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viernes, 17 de marzo de 2023

El imperdible que hemos de llevar prendido en la vida para no perder a Dios es nuestro prójimo, amarlo es garantía de que amamos de verdad a Dios

 


El imperdible que hemos de llevar prendido en la vida para no perder a Dios es nuestro prójimo, amarlo es garantía de que amamos de verdad a Dios

Oseas 14, 2-10; Sal 80; Marcos 12, 28b-34


Recuerdo que nuestras madres cuando éramos pequeños y quizás nos enviaban con un recado ya fuera a la venta o a la casa de un vecino, al escribirnos lo que teníamos que llevar aquel papel nos lo trababan con un imperdible, ya fuera en la ropa o en algún apropiado para que no lo perdiéramos; lo mismo quizás una medalla o un escapulario que querían que llevásemos nos lo trababan así con un imperdible para que no tuviera perdida.

Me ha venido esta imagen a la cabeza reflexionando sobre lo que hoy nos ofrece el evangelio. Y tomando esa imagen yo me atrevo a decir que el imperdible para que no perdamos a Dios es nuestro prójimo. Sí, podemos perder a Dios y no encontrarlo a pesar de que nos sepamos muy bien eso de que tenemos que amar a Dios sobre todas las cosas.

Le estaba sucediendo a aquel letrado, aquel maestro de la ley que viene con sus preguntas a Jesús. ¿Qué es lo que tengo que hacer? ¿Cuál es el mandamiento principal? Y Jesús con gran pedagogía responde textualmente con aquellas mismas palabras que todo buen judío sabía de memoria- ¿y como no iba a saberlas el letrado si era un maestro de la ley? – y repetía muchas veces al día. ‘Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. Esto lo sabían todos, los fariseos incluso lo llevaban escrito en las franjas de sus mantos, en la puerta de cada casa lo tenían escrito también y todo buen judío al salir o al entrar en casa repetía estas palabras.

Hasta aquí no le dice nada nuevo que no supiera Jesús al escriba, pero es que Jesús habla del mandamiento primero, pero habla también del segundo mandamiento que es semejante al primero, que tiene la misma validez que el primero, que no se puede entender el primero si no entendemos y cumplimos con el segundo. ‘El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’.

Aquí se siente sorprendido el escriba que no le queda más remedios que dar razón a Jesús. ‘Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’.

Vale más que todos los holocaustos y sacrificios, le repite, el amor al prójimo como a uno mismo. Puede haber muchos holocaustos y sacrificios, pero hay algo que vale mucho más, el amor al prójimo. Si no hay amor al prójimo no podremos decir que tenemos verdadero amor a Dios. Es la garantía de que amamos a Dios de verdad. Es la garantía de que nos estamos encontrando con Dios, de que conocemos a Dios.

De ahí la frase que os decía al principio. El imperdible para que no perdamos a Dios es el prójimo. Teniendo presente ante nuestros ojos a nuestro prójimo estamos teniendo presente a Dios. ¿No nos dirá Jesús que todo lo que le hagamos al prójimo es como si se lo hubiéramos hecho a El? Garantía del amor a Dios, garantía de nuestro encuentro con Dios, garantía de que conocemos a Dios, amamos y amamos de verdad, porque ahora se nos está diciendo que amemos como nos amamos a nosotros mismos, pero terminará diciéndonos Jesús que amemos pero como nos ama Dios, ‘como yo os he amado’.

Llevemos ese imperdible bien prendido en nuestra vida. No nos perderemos. O como nos decía un teólogo y escritor del siglo XX ‘El prójimo es nuestro lugar de cita con Dios’ (Cabodevilla).

jueves, 16 de marzo de 2023

Y los cristianos tenemos que dar la nota, manifestar lo que creemos en la vida que llevamos, manifestarnos como creyentes aunque eso no cuente para los que nos rodean

 


Y los cristianos tenemos que dar la nota, manifestar lo que creemos en la vida que llevamos, manifestarnos como creyentes aunque eso no cuente para los que nos rodean

Jeremías 7,23-28; Sal 94; Lucas 11,14-23

Seguro que al menos consideraremos como una falta de respeto, pero incluso si nos lo hacen a nosotros nos sentiremos ofendidos, si cuando estamos hablando con alguien este nos vuelve la cara como una señal de que no quiere escucharnos, o nos vuelve la espalda. La más mínima corrección y respeto nos exige prestar atención a quien nos habla.

Pero peor aún si llega a nuestros oídos que aquello que nosotros hemos hecho con gran dedicación y generosidad por nuestra parte para ayudar a alguien, por ejemplo, alguien con muy mala saña propaga que aquello no es obra nuestra sino que se lo atribuyen a otras personas, o quizás alguien se lo atribuye a si mismo. Se sentiría herido nuestro amor propio, nos sentiremos molestos con tales muestras de ingratitud, y en cierto modo nos sentiríamos defraudados de esas personas que propagan tales cosas.

¿Qué estaba sucediendo con la obra de Jesús? Ya el profeta en la primera lectura que hoy se nos propone en la liturgia habla de esa nuestra actitud desagradecida ante Dios, en que incluso le damos la espalda tantas veces que no queremos escucharle, o quizás queremos aparentar una bondad que luego no tenemos, mostrándonos allí donde nos interesa muy religiosos y muy creyentes, pero luego en el día de nuestra vida le vamos dando la espalda a Dios, olvidándonos de lo que es su mandamiento y de lo que es su voluntad.

Hoy el evangelio nos habla de un milagro de Jesús, ha liberado del mal a una persona con la expulsión de un demonio, y aunque hay quienes se llenan de admiración por la obra de Jesús, sin embargo pronto surgen aquellos que no quieren reconocer la obra de Dios que se manifiesta en Jesús, atribuyendo al poder del maligno aquellas obras que Jesús realiza, precisamente expulsando el espíritu del mal de aquellas personas. Y aquí aparece la incongruencia, por lo que Jesús habla del reino dividido que no puede subsistir, porque si luchamos contra nosotros mismos lo que hacemos es destruirnos. Es la incongruencia del razonamiento de aquellas personas que ya no saben cómo oponerse a Jesús, quererle desprestigiar porque no quieren reconocer la obra de Dios en El.

Y es aquí donde tenemos que ponernos a pensar en nuestras incongruencias que se manifiestan en tantas cosas. Como se suele decir en dicho popular encendemos una vela a Dios y al mismo tiempo otra al diablo. Es la incongruencia de que muchas veces nuestra vida esté tan distante de esa fe que decimos que tenemos y que incluso en determinados momentos hacemos hasta confesión pública de esa fe.

Quiero mirarme a mi mismo, como os invito a quienes leen estas semillas de cada día a que nos miremos con sinceridad a nosotros mismos. Nos llamamos cristianos porque decimos que creemos en Jesús, hay momentos en que parece que queremos vivir una intensa religiosidad, pero luego con sinceridad tenemos que darnos cuenta de que aquello que confesamos no es lo que vivimos cada día. Nuestra vida se vuelve muchas veces rutinaria, simplemente nos dejamos arrastrar, y muchas veces ese ambiente externo que nos rodea puede más que nosotros mismos. ¿Qué hacemos? lo que todo hacen, no nos queremos diferenciar, porque pensamos quizás que daríamos la nota.

Y los cristianos de verdad tenemos que dar la nota, manifestar lo que creemos en la vida que llevamos, manifestarnos como creyentes aunque eso no cuente para los que nos rodean. Aunque sea políticamente incorrecto, como se dice ahora. Nos decimos creyentes y vivimos como ateos, porque no tenemos presente de verdad a Dios en nuestra vida, en lo que hacemos. De alguna manera parece algunas veces que prescindimos de Dios, vivimos sin el sentido de la fe aquello que hacemos, aquello que decimos. Simplemente nos contentamos con hacer lo que todos hacen. ¿Nos podemos de verdad así llamarnos cristianos si en la práctica casi podríamos decir que vivimos como paganos?

Incongruencias que no nos faltan en la vida. Cosas que tendrían que hacernos pensar. Porque es que realmente muchas veces le estamos dando la espalda a Dios. Oímos que quiere hablarnos pero no lo escuchamos, porque nosotros andamos con otras canciones de la vida. ¿Estamos o no estamos con Jesús?

miércoles, 15 de marzo de 2023

El mandamiento del Señor tiene todo su sentido y sigue teniendo entonces todo su valor porque siempre nos llevará por caminos de justicia, de amor y de paz

 


El mandamiento del Señor tiene todo su sentido y sigue teniendo entonces todo su valor porque siempre nos llevará por caminos de justicia, de amor y de paz

Deuteronomio 4, 1. 5-9; Sal 147; Mateo 5, 17-19

Tenemos una fácil tendencia, no sé si nacida de nuestros orgullos y autosuficiencias, de que nos creemos que nosotros podemos hacer siempre las cosas mejor que los demás; parece que nunca fuera válido lo que otros hacen, lo que está establecido con la autoridad de los siglos o de la experiencia, y como tengamos oportunidad echamos abajo lo que otros han edificado, porque para nuestro entender, no vale y nosotros somos capaces de hacerlo mejor.

Es resultado muchas veces también de unas ideologías, que aun hablando mucho de democracia, se convierten en absolutismos, porque todo hay que hacerlo desde aquella ideología y de lo contrario no valdría para nada lo hecho anteriormente. Son los cambios constantes que vemos en la sociedad según sea el dirigente de turno, digámoslo así, y la destrucción que realmente poco nos hace avanzar, si negamos siempre la fortaleza de lo que siempre nos ha servido de cimiento. No es conservadurismo a ultranza, es sensatez y valentía para descubrir también lo bueno que han hecho otros. ¿Aprenderemos alguna vez?

Pero esto no es nuevo, es algo que ha estado en la aspiración de muchos a través de todos los tiempos; origen de revoluciones, de cambios y transformaciones, y que ha sido realmente el camino que a lo lago de los siglos hemos repetido una y otra vez, porque al final todos estamos repitiendo esas mismas cosas de no respetar ni valorar lo que los contrarios hacen o han hecho.

¿Qué estaba sucediendo en el entorno de Jesús? En su predicación veían algo nuevo, se despertaban muchas esperanzas también para una situación social que vivían con dureza en aquellos tiempos. Fácilmente el mensaje de Jesús podía tergiversarse también, por eso la idea que tenían de lo que había de ser y de hacer el Mesías. Es cierto que Jesús estaba pidiendo un cambio, pero que no era un cambio externo, sino que tenía que partir del corazón. La palabra conversión que Jesús proclamaba no era una revolución en que todo cambiase. Para algunos quizás incluso la ley Mosaica que era el fundamento del pueblo judío en todos los aspectos, podía parecer anticuada, mientras otros la recargaban con normas y preceptos que quizás podían hacerle perder su sentido más profundo. En las palabras de Jesús aventuraban un cambio.

Plantea, es cierto, un nuevo estilo y sentido de vida, una nueva forma de entender la relación con Dios pero también la relación con los demás. ¿Eso podría significar que habría que cambiar la ley de Moisés? Jesús tajantemente en el sermón del monte, donde precisamente nos está ofreciendo esa nueva visión, nos dice que El no ha venido a abolir la ley ni los profetas, El ha venido para llevarlo todo a la plenitud; y les habla de la importancia también de lo que nos parece pequeño, pero que será lo que en verdad nos hará grandes en el Reino de los cielos.

¿Podrían llevar a confusión estas palabras de Jesús? ¿Podrían llevarnos a confusión también a nosotros, los hombres y mujeres de nuestro tiempo, tan dados como somos a cambios así porque sí de las cosas? Jesús nos habla de plenitud, Jesús nos habla de encontrar el hondo sentido que tiene que tener todo; nos lo da la nueva visión que nos da de Dios, pero nos lo da también la visión que nos está dando de la persona, de toda persona, que siempre tiene que ser la importante y donde el respeto y el amor tiene que estar por encima de todo.

No es cumplir la ley como quien tiene un yugo atado sobre si y no le queda más remedio que caminar por donde le llevan; tiene que ser algo nuevo y distinto, es comprender el lugar que tiene que ocupar Dios en la vida de la persona, de toda persona, para comprender también el lugar del hombre, el lugar de la persona, de toda persona en mi vida. es mirarlo de otra manera, es descubrir su dignidad y su grandeza, es la valoración que hacemos siempre del otro, es el respeto que le tenemos, es la mano tendida para caminar juntos, es el sentir esos nuevos lazos de amor que nos acercan los unos a los otros y nos mantienen en una nueva comunión.

Y desde ahí nos daremos cuenta que el mandamiento del Señor tiene todo su sentido y sigue teniendo entonces todo su valor. En nombre de ese mandamiento del Señor nunca podremos humillar a nadie, nunca podremos cerrar nuestro corazón a su necesidad, nunca crearemos fosos y abismos que nos distancien, siempre estaremos tendiendo lazos y puentes que nos acerquen, siempre estaremos busco lo bueno, el bien, la verdad que nos llevará por caminos de justicia y de paz.

Y todo eso no tiene que estar cambiando a cada nuevo viento que nos llegue, todo eso va a ser el carril por donde siempre haré circular mi vida. Todo eso hará que en verdad estemos construyendo un mundo mejor. Es el Reino de Dios que Jesús nos anuncia y que viene a realizar.

martes, 14 de marzo de 2023

Un intercambio de amor y de misericordia, aprendiendo a gozarnos en todo lo que es el amor de Dios, amando a los demás y mostrándonos comprensivos y compasivos

 

limpiemos el cristal del corazón perdonando

Un intercambio de amor y de misericordia, aprendiendo a gozarnos en todo lo que es el amor de Dios, amando a los demás y mostrándonos comprensivos y compasivos

Daniel 3, 25. 34-43; Sal 24; Mateo 18, 21-35

Cuando dejará de darme la lata, ya está bien, una y otra vez con lo mismo, pensamos algunas veces impacientes ante las molestas que estamos recibiendo de alguien. Ya le ha aguantado bastante, argumentamos, le he perdonado tantas veces, pero parece que esto no se acaba, y ya comenzamos a tenerle inquina en nuestro interior, perdemos la paciencia fácilmente, y terminamos rechazándolo.

Aquí estamos entrando en el tema del perdón, de las molestias u ofensas que recibimos de los demás, y nos preguntamos hasta donde tenemos que aguantar, hasta donde tenemos que seguir teniendo paciencia, cuantas veces tengo que perdonarle. Nos sucede tantas veces. Lo vemos tantas veces en la vida a nuestro alrededor; gente que se las guarda en su interior – y cuanto daño se están haciendo a si mismos – y están buscando no ya el cómo perdonarle, sino como encontrar medio para la venganza. Cosas así las tenemos muy cerca de nosotros, cuando no nos sucede a nosotros lo mismo.

Es lo que Pedro le está planteando al Maestro. Lo ha escuchado en el sermón del monte que nos manda amar también a aquellos que nos resultan indiferentes, que tenemos que hacer el bien también a aquellos de los que nunca hemos recibido un favor, que tenemos que amar a los enemigos y a los que nos hacen daño, que tenemos incluso que rezar por aquellos que nos han ofendido, que el padre tiene que recibir de nuevo en su casa al hijo que se ha malgastado todo lo que su padre le dio viviendo de mala manera...

Y Pedro no termina de entenderlo. Porque uno tiene también su orgullo y su amor propio, como tantas veces pensamos. Y ha escuchado a Jesús que hay que perdonar, porque además así nos ha enseñado a rezar, pero hay cosas que no le cuadran en su cabeza. ¿Cuántas veces? ¿Será ya suficiente para cumplir un poco con lo que dice Jesús, que le perdonemos hasta siete veces?

Ya conocemos la respuesta de Jesús, que seguramente les dejaría desconcertados. No es para menos. Porque Jesús parece que nos está pidiendo imposibles. Y Jesús propone una parábola. Una parábola en la que tenemos que aprender a valorar lo que es sentirse perdonado, para que yo pueda comenzar a tener esa actitud también para con los demás. El hombre que le pide cuenta a sus servidores, sobre todo uno que tiene grandes deudas con él; después de suplicarle ante las exigencias de su amo, pero sobre todo después que finalmente le han perdonado todo lo que debía, no fue capaz de tener entrañas de misericordia con un compañero que le debía una minucia en comparación.

No había disfrutado con el perdón que le habían concedido. Es el gran problema que seguimos teniendo. Parece que no le damos importancia cuando nos perdonan a nosotros, pero sí le damos importancia a lo que el otro pueda deberme. Nos olvidamos fácilmente de que nos han perdonado, de lo que nos han perdonado. Algo que tenemos que aprender a saborear para que entonces nosotros aprendamos a tener buenas actitudes con los demás.

Es regla universal que Jesús nos está trazando, es cierto, pero quiero centrarme en nosotros los cristianos, que seguimos siendo rencorosos tantas veces en la vida, y que nos cuesta tanto perdonar. Y a lo mejor somos de los que vamos a confesarnos mucho, porque es cierto que nos sentimos pecadores, para que el Señor nos perdone. Pero algo nos está fallando cuando nos confesamos, algo nos está fallando cuando estamos celebrando el sacramento de la penitencia para recibir el perdón de Dios por nuestros pecados, pero no terminamos de saborear ese regalo de Dios que nos perdona.

Y así no queremos dejar que otros puedan saborear el perdón que nosotros hemos de ofrecerle, no sabemos nosotros gozarnos regalando el perdón a los que nos hayan ofendido, porque es regalarles amor, porque es disfrutar de verdad de lo que es el amor de Dios que ha sido compasivo y misericordioso con nosotros y ahora nosotros queremos serlo con los demás.

Es un intercambio de amor y de misericordia, es un aprender a gozarnos de verdad en todo lo que es el amor de Dios, es disfrutar cuando amamos a los demás y nos mostramos comprensivos y compasivos, porque sabemos lo que son nuestras debilidades, pero porque hemos disfrutado cuando Dios nos ha perdonado.

lunes, 13 de marzo de 2023

Siempre por delante la disposición humilde de la fe, los que confían y se sienten pobres y no saben de autosuficiencias, son los que abren su corazón a Dios

 


Siempre por delante la disposición humilde de la fe, los que confían y se sienten pobres y no saben de autosuficiencias, son los que abren su corazón a Dios

2Reyes 5, 1-15ª; Sal 41; Lucas 4, 24-30

¿Por qué seremos tan vanidosos y orgullosos incluso cuando aquello que vamos a recibir es como regalo? ‘Mira tú lo que me van a regalar’, de alguna manera decimos incluso despectivamente cuando nos parece pequeño e insuficiente para nuestra, digamos, dignidad aquello que nos van a regalar. Somos amigos de cosas portentosas, grandiosas; no terminamos de aprender la grandeza de lo pequeño y de lo sencillo.

Fue la reacción de Naamán el sirio cuando vino de Siria a Israel para que el profeta le curase de su lepra. Ya venía él cargado de joyas y preciosos regalos poco menos que para congraciarse o ganarse la voluntad del rey de Israel; pero lo envían a un profeta que por allá anda medio perdido y que ni siquiera se digna salir a recibirlo; para colmo no realiza aquellos gestos espectaculares que él esperaba sino que lo envía a lavarse en aquel pobre río del Jordán cuando tan hermosos ríos tenía en su tierra. Despechado se quiere marchar aunque le convencen sus servidores. Todo un mensaje, todo un testimonio para nuestras vanidades que también queremos ganarnos y de qué manera los favores, pero que esperamos también cosas especiales para nosotros.

Pero este testimonio le sirvió a Jesús para que las gentes de su pueblo de Nazaret también pudieran comenzar a entender lo que en verdad tenía que significar la presencia de Jesús. Habían esperado que Jesús realizara en su pueblo grandes milagros y así su pueblo también ganaría fama de ser la patria del nuevo profeta.

Se habían sentido orgullosos de Jesús cuando le vieron proclamar la lectura en la sinagoga, pero aquel orgullo les había llevado a acabar mal. Jesús no realizaba allí los milagros que ellos esperaban, pronto se pusieron en su contra, y empezaron a sacar cosas como sucede en todos los pueblos pequeños, que si era el hijo del carpintero, que por allí aun andaban sus parientes, que de donde sacaba aquella sabiduría y aquellas doctrinas, su corazón se iba cerrando más y más al camino de la fe en Jesús.

Jesús les recuerda que muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo y solo fue curado un pagano, un gentil, Naamán el sirio, aunque ya hemos visto también las circunstancias de lo sucedido. Por eso les recuerda Jesús lo mismo que ya estaba sucediendo, un profeta nunca es bien mirado en su tierra. Si su comportamiento, por así decirlo, es actuar con autenticidad en su misión profética, su manera de actuar no era la de ir haciendo milagros como quien reparte regalos.

El profeta es un hombre de Dios, un testigo de Dios que nos tiene que llevar a un verdadero encuentro con Dios. Y para eso tenemos que despojarnos de nuestros orgullos y vanidades. Otro es el camino, otros serán los que recibirán la revelación de Dios. ‘Te doy gracias Padre porque has revelado tu misterio no a los sabios y entendidos sino a los pequeños y a los sencillos’, dirá Jesús en otra ocasión.

Siempre tiene que estar por delante la disposición humilde de la fe; son los que confían, son los que se sienten pobres y no saben de autosuficiencias, los que de verdad abren su corazón a Dios. Son los que enraízan sus raíces y sus vidas en las aguas vivas de la misericordia y del amor, son los que no llenan de vanidad su corazón los que de verdad están abiertos a Dios. ‘Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios’, nos dirá Jesús en las bienaventuranzas.

Aquel día en Nazaret no era eso lo más destacable, por eso llegarán al rechazo y a la violencia; se sentían defraudados en su corazón porque no habían puesto su confianza en el Señor sino en ellos mismos porque eran los de Nazaret, donde había nacido y criado el nuevo profeta. Sus caminos cambian y se tuercen, porque sus ojos están cerrados a la verdadera luz que quería brillar en aquellas tinieblas, pero las tinieblas lo rechazaron.

domingo, 12 de marzo de 2023

Jesús tiene sed y nos pide agua para que sintamos que estamos sedientos y solo El puede darnos el agua que calma para siempre nuestra sed

 


Jesús tiene sed y nos pide agua para que sintamos que estamos sedientos y solo El puede darnos el agua que calma para siempre nuestra sed

Éxodo 17, 3-7; Sal 94; Romanos 5, 1-2. 5-8; Juan 4, 5-42

Qué incómodos y molestos nos ponemos cuando estamos sedientos y cansados; se nos hace duro el camino y buscamos la sombra para el descanso y una posible fuente de agua fresca para calmar nuestra sed; mientras andamos desasosegados, ansiosos, nos parece imposible alcanzar el camino y aparecen los nubarrones en el espíritu que nos hacen preguntarnos por el sentido de aquel camino que estamos haciendo, las dudas de si seremos capaces de poder llegar hasta la meta, nos volvemos ásperos y hasta violentos con los que están a nuestro lado como si la secura física nos hubiera contagiado el espíritu.

Pero hay momentos de cansancio que nos hace sentir y preguntarnos de qué realmente estamos sedientos, porque qué es lo que nos falta o nos sobra en la vida; nos pueden sobrar pesos muertos que más aumentan el cansancio, nos pueden sobrar apegos que nos hicieron olvidar cuál es el agua que realmente teníamos que haber buscado, o nos puede sobrar un materialismo de la vida donde más nos preocupamos de cosas que de aliviar el espíritu. Eso nos hará entonces descubrir qué nos falta, qué es lo que realmente tenemos que descubrir que sea verdadera luz y fuerza para ese camino. Tan aturdidos andamos muchas veces que no sabemos qué es lo que queremos o lo que buscamos. Pero vamos de camino y a alguna meta tendremos que llegar.

Contemplamos una vez más en el evangelio que Jesús va de camino aunque esta ocasión le veremos hacer una parada que a nosotros también nos puede hacer descubrir muchas cosas. Va atravesando Samaría, aunque no es el camino habitual que hacen los galileos para venir o volver de Jerusalén. No va Jesús en las comodidades con que hacemos nosotros nuestros viajes y va cansado por el camino y se detiene junto a pozo en búsqueda de agua para calmar la sed. Así lo va a pedir a una mujer samaritana que viene a sacar agua al pozo. ‘Dame de beber’.

Un día gritará Jesús en lo alto del calvario y desde lo alto de la cruz, ‘tengo sed’. Le ofrecerán entonces algo que pudiera calmar aquellas securas de los estertores de la muerte, pero parece que la samaritana se resiste a dar de beber a quien ahora le pide. Una mujer que viene también por agua, un agua que tendrá que buscar y sacar de un pozo que es hondo aunque ella se cree con todos los medios necesarios para ello. Pero al final se descubrirá la verdadera sed de aquella mujer. Porque la sed de Jesús que pide de beber a aquella mujer junto al pozo servirá para despertar o para descubrir otra sed más honda y más importante que llevamos en el alma.

Ya conocemos todo el desarrollo del evangelio y cómo va a ir apareciendo la sed de aquella mujer, la situación que vive aquella mujer como aquel pueblo de samaritanos y cómo será la mujer la que le pedirá a Jesús que le de del agua que ahora es El quien está ofreciendo. Allí se ha desarrollado todo un proceso en el espíritu de aquella mujer. No sabe realmente con quien está hablando aunque está intuyendo muchas cosas, pero siempre los encuentro con Jesús son transformadores.

Por eso hoy nosotros dejemos que Jesús se meta con nosotros y a nosotros nos pida agua también. ¿Qué le vamos a ofrecer? ¿Aparecerán todas nuestras capacidades técnicas o todas esas cosas que creemos que nos sabemos hasta de memoria para dar respuesta a la petición de Jesús?  Más bien vamos a tener que dejar que se despierte esa sed que llevamos dentro, esos ardores o esa aridez que algunas veces sentimos en nuestro espíritu, esos vacíos interiores o esos interrogantes que se nos puedan plantear desde la situación del mundo en el que vivimos.

Nos tenemos que sentir provocados por Jesús. No tengamos miedo de abrir nuestro corazón para que aparezcan esas sombras y esas heridas que todos llevamos dentro, esa sed que sentimos y que queremos aplacar por nosotros mismos con tantos sucedáneos, esas ataduras por las que nos sentimos cogidos y de las que no tenemos la valentía de liberarnos, esos sueños que nos hacen caminar como en una nube pero que no son los sueños que nos elevan o que nos hagan buscar metas más superiores para nuestra vida, esas rutinas que seguimos manteniendo en nuestra manera de relación con Dios que no nos hacen disfrutar del amor del verdadero Padre del cielo.

Los encuentros con Jesús cuando son de verdad serán siempre transformadores. Es lo que tiene que ser para nosotros este tercer domingo del camino cuaresmal que estamos haciendo. Tiene que haber pascua en nosotros. Es el paso de Dios por nuestra vida. Tenemos que sentirlo con la presencia de Jesús. Pidámosle sin ningún recelo ni desconfianza que nos dé siempre de esa agua que El nos ofrece y nos quiere dar. Es el agua viva que cuando la bebamos, ya no volveremos a tener de otras aguas, porque solo queremos la de Jesús que nos llena de vida eterna.

 

sábado, 11 de marzo de 2023

Un retrato de un camino de retorno en el que nuestros pasos van a ser siempre ayudados por el abrazo del amor del Padre

 


Un retrato de un camino de retorno en el que nuestros pasos van a ser siempre ayudados por el abrazo del amor del Padre

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Sal 102; Lucas 15, 1-3. 11-32

Muchos somos los pródigos que andamos por la vida sin saber lo que es el verdadero amor y con los corazones resecos, que más bien parecen estar llenos de cardos que hacen daño a quien se atreve a acercarse a él.

Pródigos porque escogimos andar nuestros caminos porque ansiábamos la libertad pero cuando nos separamos de la casa del padre sentimos la más amarga de las soledades con el corazón roto en mil pedazos hasta no llegar a decidirse por la vuelta a la casa del padre donde verdad se encontrará la verdadera reconstrucción del corazón; pero pródigos cuando vamos por la vida con el corazón lleno de aristas, donde pronto aparecerán los descontentos y las desconfianzas, los resentimientos pero también los endiosamientos cuando nos creemos por encima, cuando nos creemos cumplidores, cuando mantenemos la queja en el corazón porque aun no se ha descubierto que tenemos que buscar lo que nos une antes de poner distancias y abismos que cada vez nos separarán más.

Podemos irnos de la casa del padre, pero podemos también físicamente cerca, y en ambos casos ponemos distanciamientos que crean brechas muchas veces difíciles de reparar. El que físicamente se marchó lejos, pronto sintió la soledad y el abandono, porque en lo que creía que iba a encontrar la felicidad, lo que terminó por hacerle es romperle el corazón y los deseos de vivir. Su vida ya no era vida, de tal manera que deseaba comer la comida de los cerdos, lo que significa la indignidad en la que cae la persona.

El que se quedó pero poniendo distancias aunque ahora tenía a su mano un banquete que había preparado el padre por la vuelta del hermano, no querrá participar en aquel banquete ni en aquella fiesta, porque su orgullo lo  había atragantado perdiendo también el verdadero sentido de la vida.

Los orgullos crean más cerrazones en el espíritu que otras miserias en que podamos enfangarnos. Por eso el que se había ido lejos fue humildad para reconocer por qué había llegado aquella situación y su deseo era estar de nuevo al lado del padre aunque él no se supiera merecedor. Volveré a la casa de mi padre y le diré, Padre he pecado contra el cielo y contra ti. Para él había una túnica nueva, un traje de fiesta que volver a vestir, para él había de nuevo el anillo que le devolvió la dignidad, para él había un banquete de fiesta porque en fin de cuentas finalmente había optado por la vida y el padre se alegraba porque había recobrado vivo a aquel hijo que le parecía muerto.

Los orgullos ponen barreras a los pasos que tendríamos que dar; el orgullo nos impedirá reconocer incluso al hermano y lo que es la dignidad de cada persona sea cual sea el estado en que se encuentre; el orgullo nos volverá en contra de aquello o de aquellos a los que más amamos o tendríamos que amar, porque ya no sabremos entrar en la onda del amor. El padre quiere que participe de aquel banquete, de aquella alegría y aquella fiesta, pero el corazón sigue enfermo y mientras no se sane el corazón no llegaremos a tener la grandeza de espíritu que nos haga reconocer nuestros errores y nos haga valorar a los que están a nuestro sean quienes sean, porque siempre serán unos hermanos.

Qué tremendo retrato nos está haciendo la parábola, sí, de nosotros y de nuestra situación. Quiere abrir caminos para nuestros pasos de retorno y de reencuentro. Y es que por el contra tenemos el más hermoso retrato de Dios. Es el Padre que nos ama y nos espera, es el padre que nos restituye siempre nuestra dignidad y nuestra grandeza, es el padre que sale también a la puerta y al camino, allí donde nos hemos marchado o donde nos hemos quedado paralizados, porque los últimos pasos siempre podemos darlos empujados y levantados por el abrazo de su amor.

viernes, 10 de marzo de 2023

Un papel que tenemos que desempeñar en nuestra sociedad, no dueños sino administradores de unos dones que por inacción no podemos perder

 


Un papel que tenemos que desempeñar en nuestra sociedad, no dueños sino administradores de unos dones que por inacción no podemos perder

Génesis 37, 3-4. 12-13a. 17b-28; Sal 104; Mateo 21, 33-43, 45-46

Muchas veces nos sucede que no terminamos de comprender cuál es nuestro lugar en la vida, cuál es la función en verdad que hemos de desempeñar con esa vida que tenemos en nuestras manos, y decir esa vida es decir los bienes de este mundo, pero la misma sociedad en la que vivimos y a la que tenemos que servir.

Nos creemos dueños absolutos y queremos hacer de todo según lo que nos parezca o nos convenga, queremos un desarrollo de la sociedad, por ejemplo, cuando en nuestras manos está el ordenamiento de esa sociedad, solo según mis ideas o mi pensamiento y no somos capaces de llegar a un entendimiento con el resto de la sociedad que también se siente responsable de la misma porque en ella vive. Así nos encontramos normas y leyes excesivamente partidistas, cuando se realizan desde una ideología predeterminada o cuando se buscan particulares intereses.

¿Habremos descubierto en verdad que somos administradores y que también tendremos que rendir cuentas de la rectitud con que hemos usado de esas posibilidades que teníamos entre manos? Son cosas que tenemos que tomarnos muy en serio, que nos tienen que hacer reflexionar, que nos tienen que llevar a encuentros y no a dispersión.

¿De qué nos habla hoy Jesús en el evangelio? Conocida es la parábola. El hombre que preparó una viña, con sus lagares y todos los servicios necesarios para hacerla producir y la confió a unos viñadores. En la época de recoger los frutos envió a sus operarios para recibir las rentas y beneficios de aquella viña que había puesto a producir, pero los viñadores se creyeron amos y se negaron a entregar los frutos y rendimientos; incluso mandó a su propio hijo, que fue echado de la viña y al que también dieron muerte como habían hecho con los otros enviados del amo.

Es la historia de lo que hacemos; fue un reflejo en su momento de la historia del pueblo de Israel y un toque de atención a los que en aquellos momentos eran dirigentes del pueblo. Se creían también dueños y que podían hacer de la viña del Señor lo que ellos quisieran. Así se sintieron aludidos los sumos sacerdotes y los dirigentes de la sociedad judía de entonces que ya tramaban también quitar de en medio a Jesús, dando cumplimiento a lo que de una manera también profética se anunciaba en la parábola.

Nosotros tenemos que leerla hoy también haciendo aplicación a nuestra vida. ¿Qué hacemos de los dones que nos ha regalado el Señor? ¿También nos creemos dueños absolutos? Pensemos en la respuesta que damos, pensemos en como nos dejamos conducir por la palabra de Dios, pensemos en lo que hacemos de la misma Palabra del Señor que cada día tenemos la oportunidad de escuchar. ¿Cuál es la respuesta que damos con nuestra vida?

Pero la parábola también nos hace mirar a nuestra sociedad. Puede ser también un grito profético para los dirigentes de nuestra sociedad de hoy si supieran y quisieran escuchar. Pero es también un grito profético para nuestra vida, la de cada uno de nosotros, que tenemos que descubrir cuál es nuestro lugar y nuestra función en la sociedad. No es en muchas ocasiones en los cristianos que nos sintamos dueños, pero su puede ser la inacción con que vivimos, el poco compromiso que sentimos por esa sociedad que está en nuestras manos, las pocas iniciativas que somos capaces de tener para poner por obra todo eso bueno que podemos y tenemos que hacer por nuestro mundo.

¿Dónde andamos los cristianos en la construcción de nuestra sociedad? ¿No nos estaremos quedando en la retaguardia, pero sobre todo por nuestra inacción y nuestra falta de compromiso, por miedo a asumir el papel tan importante que tendríamos que tener en la construcción de nuestro mundo?

jueves, 9 de marzo de 2023

No nos quedemos en lo malo que pudimos hacer y no hicimos, sino seamos capaces de darnos cuenta de lo bueno que pudimos hacer pero que tampoco hicimos

 


No nos quedemos en lo malo que pudimos hacer y no hicimos, sino seamos capaces de darnos cuenta de lo bueno que pudimos hacer pero que tampoco hicimos

Jeremías 17, 5-10; Sal 1; Lucas 16, 19-31

La tierra no se cultiva para sí misma, sino para tener las condiciones optimas para que nos produzca los mejores frutos. Así podríamos decir la vida del hombre, la vida de toda persona, quien solo piensa en si mismo, porque todo lo que hace es solo para si sin mirar en su entorno, terminará siendo una tierra inhóspita e inhabitable; pasará de poder ser un hermoso jardín florido donde recrearse, o un huerto que nos produzca los mejores frutos a poco menos que un desierto árido y reseco junto al cual nadie con pleno sentido de la vida querrá habitar.

Es la imagen que se me ocurre pensar tras la escucha de la parábola que hoy nos ofrece Jesús en el evangelio. Un hombre que solo era para sí, para su placer y para su disfrute. Se nos habla de un hombre rico y opulento que solo pensaba vivir entre placeres y banquetes cada día, disfrutando solo para si. Tan cerrado en si mismo que no se da cuenta ni de quien tiene a su puerta.

Un hombre que solo por pensar en si mismo pierde hasta el temor del Señor, ha prescindido de Dios en su vida, porque ha querido convertirse en dios de si mismo; su corazón se ha resecado de tal manera que no tiene sensibilidad para lo que pasa a su lado. Allí hay un pobre hombre que nada tiene ni para comer, y que solo es consolado por los perros que le lamen sus llagas.

Ya conocemos todo el desarrollo de la parábola porque muchas veces la hemos meditado. Pero pienso que en este momento es necesario detenernos en la postura y en la manera de vivir de este hombre que solo vive para sí. Hasta la presencia de Dios la ha anulado de su vida, ha prescindido de todo porque solo piensa en su disfrute personal. No nos habla la parábola de que sea un mal hombre que realice actos nefandos, solo se refiere a que no hacía nada, porque había perdido toda sensibilidad en su corazón.

Yo no mato ni robo, dicen algunos y ya piensan que con solo eso son buenos, lo tienen todo bien hecho. Pero la tierra es para algo más que para tenerla vacía de algo que nos pueda producir buenos frutos aunque nos parezca bonita así como está. Pero es una tierra árida y estéril. así es la vida de quien no es capaz de dar ese paso más allá, de no quedarnos simplemente en lo malo que pudimos hacer y no hicimos, sino que tenemos que ser capaces de darnos cuenta de lo bueno que pudimos hacer pero que tampoco hicimos. ¿Dónde están los frutos de nuestra vida?

No basta decir yo soy bueno si solo piensas en ti mismo. Claro que pensando solo en ti mismo querrás disfrutar, querrá pasarlo bien, querrás aprovecharte de eso que dices que tienes para llenar tu vida de bienestar y de placeres. Pero ¿no has pensado que eso que tienes no es solo para ti sino que es la riqueza de este mundo que cuando Dios realizó la creación puso en las manos del hombre para que continuara con esa hermosa tarea de seguir haciendo la obra de la creación? Lo que tienes no es solo para ti, la tierra no se cultiva para si mismo sino para ofrecer sus frutos a los demás.

Algunas veces solemos decir que pensamos bien pero tarde. Nos damos cuenta tarde quizá del efecto de lo que hacemos con la vida. Como aquel rico epulón que cuando murió y estaba en el abismo pensó que su vida tenía que haber sido distinta pero que ahora no tenía remedio y ahora quería que sus hermanos con apariciones milagrosas recapacitaran para cambiar. ‘Tienen la ley y los profetas’, le dice la voz profética.

Tenemos la Palabra de Dios junto a nosotros que de mil maneras puede llegar a nuestra vida. Tenemos que escucharla, tenemos que escuchar a Jesús para que no nos convirtamos en tierra inhóspita y estéril sino que demos los verdaderos frutos, que también puedan llenar de vida a los demás. Es la llamada que en este camino cuaresmal escuchamos. Que así también nuestra vida sea bella para los demás, por nuestra sensibilidad y todo lo que somos capaces de compartir.

miércoles, 8 de marzo de 2023

¿Cómo casamos lo que Jesús nos habla de entrega y de servicio con lo que siguen siendo nuestras aspiraciones y nuestra manera de entender el seguimiento de Jesús?

 


¿Cómo casamos lo que Jesús nos habla de entrega y de servicio con lo que siguen siendo nuestras aspiraciones y nuestra manera de entender el seguimiento de Jesús?

Jeremías 18, 18-20; Sal 30; Mateo 20, 17-28

Cuando se nos mete algo entre ceja y ceja, parece que nada ni nadie nos hará cambiar; y no empleo una expresión que se ha introducido en nuestra manera de hablar que para un creyente me parece lo menos respetuosa, por no decir medio sacrílega, cuando le negamos hasta el poder a Dios para cambiarnos el corazón, o cambiar las cosas.

Pero volviendo a nuestra cabezonería nos sucede en muchas ocasiones, nosotros tenemos una visión de las cosas y las cosas tienen que ser como nosotros las vemos, y no aceptamos que nadie pueda tener una manera de ver o que realmente las cosas son distintas a como nosotros las vemos; nos empeñamos en que una cosa se ha de hacer de determinada manera y no aceptamos el que otro pueda tener otra forma y que incluso pueda ser mejor que la nuestra; cuando entramos en el tema de las opiniones nos volvemos tercos de verdad. No vemos otra cosa sino lo que a nosotros nos parece.

Algo así obcecados andaban los discípulos y los que rodeaban a Jesús. En varias ocasiones ya le ha anunciado lo que iba a suceder en Jerusalén en que iba a ser entregado en manos de los gentiles que llegarían a darle muerte, pero ellos siguen sin entender. Hoy ha hecho ese anuncio Jesús una vez más, pero inmediatamente la madre de los Zebedeos se acerca a hacer una petición a Jesús a favor de sus hijos. ¿La influencia familiar quizás porque andaban en la misma familia? ¿La confianza que habían depositado en Jesús a lo que se unía su amor de madre que quiere lo mejor para sus hijos? Parece que sus oídos han estado sordos para escuchar lo que Jesús acaba de anunciar.

Por eso viene a pedirle primeros puestos para sus hijos en su Reino. La idea preconcebida que tenían del Mesías no había quien se las quitara de la cabeza. A ello se unen las ambiciones humanas; quienes han vivido tiempos duros de opresión y de pobreza, escuchar la palabra liberación daba opción a muchas cosas, entre ellas estaba el poder, las grandezas humanas, un nuevo reino con nueva gente que enseguida se apunta a ver lo que puede caer.

Somos humanos y ahí están nuestras aspiraciones, nuestros sueños; quienes habían vivido pobremente en una situación de opresión, aquel cambio tenían que significar unas nuevas posibilidades. Y si sus hijos habían estado al lado de Jesús bien merecerían ahora lugares importantes.

‘No sabéis lo que pedís’, les dice Jesús, como nos dice a nosotros cuando seguimos con nuestras ambiciones, con nuestras rutinas, con nuestros apegos de los que parece que no podemos desprendernos. Y luego va y rezamos y pedimos no sé cuantas cosas, y queremos suerte, y queremos que nos salga la lotería, y queremos que siempre las cosas nos vayan bien, y queremos que aquellos que nos molestan desaparezcan del mapa. Y ahí están nuestras peticiones y nos creemos que ahí está Jesús para que nos resuelva nuestros problemillas.

‘No sabéis lo que pedís’, y nos sigue hablando de cáliz y de pasión, y pareciera que poco menos que nos lo tomamos como un juego o como un entretenimiento. Porque ahora en esta subida a Jerusalén que nosotros estamos haciendo, cuaresma es subida y subida hasta la pascua, hasta un monte donde habrá pasión y sufrimiento, donde abr muerte y habrá cruz, donde se nos anuncia la luz de la vida en la resurrección, nosotros seguimos erre con erre pensando en lo mismo de siempre para nuestra semana santa. Y no es que nos pensemos ir de vacaciones, sino que ya estamos pensando en las cosas que tenemos que preparar para la semana santa y todas las cosas que en la Iglesia tenemos que hacer. Pero seguimos sin pensar en lo que Jesús nos dice que es la Pascua y lo del bautismo del que le habla a los hermanos Zebedeos, y seguimos con nuestros mismos pensamientos y planteamientos.

Y nos tendrá que Jesús reunir de nuevo para decirnos qué es lo importante, cuáles son los valores por los que hemos de optar, cuáles han de ser nuestras verdaderas aspiraciones, y nos hablará de entrega, de sacrificio, de hacernos los últimos, de dar la vida, pero ¿llegaremos a entender? ¿Cómo casamos estas palabras de Jesús con lo que luego nosotros seguimos entendiendo que es la semana santa y cómo tenemos que celebrarla?

Parece que aún estamos lejos. Dejémonos conducir por el Espíritu de Jesús. Abramos nuestro corazón. Quitemos esas cosas que se nos meten entre ceja y ceja y no nos dejan cambiar.

martes, 7 de marzo de 2023

A nosotros que tanto nos cuesta desprendernos de ropajes de vanidad nos está diciendo Jesús cual es el auténtico camino que hemos de emprender, de humildad y de servicio

 


A nosotros que tanto nos cuesta desprendernos de ropajes de vanidad nos está diciendo Jesús cual es el auténtico camino que hemos de emprender, de humildad y de servicio

 Isaías 1, 10. 16-20; Sal 49; Mateo 23, 1-12

Con qué facilidad damos un consejo; hablar cosas, opina, decir cómo se tienen las cosas es algo para lo que estamos siempre prontos. Pero una cosa es decir y otra cosa es hacer; con facilidad nos convertimos en consejeros, todos sabemos dar consejos – al menos eso decimos – pero poner manos a la obra, dar ejemplo con lo que nosotros hacemos, realizar nosotros eso que aconsejamos a los demás, ya no es tan fácil. Modelos de palabras, pero no de hechos, no de lo que hacemos, porque al final terminamos no haciendo nada. Y eso nos pasa a todos, bueno, es algo que puede suceder con mucha facilidad. Ahora y siempre, porque siempre ha sucedido así, pero eso no nos justifica.

Confieso que cuando preparo y os ofrezco estas semillas de cada día, yo también puedo caer en lo mismo; muchas veces me lo cuestiono, me interrogo a mi mismo, si yo sería en verdad capaz de hacer lo que aquí voy diciendo. No es fácil. Os digo, sí, que primero que nada leo el evangelio para ver qué es lo que me dice a mi; y trato de que lo que os voy ofreciendo con estas reflexiones, sea algo que primero vea en mi mismo, lo realice en mi mismo. Y repito, no es fácil. Y Dios me libre de caer en esa tentación de ser el consejero bueno para los demás, que me quede en palabras que son solo para los demás y primero no me aplico a mi mismo.

Hoy nos encontramos en el evangelio con lo que Jesús le dice a la gente en referencia a aquellos maestros de la ley que tenían en Israel. Jesús desconfía, los ha llamado hipócritas, por las dos caras, por las apariencias. Vanidades en las que nosotros podemos caer también. Queremos dar una buena cara, como decía un amigo mío, pongo el lado bonito de la cara para salir bien en la foto. Eso hacemos con demasiada facilidad, es lo que ahora Jesús dice de aquellos maestros de la ley, ponen la buena cara, se las dan de cumplidores, se convierten en unos exigentes para los demás, pero no son capaces de mover un dedo por hacer algo bueno, por hacer aquello incluso que dicen a los demás.

Jesús nos está pidiendo otras actitudes, otros valores, algo que nazca de lo más hondo del corazón, algo en lo que nos impliquemos de verdad, algo que envuelva totalmente nuestra vida. Son los planteamientos que tenemos que ir haciéndonos en este camino cuaresmal que nos lleva a la pascua. Es la autenticidad de nuestra vida la que tiene que brillar; son los vestidos viejos de los que hemos de desprendernos, es la transformación profunda que tenemos que ir haciéndonos, son esas vanidades que se convierten en falsedad e hipocresía de las que tenemos que ir desprendiéndonos.

Es ir haciendo pascua en nosotros, porque es mucho a lo que tenemos que morir para llenarnos de la vida nueva que nos hace hombres nuevos. Es como tendrá sentido y verdadero valor la fiesta de la Pascua cuando lleguemos a celebrarla. Caminos de humildad y de sencillez, los que tenemos que emprender, porque son los que en verdad nos llevarán a la Pascua. Nos dice Jesús que ni nos dejemos llamar padre, ni maestro, ni consejero. Cuando ya vamos poniendo el titulo por delante, estamos comenzarnos a vestirnos de unas vestiduras que en verdad no son las nuestras. Y de eso tenemos que despojarnos.

Por eso terminará diciéndonos hoy Jesús que el que se humilla será verdaderamente enaltecido, que ser primeros es convertirnos en servidores de todos siendo capaces de ponernos en los últimos lugares. A nosotros que tanto nos cuesta desprendernos de ropajes de vanidad nos está diciendo Jesús cual es el autentico camino que hemos de emprender. Y es de lo que tiene que convertirse en testimonio nuestra vida.

lunes, 6 de marzo de 2023

Cuando nos dejamos envolver por la misericordia, ni juzgamos ni condenamos, siempre estaremos dispuestos a la generosidad del perdón, siempre estaremos regalando amor

 


Cuando nos dejamos envolver por la misericordia, ni juzgamos ni condenamos, siempre estaremos dispuestos a la generosidad del perdón, siempre estaremos regalando amor

Daniel 9, 4b-10; Sal 78; Lucas 6, 36-38

Si en un aspecto negativo solemos decir que quien siembra vientos recoge tempestades, dándole la vuelta podríamos pensar que quien siembra buena semilla tendrá derecho a recoger buena cosecha de frutos buenos. Por eso son importantes las actitudes que llevamos en el corazón en nuestra relación con los demás y los buenos gestos que hemos de saber prodigarnos los unos a los otros. Y es que el bien se contagia y no es una enfermedad, sino todo lo contrario; y ese sembrar siempre el bien, la buena semilla, es en lo que hemos de estar bien atentos en la vida.

Ya sé que me van a decir que una manzana podrida pudre todo el cesto, pero hemos de saber quitarla a tiempo, a tiempo hemos de saber curar esa herida que muchos podemos llevar en el corazón antes de que se encone y nos vaya a producir mayor enfermedad. Claro que todos tenemos ese peligro; ya sabemos que hasta en los mejores hospitales, algunas veces se producen contagios e infecciones, pero ahí esta nuestra tarea como seguidores de Jesús, que tenemos la misión de curar. ¿No envió Jesús a sus discípulos a curar a los enfermos y para eso los llenó de autoridad?

Reducimos excesivamente esa curación a las enfermedades del cuerpo, pero hay heridas que llevamos en el alma que no sabemos curar, que muchos en ocasiones tampoco quieren curar, prefieren el sufrimiento que llevan en su corazón con sus resentimientos y deseos de venganza, que verse liberados de ese mal y poner tener paz en el corazón. Es una tarea que tenemos que realizar; costosa muchas veces, porque nos enconamos fácilmente en el mal, pero tarea importante que tenemos que realizar para cumplir con la misión de Jesús. Devolver la paz a los corazones.

¿Cómo podemos hacerlo? Tenemos que convertirnos en signos de misericordia y de reconciliación; porque lo vivamos en nosotros mismos; porque reconozcamos con valentía y sinceridad la misericordia que el Señor ha tenido y tiene continuamente con nosotros que siempre nos está ofreciendo su perdón; porque con la paz de nuestro espíritu, con ese serenidad que nace de un corazón lleno de amor así nos acerquemos a los demás, allí donde están esas almas dolientes, allí donde están tantos con esas heridas y les mostremos cómo podemos curar esas heridas, como nosotros hemos sido sanados, cómo nosotros un día quizá estuvimos también con esas heridas que tanto daño nos hacían primero que nada a nosotros mismos, y nos dejamos curar, y hemos encontrado la paz; porque vayamos derramando la paz y la compasión, la misericordia y el amor en nuestro encuentro con los demás. Ángeles de misericordia tenemos que ser.

Es lo que nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio. Que miremos lo que es la misericordia de Dios y así nos mostremos nosotros con misericordia para con los demás. Y nuestra misericordia los curará, nuestros gestos de amor regenerarán esos corazones para que ellos también se dejen transformar por el amor.

‘Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará…’ nos dice Jesús. Cuando nos dejamos envolver por la misericordia, ni juzgamos ni condenamos, siempre estaremos dispuestos a la generosidad del perdón, siempre estaremos regalando amor.

Pero nos dice algo más Jesús, con esa medida de amor nosotros seremos pagados. ‘Os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros’. ¿Queremos mejores regalos?

domingo, 5 de marzo de 2023

Iluminados por la luz de la Transfiguración, anticipo de la luz de la Pascua, tenemos una misión de plenitud de vida que llevar a los caminos de este mundo

 


Iluminados por la luz de la Transfiguración, anticipo de la luz de la Pascua, tenemos una misión de plenitud de vida que llevar a los caminos de este mundo

Génesis 12, 1-4ª; Sal 32; 2Timoteo 1, 8b-10; Mateo 17, 1-9

Estamos en camino como lo es la vida misma. Una imagen figurativa que solemos emplear pero que nos dice mucho de lo que somos, de lo que hacemos, de subidas y bajadas, de sentirnos elevados para tener otras visiones y perspectivas como de sentirnos hundidos en ocasiones arrastrándonos si fuerza por el sendero, de momentos felices de plenitud pero momentos también oscuros, de momentos en que nos llenamos de ilusión y esperanza y momentos de luchas, de esfuerzos de superación, de dudas y de miedos, de saber escuchar y de saber mirar lo que recibimos o lo que se nos ofrece a nuestra contemplación, de aprender cada día la lección así como de la experiencia de lo pasado y vivido. Es muy variado el camino que hacemos siempre con la esperanza de llegar a una meta con un final feliz. No siempre es fácil pero queremos seguir haciéndolo.

Camino hemos emprendido cuando el miércoles de ceniza hemos iniciado la cuaresma. Un camino muy concreto que es expresión intensa de todo lo que es el camino de nuestra fe, pero que ahora hacemos como preparación para la celebración de la Pascua. Y ponernos en camino es ponernos a la escucha, haciendo silencio en nuestro interior – ya se nos hablaba de desierto en el primer domingo de Cuaresma – pero abriéndonos al misterio de Dios que nos eleva. Como Abrahán que se puso en camino a lo que Dios le pedía señal de esa necesaria disponibilidad en nuestra vida.

Por eso hoy se nos habla de unos de esos momentos del camino que es el subir a la montaña. Un camino de subida que nos exige esfuerzo, que nos exige levantarnos de las rutinas diarias de nuestro caminar, que nos va a elevar para tener nuevas perspectivas, para descubrir nuevos horizontes, como siempre desde lo alto de la montaña podremos vislumbrar; si no hacemos la subida no podremos descubrir lo que allí en lo alto se nos va a revelar.

Es lo que allí sucede y nos revela el evangelio de este segundo domingo de cuaresma. Jesús subió a la montaña para orar, como tantas veces hacia cuando se iba a lugares apartados. ‘Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz’. Necesitamos también nosotros subir a la montaña para orar, necesitamos ir con Jesús porque en ese camino que tenemos que seguir haciendo necesitamos que se mantengan en la retina de nuestra alma los resplandores de la Transfiguración del Señor.

Aquel Jesús, profeta de Galilea que sube a la montaña para orar, va a sentir la gloria de Dios sobre reafirmando con la voz de Dios la validez de la misión que ha de realizar en su subida a Jerusalén. Moisés y Elías, la voz profética del Antiguo Testamento aparecerán junto a Jesús mientras hablaban de la pasión que había de padecer, pero la voz del Padre desde el cielo lo iba a señalar como el Hijo amado de Dios a quien tenemos que escuchar.

En aquel duro camino que los discípulos estaban haciendo, en camino de subida a Jerusalén ya Jesús les había anunciado cuando había de pasarle al Hijo del Hombre que iba a ser entregado en manos de los gentiles, aquel momento de luz que ahora en lo alto del monte estaban viviendo les hacia sentir una paz nueva, de manera que ya no quisieran tener que bajar de nuevo de la montaña. ‘Haremos tres tiendas…’ comienzan a decir pero se ven interrumpidos por la voz del cielo.

Cuando salen de sí de aquel momento de estupor que les había envuelto con la nube se encontrarán a Jesús solo que con ellos se pone en camino para bajar de la montaña. El camino habían de seguir, ahora con una nueva luz en los ojos de su alma para poder entender todo el misterio que se les estaba revelando. Habían de seguir por la llanura, allí donde estaba la vida, allí donde se encontrarían de nuevo con dificultades, allí donde tendrían que seguir atentos para seguir escuchando aquella voz que les seguiría hablando en el corazón, como tantas veces nosotros necesitamos en esa llanura de la vida que tenemos que seguir recorriendo.


Es nuestro camino, el camino de nuestra vida con todas sus circunstancias concretas, el camino de nuestra fe que emprendimos desde nuestro bautismo, el camino cuaresmal que ahora estamos haciendo para renovar ese camino de nuestra fe, para darle plenitud y verdadero sentido al camino de nuestra vida. Seguimos en este mundo con sus luces y con sus sombras, este camino de nuestro mundo hoy que a veces se nos hace difícil porque nos aparecen muchos momentos de dolor en nosotros y en los demás, este camino en el que tenemos que poner luces de esperanza nosotros que ya hemos sido iluminados por la luz de la Transfiguración que es anticipo de la luz de la Pascua.

Tenemos una misión que realidad, tenemos una plenitud que darle a la vida. Y lo hacemos escuchando a Jesús, el Hijo amado del Padre, y lo haremos siguiendo los pasos de Jesús aunque sabemos que tenemos que pasar por la Pascua, con lo que tiene de pasión y de muerte, pero con la vida de resurrección con que nos vamos a encontrar.

viernes, 3 de marzo de 2023

Un motivo, una razón de ser, un ejemplo para la perfección y santidad de nuestra vida y la sublimidad del amor está en nuestro Padre celestial que a todos ama

 


Un motivo, una razón de ser, un ejemplo para la perfección y santidad de nuestra vida y la sublimidad del amor está en nuestro Padre celestial que a todos ama

Deuteronomio 26, 16-19; Sal 118; Mateo 5, 43-48

Con una misma palabra a veces manifestamos realidades o planteamientos distintos que nos podemos hacer y que a la larga expresan esas incongruencias con que vivimos muchas veces. La palabra a la que hago referencia que nos aparece hoy en el evangelio es la perfección, el ser o no perfectos.

Como perfectos queremos muchas veces en nuestra vanidad presentarnos ante los demás, queremos siempre mantener nuestra imagen, ocultamos nuestros defectos, no queremos que nadie se entere de nuestro errores, queremos que todos nos tengan por personas de gran rectitud y nos molesta tremendamente que alguien quiera sacarnos a relucir alguna cosa de nuestra vida que no tiene tanta claridad, hasta seriamos capaces de denunciar ante los tribunales ese desprestigio que nos pudieran ocasionar.

Pero ¿somos tan perfectos? Seguramente será un aura que nos queramos poner alrededor, porque realmente sabemos de nuestras debilidades, de nuestros errores, de nuestras meteduras de pata; miremos nuestra relación con los demás y allá en la sinceridad de nuestro corazón tendríamos que reconocer que nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestros pensamientos y sospechas, los actos que realizamos no tienen tanta claridad; siempre nos aparecerán ramalazos de egoísmo y de insolidaridad, tentaciones de orgullo y de altivez, juicios y criticas injustas cuando no impregnadas de algún veneno, acción que no muestran tan a las claras la generosidad del corazón, recelos y resentimientos que nublan y enturbian las relaciones… cosas así nos aparecen en la vida muchas veces y ya no podemos decir que somos tan perfectos.

Y cuando se trata de lo que hoy se nos plantea en el evangelio el grado de perfección no siempre es tan alto. ¡Cuánto nos cuesta perdonar! A estas palabras de Jesús siempre encontraremos la forma de hacernos algunas rebajas. Jesús nos está hablando una vez más de la sublimidad del amor. No es cualquier cosa. Bien alto nos pone el listón. Son claras las palabras de Jesús.

‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’.

¿Seremos capaces de llegar a esta sublimidad del amor? Amor al prójimo, amor al enemigo, amor al que te haya hecho mal, amor al que te persigue… Y no es una cosa así como muy etérea lo que ha de ser ese amor, porque nos manda rezar incluso por los que nos persiguen o nos tratan mal. ¿Te habrás parado en alguna ocasión a rezar por aquella persona que te criticó? ¿Por aquella persona que te niega el saludo y vuelve la cabeza cuando pasa a tu lado? ¿Por aquella persona que tanto daño te hizo?

No es cualquier cosa lo que nos está pidiendo Jesús. Claro que El nos enseñó a rezar diciendo ‘perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’. No nos paramos mucho a pensar cuando rezamos el padrenuestro y decimos estas palabras mientras no nos hablamos con el vecino o con el pariente porque no sé cuanto tiempo hace un día dijo o hizo algo que te ofendió y nunca más volviste a hablarle.  Y nos queremos presentar como perfectos.

Por eso continuará enseñándonos Jesús que en algo tenemos que diferenciarnos de los gentiles o ninguna fe tienen, pero que son capaces de saludar y llevarse bien con todo aquel con quien se encuentran en la calle. Si solo saludas al que te saluda, si solo ayudas al que un día te ayudó a ti, nada estás haciendo de especial, eso lo hace cualquiera. Por eso terminará diciéndonos que seamos ‘perfectos, como nuestro Padre celestial es perfecto’. Ahí tenemos el motivo, la razón de nuestro amor, el ejemplo para nuestra vida para que no andemos con tantas incongruencias.