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sábado, 25 de septiembre de 2010

Cada momento de la vida tiene su propia intensidad

Eclesiastés, 11, 9-12, 8;
Sal. Sal. 89;
Lc. 9, 44-45

Cada momento de la vida tiene su intensidad y sus características propias. No es lo mismo la juventud que la madurez, la vida de un niño que la vida de un anciano. Pero cada momento tiene sus vivencias y su propia intensidad, sus riquezas y su valor.
La vida de un joven o una persona madura está llena de vitalidad y son muchas las cosas que se pueden hacer. Llegará la madurez de la ancianidad y ya no serán iguales las fuerzas pero también hemos de saberle dar un sentido y su propia vitalidad, porque no todo es apagarse o dejarse morir. No se tendrán las mismas fuerzas, pero quizá se haya podido adquirir una sabiduría de la vida que ha de darle sentido también a esos años de mayor debilidad o decaimiento de vigor físico.
Pero es una vida la que tenemos en nuestras manos y hemos de saber darle hondura y su propia vitalidad con la que también podemos enriquecer a los demás. Algunos cuando llegan los años de la ancianidad reducen su vida a una pasividad y a un dejarse llevar. No debería ser esa nuestra forma de actuar. Aunque no se tenga la vitalidad física y en muchas cosas necesitemos ayuda sin embargo no todo puede ser pasividad y hasta hemos de darle cierta creatividad a la vida, a lo que hacemos y a lo que podemos también ofrecer a los demás. Nuestra vida, aun con sus limitaciones por la ancianidad o por la enfermedad, siempre será valiosa a los ojos de Dios.
Me ha surgido esta reflexión leyendo y escuchando interiormente el mensaje que nos ofrece hoy el libro del Eclesiastés, y pienso que a todos puede ayudarnos. Pero algo más nos dice. En cada momento también hemos saber sentir la presencia de Dios.
Cuando el Qohelet habla de la intensidad de vida de los jóvenes les dice también: ‘pero sabe que Dios te llevará a juicio para dar cuenta de todo’. Y a continuación les dice después de prevenirles de las vanidades de la vida ‘acuérdate de tu Hacedor durante la juventud…’
No podemos olvidar a Dios en nuestra vida. Nuestro existir está en la manos de Dios; nuestra propia vida es una deuda que tenemos con Dios que la ha puesto en nuestras manos; y es una riqueza que tenemos que saber hacer fructificar en cosas buenas también en beneficio de los demás y siempre para la gloria de Dios. No nos encerremos en una actitud egoísta de pensar sólo en disfrutar de la vida para sí, sino sepamos llenarla de esa riqueza de lo bueno que siempre podemos hacer por los demás.
Y de la misma manera le dice al anciano que no se olvide del Dios que le dio la vida y al que ha de entregarla, ponerla en sus manos, en las manos de Dios, al final de sus días. Pero siempre es como ese talento que Dios ha puesto en nuestras manos y que hemos de hacer fructificar. Ante Dios un día hemos de dar cuentas de esos frutos con que hayamos enriquecido nuestra vida, seamos jóvenes o mayores. Como decíamos cada momento tiene su propia vitalidad.
Como dijimos en el salmo, y ya comentamos hace unos días cuando comenzamos a escuchar al Eclesiastés, ‘Señor, Tú has sido nuestro refugio de generación en generación’. Que el Señor en todo momento de la vida, pero de manera especial en el final de nuestros días, nos dé sensatez para saber valorar nuestra vida con los ojos de Dios, pues aunque en la debilidad de nuestros años nos parezca que nada valemos, siempre somos valiosos a los ojos de Dios.
Que toda nuestra vida sea siempre para la gloria de Dios. Nuestras obras, lo que hacemos o decimos, lo que es toda nuestra vida sea siempre un canto de alabanza al Señor.

viernes, 24 de septiembre de 2010

¿Quién soy yo? una pregunta fundamental

Eclesiastés, 3, 1-11;
Sal. 143;
Lc. 9, 18-22

Hoy como ayer la presencia de Jesús en medio de los hombres es una pregunta ‘¿Quién soy yo?’ Jesús no nos deja indiferentes. Ante El tenemos que tomar partido. Su presencia es un interrogante que sentimos muy fuerte por dentro. Lo han sentido los hombres de todos los tiempos, aunque muchas veces se quiera acallar o nos volvamos contra El.
En los versículos anteriores a lo escuchado hoy en san Lucas – le leíamos ayer – Herodes también se pregunta: ‘¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?’ Es que oía cosas muy diferentes, y quizá porque le atormentaba la conciencia por haber mandado decapitar a Juan, se sentía mucho más confuso ‘y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que eran Juan Bautista que había resucitado, otros que había aparecido Elías, y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas’.
Es la respuesta semejante que dan los discípulos a Jesús cuando les pregunta: ‘¿Quién dice la gente que soy yo?’ La respuesta está calcada en lo dicho anteriormente. Pero Jesús sigue interrogando con mayor profundidad porque no sólo quiere que le digan los discípulos lo que dice la gente, sino lo que piensan ellos mismos que tanto han estado con Jesús.
‘Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Pedro tomó la palabra y dijo: El Mesías de Dios. Y El les prohibió terminantemente decírselo a nadie’. Decir que Jesús era el Mesías podía tener muchas interpretaciones, y más en aquellos momentos pre-mesiánicos que vivía el pueblo que se sentía bajo el yugo opresor del dominio extranjero. Necesitaban un Mesías que los acaudillara para alcanzar la liberación de Israel. Incluso alguno de los discípulos, de los que formaban parte del grupo de los Doce, era del partido de los Zelotas, un movimiento revolucionario en medio de Israel.
Jesús les prohibe pero les explica el verdadero sentido de su mesianismo. ‘El Hijo del hombre…’ comienza a decirles empleando una expresión que ya había utilizado el profeta Daniel. Hablaba el profeta del Hijo del Hombre que vendría entre las nubes del cielo. Esta expresión ahora en labios de Jesús con esa resonancia del profeta viene a explicar la más hondo personalidad de Jesús. El la volverá a emplear más tarde cuando esté ante el Sanedrín y le pregunte el Sumo Sacerdote con toda autoridad si El es el Hijo de Dios. ‘Yo soy, y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo’.
Sí, es el Mesías, es el Hijo de Dios vivo, como responde Pedro. Pero es ‘el Hijo del Hombre, el que va a venir entre las nubes del cielo’, pero el que ‘tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, y ser ejecutado y resucitar al tercer día’.
Cuando lo proclame ante el Sanedrín, los ancianos, los sumos sacerdotes y los letrados lo juzgarán blasfemo y reo de muerte y seré el comienzo del proceso entregándolo a los gentiles para ser ejecutado, pero también para resucitar al tercer día, para que se realice plenamente la Pascua en Jesús, la Pascua de Jesús para nuestra salvación.
Nos preguntamos quién es Jesús, y ante El tenemos que tomar partido. Creemos en El y de El esperamos la salvación. Le damos nuestro sí y queremos para siempre ser sus discípulos. Nos ponemos a su lado y hacemos nuestra su Pascua, porque para siempre ya participaremos de su muerte y resurrección. Tomamos partido por Jesús y ya nuestra vida no puede ser igual. Que cuando venga el Hijo de Hombre con todo poder y gloria nos haga participar ya para siempre de la heredad del Reino que el Padre nos tiene preparado.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos

Eclesiastés, 1, 2-11;
Sal. 89;
Lc. 9, 7-9

En las vueltas y más vueltas que nos hace dar la vida, algunas veces parece que perdemos pie y nos parece andar como sin sentido o sin valor. Como los niños cuando se ponen a jugar dando vueltas y vueltas sobre si, que se marean y se caen, así nos parece andar algunas veces en la vida, como desorientados.
Es la imagen en cierto modo pesimista que nos ofrece el sabio del principio del libro del Eclesiastés que todo le parece vaciedad y un sin sentido. ‘¿Qué saca el hombre de todas las fatigas que lo fatigan bajo el sol?’, se pregunta. Habla del sucederse de las generaciones como de los días con su salida y puesta del sol una y otra vez, del viento que gira y gira y del agua que termina en el mar y que nunca se llena. Todo le parece una repetición y un dar vueltas.
¿Le faltará algo que le de sentido profundo a su existir, a sus luchas y fatigas, al devenir de los días y a todo lo que hace? Son preguntas que se hace como nos hacemos todos cuando nos ponemos a reflexionar sobre la vida y sobre las cosas que hacemos o dejamos de hacer. Pero en nuestra fe tenemos que saber encontrar un sentido y un valor.
Estamos hablando de un sabio del Antiguo Testamento que además ofrece sus preguntas y reflexiones en momentos que no fueron muy fáciles entonces para los creyentes y que además se veían influenciados por muchas filosofías y maneras de pensar.
Cuando la liturgia hoy nos ha ofrecido este texto nos pone a continuación un salmo que comienza a dar respuestas. Por supuesto, nuestra respuesta la tendremos en Jesús que es el verdadero camino de la vida del hombre, es la única Verdad que dará sentido a la vida, y es la Vida que nos llenará de plenitud.
En el salmo hemos repetido, como una respuesta a todos esos interrogantes. ‘Señor, tu has sido nuestro refugio de generación en generación’. Nuestro refugio porque es la respuesta que buscamos y en Dios encontramos, porque es nuestra fortaleza en nuestras luchas y en nuestro caminar, porque es la luz que ilumina nuestra vida y nos dará valor a lo que hacemos aunque nos pueda parecer insignificante.
‘Enséñanos a calcular nuestros años…’ le pedimos en el salmo ‘para que adquiramos un corazón sensato… sácianos de tu misericordia y toda nuestra vida será alegría y júbilo…’ Con la misericordia del Señor nos llenamos de paz y de esperanza; serán muchas nuestras limitaciones y sufrimientos, pero contando con Dios no nos faltará la paz.
Algunas veces nos puede parecer duro el camino y nos puede parecer que somos inútiles y nada sabemos o podemos hacer, pero el Señor es el que da valor a nuestra vida, a nuestras obras, a lo que somos y a lo que hacemos. El valor no se lo damos nosotros; el valor lo recibimos de la gracia del Señor. ‘Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos’.
Que no perdamos nunca esa confianza, ese seguridad, esa certeza que nos da la presencia del Señor. Que nos llenemos de esperanza y que en la gracia de Dios sepamos dar ese hondo sentido y valor a lo que somos y a lo que hacemos, aunque nos pueda parecer bien poco. Nos gustaría hacer más o ser fecundo en otras cosas, pero quizá sea eso lo que el Señor quiera de nosotros.
Con la gracia del Señor podemos ser ese grano de trigo que se entierra y permanece oculto, pero que va a fecundar y a generar vida nueva con nuevos frutos en nosotros o en los demás cuando sabemos ofrecerle al Señor ese silencio o ese ocultamiento de nuestra vida.

martes, 21 de septiembre de 2010

Andar conforme a la vocación a la que hemos sido convocados


Ef. 4, 1-7.11-13;
Sal. 18;
Mt. 9, 9-13

‘Vió Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: Sígueme. El se levantó y lo siguió’. Así nos relata el propio Mateo en su evangelio su vocación. Así, sencillamente, con disponibilidad total, a la voz del Maestro se dispuso a seguirle. Más tarde lo elegiría Jesús para formar parte del grupo de los Doce, de los Apóstoles.
Jesús que le llama a seguirle. Seguirle para ser su discípulo. Para estar con El y escucharle. Para estar con El y seguirle. Estar con El y participar de la misión de su Reino. Pero un buen testimonio de disponibilidad. ‘Se levantó y lo siguió’. Lo dejó todo, como otros un día dejaran las barcas y las redes.
La vida del cristiano es vocación. Porque la vida del cristiano es respuesta también a una llamada. Decimos que nosotros queremos seguir a Jesús y queremos ser cristianos. Pero si ha llegado a haber ese deseo en nuestro corazón, tenemos que pensar que antes el Señor se ha fijado en nosotros y nos ha llamado, nos ha traído a la vida de la fe. Es gracia. Es regalo del Señor que nos ama y nos llama.
San Pablo, en el texto de la carta a los Efesios que hemos escuchado nos invita y nos ruega que ‘andemos como pide la vocación a la que habéis sido convocados’. Es el Señor el que nos ha convocado, nos ha llamado, nos invita a seguirle como a Mateo, como a los otros discípulos. ‘Una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados’, vuelve a decirnos el Apóstol.
¿A quÉ nos llama? A una vida santa, ‘a la edificación del Cuerpo de Cristo’, nos va explicando el Apóstol. Cuando seguimos a Jesús entramos en una dinámica de santidad. Siguiendo a Jesús tenemos que ser santos, en nosotros ha de brillar el amor, la gracia, la humildad, la comprensión, el sentirnos hermanos. ‘A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo’. La gracia que nos hace santos, que nos llama a la santidad, que nos hace entrar en la dinámica de la santidad, como decíamos.
Es más los que nos sentimos llamados por el Señor entramos en una dinámica comunitaria porque entramos a formar parte de la comunidad de los que creemos en Jesús, entramos a formar parte de la Iglesia. Hemos sido bautizados y entramos a formar parte de la familia de los hijos de Dios. Es tal la comunión que tiene que haber entre nosotros y con Cristo que formamos un solo cuerpo con El. Somos el Cuerpo de Cristo. Edificamos el Cuerpo de Cristo. Somos Iglesia.
Esto es algo esencial a nuestra fe cristiana, a nuestra pertenencia a Cristo. Nos ha hablado el Apóstol de que nos esforcemos ‘en mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz… un solo cuerpo y un solo Espíritu’.
Pero es aquí donde el apóstol nos habla de otras vocaciones para el servicio de la Iglesia. ‘Cristo ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelistas, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los fieles, en función de su ministerio, y para la edificación del Cuerpo de Cristo…’ Esos distintos ministerios, llamadas y vocación también, para el servicio de la comunidad, para ayudar a los fieles a vivir esa santidad a la que todos nos sentimos llamados y que quienes han recibido esa misión especial del Señor tienen que ayudar a los fieles a esa santificación.
Un camino, como terminará diciéndonos Pablo, que nos lleva a la plenitud de la santidad, a la plenitud de nuestra unión con Cristo, a un imitar e identificarnos con Cristo, como nos dice, ‘al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud’.
Que san Mateo que con tan generosa disponibilidad siguió al Señor y tanto lo conoció que nos dejó su Evangelio, nos alcance esa gracia del Señor para que así avancemos en ese camino de santidad que no es otra cosa que responder a la vocación a la que hemos sido convocados.

lunes, 20 de septiembre de 2010

La luz no es para tenerla escondida sino para iluminar


Prov. 3, 27-35;
Sal. 14;
Lc. 8, 16-18

¿De qué nos vale tener la luz si la tenemos escondida? La luz no es para encerrarla ni para ocultarla. La luz es para iluminar. Y la luz ha de colocarse en el sitio apropiado para que sus rayos iluminen.
Nosotros tenemos una luz. ¿Nos dará vergüenza enseñarla? Nosotros tenemos una luz. Una luz que es muy importante. No es nuestra pero no sólo ha iluminado nuestra vida sino que tenemos la obligación de iluminar con ella a los demás. Creo que todos los entendemos, aunque quizá algunas veces no sabemos que hacer con esa luz. Todos los sabemos, sin embargo no somos valientes para iluminar a los demás, para iluminar a nuestro mundo. Y así nos va. Dejamos que las tinieblas inunden nuestro mundo y al final, aunque parezca un contrasentido, volvemos esa luz opaca o nos llenamos incluso nosotros de tinieblas.
Hoy nos ha dicho Jesús: ‘Nadie enciende un candil y lo tapa con una vasija, o lo mete debajo de la cama; lo pone en el candelero para que todos tengan luz’. No la podemos ocultar. Sería un contrasentido. Entendemos a la luz que se está refiriendo Jesús. Bueno, es el mismo Jesús y la fe que tenemos en El.
Ya nos dijo El que era la luz del mundo. ‘Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas’. Pero nos dijo también que nosotros somos la luz del mundo. ‘Vosotros sois la luz del mundo, la sal de la tierra’. Y de la misma manera que la sal insípida no sirve para nada sino para tirarla y que la pise la gente, la luz que se oculta tampoco nos sirve.
Claro que no es nuestra luz, sino la luz de Jesús. Esa luz con que nos ha iluminado cuando hemos creído en El. Porque es su Luz la que tenemos que tomar y con la que tenemos que iluminar. Aunque cueste. Aunque las tinieblas no quieran recibir esa luz. ‘Nada hay oculto que no llegue a descubrirse…’, nos dice hoy. Eso que conocemos de Jesús, eso que se ha convertido en nuestra vida cuando hemos comenzado a creer en El, tenemos que proclamarlo, decirlo, anunciarlo. Con nuestras palabras, con nuestra vida.
Es nuestra vida la que tiene que iluminar. ¿Cómo? Si queremos de una forma muy sencilla, pero que se ha de convertir en una forma muy intensa. Hoy en la primera lectura hemos escuchado un texto de los Proverbios, un libro sapiencial del Antiguo Testamento. Ahí de forma sencilla se nos está diciendo cómo podemos dar algunos destellos de luz.
Recordamos. ‘No niegues un favor a quien lo necesita…. No trames daños contra tu prójimo… no pleitees con nadie… no envidies… que el Señor bendice la morada del justo… otorga honores a los sabios…’ Tenemos la sabiduría de la luz de Cristo. Hagamos esas cosas sencillas y estaremos dando destellos de luz.
También el salmo nos sugiera cosas. ‘Procede honradamente… practica la justicia… sé siempre leal en tus intenciones… no hagas mal al tu prójimo… no seas usurero en lo que trates de ayudar a los demás… honra a los que temen al Señor…’ Pequeños o grandes destellos de luz que tenemos oportunidad de dar cada día. Así de una forma sencilla, pero que pueden convertirse en fuertes fogonazos que señalen caminos.
No lo olvidemos, la luz no la podemos ocultar. Y esa luz está en nosotros. recordemos una vez más que en nuestro bautismo se nos dio una lámpara encendida en el Cirio Pascual. Es la luz de Jesús que tenemos que llevar a los demás con las obras de nuestra vida.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Los pobres sean nuestros valedores para abrirnos las puertas de las moradas eternas


Amós, 8, 4-7;
Sal. 112;
1Tim. 2, 1-8;
Lc. 16, 1-13

Quizá podríamos comenzar preguntándonos si ponemos en las cosas de Dios el mismo interés, la misma intensidad que ponemos en los negocios humanos. Cuando en la vida nos vemos apretados por problemas o dificultades buscamos una salida, una solución sea como sea. Pero la pregunta está en si buscamos lo que de verdad vale en la vida, lo que nos da auténtica ganancia, lo que tiene trascendencia eterna, si buscamos de verdad a Dios, su Reino y su justicia.
Jesús nos propone una parábola que podría dejarnos desconcertados si no sabemos leer cuál es su verdadero mensaje. Un administrador injusto al que le pide el amo que le rinda cuentas y como sabe que las cosas no marchan bien se vale en su astucia de mil corruptelas para tener un refugio cuando caiga en desgracia. No alaba Jesús las corruptelas de este hombre, alaba su astucia y nos plantea si nosotros en verdad ponemos todo el empeño en encontrar la salvación. ‘El amo felicitó al administrador injusto por la astucia con que había procedido’. Y comenta Jesús a continuación que es donde tenemos que encontrar el mensaje. ‘Ciertamente los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz’.
Vivimos inmersos en este mundo, con sus luchas y con sus trabajos, con las responsabilidades de cada día y los afanes por la ganancia de nuestro sustento y por conseguir una vida digna. No nos saca Jesús de este mundo y de esta realidad. Es más nos pide absoluta responsabilidad en esa tarea de la que no podemos desentendernos. Fidelidad en el trabajo y en las responsabilidades hasta en las cosas más pequeñas.
Tenemos una responsabilidad con la familia, con nosotros mismos y también con la sociedad en la que vivimos de la que no podemos ser ajenos, ni desentendernos. Y en todos esos campos tenemos que saber actuar porque sentimos esa responsabilidad también de cómo marcha la vida de nuestra sociedad y hemos de poner nuestro trabajo, nuestras ideas, nuestra participación en el desarrollo y de la mejor manera posible de esa sociedad.
Los problemas que vivimos ahora, por ejemplo, con la crisis en todos los ámbitos de nuestra sociedad, económica, política, social, no nos son ajenos. Y ahí tenemos que demostrar nuestra sensibilidad, nuestra responsabilidad, la fidelidad también a esa sociedad en la que vivimos. Yo como cristiano tengo mi visión y mi manera de hacer que aportar. Yo desde mi fe me siento responsable de la marcha de esa sociedad y no puedo dejar que otros la construyan sólo desde sus ideas o su manera de ver las cosas. Yo como cristiano tengo también una visión de la persona y de cómo se ha de construir nuestra sociedad. Tendríamos que responsablemente estudiar más y mejor el magisterio de la Iglesia en estos aspectos.
Jesús nos habla de fidelidad hasta en las cosas pequeñas. ‘El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado. Si no fuisteis de fiar en el injusto dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras?’
Además, tendríamos que decir, que en el cumplimiento de esas tareas y responsabilidades, en nuestros negocios o en nuestros trabajos sean los que sean, lo importante no es sólo el conseguir unas ganancias terrenas o, diríamos, económicas. Hay algo más que hace la vida de la persona mejor; algo más del dinero para conseguir una felicidad en nuestras relaciones. Porque la relación entre las personas es algo más que una relación comercial, hay algo más hondo en la persona que nos hace crecer de verdad y ser más felices. No es sólo lo material, el tener, lo externo lo que nos hace más personas. Son necesarios a tener en cuenta unos valores que nos ayuden a una mejor convivencia, a una mejor relación entre unos y otros, a hacernos más felices todos.
Por supuesto, lejos de nosotros todo lo que sea un actuar injusto. Lejos de nosotros todo lo que signifique avaricia y todas esas ambiciones desmedidas por el tener, por la riqueza, por sólo el disfrute de las cosas de este mundo, que nos pueden conducir por caminos de maldad y de injusticia. Ya veíamos como el Señor con la voz del profeta condenaba en su tiempo la maldad, la avaricia y la injusticia: ‘…vosotros los que exprimís al pobre, despojáis a los miserables… compráis por dinero al pobre… por la gloria del Señor no olvidaré jamás vuestras malas acciones…’ que les decía el profeta y que tenemos que seguir escuchando nosotros hoy porque también es la tentación que vivimos en nuestro mundo tan materializado.
Además como cristianos, como creyentes en Jesús le damos también una trascendencia a la vida, no pensamos sólo en el momento presente. Por eso nos decía Jesús ‘ganaos amigos con el dinero injusto… para que os reciban en las moradas eternas’. ¿Qué nos querrá decir Jesús? Esa fidelidad que aquí vivimos, esa responsabilidad con la que actuamos en la vida, eso bueno que vamos haciendo para mejorar nuestras relaciones y nuestra convivencia y mejorar también la vida de nuestra sociedad tiene una trascendencia para nosotros. Es la manera también de ir construyendo ese Reino de Dios al que nos sentimos llamados y que en Dios, en el cielo, en la vida eterna podremos vivir en plenitud.
Pero esta frase de Jesús me provoca otro pensamiento. ‘Ganaos amigos con el dinero injusto…’ nos decía. Cuando no pensamos sólo en nosotros mismos, cuando somos capaces de compartir, cuando sabemos ser misericordiosos con el que sufre a nuestro lado, cuando ayudamos a un pobre en su necesidad compartiendo lo que somos y tenemos, estamos ganándonos esos amigos que ‘nos reciban en las moradas eternas’. Los pobres a los que hayamos ayudado serán los que nos abran las puertas de las moradas eternas. Serán nuestros valedores ante Dios cuando nos presentemos a El, porque Jesús mismo nos dirá entonces que lo que le hayamos hecho a ese hermano a El se lo estábamos haciendo.
Seamos en verdad esos hijos de la luz que llenando de luz nuestro mundo con nuestra fidelidad y responsabilidad podamos alcanzar al que es la verdadera Luz, Cristo Jesús, porque realmente con eso bueno que vamos haciendo lo que estamos haciendo son destellos de esa luz de Cristo para iluminar nuestro mundo. Que seamos en verdad astutos, que sepamos ganarnos esas ganancias eternas, que busquemos en verdad lo que es importante, que seamos capaces de poner todo nuestro empeño y esfuerzo, como lo hacemos en los negocios de este mundo, también en las cosas de Dios, en lo que atañe a nuestra fe y a nuestra vida cristiana.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Dichosos los que escuchan la Palabra y dan fruto perseverando

1Cor. 15, 35-37.42-49;
Sal. 55;
Lc. 8, 4-15

‘Dichosos los que con un corazón noble y generoso escuchan la Palabra, la guardan y dan fruto perseverando’. Ojalá nosotros tengamos esa dicha, merezcamos esa bienaventuranza del Señor porque así demos fruto de la Palabra plantada en nuestra vida, y nuestro fruto sea abundante.
La Palabra hoy proclamada con esta hermosa parábola que nos propone Jesús hace constatación de una realidad, pero al mismo tiempo es como un revulsivo a nuestro corazón para que aprendamos a acogerla y plantarla de verdad en nuestra vida. Una realidad porque no toda la semilla plantada da el mismo fruto. Pero es como un aguijonazo a nuestra vida para despertarnos y demos la mejor respuesta.
‘Mucha gente seguía a Jesús y, al pasar por los pueblos, otros se iban añadiendo’, dice el evangelista. Y esto motivará a Jesús para esta parábola. ¿Eran todos ya discípulos? Eran muchos los que iban tras Jesús, escuchaban sus palabras, pedían o eran testigos de sus milagros, pero al final no eran todos discípulos de la misma manera. Para muchos aquello sería algo ocasional y luego volverían a sus vidas, sus trabajos, sus familias y todo quedaba en el recuerdo o quizá se olvidaba.
Por eso la parábola de Jesús. No es necesario que la repitamos porque todos la conocemos bien, aunque no estaría mal que la supiéramos escuchar una y otra vez en lo hondo del corazón. Siempre descubriremos una luz nueva; siempre el Señor tiene un mensaje para nosotros; siempre el Señor tiene algo que decirnos si abrimos los oídos del corazón.
Sigue sucediendo. Cuántos acuden a nuestras iglesias ocasionalmente por un motivo u otro. Cuántos escuchan la Palabra proclamada y predicada. Cuántos con ocasión de una fiesta, de una tradición o por unas devociones de religiosidad básica y popular tienen oportunidad de escuchar la Palabra de Señor. Pero la respuesta no es en todos la misma. Las preocupaciones, los trabajos, los agobios de la vida, las costumbres enraizadas y no siempre debidamente purificadas harán que la vida siga sus cauces y aquella Palabra quede como escondida allá en el interior de la persona o quizá pronto se olvide. Ojalá algún día retoñe en nuestro corazón y puede reverdecer como una planta llena de vida.
Por eso decía es una realidad de lo que es la vida, de lo que nos sucede, pero para nosotros es, tiene que ser ese revulsivo, ese aguijonazo que nos despierte y nos interrogue por dentro. ¿No sentiremos deseos de esos dichosos que escuchan la Palabra, la guardan y dan fruto perseverante?
Eso de la perseverancia es muchas veces una cuestión pendiente en nuestra vida. Cuántas cosas nos proponemos, cuántos buenos propósitos nos hacemos, pero qué pronto los olvidamos. Esa tierra dura de nuestro corazón, esos apegos o esos afanes que nos roban toda nuestra vida, esas rutinas que nos insensibilizan, esas cosas que nos distraen de lo principal y nos hacen ir como dispersos por la vida sin centrarnos en nada. Son tantas las tentaciones del enemigo malo que quiere arrancarnos esa buena semilla de la Palabra de Dios en nuestro corazón, a las que estamos sometidos.
Que el Espíritu del Señor venga sobre nosotros y nos abra el entendimiento y el corazón; que el Espíritu del Señor nos ilumine con su luz; que el Espíritu nos dé su fortaleza para la perseverancia que nos lleve a dar buenos frutos; que el Espíritu del Señor nos riegue con su gracia.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Al despertar me saciaré de tu semblante

1Cor. 15, 12-20;
Sal. 16;
Lc. 8, 1-3

‘Al despertar me saciaré de tu semblante’, hemos dicho en el salmo responsorial. Hermosa expresión de esperanza en la vida eterna y en la resurrección. Si la muerte es como un sueño, al despertar de ese sueño nos vamos a encontrar con la vida verdadera, nos vamos a encontrar con Dios, vamos a saciarnos de esa visión de Dios.
Como nos dice san Juan en sus cartas ‘ahora ya somos hijos de Dios pero no se manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es’. Es hermoso. Es reconfortante. Nos llena de esperanza. Vamos por esa vida luchando por superarnos y mantenernos fieles. Clamamos al Señor para sentir su ayuda y su fuerza. ‘Escucha mi apelación… presta oído a mi súplica… muestra las maravillas de tu misericordia…’ como hemos ido diciendo en el salmo. Pero todo eso lo vivimos en la esperanza de un día poder contemplar, saciarnos del semblante de Dios.
Todo nos habla de resurrección y de vida. Un aspecto importante en el camino de nuestra fe. Forma parte del centro, del meollo de nuestro ser cristiano, como el centro del evangelio es Jesús muerto y resucitado. Como escuchábamos ayer a san Pablo. ‘Este ha sido el evangelio que os trasmití…’ Como le hemos escuchado en otros momentos ‘éste ha sido mi Evangelio por el que sufro hasta llevar cadenas…’ Como nos decía ‘Cristo murió por nuestros pecados… fue sepultado y resucitó al tercer día, según las escrituras’.
Hoy nos viene a decir que ‘si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y lo mismo nuestra fe’. No era fácil esta afirmación de la resurrección en el mundo pagano donde Pablo anunciaba el evangelio. Todavía en el mundo judío que habían escuchado a los profetas Ezequiel, Daniel o el libro de los Macabeos era una afirmación aceptada, aunque bien sabemos que los saduceos negaban la resurrección. En el mundo pagano con sus filosofías era también difícil.
Recordamos el fracaso de Pablo cuando en Atenas, centro del mundo del saber antiguo, quiere anunciar la Resurrección de Jesús, y aquella gente le dice que de eso le escucharán otro día. Pablo se marchó de Atenas y se vino precisamente a Corinto, a quienes dirige ahora esta carta que estamos leyendo. Ahora Pablo quiere reafirmar su fe en la resurrección ‘porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís en vuestros pecados…’ Por eso afirma categóricamente ‘Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos’.
Cristo es el primogénito de entre los muertos y en Cristo todos resucitaremos. Todos estamos llamados a la vida. Por eso lo que afirmábamos en el salmo. ‘Al despertar me saciaré de tu semblante’. Una fe y una esperanza. Un sentido de nuestro vivir y una salvación que vivimos desde lo más hondo de nosotros mismos.
Es nuestra fe. Y cuidado con la confusión de términos, porque nosotros hablamos de resurrección, no de reencarnación como ahora escuchamos con demasiada frecuencia. La reencarnación no forma parte de nuestra fe cristiana y no hemos de dejar que nos confundan. Nuestra vida es única, y al final de nuestra vida terrena, tenemos la esperanza de la vida eterna y de la resurrección; una resurrección que nos lleva a la vida eterna en Dios y con Dios, contemplando el semblante, el rostro de Dios. Como recordábamos que nos decía Juan ‘entonces le veremos tal cual es’. Merece la pena las luchas y trabajos en nuestro camino de fidelidad por alcanzar esa felicidad de gozarnos del semblante de Dios, de gozar en Dios por siempre en el cielo.

jueves, 16 de septiembre de 2010

En tu nombre, Señor…


En tu nombre, Señor…

En tu nombre, Señor, nos reunimos;
en tu nombre queremos reiniciar nuestro camino
en el comienzo de este curso;
en tu nombre, Señor,
queremos ser en verdad fraternidad,
queremos hacer fraternidad.

En tu nombre queremos caminar
porque no somos un grupo cualquiera,
somos los discípulos que te seguimos,
queremos ser tus amigos,
queremos sentirte siempre a nuestro lado,
queremos caminar contigo.

No somos simplemente un grupo de amigos
que quieren estar reunidos,
de forma altruista o quieren hacer cosas buenas;
nosotros creemos en Ti
y por tu nombre y en tu nombre
queremos ir a los demás
con la luz y la fuerza del Evangelio;
somos parte de tu Iglesia,
unos militantes cristianos,
iglesia que camina y peregrina,
con nuestras dificultades y limitaciones;
pero recordamos como acogías en el evangelio
a todos los se sentían cansados y agobiados,
atormentados y con muchas limitaciones;
venimos hasta ti con lo que es nuestra vida,
nuestras limitaciones humanas
y nuestras discapacidades físicas,
pero sabemos que tú nos tiendes la mano
para levantarnos,
para ponernos en camino,
para sentir en ti la fuente
de nuestra salud y de nuestra salvación,
para descubrir la fuerza que nos das
para que vayamos también a los demás,
en tu nombre y anunciando el evangelio;
la fe que tenemos en ti es nuestra fuerza.

Somos pocos y con muchas limitaciones,
pero doce eran tus primeros discípulos
que también se sentían llenos de trabas y dificultades,
pero la fuerza de tu Espíritu
los hizo valientes para anunciar
el Evangelio de tu Reino por todo el mundo;
nos sentimos enviados por ti
en este curso que comienza
sabiendo que la tarea es mucha,
pero contando siempre con la fuerza de tu Espíritu;
por eso no queremos sentirnos agobiados
sino que la paz nunca falte en nuestro corazón,
para tener la serenidad de encontrar el camino,
y poder ir al encuentro de los otros.

Camina a nuestro lado, Señor,
que tu Espíritu nos ilumine y nos dé fuerza,
porque el mundo espera tu Buena Noticia
y nosotros tenemos que ser
anunciadores de tu Evangelio.

Danos tu fuerza, Señor.

La fe y el amor nos traen la salvación

1Cor. 15, 1-11;
Sal. 117;
Lc. 7, 36-50

Lo normal es que quienes se sienten alrededor de una misma mesa para compartir una comida es que entre ellos haya buena comunicación y sinceridad y por parte de quien invita se manifiesten las señales propias del aprecio y los deseos de amistad porque importante es el encuentro y lo que allí se pueda compartir.
A Jesús le había invitado a comer un fariseo y ‘entrando en casa del fariseo se recostó a la mesa’. Pronto se manifiesta el recelo y la desconfianza, - ¿la falta de un amor verdadero? - porque, al introducirse aquella mujer que llega hasta los pies de Jesús, el propio fariseo que había invitado a Jesús allá está a la expectativa de lo que Jesús pudiera hacer porque aquella mujer era una mujer de la ciudad, una pecadora. Lo mismo el resto de comensales que entre sí ya comienzan a murmurar por lo bajo ante lo que Jesús dice y hace.
Pero allí está Jesús el que quiere acoger a todos y a todos quiere llamar e invitar a una vida nueva. La situación de aquella mujer que llora sus pecados a los pies de Jesús y ya hemos visto como lo hace hasta derramando caro perfume para ungir los pies de Jesús será la ocasión para que Jesús nos deje su mensaje pero además para que nos manifieste cuál es en verdad la salvación que quiere ofrecernos. Quiere suscitar Jesús en el corazón de aquellos hombres el amor que les faltaba para que pudieran creer totalmente en El y para ellos sea también la salvación.
Aquella mujer, es cierto, es una pecadora, muchos son sus pecados, pero ahora es mucho el amor que manifiesta. Había escuchado el mensaje de Jesús, habría contemplado los signos que realizaba, vislumbraba la salvación que Jesús ofrecía cuando había anunciado que venía a proclamar un año de gracia, el perdón para los pecadores. Con humildad y con amor se acerca a Jesús. La fe y el amor que le llevan hasta Jesús será su camino de salvación. ‘Tus pecados están perdonados… sus muchos pecados están perdonados porque tiene mucho amor… tu fe te ha salvado, vete en paz’, termina diciéndole Jesús.
Nos está diciendo Jesús lo que necesitamos para ir a El por muy pecadores que seamos. Creer en Jesús. No hay otro nombre que pueda salvarnos, diría más tarde san Pedro cuando le interroguen por los milagros que hace. En el nombre de Jesús. Por la fe que tengamos en Jesús. ‘Tu fe te ha salvado’, que le dice Jesús a la mujer pecadora, como lo escucharemos más veces en el evangelio cuando acuden enfermos y pecadores, todos con sus males, hasta Jesús.
Pablo nos ha recordado hoy el evangelio en que tenemos que creer, ‘en el que estamos fundados y que nos está salvando’. Como nos dice ‘lo primero que yo os trasmití.., fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los doce…’ Y nos recuerda Pablo las manifestaciones de Cristo resucitado a los discípulos y como dice ‘por último, como a un aborto, se me apareció también a mí’. Es la fe de nuestra salvación.
Creer en Jesús y amar. Amarle. Ofrecerle mucho amor. ‘Porque ha amado mucho’. ¡Cómo lo estaba manifestando ahora con sus lágrimas de arrepentimiento, con sus besos a los pies de Jesús, con la unción con aquel perfume! Es el amor que perfuma nuestra vida. Es el amor que nos unge para hacernos nuevos. Es el amor también con que respondemos a tanto amor como sabemos que el Señor nos ofrece. Cuánto es su amor y cuánto nos ha perdonado tantas veces en la vida. Somos deudores del amor del Señor. ‘Vete en paz… no peques más…’ De Cristo siempre saldremos llenos de paz. Con una vida nueva. Con la gracia de Dios que nos desborda. Que sintamos siempre esa paz.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Maria al pie de la cruz nos enseña a hacer una ofrenda olorosa de amor


Hebreos, 5, 7-9;
Sal. 30;
Jn. 19, 25-27


Nuestra mirada se elevaba ayer hasta la Cruz donde contemplábamos a Cristo crucificado para aprender la más hermosa lección del amor y de la solidaridad. Seguimos a la sombra de la Cruz pero hoy nuestra mirada se dirige a María, la Madre de Jesús que ya desde hoy – decimos hoy como si nos sintiéramos en aquella tarde del primer viernes santo en la colina del Calvario – desde hoy, digo, es también nuestra Madre. ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’, le dijo Jesús. ‘Ahí tienes a tu madre’, le dijo al discípulo amado, nos dice a nosotros también como un testamento que nos confía en la hora de su muerte.
La contemplamos al pie de la Cruz; pero la contemplamos de pie junto a la Cruz con la firmeza de una madre que se manifiesta siempre grande en el momento del dolor - ¿de dónde sacarán esas fuerzas todas las madres? -; la contemplamos con la firmeza de la fe y de la esperanza, pero con la firmeza también de quien se siente asociada a la pasión de su hijo – las pasiones y dolores de los hijos son siempre las pasiones y dolores de las madres -, comprendiendo como nadie podía comprender el sentido de aquella muerte, la Pascua plena y definitiva que allí se estaba realizando; con la firmeza, sí, de la que, sintiéndose asociada con su dolor a la pasión de Jesús, con El estaba haciendo con su dolor de madre la más hermosa ofrenda de amor.
Es la gran lección – y seguimos con lecciones al pie de la Cruz – que hoy podemos nosotros aprender. La lección que nos enseña a hacer ofrenda de amor para darle la mayor hondura y plenitud a todo lo que es nuestra vida también con nuestros dolores y sufrimientos.
San Pablo llegará a decir que completa en su carne lo que falta a la pasión de Cristo – hoy lo vamos a recordar en la oración final después de la comunión – queriendo expresar así cómo con su vida, también con su dolor y sufrimiento, se unía a la pasión de Cristo. ¿No tenemos también nosotros en nuestra vida dolores, sufrimientos, debilidades, achaques, contratiempos con los que unirnos también a la pasión de Jesús en ofrenda de amor?
Es lo que está haciendo María. Es la firmeza del amor que contemplamos en su dolor. Nosotros en nuestra devoción y amor de hijos la llamamos Virgen de los Dolores, como hoy hacemos y celebramos, Madre de las Angustias o de la Amargura, porque pensamos en su dolor, en las angustias y sufrimientos que como Madre estaba padeciendo al pie de la Cruz de Jesús, tendríamos que llamarla siempre cuando la contemplamos junto a la pasión y muerte de su Hijo en la Cruz, Madre de la Esperanza y del Amor. En esa sabiduría popular, muchas veces con el sentido de la fe muy metido en las entrañas, en algunos lugares a la Virgen de los Dolores así la llaman Madre de la Esperanza. Porque es realmente así como la contemplamos; como ya antes decíamos, sabía ella y comprendía la Pascua que en Jesús se estaba realizando y que aquella muerte atroz en la Cruz no podía acabar sino en la resurrección. Era la firmeza de la esperanza con la que estaba al pie de la Cruz de Jesús.
Ayer contemplábamos cómo Cristo en la Cruz asumió todo nuestro dolor y sufrimiento. Era la lección de la solidaridad. Hoy mirando a María, que no hace otra cosa que seguir el mismo camino de Jesús, nos está, pues, enseñando a hacer esa ofrenda de amor desde todo lo que es nuestra vida. Cuando a nuestro dolor y sufrimiento le damos un sentido y un valor, porque lo miramos a través de la Cruz de Cristo y de su resurrección, cuando sabemos hacer ofrenda de nuestro dolor poniéndonos al lado de la Cruz de Cristo, completando en nuestra carne la pasión de Cristo, y aprendiendo a hacerlo de María, podíamos decir que se convierte en una hermosa flor que inundará nuestra vida y la de los que nos rodean del perfume del amor. Es como el incienso perfumado que sube a lo alto de los cielos, recogiendo también otra imagen.
Es la flor de nuestra vida que queremos poner ante el Altar del cielo. Es como una hermosa y olorosa rosa, que, aunque nos sintamos atravesador por sus espinas - regada nuestra vida con la sangre de nuestro dolor -, sin embargo podrá exhalar el más exquisito perfume, que es el perfume del amor. Es el perfume que brota hoy del corazón de María. Que aprendamos nosotros también a exhalar ese perfume del amor.

martes, 14 de septiembre de 2010

Vamos a aprender la hermosa lección de la Cruz


Núm. 21, 4-9;
Sal. 77;
Jn. 3, 13-17

‘Nosotros hemos de gloriarnos en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo: en El está nuestra salvación, vida y resurrección; El nos ha salvado y liberado’. Así ha comenzado la liturgia de este día de la Exaltación de la Santa Cruz que celebramos en este día.
A algunos les puede parecer incomprensible que la cruz sea una gloria y en ella podamos gozarnos y hacer celebración. ¿Cómo nos acercamos a la Cruz? Muchos lo hacen con temor; a nadie le gusta el dolor y el sufrimiento, nadie quiere la muerte, nadie quiere la humillación de una condena, de un suplicio, ni ser despreciado o tenido por un malhechor. Pudiera ser la primera imagen que aparece ante nuestros ojos y nuestra mente cuando contemplamos una cruz. La cruz se rehuye, del dolor y el sufrimiento no se quiere ni hablar, hay cosas que nos parece que pudieran hacernos daño por dentro.
Pero ¿es así cómo nosotros miramos la Cruz? Cuando nosotros miramos la Cruz estamos viendo a Jesús crucificado en ella. Para nosotros puede ser entonces una hermosa lección. Mirando a Cristo clavado en la cruz no vemos una derrota sino una victoria; no vemos amargura sino consuelo, paz, amor y alegría; no es desesperación sino esperanza; no es signo de muerte sino señal y germen de vida.
Vamos a intentar aprender la lección de la cruz. Vamos a intentar quedarnos a su sombra beneficiosa y meditar la gran lección que Jesús nos ofrece desde esa cátedra de la cruz. Aprendemos la lección del amor y de la solidaridad.
Comenzaremos cayendo en la cuenta que es la prueba del amor más grande, la seguridad y la certeza del amor que Dios nos tiene. Lo hemos recordado tantas veces: ‘tanto amó Dios al mundo que nos envió a su hijo’, nos entregó a su Hijo como la prueba suprema de ese amor. Porque ‘no hay amor más grande que el de quien da la vida por el amado’. Y es lo que hizo Jesús. Es lo que contemplamos en la cruz.
Allí fue levantado en la alto, como un día Moisés levantara la serpiente en el desierto, pero Cristo levantado en lo alto se convierte en nuestro rescate, en nuestro redentor. Cristo levantado en la alto de la cruz es el precio de nuestra liberación. Allí derramó su sangre, allí dio su vida, porque nos amaba, porque así no manifestaba el amor del Padre. Allí recibimos su perdón.
Aprendemos lo que es el gozo del amor más entregado; aprendemos a amar con un amor que no tiene medida sino que se da y se desgasta totalmente, se consume, por el ser amado. Aprenden los esposos lo que es un amor verdadero más allá de la pasión; aprenden los amigos lo que en verdad vale la amistad sincera y pura; aprendemos todos lo que es sentirnos queridos y por eso ofrecemos a todos un amor como el de Jesús para que todos igualmente se sientan amados.
Aprendemos lo que es la solidaridad verdadera cuando le vemos a El haciéndose solidario con nosotros, porque se hace semejante a nosotros, haciéndose como uno de nosotros, cargando también con todas nuestras debilidades y miserias, cargando también con nuestros pecados quien no tenía pecado. En la cruz toma nuestro dolor, nuestro sufrimiento, nuestros problemas, todo lo que es nuestra vida, cargando también con la fealdad de nuestro pecado para liberarnos y hacernos nuevos.
Aprenderemos entonces nosotros a hacernos solidarios con los demás, con los dolores y sufrimientos, con las preocupaciones y la vida de los que están a nuestro lado, sintiéndolas también como nuestras; aprenderemos a pensar menos en mis cosas y más en las cosas de los demás; aprenderemos, entonces, a ser más cercanos y más comprensivos más humanos y más hermanos. Porque hemos sido nosotros comprendidos y perdonados, también nosotros aprenderemos a comprender al hermano y a perdonar.
Seguimos aprendiendo cosas al pie de la cruz. La lección es inacabable como inacabable es su amor. Por eso aprenderemos a poner esperanza en nuestra vida, pero también a trasmitir a los demás esa esperanza de que es posible un mundo nuevo y mejor, de que no todo es negrura y oscuridad, sino que siempre podemos encontrar rayos de luz que iluminen nuestra vida por mucha negatividad que podamos ver alrededor. Siempre hay rayos de luz, porque siempre podemos vislumbrar destellos de amor y de muchas cosas buenas en las personas. Y aprenderemos a creer en las personas, a confiar y a esperar siempre algo bueno.
Estaremos aprendiendo que el Reino de Dios es posible, que el Reino de Dios ya está en medio de nosotros, que con ese Reino de Dios tenemos que sentirnos seriamente comprometidos. Y llenaremos nuestra vida de nuevas actitudes y con nuevos valores le vamos dando sentido a nuestra vida; y con gestos sencillos y humildes iremos poniendo cada día un poquito de amor con el que dulcifiquemos nuestras relaciones y la vida de los demás.
Claro que sí, ‘nos gloriamos’, nos gozamos, hacemos fiesta y celebramos ‘la Cruz de nuestro Señor Jesucristo; en El está nuestra salvación, vida y resurrección; El nos ha salvado y redimido’.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Sin comunión no podemos celebrar la Cena del Señor

1Cor. 11, 17-26;
Sal. 39;
Lc. 7, 1-10

En la lectura de la Carta a los Corintios que hemos escuchado nos encontramos con el texto probablemente más antiguo del relato de la cena del Señor. Sin embargo, como nos dice el apóstol, es ‘una tradición, que procede del Señor y que a mi vez yo os he trasmitido’. El relato, el hecho podemos decir, que centraba las asambleas de los cristianos ya desde el principio, en el que cada encuentro significaba un celebrar el memorial del Señor, celebrando la Cena del Señor tal como el Señor les había prescrito: ‘Haced esto en memoria mía’.
Es precisamente lo que motiva que el apóstol se los recuerde a los cristianos de Corinto en esta carta, y que bien nos viene a nosotros recordar bien lo que significa celebrar el memorial del Señor, la Cena del Señor, celebrar la Eucaristía para que lo hagamos con hondo sentido y evitemos aquellas cosas que podrían desvirtuar la maravilla de la Eucaristía.
Eucaristía que es vivir y celebrar la presencia viva del Señor; que tiene que ser siempre punto de encuentro y nexo de unión de los que creemos en Jesús porque es entrar en comunión con Cristo, pero con el Cristo total; comunión con Cristo, con su Cuerpo y con su Sangre, con lo cual estamos haciendo presente en nosotros todo el misterio pascual – ‘cada vez que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva’ -, pero que tiene que ser necesariamente ese entrar en comunión con el hermano.
Allí donde no hay unidad y comunión no puede haber Eucaristía verdadera; perdería sentido para nosotros. Es lo que el apóstol quiere corregir en aquella comunidad, hasta llegar a decirles: ‘Así, cuando os reunís en comunidad, os resulta imposible comer la cena del Señor’. ¿Por qué les dice esto el apóstol? Habían surgido en el ceno de la comunidad divergencias, divisiones, distanciamiento entre los miembros de la comunidad.
Era normal que en los encuentros compartieran la comida, como un signo de unidad y de comunión entre ellos; y en medio de ese ambiente fraternal terminaban celebrando la cena del Señor. Pero ¿qué había sucedido? ‘En vuestra asamblea os dividís en bandos… cada uno se adelanta a comerse su propia cena, y mientras uno pasa hambre, el otro está borracho…’ Lo que está describiendo es que entre ellos no había la necesaria unidad y comunión, no había un verdadero compartir. Así no cabía, no tenía sentido celebrar la Cena del Señor.
Un mensaje para nosotros invitándonos a una verdadera unidad y comunión entre los que creemos en Jesús, entre los que estamos compartiendo la misma Eucaristía. No caben los individualismos, el que cada uno andemos por un lado mientras estamos celebrando juntos. Y eso en la actitudes y en la manera incluso de expresarnos y manifestarnos en la misma celebración. Pero eso también en las actitudes y en la comunión efectiva que tendría que haber entre todos nosotros en todo momento. Nos une Jesús; nos une la misma Eucaristía del Señor que celebramos juntos y compartimos.
Recogiendo la hermosa súplica que vemos en labios del centurión hoy en el evangelio, esa tiene que ser también nuestra oración. Ya ritualmente la liturgia nos la pone en nuestros labios momentos antes de comulgar: ‘Señor, no soy digno de que entres en mi casa…’ Pero que no sea solamente con nuestros labios, que surja desde lo más hondo del corazón.
No somos dignos, le decimos, porque no siempre tenemos la comunión total entre nosotros, pero que el Señor venga a nuestra vida, que su Palabra llegue hasta nosotros para que nos sane, nos sane de nuestros individualismos y de nuestra falta de comunión, nos sane de esas cosas que dejamos meter en nuestra vida y en nuestro corazón que muchas veces nos impiden de verdad estar cerca los unos de los otros, nos sane de esas actitudes negativas que nos aíslan, nos distancian porque son barreras que nos impiden una auténtica comunión. Que el Señor nos sane, nos ayude a vivir con todo sentido nuestra Eucaristía, que en verdad estemos proclamando la muerte del Señor y su resurrección, que en verdad nos llenemos de su vida y de su gracia.

domingo, 12 de septiembre de 2010

La imagen más hermosa de Dios, la misericordia


Ex. 32, 7-11.13-14;

Sal. 50;

1Tim. 1, 12-17;

Lc. 15, 1-32

¿A dónde nos conducen nuestros caminos cuando nos apartamos del querer de Dios? ¿Qué nos ofrece Dios en cambio a esa actitud nuestra que se quiere en cierto modo endiosar cuando quiere hacer prevalecer su yo, su gusto y apetencia por encima de todo? Creo que la Palabra de Dios de este domingo sobre esto nos puede ayudar a reflexionar.
Recojamos las imágenes que nos ofrecen las parábolas del evangelio. La oveja perdida caminará en medio de peligros lejos del rebaño; para la mujer que había extraviado la moneda muy valiosa todo era angustia y desolación; el hijo que quiso construir su vida al margen y lejos de padre terminará en el peor de los vacíos y a punto de desesperación. Pero con el cambio, la oveja o la moneda encontradas, o el hijo en la vuelta a la casa del padre todo será fiesta y alegría.
Qué bien retrata la parábola nuestra vida y situación. Es un reflejo de los caminos que nosotros queremos tantas veces tomar. Ese becerro de metal que se hicieron los judíos en el desierto del que nos habla la primera lectura es el reflejo de ese yo endiosado que pretende seguir sus caminos a su manera y al margen de lo que pueda ser el plan de Dios para nuestra vida. Querían vivir su libertad al margen del Dios que los había liberado de Egipto.
Nos queremos hacer dioses que nos satisfagan nuestros deseos y caprichos; tenemos sueños de hacernos dioses de nosotros mismos donde el criterio de mi vivir y actuar sean mis apetencias, mis caprichos haciendo de nuestro egoísmo orgulloso la única razón de lo que hacemos o vivimos. ¿Por qué me tengo que negar eso que yo deseo? ¿por qué no puedo hacer lo que me apetezca?, que decimos tantas veces. Y al final terminamos siendo, no dioses, sino esclavos de egoísmos y pasiones y caemos en el vacío y la desolación cuando no alcanzamos todo lo que deseamos, y nos desesperamos, y nos dejamos arrastrar por iras y violencias contra todo y contra todos, o caemos en profunda depresión.
Es el retrato del hijo pródigo, del que se marchó de la casa del padre, o también del que lleno de orgullo no sabe aceptar a su hermano. No es necesario volver a describir los detalles que nos da la parábola, hambre, miseria, abandono, soledad. Es nuestro retrato en tantas ocasiones de nuestra vida. Cuántos caminan por la vida como sin rumbo y sin encontrar un sentido hondo a sus vidas; cuántos dejándose llevar por esa carrera de vértigo del egoísmo y la pasión terminan destrozando sus vidas, sin que les parezca que un día puedan encontrar luz para la oscuridad en la que viven.
Una situación que puede tener distintas reacciones; o puede conducirnos al vacío, al aislamiento y a la desesperación, o nos puede hacer recapacitar para conducirnos a Dios, si dejamos oír su voz en nuestro corazón, para desde su misericordia y amor encontrar la plenitud y la dicha.
Aunque caídos en esos caminos de muerte, de vacío, de desolación, si no dejamos que la luz de la fe se apague en nuestra vida, podemos darnos cuenta de que todo puede recomenzar de nuevo, que Alguien está buscándonos y esperándonos – como aquel pastor que buscaba la oveja perdida, o aquella mujer que barría toda la casa para encontrar la moneda valiosa extraviada, o como aquel padre paciente que siempre esperaba la vuelta del hijo -; desde esa luz de la fe podremos descubrir que el amor no nos va a tener en cuenta lo malo que hayamos hecho sino nuestra vuelta y nuestro encuentro con El; podemos vislumbrar que se nos ofrece la perspectiva de empezar una vida nueva y distinta.
¡Qué distinta es la manera de reaccionar de Dios a cómo nosotros reaccionamos! Muchas veces queremos ser tan justicieros que olvidamos lo que es la misericordia, la compasión y el perdón. Tenemos que aprender del Padre del cielo que es compasivo y misericordioso siempre. Nos vale para nosotros encontrar esperanza desde la negrura de nuestro pecado para levantarnos y nos vale también para la humanidad que hemos de poner en nuestro trato y aceptación de los demás.
Cuando el hijo llega a la presencia del padre queriendo expresarle de mil maneras su arrepentimiento y su petición de perdón, el padre se lo comerá a besos, casi no le dejará hablar para no tener que recordar lo pasado, y encima lo vestirá de fiesta ofreciéndole un banquete de bienvenida. Si nos fijamos en lo que Pablo hoy nos dice, da gracias a Dios ‘que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio; eso que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente…’ Por eso afirmará rotundamente ‘Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores y yo soy el primero, y por eso se compadeció de mí…’
Rotundamente, sí, tenemos que afirmar que Dios siempre está dispuesto al perdón y a ofrecernos su abrazo de amor. No castigó a su pueblo que se había hecho un becerro de metal que ocupara su lugar, sino que siguió conduciéndolo hasta la tierra prometida. La alegría del cielo, la alegría de los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta, que nos decía Jesús concluyendo las dos primeras parábolas. ‘Este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado’, que dice el padre preparando un banquete de fiesta para el hijo que había vuelto.
Es la esperanza que renace en nuestro corazón porque sabemos que, aunque somos pecadores y tantas veces queremos vivir nuestra vida al margen de Dios, es el Padre bueno que siempre nos busca y nos espera con sus brazos de amor bien abiertos para darnos su abrazo de paz y de perdón.
Pero es también, como decíamos antes, la misericordia de la que hemos de llenar nuestra vida, a imagen del Dios compasivo y misericordioso, para tratar con una humanidad casi divina a los demás; para que siempre confiemos en el otro – cuánto nos cuesta -, para que siempre demos esperanza al hermano, para que sepamos alentar a todo caído que nos encontremos en la vida y le ayudemos a levantarse para vivir con nueva ilusión y entusiasmo reconstruyendo su vida, como nosotros mismos lo intentamos también tantas veces.
Y finalmente decir también es el rostro misericordioso que tiene que ofrecer siempre la Iglesia, porque siempre tiene que manifestarse como imagen y signo de ese Dios del amor y de la misericordia, que sigue creyendo en nosotros a pesar de nuestras debilidades y que sigue contando con nosotros. Es la imagen más hermosa de Dios que la Iglesia puede y debe ofrecer.

sábado, 11 de septiembre de 2010

María, nombre cargado de divinas dulzuras


Ecles. 24, 17-22;
Sal. Lc. 1, 46-54;
Lc. 1, 26-38

‘La virgen se llamaba María…’ nos dice el evangelista. El nombre, María. Dulce nombre, santo Nombre. Es el nombre de la Madre, de la Madre de Dios y nuestra madre, porque así quiso dárnosla Jesús desde la Cruz. Hace pocos días celebramos su nacimiento; hoy queremos recordar y celebrar su nombre – aunque nos adelantemos un día por coincidir con el domingo – porque queremos gozarnos con María, invocar a María, tener muy presente en nuestros labios el nombre de María.
"Nombre cargado de divinas dulzuras", como asegura San Alfonso María de Ligorio; nombre que sabe a mieles y deja el alma y los labios rezumando castidad, alegría y fervor: ¡María! Por medio de la que así es llamada, nos han venido todos los bienes y la pobre humanidad puede levantar la humillada cabeza y presentir de nuevo la cercanía de inacabables bienaventuranzas.
En este sentido podemos recordar lo que nos decía el libro del Eclesiástico que la liturgia quiere aplicar hoy a María: ‘Como vid hermosa retoñé: mis flores y frutos son bellos y abundantes. Yo soy la madre del amor puro, del temor, del conocimiento y de la esperanza santa… mi nombre es más dulce que la miel, y mi herencia, mejor que los panales…’
Prueba de sabiduría y de acierto es imponer a la persona el nombre que justamente le corresponde. Y nadie como Dios ha sabido dar exactitud, expresión y síntesis a los nombres que Él mismo ha elegido e inspirado. Desde la más remota antigüedad, el nombre impuesto a las personas y a las cosas tuvo, en la mayoría de los pueblos, una significación simbólica.
Se suele decir que el nombre de María, traducido del hebreo "Miriam", significa, Doncella, Señora, Princesa. El padre Lagrange opina que los hebreos debieron utilizar el nombre de María con el significado de Señora, Princesa. Nada más conforme a la noble misión de la humilde Virgen nazarena.
¿Qué significados tiene, pues, según la etimología, ese nombre cuyo misterioso sentido sólo Dios nos podría explicar? Si, como algunos creen, deriva del idioma egipcio, su raíz es mery, o meryt, que quiere decir muy amada. Según otros, la significación sería Estrella del mar. Si el nombre de María proviene del siríaco, la raíz es mar, que significa Señor.
San Efrén dice "que el nombre de María es la llave de las puertas del cielo," Y San Buenaventura "que María es la salvación de todos los que recurren a ella." "¡Oh Dulcísimo Nombre! Oh María, quién serás Tú que tu nombre sólo es tan amable y lleno de gracia," exclama el beato Enrique Suso. Y San Bernardo: "En los peligros, en las perplejidades, en los casos dudosos, piensa en María, recurre a María, no dejes que abandone tus labios; no dejes que se aparte de tu corazón." María, cuyo Nombre cantan los cielos y la tierra, ¡bendita seas!... "El nombre de María indica castidad", dice San Pedro Crisólogo.
Deliciosamente narra sor María Jesús de Agreda, en su Mística Ciudad de Dios, la escena en la cual la Santísima Trinidad, en divino consistorio, determina dar a la "Niña Reina" un nombre. Y dice que los ángeles oyeron la voz del Padre Eterno, que anunciaba: "María se ha de llamar nuestra electa y este nombre ha de ser maravilloso y magnífico. Los que le invocaren con afecto devoto, recibirán copiosísimas gracias; los que le estimaren y pronunciaren con reverencia, serán consolados y vivificados; y todos hallarán en él remedio de sus dolencias, tesoros con que enriquecerse, luz para que los encamine a la vida eterna".
Y a ese nombre, suave y fuerte, respondió durante su larga, humilde y fecunda vida, la humilde Virgen de Nazaret, la que es Madre de Dios y Señora nuestra. Y ese nombre, "llave del cielo", como dice San Efrén, posee en medio de su aromática dulzura, un divino derecho de beligerancia y una seguridad completa de victoria.
Su Nombre, para los que luchamos en el campo de la vida, es lema, escudo y presagio. Lo afirma uno de sus devotos, San Antonio de Padua, con esta comparación: "Así como antiguamente, según cuenta el Libro de los Números, señaló Dios tres ciudades de refugio, a las cuales pudiera acogerse todo aquél que cometiese un homicidio involuntario, así ahora la misericordia divina provee de un refugio seguro, incluso para los homicidas voluntarios: el Nombre de María. Torre fortísima es el Nombre de Nuestra Señora. El pecador se refugiará en ella y se salvará. Es Nombre dulce, Nombre que conforta, Nombre de consoladora esperanza, Nombre tesoro del alma. Nombre amable a los ángeles, terrible a los demonios, saludable a los pecadores y suave a los justos."
Que el sabroso Nombre de Nuestra Madre, unido al de Jesús, selle nuestros labios en el instante supremo y ambos sean la contraseña que nos abra, de par en par, las puertas de la gloria.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Apóstoles y evangelizadores corremos la carrera por el premio de la vida eterna

1Cor. 9, 16-19.22-27;
Sal. 83;
Lc. 6, 39-42

‘¡Ay de mi si no anuncio el evangelio!’, dice Pablo. ‘No lo hago por propio gusto, porque eso mismo sería mi paga… sino que me han encargado ese oficio de dar a conocer el Evangelio…’
Este texto de la carta de Pablo a los Corintios nos vale en primer lugar a los que tenemos la misión y el ministerio del apostolado y de la predicación del Evangelio. Nos ayuda a valorar y considerar nuestra misión, nuestra manera de ejercerla, revisando y purificando actitudes y maneras de actuar, y a sentirnos cada vez más comprometidos con el evangelio que tenemos que anunciar. Un texto, digo, que nos ayuda a reflexionar, a meditar y dar gracias a Dios por la misión que nos ha confiado.
Pero es bien válido también para todos los cristianos; para que todos comprendamos y valoremos la misión de los pastores de la Iglesia, siendo al mismo tiempo comprensivos y ayudándoles a mantener esa fidelidad, esa generosidad y esa entrega. Muchas veces podemos ser exigentes con nuestros pastores si hacen o no hacen, si tienen estas actitudes o les faltan aquellos valores, si parecen interesados o están llenos de generosidad y entrega, pero quizá no siempre la comunidad sabe estar al lado de sus pastores apoyándolos, rezando por ellos, animándolos, que también necesitan de ese apoyo o de esa oración.
Pero además de esto que estamos considerando podemos fijarnos también en esas imágenes o ejemplos que nos propone el apóstol en este texto. Emplea la imagen del corredor atlético que para realizar su carrera en el estadio previamente se ha impuesto toda clase de privaciones y sacrificios en su entrenamiento, como nos dice el apóstol, por una corona de laurel, o, podemos decir hoy, por una medalla o trofeo de metal, en fin de cuentas perecedero.
Lo que nos plantea el apóstol es si seremos nosotros capaces de correr de semejante manera la carrera de la fe y de la vida cristiana. No lo haríamos nosotros por una corona perecedera, una corona que se marchita, sino que lo haríamos por el Señor. Nuestro premio es El, poseerle a E, vivir esa vida eterna que El nos ofrece que no es otra cosa que vivirle a El en plenitud.
Cuando le damos esa trascendencia eterna a nuestros actos y a nuestra vida, sí seremos capaces de luchar por superarnos cada día en esa ascensión que tiene que significar nuestra vida cristiana. Un ascender – ascesis lo llamamos - en un camino de perfección, de santidad, venciendo tentaciones, superando defectos y debilidades, purificándonos también a través de nuestras privaciones y sacrificios, creciendo más y más en nuestras virtudes. Hermoso camino que nos lleva a la plenitud de la vida en el Señor.
Finalmente una palabra del evangelio donde Jesús sigue haciéndonos unas recomendaciones sobre esa superación que hemos de hacer en nuestra vida de cada día. ‘¿Cómo puedes decirle a tu hermano: hermano, déjame que te saque la mota del ojo, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano’. Somos fáciles en fijarnos en los defectos o fallos de los demás, pero no somos capaces de fijarnos en nosotros mismos. Pues en ese camino de superación hemos de fijarnos mucho en nuestra vida, porque mucho seguramente tenemos que purificar. Además si llevamos nuestros ojos turbios con las vigas de nuestra maldad, con poca claridad, con poco amor podremos ver lo bueno que siempre hay en los demás.

jueves, 9 de septiembre de 2010

La medida del amor en el estilo de Jesús

1Cor. 8. 1-7.11-13;
Sal. 138;
Lc. 6, 27-38

La medida del amor, ¿hasta dónde tiene que llegar? Hoy nos ha dicho Jesús: ‘Sed compasivos… no juzguéis… no condenéis… perdonad… dar y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante…’ Nos va enseñando un estilo nuevo. Nos va enseñando una nueva forma de amar. Nos está señalando la amplitud que ha de tener nuestro amor. ‘Como vuestro Padre que es compasivo…’
Cuando amamos de verdad no ponemos límites ni medidas, no somos tacaños sino generosos. Cuando amamos de verdad lo vamos a hacer con todos y de forma generosa. Por eso no tenemos que mirar quien sea amigo o enemigo, quien me haga el bien o quien me haya hecho daño. Cuando amamos de verdad, repito, hay generosidad en el corazón y nuestra respuesta al otro nunca será ni la violencia ni la maldición, siempre será una respuesta de bien, de bendición, de generosidad para ser capaz si fuera necesario de desprenderme de lo que tengo para compartirlo con el otro; en nuestra respuesta de amor no estaremos buscando ni recompensas, ni compensaciones, ni correspondencias que pudieran ser como una paga a mi amor.
Es sublime lo que nos enseña Jesús. Tan sublime que en nuestros razonamientos humanos a veces nos cuesta entenderlo y pueden aparecer sutilmente rabitos de amor propio y hasta de egoísmo en nuestro amor. Somos fáciles para poner medidas, límites, condiciones. ¿Es que tengo que amar a todos? ¿es que tengo que amar también al que ha hecho daño? ¿y al que me cae mal? ¿y también a aquel que no es del grupo de mis amigos? ¿y aquel otro que es un egoísta y nunca ayuda a nadie? Siempre buscamos alguna pega, alguna dificultad.
Como decía el sabio del Antiguo Testamento – lo escuchamos el pasado domingo - nuestros pensamientos algunas veces son mezquinos y falibles. ‘¿Quién rastreará las cosas del cielo, quien conocerá tus designios, si tú no le das sabiduría enviando tu Santo Espíritu desde el cielo?’ Es lo que tenemos que pedir.
‘Si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen. Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores con intención de cobrárselo… amad a los enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada: tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo…’
La medida del amor, comenzábamos preguntándonos, ¿hasta dónde tiene que llegar? Aquí tenemos la respuesta. Un amor sublime, generoso, que nos supera y que entonces sólo con la fuerza de la gracia divina podremos tener. Un amor por el que tenemos que ser distintos. Porque además el modelo de nuestro amor es el amor que Dios nos tiene. ‘Compasivos como vuestro Padre que es compasivo… seréis hijos del Altísimo que es bueno con los malvados y desagradecidos…’
Es que los que creemos en Jesús, los que lo seguimos y somos sus discípulos tenemos un sentido distinto de las cosas, de la vida, del amor. Es precisamente lo que nos hace cristianos, discípulos de Jesús. Será nuestro distintivo. ‘En esto se conocerá que sois discípulos míos’, nos decía Jesús en la última cena cuando nos dejaba el mandamiento del amor.
Que nos conceda el Señor el Espíritu del amor.

martes, 7 de septiembre de 2010

Celebramos con gozo el nacimiento de María


Miq. 5, 2-5;
Sal. 12;
Mt. 1, 1-16.18-32

Múltiples expresiones de júbilo y alegría nos recoge la liturgia en los diferentes textos, antífonas, ya sea en la Eucaristía, ya sea en la Liturgia de las Horas, en esta fiesta de la Natividad de María.
Muchas fiestas en honor de María se celebran en nuestros pueblos en diferentes advocaciones que manifiestan la piedad popular y la devoción llena de amor de los hijos para con su madre en el día de su nacimiento. Son los hijos que celebran, llenos de fervor y amor, el cumpleaños de la madre. ¿No lo hacemos así con esa madre que nos dio el ser? ¿Cómo no lo vamos a hacer con María?
Celebramos, pues, con gozo el nacimiento de María, aurora y esperanza de salvación, pues de ella salió el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios. ‘Hoy nace una clara estrella, tan divina y celestial, que, con ser estrella, es tal que el mismo Sol nace de ella’, como se canta en un himno litúrgico, aunque las otras expresiones que hemos ido diciendo se recogen también en la liturgia como ya dijimos.
El nacimiento de María anunció la alegría a todo el mundo; es el principio de la salvación, porque de ella nace Cristo que, borrando la maldición, nos trajo la bendición, triunfando de la muerte, nos dio la vida eterna. La maldición cayó sobre el hombre con el pecado allá en el paraíso terrenal, pero se nos anunció una bendición, porque la estirpe de la mujer vencería sobre la muerte y nos llegaría la vida. María nos da a Jesús, el vencedor sobre la muerte que nos da la vida eterna.
Es María, la primera morada de Dios entre los hombres, el primer templo de Dios porque en ella por obra del Espíritu habría de encarnarse el Hijo de Dios, en su seno, como en el más hermoso templo, María lo portaría para hacernos llegar al Emmanuel, al Dios con nosotros. María sí recibió la luz, María sí recibió la vida. En María no habrá tinieblas porque nunca la sombras del mal entenebrecerían su vida porque fue incluso preservada del pecado original desde el primer instante de su concepción en virtud de los méritos de su Hijo Jesús.
Dios miró su humildad y por el anuncio del ángel concibió al Redentor del mundo. María, pequeña, la última, la esclava del Señor como a sí misma quiso llamarse, sin embargo se deja conducir por Dios, se deja conducir por el Espíritu Santo y por ella nos llegó la salvación. Por algo con la liturgia la llamamos aurora y esperanza de salvación.
En esta fiesta del nacimiento de María nos sentimos tentados de no cansarnos nunca de decir cosas hermosas de María. Así la ha cantado siempre la Iglesia, así los santos Padres cantaban las alabanzas de María. Es el fervor y el amor de los hijos que tan maravillosamente se sienten amados por tal madre. Todos tenemos experiencias en nuestro corazón que nos recuerdan ese amor de Madre de María, esa protección maternal que de tantas formas se ha manifestado en nosotros. Como hijos enamorados de la madre no queremos sino decirle piropos, cantarle cantos de amor y de alabanza, y repetirle una y otra vez cuánto la queremos , como lo hacemos también sin cansarnos a nuestra madre de la tierra.
Pero ya sabemos que la mejor alabanza que podemos hacer a la madre es ser dignos hijos de tal madre. Y lo expresamos queriendo parecernos a ella, hacer cuánto ella nos enseña, queriendo copiar en nosotros sus virtudes, su humildad, su amor, en una palabra su santidad.
La vemos hoy pura y resplandeciente de luz – así la llamamos también en este día, Madre de la Luz -; la contemplamos llena de la vida de Dios y con la pureza y la santidad de una vida sin pecado. Que brille en nosotros esa luz, que apartemos igualmente de nosotros el pecado, que vivamos como ella con espíritu humilde, que sepamos como ella abrir nuestro corazón a Dios y a su Palabra y que nos llenemos de su amor, que resplandezca la santidad en nuestra vida.

Tres momentos, oración, elección y cercanía

1Cor. 6, 1-11;
Sal, 149;
Lc. 6, 12-19

Subrayemos varios aspectos de este texto del evangelio. Por una parte nos dice ‘Jesús subió a la montaña para orar, y pasó la noche orando a Dios’. A continuación nos dice: ‘cuando se hizo de día llamó a sus discípulos, escogió a doce entre ellos y los nombró apóstoles’. Para finalmente decirnos que ‘bajó Jesús del monte y se paró en un llano con un grupo grande de discípulos y de pueblo…’ Tres momentos: oración, elección y cercanía.
Oración, en lo alto del monte, como lo vemos en otras ocasiones. Y oración en el silencio de la noche. Una subida, como un signo que tantas veces hemos reflexionado; pero soledad y silencio. Salida de sí mismo para ir al encuentro con Dios, en lo más hondo de nosotros mismos pero para abrirnos a Dios: en el silencio de los ruidos terrenos que nos pueden distraer; en la soledad de la intimidad que no es soledad sino llenarse de la inmensidad de Dios.
Un segundo momento de elección y misión, precedido de esa oración, de ese sentir en Dios que es lo más correcto, lo que es la voluntad y el camino de Dios. Entre los discípulos son elegidos doce a los que se les confía una misión, ‘los nombró apóstoles’. Jesús elige y los discípulos reciben y acogen una misión.
Y en el tercer momento, decíamos cercanía. Cercanía de quien bajó hasta el llano donde estaban muchos discípulos pero estaba también el pueblo venido de todas partes. Cercanía en aquellos que le buscaban, que habían hecho largos caminos para ir al encuentro con Jesús, para dejarse también encontrar por Jesús. Cercanía de Jesús que a todos acoge, con sus ilusiones y esperanzas, con sus penas y dolores, con su hambre de la Palabra de Dios, pero también con muchas otras necesidades.
¿Serán también los momentos que nosotros hemos de vivir? Necesitamos oración. Necesitamos subir a la montaña, o desprendernos de nosotros mismos para abrirnos a Dios. Necesitamos hacer ese silencio interior que nos permita abrirnos a Dios, escuchar a Dios. Necesitamos de esa soledad, que es ese vaciarnos de tantas cosas para que pueda Dios entrar en nuestro corazón con toda su inmensidad, con todo su amor. Nuestros apegos y nuestro amor propio nos hacen sentirnos tan llenos a veces que no podemos dejarle lugar a Dios en nuestro corazón.
Cuando nos abramos a Dios, podremos llenarnos de El, podremos descubrir su camino, podremos ver claro las sendas que traza delante de nosotros en la vida; podremos descubrir entonces para qué nos llama, para qué nos quiere; nos sentiremos llamados y elegidos, descubriremos nuestra misión, qué es lo que tenemos que hacer. Nos vamos a Dios prevenidos ni precavidos, sino con una libertad interior grande para dejarnos hacer por Dios.
Cuando nos encontremos de verdad con Dios y nos llenemos de El aprenderemos a ir al encuentro con los demás; sabremos cuál es la cercanía que hemos de poner en nuestra vida en relación con los demás; aprendemos a acoger con un corazón abierto a los demás; aprenderemos lo que es un encuentro verdadero. Y escucharemos, y seremos bálsamo de paz y amor para los otros; y llevaremos vida donde hay tanta muerte; y sembraremos esperanza; y comenzaremos a transformar nuestro mundo desde y con el amor.
Hermosa es la lección de Jesús cuando se retiró a la montaña y pasó la noche en oración.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Dedicación de la catedral, valoración de nuestra Iglesia diocesana e invitación a una santidad de vida


1Ped. 2, 4-9;
Sal. 121;
Jn. 2, 13-22

Celebramos hoy en nuestra diócesis el día de la Dedicación de la Santa Iglesia Catedral. No es un aniversario cualquiera, puesto que para los que pertenecemos a la Iglesia que peregrina aquí en nuestras islas tiene un especial significado. No es una Iglesia cualquiera de la que celebramos su Dedicación puesto que es la Catedral de nuestra Diócesis.
Tendríamos quizá que recordar qué es, que significado tiene la Catedral. De entrada decir que es la sede del Obispo Diocesano y podríamos decir que es allí donde está la Cátedra del Pastor, del Obispo que con su oficio de Maestro anuncia el mensaje del evangelio para todos sus diocesanos; es así como la cabeza o la Iglesia madre de todas las Iglesias de la comunidad diocesana reunidas en torno a su pastor y a su Obispo.
Si importante es en cada comunidad cristiana el lugar sagrado donde damos culto al Señor, escuchamos su Palabra y celebramos los sacramentos en la reunión de la asamblea de la comunidad cristiana, cuánto más lo ha de ser para toda la Diócesis la catedral.
Así el templo catedral, en este caso, como lugar sagrado, dedicado, consagrado al Señor se convierte para los cristianos en un especial signo visible de la presencia del Señor en medio de nosotros. De ello tiene que hablarnos toda Iglesia o todo templo sagrado dedicado y consagrado al Señor. Pero por esas especiales características que hemos expresado la catedral tiene un significado grande para la vida de la Iglesia Diocesana. Por eso la liturgia en el aniversario de su Dedicación nos invita a celebrar esta fiesta especial. Por eso decíamos no es un aniversario cualquiera porque tampoco es un templo cualquiera para todos y cada uno de los diocesanos.
Pero cuando hablamos de ese templo visible y material, al que llamamos también Iglesia, no nos quedamos en la materialidad del mismo templo, sino que tenemos que ir mucho más allá. Reconocemos que el verdadero templo de Dios para nosotros es el Señor. El Hijo de Dios se encarnó y se hizo hombre tomando un cuerpo humano como el nuestro porque es verdadero hombre al mismo tiempo que verdadero Dios. Pero por eso mismo se convierte para nosotros en ese primer templo de Dios en medio nuestro, la primera señal, el más importante signo visible de Dios en medio de nosotros. Es el Emmanuel, Dios con nosotros y por El llega a nosotros toda la gracia de Dios, todo el amor de Dios que nos salva y nos redime y nos llena de la santidad de Dios.
Hoy nos ha hablado san Pedro de que Cristo es la piedra angular, escogida y preciosa. Pero al mismo tiempo nos dice que nosotros también somos piedras vivas que entramos en la construcción de ese templo del Espíritu. Por eso decimos también que nosotros somos también por la acción del Espíritu que nos consagra en verdaderos templos de Dios. Para eso fuimos ungidos en nuestro Bautismo.
Es por eso lo que decimos en el prefacio de esta fiesta. ‘Te has dignado habitar en toda casa consagrada a la oración, para hacer de nosotros, con la ayuda constante de tu gracia, templos del Espíritu, resplandecientes por la santidad de vida. Con tu acción constante santifica, Señor, a la Iglesia, esposa de Cristo, simbolizada en edificios visibles, para que así, como madre gozosa por la multitud de sus hijos, pueda ser presentada en la gloria de tu reino’.
Esta celebración, pues, además de una invitación a considerar y valorar todo el hondo significado que tiene la Iglesia catedral para sus diocesanos, es también para nosotros un estímulo y una exigencia, podríamos decir también, para nuestra santidad personal. Si somos templos de Dios con cuánta santidad hemos de vivir nuestra vida. Santidad que no hemos de profanar nunca con el pecado, santidad que hemos de hacer brillas con el resplandor de nuestras virtudes. Santidad que es exigencia también porque por nuestra vida hemos de convertirnos también en signos visibles de esa presencia de Dios en medio del mundo.