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sábado, 2 de octubre de 2010

Voy a enviarte un ángel por delante que te cuide en el camino

Ex. 23, 20-23;
Sal. 90; Mt.
18, 1-5.10

‘Voy a enviarte un ángel por delante para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado. Respétalo y obedécelo…’ Así le decía el Señor al pueblo de Israel en el comienzo de su camino por el desierto rumbo a la tierra prometida.
La liturgia nos ofrece este texto de la Escritura en esta fiesta de los Santos Ángeles Custodios que hoy estamos celebrando. Hermoso y significativo texto que nos ayuda a comprender ese misterio de los ángeles de Dios que están junto a nosotros, porque así lo ha querido Dios, y nos protegen y nos ayudan, nos guardan en nuestros caminos como el ángel del Señor que cuidaba de su pueblo a través del desierto, y nos ayudan a sentir la presencia del Señor y de su gracia en medio de los avatares de la vida.
‘Vernos siempre defendidos por su protección y gozar eternamente de su compañía’, pedíamos en la oración de esta fiesta. Pero aún más diremos en las otras oraciones de la misa del día porque pedimos que ‘nos conceda que su continua protección nos libre de los peligros presentes y nos lleve a la vida eterna’. No es sólo ahora mientras caminamos los caminos de esta vida, sino que nuestra meta está en la vida eterna que queremos alcanzar con la protección de los santos ángeles. Por eso, quienes hemos sido alimentados con los sacramentos de la gracia, pedimos ser dirigidos ‘bajo la tutela de los ángeles por los caminos de la salvación y de la paz’.
La liturgia nos ayuda a comprender este misterio de gracia. La liturgia expresa y celebra la fe que tenemos, por eso nos sirve de gran ayuda para penetrar profundamente en ese misterio de gracia. Esto es realmente este misterio de fe que son los ángeles. Vivimos tan embrutecidos algunas veces absorbidos por las realidades temporales y materiales que nos cuesta entender todo lo espiritual. Queremos darnos explicaciones y hasta queremos desprendernos de todo ese halo en cierto modo misterioso por su grandeza que tienen las cosas de Dios. Pero las cosas de Dios no son a nuestra manera sino según el querer de Dios. Y esa es una realidad, misteriosa y espiritual, pero ahí está expresando toda la gloria de Dios al tiempo que nos ayuda a que nosotros también cantemos la gloria del Señor.
Sí, nosotros hemos de cantar la gloria del Señor. Y eso es un misterio grande e inmenso que algunas veces no sabemos cómo expresar. Unámonos a los ángeles que están para siempre ante el Señor, en su presencia y contemplando su rostro, ese rostro misterioso de Dios que a nosotros nos cuesta ver y comprender y que en el fondo tanto deseamos. Que en los ángeles veamos nosotros esta gloria de Dios, esa inmensidad de Dios, ese misterio de Dios. En la Biblia, en el Antiguo Testamento, encontramos muchas veces que para hablarnos de la presencia de Dios junto a los hombres, junto a Abrahán, junto a Moisés, el texto sagrado nos habla del ángel del Señor.
‘Ángeles del Señor, bendecid al Señor’ nos repite la Biblia en muchas ocasiones y nos lo repite la liturgia. Con los ángeles y con los coros celestiales queremos nosotros bendecir también al Señor, cantar la gloria del Señor tres veces santo. Que los santos ángeles nos ayuden y nos protejan, es la misión de los ángeles custodios como hoy los llamamos y los celebramos, para que nos veamos libres de todo peligro, para que nunca perdamos la gracia del Señor; y si de ellos decimos que son santos porque están llenos de la santidad de Dios, ellos todos puros y limpios de pecado, nos ayuden a nosotros a que alcancemos también esa santidad.

viernes, 1 de octubre de 2010

¡Ay de ti Corozaín, ay de ti Betsaida…!

Job. 38, 1.12-21; 39, 33-35;
Sal. 138;
Lc. 10, 13-16

El orgullo de que somos cristianos viejos, cristianos de siempre queda bien herido con las palabras de Jesús a Corozaín, Betsaida y Cafarnaún.
Eran pueblos y ciudades del entorno del lago de Tiberíades, de la zona geográfica, podemos decir, donde Jesús de manera especial realizó su actividad pública. El evangelio nos repite varias veces que Jesús recorría los pueblos y ciudades de Galilea. Allí predicaba anunciando el Reino de Dios, allí realizó la mayoría de los milagros que nos narran los evangelios. Pero, ¿cuál era la respuesta?
Hoy les dice Jesús que ‘si en Tiro y Sidón se hubieran hecho los milagros que vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidos de sayal y sentados en ceniza’. Tiro y Sidón eran ciudades cananeas, ciudades paganas más al norte del territorio de Palestina. Por allá llegó Jesús cuando la curación de la hija de la Cananea y a Cesarea de Filipos que quedaba ya en el límite cuando la confesión de fe de Pedro. Recordamos también la respuesta de Jesús a la petición de la cananea que ‘el pan de los hijos no se da a los perros’, en referencia a que había venido a anunciar la salvación directamente en Israel.
Nos sucede tantas veces que porque somos religiosos, porque vivimos una cierta práctica de vida cristiana, porque escuchamos con frecuencia – en nuestro caso todos los días – la Palabra de Dios, ya nos creemos convertidos lo suficiente y nos parece que ya no necesitamos hacer nada más. Vivimos a la sombra del campanario de nuestra Iglesia y ya con eso pensamos que estamos salvados. Le sucede a mucha gente en nuestros pueblos que viven en la cercanía de la Iglesia, o que se hacen muy presentes en la fiesta del santo del pueblo, y ya piensan que con eso está todo hecho.
Es que siempre hemos de estar abiertos a la Palabra de Dios. No nos podemos hacer oídos sordos, porque pensamos que ya nos la sabemos o la conocemos. Es un peligro de rutina en el que podemos fácilmente caer. Pero ser cristiano es una vida y una vida siempre está en crecimiento; cuando no crece se muerte. Por eso en la respuesta que le damos al Señor con nuestra vida cristiana, con nuestro seguimiento del Evangelio no podemos pensar que ya lo tenemos todo hecho. Siempre tiene que haber en nuestra vida un espíritu de superación y unos deseos de crecimiento.
Espíritu de superación porque siempre podemos ser mejores, porque siempre habrá cosas que purificar en nuestro corazón, porque siempre podemos crecer en la virtud. Deseos de crecimiento decimos, porque además es cuestión de respuesta de amor. Y el amor nunca se agota, ni se queda estabilizado. El amor tiene que crecer más y más nuestro amor al Señor, como respuesta a ese amor inmenso que El nos tiene, siempre tiene que estar en crecimiento.
No nos valen orgullos de cosas pasadas, de todo lo que hice, de la fe que siempre he tenido, sino que cada día tengo que dar mi respuesta, cada día tiene que crecer mi amor, cada día tiene que ser mayor mi entrega y mi compromiso, cada día tienen que resplandecer más mis virtudes, cada día tiene que ser más grande mi santidad.
‘¡Ay de ti Corozaín, ay de ti Betsaida…! y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo?’ Que no oigamos la queja del Señor porque no le demos esa respuesta de amor cada día más creciente y más fructífera.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Yo sé que el Señor vive

Job, 19, 21-27;
Sal. 26;
Lc. 10, 1-12

‘Yo sé que está vivo mi Salvador y que al final se alzará sobre el polvo…’ Aquí expresa Job toda su fe y confianza en el Señor. Tan cierto está que quiere que ‘se escribieran sus palabras, ojalá se grabaran en cobre; con cincel de hierro y en plomo se escribieran para siempre en la roca’.
La experiencia del dolor y del sufrimiento ha sido dura para Job. Tanto ha sido su sufrimiento que deseó no haber nacido, como hemos escuchado en días pasados. ‘¿Por qué al salir del vientre no morí, o perecí al salir de las entrañas?’
Sus amigos han venido a consolarlo; unas veces en silencio – siete días estuvieron en silencio sin pronunciar palabra -, otras veces al compartir su dolor ofreciéndole el consuelo de sus palabras con sus propios razonamientos para darle ánimos, que se convertían en palabras bonitas o vacías que a él de nada le sirvieron.
Pero su fe y su esperanza en el Señor es firme, aunque le cueste comprender. Muchas veces sentirá el peso de su dolor como un castigo – ‘sé muy bien que es así, dice, que el hombre no es justo ante Dios’ – y se siente pequeño ante la inmensidad de Dios al recordar todas las maravillas de la creación. Se fía, sin embargo, de Dios, en quien pone toda su esperanza, en el Dios que espera ver un día cara a cara. ‘Ya sin carne veré a Dios; yo mismo lo veré y no otro, mis propios ojos lo verán. ¡Desfallezco de ansias en mi pecho!’
Por eso podíamos repetir nosotros en el salmo, como una respuesta hecha oración a la Palabra que vamos escuchando: ‘Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida’, porque en verdad buscamos siempre el rostro del Señor y con humildad a El nos acercamos y en El ponemos toda nuestra confianza.
Se nos cuestiona por un lado toda nuestra fe al vernos sumergidos en el dolor. Buscamos respuestas, buscamos fuerza, nos sentimos débiles, acudimos al Señor y al final nuestra fe tiene que salir más fortalecida.
Pero se nos cuestiona también la forma en que vamos a los demás para acompañarles en su dolor o sufrimiento. No siempre encontramos la forma más acertada. Muchas veces tenemos el peligro de abundarnos en palabras y consuelos, que no llegan profundamente a la persona. Tendríamos muchas veces que aprender a acompañar en silencio, estando al lado del que sufre y haciendo nuestro su dolor.
No nos valen recetas aprendidas de memoria, sino que lo que nos vale es el amor. No podemos añadir más sombras con nuestros razonamientos o nuestras limitadas experiencias sino que tenemos que procurar despertar la luz de la esperanza. Hacer silencio de mis pensamientos o ideas preconcebidas para poder escuchar en lo hondo de nosotros mismos lo que el Señor quiere manifestarnos quizá a través del dolor de esos que sufren a nuestro lado.
Hoy en el evangelio hemos escuchado el envío de Jesús a los setenta y dos discípulos a anunciar el Reino de Dios. Escuchemos las recomendaciones de Jesús y lo que Jesús les enseña a decir y a hacer.
‘Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa…’ El primer anuncio la paz de Dios. Luego sigue diciéndonos Jesús: ‘Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya y decid: está cerca de vosotros el Reino de Dios’. Compartir haciéndonos uno con aquellos a los que vamos a ver o a anunciar el Evangelio; dar las señales del amor con la compasión y la misericordia; entonces en verdad hacemos presente el Reino de Dios. cuántas lecciones y consecuencias podemos sacar de todo esto para nuestro actuar.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Si me preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel


Apoc. 12, 7-12;
Sal. 137;
Jn. 1, 47-51

‘Te doy gracias de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti’, decimos en los salmos para alabar y bendecir al Señor. Queremos alabarle, bendecirle y darle gracias. Nos unimos a los coros de los ejércitos celestiales. Así lo expresamos en distintos momentos en la liturgia. Así queremos celebrarlo hoy en la fiesta de los tres santos Arcángeles, san Miguel, san Gabriel y san Rafael.
Pero podríamos comenzar preguntándonos qué son y quienes son los ángeles. San Agustín dice al respecto: ‘El nombre del ángel significa su oficio, no su naturaleza. Si preguntas por su naturaleza, te diré que es un espíritu; si me preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel’.
Son espíritu, espíritus puros, que contemplan constantemente el rostro de Dios, como nos dice Jesús que ‘sus ángeles están contemplando constantemente el rostro de mi Padre que está en los cielos’. Y, como decimos en el prefacio, ‘el honor que les tributamos manifiestan tu gloria – la gloria del Señor – y la veneración que merecen es signo de tu inmensidad y excelencia sobre todas tus criaturas’. Cantan la gloria de Dios, pero nos manifiestan también la gloria de Dios.
Con todo su ser son servidores y mensajeros de Dios; ‘poderosos ejecutores de sus órdenes, prontos a la voz de su palabra’, que nos enseña también otro de los salmos. Es lo que nos expresaba san Agustín al hablarnos del oficio de los ángeles, de lo que hacen. Es lo que expresamos en los santos arcángeles que hoy celebramos.
Mensajeros de Dios, acompañantes en el camino de nuestra vida y fortaleza con la gracia del Señor en nuestra lucha contra el mal, contra el pecado. Gabriel, el ángel que vino de parte de Dios a anunciarle a María su divina maternidad, todo el misterio de Dios que en ella se encarnaba, toda la obra de la salvación y redención para nosotros que se realizaría en el Hijo de María que era al mismo tiempo el Hijo de Dios.
Rafael, acompañando al joven Tobías, inspirando todo lo bueno que había de realizar y siendo además como cauce y camino de la medicina que abriría los ojos al anciano Tobías; compañero de nuestro camino como ángel guardián que nos protege del mal y nos ayuda a encontrar la verdadera salud, la verdadera salvación.
Miguel, el ángel poderoso vencedor en la lucha contra el ángel que se convirtió en ángel infernal arrojándolo al abismo del infierno; ángel poderoso a nuestro lado que nos recuerda y nos trae la gracia y la fortaleza del Señor en nuestra lucha contra el pecado.
En la oración pedíamos ‘que nuestra vida esté siempre protegida en la tierra por aquellos que te asisten continuamente en el cielo’. Es el ángel del Señor el que toma de nuestras manos y de nuestro corazón nuestra ofrenda y nuestra oración para presentarla ante el Padre en el cielo. ‘Te pedimos humildemente, Dios todopoderoso, que esta ofrenda sea llevada a tu presencia, hasta el altar del cielo, por manos de tu ángel…’ que se dice en la primera plegaria eucarística, el canon romano. Ofrecemos, pues, el sacrificio de alabanza que pedimos al Señor que ‘lo reciba con la intercesión de los ángeles y nos sirva para nuestra salvación’.
Que así pues un día, habiendo sido conducidos y guiados en la tierra por la protección de los ángeles, podamos también ‘contemplar la luz del rostro de Dios… y merezcamos con María, la Virgen Madre de Dios, los apóstoles y cuantos vivieron en tu amistad a través de los tiempos, por tu Hijo Jesucristo, compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas…’
Es lo que hoy queremos celebrar; es la bendición y alabanza que queremos cantar al Señor unidos a los ángeles y a los santos.

martes, 28 de septiembre de 2010

Un camino siempre de amor que nos llevará a la vida

Job 3, 1-3.11-17.20-23;
Sal. 87;
Lc. 9, 51-56

Una vez más en el evangelio vemos a Jesús de camino, y de camino a Jerusalén. La imagen de ir en camino es una constante en el evangelio, lo que es también una buena referencia para lo que es nuestra vida. ‘Se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, nos dice el evangelista, y Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén’. Allí sería su pasión, su entrega, su muerte. Allí se manifestaría su amor.
Atravesaban Samaria y al pedir alojamiento en uno de aquellos pueblos fueron rechazados. La pasión no fue sólo en Jerusalén. Eran rechazados por la tradicional enemistad entre judíos y samaritanos; eran rechazados porque eran peregrinos que iban a Jerusalén. Pero la pasión de Jesús que se iniciaba ya no estaba sólo en el rechazo de aquellos samaritanos. ¿No le dolería a Jesús la actitud en cierto modo vengativa de sus propios discípulos que pedían que bajara fuego del cielo contra aquellos que no les aceptaban? Todo lo que Jesús les venía enseñando de esas actitudes nuevas que habían de tener lo que creyeran en El se estaba desvaneciendo.
Jesús les regañó. ‘No sabéis de qué espíritu sois’. No había venido Jesús a condenar ni a buscar la muerte de nadie. El es la manifestación más hermosa del Dios que tanto nos ama y que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva. Jesús es el Buen Pastor que busca a la oveja descarriada, ¿cómo iba a querer que bajara fuego del cielo para abrasar a aquellos samaritanos porque no le aceptaban? Si la primera incomprensión estaba en sus propios discípulos que no acababan de entenderle y tener esas actitudes nuevas que El nos enseña.
Cuánto nos cuesta seguir el camino de Jesús. Cuánto nos cuesta cambiar las actitudes profundas de nuestro corazón. Ha sucedido desgraciadamente en todos los tiempos porque cuantas veces se ha querido imponer la fe y el estilo de vida de Jesús. cuántas guerras de religión a través de la historia. Pero nada hacemos con lamentarnos de lo que haya sucedido en la historia, sino que lo que tenemos que hacer es aprender la lección y cuán respetuosos tenemos que ser con aquellos que quizá no nos entienden o nos pueden hacer frente.
El testimonio que tenemos que dar de nuestra fe y del amor de Dios no pasa por imposiciones ni violencias, sino que tiene que pasar por una vida llena de amor. Nuestra paciencia y nuestra mansedumbre tiene que ser como el almíbar que endulce nuestra vida y haga atrayente el evangelio de Jesús para los demás. Nos enseña Jesús a amar en todo momento y a todos; nos enseña a perdonar hasta setenta veces siete y hasta a poner la otra mejilla cuando nos abofetean o nos hacen daño; nos enseña, en una palabra, a ir siempre sembrando amor.
Somos demasiadas veces en la vida como aquellos hijos del trueno, los Boanerges, como Jesús los llamaba porque nos dejamos llevar por impulsos violentos o exigentes. No otra cosa tenemos que hacer sino lo que Jesús fue haciendo delante de nosotros. Por eso nos dirá que aprendamos de El que es manso y humilde de corazón. De Jesús tenemos que aprender, de su vida tenemos que empaparnos. Es en el estilo de su amor cómo tenemos que vivir.
Ese es el camino de Jesús y ese es el camino que nosotros hemos de seguir. Nos llevará a la pasión, pero es que nos está llevando al amor, y en consecuencia nos está llevando a la vida. Como Cristo que dio la vida y nos dio vida, como Cristo que se entregó pero al que contemplamos resucitado.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Job, hombre justo y honrado que teme a Dios y se aparta del mal


Job, 1, 6-22;
Sal. 16;
Lc. 9, 46-50

Como una alegoría o una gran parábola comenzamos a leer el libro de Job, ‘hombre justo y honrado, que teme a Dios y se aparta del mal’. Así nos describe el autor sagrado a este personaje del Antiguo Testamento de cuya historia podemos sacar hermosas lecciones para nuestra vida.
¿Seremos fieles a Dios solamente en los momentos de dicha y bienestar y las cosas nos marchan bien o seremos capaces de mantener esa fidelidad también en los momentos difíciles, en la desgracia o cuando nos apremie el sufrimiento, la enfermedad o la muerte? Podíamos decir que es el interrogante que ya desde un principio se nos plantea. ¿Seremos capaces en la prueba y en la tentación de mantener esa fidelidad?
Con unas imágenes muy antropomórficas (a la manera de unos diálogos entre humanos) nos presenta ese diálogo de Dios y Satanás que dará pie a todo lo que luego va a suceder. Dios se regocija de la bondad y honradez de Job, pero el diablo le dice que eso es porque Job ha sido bendecido con toda clase de bienes. Si pasa por la prueba de que se le arrebaten todas esas cosas ¿seguirá siendo fiel?
Dios permite la tentación y que Job se vea desposeído de todo: ganados, posesiones, incluso sus hijos van a perecer y Job se verá sin nada. El autor sagrado en breves pinceladas describe cómo todo se le arrebata por ladrones, o por catástrofes naturales. ¿Cuál será su reacción de Job?
‘Entonces Job se levantó, se rasgó el manto – era la señal de dolor y de duelo -, se rapó la cabeza, se echó por tierra y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor’. Y comenta el autor sagrado: ‘A pesar de todo, Job no protestó contra Dios’. Más que protestas lo que vemos son bendiciones. ‘Bendito sea el nombre del Señor’.
A través de todo el texto se irán sucediendo las explicaciones humanas que los hombres nos hacemos de lo que nos sucede o del por qué de las desgracias. Como escucharemos tres amigos vendrán a consolar a Job en su infortunio y en un hermoso diálogo se sucederán esas explicaciones, manteniéndose siempre la fidelidad de Job, pero escuchando también el auténtico mensaje del cielo para comprender todo ese misterio del mal.
Ya lo iremos escuchando y haciendo algún comentario. Hoy nos queda el contemplar este primer momento y esta primera reacción del paciente Job que le lleva por encima de todo a bendecir al Señor. En la vida nos suceden también males, nos aparece la desgracia o se nos echa encima, por decirlo de alguna manera, el dolor y el sufrimiento. Quizá el vernos debilitados por los años y los achaques de la enfermedad nos pudiera hacer pensar muchas veces en lo que era nuestra vida y lo que ahora podemos ser en nuestra debilidad. Cuántas explicaciones queremos darnos muchas veces.
Puede surgir también en nuestro interior la desesperación, la impotencia, la angustia, el agobio al sentirnos débiles, al tener que afrontar problemas y sufrimientos. ¿Cuál es nuestra reacción? ¿Por qué a mí? Decimos muchas veces y pensamos en castigos o en sentirnos culpables de alguna manera. No vamos a intentar buscar razonamientos o respuestas fáciles.
Con la misma fe y esperanza que nos manifiesta Job cuando llega a bendecir a Dios en medio de su desgracia, y teniendo nosotros muchas más motivaciones cuando contemplamos a Jesús, el Justo y el Inocente, cargando con su cruz y nuestra cruz en su pasión, vamos a pedir que el Espíritu del Señor nos ilumine; que la Palabra del Señor que iremos escuchando vaya ayudándonos a descubrir el sentido de todo y su valor; que nos llenemos en el fondo de corazón siempre de paz y con serenidad afrontemos esos momentos difíciles que podamos pasar en la vida.
Que también como el salmista podamos llegar nosotros a decir: ‘aunque me pruebes a fuego, no encontrarás malicia en mí’. Seguro que en Jesús vamos a encontrar esa luz que necesitamos y esa fortaleza para nuestra vida.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Un hombre rico que se vestía de púrpura… ¿dónde está nuestra solidaridad?


Amós, 6,1.4-7;
Añadir imagenSal. 145;
1Tim. 6, 11-16;
Lc. 16, 19-31



Al terminar de escuchar la parábola quizá una reacción espontánea que nos pudiera surgir sería decir ‘bien merecido se lo tenía…’ No había sido compasivo y misericordioso con el pobre mendigo que tenía a su puerta, bien le viene, podemos pensar, lo que le está pasando al rico epulón.
Pero ya sabemos, cuando escuchamos la Palabra de Dios no es para que hagamos juicios condenatorios contra los demás, aunque siempre haya que condenar el mal, sino para que nos miremos a nosotros mismos y tratemos de descubrir qué es lo que el Señor quiere decirnos de forma concreta a nosotros.
No sé si éste será el camino más correcto de interpretación de la parábola, pero pensemos en lo que nos sucede a nosotros mismos muchas veces. Cuando vemos una casa lujosa, una bonita mansión, nos puede suceder que surja una como cierta envidia en nosotros y un deseo desde nuestro interior de poder vivir allí, de disponer de esas comodidades y lujos, de apetecer una vida sibarita y de confort.
Es, digo, una posible tentación y no digo que a todos suceda igual. Pero sí podemos preguntarnos cuál es el estilo de vida con el que soñamos, y qué es lo que apetecemos y deseamos. Y cuando vemos el derroche de muchos, en esta sociedad de bienestar y consumismo en el que vivimos, ¿no nos preguntamos si es necesario todo eso para ser verdaderamente felices? Es cierto que no vamos a vivir en una cueva y en medio de miserias y todos merecemos una vida digna, pero la pregunta estaría que es lo que verdaderamente necesitamos para esa vida digna.
No quiero aparecer demasiado radical pero son en el fondo preguntas que me hago a mi mismo en nombre del evangelio. La descripción que nos hace Jesús en la parábola del ‘hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día mientras el mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico’, refleja también los grandes abismos que sigue habiendo en nuestra sociedad y en nuestro mundo entre pobres y ricos, entre primeros y terceros y cuartos mundos, como ahora se les llama. Tantos abismos que de una forma o de otra muchas veces ponemos entre nosotros cuando nuestras relaciones humanas no están llenas de verdadero amor.
Abraham le dice al rico que está en el infierno que entre ellos ‘se abre un abismo inmenso que no pueden cruzar, aunque quieran’ es el reflejo duro de los abismos que nos creamos los hombres entre unos y otros, entre pobrezas y riquezas, entre derroches y despilfarros y miserias y muerte de hambre por otro lado a un lado y otro de nuestro mundo.
Es toque de atención, es llamada a nuestro corazón, es una invitación a una búsqueda de caminos de solidaridad verdadera y de justicia en las relaciones entre los hombres y los pueblos.
Es toque y llamada de atención para que analicemos el valor que le damos nosotros a las cosas y para despertarnos de un mundo egoísta que se convierte en injusto cuando acaparamos sólo para nosotros mismos y no somos capaces de abrir los ojos para ver la necesidad de los demás y movernos desde lo hondo de nuestro corazón a un compartir generoso y, repito, en justicia con los hombres que son mis hermanos.
Ese toque y esa llamada de atención que puede convertirse la parábola para nosotros es una invitación a la conversión. En la parábola aquel hombre desde el abismo de su infierno le pedía a Abrahán que enviara a Lázaro a casa de sus hermanos para que no vivieran de la misma manera que vivía él. ‘Te ruego que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan ellos a este lugar de tormento’. Ya escuchamos lo que les dice Abrahán: ‘Tienen a Moisés y los profetas; que los escuchen… porque si no escuchan ni a Moisés ni a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto’.
Un milagro para creer, un muerto que resucita o que se aparece... buscamos también nosotros muchas veces milagros para convencernos de lo que tenemos que hacer. Tenemos el milagro de la Palabra de Dios que cada día podemos escuchar y es la que tiene que mover nuestro corazón. Con sinceridad tenemos que escucharla. Con fe tenemos que abrir nuestro corazón a la Palabra que el Señor quiere dirigirnos. Cuánto más cuando tenemos toda la experiencia de Jesús muerto y resucitado por nosotros para manifestarnos todo el amor que Dios nos tiene.
Es ese amor de Dios el que tiene que movernos. Es en ese amor de Dios donde tenemos que aprender esos caminos de solidaridad y de amor. Es en ese amor de Dios donde tenemos que dejar que nuestro corazón se transforme. Porque no podemos unir ese amor de Dios con el culto que le queremos dar y una vida de derroche y de injusticia, en la que falte además la compasión y la solidaridad. Es lo que denuncia el profeta Amós en la primera lectura. ‘Se fían de Sión y confían en el monte de Samaria – dos lugares de culto a Dios para los israelitas -, y os acostáis sobre lechos de marfil, arrellenados en divanes… bebéis vino en copas, os ungís con perfumes y no os doléis del desastre de José…’ Lo mismo que el rico de la parábola.
La carta de Pablo a Timoteo nos da pautas de por donde ha de ir nuestra vida. ‘Practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza… combate el buen combate de la fe… conquista la vida eterna a la que fuiste llamado…’ Justicia, piedad, fe, amor, paciencia, delicadeza… virtudes que hemos de cultivar en nuestra vida, que manifiestan esa conversión, ese cambio, que estamos realizando; pero virtudes que queremos vivir también con la esperanza que da trascendencia grande a todo lo bueno que hacemos. ‘Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado… guarda los mandamientos sin mancha ni reproche, hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo… Rey de reyes y Señor de los señores…’
En la oración habíamos pedido que ‘derramara incesantemente sobre nosotros su gracia, para que, deseando lo que nos prometes, consigamos los bienes del cielo’. Y en la oración final vamos a pedir que con la fuerza de la Eucaristía que estamos celebrando y de la que nos alimentamos ‘participemos de la herencia gloriosa de Jesucristo, cuya muerte hemos anunciado y compartido’. Que por nuestra compasión, nuestra solidaridad, el amor que tengamos a los demás merezcamos ser llamados en el día final a participar del Reino eterno que Dios nos tiene preparado.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Cada momento de la vida tiene su propia intensidad

Eclesiastés, 11, 9-12, 8;
Sal. Sal. 89;
Lc. 9, 44-45

Cada momento de la vida tiene su intensidad y sus características propias. No es lo mismo la juventud que la madurez, la vida de un niño que la vida de un anciano. Pero cada momento tiene sus vivencias y su propia intensidad, sus riquezas y su valor.
La vida de un joven o una persona madura está llena de vitalidad y son muchas las cosas que se pueden hacer. Llegará la madurez de la ancianidad y ya no serán iguales las fuerzas pero también hemos de saberle dar un sentido y su propia vitalidad, porque no todo es apagarse o dejarse morir. No se tendrán las mismas fuerzas, pero quizá se haya podido adquirir una sabiduría de la vida que ha de darle sentido también a esos años de mayor debilidad o decaimiento de vigor físico.
Pero es una vida la que tenemos en nuestras manos y hemos de saber darle hondura y su propia vitalidad con la que también podemos enriquecer a los demás. Algunos cuando llegan los años de la ancianidad reducen su vida a una pasividad y a un dejarse llevar. No debería ser esa nuestra forma de actuar. Aunque no se tenga la vitalidad física y en muchas cosas necesitemos ayuda sin embargo no todo puede ser pasividad y hasta hemos de darle cierta creatividad a la vida, a lo que hacemos y a lo que podemos también ofrecer a los demás. Nuestra vida, aun con sus limitaciones por la ancianidad o por la enfermedad, siempre será valiosa a los ojos de Dios.
Me ha surgido esta reflexión leyendo y escuchando interiormente el mensaje que nos ofrece hoy el libro del Eclesiastés, y pienso que a todos puede ayudarnos. Pero algo más nos dice. En cada momento también hemos saber sentir la presencia de Dios.
Cuando el Qohelet habla de la intensidad de vida de los jóvenes les dice también: ‘pero sabe que Dios te llevará a juicio para dar cuenta de todo’. Y a continuación les dice después de prevenirles de las vanidades de la vida ‘acuérdate de tu Hacedor durante la juventud…’
No podemos olvidar a Dios en nuestra vida. Nuestro existir está en la manos de Dios; nuestra propia vida es una deuda que tenemos con Dios que la ha puesto en nuestras manos; y es una riqueza que tenemos que saber hacer fructificar en cosas buenas también en beneficio de los demás y siempre para la gloria de Dios. No nos encerremos en una actitud egoísta de pensar sólo en disfrutar de la vida para sí, sino sepamos llenarla de esa riqueza de lo bueno que siempre podemos hacer por los demás.
Y de la misma manera le dice al anciano que no se olvide del Dios que le dio la vida y al que ha de entregarla, ponerla en sus manos, en las manos de Dios, al final de sus días. Pero siempre es como ese talento que Dios ha puesto en nuestras manos y que hemos de hacer fructificar. Ante Dios un día hemos de dar cuentas de esos frutos con que hayamos enriquecido nuestra vida, seamos jóvenes o mayores. Como decíamos cada momento tiene su propia vitalidad.
Como dijimos en el salmo, y ya comentamos hace unos días cuando comenzamos a escuchar al Eclesiastés, ‘Señor, Tú has sido nuestro refugio de generación en generación’. Que el Señor en todo momento de la vida, pero de manera especial en el final de nuestros días, nos dé sensatez para saber valorar nuestra vida con los ojos de Dios, pues aunque en la debilidad de nuestros años nos parezca que nada valemos, siempre somos valiosos a los ojos de Dios.
Que toda nuestra vida sea siempre para la gloria de Dios. Nuestras obras, lo que hacemos o decimos, lo que es toda nuestra vida sea siempre un canto de alabanza al Señor.

viernes, 24 de septiembre de 2010

¿Quién soy yo? una pregunta fundamental

Eclesiastés, 3, 1-11;
Sal. 143;
Lc. 9, 18-22

Hoy como ayer la presencia de Jesús en medio de los hombres es una pregunta ‘¿Quién soy yo?’ Jesús no nos deja indiferentes. Ante El tenemos que tomar partido. Su presencia es un interrogante que sentimos muy fuerte por dentro. Lo han sentido los hombres de todos los tiempos, aunque muchas veces se quiera acallar o nos volvamos contra El.
En los versículos anteriores a lo escuchado hoy en san Lucas – le leíamos ayer – Herodes también se pregunta: ‘¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?’ Es que oía cosas muy diferentes, y quizá porque le atormentaba la conciencia por haber mandado decapitar a Juan, se sentía mucho más confuso ‘y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que eran Juan Bautista que había resucitado, otros que había aparecido Elías, y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas’.
Es la respuesta semejante que dan los discípulos a Jesús cuando les pregunta: ‘¿Quién dice la gente que soy yo?’ La respuesta está calcada en lo dicho anteriormente. Pero Jesús sigue interrogando con mayor profundidad porque no sólo quiere que le digan los discípulos lo que dice la gente, sino lo que piensan ellos mismos que tanto han estado con Jesús.
‘Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Pedro tomó la palabra y dijo: El Mesías de Dios. Y El les prohibió terminantemente decírselo a nadie’. Decir que Jesús era el Mesías podía tener muchas interpretaciones, y más en aquellos momentos pre-mesiánicos que vivía el pueblo que se sentía bajo el yugo opresor del dominio extranjero. Necesitaban un Mesías que los acaudillara para alcanzar la liberación de Israel. Incluso alguno de los discípulos, de los que formaban parte del grupo de los Doce, era del partido de los Zelotas, un movimiento revolucionario en medio de Israel.
Jesús les prohibe pero les explica el verdadero sentido de su mesianismo. ‘El Hijo del hombre…’ comienza a decirles empleando una expresión que ya había utilizado el profeta Daniel. Hablaba el profeta del Hijo del Hombre que vendría entre las nubes del cielo. Esta expresión ahora en labios de Jesús con esa resonancia del profeta viene a explicar la más hondo personalidad de Jesús. El la volverá a emplear más tarde cuando esté ante el Sanedrín y le pregunte el Sumo Sacerdote con toda autoridad si El es el Hijo de Dios. ‘Yo soy, y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo’.
Sí, es el Mesías, es el Hijo de Dios vivo, como responde Pedro. Pero es ‘el Hijo del Hombre, el que va a venir entre las nubes del cielo’, pero el que ‘tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, y ser ejecutado y resucitar al tercer día’.
Cuando lo proclame ante el Sanedrín, los ancianos, los sumos sacerdotes y los letrados lo juzgarán blasfemo y reo de muerte y seré el comienzo del proceso entregándolo a los gentiles para ser ejecutado, pero también para resucitar al tercer día, para que se realice plenamente la Pascua en Jesús, la Pascua de Jesús para nuestra salvación.
Nos preguntamos quién es Jesús, y ante El tenemos que tomar partido. Creemos en El y de El esperamos la salvación. Le damos nuestro sí y queremos para siempre ser sus discípulos. Nos ponemos a su lado y hacemos nuestra su Pascua, porque para siempre ya participaremos de su muerte y resurrección. Tomamos partido por Jesús y ya nuestra vida no puede ser igual. Que cuando venga el Hijo de Hombre con todo poder y gloria nos haga participar ya para siempre de la heredad del Reino que el Padre nos tiene preparado.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos

Eclesiastés, 1, 2-11;
Sal. 89;
Lc. 9, 7-9

En las vueltas y más vueltas que nos hace dar la vida, algunas veces parece que perdemos pie y nos parece andar como sin sentido o sin valor. Como los niños cuando se ponen a jugar dando vueltas y vueltas sobre si, que se marean y se caen, así nos parece andar algunas veces en la vida, como desorientados.
Es la imagen en cierto modo pesimista que nos ofrece el sabio del principio del libro del Eclesiastés que todo le parece vaciedad y un sin sentido. ‘¿Qué saca el hombre de todas las fatigas que lo fatigan bajo el sol?’, se pregunta. Habla del sucederse de las generaciones como de los días con su salida y puesta del sol una y otra vez, del viento que gira y gira y del agua que termina en el mar y que nunca se llena. Todo le parece una repetición y un dar vueltas.
¿Le faltará algo que le de sentido profundo a su existir, a sus luchas y fatigas, al devenir de los días y a todo lo que hace? Son preguntas que se hace como nos hacemos todos cuando nos ponemos a reflexionar sobre la vida y sobre las cosas que hacemos o dejamos de hacer. Pero en nuestra fe tenemos que saber encontrar un sentido y un valor.
Estamos hablando de un sabio del Antiguo Testamento que además ofrece sus preguntas y reflexiones en momentos que no fueron muy fáciles entonces para los creyentes y que además se veían influenciados por muchas filosofías y maneras de pensar.
Cuando la liturgia hoy nos ha ofrecido este texto nos pone a continuación un salmo que comienza a dar respuestas. Por supuesto, nuestra respuesta la tendremos en Jesús que es el verdadero camino de la vida del hombre, es la única Verdad que dará sentido a la vida, y es la Vida que nos llenará de plenitud.
En el salmo hemos repetido, como una respuesta a todos esos interrogantes. ‘Señor, tu has sido nuestro refugio de generación en generación’. Nuestro refugio porque es la respuesta que buscamos y en Dios encontramos, porque es nuestra fortaleza en nuestras luchas y en nuestro caminar, porque es la luz que ilumina nuestra vida y nos dará valor a lo que hacemos aunque nos pueda parecer insignificante.
‘Enséñanos a calcular nuestros años…’ le pedimos en el salmo ‘para que adquiramos un corazón sensato… sácianos de tu misericordia y toda nuestra vida será alegría y júbilo…’ Con la misericordia del Señor nos llenamos de paz y de esperanza; serán muchas nuestras limitaciones y sufrimientos, pero contando con Dios no nos faltará la paz.
Algunas veces nos puede parecer duro el camino y nos puede parecer que somos inútiles y nada sabemos o podemos hacer, pero el Señor es el que da valor a nuestra vida, a nuestras obras, a lo que somos y a lo que hacemos. El valor no se lo damos nosotros; el valor lo recibimos de la gracia del Señor. ‘Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos’.
Que no perdamos nunca esa confianza, ese seguridad, esa certeza que nos da la presencia del Señor. Que nos llenemos de esperanza y que en la gracia de Dios sepamos dar ese hondo sentido y valor a lo que somos y a lo que hacemos, aunque nos pueda parecer bien poco. Nos gustaría hacer más o ser fecundo en otras cosas, pero quizá sea eso lo que el Señor quiera de nosotros.
Con la gracia del Señor podemos ser ese grano de trigo que se entierra y permanece oculto, pero que va a fecundar y a generar vida nueva con nuevos frutos en nosotros o en los demás cuando sabemos ofrecerle al Señor ese silencio o ese ocultamiento de nuestra vida.

martes, 21 de septiembre de 2010

Andar conforme a la vocación a la que hemos sido convocados


Ef. 4, 1-7.11-13;
Sal. 18;
Mt. 9, 9-13

‘Vió Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: Sígueme. El se levantó y lo siguió’. Así nos relata el propio Mateo en su evangelio su vocación. Así, sencillamente, con disponibilidad total, a la voz del Maestro se dispuso a seguirle. Más tarde lo elegiría Jesús para formar parte del grupo de los Doce, de los Apóstoles.
Jesús que le llama a seguirle. Seguirle para ser su discípulo. Para estar con El y escucharle. Para estar con El y seguirle. Estar con El y participar de la misión de su Reino. Pero un buen testimonio de disponibilidad. ‘Se levantó y lo siguió’. Lo dejó todo, como otros un día dejaran las barcas y las redes.
La vida del cristiano es vocación. Porque la vida del cristiano es respuesta también a una llamada. Decimos que nosotros queremos seguir a Jesús y queremos ser cristianos. Pero si ha llegado a haber ese deseo en nuestro corazón, tenemos que pensar que antes el Señor se ha fijado en nosotros y nos ha llamado, nos ha traído a la vida de la fe. Es gracia. Es regalo del Señor que nos ama y nos llama.
San Pablo, en el texto de la carta a los Efesios que hemos escuchado nos invita y nos ruega que ‘andemos como pide la vocación a la que habéis sido convocados’. Es el Señor el que nos ha convocado, nos ha llamado, nos invita a seguirle como a Mateo, como a los otros discípulos. ‘Una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados’, vuelve a decirnos el Apóstol.
¿A quÉ nos llama? A una vida santa, ‘a la edificación del Cuerpo de Cristo’, nos va explicando el Apóstol. Cuando seguimos a Jesús entramos en una dinámica de santidad. Siguiendo a Jesús tenemos que ser santos, en nosotros ha de brillar el amor, la gracia, la humildad, la comprensión, el sentirnos hermanos. ‘A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo’. La gracia que nos hace santos, que nos llama a la santidad, que nos hace entrar en la dinámica de la santidad, como decíamos.
Es más los que nos sentimos llamados por el Señor entramos en una dinámica comunitaria porque entramos a formar parte de la comunidad de los que creemos en Jesús, entramos a formar parte de la Iglesia. Hemos sido bautizados y entramos a formar parte de la familia de los hijos de Dios. Es tal la comunión que tiene que haber entre nosotros y con Cristo que formamos un solo cuerpo con El. Somos el Cuerpo de Cristo. Edificamos el Cuerpo de Cristo. Somos Iglesia.
Esto es algo esencial a nuestra fe cristiana, a nuestra pertenencia a Cristo. Nos ha hablado el Apóstol de que nos esforcemos ‘en mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz… un solo cuerpo y un solo Espíritu’.
Pero es aquí donde el apóstol nos habla de otras vocaciones para el servicio de la Iglesia. ‘Cristo ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelistas, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los fieles, en función de su ministerio, y para la edificación del Cuerpo de Cristo…’ Esos distintos ministerios, llamadas y vocación también, para el servicio de la comunidad, para ayudar a los fieles a vivir esa santidad a la que todos nos sentimos llamados y que quienes han recibido esa misión especial del Señor tienen que ayudar a los fieles a esa santificación.
Un camino, como terminará diciéndonos Pablo, que nos lleva a la plenitud de la santidad, a la plenitud de nuestra unión con Cristo, a un imitar e identificarnos con Cristo, como nos dice, ‘al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud’.
Que san Mateo que con tan generosa disponibilidad siguió al Señor y tanto lo conoció que nos dejó su Evangelio, nos alcance esa gracia del Señor para que así avancemos en ese camino de santidad que no es otra cosa que responder a la vocación a la que hemos sido convocados.

lunes, 20 de septiembre de 2010

La luz no es para tenerla escondida sino para iluminar


Prov. 3, 27-35;
Sal. 14;
Lc. 8, 16-18

¿De qué nos vale tener la luz si la tenemos escondida? La luz no es para encerrarla ni para ocultarla. La luz es para iluminar. Y la luz ha de colocarse en el sitio apropiado para que sus rayos iluminen.
Nosotros tenemos una luz. ¿Nos dará vergüenza enseñarla? Nosotros tenemos una luz. Una luz que es muy importante. No es nuestra pero no sólo ha iluminado nuestra vida sino que tenemos la obligación de iluminar con ella a los demás. Creo que todos los entendemos, aunque quizá algunas veces no sabemos que hacer con esa luz. Todos los sabemos, sin embargo no somos valientes para iluminar a los demás, para iluminar a nuestro mundo. Y así nos va. Dejamos que las tinieblas inunden nuestro mundo y al final, aunque parezca un contrasentido, volvemos esa luz opaca o nos llenamos incluso nosotros de tinieblas.
Hoy nos ha dicho Jesús: ‘Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija, o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que todos tengan luz’. No la podemos ocultar. Sería un contrasentido. Entendemos a la luz que se está refiriendo Jesús. Bueno, es el mismo Jesús y la fe que tenemos en El.
Ya nos dijo El que era la luz del mundo. ‘Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas’. Pero nos dijo también que nosotros somos la luz del mundo. ‘Vosotros sois la luz del mundo, la sal de la tierra’. Y de la misma manera que la sal insípida no sirve para nada sino para tirarla y que la pise la gente, la luz que se oculta tampoco nos sirve.
Claro que no es nuestra luz, sino la luz de Jesús. Esa luz con que nos ha iluminado cuando hemos creído en El. Porque es su Luz la que tenemos que tomar y con la que tenemos que iluminar. Aunque cueste. Aunque las tinieblas no quieran recibir esa luz. ‘Nada hay oculto que no llegue a descubrirse…’, nos dice hoy. Eso que conocemos de Jesús, eso que se ha convertido en nuestra vida cuando hemos comenzado a creer en El, tenemos que proclamarlo, decirlo, anunciarlo. Con nuestras palabras, con nuestra vida.
Es nuestra vida la que tiene que iluminar. ¿Cómo? Si queremos de una forma muy sencilla, pero que se ha de convertir en una forma muy intensa. Hoy en la primera lectura hemos escuchado un texto de los Proverbios, un libro sapiencial del Antiguo Testamento. Ahí de forma sencilla se nos está diciendo cómo podemos dar algunos destellos de luz.
Recordamos. ‘No niegues un favor a quien lo necesita…. No trames daños contra tu prójimo… no pleitees con nadie… no envidies… que el Señor bendice la morada del justo… otorga honores a los sabios…’ Tenemos la sabiduría de la luz de Cristo. Hagamos esas cosas sencillas y estaremos dando destellos de luz.
También el salmo nos sugiera cosas. ‘Procede honradamente… practica la justicia… sé siempre leal en tus intenciones… no hagas mal al tu prójimo… no seas usurero en lo que trates de ayudar a los demás… honra a los que temen al Señor…’ Pequeños o grandes destellos de luz que tenemos oportunidad de dar cada día. Así de una forma sencilla, pero que pueden convertirse en fuertes fogonazos que señalen caminos.
No lo olvidemos, la luz no la podemos ocultar. Y esa luz está en nosotros. recordemos una vez más que en nuestro bautismo se nos dio una lámpara encendida en el Cirio Pascual. Es la luz de Jesús que tenemos que llevar a los demás con las obras de nuestra vida.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Los pobres sean nuestros valedores para abrirnos las puertas de las moradas eternas


Amós, 8, 4-7;
Sal. 112;
1Tim. 2, 1-8;
Lc. 16, 1-13

Quizá podríamos comenzar preguntándonos si ponemos en las cosas de Dios el mismo interés, la misma intensidad que ponemos en los negocios humanos. Cuando en la vida nos vemos apretados por problemas o dificultades buscamos una salida, una solución sea como sea. Pero la pregunta está en si buscamos lo que de verdad vale en la vida, lo que nos da auténtica ganancia, lo que tiene trascendencia eterna, si buscamos de verdad a Dios, su Reino y su justicia.
Jesús nos propone una parábola que podría dejarnos desconcertados si no sabemos leer cuál es su verdadero mensaje. Un administrador injusto al que le pide el amo que le rinda cuentas y como sabe que las cosas no marchan bien se vale en su astucia de mil corruptelas para tener un refugio cuando caiga en desgracia. No alaba Jesús las corruptelas de este hombre, alaba su astucia y nos plantea si nosotros en verdad ponemos todo el empeño en encontrar la salvación. ‘El amo felicitó al administrador injusto por la astucia con que había procedido’. Y comenta Jesús a continuación que es donde tenemos que encontrar el mensaje. ‘Ciertamente los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz’.
Vivimos inmersos en este mundo, con sus luchas y con sus trabajos, con las responsabilidades de cada día y los afanes por la ganancia de nuestro sustento y por conseguir una vida digna. No nos saca Jesús de este mundo y de esta realidad. Es más nos pide absoluta responsabilidad en esa tarea de la que no podemos desentendernos. Fidelidad en el trabajo y en las responsabilidades hasta en las cosas más pequeñas.
Tenemos una responsabilidad con la familia, con nosotros mismos y también con la sociedad en la que vivimos de la que no podemos ser ajenos, ni desentendernos. Y en todos esos campos tenemos que saber actuar porque sentimos esa responsabilidad también de cómo marcha la vida de nuestra sociedad y hemos de poner nuestro trabajo, nuestras ideas, nuestra participación en el desarrollo y de la mejor manera posible de esa sociedad.
Los problemas que vivimos ahora, por ejemplo, con la crisis en todos los ámbitos de nuestra sociedad, económica, política, social, no nos son ajenos. Y ahí tenemos que demostrar nuestra sensibilidad, nuestra responsabilidad, la fidelidad también a esa sociedad en la que vivimos. Yo como cristiano tengo mi visión y mi manera de hacer que aportar. Yo desde mi fe me siento responsable de la marcha de esa sociedad y no puedo dejar que otros la construyan sólo desde sus ideas o su manera de ver las cosas. Yo como cristiano tengo también una visión de la persona y de cómo se ha de construir nuestra sociedad. Tendríamos que responsablemente estudiar más y mejor el magisterio de la Iglesia en estos aspectos.
Jesús nos habla de fidelidad hasta en las cosas pequeñas. ‘El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado. Si no fuisteis de fiar en el injusto dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras?’
Además, tendríamos que decir, que en el cumplimiento de esas tareas y responsabilidades, en nuestros negocios o en nuestros trabajos sean los que sean, lo importante no es sólo el conseguir unas ganancias terrenas o, diríamos, económicas. Hay algo más que hace la vida de la persona mejor; algo más del dinero para conseguir una felicidad en nuestras relaciones. Porque la relación entre las personas es algo más que una relación comercial, hay algo más hondo en la persona que nos hace crecer de verdad y ser más felices. No es sólo lo material, el tener, lo externo lo que nos hace más personas. Son necesarios a tener en cuenta unos valores que nos ayuden a una mejor convivencia, a una mejor relación entre unos y otros, a hacernos más felices todos.
Por supuesto, lejos de nosotros todo lo que sea un actuar injusto. Lejos de nosotros todo lo que signifique avaricia y todas esas ambiciones desmedidas por el tener, por la riqueza, por sólo el disfrute de las cosas de este mundo, que nos pueden conducir por caminos de maldad y de injusticia. Ya veíamos como el Señor con la voz del profeta condenaba en su tiempo la maldad, la avaricia y la injusticia: ‘…vosotros los que exprimís al pobre, despojáis a los miserables… compráis por dinero al pobre… por la gloria del Señor no olvidaré jamás vuestras malas acciones…’ que les decía el profeta y que tenemos que seguir escuchando nosotros hoy porque también es la tentación que vivimos en nuestro mundo tan materializado.
Además como cristianos, como creyentes en Jesús le damos también una trascendencia a la vida, no pensamos sólo en el momento presente. Por eso nos decía Jesús ‘ganaos amigos con el dinero injusto… para que os reciban en las moradas eternas’. ¿Qué nos querrá decir Jesús? Esa fidelidad que aquí vivimos, esa responsabilidad con la que actuamos en la vida, eso bueno que vamos haciendo para mejorar nuestras relaciones y nuestra convivencia y mejorar también la vida de nuestra sociedad tiene una trascendencia para nosotros. Es la manera también de ir construyendo ese Reino de Dios al que nos sentimos llamados y que en Dios, en el cielo, en la vida eterna podremos vivir en plenitud.
Pero esta frase de Jesús me provoca otro pensamiento. ‘Ganaos amigos con el dinero injusto…’ nos decía. Cuando no pensamos sólo en nosotros mismos, cuando somos capaces de compartir, cuando sabemos ser misericordiosos con el que sufre a nuestro lado, cuando ayudamos a un pobre en su necesidad compartiendo lo que somos y tenemos, estamos ganándonos esos amigos que ‘nos reciban en las moradas eternas’. Los pobres a los que hayamos ayudado serán los que nos abran las puertas de las moradas eternas. Serán nuestros valedores ante Dios cuando nos presentemos a El, porque Jesús mismo nos dirá entonces que lo que le hayamos hecho a ese hermano a El se lo estábamos haciendo.
Seamos en verdad esos hijos de la luz que llenando de luz nuestro mundo con nuestra fidelidad y responsabilidad podamos alcanzar al que es la verdadera Luz, Cristo Jesús, porque realmente con eso bueno que vamos haciendo lo que estamos haciendo son destellos de esa luz de Cristo para iluminar nuestro mundo. Que seamos en verdad astutos, que sepamos ganarnos esas ganancias eternas, que busquemos en verdad lo que es importante, que seamos capaces de poner todo nuestro empeño y esfuerzo, como lo hacemos en los negocios de este mundo, también en las cosas de Dios, en lo que atañe a nuestra fe y a nuestra vida cristiana.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Dichosos los que escuchan la Palabra y dan fruto perseverando

1Cor. 15, 35-37.42-49;
Sal. 55;
Lc. 8, 4-15

‘Dichosos los que con un corazón noble y generoso escuchan la Palabra, la guardan y dan fruto perseverando’. Ojalá nosotros tengamos esa dicha, merezcamos esa bienaventuranza del Señor porque así demos fruto de la Palabra plantada en nuestra vida, y nuestro fruto sea abundante.
La Palabra hoy proclamada con esta hermosa parábola que nos propone Jesús hace constatación de una realidad, pero al mismo tiempo es como un revulsivo a nuestro corazón para que aprendamos a acogerla y plantarla de verdad en nuestra vida. Una realidad porque no toda la semilla plantada da el mismo fruto. Pero es como un aguijonazo a nuestra vida para despertarnos y demos la mejor respuesta.
‘Mucha gente seguía a Jesús y, al pasar por los pueblos, otros se iban añadiendo’, dice el evangelista. Y esto motivará a Jesús para esta parábola. ¿Eran todos ya discípulos? Eran muchos los que iban tras Jesús, escuchaban sus palabras, pedían o eran testigos de sus milagros, pero al final no eran todos discípulos de la misma manera. Para muchos aquello sería algo ocasional y luego volverían a sus vidas, sus trabajos, sus familias y todo quedaba en el recuerdo o quizá se olvidaba.
Por eso la parábola de Jesús. No es necesario que la repitamos porque todos la conocemos bien, aunque no estaría mal que la supiéramos escuchar una y otra vez en lo hondo del corazón. Siempre descubriremos una luz nueva; siempre el Señor tiene un mensaje para nosotros; siempre el Señor tiene algo que decirnos si abrimos los oídos del corazón.
Sigue sucediendo. Cuántos acuden a nuestras iglesias ocasionalmente por un motivo u otro. Cuántos escuchan la Palabra proclamada y predicada. Cuántos con ocasión de una fiesta, de una tradición o por unas devociones de religiosidad básica y popular tienen oportunidad de escuchar la Palabra de Señor. Pero la respuesta no es en todos la misma. Las preocupaciones, los trabajos, los agobios de la vida, las costumbres enraizadas y no siempre debidamente purificadas harán que la vida siga sus cauces y aquella Palabra quede como escondida allá en el interior de la persona o quizá pronto se olvide. Ojalá algún día retoñe en nuestro corazón y puede reverdecer como una planta llena de vida.
Por eso decía es una realidad de lo que es la vida, de lo que nos sucede, pero para nosotros es, tiene que ser ese revulsivo, ese aguijonazo que nos despierte y nos interrogue por dentro. ¿No sentiremos deseos de esos dichosos que escuchan la Palabra, la guardan y dan fruto perseverante?
Eso de la perseverancia es muchas veces una cuestión pendiente en nuestra vida. Cuántas cosas nos proponemos, cuántos buenos propósitos nos hacemos, pero qué pronto los olvidamos. Esa tierra dura de nuestro corazón, esos apegos o esos afanes que nos roban toda nuestra vida, esas rutinas que nos insensibilizan, esas cosas que nos distraen de lo principal y nos hacen ir como dispersos por la vida sin centrarnos en nada. Son tantas las tentaciones del enemigo malo que quiere arrancarnos esa buena semilla de la Palabra de Dios en nuestro corazón, a las que estamos sometidos.
Que el Espíritu del Señor venga sobre nosotros y nos abra el entendimiento y el corazón; que el Espíritu del Señor nos ilumine con su luz; que el Espíritu nos dé su fortaleza para la perseverancia que nos lleve a dar buenos frutos; que el Espíritu del Señor nos riegue con su gracia.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Al despertar me saciaré de tu semblante

1Cor. 15, 12-20;
Sal. 16;
Lc. 8, 1-3

‘Al despertar me saciaré de tu semblante’, hemos dicho en el salmo responsorial. Hermosa expresión de esperanza en la vida eterna y en la resurrección. Si la muerte es como un sueño, al despertar de ese sueño nos vamos a encontrar con la vida verdadera, nos vamos a encontrar con Dios, vamos a saciarnos de esa visión de Dios.
Como nos dice san Juan en sus cartas ‘ahora ya somos hijos de Dios pero no se manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es’. Es hermoso. Es reconfortante. Nos llena de esperanza. Vamos por esa vida luchando por superarnos y mantenernos fieles. Clamamos al Señor para sentir su ayuda y su fuerza. ‘Escucha mi apelación… presta oído a mi súplica… muestra las maravillas de tu misericordia…’ como hemos ido diciendo en el salmo. Pero todo eso lo vivimos en la esperanza de un día poder contemplar, saciarnos del semblante de Dios.
Todo nos habla de resurrección y de vida. Un aspecto importante en el camino de nuestra fe. Forma parte del centro, del meollo de nuestro ser cristiano, como el centro del evangelio es Jesús muerto y resucitado. Como escuchábamos ayer a san Pablo. ‘Este ha sido el evangelio que os trasmití…’ Como le hemos escuchado en otros momentos ‘éste ha sido mi Evangelio por el que sufro hasta llevar cadenas…’ Como nos decía ‘Cristo murió por nuestros pecados… fue sepultado y resucitó al tercer día, según las escrituras’.
Hoy nos viene a decir que ‘si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y lo mismo nuestra fe’. No era fácil esta afirmación de la resurrección en el mundo pagano donde Pablo anunciaba el evangelio. Todavía en el mundo judío que habían escuchado a los profetas Ezequiel, Daniel o el libro de los Macabeos era una afirmación aceptada, aunque bien sabemos que los saduceos negaban la resurrección. En el mundo pagano con sus filosofías era también difícil.
Recordamos el fracaso de Pablo cuando en Atenas, centro del mundo del saber antiguo, quiere anunciar la Resurrección de Jesús, y aquella gente le dice que de eso le escucharán otro día. Pablo se marchó de Atenas y se vino precisamente a Corinto, a quienes dirige ahora esta carta que estamos leyendo. Ahora Pablo quiere reafirmar su fe en la resurrección ‘porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís en vuestros pecados…’ Por eso afirma categóricamente ‘Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos’.
Cristo es el primogénito de entre los muertos y en Cristo todos resucitaremos. Todos estamos llamados a la vida. Por eso lo que afirmábamos en el salmo. ‘Al despertar me saciaré de tu semblante’. Una fe y una esperanza. Un sentido de nuestro vivir y una salvación que vivimos desde lo más hondo de nosotros mismos.
Es nuestra fe. Y cuidado con la confusión de términos, porque nosotros hablamos de resurrección, no de reencarnación como ahora escuchamos con demasiada frecuencia. La reencarnación no forma parte de nuestra fe cristiana y no hemos de dejar que nos confundan. Nuestra vida es única, y al final de nuestra vida terrena, tenemos la esperanza de la vida eterna y de la resurrección; una resurrección que nos lleva a la vida eterna en Dios y con Dios, contemplando el semblante, el rostro de Dios. Como recordábamos que nos decía Juan ‘entonces le veremos tal cual es’. Merece la pena las luchas y trabajos en nuestro camino de fidelidad por alcanzar esa felicidad de gozarnos del semblante de Dios, de gozar en Dios por siempre en el cielo.

jueves, 16 de septiembre de 2010

En tu nombre, Señor…


En tu nombre, Señor…

En tu nombre, Señor, nos reunimos;
en tu nombre queremos reiniciar nuestro camino
en el comienzo de este curso;
en tu nombre, Señor,
queremos ser en verdad fraternidad,
queremos hacer fraternidad.

En tu nombre queremos caminar
porque no somos un grupo cualquiera,
somos los discípulos que te seguimos,
queremos ser tus amigos,
queremos sentirte siempre a nuestro lado,
queremos caminar contigo.

No somos simplemente un grupo de amigos
que quieren estar reunidos,
de forma altruista o quieren hacer cosas buenas;
nosotros creemos en Ti
y por tu nombre y en tu nombre
queremos ir a los demás
con la luz y la fuerza del Evangelio;
somos parte de tu Iglesia,
unos militantes cristianos,
iglesia que camina y peregrina,
con nuestras dificultades y limitaciones;
pero recordamos como acogías en el evangelio
a todos los se sentían cansados y agobiados,
atormentados y con muchas limitaciones;
venimos hasta ti con lo que es nuestra vida,
nuestras limitaciones humanas
y nuestras discapacidades físicas,
pero sabemos que tú nos tiendes la mano
para levantarnos,
para ponernos en camino,
para sentir en ti la fuente
de nuestra salud y de nuestra salvación,
para descubrir la fuerza que nos das
para que vayamos también a los demás,
en tu nombre y anunciando el evangelio;
la fe que tenemos en ti es nuestra fuerza.

Somos pocos y con muchas limitaciones,
pero doce eran tus primeros discípulos
que también se sentían llenos de trabas y dificultades,
pero la fuerza de tu Espíritu
los hizo valientes para anunciar
el Evangelio de tu Reino por todo el mundo;
nos sentimos enviados por ti
en este curso que comienza
sabiendo que la tarea es mucha,
pero contando siempre con la fuerza de tu Espíritu;
por eso no queremos sentirnos agobiados
sino que la paz nunca falte en nuestro corazón,
para tener la serenidad de encontrar el camino,
y poder ir al encuentro de los otros.

Camina a nuestro lado, Señor,
que tu Espíritu nos ilumine y nos dé fuerza,
porque el mundo espera tu Buena Noticia
y nosotros tenemos que ser
anunciadores de tu Evangelio.

Danos tu fuerza, Señor.

La fe y el amor nos traen la salvación

1Cor. 15, 1-11;
Sal. 117;
Lc. 7, 36-50

Lo normal es que quienes se sienten alrededor de una misma mesa para compartir una comida es que entre ellos haya buena comunicación y sinceridad y por parte de quien invita se manifiesten las señales propias del aprecio y los deseos de amistad porque importante es el encuentro y lo que allí se pueda compartir.
A Jesús le había invitado a comer un fariseo y ‘entrando en casa del fariseo se recostó a la mesa’. Pronto se manifiesta el recelo y la desconfianza, - ¿la falta de un amor verdadero? - porque, al introducirse aquella mujer que llega hasta los pies de Jesús, el propio fariseo que había invitado a Jesús allá está a la expectativa de lo que Jesús pudiera hacer porque aquella mujer era una mujer de la ciudad, una pecadora. Lo mismo el resto de comensales que entre sí ya comienzan a murmurar por lo bajo ante lo que Jesús dice y hace.
Pero allí está Jesús el que quiere acoger a todos y a todos quiere llamar e invitar a una vida nueva. La situación de aquella mujer que llora sus pecados a los pies de Jesús y ya hemos visto como lo hace hasta derramando caro perfume para ungir los pies de Jesús será la ocasión para que Jesús nos deje su mensaje pero además para que nos manifieste cuál es en verdad la salvación que quiere ofrecernos. Quiere suscitar Jesús en el corazón de aquellos hombres el amor que les faltaba para que pudieran creer totalmente en El y para ellos sea también la salvación.
Aquella mujer, es cierto, es una pecadora, muchos son sus pecados, pero ahora es mucho el amor que manifiesta. Había escuchado el mensaje de Jesús, habría contemplado los signos que realizaba, vislumbraba la salvación que Jesús ofrecía cuando había anunciado que venía a proclamar un año de gracia, el perdón para los pecadores. Con humildad y con amor se acerca a Jesús. La fe y el amor que le llevan hasta Jesús será su camino de salvación. ‘Tus pecados están perdonados… sus muchos pecados están perdonados porque tiene mucho amor… tu fe te ha salvado, vete en paz’, termina diciéndole Jesús.
Nos está diciendo Jesús lo que necesitamos para ir a El por muy pecadores que seamos. Creer en Jesús. No hay otro nombre que pueda salvarnos, diría más tarde san Pedro cuando le interroguen por los milagros que hace. En el nombre de Jesús. Por la fe que tengamos en Jesús. ‘Tu fe te ha salvado’, que le dice Jesús a la mujer pecadora, como lo escucharemos más veces en el evangelio cuando acuden enfermos y pecadores, todos con sus males, hasta Jesús.
Pablo nos ha recordado hoy el evangelio en que tenemos que creer, ‘en el que estamos fundados y que nos está salvando’. Como nos dice ‘lo primero que yo os trasmití.., fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los doce…’ Y nos recuerda Pablo las manifestaciones de Cristo resucitado a los discípulos y como dice ‘por último, como a un aborto, se me apareció también a mí’. Es la fe de nuestra salvación.
Creer en Jesús y amar. Amarle. Ofrecerle mucho amor. ‘Porque ha amado mucho’. ¡Cómo lo estaba manifestando ahora con sus lágrimas de arrepentimiento, con sus besos a los pies de Jesús, con la unción con aquel perfume! Es el amor que perfuma nuestra vida. Es el amor que nos unge para hacernos nuevos. Es el amor también con que respondemos a tanto amor como sabemos que el Señor nos ofrece. Cuánto es su amor y cuánto nos ha perdonado tantas veces en la vida. Somos deudores del amor del Señor. ‘Vete en paz… no peques más…’ De Cristo siempre saldremos llenos de paz. Con una vida nueva. Con la gracia de Dios que nos desborda. Que sintamos siempre esa paz.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Maria al pie de la cruz nos enseña a hacer una ofrenda olorosa de amor


Hebreos, 5, 7-9;
Sal. 30;
Jn. 19, 25-27


Nuestra mirada se elevaba ayer hasta la Cruz donde contemplábamos a Cristo crucificado para aprender la más hermosa lección del amor y de la solidaridad. Seguimos a la sombra de la Cruz pero hoy nuestra mirada se dirige a María, la Madre de Jesús que ya desde hoy – decimos hoy como si nos sintiéramos en aquella tarde del primer viernes santo en la colina del Calvario – desde hoy, digo, es también nuestra Madre. ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’, le dijo Jesús. ‘Ahí tienes a tu madre’, le dijo al discípulo amado, nos dice a nosotros también como un testamento que nos confía en la hora de su muerte.
La contemplamos al pie de la Cruz; pero la contemplamos de pie junto a la Cruz con la firmeza de una madre que se manifiesta siempre grande en el momento del dolor - ¿de dónde sacarán esas fuerzas todas las madres? -; la contemplamos con la firmeza de la fe y de la esperanza, pero con la firmeza también de quien se siente asociada a la pasión de su hijo – las pasiones y dolores de los hijos son siempre las pasiones y dolores de las madres -, comprendiendo como nadie podía comprender el sentido de aquella muerte, la Pascua plena y definitiva que allí se estaba realizando; con la firmeza, sí, de la que, sintiéndose asociada con su dolor a la pasión de Jesús, con El estaba haciendo con su dolor de madre la más hermosa ofrenda de amor.
Es la gran lección – y seguimos con lecciones al pie de la Cruz – que hoy podemos nosotros aprender. La lección que nos enseña a hacer ofrenda de amor para darle la mayor hondura y plenitud a todo lo que es nuestra vida también con nuestros dolores y sufrimientos.
San Pablo llegará a decir que completa en su carne lo que falta a la pasión de Cristo – hoy lo vamos a recordar en la oración final después de la comunión – queriendo expresar así cómo con su vida, también con su dolor y sufrimiento, se unía a la pasión de Cristo. ¿No tenemos también nosotros en nuestra vida dolores, sufrimientos, debilidades, achaques, contratiempos con los que unirnos también a la pasión de Jesús en ofrenda de amor?
Es lo que está haciendo María. Es la firmeza del amor que contemplamos en su dolor. Nosotros en nuestra devoción y amor de hijos la llamamos Virgen de los Dolores, como hoy hacemos y celebramos, Madre de las Angustias o de la Amargura, porque pensamos en su dolor, en las angustias y sufrimientos que como Madre estaba padeciendo al pie de la Cruz de Jesús, tendríamos que llamarla siempre cuando la contemplamos junto a la pasión y muerte de su Hijo en la Cruz, Madre de la Esperanza y del Amor. En esa sabiduría popular, muchas veces con el sentido de la fe muy metido en las entrañas, en algunos lugares a la Virgen de los Dolores así la llaman Madre de la Esperanza. Porque es realmente así como la contemplamos; como ya antes decíamos, sabía ella y comprendía la Pascua que en Jesús se estaba realizando y que aquella muerte atroz en la Cruz no podía acabar sino en la resurrección. Era la firmeza de la esperanza con la que estaba al pie de la Cruz de Jesús.
Ayer contemplábamos cómo Cristo en la Cruz asumió todo nuestro dolor y sufrimiento. Era la lección de la solidaridad. Hoy mirando a María, que no hace otra cosa que seguir el mismo camino de Jesús, nos está, pues, enseñando a hacer esa ofrenda de amor desde todo lo que es nuestra vida. Cuando a nuestro dolor y sufrimiento le damos un sentido y un valor, porque lo miramos a través de la Cruz de Cristo y de su resurrección, cuando sabemos hacer ofrenda de nuestro dolor poniéndonos al lado de la Cruz de Cristo, completando en nuestra carne la pasión de Cristo, y aprendiendo a hacerlo de María, podíamos decir que se convierte en una hermosa flor que inundará nuestra vida y la de los que nos rodean del perfume del amor. Es como el incienso perfumado que sube a lo alto de los cielos, recogiendo también otra imagen.
Es la flor de nuestra vida que queremos poner ante el Altar del cielo. Es como una hermosa y olorosa rosa, que, aunque nos sintamos atravesador por sus espinas - regada nuestra vida con la sangre de nuestro dolor -, sin embargo podrá exhalar el más exquisito perfume, que es el perfume del amor. Es el perfume que brota hoy del corazón de María. Que aprendamos nosotros también a exhalar ese perfume del amor.

martes, 14 de septiembre de 2010

Vamos a aprender la hermosa lección de la Cruz


Núm. 21, 4-9;
Sal. 77;
Jn. 3, 13-17

‘Nosotros hemos de gloriarnos en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo: en El está nuestra salvación, vida y resurrección; El nos ha salvado y liberado’. Así ha comenzado la liturgia de este día de la Exaltación de la Santa Cruz que celebramos en este día.
A algunos les puede parecer incomprensible que la cruz sea una gloria y en ella podamos gozarnos y hacer celebración. ¿Cómo nos acercamos a la Cruz? Muchos lo hacen con temor; a nadie le gusta el dolor y el sufrimiento, nadie quiere la muerte, nadie quiere la humillación de una condena, de un suplicio, ni ser despreciado o tenido por un malhechor. Pudiera ser la primera imagen que aparece ante nuestros ojos y nuestra mente cuando contemplamos una cruz. La cruz se rehuye, del dolor y el sufrimiento no se quiere ni hablar, hay cosas que nos parece que pudieran hacernos daño por dentro.
Pero ¿es así cómo nosotros miramos la Cruz? Cuando nosotros miramos la Cruz estamos viendo a Jesús crucificado en ella. Para nosotros puede ser entonces una hermosa lección. Mirando a Cristo clavado en la cruz no vemos una derrota sino una victoria; no vemos amargura sino consuelo, paz, amor y alegría; no es desesperación sino esperanza; no es signo de muerte sino señal y germen de vida.
Vamos a intentar aprender la lección de la cruz. Vamos a intentar quedarnos a su sombra beneficiosa y meditar la gran lección que Jesús nos ofrece desde esa cátedra de la cruz. Aprendemos la lección del amor y de la solidaridad.
Comenzaremos cayendo en la cuenta que es la prueba del amor más grande, la seguridad y la certeza del amor que Dios nos tiene. Lo hemos recordado tantas veces: ‘tanto amó Dios al mundo que nos envió a su hijo’, nos entregó a su Hijo como la prueba suprema de ese amor. Porque ‘no hay amor más grande que el de quien da la vida por el amado’. Y es lo que hizo Jesús. Es lo que contemplamos en la cruz.
Allí fue levantado en la alto, como un día Moisés levantara la serpiente en el desierto, pero Cristo levantado en lo alto se convierte en nuestro rescate, en nuestro redentor. Cristo levantado en la alto de la cruz es el precio de nuestra liberación. Allí derramó su sangre, allí dio su vida, porque nos amaba, porque así no manifestaba el amor del Padre. Allí recibimos su perdón.
Aprendemos lo que es el gozo del amor más entregado; aprendemos a amar con un amor que no tiene medida sino que se da y se desgasta totalmente, se consume, por el ser amado. Aprenden los esposos lo que es un amor verdadero más allá de la pasión; aprenden los amigos lo que en verdad vale la amistad sincera y pura; aprendemos todos lo que es sentirnos queridos y por eso ofrecemos a todos un amor como el de Jesús para que todos igualmente se sientan amados.
Aprendemos lo que es la solidaridad verdadera cuando le vemos a El haciéndose solidario con nosotros, porque se hace semejante a nosotros, haciéndose como uno de nosotros, cargando también con todas nuestras debilidades y miserias, cargando también con nuestros pecados quien no tenía pecado. En la cruz toma nuestro dolor, nuestro sufrimiento, nuestros problemas, todo lo que es nuestra vida, cargando también con la fealdad de nuestro pecado para liberarnos y hacernos nuevos.
Aprenderemos entonces nosotros a hacernos solidarios con los demás, con los dolores y sufrimientos, con las preocupaciones y la vida de los que están a nuestro lado, sintiéndolas también como nuestras; aprenderemos a pensar menos en mis cosas y más en las cosas de los demás; aprenderemos, entonces, a ser más cercanos y más comprensivos más humanos y más hermanos. Porque hemos sido nosotros comprendidos y perdonados, también nosotros aprenderemos a comprender al hermano y a perdonar.
Seguimos aprendiendo cosas al pie de la cruz. La lección es inacabable como inacabable es su amor. Por eso aprenderemos a poner esperanza en nuestra vida, pero también a trasmitir a los demás esa esperanza de que es posible un mundo nuevo y mejor, de que no todo es negrura y oscuridad, sino que siempre podemos encontrar rayos de luz que iluminen nuestra vida por mucha negatividad que podamos ver alrededor. Siempre hay rayos de luz, porque siempre podemos vislumbrar destellos de amor y de muchas cosas buenas en las personas. Y aprenderemos a creer en las personas, a confiar y a esperar siempre algo bueno.
Estaremos aprendiendo que el Reino de Dios es posible, que el Reino de Dios ya está en medio de nosotros, que con ese Reino de Dios tenemos que sentirnos seriamente comprometidos. Y llenaremos nuestra vida de nuevas actitudes y con nuevos valores le vamos dando sentido a nuestra vida; y con gestos sencillos y humildes iremos poniendo cada día un poquito de amor con el que dulcifiquemos nuestras relaciones y la vida de los demás.
Claro que sí, ‘nos gloriamos’, nos gozamos, hacemos fiesta y celebramos ‘la Cruz de nuestro Señor Jesucristo; en El está nuestra salvación, vida y resurrección; El nos ha salvado y redimido’.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Sin comunión no podemos celebrar la Cena del Señor

1Cor. 11, 17-26;
Sal. 39;
Lc. 7, 1-10

En la lectura de la Carta a los Corintios que hemos escuchado nos encontramos con el texto probablemente más antiguo del relato de la cena del Señor. Sin embargo, como nos dice el apóstol, es ‘una tradición, que procede del Señor y que a mi vez yo os he trasmitido’. El relato, el hecho podemos decir, que centraba las asambleas de los cristianos ya desde el principio, en el que cada encuentro significaba un celebrar el memorial del Señor, celebrando la Cena del Señor tal como el Señor les había prescrito: ‘Haced esto en memoria mía’.
Es precisamente lo que motiva que el apóstol se los recuerde a los cristianos de Corinto en esta carta, y que bien nos viene a nosotros recordar bien lo que significa celebrar el memorial del Señor, la Cena del Señor, celebrar la Eucaristía para que lo hagamos con hondo sentido y evitemos aquellas cosas que podrían desvirtuar la maravilla de la Eucaristía.
Eucaristía que es vivir y celebrar la presencia viva del Señor; que tiene que ser siempre punto de encuentro y nexo de unión de los que creemos en Jesús porque es entrar en comunión con Cristo, pero con el Cristo total; comunión con Cristo, con su Cuerpo y con su Sangre, con lo cual estamos haciendo presente en nosotros todo el misterio pascual – ‘cada vez que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva’ -, pero que tiene que ser necesariamente ese entrar en comunión con el hermano.
Allí donde no hay unidad y comunión no puede haber Eucaristía verdadera; perdería sentido para nosotros. Es lo que el apóstol quiere corregir en aquella comunidad, hasta llegar a decirles: ‘Así, cuando os reunís en comunidad, os resulta imposible comer la cena del Señor’. ¿Por qué les dice esto el apóstol? Habían surgido en el ceno de la comunidad divergencias, divisiones, distanciamiento entre los miembros de la comunidad.
Era normal que en los encuentros compartieran la comida, como un signo de unidad y de comunión entre ellos; y en medio de ese ambiente fraternal terminaban celebrando la cena del Señor. Pero ¿qué había sucedido? ‘En vuestra asamblea os dividís en bandos… cada uno se adelanta a comerse su propia cena, y mientras uno pasa hambre, el otro está borracho…’ Lo que está describiendo es que entre ellos no había la necesaria unidad y comunión, no había un verdadero compartir. Así no cabía, no tenía sentido celebrar la Cena del Señor.
Un mensaje para nosotros invitándonos a una verdadera unidad y comunión entre los que creemos en Jesús, entre los que estamos compartiendo la misma Eucaristía. No caben los individualismos, el que cada uno andemos por un lado mientras estamos celebrando juntos. Y eso en la actitudes y en la manera incluso de expresarnos y manifestarnos en la misma celebración. Pero eso también en las actitudes y en la comunión efectiva que tendría que haber entre todos nosotros en todo momento. Nos une Jesús; nos une la misma Eucaristía del Señor que celebramos juntos y compartimos.
Recogiendo la hermosa súplica que vemos en labios del centurión hoy en el evangelio, esa tiene que ser también nuestra oración. Ya ritualmente la liturgia nos la pone en nuestros labios momentos antes de comulgar: ‘Señor, no soy digno de que entres en mi casa…’ Pero que no sea solamente con nuestros labios, que surja desde lo más hondo del corazón.
No somos dignos, le decimos, porque no siempre tenemos la comunión total entre nosotros, pero que el Señor venga a nuestra vida, que su Palabra llegue hasta nosotros para que nos sane, nos sane de nuestros individualismos y de nuestra falta de comunión, nos sane de esas cosas que dejamos meter en nuestra vida y en nuestro corazón que muchas veces nos impiden de verdad estar cerca los unos de los otros, nos sane de esas actitudes negativas que nos aíslan, nos distancian porque son barreras que nos impiden una auténtica comunión. Que el Señor nos sane, nos ayude a vivir con todo sentido nuestra Eucaristía, que en verdad estemos proclamando la muerte del Señor y su resurrección, que en verdad nos llenemos de su vida y de su gracia.