar.

jueves, 30 de noviembre de 2017

Desde las inquietudes por algo nuevo y distinto sentimos en nuestro interior dejémonos conducir hasta Jesús y encontraremos respuestas que nos abren nuevos caminos



Desde las inquietudes por algo nuevo y distinto sentimos en nuestro interior dejémonos conducir hasta Jesús y encontraremos respuestas que nos abren nuevos caminos

Romanos 10, 9-18; Sal 18; Mateo 4, 18-22

Inquietudes por algo nuevo y distinto sentimos en ocasiones en nuestro interior; son deseos de crecimiento, de maduración como persona que nos hace estar inquietos y en búsqueda. No termina de satisfacernos la situación en que vivimos, queremos algo nuevo, tenemos ansias quizás de una libertad mayor. Hace unos días chateando con un joven amigo de repente surgió en la conversación una frase, ‘necesito libertad’, me decía. Son las ansias y deseos que llevamos dentro por algo mejor para nosotros, pero también para cuentas nos rodean. Y eso es bueno porque nos arranca de rutinas, de pasividades, de conformismos que son cosas que nos llevarían por caminos de vejez interior, en cierto modo de muerte.
Andrés, era un hombre inquieto. Pescador en el lago de Galilea, había apartado por unos días las redes para ir a escuchar a un profeta que predicaba en las orillas del Jordán quizá allá más al sur. Juan al que llamaban el bautista por los ritos que hacia en el Jordán en los que creían en sus palabras, anunciaba unos tiempos nuevos, porque anunciaba la llegada del Mesías tan esperado para la salvación del pueblo.
Mucha gente acudía al Jordán a escuchar al Bautista. Allí estaba Andrés y algunos más que habían venido desde Galilea, como uno de los hermanos Zebedeos, también pescador como él. Y allí había escuchado al profeta que señalando a quien pasaba le mostraba como ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Y Andrés con Juan, uno de los Zebedeos, se había tras Jesús.
Conocemos el dialogo sencillo, escueto podríamos decir. ‘¿Qué buscáis?... ¿Dónde vives?... Venid y lo veréis’. Y se habían pasado aquella tarde y aquello noche con Jesús. ¿Dónde vives? ¿Qué es de tu vida? ¿Qué dices de ti? ¿Qué nos quieres enseñar? ¿Qué nos ofreces? Muchas preguntas en su interior, mucha búsqueda que no es solo buscar una casa o un hospedaje. Era buscar respuestas a las preguntas más profundas que llevamos en nuestro interior; era querer conocer a fondo; era saber si aquellas inquietudes que llevaban en el interior podrían tener una respuesta, un planteamiento de vida. ¿Qué hablaron? No lo sabemos, sino que al día siguiente salio convencido para contarle a su hermano ‘hemos encontrado al Mesías’.
‘Venid…’ les había dicho Jesús. Yendo con Jesús podrían conocer, podrían saciar su sed, podrían convencerse por si mismos. Ahora solo se trataría de ver, de escuchar, de encontrar luz a las oscuridades que siempre entenebrecen la vida cuando andamos desorientados y sin saber que partido tomar. Más tarde Jesús volvería a emplear la misma palabra, ‘Venid…’ pero ahora ya con una finalidad concreta, era para caminar con Jesús, era para aprender porque un día tendrían que realizar la misma obra de Jesús, pero antes necesitarían estar con El. ‘Venid y os haré pescadores de hombres’, les diría Jesús mas tarde una vez en la orilla del lago mientras andaban en sus tareas de repasar las redes después de la pesca, o también allá en medio del mismo lago tras la pesca milagrosa.
En esta fiesta de san Andrés que hoy estamos celebrando quiero quedarme aquí en mi reflexión. Hay otros momentos del evangelio en que volverá a aparecer Andrés, que si primero llevo hasta Jesús a su hermano Simón, serán unos gentiles los que a través de él en Jerusalén llegarán también hasta Jesús.
Quiero quedarme en esas inquietudes y en esas búsquedas. Todos tenemos preguntas en nuestro interior a las que no siempre sabemos responder. Hay inquietudes que no sabemos a donde nos van a llevar. Hay oscuridades donde no sabemos encontrar un camino de luz. Pero siempre habrá alguien que a la manea del Bautista nos señalará caminos que tenemos que saber emprender. Serán caminos de búsqueda pero que tenemos que saber orientar en dirección a Jesús, para quedarnos con El, para escucharle y para intentar caminar a su lado, para bebernos sus palabras, o para dejar que sintamos el calor de su presencia en nuestro corazón.
Cuando nos acercamos a Jesús y simplemente intentamos estar con El, aunque fuera en silencio, o mejor, queriendo estar en silencio a su lado, podemos escuchar muchas cosas, podemos sentirnos nuevos impulsos dentro de nosotros, podrán abrírsenos caminos delante de nuestra vida, podremos sentirnos iluminados por una nueva luz que nos hará ver las cosas distintas. Pero tenemos que saber estar con Jesús. No digamos nada. Dejemos que esos interrogantes se planteen en nuestro interior, agucemos los oídos del corazón y escuchemos esa Palabra de vida que necesitamos.
Jesús nos dice a nosotros también, ‘Venid…’

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Difícil es nadar contra corriente, pero ahí tiene que manifestarse nuestra madurez humana y nuestra fortaleza cristiana con nosotros está la presencia del Espíritu que Jesús nos prometió


Difícil es nadar contra corriente, pero ahí tiene que manifestarse nuestra madurez humana y nuestra fortaleza cristiana con nosotros está la presencia del Espíritu que Jesús nos prometió

Daniel 5,1-6.13-14.16-17.23-28; Salmo: Dn 3,62.63.64.65.66.67; Lucas 21,12-19

Qué difícil es nadar contra corriente; hay que estar muy fuerte y ser bien experto. En los caminos de la vida se nos hace difícil en ocasiones mantenerse en unos principios, fijar una postura en la vida y mantenerse fiel porque serán muchas las cosas que tratan de arrastrarnos por otros caminos, seremos vistos quizá como bichos raros por los que nos rodean, son tantas las influencias que recibimos de la sociedad que nos envuelve que en ocasiones nos hacen dudar de aquello que nos hemos planteado o del camino que hemos escogido. Pero ahí tiene que manifestarse nuestra madurez humana y nuestra fortaleza.
Nos sucede en nuestra vida cristiana; decimos que son las tentaciones que nos arrastran al pecado, pero es mucho más. Algunas veces incluso desde otros que se dicen cristianos también no entienden nuestras posturas y les parece que no tenemos que ser tan radicales y nos dirán que aflojemos el paso, que no nos tomemos las cosas tan a las bravas, que hay que ir consintiéndonos algunas cosillas porque no es para tanto, y la oposición entonces la encontramos desde dentro.
Y ya sabemos como en nuestra sociedad actual parece que todo lo que huela a religioso y cristiano es rechazado, incluso ridiculizado, nos trataran de hacer callar, y para ellos nuestros valores y nuestro pensamiento no tienen significado algo y se ven como cosas del pasado o de otros tiempos. Cualquiera puede opinar hoy en la sociedad en la que vivimos y escuchamos las propuestas mas dispares, pero cuando un cristiano quiere expresar su punto de vista, cuando la Iglesia trata de expresar lo que es el sentido del evangelio o de Jesús, eso ya enseguida se trata de acallar.
Cuando pensamos en las persecuciones no viene la imagen de los antiguos tiempo cuando los cristianos eran arrojados a los leones, o en tiempos más cercanos cuando eran metidos en la cárcel o fusilados. Cosas así siguen sucediendo, pero hay otras persecuciones más sutiles que pretenden acallarnos, ocultar el hecho religioso, desterrar todo lo que sea un signo cristiano y muchas otras cosas. En verdad intentan acosarnos, quitarnos de en medio, hacer desaparecer la religión o mirarlo a lo sumo como un hecho cultural de otro tiempo que hoy no tiene sentido.
Pero es ahí donde tenemos que manifestar nuestra fortaleza, nuestra madurez cristiana, nuestro valor. Es ahí cuando tenemos que recordar las palabras de Jesús como las que hoy escuchamos. Es ahí cuando tenemos que sentir dentro de nosotros la fortaleza del Espíritu Santo que Jesús nos prometió y está con nosotros siempre para ayudarnos en el camino de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. No nos podemos acobardar, no nos podemos callar, no nos podemos encerrar tras los muros de nuestras iglesias; en ese mundo tenemos que seguir haciendo el anuncio del mensaje de Jesús; en ese mundo tenemos que dar nuestro testimonio cristiano; en ese mundo tenemos que vivir y proclamar nuestra fe.
‘Yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro…’ nos dice Jesús. Y nos recuerda que ‘hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía’. Pero no hemos de tener miedo sino mantenernos firmes como nos dice Jesús: ‘ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’.

martes, 28 de noviembre de 2017

Confianzas y desconfianzas envuelven nuestra vida pero nunca nos ha de faltar la esperanza que nos ayude a tener criterios claros y a no perder la paz

Confianzas y desconfianzas envuelven nuestra vida pero nunca nos ha de faltar la esperanza que nos ayude a tener criterios claros y a no perder la paz

Daniel 2,31-45; Salmo: Dn 3,57.58.59.60.61; Lucas 21,5-11

‘Cuidado con que nadie os engañe’, nos previene Jesús. En ocasiones somos un tanto desconfiados ante lo que nos puedan decir, ante la interpretación que se hace de lo que sucede, pero también en algunas cosas nos confiamos demasiado porque quizá no analizamos lo suficiente las cosas, lo que nos dicen, o porque simplemente nos fiamos de la autoridad de los que nos hablan.
No hay que ser desconfiado, pero sí hemos de saber analizar bien lo que nos dicen para tener nuestro propio criterio; algunas veces quizá callamos lo que pensamos en nuestro interior por ciertos recelos o respetos que tengamos con los que hablamos, o también por falta de un criterio claro y creo que tendríamos que ser valientes para expresar nuestra opinión aunque nos pueda parecer dispar con lo que la gente de nuestro alrededor comúnmente piensa.
Valga este breve comentario que nos sirva para reflexionar para el día a día de nuestra vida y eso nos impulse a ser más reflexivos, a formar nuestros propios criterios, a ser valientes y al mismo tiempo respetuosos en el diálogo que mantengamos con los demás; sabemos que nos encontraremos quienes quieran imponernos sus ideas o sus criterios y nosotros también podamos tener la misma tentación y en nuestro diálogo no llegamos a escucharnos lo suficiente.
¿Por qué nos dice Jesús esto de que tengamos cuidado con que nadie nos engañe? En el texto del evangelio parte primero de una ponderación que se hace de toda aquella belleza del templo de Jerusalén que estaban contemplando, quizá bajando por el monte de los Olivos desde donde se puede admirar la belleza de la ciudad de Jerusalén con el templo en primer termino. Jesús les anuncia que todo aquello un día será destruido no quedando piedra sobre piedra. Quizá el evangelista cuando nos cuenta este episodio ya ha contemplado lo que fue la destrucción de Jerusalén cuarenta años más tarde aproximadamente por parte de los romanos.
Pero en el texto se entremezclan otras cosas que Jesús nos anuncia del final de los tiempos. Escucharemos en estos días diversos textos en este sentido. Jesús quiere que vivamos los acontecimientos de la historia, que no son siempre fáciles, sin perder la paz del corazón de la misma forma que tenemos que enfrentarnos así con esperanza al final de nuestros días. Habrá momentos de gran confusión ante las cosas que se suceden y las interpretaciones demasiado en sentido catastrófico que muchas veces nos hacemos. A veces parece que hay quien quiera meternos miedos en el cuerpo, como se suele decir.
Más de una vez en los años de nuestra vida habremos escuchado también cosas parecidas, anuncios e interpretaciones de castigos en las catástrofes que se producen en la propia naturaleza, en mas de una ocasión habremos oído hablar de visiones y de apariciones sin ningún sentido que nos pueden producir confusión. Los mismos enfrentamientos humanos entre pueblos que producen las guerras son también momentos duros y de confusión. Y hemos de saber afrontar todas esas cosas, no perder la serenidad ni la confianza, mantener la esperanza, buscar siempre caminos de paz.
Jesús nos está diciendo que no nos dejemos confundir. Nosotros vivimos siempre con una esperanza porque ponemos nuestra confianza en el Señor que está a nuestro lado y es nuestra fuerza y nuestra vida. Es el Padre bueno que nos ama y de mil maneras, aun en esos momentos difíciles y de horror, siempre nos hará sentir su presencia y su amor.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Ni nos valoremos nosotros ni valoremos a los demás por las apariencias sino sepamos descubrir donde está la verdadera belleza de nuestro corazón y nuestra riqueza interior

Ni nos valoremos nosotros ni valoremos a los demás por las apariencias sino sepamos descubrir donde está la verdadera belleza de nuestro corazón y nuestra riqueza interior

Daniel 1, 1-6. 8-20; Salmo: Dn 3, 52. 53. 54. 55. 56; Lucas 21, 1-4

Hay quienes quieren valorarse a si mismos solamente por lo que aparentan; quieren aparecer como guapos, como poderosos, como gente importante, como quienes todo se lo saben, siempre considerándose por encima de los demás, pero luego tienen un interior vacío, no cuidan la belleza interior, y aquellos valores que son los que realmente pueden hacer grande a la persona están lejos de si mismos porque no hay sinceridad en sus vidas, porque poco les importan la verdad y la justicia, porque en sus corazones no saben sino amarse a si mismos sin tener en cuenta a los demás con los que tienen que convivir. Es tentación que todos podemos sufrir y con pena y tristeza hay que decir que son muchos los que viven en esa incongruencia de sus vidas.
Jesús quiere resaltarnos siempre en el evangelio cómo tenemos que vivir desde nuestro interior, porque solo de lo que tenemos atesorado en nuestro interior es la riqueza que aparecerá en verdad en nuestra vida, en nuestras acciones, en nuestras actitudes y comportamientos, en nuestro trato y relación con los demás.
Tendremos, sí, que reconocer nuestras debilidades y que nuestra vida no es perfecta, pero desde esa humildad es donde pueden brillas luego los verdaderos valores. La persona humilde y sencilla es transparente, se mostrará siempre tal como es y será capaz de ser comprensiva con los demás, para llegar a compartir su pobreza con los que están a su alrededor. Esa persona humilde y sencilla hará siempre agradable su presencia junto a nosotros, porque además estaremos aprendiendo mucho de ella, porque hay una riqueza que no veremos con nuestros ojos sino que se comunicará directamente a nuestro corazón.
Pero tenemos que tener nosotros ojos limpios para que no nos encandilen los brillos exteriores de apariencia, sino que lleguemos a descubrir su belleza interior. Nuestros ojos se pueden enturbiar en ocasiones como cuando tenemos llenos de suciedad los cristales de nuestras lentes que entonces con el brillo del sol se convertirán casi en una cortina que nos impide ver la realidad de lo bueno que está a nuestro lado. Cuantas veces decimos que no vemos claramente y es que no nos damos cuenta que los cristales de nuestras lentes están llenas de polvos y arañazos, así nos sucede que se nos puede enturbiar la visión de lo bueno que hay en los demás.
Cuando muchos ricos y poderosos hacían ostentación a la puerta del templo de lo que aparentaban generosas limosnas, pero que era la mezquindad de lo que les sobraba, Jesús nos hace fijarnos en la humilde mujer que calladamente, quizá con pena y vergüenza porque no podía ofrecer mas, sin embargo depositaba allí todo lo que en su pobreza tenía para su propia subsistencia. Jesús alaba la humildad, la generosidad, la disponibilidad y la confianza en la providencia de Dios de aquella mujer que todo lo da. Nos ayuda Jesús a descubrir allí donde parecía que nada había lo que era la verdadera riqueza del corazón de aquella mujer.
Cuanto tenemos que aprender. De qué manera tenemos que aprender donde está la verdadera riqueza de nuestra vida. Cómo siendo humildes y sencillos podremos llenar nuestro corazón de la mayor de las riquezas que es el amor y la generosidad para darnos por los demás.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Proclamamos hoy que Jesús es el Rey y Señor del universo porque queremos vivir en su reino con las actitudes y valores nuevos que nos llevan al amor y al servicio

Proclamamos hoy que Jesús es el Rey y Señor del universo porque queremos vivir en su reino con las actitudes y valores nuevos que nos llevan al amor y al servicio

Ez. 34, 11-12. 15-17; Sal. 22; 1Cor. 15, 20-26.28; Mt. 25, 31-46
Llegamos a la finalización del año litúrgico. De entrada decir, porque alguien podría decir que nos queda más de un mes para que finalice el año, que el ritmo de la liturgia no sigue exactamente el ritmo del año natural. El ritmo de la liturgia de las celebraciones de los cristianos gira en torno a Cristo, como lo es toda la vida del cristiano.
En cada ciclo anual celebramos los grandes misterios de nuestra redención teniendo como centro del todo la celebración de la Pascua, la celebración de la muerte y la resurrección del Señor. En torno a ello giran todas las conmemoraciones que hacemos del misterio de Cristo en lo que por una parte tenemos siempre unos tiempos que nos preparan y otros tiempos que nos prolongan la celebración del gran misterio de Cristo.
Comenzaremos un nuevo ciclo preparándonos para la celebración del nacimiento de Cristo en las semanas del Adviento que ya iniciaremos el próximo domingo, por eso ahora concluyen el ritmo anual de todas las celebraciones. Y en este último domingo, casi como un compendio de todo lo que hemos venido celebrando proclamamos a Jesucristo Señor y Rey del Universo.
Y su reino no tendrá fin, le había dicho el ángel de la Anunciación a María en Nazaret. Y Jesús había comenzado su tarea pública la llegada del Reino de Dios que estaba cerca y eso nos exigía el creer y convertirnos en esa Buena Nueva. Sí, era una buena nueva, una buena noticia lo que Jesús proclamaba, la llegada del Reino de Dios.
Había que creer en la Palabra que Jesús era y pronunciaba para nosotros y nos exigía una transformación del corazón; un darle la vuelta total al corazón – no eran simplemente arreglitos o remiendos lo que habríamos de hacer - para hacer que en verdad en el Reino de Dios se centrara nuestra vida. Fue el anuncio continúo que siguió realizando en toda su vida; las parábolas, los signos que realizaba, toda la profundidad de su mensaje eran un irnos señalando las características de ese Reino de Dios.
Su entrega hasta la muerte fue la expresión más sublime de lo que habría de significar en nuestra vida el Reino de Dios. No era ya solo el Rey de los judíos, como puso Pilatos en el letrero de la sentencia, sino que se convertía así en el Rey de toda la creación. Se había rebajado como uno de tantos, como un esclavo porque su vida toda era un servicio – no había venido a ser servido sino a servir, le diría a los discípulos – hasta someterse a la muerte mas ignominiosa, la muerte de Cruz. Pero Dios lo levantó y su nombre está por encima de todo nombre en el cielo, en la tierra, en el abismo, como cantarían las primeras comunidades cristianas y san Pablo  nos recoge en sus cartas, y toda lengua proclamará por siempre que Jesús es el Señor. A El la gloria y el imperio, como proclamaremos en la liturgia.
Ese es su trono y la corona de su gloria, el amor y el servicio, la entrega hasta la muerte y el amor y la gracia que derramará ya para siempre sobre todos. Lo proclamamos el Señor; Dios lo constituyó Señor y Mesías, como nos diría san Pedro. Y ahora nosotros hemos de reconocerlo actuando y viviendo en el mismo sentido. Solo podremos proclamar que El es el Señor si nosotros amamos con su mismo amor, y nos hacemos servidores de los demás porque es ahí donde está nuestra grandeza.
Será entonces cómo lo reconoceremos como el Señor, en la fracción del pan y en el amor. La fracción del pan que nos lo hará Eucaristía, ofrenda de amor para siempre; la fracción del pan que realizaremos con nuestra vida cuando nos hacemos pan, cuando nos fraccionamos para los demás, cuando nos hacemos los últimos y los servidores, cuando abramos los ojos de verdad para verle a El en el hambriento y en el pobre, en el que está solo y en el que está sometido a toda clase de sufrimientos, cuando trabajemos por la armonía y la fraternidad para crear la verdadera paz entre los hombres, cuando arranquemos de nuestro corazón toda malicia para mirar con ojos nuevos a todo aquel con quien nos crucemos en el camino, cuando seamos capaces de bajarnos de nuestras cabalgaduras de soberbia y de orgullo para ponernos humildes a los pies del hermano para curar sus heridas, cuando no nos importe sufrir la incomprensión de los demás porque nos hacemos los últimos porque hemos descubierto quizás lo que otros no han descubierto que nuestra verdadera grandeza está en hacernos los últimos y servidores de todos.
Es entonces cuando estamos proclamando que en verdad Jesús es nuestro Rey y nuestro Señor, porque queremos vivir en su Reino, porque queremos vivir esas actitudes y valores nuevos que nos ha enseñado en el evangelio, cuando hemos sabido despojarnos de tantos mantos que disfrazan la realidad de nuestro corazón para saber ser humildes y estar siempre a la altura del otro.
Venid, vosotros, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, escucharemos que nos dirá Jesús porque le hemos sabido descubrir de verdad y caminar siempre a su lado cuando hemos caminado al lado del hermano sea quien sea, pero que para nosotros será siempre un hermano.
Así proclamamos hoy que Jesús es Rey del Universo, es nuestro Señor por su Sangre derramada y por su Cuerpo entregado. Es nuestro Salvador, es el Camino y es la Vida, es la Verdad de nuestra vida y el sentido del hombre y del mundo. Por siempre yo cantaré tu nombre, Señor, porque tuyo es el Reino, el poder y la gloria por los siglos de los siglos.

sábado, 25 de noviembre de 2017

Despertemos en nosotros esas ansias de plenitud, despertemos la fe en la resurrección y en la vida eterna, llenando nuestra vida de trascendencia y de esperanza

Despertemos en nosotros esas ansias de plenitud, despertemos la fe en la resurrección y en la vida eterna, llenando nuestra vida de trascendencia y de esperanza

Lucas, 20, 27-40
Nadie ha venido nunca del más allá para contarnos lo que allí hay, hemos escuchado decir a algunos en más de una ocasión. Y no es simplemente una broma que se hace para tratar de hacerse el gracioso o caer bien, sino que en el fondo puede significar una desconfianza, una falta de fe o una pérdida del sentido de trascendencia que en nuestro ser cristiano hemos de dar a nuestra vida.
Hemos de reconocer que por muchas cosas bonitas que digamos a la hora de la muerte de un ser querido o con lo que tratemos de consolar a alguien que está triste por la muerte de un familiar, en el fondo subyace, aunque nos digamos cristianos, aunque digamos muchas misas por nuestros difuntos, una cierta incredulidad en la resurrección.
Quizá ayude a ello las imaginaciones que nos hacemos, de cómo será esa vida, si vamos a vivir de manera semejante a lo que es nuestra vida de ahora y así muchas cosas más. No todos en nuestro entorno creen en la resurrección, aunque cuando recitamos el credo lo decimos de memoria y repetimos esas palabras que hacen referencia a la resurrección y a la vida eterna.
No es fácil hablar de este tema. Entramos en la hondura del misterio donde tenemos que fiarnos de la Palabra de Jesús. De ello nos habla mucho en el evangelio, de cómo quiere que vivamos para siempre en El. Y El tiene vida eterna, y vivir en El es vivir en esa vida eterna que nos llena de plenitud. De muchas maneras nos lo repite en el evangelio.
Hoy se nos habla de las dudas que planteaban los saduceos que por principio doctrinal negaban la resurrección y que vienen con los tiquis miquis de las leyes del Levítico para poner dudas, y para seguir manteniéndose en su negativa a creer en la resurrección.
Jesús les viene a decir que no andemos con imaginaciones de vida a la manera como vivimos corporalmente aquí en la tierra; que es algo distinto, que se entra en otra orbita porque se entra en la órbita de la plenitud de Dios. Y Dios es el Dios de la vida y lo que quiere es darnos vida en plenitud, vida para siempre.
Nos costará entender y nos cuesta explicarnos. Pero toda esa ansia de plenitud que llevamos en nuestro corazón no se puede quedar en nada; aquí en la tierra todo lo bueno y lo mejor que vivir siempre tendrá sus limitaciones, limitado en el tiempo, y limitados porque todo eso bueno se ve manchado por nuestras debilidades y nunca encontraremos el amor perfecto, ni tendremos una paz plena. Pero Dios puede darnos la plenitud de todo eso en la vida eterna que nos tiene reservada, como nos dirá Jesús, el Reino eterno preparado para vosotros desde la creación del mundo.
Aquel paraíso del que nos habla la primera página de la Biblia, donde Dios colocó al hombre en su creación, es imagen de lo que Dios quiere para nosotros. Llegará un momento en que nada ya nos puede manchar porque el mal y la muerte han sido vencidos para siempre. Si aquel paraíso se vio truncado por nuestro pecado – cuantas veces en la vida seguimos truncando, destrozando lo mejor de nosotros mismos cuando dejamos meter en nuestro corazón el egoísmo y el orgullo – sin embargo Cristo ha venido a redimirnos a vencer ese mal y es muerte con su muerte y en su resurrección nos lleva con El, nos hace participes de si vida para siempre.
Despertemos en nosotros esas ansias de plenitud, despertemos la fe en la resurrección y en la vida eterna, que son artículos fundamentales de nuestra fe, llenemos nuestra vida de trascendencia y de esperanza.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Los gestos proféticos de Jesús cuando quiere purificar el templo me están pidiendo signos y señales en mi vida de que en verdad quiero hacer que nuestro mundo sea mejor

Los gestos proféticos de Jesús cuando quiere purificar el templo me están pidiendo signos y señales en mi vida de que en verdad quiero hacer que nuestro mundo sea mejor

Lucas, 19, 45-48
Hay gente que no puede callar, que no se puede quedar con los brazos cruzados ante algo que consideran mal, algo que quizá pueda dañar a los demás, algo que consideran injusto. Algunas veces, reconozcámoslo, nos cuesta entender los gestos de protesta que pueda hacer alguien ante cualquier situación que resulte injusta.
Quizá en nuestras pocas ganas de complicarnos la vida pensamos o hasta llegamos a decir que no es para tanto, que quizá de otra manera, que no hay que ponerse así; pero tendríamos que ponernos en el pellejo de quien sufre esa injusticia, o de quien tiene esa sensibilidad para ser capaz de ver el sufrimiento de los demás. Nos acobardamos, quizás, nos impacta ver esos gestos, nos sentimos quizá inútiles o incapaces de hacer esas cosas. Necesitamos sensibilizar el corazón que en ocasiones lo tenemos demasiado endurecido. Que esos gestos casi proféticos que vemos en los demás nos despierten de nuestro letargo.
He comenzado haciéndome esta reflexión al escuchar el texto del evangelio de hoy en que vemos a Jesús realizar un gesto verdaderamente profético. Es la expulsión de los vendedores del templo. Es casa de oración y la habéis convertido en una cueva de ladrones, les dice. Habrá quien no lo entienda. Por allá están los fariseos, los ancianos del pueblo, los sumos sacerdotes que quieren quitarlo de en medio. Aquel profeta no es lo que ellos esperaban. Quizá sus planes y hasta sus negocios se veían perdidos con los gestos de Jesús y lo que Jesús anunciaba y representaba. Miraban más por sus intereses que por descubrir lo que era la voluntad salvadora de Dios que se manifestaba en Jesús.
¿De donde proceden nuestros miedos y cobardías? Porque muchas veces nos echamos para detrás, queremos cerrar los ojos para no ver y los oídos para no oír. Quizá hablamos y hablamos diciendo que las cosas tienen que ser de otra forma, que hay que cambiar, y nos estamos quejando de todo, pero no damos pasos para mejorar, no tenemos gestos que manifiesten nuestro despertar a lo bueno y a lo justo. Vivimos demasiado con los brazos cruzados viendo pasar la vida por delante pero sin poner nada de nuestra parte para que sea mejor.
Y esto en todos los aspectos de la vida. Será nuestra propia vida personal que tenemos que aceptar que debe mejorar, que son muchas las cosas que tenemos que transformar, nuevas actitudes y posturas que hemos de tomar, un mayor compromiso en muchas cosas por donde hemos de caminar.
Será lo que vemos que sucede en la vida social, pobreza, crisis, divisiones, enfrentamientos, falta de una verdadera paz social, rupturas de todo tipo… cuantas cosas donde tendríamos no solo una palabra que decir sino una acción concreta que realizar.
Esa cueva de bandidos que Jesús veía en el templo y que él quiere que cambie, es lo que vemos en nuestra sociedad y que tenemos que poner nuestra parte para que sea mejor nuestro mundo, mejoren nuestras relaciones entre unos y otros, haya más solidaridad y mas justicia, vivamos en mayor armonía y paz.
¿A que gestos me está pidiendo la palabra del señor que me comprometa a realizar para hacer que ese mundo concreto donde vivo, familia, vecinos, personas cercanas, amigos seamos en verdad un signo del Reino de Dios entre nosotros por un nuevo estilo de vivir?

jueves, 23 de noviembre de 2017

Sembramos con esperanza aunque la tierra esté llena de las espinas y abrojos de la violencia y la injustita porque ansiamos el día en que florecerán las flores del amor y la paz


Sembramos con esperanza aunque la tierra esté llena de las espinas y abrojos de la violencia y la injusticia porque ansiamos el día en que florecerán las flores del amor y la paz

Lucas, 19, 41-44
Cuando hay sensibilidad en el corazón uno sufre dentro de si cuando ve que aquel a quien quiere y aprecia, a pesar de las buenas cosas que le dijimos, sin embargo toma un camino equivocado en la vida y se deja arrastrar por sus debilidades que le conducen a un pozo profundo del que le es difícil salir. Uno quisiera ayudarle, pero quizá no se deja; cuantas veces nos encontramos con personas así obstinadas en sus errores y con dolor en el alma tenemos que respetarle sus decisiones y sus pasos aunque vemos que van camino de su ruina.
Es el dolor de los padres que ven que sus hijos no hacen caso de sus consejos y recomendaciones y les parece que toda aquella buena semilla que sembraron o trataron de sembrar en sus corazones en lugar de buena cosecha les da una cosecha perdida.
Es el dolor de los educadores o de cuantos tienen la misión de enseñar y ayudar que se ven con las manos cortadas porque su tarea parece que se hace infructuosa.
Sin embargo siempre hay que mantener la esperanza de que un día aquella buena semilla haga resurgir de las cenizas una buena planta que recoja en si todo aquello que nosotros quisimos sembrar. No podemos perder la esperanza, porque puede cambiar el corazón del hombre para volver a lo bueno.
El evangelio hoy nos habla de que Jesús llora ante la contemplación de la ciudad de Jerusalén viendo los derroteros por donde camina y que toda aquella belleza que ahora contemplan sus ojos un día se destruirá y no quedará piedra sobre piedra. En la bajada del monte de los Olivos, en el camino que viene del valle del Jordán, enfrente de la colina de la ciudad de Jerusalén hoy hay una pequeña Iglesia que recuerda precisamente ese llanto de Jesús.
Allí Jesús ha realizado milagros, ha enseñado en las explanadas del templo o por las calles de Jerusalén; el ciego de nacimiento de las calles, el paralítico de la piscina probática y tantos otros milagros realizados por Jesús son la muestra de su amor. Pero son los polluelos que rehúsan el calor de la madre que quiere acogerlos bajos sus alas; no han querido escuchar a Jesús y allí están maestros de la ley, ancianos del sanedrín o sumos sacerdotes que le hacen frente y harán todo lo posible por llevarlo a la muerte.
Pero no es la angustia ante su propia pasión y muerte lo que inunda de tristeza su corazón, sino la terquedad de quienes no quieren escucharle y lo que Jesús en su sabiduría divina sabe que le va a pasar a aquella ciudad porque no han reconocido el momento de su venida. Pero Jesús seguirá en medio de ellos y una vez más se dirige a la ciudad santa como tantas veces ha realizado cuando subía a la Pascua o a las otras fiestas judías. Todo buen judío sentía el gozo grande de está allí en aquella ciudad como cantaban cuando se dirigían a ella, ‘qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor…’
Sube Jesús ahora a la pascua que va a ser la pascua definitiva, la pascua de la salvación. Dios está en medio de ellos y con Jesús lleva la vida y la salvación aunque tenga que pasar por la pasión y la muerte. Con esa fe en Jesús nosotros seguimos caminando por la vida y queriendo siempre hacer el bien. Sembraremos la semilla de la paz y del amor, aunque muchas veces la tierra esté llena de espinas y abrojos, pero tenemos la esperanza de que un día esa semilla brotará y florecerá un mundo nuevo. Por eso seguimos sembrando con esperanza.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Subiendo con Jesús a Jerusalén aprendemos que aunque el camino se costoso y nosotros nos sintamos débiles hay en nosotros unos talentos que serán nuestra fuerza para el camino

Subiendo con Jesús a Jerusalén aprendemos que aunque el camino se costoso y nosotros nos sintamos débiles hay en nosotros unos talentos que serán nuestra fuerza para el camino

Lucas, 19, 11-28
Jesús iba subiendo de Jericó a Jerusalén; el episodio que contemplábamos anteriormente en el evangelio ha sucedido en Jericó; la ascensión no es fácil, pues median casi una treintena de kilómetros y el desnivel es considerable, porque supera los mil metros desde la profundo del valle del Jordán donde está situada la ciudad de Jericó. Las subidas son costosas, pero viene a ser aquí una buena imagen para el mensaje de Jesús.
Después de los acontecimientos de Jericó, los ciegos curados, Zaqueo transformado por la presencia de Jesús, al iniciar la subida toma a sus discípulos como en un aparte y les propone una parábola; en ella de alguna manera les habla del sentido de su subida a Jerusalén; pero es también una parábola que hablará de responsabilidades y respuestas, una parábola que nos habla en el fondo de fidelidad y de compromiso.
En la versión de san Lucas que escuchamos nos habla de un hombre noble que marcha a lugares lejanos para buscar el titulo de rey, pero que ha confiado a sus servidores una serie de talentos para que mientras tanto los administren y negocien con ellos. A uno confiará cinco talentos, a otro tres y al tercero solamente uno. A la hora de rendir cuentas veremos al de cinco que ha negociado otros cinco y al que ha confiado tres lo mismo ha conseguido otros tres. Al que se le había confiado solamente uno tuvo miedo a arriesgarse, no quería perder, aunque eso significara no ganar, y así se presentó a rendir cuentas con sus miedos y con su pobreza, viéndose ahora despojado de todo.
En la vida tenemos que ponernos en camino dejando a un lado los miedos a los riesgos o a los peligros. No podemos encerrarnos y contentarnos con lo que tenemos, sino que hemos de hacer de verdad fructificar nuestra vida. Y ya no son solo las ganancias materiales que podamos adquirir lo cual podría ser valido en orden a nuestro propio sustento y el de los nuestros, sino que en el desarrollo de lo que somos nos veremos siempre sorprendidos y enriquecidos en lo más hondo de nuestra vida. Los perezosos y miedosos no querrán salir de su letargo porque les parece más cómodo ni arriesgarse a las luchas de la vida con las posibles heridas que podamos alcanzar, pero perdiendo la posibilidad de ese enriquecimiento personal cuando desarrollamos lo que somos aunque nos pueda parecer poco e insignificante.
Podemos tener la experiencia quizás ya sea en nuestro propio nivel personal o porque lo que descubramos en los demás, que en un momento determinado cuando nos parecía que éramos incapaces de afrontar aquellos problemas o situaciones si hubo en nosotros ese espíritu de lucha fueron surgiendo en nuestra vida tantas cosas de las que no nos creíamos capaces pero que en aquel momento difícil  brotaron en nosotros con una fuerza especial para aunque pareciéramos débiles afrontar las peores situaciones.
Responsabilidad, compromiso, respuesta, fidelidad, decíamos al principio que de eso nos hablaba la parábola. A eso nos lleva. Descubriremos así nuestra misión en el mundo en el que vivimos; descubriremos también la misión que como cristianos tenemos en el seno de nuestra comunidad, de nuestra iglesia.
En esta tarea misionera y evangelizadora en la que estamos inmersos en los planes pastorales de nuestras comunidades tenemos que descubrir bien cuanto tenemos que hacer; no podemos decir que no sabemos ni que no podemos. Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que va inspirando tantas cosas buenas en nuestro corazón. Esa riqueza de nuestra fe no nos la podemos guardar para nosotros solos, sino que será algo que tenemos que compartir, algo de lo que contagiar a cuantos nos rodean, algo que tenemos que anunciar con nuestro testimonio y el compromiso de nuestra vida.

martes, 21 de noviembre de 2017

Sepamos detenernos ante la higuera de la soledad o el sufrimiento de nuestros hermanos porque con ello podemos ser signos de la salvación de Dios que llega a sus vidas

Sepamos detenernos ante la higuera de la soledad o el sufrimiento de nuestros hermanos porque con ello podemos ser signos de la salvación de Dios que llega a sus vidas

Lucas, 19, 1-10
‘Jesus entró en Jericó y atravesaba la ciudad…’ Atravesamos también nosotros los caminos de la vida, cruzamos por nuestras calles y plazas y nos vamos encontrando con todo tipo de gentes, de acontecimientos, con el palpitar de la vida. Sentimos quizá curiosidad cuando es nuevo el lugar que visitamos y nos iremos fijando con detalle en todo cuando encontramos. Pero cuando quizá pasamos una y otra vez por el mismo lugar ya vamos tan ensimismados en nuestras cosas que vemos sin ver, porque ya no miramos, ya no nos fijamos, ya no somos capaces ni de reconocer lo más conocido. Así vamos quizá muchas veces por la vida sin sensibilidad, sin ser capaces de ver la cara de aquellos con los que nos encontramos, sin detectar quizá tantos sufrimientos o soledades que se cruzan en nuestro camino en esos rostros que ya no vemos.
Jesús atravesó Jericó y no podemos decir que era una vez más. En muchas ocasiones En su subida a Jerusalén desde Galilea habría hecho aquel mismo camino pues era normal bajar por el valle del Jordán para subir luego desde Jericó hasta Jerusalén. Pero Jesús no lleva los ojos cerrados, Jesús siempre va buscando el encuentro con los demás y se detiene en el camino cuantas veces sea necesario. Lo había hecho con aquellos ciegos que allí a las afueras de Jericó estaban al borde del camino; de alguno llegamos incluso a conocer su nombre, Bartimeo.
Mucha gente habría en aquella mañana en la calle de Jericó, porque alguien que quería ver pasar a Jesús y no podía a causa del gentío y su baja estatura, se había subido a una higuera pensando ver a Jesús, pero también pasar desapercibido, pues no era bien mirado por sus conciudadanos de Jericó a causa de su profesión. Para todo ellos que estaban allí junto al camino viendo pasar a Jesús, El tendría una mirada como siempre hacia llena de compasión y de amor. El reflejaba siempre en sus gestos el amor de Dios de quien era signo en medio de los hombres.
Con esa mirada se había detenido junto a la higuera donde se había ocultado Zaqueo tras sus ramaje. Jesús sabia que estaba allí y allí había ido a buscarle. No era Zaqueo el que tuviera más interés por conocer a Jesús, sino que era Jesús el que quería fijarse en Zaqueo, quien buscaba a Zaqueo. ‘Baja de ahí, quiero hospedarme en tu casa’, fueron las palabras de Jesús.
Ya sabemos todo lo que sucedió, porque muchas veces hemos meditado y comentado este acontecimiento. Con gozo lo recibió en su casa pero es que aquel fue día de salvación. Todo cambio en el corazón de Zaqueo desde que Jesús se había fijado en él. Ya conocemos su determinación de cambiar, de devolver, de compartir generosamente con todos. La presencia de Jesús había transformado su vida. ‘Hoy ha llegado la salvación a este hijo de Israel’, diría Jesús.
Pero quería detergerme un momento en esta reflexión en esa mirada de Jesús, en esa determinación de Jesús de detenerse ante la higuera, ese no pasar desapercibido para Jesús quien estaba oculto entre el ramaje de la higuera, porque Jesús siempre nos ve, porque Jesús nos está enseñando a llevar los ojos abiertos por la vida. Quizá también esa mirada nuestra para fijarnos en aquel con quien nos cruzamos pudiera ser un camino de salvación para esa persona.
Esa mirada sensible para darnos cuenta donde está el sufrimiento, donde se encuentro un hombre solo, donde hay quizá hambre de Dios pero que necesita que alguien llegue a su vida como un signo de ese amor de Dios, es como tenemos que aprender a ir por la vida.
No cerremos los ojos, porque podemos ser signos de salvación para los demás si somos capaces de detenernos ante su higuera, la higuera de su soledad, de sus buenos deseos que no sabe como realizarlos, la higuera de una esperanza quizás que se encuentre un poco enterrada, la higuera de sus sufrimientos, la higuera de su yo solitario que va dando vueltas por la vida y necesita que alguien se detenga a su lado. Con nosotros pudiera llegar también la salvación de Dios a su casa, a su vida.

lunes, 20 de noviembre de 2017

De nosotros depende que muchos puedan llegar a encontrar la luz de Jesús y no podemos seguir dejándolos al borde del camino.

De nosotros depende que muchos puedan llegar a encontrar la luz de Jesús y no podemos seguir dejándolos al borde del camino.

1Macabeos 1,10-15.41-43.54-57.62-64; Sal 118; Lucas 18,35-43

Muchas veces decimos que la vida es un camino. Caminamos buscando metas; caminamos queriendo llegar a ser algo; caminamos buscando muchas veces no sabemos bien lo que buscamos; caminamos porque tenemos unos objetivos en la vida que queremos conseguir, unos planes que realizar para nosotros mismos o para aquellos que nos interesan, serán los hijos, será la familia, serán aquellas personas allegadas a nosotros por quienes sentimos como algo especial; caminamos pretendiendo darle un valor, una trascendencia a aquello que hacemos; no queremos quedarnos fuera del camino que nos da un rumbo, que nos da un sentido, que le da un valor a nuestra vida.
Pero bien nos encontramos a tantos que van sin rumbo, que quizá no tienen altas metas, que no saben por lo que luchar, y quizá se arrinconan a un lado porque quizá no ven un sentido, no ven por que hacer un camino. Claro que nos encontramos a quienes, quizá en nuestras prisas o en nuestra ambición por pensar solo en nosotros mismos o a lo mas en aquellos que más nos interesan, vamos dejando al borde del camino y no queremos pensar en ellos, no queremos que nos importunen o pudieran convertirse en una traba para nuestro propio camino o nuestras ansiadas metas personales. Aislamos, despreciamos quizá, discriminamos porque los vemos que andan a oscuras y no somos quizá capaces de ofrecerles un poco de luz, tan interesados como estamos en nuestras propias cosas.
Hoy nos habla el evangelio de Bartimeo, el ciego que estaba al borde del camino. Su vida estaba en sombras, sus ojos se habían cegado y la pobreza envolvía su existencia. No podía hacer camino si alguien no le ayudaba, y todos seguían su paso por el camino. Pero viene alguien que se va a detener junto a él. Bartimeo escucha el barullo del grupo que se acerca y pregunta qué es lo que pasa, quién es el que pasa. Cuando le dicen que es Jesús de Nazaret se pone a gritar, tanto que a algunos les molestan aquellos gritos y quieren hacerlo callar. Cuántas veces pasa algo así en la vida, nos pasa a nosotros.
Pero Jesús se detiene, piden que lo traigan. Ahora alguien le ayudará a llegar hasta Jesús. De un salto, despojándose de su manto, es llevado ante Jesús. ‘El Maestro te llama’, le dicen. Y se establece el diálogo. ‘¿Qué quieres que haga por ti?... Señor, que pueda ver...’ Y el milagro se produce. Sus ojos se llenarán de luz, pero  no serán solo sus ojos. Su vida ha comenzado a cambiar, da saltos de alegría alabando a Dios y ahora quiere ponerse a caminar también en pos de Jesús.
Estaba a oscuras y supo escuchar, supo descubrir que Jesús pasaba por su lado y la oportunidad había que aprovecharla. Aunque algunos quieren hacerlo callar sin embargo habrá otros que le ayuden, le dirán que es Jesús el que pasa, le trasmitirán el mensaje de Jesús que quiere que llegue hasta El, le ayudarán a dar esos pasos necesarios para acercarse a Jesús. Cuántas sugerencias para lo que podemos hacer en la vida.
Por supuesto que no podemos ser obstáculo, pero es que podemos hacer algo más. Saber descubrir a quienes están al borde del camino en la vida, hacer un anuncio; llegar lejos a tantos que andan desorientados sin saber qué camino hacer; llegar a las periferias, como nos está repitiendo continuamente el Papa; ponernos en camino de salido para ir al encuentro de los demás con el mensaje, como nos está pidiendo ahora la Iglesia.
De nosotros depende que muchos puedan llegar a encontrar la luz de Jesús. No podemos seguir dejándolos al borde del camino.

domingo, 19 de noviembre de 2017

De lo que tú contribuyas con eso que llamas tu pequeño talento quizás puede estar dependiendo el bienestar de una persona y su desarrollo, el que viva en un mundo mejor con menos sufrimientos

De lo que tú contribuyas con eso que llamas tu pequeño talento quizás puede estar dependiendo el bienestar de una persona y su desarrollo, el que viva en un mundo mejor con menos sufrimientos

Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31; Sal 127; 1Tesalonicenses 5, 1-6; Mateo 25, 14-30

No importa tanto la cantidad que tengamos como el valor que le demos a lo que tenemos. Miramos a los demás y nos parece que son tantas las cosas que tienen en comparación con lo que a nosotros nos parece nuestra pobreza.
Esto lo podemos pensar en los aspectos más materiales de la vida, como en referencia a los valores, a las cualidades, a los dones naturales que nos parece que otros tienen; nosotros quizá nos vemos pobres, nos parece que nosotros no valemos nada en comparación con lo que los otros son, nos sentimos empequeñecidos y tenemos la tentación se anularnos, de sentir que no valemos nada, que con lo que somos no merece la pena luchar porque poco o nada vamos a conseguir y tenemos el peligro de tirar la toalla. Las comparaciones son odiosas por crean en nosotros desconfianzas, envidias, orgullos en nuestro interior que nos hace sentirnos dolidos, y terminamos que dándonos poco valor.
Tenemos que aprender a descubrir el valor de lo que somos o tenemos; quizá somos un diamante en bruto que cuando lo lleguemos a pulir debidamente va a salir una preciosa joya, aunque antes solo nos pareciera un trozo de carbón terroso; quizá tenemos en nuestras manos esa joya de nuestra vida que no hemos sabido desenterrar, que no hemos aprendido a valorar, que en nuestra torpeza nos hace sentirnos inútiles y nos arrimamos a un lado en la vida porque como no valemos damos paso a otros cuando nosotros podríamos ser capaces de hacer mucho más.
En una falsa humildad nos sentimos inútiles y terminamos enterrando con miedo lo que somos que quizá pueden ser grandes valores. Que importante es que en la educación, quienes tienen esa misión, ayuden a descubrir al educando todos sus valores y aprendan a darle la importancia que tienen sus vidas. Cuántas personas quizá ya en el ocaso de su vida llegaron a descubrir todo lo que valían y no habían desarrollado y ahora se lamentan porque no contribuyeron a la sociedad con todos los valores que encerraban y que se habían mantenido ocultos.
Me estoy haciendo estas consideraciones al hilo de la parábola que hoy nos propone Jesús en el evangelio. La conocemos como la parábola de los talentos. Aquel señor que al irse de viaje confió a sus empleados diversa cantidad de talentos con la misión que los trabajaran o negociaran en su ausencia para recoger luego el fruto de aquellos trabajos. Fue el tercero, el que recibió menor cantidad de talentos, solo uno frente a los cinco o los diez que recibieron sus compañeros, el que lo enterró por miedo a que se perdiera, para luego devolvérselo intacto al regreso de su amo.
Tuve miedo, decía, y por eso no me atreví a hacer nada. Como veníamos reflexionando es lo que nos puede pasar a nosotros que nos parece o nos vemos infravalorados y por eso terminando no haciendo nada; tememos a arriesgarnos, nos puede salir mal, nosotros no valemos, nos decimos tantas veces. Hoy se habla mucho de la autoestima, pero démosle el nombre que le queramos dar, aprendamos a valorar lo que en verdad somos.
Algunos dicen la vida es una aventura, yo no lo diría de esa manera, pero en la vida tenemos que saber ser valientes, audaces, sentir curiosidad por nosotros mismos para descubrirnos y para conocernos, ser capaces de lanzarnos adelante con lo que somos, con lo que valemos, que somos capaces de hacer muchas cosas. Y es que nuestro grano de arena, aunque sea pequeño, forma parte de la riqueza y de la belleza del conjunto.
Son las responsabilidades que todos tenemos en la vida. No todos somos iguales, es cierto, no todos tenemos los mismos valores, pero precisamente en esa diversidad está la riqueza, ahí está lo que le da belleza al conjunto.
Y esto lo podemos ver desde el descubrimiento y desarrollo de nuestro yo personal que encerramos una semilla capaz de dar grandes frutos en nuestra madurez humana y espiritual, como lo vemos, tenemos que verlo, en el lugar que ocupamos en la sociedad y en la Iglesia.
Nadie se puede desentender; nadie se puede considerar inútil ni incapaz; todos tenemos que aportar desde lo que somos y contribuir a la mejora de nuestra sociedad en relaciones humanas, en el desarrollo de las personas, en un bienestar para todos, en esa paz y esa armonía que entre todos hemos de conseguir, en esa lucha por la justicia, por los derechos y los valores de toda persona, en lograr que haya mas humanidad entre todos, en que logremos que desde nuestra solidaridad vayamos desterrando todo lo que pueda hacer sufrir a alguna persona de nuestro entorno o de nuestro mundo. De lo que tú contribuyas quizá puede estar dependiendo el bienestar de una persona, su desarrollo, el que viva en un mundo mejor con menos sufrimientos.
Y es lo que como creyentes y miembros de una comunidad eclesial tenemos que hacer para que se haga más presente en nuestro mundo el Evangelio y el Reino de Dios. En esa comunidad que es la Iglesia todos somos piedras valiosas que mucho podemos y tenemos que hacer en bien de la Iglesia, en el anuncio del evangelio, y en mejorar nuestro mundo desde lo que son los valores que vivimos desde el evangelio.
Descubramos nuestro lugar, el aporte que cada uno de nosotros puede hacer, sintamos el compromiso de la evangelización de nuestro mundo, vivamos nuestro ser iglesia como el mejor tesoro y la mayor alegría para nuestras vidas. El gozo del evangelio nunca se puede apagar en nuestro corazón.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Como creyentes ponemos toda nuestra confianza en Dios que se nos manifiesta en la rectitud de tantos que hacen el bien y que le dan sentido de humanidad a nuestro mundo

Como creyentes ponemos toda nuestra confianza en Dios que se nos manifiesta en la rectitud de tantos que hacen el bien y que le dan sentido de humanidad a nuestro mundo

Sabiduría 18,14-16; 19,6-9; Sal 104; Lucas 18,1-8
La parábola que nos propone Jesús, como nos dice el evangelista, tenía una intención muy clara; quería enseñar a sus discípulos a tener esperanza y confianza en la oración, porque a quien oramos es a un Dios que es nuestro Padre. Pero en las palabras de Jesús podemos encontrar mucho más.  Como se suele decir en expresión muy del pueblo llano no da puntada sin hilo.
Pero tal como sucede en las parábolas Jesús parte de situaciones humanas que Vivian los hombres de su tiempo, muy semejantes en muchas ocasiones a las que nosotros seguimos viviendo hoy. Se trata de una mujer que pide justicia para la situación en la que vive; pero a quien acude es a un juez, que precisamente no parece que brille por la justicia y la imparcialidad. Se trataba de un juez que ni temía a Dios ni sentía ningún respeto por los hombres, por las personas. La imagen es muy dura.
No es solo ya que no temiera a Dios, lo que era inconcebible en un pueblo creyente como era el pueblo judío que centraba toda la historia de su vida y de su existencia en Dios, sino que además no sentía ningún respeto por las personas. ¿Cuál era su justicia?, nos podríamos preguntar. No es que toda la humanidad sea así pero está haciéndonos un retrato de situaciones en las que nos podemos encontrar. No todo el mundo es malo, tampoco podemos decir que los que no sean creyentes no vivan una honradez y una rectitud en su vida con unos principios y también con unos valores.
El respeto por la persona, por toda persona sería algo que, digámoslo así, esta como inscrito o grabado en lo más hondo de todo ser humano. La humanidad en la que creemos todos los hombres, aunque luego tengamos diversos y dispares planteamientos, se basa en ese respeto del  hombre, en ese respeto de toda persona.
Aunque luego podamos encontrarnos quien se haya dejado meter en su corazón tal maldad desde sus orgullos o sus ambiciones que no solo no respete a toda persona, sino que en su injusticia y maldad le hace daño, pretende destruir a quien pueda estar en posiciones enfrentadas a él, y prevalezca su egoísmo y la insolidaridad.
Pero como ya hemos reflexionado más de una vez no nos tenemos que sentir aturdidos por el mal que contemplemos en el mundo que nos rodea. Aunque es una realidad no significa que todo el mundo sea así; algunas veces nos ponemos pesimistas y nos parece verlo todo negro.
Pero hemos de saber descubrir las buenas luces que también brillan; donde menos lo pensamos hay una persona de bien, que busca lo bueno, que quiere ser honrada, que evita hacer daño a los demás, que busca también la justicia, aunque quizá en todas las cosas no piense como nosotros. Pero esas luces pequeñas o grandes que podamos descubrir con buenos ojos nos llenan de esperanza.
Como creyentes que ponemos nuestra esperanza en Dios, sabemos que Dios actúa también en esas personas, a través de esas cosas buenas que en la rectitud de sus vidas quieren también hacer. Como creyentes vemos en ellas también la acción de Dios. Por eso, como nos invita la parábola que hoy nos propone Jesús, hemos de tener esperanza, poner toda nuestra confianza en Dios que el Señor se manifestará a nuestro lado a través también de esas circunstancias de la vida.
Hemos de tener esperanza y por eso también oramos a Dios de que el bien prevalezca y brille, que los corazones de los hombres se pueden ablandar, que la buena semilla un día producirá sus frutos, que la bondad de tantos corazones buenos puede contagiar también a los demás, que entre todos podemos hacer que haya verdadera humanidad y nuestro mundo sea cada vez mejor.
Oramos y oramos con confianza; oramos perseverantes en nuestra oración; oramos a Dios que es nuestro Padre y siempre nos atenderá y nos mostrará su gracia.