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jueves, 25 de marzo de 2010

Tu palabra, tu voluntad, generosidad, disponibilidad, amor ante el misterio de Dios

Is. 7, 10-14; 8, 10:
Sal. 39;
Heb. 10, 4-10;
Lc. 1, 26-38

‘La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros…
’Es el misterio de Dios que hoy estamos celebrando. Dios que en su infinito amor por nosotros se hace hombre, toma nuestra carne humana para ser Dios con nosotros al mismo tiempo que se hace hombre. El amor de Dios hacia el hombre que ha creado le lleva no sólo a manifestarse, a dársenos a conocer, decirnos su Palabra, trazarnos un camino, sino que en todo ha querido parecerse a nosotros, ha querido hacerse hombre, tomando nuestra naturaleza humana. Maravilloso misterio de la unión de la naturaleza divina y humana en la persona de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre.
Cuando contemplamos a Jesús estamos contemplando verdaderamente a Dios y estamos contemplando a Jesús verdadero hombre, verdadero hombre y verdadero Dios. ¿Cómo se realiza este misterio? Los Teólogos nos hablarán de la unión hipostática en la persona divina de Jesús. Pero nosotros vamos a contentarnos con contemplar el relato del Evangelio donde el ángel le anuncia a María el nacimiento de un hijo suyo verdadero hombre pero que será verdadero Dios. Dios quiere contar con María para en su carne y en sus entrañas hacerse hombre verdadero sin dejar de ser Dios.
‘Has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo al que pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo…’ Es el Hijo de Dios. Todo será por la fuerza del Espíritu divino. ‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que va a nacer se llamará el Hijo de Dios’.
Hoy es un día para la adoración porque es Dios mismo el que llega a nosotros al hacerse hombre; para el reconocimiento de este misterio admirable que no terminamos de admirar y alabar lo suficiente; para dar gracias por cuánto es el amor que Dios nos tiene que se ha hecho hombre para salvarnos.
Es el Emmanuel, el Dios con nosotros, como había anunciado el profeta. ‘La virgen concebirá y dará a luz un hijo y le podrá por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros’.
Pero esa cercanía de Dios, Emmanuel, no nos puede hacer olvidar la inmensidad y la grandeza de Dios. Jesús se acerca a nosotros, como lo vemos en el evangelio, y esa cercanía de Dios nos manifiesta lo que es ese amor infinito de Dios que es Padre y que nos entrega a su Hijo. Pero es el Dios que hemos de adorar en espíritu y verdad, o sea, con toda nuestra vida, desde lo más hondo de nuestro ser, haciendo que sea en verdad el único Dios y Señor de nuestra vida, a quien en todo momentos hemos de tributar honor, gloria y alabanza. ‘Te damos gracias, te alabamos, te adoramos, te bendecimos' como expresamos en el cántico del gloria en la Misa. Para Dios siempre toda bendición y toda alabanza.
La Palabra de Dios que hoy hemos escuchado nos invita a muchas cosas. De María, con quien Dios quiso contar para encarnarse y hacerse hombre, hemos de aprender a decir Sí, con generosidad y disponibilidad total como lo hizo María. ‘He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra’, que fue la respuesta de María. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, como repetimos una y otra vez en el salmo tomándolo también de la carta a los Hebreos.
Según tu palabra, tu voluntad, generosidad, disponibilidad, amor. Eso cada día y en cada situación. Nada es ajeno a lo que es la voluntad de Dios. No lo podemos separar.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres

Dan. 3, 14-20.91-92.95
Sal. Dan. 3, 52-56
Jn. 8, 31-42


‘Si os mantenéis en mi palabra seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad y la verdad os hará libres’. Algunos van comenzando a creer en Jesús. Ayer al finalizar el texto que proclamamos, versículos inmediatamente anteriores a los hoy proclamados, se nos decía: ‘Cuando les exponía esto, muchos creyeron en El’.
Podemos decir que las palabras que hoy escuchamos en labios de Jesús son palabras de ánimo y de esperanza para aquellos que comienzan a creer en El. Merece la pena creer en Jesús, a pesar de las dificultades, contratiempos, oposición por parte de algunos, incluso persecuciones. Jesús nos dice ‘seréis mis discípulos… conoceréis la verdad…’ Con Jesús, siguiéndole, siendo su discípulos, confiando plenamente en El, alcanzaremos la plenitud total de su libertad… ‘la verdad os hará libres’.
Algunos siguen sin entender, incluso le recuerdan a Jesús que ellos son libres porque son hijos de Abrahán. ‘Somos linaje de Abrahán y nunca hemos sido esclavos de nadie’. Pero la libertad de la que está hablando Jesús no va ni por raza, ni por pertenencia a un determinado pueblo, ni por otras razones externas. No es por esos caminos por donde alcanzamos la libertad verdadera.
Es algo más hondo, dentro de nosotros mismos. No son sólo ataduras externas o imposiciones que otros hagan sobre nosotros las que nos quitan la libertad. Hay otra esclavitud mayor que es la del pecado. ‘Os aseguro que quien comete pecado es esclavo’, viene a afirmar Jesús tajantemente.
Y Cristo es el que nos ha liberado de verdad. Nos ha hecho libres porque nos ha arrancado de la esclavitud del pecado. El ha venido a perdonarnos, a rescatarnos, a darnos la verdadera libertad. Y esa es la libertad que hemos de cuidar, la más hermosa.
Nos estamos acercando a estos días en que vamos a celebrar de manera especial nuestra total liberación, nuestra total libertad, cuando celebremos la Pascua de Jesús, su pasión, muerte y resurrección. Cristo nos ha rescatado, nos ha comprado a precio de sangre, su sangre preciosa y redentora derramada en la Cruz. Como nos dice san Pedro ‘no hemos sido comprados ni a oro ni a plata, sino con la sangre preciosa de Cristo’.
Con su entrega, con su pasión y muerte, con su sangre derramada nos ha traído el perdón de los pecados. Se realizó así la nueva Alianza en la sangre de Cristo. En la antigua alianza fueron los animales los que eran ofrecidos y la sangre de aquellos sacrificios selló la Alianza del Sinaí. Ahora es la sangre de Cristo la que viene a sellar la nueva y eterna alianza que nos devuelve la libertad para siempre. ‘Este es el cáliz de mi sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna, derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados’.
Ahora en verdad somos libres para siempre. Que no nos volvamos a dejar esclavizar porque volvamos a la antigua vida de pecado. Vivamos con toda intensidad estos días que nos conducen a la Pascua. Sigamos en ese camino de preparación que vamos recorriendo a través de toda la cuaresma y aprovechemos en verdad la gracia que el Señor nos ofrece. Mantengámonos en la Palabra salvadora de Jesús para ser en verdad sus discípulos.

martes, 23 de marzo de 2010

Cuando levantéis al Hijo del Hombre…

Núm. 21, 4-9;
Sal. 101;
Jn. 8, 21-30


‘¿Quién eres tú?’ le preguntan los judíos a Jesús. No terminan de entenderle. Jesús les está dando a entender realmente quien es, pero no comprenden.
‘Yo me voy y me buscaréis… donde yo voy no podéis venir vosotros… vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo…’ Se quedan sólo en una mirada humana y terrena y Jesús es algo más.
‘Cuando levantéis al Hijo del Hombre sabréis que yo soy, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado…’ Jesús está hablando de su pasión. Ha de ser levantado en lo alto. Desde allí nos atraerá a todos. Allí es donde lo vamos a conocer de verdad.
Recuerda la serpiente que Moisés levantó en el desierto como un signo, como uña señal para verse libres de la mordedura de las serpientes. Como lo hemos escuchado hoy en la primera lectura. En varias ocasiones aparecerá este signo en el evangelio. Lo dijo tras el encuentro con Nicodemo. Ahora nos lo vuelve a repetir. Es un anuncio de su pasión.
‘¿Quién eres tú?’ se preguntaban los judíos. Ahí levantado en lo alto de la Cruz, en su pasión y muerte lo vamos a conocer. Podría ser un escándalo que nos dispersase, pero el va a ser levantado en lo alto como la gran señal de salvación, porque es la señal del amor de Dios hasta lo infinito para salvarnos y perdonarnos.
A los judíos les costará entender ese sacrificio de Dios hecho hombre, igual que los gentiles lo considerarán una necedad. Pero ya nos dice san Pablo que esa es nuestra gloria y nuestra sabiduría. Es la sabiduría de Dios, que es la sabiduría del amor. Es lo que tiene que ser también nuestra sabiduría porque en ese amor hasta lo último vamos a encontrar trascendencia, vamos a encontrar salvación.
Ahí, pues, en esa entrega en lo alto de la Cruz podremos llegar a conocer de verdad a Jesús, podremos conocer hondamente lo que es el amor de Dios, podemos conocer a Dios.
La cruz no será, entonces, maldición, sino bendición y salvación. Porque en la cruz estamos contemplando al Hijo de Dios. En la cruz estaremos encontrando respuesta a esa pregunta que se hacían los judíos, ‘¿tú quién eres?’
Pero entenderemos también que ese tiene que ser nuestro camino si seguimos a Jesús. Cuando llegamos a conocer a Jesús nos sentiremos cautivados por su amor. Por eso ya lo que haremos será querer parecernos a El, hacernos como El. Ya nos lo repite El en el evangelio, ‘el que quiera seguirme…’ No ha de hacer otra cosa que lo que hizo Jesús, seguir los pasos de Jesús.
Tomar la cruz, aprender a amar como Jesús, saber darnos y entregarnos sin ningún límite como El lo hizo.

lunes, 22 de marzo de 2010

El que me sigue no camina en tinieblas

Dan. 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62;
Sal. 22;
Jn. 12-8-20

‘Yo soy la luz del mundo: el que me sigue no camina en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida’. La imagen de la luz es una constante en el evangelio. Una hermosa imagen para hablarnos de Jesús, de nuestra fe en El, de cómo hemos de seguirle y dejarnos iluminar por El, cómo en El encontramos el sentido más profundo de la vida y del hombre.
La luz es para iluminar, para que veamos el camino, sepamos el rumbo que le damos o tomamos en la vida, y para señalarnos el norte hacia el cual hemos de caminar. En una noche oscura necesitamos de la luz que nos ilumine los senderos por donde hemos de ir. La luz nos hará ver con claridad las cosas y las personas, podremos conocer y podremos decidir. La luz del sol nos ilumina durante el día, pero podemos decir también que es como fuente de vida.
Sin luz no podríamos vivir. Cuántas cosas podemos decir de la luz, de lo que la necesitamos y de su utilidad y también su necesidad para la vida.
Y Jesús nos dice: ‘Yo soy la luz del mundo’. Cristo nuestra luz. Imagen que nos aparece repetidas veces en el evangelio. Jesús nos dice que El es luz, pero también nos enseña cómo nosotros tenemos que ser luz. ‘Vosotros sois la luz del mundo’, una luz que tiene que iluminar, que colocarse bien alto, que ha de brillar a través de nuestras obras. ‘Así ha de ser vuestra luz ante los hombres, para que viendo vuestras buenas obras glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo’.
Hoy nos dice Jesús que sin esa luz estaremos en tinieblas, o más bien nos dice que siguiéndole a El no estaremos en tinieblas sino todo lo contrario en la región de la luz y de la vida verdadera. ‘El que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida’. Seguir a Jesús, creer en Jesús, aceptar a Jesús como única y verdadera luz de nuestra vida.
No siempre es fácil porque pareciera que muchas veces preferimos las tinieblas a la luz. No queremos la luz porque quizá con ella se vería la verdad de nuestra vida, de nuestras obrar y muchas veces nuestras obras no son de luz, sino de muerte. Quien está manchado o desfigurado en la vida no querrá acercarse a la luz, para que no se vean sus manchas o su mala vida. Las tinieblas quieren cautivarnos, encerrarnos en su círculo de no-luz.
Ya lo anunciaba el mismo evangelista Juan en el principio de su evangelio. ‘La vida era la luz de los hombres. La luz luce en las tinieblas, pero las tinieblas no la acogieron’. Es dramático el que prefiramos las tinieblas a la luz. Pero esa es nuestra condición pecadora. Y Dios sigue ofreciéndonos su luz, queriendo iluminar nuestras tinieblas.
Pidamos a Dios que podamos tener esa luz de la vida, que nos dejemos iluminar por su luz, que no nos dejemos engañar por las obras de la muerte que quieran presentársenos como si fueran obras de la luz y de la vida. Muchas veces nos cegamos, pero no con las obras de la luz, sino son las obras del mal y de las tinieblas. Nunca la luz de Jesús nos cegará, sino todo lo contrario. En El vamos a encontrar la total plenitud.
Vayamos hasta Jesús. Queramos ponernos en camino para seguirle. Busquémosle con toda sinceridad. Sepamos oír su voz para seguirle.

domingo, 21 de marzo de 2010

En la primavera de la Pascua flores nuevas tienen que florecer

Is. 43, 16-21;
Sal. 125;
Filp. 3, 8-14;
Jn. 8, 1-11

El evangelio de Jesús nos pide unas actitudes nuevas que apuesten por la vida; apuestas que tienen que pasar por el amor y por el perdón. Es lo que contemplamos en Jesús; es la buena nueva que El nos anuncia y no sólo con su palabra sino con toda su vida. El camino hacia la Pascua que estamos recorriendo es un camino hacia la vida, porque el Señor quiere arrancarnos de nuestras muertes, de nuestro pecado; porque cuando lleguemos a celebrar la Pascua estaremos celebrando la victoria sobre la muerte en la resurrección del Señor.
Las páginas del evangelio están llenas de momentos en los que vemos esa apuesta en Jesús. Y todo eso se convierte en un interrogante muy fuerte dentro de nosotros que puede cuestionar muchas cosas que hacemos en la vida dejándonos algunas veces arrastrar, casi sin darnos cuenta, por lo que contemplamos en el ambiente que nos rodea y que están bien lejos de las actitudes y posturas que nos enseña Jesús que hemos de tomar en la vida. Y es que, aunque nos parezca que es lo contrario, damos la impresión de que nos es más fácil la muerte que la vida, nos es más fácil acusar y condenar que amar y perdonar. Cuántas señales de muerte se van introduciendo en nuestro mundo. Y tenemos el peligro de contagiarnos. Tenemos que cambiar el chips de la vida.
El evangelio que hoy hemos escuchado tiene un hermoso mensaje pero también es una denuncia muy fuerte. ‘Jesús desde el amanecer se presentó de nuevo en el templo y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio y la colocan allí en medio’ a los pies de Jesús. tratan de comprometerlo para poder acusarlo. ‘La ley de Moisés manda apedrear a las adúlteras, tú, ¿qué dices?’
Es duro lo que escuchamos. Pero me cuestiono si la actitud de los fariseos que llevaron a la mujer adúltera ante Jesús acusándola y condenándola no estará muy lejos de muchas actitudes nuestras en las que también hacemos juicios de los demás y condenamos fácilmente a todo aquel que haya hecho lo que a nosotros nos parece mal. También nos cuesta perdonar y con qué facilidad condenamos a los otros.
Y esto pasa a todos los niveles, en la familia, entre amigos, entre vecinos, entre compañeros de trabajo, en el ámbito de la vida social y política… actitudes y posturas negativas en nuestra relación con los otros que se nos meten a todos incluso a los que estamos dentro de la Iglesia y nos llamamos creyentes y seguidores de Jesús.
Es necesario escuchar más en la voz de la Iglesia ese anuncio de misericordia y compasión para todo pecador sea quien sea y sea cual sea su pecado. La Iglesia tiene que ser siempre el rostro misericordioso de Dios. Hay situaciones duras y difíciles donde es tan importante tener ese rayo de luz y de esperanza que brota de la misericordia de Dios.
Hemos de reconocer que nos dejamos influenciar por las actitudes inmisericordes que afloran en el mundo que nos rodea. En una sociedad en medio de la cual vivimos donde la misericordia, la comprensión y el perdón no brillan de ninguna manera, nosotros, en lugar de ser evangelizadores de ese mundo, caemos en sus redes para hacer lo mismo que ellos y hasta nos parece lo más natural. ¿No es misión nuestra como cristianos anunciar y trasmitir los valores evangélicos del amor, la misericordia y el perdón? Condenemos el pecado y el mal, pero no olvidemos que tenemos que salvar al pecador. Cristo lo que quiere es transformar el corazón del hombre.
Cuando los fariseos se presentan a Jesús y le exigen una respuesta, ya sabemos cómo actúa Jesús. ‘Como insistían en preguntarle, se incorporó – antes se había inclinado y se había puesto a escribir en el suelo – y les dijo: El que esté sin pecado que tire la primera piedra’. ¿Cómo nos atrevemos a condenar si nuestro corazón está también lleno de pecado? Puede ser grande el pecado de adulterio de aquella mujer, pero no lo es menos el odio que dejamos meter en el corazón, la discriminación y el desprecio que podamos sentir por los otros, la prepotencia de creerme superior y mejor que los demás. ‘El que esté sin pecado que tire la primera piedra’.
¿Habremos experimentado de verdad en nosotros lo que es ser perdonado para que seamos capaces, hayamos aprendido a ser generosos para perdonar también nosotros a los demás? Es importante lo que vivamos en nuestro propio corazón. Si somos humildes para reconocer también nuestros fallos, nuestros errores, nuestras caídas y pecados, sentiremos también el gozo del perdón recibido. ¿No nos enseñará eso a ser también nosotros misericordiosos con los demás?
Jesús, sacramento del amor de Dios, libera de la muerte al pecador perdonándolo. Perdón que nace de la gratuidad del amor de Dios y que nos muestra la grandeza del corazón de Dios. Es lo que tenemos que aprender, esa gratuidad y esa generosidad de nuestro corazón porque además eso nos hace mejores, nos pone en camino de vivir esa nueva creación que Cristo quiere realizar en nosotros, ese hombre nuevo que quiere que nosotros seamos.
Cuando experimentamos lo nuevo que Dios crea en nosotros desde su amor y su perdón se abren ante nosotros nuevos caminos llenos de vida y de luz. Recordemos lo que nos decía el profeta en la primera lectura: ‘No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo…’ Quiere el Señor hacer que los desiertos de nuestra vida ya no sean desiertos porque florezcan flores de vida en nosotros prometedores de hermosos frutos. Son esas nuevas actitudes de vida que tienen que ir floreciendo en nosotros. Nunca ya el juicio ni la condena. Para siempre ya la generosidad, el perdón, el amor, la concordia, la paz, la dicha para todos. Son las flores que tienen que florecer en la primavera de esta Pascua que vamos a celebrar.
Cuando hemos pasado en la vida por esos momentos difíciles donde quizá vimos la negrura de nuestra maldad y nuestro pecado, pero donde no nos ha faltado la experiencia enriquecedora del amor de Dios, nos sentimos en verdad transformados, fortalecidos para emprender ese camino nuevo que nos conduzca a la santidad. Si ‘el Señor ha estado grande con nosotros’ como decíamos en el salmo, claro que nos llenamos de alegría y nuestra vida ya va a ser distinta para siempre.
¿Cómo se sentiría aquella mujer cuando Jesús le dice ‘yo tampoco te condeno, vete y no peques más’?

sábado, 20 de marzo de 2010

Como cordero manso llevado al matadero

Jer. 11, 18-20;
Sal. 7;
Jn. 7, 40-53

‘De la gente que oyó los discursos de Jesús, unos decían: Este es de verdad el profeta. Otros decían: Este es el Mesías. Pero otros decían: ¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que vendrá del linaje de David, y de Belén, el pueblo de David?’
Así nos presenta el evangelista Juan la controversia que se tenían entre sí los judíos preguntándose realmente quién era Jesús. Nos recuerda lo que los sinópticos nos cuentan. Uno con la pregunta que hacía Jesús, ‘¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?’, y otro con la reacción de Herodes cuando se enteró del actuar de Jesús y él pensaba que era Juan, al que había decapitado, que había vuelto a la vida.
¿Quién es Jesús? La pregunta que en todos los tiempos la gente se hace, aún sin tener fe. No todos por la fe le reconocerán como el Hijo de Dios, nuestro Salvador, pero sí mucha gente se admira ante su figura y hasta se siente cautivada por El. La respuesta que dieron los guardias del templo cuando volvieron sin haberle prendido es una respuesta que se repite de una forma o de otra porque contemplar a Jesús siempre produce grandes interrogantes en el corazón del hombre. ‘Jamás ha hablado nadie así’.
Sabemos que este texto del evangelio, por el tiempo en que estamos acercándose ya la pasión del Señor en la liturgia de la cuaresma se nos ofrece porque de alguna manera nos va preparando para todo el proceso que siguieron los judíos contra Jesús. En esta ocasión nos dice el evangelista que ‘algunos querían prenderle, pero nadie le puso la mano encima’ para enfado de los sumos y sacerdotes y fariseos que lo que querían era prender a Jesús para quitarlo de en medio.
Pero ahí está Jesús, aún no ha llegado su hora y por eso nadie le pone la mano encima. Cuando llegue el momento el mismo se adelantará hacia los que vengan a prenderlo, como sucederá en el huerto de Getsemaní. Ha subido a Jerusalén sabiendo la culminación que tiene su subida. Ha subido para la Pascua, pero no es sólo celebrar la Pascua judía comiendo el cordero pascual como recuerdo de la salida de Egipto. Va a ser su pascua, la definitiva, la de la Alianza nueva y eterna, la de su cuerpo inmolado y su sangre derramada. El subirá hasta lo alto del altar del sacrificio como había anunciado el profeta ‘como cordero manso, llevado al matadero’. Ya tendremos ocasión de reflexionar más hondamente en este sacrificio del cordero que se ofrece en los días del triduo pascual.
Nosotros queremos estar con Jesús, subir con El también a Jerusalén porque queremos celebrar la pascua. Nosotros sí sabemos quien es Jesús. En El contemplamos al Hijo de Dios y a nuestro Salvador, el Mesías de Dios y nuestro Redentor, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Nos unimos por la fe a su sacrificio, nos alimentamos del cordero pascual, nos sentiremos renovados totalmente cuando lleguemos a celebrar la verdadera Pascua inmolada. Mientras nos preparamos, caminamos este camino cuaresmal, deseamos llegar a vivir con toda hondura la Pascua.

viernes, 19 de marzo de 2010

San José, el esposo de Maria, y el misterio de Cristo


Celebramos con gozo la solemnidad de San José, fiesta tan importante para nosotros los cristianos, que la liturgia hace incluso como un paréntesis en el camino cuaresmal para celebrar la solemnidad de este día. Es el Esposo de María, la Madre del Señor. Es aquel que fue escogido por Dios para ocupar un lugar muy importante, ser el padre de familia, en aquel hogar en el que iba nacer como hombre el Hijo de Dios, y en el que iba a crecer y madurar como hombre quien venia a ser nuestro salvación. Le pondrás por nombre Jesús, le había dicho el ángel, porque Él salvará a todos de sus pecados.
Por eso cuando celebramos la fiesta de san José, como por supuesto tenemos que hacerlo con todos los santos, lo hacemos contemplándolo y celebrándolo dentro del misterio de Cristo. Su vida, su santidad tendrá siempre como eje y fundamento a Cristo a quien sirvió desde esa función de padre de familias en el hogar de Nazaret. Misión donde no solo vemos extremadamente su responsabilidad, sino donde le vemos brillar por su fe y su esperanza.
Brilla su fe y su esperanza en el hombre que vemos siempre abierto a Dios, a su voluntad, para realizarla en su vida, para darle culto, para sentir su presencia y orientación en el camino de su existir. De las pocas cosas que nos dice el Evangelio de José algo que se resalta y repite es su saber escuchar a Dios. Frente a las incertidumbres que llenaron de sombras su vida en distintos momentos, siempre estuvo atento al actuar de Dios. El ángel que en sueños le dice que lleve a María su mujer a su casa y que el hijo de sus entrañas es el Hijo del Altísimo, o el ángel que le lleva a Egipto primero y luego a Nazaret, son las manifestaciones de ese actuar de Dios en su vida, pero también de esa su apertura a Dios para dejarse guiar dócilmente por El.
Y se dejó guiar por Dios aunque quizás las razones humanas pudieran llevarlo por otros caminos, por eso la liturgia le aplica hoy con la Palabra de Dios que se ha proclamado, como, a la manera de Abraham creyó y esperó contra toda esperaza. Sus esperanzas y su fe no eran humanas. Su apoyo y fortaleza estaba en el Señor.
Mencionábamos antes también su santidad vivida en la responsabilidad de su función de padre de familias en aquel hogar de Nazaret. Allí donde Dios quiso tenerlo. Allí donde tenia que realizar una función educadora en lo humano, nada menos que con el Hijo de Dios hecho hombre. Le vemos cuidar de El en Belén, en Egipto, en Nazaret. Le vemos como padre de familias conduciéndolo a Jerusalén para el culto al Señor en la fiesta de la Pascua. Podríamos pensar en su responsabilidad en el hogar de Nazaret, o podíamos pensar en la vida religiosa de aquella familia, a la que llamamos la Sagrada Familia. Cuántas lecciones para nuestros hogares. Cuantas lecciones para nuestra vivencia creyente y religiosa. Cuántas lecciones para nuestra apertura a Dios para dejarnos conducir por El.

jueves, 18 de marzo de 2010

Los testimonios a favor de Jesús

Ex. 32,7-14;
Sal. 105;
Jn. 5, 31-47

¿Creemos o no creemos en Jesús? ¿Por qué tenemos que creer en Jesús? Quizá también nosotros preguntaríamos, ‘¿qué señales nos das para que creamos en ti?,’ como hemos visto que en otras ocasiones los judíos le plantean a Jesús. Aunque hoy de forma explícita no está esa pregunta, sin embargo Jesús nos dará en el evangelio las motivaciones necesarias para que creamos en El.
Apela Jesús en primer lugar al testimonio de Juan. ‘Vosotros enviasteis mensajeros a Juan y él ha dado testimonio de la verdad’. Puede referirse a aquella embajada que enviaron desde Jerusalén para preguntar si él era el profeta o era el Mesías, y si no lo era ¿por qué bautizaba? Juan dio testimonio que ni era el profeta ni era el Mesías sino sólo el que preparaba los caminos del Señor como estaba anunciado.
Y daría testimonio un día señalando a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, porque él había visto bajar el Espíritu en forma de paloma sobre Jesús. Testimonio de Jesús sería también la embajada de sus discípulos que envía hasta Jesús para preguntarle si El era el que había de venir o tenían que esperar a otro. Pedagógicamente quería que sus discípulos vieran y palparan con sus ojos y con sus manos que aquel Jesús era el Mesías esperado.
Pero Jesús dice ahora que tiene un testimonio mayor que el de Juan, ‘las obras que el Padre me ha concedido realizar; esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado’. Apela Jesús al Padre del cielo que certifica la autenticidad de Jesús con las obras que realiza. ‘El Padre que me envió, El mismo ha dado testimonio de mí’.
Finalmente apela Jesús a lo anunciado en las Escrituras por Moisés y los profetas. ¿Recordamos a Moisés y a Elías que aparecen junto a Jesús en la transfiguración en el Tabor? ‘Estudiais las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna, pues ellas están dando testimonio de mí, y ¡no queréis venir a mí para tener vida!’ Jesús es esa vida eterna, nos da esa vida eterna. Tenemos que creer en El para alcanzar esa vida eterna. Ya ayer lo escuchábamos. ‘Quien escucha mi palabra y cree en el que me envió, posee la vida eterna… ha pasado de la muerte a la vida’.
Que crezca nuestra fe. Que sea fecunda nuestra fe en buenas obras de vida nueva. Que esa fe en Jesús nos transforme, nos llene de vida, nos haga santos. Este camino que vamos haciendo en nuestra preparación para la pascua en todo eso nos está ayudando. Ahí ponemos nuestro empeño y esa gracia pedimos alcanzar del Señor.
Un último pensamiento en torno a la primera lectura. Se nos narra cómo el pueblo es infiel al Señor y merece el castigo de Dios. Pero Moisés intercede, suplica insistentemente pidiendo a Dios que perdone a su pueblo. ‘¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta?’ Consigue con su intercesión que el Señor olvide el pecado de su pueblo y le perdone.
Una cosa que hacemos insistentemente sobre todo en este tiempo de cuaresma es pedir perdón al Señor porque nos sentimos pecadores. Vamos escuchando la llamada al arrepentimiento y a la conversión y pedimos perdón. Pero se me ocurre pensar en una cosa. No sólo hemos de pedir por nosotros mismos, sino que, cual otros Moisés, nos convirtamos en intercesores de los demás, de todo el pueblo pecador.
Realmente es algo que hacemos en las oraciones que nos ofrece la Iglesia pero quisiera que fuéramos más conscientes de esa intercesión que hacemos al Señor pidiendo por los demás. En la confesión de que somos pecadores en la oración que hacemos en el acto penitencial de la Eucaristía e incluso en el sacramento de la Penitencia, algo así expresamos. ‘Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos, y a vosotros, hermanos, que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor’. Ahí estamos pidiendo los unos por los otros. Pero que eso esté muy presente en toda nuestra oración.

miércoles, 17 de marzo de 2010

El Señor consuela a su pueblo, se compadece de los desamparados

Is. 49, 8-15;
Sal. 144;
Jn. 5, 17-30

‘Exulta, cielo; alégrate, tierra; romped a cantar, montañas, porque el Señor consuela a su pueblo, se compadece de los desamparados…’ Hermosa invitación; hermoso recordatorio el que hace el Señor por medio del profeta; hermosa palabra de consuelo.
Nos recuerda el Señor su amor por su pueblo. ‘En el tiempo de la gracia te he respondido, en el día de la salvación te he auxiliado; te he defendido y constituido alianza del pueblo…’ El Señor ha manifestado su amor por su pueblo de mil maneras, y aunque el pueblo en su infidelidad haya roto la alianza una y otra vez olvidándose del Señor, es siempre fiel. El Señor ha sido liberación para su pueblo, ha sido luz en las tinieblas, envió a los profetas, hace prodigios en medio del pueblo.
No caben dudas desde el amor que manifiesta sobre su pueblo. Y si hubieran dudas terminará diciéndonos: ‘Sión decía: Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado. ¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré, dice el Señor todopoderoso’.
Por eso podíamos decir una vez y repetir sin cansarnos con el Salmo: ‘El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas…’
Y todo eso lo tenemos en plenitud en Cristo Jesús. Hoy se nos presenta Jesús en el evangelio como el Hijo de Dios que en todo nos está manifestando lo que es el rostro de amor de Dios. Y los judíos, aunque no lo querían aceptar, sí están comprendiendo las palabras de Jesús que son bien claras. Como nos dice el evangelista ‘por eso los judíos tenían más ganas de matarlo: porque no sólo violaba el sábado, sino también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios’. Ahora en el tiempo que nos queda de cuaresma iremos contemplando toda esa oposición por parte de los sumos sacerdotes y los fariseos contra Jesús.
Efectivamente Jesús así se manifiesta como Hijo de Dios. ‘Lo que hace el Padre, lo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que El hace y le manifestará obras mayores para vuestro asombro. Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que ama…’ Y nos asegura Jesús: ‘Quien escucha mi palabra y cree al que me envió, posee la vida eterna y no será condenado, porque ha pasado de la muerte a la vida…’
Creemos en Jesús, creemos en el Padre que le envió, queremos alcanzar la vida eterna, queremos pasar de la muerte a la vida ya de una vez para siempre. Es nuestro camino, nuestra tarea, es lo que tiene que ser nuestra vida para siempre. Pero nos pueden muchas veces el pecado o se debilita nuestra fe.
Por eso el ejercicio cuaresmal en la austeridad y la penitencia, en la intensificación de la escucha de la Palabra de Dios tratando de plantarla bien en nuestro corazón, y en nuestra oración personal y comunitaria vivida con toda intensidad es una ayuda grande en este camino que ha de ser nuestra vida toda. Tendría que ser nuestra tarea de siempre, pero ya sabemos de nuestras debilidades y rutinas. Por eso la cuaresma es tan importante, es un toque de atención fuerte para despertar, una llamada imperiosa del Señor.
Escuchemos su llamada. Demos respuesta. Reconozcamos el amor del Señor. Y lo hacemos con alegría y con esperanza.

martes, 16 de marzo de 2010

Un agua que nos purifica, nos sana y nos llena de vida

Ez. 47, 1-9.12;
Sal. 45;
Jn. 5, 1-3.5-16

Nos habla el evangelio de la piscina de Betesda, junto a la puerta de las ovejas en los aledaños del templo de Jerusalén; allí se agolpaban muchos enfermos, cojos, ciegos, paralíticos que aguardaban el movimiento del agua esperando alcanzar un día la curación de sus males y enfermedades.
Por otra parte, en la primera lectura, Ezequiel nos habla de un manantial que brota del templo del Señor por debajo de la puerta de levante y que se extendía en un caudal que crecía más y más ‘hasta desembocar en el mar de las aguas muertas al que sanaría de manera que todos los seres vivos que bullen allí tendrán vida… y a la vera del río crecerán en ambos lados toda clase de árboles frutales cuyas hojas no se marchitan… porque los riega el agua que nace del santuario’.
El signo del agua como signo de vida se repite en el texto sagrado y será luego utilizado en la liturgia con mucha frecuencia. En los dos textos de hoy se nos presenta como signo de vida, que sana y cura como a los enfermos de la piscina de Betesda, o que llena de vida allá por donde pasa, de manera que desaparezca la desolación y la muerte.
Podríamos recordar el agua viva que Jesús promete a la samaritana, como se lee en el tercer domingo de cuaresma en uno de sus ciclos, o cuando grita desde el templo que el que tenga sed que vaya hasta El que hará surgir ‘un surtidor de agua para la vida eterna’. Sería con agua en el bautismo de Juan el Bautista allá en el Jordán como signo penitencial y de purificación, pero será como signo de gracia y de vida el bautismo cristiano, el bautismo en el nombre del Espíritu con que Jesús mandó fueran bautizados quienes creyeran en El para alcanzar la salvación.
Aparece hoy en nuestro camino cuaresmal para recordarnos cómo tenemos que acudir a Jesús que nos dará el agua de vida eterna. El paralítico que nos aparece hoy en el evangelio no podía meterse a tiempo en la piscina de Betesda cuando el agua se removía porque su invalidez o discapacidad por un lado, y el egoísmo o la indiferencia de los que lo rodeaban eran impedimento para alcanzar la gracia sanadora de aquella agua. El lo deseaba, llevaba 38 años esperando, no lo había podido alcanzar pero su esperanza no se había acabado.
Ahora es Jesús, cuando han fallado todos los medios humanos, el que se acerca al paralítico. La pregunta es como para comenzar una conversación o para despertar los verdaderos deseos de salvación. ‘¿Quieres quedar sano?’
El agua era un signo, pero allí estaba quien esos signos representaban. Jesús es en verdad la salud, la salvación y la vida. Ya no necesitaría usar del signo, introducirse en el agua de la piscina, porque era Cristo mismo quien llegaba hasta él y lo sanaba.
Cristo viene a nosotros también con su vida y salvación. No vemos físicamente su cuerpo y su presencia como lo habían podido ver las gentes de Jerusalén o Palestina, pero sí podemos tener la certeza de su presencia junto a nosotros y en nosotros. Los sacramentos son esos signos sagrados que nos hacen presenta a Cristo, su gracia, su salvación. No cosifiquemos excesivamente los sacramentos sino que en verdad sepamos ver y sentir la presencia de Cristo que nos salva y nos vivifica. Es Cristo mismo que llega a nosotros. Llegó un día en el Bautismo por el agua y el Espíritu y nos dio la vida divina para que pudiéramos unirnos a El y a su vida; y por la fuerza del Espíritu nos hizo hijos. Llega ahora en cada Sacramento y en especial en la Eucaristía; no nos quedaremos en el signo del pan y el vino en su materialidad sino que descubrimos la presencia real y verdadera de Cristo que nos alimenta y llena de vida.
Cristo llega a nosotros y también hoy quiere tendernos su mano, como al paralítico de la piscina, y nos quiere levantar de nuestra invalidez, la invalidez de nuestro pecado. Nos levanta y nos pone en camino, nos hace hombres nuevos realizando en nosotros una nueva creación. Nos levanta y está en nosotros para que ya desaparezca para siempre el mal de nuestro pecado, porque nos perdona, nos llena de gracia, nos llena de vida. Confesemos en verdad nuestra fe en Jesús.

lunes, 15 de marzo de 2010

Voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva

Is. 65, 17-21;
Sal. 29;
Jn. 4, 43-51

Los primeros versículos del texto del evangelio hoy proclamado vienen a ser como un resumen de las diversas actividades de Jesús narradas en los capítulos precedentes. Jesús llega a Galilea procedente de Samaria donde ha tenido lugar el encuentro con la mujer samaritana junto al pozo de Jacob; se menciona la presencia de Jesús en Nazaret que es san Lucas el que nos lo ha contado con la reacción negativa de sus convecinos, por eso nos recuerda lo de que ‘un profeta no es estimado en su propia patria’; y hace referencia al milagro de la conversión del agua en vino en las bodas de Caná de Galilea para situarnos donde se realiza la escena que hoy nos narra.
Hasta allí ha llegado, por otra parte, la fama de lo que antes Jesús había realizado en Jerusalén. ‘Los galileos lo recibieron bien porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén, durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta’.
Ahora es ‘un funcionario real que tenia un hijo enfermo en Cafarnaún el que, oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, había ido a verle y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose’. ¿Tenía fe aquel hombre? Por algo viene a pedirle a Jesús que dé vida a su hijo. Además se fió de Jesús cuando le dijo que su hijo estaba curado. Se puso en camino. Al encontrarse con los criados que vienen a decirle que su hijo está ya curado ‘creyó él con toda su familia’, nos dice el evangelista.
Jesús pide habitualmente fe a los que vienen a él buscando el milagro de la curación. Y porque tienen fe alcanzan lo que piden. ‘Que te sucede conforme a tu fe… tú fe te ha curado…’ son expresiones que escuchamos muchas veces. Ahora el milagro se convierte en un signo que hace crecer más la fe llegando a un compromiso mayor. ‘Creyó él con toda su familia’, nos dice el evangelista. El hombre no se quedó solamente en tener fe en él para obtener de Jesús la curación, sino que ahora esa fe va abarcar a toda la familia.
Algo nuevo se está realizando en la medida en que crece el anuncio del Reino de Dios. Un mundo nuevo se está creando, como lo había anunciado el profeta, según escuchamos en la primera lectura. ‘Mirad, yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva, de lo pasado no habrá recuerdo… sino que habrá gozo y alegría perpetua, por lo que voy a crear’. Esta imagen del cielo nuevo y de la tierra nueva volverá a aparecer en el Apocalipsis cuando ya se nos está presentando la apoteosis final.
Un cielo nuevo y una tierra nueva iremos viviendo en la medida en que va creciendo el Reino de Dios en nuestra vida y entre nosotros. Todo ha de irse transformando, haciéndose nuevo. El dolor y el sufrimiento han de desaparecer, la muerte ya no tendrá la palabra final, y los milagros que va realizando Jesús son signo de ese mundo nuevo. De ahí la alegría que en la esperanza hemos de ir viviendo. ¿Cómo no vivirla y sentirlo en lo más hondo de nosotros mismos, si nos sentimos renovados en el Señor, si hemos de hacer crecer día a día esa civilización del amor que dé sentido hondo a nuestra vida y a nuestro mundo?
‘Te ensalzaré, Señor, porque me has librado’
, hemos repetido una y otra ve en el salmo. Será un salmo que también cantaremos en la noche de Pascua, en la Vigilia Pascual. En el triunfo de Cristo en su resurrección adquiere todo sentido, porque por la muerte y la resurrección de Cristo nos vemos liberados y rescatados de toda tristeza y de todo mal, inundados de gracia, de vida y de paz. ‘Sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa… cambiaste mi luto en danzas, Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre’.
Pero tiene también su hondo sentido que ahora lo recemos, porque estamos viendo las obras del Señor; porque estamos reconociendo también ese actuar de Dios en nuestra vida, porque en la medida que vamos dando pasos en este camino cuaresmal nos vamos sintiendo nuevos, distintos, renovados, y con más ganas cada día de vivir ese camino de santidad al que el Señor nos ha llamado. Que así lo vayamos viviendo con toda hondura.

domingo, 14 de marzo de 2010

Una parábola que es un tríptico de luces, sombras y transparencias


Josué, 5, 9-12;
Sal. 33;
2Cor. 5, 17.-21;
Lc. 15, 1-3.11-32

‘Que el pueblo cristiano se apresure con fe viva y con entrega generosa a celebrar las próximas fiestas pascuales’. Así hemos pedido en la oración en este tercer domingo de Cuaresma. Es nuestro deseo y es el esfuerzo que queremos ir haciendo en este camino cuaresmal dejándonos iluminar por la Palabra de Dios, orando con mayor intensidad al Señor y haciendo la ofrenda de nuestra austeridad y espíritu penitencial.
Hoy la palabra de Dios nos ha ofrecido unos textos hermosos de hondo contenido y que han de ayudarnos en ese camino. Decir que las actitudes de los fariseos sobre todo hacia los publicanos y pecadores provocaron el que Jesús nos propusiese esta hermosa parábola. ‘Solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle…’ nos señala el evangelista. Pero ahí está el rechazo, la murmuración de los fariseos que incluso pretendían manchar el nombre de Jesús, como queriendo decir que Jesús era de la misma condición. Jesús, el médico que venía a sanar a los enfermos, a dar vida a los que se sentían muertos, a alcanzar el perdón para todos los pecadores fueran quienes fueran. ‘Ese acoge a los pecadores y come con ellos’.
Esta hermosa parábola que Jesús nos propone es como un hermoso tríptico en transparencia. Y ahora me explico. Un tríptico cuyo centro está lleno de luz y que quiere disipar las sobras y tinieblas de las tablas laterales. Un tríptico en transparencia porque a través de sus figuras se nos va a ver a nosotros, o hemos de vernos nosotros en lo que somos y en lo que Dios quiere transformarnos.
Unas tablas llenas de sombras. El hijo menor que le pide al padre la parte de la fortuna que le toca y que ‘juntando todo lo suyo emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente’. Y en esa transparencia vemos nuestros negros sueños ansiando libertad para vivir nuestra vida prescindiendo de lo bueno de la casa paterna. Es la expresión de cómo nos alejamos de Dios. Quería vivir su vida, queremos vivir nuestra vida; no queremos nada que nos sujete, ningún principio que nos oriente y nos guíe. Es el no que damos a Dios cuando no aceptamos su voluntad, cuando dejamos al margen de nuestra vida el cumplimiento de los mandamientos. Nos dejamos arrastrar por el vértigo de la vida, de los deseos de placer o por el materialismo que a la larga nos va a atar en la peor de las esclavitudes.
Vendrán las soledades, los vacíos, los sin sentidos de la vida; las añoranzas de lo que pudo ser y no fue; al final el arrepentimiento porque en el fondo vamos a sentir el peso del mal. ‘Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras que yo aquí me muero de hambre… le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba de comer…’ Vacío y soledad. Cuántos vacíos arrastramos por la vida cuando hemos perdido el sentido de las cosas. cuánta soledad en la superficialidad de unas relaciones meramente interesadas y muchas veces egoístas.
Pero la otra tabla está también llena de sombras. El hijo mayor podía parecer el bueno y el cumplidor porque se había quedado en la casa del padre. Pero quizá estaba más lejos que el hermano que se había marchado. Cuando la pasión corroe nuestro espíritu, cuando el orgullo o la envidia nos ciegan, cuando el egoísmo nos hace interesados porque a todo queremos sacarle ganancia – ‘a mí nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos’ -, cuando la soberbia nos hace subirnos en los pedestales de los que nos creemos mejores y despreciamos a los demás – que parecida a la actitud de los fariseos, ‘tantos años como te sirvo sin desobedecer una orden tuya… no soy como esos…’ -, entonces también nuestra vida está llena de sombras. Y en esas sombras estamos trasparentándonos nosotros también.
Pero el centro del tríptico, donde está verdaderamente el personaje central y principal, el verdadero protagonista de la parábola, está lleno de luz. Es el padre que no se cansa de amar; que espera pacientemente y que respeta las decisiones y la libertad de los hijos; que sale al encuentro del hijo que viene o del que no quiere acercarse; que ofrece el abrazo del perdón y de la reconciliación sin recriminaciones ni petición de explicaciones; que restaura la dignidad perdida del hijo al que siempre seguirá amando y tratando como tal; que hace fiesta grande en la vuelta del hijo perdido y encontrado; que nos invita a todos a esa fiesta y banquete de amor y de reconciliación; que busca siempre la reconciliación y la paz.
Cuántos detalles del amor de Dios nos da la parábola. El hijo que había decidido levantarse para volver al encuentro del padre camina quizá lleno de temor porque aún no ha aprendido todo lo que es el amor que el padre le tiene, pero el padre corre al encuentro de su hijo para recibirle lleno de alegría – ‘al verlo se conmovió echando a correr’ -; el hijo había preparado sus palabras de arrepentimiento – ‘padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo…’ - pidiéndole que le recibiera al menos como un jornalero, pero para el padre sigue siendo el hijo que vuelve y le reintegra en toda su dignidad, vistiéndole con la túnica nueva de la gracia, poniendo en su dedo el anillo de los hijos y en sus pies las sandalias de la dignidad recobrada.
Y es que en este tema de la reconciliación y reencuentro todo es cosa de Dios y las cosas de Dios son distintas. ‘Todo esto nos viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo…’ que nos decía san Pablo. ‘Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuenta de sus pecados.’
También en la transparencia de este cuadro central lleno de luz tenemos que vernos nosotros; nosotros en ese caminar hacia el padre con el arrepentimiento de nuestras sombras y pecados, sintiendo también ese abrazo de amor y participando también de esa fiesta y de ese banquete que el Señor ha preparado para nosotros. Pero recogiendo el sentir de lo que san Pablo nos ha dicho que ‘a nosotros nos encargó el ministerio de la reconciliación’.
Ministerio que ejerce la Iglesia en toda la acción pastoral y en la celebración de los sacramentos, pero ministerio que en cierto modo tenemos todos los que creemos en Jesús. Esto tendría también muchas consecuencias para nuestro actuar. Vivimos en nosotros la experiencia de sentirnos reconciliados con Dios, pero ¿no tendríamos que hacer partícipes de ese gozo a todos los hombres nuestros hermanos? También nosotros hemos de saber salir al encuentro con el otro para anunciarles ese misterio del amor de Dios que es tanto y tan grande que nos ha entregado a su propio Hijo. ‘Gustad y ved, qué bueno es el Señor’, hemos de decirle a todos con el salmo.
Hay un sacramento en el que de manera especial vivimos esta reconciliación y este reencuentro del hijo pecador con el Padre bueno que nos ama, que es el sacramento de la Penitencia o de la Reconciliación. Con lo que hemos reflexionado hoy en esta parábola quizá tendríamos que preguntarnos si con el mismo gozo, alegría y esperanza vivimos nosotros la celebración de este sacramento. No otra cosa vamos a recibir en él que el abrazo de amor y de perdón del Padre que en Cristo nos ha perdonado. Lejos de nosotros temores, nervios y agobios cuando vamos al sacramento. No olvidemos que el Padre de toda misericordia está esperándonos con su amor para darnos ese abrazo de paz y de perdón.

sábado, 13 de marzo de 2010

Por algunos que despreciaban a los demás

Oseas, 6, 1-6;
Sal. 50;
Lc. 18, 9-14

‘Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos’. Así había dicho el profeta Oseas a aquellos cuya ‘misericordia era como nube mañanera, como rocío de la madrugada que se evapora’.
No nos valen las apariencias sino lo hondo que tengamos en el corazón. Una nube mañanera o un rocío del amanecer pronto se disipa y se evapora cuando sale el sol. Nos levantamos por la mañana, vemos el camino humedecido o el rocío perlando las piedras o las plantas, pero pronto no quedará nada de ello porque el calor del sol todo lo evapora.
Así seremos nosotros cuando sólo nos dejamos llevar por las apariencias o lo que hay en nuestra propia vida todo es vacío y apariencia sin nada en el interior, aunque por lo externo podamos presentar muchas cosas aparentemente brillantes. Perlas de ensueño y falsas que demuestran nuestra pobreza interior.
El Evangelio nos dice que ‘Jesús dijo esta parábola por algunos que teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás’. Y les propone la parábola de los dos hombres que subieron al templo a orar: un fariseo y un publicano. Nos explica cómo fue la oración de cada uno y al final nos dice: ‘Os digo que éste (el publicano) bajó a su casa justificado y aquel (el fariseo) no’.
¿Qué habría pasado? ¿Por qué esos frutos tan dispares? ¿Qué es lo que le agrada a Dios y qué es más bien lo que nos agrada a nosotros los hombres? Cuando buscamos reconocimientos o alabanzas, o cuando nos echamos flores a nosotros mismos, es que bien pobre y vacío está nuestro corazón. En la autocomplacencia se había llenado de humos de incienso, de vanagloria y de flores marchitas sin profundidad en sus raíces y al final lo que quedó es la nada del vacío.
‘Por algunos que despreciaban a los demás’, dice el evangelista al darnos el motivo de la parábola. ‘Te doy gracias porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros, ni como ese publicano… ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo’. Podría justificarse con las cosas que hacía, con ser un hombre muy religioso y cumplidor, pero no tenía misericordia en el corazón.
‘Misericordia quiero y no sacrificios…’ Experimenta el amor de Dios en ti y aprenderás a tener misericordia con el hermano. No es la ofrenda de las cosas materiales lo que agrada a Dios, sino la ofrenda de un corazón humilde y lleno de amor. Ese tendrá que ser el estilo de una auténtica oración.
‘El publicano se quedó atrás, no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sólo se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios, ten compasión de este pecador’. Pedía y sentía la misericordia de Dios en su vida, estaba aprendiendo también a tener misericordia con los demás.
Cuando sientas la tentación de despreciar por cualquier motivo a alguien, mírate a ti mismo y tu condición pecadora. Mira el amor de Dios que te ha perdonado y vete a perdonar, a tener compasión y misericordia con el hermano.

viernes, 12 de marzo de 2010

Una parábola que es un tríptico de luces, sombras y transparencias



Josué, 5, 9-12;
Sal. 33;
2Cor. 5, 17.-21;
Lc. 15, 1-3.11-32


‘Que el pueblo cristiano se apresure con fe viva y con entrega generosa a celebrar las próximas fiestas pascuales’. Así hemos pedido en la oración en este tercer domingo de Cuaresma. Es nuestro deseo y es el esfuerzo que queremos ir haciendo en este camino cuaresmal dejándonos iluminar por la Palabra de Dios, orando con mayor intensidad al Señor y haciendo la ofrenda de nuestra austeridad y espíritu penitencial.
Hoy la palabra de Dios nos ha ofrecido unos textos hermosos de hondo contenido y que han de ayudarnos en ese camino. Decir que las actitudes de los fariseos sobre todo hacia los publicanos y pecadores provocaron el que Jesús nos propusiese esta hermosa parábola. ‘Solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle…’ nos señala el evangelista. Pero ahí está el rechazo, la murmuración de los fariseos que incluso pretendían manchar el nombre de Jesús, como queriendo decir que Jesús era de la misma condición. Jesús, el médico que venía a sanar a los enfermos, a dar vida a los que se sentían muertos, a alcanzar el perdón para todos los pecadores fueran quienes fueran. ‘Ese acoge a los pecadores y come con ellos’.
Esta hermosa parábola que Jesús nos propone es como un hermoso tríptico en transparencia. Y ahora me explico. Un tríptico cuyo centro está lleno de luz y que quiere disipar las sobras y tinieblas de las tablas laterales. Un tríptico en transparencia porque a través de sus figuras se nos va a ver a nosotros, o hemos de vernos nosotros en lo que somos y en lo que Dios quiere transformarnos.
Unas tablas llenas de sombras. El hijo menor que le pide al padre la parte de la fortuna que le toca y que ‘juntando todo lo suyo emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente’. Y en esa transparencia vemos nuestros negros sueños ansiando libertad para vivir nuestra vida prescindiendo de lo bueno de la casa paterna. Es la expresión de cómo nos alejamos de Dios. Quería vivir su vida, queremos vivir nuestra vida; no queremos nada que nos sujete, ningún principio que nos oriente y nos guíe. Es el no que damos a Dios cuando no aceptamos su voluntad, cuando dejamos al margen de nuestra vida el cumplimiento de los mandamientos. Nos dejamos arrastrar por el vértigo de la vida, de los deseos de placer o por el materialismo que a la larga nos va a atar en la peor de las esclavitudes.
Vendrán las soledades, los vacíos, los sin sentidos de la vida; las añoranzas de lo que pudo ser y no fue; al final el arrepentimiento porque en el fondo vamos a sentir el peso del mal. ‘Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras que yo aquí me muero de hambre… le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba de comer…’ Vacío y soledad. Cuántos vacíos arrastramos por la vida cuando hemos perdido el sentido de las cosas. cuánta soledad en la superficialidad de unas relaciones meramente interesadas y muchas veces egoístas.
Pero la otra tabla está también llena de sombras. El hijo mayor podía parecer el bueno y el cumplidor porque se había quedado en la casa del padre. Pero quizá estaba más lejos que el hermano que se había marchado. Cuando la pasión corroe nuestro espíritu, cuando el orgullo o la envidia nos ciegan, cuando el egoísmo nos hace interesados porque a todo queremos sacarle ganancia – ‘a mí nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos’ -, cuando la soberbia nos hace subirnos en los pedestales de los que nos creemos mejores y despreciamos a los demás – que parecida a la actitud de los fariseos, ‘tantos años como te sirvo sin desobedecer una orden tuya… no soy como esos…’ -, entonces también nuestra vida está llena de sombras. Y en esas sombras estamos trasparentándonos nosotros también.
Pero el centro del tríptico, donde está verdaderamente el personaje central y principal, el verdadero protagonista de la parábola, está lleno de luz. Es el padre que no se cansa de amar; que espera pacientemente y que respeta las decisiones y la libertad de los hijos; que sale al encuentro del hijo que viene o del que no quiere acercarse; que ofrece el abrazo del perdón y de la reconciliación sin recriminaciones ni petición de explicaciones; que restaura la dignidad perdida del hijo al que siempre seguirá amando y tratando como tal; que hace fiesta grande en la vuelta del hijo perdido y encontrado; que nos invita a todos a esa fiesta y banquete de amor y de reconciliación; que busca siempre la reconciliación y la paz.
Cuántos detalles del amor de Dios nos da la parábola. El hijo que había decidido levantarse para volver al encuentro del padre camina quizá lleno de temor porque aún no ha aprendido todo lo que es el amor que el padre le tiene, pero el padre corre al encuentro de su hijo para recibirle lleno de alegría – ‘al verlo se conmovió echando a correr’ -; el hijo había preparado sus palabras de arrepentimiento – ‘padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo…’ - pidiéndole que le recibiera al menos como un jornalero, pero para el padre sigue siendo el hijo que vuelve y le reintegra en toda su dignidad, vistiéndole con la túnica nueva de la gracia, poniendo en su dedo el anillo de los hijos y en sus pies las sandalias de la dignidad recobrada.
Y es que en este tema de la reconciliación y reencuentro todo es cosa de Dios y las cosas de Dios son distintas. ‘Todo esto nos viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo…’ que nos decía san Pablo. ‘Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuenta de sus pecados.’
También en la transparencia de este cuadro central lleno de luz tenemos que vernos nosotros; nosotros en ese caminar hacia el padre con el arrepentimiento de nuestras sombras y pecados, sintiendo también ese abrazo de amor y participando también de esa fiesta y de ese banquete que el Señor ha preparado para nosotros. Pero recogiendo el sentir de lo que san Pablo nos ha dicho que ‘a nosotros nos encargó el ministerio de la reconciliación’.
Ministerio que ejerce la Iglesia en toda la acción pastoral y en la celebración de los sacramentos, pero ministerio que en cierto modo tenemos todos los que creemos en Jesús. Esto tendría también muchas consecuencias para nuestro actuar. Vivimos en nosotros la experiencia de sentirnos reconciliados con Dios, pero ¿no tendríamos que hacer partícipes de ese gozo a todos los hombres nuestros hermanos? También nosotros hemos de saber salir al encuentro con el otro para anunciarles ese misterio del amor de Dios que es tanto y tan grande que nos ha entregado a su propio Hijo. ‘Gustad y ved, qué bueno es el Señor’, hemos de decirle a todos con el salmo.
Hay un sacramento en el que de manera especial vivimos esta reconciliación y este reencuentro del hijo pecador con el Padre bueno que nos ama, que es el sacramento de la Penitencia o de la Reconciliación. Con lo que hemos reflexionado hoy en esta parábola quizá tendríamos que preguntarnos si con el mismo gozo, alegría y esperanza vivimos nosotros la celebración de este sacramento. No otra cosa vamos a recibir en él que el abrazo de amor y de perdón del Padre que en Cristo nos ha perdonado. Lejos de nosotros temores, nervios y agobios cuando vamos al sacramento. No olvidemos que el Padre de toda misericordia está esperándonos con su amor para darnos ese abrazo de paz y de perdón.

¿Un examen de catecismo o un examen de amor?

Os. 14, 2-10;
Sal. 80;
Mc. 12, 28-34

Pareciera que el escriba quisiera hacerle un examen de catecismo a Jesús. ‘¿Qué mandamiento es el primero de todos?’ Como tenía la misión de ser maestro de la ley en Israel, quería poner a prueba a Jesús. Y Jesús pasó la prueba porque respondió citando textualmente al libro del Deuteronomio con algo que además todo buen judío sabía de memoria y además lo repetía, como una oración, varias veces al día.
‘Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser. Y el segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’.
Por eso el escriba vino como a aprobar lo que Jesús decía: ‘Muy bien, maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es único y no hay otro Dios más que El y hay que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y el amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios’. Pero será Jesús el que diga la palabra final al escriba: ‘No estás lejos del Reino de Dios’.
¿Estaremos nosotros lejos o cerca del Reino de Dios? ¿Es en verdad Dios el único Rey y Señor de nuestra vida porque le amamos con todo el corazón y sobre todas las cosas? No son preguntas sin importancia las que nos estamos haciendo. Porque igual cuando hacemos el examen de conciencia y repasamos los mandamientos por el primer mandamiento pasamos rápido porque damos por sentado que amamos al Señor.
Es un examen profundo el que tenemos que hacernos sobre nuestra fe y nuestro amor. El camino cuaresmal que estamos realizando a eso nos invita. Es una revisión, un examen para nuestra renovación, para nuestro crecer más y más en nuestra fe y en nuestro amor. Por eso tenemos que detenernos para ver cuál es la calidad de nuestro amor a Dios para que sea en verdad el centro y razón de ser de nuestra existencia, de todo lo que vivimos y de todo lo que hacemos.
Nos pudiera parecer repetitivo pero es necesario que lo hagamos. Porque tenemos el peligro y la tentación de ponernos otros ídolos en la vida, de buscar otros apoyos, de poner a un lado en ocasiones nuestra fe en el Señor. Y esto hasta nos puede suceder viniendo como hacemos a Misa todos los días, porque aunque estemos aquí en la celebración nuestra mente, nuestros deseos, nuestros sueños pueden estar por otro lado. ¡Cuántas veces nos distraemos, aunque nuestros labios estén pronunciando las oraciones, nuestra mente y nuestro corazón están en otro lado!
Esa invitación que nos hace una vez más el profeta, en este caso Oseas, es necesario que la escuchemos bien en lo más hondo de nosotros mismos. Fijémonos en lo que nos dice: ‘Israel, conviértete al Señor Dios tuyo, porque tropezaste con tu pecado… volved al Señor y decidle: Perdona del todo la iniquidad, recibe benévolo el sacrificio de nuestros labios. No nos salvará Asiria, no montaremos a caballo, no volveremos a llamar Dios a la obra de nuestras manos…’
Por qué dice eso el profeta? Eran momentos en que Israel se sentía tentado, o a mantenía firme su fe en el Señor o se hacia unos ídolos en quien apoyarse; en la hora de la batalla fiarse más de sus fuerzas, sus ejércitos o sus caballerías que poner su confianza en el Señor. Su conversión consistía en volverse totalmente a Dios y sólo en El poner toda su confianza. Por eso las expresiones que usa el profeta.
Es lo que nos puede suceder a nosotros donde demos prioridad a nuestros orgullos o a nuestras fuerzas humanas antes que la confianza y el amor que hemos de poner en el Señor. Por eso sí, nos preguntamos por la calidad de nuestro amor a Dios, si en verdad lo amamos con todo el corazón, con toda nuestra mente, con todo nuestro ser.
‘Yo soy el Señor, Dios tuyo; escucha mi voz’, repetimos en el salmo. Es el Señor, amémosle en verdad sobre todas las cosas y mostremos ese amor escuchándole y haciendo en todo su voluntad.

jueves, 11 de marzo de 2010

Escuchemos la voz del Señor no endurezcamos el corazón

Jer. 7, 23-28;
Sal. 94;
Lc. 11, 14-23

‘Ojalá escuchéis hoy su voz; no endurezcáis vuestro corazón’. Hermoso responsorio del salmo que nos invita una vez más a escuchar la voz del Señor.
Un salmo que nos recuerda un momento duro en la historia de Israel. Digo duro, no sólo por la dificultad del camino del desierto, sino sobre todo por la crisis y rebelión que pasaba por el corazón de los israelitas. Les costaba ver las acciones de Dios, aún recorriendo aquel camino hacia la libertad de un pueblo nuevo donde tantas obras maravillosas iba realizando el Señor que los había sacado de la esclavitud de Egipto y les había hecho atravesar el mar Rojo.
Pero el camino del desierto era duro, como decíamos, y se rebelaron contra el Señor. Es la situación a la que hace referencia el salmo. ‘No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras’.
Es lo que nos repite el profeta Jeremías. Habían hecho Alianza con el Señor para que El fuera el único Dios y ellos su pueblo, ‘pero no escucharon ni prestaron oído; caminan según sus ideas, según la maldad de su corazón… Aquí está la gente que no escuchó la voz del Señor su Dios y no quiso escarmentar’.
Como siempre nos preguntamos al escuchar la Palabra del Señor y reflexionar y orar con ella. ¿Y nosotros? ¿seremos también sordos a la voz del Señor? ¿endureceremos también nuestro corazón?
Creo que con sinceridad y humildad hemos de venir a ponernos delante del Señor para que nos sane y nos salve. El evangelio hoy nos habla de un hombre poseído por un espíritu maligno que era mudo. Y Jesús le curó. Y a aquel hombre se le soltó la lengua, se le abrieron los sentidos para oír y para hablar. ¿Seremos sordos y mudos nosotros también?
Algo de eso puede haber en nuestra vida. ¿Seremos sordos o nos haremos los sordos? ¿Estaremos tan aturdidos por las cosas de la vida que, como aquellos que andan siempre en el fragor de ruidos fuertes y estridentes, habremos perdido la capacidad de escuchar un suave murmullo o un sonido delicado? No somos capaces de escuchar ese suave susurro con el que el Señor quiere llegar hasta nosotros y hablarnos.
Lo mismo nos hemos acostumbrado tanto a la superficialidad de las palabras huecas y vanas, o de palabras estridentes y llenas de maldad o de violencias, de maldiciones o improperios, que ya no somos capaces de pronunciar una palabra buena de bendición y de alabanza. Ni bendecimos y alabamos al Señor, ni tenemos palabras buenas y bellas, llenas de ternura y delicadeza para los que están a nuestro lado. Hablaremos de todas las materialidades y sensualidades posibles, pero no seremos capaces de pronunciar santamente el nombre de Dios, o de llevar una palabra o un gesto de amor verdadero a los demás.
Vamos a dejarnos sanar y salvar por el Señor. Que toque nuestros labios, que toque nuestro corazón, que nos llene de vida, de luz, de amor, de gracia, de paz. El nos ofrece vida y salvación pero nosotros hemos de responder. Por eso vamos a cuidarnos también como nos dice el final del texto del evangelio de hoy. Hemos de estar atentos, vigilantes, bien fortalecidos con la gracia del Señor, para cuando nos llegue el momento malo de la tentación, que podrá venir muy fuerte y hacernos caer de nuevo.
‘Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros. Pero si otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte el botín’. No nos creamos seguros que podemos caer. Eso nos pasa muchas veces en nuestra vida espiritual y en nuestro lucha contra el pecado. No abandonemos la vigilancia que puede volver la tentación. Llenémonos de la gracia del Señor que nos fortalece y así podremos vencer siempre al maligno. Escuchemos la voz del Señor para no endurecer nuestro corazón, sino para que siempre resplandezca la gracia y la santidad de nuestra vida.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Guarda los mandatos y preceptos que te doy que son tu sabiduría y tu prudencia

Deut. 4, 1.5-9;
Sal. 147;
Mt. 5, 17-19

‘Escucha los mandatos y decretos que yo os enseño a cumplir; así viviréis, entraréis y tomaréis posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar’. Así hablaba Moisés al pueblo antes de entrar en la tierra prometida.
Nosotros en este camino cuaresmal que estamos haciendo y que nos conduce a la Pascua así también escuchamos esta Palabra del Señor como una invitación a la vida, a vivir y a vivir en plenitud. Jesús nos lo corrobora hoy en el evangelio donde nos dice que no va a suprimir el mandamiento de Dios sino, todo lo contrario, a darle plenitud. ‘No penséis que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolir sino a dar plenitud’.
Con los salmos más de una vez hemos cantado ‘tu palabra me da vida, confío en ti, Señor; tu palabra es eterna, en ella esperaré’. Palabra de vida, palabra que da vida; palabra en la que ponemos toda nuestra confianza, que nos llena de esperanza, que nos conduce a la plenitud.
‘Guardarlos y cumplidlos, porque ellos son vuestra sabiduría y vuestra prudencia ante los demás pueblos’, nos decía el libro del Deuteronomio. Tenemos que convencernos de la verdad de estas palabras, nuestra sabiduría y nuestra prudencia. Moisés le dice al pueblo que los otros pueblos se van a admirar de la sabiduría que contiene la ley del Señor, y que precisamente en ella van a descubrir como el Señor está en medio de su pueblo. ‘Dirán: cierto que es un pueblo sabio y prudente… porque ¿cuál de las grandes naciones tiene unos dioses tan cercanos¿ ¿y cuál de las naciones tiene unos mandatos y decretos tan justos como toda la ley que hoy os voy a promulgar?’
Los hombres pareciera que queremos enmendarle la plana a Dios y pensamos que con nuestras leyes humanas vamos a conseguir algo mejor para el hombre que lo que nos pide y enseña la ley del Señor. Algunas veces hasta los cristianos pareciera que estuviéramos acomplejados. Las gentes del mundo nos dicen que quieren promulgar leyes mas justas y que los principios y normas nacidas de la religión no tienen que ser las que se impongan a la sociedad que tiene que hacerse sus propias leyes. y quieren demostrarnos su verdad desde su manera de entender las cosas.
Pero ¿es que acaso la ley del Señor, la ley evangélica, en algún momento va a ir en contra de la persona o buscar el daño o la muerte del hombre o de la mujer? Ninguno de los mandamientos de Dios irá contra el hombre, contra la persona. La ley del Señor es siempre ley de vida y lo que quiere la vida. Los hombres nos cegamos y con que facilidad dejamos meter la muerte en medio de nosotros y hasta la permitimos en nombre de no sé qué principios o derechos humanos, como sucede en leyes promulgadas recientemente en nuestra tierra como lo es la nueva ley del aborto. ¿Es que puede haber algo más sublime y más justo que todo lo envolvamos y empapemos en el mandamiento del amor que Jesús nos dará como plenitud de toda la ley de Dios?
Sintamos el orgullo de querer vivir en la ley del Señor; que sea en verdad la norma y el cauce de nuestra vida; que sea nuestra sabiduría y nuestra prudencia, como nos decía el Deuteronomio. Hundamos de verdad las raíces de nuestra vida en el mandamiento del Señor queriendo que sea el sentido de nuestra vida. Busquemos y amemos en todo momento lo que es la ley del Señor.
Y como se nos decía el final de la lectura del Deuteronomio ‘cuidado, guárdate muy bien de olvidar los hechos que presenciaron tus ojos, que no se aparten de tu memoria mientras te dure la vida’. Que no olvidemos nunca las acciones del Señor, como hemos cantado en más de una ocasión con los salmos; que no olvidemos el maravilloso amor que el Señor nos tiene y que de tantas maneras lo hemos experimentado a lo largo de nuestra vida. Dios ha estado con nosotros, se ha hecho presente en nuestra vida y su ley es la expresión del amor grande que nos tiene que buscará siempre lo mejor para el hombre que ha creado y que ha redimido haciéndolo hijo. ¿Cómo no obedecer la ley del Señor después de tanto amor que el Señor nos tiene?

martes, 9 de marzo de 2010

Seamos misericordiosos como grande es la misericordia del Señor

Dan. 3, 25.34-43;
Sal. 24;
Mt. 18, 21-35

‘Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿hasta siete veces?’ Es la pregunta de Pedro a Jesús. Y ya sabemos cómo Jesús sentencia firme y tajantemente que tenemos que perdonar siempre. Y además nos propone la parábola del hombre que es perdonado y luego no sabe perdonar a su hermano.
Pero antes de entrar en más detalles con sinceridad reconozcamos, ustedes y yo también, que esa pregunta de Pedro nos la hacemos nosotros muchas veces. Nos cuesta perdonar, seamos sinceros. Nos cuesta perdonar, cuando aquel que nos ha ofendido o nos ha molestado es reincidente en su ofensa o en su molestia. Pero, ¿tengo que perdonarlo otra vez?
La parábola que nos propone Jesús nos hace mirarnos a nosotros mismos por muy santos y buenos que nos creamos. Somos pecadores, y no pecadores de una vez, sino pecadores reincidentes. ¿Te habrás parado a ennumerar cuantas veces te has acercado a Dios para pedirle perdón por tus pecados en los que reincidimos una y otra vez? Y ¿qué hace el Señor? ¿Nos dirá porque ya te perdoné una vez ese pecado y has vuelto a caer en el mismo ya no te voy a perdonar más? No es así la misericordia de Dios.
Por eso la parábola nos está invitando a que seamos conscientes cómo el Señor nos ha perdonado y nos ha perdonado una y otra vez. ‘Un rey quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos… arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo… tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar perdonándole la deuda’.
Así es de generoso el Señor. No podemos pagar porque la ofensa es grande. Es el amor infinito de Dios el que hemos ofendido. Será ese amor infinito de Dios, que nos entrega a su Hijo que derrama su sangre y entrega su vida por nosotros, el que borra nuestras culpas, perdona nuestros pecados.
¡Qué hermosa oración la de Azarías en el libro de Daniel! Es la oración del hombre que se siente pecador; es la oración del pueblo que reconoce su pecado y su infidelidad. ‘Somos los más pequeños de todos los pueblos; hoy estamos humillados por toda la tierra a causa de nuestros pecados… acepta nuestro corazón contrito, y nuestro espíritu humilde…’ más que todos los holocaustos y sacrificios ‘sea hoy éste nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia, porque los que en ti confían no quedan defraudados…’ ¡Cómo tendríamos que aprender a presentarnos ante el Señor con sinceridad, con humildad, con amor.
Si consideramos todo esto, ¿por qué no somos compasivos y misericordiosos con nuestros hermanos? Ya sabemos cómo continúa la parábola. El que encontró compasión con su señor no fue capaz de tener compasión con su compañero. El debía diez mil talentos y se les perdonaron, a él le deben cien denarios y no es capaz de perdonar. ¿Merecía compasión de su señor el que no había sido capaz de tener compasión con su compañero?
‘¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano?’ es la pregunta que nos hacemos. Considera lo que el Señor te perdona a ti para que tú tengas igualmente compasión del hermano.
‘Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’, decimos en el padrenuestros como nos enseñó Jesús. ¿Lo pediremos con autenticidad y sinceridad cuando rezamos el padrenuestro cada día? ¿Quién soy yo para juzgar y condenar al hermano? Por qué si tuvo un día la desgracia de caer le voy a seguir teniendo en cuenta para siempre su caída (su pecado)? Seamos misericordiosos como grande es la misericordia del Señor.

lunes, 8 de marzo de 2010

Sólo los de corazón humilde se llenarán de Dios

2Rey. 5, 1-15;
Sal. 41;
Lc. 4, 24-30

La sabia pedagogía de la cuaresma nos va ayudando a recorrer este camino que nos prepara y nos conduce a la Pascua, iluminándonos con la Palabra de Dios que cada día se nos proclama.
Repetidos anuncios de Pascua se nos van haciendo para que no olvidemos la meta de este camino, que son anuncios de pasión y cruz como hoy se refleja en el rechazo de las gentes de Nazaret que ya incluso quieren llevar a la muerte a Jesús. ‘Lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo…’
Pero también la palabra nos ilumina y nos ayuda en diferentes aspectos de nuestra fe y nuestra vida cristiana que hemos de ir aquilatando y purificando muy bien para que nuestra fe sea la más auténtica y vivamos con toda intensidad la celebración de la Pascua y haya en verdad pascua salvadora en nuestra vida.
Jesús había sido bien recibido en principio en su presentación en la sinagoga de Nazaret. Estaban llenos de orgullo por las palabras de gracia que salían de su boca, y era una de ellos, allí se había criado y por allí estaban sus parientes, presentes quizá algunos también en aquella ocasión en la sinagoga.
Pronto, sin embargo, se volverían interesados. ‘¿Por qué no haces aquí los milagros que sabemos que has hecho en Cafarnaún?’ No era por ese camino por dónde habían de aceptar a Jesús. no era ésa la fe que Jesús quería provocar en ellos. Y esa clarificación va hacer que surja el rechazo, que, como dijimos, en cierto modo es anuncio de pasión y de pascua.
‘Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra’. Y les recuerda ‘muchas viudas había en Israel en tiempos de Elías… muchos leprosos habían en Israel en tiempos de profeta Eliseo…’ Pero a quienes se va a manifestar la acción de Dios y la gloria del Señor es al que, sintiéndose pobre y vacío de sí mismo porque nada tiene pos sí ni le tienta el orgullo, acude con fe al Señor. Será la viuda de Sarepta que llegará a dar el último puñado de harina y el poco aceite que le queda para hacerle un panecillo al profeta; será Naamán, el sirio, cuando se apea de su orgullo, que además no son judíos sino extranjeros.
Precisamente en la primera lectura hemos escuchado el relato de la curación de Naamán, el sirio. Un relato que nos trasmite todo un proceso que se realiza en aquel hombre. Mientras el sirio se presenta desde la prepotencia de sus riquezas y poderes, desde el orgullo de su condición de hombre poderoso, no va a obtener la curación. Cuando se baja del caballo de su orgullo y se sumerge humildemente en las aguas del Jordán como le pedía el profeta aunque fuera un río menor comparado con los de su tierra y lo que le pidiera Eliseo eran cosas humildes y sencillas, es cuando va a obtener el favor de Dios, es cuando nacerá la verdadera fe en él.
Se había presentado cargado de riquezas y opulentos dones. Quería que poco menos que el profeta se postrase ante él como si Dios estuviera a su servicio. Pensaba que así podría comprar el favor de Dios. ¿Nos sucederá a nosotros algo parecido? Buscamos grandiosidades, nos creemos merecedores de todo, ante todos y ante Dios, porque yo he sido bueno,, porque yo he hecho tantas cosas buenas. Hasta tengo el reconocimiento de los hombres en una plaquita con mi nombre puesta donde todos la vean, o tengo tantos diplomas merecidos por mis cosas buenas… No serán cosas así, pero muchas veces nos presentamos con nuestros orgullos ante Dios.
¿De qué me vale ganar todo el mundo… tener el reconocimiento y la alabanza de todos? ¿Qué es lo verdaderamente importante? Bajémonos del caballo de las prepotencias donde tenemos la tentación tantas veces de subirnos, de nuestra soberbia. Sólo los de corazón humilde se llenarán de Dios. Ya decíamos al principio que este tiempo nos ayuda a aquilatar y purificar nuestra fe.

domingo, 7 de marzo de 2010

Una llamada a transformar nuestro corazón en el amor y la solidaridad

Ex. 3, 1-8.13-15;
Sal. 102;
1Cor. 10, 1-6.10-12;
Lc. 13, 1-9


En tiempo de crisis respiremos esperanza. Me encontré con esta frase en estos días y creo que nos puede valer para iniciar nuestra reflexión de hoy. Es la esperanza una virtud que no puede faltar al cristiano. Y son muchas las razones que tenemos los que creemos y seguimos a Jesús para tener esperanza. Duras pueden ser las situaciones que vivamos por lo que nos va dando la vida, pero en todo ello hemos de saber leer con fe lo que el Señor nos quiere decir o nos pide.
Es necesaria una actitud de fe y de disponibilidad para dejarnos guiar y enseñar por el Señor que nos habla y nos habla también en esos acontecimientos. Porque la palabra de Dios que se nos proclama no es ajena a lo que nos sucede en la vida nuestra de cada día. Nos ilumina para que sepamos comprender el sentido de lo que vivimos y sepamos descubrir también en esos acontecimientos lo que el Señor quiere decirnos. Podíamos decir que hay como una iluminación mutua.
Acudieron a Jesús para contarle algo desagradable que había sucedido en Jerusalén y en el templo. ‘Se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilatos con la de los sacrificios’. Para un judío era algo abominable y ya estaban queriendo ver castigos de Dios o culpabilizaciones por considerarlos quizá unos pecadores merecedores de castigo. Y es en lo que Jesús quiere hacerles reflexionar. ‘¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así?’ Y Jesús dejó la lección diciéndonos que eso es una invitación a que nosotros nos convirtamos. Y les recuerda también lo sucedido con los que murieron aplastados por la caída de la torre de Siloé.
Creo que es lo que tenemos que aprender nosotros. Es una invitación a la conversión. Como ya dejamos entrever desde el comienzo de esta reflexión, pero además es cosa que todos palpamos muy bien, los momentos en que vivimos no son fáciles; por una parte la crisis económica que vive nuestra sociedad que está llevando a la pobreza a muchísimas familias que lo están realmente pasando mal, pero también los acontecimientos que suceden en el mundo; llevamos realmente unos días bien duros con terremotos y catástrofes por muchos lugares, Haití, Chile, Taiwan, por no mencionar guerras y atentados en tantos lugares.
Podemos sentir miedo, pensar en castigos de Dios y no sé cuantas cosas más. Pero quizá a través de todas esas cosas, ¿no querrá el Señor despertar nuestro corazón para que en verdad nos comprometamos para hacer un mundo mejor entre todos? Hay sufrimiento por todas partes, pero ¿cuál tendría que ser nuestra reacción? ¿No nos puede servir todo esto como una llamada a mejorar nuestro corazón, a que en verdad nos sintamos más impulsados al amor y a la solidaridad? Realmente contemplamos cómo tras todas estas cosas que se suceden se despierta en muchísimas personas por todas partes la solidaridad y el amor.
En la primera lectura escuchamos el episodio de la zarza ardiendo que fue la llamada de Dios a Moisés para confiarle la misión de ser el liberador de sus hermanos los israelitas de la esclavitud de Egipto. Podemos fijarnos un poquito en este episodio porque podría orientarnos y darnos luz para lo que hemos de hacer de alguna manera.
Ante Moisés está este suceso extraño de una zarza que arde pero que no se consume. Moisés se acerca para ver y averiguar qué es lo que realmente esta sucediendo. En su búsqueda escucha la voz de Dios que le llama. ‘Moisés, Moisés… no te acerques, quítate las sandalias, pues el sitio que pisas es terreno sagrado…’ Una primera actitud que Dios le está pidiendo a Moisés, tiene que despojarse de sus sandalias. Para escuchar a Dios, para sentir y descubrir lo que Dios le dice y le pide, hay que despojarse de muchas cosas, de muchas ideas preconcebidas o de muchos apoyos humanos.
Será entonces cuando Dios se le revele. ‘Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob… he visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas… me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a liberarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel’. El Dios que escucha a su pueblo; ‘el Señor compasivo y misericordioso’, como hemos recitado en el salmo; el Dios que nos quiere liberar de toda opresión y sufrimiento para darnos una nueva tierra, una nueva vida.
Surge entonces el compromiso y la disponibilidad de Moisés en lo que el Señor le pide. ‘Yo iré a los israelitas y les diré: el Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros…’ Pregunta Moisés por el nombre de Dios, pero lo importante será la actitud comprometida de Moisés que se siente enviado por Dios para hacer un nuevo pueblo libre de toda esclavitud.
San Pablo, en la segunda lectura, al recordar un poco la historia de Israel, nos dice que ‘todo esto sucedía como un ejemplo y fue escrito para escarmiento nuestro…’ para nuestra enseñanza. Es lo que tenemos que saber deducir de la Palabra que se nos proclama y en esta situación concreta del mundo en el que vivimos. Nos está pidiendo el Señor una nueva actitud en nuestro corazón, un cambio profundo dentro de nosotros porque en verdad hemos de hacer un hombre nuevo y un mundo nuevo y mejor.
Pero, ¿cuál es la respuesta que damos a lo que el Señor nos va señalando y pidiendo? Jesús nos ha propuesto una pequeña parábola hoy en el evangelio. La parábola de la higuera a la que vino a buscar fruto, pero al no darlo se iba a arrancar. ‘Llevo tres años viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador contestó. Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto…’
Es la espera del Señor por nuestra conversión y nuestra vuelta a El. Tenemos que dar frutos. Pero hemos de hacer lo necesario para dar esos frutos. Desde el reconocimiento de lo que es nuestra vida infructuosa a veces y otras llena de malos frutos, de malas obras, hasta el cultivo que hemos de hacer de nuestra vida en esa escucha de Dios para descubrir lo que es su voluntad en todo momento; es ése en verdad dejarnos alimentar por su gracia que llega a nosotros en los sacramentos y en la oración; es ése ponernos nosotros en camino seriamente de producir esas buenas obras, de cambiar nuestro corazón, de vivir en un nuevo estilo de amor y de solidaridad; es ése comprometernos por hacer que nuestro mundo, empezando por ese mundo concreto en el que vivimos, sea cada día mejor y todos podamos ser en verdad más felices, porque seamos capaces de mitigar el sufrimiento de los demás y compartir generosamente lo que somos y tenemos con los que están a nuestro lado.
¿Daremos respuesta a lo que Dios nos pide? ¿daremos los frutos de la conversión?